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sábado, 25 de julio de 2026

El cóctel de ola de calor e incendios lleva a la Península Ibérica a una situación crítica

 

 Por Pablo Rivas   
       Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto.


La superficie quemada ya es cinco veces superior a la que se había calcinado por estas fechas en 2025. España pide a la UE activar el mecanismo de respuesta ante emergencias



Vivienda calcinada por el fuego en la Comunidad de Madrid.

     La tercera ola de calor en lo que llevamos de verano en una Península que cada año ve cómo aumentan los días de calor extremo y los récords de temperatura está dejando una situación crítica en gran parte del territorio con la proliferación de incendios forestales.


El verano más cálido de la historia en España se salda con 31 días adicionales de calor extremo.

La Agencia Española de Meteorología (Aemet) ha dado por terminado el episodio de temperatura extremas este viernes, pero las temperaturas alcanzadas, de hasta 45ºC en zonas del interior y el sur peninsular, han dejado un caldo de cultivo perfecto para una nueva oleada de incendios que, si el año pasado atacaron especialmente el noroeste peninsular, en esta ocasión está afectando principalmente al interior.


Un bombero durante la extinción de un incendio den Carballeda de Avia, Ourense.

A pesar del descenso térmico anunciado, el nivel de peligro de incendios, no obstante, sigue siendo este viernes 24 de julio “muy alto o extremo en la mayor parte del territorio pese al descenso de las temperaturas”, señala el organismo meteorológico. Y aunque las condiciones “mejorarán algo durante el fin de semana”, se incrementará de nuevo el peligro en días posteriores.


Incendios en la España peninsular el 24 de julio.

132.00 hectáreas en lo que va de año

El Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS, por sus siglas en inglés) cifra las hectáreas quemadas hasta ahora en España en 132.825. Se trata de casi cuatro veces más que la media de los años 2006-25 (de 35.700 ha). Desde el Ministerio de Transición Ecológica manejaban una cifra algo menor: 114.796 hectáreas hasta este 24 de julio, un registro igualmente alto. Son “cinco veces más que el mismo periodo del año anterior”, señalaba la ministra Sara Aagesen, recordemos, el peor año en tres décadas en el que se quemaron 354.793,50 ha, más de 300.000 en la oleada de agosto, episodio que también coincidió con una ola de calor, la segunda más larga e intensa de la Península desde que hay registros.

Imágenes a vista de dron de Pelayos de la Presa tras el fuego desatado en San Martín de Valdeiglesias fruto de un coche ardiendo en la M-501.

El número de grandes incendios, como se califica a los que devoran más de 500 ha, también se está disparando. “Ya son 29”, lamentaba este viernes Aagesen, lo que supera la media anual de episodios de estas características registrados entre los años 2015-25, situada en 24. Este incremento es debido a la combinación de olas de calor más duras junto con una mayor cantidad de combustible vegetal seco disponible en sobre el terreno. “Cuando hay determinadas condiciones muy específicas, muchísimo más duras, esa capacidad de extinción no funciona, y eso es porque las condiciones del medio han cambiado muchísimo”, señalaba a El Salto recientemente el biólogo y consultor ambiental Xabier Vázquez Pumariño.

El incendio de La Mierla (Guadalajara) es un ejemplo de esto. Con más de 35.000 hectáreas quemadas, ya es el tercer incendio más grandes de la historia de España por superficie. Desde que comenzase el 16 de julio, aún no ha sido apagado y actualmente se encuentra en “fase de estabilización”. El director técnico de Emergencias remitía en la tarde del jueves a los medios unas declaraciones en las que señalaba que “pueden quedar todavía días” para que se dé por completamente estabilizado. “Solo podremos llegar a la estabilización del incendio cuando el cien por cien de la integridad de ese perímetro se encuentre estabilizado. Mientras tengamos diez metros o cinco metros donde no esté estabilizado el perímetro, no podremos llegar a esa estabilización que buscamos”, apuntaba.

