Profesor
de la Universidad de Columbia.
El
economista y diplomático Jeffrey Sachs insta en una carta al
canciller federal Friedrich Merz a iniciar de inmediato
conversaciones con el presidente ruso Putin sobre la paz en Europa
Starmer, Zelensky, Macron, Tusk y Merz hablan por teléfono con Trump durante una visita a Ucrania en mayo de 2025.
Estimado
señor canciller Merz:
Cuando
le escribí una carta abierta hace seis meses, hice un llamamiento a
Alemania para que buscara la vía diplomática con Rusia, en lugar de
normalizar la guerra. Seis meses después, la situación en Europa se
ha deteriorado dramáticamente. Europa y Rusia se están precipitando
hacia una guerra abierta. En esta situación, usted, señor
canciller, tiene una responsabilidad única. Ningún otro jefe de
Estado o de gobierno europeo –ni en París, ni en Varsovia, ni en
Roma– tiene el peso de Alemania ni el poder que usted posee
personalmente para evitar esta catástrofe. ¿Abogará usted por la
paz?
Usted
mismo exigió en enero de 2026, junto con la primera ministra Meloni
y el presidente Macron, la reanudación de las relaciones de Europa
con Rusia y calificó a Rusia de “país europeo”. Sin embargo, no
ha seguido la vía diplomática. Teniendo en cuenta que el futuro de
Europa está en juego, esto supone una renuncia sin precedentes a su
liderazgo. ¿Ha intentado usted, durante su mandato como canciller
federal, mantener siquiera un solo diálogo significativo con el
presidente Putin? ¿Ha intentado su ministro de Asuntos Exteriores
mantener alguna vez un diálogo significativo con el ministro de
Asuntos Exteriores Lavrov? ¿Conversaciones auténticas, como las que
pusieron fin a la Guerra Fría? Por lo que atestiguan los registros
públicos, la respuesta es: no. Ni una sola vez. Y no porque no se
hubiera reconocido la urgencia.
Los
últimos días han traído consigo una peligrosa escalada que debería
alarmar a todos los europeos. Ambas capitales se encuentran ahora
bajo fuego continuo: drones ucranianos de largo alcance han impactado
en el corazón de Moscú, incluyendo objetivos civiles.
Los
ataques con misiles y drones rusos contra Kiev se han intensificado
enormemente.
Rusia lanzó un ataque masivo con misiles y drones en Kiev durante la noche del 24 de mayo.
Drones ucranianos han penetrado en el espacio aéreo de los Estados
bálticos, lo que ha suscitado el peligro inmediato de un incidente
que podría arrastrar a Europa directamente a la guerra. Un atroz
ataque ucraniano contra una escuela de niños en Lugansk ha socavado
aún más los últimos restos de moderación. El 25 de mayo, el
ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, informó
oficialmente al secretario de Estado de EEUU, siguiendo instrucciones
del presidente Putin, de que las fuerzas armadas rusas están
llevando a cabo ahora “ataques sistemáticos y continuados”
contra instalaciones y centros de decisión en Kiev. El Ministerio de
Asuntos Exteriores ruso aconsejó a Estados Unidos y a otros países
que “garantizaran la evacuación de su personal diplomático y de
sus ciudadanos de la capital ucraniana”. Esta noticia es el
preludio de una escalada masiva. La diplomacia es más urgente que
nunca.
El
camino para defender Ucrania no es la continuación de la matanza,
sino una paz en condiciones aceptables para todas las partes. En
cambio, nos amenaza una escalada con más muertos aún, más
destrucción y el peligro real de una guerra que se extienda más
allá de Ucrania. Al exigir cada vez más armas, capacidades bélicas
cada vez mayores y demostraciones cada vez más sonoras de
“determinación”, y al dar a entender que Alemania se está
preparando para una guerra en lugar de trabajar para ponerle fin, ha
convertido a Berlín en un acelerador, en lugar de un freno, de una
guerra a escala europea.
