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domingo, 30 de agosto de 2026

“El truco desesperado del ‘lobby’ israelí en EEUU es afirmar que lucha por la civilización judeocristiana”

 

 Por Sebastiaan Faber   
       Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Ohio.   


La civilización judeocristiana.


     El poderoso lobby israelí en Estados Unidos –financiado por un puñado de multimillonarios reaccionarios, prepotentes y aficionados al chantaje– ha tenido una influencia sumamente tóxica no solo en la política y vida civil norteamericanas, sino también en el ecosistema político de Israel y en el mismo orden mundial. En las últimas décadas, son tres los factores que han intensificado esta toxicidad: el final de la Guerra Fría; la radicalización de la vida política israelí; y la decisión de la Corte Suprema en el caso Citizens United de abrir la vida política estadounidense a cantidades ilimitadas de dinero, justo cuando una porción cada vez mayor del poder económico nacional quedaba concentrada en manos de una nueva clase de hiperricos. Desde 2010, Citizens United ha multiplicado la influencia política de donantes multimillonarios (e hiperconservadores) como los hermanos Koch y el matrimonio Adelson. Dado, además, que las políticas y actuaciones del país liderado por Benjamin Netanyahu –el genocidio perpetrado en Gaza; el muro de Cisjordania; las violaciones constantes de derechos humanos en los territorios ocupados y otras políticas inspiradas por la idea ultraderechista del Gran Israel– son cada vez más difíciles de justificar, el lobby ha renunciado a su afán inicial de convencer a la opinión pública. En su lugar, recurre directamente –con la connivencia de republicanos tanto como demócratas– a formas de coacción y de censura que socavan las libertades civiles de las y los norteamericanos.

Pero, aunque el daño que inflige afecta al mundo entero, en última instancia el lobby es su peor enemigo. Por más que se presente como defensor de Israel y protector de los judíos en Estados Unidos, la irónica verdad es que su labor, a lo largo de los años, ha terminado por debilitar la posición de Israel, por fracturar a la comunidad judía norteamericana y por crear las condiciones para que florezca el antisemitismo –el de verdad, no el creado por definiciones oportunistas que pretenden incluir en la categoría a toda expresión crítica del gobierno israelí o del sionismo–.

Estas son algunas de las principales conclusiones de Israel’s Lobby: America in the Grip of a Foreign Power (El lobby de Israel: Estados Unidos en las garras de un poder extranjero), el nuevo libro coescrito por Ian Lustick, un veterano politólogo, y Eli Clifton, periodista de investigación.


Israel’s Lobby America in the Grip of a Foreign Power.


El politólogo Ian Lustick.


Rigurosamente documentado, el análisis de Lustick y Clifton continúa la línea marcada hace dos décadas por John Mearsheimer y Stephen Walt en The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (El lobby israelí y la política exterior de EE.UU.) al hacer sonar la alarma sobre la amenaza que representan organizaciones como el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y la Liga Antidifamación (ADL) para la salud de la democracia estadounidense.

Es un peligro, apuntan, contra el cual ya advertía el mismo George Washington cuando, al despedirse de la presidencia en 1796, avisaba a sus compatriotas del riesgo que suponían para los intereses de Estados Unidos las “adhesiones apasionadas” y las “antipatías inveteradas” de ciudadanos norteamericanos para con otros países. El éxito del lobby a la hora de afianzar la relación especial entre Israel y Estados Unidos, escriben Clifton y Lustick, le ha permitido a Israel “extraer, de forma incondicional, ayudas, coordinación y apoyo en una escala y por una duración que exceden lo que ninguno de los grandes poderes ha hecho para ningún país extranjero”.

Ian Lustick (Syracuse, Nueva York, 1949) es catedrático emérito de la Universidad de Pensilvania. Autor de numerosos libros, entre ellos Trapped in the War on Terror (Atrapados en la guerra contra el terrorismo, 2006) y Paradigm Lost: From Two-State Solution to One-State Reality (Paradigma perdido. De la solución de dos Estados a la realidad uniestatal, 2019), trabajó como analista en el Departamento de Estado durante la Administración de Jimmy Carter a finales de los años 70 y, en los 80, fundó y presidió la Asociación para el Estudio de Israel. Hablamos a finales de agosto.

Cuando entrevisté a Stephen Walt, me contó que él y John Mearsheimer pagaron un precio muy alto por haberse atrevido a romper el tabú de describir y denunciar los daños hechos por el lobby israelí.


Stephen M. Walt.

Sí que pagaron un precio. Su libro no fue el primero en demostrar de forma documentada que los intereses de Estados Unidos en política internacional quedaron gravemente comprometidos por el lobby israelí. Pero sí fue el más importante. Aunque ellos no eran expertos en el tema –y yo, ciertamente, no estuve de acuerdo con todo lo que decían–, me sigue pareciendo un libro fantástico.

A estas alturas, supongo que usted y su coautor son conscientes de lo que arriesgan.

