Por Alicia Negre
Por Alicia Negre Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.
Se atribuye a sus malas artes el abandono de la política de, al menos, dos importantes militantes socialistas: la hasta hace tres meses alcaldesa de Águilas, Mari Carmen Moreno, y el anterior alcalde de Lorca, Diego José Mateos quien, al pasar a la oposición tras las últimas elecciones locales, ha dejado de ser concejal y se encuentra ahora, como interventor municipal en el Ayuntamiento de Águilas, sometido a muy duras condiciones éticas en su trabajo. Y no se descarta que el anuncio del actual alcalde independiente de Mazarrón, Ginés Campillo, de no presentarse a las próximas elecciones tenga que ver con el veneno inoculado y extendido en este ayuntamiento por Jesús López, que continúa manteniendo un irregular estatus de secretario municipal titular en Águilas y acumulado en Mazarrón.
“Jesús del Gran Poder”, “Puto Amo” y otros apelativos circulan por Águilas para referirse a este funcionario, que ha demostrado especiales habilidades tanto para el control de la Corporación, incluyendo a la alcaldesa dimisionaria, como para ir dotándose de un estimable patrimonio inmobiliario… Quedan pocas dudas de que la fuga -tan bien orquestada y poco menos que en olor de santidad- de Mari Carmen Moreno como alcaldesa de Águilas ha estado directamente relacionada con la situación a que ha llegado nuestro Ayuntamiento por la presencia, actividad, maniobras, chapuzas e ilegalidades del actual secretario municipal, Jesús López López, cuyas intrigas hicieron que Mari Carmen tuviera que reconocer, en privado por supuesto, que “me tiene bien cogida”.
Venía de Caravaca en 2015 don Jesús precedido de una fama que, si no era para cerrarle las puertas del pueblo (allí, el alcalde socialista, José Moreno, consiguió quitárselo de encima), sí lo era para que los aguileños se preguntaran cómo es que una alcaldesa socialista había fichado a un funcionario conocido por su ideología derechista tirando a ultra y conocido en la ciudad de la Cruz por sus muy menguadas dotes para el servicio público, pero de cualidades empresariales ciertamente acusadas. Así, se le recuerda en Caravaca por el manejo oscuro de asuntos que le concernían y por sus relaciones con ciertas empresas y su intervención en concursos de acreedores, así como por frecuentar demasiado los bares de la localidad en horario laboral. La alcaldesa de Águilas lo contrató temporalmente como secretario municipal, pero este contrato fue prorrogado -en lugar de prescindir prudentemente de sus servicios, a la vista de sus intrigantes movimientos- hasta que consiguió la plaza en propiedad.
Estando en Águilas ya apunté en un artículo anterior (“Águilas: tocata y fuga de Mari Carmen”, Alteridad, 2 de setiembre), que se hizo con la jefatura de los servicios jurídicos de Torrevieja para actuar sobre todo en materia de contratación, que son asuntos en los que brilla por sus manejos, y que en aquel caso se refería a la concesión del servicio de basuras; y, aliado con el alcalde, no tardó en entrar en conflicto con la secretaria municipal, Pilar Vellisca, que se negó a los cambalaches en negocios locales y acabó denunciando a los dos, a López y al alcalde, por prevaricación y denuncia falsa. El alcalde, por aforado, está siendo enjuiciado por el TSJ de la Comunidad Valenciana; López, al principio compinchado con el alcalde, pronto entró en competencia con éste tratando de “independizarse”, a lo que el alcalde contestó dándole una patada y echándolo de su Ayuntamiento.
Su reintegración a Águilas se produjo después de haber estado cobrando el 30 por 100 en Torrevieja e, indebidamente, el 100 por 100 de su salario en Águilas (cuando la suma de sus emolumentos no podía superar el 100 por 100, claro), desatendiendo, evidentemente, sus obligaciones en ambas ciudades. Este es el episodio, ya explicado en el citado artículo, que el Tribunal de Cuentas afeó, y condenó a la alcaldesa de Águilas a devolver, junto a otros dos funcionarios banales, más de 9.000 euros malamente percibidos por el listo de López.
Reinstalado en Águilas volvió a las andadas “acumulando” a su cargo el de secretario municipal de Mazarrón sin repartirse los ingresos sino cobrando el 100 por 100 de Águilas (que debiera ser el 70) y un 30 por 100 en Mazarrón. Este asunto, por el mismo motivo que la fechoría anterior con Águilas-Torrevieja, ha llegado al Tribunal de Cuentas por “reclamación de responsabilidad por alcance de pagos indebidos”, donde se está ventilando (y donde algunos funcionarios no parecen entender, y parece mentira que así sea, que denunciar comportamientos impropios de servidores públicos es colaborar con la justicia, no motivo de recriminación); y del que vienen trascendiendo los aprietos en que el encausado más el nuevo alcalde aguileño -que ha heredado el “marrón” de su compañera- se están viendo. Este segundo abuso de los caudales públicos es de mucha mayor envergadura económica que el anterior ya que dura varios años, y con ello está relacionada una querella criminal interpuesta por un abogado aguileño. De este escándalo ha trascendido, y los tribunales lo tienen en cuenta, que sus servicios en el Ayuntamiento de Mazarrón fueron objeto de un “acuerdo verbal y tácito” entre alcaldes (sin que de esto exista ningún papel ad hoc), que es lo que alega el interfecto para no verse obligado a cumplir condición alguna, lo que es perfectamente ilegal.
