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miércoles, 1 de julio de 2026

Irán, Estados Unidos e Israel en el frente de Ormuz

 

Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Estados Unidos e Israel han perdido la guerra cuyo resultado, de momento, es que EE.UU ha transferido a Irán el control del estrecho de Ormuz. Es obvio que esa guerra no ha terminado. En ese caso, Irán ha ganado por lo menos una batalla de esa guerra. El futuro es incierto



     El motivo del radical giro desde la “edad de piedra” y la aniquilacion de una civilización hasta la negociación en los términos presentados por Irán, es muy simple: se juegan una recesión global en Ormuz. Trump ha dicho que lo ha firmado forzado por la situación. “Se nos estaban acabando las reservas de petróleo”, ha dicho en su más sincera declaración en mucho tiempo. En los últimos meses Trump iba haciendo malabarismos. Decía el sábado que “el acuerdo con Irán es inminente” y el lunes las bolsas abrían al alza, moderando los incrementos de los precios de la energía. Así de una semana a otra.


Delicado Estrecho de Ormuz

Pero con las reservas en rojo, el diesel por encima de los cinco dólares el galón y la gasolina por encima de los cuatro dólares, eso ya no había mago fullero que lo arreglase. El documento firmado con Irán no es un acuerdo: es un marco. “Memorando de entendimiento” (MOU), se llama. Le da a Trump un respiro de 60 días. El cortoplacismo de esta especie de geopolítica en fusión con el mundo de la bolsa y las finanzas, es manifiesto.


Acuerdo de entendimiento Irán – EE. UU.

Pero Israel y los sionistas de Estados Unidos están furiosos con Trump y su MOU. No lo aceptan y lo quieren reventar. Desde Israel quedándose en Libano y continuando su masacre. Dentro de la administración de EE.UU se aprecia gran división entre el vicepresidente JD Vance por un lado y los mas prosionistas, como el secretario de Estado Marco Rubio y el yerno de Trump Jared Kushner, por otro. Si Trump se atreve a poner los intereses nacionales de Estados Unidos por delante de la locura israelí, es posible que le organicen un impeachment. En todo caso, hay sustancia tanto en Estados Unidos como en Israel para considerables peleas internas por motivo de la derrota de Ormuz.

Irán tiene la sartén por el Mango. El 8 de junio el Jerusalem Post lo explicaba con bastante claridad al decir que Teherán tiene “tres armas nucleares”: el control del estrecho de Ormuz, las estrechas relaciones con “las potencias McKinder” que dominan el espacio euroasiático (China y Rusia), y la bomba propiamente dicha, a la que, si hay voluntad, puede acceder en cualquier momento, según la opinión de expertos como Theodore A. Postol, profesor emérito de ciencia y tecnología del Instituto de Tecnología de Massachusetts y antiguo colaborador del Pentágono.

Ademas, Estados Unidos ha abierto una crisis de relaciones con los países del Golfo. Esos países han descubierto que las bases y la protección americana les convierte en objetivo y no son factor de seguridad, sino al contrario: una amenaza total a su economía e incluso a su existencia. Recordemos el cable de la CIA de 2008, revelado por Wikileaks, según el cual la mera destrucción de la planta de desalinización de El Ryad, obligaría a evacuar la ciudad (7 millones de habitantes, 20% del total de la población del reino) en el plazo de unos pocos días. Hay consenso entre los expertos en que cualquier cosa que EE.UU o Israel hagan contra Irán, Irán puede devolverla haciendo más daño porque tiene el control de la escalada. Así que hay condiciones para que esos países del Golfo se piensen la oportunidad de ir a otro esquema de seguridad regional, diferente al de participar en el cerco americano israelí a Irán. Y eso abre oportunidades para China y Rusia, que ya trabajaron el año pasado con éxito en un acuerdo de distensión de relaciones entre Irán y Arabia saudí.

