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domingo, 21 de diciembre de 2025

Los tecnoligarcas colonizan Washington

 

 Por Enzo Girardi   
      Doctor en Relaciones Internacionales orientado hacia problemáticas de geopolítica, defensa y seguridad.

      y

      Artista en/de movimiento y Transdisciplinaria.


Los CEOs de las grandes corporaciones tecnológicas –con Palantir, de Peter Thiel, a la cabeza– se han convertido en una nueva élite con influencia directa en las áreas de Defensa, Comunicaciones y Energía


     Las soluciones digitales que ofrece la empresa Palantir Technologies son, de hecho, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos. Esto representa una inédita cesión de soberanía operativa del sector público en favor de agentes privados a través de un modelo de externalización que resignifica infraestructuras y procesos que constituyen los fundamentos mismos del Estado.


Palantir Technologies.

La empresa es la nave nodriza del nuevo complejo militar industrial digital. Pero, además, y principalmente, es un caso paradigmático en el sostenido proceso de colonización de capacidades del Estado que llevan adelante los tecnoempresarios de Silicon Valley, protagonistas de una dinámica, extraordinaria por escala y profundidad, de hibridación de poder.


Palantir, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos.

A través de un contrato con el Pentágono a fines de julio de 2025 y por un monto total de 10.000 millones de dólares –de los más gravosos de la historia en el área de Defensa–, Palantir gestionará decisiones militares fundamentales sobre objetivos, movimientos de soldados e inteligencia. El mantra de la eficiencia, que se articula en función de relatos que consagran los efectos redentores del solucionismo digital y la inteligencia artificial, es el argumento para la operación política de captura de los actores privados de áreas y prácticas que históricamente fueron exclusivas del Estado.


El Ejército de EE. UU. anuncia un contrato récord con Palantir.

El control operativo de Palantir sobre el Pentágono representa un salto cualitativo de reconfiguración política en Washington: legitima y pondera el protagonismo en el gobierno de lo público de una nueva élite, la de los CEOs de Silicon Valley, que gestionan los procesos de innovación a través de la IA, una tecnología que conlleva capacidades performativas de alcance civilizatorio porque, en sus efectos, redefine los patrones políticos, económicos y culturales que significan la vida.

Es una élite que actúa cada vez más como una oligarquía: en su hacer despliega una metapolítica que se asienta sobre postulados anarcolibertarios y una irrefrenable pulsión tecnoutópica al servicio de la progresiva construcción de una hegemonía de clase dominante. “No son solo innovadores, sino los arquitectos del orden posmoderno que está emergiendo a través de la IA, la disrupción digital y el capital tecnológico”, dijo el filósofo Alessandro Aresu.

Agentes de las grandes corporaciones tecnológicas controlan o inciden en sectores relevantes de la administración del presidente Donald Trump: en Defensa, en la gestión de la información, en el régimen monetario (criptomonedas), en Comunicaciones y en Energía. Incluso el Ejército está incorporando formalmente a ejecutivos de Silicon Valley a través de la denominada “Unidad 201”. En junio pasado designó con el grado de tenientes coroneles a Shyman Sankar, director de tecnología de Palantir, a Andrew Bosworth, director de tecnología de Meta, a Kevin Weil, director de productos de OpenAI, y a Robert McGrew, exdirector de investigación de OpenAI. La distinción entre el actor (y el interés) público y el contratista (y el interés) privado se ha vuelto deliberadamente borrosa.


Cómo los multimillonarios tecnológicos construyen unos Estados Unidos postdemocráticos.

Entre estos tecnoligarcas se destaca el presidente de Palantir, el empresario Peter Thiel, quien cree que Estados Unidos vive un proceso de declive que pone en juego su hegemonía y pregona que el Estado debe reconvertirse en una startup para superar el estancamiento. Su empresa es omnipresente en Washington: Michael Kratsios, inversor en Palantir, dirige la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología; Stephen Miller, subdirector del Gabinete de Políticas y asesor de Seguridad Nacional, posee unos 250.000 dólares en acciones de Palantir; David Sacks, socio de Thiel, está a cargo del área de criptomonedas e IA del Gobierno.


Peter Thiel.

