Guionista,
periodista y activista en Extinction Rebellion y València en
Transició.
Incendios:
Una crítica ecosocial del capitalismo inflamable (2025,
Verso Libros) es un libro atemporal, pero no podría haber salido en
un momento más apropiado, con los incendios y la temperatura
descontrolándose, especialmente en el área mediterránea.
Con
prólogo del sociólogo John Bellamy Foster, el guionista y cineasta
Alejandro Pedregal (Madrid, 1977) nos lleva a reflexionar sobre las
causas sistémicas detrás de tres incendios trágicos ocurridos en
junio de 2017 en Portugal, Perú y Reino Unido, al tiempo que propone
una crítica profunda al capitalismo como estructura de destrucción
social y ecológica.
Alejandro Pedregal, autor del libro Incendios: Una crítica ecosocial del capitalismo inflamable.
Me
gustaría empezar preguntándole por el origen del libro. ¿De dónde
surge?
Empecé
a interesarme por aquellos incendios en el momento en que sucedieron,
y creo que despertó aún más interés por ellos el hecho de que
ocurrieran con tanta proximidad en el tiempo. Cuando empiezo a
reflexionar sobre ellos no tenía en la cabeza escribir un libro. De
hecho, por mi formación, por aquel entonces pensaba más en la
posibilidad de hacer algo para una especie de ensayo-documental, al
estilo de algunas obras emblemáticas del Tercer Cine y de trabajos
más recientes de gente como Raoul Peck o Göran Olsson. Me
interesaba esa especie de tríptico que se vinculaba a tantos casos y
episodios históricos. De algún modo, esa idea primera me movilizó
para armar la investigación, que pasó por diferentes fases e
interrupciones por motivos que no siempre estuvieron relacionados
directamente con el proyecto. Pero en cualquier caso, esa
investigación fue ocupando más espacio y, al tiempo que se aparcaba
la posibilidad de hacer un trabajo audiovisual, la escritura fue
tomando la centralidad. Creo que ya por entonces era evidente que el
trabajo se dirigía más hacia un tipo de formato escrito, como es el
de este libro, pero esa idea primera afectó a la forma final que ha
adoptado el trabajo.
Estas
semanas se están produciendo incendios terribles en todo el
país. ¿Están cambiando los incendios?
Sin
duda. Estamos haciendo un experimento muy peligroso con nuestra
atmósfera que lo está cambiando todo, una transformación profunda
en la relación entre clima, territorio y fuego. La dimensión de los
eventos extremos, ya sean incendios, inundaciones o sequías, está
aumentando, y no de manera lineal. Ante esta situación, que
requeriría un esfuerzo coordinado mayor, lo que nos encontramos es
una mezcla de ignorancia y falta de voluntad política alarmante.
Resulta muy preocupante que, ante el exceso de biomasa, el abandono
rural y la presión climática, se oigan voces como las del president
Salvador Illa concluyendo que “sobran
bosques”.
En una región como el Mediterráneo, tan duramente afectada por el
cambio climático, donde el mar se está calentando
de manera descontrolada,
los bosques resultan esenciales: secuestran carbono, amortiguan las
temperaturas gracias a su bajo albedo, y equilibran el metabolismo de
todo su entorno de forma multifuncional.

Imagen de la península ibérica captada por el satélite MODIS de la NASA el 1 de noviembre de 2024, durante la DANA.
Desde
luego, el calentamiento global, unido al abandono de políticas
públicas de gestión rural y forestal, han convertido muchos de
estos bosques en auténticas bombas de relojería. Pero la solución
no puede pasar por la eliminación de la masa forestal, sino por una
gestión adaptativa y con visión de largo alcance. Esto implica
revisar e intervenir sobre la arquitectura forestal, invertir en
mantenimiento –controlando biomasa, por ejemplo– y abordar de
raíz el desequilibrio campo-ciudad. Ante la transformación que
estamos viviendo, la mejor forma de afrontar estos eventos extremos
no es eliminando bosques para entregar el suelo a la agroindustria o
la construcción, sino mediante políticas capaces de cuidarlos y
cuidarnos.
