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sábado, 16 de mayo de 2026

Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente, justifica su incompetencia en el “sistema”

 

 Por Pedro Costa Morata   
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Ya tenemos aquí otro ejercicio de cortina de humo de nuestros fiscales cuando del Medio Ambiente se trata, me dije según iba leyendo la entrevista que le hacía el diario La Opinión (26 de abril de 2026) a Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente en la Región de Murcia. Mira qué morro le echa este funcionario, me hice observar a mí mismo, al evocar los datos de que dispongo sobre la acción profesional del susodicho, que no pueden ser más pobres. Vuelve a salir por las mismas que su jefe José Luis Díaz Manzanera, me recordé, cuando hace unos años organizó una campaña de difusión del -esforzado, competente y por supuesto eficaz- trabajo de su Fiscalía en perseguir a los malos en la región, incluyendo a los criminales del medio ambiente (a lo que yo aludía en elDiario.es, 29 de diciembre de 2020).


              Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente y Urbanismo de la Región de Murcia (La Opinión).


Diré que, como impresión general, esa entrevista a De Mata me pareció digna de un marciano que, al aterrizar en la Huerta de Europa procedente del planeta rojo lo hiciera sin la menor idea de cómo están aquí las cosas, específicamente las medioambientales, ya que así de ajeno y distante se muestra el mismo entrevistado con las cosas por las que tiene que rendir cuentas. Pero -marcianidades aparte- en lo que en realidad iba pensando con su lectura era en la frialdad burocrática de sus respuestas, carentes de apego y pasión por su misión, en el más prístino encaje del trabajo burocrático, ese que se nutre de neutralidad ideológica (casi siempre falaz) y de competencia profesional (casi siempre equívoca y aún peor); porque las burocracias, como todo el mundo sabe, no se someten a escrutinio riguroso o crítica eficaz alguna, siendo sistemas y subsistemas reales que gozan de exención e impunidad, teniendo como misión constituirse como instancias de poder, influencia y control social, lo que en las democracias burguesas es inevitablemente conservador. Y esto es lo que se comprueba cada día en nuestra región con el medio ambiente.

Una entrevista, ya digo, cuyos contenidos aparecen absolutamente alejados de la realidad, dirigidos todos ellos a echar balones fuera: porque si nuestra tierra presenta un estado ambiental deplorable es en buena medida debido a fiscales y jueces que -auto disculpas aparte- permiten que cunda el desastre porque son incapaces de evitarlo, perseguirlo y castigarlo. Por supuesto que los fiscales culpan a los jueces por ser tan difícil conmoverlos y que entiendan el problema y los jueces culpan a las administraciones civiles de ser insensibles (como ellos, vaya) y de no tomar las medidas necesarias; finalmente, los administradores siempre tienen a quien señalar y culpar, tratando de descargar su responsabilidad o en los de arriba o en los de abajo (y así nos luce el pelo).

De burócratas acostumbrados a irse de rositas en su mal hacer es típico -y así nos lo evoca el fiscal De Mata- quejarse del “sistema” que, dice, “no está del todo preparado para grandes catástrofes como la del Mar Menor”, olvidándose de que él es parte significativa de ese “sistema”, no los ciudadanos de a pie, y que -siguiendo con el Mar Menor- pretenderá que ignoremos que fiscales y jueces han dejado pasar décadas sin mover un dedo en favor de la laguna, mirando para otro lado y dejando actuar libre y provechosamente a esa larga patulea de tipos y empresas que lo vienen envenenando sin que el “sistema” judicial se haya estremecido. Ahora, puesto a trabajar en ese asunto por obligación y sin encontrar escapatoria posible, encuentra que el asunto es “complejo”, claro. Y evita la menor alusión a esa novedad de la Ley 19/2022, sobre la personalidad jurídica del Mar Menor, una de cuyas virtualidades -aun estando por demostrar, dada la hostilidad con que gran número de jueces la han tenido que encajar- es saltarse a los fiscales por demostradamente irrelevantes en tan magno y acuciante asunto.


            Atmósfera irrespirable por la industria asociada a las canteras en Abanilla.

Pero yo quiero destacar del fiscal de Medio Ambiente -o por ser menos puntilloso, de las tareas en materia de medio ambiente de la Fiscalía murciana, de la que él es máximo responsable- una cierta afición por archivar muy serias denuncias sobre sangrantes problemas ambientales de la región, como es el caso del agua extraída ilegalmente y envenenada por la agricultura intensiva. Un tratamiento elusivo y frivolizante que -según mi percepción, que creo que los hechos presentes lo pueden confirmar- que afecta a los daños a la salud pública en al menos dos casos de exasperante actualidad: la atmósfera irrespirable por la industria derivada de las canteras en ciertas pedanías de Abanilla y el impacto de los metales tóxicos acumulados en el Hondón de Cartagena y gran parte de su sierra. Me impresionó el expeditivo archivado de nuestras denuncias cuando, desde el Consejo de Defensa del Noroeste, le pedimos cuentas por la situación desmadrada de pozos y acuíferos en la finca de El Chopillo, en Moratalla; y cuando nos quejamos a su jefe Díaz Manzanera y tuvo que reabrir el asunto, volvió a archivarlo quejándose de que insistiéramos buscándole tres pies al gato (o algo así); no sin antes “nuclear” su indagación pidiendo información a la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS), que era a la que denunciábamos, y tomarla como buena y definitiva (menudo estilo indagador y social el de este tipo, me dije). Esto de echar la bronca al denunciante me pareció otro gesto típicamente burocrático, que es el de no consentir críticas al propio ejercicio funcionarial y responder “matando al mensajero” o advirtiéndole de forma más o menos expresa que ceje en sus interpelaciones por intempestivas, tratando siempre de quitar importancia a las situaciones de abuso y agresión social, incluso las más graves.


             Suelos tóxicos en el Hondón de Cartagena.