Al Ayuntamiento de Mazarrón, donde ya ha conseguido colocar a dos de sus hijos, acude “poco y mal”, y podría decirse que aquí le preocupan, sobre todo, los intereses personales-familiares y profesional-crematísticos, forzando la máquina y creando serios problemas al Consistorio de la villa minera. Así, ha pretendido que acredite ese convenio de “acumulación de funciones” el secretario accidental, Juan Ceferino Ros quien, enfrentado a la ilegalidad flagrante, se ha negado a lo que hubiera significado “falsedad en documento público”, y después de un ruidoso altercado con López- estando éste de baja, pero presente en el Ayuntamiento, trabajando y presionando a Ceferino- lo ha denunciado ante la propia Institución antes de abandonar su puesto, pidiendo la excedencia para perder de vista al conflictivo personaje. Testigos de la casa han asistido a otro altercado, más reciente, mantenido por Diego Martínez, secretario accidental con Alicia Jiménez, lideresa del PP en la Corporación (y exalcaldesa), a cuento de la reciente convocatoria de 18 plazas de auxiliares administrativos, que ha devenido en escándalo y pelea y sobre la que Alicia le ha afeado ciertos incumplimientos legales en las bases del concurso y la composición del Tribunal; por lo que Martínez, de la cuerda de López, la ha amenazado con sacar a relucir cierta abultada cantidad de dinero con la que -como factura falsa- algo tuvo que ver la anterior alcaldesa.
Porque es necesario subrayar este modus operandi del funcionario López que, básica y sistemáticamente, consiste en intercambiar favores utilizando su evidente poder funcionarial y utilizando a los beneficiarios como rehenes de sus poco ortodoxas maniobras, a lo que añade su práctica, habitual y depurada, de no firmar decisiones delicadas; y como hacia este tipo de decisiones muestra una afición que se advierte como enfermiza, consigue eludirlas “dándose de baja” por enfermedad, estado en el que pasa frecuentes y largos periodos (nueve meses este mismo año en Águilas, cinco recientemente en Mazarrón). Con ello consigue delegar en otros la firma de asuntos comprometedores, cosa que consigue generalmente y de donde le viene buena parte de su poder: de tener “cogidos” a funcionarios y políticos por sus firmas inadecuadas que incluso pueden irrumpir en la ilegalidad y a los que sabe chantajear llegado el momento. Podemos decir que este “estilo” es la clave de su (temible, fructífero) poder, aunque es verdad que no siempre consigue sus perversos planes de hacer firmar a otros los asuntos de su conveniencia particular, como más arriba señalo, y a esta actitud reincidente ha de enfrentarse (por fin) ahora.
En la frenética vida de Jesús López, relacionada con su función de (poco encomiable) servidor público y su (incontrolada) ambición por los negocios, se asiste de Decisio Consulting, grupo de abogados que, mediante la celosa intervención de nuestro hombre, operan como asesores jurídicos en los ayuntamientos de Águilas, Mazarrón y Pulpí, y que utiliza como respaldo para sus informes y proyectos eludiendo a los juristas de plantilla. También se le considera activamente vinculado con la constructora ATTC, que ha subido como la espuma desde que don Jesús la trata, y especialmente con su directivo Ángel López: ni que decir tiene que el propio patrimonio inmobiliario del señor secretario va aumentando tan visible como sorprendentemente. ATTC ya tiene adjudicada la construcción de un bloque de viviendas en el antiguo Anchurón de la estación de ferrocarril, que en su día RENFE enajenó y que debiera tener un destino como zona verde; de esta manera ATTC y su protector López planean su contribución a la especulación urbanística aguileña (Sobre las maniobras que ya se han iniciado para intervenir en la futura, y prevista, recalificación de los inmensos terrenos que dejará “libres” el traslado de la actual estación del ferrocarril a las afueras, habrá que dar cuenta en su momento, con probable cita de algunos nombres de los aquí ya aludidos.)