Palantir ofrece soluciones para realizar una interpretación inteligente de la información, y sus dispositivos se han vuelto primordiales para el Pentágono, pero también para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el Servicio de Impuestos Internos (IRS), la Oficina Federal de Investigación (FBI) y el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE).

Arquitectos de un nuevo orden

La exitosa trayectoria de construcción de poder y de adquisición de capacidades soberanas de las grandes compañías tecnológicas enuncia la consumación de un régimen digital que se vuelve hegemónico a medida que redefine los términos en los que se crea y administra el poder. El proceso advierte de una crisis sistémica que implica la pérdida de centralidad estratégica del Estado y la emergencia de un mundo de soberanías porosas e identidades fragmentadas, de un gran escenario político de dominios en construcción. En medio de esta perplejidad, la élite de los tecnoligarcas actúa con fuerza y determinación y está dispuesta a imprimir las señas de un nuevo orden existencial.




El futuro que imaginan asume, visibiliza, sus sesgos ideológicos porque, como advirtió el escritor Alessandro Baricco, la de Silicon Valley es, primero, una revolución de ideas y creencias y, recién después, tecnológica. Su imaginario reseña la consumación de un ethos de extrema individuación que los hace percibirse como profetas de un destino inevitable, el de un orden liberal tecnocrático, jerárquico y elitista. Su proyecto político parte de una premisa: salvar el capitalismo en la nube (el modelo de negocios de las plataformas digitales) y la IA de los riesgos socializantes de la democracia. Hiperliberalismo, pero sin democracia.




Los siguientes párrafos, tomados del libro El individuo soberano (1997), de Lord William Rees-Mogg y James Dale Davidson, uno de los textos de referencia para este universo, permiten entrever el perfil de su ideología: “El nuevo Individuo Soberano operará como los dioses del mito en el mismo ambiente físico que el ciudadano común y corriente, pero en un reino separado políticamente. Comandando vastos recursos y más allá del alcance de muchas formas de compulsión, rediseñará los gobiernos y reconfigurará las economías en el nuevo milenio”. O, con más detalle: “La nueva organización de la sociedad está implícita en el triunfo de la autonomía individual, y en la verdadera igualdad de oportunidades basada en el mérito (…) La tecnología hará que los individuos sean más autónomos que nunca (…) Los centros locales de poder se reafirmarán a medida que el Estado se transforma en unidades fragmentadas y superpuestas”.




También resulta útil repasar algunas de las afirmaciones previstas en el Manifiesto tecnoptimista (2023), de Marc Andreessen, uno de los portavoces más activos del ecosistema Silicon Valley: “Creemos que el libre mercado es la forma más eficaz de organizar una economía tecnológica. (…) Creemos que los mercados son una forma inherentemente individualista de lograr resultados colectivos superiores. (…) Nuestros enemigos son la visión sin restricciones de Thomas Sowell (el hombre es por naturaleza defectuoso, egoísta y limitado y las instituciones le sirven como recurso para confrontar sus defectos y excesos), el Estado universal y homogéneo de Alexander Kojeve (que iguala amos y esclavos) y la utopía de Tomás Moro (abolición de la propiedad privada, educación y salud universal, libertad religiosa, ausencia de clases sociales)”.

Thiel y Andreessen, pero también Alex Karp, Sam Altman, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Eric Schmidt, David Sacks, Palmer Luckey, Balaji Srinivasan, Timothy “Tim” Cook, Sundar Pichai, Jensen Huang son los nombres propios que esta nueva clase dirigente, que atesora inmenso poder económico (sus empresas superan en volumen a la mayoría de las economías nacionales), son decididamente influyentes porque construyen y facilitan conectividad (infoesfera) y lideran los desarrollos de IA, según sus patrocinadores, la tecnología definitiva.


Alex Karp, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial 2022 en Davos-Klosters, Suiza.

Thiel, el jefe

El presidente de Palantir utiliza la potencia de su patrimonio corporativo para influir sobre el poder político. No crea fundaciones, sino que financia directamente a emprendedores y líderes que expresan sus ideas. Es uno de los principales donantes del partido Republicano con el fin de vigorizar el liderazgo de Donald Trump y apadrinar candidatos que consoliden la prevalencia del ideario MAGA. Su gran apuesta es el actual vicepresidente, JD Vance, a quien empleó en el fondo Mithril Capital y apoya con dinero en sus campañas electorales.