La
responsabilidad de Alemania: seis puntos
Alemania
tiene una responsabilidad considerable en la situación actual. Antes
de que la política alemana pueda orientarse hacia la paz, es
necesario abordar con honestidad el pasado de Alemania. A
continuación, enumero seis graves omisiones de la política exterior
alemana hacia Rusia desde la reunificación alemana de 1990.
En
primer lugar: el Tratado 2+4 y la ampliación de la OTAN hacia el
Este
El
12 de septiembre de 1990, Alemania firmó en Moscú el Tratado sobre
la solución definitiva de los asuntos de Alemania –el “Tratado
2+4”–, que completó la reunificación alemana. Este tratado se
materializó porque Mijaíl Gorbachov recibió de Hans-Dietrich
Genscher, Helmut Kohl, James Baker y otros jefes de Estado y de
Gobierno occidentales la
solemne garantía de que la OTAN no se expandiría hacia el este.
George H. W. Bush junto a Gorbachov en la Cumbre de Helsinki, en septiembre de 1990.
Los documentos desclasificados –entre ellos los memorandos del
Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington,
ahora de acceso público– son inequívocos: esas garantías se
dieron y, tal y como se formuló claramente en aquel momento, debían
extenderse más allá del territorio de la antigua RDA hasta Europa
del Este. Se reafirmaron en 1990 y 1991. El Tratado 2+4 limita el
estacionamiento de tropas de la OTAN en la antigua RDA y recuerda los
principios del Acta Final de Helsinki, que subraya que la seguridad
de ninguna nación debe ir en detrimento de la seguridad de otra.
¿Acaso alguien cree seriamente que la Unión Soviética rechazaba la
presencia de tropas occidentales en el territorio de la antigua RDA,
pero se mostraba indiferente ante la presencia de ejércitos de la
OTAN en Varsovia, Vilna o Kiev? Por supuesto que no. La ampliación
de la OTAN se debatió en profundidad, y Alemania dio garantías
expresas a los dirigentes soviéticos de que rechazaría la
ampliación hacia el este –y más tarde las incumplió–. Alemania
fue la que más se benefició de esas garantías, que constituían la
contrapartida de la reunificación alemana. Sin embargo, ya en 1993
los políticos alemanes comenzaron a incumplir esas garantías.
En
segundo lugar: la propia declaración de la canciller Merkel
En
sus memorias, Angela Merkel escribe con notable franqueza que, en el
momento de la Cumbre de Bucarest de 2008, comprendió que la
invitación a Ucrania y Georgia a la OTAN equivaldría a una
declaración de guerra a Rusia. Conocía la línea roja de Rusia. Y,
sin embargo, cedió a la presión estadounidense y aceptó la
declaración de compromiso según la cual Ucrania y Georgia “podrían
llegar a ser” miembros de la OTAN en algún momento. Esa única
frase desencadenó las catástrofes de 2014 y 2022. La franqueza
posterior de Merkel es un regalo para sus sucesores: les ha dicho
clara y rotundamente lo que entonces era evidente. Alemania no
debería ahora fingir que no es así.
En
tercer lugar: la traición al acuerdo del 21 de febrero de 2014
El
21 de febrero de 2014, el entonces ministro de Asuntos Exteriores
alemán, Frank-Walter Steinmeier, medió en Kiev, junto con sus
homólogos polaco y francés, en un acuerdo entre el presidente
Yanukóvich y la oposición. El acuerdo preveía la reinstauración
de la Constitución de 2004, la formación de un gobierno de unidad
nacional y la convocatoria de elecciones presidenciales anticipadas.
