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jueves, 16 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (19 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Bueno, pues todavía hay quien habla de progreso


Todo el mundo puede comprobar cómo cada día que pasa se espesan amenazas sobre el futuro, desde una realidad que ni deja tiempo para el relax, como no sea éste engañoso o contradictorio, ni espacio para la reflexión calma y constructiva, negando crudamente el optimismo de los que creen en eso de que nos esperan, necesariamente, tiempos mejores...Y medios de comunicación, pensadores y hasta políticos no dudan en dejar caer, pese a ellos, perlas de desánimo o juicios de clara decepción sobre la marcha de las cosas. Bueno, pues aun así sigue habiendo en el ámbito de los periodistas, pensadores y hasta políticos -aun siendo perceptibles tantos empeoramientos y de tan variados tipos- una absurda, lerda, papanatas, infundada esperanza de que el futuro es siempre heraldo, y hasta partero, de buenas y hasta mejores noticias y acontecimientos. Y pese a la ausencia de datos que aludan a progreso general y sensible no resulta fácil demoler “socialmente” lo que se ha convertido en una “ideología obligada” que tras siglos de florecimiento se ha acomodado a una aceptación que desafía la terca realidad y convive con una sensatez secuestrada.

Quiero sustituir la queja tan manida y el repaso inacabable de penas y desastres de la humanidad con una relación comentada de lecturas que, sobre el progreso, recomiendo este otoño, que es cuando las hojas caen muertas desde arriba para dar vida más abajo, invitando al pensar tranquilo que ha de ser, siempre, inquisitivo y documentado. Y empiezo por subrayar que, por lo que a la idea y la aceptación del progreso se refiere, una vez más es la civilización occidental la que hace traición -por desviacionismo arrogante- a la cultura antigua, cuya creencia en el futuro y en el progreso era cuasi inexistente ya que basaba el devenir del mundo y las cosas en procesos y acontecimientos esencialmente circulares y repetitivos; y rompió la cordura y el realismo empeñándose -y consiguiéndolo- en que la visión del futuro estuviera progresivamente teñida de logros, mejoras e incluso de un bienestar general producto todo ello de los dogmas escatológicos. El cristianismo, primero, con sus ideales religiosos y místicos de una vida de perfección y la final venida triunfante del Paráclito, y, siguiéndole los talones, el capitalismo codicioso y dominador, que planteaba en su ética y praxis un camino de enriquecimiento y ventura al que ni se le interponía límite o enmienda ni convenía dárselos, llevaron a la humanidad a expectativas tan dulzonas como ilusas, carentes siempre de sustancia.

Y así tenemos al primer -como quien dice- formulador de la idea de progreso, el marqués de Condorcet, genuino producto de la Ilustración y su optimismo exagerado (amarrado a la Razón) que explicaba en su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, llamémosle Esquisse, 1795) las diez épocas en las que ese espíritu humano había ido avanzando hasta el momento de la Revolución y las Luces que la iluminaron, con su guillotina y sus venganzas entre clases e iluminados, de las que él mismo fue víctima, perseguido y seguramente asesinado (aunque pudo haberse suicidado, antes que ejecutado, dejando pendiente ese trabajo tan lleno de optimismo...). La última de esas fases se llama así, precisamente, “De los futuros progresos del espíritu humano”, que los analistas han resumido, para entendernos, con estas tres notas aplicadas a ese espíritu progresivo y al futuro necesario: ilimitado, acumulativo e irreversible.


Jean Caritat, marqués de Condorcet - (filosofico.net).