Mientras tanto, las perturbaciones jesusianas no cesan en la ya suficientemente traqueteada Casa consistorial aguileña, como se ve en el “caso Hidrogea”, el de la renovación del contrato de servicios de la empresa del agua y la basura, que ha sido puesta en cuestión por las mañas de López (Lo que no quiere decir que haya de encomiarse el papel de Hidrogea, antes Aquagest, concesionaria a la que, por cierto, este cronista ya criticó en 1976, en el diario Línea, junto con su amigo y corresponsal Pepe Román, por ciertos y escandalosos abusos.) A la propuesta de prórroga de cinco años a Hidrogea, López se opone y se sospecha que es porque quiere que la concesión no se renueve y recaiga en otra empresa más de su gusto o con la que ya haya negociado sus cosicas, concretamente Aqualia, a la que ha conseguido prorrogar otros 25 años la concesión de que disfrutaba en Mazarrón. Esto ha creado un problema a la Mesa de contratación, que ha paralizado el procedimiento: el asunto no es menor, ya que supone una aportación al Ayuntamiento de 252 millones de euros durante los próximos 25 años. Esta maniobra de López se asemeja mucho a la que puso en marcha cuando era jefe de los servicios jurídicos en Torrevieja, lo que motivó su expulsión de la salitrosa localidad alicantina.
Dada la libertad con que Jesús López se mueve y persigue sus intereses personales en el Excmo. Ayuntamiento de Águilas y los problemas que acarrea, algunos de ellos de incidencia penal, la exalcaldesa Mari Carmen Moreno no puede considerarse exenta de responsabilidad, y algún día habrá de explicar cuáles fueron las motivaciones que le hicieron “fichar” a este personaje para el pueblo de Águilas, y cómo y por qué se dejó enredar en sus apaños. Solo dos detalles para terminar: ¿a cuento de qué- si no ha sido por la presión de López- se le ha encontrado un hueco en el funcionariado municipal a la esposa de Isidro Carrasco, líder local de Vox?, ¿no fue de gran imprudencia, por ejemplo, incrementar el salario de su esposo (el de la alcaldesa) mediante incremento de productividad de 300 euros mensuales por realizar labores claramente descritas y valoradas en su hoja de funciones, a través de un decreto de Alcaldía avalado por el secretario López con su firma, vulnerando el procedimiento legal y camuflándolo en un incremento retributivo aprobado recientemente por el Pleno de octubre para los grupos A1 y A2, con el fin de darle apariencia de legalidad?
“Está todo podrido”, “es vergonzoso”, “el ambiente tiene más que ver con el estilo mafioso que con una mayoría socialista”, me dice gente de dentro de la Casa. Y no es cualquier cosa la herencia que recibe Cristóbal Casado, alcalde designado por Mari Carmen y que, como primera providencia, habrá de sacudirse el apelativo que cunde por el pueblo de “alcaldeso” que, siendo poco más que broma no demasiado maliciosa, sin embargo lo obliga a actuar con diligencia y rectitud en los asuntos municipales, empezando por poner firme a don Jesús López y tomándose todo el interés por expulsarlo lo más lejos posible de Águilas.
Aunque la realidad parece ir por otro lado, ya que a la visible afición a los negocios del nuevo alcalde -con sus relaciones con la empresa ATTC y con algún empresario hostelero local poco recomendable- se une el estrechamiento de relaciones con López, hasta el punto de que se viene diciendo que éste, el secretario municipal, “trabaja en la Alcaldía”, por el tiempo a todas luces excesivo que pasa con el alcalde en su despacho. No se aprecia en Casado, ya es mala suerte, ningún carácter político o civil singular, que haga pensar que los desvaríos de la etapa de su antecesora vayan a corregirse.
A este desmadre generalizado en el Ayuntamiento de Águilas que, en definitiva, repercute en sensible merma de caudales públicos teniendo como agente perturbador a López y como consentidores máximos a Moreno y Casado, la izquierda aguileña no parece querer hacer frente, y ni indaga ni se interesa; tampoco el PSOE aguileño o el murciano se dan por enterados, lo que evidentemente resulta más grave. Menos mal que CC. OO. ya ha denunciado las prácticas ilegales de las Mesas de contratación en los recientes concursos de personal administrativos, tanto en Mazarrón como en Águilas, señalando a la punta de este iceberg escandaloso.
Con estos antecedentes e indicios tan indignantes referentes a un habilitado nacional que se supone debería de ser funcionario ejemplar, ¿cómo es que no interviene la Dirección General de Administración Local, autonómica, actuando de oficio disciplinariamente en favor del interés general? Pues debiera hacerlo, y con diligencia.
Conversaciones aguileñas con mi amigo Ángel Chuqué
Mi amigo Ángel y yo quedamos al mediodía para tomarnos algo y charlar de lo primero que se nos figura, casi siempre del pueblo y sus personajes, del tiempo y sus cosicas. Yo me dejo llevar y acepto como puedo el quedarme siempre corto, ya que mi ausencia del pueblo fue temprana y mi permanencia escasa. Por eso, Ángel me da sopas con honda y me ilustra cada día llenando mi cabeza y mi corazón de recuerdos y saberes brumosos o incompletos. Aunque, por ejemplo, hablando de tontos o de raros, sí podemos contrastar conocimientos y anécdotas, ya que en el imaginario popular esos personajes -además de ser siempre muy respetados- duran años y años, e ilustran a generaciones sucesivas.