Al
abrir su libro, lo primero que hace es advertir de que este no es
sobre incendios en sentido estricto, sino sobre la lógica
destructiva del capitalismo. ¿Qué papel juega el fuego como
símbolo?
El
fuego cumple una función doble en la estructuración del libro. En
su nivel material, sirve para narrar una serie de hechos que exponen
cómo el capitalismo genera condiciones de catástrofe ecosocial,
algo que se explora a partir de los incendios de Pedrógão Grande en
Portugal, la Galería Nicolini en Lima y la torre Grenfell en
Londres. Pero el fuego también se propone como una metáfora
poderosa: representa la lógica expansiva, voraz y amoral del
capital, que avanza de manera incontrolada por el planeta como
“sujeto automático”, arrasando relaciones sociales, ecosistemas
y formas de vida. No son fuegos ni naturales ni accidentales: son
síntomas de una combustión sistémica provocada por un orden social
concreto e inflamable. Se trata de un orden que se fundamenta en el
despojo y la explotación a escala mundial para servir a la
acumulación infinita, que es la base de la ideología del
crecimiento.
Los
tres incendios con los que arrancan cada uno de los tres capítulos
centrales del libro ocurrieron en contextos muy distintos. ¿Qué los
conecta estructuralmente?
El
capitalismo como sistema tiene un carácter integral mundial. Por
ello, aunque distantes en el mapa, esos incendios se presentaban
unidos por el entramado histórico del capitalismo. Les une la lógica
del capital que los engendra y su antagonismo inherente con la vida.
Por ello, cada uno de estos incendios expresa diferentes aspectos de
ese antagonismo: las contradicciones entre capital y naturaleza,
entre capital y trabajo, y entre capital y reproducción social. Al
analizar cada uno de esos incendios, junto a otros episodios
históricos, se revelaba una dimensión distinta del “crimen
social” del orden que habitamos, dominado por la mercantilización,
la expropiación y la explotación globalizadas, aspectos todos
atravesados a su vez por la segregación social, racial y de género.
Los incendios del libro, en otras palabras, son sistémicos.
Por
ello, el incendio de Portugal exponía cómo la lógica mercantil
aplicada a ecosistemas y tierra, que está en la base histórica de
los cercamientos, la división campo-ciudad y el colonialismo, y cuya
expresión más notable cristaliza en el monocultivo, genera paisajes
inflamables. El caso de Lima mostraba cómo la superexplotación
laboral y la informalidad estructural en el sur global, que se
manifiestan en condiciones de trabajo inseguras e insalubres, son
condiciones constitutivas del orden imperial de acumulación que
impone la dinámica expansiva del capital; un sistema global de
jerarquías al que da forma el drenaje de valor que el Norte impone
sobre el Sur. Por su parte, el incendio de la torre Grenfell
ejemplificaba el declive de la vida cotidiana bajo el neoliberalismo,
donde incluso el hogar, como espacio de descanso, alimento y
cuidados, queda expuesto a la amenaza. La atrofia del urbanismo
globalizado se ve condicionada por una migración climática
creciente que condena a los sectores más vulnerables, especialmente
feminizados y racializados.
En
el caso de Pedrógão Grande, habla del eucalipto como símbolo de
una transformación profunda del territorio. ¿Cómo se inscribe este
proceso en la lógica del capital?
El
incendio de Portugal expone cómo algo que puede resultar tan trivial
como el eucalipto, al integrarse dentro de la dinámica capitalista
de mercantilización universal, trasciende su condición natural para
transformarse en parte de la maquinaria del propio capital.
Su
implantación masiva en Portugal respondió a un modelo específico
de modernización (algo próximo a lo que también sucedió en
España), el cual veía en el monocultivo un medio rentable para el
desarrollo de la industria, a expensas de poblaciones rurales,
ecosistemas, suelos y biodiversidad. Bajo sus cenizas, lo que queda
es una historia de cercamientos, expropiación y subordinación del
uso del suelo a las exigencias del mercado. En ese sentido, el fuego
no fue accidental, sino resultado de una racionalidad económica
sociohistórica concreta, que convierte los bosques en activos
mercantiles. Es una forma de acumulación por combustión, podríamos
decir.
