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martes, 5 de agosto de 2025

Sexo y cristianismo, una relación incómoda

 

 Por Ruth Karras   
      Historiadora estadounidense especializada en historia de la sexualidad y de género en la Edad Media. Titular de la cátedra Lecky Professor of History en el Trinity College de Dublín.



El artículo que sigue es una reseña de Lower Than the Angels: A History of Sex and Christianity, de Diarmaid MacCulloch (Viking, 2024)


     Quienes piensan que las iglesias cristianas son responsables de todas las formas en que la sociedad occidental tiene una actitud represiva, malsana, degradante y misógina hacia el sexo no encontrarán justificación en el último libro de Diarmaid MacCulloch, Lower Than the Angels.




El texto tampoco ofrecerá apoyo a aquellos que buscan una edad de oro histórica, ya sea porque creen que el cristianismo puede proporcionar un punto fijo para volver a la tradición frente a una sociedad hedonista, egoísta y objetivamente desordenada, o porque creen que en su día proporcionó una atmósfera liberadora para diversas formas de amor humano.




Más bien, este libro es para quienes desean que su visión de una institución complicada se complique aún más.

Curso intensivo

Lower Than the Angels tiene quinientas páginas (sin contar las notas); el relato de las iglesias y el sexo se inscribe en un curso intensivo sobre la historia del cristianismo y las culturas en las que surgió y se desarrolló. Los no académicos pueden saltarse las notas a pie de página y disfrutar de la escritura de MacCulloch, aunque es posible que en cada capítulo se pregunten cuándo va a llegar al sexo.

Sin embargo, el material de referencia demuestra que el autor ha hecho los deberes. Como muchos otros medievalistas, mi primera reacción ante una historia tan amplia es sentir vergüenza, porque la Edad Media se convierte a menudo en una caricatura, un «antes» que contrasta con la emoción y el cambio del «después». Sin embargo, el autor está bien informado sobre la Edad Media, aunque posiblemente subestime la existencia de identidades autodefinidas en aquella época.

El profesor Sir Diarmaid MacCulloch es un distinguido historiador del cristianismo que comenzó trabajando sobre la Iglesia inglesa en el siglo XVI y amplió sus estudios hasta abarcar toda la historia de las iglesias cristianas. El libro está sin duda marcado por dos aspectos de la propia vida de MacCulloch. Como él mismo dice, «todos somos observadores participantes en cuestiones de género y sexualidad».

En primer lugar, creció como hijo de un clérigo de la Iglesia de Inglaterra en una parroquia rural y fue muy activo en la iglesia, llegando a ser ordenado diácono. Ese aspecto de su identidad chocó de frente con el otro.

Como hombre gay que alcanzó la mayoría de edad y salió del closet a finales de los años sesenta y principios de los setenta, descubrió que los esfuerzos por hacer que la Iglesia de Inglaterra fuera más acogedora no habían llegado a ninguna parte y dimitió tras una votación homófoba (palabra mía, no suya) del sínodo en 1988. Esta experiencia contribuye sin duda a la simpatía que muestra en el libro hacia las mujeres y las personas LGBQ (por desgracia, algo menos hacia las personas T).

Uno de los puntos más llamativos del libro en general —además de la gran conclusión de que «es complicado»— es la profunda huella que el agustinismo ha dejado en las ideas de la cristiandad occidental sobre el sexo. La idea de que el sexo por placer es algo malo, mientras que el sexo puede justificarse por la necesidad de traer hijos al mundo, es parte integrante de la enseñanza cristiana en todas las confesiones. Es una parte importante de mi propia investigación sobre la sexualidad medieval.

Por lo tanto, es saludable recordar que esta actitud no es bíblica. Como escribe MacCulloch, «los siglos de pronunciamientos cristianos que sitúan el matrimonio en segundo lugar después del celibato tienen su origen en Pablo, pero no en ninguna relación con la procreación». Por supuesto, muchas confesiones protestantes desconfían del celibato, en parte porque perciben una cierta impureza en torno al sexo que puede mantenerse a raya mediante el matrimonio, especialmente un matrimonio sin anticonceptivos, de modo que el sexo no pueda considerarse simplemente como un placer.