Israel más cerca de su suicidio

Israel si que tiene una estrategia para dominar la región e imponer su anacrónico (para el siglo XXI) proyecto colonial “bíblico sin fronteras”, pero es una estrategia loca que conduce al suicidio. El genocidio de Gaza no ha mejorado las cosas para ese proyecto sino que las ha empeorado. El 20 de junio el corresponsal militar del Times of Israel, Lazar Berman, decía que la “victoria total” prometida por Netanyahu ha llegado a su fin:

«Las guerras posteriores al 7 de octubre, que llegaron acompañadas de expectativas y promesas de “victoria total”, han terminado —al igual que sus ilusiones—. Los palestinos no van a abandonar Gaza. Hamás no se desarmará, ni tampoco Hezbolá. Trump no va a volver a la guerra con Irán, que ahora puede amenazar con retirarse de un acuerdo para obligar a Trump a detener cualquier operación israelí de envergadura contra Hamás o Hezbolá… Sin duda, Oriente Medio ha cambiado», decía.

Con Netanyahu amenazado de cárcel, su rival electoral, Naftali Bennett, persevera en lo mismo. Dice que piensa tratar a Turquía como “un nuevo Irán”. El problema fundamental de Israel es que un país de 8 o 9 millones de habitantes sin recursos que se ha peleado con todo su enorme entorno no puede imponerse. El mundo árabe siempre ha estado sometido; primero bajo los turcos, luego británicos y franceses y ahora americanos/israelís. Pero eso no va durar eternamente. Israel se sostiene por el apoyo occidental. Y eso es, precisamente, lo que se está resquebrajando ahora.

La relación entre Estados Unidos e Israel atraviesa el peor momento de su historia. Todos entienden en Estados Unidos que Netanyahu metió a Trump en lo de Irán contra la opinión de sus expertos de la CIA y el Pentágono. Y además, ahora ese mismo Israel boicotea el alto el fuego lo que está siendo recriminado por Estados Unidos. El vicepresidente J.D. Vance ha advertido a Israel con no jugar contra su único aliado. Una declaración sin precedentes.

Hay una clara segmentación en el electorado estadounidense. El grupo demográfico de mayores de 55 años se muestra, en general, solidario con Israel, pero los jóvenes han cambiado radicalmente de postura. Incluso entre los judíos estadounidenses, el 61 % ha llegado a la conclusión de que Israel cometió crímenes de guerra en Gaza, y el 39 % considera que la conducta de Israel en Gaza constituye un genocidio. Nunca Israel había sido tan impopular en EEUU. Es la primera vez que se ve tal brecha. Su progreso significa que a todo el edificio sobre el que está construido el sionismo se está desmoronando. Naturalmente, hay que decir que son capaces de cualquier cosa: tienen el arma nuclear y arsenales químicos y bacteriológicos completos. Y tienen la “doctrina Sansón”: antes derribo el templo sobre mi persona y las de mis enemigos que cambiar. Israel puede usar una bomba nuclear táctica contra Irán. Pero Irán es 75 veces mayor en tamaño y puede responder haciendo mucho daño a Israel con sus misiles. Además, un uso nuclear movilizaría definitivamente a Rusia y China contra Israel y no creo que EE.UU lo apoyase.

No digo que Israel vaya a desaparecer, pero desde luego en su aspecto actual sería inviable.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 23 de marzo de 2026

¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?

 

             Economista y  director ejecutivo del blog El Tábano Economista.  


Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán.

     La frase, atribuida indistintamente a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del lector, resume una tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington. Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a miles de kilómetros, en China.


'Los jugadores de Skat', de Otto Dix.

La respuesta es incómoda, pero está documentada: la política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa, pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la narrativa y, de paso, los presupuestos.


Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de EEUU.

Lo que hace que el análisis sea particularmente confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios se desarrolla casi independientemente de las consideraciones estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo». Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.

Una segunda perspectiva, la de los autodenominados «realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico. China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.

Finalmente, persiste el enfoque más tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o, ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás frentes.

El problema es que este debate estratégico, ya de por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.

El enfrentamiento entre estas élites no es puramente intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los potentísimos intereses económicos que financian a los centros de pensamiento (think tanks), que generan la cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo perfecto, autorreforzado y opaco.

El bloque halcón, heredero del pensamiento neoconservador, parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia de Israel.

Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo intelectual son think tanks perfectamente identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington Institute for Near East Policy.

