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domingo, 5 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (17 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
       Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Israel y los ilustres ignorantes


Los mitos de Israel, es decir, sus falsedades y falseamientos, impregnan la historia mundial y la conciencia de muchos millones de ciudadanos del mundo, no solo los que pertenecen al tronco religioso o cultural judeocristiano. A esto contribuyen líderes políticos, periodistas, escritores o intelectuales, tanto si se trata de ignorancia o desgana por conocer la realidad como si es cosa de mentes retorcidas que, captadas por la propaganda israelí o sencillamente debido a su mala voluntad, se expresan alineándose con los crímenes de Israel, aun con disimulo. y de alguna manera los justifican.

Quiero tomar en consideración cuatro casos de personalidades -dos políticos, un escritor y un intelectual- que se han expresado acerca del actual genocidio israelí en Gaza, tratándolos de la forma diferenciada propia de cada uno. En primer lugar, es José María Aznar, expresidente del Gobierno y notable conservador, fracción pro ultra, quien en sus dominios de la Fundación FAES, evitando calificar de genocidio los sucesos de Gaza, insistió en atribuir al ataque de Hamás del 7 de octubre y al secuestro de rehenes poco menos que la responsabilidad de las masacres (aunque él aludió a los 65.000 asesinados como “lo que está haciendo Israel”, sin más precisión), dando a entender que si esos rehenes fueran liberados la paz volvería a la Franja. Una indecencia de quien en su momento y siendo jefe del Gobierno de España, se mostró partidario de los derechos palestinos y ahora niega el Estado palestino. Sin embargo, lo que a este cronista le pareció más destacable fue este aserto: “Si Israel pierde, Occidente se pondrá al borde de una derrota total”.


José María Aznar (Europa Press).

Lo que me recordó que durante el franquismo España era el “centinela de Occidente”, a más de histórica y denodada defensora de la fe y el cristianismo, y ahora este papel lo ha cedido nuestro prohombre, a modo de traición imperdonable, al Estado sionista, a fin de cuentas una creación de ayer, como quien dice, escuchimizado y lleno de ruidosos criminales y fanáticos de una fe que ni es la verdadera ni puede compararse con la nuestra, la cristiana surgida en su momento para superar a la judía y a toda su tradición. Así que, para Aznar, Israel es el muro de contención de Occidente, este mundo político y religioso que a base de una superioridad neta e incontestable ha asombrado a la Historia con su civilización, sus masacres, su arte, sus esclavos, su fe, sus colonias, su filosofía, sus guerras de exterminio, etcétera. Con todo lo que perdería el mundo en caso de que Israel fuera destruido por unos cuantos miles de milicianos malamente armados y asediado por varios millones de seres hambrientos y descuartizados. Pero recalquemos, por si fuera necesario, que en términos no excesivamente relativos Israel resulta el Estado más sanguinario de la Historia (a más de artificial e ilegítimo), lo que incluye esa parte del relato bíblico auto atribuido por más que resulte fantasioso, pero casi siempre violento y perturbador; y teniendo esto en cuenta, ni Israel ni ese Occidente que lo acoge tienen en conjunto demasiado de qué enorgullecerse.

Al poco, Felipe González -que podría haber sido al alimón con Aznar, tanta es su coincidencia y tantas las veces que se juntan-, otro expresidente empeñado en iluminar la mala marcha de los asuntos de España (desde que fuera desalojado del poder), se dirigía a su auditorio con amenazante gesto de dinosaurio iracundo y mirada flamígera y cuellicorta, con la delicada frase de que “si queremos que Israel deje de matar a niños y mujeres, que Hamás suelte a los rehenes”. Interpretaba, así, lo que es generosa política israelí desde 1948, tratando a los palestinos, como todo el mundo sabe y él mismo, con ecuanimidad y equilibrio, y así lo dicen las cifras: si Hamás retiene medio centenar de rehenes en condiciones penosas, las cárceles israelíes retienen, sin juicios ni delitos, a unos diez mil presos palestinos, por supuesto que lustrosos y bien atendidos. González sabe muy bien que este ataque a Gaza, con ser el más terrorífico, es el quinto o sexto en veinte o treinta años, sin que esas otras veces se esgrimieran como pretexto para masacrar a cientos o miles de palestinos civiles, nada más que los modestos ataques defensivos gazatíes.


Felipe González (Europa Press).

 Este socialista, que lo ha traicionado todo en esta vida, fue el artífice de que su Gobierno reconociera en 1986 al Estado de Israel, frente a la evidente hostilidad de la opinión pública española, a la que se no se le consultó. Lo que en aquel momento fue calificado por Felipe Gonzáles como un “reto histórico”, cediendo a la presión de la UE y de la Internacional Socialista, fue una concesión indecente a un Estado que ya era un baldón para la Humanidad. El verborréico Felipe mejor debiera esconderse y cortarse las venas por tan fatídica aportación al mundo. (Me importa recordar la condena que varios amigos periodistas hicimos de aquel reconocimiento diplomático, sabiendo lo que acarrearía: España-Israel: un reencuentro en falso, de 1987.)



España-Israel. Un reencuentro en falso (1987).

Destaco a una tercera figura opinante, la del escritor Arturo Pérez Reverte quien, en una entrevista en “El Hormiguero”, tras reconocer que ante el conflicto de Gaza siente la contradicción de “detestar y simpatizar, a la vez, a palestinos e israelíes”, enjuicia a Hamás calificándolo de “movimiento criminal, terrorista y fanático religioso” pero se olvida de añadir, aunque solo sea por prolongar esa situación de contradicción en la que se ve inmerso, que Hamás también es “un movimiento de la resistencia palestina de siempre, anticolonial y de liberación”; y no creo que esté dispuesto a defender que haya diferencias sustanciales de Hamás con los movimientos primeros de la resistencia palestina, como Al Fatah, FLP, FPLP… de los que hace años que no se habla como tales, y que llevan vegetando a la sombra -desprestigiada, incluso traidora- de la Autoridad Nacional Palestina; Hamás es la continuación, con sus circunstancias, de la misma lucha originaria.