Sin embargo, Pablo y otros cristianos primitivos, que creían que la segunda venida de Cristo era inminente, no se preocupaban por perpetuar la especie. El cristianismo primitivo fue esencialmente un interludio en una línea de continuidad desde la cultura helenística (judía, griega y romana) hasta la actualidad, pasando por Agustín, en la que la procreación era fundamental. Para Pablo, argumenta MacCulloch, el aspecto sexual del matrimonio era importante porque hacía que la pareja fuera «una sola carne» de una manera más igualitaria que la que había enseñado el propio Jesús.

Infidelidad e impureza

También dejó una profunda huella en las culturas posteriores el uso de la infidelidad sexual u otras conductas indebidas como metáfora de la infidelidad a Dios. Esta forma de pensar, que no es una innovación cristiana, se remonta a los profetas hebreos.

De manera similar, las relaciones sexuales con personas ajenas al matrimonio, incluso dentro de este, se vinculaban a la idolatría: fueron las esposas extranjeras de Salomón las que provocaron su caída y, a finales de la Edad Media, los ilustradores de manuscritos representaban a estas esposas idólatras con la piel negra. Esta conexión ha reforzado las barreras entre los grupos internos y externos durante milenios, al igual que la confusión general entre lo extranjero o diferente y la desviación sexual, utilizada contra los propios primeros cristianos por los moralistas romanos.




Las escrituras hebreas también legaron una preocupación especial por el cuerpo sexuado. El cristianismo no adoptó la práctica de la circuncisión, y solo aceptó de manera no oficial la idea de que las mujeres menstruantes debían considerarse impuras. Sin embargo, sí adoptó sin reservas la condena del sexo entre dos hombres, que en otras culturas antiguas se consideraba aceptable como un fenómeno del ciclo de la vida. Por otro lado, el cristianismo eligió la monogamia grecorromana, o una forma más estricta de ella, en lugar de la poliginia judía, lo que posiblemente mejoró la condición de la mujer.

Considerar que la historia original detrás de los Evangelios pudo haber involucrado un nacimiento ilegítimo, como sugiere MacCulloch que deberían hacer los estudiosos modernos, es darse cuenta de la naturaleza radical de las afirmaciones cristianas sobre la pureza de la Virgen María.




Los teólogos patrísticos, así como los posteriores, tuvieron que explicar la existencia de los hermanos de Jesús diciendo que eran hijos de José de un matrimonio anterior o que la Biblia se refería a «primos» cuando decía «hermanos».

La veneración de María proporcionó un aspecto femenino que el judaísmo había tenido que crear con conceptos como la Shekhinah (presencia divina) o Hokhma (sabiduría divina). Sin embargo, esta presencia femenina subrayaba la imposibilidad de que nadie más pudiera alcanzar jamás la cima de la feminidad ideal, como virgen y madre.

Reforma de la sexualidad

MacCulloch atraviesa su mejor momento cuando llega a la Reforma, sosteniendo que el rechazo de Martín Lutero al celibato clerical fue más significativo que su orientación teológica. El protestantismo también trajo consigo la búsqueda de modelos matrimoniales, en contraposición a los santos, que en su mayoría eran vírgenes. Incluso encontró tales modelos entre los patriarcas polígamos, aunque el breve experimento con la poligamia de los anabaptistas de Münster fue un fracaso.

Si la Reforma, como sugiere MacCulloch, fue una disputa sobre un legado teológico agustiniano compartido, también existía una base común en los enfoques de las distintas iglesias sobre el matrimonio: todas coincidían en que «el matrimonio debía seguir siendo asunto de toda la sociedad y de las instituciones eclesiásticas».

