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jueves, 16 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (19 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Bueno, pues todavía hay quien habla de progreso


Todo el mundo puede comprobar cómo cada día que pasa se espesan amenazas sobre el futuro, desde una realidad que ni deja tiempo para el relax, como no sea éste engañoso o contradictorio, ni espacio para la reflexión calma y constructiva, negando crudamente el optimismo de los que creen en eso de que nos esperan, necesariamente, tiempos mejores...Y medios de comunicación, pensadores y hasta políticos no dudan en dejar caer, pese a ellos, perlas de desánimo o juicios de clara decepción sobre la marcha de las cosas. Bueno, pues aun así sigue habiendo en el ámbito de los periodistas, pensadores y hasta políticos -aun siendo perceptibles tantos empeoramientos y de tan variados tipos- una absurda, lerda, papanatas, infundada esperanza de que el futuro es siempre heraldo, y hasta partero, de buenas y hasta mejores noticias y acontecimientos. Y pese a la ausencia de datos que aludan a progreso general y sensible no resulta fácil demoler “socialmente” lo que se ha convertido en una “ideología obligada” que tras siglos de florecimiento se ha acomodado a una aceptación que desafía la terca realidad y convive con una sensatez secuestrada.

Quiero sustituir la queja tan manida y el repaso inacabable de penas y desastres de la humanidad con una relación comentada de lecturas que, sobre el progreso, recomiendo este otoño, que es cuando las hojas caen muertas desde arriba para dar vida más abajo, invitando al pensar tranquilo que ha de ser, siempre, inquisitivo y documentado. Y empiezo por subrayar que, por lo que a la idea y la aceptación del progreso se refiere, una vez más es la civilización occidental la que hace traición -por desviacionismo arrogante- a la cultura antigua, cuya creencia en el futuro y en el progreso era cuasi inexistente ya que basaba el devenir del mundo y las cosas en procesos y acontecimientos esencialmente circulares y repetitivos; y rompió la cordura y el realismo empeñándose -y consiguiéndolo- en que la visión del futuro estuviera progresivamente teñida de logros, mejoras e incluso de un bienestar general producto todo ello de los dogmas escatológicos. El cristianismo, primero, con sus ideales religiosos y místicos de una vida de perfección y la final venida triunfante del Paráclito, y, siguiéndole los talones, el capitalismo codicioso y dominador, que planteaba en su ética y praxis un camino de enriquecimiento y ventura al que ni se le interponía límite o enmienda ni convenía dárselos, llevaron a la humanidad a expectativas tan dulzonas como ilusas, carentes siempre de sustancia.

Y así tenemos al primer -como quien dice- formulador de la idea de progreso, el marqués de Condorcet, genuino producto de la Ilustración y su optimismo exagerado (amarrado a la Razón) que explicaba en su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, llamémosle Esquisse, 1795) las diez épocas en las que ese espíritu humano había ido avanzando hasta el momento de la Revolución y las Luces que la iluminaron, con su guillotina y sus venganzas entre clases e iluminados, de las que él mismo fue víctima, perseguido y seguramente asesinado (aunque pudo haberse suicidado, antes que ejecutado, dejando pendiente ese trabajo tan lleno de optimismo...). La última de esas fases se llama así, precisamente, “De los futuros progresos del espíritu humano”, que los analistas han resumido, para entendernos, con estas tres notas aplicadas a ese espíritu progresivo y al futuro necesario: ilimitado, acumulativo e irreversible.


Jean Caritat, marqués de Condorcet - (filosofico.net).

