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lunes, 23 de marzo de 2026

¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?

 

             Economista y  director ejecutivo del blog El Tábano Economista.  


Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán.

     La frase, atribuida indistintamente a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del lector, resume una tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington. Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a miles de kilómetros, en China.


'Los jugadores de Skat', de Otto Dix.

La respuesta es incómoda, pero está documentada: la política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa, pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la narrativa y, de paso, los presupuestos.


Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de EEUU.

Lo que hace que el análisis sea particularmente confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios se desarrolla casi independientemente de las consideraciones estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo». Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.

Una segunda perspectiva, la de los autodenominados «realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico. China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.

Finalmente, persiste el enfoque más tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o, ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás frentes.

El problema es que este debate estratégico, ya de por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.

El enfrentamiento entre estas élites no es puramente intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los potentísimos intereses económicos que financian a los centros de pensamiento (think tanks), que generan la cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo perfecto, autorreforzado y opaco.

El bloque halcón, heredero del pensamiento neoconservador, parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia de Israel.

Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo intelectual son think tanks perfectamente identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington Institute for Near East Policy.

Son instituciones respetables, con expertos brillantes y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.

Según una investigación reciente del Quincy Institute publicada por Responsible Statecraft, los think tanks más belicistas reciben millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están usando ahora mismo en Irán. El Hudson Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019 de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000 millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD, valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria de Minab.

El Atlantic Council, que acepta más financiación de la industria armamentística que ningún otro think tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000 dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están utilizando intensamente en la campaña actual.

El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el general retirado Jack Keane, ha pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes más allá de lo exigido por ley.

Pero quizás lo más revelador es el fenómeno de los «dark money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson, megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar 100 millones a la campaña de Trump.

El Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán, además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.

Y luego están los gobiernos extranjeros. El Atlantic Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.

Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.

Frente a esta maquinaria, el bloque realista parece casi amateur. El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria, centrada en China y escéptica de las aventuras militares en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de los halcones. No fabrican misiles, no tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio de régimen en Teherán.

La consecuencia de todo esto es una política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que la prioridad es China. Pero la administración se encuentra inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática, ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente para once bombas», dijo a los periodistas.

Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y 53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría un veto presidencial casi seguro.

El resultado es un presidente que actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que, financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la cobertura intelectual para que eso sea posible.

Cuando comenzó la operación militar, las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.

Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una minoría poderosa y bien organizada.

No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente documentado. Y mientras no se aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá escapar de sus garras.

La democracia estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo decidir la paz.


Fuente: Rebelión

sábado, 10 de mayo de 2025

¿De qué lado está la India?

 

 Por Ricardo Martins  
      Periodista de New Eastern Outlook.


     La India se encuentra hoy en una encrucijada geopolítica, caminando por una precaria cuerda floja entre alianzas globales rivales. Con un pie firmemente plantado tanto en la estrategia de contención liderada por Estados Unidos contra China como en la coalición BRICS liderada por China y Rusia, el acto de equilibrio de la India plantea serias preguntas: ¿Hasta cuándo podrá Nueva Delhi continuar con esta doble mirada diplomática? ¿Puede realmente Washington contar con la India en sus esfuerzos por contener a China? ¿Puede la India seguir reivindicando con credibilidad un papel de liderazgo en el Sur global, incluso mientras se alinea cada vez más estrechamente con las potencias occidentales?

En última instancia, la India busca desempeñar un papel más importante en el escenario mundial. Como dijo recientemente el Ministro de Asuntos Exteriores, S. Jaishankar, ante el Carnegie Endowment for Peace, India aspira a convertirse en una verdadera “potencia mundial”.

Para lograr este objetivo, el gobierno del primer ministro Narendra Modi ha esbozado un ambicioso plan: impulsar la economía digital, aumentar la fabricación de hardware y desarrollar doce zonas industriales con un mayor enfoque en el capital humano.

Pero la ambición de una gran potencia a menudo exige tomar decisiones difíciles. Y cada vez más, las opciones de la India parecen inclinarse hacia Washington.