El
capítulo sobre Lima profundiza en el concepto de “superexplotación”.
¿Por qué es importante este concepto para entender tragedias
laborales como la de la Galería Nicolini?
Porque
lo que ocurrió allí no fue un accidente, sino la culminación de
una cadena de aspectos estructurales que impone el capital sobre la
vida, en este caso, por medio del trabajo. Los dos jóvenes
encerrados en condiciones de semiesclavitud murieron por estar
insertos en un sistema que precisa de su vulnerabilidad para
funcionar. El trabajo mercantilizado hace del trabajador una
mercancía y el dominio del capital sobre la vida agota las
alternativas para vivir fuera de él, especialmente para las clases
más vulnerables de la periferia. La mal llamada “flexibilidad
laboral” y el asalto a todo derecho laboral no son desviaciones del
capitalismo globalizado, sino parte constitutiva de su
funcionamiento. La superexplotación, como planteó Ruy Mauro Marini,
es una condición estructural del capitalismo como sistema mundial,
que desarrolla un vínculo inalienable entre los regímenes de
dominio y de dependencia que impone el drenaje de valor.
Las
cadenas de valor globales requieren que el Sur produzca barato y
rápido para que el Norte consuma a bajo costo. Es lo que se ha
denominado “el
modo de vida imperial”;
un modelo que agudiza la acumulación
sistémica de basura,
golpeando especialmente a la ecología humana de las masas
trabajadores de la periferia. Para producir de este modo, se deben
imponer condiciones laborales depredadoras: la seguridad y la
salubridad suponen un costo que debe ser reducido a toda costa.
Acumulación sistémica de basura.
¿Qué
papel juega la historia colonial en estos procesos de precarización
contemporánea?
Un
papel central. Las formas actuales de despojo, exclusión y
subordinación no pueden entenderse sin su genealogía colonial.
Desde el guano y el nitrato en Perú, hasta la expropiación de
tierras comunales o la segregación urbana, hay una continuidad entre
la acumulación colonial de riqueza y su actualización neoliberal.
Las fronteras entre periferia y centro son el reflejo ampliado de la
división entre campo y ciudad. Y no solo no han desaparecido, sino
que se han ampliado debido a la lógica expansiva del capital. Es
más, se reproducen tanto en los circuitos del comercio global como
en los barrios marginalizados de las grandes metrópolis, donde viven
las poblaciones racializadas, migrantes o empobrecidas, como se pudo
comprobar en la torre Grenfell.
Grenfell
mostró cómo dentro de la lógica de acumulación capitalista reside
una continuidad entre la historia colonial y el presente neoliberal,
amenazando incluso los espacios donde se sostiene la vida: la
vivienda, el cuidado, el descanso, la alimentación, el ocio. Y
también que repensar la reproducción social implica cuestionar cómo
ciertos cuerpos sociales –pobres, migrantes, mujeres– continúan
siendo sacrificables hoy para mantener el orden vigente, también en
las ciudades globales. Esa continuidad no es anecdótica ni
accidental.
El
libro concluye con una reflexión esperanzada, que podría resumirse
en la idea de que “otro fuego es posible”. ¿Cómo se construye
ese fuego emancipador del que habla? ¿Debemos “arder” para
evitar el incendio?
Sí,
ese otro fuego es el de una lucha colectiva que ya existe en las
grietas del sistema, y que nos permiten reflexionar sobre las
alternativas posibles. Desde propuestas de restauración metabólica
como la agroecología hasta las apuestas por la toma y reparto de
tierras de comunidades rurales e indígenas y otras experiencias
vinculadas a los movimientos de liberación nacional en el Sur global
o los feminismos populares, existe toda una variedad de propuestas
tácticas y estratégicas destinadas al cambio sistémico que sitúan
la vida en el centro frente al avasallamiento corporativo del
capital. Son estas experiencias antisistémicas las que están
construyendo, con mayor o menor grado de autorreflexividad, otra
forma de habitar el mundo.