Son instituciones respetables, con expertos brillantes y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.

Según una investigación reciente del Quincy Institute publicada por Responsible Statecraft, los think tanks más belicistas reciben millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están usando ahora mismo en Irán. El Hudson Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019 de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000 millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD, valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria de Minab.

El Atlantic Council, que acepta más financiación de la industria armamentística que ningún otro think tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000 dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están utilizando intensamente en la campaña actual.

El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el general retirado Jack Keane, ha pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes más allá de lo exigido por ley.

Pero quizás lo más revelador es el fenómeno de los «dark money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson, megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar 100 millones a la campaña de Trump.

El Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán, además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.

Y luego están los gobiernos extranjeros. El Atlantic Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.

Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.

Frente a esta maquinaria, el bloque realista parece casi amateur. El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria, centrada en China y escéptica de las aventuras militares en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de los halcones. No fabrican misiles, no tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio de régimen en Teherán.

La consecuencia de todo esto es una política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que la prioridad es China. Pero la administración se encuentra inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática, ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente para once bombas», dijo a los periodistas.

Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y 53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría un veto presidencial casi seguro.

El resultado es un presidente que actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que, financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la cobertura intelectual para que eso sea posible.

Cuando comenzó la operación militar, las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.

Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una minoría poderosa y bien organizada.

No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente documentado. Y mientras no se aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá escapar de sus garras.

La democracia estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo decidir la paz.


Fuente: Rebelión

domingo, 21 de diciembre de 2025

Los tecnoligarcas colonizan Washington

 

 Por Enzo Girardi   
      Doctor en Relaciones Internacionales orientado hacia problemáticas de geopolítica, defensa y seguridad.

      y

      Artista en/de movimiento y Transdisciplinaria.


Los CEOs de las grandes corporaciones tecnológicas –con Palantir, de Peter Thiel, a la cabeza– se han convertido en una nueva élite con influencia directa en las áreas de Defensa, Comunicaciones y Energía


     Las soluciones digitales que ofrece la empresa Palantir Technologies son, de hecho, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos. Esto representa una inédita cesión de soberanía operativa del sector público en favor de agentes privados a través de un modelo de externalización que resignifica infraestructuras y procesos que constituyen los fundamentos mismos del Estado.


Palantir Technologies.

La empresa es la nave nodriza del nuevo complejo militar industrial digital. Pero, además, y principalmente, es un caso paradigmático en el sostenido proceso de colonización de capacidades del Estado que llevan adelante los tecnoempresarios de Silicon Valley, protagonistas de una dinámica, extraordinaria por escala y profundidad, de hibridación de poder.


Palantir, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos.

A través de un contrato con el Pentágono a fines de julio de 2025 y por un monto total de 10.000 millones de dólares –de los más gravosos de la historia en el área de Defensa–, Palantir gestionará decisiones militares fundamentales sobre objetivos, movimientos de soldados e inteligencia. El mantra de la eficiencia, que se articula en función de relatos que consagran los efectos redentores del solucionismo digital y la inteligencia artificial, es el argumento para la operación política de captura de los actores privados de áreas y prácticas que históricamente fueron exclusivas del Estado.


El Ejército de EE. UU. anuncia un contrato récord con Palantir.

El control operativo de Palantir sobre el Pentágono representa un salto cualitativo de reconfiguración política en Washington: legitima y pondera el protagonismo en el gobierno de lo público de una nueva élite, la de los CEOs de Silicon Valley, que gestionan los procesos de innovación a través de la IA, una tecnología que conlleva capacidades performativas de alcance civilizatorio porque, en sus efectos, redefine los patrones políticos, económicos y culturales que significan la vida.

Es una élite que actúa cada vez más como una oligarquía: en su hacer despliega una metapolítica que se asienta sobre postulados anarcolibertarios y una irrefrenable pulsión tecnoutópica al servicio de la progresiva construcción de una hegemonía de clase dominante. “No son solo innovadores, sino los arquitectos del orden posmoderno que está emergiendo a través de la IA, la disrupción digital y el capital tecnológico”, dijo el filósofo Alessandro Aresu.