Se consultó al presidente Putin; el acuerdo fue ratificado. Fue un
importante éxito diplomático en una situación de fuertes tensiones
y violencia abierta. Sin embargo, en menos de 24 horas, Yanukóvich
fue derrocado por un golpe de Estado violento. Alemania no insistió
en el acuerdo que acababa de garantizar. En cambio, siguiendo el
ejemplo de EEUU, Alemania apoyó al nuevo Gobierno como si nunca
hubiera existido ningún acuerdo. Esta decisión reforzó en Moscú
la idea de que no se podía confiar en las firmas occidentales.
Cuarto:
Minsk II
En
febrero de 2015, la canciller Merkel negoció personalmente el
Acuerdo de Minsk II en el formato de Normandía y garantizó el apoyo
político de Alemania en la declaración de apoyo aprobada el 12 de
febrero de 2015 en Minsk. Durante siete años, Kiev no aplicó la
disposición política central: la autonomía de las regiones del
Donbás dentro de una Ucrania soberana. Alemania no ejerció presión
sobre Kiev para que aplicara la disposición de autonomía que ella
misma había exigido. Merkel reconoció más tarde que el acuerdo se
había utilizado como medio de presión para permitir el rearme de
Ucrania. El presidente Hollande se expresó en términos similares.
La garantía no era, por tanto, en realidad ninguna garantía. Era
una estrategia –una vez más, a instancias de Washington–. Una
vez más, el mensaje a Moscú fue: no se puede confiar en las firmas
occidentales.
Quinto:
Nord Stream
El
7 de febrero de 2022, el presidente Biden anunció en el Salón Este
de la Casa Blanca –en presencia del entonces canciller federal Olaf
Scholz–: “Si Rusia invade [Ucrania], Nord Stream 2 dejará de
existir. Pondremos fin a ello”. A la pregunta de cómo, respondió:
“Les prometo que seremos capaces de hacerlo”. Siete meses
después, los gasoductos fueron destruidos por un acto de sabotaje en
el mar Báltico. Las pruebas disponibles –investigaciones
periodísticas en EEUU y Alemania, las investigaciones de la Fiscalía
Federal alemana y declaraciones públicas de antiguos funcionarios–
apuntan de manera abrumadora a una operación conjunta
ucraniano-estadounidense. El Gobierno federal alemán lo sabía desde
hacía tiempo. Y, sin embargo, Alemania ha permitido que, en contra
de las pruebas inequívocas, se culpe a Rusia, mientras que un acto
de sabotaje industrial contra la economía alemana ha quedado impune
y sin respuesta.
Sexto:
el acuerdo de Estambul de abril de 2022, que estaba al alcance de la
mano
Apenas
unas semanas después de la invasión rusa en febrero de 2022,
negociadores rusos y ucranianos se reunieron en Estambul para
negociar las condiciones de un acuerdo de paz: la neutralidad de
Ucrania fuera de la OTAN, garantías de seguridad multilaterales,
límites acordados de tropas y la solución política gradual de la
cuestión de Donbás y Crimea. El acuerdo estaba a punto de firmarse.
El ex primer ministro israelí Naftali Bennett, uno de los
mediadores, confirmó públicamente que el acuerdo estaba a punto de
cerrarse y que Occidente –en particular, Estados Unidos y el Reino
Unido– había intentado impedirlo. La misión del primer ministro
Boris Johnson a Kiev en abril de 2022 para ordenar a Ucrania que no
firmara el acuerdo es de dominio público. Cientos de miles de vidas
ucranianas y rusas, así como todo el orden europeo, han pagado el
precio de esta intervención estadounidense-británica. Alemania ha
guardado silencio al respecto, a pesar de que, como ningún otro país
europeo, ha tenido que soportar las consecuencias económicas.
La
autodestrucción económica de Alemania
Su
máxima prioridad debe ser la paz. Las últimas noticias procedentes
de Moscú ponen de manifiesto la urgencia de la situación. Pero,
paralelamente a la primera catástrofe, se avecina una segunda: la
destrucción deliberada de la economía alemana, en la que Berlín es
tanto artífice como víctima.