Al optimismo ilustrado, tan paradigmáticamente enunciado por Condorcet sucedieron teorías y experimentos que insistían en lograr el progreso para todos, especialmente para los más necesitados, las clases trabajadoras, y en ello compitieron a lo largo del siglo XIX destacadamente socialistas y anarquistas movidos por un idealismo (utopismo es el término, en historia de las ideas) que muchos han podido asemejar a un providencialismo. En mis notas y biblioteca tengo dos primeras revisiones, bien escritas y reflexionadas, de esta famosa y empachosa idea, siendo la primera Les illusions du progrès (1908), de George Sorel, socialista francés muy comprometido con los acontecimientos de su tiempo y, en consecuencia, alarmado por la reinstalación en Francia, tras las numerosas fases revolucionarias del siglo, de los poderes reaccionarios, de lo que había dado buena cuenta el famoso proceso del oficial Dreyfus. La segunda es La idea del progreso (1920), del inglés John B. Bury, historiador y filólogo que, sin duda influido por las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y (prudente) analista de la esencia, espectacularmente declinante, de la idea de progreso, resume ésta advirtiendo que el progreso es algo en lo que se puede, o no, creer por la imposibilidad de comprobación alguna, añadiendo como ejemplos a la Providencia, la inmortalidad del alma... Me ayudó en mi transición -lenta, cauta- al anti progresismo más o menos militante, el ensayo Adiós al progreso. Una meditación sobre la Historia (1985), del murciano Antonio Campillo, profesor de Filosofía, que he considerado un adelantado, desde la Academia, del enfoque sobre un progreso desprovisto de base filosófica y entrado en crisis por la oleada postmoderna, que también vapuleó ese concepto.


Bury, Condorcet, Sorel.

Campillo, Gray, Noble, Viñuela.


Un siglo después de aquellos primeros cuestionadores de la idea de progreso, atentos y alarmados por la evolución político-internacional de aquellas décadas, hemos de reconocer que, habiéndose superado una Segunda Guerra Mundial y el periodo bronco de Guerra Fría, el estado actual de las relaciones internacionales no puede considerarse en absoluto ni tranquilizador ni esperanzador; o sea, que no puede decirse que haya progreso alguno ni en la paz internacional ni en el equilibrio de poderes ni en el destino de una humanidad en su mayoría golpeada por mil males y amenazas. Solo hay que apuntar a la guerra de Gaza y al reciente acuerdo de paz que, en manos del sionismo genocida y del Gran Mamarracho de Washington, solo puede anunciar, “racionalmente”, la absorción de esa Franja por Israel y la expulsión de dos millones de personas, supervivientes de una matanza sin precedentes en la ya triste historia de Oriente Próximo (Que quien ha suministrado munición y amas sofisticadas para asesinar a 65.000 palestinos quiera ser galardonado con el Nobel de la Paz dice suficiente de la ausencia rotunda de progreso ético y jurídico en este mundo de hoy.) El mundo se enfrenta, actualmente, a la locura de un rearme generalizado que no llevará a nada bueno, y a un Yahvé pusilánime, que no acaba de maldecir, con escarmiento, al muy escandaloso y perturbador Estado de Israel, que dice encarnar (aunque pocos se lo crean) a su pueblo elegido, tantas veces pecador, idólatra y renegado, y ahora implacable genocida.

En la perspectiva mundial, a la ausencia de cualquier progreso -estable, sincero, garantizado- de paz en las relaciones internacionales hay que añadir la imposibilidad de constatar el menor progreso en la salud físico-ambiental del planeta, siendo evidente todo lo contrario. Entre los autores que pese a todo defienden el progreso, no ya solo como idea sino como hecho constatable, figuran lógicamente los propagandistas liberales de esa irrealidad abrumadora, y tengo que aludir a dos de ellos, siendo el primero el famoso y celebrado Steven Pinker, psicólogo cognitivo canadiense que parece empeñado en que el mundo recupere la fe en todos los paradigmas y fenómenos fracasados y erigidos en dominadores de los seres humanos: En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso (2018), escrito en clave dogmáticamente liberal, se muestra incapaz de ver que la realidad humana y universal no la describen, objetivamente, las estadísticas ni los informes de Naciones Unidas, pese a la apariencia. Este Pinker parece vivir encapsulado en esa burbuja de cristal que la fama y un carácter exclusivista suelen dar, y he de decir que no puedo describir hasta qué punto la lectura de este libro me resultó irritante y sulfurosa.


Acemoglu & Johnson, Norberg, Pinker.

