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jueves, 2 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (16 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Del turista y el viajero: conjurando equívocos y desviaciones



Apretaban las críticas este verano al turismo invasor, como plaga que no cesa y que anuncia problemas inmanejables, todos ellos derivados de la masificación, de su conversión en fenómeno de voraz consumismo y de la relación que muestra, sobre la cultura y el medio ambiente, de ángel exterminador. Al mismo tiempo, se destacaban las cifras millonarias de afluencia de visitantes, en su mayoría atraídos por la costa, que ya superaban netamente a las conseguidas antes de la pandemia; si acaso, había algunas quejas de hoteleros que incluso en agosto disponían de algunas habitaciones libres, lo que les llenaba de profunda tristeza e impedía alinearse con la fortísima corriente de optimismo general. Así que en qué quedamos.


Horrores del crucerismo (Valletta, Malta, 2023).

El turismo del que hablamos es, en efecto, un proceso intensamente destructivo: extractivista, decimos actualmente científicos y ecologistas, por su alto consumo en recursos materiales (agua, suelo, energía...) e inmateriales (paisaje, tradiciones, cultura...). Tal y como se ha sido desarrollando durante el siglo XX, y muy especialmente en el Mediterráneo y España, es esquilmador, incesante y... conflictivo.

Los ecologistas somos viejos críticos del turismo, sobre todo del masivo, el que exige espacio y exclusividad, obsesivo en urbanizaciones, abusivo en islas y acantilados e irrespetuoso con paisajes y culturas. Y así, hemos orientado nuestros dardos hacia el impacto concreto, inmediato del turismo, primero el costero, luego el rural (introducido sobre una gigantesca, así como ladina, mentira); pero ha faltado un verdadero desarrollo teórico de sus daños y amenazas, y en algunos ensayos críticos, más bien timoratos, que han surgido -tengo en la cabeza a varios investigadores libres y de universidades como la de Málaga o Alicante- muy al hilo de su faceta económica: su enorme repercusión económica, en primer lugar, con menor incidencia en sus costes. Siendo andariegos por naturaleza y por la naturaleza, los ecologistas nos mostramos instintivamente reacios a la masa y al mogollón, pero no podemos evitar que, en alguna medida y visto con frivolidad, se nos acuse de cierto “elitismo espacial” que, puede hacer que algunos exclamen “¡Lo quieren para ellos solos!”, cuando defendemos, por ejemplo, ciertos espacios naturales de calidad para liberarlos de las amenazas de la frecuentación libre. Lo que ni es verdad ni es justo.


Mi primera visión del mundo (1956).

        Pero bueno. Decía que la alarma por las hordas turísticas desatadas ha surgido primero de ciudades eminente e históricamente turísticas, como Amsterdam, Roma, Lisboa, Barcelona... con Venecia como ejemplo de espanto que ha tenido que imponerse una línea roja que afecta -y cuánto me alegro- al atraque dentro de la ciudad de esos monstruosos buques llamados “cruceros”, de espantosa imagen y estética anti navío, que tienen como misión pasear por mares y ciudades a una multitud elegantemente hacinada y estúpidamente divertida. Muchos pudimos ver a esos monstruos sobrepasando con sus desaforadas dimensiones la iglesia de San Giorgio, como amenazando con entrar en el Gran Canal; afortunadamente, ahora han de quedarse en Mestre, el puerto veneciano del continente, y liberar a la ciudad de los Dogos de insultos insoportables. Yo he visto a estos odiosos barcos, alineados de cuatro en cuatro, en los muelles de Valletta, la capital maltesa, que viene a ser, por su situación geográfica, centro logístico de cruceros y cruceristas del Mediterráneo, en claro ultraje a unos muelles que tanta historia poseen y tanta belleza evocan.

Pero sigo. Mis reflexiones sobre el turista y el viajero -que ahí está la clave del análisis del insano transportarse y del creativo viajar- se han visto recientemente empujadas por la abundancia mediática de esas contradicciones y alertado por un estupendo libro que adquirí porque veía que me iba a hacer pensar, y yo lo necesitaba. Se trata de Peut-on voyager encore? (¿Es posible todavía viajar?), de 2025, del sociólogo Rodolphe Christin, que nos somete a dos dilemas de calado: el primero, y menos importante, plantea el hecho material de que, con la masividad de los movimientos turísticos, el espacio físico (y emocional) de cada viajero se estrecha y contamina, anunciándole límites que creía inexistentes; y el segundo, más inquietante, nos obliga a dudar del propio hecho viajero como expansión personal y experiencia positiva, teniendo en cuenta lo que supone de contribución al complejo pernicioso de la actividad turística como tal, que ya abarca atentados ambientales sin cuento, pérdidas culturales ilimitadas, desarticulaciones socio-económico-culturales irreversibles, transformaciones territoriales empobrecedoras en lo material y lo espiritual, expansión de un capitalismo voraz e infatigable...