Eli y yo estamos dispuestos a pasar por lo que pasaron John y Steve, sí. Bueno, a mí me tildan de nazi desde hace medio siglo –concretamente desde que, en los años 70, organicé una campaña de protesta contra los asentamientos judíos en los territorios ocupados–. Y, sin embargo, nuestra situación es diferente. Y no solo porque tanto Eli como yo somos judíos. También es verdad que las cosas han cambiado. Cuando salió el libro de Walt y Mearsheimer, los críticos los podían denunciar como antisemitas sin más e ignorar las pruebas que presentaban. Hoy, eso ya no es posible. El lobby ya no puede contar con ello. ¿Cómo responderá entonces? Hasta ahora, solo ha habido silencio. Nos han ninguneado. Pero si al final deciden atacarnos, no pasa nada. Llevo muchos años en este combate y estoy muy preparado para continuarlo. Tuvimos a dos fact checkers revisando el manuscrito y tengo un buen seguro contra los juicios por difamación. Y, como digo, llevo 55 años en esto. De mis cien artículos y veinte libros publicados, nadie nunca me ha disputado una afirmación factual.

Ustedes explican en detalle cómo el lobby se ha radicalizado en los últimos años. A la vista de que las políticas de Israel ya son indefendibles, ha pasado a tácticas de silenciamiento, censura e intimidación. Al mismo tiempo, también parece haber crecido el cinismo. Quiero decir que los financiadores y administradores del lobby ya no parecen esforzarse en ocultar sus motivos. Así como Trump, dicen en voz alta lo que deberían callar.

Es que han renunciado a la idea de convencer a nadie. En su lugar, se deleitan en confirmar sus propias ideas para sí y sus allegados. Todas las personas que se refugian en su propia burbuja acaban por comunicar en voz alta lo que piensan, aunque después acabe haciéndose público. Por otra parte, sabemos que estas cosas se llevan diciendo de forma privada desde hace muchos años.

Tal y como lo describen ustedes, el discurso del lobby israelí se ha hecho prácticamente indistinguible del de la ultraderecha global. La lucha, se supone, ya no es solo por Israel o los judíos, sino por la civilización occidental. Y ya no es solo contra los antisemitas y palestinos, sino contra los marxistas culturales y otros comunistas, la izquierda woke y la ideología de género.

Exacto: se trata de salvar la civilización judeocristiana contra la alianza verdirroja que pretende destruirla. Esta es una idea que domina en el ala derecha del lobby, que incluye a su cúpula. Como decía antes, reconocen que no hay forma de ganar el debate en la opinión pública. Pero también saben que, a la larga, tampoco serán capaces de suprimir todo debate sobre Israel. Por tanto, inflan el problema hasta dimensiones epocales, convirtiéndolo en una lucha por la misma civilización humana. No deja de ser un truco desesperado.

En ese relato, Israel se convierte para Estados Unidos en un ejemplo a seguir.

En efecto. Israel no solo se presenta como el único aliado fiable de Estados Unidos en esta lucha civilizacional, sino que, como un robusto Estado etnonacionalista, se erige como modelo para lo que Estados Unidos debería ser si quiere seguir fiel a su esencia. Al mismo tiempo, argumentan que los judíos norteamericanos deberían construir para sí una especie de gueto.

¿En qué sentido?

Afirman, por ejemplo, que deberían invertir mucho más dinero en instituciones judías, sacar a sus hijos de las escuelas públicas y enviarlos a escuelas de orientación parroquial que les adoctrinen con ideas sionistas. Y después no enviarles a que estudien en Harvard o Penn, sino a universidades judías, o directamente a Israel.

Lo curioso es que el lobby, al enrocarse y derechizarse de esta manera, excluye a la mayoría de la población judía del país. Como ustedes explican en el libro, más de un 60 por ciento de los votantes judíos se identifica con el Partido Demócrata, una cifra muy estable a lo largo de los años.

Es más: muchos judíos estadounidenses se sienten muy distantes de Israel o se oponen directamente a sus políticas. ¿Recuerdas cómo el entonces primer ministro del país, Ehud Barak, describió a Israel como una villa en la jungla? Pues de la misma manera, el lobby anima a que los judíos que se identifican con Israel se sientan como en una jungla, rodeados de antisemitas. Por tanto, necesitan construir fortificaciones, levantar un muro alrededor de ellos mismos. Vamos, como el muro del apartheid israelí, la barrera de Cisjordania.

Cuando entrevisté a Arielle Angel, la entonces directora de la revista progresista Jewish Currents (Corrientes Judías), me explicó que muchos judíos norteamericanos dejaron de sentirse bienvenidos en sus sinagogas y centros sociales después del 7 de octubre, y que la revista acabó funcionando como una especie de hogar alternativo.


Arielle Angel, escritora y directora de la revista Jewish Currents.

Sí, en efecto. Otro buen ejemplo de esta sed de relatos alternativos es la popularidad del libro de Molly Crabapple sobre el Jewish Bund [un partido político socialista, secular para obreros judíos, fundado a finales del siglo XIX].


La historia del Bund judío.

Pero si me permites un matiz importante, el cambio a que te refieres no se produjo a raíz del 7 de octubre. Fue a raíz del 8 de octubre: la reacción de Israel a la masacre del día anterior. El lobby, sin embargo, nos quiere hacer creer que hubo un auge de antisemitismo como resultado del día 7. Al fundir un evento con otro, están manipulando la memoria histórica del 7 para distraer de lo que ocurrió el día después. Sin contar que, como explicamos en el libro, la Liga Antidifamación (ADL) manipuló las estadísticas de forma realmente escandalosa, al ampliar de un día para otro la definición de lo que contaba como incidente de antisemitismo.

La radicalización del lobby, así como su atrincheramiento y su cinismo, han debilitado su poder, que durante muchos años consistió en limitar lo que se podía decir en público sobre Israel. Hoy hay más espacio que nunca para discursos más críticos. Y, sin embargo, hay medios mainstream, como el New York Times, el New Yorker y el Atlantic, que siguen respetando en gran medida los antiguos tabúes.