Vance, el hijo de una familia humilde que surgió de Ohio en el Rust Belt (‘Cinturón del Óxido’) en el país profundo, pasó de los campos de batalla en Irak a las aulas de la prestigiosa Universidad de Yale. De allí egresó como abogado y poco después desembarcó en el entorno de Thiel. Ahora ejerce como interfaz entre el mundo de la política y Silicon Valley. Thiel, catalogado como uno de los intelectuales de derecha más influyentes de los últimos 20 años, se define como anarcolibertario. Plasmó los rasgos salientes de su ideología a través de la proclama “La educación de un libertario”, en la que puntualizó: “Sigo comprometido con la fe de mi adolescencia: la auténtica libertad humana como condición previa para el bien supremo. Me opongo a los impuestos confiscatorios, a los colectivos totalitarios y a la ideología de la inevitabilidad de la muerte de cada individuo. Por todas estas razones, sigo llamándome ‘libertario’. Pero debo confesar que en las últimas dos décadas he cambiado radicalmente mi manera de pensar sobre cómo alcanzar esos objetivos. Y lo que es más importante, ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.

Thiel, junto con Karp, Luckey y Andreessen, son activistas comprometidos del reaccionario movimiento “tech-right”, la extrema derecha dentro de la tecnoligarquía, que reivindica procedimientos autoritarios para organizar la vida común y promueve un orden social jerárquico, piramidal y elitista, administrado por un poder concentrado.

Élite cognitiva

La tech-right es el soporte de Silicon Valley para el movimiento de extrema derecha que está inundando la política en los países de Occidente y perfilando de manera creciente el sentido común de sus sociedades, que Quinn Slobodian, en el libro Los hijos bastardos de Hayek.


Los hijos bastardos de Hayek: Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha.

Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha  (2025), define como “nuevo fusionismo”. El autor lo describe como “un intento de desarmar la obra del humanismo liberal igualitario de los últimos 200 años y restaurar un orden jerárquico, basado en las diferencias naturales entre los seres humanos”, a medida que postula un ordenamiento social cimentado en “cuestiones de raza, inteligencia, territorio y dinero”.




Slobodian indica que el “nuevo fusionismo” comenzó a formarse en la década de 1990, cuando “quienes discutían sobre la necesidad de defender el capitalismo y la libertad económica comenzaron a apelar a categorías científicas: en particular, la biología evolutiva, la psicología cognitiva e incluso las pseudociencias raciales”.




En este proceso se introduce el coeficiente intelectual (CI) como mecanismo para catalogar la vida social, reemplazando los patrones económicos con los que el discurso neoliberal tradicional justificaba sus demandas meritocráticas en contra del humanismo socialmente integrador. La reivindicación del CI avisa en términos operativos, pero también ideológicos, de la emergencia de una “élite cognitiva”, el corpus que expresa al nuevo agente social de ruptura.




El propio Trump supo ejemplificar sin rodeos el sentimiento de superioridad que expresa este grupo cuando en 2013, por ejemplo, escribió: “Lo siento, perdedores y detractores, pero mi coeficiente intelectual es uno de los más altos, ¡y todos lo saben! Por favor, no se sientan tan estúpidos o inseguros, no es su culpa”.

IA + eugenesia

Los cultores de la tech-right se definen como “reaccionarios” porque rechazan los fundamentos de la modernidad liberal y se describen como antiilustrados, eugenistas, antidemocráticos (tecnomonárquicos) y aceleracionistas (abogan por el impacto tecnológico exponencial sobre todas las dimensiones de la vida). Sus ideólogos principales son el historiador y tecnoemprendedor Curtis Yarbin y el filósofo Nick Land.


Curtis Yarvin.

Yarbin vocifera su menosprecio por la democracia, “el fallido experimento democrático de los dos últimos siglos”, dice, porque, entre otras razones, permite que coexistan en los mismos espacios de decisión personas de alto CI con otras de bajo CI, e impulsa como correctivo la instauración de una “tecnomonarquía”. En una entrevista publicada a comienzos de 2025 por The New York Times dijo lo siguiente: “Cuando pido a la gente que reflexione sobre esta cuestión, los animo a que miren a su alrededor e identifiquen que todo lo exitoso que les rodea ha sido creado por una monarquía. Estas entidades que llamamos empresas son esencialmente pequeñas monarquías. Por ejemplo, si miran a su alrededor y ven una computadora portátil, esa computadora ha sido fabricada por Apple, que funciona como una monarquía”.