Compadre de Pinker en ideas liberales -sumarias, fantasmagóricas- y en la “oportunidad” de sus producciones reivindicativas del progreso, es el sueco Johan Norberg, ensayista económico que, en Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo (2016), para dar más fuerza a sus argumentos dice haberse transformado de crítico en defensor del progreso, que es una evolución que no puede dar ni la edad, con su experiencia añadida, ni la reflexión si es que se ha aprendido a practicarla, ni la observación social, si es que ha habido inmersión en sus problemas y necesidades. De ambos, de su lectura, destacaré que, como liberales acérrimos, ignoran deportivamente a la naturaleza en su integridad y trascendencia.

Quisiera compartir en este apartado el “descubrimiento” que hice poco ha con The return of nature. Socialism and Ecology (2020), del economista norteamericano John Bellamy Foster, con los lectores que sigan interesados en reconocer la capacidad y la sagacidad de la mirada de Marx y su espíritu escrutador para abarcar tantas áreas de inquietud y conocimiento. Es un texto (que espero que ya esté traducido al castellano) que considero extraordinariamente oportuno, lúcido y pedagógico, ya que atiende al “problema ecológico” desarrollando la labor de Marx en este campo, que a su muerte prolongaron Engels y su hija Eleonor (con su círculo más cercano, uniéndose a ellos la brillante personalidad de William Morris) en las últimas décadas de la Inglaterra del siglo XIX. La naturaleza es considerada, ahí en sus más esenciales significados: económico, por supuesto, pero también ambiental, ético y político.


Bellamy Foster.

(Por mi parte, que del manejo crítico de la tecnología tuve que pasar al análisis desolado de la destrucción del mundo físico -y moral, ya lo creo- por el proceso económico y la codicia productivista, colegí sin gran dificultad que la continua degradación del medio ambiente niega, necesaria y precisamente, cualquier idea de progreso social o de un futuro mejor; a lo que llamé ecopesimismo. Esto me llevó, primero, a documentar las ideas críticas sobre el progreso a partir del racionalismo europeo en un trabajo en mis años de doctorado, “El ecopesimismo. Apunte histórico-ideológico y bibliográfico”, en 1996, y más adelante a teorizar sobre ese ecopesimismo, en un nuevo trabajo académico que titulé “Ecopesimismo: una teoría sociológica de la postmodernidad”, escrito para el IX Congreso Español de Sociología de Barcelona, en 2007, y al que deberé un día dar forma extensa, bien nutrido de mi empiria acumulada).

Mención ineludible merece la relación de la tecnología con el progreso, que hay que reconocer que, en buena medida subyace en una parte importante del cuerpo crítico que ha ido configurándose. Es oportuno recordar las primeras luchas anti maquinismo surgidas en la arrogante Inglaterra victoriana. Precisamente, en Una visión diferente del progreso. En defensa del luddismo (1993), David F. Noble, historiador norteamericano de la ciencia, la tecnología y la educación, describe las luchas obreras contra la automatización de los procesos industriales, empezando por los textiles, de las primeras décadas del siglo XIX en la Inglaterra autoritaria y mesiánica de la Revolución Industrial. Es cuando “aparece” el misterioso “Capitán Ludd”, figura seguramente inexistente en su materialidad, pero definitoria de una oleada de destrucciones activas de esas máquinas que expulsaban de su lugar de trabajo a miles de obreros; unas luchas ferozmente reprimidas por la policía e incluso el ejército. Noble alude a ese progreso tecnológico como una “tecnofilia con raíces religiosas”. El politólogo inglés John Gray, de rotundo pesimismo científico y mordaz crítico del liberalismo, así como de una humanidad depredadora del medio ambiente, deja todo esto bien claro en Contra el progreso y otras ilusiones (2004), un verdadero tratado feroz y desinhibido. Añadiré en este apartado un tercer trabajo, de mi buen amigo Juan Pedro Viñuela, profesor extremeño de filosofía e intelectual denso y valiente quien, en Una mirada ética sobre el progreso y la tecnociencia (2008), se lamenta de la perversión de la razón ilustrada, en la que cree y a la que apela (teniendo pendiente, él y yo, “darle una vuelta” al prestigio de lo ilustrado, por sus negativos efectos, entre otros, en el medio ambiente).