Al optimismo ilustrado, tan paradigmáticamente enunciado por Condorcet sucedieron teorías y experimentos que insistían en lograr el progreso para todos, especialmente para los más necesitados, las clases trabajadoras, y en ello compitieron a lo largo del siglo XIX destacadamente socialistas y anarquistas movidos por un idealismo (utopismo es el término, en historia de las ideas) que muchos han podido asemejar a un providencialismo. En mis notas y biblioteca tengo dos primeras revisiones, bien escritas y reflexionadas, de esta famosa y empachosa idea, siendo la primera Les illusions du progrès (1908), de George Sorel, socialista francés muy comprometido con los acontecimientos de su tiempo y, en consecuencia, alarmado por la reinstalación en Francia, tras las numerosas fases revolucionarias del siglo, de los poderes reaccionarios, de lo que había dado buena cuenta el famoso proceso del oficial Dreyfus. La segunda es La idea del progreso (1920), del inglés John B. Bury, historiador y filólogo que, sin duda influido por las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y (prudente) analista de la esencia, espectacularmente declinante, de la idea de progreso, resume ésta advirtiendo que el progreso es algo en lo que se puede, o no, creer por la imposibilidad de comprobación alguna, añadiendo como ejemplos a la Providencia, la inmortalidad del alma... Me ayudó en mi transición -lenta, cauta- al anti progresismo más o menos militante, el ensayo Adiós al progreso. Una meditación sobre la Historia (1985), del murciano Antonio Campillo, profesor de Filosofía, que he considerado un adelantado, desde la Academia, del enfoque sobre un progreso desprovisto de base filosófica y entrado en crisis por la oleada postmoderna, que también vapuleó ese concepto.


Bury, Condorcet, Sorel.

Campillo, Gray, Noble, Viñuela.


Un siglo después de aquellos primeros cuestionadores de la idea de progreso, atentos y alarmados por la evolución político-internacional de aquellas décadas, hemos de reconocer que, habiéndose superado una Segunda Guerra Mundial y el periodo bronco de Guerra Fría, el estado actual de las relaciones internacionales no puede considerarse en absoluto ni tranquilizador ni esperanzador; o sea, que no puede decirse que haya progreso alguno ni en la paz internacional ni en el equilibrio de poderes ni en el destino de una humanidad en su mayoría golpeada por mil males y amenazas. Solo hay que apuntar a la guerra de Gaza y al reciente acuerdo de paz que, en manos del sionismo genocida y del Gran Mamarracho de Washington, solo puede anunciar, “racionalmente”, la absorción de esa Franja por Israel y la expulsión de dos millones de personas, supervivientes de una matanza sin precedentes en la ya triste historia de Oriente Próximo (Que quien ha suministrado munición y amas sofisticadas para asesinar a 65.000 palestinos quiera ser galardonado con el Nobel de la Paz dice suficiente de la ausencia rotunda de progreso ético y jurídico en este mundo de hoy.) El mundo se enfrenta, actualmente, a la locura de un rearme generalizado que no llevará a nada bueno, y a un Yahvé pusilánime, que no acaba de maldecir, con escarmiento, al muy escandaloso y perturbador Estado de Israel, que dice encarnar (aunque pocos se lo crean) a su pueblo elegido, tantas veces pecador, idólatra y renegado, y ahora implacable genocida.

En la perspectiva mundial, a la ausencia de cualquier progreso -estable, sincero, garantizado- de paz en las relaciones internacionales hay que añadir la imposibilidad de constatar el menor progreso en la salud físico-ambiental del planeta, siendo evidente todo lo contrario. Entre los autores que pese a todo defienden el progreso, no ya solo como idea sino como hecho constatable, figuran lógicamente los propagandistas liberales de esa irrealidad abrumadora, y tengo que aludir a dos de ellos, siendo el primero el famoso y celebrado Steven Pinker, psicólogo cognitivo canadiense que parece empeñado en que el mundo recupere la fe en todos los paradigmas y fenómenos fracasados y erigidos en dominadores de los seres humanos: En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso (2018), escrito en clave dogmáticamente liberal, se muestra incapaz de ver que la realidad humana y universal no la describen, objetivamente, las estadísticas ni los informes de Naciones Unidas, pese a la apariencia. Este Pinker parece vivir encapsulado en esa burbuja de cristal que la fama y un carácter exclusivista suelen dar, y he de decir que no puedo describir hasta qué punto la lectura de este libro me resultó irritante y sulfurosa.


Acemoglu & Johnson, Norberg, Pinker.