Un día hemos hablado de nuestro paso por La Regia, aquella tienda de zapatos y sombreros situada en la Glorieta, esquina al paseo y frente a la Caja del Sureste. Primero estaba de dependiente mi primo Paquito Franco, que cuando se fue al Banco (el Central, por supuesto), fue sucedido por Ángel cuando este tendría unos doce años, y al que, al volver a la Escuela por enfurruñarse con el jefe, Cristóbal el de la Regia, fue sucedido en el mostrador por mi primo Manolín, hermano de Paco; luego mi madre me “colocó” a mí, en el verano de 1962 con sus tres meses y sus seis reales de paga a la semana (1,50 pesetas, para los desmemoriados), con lo que tenía para uno o dos días de cine, o para el programa doble de los viernes (¡Día del Productor, con dos películas de las ya proyectadas durante la semana). El jefe tuvo el detalle, como un plus a mi -supongo- buen comportamiento, y puesto que en setiembre volvería a mi colegio de León y me vendría bien para el frío, de hacerme obsequio de un pasamontañas que llevaba años en la estantería (esperando en vano que un aguileño se lo llevara). Me tocó la liquidación de la tienda, que ya apenas vendía zapatos ni sombreros, y el jefe se volcó en su otra Regia, la de muebles, que iba viento en popa por la expansión urbana de Águilas.
También hablamos de deporte, sobre todo de fútbol, que entiende muy bien, como si fuera un técnico o un entrenador. Él es del Barça y yo me inclino por el Real Madrid, pero nuestra plática es analítica y leal, y nos damos siempre la razón. Al evocar aquellos años de nuestra -distante, distinta- adolescencia y primera juventud, y vemos cómo era el pueblo, desde su perspectiva desde Barcelona y la mía desde León, él se admira de mi vida de (involuntario) privilegiado, en la que el deporte era parte sustancial de la educación; Águilas y la provincia de Murcia eran un desierto en lo deportivo, y solo existía el fútbol como deporte practicable, y aun así en versión primitiva y pobre. Y le cuento cómo desde los diez años o así me pusieron a correr los 60 metros lisos, siguiendo luego con los 80, y sus relevos, para acabar, ya en mi colegio de Madrid, con los 100 metros lisos, y sus relevos, finalizando mi paso por el atletismo cuando la carrera de ingeniería ya me lo hizo imposible.
Su madre y la mía eran muy amigas de jóvenes, en unos años en que vivieron en casas pegadas una con la otra, así que cuando nos vemos es como si las recordáramos y honráramos. Ángel, hijo de ferroviario, se fue a la Escuela de Aprendices de RENFE, en Barcelona, cuando le llegó la hora, que era lo que mi madre hubiera querido para mí: no perder la oportunidad, como hijo de ferroviario, de colocarme en RENFE, vía esa Escuela, vía la mili en el Batallón de Ferrocarriles: mis profesores no me aconsejaron nada de eso, sino que estudiara y estudiara. De ahí la íntima satisfacción de mi madre cuando, ya de consultor ambiental, realicé varios proyectos para RENFE, recorriéndome España de arriba abajo (y adjudicándome, por cierto, el primer estudio de impacto de la alta velocidad, el AVE a Sevilla). Pero es verdad que ella siempre añoró verme ir y venir a la Estación, desde nuestra casa a muy escasa distancia, convertido en “oficinista de RENFE”.
Otras veces analizamos con rigor no exento de espíritu crítico, asuntos de trámite, o sea, de la actualidad aguileña. Como el cuento inacabable del Centro Integral de Alta Resolución (CIAR), que da como miedo solo el nombre, y que cualquiera diría que es un centro sanitario de nivel intermedio, entre el local de Águilas y el comarcal de Lorca. Porque el edificio está terminado pero vacío y por supuesto sin personal, y esto está afilando la impaciencia del pueblo, con la seguridad de que esos de Murcia ya no saben qué inventar para chulearse de nuestra salud, ni a qué ineptos poner al frente de ella.
Este año hemos tenido que atender un hecho singular y sin precedente, sobre la mar y los peces. Mar calentica y peces que muerden, qué barbaridad, pero que no es ninguna fantasía. Me puso en alerta que mi vecina Paca, hermana de mi muy querido, y desaparecido, amigo Dominguico, de los Mayores de Calabardina, gente de la mar de siempre, me enseñara el tobillo, con una herida y una hinchazón que daban miedo; y me dice que le ha mordido un pez (bueno, ella, como yo, dice un pescao, que entre la gente aguileña, sea o no de mar, lo que está en el agua es un pescao, antes o después…). Y dos días después soy yo quien sufre el picotazo de un pececillo -un pescaico- así de mengajo y birrioso, pero que me hizo espantarlo alarmado sin que se tomara mucha prisa en alejarse, no, como con descaro y suficiencia sobre su agresividad nueva. Así que persisten las medusas (los “grumos”) y sus latigazos y se añaden los peces carnívoros. No sé a dónde vamos a llegar.