El centro de la emergencia, entre Ávila y Madrid

De Guadalajara el foco de la emergencia se ha movido apenas cien kilómetros al oeste. El Gobierno declaró a medianoche del jueves la emergencia de interés nacional en Ávila y la Comunidad de Madrid debido a la rápida escalada en la evolución de tres incendios forestales declarados en los términos de Burgohondo (Ávila) —una zona que lleva años sufriendo especialmente los incendios forestales estivales— y Villa del Prado y San Martín de Valdeiglesias (Comunidad de Madrid), estos dos últimos ya prácticamente unidos en un mismo frente.

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, anunciaba la medida debido a “la concurrencia de estos incendios” y unas condiciones meteorológicas que ha calificado de “especialmente adversas”, en plena salida de la ola de calor, con máximas por encima de los 30 grados y rachas de viento en la zona en torno a los 30 km/h. 

La medida responde también a “la necesidad de movilizar un importante volumen de recursos de distintas administraciones públicas”, señalaba Interior, que ya ha encomendando la dirección operativa de la emergencia a la Unidad Militar de Emergencias.

El 112 de la Comunidad de Madrid ha cifrado en más de 20.000 personas las evacuadas —en los términos municipales de Villa del Prado, San Martín de Valdeiglesias, Pelayos de la Presa, Aldea del Fresno, Navas del Rey, Chapinería y Colmenar de Arroyo— debido a los incendios en esta región, que en la mañana de este viernes seguían sin estar controlados y sin perimetrar, a pesar de que Emergencias señalaba a primera hora que “los trabajos nocturnos han sido efectivos”. El mismo organismo cifraba a primera hora del viernes en 270 los profesionales actuando en la extinción de estos incendios.

Desde Burgohondo, Ángel Malanda, bombero forestal en la base del Barco de Ávila (Ávila), que en la noche del juves estuvo trabajando en la ladera que baja hacia Piedralaves (Ávila), señala a El Salto que, si bien esa zona “es digamos la parte menos conflictiva”, el área es “potencialmente muy peligrosa porque si acaba bajando todo ese frente de llamas, que ayer sería de unos cuatro o cinco kilómetros como poco, a los pinares que hay en Piedralaves, ya en el valle del Tiétar eso ya puede ser el acabose”.

Se trata de una preocupación que comparten desde la Junta de Castilla y León respecto a un fuego que ya se ha extendido a los municipios de Navaluenga, El Tiemblo y El Barraco, y que ha obligado a a evacuar a 1.500 personas.

En cuanto a medios para combatir el fuego, España ha activado el mecanismo ante emergencias de la Unión Europea y ha solicitado al menos cuatro aviones para combatir los principales focos. Grecia ya ha respondido, poniendo a disposición del Ejecutivo español dos aviones Canadair CL-415.

Fuego en León y Aragón

La emergencia por incendios, no obstante, no se ciñe exclusivamente al interior peninsular. En Castilla y León, la comunidad más castigada en 2025 junto con Galicia por el fuego, además del de Burgohondo hay una decena de fuegos activos. El de Murias de Ponjos (León) ha ascendido Índice de Gravedad Potencial 2 esta noche, obligando a evacuar las localidades de Rosales, Folloso y Andarroso.

También Aragón está sufriendo el ataque del fuego, con un incendio declarado el jueves entre entre La Cerollera y La Cañada de Verich, en Teruel. Asimismo, siguen activos los de Ejulve (Teruel) y Plan, en el pirineo oscense.


Fuente: El Salto

sábado, 16 de agosto de 2025

“Los fuegos no son naturales ni accidentales: son síntomas de un orden social concreto”

 

 Entrevista de Juan Bordera   
      Guionista, periodista y activista en Extinction Rebellion y València en Transició.


     Incendios: Una crítica ecosocial del capitalismo inflamable (2025, Verso Libros) es un libro atemporal, pero no podría haber salido en un momento más apropiado, con los incendios y la temperatura descontrolándose, especialmente en el área mediterránea.




Con prólogo del sociólogo John Bellamy Foster, el guionista y cineasta Alejandro Pedregal (Madrid, 1977) nos lleva a reflexionar sobre las causas sistémicas detrás de tres incendios trágicos ocurridos en junio de 2017 en Portugal, Perú y Reino Unido, al tiempo que propone una crítica profunda al capitalismo como estructura de destrucción social y ecológica.