Compadre de Pinker en ideas liberales -sumarias, fantasmagóricas- y en la “oportunidad” de sus producciones reivindicativas del progreso, es el sueco Johan Norberg, ensayista económico que, en Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo (2016), para dar más fuerza a sus argumentos dice haberse transformado de crítico en defensor del progreso, que es una evolución que no puede dar ni la edad, con su experiencia añadida, ni la reflexión si es que se ha aprendido a practicarla, ni la observación social, si es que ha habido inmersión en sus problemas y necesidades. De ambos, de su lectura, destacaré que, como liberales acérrimos, ignoran deportivamente a la naturaleza en su integridad y trascendencia.

Quisiera compartir en este apartado el “descubrimiento” que hice poco ha con The return of nature. Socialism and Ecology (2020), del economista norteamericano John Bellamy Foster, con los lectores que sigan interesados en reconocer la capacidad y la sagacidad de la mirada de Marx y su espíritu escrutador para abarcar tantas áreas de inquietud y conocimiento. Es un texto (que espero que ya esté traducido al castellano) que considero extraordinariamente oportuno, lúcido y pedagógico, ya que atiende al “problema ecológico” desarrollando la labor de Marx en este campo, que a su muerte prolongaron Engels y su hija Eleonor (con su círculo más cercano, uniéndose a ellos la brillante personalidad de William Morris) en las últimas décadas de la Inglaterra del siglo XIX. La naturaleza es considerada, ahí en sus más esenciales significados: económico, por supuesto, pero también ambiental, ético y político.


Bellamy Foster.

(Por mi parte, que del manejo crítico de la tecnología tuve que pasar al análisis desolado de la destrucción del mundo físico -y moral, ya lo creo- por el proceso económico y la codicia productivista, colegí sin gran dificultad que la continua degradación del medio ambiente niega, necesaria y precisamente, cualquier idea de progreso social o de un futuro mejor; a lo que llamé ecopesimismo. Esto me llevó, primero, a documentar las ideas críticas sobre el progreso a partir del racionalismo europeo en un trabajo en mis años de doctorado, “El ecopesimismo. Apunte histórico-ideológico y bibliográfico”, en 1996, y más adelante a teorizar sobre ese ecopesimismo, en un nuevo trabajo académico que titulé “Ecopesimismo: una teoría sociológica de la postmodernidad”, escrito para el IX Congreso Español de Sociología de Barcelona, en 2007, y al que deberé un día dar forma extensa, bien nutrido de mi empiria acumulada).

Mención ineludible merece la relación de la tecnología con el progreso, que hay que reconocer que, en buena medida subyace en una parte importante del cuerpo crítico que ha ido configurándose. Es oportuno recordar las primeras luchas anti maquinismo surgidas en la arrogante Inglaterra victoriana. Precisamente, en Una visión diferente del progreso. En defensa del luddismo (1993), David F. Noble, historiador norteamericano de la ciencia, la tecnología y la educación, describe las luchas obreras contra la automatización de los procesos industriales, empezando por los textiles, de las primeras décadas del siglo XIX en la Inglaterra autoritaria y mesiánica de la Revolución Industrial. Es cuando “aparece” el misterioso “Capitán Ludd”, figura seguramente inexistente en su materialidad, pero definitoria de una oleada de destrucciones activas de esas máquinas que expulsaban de su lugar de trabajo a miles de obreros; unas luchas ferozmente reprimidas por la policía e incluso el ejército. Noble alude a ese progreso tecnológico como una “tecnofilia con raíces religiosas”. El politólogo inglés John Gray, de rotundo pesimismo científico y mordaz crítico del liberalismo, así como de una humanidad depredadora del medio ambiente, deja todo esto bien claro en Contra el progreso y otras ilusiones (2004), un verdadero tratado feroz y desinhibido. Añadiré en este apartado un tercer trabajo, de mi buen amigo Juan Pedro Viñuela, profesor extremeño de filosofía e intelectual denso y valiente quien, en Una mirada ética sobre el progreso y la tecnociencia (2008), se lamenta de la perversión de la razón ilustrada, en la que cree y a la que apela (teniendo pendiente, él y yo, “darle una vuelta” al prestigio de lo ilustrado, por sus negativos efectos, entre otros, en el medio ambiente).