Pérez Reverte en 'El Hormiguero'.

Porque la violencia y las atrocidades son inevitables en cualquier movimiento anticolonial, y así lo muestra la historia de las luchas habidas de ese tipo en África y Asia que aun así ni llegan ni pueden llegar a la violencia y las atrocidades del poder colonial, que nunca capitula si no se lo desafía con la fuerza de las armas (estoy seguro que Pérez Reverte conoce muy bien los casos del FLN argelino y del FNL vietnamita). Violencia y política merecen un análisis medido y matizado, no vaya a ser que se deslegitime el derecho de autodeterminación e independencia de tantos pueblos en el mundo y la historia (que es lo que exigen los palestinos con toda la razón desde 1922, si no antes) por la violencia utilizada como medio, generalmente necesario, para lograrlas.

De todas formas, lo que más me ha interesado de esa entrevista es la frase “quien diga -y hay mucho estúpido diciéndolo- que tiene claro quién es el bueno y el malo en ese conflicto, una de dos, o es tonto perdido o se lo han contado mal”. Todo ello en el estilo sobrado y desafiante del personaje, que no por ello deja de mostrar evidente debilidad si no es capaz de resolver esa doble contradicción personal, lo que debiera urgirle. Lo del bueno y el malo no viene a cuento en un caso como éste, en el que tan claro está, o debiera estarlo, quién es el invasor y asaltante, el colonizador y el criminal en la historia de Palestina desde las últimas décadas del siglo XIX, todo agravado bajo el protectorado británico, que consintió la inmigración masiva de europeos que no tenían nada que ver -étnica, histórica o geográficamente- con Palestina. Lo que dio lugar a la autoproclamación del Estado de Israel sobre una base ilegítima (religiosa y mítica), por medios ilegales (la Declaración Balfour, la previsión del Mandato, la decisión de partición del territorio por la Asamblea General de las Naciones Unidas) y un desarrollo atroz, violento y expansionista, es decir, netamente antidemocrático desde su nacimiento. Quien ignore todo esto -y señalo al lenguaraz Pérez Reverte- “o es tonto perdido o se lo han contado mal”. Hay sin embargo otras dos posibilidades: que se trate de un ignorante de la Historia del siglo XX (por más que demuestre en sus novelas conocer bien nuestro siglo XVII), o de un prosionista camuflado.

La cuarta referencia me la proporciona el prestigioso profesor del CSIC, Reyes Mate, que muestra en su artículo “Sin autoridad para condenar y con el deber de estar” (El País, 16 de septiembre de 2025) una inesperada mezcla de ignorancia, tendenciosidad y exculpación en definitiva de los crímenes de Israel en Gaza. Porque si bien declara que Israel está protagonizando “una guerra injusta por lo desproporcionada”, elude la esencial cuestión de que Israel es un Estado colonial e invasor, por lo que las únicas guerras justas son las defensivas y de resistencia de los palestinos, de tal manera que incurre en el disparate de calificar de “torpeza” la negativa de los palestinos a aceptar la partición de su país en 1947-48, que les impedía la autodeterminación y daba paso a un Estado racista y expansionista. Y cuando alude, al “terrorismo de Hamás”, ignora que es un movimiento de liberación; y, como este “tiene a Alá por objetivo”, lo califica de “fundamentalismo totalitario”, como si Israel no estuviera determinado por el fanatismo sionista, religioso y político, e insistiera en que sus “derechos” se fundan en la Biblia…


Manuel-Reyes Mate Rupérez.

Es sorprendente que Reyes Mate asevere que “los españoles somos parte de la historia antisemita que propició en el siglo XIX la creación del movimiento sionista y en el XX la existencia de los campos de exterminio” (al igual que le corresponde a los alemanes, dice). Se supone que se remonta a los Reyes Católicos porque en la historia de España posterior no consta más aversión a los judíos (puntual, localizada) que la existente en toda Europa, y por los mismos motivos: causas y orígenes que son los judíos los que debieran aclarar, ante sí mismos y de una vez, y dejar de quejarse de la maldad y la envidia hacia ellos del mundo entero (los “gentiles”, considerados humanos inferiores). El particularismo judío, “fundado” en una base bíblica disparatada y grotesca, siempre ha sentado mal a todo el mundo y con razón. Mate, como tantos otros, debiera afrontar la tragedia inevitable de los judíos que se creen distinguidos por un Dios propio y obsequiados con una tierra ajena.

Y aunque quiere -yo creo que innecesariamente, pero, bueno- que se distinga entre judaísmo y sionismo, no duda en dar por sentado que Israel es un Estado judío, que representa o acoge al judaísmo perseguido, lo que no tiene nada que ver con la realidad. Los sionistas que pusieron en marcha la “segunda conquista de Canaán” (igual de injusta y pirata que la primera, la de Josué, por más que no haya referencia histórica alguna sobre esto, pero así lo quieren las fantasías de la Biblia), eran un grupo de asaltantes que organizaron la apropiación de un territorio que no les pertenecía y al que no tenían ningún derecho, ya que carecían -no me canso de repetirlo- de relación étnica o geográfica con la Judea histórica o la Palestina posterior. Es el vínculo judaico religioso-cultural lo que “une” (que es mucho decir) al judaísmo actual, habiendo servido como mero pretexto de colonización y apropiación de Palestina por los sionistas, es decir, de saqueo y robo. Los sionistas del tiempo de Herzl y los de ahora son gente europea sin el menor gen judío, y en gran mayoría ateos o laicos.