Esta visión contrasta con la situación que existía antes del siglo XI, en la que el matrimonio era un asunto mucho más privado, aunque la Iglesia seguía teniendo opiniones al respecto. Esta perspectiva persiste hoy en día, incluso en sociedades muy secularizadas, en la idea de que el Estado debe decidir qué matrimonios son válidos y que quienes están casados deben disfrutar de ciertos beneficios (o perjuicios, como en el caso de algunos sistemas fiscales).

En la cristiandad latina medieval, el matrimonio podía celebrarse entre dos personas que se pronunciaran unas palabras concretas. Tras el Concilio de Trento, en el siglo XVI, el matrimonio católico requería la presencia de un sacerdote, y en las jurisdicciones protestantes, la de un clérigo o un funcionario civil. En el siglo XVIII, el matrimonio civil se extendió por toda Europa y el Estado pasó a tener voz y voto. Irónicamente, señala MacCulloch,


las parejas del mismo sexo en gran parte del cristianismo occidental se encuentran ahora en una situación muy similar a la de las parejas heterosexuales casadas en la Iglesia del siglo II: tras una ceremonia civil que formaliza su relación, pueden acudir a su comunidad religiosa y recibir una bendición.

MacCulloch sostiene que la regulación del matrimonio y del sexo en general no fue simplemente impuesta desde arriba durante la Reforma, sino que se alineó con «el sentimiento general de la población, que simpatizaba con un cambio en las normas sexuales». En una época en la que más gente escuchaba las enseñanzas de las iglesias, es difícil saber si fue primero el huevo o la gallina.

En el siglo XVIII, por supuesto, la gente escuchaba mucho menos. Uno de los grandes cambios de esta época, que iba en contra de las enseñanzas de la Iglesia, fue la aparición de lo que él denomina «homosexualidad o identidad gay sin complicaciones», aunque estos términos aún no existían, y que «representaba un reconocimiento coherente de sí mismos, en lugar de la colección heterogénea de actos desviados que el cristianismo occidental etiquetaba como sodomía».

Es difícil argumentar que en la Florencia del siglo XV, por ejemplo, no existiera un reconocimiento coherente entre los hombres que mantenían relaciones sexuales con otros hombres, sino solo una colección variopinta de actos; o que no hubiera pánico moral en épocas anteriores. Pero algo cambió sin duda en ese momento.

Alarmas furiosas

En la era moderna, MacCulloch rastrea los efectos de las definiciones y prohibiciones occidentales en el resto del mundo. Argumenta que los movimientos reformistas islámicos como el wahabismo y el deobandismo, aunque fueron una reacción contra el imperialismo y pretendían defender el islam del Occidente, podrían «adoptar efectivamente […] la mojigatería y los valores familiares victorianos», o al menos esforzarse por establecer su propio conjunto de valores estrictos para competir.

El libro termina con una nota algo pesimista, especialmente en lo que respecta a la actividad homosexual, ya que el liderazgo de muchas iglesias internacionales, así como el peso del número de feligreses habituales, se desplaza fuera de Europa y las iglesias experimentan «una alarma furiosa ante lo que el Occidente liberal dice y hace sobre el sexo y la expresión sexual». El autor compara la forma en que los regímenes cristianos y musulmanes de África compiten por ver quién es más hostil hacia la homosexualidad con la forma en que católicos y protestantes competían por ver quién era más punitivo con las brujas.

Los eclesiásticos que temían que la difusión de los métodos anticonceptivos, que permitían disociar el sexo de la reproducción, diera lugar a argumentos a favor de la aceptación de la homosexualidad, han tenido razón. Hoy en día, en todo el mundo, «el tono más fácil de escuchar en la religión (no solo en el cristianismo) es el del conservadurismo airado». Se trata de una actitud que «se centra en un profundo cambio en los roles de género a los que tradicionalmente se ha dado un significado religioso».




El único ámbito en el que MacCulloch parece tener un punto ciego es la historia trans. Se refiere repetidamente a las historias de personas con cuerpo femenino en monasterios masculinos como «disfrazadas de hombres», o a las mujeres de la era moderna que «decidieron aprovechar las mayores oportunidades que la vida ofrecía a los hombres y presentarse como hombres». Ignora los estudios recientes que plantean la posibilidad de que estas personas tuvieran una identidad distinta a la de «mujeres travestidas».