Agentes de las grandes corporaciones tecnológicas controlan o inciden en sectores relevantes de la administración del presidente Donald Trump: en Defensa, en la gestión de la información, en el régimen monetario (criptomonedas), en Comunicaciones y en Energía. Incluso el Ejército está incorporando formalmente a ejecutivos de Silicon Valley a través de la denominada “Unidad 201”. En junio pasado designó con el grado de tenientes coroneles a Shyman Sankar, director de tecnología de Palantir, a Andrew Bosworth, director de tecnología de Meta, a Kevin Weil, director de productos de OpenAI, y a Robert McGrew, exdirector de investigación de OpenAI. La distinción entre el actor (y el interés) público y el contratista (y el interés) privado se ha vuelto deliberadamente borrosa.


Cómo los multimillonarios tecnológicos construyen unos Estados Unidos postdemocráticos.

Entre estos tecnoligarcas se destaca el presidente de Palantir, el empresario Peter Thiel, quien cree que Estados Unidos vive un proceso de declive que pone en juego su hegemonía y pregona que el Estado debe reconvertirse en una startup para superar el estancamiento. Su empresa es omnipresente en Washington: Michael Kratsios, inversor en Palantir, dirige la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología; Stephen Miller, subdirector del Gabinete de Políticas y asesor de Seguridad Nacional, posee unos 250.000 dólares en acciones de Palantir; David Sacks, socio de Thiel, está a cargo del área de criptomonedas e IA del Gobierno.


Peter Thiel.

Palantir ofrece soluciones para realizar una interpretación inteligente de la información, y sus dispositivos se han vuelto primordiales para el Pentágono, pero también para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el Servicio de Impuestos Internos (IRS), la Oficina Federal de Investigación (FBI) y el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE).

Arquitectos de un nuevo orden

La exitosa trayectoria de construcción de poder y de adquisición de capacidades soberanas de las grandes compañías tecnológicas enuncia la consumación de un régimen digital que se vuelve hegemónico a medida que redefine los términos en los que se crea y administra el poder. El proceso advierte de una crisis sistémica que implica la pérdida de centralidad estratégica del Estado y la emergencia de un mundo de soberanías porosas e identidades fragmentadas, de un gran escenario político de dominios en construcción. En medio de esta perplejidad, la élite de los tecnoligarcas actúa con fuerza y determinación y está dispuesta a imprimir las señas de un nuevo orden existencial.




El futuro que imaginan asume, visibiliza, sus sesgos ideológicos porque, como advirtió el escritor Alessandro Baricco, la de Silicon Valley es, primero, una revolución de ideas y creencias y, recién después, tecnológica. Su imaginario reseña la consumación de un ethos de extrema individuación que los hace percibirse como profetas de un destino inevitable, el de un orden liberal tecnocrático, jerárquico y elitista. Su proyecto político parte de una premisa: salvar el capitalismo en la nube (el modelo de negocios de las plataformas digitales) y la IA de los riesgos socializantes de la democracia. Hiperliberalismo, pero sin democracia.




Los siguientes párrafos, tomados del libro El individuo soberano (1997), de Lord William Rees-Mogg y James Dale Davidson, uno de los textos de referencia para este universo, permiten entrever el perfil de su ideología: “El nuevo Individuo Soberano operará como los dioses del mito en el mismo ambiente físico que el ciudadano común y corriente, pero en un reino separado políticamente. Comandando vastos recursos y más allá del alcance de muchas formas de compulsión, rediseñará los gobiernos y reconfigurará las economías en el nuevo milenio”. O, con más detalle: “La nueva organización de la sociedad está implícita en el triunfo de la autonomía individual, y en la verdadera igualdad de oportunidades basada en el mérito (…) La tecnología hará que los individuos sean más autónomos que nunca (…) Los centros locales de poder se reafirmarán a medida que el Estado se transforma en unidades fragmentadas y superpuestas”.