No hay más remedio que apuntar, observando el mundo actual, nuestras vidas diarias y las novedades tecnológicas que las invaden, al panorama de desasosiego creciente, no solo por lo abrumador, sino por lo impetuoso y por el alto grado de aceptación social que, aunque sea fatalista e inerme, baliza un camino lleno de tristezas y humillaciones. La “sociedad digital” con la que se nos amenaza cada día no es más que un resumen de negocio, opresión y mito, y no nos sirven de gran cosa advertencias como la de 1984, superadas y aumentadas por la malicia sin pausa del Gran Hermano. Así, de la digitalización de toda la actividad social, elevada a la categoría de valor y ventaja absoluta e indiscutible (pero que se impone como obligación) se convierte en realidad en una lenta pero inexorable erosión de la dignidad humana. Un proceso tecnológico en el que cada día surgen más novedades, buenas para los negocios, pero pésimas para el ciudadano corriente, y que yo atribuyo a “avances” científico-técnicos del siglo XIX, como el álgebra de Boole y a los primeros “ordenadores”, como el de Babbage, que empujaron a la máxima simplificación en computación y, sobre todo, en los procesos industriales que luego han invadido toda la vida social con la llamada informática. Una tecnología invasiva e invasora, sin oposición alguna (sino todo lo contrario), desde la progresiva sustitución de la electrónica analógica (la auténtica, la humana, en la que me formé y trabajé) por la digital (sumaria, engañosa, deformante), que es la que festejan y alardean tantos alienados de la física y la metafísica.

Para estar al día no hace mucho me leí Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad (2023), de los prestigiosos economistas norteamericanos Daron Acemoglu y Simon Johnson, del MIT bostoniano que, como su título indica, no han entendido nada: ni de la dinámica histórica de la tecnología ni del espejismo de la prosperidad ni -mucho menos, añado- de la profunda contradicción, perceptible solamente por mentes a sí mismas leales, entre poder y progreso. Otra “respuesta” clásica de los heraldos del sistema echando mano de la doxa liberal, pero que no dejaré de recomendar su lectura, a fin de que pueda verse cómo brillantes y afamados economistas pueden ser profundos incultos sociales.


domingo, 13 de octubre de 2024

Bueno, pues todavía hay quien habla de progreso

 

Respingos de la calor (10 de 10)


 Por Pedro Costa Morata

Mi recomendación, queridos amigos y queridas amigas, es que manden callar, o le dirijan una mirada de abierta e inteligible conmiseración, cuando alguien en su presencia les hable del progreso en el que vivimos o del progreso que nos espera. Muéstrense como militantes activos del descreimiento hacia esa palabreja, no ya por lo bajo que ha caído su prestigio secular, sino por el daño que nos causa como soporte de un inmenso engaño en lo económico, lo cultural, lo político y lo moral.

Con un “No hay progreso en la Historia”, titulaba un periódico, hacia 1996, la entrevista que se le hacía al escritor argentino Ernesto Sábato, que antes de novelista había sido ingeniero nuclear. Lo que me sirvió de empujón para ir poniendo en claro mi idea sobre ese asunto, tras haber salido “tocado” de mi lucha antinuclear y la crítica que, como consecuencia, fui extendiendo -en temática y en el tiempo- a las realidades y pretensiones de la técnica y la ciencia como encarnación más perversa -ambas en fusión- del manido progreso. Una idea o actitud que, para ir desarrollándola con la mayor seguridad (intelectual) posible, vinculé con la sistemática destrucción del medio ambiente. Porque, ¿quién puede creer en serio en el progreso, que es esencialmente una mirada al futuro, si nuestras sociedades se emplean sin tregua a arruinar el aire que respiramos, el agua que bebemos, el suelo del que nos alimentamos y tantos recursos naturales esenciales para la vida en el planeta, presente o futura? A esto, que venía constituyendo la esencia de mi ideología ecopolítica, llamé ecopesimismo, cuyo análisis minucioso y desarrollo metodológico encuadré en mis cursos de Doctorado de esos años; esta fue la gozosa ocasión en la que mi indagación (que, recogida en un grueso trabajo de curso, titulé El ecopesimismo. Apunte histórico-ideológico y bibliográfico) me llevó a comprobar que la mayoría de los pensadores y filósofos de tendencia social, o no han creído nunca en el progreso o lo han matizado tanto que con ello han conseguido abrir sucesivas perspectivas de más amplia y fructífera demolición del concepto y sus contenidos, desvirtuándolos sin remedio.