Dado que el autor discute ideas con las que no está de acuerdo en otras partes del libro, llama la atención la ausencia total de reflexión sobre estas cuestiones. Le parece «revelador que no haya historias complementarias de ascetas masculinos que se hacen pasar por mujeres», pero ¿por qué es tan revelador? Los eunucos son sin duda un buen ejemplo de «ambigüedad de género o sexual, hasta llegar a una reconstrucción literal del sexo y la identidad», pero hay otros.

Campos de batalla sexuales

El sexo ha desempeñado un papel importante en diversas divisiones dentro del cristianismo: entre los grupos que han llegado a ser considerados heréticos (gnósticos, marcionistas, cátaros, etc.) y los que han prevalecido y, por lo tanto, han llegado a ser considerados ortodoxos; entre las iglesias occidentales y orientales; entre protestantes y católicos. En ninguno de estos casos el sexo fue el factor principal o desencadenante. Pero diferentes prácticas, con diferentes justificaciones filosóficas y teológicas, permitieron que el sexo se convirtiera en un campo de batalla y en un medio para tachar al otro no solo de diferente, sino también de depravado.

Actualmente, el sexo es un punto de tensión dentro de varias iglesias importantes: la crítica al papa Francisco por su «progresismo» por parte de los católicos conservadores se debió en parte a su aparente indulgencia hacia las personas LGBTQ, y el razonamiento detrás del actual cisma en la Iglesia anglicana es muy similar. En generaciones anteriores, las cuestiones relacionadas con el divorcio o la anticoncepción sirvieron como posibles puntos de ruptura.

Mis estudiantes irlandeses, en su mayoría católicos culturales, estaban en la escuela primaria cuando el país votó a favor de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y del aborto. Sin embargo, en la generación de sus padres, las mujeres solteras embarazadas seguían siendo enviadas a horribles hogares para madres y bebés, donde les quitaban a sus hijos. Esa generación también vio cómo su actitud hacia la Iglesia se veía moldeada por el escándalo de los abusos sexuales por parte del clero.

La moralidad universalizadora del cristianismo —la idea de que realmente tiene derecho a juzgar, a establecer normas para todos— parece garantizar que el sexo seguirá siendo un tema polémico en el futuro, tanto dentro de las iglesias como entre ellas y entre cristianos y no cristianos.


Fuente: JACOBIN

viernes, 13 de junio de 2025

Las guerras de género: una estrategia de poder

 

 Por Nuria Alabao   
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Las guerras de género constituyen herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones o articular movimientos sociales de carácter reaccionario



El artículo que sigue es un fragmento adaptado de Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales, de Nuria Alabao.





     Las transformaciones en las relaciones de género desde los años setenta fueron uno de los elementos centrales del cambio en valores que consiguieron transformar algunas sociedades de manera radical. El movimiento de mujeres y las guerras culturales que desencadenaron estuvieron inextricablemente unidas. Las cuestiones relacionadas con el aborto, pero también con las disidencias sexuales —la homosexualidad, el SIDA y la reacción conservadora a los derechos de los homosexuales—, formaron parte de aquellas confrontaciones que se han prolongado hasta nuestros días[1].

Hoy hablamos de guerras de género como una especificidad de las guerras culturales que hace referencia a los conflictos políticos y culturales centrados en cuestiones de género y sexualidad, donde diferentes grupos e ideologías compiten por influir en las normas, las políticas y las percepciones públicas relacionadas con la identidad de género, la expresión de género, y los derechos sexuales. Estas contiendas se producen alrededor de temas como los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales, la igualdad de género, el aborto, la educación sexual, y la representación de género en los medios y la cultura popular, e incluso podríamos hablar aquí de los debates sobre la violencia de género.


Manifestación del 8M de 2018 en Granada.