Y sobre la agresiva afirmación de que “Hamás provocó la guerra”, parece mentira que haya que recordarle que la permanente opresión, las exacciones y los asesinatos contra palestinos constituyen un estado “natural” de guerra en la realidad -necesaria y fatal- de Israel, por lo que nunca hallará la paz.

martes, 5 de agosto de 2025

Sexo y cristianismo, una relación incómoda

 

 Por Ruth Karras   
      Historiadora estadounidense especializada en historia de la sexualidad y de género en la Edad Media. Titular de la cátedra Lecky Professor of History en el Trinity College de Dublín.



El artículo que sigue es una reseña de Lower Than the Angels: A History of Sex and Christianity, de Diarmaid MacCulloch (Viking, 2024)


     Quienes piensan que las iglesias cristianas son responsables de todas las formas en que la sociedad occidental tiene una actitud represiva, malsana, degradante y misógina hacia el sexo no encontrarán justificación en el último libro de Diarmaid MacCulloch, Lower Than the Angels.




El texto tampoco ofrecerá apoyo a aquellos que buscan una edad de oro histórica, ya sea porque creen que el cristianismo puede proporcionar un punto fijo para volver a la tradición frente a una sociedad hedonista, egoísta y objetivamente desordenada, o porque creen que en su día proporcionó una atmósfera liberadora para diversas formas de amor humano.




Más bien, este libro es para quienes desean que su visión de una institución complicada se complique aún más.

Curso intensivo

Lower Than the Angels tiene quinientas páginas (sin contar las notas); el relato de las iglesias y el sexo se inscribe en un curso intensivo sobre la historia del cristianismo y las culturas en las que surgió y se desarrolló. Los no académicos pueden saltarse las notas a pie de página y disfrutar de la escritura de MacCulloch, aunque es posible que en cada capítulo se pregunten cuándo va a llegar al sexo.

Sin embargo, el material de referencia demuestra que el autor ha hecho los deberes. Como muchos otros medievalistas, mi primera reacción ante una historia tan amplia es sentir vergüenza, porque la Edad Media se convierte a menudo en una caricatura, un «antes» que contrasta con la emoción y el cambio del «después». Sin embargo, el autor está bien informado sobre la Edad Media, aunque posiblemente subestime la existencia de identidades autodefinidas en aquella época.

El profesor Sir Diarmaid MacCulloch es un distinguido historiador del cristianismo que comenzó trabajando sobre la Iglesia inglesa en el siglo XVI y amplió sus estudios hasta abarcar toda la historia de las iglesias cristianas. El libro está sin duda marcado por dos aspectos de la propia vida de MacCulloch. Como él mismo dice, «todos somos observadores participantes en cuestiones de género y sexualidad».

En primer lugar, creció como hijo de un clérigo de la Iglesia de Inglaterra en una parroquia rural y fue muy activo en la iglesia, llegando a ser ordenado diácono. Ese aspecto de su identidad chocó de frente con el otro.

Como hombre gay que alcanzó la mayoría de edad y salió del closet a finales de los años sesenta y principios de los setenta, descubrió que los esfuerzos por hacer que la Iglesia de Inglaterra fuera más acogedora no habían llegado a ninguna parte y dimitió tras una votación homófoba (palabra mía, no suya) del sínodo en 1988. Esta experiencia contribuye sin duda a la simpatía que muestra en el libro hacia las mujeres y las personas LGBQ (por desgracia, algo menos hacia las personas T).

Uno de los puntos más llamativos del libro en general —además de la gran conclusión de que «es complicado»— es la profunda huella que el agustinismo ha dejado en las ideas de la cristiandad occidental sobre el sexo. La idea de que el sexo por placer es algo malo, mientras que el sexo puede justificarse por la necesidad de traer hijos al mundo, es parte integrante de la enseñanza cristiana en todas las confesiones. Es una parte importante de mi propia investigación sobre la sexualidad medieval.

Por lo tanto, es saludable recordar que esta actitud no es bíblica. Como escribe MacCulloch, «los siglos de pronunciamientos cristianos que sitúan el matrimonio en segundo lugar después del celibato tienen su origen en Pablo, pero no en ninguna relación con la procreación». Por supuesto, muchas confesiones protestantes desconfían del celibato, en parte porque perciben una cierta impureza en torno al sexo que puede mantenerse a raya mediante el matrimonio, especialmente un matrimonio sin anticonceptivos, de modo que el sexo no pueda considerarse simplemente como un placer.

Sin embargo, Pablo y otros cristianos primitivos, que creían que la segunda venida de Cristo era inminente, no se preocupaban por perpetuar la especie. El cristianismo primitivo fue esencialmente un interludio en una línea de continuidad desde la cultura helenística (judía, griega y romana) hasta la actualidad, pasando por Agustín, en la que la procreación era fundamental. Para Pablo, argumenta MacCulloch, el aspecto sexual del matrimonio era importante porque hacía que la pareja fuera «una sola carne» de una manera más igualitaria que la que había enseñado el propio Jesús.

Infidelidad e impureza

También dejó una profunda huella en las culturas posteriores el uso de la infidelidad sexual u otras conductas indebidas como metáfora de la infidelidad a Dios. Esta forma de pensar, que no es una innovación cristiana, se remonta a los profetas hebreos.

De manera similar, las relaciones sexuales con personas ajenas al matrimonio, incluso dentro de este, se vinculaban a la idolatría: fueron las esposas extranjeras de Salomón las que provocaron su caída y, a finales de la Edad Media, los ilustradores de manuscritos representaban a estas esposas idólatras con la piel negra. Esta conexión ha reforzado las barreras entre los grupos internos y externos durante milenios, al igual que la confusión general entre lo extranjero o diferente y la desviación sexual, utilizada contra los propios primeros cristianos por los moralistas romanos.




