Con
el AVE hacia el pasado, a toda velocidad
Por Pedro Costa Morata Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.
El
ministro Óscar Puente, de Transportes y Movilidad Sostenible (¡oh!)
sigue mirándose en el ombligo de la alta velocidad, y ya ha
anunciado que pronto los trenes entre Madrid y Barcelona aumentarán
su velocidad de crucero desde los 300 hasta los 350 km/h, cumpliendo
el recorrido “en menos de dos horas”. No ha dicho por qué, ni
quién se lo ha pedido o mandado ni qué manifestaciones recorren el
itinerario entre las dos primeras ciudades de Iberia con pancartas
que exijan esa conquista tecnológica, o qué artículos de prensa
circulan con esa reivindicación. Nada de nada: se le ha emperejilado
que esos trenes corran más y ya está; y nadie de su cohorte de
tecnócratas le va a indicar, por su ignorancia supina, que a más
velocidad menos circulaciones sociales, más déficit en las líneas
útiles, más tráfico en las carreteras y -en definitiva y
contradiciendo el lema de su Ministerio- menos movilidad sostenible.
El objetivo del Ministerio es privilegiar el AVE y correr más y más,
aunque sus responsables no sepan en realidad a cambio de qué se
embalan.

Tren AVE (RENFE).
Mientras,
el ministro no hace el menor caso de las continuas manifestaciones de
indignación que se producen en buena parte del país pidiendo más y
mejores servicios en la red convencional, especialmente allá donde
se han suspendido los servicios tradicionales, socialmente rentables
(pienso sobre todo en la línea Murcia-Albacete por Cieza y Hellín,
en la Cuenca-Valencia por donde siempre, la sempiterna reclamación
de la línea Almendricos-Guadix, la abandonada Vía de la Plata, es
decir, Astorga-Plasencia...), es decir, los itinerarios que poseen
verdadero interés público, que es a lo que deben atender nuestros
políticos elegidos. Pero al ministro socialista lo tiene abducido un
tren exclusivista que corteja a acomodados (por propio peculio o por
mandato empresarial), obliga a resignados y maltrata, con su impronta
y sus prisas, al territorio y sus habitantes.
Con
cierto gracejo, don Óscar ha asumido la representación fiel de la
realidad chusca de este país de ingeniosas ocurrencias y nostalgias
agazapadas, regalándonos con noticias de alto, y original, contenido
socializante y retumbos surrealistas de la posguerra y de cuando
entonces. Y así, nos ha dicho que los viajes en tren “deben seguir
evolucionando en España y adaptarse a ciertas modalidades que se dan
en el resto de Europa” (El País, 6 de diciembre de 2025),
proclamando ese impecable impulso europeísta que podrá traducirse
en la emisión de billetes sin asiento asignado y, por lo tanto,
podrá viajarse de pie.
Unas
noticias que este cronista, que tiene muy presentes nuestros trenes
de los años 1950 y 60, ha recibido con inocultable emoción, siendo
su primera reacción la de rescatar su vieja maleta de madera y
esquinas metalizadas, superviviente de mil trances, peligros y
batallas, sobre la cual hubo de pasar noches enteras, en vigilia
interminable o adormecido y estirado, en los abigarrados pasillos del
tren correo Cartagena-Madrid, precisamente en la noche posterior a
Reyes, que era cuando tantos españoles se movilizaban y era el tren,
y solo el tren, la solución a sus necesidades; y este memorioso
tenía que estar, puntual, en su internado de León tras las
vacaciones de Navidad en Águilas. El recuerdo se amplía con la
evocación de hazañas memorables en aquella estación de
Alcantarilla-Villa, verdaderamente épicas, consistentes en asaltos
al tren en la mejor tradición del guerrillero español, arrojado y
capaz, acometiendo murallas inseguras y dominando fortalezas
vulnerables. Pues aquel expreso (como también era llamado, no
sin ironía), dejaba sus vagones de tercera fuera del andén con las
puertas casi inalcanzables, y las técnicas de ataque debían de
recurrir al ingenio tanto para acceder a las puertas atascadas por el
personal urgido como, no digamos, ya a las ventanillas solo
aparentemente inalcanzables.
.jpg)
Trenes y gentío en la Barceloneta (Jordi Pol, elDiario.es).