Estos conflictos giran alrededor de las luchas por el poder, la igualdad y el reconocimiento en un mundo que sigue redefiniendo lo que significa el género en el siglo XXI. Las guerras de género pueden ser funcionales a la lucha por el poder político de partidos y otros actores de la democracia representativa, pero pueden participar en ellas una miríada de actores diversos, algunos institucionales y otros movimentistas.

Las guerras de género son impulsadas muchas veces como reacción a cambios sociales y culturales que desafían las concepciones tradicionales de género y sexualidad. Pero no hay que olvidar que estos conflictos a menudo se convierten en campos de batalla que implican luchas más amplias por el poder, la autoridad moral y el control social, que reflejan posiciones políticas centrales para determinados actores[2]. Por tanto, en ellas no solo está en juego la lucha por determinados derechos y o medidas de reconocimiento simbólico, sino una lucha por el poder determinados proyectos políticos.

No deberíamos analizar estas cuestiones, pues, como si únicamente constituyesen una herramienta de agitación —aunque sin duda este aspecto es muy relevante— sino que se deben contemplar como parte central del proyecto político de muchos de estos actores antigénero: defender el orden de género tradicional sirve para apuntalar el actual régimen de desigualdad. Podemos hablar aquí entonces de cómo el género y la sexualidad tienen esta doble cualidad: pueden ser centrales para el proyecto de las derechas radicales pero también son usados profusamente de manera táctica[3]. Esto último, además, constituye un hecho definitorio de la propia evolución de estas derechas, en lo que reside buena parte de su «radicalización».


El líder de Vox, Santiago Abascal, en una concentración en Madrid en marzo de 2022.

Las guerras de género se convierten así en herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones —entre religión y política o entre distintas religiones— o articular movimientos sociales de carácter reaccionario. Las cuestiones de género son óptimas a la hora de movilizar y agitar socialmente en momentos de desafección política. La sexualidad sirve porque permite construir fantasmas, crear apasionadas contiendas que desvían la atención de este mundo que se desmorona, generar identidad, condensar miedos y construir sobre las inseguridades vitales una dirección para vidas sin demasiado sentido, sobre todo colectivo.

De hecho, las cuestiones de género crean comunidades afectivas sobre las que sostenerse, y esto no se refiere únicamente a las comunidades formadas por disidencias sexuales o feministas sino también a las contrarias, a las que se construyen por oposición que también delimitan un nosotros. Este tipo de materias permiten construir un propósito social, un orden, una guía moral. El «odio» puede ser una cuestión identitaria. Pero ¿qué elementos están en juego en esta temática que concita una reacción tan visceral por parte de los actores ultras y, en general, de todo el espectro político?


Pánico moral


Las guerras de género no son nuevas. Gayle Rubin ya las describía en los años setenta como confrontaciones públicas donde las definiciones y valoraciones sobre las conductas sexuales eran objeto de luchas encarnizadas entre «los principales productores de ideología sexual —las iglesias, la familia, los medios de comunicación pública y los psiquiatras—» y los grupos contra los que se dirigen estas confrontaciones[4] (fundamentalmente los activistas). Para Rubin, estos eran los «momentos políticos» del sexo, en los que las pasiones desatadas relativas a cuestiones morales eran canalizadas hacia la acción política y de allí al cambio social.

Ejemplos históricos de estos «pánicos morales» se reconocen en la historia desde el origen de la Modernidad. Así, la histeria ante la esclavitud sexual blanca —la «trata de blancas»— de la década de 1880, las campañas anti-homosexuales de los años cincuenta o el pánico a la pornografía infantil de finales de la década de 1970, que ya intentaban vincular a los homosexuales con la pederastia[5].