JUGANDO EL JUEGO DE ESTADOS UNIDOS, POR AHORA

La reciente visita del vicepresidente estadounidense J.D. Vance a la India marcó un punto de inflexión significativo. India acordó apoyar a Estados Unidos en su guerra económica contra China imponiendo un arancel de salvaguardia del 12% al acero chino. A cambio, India obtuvo concesiones clave: vías de inmigración más fáciles para el talento indio, mayores oportunidades para las empresas de servicios indias en Estados Unidos y promesas de una mayor inversión extranjera directa estadounidense.

La participación de la India en el ring, junto con Estados Unidos, Japón y Australia, consolida aún más su inclinación estratégica a contrarrestar militarmente a China en el Indo-Pacífico. Desde la perspectiva de Nueva Delhi, fortalecer los lazos con Washington ofrece acceso a la tecnología, la inversión, la cooperación en defensa y una mayor participación en la gobernanza global.



J.D. Vance, un duro crítico de la globalización tradicional, imagina un nuevo tipo de relación económica que, paradójicamente, revive la vieja lógica colonial de extracción de talento. La India, orgullosa de su ethos nacionalista bajo Modi, está en verdadero peligro de caer en la trampa de la “fuga de cerebros”, donde sus mejores y más brillantes son desviados para apuntalar la economía estadounidense.

Esta tensión entre el orgullo nacionalista y el pragmatismo económico global es una contradicción que la India debe abordar.


¿Y LOS BRICS?

Por otra parte, India sigue siendo miembro integral de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai, alianzas cada vez más vistas como polos alternativos al poder occidental. Estos bloques, especialmente después de Ucrania, se han acercado bajo el liderazgo de China y Rusia.



Sin embargo, el comportamiento de la India dentro de los BRICS es cada vez más divergente de la orientación geopolítica más amplia del bloque.

Por ejemplo:

    Conflicto en Ucrania: A pesar de la declaración de neutralidad, los proyectiles de artillería de fabricación india llegan a Ucrania a través de intermediarios europeos.

    Conflicto de Gaza: Mientras gran parte del Sur Global condena las acciones de Israel como coloniales, de apartheid y genocidas, India ha virado hacia el apoyo a Israel, impulsada en parte por su política interna y su difícil relación con su minoría musulmana.

    La membresía de la India en el BRICS parece, a veces, más transaccional que ideológica. A diferencia de Brasil o Sudáfrica, Nueva Delhi no parece ansiosa por alinearse completamente con el tono cada vez más antioccidental del bloque.

Y China, el supuesto socio BRICS de la India, no es ningún amigo. Las tensiones fronterizas con Ladakh, la rivalidad económica y la desconfianza hacia la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de China han hecho que las relaciones entre los dos gigantes sean muy tensas.

Así, aunque India permanece oficialmente en el BRICS, está claro que Nueva Delhi ya no comparte la visión subyacente del grupo de un frente unificado del Sur Global como alternativa a Occidente. La India no se ve a sí misma en esta ecuación.


LA RELACIÓN DE LA INDIA CON CHINA Y LOS BRICS SIGUE SIENDO VENTAJOSA

En términos de relaciones comerciales, China sigue siendo el principal socio comercial de la India. A pesar de las tensiones, el volumen comercial entre India y China es impresionante: 118,4 mil millones de dólares en el año fiscal 2023-24. India importa bienes chinos clave, especialmente productos electrónicos, maquinaria, productos farmacéuticos y materias primas necesarias para sus industrias, y depende en gran medida de China para productos como microprocesadores, chips de memoria y semiconductores.

La India tiene que depender de la cadena de suministro de China, por lo que un desacoplamiento completo aún no es posible. Muchos sectores de la India, como las telecomunicaciones, la fabricación de productos electrónicos y los productos químicos, dependen en gran medida de los bienes intermedios chinos.