Las escrituras hebreas también legaron una preocupación especial por el cuerpo sexuado. El cristianismo no adoptó la práctica de la circuncisión, y solo aceptó de manera no oficial la idea de que las mujeres menstruantes debían considerarse impuras. Sin embargo, sí adoptó sin reservas la condena del sexo entre dos hombres, que en otras culturas antiguas se consideraba aceptable como un fenómeno del ciclo de la vida. Por otro lado, el cristianismo eligió la monogamia grecorromana, o una forma más estricta de ella, en lugar de la poliginia judía, lo que posiblemente mejoró la condición de la mujer.

Considerar que la historia original detrás de los Evangelios pudo haber involucrado un nacimiento ilegítimo, como sugiere MacCulloch que deberían hacer los estudiosos modernos, es darse cuenta de la naturaleza radical de las afirmaciones cristianas sobre la pureza de la Virgen María.




Los teólogos patrísticos, así como los posteriores, tuvieron que explicar la existencia de los hermanos de Jesús diciendo que eran hijos de José de un matrimonio anterior o que la Biblia se refería a «primos» cuando decía «hermanos».

La veneración de María proporcionó un aspecto femenino que el judaísmo había tenido que crear con conceptos como la Shekhinah (presencia divina) o Hokhma (sabiduría divina). Sin embargo, esta presencia femenina subrayaba la imposibilidad de que nadie más pudiera alcanzar jamás la cima de la feminidad ideal, como virgen y madre.

Reforma de la sexualidad

MacCulloch atraviesa su mejor momento cuando llega a la Reforma, sosteniendo que el rechazo de Martín Lutero al celibato clerical fue más significativo que su orientación teológica. El protestantismo también trajo consigo la búsqueda de modelos matrimoniales, en contraposición a los santos, que en su mayoría eran vírgenes. Incluso encontró tales modelos entre los patriarcas polígamos, aunque el breve experimento con la poligamia de los anabaptistas de Münster fue un fracaso.

Si la Reforma, como sugiere MacCulloch, fue una disputa sobre un legado teológico agustiniano compartido, también existía una base común en los enfoques de las distintas iglesias sobre el matrimonio: todas coincidían en que «el matrimonio debía seguir siendo asunto de toda la sociedad y de las instituciones eclesiásticas».

Esta visión contrasta con la situación que existía antes del siglo XI, en la que el matrimonio era un asunto mucho más privado, aunque la Iglesia seguía teniendo opiniones al respecto. Esta perspectiva persiste hoy en día, incluso en sociedades muy secularizadas, en la idea de que el Estado debe decidir qué matrimonios son válidos y que quienes están casados deben disfrutar de ciertos beneficios (o perjuicios, como en el caso de algunos sistemas fiscales).

En la cristiandad latina medieval, el matrimonio podía celebrarse entre dos personas que se pronunciaran unas palabras concretas. Tras el Concilio de Trento, en el siglo XVI, el matrimonio católico requería la presencia de un sacerdote, y en las jurisdicciones protestantes, la de un clérigo o un funcionario civil. En el siglo XVIII, el matrimonio civil se extendió por toda Europa y el Estado pasó a tener voz y voto. Irónicamente, señala MacCulloch,


las parejas del mismo sexo en gran parte del cristianismo occidental se encuentran ahora en una situación muy similar a la de las parejas heterosexuales casadas en la Iglesia del siglo II: tras una ceremonia civil que formaliza su relación, pueden acudir a su comunidad religiosa y recibir una bendición.

MacCulloch sostiene que la regulación del matrimonio y del sexo en general no fue simplemente impuesta desde arriba durante la Reforma, sino que se alineó con «el sentimiento general de la población, que simpatizaba con un cambio en las normas sexuales». En una época en la que más gente escuchaba las enseñanzas de las iglesias, es difícil saber si fue primero el huevo o la gallina.

En el siglo XVIII, por supuesto, la gente escuchaba mucho menos. Uno de los grandes cambios de esta época, que iba en contra de las enseñanzas de la Iglesia, fue la aparición de lo que él denomina «homosexualidad o identidad gay sin complicaciones», aunque estos términos aún no existían, y que «representaba un reconocimiento coherente de sí mismos, en lugar de la colección heterogénea de actos desviados que el cristianismo occidental etiquetaba como sodomía».

Es difícil argumentar que en la Florencia del siglo XV, por ejemplo, no existiera un reconocimiento coherente entre los hombres que mantenían relaciones sexuales con otros hombres, sino solo una colección variopinta de actos; o que no hubiera pánico moral en épocas anteriores. Pero algo cambió sin duda en ese momento.

Alarmas furiosas

En la era moderna, MacCulloch rastrea los efectos de las definiciones y prohibiciones occidentales en el resto del mundo. Argumenta que los movimientos reformistas islámicos como el wahabismo y el deobandismo, aunque fueron una reacción contra el imperialismo y pretendían defender el islam del Occidente, podrían «adoptar efectivamente […] la mojigatería y los valores familiares victorianos», o al menos esforzarse por establecer su propio conjunto de valores estrictos para competir.

El libro termina con una nota algo pesimista, especialmente en lo que respecta a la actividad homosexual, ya que el liderazgo de muchas iglesias internacionales, así como el peso del número de feligreses habituales, se desplaza fuera de Europa y las iglesias experimentan «una alarma furiosa ante lo que el Occidente liberal dice y hace sobre el sexo y la expresión sexual». El autor compara la forma en que los regímenes cristianos y musulmanes de África compiten por ver quién es más hostil hacia la homosexualidad con la forma en que católicos y protestantes competían por ver quién era más punitivo con las brujas.