El concepto de «pánico moral» fue utilizado por primera vez en relación con la cuestión homosexual[6] y es probablemente el ámbito en el que se han producido más campañas de este tipo. Pánicos morales son también los que se desataron contra la pornografía o la prostitución en los años ochenta del siglo XX por parte de la Nueva derecha, con ayuda de un sector del feminismo y que se denominaron «sex wars». En cualquier caso, como explica Jeffrey Weeks:


El pánico moral cristaliza temores y ansiedades muy extendidos y, a menudo, se enfrenta a ellos, no buscando las causas reales de los problemas y las características que muestran, sino desplazándolos a los «tipos diabólicos» de algún grupo social concreto —a menudo los «inmorales» o los «degenerados»—. La sexualidad ha jugado un papel particularmente importante en esos pánicos, y los «desviados» sexuales han sido los chivos expiatorios omnipresentes.[7]

Las actividades sexuales tienen la capacidad de condensar significantes relacionados con temores personales y sociales con los que no tienen por qué guardar relación intrínseca. Durante el estallido del pánico moral esos temores pueden relacionarse con alguna actividad o población sexual excluida o «marginal», consecuencia del sistema de estratificación sexual que organiza nuestro orden de género y proporciona blancos fáciles sobre colectivos sociales que, por lo general, carecen de herramientas para poder defenderse. El estigma contra los disidentes sexuales o las prostitutas los convierten en chivos expiatorios predilectos y moralmente indefendibles.

Este mecanismo opera normalmente de acuerdo con la siguiente secuencia: los medios de comunicación se indignan, la gente se comporta como una turba enfurecida, se activa a la policía y el Estado promulga leyes nuevas[8]. El pánico moral tiene consecuencias a dos niveles: la población objeto del mismo es la que más sufre, pero los cambios sociales y legales afectan al conjunto de la población[9].

En algunos ejemplos recientes se observa como la cuestión de la homosexualidad o la identidad de género son elementos centrales de esta tecnología del miedo. Así, hay municipios que se declaran «Zonas libres de personas LGTB» en Polonia, se despliega la campaña «contra el borrado de las mujeres» —lanzada en España desde un sector del feminismo transexcluyente para tratar de frenar la ley de autodeterminación de género— o se promulgan distintas leyes que prohíben hablar de homosexualidad a los niños en Hungría, Rusia y en algunos estados de EE. UU., como Florida.

Para activar estas campañas es necesario fabricar víctimas, al menos en el plano discursivo, lo que permite justificar las reacciones, ya sea en forma de nuevas leyes punitivas, de restricción de derechos o tratando de impedir avances legislativos. Como señala Rubin, por medio de la construcción de la víctima, cuestiones como la expresión de las disidencias sexuales, la prostitución, el porno o la educación sexual en las escuelas acaban por mostrarse como amenazas a la salud, la seguridad, las mujeres, los niños, la seguridad nacional, la familia o la civilización misma[10].

Las extremas derechas actuales son expertas en este tipo de instrumentación: emplean el escándalo, se mueven en los entretelones de los medios y de las presuntos «afectados», construyen a las víctimas —a menudo muy alejadas de las personas que realmente están en posiciones de mayor vulnerabilidad social— y se victimizan a sí mismos. De este modo, logran uno de los principales efectos buscados en las guerras culturales y logran invertir los términos del debate: las disidencias sexuales, que precisamente en un primer momento se unen para contrarrestar su posición de rechazo social, se convierten en poderosos lobbies que cancelan o censuran la libertad de expresión.

Las víctimas privilegiadas de la derecha son siempre los niños; y en relación con la infancia, la propia institución de la familia, siempre vinculada al «orden natural o divino inscrito en los sexos»; también, últimamente, las mujeres y su seguridad. Un buen ejemplo de esto son las «guerras de los baños» lanzadas contra las personas trans para que no puedan usar los lavabos que corresponden con su género[11]. En países de medio mundo, este tipo de narrativas se vinculan a la homosexualidad y a la pederastia. Este argumento recurrente muta hasta encontrarse con las virulentas guerras contra la adopción de parejas homosexuales o la educación sexual e igualitaria, esa que «sexualiza a nuestros pequeños» o «los deja a merced de los pederastas»,[12] al tiempo que la familia se disuelve junto con la autoridad paterna, mientras todo es crimen y caos a nuestro alrededor.