Exacto. Esto lo detalla muy bien Adam Johnson en su maravilloso libro How to Sell a Genocide: The Media's Complicity in the Destruction of Gaza (Cómo vender un genocidio. La complicidad de los medios en la destrucción de Gaza). También lo hemos notado nosotros. Desde que salió nuestro libro, el 11 de agosto, nos han inundado con peticiones de entrevistas. Apenas damos abasto. Pero fíjate de dónde nos llegan. No desde los medios mainstream, establecidos, sino desde otros canales más autónomos, sea de la derecha libertaria o la izquierda progresista.

Al explicar la toxicidad del lobby, ustedes mencionan los efectos nefastos que ha tenido su actuación sobre la política nacional estadounidense –incluida, hace poco, la derrota de Kamala Harris– y su política internacional. Pero también señalan el daño incalculable que ha hecho el apoyo incondicional de Estados Unidos al país en la política nacional israelí.

Este es un argumento que desarrollo con más detalle en mi libro Paradigm Lost. La crisálida con la que Estados Unidos envolvió a Israel acabó por distorsionar de forma terrible el campo político del país, destruyendo las carreras de los políticos que habrían hecho la paz con los palestinos. En este sentido, el propio Israel es la mayor víctima del aplastante éxito de su lobby.

Explican también que ese apoyo incondicional ha limitado la capacidad de la comunidad internacional de presionar a Israel en cuestiones de derechos humanos y el derecho internacional. En este sentido, ¿cabe decir que el lobby israelí en Estados Unidos contribuyó a debilitar de forma fatal el orden internacional de la posguerra?

Es un planteamiento interesante: ¿hasta qué punto el orden mundial fue socavado por el tratamiento especial, hipócrita, que Estados Unidos dio a Israel a pesar de sus constantes violaciones de derechos humanos y del derecho y la cortesía internacionales? No cabe duda de que fue una debilidad en la agenda de derechos humanos de un presidente como Jimmy Carter, en cuya administración trabajé. Por otra parte, Israel no es el único caso. Hay otro parecido.

¿Supongo que se refiere a Cuba? En el libro, escriben que, aunque los casos de Cuba e Israel “no tienen virtualmente nada en común”, comparten algo crucial: para cada uno, existe en Washington “un lobby monotemático, estratégicamente posicionado y extremadamente influyente”, que ha forzado a presidentes demócratas y republicanos a adoptar políticas hacia ambos países que se desmarcan de forma significativa de la norma internacional.

Exacto. Lo que quisimos subrayar es que el problema real reside en la estructura de la política norteamericana. Es el peligro contra el cual ya advirtió George Washington: que un apasionado lobby extranjero distorsione el enorme poder que tiene este país en el mundo.

Otro punto que subrayó Arielle Angel fue que la supuesta lucha contra el antisemitismo de la ultraderecha norteamericana –por no hablar de lo que ocurre en Alemania o Reino Unido– acabará con los judíos en la diana, como siempre. Ustedes, en su libro, llaman la atención sobre el hecho de que tanto el lobby israelí como el gobierno de Trump se obsesionan con el supuesto antisemitismo de la izquierda, pero ignoran el de la derecha, que, lejos de amainar, está en auge.

Así es. Hablamos de una caza de brujas. Pero ocurre que, a diferencia de las cazas de brujas históricas del siglo XVII, en este caso realmente hay brujas. Quiero decir que los antisemitas existen. Y el lobby israelí les está dando material. No solo por la imagen de nueve milmillonarios judíos que contribuyen con 1.700 millones de dólares a defender las políticas de Israel, sino porque el lobby insiste en identificar el Estado de Israel con toda la colectividad judía. Pero si te empeñas en la idea de que Israel actúa en nombre de todo el pueblo judío –y que toda crítica a Israel es un ataque a todos los judíos–, entonces expones a todos los judíos a acusaciones injustas. Es una táctica autodestructiva.



Fuente: Ctxt

domingo, 9 de agosto de 2026

Marruecos, con Israel y Estados Unidos, enemigo de la Humanidad

 

Por Pedro Costa Morata
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


En el regreso, reincidente en el tiempo, a la incivilización y la barbarie que el mundo muestra exhibiendo genocidas, provocadores y émulos aventajados de unos y otros, hay que ubicar al Reino de Marruecos debido a su estable constitución neocolonial con ínfulas crecientes de sub imperialista. Ha pasado, así, de una ética anticolonial y cuasi revolucionaria, alzada contra la permanente intromisión de potencias como España y Francia antes de la independencia en 1956, a una configuración feudal y neocolonial en la que el monarca ostenta la representación activa de todas las contradicciones, controlándolo todo, represión política y poder económico en primer lugar; pero que también hace de firme enlace con fuerzas ajenas a las que se entrega a cambio de que sostengan su estatus de privilegio frente a un pueblo empobrecido y fugitivo, sin dirigentes que lo reivindiquen.

En ayuda de esta dictadura, tan personalista, al rey marroquí le viene su calidad de Comendador de los Creyentes (Amir al-Muminín), es decir, jefe religioso del Islam en virtud de considerarse descendiente directo del profeta Mahoma a través del hijo, Hasán, del matrimonio de su (única) hija Fátima y de Alí, cuarto califa.