Los eclesiásticos que temían que la difusión de los métodos anticonceptivos, que permitían disociar el sexo de la reproducción, diera lugar a argumentos a favor de la aceptación de la homosexualidad, han tenido razón. Hoy en día, en todo el mundo, «el tono más fácil de escuchar en la religión (no solo en el cristianismo) es el del conservadurismo airado». Se trata de una actitud que «se centra en un profundo cambio en los roles de género a los que tradicionalmente se ha dado un significado religioso».




El único ámbito en el que MacCulloch parece tener un punto ciego es la historia trans. Se refiere repetidamente a las historias de personas con cuerpo femenino en monasterios masculinos como «disfrazadas de hombres», o a las mujeres de la era moderna que «decidieron aprovechar las mayores oportunidades que la vida ofrecía a los hombres y presentarse como hombres». Ignora los estudios recientes que plantean la posibilidad de que estas personas tuvieran una identidad distinta a la de «mujeres travestidas».

Dado que el autor discute ideas con las que no está de acuerdo en otras partes del libro, llama la atención la ausencia total de reflexión sobre estas cuestiones. Le parece «revelador que no haya historias complementarias de ascetas masculinos que se hacen pasar por mujeres», pero ¿por qué es tan revelador? Los eunucos son sin duda un buen ejemplo de «ambigüedad de género o sexual, hasta llegar a una reconstrucción literal del sexo y la identidad», pero hay otros.

Campos de batalla sexuales

El sexo ha desempeñado un papel importante en diversas divisiones dentro del cristianismo: entre los grupos que han llegado a ser considerados heréticos (gnósticos, marcionistas, cátaros, etc.) y los que han prevalecido y, por lo tanto, han llegado a ser considerados ortodoxos; entre las iglesias occidentales y orientales; entre protestantes y católicos. En ninguno de estos casos el sexo fue el factor principal o desencadenante. Pero diferentes prácticas, con diferentes justificaciones filosóficas y teológicas, permitieron que el sexo se convirtiera en un campo de batalla y en un medio para tachar al otro no solo de diferente, sino también de depravado.

Actualmente, el sexo es un punto de tensión dentro de varias iglesias importantes: la crítica al papa Francisco por su «progresismo» por parte de los católicos conservadores se debió en parte a su aparente indulgencia hacia las personas LGBTQ, y el razonamiento detrás del actual cisma en la Iglesia anglicana es muy similar. En generaciones anteriores, las cuestiones relacionadas con el divorcio o la anticoncepción sirvieron como posibles puntos de ruptura.

Mis estudiantes irlandeses, en su mayoría católicos culturales, estaban en la escuela primaria cuando el país votó a favor de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y del aborto. Sin embargo, en la generación de sus padres, las mujeres solteras embarazadas seguían siendo enviadas a horribles hogares para madres y bebés, donde les quitaban a sus hijos. Esa generación también vio cómo su actitud hacia la Iglesia se veía moldeada por el escándalo de los abusos sexuales por parte del clero.

La moralidad universalizadora del cristianismo —la idea de que realmente tiene derecho a juzgar, a establecer normas para todos— parece garantizar que el sexo seguirá siendo un tema polémico en el futuro, tanto dentro de las iglesias como entre ellas y entre cristianos y no cristianos.


Fuente: JACOBIN

miércoles, 12 de marzo de 2025

El secretario de Defensa de Estados Unidos, Hegseth, quiere derrocar al gobierno de China en una "cruzada" contra la izquierda (y el Islam)

 

 Por Ben Norton 
      Periodista y analista independiente, editor de Geopolitical Economy Report.


El secretario de Defensa de Trump, Pete Hegseth, se declara un “cruzado” que cree que Estados Unidos está en una “guerra santa” contra China, la izquierda y el Islam. “La China comunista caerá”, prometió en su libro de 2020





     El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, es un autoproclamado "cruzado" que cree que Estados Unidos está en una "guerra santa" contra la izquierda, China y el Islam.

En su libro American Crusade: Our Fight to Stay Free (Cruzada estadounidense: nuestra lucha por permanecer libres), de 2020, Hegseth prometió que, si Trump pudiera regresar a la Casa Blanca y los republicanos pudieran tomar el poder, "la China comunista caerá y se lamerá las heridas durante otros doscientos años".

Hegseth declaró que los chinos "son literalmente los villanos de nuestra generación" y advirtió: "Si no nos enfrentamos a la China comunista ahora, algún día tendremos que enfrentarnos al himno chino".

En la visión conspirativa de Hegseth, los comunistas chinos y la izquierda internacional están conspirando con los islamistas contra Estados Unidos e Israel, que son países sagrados bendecidos por Dios.

Hegseth prometió que bajo el liderazgo de Trump "Israel y Estados Unidos formarán un vínculo aún más estrecho, luchando contra el flagelo del islamismo y el izquierdismo internacional que nunca desaparecerá por completo".

"Los islamistas nunca obtendrán un arma nuclear, pero serán bombardeados preventivamente hasta el año 700 cuando lo intenten", añadió.

En el libro, Hegseth elogió a los cruzados medievales y argumentó que los conservadores occidentales del siglo XXI deberían continuar la guerra santa que iniciaron hace un milenio.

Uno de sus capítulos se titula "Hagamos que la Cruzada vuelva a ser grandiosa".

En la primera página del libro, Hegseth afirma con orgullo que su "cruzada estadounidense" es una "guerra santa" e insiste en que los izquierdistas no son "meros oponentes políticos. Somos enemigos. O ganamos nosotros o ganan ellos; no estamos de acuerdo en nada más".

Hegseth también afirmó con certeza que pronto habrá una guerra civil en Estados Unidos, entre la derecha y la izquierda.