Atlas Aguilar (1959).

Y como el amigo Christin supo inducirme el desasosiego que sin duda pretendía, eché mano de otro texto, Teoría del viaje. Poética de la geografía (2016), de Michel Onfray, que leí en su día y que recordaba como más liviano (y veraniego), ya que me había auto castigado bastante con el incisivo Chistin. El filósofo Onfray es más suave, desde luego, pero presenta el peligro de esa cierta ponzoña con que los autores liberales quisieran tintar los fenómenos sociales. Lo que no quita la riqueza de su pensamiento sobre el viaje, altamente aprovechable. Como cuando afirma que “el turista compara, el viajero separa” (y acepta, indaga, se entusiasma…, añado yo); es decir, que este es siempre anatomista, tanto de personas y personajes como de paisajes y paisanajes. O que “existe siempre una geografía para cada temperamento... y una mitología formada en las lecturas de infancia”, que me encanta, aunque me obliga a preguntarme, con sincera angustia: ¿y los niños de ahora? Porque, pensando en Julio Verne, cuyas obras fueron las más leídas de mi adolescencia, y sus personajes, tantas veces jóvenes y adolescentes, admirados por el idealismo con que se describían, eran lecturas que llenaban la imaginación -cultivándola y estimulándola- de hechos recreados a falta de imágenes, de trances y geografías remotas y exuberantes, donde sus héroes derrochaban ingenio, valor y fe; lecciones que tratábamos de poner en práctica tras la lectura, dando a aquellos juegos infantiles un algo iniciático, misterioso y bello. “Entre el mundo y uno mismo, insiste este autor, intercalaremos prioritariamente las palabras”: ¡eso!


En la hamada de Tinduf (Argelia, 1976).

Y es esa misma falta de imágenes (por más que innecesarias) lo que mueve a la meticulosa preparación de los viajes con guías serias y trabajadas, pero sobre todo con mapas; unos mapas que, hablo de mi caso, nunca encuentro anticuados, y aun mis atlas de adolescencia sigo teniendo a mano porque me dan la seguridad que necesito, que más que relacionarse con la preparación, lo es con la disposición... Y sobre ellos, mapas, atlas, aprendí a soñar el mundo... Y cuando me he encontrado ante, o dentro, de alguno de esos espacios o monumentos que admiraba y absorbía, me he sentido inmensamente feliz.


En la selva de Petén (Guatemala, 2017).

Quizás buscando el equilibrio, quiero decir entre la paliza de los escrúpulos con que me alcanzó Christin y el brillo complaciente que sabe transmitir Onfray, eché mano del siempre correcto y ecuánime Claudio Magris, con otra joya de mi estantería de libros de viajes, El infinito viajar (2008), que leí nada más salir a las librerías. Que la prosa de Magris es puro recreo, calma y disfrute, aun expresándose en conservador (lo que trata de disimular, por la cuenta que le trae, sin demasiado éxito...); pero a mí es su condición de ciudadano de Trieste lo que más valoro, siendo su prosa de base italiana, formación germánica y atención eslava, lo que me subyuga. Y lo aplaudo con toda mi energía cuando suelta: “Vivir significa, hoy más que nunca, viajar”. Y como triestino, ya digo, surgido intelectualmente en el cruce de tres potentes culturas, no puede dejar de advertir, como un exhorto, que “la única identidad auténtica no es la regresivamente monolítica anhelada por los delirios étnicos, sino aquella fiel y móvil a la vez, capaz de enriquecerse merced a una nueva pertenencia”. Que yo creo que es una invitación al cosmopolitismo, a la apertura a los demás, con sus tierras y culturas, ya que esta es la más auténtica lección del viaje y del viajar. No falta, en la agudeza del muy viajado Magris, la observación que sitúa al viajero algo así como ajeno -o tendente a excluirse- a responsabilidades cuando no está en su propio espacio, lo que no siempre es legítimo. De ahí que suelte que “viajar es inmoral”, reproduciendo la frase de un filósofo de su referencia, pero añadiendo que éste lo decía “durante un viaje...”.