También resulta útil repasar algunas de las afirmaciones previstas en el Manifiesto tecnoptimista (2023), de Marc Andreessen, uno de los portavoces más activos del ecosistema Silicon Valley: “Creemos que el libre mercado es la forma más eficaz de organizar una economía tecnológica. (…) Creemos que los mercados son una forma inherentemente individualista de lograr resultados colectivos superiores. (…) Nuestros enemigos son la visión sin restricciones de Thomas Sowell (el hombre es por naturaleza defectuoso, egoísta y limitado y las instituciones le sirven como recurso para confrontar sus defectos y excesos), el Estado universal y homogéneo de Alexander Kojeve (que iguala amos y esclavos) y la utopía de Tomás Moro (abolición de la propiedad privada, educación y salud universal, libertad religiosa, ausencia de clases sociales)”.

Thiel y Andreessen, pero también Alex Karp, Sam Altman, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Eric Schmidt, David Sacks, Palmer Luckey, Balaji Srinivasan, Timothy “Tim” Cook, Sundar Pichai, Jensen Huang son los nombres propios que esta nueva clase dirigente, que atesora inmenso poder económico (sus empresas superan en volumen a la mayoría de las economías nacionales), son decididamente influyentes porque construyen y facilitan conectividad (infoesfera) y lideran los desarrollos de IA, según sus patrocinadores, la tecnología definitiva.


Alex Karp, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial 2022 en Davos-Klosters, Suiza.

Thiel, el jefe

El presidente de Palantir utiliza la potencia de su patrimonio corporativo para influir sobre el poder político. No crea fundaciones, sino que financia directamente a emprendedores y líderes que expresan sus ideas. Es uno de los principales donantes del partido Republicano con el fin de vigorizar el liderazgo de Donald Trump y apadrinar candidatos que consoliden la prevalencia del ideario MAGA. Su gran apuesta es el actual vicepresidente, JD Vance, a quien empleó en el fondo Mithril Capital y apoya con dinero en sus campañas electorales.

Vance, el hijo de una familia humilde que surgió de Ohio en el Rust Belt (‘Cinturón del Óxido’) en el país profundo, pasó de los campos de batalla en Irak a las aulas de la prestigiosa Universidad de Yale. De allí egresó como abogado y poco después desembarcó en el entorno de Thiel. Ahora ejerce como interfaz entre el mundo de la política y Silicon Valley. Thiel, catalogado como uno de los intelectuales de derecha más influyentes de los últimos 20 años, se define como anarcolibertario. Plasmó los rasgos salientes de su ideología a través de la proclama “La educación de un libertario”, en la que puntualizó: “Sigo comprometido con la fe de mi adolescencia: la auténtica libertad humana como condición previa para el bien supremo. Me opongo a los impuestos confiscatorios, a los colectivos totalitarios y a la ideología de la inevitabilidad de la muerte de cada individuo. Por todas estas razones, sigo llamándome ‘libertario’. Pero debo confesar que en las últimas dos décadas he cambiado radicalmente mi manera de pensar sobre cómo alcanzar esos objetivos. Y lo que es más importante, ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.

Thiel, junto con Karp, Luckey y Andreessen, son activistas comprometidos del reaccionario movimiento “tech-right”, la extrema derecha dentro de la tecnoligarquía, que reivindica procedimientos autoritarios para organizar la vida común y promueve un orden social jerárquico, piramidal y elitista, administrado por un poder concentrado.

Élite cognitiva

La tech-right es el soporte de Silicon Valley para el movimiento de extrema derecha que está inundando la política en los países de Occidente y perfilando de manera creciente el sentido común de sus sociedades, que Quinn Slobodian, en el libro Los hijos bastardos de Hayek.


Los hijos bastardos de Hayek: Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha.

Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha  (2025), define como “nuevo fusionismo”. El autor lo describe como “un intento de desarmar la obra del humanismo liberal igualitario de los últimos 200 años y restaurar un orden jerárquico, basado en las diferencias naturales entre los seres humanos”, a medida que postula un ordenamiento social cimentado en “cuestiones de raza, inteligencia, territorio y dinero”.




Slobodian indica que el “nuevo fusionismo” comenzó a formarse en la década de 1990, cuando “quienes discutían sobre la necesidad de defender el capitalismo y la libertad económica comenzaron a apelar a categorías científicas: en particular, la biología evolutiva, la psicología cognitiva e incluso las pseudociencias raciales”.