"Sí, habrá algún tipo de guerra civil. Es un escenario horrible que nadie desea, pero que sería difícil de evitar", escribió. Afirmó que existen "diferencias irreconciliables entre la izquierda y la derecha en Estados Unidos que conducen a un conflicto perpetuo que no se puede resolver mediante el proceso político", y predijo un "divorcio nacional".



Pete Hegseth dice que Estados Unidos está "preparado" para la guerra con China



Como secretario de Defensa, Pete Hegseth ha impulsado políticas extremadamente agresivas contra Pekín.

En marzo de 2025, Hegseth le dijo a Fox News que Estados Unidos está "preparado" para ir a la guerra con China.

En un discurso que pronunció ante las fuerzas armadas estadounidenses unos días después de asumir su cargo en enero, Hegseth prometió: "Seguiremos siendo la fuerza más fuerte y letal del mundo".

En otro discurso pronunciado en febrero, expresó su compromiso de "convertir de nuevo nuestras fuerzas armadas en la fuerza más letal y brutal del planeta".

Donald Trump descubrió a Hegseth porque trabajó en Fox News durante una década, a partir de 2014. Fue copresentador del programa de entrevistas conservador Fox & Friends.

Aunque se presenta cínicamente como un "populista", Hegseth tiene un currículum extremadamente elitista. Estudió en la Universidad de Princeton y trabajó como analista bursátil para el banco de inversiones de Wall Street Bear Stearns (que colapsó en la crisis financiera de 2008). Más tarde realizó un máster en la prestigiosa Harvard Kennedy School, que ha formado a una de las figuras más destacadas de la clase política mundial.

Antes del primer mandato de Trump, Hegseth era un republicano neoconservador más. De hecho, era un halcón que echaba espuma por la boca y apoyó con tanta fuerza la invasión ilegal de Irak que se ofreció como voluntario para luchar allí en el ejército estadounidense.

Hegseth trabajó durante un año en el campo de concentración estadounidense de Guantánamo, en territorio cubano ocupado. Cuando sirvió allí, la administración de George W. Bush practicaba brutales torturas.

Como secretario de Defensa, Hegseth ha defendido la decisión de Trump de deportar a los inmigrantes indocumentados a la Bahía de Guantánamo. Visitó el campo de concentración y posó para una sesión fotográfica en el Pentágono para apoyar la política.






Las opiniones teocráticas extremistas de Pete Hegseth



Pete Hegseth está estrechamente vinculado a una iglesia nacionalista cristiana extremista que predica que Estados Unidos debe seguir la ley bíblica.

La iglesia de Hegseth es miembro de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas, que cree que la comunidad LGBT debería ser criminalizada. Algunos de sus miembros destacados sostienen que las mujeres deberían perder el derecho al voto e incluso han hablado positivamente de la esclavitud.

Hegseth tiene numerosos tatuajes asociados con movimientos extremistas cristianos y nacionalistas blancos, entre ellos uno de la "Cruz de los Cruzados" y otro que dice "Deus vult", o "Dios lo quiere" en latín. Este eslogan se utilizó durante las Cruzadas.




Su libro de 2020, American Crusade: Our Fight to Stay Free, es un llamado del siglo XXI a continuar las Cruzadas originales, aunque esta vez contra la izquierda política.

Más de la mitad del libro, de casi 300 páginas, está dedicado a atacar a la izquierda. De los 14 capítulos, nueve tratan de lo que él llama "izquierdismo".

Hegseth atacó a la izquierda por el socialismo, el secularismo, el multiculturalismo, el ambientalismo y el llamado "generismo" y "globalismo".

También asoció de forma extraña a la izquierda con el islamismo, al que llamó "el 'ismo' más peligroso". Hegseth dedicó un capítulo entero a demonizar el Islam.

En sus delirantes sueños febriles, los izquierdistas y los islamistas son parte de una conspiración global para destruir a Estados Unidos.

"Junto a los comunistas chinos y sus ambiciones globales, el islamismo es la amenaza más peligrosa a la libertad en el mundo", escribió Hegseth.



La cruzada de Pete Hegseth contra China


En American Crusade, Hegseth denunció a "nuestro mayor enemigo geopolítico, la China comunista".

Mencionó a China y a los chinos 110 veces en el libro.

Los chinos "son literalmente los villanos de nuestra generación", escribió Hegseth.

Citó a Trump, quien dijo en 2019: "China es una amenaza para el mundo en cierto sentido, porque está construyendo un ejército más rápido que nadie".

"Hasta Mickey Mouse entendería que el gobierno comunista chino y su motor económico son una amenaza y que debemos obligar a nuestras empresas a que dejen de facilitarles tecnología estadounidense", argumentó Hegseth. "Debemos hacer que las empresas vuelvan a Estados Unidos, por la fuerza si es necesario".

"China tiene un sueño, se llama el sueño chino, y termina con el restablecimiento del antiguo Imperio chino", afirmó.

Hegseth declaró que, a través del llamado "globalismo", China está librando una "guerra tecnológica, una guerra cultural, una guerra comercial y una guerra militar".

"Si no nos enfrentamos a la China comunista ahora, algún día tendremos que enfrentarnos al himno chino", insistió.

El argumento de Hegseth era profundamente contradictorio. Advirtió que China es una amenaza poderosa y creciente, pero al mismo tiempo insistió en que es débil y frágil.

"La economía china es falsa porque no es libre, pero sí poderosa: se construyó mediante el robo, la intimidación y la debilidad de los oponentes de China", escribió Hegseth.

La dependencia comercial de Estados Unidos respecto de China es "un enorme problema de seguridad nacional; una emergencia, en realidad", escribió. Insistió en que Estados Unidos debería dejar de comerciar con China, sosteniendo que "no se puede comerciar de manera justa con un enemigo que miente, engaña y roba".