Mohammed VI. Comendador de los Creyentes. (Gettyimages).

Así que además de jefe político omnímodo, para los marroquíes su rey es jefe religioso absoluto, por lo que toda crítica u oposición, además de atentar contra el jefe del Estado lo es contra el líder espiritual, resultando por lo tanto herética (o poco menos). Gozan de este título todos los sultanes alauíes desde que derrocaron a la dinastía anterior, la saadí, en 1659, y lo ostenta el actual rey Mohammed VI.

Lo curioso es que, en el decidido acercamiento de esta monarquía al Estado israelí, enemigo de la Humanidad y por lo tanto del Islam y sus creyentes, el mundo musulmán siga expresando al rey marroquí respeto y devoción por descender del Profeta, y así lo hace la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), que ya en 1979 distinguió además al rey Hasán II como presidente del Comité Al-Quds (nombre árabe de Jerusalén), encargado de velar por el carácter musulmán de la tercera Ciudad Santa del Islam, esa que los israelíes invadieron, ocuparon y maltratan con sus excavaciones insultantes, humillaciones históricas, limpieza étnica y provocaciones políticas y religiosas.


Gaza destruida. (Gettyimages).

El análisis del Marruecos actual hay que hacerlo contando ineludiblemente con sus conflictos neocoloniales, que responden a fuerzas y residuos de la Historia, más allá de la naturaleza dura e implacable de un régimen monárquico de corte feudal, más que tradicional, que se pretende democrático y así se impone a las fuerzas políticas que se le someten, incapaces de mostrar vida propia o una actitud crítica hacia los fundamentos de un espectáculo antipolítico y amenazador (ni exótico ni grotesco).

Anotemos, simplemente, en los rasgos neocoloniales del Reino de Marruecos que, mientras reivindica, con razón y legitimidad, su soberanía sobre las plazas españolas de su costa mediterránea, somete, contra la Historia y el Derecho, a todo un pueblo, el saharaui, que lo rechaza y lo abomina, hasta el punto de que, con la invasión y ocupación de su territorio, el núcleo permanente de su política neocolonial ha tenido que consistir en impedir por todos los medios cualquier referéndum que dé voz a esos invadidos y reprimidos, porque lo perdería sin duda alguna. Marruecos se impone, por las armas y la represión, a un pueblo que lo rechaza desde hace siglos.

La novedad, de gran envergadura y trascendencia es que Marruecos, siguiendo instrucciones y por encargo de los Estados Unidos (ya antes de Trump, mucho antes), está poniendo en manos de Israel su tecnología militar, sus sistemas de vigilancia y espionaje y su modus belli, todo ello para (1) someter al pueblo saharaui y sus fuerzas armadas, (2) someter a su propio pueblo, intimidado y perseguido, y (3) chantajear a España y obtener con el menor coste posible las ciudades y peñones de soberanía española en la costa marroquí. Una alianza, la marroco-israelí, a la que se amarra el rey alauita sin que le importe su carácter netamente blasfemo: ¡el Comendador de los Creyentes y protector de Al-Quds, aliado con los genocidas del pueblo árabe-musulmán de Palestina!

Lo importante es anotar, y describir, los rasgos esenciales de esta “integración” de Marruecos en el bipolo satánico de Trump-Netanyahu, para formar un triángulo desigual pero bien armado, y saber bien a qué atenernos; y para ello debemos proceder a un cuadro comparativo de las similitudes entre el Estado genocida de Israel y el Reino represivo de Marruecos para ilustrar hasta qué punto ambos se conchaban contra la Humanidad. Y el primero de estos rasgos es, sin duda alguna, que Israel y Marruecos someten a opresión y marginación a los pueblos palestino y saharaui, respectivamente, cuyos territorios históricos y legítimos ocupan ilegalmente. Y aunque no sea con exactamente el mismo objetivo, pero como inocultable “detalle” de su modus operandi, ambos regímenes han construido un Muro para hacer más fácilmente realizable su dominio sobre ellos, con la sujeción física directa: un Muro de infamia que muestra bien a las claras su discurrir entre el desprecio y el miedo.

En segundo lugar, y estrechamente vinculado con lo anterior, ambos Estados proceden a la eliminación de esas dos poblaciones con distintos objetivos y métodos: Israel mediante su liquidación total en las áreas que se quiere anexionar en una estrategia claramente genocida, y Marruecos con la “minimización” de los autóctonos en el territorio del Sáhara que invadió, ocupó y explota, con una política de inmigración y colonización que busca su desaparición a plazo.

Ambos Estados, como tercera nota, hacen caso omiso de los mandatos del Derecho y la Ley internacionales, singularmente la Carta de la ONU y las resoluciones de ella emanadas, sean del Consejo de Seguridad, sean de la Asamblea General; pretextando derechos históricos en ambos casos sobre las tierras invadidas, con el agravante israelí de apelar a la defensa propia por considerar terroristas, en definitiva, a todos los palestinos (Estados Unidos ya prevé, para satisfacción de Marruecos, declarar al Frente Polisario como grupo terrorista).

Ambos Estados, quinta semejanza, gozan de impunidad de hecho en su burla hacia la Comunidad internacional, que por su parte se muestra incapaz de adoptar medidas legales y coercitivas para que cesen sus abusos e incumplimientos, así como sus crímenes contra la Humanidad que, presentes en ambas situaciones, son de entidad espeluznante de la parte israelí. Recordemos, no obstante, el bombardeo con napalm con que la aviación israelí machacó en la transición de 1975 a 1976 a los grupos saharauis que huían de su territorio camino del exilio en Argelia (Hay que insistir: estas diferencias son de grado, no de esencia.)