El culto a la inteligencia, con el CI como parámetro, justifica en el universo ideológico de Yarbin la instrumentación de estrategias de eugenesia que redefinirán el rol de las personas en el mundo reconvertido en una gigantesca startup. En este sentido, por ejemplo, sugiere aislar a personas a las que sus presuntas carencias cognitivas las hacen menos productivas: “Encerrarlos en aislamiento permanente, como una larva de abeja en una celda cerrada, salvo en caso de emergencias. Esto volvería loco a cualquiera, salvo por el hecho de que la celda contendrá una interfaz de realidad virtual inmersiva que le permitirá vivir una vida rica y satisfactoria en un mundo completamente imaginario”.

Land ha sistematizado estas ideas a través de su teoría de la “Ilustración oscura”, en la que argumenta sobre los fundamentos del nuevo orden: monarquismo, autoritarismo tecnofeudal y eugenismo (“abandonar el Homo Sapiens como reliquia o fósil viviente”). Un orden, subraya, en el que la digitalización y la biomecánica desintegrarán las formas de soberanía y deconstruirán el sentido totalizador de lo político.

El filósofo argumenta las condiciones que articulan la transformación en marcha:

1. El cambio evolutivo está asociado al origen de nuevas especies (transhumanismo).

2. Varios modos de evolución pueden operar simultáneamente, pero el más efectivo (digitalización + IA) domina el proceso.

3. Una minoría de individuos (élite tecnocognitiva) gestiona la evolución y la especie en su conjunto representa el laboratorio de ensayo.

Un breviario que, aún cargado de desmesura, reseña sin eufemismos las ensoñaciones mesiánicas de la tecnoligarquía. Sobre las formas y los fines, Evgeny Morozov explica: “No escriben sobre el futuro; lo instalan. (…) Se autoproclaman portavoces oficiales de la humanidad (...) La metamorfosis alcanza su etapa final no en manifiestos ni en hilos de tweets, sino en la colonización de los salones del poder en Washington. (…) ¿Su estrategia? Perturbar primero, eliminar después”.


Fuente: Ctxt

viernes, 12 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (8 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Pensadores anti ecologismo (como el antropólogo Muiño) 


Al antropólogo Emilio Santiago Muiño, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) lo conocí un día en Cartagena actuando al alimón con el filósofo Antonio Campillo y el ecologista Luis González Reyes, en una de las sesiones de ese magnífico programa cultural del Ayuntamiento local, llamado “Cartagena piensa” y que mueve el fino e infatigable Patricio Hernández. Y cuando lo vi y oí sentí que le escaseaban conocimientos y sentimientos en materia ecologista y por eso le hice observar que -como primera tarea- debía leer y pensar más y mejor.

Pero leyendo la entrevista periodística que le hace El País (2 de agosto) con el título de “Podemos reducir el impacto en el planeta y llevar una vida de lujo” concluyo que ni me hizo caso ni se interesa por situarse, al menos como investigador, en el análisis de un ecologismo prístino, históricamente configurado y empíricamente consolidado. Peor todavía, porque persiste en alimentar un ecologismo de diversión y confrontación, pegado a ese institucionalismo acientífico siempre dispuesto a corresponder con generosidad a cualquier aliado que garantice paz social por su capacidad de neutralización de agitadores. Mantuve por un momento la esperanza de que ese titular fuera cosa del entrevistador, presumiblemente lego en la materia, pero no, nuestro personaje repite en el texto exactamente los términos de la cabecera añadiendo que “podemos vivir no solo mejor sino mucho mejor, dentro de los límites planetarios”, que no puedo tomar como enmienda a la totalidad (lo de los “límites”) sino como osada y provocadora alusión a la finitud del planeta y de su concreta materialidad. Es tan joven que se perdió la aparición en 1972 del trabajo de los Meadows, Los límites del crecimiento, que los años posteriores no han hecho más que confirmar y agravar; así que me temo que ese libro, con los numerosos textos polémicos que lo acosaron en su día equivocándose estruendosamente, no forman parte de una (su) biblioteca fundamental y urgente.


Emilio Santiago Muiño (El País).