Naturalmente, y visto de qué va este funcionario, en la entrevista que comento aparece como un quejica entregado y sufriente que, ante las deficiencias de la justicia, señala que “el problema es de organización. Hace falta una reforma procesal y, sobre todo, especialización: juzgados y fiscales especializados en medio ambiente”. Como si lo suyo no fuera una tarea especializada y su obligación no fuera demostrar que sabe cumplir, que ya lleva unos cuantos años con lo mismo. También se queja de las macrocausas, como la del Mar Menor, y de las ejecuciones de sentencias que, como sucede con las demoliciones en el ámbito urbanístico, se complican extraordinariamente (hasta hacerlas, añado yo, rarísimas, imponiéndose, con expresa burla de la ley, los hechos consumados).

Carga las tintas nuestro hombre en el urbanismo ilegal, señalando que domina ampliamente, con un 70 por 100 de los casos que caen en sus manos, cuando los delitos contra la gestión del agua debieran de ocupar, más o menos, ese 70 por 100, por ser más decisivos que los urbanísticos (que, a fin de cuentas, debieran de resolverse en el ámbito administrativo municipal-autonómico). Porque lo más curioso de la entrevista es que ni una sola vez alude al agua, a su maltrato y envilecimiento y, sobre todo, a la pésima gestión de la CHS, contra la que creo que ni ha ido nunca ni piensa hacerlo, siendo ese organismo del Estado el principal responsable tanto de la pérdida de salubridad de los acuíferos como de la ruina galopante del ecosistema marmenorense.


              Plástico asfixiante (y asesino) en el río Moratalla, afluente del Segura.

Para comprobar la inopia ambiental de nuestros fiscales -con De Mata en cabeza- y el reconocimiento práctico de la impunidad antiecológica de la CHS, basta con contemplar el modus operandi de la masiva tarea de eliminación de la caña de río en las orillas del Segura y afluentes. Una planta convertida de repente en villana a erradicar, hacia la que se desarrolla una salvajada ambiental que adquiere dos formas igualmente equivalentes a (presunta) malversación de caudales públicos y la (segura) destrucción del ecosistema ribereño: o eliminando a matarrasa toda la vegetación superficial de las riberas, lo que no impide que resurja la caña enhiesta y desafiante, ya que el rizoma persiste, o cubriendo las orillas con un plástico negro duro e impermeable, pertinaz absorbente de la radiación solar que, pretendiendo asfixiar las raíces de la caña, destruye toda la intensa y estratégica vida vegetal y animal acompañante que se asienta en esas riberas. Es el “crimen ripario”, novedad con que ahora mismo nos alegra la vida la CHS con su pasmosa bilis antiecológica.

Y como no podía ser de otra forma, lo que más me ha tocado los sentimientos ha sido que vea en “la concienciación social” las claves del futuro, que es justamente de lo que yo me quejo porque creo que es lo que desprecia practicando tan deportivamente el archivado de las causas ambientales. Atreviéndose además a decir que “hay mayor conciencia ambiental y también más control por parte de los técnicos y funcionarios”, expresión tan alejada de la realidad como lo están esos marcianos que se pasmarían si visitaran nuestra tierra para encontrarse con opiniones del jaez de las que expresa De Mata.

La impresión mía es que en una región ambientalmente en carne viva resulta inevitable la existencia “activa” de funcionarios como él, carentes de genio y verdadera pasión por el oficio propio y el interés general. De Mata, por su parte, no parece conmoverse mucho, ni siquiera como ciudadano, a la hora de la verdad ante la situación general catastrófica, y parece no importarle demasiado escurrirse (digamos, mejor, “adoptar un perfil bajo”) ante los grandes abusos y delitos, como sucede con el manejo del agua en general o con la contaminación por la actividad de las canteras o la presencia enquistada de residuos mineros, asuntos todos ellos de extrema gravedad y a los que ni siquiera alude en esa entrevista.


                   Eliminación de vegetación riparia a matarrasa y resurgimiento posterior de la caña en el Segura, aguas arriba de Cieza.


Podrá parecerle al fiscal de Medio Ambiente algo duro este alegato que le dirijo, pero me siento obligado a exigirle más y mejor trabajo. Y no otra cosa puedo hacer si dejo que desfilen por mi memoria y experiencia las angustias y los cabreos propios, así como la repetitiva impunidad con que se arruinan la estructura física de esta región, las dinámicas ecológicas seculares y el futuro que a todos nos pertenece; es lo que conozco y vivo desde hace más de medio siglo y contra lo que he procurado expresarme siempre, y no pienso contemporizar con ello tampoco ahora. Sí he de admitir una cierta ternura que esta misma entrevista que critico me ha hecho sentir cuando De Mata reconoce en ella que atraviesa lo que él mismo llama “crisis de fe”, a cuento de la complejidad del caso del Mar Menor y de la incapacidad -se supone- judicial de afrontarlo; porque asumir estas cosas indica que quienes ejercen, aunque sea por un momento, la humildad del fracaso merecen al menos conmiseración. Aun así, don Miguel no aclara si su crisis de fe lo es hacia el “sistema” (judicial, a la sazón), como destacados responsables (él y el “sistema”) de la calamidad en la que estamos sumidos, o sus cuitas son más profundas y esencialistas, y atañen a la ineficiencia de la Ley (con mayúscula) para resolver asuntos de tanta enjundia y trascendencia como es el medio ambiente. O si es meramente una crisis de fe en sí mismo, como micro agente, más inútil que efectivo, en el vasto mundo de las injusticias proliferantes y de los canallas repicantes. Si es así, si su sinceridad se está atascando en sí mismo, mi recomendación -que quiere ser leal- es que contenga tan íntimo descreimiento y lo reconduzca cambiando de tema y de “sistema”, abandonando de una vez tanto lo del medio ambiente como lo de fiscal, que hay muy numerosas tareas de utilidad social que con su carrera seguro que puede desempeñar con más brillo y éxito. Láncese, pues, a la (controlada) aventura de explorar nuevas áreas del Derecho creativo y social. Pero no se le ocurra archivar o minimizar las causas que tanto duelen y oprimen a esta tierra nuestra.