Esta cita fue profundamente irónica, considerando que el director de la CIA y secretario de estado en el primer mandato de Trump fue el neoconservador Mike Pompeo, quien declaró infamemente: "Yo era el director de la CIA. Mentimos, engañamos, robamos... Tuvimos cursos de capacitación completos".

En su libro, Hegseth afirmó que existe una "influencia china desenfrenada en los medios y las universidades estadounidenses", sembrando miedo sobre Walt Disney y los Institutos Confucio.

"¿Algún estadounidense sensato piensa realmente que la China comunista es nuestra amiga? ¿Alguien? ¡Por supuesto que no!", escribió Hegseth. Y añadió: "A excepción de Bernie Sanders, amante del comunismo, y sus 'amigos', los estadounidenses con sentido común comprenden lo que representa China".

Hegseth predijo que, si los demócratas ganaran las elecciones estadounidenses de 2020, "el izquierdismo nos esclavizará a todos con un gobierno grande hasta que quede esclavizado por el islamismo" y "habrá alguna forma de guerra civil".

Afirmó que, si Trump perdía las elecciones de 2020, "la China comunista se alzaría y gobernaría el mundo. Europa se rendiría formalmente. Los islamistas obtendrían armas nucleares y buscarían borrar a Estados Unidos e Israel del mapa. La libertad se desvanecería y la tiranía surgiría".

Trump terminó perdiendo las elecciones de 2020, y nada de eso sucedió.

Sin embargo, Hegseth predijo que, si Trump y los republicanos regresaban al poder, “nuestra economía de libre mercado florecería, mientras que China no sería capaz de hacer trampas ni competir, tal como lo hizo la Unión Soviética”. Y escribió triunfante: “El socialismo, derrotado”.

Continuó:

La China comunista caerá y se lamerá las heridas durante otros doscientos años. Europa se rendirá, pero quedarán algunos grupos de resistentes amantes de la libertad. Los islamistas nunca tendrán un arma nuclear, pero serán bombardeados preventivamente hasta el siglo VII cuando lo intenten. Israel y Estados Unidos formarán un vínculo aún más estrecho, luchando contra el azote del islamismo y el izquierdismo internacional que nunca desaparecerá del todo.


Pete Hegseth: Estados Unidos e Israel están librando una "cruzada" para salvar a Occidente


Toda la visión del mundo de Pete Hegseth se opone a la izquierda. En American Crusade, afirmó que su ideología es el "americanismo", que definió como "una lealtad sin complejos a los ideales fundadores de los Estados Unidos de América". Subrayó que el americanismo es "lo opuesto al izquierdismo".

"Otra forma de definir el americanismo es el nacionalismo estadounidense", añadió Hegseth, que se identificó orgullosamente a sí mismo y a Trump como nacionalistas estadounidenses y sostuvo que Estados Unidos es "el único bastión verdadero de la libertad en el planeta".

Al mismo tiempo, sin embargo, el concepto de "americanismo" de Hegseth es internacional. Considera a otros movimientos nacionalistas de extrema derecha en Occidente como aliados en una lucha civilizacional global contra China, la izquierda y el Islam.

"El americanismo está vivo en lugares como Polonia, que rechazan las visiones globalistas de los burócratas izquierdistas de la vieja Europa", escribió Hegseth, y agregó: "Lamentablemente, tenemos más en común con esos luchadores por la libertad internacional que con los demócratas estadounidenses modernos".

"El americanismo está vivo en Israel, donde Benjamin Netanyahu se opone valientemente al antisemitismo y al islamismo internacionales", escribió.

"Si amas a Estados Unidos, debes amar a Israel", afirmó. "Israel es el enemigo número uno tanto para los islamistas como para los izquierdistas internacionales, lo cual es motivo suficiente para amarlo".

El secretario de Defensa Hegseth se reunió con el primer ministro israelí, Netanyahu, en febrero de 2025. El informe del Pentágono señaló que "el secretario enfatizó el vínculo inquebrantable que existe entre Estados Unidos e Israel y elogió a Israel como un aliado modelo en Medio Oriente".


El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, se reúne con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en febrero de 2025.

En American Crusade, Hegseth se jactó de haber visitado Israel varias veces.

Mencionó a Israel y a los israelíes 54 veces en el libro.

Para aprender sobre la historia de Israel, recomendó que sus lectores vean videos del canal de derecha de YouTube PragerU.

"Para nosotros, los cruzados estadounidenses, Israel encarna el alma de nuestra cruzada estadounidense", escribió Hegseth. "La fe, la familia, la libertad y la libre empresa; si amas todo eso, aprende a amar al Estado de Israel".

Según Hegseth, Estados Unidos está liderando una batalla civilizatoria, en alianza con Israel. Imploró a los cristianos de hoy que continuaran las Cruzadas iniciadas en el siglo XI.

Él escribió:

En pocas palabras: si no comprendemos por qué es importante Israel y por qué es tan central para la historia de la civilización occidental (y Estados Unidos es su mayor manifestación), entonces no vivimos en la historia. La historia de Estados Unidos está inextricablemente ligada a la historia judeocristiana y al estado moderno de Israel.

"Nosotros, los cristianos, junto con nuestros amigos judíos y su extraordinario ejército en Israel, debemos tomar la espada del americanismo sin complejos y defendernos. Debemos hacer retroceder al islamismo", añadió.

Al mismo tiempo, Hegseth reconoció que sus opiniones extremistas le habían hecho perder amigos.

"Por esta causa he perdido amigos. Muchos", escribió. "Algunos miembros de mi extensa familia no tienen interés en hablar conmigo, y el sentimiento es mutuo. Personas a las que admiraba me envían cartas y correos electrónicos desagradables diciéndome que soy una persona terrible".