A través de los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), India comparte con China una plataforma desde la que puede influir en los debates sobre gobernanza global (por ejemplo, impulsando reformas del FMI, el Banco Mundial y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas) y presentarse como líder del Sur Global junto con China.

La presencia de la India en los BRICS y la OCS ofrece una forma de “seguro” contra un aislamiento total si las tensiones con Estados Unidos aumentaran aún más. La India mantiene cierta influencia al mantener canales abiertos con China y Rusia.


¿QUÉ TAN SOSTENIBLE ES EL EQUILIBRIO QUE MANTIENE LA INDIA?

La pregunta central sigue siendo: ¿puede la India seguir “jugando un doble juego” indefinidamente?

A corto plazo, sí. La India se beneficia de la ambigüedad estratégica. Obtiene concesiones tanto de Washington como de Pekín, manteniendo al mismo tiempo su autonomía estratégica. Pero a largo plazo, a medida que se intensifique la competencia global entre Estados Unidos y China, el margen para mantener posturas indecisas se reducirá.

Washington acabará exigiendo una alineación más explícita: militar, tecnológica y política. Los responsables políticos estadounidenses ya ven a la India no sólo como un socio económico, sino como un potencial “eje” de cualquier coalición futura para contrarrestar el ascenso de China.

De la misma manera, China y Rusia pueden volverse cada vez más cautelosas ante la duplicidad de la India dentro de los BRICS. Si India se percibe cada vez más alejada de los objetivos del BRICS, podría aumentar la presión para aislar diplomáticamente a Nueva Delhi, o incluso expulsarla.


CONCLUSIONES: ¿SUCUMBIRÁ LA INDIA A LA PRESIÓN DE LA ELECCIÓN?

Hoy en día, India se mantiene hábilmente “al margen” mediante una diplomacia de primer nivel, que utiliza para maximizar sus opciones estratégicas. Pero las cercas no son viviendas permanentes. A medida que la rivalidad entre Estados Unidos y China se intensifica hasta convertirse en una nueva Guerra Fría, India enfrentará una presión cada vez mayor para elegir bando o correr el riesgo de perder la confianza de ambos.

Aunque India aspira a convertirse en una “potencia mundial”, las verdaderas grandes potencias se definen no sólo por su tamaño y su economía, sino por su capacidad de liderar, de elegir y de defender.

Sin embargo, la India no percibe la urgencia de hacer una elección estratégica definitiva entre profundizar su asociación con Occidente liderado por Estados Unidos, con el riesgo inherente de convertirse en un socio menor, o enfatizar su papel dentro de los BRICS.

Por el contrario, India está decidida a resistir la presión externa y mantener su doble alineación durante el mayor tiempo posible, siguiendo jugando en ambos frentes para maximizar sus intereses nacionales mientras redobla sus credenciales en solitario.


Fuente: New Eastern Outlook

jueves, 1 de mayo de 2025

Se está jugando una gigantesca partida de ajedrez entre Estados Unidos, Rusia e Irán

 

 Por Roberto Iannuzzi   
      Analista independiente italiano especializado en asuntos internacionales.


Las negociaciones en Ucrania y las siguientes sobre la cuestión nuclear iraní son parte de una batalla más amplia para redefinir el equilibrio mundial. Moscú y Teherán son plenamente conscientes de lo que está en juego.


     En medio de constantes giros y vueltas, negaciones, declaraciones contradictorias, acusaciones y contraacusaciones, finalmente han surgido las líneas generales del plan de paz que la administración Trump está ofreciendo a Kiev y Moscú.


Desayuno de trabajo entre las delegaciones rusa y estadounidense, Helsinki 2018.

Mientras tanto, el enviado especial del presidente estadounidense, Steve Witkoff, además de jugar un papel importante en las negociaciones con Rusia, está involucrado en otra negociación crucial e incierta con Irán.

No es exagerado decir que una parte importante del equilibrio mundial y la paz en dos regiones estratégicas como Europa y Oriente Medio dependen del resultado de las dos mesas de negociaciones.