       Termino lamentando que en esa entrevista de marras al periodista no se le haya ocurrido poner al fiscal en un brete, dada su bien visible inepcia, con el material sobreabundante que tendría a mano sobre lo que pasa en esta tierra martirizada por hombres y dioses, y donde la injusticia ambiental es prueba irrefutable de su condena. Porque el periodismo blandengue y escapista es parte muy importante, por colaboracionista, del paisaje de depredación ambiental generalizada (y a la murciana).

viernes, 9 de enero de 2026

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (4 de 10)

 

Con el AVE hacia el pasado, a toda velocidad


 Por Pedro Costa Morata

        Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


El ministro Óscar Puente, de Transportes y Movilidad Sostenible (¡oh!) sigue mirándose en el ombligo de la alta velocidad, y ya ha anunciado que pronto los trenes entre Madrid y Barcelona aumentarán su velocidad de crucero desde los 300 hasta los 350 km/h, cumpliendo el recorrido “en menos de dos horas”. No ha dicho por qué, ni quién se lo ha pedido o mandado ni qué manifestaciones recorren el itinerario entre las dos primeras ciudades de Iberia con pancartas que exijan esa conquista tecnológica, o qué artículos de prensa circulan con esa reivindicación. Nada de nada: se le ha emperejilado que esos trenes corran más y ya está; y nadie de su cohorte de tecnócratas le va a indicar, por su ignorancia supina, que a más velocidad menos circulaciones sociales, más déficit en las líneas útiles, más tráfico en las carreteras y -en definitiva y contradiciendo el lema de su Ministerio- menos movilidad sostenible. El objetivo del Ministerio es privilegiar el AVE y correr más y más, aunque sus responsables no sepan en realidad a cambio de qué se embalan.


Tren AVE (RENFE).

Mientras, el ministro no hace el menor caso de las continuas manifestaciones de indignación que se producen en buena parte del país pidiendo más y mejores servicios en la red convencional, especialmente allá donde se han suspendido los servicios tradicionales, socialmente rentables (pienso sobre todo en la línea Murcia-Albacete por Cieza y Hellín, en la Cuenca-Valencia por donde siempre, la sempiterna reclamación de la línea Almendricos-Guadix, la abandonada Vía de la Plata, es decir, Astorga-Plasencia...), es decir, los itinerarios que poseen verdadero interés público, que es a lo que deben atender nuestros políticos elegidos. Pero al ministro socialista lo tiene abducido un tren exclusivista que corteja a acomodados (por propio peculio o por mandato empresarial), obliga a resignados y maltrata, con su impronta y sus prisas, al territorio y sus habitantes.

Con cierto gracejo, don Óscar ha asumido la representación fiel de la realidad chusca de este país de ingeniosas ocurrencias y nostalgias agazapadas, regalándonos con noticias de alto, y original, contenido socializante y retumbos surrealistas de la posguerra y de cuando entonces. Y así, nos ha dicho que los viajes en tren “deben seguir evolucionando en España y adaptarse a ciertas modalidades que se dan en el resto de Europa” (El País, 6 de diciembre de 2025), proclamando ese impecable impulso europeísta que podrá traducirse en la emisión de billetes sin asiento asignado y, por lo tanto, podrá viajarse de pie.

Unas noticias que este cronista, que tiene muy presentes nuestros trenes de los años 1950 y 60, ha recibido con inocultable emoción, siendo su primera reacción la de rescatar su vieja maleta de madera y esquinas metalizadas, superviviente de mil trances, peligros y batallas, sobre la cual hubo de pasar noches enteras, en vigilia interminable o adormecido y estirado, en los abigarrados pasillos del tren correo Cartagena-Madrid, precisamente en la noche posterior a Reyes, que era cuando tantos españoles se movilizaban y era el tren, y solo el tren, la solución a sus necesidades; y este memorioso tenía que estar, puntual, en su internado de León tras las vacaciones de Navidad en Águilas. El recuerdo se amplía con la evocación de hazañas memorables en aquella estación de Alcantarilla-Villa, verdaderamente épicas, consistentes en asaltos al tren en la mejor tradición del guerrillero español, arrojado y capaz, acometiendo murallas inseguras y dominando fortalezas vulnerables. Pues aquel expreso (como también era llamado, no sin ironía), dejaba sus vagones de tercera fuera del andén con las puertas casi inalcanzables, y las técnicas de ataque debían de recurrir al ingenio tanto para acceder a las puertas atascadas por el personal urgido como, no digamos, ya a las ventanillas solo aparentemente inalcanzables.


Trenes y gentío en la Barceloneta (Jordi Pol, elDiario.es).

Porque, seguro que hay lectores a los que es necesario refrescar la memoria: nuestros trenes dividían sus vagones de viajeros en tres categorías, siendo la tercera la del populacho menos pudiente pero más heroico; y el acceso, cuando las plazas eran pocas y el personal populoso, con frecuencia también había que hacerlo por las ventanillas, aupándose unos con otros, aunque fuera, ¡ay!, para encontrar ya completos los departamentos interiores, debiendo colocar el esqueleto de pie en el pasillo o, en el caso de afortunados provistos de maletas seguras, sentados sobre ellas. Que era el caso de quien esto escribe, que tuvo que hacer ese recorrido -no una ni dos ni tres veces- en el pasillo, siendo bien pequeño, acompañado de su madre y su hermana, con algún recuerdo de almas caritativas que le cedían el asiento algún ratito. Y hacinados, pero contentos, se movilizaban los españoles de tercera, afrontando dificultades e incomodidades sin cuento, pero llegando al mismo sitio y a la misma hora que los privilegiados viajeros de segunda y de primera.