Ambos Estados se amparan en el poder casi omnímodo de los Estados Unidos de América, con los que mantienen una “relación especial” de alianza, dependencia y criminalidad internacional, haciendo de peones subimperialistas a los que se premia con dejarles las manos libres para resolver los molestos asuntos que les conciernen: la eliminación, sumisión o humillación de los pueblos que no se les someten, y el control interior. Esto, en sexto lugar.

En séptimo lugar, ambos Estados viven una militarización obsesiva y agresiva, siempre con el pretexto de la seguridad, exterior e interior, con una componente creciente en inteligencia, es decir, en espionaje y persecución tecnológica de críticos y opositores. En este aspecto, Marruecos se ha ligado con Israel por el Acuerdo de Cooperación en Materia de Seguridad firmado por los ministros de Defensa de Rabat y Tel-Aviv en 2021, como primera consecuencia tanto de la ruptura del alto el fuego con el Polisario como del reconocimiento diplomático mutuo, lo que se ha redoblado en 2026 con un Plan de Acción Militar.

En octavo, y último lugar, ambos Estados son expansionistas: el israelí por un fondo teocrático (con la apelación desvergonzada a las novelas de la Biblia) y por sus planes de carcomer a los Estados de su entorno (el Gran Israel); y el marroquí por un nacionalismo hecho de frustraciones coloniales y alucinaciones nacional-fascistas (el Gran Marruecos).

Este es el cuadro de semejanzas entre los regímenes marroquí e israelí con el que hay que contar sabiendo de sus intenciones y agresividad; porque nos enfrentamos -desde España y desde el mundo perplejo e indignado- a una alianza que no cederá en sus propósitos de abuso, dominio e imperio, sabiendo, como lo saben, que gozan de un momento de impunidad por el padrinazgo norteamericano y la inepcia de la comunidad internacional.


jueves, 10 de julio de 2025

Los mapas del gran Mileikowsky alias Netanyahu

 

      Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.


La limpieza étnica de los territorios palestinos forma parte sustancial del ideario sionista.

     Cuando el insigne miembro de la familia Mileikowsky sacó a relucir uno de sus famosos mapas, en la sede de las Naciones Unidas, septiembre de 2023, se produjo una gran conmoción mundial. El primer ministro del régimen de Tel Aviv parecía dar por hecho que Palestina no existía ya –ni Gaza ni Cisjordania aparecían como tales- y proclamaba el inicio de un nuevo gran Oriente Medio liderado por el no menos grande Israel. Todo en el marco de un mega proyecto comercial que abarcaría desde la India hasta los puertos europeos del Mediterráneo. Unas semanas después se produciría el llamado “Diluvio de al-Aqsa” orquestado por las milicias aliadas; y los planes económicos, fundamentados en la firma de acuerdos de paz con más países árabes, en primer lugar Arabia Saudí, quedaron aparcados por un tiempo.


Casas demolidas en el campo de Tulkarem.

Ahora bien, la destrucción sistemática de lo que queda de Palestina y la expulsión del mayor número posible de palestinos, eso nunca se fue a ningún sitio porque, en realidad, había empezado antes de los ataques de Hamás y compañía. La limpieza étnica de los territorios palestinos forma parte sustancial del ideario sionista –inevitable en cualquier proyecto colonial como este- y en algún momento había que llevarla a cabo. El 7-O aportó la oportunidad a su maquinaria militar y el justificante ante la comunidad internacional, a la que, en realidad, el destino del pueblo palestino, traicionado por las leyes internacionales que debería protegerlo, le importa más bien poco en función de lo que diga Estados Unidos. Y Washington está de acuerdo: hay que quitarse de en medio el “engorro” palestino y asentar la “paz” de una vez por todas en la región. Si esto pasa por desperdigar a cientos de miles de seres indefensos por los países de la zona o de redistribuirlos entre estados europeos, árabes y africanos, cada uno con su cuota particular, sea.


       Soad Haddour, cuñada del periodista Kayed Hammad, le recibe en el Aeropuerto 
                                                                    de Málaga.

Mileikowsky ha vuelto a Washington –lleva cuatro viajes en menos de un año, toda una plusmarca- con otro de sus mapas. El padre de Mileikowsky, Benzion, fue un “reputado” activista sionista, profesor y partidario de Zeev Jabotinsky, representante del Revisionismo Sionista, uno de los movimientos más expansionistas y radicales respecto a la población autóctona de Palestina. Todo muy entusiastamente sionista, basado en la concepción más expeditiva del colonialismo europeo y la justificación bíblica de una tierra prometida (ellos saben muy bien, dicen, quién se la prometió, Jehová, los británicos o ellos mismos; los demás lo ignoramos). Benzion terminó cambiándose el apellido a Netanyahu (“Yahvé concedió”) para sonar más hebreo y menos europeo, tras abandonar su Polonia natal. El hijo, Benjamín, nacido en la Palestina ocupada, se convertiría décadas después en primer ministro. Heredó de su padre la pasión por la pseudo historia sionistizante y los mapas. Lógico: los anhelos de nuevas conquistas han de plasmarse con coloridos contornos geográficos.


                                                      Zeev Jabotinsky en 1940.