Pete Hegseth: “Debemos luchar contra las fuerzas malignas del secularismo”


Pete Hegseth es un nacionalista cristiano teocrático. Se opone a la separación de la Iglesia y el Estado y cree profundamente que Estados Unidos es una nación cristiana y que sus leyes deben basarse en la Biblia.

"Debemos luchar contra las fuerzas malignas del secularismo", escribió Hegseth en American Crusade. Argumentó que "nuestros fundadores estarían disgustados con la América secularista de hoy".

"Sin Dios, América no es América", declaró, afirmando que el "movimiento secularista es incompatible con el americanismo".

Un capítulo entero de su libro está dedicado a "derrotar a la Iglesia del secularismo".

Si Trump y los republicanos logran permanecer en el poder, predijo Hegseth en 2020, "el aborto será finalmente y para siempre ilegal y nuestras escuelas públicas serán abandonadas o completamente transformadas".

Insistió en que las escuelas deberían promover "la verdadera historia del excepcionalismo estadounidense".

Según Hegseth, Trump es un aliado importante en la lucha por la teocracia.

"El presidente Trump ha frenado la ola de secularismo, al menos por ahora", escribió Hegseth en 2020, durante el primer mandato de Trump. "Apoya abiertamente la fe y lucha contra las corrientes seculares que llevan mucho tiempo presentes en la sociedad estadounidense".

Trump "ha animado a los cristianos, incluidos los pastores, a involucrarse más en la política y en nuestra cultura. ¡Ha inspirado a los cruzados!", afirmó.

(Esta declaración es bastante cómica, dado que es ampliamente conocido que Trump no es religioso. De hecho, cuando se le preguntó en una entrevista cuál era su versículo bíblico favorito, Trump no pudo nombrar un solo versículo. Luego, cuando se le preguntó si prefería el Antiguo o el Nuevo Testamento, Trump dijo ambos.)

En American Crusade, Hegseth también se identificó como un gran fanático del rapero de extrema derecha Kanye West.

"Después de la elección de Donald Trump en 2016, una de las cosas más poderosas que le sucedieron a nuestro país —y a mí— fue la conversión cristiana del rapero Kanye West", dijo Hegseth en 2020.

"Si Kanye está con nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?", escribió Hegseth, elogiando repetidamente al rapero, también conocido como Ye.

Después de que Hegseth publicara este libro, Kanye West se declaró nazi y elogió a Adolf Hitler.



La cruzada de Pete Hegseth contra el Islam


Aunque Hegseth quiere que Estados Unidos sea una teocracia cristiana, se opone violentamente no sólo al islamismo (como movimiento político teocrático), sino al Islam mismo (como religión).

En American Crusade, Hegseth escribió que "ningún 'ismo' es más peligroso para la libertad que el islamismo".

Aunque reconoció que muchos musulmanes no son islamistas y que consideran al Islam como una religión distinta del islamismo como movimiento político, Hegseth argumentó que esencialmente no hay ninguna diferencia.

Hegseth criticó incluso a los "musulmanes comunes", afirmando que "creen que el destino del Islam es controlar el mundo".

En su libro, puso entre comillas las palabras mezquitas "moderadas" y musulmanes "pacíficos", negando que puedan existir.

"El Islam no es una religión de paz y nunca lo ha sido", declaró Hegseth.

Incluso utilizó, sin ironía, el término "hordas musulmanas" en el libro, escribiendo:

Junto con los comunistas chinos y sus ambiciones globales, el islamismo es la amenaza más peligrosa para la libertad en el mundo. No se puede negociar con él, no se puede coexistir con él ni comprenderlo; hay que denunciarlo, marginarlo y aplastarlo. Al igual que los cruzados cristianos que hicieron retroceder a las hordas musulmanas en el siglo XII, los cruzados estadounidenses tendrán que hacer acopio del mismo coraje contra los islamistas de hoy.

Demostrando su ignorancia del Islam, Hegseth comparó absurdamente a Irán (un país de mayoría chiíta) con sus enemigos mortales ISIS y Al Qaeda, grupos salafistas-yihadistas extremistas que consideran a los musulmanes chiítas como politeístas heréticos y han buscado exterminarlos.

Durante el primer mandato de Trump, Hegseth apareció en Fox News para pedirle a Trump que bombardeara Irán.

En su libro, Hegseth dijo a los estadounidenses: "Si apoyan los derechos de los homosexuales, en lugar de acosar a los conservadores, protestarían frente a la embajada de Irán". Asimismo, dijo que las feministas deberían dejar de criticar el sexismo en Occidente y, en cambio, deberían protestar frente a las embajadas de Irán y Arabia Saudita.

Hegseth fue especialmente crítico con Turquía. Se quejó de que cuando Turquía fue aceptada como miembro de la OTAN en 1951, "los responsables de la política exterior de entonces creían que permitirle entrar en el club acercaría a su gobierno a Occidente y a nuestros valores occidentales".

Señaló que esto "funcionó por un tiempo, pero hoy se ha desmoronado. En cambio, como en el caso de China, ha ocurrido lo contrario".

Hegseth condenó al líder turco Recep Tayyip Erdoğan, porque "decidió rechazar la tradición secular de sus instituciones" y "desmanteló el ejército entrenado por la OTAN que durante mucho tiempo mantuvo las instituciones seculares de Turquía".

En otras palabras, Hegseth se opone al secularismo en Estados Unidos, pero lo apoya en Turquía.

Hegseth también dijo que Erdoğan "sueña abiertamente con restaurar el Imperio Otomano", y escribió: "Es un islamista con visiones islamistas para Oriente Medio. ¿Y sin embargo los miembros de la OTAN se han comprometido a defender su régimen? La última vez que lo comprobé, la OTAN no se proponía defender ese régimen".

Fuente: Geopolitical Economy