Glaciar en la cadena Wrangell (Alaska, 2022).

        Y como última ayuda en mi pensar viajero, quise honrar una vez más a mi amigo y compañero Rafael Chirbes, en este caso a partir de El viajero sedentario (2004), libro en el que con su probaba habilidad redaccional convierte una contraposición en pedagogía de general aplicación. Chirbes tuvo la misma educación que yo, ferroviaria de cuna y de internado religioso (León) en la misma época, y aunque rehuyó la formación técnica, optando por la historia y el arte, ejerció de periodista gastronómico y viajó constantemente durante varios años, acopiando material para su inevitable reconversión en escritor sólido y puntilloso. Con esto quiero que quede claro que también admiro -como Chirbes- a quien no sale de su pueblo, no ya de su país. Porque me parece que supone, no un esfuerzo de contención, como podría parecer sin más indagar, sino una comprensión -máxima, intensa, holística- del mundo y sus formas y sorpresas, porque es verdad que la realidad geográfica, con sus humanos pululantes, siempre podrá resumirse en esto que alcanza la vista: la condición, creo yo, es que el alma deberá estar dispuesta, curtida en las más humanas inmediateces... Y recordemos que, por ejemplo, de Verne se dice que apenas viajó, como no fueran unas excursiones mediterráneas en un yate que se hizo construir, pero no se sintió -hay que suponer- demasiado atraído por las geografías que describía sobre los mapas. Era un erudito en meridianos y paralelos exóticos, así como del impulso humano por la supervivencia, de su capacidad de asombro ante un mundo que todavía en su tiempo no había mostrados sus límites. Y algo de eso comparto yo: desde siempre me fascinaron las tierras lejanas, los pueblos raros, las banderas y las naciones, con sus paisajes singulares, que en mi imaginación visitaba y disfrutaba.

En el planteamiento de un viaje suele ser inevitable esta disyuntiva: ¿en soledad o en grupo? Pues está claro, en soledad (esa experiencia de un “camino interior, insuperable), o con una (sola) compañía, si es que en verdad se pretende viajar con aprovechamiento. Lo del grupo es inevitablemente otra cosa. Y lo de “más de dos”, es decir, tres, igual que se desaconseja en la preparación de un examen, nunca aparecerá en las recomendaciones para viajeros de raza. Partir con el amigo, o amiga, que es el caso de almas gemelas y comunión de voluntades e intereses, resulta lo más acertado, aunque pertenezca a una dimensión bien distinta a la de la soledad personal, inevitablemente metafísica (o sea, incompartible).

Añadiré como final que, siendo viajero empedernido, soy forofo de dos experiencias: la primera, medir y sentir la profundidad de los territorios… para que se me queden bien afirmados y los pueda recordar e identificar; y la otra, el culto de los retornos que, aunque sean arriesgados y no pocas veces decepcionantes, insuflan compensación en el alma e incluso premio: repetir estancia es como si despejáramos de nuestras dudas el impulso imperfecto de ver cosas y liquidar, con el olvido acechando y el aprecio de una sola vez arrollado por la sucesión inconsiderada de novedades... Se trata, ya lo creo, de una ética del retorno, de un culto a las geografías de la memoria...


martes, 12 de diciembre de 2023

De cómo brutalizar la costa de Pulpí

 

(El paseo litoral de la Entrevista, contra la sensatez y la historia)

Por  Pedro Costa Morata

 

El panorama que ofrece el área costera de Pulpí, es decir, el espacio comprendido entre la sierra del Aguilón, con Jaravía, y el núcleo de San Juan de los Terreros es el de un urbanismo caótico que tritura el territorio sin la menor racionalidad y desguaza a lo salvaje la naturaleza y sus ecosistemas, así como el paisaje. Con una sensación global de costa agobiada, víctima de un libertinaje (urbanístico, político, mental) ensañado sobre ese enclave, de hermosa evocación africana. Aquí han hecho su agosto las iniciativas de promotores ávidos y codiciosos que han querido explotar unos valores, los del litoral, que son públicos, comunes e inapropiables, pero que han resultado malvendidos y esquilmados en favor de quienes, con el mero poder del dinero, han logrado apropiarse de un suelo excepcionalmente valioso. Un suelo que, por sus cualidades físico-naturales, paisajísticas, históricas o morales, debiera de haber quedado al margen de cualquier construcción o urbanización, declarándosele protegido y no urbanizable.