Benjamín Mileikowsky alias Netanyahu ha ido a Washington a ver al presidente Donald Trump con uno de esos mapas llenos de sorpresas. La prensa israelí, siempre activa al servicio de las grandes operaciones sionistas de imagen pública, había filtrado los pormenores del mismo. A los prohombres del Likud y las formaciones israelíes ultra nacionalistas siempre les han encantado los mapas desorbitados donde el Sinaí, media Jordania e incluso partes de Iraq aparecen enmarcadas dentro del Gran Israel; pero esta vez, el mapa en cuestión que, dicen, Mileikowsky le iba a enseñar a otro hijo de inmigrantes que ahora no cree en la inmigración, incluía una porción de Líbano y Siria dentro de los límites del Estado de Israel. La filtración, por supuesto, no es inocente ni se debe a un error de la oficina de Mileikowsky. El mensaje que se desea trasladar es claro: este gran Israel no tiene límites y puede aglutinar cualquier territorio adyacente que le convenga para continuar su expansión. O para llevar allí a los desplazados palestinos. Los responsables y periodistas israelíes hablan sin cesar de próximos acuerdos de paz con Siria y Líbano, lo cual aportaría un colchón de seguridad, a su proyecto colonial, y la proliferación de mapas así intentan aterrar a Damasco y Beirut y obligarlos a neutralizar a sus corrientes anti sionistas, sobre todo la segunda con Hezbolá. El objetivo: adherirlos a los Acuerdos de Abraham (“la paz araboisraelí”), patrocinados ahora por Arabia Saudí.

A Mileikowsky, representante de una saga de primeros ministros sionistas que se cambian el nombre –bueno, a él se lo cambió el visionario del padre- para no resultar tan europeos, le sonríe la geoestrategia internacional y las coordenadas regionales actuales. Egipto, Jordania, Emiratos Árabes, Marruecos, Bahréin y más países árabes están entregados a la causa, le aportan armas, dinero y mercancías y siguen actuando entre bastidores para terminar con la resistencia palestina, con la ayuda de la Autoridad Nacional en Ramala, cooperante pasivo del régimen de Tel Aviv. Estados Unidos está, como siempre pero más todavía, comprometida con el proyecto sionista y lo apoya con armas y bajages –más aún, Mileikowsky tiene una gran sintonía con Drumph alias Trump (esta familia germánica se cambió el nombre para parecer más americano y menos europeo, Jesús, qué manía)-; Irán está desarbolada, dicen, tras los últimos bombardeos sobre sus centrales nucleares, Hezbolá en Líbano se lame las heridas, Rusia está a los suyo, China permanece agazapada esperando vete a saber qué, Europa debería cambiarse el nombre para parecer menos europea y la comunidad internacional condena el genocidio en Gaza pero no hace nada para que las inversiones, las ayudas directas, las armas y las importaciones no sigan llegando al régimen de Tel Aviv, como señalan informes de Naciones Unidas, esa institución que ahora llaman “tan anti israelí” .


Escudo de armas de la Autoridad Nacional Palestina.

El gran problema de Mileikowsky y el estado profundo sionista es que, parafraseando el célebre micro relato, cuando se despertaron Gaza seguía ahí, con una resistencia que no cesa y una población que también resiste porque sabe cómo se las gasta el proyecto sionista –muchos ya han sido expulsados de su tierra original una, dos y tres veces-. Cada día sacan un mapa de nuevas deportaciones y desplazamientos forzados de población dentro de la Franja, o planes de campos de concentración en áreas determinadas, una especie de pruebas de laboratorio a gran escala. O vuelven a la carga con la expulsión masiva a Egipto, lo que está más cerca, hipótesis muy valorada por Washington pero que pondría en jaque a uno de los regímenes más afines y necesarios hoy para mantener la cada vez más precaria primacía estadounidense en la zona. El gran problema del régimen de Tel Aviv es que si desea mantener el ideario sionista debe obtener más tierras y expulsar a más palestinos; y eso puede dificultar el sueño de liderar un nuevo gran Oriente Medio basado en los intercambios comerciales con los regímenes árabes “amigos”. Pero están dispuestos a conseguir las dos cosas a la vez, acabar con la cuestión palestina y hacer negocios con las oligarquías árabes amigas.

Abundan en las redes sociales vídeos en los que se habla de un futuro próximo en el que Gaza constituirá sólo un recuerdo. Un lugar borrado de la faz de la tierra que devino un resort turístico en la costa mediterránea. O un parque temático de la historia reciente. Algo parecido a un recuerdo, como Palestina, desaparecida de los mapas de los Mileikowsky. Quienes sobrevivieron a aquella brutal limpieza étnica fueron realojados por los cinco continentes y algunos cambiaron sus apellidos palestinos para parecer más… europeos. Una distopía que tiene visos, por desgracia, muy reales, ante la saña sionista-estaounidense y la pasividad por no decir connivencia de los poderes fácticos y reales que gobiernan este mundo. Si no les bastan las mentiras y los bombardeos indiscriminados tienen la guerra bacteriológica. El islamismo radical, el Estado Islámico por ejemplo, es uno de estas armas cancerígenas. Avigdor Lieberman –tiene un nombre muy europeo todavía, se lo cambiará cuando gobierne-, representante del llamado “ultranacionalismo” israelí, ex ministro y enemigo declarado de Netanyahu, a quien a veces tacha de “demasiado blando”,  lo dijo hace poco: hay que utilizar el virus del islamismo radical contra los “enemigos de Israel” de forma proporcionada, que no se vaya de las manos, con éxito como Putin hizo en Chechenia.