Porque,
seguro que hay lectores a los que es necesario refrescar la memoria:
nuestros trenes dividían sus vagones de viajeros en tres categorías,
siendo la tercera la del populacho menos pudiente pero más heroico;
y el acceso, cuando las plazas eran pocas y el personal populoso, con
frecuencia también había que hacerlo por las ventanillas, aupándose
unos con otros, aunque fuera, ¡ay!, para encontrar ya completos los
departamentos interiores, debiendo colocar el esqueleto de pie en el
pasillo o, en el caso de afortunados provistos de maletas seguras,
sentados sobre ellas. Que era el caso de quien esto escribe, que tuvo
que hacer ese recorrido -no una ni dos ni tres veces- en el pasillo,
siendo bien pequeño, acompañado de su madre y su hermana, con algún
recuerdo de almas caritativas que le cedían el asiento algún
ratito. Y hacinados, pero contentos, se movilizaban los españoles de
tercera, afrontando dificultades e incomodidades sin cuento, pero
llegando al mismo sitio y a la misma hora que los privilegiados
viajeros de segunda y de primera.
Es
por ello, por este anunciado y entrañable regreso al pasado de la
mano del tren AVE (futurista vaya que sí) por lo que esa mi maleta
de históricos favores y bien demostrada resistencia -es obra de mi
padre, que era un buen carpintero- me recuerda, humildemente, sus
méritos tanto tiempo olvidados, ya que a más de los años de
servicios familiares me acompañó en mis viajes escolares durante
siete años, así como en los dos campamentos veraniegos de Milicias:
y me emociono al pensar que una nueva época de prosperidad le
espera, y aviso al mundo de que me encontrará ufano y hasta
exhibicionista, portando mi vieja compañera y rindiéndole el culto
que bien merece.
La maleta que vuelve en tiempos del AVE.
Y
ya que estoy, cómo olvidar la visita, casi siempre a las tantas de
la noche, de la pareja de la Guardia Civil, bien armada con
sus “naranjeros” legendarios, pidiendo sin ganas de bromear la
documentación y preguntando “¿ese niño con quién va?”. Y más
de una vez estos ojos contemplaron el raudo paso por el pasillo,
entre ambos números de la Benemérita, a algún desgraciado cazado
quizás en su fuga y a la sazón esposado (qué visión tan fea, y
cómo se queda grabada para siempre).
Pero
volviendo al tema de marras, es decir, la puñetera obsesión del
AVE, quiero insistir una vez más en que una política de
transportes, social y sensatamente desplegada, incluiría -mire el
ministro Puente por dónde- un estricto freno a las inversiones en la
red del AVE y un incremento del 100 por 100 durante varios años en
la red convencional, evitando que -como hace el AVE- cada día más y
más ciudadanos recurran al coche privado o al autobús cuando
podrían hacerlo utilizando el ferrocarril pero cuyos servicios les
han sido arrebatados sea por cierre de líneas, sea por eliminación
de estaciones y paradas. Esa política debiera centrarse, por sobre
cualquier otro objetivo, en potenciar al máximo, en servicios y
precios, el uso del tren de media distancia, que es el que más
alivia el tráfico de carretera.
Porque
habíamos quedado en que la principal virtud del sistema ferroviario
era contener, y si es posible revertir, la feroz e incontenible
expansión del automóvil, así como del tráfico carretero de
mercancías. Sin embargo, las cosas van -que ya es mala suerte- por
el camino contrario, y las carreteras, sobre todo las autovías,
muestran signos inequívocos de atasco y saturación. Una aportación
horrible, ciertamente inesperada por necia y traicionera, ha sido la
aparición expansiva del camión de doble trailer, capaz de arrastrar
70 toneladas, un detalle de la fina sensibilidad ambiental de la
Unión Europea, y que ha aceptado, sin dudarlo, la Dirección General
de Tráfico que, como todo el mundo sabe, pertenece al Ministerio del
Interior, no al de Transportes: vaya por Dios. Naturalmente, esta
brillante iniciativa pretende ahorrar costes humanos y rentabilizar
movimientos (señas de identidad de la UE), no reducir las emisiones
de CO2 (propósitos hipócritas, siempre subsidiarios de
lo económico, de la patulea de cínicos de Bruselas).
Oscar
Puente, un magnífico parlamentario que sabe responder muy bien
cuando las huestes del PP le tocan las narices, adolece como ministro
de la menor idea o sensibilidad ambiental global, aunque está al
frente de un Ministerio que debiera supervisar el principal sector
productivo anti atmósfera y anti territorio, que es el transporte
(esté o no en su jurisdicción estricta). De ahí que asistamos a
una realidad que no por sobradamente percibida resulta menos
indignante, que es que ni hay política de transportes ni movilidad
sostenible ni preocupación ambiental ni transición ecológica: todo
falacia, todo filfa, todo mentira.
Y
en este marco de despolíticas y tomaduras de pelo hay que insertar,
sí, al AVE falsario y arrollador.