No hay más remedio que apuntar, observando el mundo actual, nuestras vidas diarias y las novedades tecnológicas que las invaden, al panorama de desasosiego creciente, no solo por lo abrumador, sino por lo impetuoso y por el alto grado de aceptación social que, aunque sea fatalista e inerme, baliza un camino lleno de tristezas y humillaciones. La “sociedad digital” con la que se nos amenaza cada día no es más que un resumen de negocio, opresión y mito, y no nos sirven de gran cosa advertencias como la de 1984, superadas y aumentadas por la malicia sin pausa del Gran Hermano. Así, de la digitalización de toda la actividad social, elevada a la categoría de valor y ventaja absoluta e indiscutible (pero que se impone como obligación) se convierte en realidad en una lenta pero inexorable erosión de la dignidad humana. Un proceso tecnológico en el que cada día surgen más novedades, buenas para los negocios, pero pésimas para el ciudadano corriente, y que yo atribuyo a “avances” científico-técnicos del siglo XIX, como el álgebra de Boole y a los primeros “ordenadores”, como el de Babbage, que empujaron a la máxima simplificación en computación y, sobre todo, en los procesos industriales que luego han invadido toda la vida social con la llamada informática. Una tecnología invasiva e invasora, sin oposición alguna (sino todo lo contrario), desde la progresiva sustitución de la electrónica analógica (la auténtica, la humana, en la que me formé y trabajé) por la digital (sumaria, engañosa, deformante), que es la que festejan y alardean tantos alienados de la física y la metafísica.

Para estar al día no hace mucho me leí Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad (2023), de los prestigiosos economistas norteamericanos Daron Acemoglu y Simon Johnson, del MIT bostoniano que, como su título indica, no han entendido nada: ni de la dinámica histórica de la tecnología ni del espejismo de la prosperidad ni -mucho menos, añado- de la profunda contradicción, perceptible solamente por mentes a sí mismas leales, entre poder y progreso. Otra “respuesta” clásica de los heraldos del sistema echando mano de la doxa liberal, pero que no dejaré de recomendar su lectura, a fin de que pueda verse cómo brillantes y afamados economistas pueden ser profundos incultos sociales.


viernes, 12 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (8 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Pensadores anti ecologismo (como el antropólogo Muiño) 


Al antropólogo Emilio Santiago Muiño, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) lo conocí un día en Cartagena actuando al alimón con el filósofo Antonio Campillo y el ecologista Luis González Reyes, en una de las sesiones de ese magnífico programa cultural del Ayuntamiento local, llamado “Cartagena piensa” y que mueve el fino e infatigable Patricio Hernández. Y cuando lo vi y oí sentí que le escaseaban conocimientos y sentimientos en materia ecologista y por eso le hice observar que -como primera tarea- debía leer y pensar más y mejor.

Pero leyendo la entrevista periodística que le hace El País (2 de agosto) con el título de “Podemos reducir el impacto en el planeta y llevar una vida de lujo” concluyo que ni me hizo caso ni se interesa por situarse, al menos como investigador, en el análisis de un ecologismo prístino, históricamente configurado y empíricamente consolidado. Peor todavía, porque persiste en alimentar un ecologismo de diversión y confrontación, pegado a ese institucionalismo acientífico siempre dispuesto a corresponder con generosidad a cualquier aliado que garantice paz social por su capacidad de neutralización de agitadores. Mantuve por un momento la esperanza de que ese titular fuera cosa del entrevistador, presumiblemente lego en la materia, pero no, nuestro personaje repite en el texto exactamente los términos de la cabecera añadiendo que “podemos vivir no solo mejor sino mucho mejor, dentro de los límites planetarios”, que no puedo tomar como enmienda a la totalidad (lo de los “límites”) sino como osada y provocadora alusión a la finitud del planeta y de su concreta materialidad. Es tan joven que se perdió la aparición en 1972 del trabajo de los Meadows, Los límites del crecimiento, que los años posteriores no han hecho más que confirmar y agravar; así que me temo que ese libro, con los numerosos textos polémicos que lo acosaron en su día equivocándose estruendosamente, no forman parte de una (su) biblioteca fundamental y urgente.


Emilio Santiago Muiño (El País).