Es por ello, por este anunciado y entrañable regreso al pasado de la mano del tren AVE (futurista vaya que sí) por lo que esa mi maleta de históricos favores y bien demostrada resistencia -es obra de mi padre, que era un buen carpintero- me recuerda, humildemente, sus méritos tanto tiempo olvidados, ya que a más de los años de servicios familiares me acompañó en mis viajes escolares durante siete años, así como en los dos campamentos veraniegos de Milicias: y me emociono al pensar que una nueva época de prosperidad le espera, y aviso al mundo de que me encontrará ufano y hasta exhibicionista, portando mi vieja compañera y rindiéndole el culto que bien merece.


La maleta que vuelve en tiempos del AVE.

Y ya que estoy, cómo olvidar la visita, casi siempre a las tantas de la noche, de la pareja de la Guardia Civil, bien armada con sus “naranjeros” legendarios, pidiendo sin ganas de bromear la documentación y preguntando “¿ese niño con quién va?”. Y más de una vez estos ojos contemplaron el raudo paso por el pasillo, entre ambos números de la Benemérita, a algún desgraciado cazado quizás en su fuga y a la sazón esposado (qué visión tan fea, y cómo se queda grabada para siempre).

Pero volviendo al tema de marras, es decir, la puñetera obsesión del AVE, quiero insistir una vez más en que una política de transportes, social y sensatamente desplegada, incluiría -mire el ministro Puente por dónde- un estricto freno a las inversiones en la red del AVE y un incremento del 100 por 100 durante varios años en la red convencional, evitando que -como hace el AVE- cada día más y más ciudadanos recurran al coche privado o al autobús cuando podrían hacerlo utilizando el ferrocarril pero cuyos servicios les han sido arrebatados sea por cierre de líneas, sea por eliminación de estaciones y paradas. Esa política debiera centrarse, por sobre cualquier otro objetivo, en potenciar al máximo, en servicios y precios, el uso del tren de media distancia, que es el que más alivia el tráfico de carretera.

Porque habíamos quedado en que la principal virtud del sistema ferroviario era contener, y si es posible revertir, la feroz e incontenible expansión del automóvil, así como del tráfico carretero de mercancías. Sin embargo, las cosas van -que ya es mala suerte- por el camino contrario, y las carreteras, sobre todo las autovías, muestran signos inequívocos de atasco y saturación. Una aportación horrible, ciertamente inesperada por necia y traicionera, ha sido la aparición expansiva del camión de doble trailer, capaz de arrastrar 70 toneladas, un detalle de la fina sensibilidad ambiental de la Unión Europea, y que ha aceptado, sin dudarlo, la Dirección General de Tráfico que, como todo el mundo sabe, pertenece al Ministerio del Interior, no al de Transportes: vaya por Dios. Naturalmente, esta brillante iniciativa pretende ahorrar costes humanos y rentabilizar movimientos (señas de identidad de la UE), no reducir las emisiones de CO2 (propósitos hipócritas, siempre subsidiarios de lo económico, de la patulea de cínicos de Bruselas).

       Oscar Puente, un magnífico parlamentario que sabe responder muy bien cuando las huestes del PP le tocan las narices, adolece como ministro de la menor idea o sensibilidad ambiental global, aunque está al frente de un Ministerio que debiera supervisar el principal sector productivo anti atmósfera y anti territorio, que es el transporte (esté o no en su jurisdicción estricta). De ahí que asistamos a una realidad que no por sobradamente percibida resulta menos indignante, que es que ni hay política de transportes ni movilidad sostenible ni preocupación ambiental ni transición ecológica: todo falacia, todo filfa, todo mentira.

        Y en este marco de despolíticas y tomaduras de pelo hay que insertar, sí, al AVE falsario y arrollador.



lunes, 29 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (15 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Alarma en el Noroeste murciano: el CO2, ese invitado indeseable


No, no es posible la tranquilidad sanitaria, climática o ambiental en la comarca murciana del Noroeste. De pronto, a una ristra de desgracias acumuladas en los últimos años, se ha de añadir una amenaza nueva y novedosa, que un pardillo de la prensa regional ya ha saludado, según usos y costumbres, con evidente aire de satisfacción: “la Región de Murcia puede convertirse en territorio pionero en el almacenamiento geológico de CO2”. Tenemos delante un proyecto que, como tantos otros, cae sobre una región de pronunciado subdesarrollo social y político, abierta siempre a cualquier globito de colores que le ofrezcan pillos u oportunistas nacionales o extranjeros a cambio de extraerle, entre el jolgorio general de sus élites, sus valores naturales más sagrados, sus territorios más valorados o su futuro más sensible.

El proyecto -sigo en cuanto a descripción del proyecto los datos que aporta el diario La Verdad del 28 de septiembre de 2025- consiste en habilitar un almacén subterráneo para acumular, por inyección, CO2 en ingentes cantidades, “hasta 366,4 millones de toneladas”, en un área de 46 kilómetros cuadrados y a profundidades de entre 640 y 850 metros, recurriendo a una estructura porosa y bajo una capa de materiales suficientemente impermeables para que el gas no pueda ascender a la superficie. La zona contemplada, que se sitúa en el municipio de Moratalla en forma de triángulo irregular entre los ríos Benámor y Argos, en la vertiente septentrional de la sierra de la Puerta, fue descrita en su día como adecuada para este tipo de depósito por el Instituto Geológico y Minero (IGME), y ahora señalada por Nexwell, un fondo de inversión norteamericano, como objetivo empresarial.


Área prevista para el depósito (La Verdad-IGME).