Alejandro Pedregal, autor del libro Incendios:  Una crítica ecosocial del capitalismo inflamable.

Me gustaría empezar preguntándole por el origen del libro. ¿De dónde surge?

Empecé a interesarme por aquellos incendios en el momento en que sucedieron, y creo que despertó aún más interés por ellos el hecho de que ocurrieran con tanta proximidad en el tiempo. Cuando empiezo a reflexionar sobre ellos no tenía en la cabeza escribir un libro. De hecho, por mi formación, por aquel entonces pensaba más en la posibilidad de hacer algo para una especie de ensayo-documental, al estilo de algunas obras emblemáticas del Tercer Cine y de trabajos más recientes de gente como Raoul Peck o Göran Olsson. Me interesaba esa especie de tríptico que se vinculaba a tantos casos y episodios históricos. De algún modo, esa idea primera me movilizó para armar la investigación, que pasó por diferentes fases e interrupciones por motivos que no siempre estuvieron relacionados directamente con el proyecto. Pero en cualquier caso, esa investigación fue ocupando más espacio y, al tiempo que se aparcaba la posibilidad de hacer un trabajo audiovisual, la escritura fue tomando la centralidad. Creo que ya por entonces era evidente que el trabajo se dirigía más hacia un tipo de formato escrito, como es el de este libro, pero esa idea primera afectó a la forma final que ha adoptado el trabajo.

Estas semanas se están produciendo incendios terribles en todo el país. ¿Están cambiando los incendios?

Sin duda. Estamos haciendo un experimento muy peligroso con nuestra atmósfera que lo está cambiando todo, una transformación profunda en la relación entre clima, territorio y fuego. La dimensión de los eventos extremos, ya sean incendios, inundaciones o sequías, está aumentando, y no de manera lineal. Ante esta situación, que requeriría un esfuerzo coordinado mayor, lo que nos encontramos es una mezcla de ignorancia y falta de voluntad política alarmante. Resulta muy preocupante que, ante el exceso de biomasa, el abandono rural y la presión climática, se oigan voces como las del president Salvador Illa concluyendo que “sobran bosques. En una región como el Mediterráneo, tan duramente afectada por el cambio climático, donde el mar se está calentando de manera descontrolada, los bosques resultan esenciales: secuestran carbono, amortiguan las temperaturas gracias a su bajo albedo, y equilibran el metabolismo de todo su entorno de forma multifuncional.


Imagen de la península ibérica captada por el satélite MODIS de la NASA el 1 de noviembre de 2024, durante la DANA.

Desde luego, el calentamiento global, unido al abandono de políticas públicas de gestión rural y forestal, han convertido muchos de estos bosques en auténticas bombas de relojería. Pero la solución no puede pasar por la eliminación de la masa forestal, sino por una gestión adaptativa y con visión de largo alcance. Esto implica revisar e intervenir sobre la arquitectura forestal, invertir en mantenimiento –controlando biomasa, por ejemplo– y abordar de raíz el desequilibrio campo-ciudad. Ante la transformación que estamos viviendo, la mejor forma de afrontar estos eventos extremos no es eliminando bosques para entregar el suelo a la agroindustria o la construcción, sino mediante políticas capaces de cuidarlos y cuidarnos.

Al abrir su libro, lo primero que hace es advertir de que este no es sobre incendios en sentido estricto, sino sobre la lógica destructiva del capitalismo. ¿Qué papel juega el fuego como símbolo?

El fuego cumple una función doble en la estructuración del libro. En su nivel material, sirve para narrar una serie de hechos que exponen cómo el capitalismo genera condiciones de catástrofe ecosocial, algo que se explora a partir de los incendios de Pedrógão Grande en Portugal, la Galería Nicolini en Lima y la torre Grenfell en Londres. Pero el fuego también se propone como una metáfora poderosa: representa la lógica expansiva, voraz y amoral del capital, que avanza de manera incontrolada por el planeta como “sujeto automático”, arrasando relaciones sociales, ecosistemas y formas de vida. No son fuegos ni naturales ni accidentales: son síntomas de una combustión sistémica provocada por un orden social concreto e inflamable. Se trata de un orden que se fundamenta en el despojo y la explotación a escala mundial para servir a la acumulación infinita, que es la base de la ideología del crecimiento.