También existe un vínculo entre ambos juegos diplomáticos, aunque se jueguen en tableros de ajedrez diferentes.

Ambas son parte del intento (desesperado) de Washington por preservar un papel hegemónico, aunque disminuido en comparación con el de la pasada era unipolar estadounidense, en un mundo cada vez más claramente multipolar.



Ambigüedades e incertidumbres del plan de Trump

Queda por ver si el plan de paz estadounidense para resolver el conflicto ucraniano resulta atractivo para alguno de los contendientes. Exige concesiones dolorosas de ambas partes y ya ha sido calificado de esencialmente inaceptable por el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky.


Trump y Zelenski en la Casa Blanca.

Pero sobre todo, el plan parece ir en la dirección de congelar el conflicto y no de eliminar las causas que lo provocaron.

En términos concretos, por tanto, también podría ser inaceptable para Moscú, aunque los negociadores rusos, diplomáticamente más astutos que los ucranianos, hasta ahora han evitado asumir ningún compromiso.

La propuesta de la administración Trump incluye:

1) El reconocimiento “de iure” por parte de los Estados Unidos de la anexión rusa de Crimea;

2) el reconocimiento de facto de la anexión rusa de las cuatro provincias de Luhansk, Donetsk, Kherson y Zaporiyia;

3) la promesa de que Ucrania no se unirá a la OTAN (aunque podría convertirse en miembro de la Unión Europea);

4) el levantamiento de las sanciones impuestas a Rusia desde 2014;

5) la devolución a Ucrania de la pequeña porción de la región de Járkov actualmente ocupada por Rusia;

6) “garantías de seguridad” no especificadas para Kiev;

7) asistencia para la reconstrucción de Ucrania (definida nuevamente en términos vagos);

8) un acuerdo de cooperación conjunta entre Kiev y Washington en la explotación de los recursos minerales y energéticos de Ucrania;

9) La central nuclear de Zaporizhia, actualmente bajo control ruso, sería considerada territorio ucraniano, pero operada por Estados Unidos; La electricidad producida abastecería tanto a Ucrania como a Rusia;

10) Fortalecimiento de la cooperación económica entre Washington y Moscú, especialmente en los sectores de energía y materias primas.

El aspecto problemático del plan es que Estados Unidos guarda silencio sobre los derechos de los rusoparlantes en suelo ucraniano, no propone un límite al tamaño de las fuerzas armadas ucranianas y no descarta el envío de ayuda militar occidental a Kiev o el despliegue (aunque improbable) de tropas europeas en suelo ucraniano, todo lo cual Moscú ha dicho que se opone.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, dijo que “toda nación soberana de la Tierra tiene derecho a defenderse” y que Ucrania también tendría derecho a hacerlo si llegara a “acordar de forma bilateral con diferentes países”.

Algunas de estas cuestiones tendrán que aclararse en futuras negociaciones entre Ucrania, Rusia y otros países europeos, después de que se haya alcanzado un acuerdo marco y un alto el fuego (lo cual está lejos de ser algo seguro).

Como se ha mencionado, entre estos temas está la propuesta de enviar a Ucrania una fuerza de “reaseguro” europea de unos 30.000 hombres por parte de la llamada “coalición de los dispuestos” liderada por Francia y Gran Bretaña, una idea que siempre ha sido rechazada por Rusia.


Los líderes de los países de la 'coalición de los dispuestos' de Ucrania posan para una foto familiar durante una cumbre en París el pasado 27 de marzo.

Además, no es del todo seguro que los países europeos, esencialmente alineados con Kiev, estén dispuestos a levantar su parte de sanciones, y en particular a permitir la reconexión de los bancos rusos a la red financiera SWIFT.

Ante la reacción negativa de Zelensky a su propuesta de negociación, Trump acusó al presidente ucraniano de poner en peligro el acuerdo de paz, diciendo en cambio: "Creo que tenemos un entendimiento con Rusia".