Y, afectado por la coyuntura política mundial de estos meses, en la que la agresividad de ese Estado imposible, pero tan dañino, que es Israel, no duda en encaminar al mundo hacia la catástrofe y el Armagedón, quiero completar mis “diez respingos de la calor” con esta llamada hacia la indignación por la guerra y los belicosos, y la conciencia de que este instinto destructor y genocida (que no es exclusivo del sionismo, desde luego) es la prueba más palpable de que cuanto trata del progreso -como idea ilustrada y ñoña, pretendidamente racionalista y evidentemente irreflexiva- es pura filfa. Porque el agravamiento de los ‘peligros de la guerra y la guerra misma desde que creíamos estar a salvo cuando acabó la Guerra Fría y Occidente se desembarazó del comunismo como rival estratégico, también niega cualquier progreso, qué duda cabe. Aquí quiero destacar la erosión que las tragedias íntimas, aparentemente nimias, de la vida ordinaria, producen en nosotros y en nuestra posición frente al mundo y el futuro, no pudiendo aferrarnos a ningún indicio, realista, de que tal progreso exista o se perfile. Es estúpido eso de decir, o pensar, que “Ya se arreglará esto en el futuro”.




Meditaba yo, so la calor y los sudores climáticos y políticos, sobre ese sentimiento de pérdidas (y escasas ganancias, como no sea en chorradas necias o infantiles...) que vivimos cada día y que afecta sobre todo a las espirituales que, aun siendo inmateriales, son seguramente las más dolorosas. Y asomado en la noche a mi acera (la “baldosa”, en murciano declinante), que contemplaba hueca y silente, añoraba las ristras de vecinos en sus sillas recostadas sobre la pared, en incesante conversación y ruidoso intercambio de bromas y novedades que podían alcanzar de un extremo a otro de la calle (mi calle es modesta, y se conoce como “callejón”), combatiendo el sofoco con humor y evasión. Y me dejaba llevar -con cierto y perverso regodeo en mi desazón, lo reconozco- por ese sentimiento que roe, haciéndonos sufrir por el despojo de retazos mínimos e íntimos, pero esenciales, de la vida ordinaria, buena y sin pretensiones; y de tener que encajar retrocesos en cadena, directos, agravados... Siendo lo peor de todo que nos acostumbramos demasiado fácilmente a ese proceso y lo sufrimos porque no sabemos cómo evitarlo ni creemos, en fin, que eso sea posible: son percepciones y sentimientos que arruinan nuestro cerebro y malean nuestra voluntad, degradándonos de arriba abajo.

En ese mismo nivel, el de los quebrantos del alma, hemos de enfrentarnos con un minucioso, generalizado e infatigable mal hacer… Y no necesitamos haber recibido clases especiales de estética para horrorizarnos del mal gusto que nos rodea y agobia, en las actuaciones que alteran el paisaje urbano o rural, en el nuevo comercio desalmado, en las políticas antisociales que -sin excepción- se nos administran como pasos indiscutibles de progreso y bienestar… cuando en realidad nos muestran ese camino, tan decidido, de demolición de lo mejor vivido, que se nos convierte en irrecuperable. Y no nos cuesta tanto apreciar, bajo el tumulto, el aspecto que suelen ofrecer todos esos objetivos implacables a que nos adhiere ese mal gusto: lo “económico”, lo apresurado… ¡lo funcional! El eslogan de la época parece ser este: “Pudiéndolas hacer mal, ¿por qué se han de hacer las cosas bien?”.