Un día, no sé cómo salió, evocamos el cabezo de las Picaeras, donde estaba el depósito del agua y al que trepábamos a la carrera cuando salíamos de la Doctrina, la preparación de la Primera Comunión, que recibíamos en la iglesia del Carmen, que era la capilla del Hospital; lo que me ha hecho recordar el día que, peleándonos por llegar arriba el primero, alguno de aquellos zagales me hinchó las narices, de tal manera que puse el catecismo hecho un Cristo de sangre (Por cierto, que hay al menos otro día en mi infancia en que me hincharon las narices, y fue un Carnaval, peleándome por no sé qué careta. Ahora veo que quizás yo no tenía mucho de pacífico, o que en trances de pelea no siempre salía bien parado...).
Así que estos raticos son muy, pero que muy buenos. Alternamos un día en el bar Zafiro, otro en el bar de mi primo Vicente, ya jubilado y en el que somos, casi, los únicos clientes, pero Vicente se arranca con su guitarra cuando se lo pedimos y le da la gana, lo que nos ambienta a los tres. Me acuerdo cuando, en mis estancias con mis padrinos y primos en la casa del Garrobillo, Vicente acudía hasta la Cuesta de Gos a recibir lecciones de un maestro, tras las agotadoras jornadas del campo. Cuando vamos a lo de Vicente, pasamos necesariamente por la esquina de los Poyetes (nombre popular de un legendario bar que ahí hubo, y del que me acuerdo muy bien), en cuya columna aislada, con muy poco de griega, se colocan las esquelas mortuorias de la gente del pueblo, que leemos atentamente (no vaya a ser alguna la nuestra...). Así que procuramos reírnos y no favorecer, más de la cuenta, la aviesa acumulación del tiempo, con sus pérdidas inevitables.
A Ángel le digo, cuando me cuenta sus cuitas de salud, que se queja en demasía, que está muy claro que disfruta de una “muy buena mala salud”, lo que le hace gracia; y para que no se desilusione, cuando halaga mi sana apariencia, me guardo mucho de transmitirle los estragos que me alcanzan. Así que hablamos, sobre todo, de aquellos tiempos, cuando éramos jóvenes: de cómo era el pueblo, de las sensaciones que nos producía la creciente marea estival de veraneantes, de las fiestas de agosto y sus novedades, de los cines y de algunas famosas películas generalmente del género prohibido, de la plaza de toros en sus estertores y, en total, de los veranos de antes.
Respingos de la calor (3 de 10)
Mis últimas indagaciones sobre la situación del “espíritu ferroviario” de los murcianos me ha alarmado por no encontrarlo, en absoluto, capaz ni decidido a afrontar los despojos y humillaciones que describen a las políticas de RENFE y ADIF para nuestra tierra. Afectadas ambas por el “virus del AVE”, y logrado el encantamiento que esta rapaz mecánica produce en tantos españoles, incluidos los murcianos, la mala ralea de los tecnócratas del transporte nos prepara estragos importantes a los que hay que hacer frente.
Al AVE hay que “dirigirse” destacando su naturaleza rapaz, exclusivista, cara y absurda, por lo que constituye una agresión social de primera magnitud. Por eso deja, a su paso, líneas de ferrocarril cerradas o desmanteladas, y decenas de pueblos y ciudades sin servicio, teniendo la gente que recurrir al automóvil y al autobús para trasladarse. Con el trazado radial y esquelético de las vías del AVE por la Península, este tren incrementa los tráficos interurbanos por carretera, así como -inevitablemente- los de larga distancia. Anula, así, una de las ventajas tradicionales -e imbatibles- del tren como alternativa a la carretera. Circulando a 300 km/h, y queriendo competir con el avión, el AVE lo rompe y envilece todo en cuanto a modo de transporte, desequilibra el territorio, vulnera el carácter eminentemente social del tren, produce impactos ambientales demoledores y nos regala, como resumen, un pan como unas hostias.
La Región de Murcia, de dirigencia política inepta y malvada, y de opinión pública endeble y secuestrada, ha caído en la trampa del AVE gozosa y confiadamente, sin tener más referencia “sociopolítica” que el acceder a lo que otros ya tienen, quejándose como siempre de ser “la última”, de ir “detrás de Alicante” y de ser “menospreciada por Madrid”. La consecuencia de esta tontuna colectiva -desapego, pueblerinismo-, tan ampliamente compartida, ha sido perder el tren en la línea estructural Murcia-Albacete, por Cieza y Hellín, y en el histórico ramal a Águilas. En su lugar, se ha decidido “reforzar” el eje mediterráneo y llevar a los viajeros por un periplo geográfico absurdo, fiando el objetivo a la velocidad y considerando que a 300 km/h las distancias no cuentan ni el consumo de energético que conllevan. (Ese engendro arquitectónico antiestético, caótico y sublunar, que revela a la nueva estación subterránea de Murcia, se empareja perfectamente con la procacidad global con que la región se relaciona con el ferrocarril).