Por su parte, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, afirmó que existen “muchos matices” en las negociaciones en curso y que aún es necesario acercar las posiciones negociadoras. Esto sugeriría que, desde el punto de vista ruso, aún no se ha alcanzado un acuerdo.

Desde hace varios días, varios miembros de la administración (incluido Rubio y el vicepresidente J.D. Vance) vienen diciendo que si Kiev y Moscú no aceptan el plan de paz, Estados Unidos abandonará las negociaciones.

Sin embargo, no está claro si esto es meramente una táctica de negociación o la verdadera intención de la Casa Blanca. Además, si Trump culpara a Kiev por el fracaso de las negociaciones, no está claro si dejaría de brindar ayuda militar y de inteligencia a Ucrania.



Las razones estratégicas de Washington

Como escribió el teniente coronel retirado del ejército estadounidense Alex Vershinin , el punto clave que hay que entender en estas negociaciones es que a Kiev se le está acabando el tiempo. Ucrania tiene una creciente escasez de soldados y en algún momento se enfrentará a un colapso de la línea del frente.


Las condiciones del campo de batalla afectan las negociaciones de paz en Ucrania.

Los rusos están en la situación opuesta: su ventaja en hombres y material bélico está aumentando. Es por esto que Moscú se muestra reacio a aceptar un alto el fuego antes de que estén claros los términos de un acuerdo de paz.

Pero el tiempo está de su parte: cuanto más se prolonguen las negociaciones, más favorable será la posición de Rusia en el campo de batalla.

Negociar una paz en los términos rusos puede no ser gran cosa desde el punto de vista de Kiev y sus aliados occidentales. Pero apostar por una mejora improbable de la posición militar de Kiev sobre el terreno significaría encontrarse negociando con Moscú en términos aún más desventajosos.

Es el leitmotiv de todo el conflicto, en el que Kiev se ha ido retirando inexorablemente con la excepción de un breve paréntesis en otoño de 2022.

Si bien la administración Trump ha tomado nota de esta situación, los aliados europeos de Kiev mantienen una línea tan inflexible como irrealista y, en última instancia, desastrosa para Ucrania.

Estados Unidos, por su parte, después de haber sido el principal socio de Kiev desde el estallido del conflicto (e incluso antes de que estallara), con la nueva presidencia se ha reinventado como un simple "mediador" entre los dos principales contendientes.

Aunque la posición estadounidense puede no ser convincente (y ciertamente no ha convencido del todo a Moscú), la estrategia de la Casa Blanca había sido claramente expuesta por el Secretario de Defensa, Pete Hegseth, ya en febrero.

Al dirigirse a los ministros de defensa europeos, Hegseth dijo que “las duras realidades estratégicas impiden que Estados Unidos de América se centre principalmente en la seguridad de Europa”, y que Washington debe centrarse en contener a China en el Indo-Pacífico.

Por lo tanto, Estados Unidos y Europa tendrán que aplicar una “división del trabajo” que maximice la “ventaja comparativa” de Occidente en el viejo continente y en el Pacífico respectivamente, dijo Hegseth.

Según la Casa Blanca, la seguridad europea (y posiblemente la de Ucrania) deberá ser garantizada por los miembros europeos de la OTAN, que deberán proceder a una operación de rearme ampliando su propia industria de guerra.

En el contexto de un desapego (pero no de una retirada) de Europa, a Washington le conviene llegar a una solución del conflicto ucraniano (y, de hecho, debería serlo también para los europeos).



Retrasar los conflictos para preservar la hegemonía

La estrategia de la actual administración es explicada con más detalle por Wess Mitchell, un destacado estratega estadounidense, miembro vitalicio del Consejo de Relaciones Exteriores y exsecretario de Estado Adjunto para Europa y Eurasia durante la anterior administración Trump.

Mitchell dice que Washington debe usar la diplomacia para “gestionar la brecha entre los medios finitos de Estados Unidos y las amenazas prácticamente infinitas que enfrenta”.

Para él, la diplomacia no sirve para dirimir rivalidades ni resolver conflictos, sino simplemente para retrasarlos en el tiempo para evitar que se superpongan y que EE.UU. tenga que luchar en demasiados frentes al mismo tiempo.