La
industria alemana se basaba en el comercio con Rusia. La destrucción
del Nord Stream y la consiguiente ruptura de las relaciones
comerciales germano-rusas han llevado a que Alemania compre gas
natural de EEUU a precios mucho más elevados que los del gas ruso
del gasoducto, al que sustituye. Esto es un suicidio industrial. La
industria química, siderúrgica y del vidrio de Alemania, así como
los fabricantes con alto consumo energético –la base de la clase
media– pierden día a día competitividad internacional. Los
puestos de trabajo cualificados desaparecen de la economía alemana.
Y el contribuyente y el consumidor alemanes transfieren riqueza
nacional de Alemania a los productores de gas estadounidenses en una
magnitud sin precedentes en la Europa de la posguerra.
Además,
el Gobierno federal planea ahora una expansión masiva del gasto en
armamento –cientos de miles de millones de euros en la próxima
década– para prepararse para una guerra que se podría haber
evitado fácilmente mediante la diplomacia. Se trata de una flagrante
mala asignación de los recursos nacionales. El reto central para
Alemania en esta década es la competitividad en la era digital. Cada
euro que se gasta en tanques, misiles y proyectiles de artillería es
un euro que falta para las capacidades de IA de Alemania, su
desarrollo y fabricación de chips, su infraestructura energética y
las redes digitales de alta velocidad que necesita para seguir siendo
una potencia económica líder.
La
amarga realidad, señor canciller, es que con estas armas no se puede
comprar la seguridad que se podría lograr mediante la diplomacia a
una fracción del coste. Y sin las inversiones en digitalización y
energía, que se ven desplazadas por este rearme, no se puede
alcanzar la prosperidad.
Mi
llamamiento: señor canciller, más que cualquier otro jefe de Estado
o de Gobierno europeo, usted es quien debe actuar cuando se trata de
decidir si Europa se desliza hacia una guerra generalizada o vuelve a
las negociaciones y a la sensatez económica. Ya es hora de actuar.
El actual mensaje oficial de Moscú a Washington lo demuestra
claramente. Por favor, entable un diálogo con el presidente Putin.
Por favor, envíe a su ministro de Asuntos Exteriores a Moscú o
invite al ministro de Asuntos Exteriores ruso a Berlín. Por favor,
reabra los canales de la OSCE [la Organización para la Seguridad y
la Cooperación en Europa] que Alemania ha dejado en desuso. Por
favor, exija a Kiev que cese los ataques contra objetivos civiles.
Pero,
sobre todo: diga la verdad a la opinión pública alemana. Una paz
negociada basada en la neutralidad de Ucrania es la vía realista
para salir de la catástrofe, y el restablecimiento de relaciones
económicas normales con Rusia es la vía realista para salir del
declive industrial de Alemania.
Las
condiciones de un acuerdo aceptable que Alemania podría proponer son
claras: los combates cesan en una línea de alto el fuego. Todas las
partes renuncian a cualquier uso futuro de la fuerza en cuestiones
fronterizas. Ucrania restablece su neutralidad y la OTAN renuncia de
forma permanente a una nueva expansión hacia el este. Europa y Rusia
reanudan sus relaciones económicas y ponen fin al belicismo. La OSCE
vuelve a ser el foro central para la seguridad europea, con el
principio de que la seguridad europea es indivisible y no se basa en
bloques militares que dividen a Europa. En un escenario de paz como
este, Alemania puede concentrar sus recursos nacionales en las
inversiones en digitalización, IA, semiconductores y energía que
requiere el futuro económico de Alemania.
La
historia recordará lo que haga y lo que deje de hacer en las
próximas semanas. Lo mismo ocurre con la opinión pública alemana,
los pueblos de Rusia, Ucrania y toda Europa. Es hora de la
diplomacia, señor canciller. Usted tiene la elección.
Atentamente,
Jeffrey
D. Sachs
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