Para encarar este proyecto, aunque sea con carácter de urgencia, conviene organizar los argumentos críticos en cuestiones de principio y en aspectos concretos, no sin antes aludir a una “cuestión de procedimiento” que es el hecho de que, como de costumbre, estas cosas se conocen de pronto y por la prensa, sin que las administraciones implicadas informen oportunamente, haciéndolo generalmente siguiendo las indicaciones de las empresas interesadas e incurriendo en deslealtad para con sus conciudadanos. Y así, nos encontramos con que el IGM ya había designado esta zona, secretamente, como apta para el almacenamiento de carbono, pero -más indignante todavía- la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia no ha informado a la opinión pública de ningún movimiento de la empresa interesada, que viene gozando de un “primer permiso de exploración para realizar pequeñas catas superficiales” prorrogado sucesivamente y que ahora amplía para realizar “un sondeo de monitorización preliminar de investigación”. Supongo que el Ayuntamiento de Moratalla no ha tenido conocimiento de esos permisos e intervenciones en su propio municipio, pero en cualquier caso hay que recordarle que cualquier cata o trabajos en el suelo deben someterse a licencia municipal, digamos urbanística, así como al asentimiento de sus propietarios.

El primer “principio general” que surge al abordar este proyecto, que se incluye en el nuevo paradigma de la “descarbonización”, se ampara en las políticas comunitarias y, al parecer, se atribuye a un “retraso” de España en sus iniciativas de retención del CO2, debe inscribirse en esa filosofía -estúpida, fatalista, inaceptable- de “adaptación al cambio climático” que no debe de ser aceptado por una opinión pública informada y consciente, que siempre habrá de exigir que se reduzcan esas emisiones en origen, no “atrapándolas” una vez producidas ni “adaptándose” a ellas.

El segundo es que no se debe aceptar ni dar por hecho que la sociedad desarrollada sea incapaz de resolver sus problemas ambientales, sino que siga empeñada en producirlos, jugando la baza de los depósitos o vertederos de agentes contaminantes, sean residuos urbanos, tóxicos, radiactivos o -como en este caso- químicos de gases de invernadero.

El tercero es que esta iniciativa -de inmenso coste económico y ambiental- se inscribe en la “Feria de la descarbonización”, en la que el capitalismo más voraz y contaminante se pone las botas haciendo de salvador y de solución de sus propias inmundicias, creando para políticos y científicos esa farsa de la “Economía verde” (que nunca quiere ser “ecológica”), como insaciable generadora de “negocios verdes”: con seguridad que el fondo de inversión interesado (hay que indagar, ya, si es de capital judío-israelí, por si hay que redoblar la ofensiva) participa en numerosas empresas gran productoras de contaminación, incluido el CO2, dedicándose -como es habitual en fondos y finanzas- a una cosa y su contraria, a generar contaminación y a sofocarla, a un contendiente bélico y a su enemigo… con esa amoralidad tan propia de los negocios internacionales.

El cuarto sería que hay que vetar la manipulación del subsuelo para su comercialización, de parecida forma (pero, a ser posible, con más éxito) a como habría que prohibir las manipulaciones climatológicas, mirando en primer lugar por la conservación de los acuíferos y su estabilidad general, tanto geológica como físico-química e incluso biológica.

En el conjunto de los principios generales a plantear hay que incluir una consideración que no por necesidad de matices debe de ser ocultada: como otras instalaciones de impacto, preocupación e inseguridad generadas por ciertas industrias y en ciertas zonas, estos depósitos, en realidad “basureros” molestos o peligrosos, deben de planificarse en las áreas que los producen, dado que hay que tener muy en cuenta que el mundo industrial-productivo no tiene la menor intención de reducir la producción de estos residuos o contaminantes, siendo tradicional la actitud de desplazar a áreas lejanas estos perjuicios. Porque las áreas bien conservadas con recursos naturales cada vez más escasos deben de quedar excluidas terminantemente de estas instalaciones abusivas e injustas, anteponiendo las razones éticas y ambientales a las técnicas o políticas; esto tiene carácter casi de ficción, por eso es la opinión pública y la sociedad organizada las que deben imponer el equilibrio y la sensatez en este tipo de alternativas o dilemas. El conflictivo NIMBY (not in my backyard, no en mi patrio trasero) debe teñirse, pues, de estas dos consideraciones vigorosas: que el riesgo lo soporten quienes lo producen y que la resistencia se extienda, también, a quienes participan, aunque sea involuntariamente, en esas actividades de impacto, tanto las poblaciones inmediatas como los sindicatos industriales. En nuestro caso, si hay que habilitar un depósito de almacenamiento del dióxido -aunque debe quedar claro que como principio se trata de una iniciativa rechazable-, este debiera de planearse para el subsuelo de Escombreras o Cartagena, que es donde más CO2 se emite de la Región, y que la ciudadanía “beneficiada” por la industria se enfrente a las contradicciones ambientales del desarrollo industrial, así como a las suyas propias. Solo así se trabaja por un medio ambiente mejor, a través del debate y el conflicto.

        Dentro de las cuestiones concretas a valorar frente a este proyecto, la primera debe ser que el Noroeste es la comarca de mayores valores ambientales de la Región de Murcia; sin embargo, cada día se cierne sobre ella alguna agresión nueva o la agravación de las ya existentes, a las que su gente ha de enfrentarse con todos los instrumentos a su disposición.


Pinares moratallenses.

          Y de esos valores naturales, directamente amenazados por el depósito de CO2, son los acuíferos los que hay que defender a capa y espada, porque ya están sometidos a una odiosa explotación, en buena parte ilegal, y ya muestran su declinación con la ruina de algunas fuentes y manantiales. De ahí que la comarca entera debe impedir que su subsuelo se trajine, y menos por un proyecto que es contradictorio con cualquier política ambiental de alcance, que es osado por la alteración sustancial que hace del subsuelo e injusto por someter a un territorio y unas poblaciones a riesgos y amenazas de cuya generación no son responsables.

         No deja de ser llamativo que el depósito para retener el CO2 se quiera construir precisamente en la zona más boscosa de la región, como es el municipio de Moratalla, y por lo tanto gran absorbente de ese gas, lo que no es ninguna broma ni tomadura de pelo, sino un gesto grotesco que debe reforzar el rechazo.