En este proceso se introduce el coeficiente intelectual (CI) como mecanismo para catalogar la vida social, reemplazando los patrones económicos con los que el discurso neoliberal tradicional justificaba sus demandas meritocráticas en contra del humanismo socialmente integrador. La reivindicación del CI avisa en términos operativos, pero también ideológicos, de la emergencia de una “élite cognitiva”, el corpus que expresa al nuevo agente social de ruptura.




El propio Trump supo ejemplificar sin rodeos el sentimiento de superioridad que expresa este grupo cuando en 2013, por ejemplo, escribió: “Lo siento, perdedores y detractores, pero mi coeficiente intelectual es uno de los más altos, ¡y todos lo saben! Por favor, no se sientan tan estúpidos o inseguros, no es su culpa”.

IA + eugenesia

Los cultores de la tech-right se definen como “reaccionarios” porque rechazan los fundamentos de la modernidad liberal y se describen como antiilustrados, eugenistas, antidemocráticos (tecnomonárquicos) y aceleracionistas (abogan por el impacto tecnológico exponencial sobre todas las dimensiones de la vida). Sus ideólogos principales son el historiador y tecnoemprendedor Curtis Yarbin y el filósofo Nick Land.


Curtis Yarvin.

Yarbin vocifera su menosprecio por la democracia, “el fallido experimento democrático de los dos últimos siglos”, dice, porque, entre otras razones, permite que coexistan en los mismos espacios de decisión personas de alto CI con otras de bajo CI, e impulsa como correctivo la instauración de una “tecnomonarquía”. En una entrevista publicada a comienzos de 2025 por The New York Times dijo lo siguiente: “Cuando pido a la gente que reflexione sobre esta cuestión, los animo a que miren a su alrededor e identifiquen que todo lo exitoso que les rodea ha sido creado por una monarquía. Estas entidades que llamamos empresas son esencialmente pequeñas monarquías. Por ejemplo, si miran a su alrededor y ven una computadora portátil, esa computadora ha sido fabricada por Apple, que funciona como una monarquía”.

El culto a la inteligencia, con el CI como parámetro, justifica en el universo ideológico de Yarbin la instrumentación de estrategias de eugenesia que redefinirán el rol de las personas en el mundo reconvertido en una gigantesca startup. En este sentido, por ejemplo, sugiere aislar a personas a las que sus presuntas carencias cognitivas las hacen menos productivas: “Encerrarlos en aislamiento permanente, como una larva de abeja en una celda cerrada, salvo en caso de emergencias. Esto volvería loco a cualquiera, salvo por el hecho de que la celda contendrá una interfaz de realidad virtual inmersiva que le permitirá vivir una vida rica y satisfactoria en un mundo completamente imaginario”.

Land ha sistematizado estas ideas a través de su teoría de la “Ilustración oscura”, en la que argumenta sobre los fundamentos del nuevo orden: monarquismo, autoritarismo tecnofeudal y eugenismo (“abandonar el Homo Sapiens como reliquia o fósil viviente”). Un orden, subraya, en el que la digitalización y la biomecánica desintegrarán las formas de soberanía y deconstruirán el sentido totalizador de lo político.

El filósofo argumenta las condiciones que articulan la transformación en marcha:

1. El cambio evolutivo está asociado al origen de nuevas especies (transhumanismo).

2. Varios modos de evolución pueden operar simultáneamente, pero el más efectivo (digitalización + IA) domina el proceso.

3. Una minoría de individuos (élite tecnocognitiva) gestiona la evolución y la especie en su conjunto representa el laboratorio de ensayo.

Un breviario que, aún cargado de desmesura, reseña sin eufemismos las ensoñaciones mesiánicas de la tecnoligarquía. Sobre las formas y los fines, Evgeny Morozov explica: “No escriben sobre el futuro; lo instalan. (…) Se autoproclaman portavoces oficiales de la humanidad (...) La metamorfosis alcanza su etapa final no en manifiestos ni en hilos de tweets, sino en la colonización de los salones del poder en Washington. (…) ¿Su estrategia? Perturbar primero, eliminar después”.


Fuente: Ctxt