Los tres incendios con los que arrancan cada uno de los tres capítulos centrales del libro ocurrieron en contextos muy distintos. ¿Qué los conecta estructuralmente?

El capitalismo como sistema tiene un carácter integral mundial. Por ello, aunque distantes en el mapa, esos incendios se presentaban unidos por el entramado histórico del capitalismo. Les une la lógica del capital que los engendra y su antagonismo inherente con la vida. Por ello, cada uno de estos incendios expresa diferentes aspectos de ese antagonismo: las contradicciones entre capital y naturaleza, entre capital y trabajo, y entre capital y reproducción social. Al analizar cada uno de esos incendios, junto a otros episodios históricos, se revelaba una dimensión distinta del “crimen social” del orden que habitamos, dominado por la mercantilización, la expropiación y la explotación globalizadas, aspectos todos atravesados a su vez por la segregación social, racial y de género. Los incendios del libro, en otras palabras, son sistémicos.

Por ello, el incendio de Portugal exponía cómo la lógica mercantil aplicada a ecosistemas y tierra, que está en la base histórica de los cercamientos, la división campo-ciudad y el colonialismo, y cuya expresión más notable cristaliza en el monocultivo, genera paisajes inflamables. El caso de Lima mostraba cómo la superexplotación laboral y la informalidad estructural en el sur global, que se manifiestan en condiciones de trabajo inseguras e insalubres, son condiciones constitutivas del orden imperial de acumulación que impone la dinámica expansiva del capital; un sistema global de jerarquías al que da forma el drenaje de valor que el Norte impone sobre el Sur. Por su parte, el incendio de la torre Grenfell ejemplificaba el declive de la vida cotidiana bajo el neoliberalismo, donde incluso el hogar, como espacio de descanso, alimento y cuidados, queda expuesto a la amenaza. La atrofia del urbanismo globalizado se ve condicionada por una migración climática creciente que condena a los sectores más vulnerables, especialmente feminizados y racializados.

En el caso de Pedrógão Grande, habla del eucalipto como símbolo de una transformación profunda del territorio. ¿Cómo se inscribe este proceso en la lógica del capital?

El incendio de Portugal expone cómo algo que puede resultar tan trivial como el eucalipto, al integrarse dentro de la dinámica capitalista de mercantilización universal, trasciende su condición natural para transformarse en parte de la maquinaria del propio capital.

Su implantación masiva en Portugal respondió a un modelo específico de modernización (algo próximo a lo que también sucedió en España), el cual veía en el monocultivo un medio rentable para el desarrollo de la industria, a expensas de poblaciones rurales, ecosistemas, suelos y biodiversidad. Bajo sus cenizas, lo que queda es una historia de cercamientos, expropiación y subordinación del uso del suelo a las exigencias del mercado. En ese sentido, el fuego no fue accidental, sino resultado de una racionalidad económica sociohistórica concreta, que convierte los bosques en activos mercantiles. Es una forma de acumulación por combustión, podríamos decir.

El capítulo sobre Lima profundiza en el concepto de “superexplotación”. ¿Por qué es importante este concepto para entender tragedias laborales como la de la Galería Nicolini?

Porque lo que ocurrió allí no fue un accidente, sino la culminación de una cadena de aspectos estructurales que impone el capital sobre la vida, en este caso, por medio del trabajo. Los dos jóvenes encerrados en condiciones de semiesclavitud murieron por estar insertos en un sistema que precisa de su vulnerabilidad para funcionar. El trabajo mercantilizado hace del trabajador una mercancía y el dominio del capital sobre la vida agota las alternativas para vivir fuera de él, especialmente para las clases más vulnerables de la periferia. La mal llamada “flexibilidad laboral” y el asalto a todo derecho laboral no son desviaciones del capitalismo globalizado, sino parte constitutiva de su funcionamiento. La superexplotación, como planteó Ruy Mauro Marini, es una condición estructural del capitalismo como sistema mundial, que desarrolla un vínculo inalienable entre los regímenes de dominio y de dependencia que impone el drenaje de valor.