Y me obliga a entrarle al trapo, y pese a su pinta de tío serio, por venir desafiando con un oxímoron de ese calado y relacionar reducción de impacto ambiental con vida de lujo (¡toma ya!). O sea que se sale y desborda por derroteros sorprendentes, tirando a exóticos, como dando la impresión de que está decidido a construir una nueva ideología pseudo ecologista muy señaladamente lúdica, haciendo trizas algunos fundamentos de un pensamiento que (1) demuestra conocer poco y mal, y (2) cree poder desmontar sin pertrecharse antes de lo que necesita saber y aprender. No quiero pensar que se trate de alguien arrojado y listo, sí, pero inculto e inmaduro, que se ha dejado llevar por un chispazo de genialidad o una ventolera de justiciero de excesos y desvaríos ecologistas, esa gentecilla a los que la historia le encarga -a él, a Muiño- corregir con argumentos novedosos y llamativos que espera que vayan a impresionar a lectores y seguidores. O que este héroe de la “antropología del clima” (disciplina a la que se dedica en el CSIC, pero que yo transformaría en una más apropiada “climatología antropológica”) se sienta obligado a crear ciencia o pensamiento que alumbren al mundo y sus tinieblas, y señale caminos de luz y esperanza a tanto pesimista y descarriado, que es lo que -debe pensar- más abunda en el mundillo ecologista.


Una de las obras de Muiño.

Me impresiona su reiteración sobre la felicidad como, no solo alcanzable o deseable, sino como algo obvio y ordinario: vamos, que quien no la alcanza es porque no quiere. Yo creo que si estuviera al tanto de la obra de, por ejemplo, los antropólogos franceses descreídos, como Pierre Jouventin (L’homme, cet animal raté) o Pablo Servigne y Raphaël Stevens (Commont tout peut s’effondrer), suspendería al menos provisionalmente apreciación tan dulzona. Y así, se le podría ocurrir que la felicidad como sentimiento personal profundo solo puede darse en una sociedad mínimamente justa, prudente y austera (equitativa), como advertía Bertrand Russell nada menos que en 1930 (La conquista de la felicidad), dejando claro que esta solo es posible en sociedad y en acción. Y yo veo a este Muiño como demasiado teórico e incluso algo mentalmente fondón, ajeno al ajetreo ecologista, que es siempre socializador y militante (y que no suele tener tiempo para elucubrar sobre la felicidad).

Interesante sí es su propuesta de cometer “algún tipo de exceso”, pero debe saber que el ecologista lleva una vida radical y completamente excesiva por activa, arriesgada y comprometida, teniendo muy en cuenta el entorno gris y acomodaticio, tan poco estimulante, que lo rodea; y que son los intelectuales de invernadero, como aparenta ser él, los que viven condenados a la (inevitable) abulia física y la (amenazante) tontuna mental. Si este Emilio añadiera la historia ecologista a su antropología profesional se encontraría con vibrantes textos fundacionales de un ecologismo que siempre ha creído en esa “vida buena” a la que alude como de pasada, ya que no demuestra conocer sus más interesantes contenidos. Cuando este científico distaba mucho de aparecer por este perro mundo los ecologistas nos reuníamos en Daimiel (julio de 1978) para elaborar un texto sobre, diríamos, la vida buena (mucho antes de esas babosadas del slow food y el slow life), que al poco, en 1980, su principal formulador, el sociólogo Josep Vicent Marqués, trasplantó a una breve pero genial obra (Ecología y lucha de clases).

Me preocupa que este antropólogo haya llegado a la escena conociendo a la porción menos interesante del ecologismo, como algunos dirigentes heréticos de Ecologistas en Acción, organización en plena crisis de honestidad socioecológica precisamente por su alineación creciente con el poder político; o de filósofos que nunca se preocuparon por incrustar el ecologismo en la historia de las ideas, mariposeando sin brújula entre ignorantes y oportunistas. A este respecto, consulte nuestro Muiño reacio al holismo a un filósofo e intelectual lealmente ecologista que ya supo, y se puso manos a la obra, lo que había que hacer con el ecologismo, que era constituirlo por derecho propio en parte del pensamiento filosófico y político: Juan Ignacio Sáenz-Díez, “La cosmovisión ecológica” (texto rotundo y espléndido dentro de Síntesis de historia del pensamiento político).