Y me obliga a entrarle al trapo, y pese a su pinta de tío serio, por venir desafiando con un oxímoron de ese calado y relacionar reducción de impacto ambiental con vida de lujo (¡toma ya!). O sea que se sale y desborda por derroteros sorprendentes, tirando a exóticos, como dando la impresión de que está decidido a construir una nueva ideología pseudo ecologista muy señaladamente lúdica, haciendo trizas algunos fundamentos de un pensamiento que (1) demuestra conocer poco y mal, y (2) cree poder desmontar sin pertrecharse antes de lo que necesita saber y aprender. No quiero pensar que se trate de alguien arrojado y listo, sí, pero inculto e inmaduro, que se ha dejado llevar por un chispazo de genialidad o una ventolera de justiciero de excesos y desvaríos ecologistas, esa gentecilla a los que la historia le encarga -a él, a Muiño- corregir con argumentos novedosos y llamativos que espera que vayan a impresionar a lectores y seguidores. O que este héroe de la “antropología del clima” (disciplina a la que se dedica en el CSIC, pero que yo transformaría en una más apropiada “climatología antropológica”) se sienta obligado a crear ciencia o pensamiento que alumbren al mundo y sus tinieblas, y señale caminos de luz y esperanza a tanto pesimista y descarriado, que es lo que -debe pensar- más abunda en el mundillo ecologista.


Una de las obras de Muiño.

Me impresiona su reiteración sobre la felicidad como, no solo alcanzable o deseable, sino como algo obvio y ordinario: vamos, que quien no la alcanza es porque no quiere. Yo creo que si estuviera al tanto de la obra de, por ejemplo, los antropólogos franceses descreídos, como Pierre Jouventin (L’homme, cet animal raté) o Pablo Servigne y Raphaël Stevens (Commont tout peut s’effondrer), suspendería al menos provisionalmente apreciación tan dulzona. Y así, se le podría ocurrir que la felicidad como sentimiento personal profundo solo puede darse en una sociedad mínimamente justa, prudente y austera (equitativa), como advertía Bertrand Russell nada menos que en 1930 (La conquista de la felicidad), dejando claro que esta solo es posible en sociedad y en acción. Y yo veo a este Muiño como demasiado teórico e incluso algo mentalmente fondón, ajeno al ajetreo ecologista, que es siempre socializador y militante (y que no suele tener tiempo para elucubrar sobre la felicidad).

Interesante sí es su propuesta de cometer “algún tipo de exceso”, pero debe saber que el ecologista lleva una vida radical y completamente excesiva por activa, arriesgada y comprometida, teniendo muy en cuenta el entorno gris y acomodaticio, tan poco estimulante, que lo rodea; y que son los intelectuales de invernadero, como aparenta ser él, los que viven condenados a la (inevitable) abulia física y la (amenazante) tontuna mental. Si este Emilio añadiera la historia ecologista a su antropología profesional se encontraría con vibrantes textos fundacionales de un ecologismo que siempre ha creído en esa “vida buena” a la que alude como de pasada, ya que no demuestra conocer sus más interesantes contenidos. Cuando este científico distaba mucho de aparecer por este perro mundo los ecologistas nos reuníamos en Daimiel (julio de 1978) para elaborar un texto sobre, diríamos, la vida buena (mucho antes de esas babosadas del slow food y el slow life), que al poco, en 1980, su principal formulador, el sociólogo Josep Vicent Marqués, trasplantó a una breve pero genial obra (Ecología y lucha de clases).

Me preocupa que este antropólogo haya llegado a la escena conociendo a la porción menos interesante del ecologismo, como algunos dirigentes heréticos de Ecologistas en Acción, organización en plena crisis de honestidad socioecológica precisamente por su alineación creciente con el poder político; o de filósofos que nunca se preocuparon por incrustar el ecologismo en la historia de las ideas, mariposeando sin brújula entre ignorantes y oportunistas. A este respecto, consulte nuestro Muiño reacio al holismo a un filósofo e intelectual lealmente ecologista que ya supo, y se puso manos a la obra, lo que había que hacer con el ecologismo, que era constituirlo por derecho propio en parte del pensamiento filosófico y político: Juan Ignacio Sáenz-Díez, “La cosmovisión ecológica” (texto rotundo y espléndido dentro de Síntesis de historia del pensamiento político).