En este marco encajan también la mayoría de los ataques que se lanzan contra la «ideología de género» o los discursos con los que se defienden las prohibiciones del aborto en muchos países, especialmente en aquellos lugares donde este derecho está conquistando algo de terreno, como América Latina. De hecho, el antiabortismo es uno de los aglutinantes de la derecha radical a nivel internacional y el punto de apoyo de una lucha ideológica mucho más amplia y absolutamente decisiva: el grado de autonomía y de libertad sobre la capacidad reproductiva de las mujeres, que no sean obligadas a parir o ser madres, afecta al estatus social de todas las mujeres, aborten o no[13].


Sexualidad y estructura social


Sin embargo, hablar de género hoy implica ampliar algo la perspectiva. Los pánicos morales no se lanzan solo contra los homosexuales y la «degeneración sexual», sino contra todas las personas que promueven la desestabilización del orden de jerarquías entre hombres y mujeres. Si bien el enemigo se amplía, el mecanismo es parecido. La política atraviesa aquí las cuestiones del sexo y del cuerpo de una manera radical. Pero es importante detectar también las tendencias subyacentes.

Bajo la pantalla de los escándalos y los pánicos morales no podemos pasar por alto que, en la mayoría de casos, estas campañas son en reacción a avances concretos, legislativos y políticos, pero también a cambios culturales que difícilmente se pueden detener. El binario de género lleva décadas en proceso de desestabilización, al igual que avanza la secularización de la sociedad, y esto sucede en todo el mundo, no solo en Occidente. Esta es la razón por la que la Iglesia católica se ha activado de manera tan militante desde los años noventa es por y en contra de este mismo proceso. Al tiempo que la sociedad se seculariza, lo religioso tiende a radicalizarse y a convertirse en movimiento militante.

Por eso resulta inevitable preguntarse acerca de la potencia de estas guerras de género hoy y de su capacidad de detener o bloquear derechos sobre la base de construir un poder político. Justo ahora asistimos a un evidente momento de involución, tal y como se ha visto con la aprobación de legislaciones sobre el aborto en EE. UU. En 2022, cuarenta años después de la histórica sentencia Roe versus Wade de 1973, que legalizó de facto el aborto en ese país, el Tribunal Supremo de Estados Unidos la anuló. No obstante, la inmensa mayoría de los estadounidenses, un 70%, está en contra de su derogación[14].

Esto da cuenta del increíble poder del lobby antiabortista y el persistente peso de la derecha religiosa en ese país, hasta el extremo de que el estado de Lousiana, por ejemplo, ha intentado equiparar a efectos penales el aborto con un asesinato. Vemos aquí un ejemplo donde minorías influyentes —con dinero, bien situadas políticamente y muy movilizadas— han conseguido retrocesos importantes, mientras mayorías progresistas pero lábiles —no activistas— han sido incapaces de preservar derechos conquistados previamente. A pesar de todo, la inercia cultural del secularismo y de la aceptación social de estos derechos no ha retrocedido. Han ganado la batalla política pero no han cambiado la sociedad.

Existen otros ejemplos en los que la expresión de estos pánicos tiene terribles consecuencias. Es el caso, por ejemplo, del provocado por la llamada «crisis de refugiados», instrumentalizada para desencadenar el terror a la «invasión» de los migrantes, cuyo resultado se ha cifrado en un aumento de apoyo a las opciones de extrema derecha y el crecimiento de las actitudes y las políticas racistas. Las nuevas extremas derechas son realmente eficaces desencadenando y fabricando crisis y alimentándose de las consecuencias de las mismas. Ejemplo paradigmático de ello son los asaltos sexuales en Colonia a principios de 2017, de los cuales se culpó a los refugiados. El caso fue luego instrumentalizado, entre otros, por Marine Le Pen que pidió un referéndum para cerrar las fronteras: «Temo que la crisis migratoria señale el comienzo del fin de los derechos de las mujeres»[15].