Porque cuando el criterio rector es la velocidad y no la distancia ni la geografía, el resultado ambiental ha de ser funesto inevitablemente. Y ahí está el itinerario Madrid-Murcia por Alicante, Albacete y Cuenca, que es una producción tecno-económica (pero de dirección política) digna de profesionales descerebrados de la ingeniería y pervertidos de la economía (y, en ambos casos, analfabetos ambientales). El AVE evidencia, además, que los tiempos no han introducido ninguna mejora en conocimiento o voluntad en la política de transportes, pese al esfuerzo singular de crítica propositiva realizado en la década de 1970 cuando, contra la dictadura decrépita el paradigma de la ordenación del territorio esgrimido por los ecologistas mantenía la esperanza de un futuro cercano con dirigentes políticos mejorados.
Junto a la eliminación del itinerario más directo y sensato entre Murcia y Madrid, la otra ofensa que los murcianos parecen dispuestos a encajar es la que se cierne sobre Águilas, es decir, ese ramal histórico de la empresa británica The Great Southern of Spain Railway Company Limited, en funcionamiento desde 1890 hasta que hace dos años quedara sin servicio junto con el tramo Murcia-Lorca-Almendricos, como efecto de las obras del futuro AVE desde Murcia hacia Almería. Estas obras y estos planes, vinculados con la extensión del AVE (por una línea ruinosa de necesidad entre Lorca y Almería) amenazan el enlace ferroviario de Águilas, pese a las “originarias” promesas de ADIF que, conociendo el aire economicista de sus rectores, no deben tenerse por serias ni sinceras.
Y en este ambiente más que sospechoso de futura agresión de ADIF al pueblo de Águilas y su historia, hay que contemplar la alegre actitud de su alcaldesa actual, que cree estar negociando con ADIF un plan que ninguna de las dos partes quiere revelar porque ni está claro ni se acomete con lealtad. Así, la alcaldesa socialista de Águilas espera que se recupere el ramal ferroviario, ahora desde Pulpí, a escasos 15 km de Águilas, con una nueva estación netamente separada de las -históricas, meritorias e incluso grandiosas- instalaciones ferroviarias de lo que fue cabeza técnica de la Great Southern, estación que, medio negociada con propietarios de la periferia aguileña, se ubicaría en un lugar nuevo y remoto. Y las vías y las todavía extensas propiedades de la actual ADIF pasarían a ser bocado apetitoso de promotores y constructores. Más o menos relacionados con esta conspiración está el relativo fomento de actos de recuerdo y reconocimiento del pasado ferroviario aguileño, haciendo justicia a aquellos ingleses y aquellas espectaculares obras de ingeniería mientras se prepara la ruptura y desintegración del tren respecto de ese pasado, que los politicastros de hoy han decidido convertirlo en un tiempo inútil y que hay que “superar”. Así que se ensalza el pasado para adormecer la opinión pública y cercenar el futuro.
La alcaldesa no sabe, ni tiene interés en sospechar, que lo que puede estar tramando ADIF es descartar ese ramal y esa conexión ferroviaria de Águilas con la red nacional, proponiendo una solución consistente en un servicio de autobuses que enlacen la futura estación de Pulpí con Águilas, dando por finalizada de un plumazo la historia ferroviaria de Águilas. Porque ADIF, con el estilo despótico que ha acuñado bajo el imperio de la alta velocidad, pretende que ciudadanos e instituciones se allanen ante sus proyectos de infraestructuras del AVE sin decir ni mu: tan necesario y estratégico para el país considera que es ese maldito tren. Y RENFE, igualmente manejada por tecnócratas desalmados, incultos y antisociales, se permite desarticular el territorio, en sus bases fundamentales y de mayor alcance social, por sus santos objetivos de llevar el tren loco a los cuatro sitios que considera rentables.
Los tecnócratas del ferrocarril actual parecen ignorar que ni RENFE ni ADIF ni el ferrocarril les pertenece, y que su función es la de depositarios responsables del cumplimiento de un fin eminentemente social. Y ni se plantean el inconmensurable coste global de la inseguridad de las carreteras (bueno, sí es mensurable: estamos hablando de un 2/3 por 100 del PIB), que es algo que ridiculiza los argumentos de la falta de rentabilidad de ciertas líneas ferroviarias, pero esta es una reflexión social que estos tecnócratas ni huelen. Y tampoco sienten que el sistema ferroviario pertenece a la ciudadanía, no solamente en cuanto pobladores de un país que necesita disponer de un sistema integrado, lo más denso posible, de líneas férreas y sus servicios correspondientes, sino porque la construcción del mismo la han realizado, durante casi dos siglos, las manos de la ciudadanía trabajadora, y porque sus miles de empleados han dedicado su vida laboral a facilitar el movimiento -las relaciones humanas y los afectos, la actividad económica y los negocios- dentro del país construyendo ese “espíritu ferroviario”, eminentemente descrito como actitud de entrega, para que todo eso funcionara, aun con dificultades técnicas y presupuestarias ajenas totalmente a su papel laboral y social. Esta reflexión, que no entra en la cabeza de los tecnócratas, es, sin embargo, el núcleo de la argumentación en favor del tren útil social y ambientalmente. Que la propiedad pública, al menos en este caso, no está asignada a un cuerpo de tecnócratas o políticos intermediarios entre un poder abstracto y una sociedad más abstracta aún, sino que es cosa que nos toca y pertenece a cada uno de los ciudadanos de este país, con nombres y apellidos.