El objetivo de la diplomacia es por tanto reducir las tensiones con los rivales más débiles de Estados Unidos "para centrarse en los más fuertes".

Esto es lo que hicieron Kissinger y su jefe, el presidente Richard Nixon, cuando mejoraron las relaciones con Pekín para que Estados Unidos pudiera centrarse mejor en Moscú a principios de la década de 1970”, escribe Mitchell.

Hoy en día el oponente más débil de Washington es Rusia. Por lo tanto, Estados Unidos debería “buscar una distensión con Moscú que perjudique a Pekín”.

El objetivo”, aclara Mitchell, “no debería ser eliminar las razones del conflicto con Rusia, sino limitar su capacidad de dañar los intereses estadounidenses”.

Esto implica, por tanto, llevar a cabo la guerra en Ucrania de la manera más favorable posible a Estados Unidos. “Esto significa que, en general, Kiev debe ser lo suficientemente fuerte como para bloquear el avance de Rusia hacia el oeste”, concluye Mitchell.

Cita a Corea en la década de 1950 como modelo: “Dar prioridad a un armisticio y aplazar las cuestiones de un acuerdo más amplio a un proceso separado que podría tardar años en dar frutos, si es que los da”.

Mitchell sugiere que Estados Unidos establezca con Ucrania una relación similar a la que tiene con Israel: no una alianza formal, sino un acuerdo que permita a Kiev recibir todo lo que necesita para defenderse.

Pero serán los europeos quienes tendrán que asumir la responsabilidad de Ucrania y, más en general, de la seguridad del viejo continente.

La estrategia de Trump, según Mitchell, está funcionando al menos en parte: ha conseguido empujar a Europa a rearmarse y, mediante aranceles, puede convencer a los europeos de que acepten una mayor cuota de productos estadounidenses.

La intención de Washington, por tanto –como se desprende también del plan de paz formulado por Trump– no es acabar de una vez por todas con el conflicto ucraniano (y por tanto con la rivalidad con Moscú), sino congelarlo y luego proceder a intentar debilitar el vínculo entre Rusia y China aprovechando el carácter desequilibrado de esta relación.



El juego iraní

Se puede emplear una estrategia similar con Irán, sostiene Mitchell. Estados Unidos tiene un fuerte interés en debilitar a ese país, limitando al mismo tiempo la necesidad de intervenciones militares estadounidenses en la región.

Si bien es difícil imaginar que Irán abandone su programa nuclear, escribe Mitchell, el momento en que Trump utiliza su carta negociadora es favorable, dada la actual debilidad de Irán tras la derrota de muchos de sus aliados regionales a manos de Israel.

La negociación nuclear sirve para evitar la posibilidad de que Teherán adquiera armas nucleares. El momento de debilidad de Irán sirve para arrebatarle las condiciones más favorables a Washington.


El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, a la izquierda, en Teherán, Irán, el martes 25 de febrero de 2025, y a Steve Witkoff, a la derecha, enviado especial de la Casa Blanca, en Washington, el 9 de marzo de 2025.

Mientras tanto, la campaña militar multifacética de Israel puede permitir a Estados Unidos deshacerse finalmente de los aliados regionales de Irán, y luego posiblemente completar el plan de los Acuerdos de Abraham normalizando las relaciones entre Israel y Arabia Saudita.

La estrategia de negociación seguida por Trump en realidad parece seguir de cerca la teorizada por Mitchell.

El enviado especial del presidente estadounidense, Steve Witkoff, gestiona directamente tanto las negociaciones con Moscú como las que se llevan a cabo con Teherán.

Tras una estrategia estadounidense inicialmente extremadamente agresiva, que incluyó la reintroducción de un duro régimen de sanciones contra Irán (la llamada estrategia de “máxima presión”) y el envío de bombarderos a la base de Diego García en el océano Índico con un claro propósito intimidatorio, Witkoff ha adoptado una línea pragmática y constructiva con Teherán.