Marta Ter entrevista a familiares de desaparecidos en Chechenia.

El régimen de Tel Aviv ha mantenido una relación de interés compartido con las milicias yihadistas en Siria, Iraq y alrededores y en algún momento les ha dado cobertura militar. O les ha abierto sus hospitales, como hiciera en 2015 con yihadistas heridos en Siria, pertenecientes a al–Qaeda y su filial siria de al-Nusra. Entonces hablaron de razones humanitarias. Podían hacerlo hoy, por motivos asimismo humanitarios, con los cientos de miles de niños que están hiriendo y mutilando en Gaza. Qué curioso: el líder de al-Nusra, bautizada después Tahrir al-Sham, gobierna hoy Damasco. Muchos hablan de su pretendida disposición a firmar la paz con Mileikowsky. Será porque antes se llamaba al-Golani y ahora le dicen Ahmad al Sharaa. El Golán, por cierto, es un territorio ocupado por el régimen de Tel Aviv desde 1967 y anexionado en 1981 que el sionismo nunca pondrá en un mapa dentro de Siria en un hipotético acuerdo de paz con Damasco. Hay que saber de cartografía, hombre.


Fuente: El SALTO

viernes, 9 de mayo de 2025

Lecciones del apagón eléctrico

 

 Por Slavoj Žižek  
      Filósofo, psicoanalista y crítico cultural esloveno.


Los palestinos luchan por recibir comida caliente distribuida por organizaciones benéficas en medio de los continuos ataques israelíes y el bloqueo total de Gaza.


     El 1 de mayo de 2025, vi las noticias de portada habituales en nuestros medios de comunicación: el conocido criminal de guerra Benjamin Netanyahu ha declarado la “emergencia nacional” en Israel y desplegado tropas de las FDI para intervenir… ¿Dónde? ¿Contra quién? ¿Se había producido un nuevo ataque “terrorista” a gran escala en el país? Aquí viene la sorpresa. Se trataba de algo completamente distinto: Israel se enfrentaba a los peores incendios en una década, los bomberos se afanaban en controlar fuegos devastadores que han dejado varios heridos y amenazado con arrasar incluso las afueras de Jerusalén.

Lo que hace que esta noticia sea tan especial es que el territorio controlado por Israel, asociado en la actualidad con el genocidio en Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania, estaba ahora afectado por una catástrofe que se está produciendo continuamente en todo el mundo: la crisis ecológica. Recuérdese el caso más reciente: el 28 de abril, lunes, un enorme apagón afectó a toda la península ibérica (España y Portugal al completo) más una pequeña parte del sur de Francia, dejando miles de personas atrapadas en trenes y ascensores, millones sin cobertura de teléfono e Internet, semáforos apagados que causaron atascos inmensos, etc. El martes, con la electricidad restaurada, se hicieron preguntas: ¿cómo se produce con tanta facilidad un apagón que afecta a 60 millones de personas? ¿Qué lo causó?

En un principio se habló de que se habían producido fluctuaciones de temperatura inesperadamente fuertes; pero tanto la operadora española, Red Eléctrica, como el portavoz gubernamental de Portugal rechazaron la posibilidad de que se tratara de un ciberataque, de un error humano o de un fenómeno meteorológico, dando por supuesto que el corte estaba causado por una desconexión repentina entre dos plantas de generación eléctrica en el suroeste de la Península. Tres días después, sigue sin haber respuesta clara, y tal vez tardemos meses en tenerla. Deberíamos prestar una atención especial a la reacción de la nueva derecha populista, que culpa del apagón a la propia “locura verde”, apuntando a que la insistencia “verde” en el uso de coches eléctricos, en lugar de los de combustión, es lo que ha causado la sobrecarga de la red eléctrica.



La cuestión crucial aquí es la siguiente: ¿Puede evitarse un apagón de este calibre, o mayor aún? La respuesta es clara e inequívoca: no. La razón no está solo en amenazas ajenas al control humano (un gran asteroide que golpee la Tierra) o en las consecuencias imprevistas de nuestra propia actividad, sino también en nuestra creciente interconexión. En 2010, ante la posibilidad de que las cenizas volcánicas expulsadas por el volcán islandés Eyjafjallajökull dañasen los motores de los aviones, muchos países europeos cerraron su espacio aéreo, el mayor cierre desde la Segunda Guerra Mundial. Las cancelaciones dejaron en tierra a millones de pasajeros no solo en Europa sino en todo el mundo. Con grandes partes del espacio aéreo europeo cerradas al tráfico, muchos más países se vieron afectados, puesto que se cancelaron tanto los vuelos con destino o procedencia en Europa como los que sobrevolaban el territorio. El hecho de que la nube provocada por una erupción volcánica menor en Islandia –una pequeña perturbación dentro del complejo mecanismo de la vida en la Tierra– sea capaz de paralizar el tráfico aéreo de todo un continente nos recuerda que, pese a su enorme capacidad para transformar la naturaleza, la humanidad sigue siendo una especie más del planeta Tierra… aunque también con una todopoderosa capacidad de autodestrucción.