Las cadenas de valor globales requieren que el Sur produzca barato y rápido para que el Norte consuma a bajo costo. Es lo que se ha denominado “el modo de vida imperial”; un modelo que agudiza la acumulación sistémica de basura, golpeando especialmente a la ecología humana de las masas trabajadores de la periferia. Para producir de este modo, se deben imponer condiciones laborales depredadoras: la seguridad y la salubridad suponen un costo que debe ser reducido a toda costa.


Acumulación sistémica de basura.

¿Qué papel juega la historia colonial en estos procesos de precarización contemporánea?

Un papel central. Las formas actuales de despojo, exclusión y subordinación no pueden entenderse sin su genealogía colonial. Desde el guano y el nitrato en Perú, hasta la expropiación de tierras comunales o la segregación urbana, hay una continuidad entre la acumulación colonial de riqueza y su actualización neoliberal. Las fronteras entre periferia y centro son el reflejo ampliado de la división entre campo y ciudad. Y no solo no han desaparecido, sino que se han ampliado debido a la lógica expansiva del capital. Es más, se reproducen tanto en los circuitos del comercio global como en los barrios marginalizados de las grandes metrópolis, donde viven las poblaciones racializadas, migrantes o empobrecidas, como se pudo comprobar en la torre Grenfell. 

Grenfell mostró cómo dentro de la lógica de acumulación capitalista reside una continuidad entre la historia colonial y el presente neoliberal, amenazando incluso los espacios donde se sostiene la vida: la vivienda, el cuidado, el descanso, la alimentación, el ocio. Y también que repensar la reproducción social implica cuestionar cómo ciertos cuerpos sociales –pobres, migrantes, mujeres– continúan siendo sacrificables hoy para mantener el orden vigente, también en las ciudades globales. Esa continuidad no es anecdótica ni accidental.

El libro concluye con una reflexión esperanzada, que podría resumirse en la idea de que “otro fuego es posible”. ¿Cómo se construye ese fuego emancipador del que habla? ¿Debemos “arder” para evitar el incendio?

Sí, ese otro fuego es el de una lucha colectiva que ya existe en las grietas del sistema, y que nos permiten reflexionar sobre las alternativas posibles. Desde propuestas de restauración metabólica como la agroecología hasta las apuestas por la toma y reparto de tierras de comunidades rurales e indígenas y otras experiencias vinculadas a los movimientos de liberación nacional en el Sur global o los feminismos populares, existe toda una variedad de propuestas tácticas y estratégicas destinadas al cambio sistémico que sitúan la vida en el centro frente al avasallamiento corporativo del capital. Son estas experiencias antisistémicas las que están construyendo, con mayor o menor grado de autorreflexividad, otra forma de habitar el mundo. 

Al hablar de ese “otro fuego” en el libro, sugiero una reinterpretación del mito de Prometeo más próxima a su original, vinculado a otros mitos orientales, como el védico Matariswan o el sumerio Enki, y apartado del eurocentrismo que ha dominado su lectura desde el siglo XIX, como símbolo de dominación sobre la naturaleza y del productivismo propio del proyecto de modernización capitalista. 

Pero este “otro fuego” es también una llamada a reflexionar sobre el papel de la ciencia como bien popular y al servicio de las necesidades humanas, liberada de la instrumentalización que el capital impone. Es ahí donde el papel emancipador del fuego puede servir para repensar, dentro de una concepción científica “pueblo céntrica” (como la denominaron un grupo de científicos latinoamericanos), una dialéctica entre los saberes de las prácticas sociales situadas y el conocimiento sistematizado, formalizado y técnico. Y como tal, ese fuego emancipador es un fuego verdaderamente democratizador, que no se impone, sino que se cultiva, se transmite y se enciende desde abajo, de acuerdo a la escala humana y los límites planetarios.