Pero nuestros políticos dirigiendo el transporte, y esos tecnócratas con la misión de rentabilizarlo, se dedican a engañarse a ellos mismos, a maltratar nuestra inteligencia y a malgastar los recursos públicos: son unos auténticos traidores al pueblo y a la patria, y hay que encontrar la forma de, primero, castigarlos con el desprecio de la gente, segundo, enviarlos a un centro ad hoc de reeducación sobre costes comparativos del transporte (incluyendo los ambientales), a ver si se enteran, y, tercero, inhabilitarlos definitivamente para cualquier empleo o puesto públicos, por su alta peligrosidad social.
Con mi nieto Pedro, al que saludaban los maquinistas con un pitido al verlo tantas noches conmigo, entusiasmado, al paso del último tren, recorro las vías silenciosas y cubiertas de hierba y herrumbre, pero que lo atraen de una forma que me emociona, como conjurándolas a que recobren su vida y su futuro. El no entiende muy bien -tampoco yo- eso de que las obras del AVE nos tendrán sin tren durante cinco años, y me pregunta que por qué no hay tren. El otro día, al llegar a casa se lanzó sobre un folio y me dibujó el tren, el maquinista, el paso a nivel y un texto, “Quiero que vuelva el tren”, al que respondí, para mi caletre, con una enfurecida promesa. Cada uno a su manera, ambos nos juramentamos para conseguir que nos devuelvan el tren, nuestro tren, por donde siempre circuló, siguiendo la sabiduría de aquellos profesionales amantes del tren cuyo recuerdo se quiere ennoblecer, precisamente, para disimular la necedad de sus enemigos de ahora.
Respingos de la calor (2 de 10)
Los concejales lorquinos han votado, por mayoría aplastante, en contra de la moción que el concejal de IU, Pedro Sosa, planteó pidiendo que la Corporación se implique, como es su obligación, en la persecución y denuncia de los diversos casos de robo de agua -presentes y bien conocidos- en ese municipio. A Pedro Sosa, esa votación de nada menos que 24 sobre 25, no deberá deprimirlo ni entristecerlo, sino que más bien deberá reafirmarlo en el camino y la actitud que viene adoptando frente a ese colectivo de irresponsables.
El asunto, como tantos otros que tienen que ver con el agua en la región, sigue el estilo y el modelo de la prevaricación (activa o “pasiva”). La Comunidad de Regantes, la concesionaria Aguas de Lorca y la Confederación Hidrográfica del Segura, más el Excelentísimo Ayuntamiento, claro, entrelazan su pillería o permisividad para que los empresarios del campo lorquino (especialmente los que se forran con el sucio negocio del porcino intensivo) lleven años haciendo su agosto a costa de la naturaleza y sus escasos, además de públicos, recursos. El control y abuso del agua en el municipio de Lorca se describe sin grandes dificultades, y los personajes y entidades beneficiarias están perfectamente identificados. De las entidades antes citadas, quiero resaltar el papel de Aguas de Lorca, que se permite garantizar agua de uso agrario donde ni puede ni debe, pero que ninguna Corporación quiere fiscalizar, aun siendo el Ayuntamiento el socio mayoritario; y a la que, en consecuencia, resbalan críticas y denuncias. Son, estas, aguas que generan lodazal, y en el que se sumerge, alegre y confiada, la Corporación lorquina creyendo que aun con la provocación de tan necio voto, puede considerarse a salvo frente a la denuncia y la hostilidad de la ciudadanía crítica: ya veremos.
Pasmado me quedé cuando me llevaron a visitar el saqueo del río Turrilla, con las bombas extractoras -que no cesan- lanzando sus exiguos caudales hacia las granjas de Fernando Francés; y la extenuación del enclave-oasis de Casas de Don Gonzalo, donde la fuente, con su olmo histórico, ha desaparecido a un paso de la carretera, con el general conocimiento de todo tipo de autoridades y guardianes del orden y la naturaleza.
La negativa de los 24 ediles, haciendo de lacayos del agropoder, a denunciar y trabajar evoca irremediablemente al silencio mafioso de los territorios donde los políticos hacen de figurones y los empresarios mueven sus hilos cómo y cuándo les viene en gana, debiendo su fortuna al envilecimiento de las instituciones, que callan y otorgan convirtiendo a ciudades y Estados en entidades falsas y fallidas; y a esto es a lo que parece asomarse Lorca, con espectáculos como el que prefigura esa votación infame.