         Hay que recordar que cuando se trabajó en los depósitos submarinos frente a Vinaroz y el Delta del Ebro, para habilitarlos para almacenamiento estratégico de gas natural, se desencadenó una sucesión alarmante de movimientos sísmicos que se atribuyeron a estos manejos imprudentes del subsuelo (abandonándose finalmente el proyecto).

   Nuestro Noroeste está en apuros y le crecen los enanos. Ahora sufre la agresiva y expansiva enfermedad de la “lengua azul” en su cabaña ovina, precisamente en un territorio donde la calidad de esa cabaña ha generado valores y esperanzas, siempre vinculados al secano y sus potencialidades. Y lleva años soportando la invasión de granjas porcinas insidiosas y pretenciosas, que ya han disparado, sin rubor alguno, esa nueva plaga de las plantas de producción de biogás con origen en los purines de cerdo. Sin que cesen, sino todo lo contrario, las extracciones de agua del acuífero, ilegales o irresponsables, con ampliación constante de nuevos cultivos de regadío y nuevos golpes al territorio y al subsuelo. Con, por añadidura, una persistente acción aérea antigranizo que altera sistemáticamente el ciclo hidrológico.

  Afortunadamente, el otro gran proyecto de almacenamiento subterráneo de CO2 en España, previsto en el Maestrazgo turolense, se viene enfrentando desde que se dio a conocer a un firme rechazo municipal y social. Es el camino que debe seguir el proyecto de Moratalla con sus absurdos “climáticos”, sus agresiones ambientales y sus codicias económicas: un rotundo rechazo y una movilización social amplia, no solo moratallense o del Noroeste, sino de toda la sociedad murciana.


viernes, 12 de septiembre de 2025

Un nuevo barco de ICL, empresa israelí que extrae minerales de territorios ocupados, atracará en Cartagena

 

 Por Martín Cúneo   
      Periodista. Desde Diagonal en El Salto.



Pese a los anuncios del Gobierno, los negocios de la empresa israelí ICL, que extrae minerales de los territorios ocupados palestinos, contribuye al genocidio y vende fertilizantes en España, continúan



     Entre las medidas anunciadas por el Gobierno este 9 de septiembre figura el veto a la importación de productos provenientes de los territorios ocupados. Apenas unos días después, ya se presenta la primera prueba para esta disposición, cuya aplicación está muy lejos de estar definida. Según denuncia el movimiento Boicot, Sanciones y Desinversiones (BDS) Murcia, un barco de la empresa israelí ICL tiene previsto descargar 2.500 toneladas de ácido fosfórico este 13 de septiembre en el puerto de Cartagena. La plataforma de seguimiento de barcos Vessel Finder confirma que el buque Trans Tind viene directamente desde Israel hacia el puerto murciano.


TRANS TIND - Buque cisterna israelí para productos químicos y petrolíferos.

Se trata del décimo barco que llega este año a Cartagena con productos de ICL, uno de los mayores productores de fertilizantes del mundo. Esta empresa está controlada mayoritariamente por Israel Corporation, uno de los mayores conglomerados del país, que controla a su vez la naviera ZIM, empresa que transporta armas de EEUU a Israel. La filial de ICL en EEUU, recuerdan desde BDS Murcia, provee fósforo blanco al ejército israelí, utilizado para fabricar bombas que han sido arrojadas sobre la población gazatí, según Amnistía Internacional.


Israel y los Territorios Palestinos Ocupados - Identificación del uso de fósforo blanco por el ejército israelí en Gaza.

La empresa ICL, creada por el Estado israelí en 1968 y privatizada en 1992, es una firme defensora del expansionismo israelí y el genocidio perpetrado en Gaza, tal como se desprende de su programa “Apadrina un soldado, operado por la Asociación en Beneficio de los Soldados de las Fuerzas de Defensa Israelíes, “que conecta a empresas y donantes con unidades militares, brindándoles apoyo moral y físico”.

Desde hace años, la campaña Boicot ICL lleva denunciando los intereses de esta empresa, cuya filial Dead Sea Works Ltd. (DSW), propiedad al 100 % del Grupo ICL, se dedica a la extracción de minerales del Mar Muerto, incluida su cuenca norte en la Cisjordania ocupada. Según detalla el centro de investigación Who Profits, la empresa tiene una concesión para utilizar los recursos del Mar Muerto hasta 2030, incluida la extracción de sal, potasa y bromuro de la cuenca norte del Mar Muerto, ubicada en la Cisjordania ocupada, “donde cuenta con estaciones de bombeo y un canal de alimentación”.


Instalaciones de ICL en el Mar Muerto, de donde extrae buena parte de los minerales que exporta - Esta compañía israelí trabaja también en la cuenca norte, en la Cisjordania ocupada.

En junio de 2019, según esta web de investigación, se documentaron productos fabricados por la subsidiaria de ICL Group, Fertilizers and Chemicals (ICL Haifa), en varios asentamientos agrícolas del valle del Jordán, en la Cisjordania ocupada, incluidos los asentamientos de Naama, Mehola y Na'aran.

Según el Observatori de Drets Humans i Empreses a la Mediterrània (ODHE), esta empresa cuenta con una fuerte presencia en Catalunya, Murcia, Valencia y Mallorca bajo el nombre de ICL-Iberia o Iberpotash. Y no solo importa minerales, sino que también explota las minas de Súria y Sallente, en la comarca del Bages, desde 1998, una actividad que ha generado graves impactos ambientales. El ODHE responsabiliza a esta empresa de vender durante años fósforo blanco para proyectiles en Estados Unidos, proveedor del ejército israelí, convirtiéndose en “cómplice del uso de este tipo de proyectiles contra zonas densamente pobladas de Gaza”. A su vez, añaden desde esta organización de derechos humanos, la empresa ICL apoya de forma abierta y visible “la militarización del conflicto, contribuyendo no sólo al negocio de las armas incendiarias, sino financiando directamente diversas actividades y unidades” del ejército israelí.