Calculemos qué ventajas nos proporcionan las grandes superficies que, con el bebedizo de “tenerlo todo a mano” e incluso de “estar las cosas más baratas”, nos han despojado del comercio cercano y familiar (y los mercados municipales), arruinando innumerables negocios y empleos para, a cambio, obligarnos a salir en coche al extrarradio, y condenarnos a picotear entre estantes, aumentar el consumo de lo innecesario y rendir cuentas a unas empleadas que a malas penas pueden ocultar su cansancio y su hastío (y de las que sospechamos su situación de semi esclavitud). Una semi esclavitud que se extiende por casi todos los sectores, en especial la hostelería, el gran comercio y el campo, ante la que los poderes públicos, que dicen combatirla, apenas pueden constatar éxito decisivo (o sistémico) alguno

Dudo mucho que la ciudadanía, si es mínimamente reflexiva, considere que todo esto se inscribe en la línea del progreso. Como tampoco creo que así haya de considerarse esa tendencia, camino de la consolidación, que ya atrapa a nuestros médicos y médicas que, mientras escuchan el relato de nuestros síntomas y achaques permanecen escondidos tras la pantalla del ordenador, reproduciéndolos en el teclado y, seguidamente, recibiendo por escrito y automáticamente la receta de la máquina -química, industrial, burocrática…- para lanzarla contra el paciente. Convénzase: pronto no serán necesarios ni médicos ni ciencia médica ni facultades de Medicina. Serán los algoritmos los que trabajen. Está al caer que también las sentencias de los tribunales se emitan atendiendo a las capacidades de los inventos informáticos, tras introducirles los datos del delito y la legislación vigente…




Por cierto que, insistiendo en esto de la salud, no se crean (casi) nada de lo que se nos muestra y anuncia como progreso científico-técnico de la medicina y el tratamiento de la enfermedad, por más que nos alivie o nos salve de trances indeseables, que bajo estas apariencias las enfermedades no hacen más que incrementarse y agravarse, en gran medida debido a la intromisión perversa de la ciencia y la tecnología en nuestra sociedad y en nuestras vidas: un círculo vicioso en el que siempre habrá de “ganar” el empuje malsano y tóxico original: las causas contra la salud aumentan y asustan, sin que preocupen gran cosa, y las soluciones científico-técnicas se aplican al negocio, floreciente y prometedor, de actuar sobre los efectos. Faltaban la murga y los alardes de la Inteligencia Artificial, de la que solo el entusiasmo empresarial y político con que es bendecida nos hace adivinar la dimensión de las humillaciones y canalladas que nos deparará. No lo dude y hágame caso: maldígala ya.

La negación del progreso se establece, también y con facilidad, si atendemos al espectáculo de la educación y la cultura, para lo que solamente quiero llamar la atención sobre nuestros pequeños, niños y adolescentes en particular, y sobre algo a lo que hay que atribuir la máxima importancia: si nuestros hijos y nietos no leen, como sucede ya generalmente, en consecuencia serán siempre deficientes en la escritura, la expresión y el raciocinio, mostrando de alguna manera la pobreza mental que entraña no ejercitar la imaginación. Es esta, en primer lugar, una gran responsabilidad de maestros y profesores, pero estos ya pertenecen a una generación de escasas e incidentales lecturas, y ya han sido víctimas de lo audiovisual y la informática crematística en la educación. Es prudente pensar que el sistema educativo, velozmente degenerado, tiene como objetivo que niños y jóvenes “progresen” por la vía de la pobreza cultural y, en consecuencia, moral y política.

Muy directamente conectada con la tecnología en expansión (que muchos tecnólogos, como este humilde crítico, no reconocen como verdadera tecnología, sino como mero “cachivachismo para alienados”), está la presencia, en amenaza y en acto, de los mil y un colapsos que azotan el mundo entero, empezando por nuestro micro mundo personal y atemorizado: que nuestro ordenador se niegue de pronto a marcar una sola palabra o a suministrarnos la información que más nos urge, nos maltrata pero no impide que el mundo siga dando vueltas; peor es que incidencias de la misma naturaleza impidan trabajar a las urgencias médicas, detengan trenes y pasajeros durante horas en mitad de un túnel, perturben el tráfico de cientos de aeropuertos o provoquen alarmas en sistemas militares enfrentados y que esperan cualquier señal, aunque sea falsa, para enzarzarse entre sí y y buscarnos la perdición. Esta tecnología, tenida por integradora (pero que solo lo es en términos de productividad económica y financiera) hace inevitablemente vulnerable a la sociedad y fragiliza el funcionamiento de sus servicios más esenciales: menudo logro y menudo progreso. La globalización informática y la intercomunicación, cuyos beneficios se han impuesto sin consulta a los más afectados ni la reflexión vigorosa necesaria de políticos e intelectuales (es alarmante la abundantísima grey de este tipo que proclama su admiración por estos “avances” o, como mucho, opina que “todo depende de cómo se use…”), consigue imponerse a la gran borregada universal, que carece de armas para afrontarla.