Pero no se queda ahí, sino que esa es la base sobre la que hace su propuesta de decrecimiento ecosocialista en el libro.

Efectivamente, el libro se propone como un trabajo de intervención, y la reflexión sobre el decrecimiento ecosocialista es parte de ella. En este sentido conviene subrayar que el decrecimiento aquí se propone como parte de una concepción antisistémica y, en consecuencia, antiimperialista. La inercia expansiva del capital –que ha dado forma a la globalización– permite identificar el capitalismo global con el imperialismo. Frente a ello, concibo el decrecimiento dentro de toda una constelación de movimientos antisistémicos, que en el Sur se desarrollan, entre muchos otros, dentro de ámbitos destinados a la toma y el reparto de tierras (como el MST y MTST, por ejemplo) o en políticas de restauración metabólica, como se da alrededor de la agroecología y ha abanderado La Vía Campesina. Es la unidad de diferentes movimientos antisistémicos –una suerte de Internacional Antisistémica si quieres–, operando en ámbitos específicos y con el potencial de unificación frente a la contradicción que supone el capitalismo global para la vida y el planeta, lo que entiendo como una apuesta a la que el decrecimiento debe incorporarse ante la urgencia planetaria de un cambio social.




Por este motivo, entiendo que el decrecimiento debe abordarse como una propuesta destinada principalmente, como indica el antropólogo Jason Hickel, al Norte global, que es la región que acumula el mayor impacto ecológico y social sobre el mundo. El Norte global impone un intercambio ecológico desigual por medio de las destructivas dinámicas de producción y consumo dominantes gracias a su posición jerárquica en el orden global. Esta perspectiva debe atender al vínculo entre el decrecimiento y lo que se ha llamado la desconexión –que Hickel recoge de los planteamientos de Samir Amin. Como parte del movimiento por la justicia climática, el decrecimiento de la producción y el consumo de alto impacto ecosocial permitiría al Sur “desconectarse” del dominio que imponen las cadenas de suministro del capital global. Con ello, la periferia del sistema podría redirigir sus estrategias productivas de forma autónoma y soberana, sin necesidad de centrarse en las exportaciones de manufacturas altamente contaminantes y degradantes para sus sociedad y ecosistemas. A su vez, desligarse de esos regímenes de dependencia permitiría desarrollar modelos de cooperación Sur-Sur que facilitarían modelos autosuficientes de desarrollo local, centrados en las necesidades socioecológicas y dando prioridad a un metabolismo social soberano. Por ello, entiendo que el decrecimiento es hoy uno más dentro de los diferentes movimientos antisistémicos, con sus fallas y carencias, pero seguramente el más receptivo a los reclamos del Sur que existe frente a otras posiciones del ecologismo en el Norte.


Fuente: Ctxt

viernes, 9 de mayo de 2025

Lecciones del apagón eléctrico

 

 Por Slavoj Žižek  
      Filósofo, psicoanalista y crítico cultural esloveno.


Los palestinos luchan por recibir comida caliente distribuida por organizaciones benéficas en medio de los continuos ataques israelíes y el bloqueo total de Gaza.


     El 1 de mayo de 2025, vi las noticias de portada habituales en nuestros medios de comunicación: el conocido criminal de guerra Benjamin Netanyahu ha declarado la “emergencia nacional” en Israel y desplegado tropas de las FDI para intervenir… ¿Dónde? ¿Contra quién? ¿Se había producido un nuevo ataque “terrorista” a gran escala en el país? Aquí viene la sorpresa. Se trataba de algo completamente distinto: Israel se enfrentaba a los peores incendios en una década, los bomberos se afanaban en controlar fuegos devastadores que han dejado varios heridos y amenazado con arrasar incluso las afueras de Jerusalén.