Responsable de este espectáculo de desorden, fealdad y avaricia es un Ayuntamiento que viene demostrando, desde hace décadas, una ineptitud maliciosa hacia le ordenación de su territorio, y un entreguismo sin apenas cortapisas a iniciativas y caprichos de inversores sin escrúpulo.

            Así han proliferado esas “urbanizaciones turísticas” que hoy machacan el paisaje con un enloquecido desorden de estructuras, formas y colores: absurdas en su concepto y perversas en su realización, tanto territorial como socialmente. En primer lugar, porque una mínima sensibilidad urbanístico-territorial resulta contraria a las actuaciones “exentas”, es decir, sin vínculo estrecho con los núcleos existentes: se favorece así la exclusividad y la incomunicación de propios y extraños, con los numerosos males que esto entraña, no siendo los menores el derroche de recursos y la multiplicación de los servicios, es decir, la agravación de las obligaciones municipales.

De la inicua colonización de nuestro litoral, contra la que apenas ha resultado eficaz la dura pelea de los ecologistas desde mediados de la década de 1970, y ante la lacerante separación del interior respecto del litoral por una cadena de construcciones abusivas, ha llegado a levantarse el clamor por dejar a salvo unas “ventanas al mar”, es decir, el respeto estricto por todos los espacios no construidos, con independencia de sus méritos naturalísticos, es decir, por sus simples valores de escasez y excepcionalidad, tras haberse salvado de las sucesivas oleadas de asaltos piratescos, repetidas periódicamente desde que España decidió prostituir su litoral ante turistas y constructores.

            Y en estas, es decir, sobre este panorama de saqueo y destrucción de su territorio más valioso, el Ayuntamiento de Pulpí se propone realizar, a poniente de Terreros, un “Proyecto refundido de recuperación ambiental del borde litoral de la playa de la Entrevista”, vulgo, una estructura mitad paseo marítimo, mitad pasarela elevada, por un espacio libre, es decir, por una de esas “ventanas al mar” que no debieran tocarse ni, mucho menos, envilecerse. Con la consiguiente protesta de los grupos ecologistas y las asociaciones litorales de esa costa, que han elaborado unas alegaciones que suponen un esfuerzo científico notable, aun temiendo que los receptores se apresten a hacer un uso cuidadosamente higiénico de esos textos, pese a precisos y fundamentados. Contra el empeño municipal de ocupar y endurecer la costa, con obras y actuaciones de las que espera obtener réditos perversos o mercenarios, favoreciendo claramente a la urbanización existente en el extremo de esa playa, los que protestan lanzan este sensato y un tanto desesperado mensaje: “Dejen esa costa como está, por favor, y garanticen que no se va a degradar más”.

            Las alegaciones destacan los valores biológicos de ese tramo litoral, bien conocidos por científicos y estudiosos, de lo que es buena muestra la duna existente, en recuperación y acotada; o la existencia de una cañada ganadera paralela a la línea de mar, que ha ido degradándose por el uso espurio y la intromisión (prohibida) de vehículos, pese a constituir un espacio longitudinal de dominio público; o la presencia de dos ramblas convergentes que generan un pequeño delta digno de respeto y temor, en parte ocupado y maltratado; o el hecho de que ese borde litoral es geológicamente apreciable, que nunca ha sido playa ni debe serlo, mereciendo, por el contrario, la protección que merecen todos los litorales sumergidos bien conservados.

            Se trata, en realidad, de un ejercicio de corrupción del objeto y la idea del dominio público marítimo-terrestre, cuyas características jurídicas de, para entendernos, espacio “libre y común” no señalan que haya que someterlo a un uso general e indiscriminado, sino a una protección decidida como bien común (Lo que no parece que se entienda muy bien, a tenor de los atentados y asaltos que este dominio público sufre, con la más variada gama de trampas y excusas: porque, en la costa, proteger significa aplicar un enfoque restrictivo en casi todos los casos). La experiencia dice, por lo demás, que la pretensión de “regenerar” un espacio costero suele conllevar el “ponerlo en producción”, es decir, malearlo; y más, cuando los promotores de tal “regeneración” suelen exhibir cerebros suficientemente degenerados por los oropeles del turismo y la codicia de las licencias de obras.