Contaré que no encontré, en su día, quien me acompañara en lo que iba a ser interesante encuentro, un cara a cara con el empresario Fernando Francés y el ingeniero y factótum de la Comunidad de Regantes, Antonio Ibarra, pareja de destrucción masiva, pese a que yo quería algún testigo para el futuro, pero persistí y extraje lo que pretendía: un extensivo (bueno, digamos instructivo) conocimiento de los personajes, de su claridad de ideas y de su seguridad, es decir, de su suficiencia y de su poderío, o sea, de cómo y cuánto mandan en ese municipio. Y más que lo que mis oídos oyeron fue lo que mis ojos vieron y tradujeron, ya que la mirada (esta gente no mira a la cara, sino al plato y al techo) y los tics (sonrisa, risa, manos, dedos, hombros, pies) dicen generalmente lo esencial de lo que yo quiero saber (porque los almuerzos de tanteo han de ser siempre cosa de psicología, diplomacia y fair play, no de enfrentamiento, ni siquiera mal rollo).
Indignado por su voto indecente, no puedo ignorar la poca entidad política de esos socialistas insensibles al crimen, que -como los de Águilas, por cierto- a su pertinaz sequía de ideas y de ética añaden la creencia de que su poder municipal depende del voto del campo, por lo que entran en competencia con el PP y optan por consentir las canalladas de la agricultura tóxica. Cuando, después de escandalizarme por el robo del agua en el Turrilla tuve un encuentro directo con el alcalde socialista de Lorca, inmediatamente llenó mi cabeza de dudas sobre su capacidad y su valor personal. (No le perdonaré, como muestra un botón, que habiendo aceptado nombrar Hijo Predilecto de Lorca al admirado maestro y poeta Pedro Guerrero, se olvidara de ello, y cuando se hizo un homenaje multitudinario a Pedro en su ciudad, apareciera, ya desalojado del poder municipal, oscuro, acobardado y engurruñido para felicitarlo. ¡Que ganas me dieron de decirle lo que pensaba delante del gentío!).
Sobre los del PP de ahora, que apenas conozco, veo que siguen el guion previsto de desafío a la ley y la decencia, ruindades relanzadas por su coalición con Vox, y les faltó tiempo para retirar la acusación municipal contra los asaltantes del Pleno del 31 de enero de 2022: en sintonía con los violentos, indiferentes a la dignidad corporativa, no podía esperarse otra cosa tras acumular tantas ganas por apropiarse del poder municipal.
Es decir que, en el entorno sociopolítico de este voto célebre, que pasará a la historia como tal, pueden señalarse causas, influencias e intenciones de variada índole, desde la dependencia institucional o personal hacia los empresarios del campo a la consigna política de arriba, excluyendo en todo caso la ignorancia, así que hay poco que disculpar. La sensación que ese comportamiento produce es, sin embargo, más seria por cuanto más pedestre, conociendo la calidad -humana, profesional, política- de estos ediles que con tanta deportividad han incurrido en deshonra.
Acostumbrado a teorizar y a encontrar sutiles y pecaminosas relaciones entre poderosos y mandaos, no hice demasiado caso al juicio que tan rotundamente me espetó hace tiempo el concejal Pedro Sosa, cuando nos lamentábamos ambos de la esterilidad del trabajo por y para las pedanías altas de Lorca, su tierra, sus caciques y sobre todo sus aguas, en un territorio al que los dirigentes municipales dan por ajeno, intocable y, quizás, perdido. Quien, sin más artificios, y como corrigiendo fraternalmente mis consideraciones, señaló a políticos consentidores y ciudadanos sometidos, dando en el mismico (y más profundo) centro de la diana con una expresión que me impresionó muy favorablemente ya que, aun siendo coloquial y prosaica, entrañaba sin embargo una carga poética de muy difícil parangón: “No hay güevos”.
Lo que machacó sabia, justa y oportunamente mis elegantes y subidas elucubraciones sobre el tema, basadas en la racionalidad sociopolítica, en la profunda y metafísica relación causa-efecto, en la dialéctica hegeliana campo-ciudad, etcétera, que fueron hechas añicos y que me sometieron, una vez más, al estilo, arrojo y experiencia de mi tocayo Pedro Sosa, llanero solitario en ese páramo mental y político en que se ha convertido la Casa Consistorial.
Tratando de rehacerme a la apabullante lección del concejal -aislado, pero irreductible- de la izquierda, a quien doy toda la razón, solo se me ocurrió apuntar que la sesión del Pleno lorquino del 29 de julio de 2024 deberá inscribirse en una saga que propuse que se llame “Épica lorquina del agua (De ediles y mangantes)”, cuyo relato deberá encabezar aquel asalto al Pleno de inolvidables violentos ultras (sobre el que una justicia lenta y timorata parece no saber qué hacer, barruntando escándalo) y hacia la que ya le anuncié mi colaboración y esfuerzo personal por situar -como subgénero literario, dentro de lo dramático, por supuesto- en el lugar y nivel que se merece.