Lo que hace que esta noticia sea tan especial es que el territorio controlado por Israel, asociado en la actualidad con el genocidio en Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania, estaba ahora afectado por una catástrofe que se está produciendo continuamente en todo el mundo: la crisis ecológica. Recuérdese el caso más reciente: el 28 de abril, lunes, un enorme apagón afectó a toda la península ibérica (España y Portugal al completo) más una pequeña parte del sur de Francia, dejando miles de personas atrapadas en trenes y ascensores, millones sin cobertura de teléfono e Internet, semáforos apagados que causaron atascos inmensos, etc. El martes, con la electricidad restaurada, se hicieron preguntas: ¿cómo se produce con tanta facilidad un apagón que afecta a 60 millones de personas? ¿Qué lo causó?

En un principio se habló de que se habían producido fluctuaciones de temperatura inesperadamente fuertes; pero tanto la operadora española, Red Eléctrica, como el portavoz gubernamental de Portugal rechazaron la posibilidad de que se tratara de un ciberataque, de un error humano o de un fenómeno meteorológico, dando por supuesto que el corte estaba causado por una desconexión repentina entre dos plantas de generación eléctrica en el suroeste de la Península. Tres días después, sigue sin haber respuesta clara, y tal vez tardemos meses en tenerla. Deberíamos prestar una atención especial a la reacción de la nueva derecha populista, que culpa del apagón a la propia “locura verde”, apuntando a que la insistencia “verde” en el uso de coches eléctricos, en lugar de los de combustión, es lo que ha causado la sobrecarga de la red eléctrica.



La cuestión crucial aquí es la siguiente: ¿Puede evitarse un apagón de este calibre, o mayor aún? La respuesta es clara e inequívoca: no. La razón no está solo en amenazas ajenas al control humano (un gran asteroide que golpee la Tierra) o en las consecuencias imprevistas de nuestra propia actividad, sino también en nuestra creciente interconexión. En 2010, ante la posibilidad de que las cenizas volcánicas expulsadas por el volcán islandés Eyjafjallajökull dañasen los motores de los aviones, muchos países europeos cerraron su espacio aéreo, el mayor cierre desde la Segunda Guerra Mundial. Las cancelaciones dejaron en tierra a millones de pasajeros no solo en Europa sino en todo el mundo. Con grandes partes del espacio aéreo europeo cerradas al tráfico, muchos más países se vieron afectados, puesto que se cancelaron tanto los vuelos con destino o procedencia en Europa como los que sobrevolaban el territorio. El hecho de que la nube provocada por una erupción volcánica menor en Islandia –una pequeña perturbación dentro del complejo mecanismo de la vida en la Tierra– sea capaz de paralizar el tráfico aéreo de todo un continente nos recuerda que, pese a su enorme capacidad para transformar la naturaleza, la humanidad sigue siendo una especie más del planeta Tierra… aunque también con una todopoderosa capacidad de autodestrucción.

Esta compleja interconexión no solo permite que los accidentes locales tengan consecuencias mundiales, sino que posibilita asimismo formas de sabotaje sutiles. Es bien sabido que las grandes potencias tienen planes detallados sobre cómo perturbar la vida cotidiana de un país enemigo: cortar el suministro de agua y electricidad, suspender las redes digitales, etc. La interconexión mundial hace que cualquiera de estos sistemas pueda suspenderse con una pequeña intervención en numerosos puntos de entrada. La imagen que yo me he formado de una catástrofe mundial no es la de la superficie terrestre abrasada por explosiones nucleares, sino una nueva realidad en la que todo lo que vemos permanezca exactamente como suele estar, pero sin electricidad, agua corriente, aire acondicionado, conexiones digitales y telefónicas, o previsiones meteorológicas, con caos en las tiendas por falta de dinero en efectivo…