Lo comunal, que en opinión de Muiño parece elemento destacable, debiera hacerle ver que es ahí donde no cabe, ni en broma, lujo alguno (pero, ¿en qué comunidad piensa este hombre, en la seráfica, quizás?). Y deberá reconocer la omnipresencia de la austeridad material en cualquier tipo de grupo más o menos ecologista, que es condición evidente de una vida mental y espiritual de calidad. Y sobre lo de trabajar menos... si no analiza ni aclara su concepto de trabajo eso queda en el vacío porque, ¿no ha reparado en lo que es el trabajo alienado?, ¿solo le preocupa la duración, no su naturaleza y objetivos?

Cuando alude al “discurso ecologista de la supervivencia” se muestra francamente errado, bien lejos del asunto. El ecologismo -y no hace falta que este sea demasiado radical- cuenta con que la especie humana es intrínsecamente perturbadora y necia, y que desaparecerá, a término, por propio empeño. Contemplando la grandeza y el “milagro” de la naturaleza, pretender la supervivencia del Homo sapiens no es ni justo ni inteligente... Supongo que en esto, nuestro antropólogo es antropocéntrico, y deja en suspenso su clarividencia.

No obstante, de su fe en la “revolución tecnológica”, con el sesgo crédulo que parece imprimirle, no veo probable una reconducción ecológica por su propio esfuerzo. Será porque no conoce bien a Illich (Energía y equidad), Schumacher (Lo pequeño es hermoso) o Commoner (Ciencia y supervivencia), y no estoy seguro de que se interese debidamente por la obra de crítica tecnológica de Mumford, Virilio, Latouche, Mitcham... o de críticos del timo digital como Morozov o Carr.

Con esas expectativas de corte tan liberal (o peor: de desteñida e inactual socialdemocracia), no me extrañaría que Muiño creyera en el progreso, esa idea que no por ser relativamente reciente en la historia deja de ser menos absurda. Y eso es fatal: a quién se le ocurre, siendo un intelectual entregado a la antropología. Y puede que hasta lo relacione con la fanfarria político-burocrático-verdolera que sigue empecinada en comernos el coco para mejor adocenarnos y contentarnos. Esto le pasa porque no ha entendido qué es eso del ecopesimismo (o sea, que ni siquiera me ha leído a mí: pero hombre...), por eso se considera llamado a dar posibilidades y perspectivas a un mundo en peligro de caer en las (peligrosas) tesis ecologistas, que siempre resultan aburridas por pesimistas, con un discurso coñazo: él tiene la misión, totalmente diferente, de demoler todo eso y ofrecer ilusiones nuevas y emociones garantizadas (de lujo a espuertas, ¡uf!).

¡Ah, lo del surrealismo! “Vengo de una tradición, el surrealismo”, dice, como cambiando del todo la variable de su discurso, que es más o menos ambientalista, Ahí sí que me rindo, ya que no entiendo ni lo que realmente es eso ni qué falta le hace para entretener su mente en referencias y análisis para-ecologistas. Es la primera vez que oigo esto de alguien relacionado con el medio ambiente, ya que el escapismo surrealista -que es lo que yo sé de eso- solo puede ser frívolo y banal, y pretender con menosprecio enviar el ecologismo a la irrelevancia; y eso no me hace gracia. Me paree que es como decir “Yo estoy aparte, me declaro surrealista y que me echen un galgo”.

Pido mil perdones si resulta que me equivoco, pero creo que a Muiño hay que inscribirlo en esa hornada de pensadores lanzados, pero más precoces que adelantados, más precipitados que prudentes. Con el riesgo que siempre acecha, cuando no se piensa como hay que pensar, y en esto la metodología académica sí resulta útil. Mi sincero deseo es que este Muiño evite convertirse en muestra brillante de la incultura ecologista de la generación intelectual actual, con el agravante de que quiera ser vanguardia de algo sin el respeto debido a ciertos fundamentos que la historia, la política y la ciencia en general le podrían aportar. Y también me gustaría que reconociese que en el ecologismo casi todo está inventado, y a los que llegan tarde lo primero que les corresponde hacer, con paciencia y aplicación, es asimilar todo lo ya dicho, escrito y, sobre todo, hecho. No sé si me explico.