Al
hablar de ese “otro fuego” en el libro, sugiero una
reinterpretación del mito de Prometeo más próxima a su original,
vinculado a otros mitos orientales, como el védico Matariswan o el
sumerio Enki, y apartado del eurocentrismo que ha dominado su lectura
desde el siglo XIX, como símbolo de dominación sobre la naturaleza
y del productivismo propio del proyecto de modernización
capitalista.
Pero
este “otro fuego” es también una llamada a reflexionar sobre el
papel de la ciencia como bien popular y al servicio de las
necesidades humanas, liberada de la instrumentalización que el
capital impone. Es ahí donde el papel emancipador del fuego puede
servir para repensar, dentro de una concepción científica “pueblo
céntrica” (como la denominaron un grupo de científicos
latinoamericanos), una dialéctica entre los saberes de las prácticas
sociales situadas y el conocimiento sistematizado, formalizado y
técnico. Y como tal, ese fuego emancipador es un fuego
verdaderamente democratizador, que no se impone, sino que se cultiva,
se transmite y se enciende desde abajo, de acuerdo a la escala humana
y los límites planetarios.
Pero
no se queda ahí, sino que esa es la base sobre la que hace su
propuesta de decrecimiento ecosocialista en el libro.
Efectivamente,
el libro se propone como un trabajo de intervención, y la reflexión
sobre el decrecimiento
ecosocialista es
parte de ella. En este sentido conviene subrayar que el decrecimiento
aquí se propone como parte de una concepción antisistémica y, en
consecuencia, antiimperialista. La inercia expansiva del capital –que
ha dado forma a la globalización– permite identificar el
capitalismo global con el imperialismo.
Frente a ello, concibo el decrecimiento dentro de toda una
constelación de movimientos antisistémicos, que en el Sur se
desarrollan, entre muchos otros, dentro de ámbitos destinados a la
toma y el reparto de tierras (como el MST y MTST,
por ejemplo) o en políticas de restauración metabólica, como se da
alrededor de la agroecología y ha abanderado La Vía Campesina. Es
la unidad de diferentes movimientos antisistémicos –una suerte de
Internacional Antisistémica si quieres–, operando en ámbitos
específicos y con el potencial de unificación frente a la
contradicción que supone el capitalismo global para la vida y el
planeta, lo que entiendo como una apuesta a la que el decrecimiento
debe incorporarse ante la urgencia planetaria de un cambio social.

Por
este motivo, entiendo que el decrecimiento debe abordarse como una
propuesta destinada principalmente, como indica el antropólogo Jason
Hickel,
al Norte global, que es la región que acumula el mayor impacto
ecológico y social sobre el mundo. El Norte global impone un
intercambio ecológico desigual por medio de las destructivas
dinámicas de producción y consumo dominantes gracias a su posición
jerárquica en el orden global. Esta perspectiva debe atender al
vínculo entre el decrecimiento y lo que se ha llamado la desconexión
–que Hickel recoge de los planteamientos de Samir
Amin.
Como parte del movimiento por la justicia climática, el
decrecimiento de la producción y el consumo de alto impacto
ecosocial permitiría al Sur “desconectarse” del dominio que
imponen las cadenas de suministro del capital global. Con ello, la
periferia del sistema podría redirigir sus estrategias productivas
de forma autónoma y soberana, sin necesidad de centrarse en las
exportaciones de manufacturas altamente contaminantes y degradantes
para sus sociedad y ecosistemas. A su vez, desligarse de esos
regímenes de dependencia permitiría desarrollar modelos de
cooperación Sur-Sur que facilitarían modelos autosuficientes de
desarrollo local, centrados en las necesidades socioecológicas y
dando prioridad a un metabolismo social soberano. Por ello, entiendo
que el decrecimiento es hoy uno más dentro de los diferentes
movimientos antisistémicos, con sus fallas y carencias, pero
seguramente el más receptivo a los reclamos del Sur que existe
frente a otras posiciones del ecologismo en el Norte.
Fuente:
Ctxt