Esta compleja interconexión no solo permite que los accidentes locales tengan consecuencias mundiales, sino que posibilita asimismo formas de sabotaje sutiles. Es bien sabido que las grandes potencias tienen planes detallados sobre cómo perturbar la vida cotidiana de un país enemigo: cortar el suministro de agua y electricidad, suspender las redes digitales, etc. La interconexión mundial hace que cualquiera de estos sistemas pueda suspenderse con una pequeña intervención en numerosos puntos de entrada. La imagen que yo me he formado de una catástrofe mundial no es la de la superficie terrestre abrasada por explosiones nucleares, sino una nueva realidad en la que todo lo que vemos permanezca exactamente como suele estar, pero sin electricidad, agua corriente, aire acondicionado, conexiones digitales y telefónicas, o previsiones meteorológicas, con caos en las tiendas por falta de dinero en efectivo…

¿Qué podemos hacer, entonces? En la conocida lectura que hace de Marx, Kohei Saito demuestra que, a partir de 1868, Marx abandonó la insistencia en el progreso para centrarse cada vez más en la amenaza que la despiadada explotación capitalista de la naturaleza supone para la supervivencia misma de la humanidad. Saito no se anda con rodeos a este respecto: el problema es el capitalismo en sí. Es consciente de que hoy en día la ecología forma parte de la ideología capitalista convencional, (casi) todos afirman prestarle atención. Por eso, el principal objetivo de Saito no son quienes niegan directamente el calentamiento planetario, sino quienes defienden el “crecimiento sostenible”, el principio organizador fundamental que rige las respuestas al cambio climático. Se muestra especialmente crítico con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a los que califica como “el nuevo opio de las masas”. Al establecerlos, no se ha tenido en cuenta el hecho brutal de que son inalcanzables bajo un sistema capitalista. La ideología del “crecimiento sostenible” desempeña exactamente la misma función que la actitud del Estado de Israel y de las principales potencias europeas hacia la expansión de asentamientos en los territorios ocupados por Israel. Daniella Weiss, la “madrina” de los colonos cisjordanos, hablaba recientemente, en una entrevista concedida a Louis Theroux, de la estrategia de expansión los asentamientos. Su descripción de cómo se relacionan los colonos con el poder estatal israelí no puede sino parecernos una verdad pura y simple:

“Hacemos por los gobiernos lo que ellos no pueden hacer por sí mismos. Fíjate incluso ahora en Netanyahu. Está muy satisfecho con lo que nosotros hacemos aquí, y con nuestros planes de establecer una comunidad judía en Gaza. Le gusta, pero no puede decirlo. Al contrario, afirma que no es realista. Pues bien, nosotros haremos que sea realista. No es forzar al Gobierno, es ayudar al Gobierno. Es brindarle la capacidad, la valentía, el apoyo ciudadano, el respaldo político”.


Un soldado israelí camina cerca de varios tanques desplegados en una posición cercana a la frontera de Israel con Gaza, a 4 de mayo de 2025.


Weiss ve esta estrategia como una continuación de la propia fundación de Israel: primero construyeron gradualmente asentamientos en Palestina, y cuando había suficientes y la situación geopolítica cambió, sus organizaciones formales exigieron que el territorio fuese reconocido como un Estado. Lo crucial aquí es la duplicidad entre el movimiento cívico (de colonos) y la política oficial de los órganos estatales: el movimiento cívico hace aquello que el Estado niega oficialmente desear, aquello que condena incluso. De esta forma, el movimiento cívico crea gradualmente las condiciones para que el Estado acepte lo que es ya un hecho… No podemos dejar de observar tampoco que el Occidente “democrático” está ahora haciendo lo mismo: oficialmente condena la limpieza étnica en Gaza y en Cisjordania, pero la tolera en silencio, es decir, al no tomar medidas serias contra ella, e incluso respaldar a Israel, esperando sin más el momento en el que la máscara caiga y pueda aceptar abiertamente la situación sobre el terreno (el Gran Israel)… No es de extrañar que un grupo de académicos judíos propusiera oficialmente a Daniella Weiss como candidata al premio Nobel de la paz del próximo año.

El gran problema para la hasbara (la propaganda israelí) hoy en día es que, tras los horrores cometidos por Israel en Gaza y en Cisjordania, la mayor parte de la población, incluso en los grandes países occidentales, se muestra crítica con Israel y experimenta una simpatía humanitaria hacia los palestinos. La nueva estrategia es, en consecuencia, la de promover una fuerte movilización de todas las voces proisraelíes unida a formas de censura directas e indirectas. Rara vez podemos leer en los grandes medios de comunicación que la mayoría de la población simpatiza con los palestinos: a quienes manifiestan esta simpatía se les tacha de minoría terrorista antisemita, y grandes plataformas digitales como Instagram reciben con regularidad desde Israel listas de miembros cuyas cuentas son suspendidas por supuesto contenido proterrorista.


Ambulancia frente a las ruinas del hospital Abu Yousef Al-Najjar, en Rafajh -sur de Gaza-, destrozado en ataques israelíes el pasado 20 de enero de 2025.


Esto nos devuelve a nuestro punto de partida: el doble estado de emergencia en Israel. Al igual que la ideología del “crecimiento sostenible” abre efectivamente el camino hacia las catástrofes ecológicas, la incesante palabrería sobre la solución de los dos Estados y la repugnantemente ineficiente simpatía por las víctimas del holocausto que se está perpetrando en Gaza constituyen solo una máscara que permite a la Europa de los derechos humanos esperar cómodamente al hecho consumado del Gran Israel.


Fuente: Público