Lo comunal, que en opinión de Muiño parece elemento destacable, debiera hacerle ver que es ahí donde no cabe, ni en broma, lujo alguno (pero, ¿en qué comunidad piensa este hombre, en la seráfica, quizás?). Y deberá reconocer la omnipresencia de la austeridad material en cualquier tipo de grupo más o menos ecologista, que es condición evidente de una vida mental y espiritual de calidad. Y sobre lo de trabajar menos... si no analiza ni aclara su concepto de trabajo eso queda en el vacío porque, ¿no ha reparado en lo que es el trabajo alienado?, ¿solo le preocupa la duración, no su naturaleza y objetivos?

Cuando alude al “discurso ecologista de la supervivencia” se muestra francamente errado, bien lejos del asunto. El ecologismo -y no hace falta que este sea demasiado radical- cuenta con que la especie humana es intrínsecamente perturbadora y necia, y que desaparecerá, a término, por propio empeño. Contemplando la grandeza y el “milagro” de la naturaleza, pretender la supervivencia del Homo sapiens no es ni justo ni inteligente... Supongo que en esto, nuestro antropólogo es antropocéntrico, y deja en suspenso su clarividencia.

No obstante, de su fe en la “revolución tecnológica”, con el sesgo crédulo que parece imprimirle, no veo probable una reconducción ecológica por su propio esfuerzo. Será porque no conoce bien a Illich (Energía y equidad), Schumacher (Lo pequeño es hermoso) o Commoner (Ciencia y supervivencia), y no estoy seguro de que se interese debidamente por la obra de crítica tecnológica de Mumford, Virilio, Latouche, Mitcham... o de críticos del timo digital como Morozov o Carr.

Con esas expectativas de corte tan liberal (o peor: de desteñida e inactual socialdemocracia), no me extrañaría que Muiño creyera en el progreso, esa idea que no por ser relativamente reciente en la historia deja de ser menos absurda. Y eso es fatal: a quién se le ocurre, siendo un intelectual entregado a la antropología. Y puede que hasta lo relacione con la fanfarria político-burocrático-verdolera que sigue empecinada en comernos el coco para mejor adocenarnos y contentarnos. Esto le pasa porque no ha entendido qué es eso del ecopesimismo (o sea, que ni siquiera me ha leído a mí: pero hombre...), por eso se considera llamado a dar posibilidades y perspectivas a un mundo en peligro de caer en las (peligrosas) tesis ecologistas, que siempre resultan aburridas por pesimistas, con un discurso coñazo: él tiene la misión, totalmente diferente, de demoler todo eso y ofrecer ilusiones nuevas y emociones garantizadas (de lujo a espuertas, ¡uf!).

¡Ah, lo del surrealismo! “Vengo de una tradición, el surrealismo”, dice, como cambiando del todo la variable de su discurso, que es más o menos ambientalista, Ahí sí que me rindo, ya que no entiendo ni lo que realmente es eso ni qué falta le hace para entretener su mente en referencias y análisis para-ecologistas. Es la primera vez que oigo esto de alguien relacionado con el medio ambiente, ya que el escapismo surrealista -que es lo que yo sé de eso- solo puede ser frívolo y banal, y pretender con menosprecio enviar el ecologismo a la irrelevancia; y eso no me hace gracia. Me paree que es como decir “Yo estoy aparte, me declaro surrealista y que me echen un galgo”.

Pido mil perdones si resulta que me equivoco, pero creo que a Muiño hay que inscribirlo en esa hornada de pensadores lanzados, pero más precoces que adelantados, más precipitados que prudentes. Con el riesgo que siempre acecha, cuando no se piensa como hay que pensar, y en esto la metodología académica sí resulta útil. Mi sincero deseo es que este Muiño evite convertirse en muestra brillante de la incultura ecologista de la generación intelectual actual, con el agravante de que quiera ser vanguardia de algo sin el respeto debido a ciertos fundamentos que la historia, la política y la ciencia en general le podrían aportar. Y también me gustaría que reconociese que en el ecologismo casi todo está inventado, y a los que llegan tarde lo primero que les corresponde hacer, con paciencia y aplicación, es asimilar todo lo ya dicho, escrito y, sobre todo, hecho. No sé si me explico.