Y qué decir de la constante erosión de los salarios, o sea, del empobrecimiento relativo (puesto que la diferencial con el coste de la vida y el impulso consumista crecen sin cesar), y del progreso social con que se nos muestra la incorporación al trabajo de la mujer. Una entrada en el proceso productivo que, siendo generalmente tan alienante -proletarizado, forzado, insípido- como el del hombre, nos hace olvidar que los hogares han ido necesitando dos salarios para vivir igual, sobre poco más o menos, que cuando disponían de uno solo. Lo que no es más que una muestra de la fortísima degradación de lo laboral, que incluso se ensaña con el trabajo femenino, humillándolo, sin que este abuso evidente se resuelva.

No habrá de extrañar, pues, que en esta situación tan deprimente la desafección política cause estragos, principalmente entre los jóvenes que, percibiendo en su propia carne las negras perspectivas que los acechan -estudios sin salida profesional, vivienda inasequible, dependencia del hogar y los padres…- muestran su cabreo votando (cuando lo hacen) a esos oportunistas y mamarrachos que exhiben su ideología ultra como remedio para todos los males de la sociedad y, desde luego, de la política. Quedó muy atrás eso de que ser joven era ser crítico y exigente, o sea, de izquierdas; lo siguiente ha sido la impugnación hacia cuanto viven y experimentan, optando en lo político por el rechazo.

A más de las guerras, renovadas e inextinguibles -casi siempre emprendidas por nuestro mundo capitalista hegemónico y desvergonzado, para mayor gloria de sus valores, o sea, de sus negocios-, el panorama del mundo nos angustia con el espectáculo atroz de esos millones de humanos que buscan sobrevivir huyendo de un sitio a otro, sin hogar ni perspectivas… Que son recibidos -cuando no se les rechaza- de la peor manera posible, lo que nos obliga a meditar sobre el verdadero significado de esos (nuestros) “valores occidentales”, y el porqué de que se encaminen hacia nuestros países, siempre a la fuerza y con desesperación, tantos miserables jugándose la vida.




Sin dar de lado a la angustia climática, que se dice afecta sobre todo a los jóvenes, que multiplican sus grupos y acciones a base de una rabia incontenida bajo la que, sin embargo, no es fácil observar que subyazca la ideología política o ecologista correspondiente: la amenaza climática ha de combatirse no solo con ira sino, sobre todo, con conocimiento, argumentos, organización y apuntando bien a los causantes, tanto directos como lejanos, así como a nosotros mismos y nuestras pautas de vida, por antiecológicas.

Riámonos, por no llorar, ante cierta avalancha de “descubrimientos”, en realidad, vistosos signos de “progreso regresivo” con que los medios de comunicación pretenden sorprendernos e incluso insuflarnos valor y optimismo, vista la descomposición general de nuestro mundo y costumbres. Como que -cito titulares literales- “la calle mejora la salud mental de los niños”, como tímida condena del vicio infantil del teléfono móvil y sus juegos, que eliminan el contacto entre los niños, con los juegos de siempre. O los beneficios de “la convivencia intergeneracional”, encontrando, ¡oh!, que nuestros mayores son más felices en su casa y con sus familiares que en las residencias geriátricas y sus atentos servicios racionalizados. O que -cambiando de lo humano a lo urbano y vivencial- “el modelo de ciudad más sostenible arroja mayores tasas de mortalidad”, como si no se supiera que la ciudad moderna, apretada y fría, es receta de soledad, angustia y ruina humanas.




Pero no me extiendo más, ni creo que haga falta. Sí quiero que mi mensaje anti progreso sea recibido con interés y estimule su incomodidad frente a la idea y sus falacias, rebelándose contra ese angustioso proceso de pérdidas, sí, pero inquiriendo por las causas.