Esta línea ha consistido hasta ahora en limitar las negociaciones al programa nuclear, excluyendo la cuestión del arsenal de misiles de Irán y de sus aliados regionales.

Incluso en lo que respecta al programa nuclear, Witkoff ha seguido por el momento una línea muy realista, proponiendo el establecimiento de un régimen de control que impida a Irán adquirir armas nucleares, pero no el desmantelamiento de su programa nuclear (una condición que sería inaceptable para Teherán).

Witkoff parece estar dispuesto a permitir que Irán continúe enriqueciendo uranio hasta el 3,67 por ciento necesario para producir combustible para sus plantas de energía nuclear.

Según algunas fuentes, Irán podría incluso aceptar ejecutar el programa de enriquecimiento en una “empresa conjunta” con un tercer país para permitir un nivel adicional de control sobre el proceso de enriquecimiento.

Como alternativa, Teherán podría aceptar enviar sus reservas de uranio enriquecido a Rusia.

Mientras tanto, sin embargo, Washington sigue imponiendo nuevas sanciones a Irán y enviando bombas "rompebúnkeres" a Israel que podrían ser utilizadas en un posible ataque a instalaciones nucleares iraníes.

Además, el Pentágono está llevando a cabo una violenta campaña de bombardeos contra el grupo chiíta Houthi (también conocido como Ansar Allah) en Yemen, uno de los aliados regionales de Teherán.

Mientras tanto, el enviado estadounidense al Líbano, Morgan Ortagus, además de agradecer públicamente a Israel "por haber derrotado a Hezbolá (sin importar que los israelíes mataron a miles de libaneses para obtener tal "victoria"), está trabajando abiertamente para impulsar un proceso en el país que conduzca al desarme del grupo chií libanés.

Parece que Trump está siguiendo muy de cerca el plan de Mitchell: negociar un acuerdo que garantice que Irán no adquiera armas nucleares, en los términos más favorables para Washington, y mientras tanto hacer todo lo posible para debilitar o destruir a los aliados regionales de Teherán.



Halcones estadounidenses e israelíes

Sin embargo, incluso del lado iraní de las negociaciones hay numerosas incógnitas que podrían llevar a un fracaso de las negociaciones, a una acción militar arriesgada contra Irán, pero también empujar a Estados Unidos hacia una participación regional insostenible desde el punto de vista militar.

En primer lugar, el enfoque pragmático de Witkoff no es aprobado por todos dentro de la administración (Rubio, por ejemplo, no quiere permitir que Teherán enriquezca uranio), y no es compartido por Israel, que desearía un desmantelamiento total del programa nuclear iraní según el llamado "modelo libio".

Según una reciente investigación del New York Times , Trump bloqueó un plan israelí para atacar las instalaciones nucleares iraníes con la ayuda de Estados Unidos.

Después de meses de debate interno, ha surgido una oposición significativa al plan israelí (que incluye, entre otros, a la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el vicepresidente J.D. Vance).

Trump habría decidido entonces centrarse inicialmente en las negociaciones, posponiendo una posible operación militar.

Sin embargo, Israel no parece haber renunciado a la posibilidad de llevar a cabo un ataque más limitado sin la ayuda estadounidense, si las negociaciones toman un giro considerado inaceptable por Tel Aviv.

El jefe del Mossad, David Barnea, y Ron Dermer, ministro de Asuntos Estratégicos de Israel y mano derecha del primer ministro Benjamin Netanyahu, también están ejerciendo una fuerte presión sobre Witkoff para que adopte una línea de negociación más dura con Teherán.

Dermer fue visto en Roma, en el mismo hotel donde se alojaba Witkoff, durante las conversaciones que éste mantuvo con la delegación iraní en la embajada de Omán en la capital italiana.

Y previamente, Dermer y Barnea habían “interceptado” a Witkoff en París, nuevamente con el objetivo de presionarlo a adoptar una línea más dura con Irán.