La cuestión que en este caso se ventila es más -y antes- que científica, siendo de aplicación el sentido común que -tras luchas, desastres y arrepentimientos- ha acabado trasluciéndose y expresándose en normas y recomendaciones que miran sobre todo a la naturaleza del litoral como un espacio escaso y frágil. Así lo recogen los criterios generales de ordenación y protección del litoral, elaborados tenazmente por el movimiento ecologista desde 1978; la Ley de Costas española de 1988; la Carta Europea del Litoral de 1981; y, mira por dónde, el folleto que en 1980 fue elaborado por los ecologistas pulpileños y almerienses en defensa de los valores seriamente amenazados del entorno de las Salinas de Terreros: El litoral: conservación o destrucción (El caso de Pulpí).

Folleto ecologista reivindicativo elaborado en 1980.

Y aquí, este cronista ha de mostrar su molestia y cabreo por el prolongado desprecio de las corporaciones pulpileñas hacia toda una historia de esfuerzos de los grupos ecologistas y las asociaciones ciudadanas locales -pulpileños y almerienses- por defender y conservar este litoral, que se expresó en una muy instructiva batalla, iniciada en 1978, por la defensa de la playa de Terreros y su entorno, a los que amenazaba un gran puerto deportivo (tipo “marina”) proyectado por un inversor belga. Era la primera gran batalla, propiamente ecologista, en defensa del litoral almeriense, y la dirigía el Grupo Ecologista Mediterráneo (GEM), que acababa de ser fundado un año antes por quien esto escribe y con el que formaron piña y estrategia los hermanos Guirao, Beatriz y José, así como una entusiasta Asociación de Vecinos y un grupo de proto ecologistas.

Era urbanística, cómo no, la trama urdida para hacer “colar” aquel proyecto, a medias entre la corporación municipal de entonces, todavía franquista, y un asesor urbanístico, en realidad un pillo logrero de infeliz memoria, al que hubo que marcar en Pulpí y en otros municipios de la costa almeriense e incluso murciana. Entre ellos elaboraron un estrambótico “Plan General Zona Costera de Pulpí” que, por su propia y falaz naturaleza, fue desmontado radicalmente por los técnicos del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo (no existían todavía esos intermediarios, tan frecuentemente negativos, de las Consejerías autonómicas). Y, más importante todavía, que habiendo ganado las primeras elecciones municipales (de abril de 1979) una coalición de vecinos y ecologistas, ese Plan y ese proyecto fueron mandados a hacer puñetas.

            Con esta rememoración de tipo, digamos, “heroico”, este autor quiere condenar el desastre urbanístico y territorial que vive Pulpí casi desde que se fueron sucediendo las corporaciones siguientes a aquélla, primeriza y memorable. Y lamenta que la penalización introducida en los años 1980 en el Código Penal de los delitos del territorio no llegue a alcanzar a estas fechorías, ya que tanto las leyes autonómicas del Suelo como el planeamiento urbanístico municipal dejan a salvo a los malhechores del litoral y hasta se diría que favorecen esa delicuescencia generalizada.

Construcción en el dominio público hidrográfico

            Y le gustaría que, por imaginar un futuro más amable para este litoral, que dos o tres corporaciones municipales pulpileñas, incluyendo la actual, más los técnicos municipales, fueran sometidas a un programa de reeducación que les obligara a valorar y amar su tierra y, más específicamente, su litoral, abjurando de los desastres cometidos y prometiendo no volver a las andadas... Más la decisión, claro, de bloquear cualquier nueva actuación en el área litoral pulpileña mientras estos responsables municipales no sean capaces de demostrarse a sí mismos un mínimo de sensibilidad y de competencia.

            Una regeneración intensiva, pues, de mentes y afectos que, en el caso del paseo/pasarela proyectado para la playa de la Entrevista, se traduzca en la decisión de dejar la naturaleza que siga su marcha y rumbo en libertad y sin intromisiones falaces y destempladas, favoreciendo la recuperación de sus desperfectos y protegiéndola de verdad de sus enemigos, por encima de cualquier otra ocurrencia (como la actual).

Playa de la Entrevista

            Y que el Ayuntamiento de Pulpí deje de generar desdichas territoriales y enderece, de una vez, esa trayectoria disparatada en la que viene traicionando, reiteradamente, la sensatez y la historia.

 

Pedro Costa Morata

Fundador del GEM y primer presidente (1977-1981)

Premio Nacional de Medio Ambiente, 1998

Profesor jubilado de la Universidad Politécnica de Madrid