      Imagen aérea de la escombrera del Cogullo provocada por la empresa israelí  ICL Iberia.

Para el BDS, el inminente atraque del Trans Tind pone en evidencia los límites de las medidas del último Consejo de Ministros. “Pese a los anuncios del Gobierno del cese del comercio de productos procedentes de los territorios ocupados, la llegada de barcos como el Trans Tind demuestra que por el momento no existe un control sobre el negocio que nutre la maquinaria bélica israelí, ni sobre las empresas que se benefician de la ocupación y el genocidio que está perpetrando Israel en la franja de Gaza”, denuncian desde BDS Murcia.

El atraque de este barco, señalan, no solo viola el reciente paquete de medidas anunciadas por el Gobierno, sino también el derecho internacional, en concreto el dictamen consultivo de la Corte Internacional de Justicia de 2014 aprobado por la ONU con el voto favorable de España, que insta a los Estados a impedir “relaciones comerciales y de inversión” que contribuyan a la ocupación israelí. 



Fuente: EL SALTO

Aquella brisa de los veranos de antes (8 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Pensadores anti ecologismo (como el antropólogo Muiño) 


Al antropólogo Emilio Santiago Muiño, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) lo conocí un día en Cartagena actuando al alimón con el filósofo Antonio Campillo y el ecologista Luis González Reyes, en una de las sesiones de ese magnífico programa cultural del Ayuntamiento local, llamado “Cartagena piensa” y que mueve el fino e infatigable Patricio Hernández. Y cuando lo vi y oí sentí que le escaseaban conocimientos y sentimientos en materia ecologista y por eso le hice observar que -como primera tarea- debía leer y pensar más y mejor.

Pero leyendo la entrevista periodística que le hace El País (2 de agosto) con el título de “Podemos reducir el impacto en el planeta y llevar una vida de lujo” concluyo que ni me hizo caso ni se interesa por situarse, al menos como investigador, en el análisis de un ecologismo prístino, históricamente configurado y empíricamente consolidado. Peor todavía, porque persiste en alimentar un ecologismo de diversión y confrontación, pegado a ese institucionalismo acientífico siempre dispuesto a corresponder con generosidad a cualquier aliado que garantice paz social por su capacidad de neutralización de agitadores. Mantuve por un momento la esperanza de que ese titular fuera cosa del entrevistador, presumiblemente lego en la materia, pero no, nuestro personaje repite en el texto exactamente los términos de la cabecera añadiendo que “podemos vivir no solo mejor sino mucho mejor, dentro de los límites planetarios”, que no puedo tomar como enmienda a la totalidad (lo de los “límites”) sino como osada y provocadora alusión a la finitud del planeta y de su concreta materialidad. Es tan joven que se perdió la aparición en 1972 del trabajo de los Meadows, Los límites del crecimiento, que los años posteriores no han hecho más que confirmar y agravar; así que me temo que ese libro, con los numerosos textos polémicos que lo acosaron en su día equivocándose estruendosamente, no forman parte de una (su) biblioteca fundamental y urgente.


Emilio Santiago Muiño (El País).

Y me obliga a entrarle al trapo, y pese a su pinta de tío serio, por venir desafiando con un oxímoron de ese calado y relacionar reducción de impacto ambiental con vida de lujo (¡toma ya!). O sea que se sale y desborda por derroteros sorprendentes, tirando a exóticos, como dando la impresión de que está decidido a construir una nueva ideología pseudo ecologista muy señaladamente lúdica, haciendo trizas algunos fundamentos de un pensamiento que (1) demuestra conocer poco y mal, y (2) cree poder desmontar sin pertrecharse antes de lo que necesita saber y aprender. No quiero pensar que se trate de alguien arrojado y listo, sí, pero inculto e inmaduro, que se ha dejado llevar por un chispazo de genialidad o una ventolera de justiciero de excesos y desvaríos ecologistas, esa gentecilla a los que la historia le encarga -a él, a Muiño- corregir con argumentos novedosos y llamativos que espera que vayan a impresionar a lectores y seguidores. O que este héroe de la “antropología del clima” (disciplina a la que se dedica en el CSIC, pero que yo transformaría en una más apropiada “climatología antropológica”) se sienta obligado a crear ciencia o pensamiento que alumbren al mundo y sus tinieblas, y señale caminos de luz y esperanza a tanto pesimista y descarriado, que es lo que -debe pensar- más abunda en el mundillo ecologista.


Una de las obras de Muiño.

Me impresiona su reiteración sobre la felicidad como, no solo alcanzable o deseable, sino como algo obvio y ordinario: vamos, que quien no la alcanza es porque no quiere. Yo creo que si estuviera al tanto de la obra de, por ejemplo, los antropólogos franceses descreídos, como Pierre Jouventin (L’homme, cet animal raté) o Pablo Servigne y Raphaël Stevens (Commont tout peut s’effondrer), suspendería al menos provisionalmente apreciación tan dulzona. Y así, se le podría ocurrir que la felicidad como sentimiento personal profundo solo puede darse en una sociedad mínimamente justa, prudente y austera (equitativa), como advertía Bertrand Russell nada menos que en 1930 (La conquista de la felicidad), dejando claro que esta solo es posible en sociedad y en acción. Y yo veo a este Muiño como demasiado teórico e incluso algo mentalmente fondón, ajeno al ajetreo ecologista, que es siempre socializador y militante (y que no suele tener tiempo para elucubrar sobre la felicidad).