¿Qué podemos hacer, entonces? En la conocida lectura que hace de Marx, Kohei Saito demuestra que, a partir de 1868, Marx abandonó la insistencia en el progreso para centrarse cada vez más en la amenaza que la despiadada explotación capitalista de la naturaleza supone para la supervivencia misma de la humanidad. Saito no se anda con rodeos a este respecto: el problema es el capitalismo en sí. Es consciente de que hoy en día la ecología forma parte de la ideología capitalista convencional, (casi) todos afirman prestarle atención. Por eso, el principal objetivo de Saito no son quienes niegan directamente el calentamiento planetario, sino quienes defienden el “crecimiento sostenible”, el principio organizador fundamental que rige las respuestas al cambio climático. Se muestra especialmente crítico con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a los que califica como “el nuevo opio de las masas”. Al establecerlos, no se ha tenido en cuenta el hecho brutal de que son inalcanzables bajo un sistema capitalista. La ideología del “crecimiento sostenible” desempeña exactamente la misma función que la actitud del Estado de Israel y de las principales potencias europeas hacia la expansión de asentamientos en los territorios ocupados por Israel. Daniella Weiss, la “madrina” de los colonos cisjordanos, hablaba recientemente, en una entrevista concedida a Louis Theroux, de la estrategia de expansión los asentamientos. Su descripción de cómo se relacionan los colonos con el poder estatal israelí no puede sino parecernos una verdad pura y simple:

Hacemos por los gobiernos lo que ellos no pueden hacer por sí mismos. Fíjate incluso ahora en Netanyahu. Está muy satisfecho con lo que nosotros hacemos aquí, y con nuestros planes de establecer una comunidad judía en Gaza. Le gusta, pero no puede decirlo. Al contrario, afirma que no es realista. Pues bien, nosotros haremos que sea realista. No es forzar al Gobierno, es ayudar al Gobierno. Es brindarle la capacidad, la valentía, el apoyo ciudadano, el respaldo político”.


Un soldado israelí camina cerca de varios tanques desplegados en una posición cercana a la frontera de Israel con Gaza, a 4 de mayo de 2025.


Weiss ve esta estrategia como una continuación de la propia fundación de Israel: primero construyeron gradualmente asentamientos en Palestina, y cuando había suficientes y la situación geopolítica cambió, sus organizaciones formales exigieron que el territorio fuese reconocido como un Estado. Lo crucial aquí es la duplicidad entre el movimiento cívico (de colonos) y la política oficial de los órganos estatales: el movimiento cívico hace aquello que el Estado niega oficialmente desear, aquello que condena incluso. De esta forma, el movimiento cívico crea gradualmente las condiciones para que el Estado acepte lo que es ya un hecho… No podemos dejar de observar tampoco que el Occidente “democrático” está ahora haciendo lo mismo: oficialmente condena la limpieza étnica en Gaza y en Cisjordania, pero la tolera en silencio, es decir, al no tomar medidas serias contra ella, e incluso respaldar a Israel, esperando sin más el momento en el que la máscara caiga y pueda aceptar abiertamente la situación sobre el terreno (el Gran Israel)… No es de extrañar que un grupo de académicos judíos propusiera oficialmente a Daniella Weiss como candidata al premio Nobel de la paz del próximo año.

El gran problema para la hasbara (la propaganda israelí) hoy en día es que, tras los horrores cometidos por Israel en Gaza y en Cisjordania, la mayor parte de la población, incluso en los grandes países occidentales, se muestra crítica con Israel y experimenta una simpatía humanitaria hacia los palestinos. La nueva estrategia es, en consecuencia, la de promover una fuerte movilización de todas las voces proisraelíes unida a formas de censura directas e indirectas. Rara vez podemos leer en los grandes medios de comunicación que la mayoría de la población simpatiza con los palestinos: a quienes manifiestan esta simpatía se les tacha de minoría terrorista antisemita, y grandes plataformas digitales como Instagram reciben con regularidad desde Israel listas de miembros cuyas cuentas son suspendidas por supuesto contenido proterrorista.


Ambulancia frente a las ruinas del hospital Abu Yousef Al-Najjar, en Rafajh -sur de Gaza-, destrozado en ataques israelíes el pasado 20 de enero de 2025.


Esto nos devuelve a nuestro punto de partida: el doble estado de emergencia en Israel. Al igual que la ideología del “crecimiento sostenible” abre efectivamente el camino hacia las catástrofes ecológicas, la incesante palabrería sobre la solución de los dos Estados y la repugnantemente ineficiente simpatía por las víctimas del holocausto que se está perpetrando en Gaza constituyen solo una máscara que permite a la Europa de los derechos humanos esperar cómodamente al hecho consumado del Gran Israel.


Fuente: Público