Los funcionarios iraníes han acusado a Israel de intentar por todos los medios sabotear las negociaciones.



El Pentágono en problemas

Mientras tanto, sin embargo, en el conflicto ucraniano, luego en la extremadamente violenta operación militar israelí en Gaza y, finalmente, en la acción estadounidense en el Mar Rojo contra los Hutíes, Estados Unidos está desperdiciando su arsenal bélico como no lo ha hecho desde la Segunda Guerra Mundial.

En agosto de 2024, incluso antes de la reciente campaña de bombardeos lanzada por Trump, Estados Unidos había lanzado 125 misiles Tomahawk contra objetivos del grupo yemení, lo que equivale a más del 3% del arsenal estadounidense de estos misiles de crucero.

Estados Unidos ha disparado cientos de otros tipos de misiles para alcanzar objetivos hutíes o defender sus barcos en la zona.

Los expertos estadounidenses señalan que se trata de un consumo que supera la capacidad de producción estadounidense para sustituir estas municiones, lo que mina la preparación militar de Estados Unidos en caso de un conflicto con China en el Pacífico.

Una posible operación contra Irán agravaría aún más la situación de las fuerzas armadas estadounidenses, que ya operan a ritmos de consumo insostenibles a medio y largo plazo.



Rusia e Irán están vigilantes

Tanto Moscú como Teherán parecen conscientes de los propósitos estratégicos detrás de las maniobras negociadoras de Washington.

Rusia aún no ha revelado sus cartas en las negociaciones sobre el conflicto ucraniano. El Kremlin prefiere que Trump eche la culpa de un posible fracaso de las negociaciones a Kiev, para evitar posibles represalias de los estadounidenses.

Mientras tanto, parece haber una estrecha coordinación entre Rusia e Irán con respecto a las negociaciones sobre el programa nuclear iraní.

Moscú podría asumir el papel de “garante” en un posible acuerdo entre Teherán y Washington, albergando las reservas de uranio enriquecido de Irán y posiblemente devolviéndolas a Irán si Estados Unidos viola el acuerdo.

En una carta al presidente ruso Vladimir Putin, el ayatolá Ali Jamenei reiteró el interés de Irán en mantener su asociación estratégica con Moscú independientemente del resultado de las negociaciones con Washington.

Putin respondió afirmando que las negociaciones en curso entre Rusia y Estados Unidos no alterarán la relación con Irán.

La carta de Jamenei fue entregada personalmente por el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, quien viajó a Moscú para actualizar al Kremlin sobre el progreso de las negociaciones nucleares.

Araghchi también viajó a Pekín para informar de manera similar a las autoridades chinas.

De la misma manera, el Kremlin envió a Sergei Shoigu, jefe del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, a China para asegurar al presidente chino, Xi Jinping, la fortaleza de la relación entre Moscú y Pekín tras el inicio de las negociaciones sobre Ucrania con Estados Unidos.

En un discurso pronunciado en marzo ante la Unión Rusa de Industriales y Empresarios, Putin dijo a sus oyentes que no se hicieran ilusiones: “Las sanciones y restricciones son la realidad actual, junto con una nueva espiral de rivalidad económica que ya se ha desatado”.

No hay nada más allá de esta realidad”, afirmó el presidente ruso.

Las sanciones no son medidas temporales ni específicas; son un mecanismo de presión sistémico y estratégico contra nuestra nación. Independientemente de los acontecimientos globales o los cambios en el orden internacional, nuestros competidores buscarán constantemente contener a Rusia y reducir su capacidad económica y tecnológica.

Sin embargo, Putin añadió que si Rusia tiene desafíos que afrontar, los de sus adversarios también son numerosos: «El predominio occidental se desvanece. Se están consolidando nuevos centros de crecimiento global».

Las negociaciones sobre Ucrania y la cuestión nuclear iraní son parte de una batalla más amplia para redefinir el equilibrio mundial. Moscú y Teherán son plenamente conscientes de lo que está en juego.


Fuente: Sinistrainrete