La cuestión sexual tiene la capacidad de galvanizar elementos inaprensibles desde un punto de vista racional. Lo sexual es construido como un espacio donde se cruzan el orden reproductivo y el mandato del placer a toda costa del capitalismo tardío, tabús y sacralizaciones diversas, así como miedos de contaminación de la inocencia primigenia representada en la infancia. La cuestión sexual está aferrada de manera inseparable a los elementos culturales que han construido el sexo bien como algo sagrado, bien como un impulso irrefrenable —en el caso de los hombres—, bien como una amenaza encarnada en todos aquellos que desafían el orden reproductivo con sus «desviaciones» consideradas como aberraciones contra lo «natural».

Estas ideas sobre la sexualidad responden a un diseño de siglos dirigido a mantener en la subordinación a las mujeres, a garantizar las líneas sucesorias y las herencias, imprescindibles para la reproducción de las clases y del propio capitalismo. También conectan con el nacionalismo que se articula a partir de cuestiones demográficas y reproductivas: quién tiene derecho a reproducirse y quién no, es decir quién puede pertenecer de pleno derecho a la nación.

Las guerras de género tienen esta doble dimensión: por un lado, impactan en uno de los pilares del orden de género, es decir, de la estructura social y, por el otro, operan como activadores políticos capaces de generar un polo de energía militante en tiempos de cris

is y desafección que las han convertido en extremadamente útiles para la política contemporánea.

Notas:

[1] Rodgers, Daniel, Age of Fracture, Harvard University Press, 2012, p. 146.

[2] Las políticas antigénero como estrategia de poder han sido desarrolladas por Sonia Correa y el Observatorio de Sexualidad y Política en trabajos como Serrano-Amaya, F., Políticas antigénero en América Latina, Género y Política en América Latina, Brasil.

[3] Esta idea está desarrollada por Spierings, N. (2020). Why gender and sexuality are both trivial and pivotal in populist radical right politics. Right-wing populism and gender, 45-64.

[4] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[5] Ibídem.

[6] Ver Stan Cohen, Folk Devils and Moral Panics, Londres, MacGibbon & Kee, 1972, p. 9.

[7] Weeks, Jeffrey. Sex, Politics and Society: The Regulation of Sexuality Since 1800, New York. Longman, 1981, p. 19-20.

[8] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[9] Véase Spooner, Lysander, Vices Are Not Crimes: A Vindication of Moral Liberty, Cupertino, CA, Tanstaafl Press, 1977, p. 25-29

[10] Quizás se podría hablar aquí de cómo esto se entrecruza con una característica de la política actual –también la de izquierdas– muy centrada en la construcción de la figura de la víctima como principal vía de búsqueda de reconocimiento antes que la generación de conflicto, verdadero motor del cambio social.

[11] En 2016 Carolina del Norte promulgó una ley que impide que las personas trans usen aseos diferentes al sexo que figura en sus certificados de nacimiento y otros quince estados de EE. UU.. discutieron durante esos años proyectos parecidos mientras en institutos e universidades se daban agrias discusiones sobre el uso de esos espacios que trascendieron a los medios de comunicación y ocuparon la conversación política durante meses y que vuelven recurrentemente.

[12] Ver por ejemplo el trabajo de Patrick Wielowiejski, « Identitarian Gais and Threatening Queers, Or: How the Far Right Constructs New Chains of Equivalence», en Dietze, Gabriele & Roth, Julia, Right-Wing Populism and Gender: European Perspectives and Beyond, Alemania, Transcript, 2020, p. 135-147.

[13] Barrientos Violeta y Gimeno Beatriz, «Nuevas perspectivas en el debate sobre el aborto: el aborto libre como derecho», Revista Trasversales, nº 15, septiembre 2009.

[14] Al derogar la ley de 1973 pueden entrar en vigor las restrictivas leyes promulgadas por 26 estados que ya han sido aprobadas pero que permanecían sin efecto y otros estados también podrán aprobar nuevas prohibiciones.

[15] Le Pen, Marine, «Un référendum pour sortir de la crise migratoire», L’Opinion, 13 enero 2016.


Fuente: JACOBIN