Interesante sí es su propuesta de cometer “algún tipo de exceso”, pero debe saber que el ecologista lleva una vida radical y completamente excesiva por activa, arriesgada y comprometida, teniendo muy en cuenta el entorno gris y acomodaticio, tan poco estimulante, que lo rodea; y que son los intelectuales de invernadero, como aparenta ser él, los que viven condenados a la (inevitable) abulia física y la (amenazante) tontuna mental. Si este Emilio añadiera la historia ecologista a su antropología profesional se encontraría con vibrantes textos fundacionales de un ecologismo que siempre ha creído en esa “vida buena” a la que alude como de pasada, ya que no demuestra conocer sus más interesantes contenidos. Cuando este científico distaba mucho de aparecer por este perro mundo los ecologistas nos reuníamos en Daimiel (julio de 1978) para elaborar un texto sobre, diríamos, la vida buena (mucho antes de esas babosadas del slow food y el slow life), que al poco, en 1980, su principal formulador, el sociólogo Josep Vicent Marqués, trasplantó a una breve pero genial obra (Ecología y lucha de clases).

Me preocupa que este antropólogo haya llegado a la escena conociendo a la porción menos interesante del ecologismo, como algunos dirigentes heréticos de Ecologistas en Acción, organización en plena crisis de honestidad socioecológica precisamente por su alineación creciente con el poder político; o de filósofos que nunca se preocuparon por incrustar el ecologismo en la historia de las ideas, mariposeando sin brújula entre ignorantes y oportunistas. A este respecto, consulte nuestro Muiño reacio al holismo a un filósofo e intelectual lealmente ecologista que ya supo, y se puso manos a la obra, lo que había que hacer con el ecologismo, que era constituirlo por derecho propio en parte del pensamiento filosófico y político: Juan Ignacio Sáenz-Díez, “La cosmovisión ecológica” (texto rotundo y espléndido dentro de Síntesis de historia del pensamiento político).

Lo comunal, que en opinión de Muiño parece elemento destacable, debiera hacerle ver que es ahí donde no cabe, ni en broma, lujo alguno (pero, ¿en qué comunidad piensa este hombre, en la seráfica, quizás?). Y deberá reconocer la omnipresencia de la austeridad material en cualquier tipo de grupo más o menos ecologista, que es condición evidente de una vida mental y espiritual de calidad. Y sobre lo de trabajar menos... si no analiza ni aclara su concepto de trabajo eso queda en el vacío porque, ¿no ha reparado en lo que es el trabajo alienado?, ¿solo le preocupa la duración, no su naturaleza y objetivos?

Cuando alude al “discurso ecologista de la supervivencia” se muestra francamente errado, bien lejos del asunto. El ecologismo -y no hace falta que este sea demasiado radical- cuenta con que la especie humana es intrínsecamente perturbadora y necia, y que desaparecerá, a término, por propio empeño. Contemplando la grandeza y el “milagro” de la naturaleza, pretender la supervivencia del Homo sapiens no es ni justo ni inteligente... Supongo que en esto, nuestro antropólogo es antropocéntrico, y deja en suspenso su clarividencia.

No obstante, de su fe en la “revolución tecnológica”, con el sesgo crédulo que parece imprimirle, no veo probable una reconducción ecológica por su propio esfuerzo. Será porque no conoce bien a Illich (Energía y equidad), Schumacher (Lo pequeño es hermoso) o Commoner (Ciencia y supervivencia), y no estoy seguro de que se interese debidamente por la obra de crítica tecnológica de Mumford, Virilio, Latouche, Mitcham... o de críticos del timo digital como Morozov o Carr.

Con esas expectativas de corte tan liberal (o peor: de desteñida e inactual socialdemocracia), no me extrañaría que Muiño creyera en el progreso, esa idea que no por ser relativamente reciente en la historia deja de ser menos absurda. Y eso es fatal: a quién se le ocurre, siendo un intelectual entregado a la antropología. Y puede que hasta lo relacione con la fanfarria político-burocrático-verdolera que sigue empecinada en comernos el coco para mejor adocenarnos y contentarnos. Esto le pasa porque no ha entendido qué es eso del ecopesimismo (o sea, que ni siquiera me ha leído a mí: pero hombre...), por eso se considera llamado a dar posibilidades y perspectivas a un mundo en peligro de caer en las (peligrosas) tesis ecologistas, que siempre resultan aburridas por pesimistas, con un discurso coñazo: él tiene la misión, totalmente diferente, de demoler todo eso y ofrecer ilusiones nuevas y emociones garantizadas (de lujo a espuertas, ¡uf!).

¡Ah, lo del surrealismo! “Vengo de una tradición, el surrealismo”, dice, como cambiando del todo la variable de su discurso, que es más o menos ambientalista, Ahí sí que me rindo, ya que no entiendo ni lo que realmente es eso ni qué falta le hace para entretener su mente en referencias y análisis para-ecologistas. Es la primera vez que oigo esto de alguien relacionado con el medio ambiente, ya que el escapismo surrealista -que es lo que yo sé de eso- solo puede ser frívolo y banal, y pretender con menosprecio enviar el ecologismo a la irrelevancia; y eso no me hace gracia. Me paree que es como decir “Yo estoy aparte, me declaro surrealista y que me echen un galgo”.

Pido mil perdones si resulta que me equivoco, pero creo que a Muiño hay que inscribirlo en esa hornada de pensadores lanzados, pero más precoces que adelantados, más precipitados que prudentes. Con el riesgo que siempre acecha, cuando no se piensa como hay que pensar, y en esto la metodología académica sí resulta útil. Mi sincero deseo es que este Muiño evite convertirse en muestra brillante de la incultura ecologista de la generación intelectual actual, con el agravante de que quiera ser vanguardia de algo sin el respeto debido a ciertos fundamentos que la historia, la política y la ciencia en general le podrían aportar. Y también me gustaría que reconociese que en el ecologismo casi todo está inventado, y a los que llegan tarde lo primero que les corresponde hacer, con paciencia y aplicación, es asimilar todo lo ya dicho, escrito y, sobre todo, hecho. No sé si me explico.