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lunes, 2 de marzo de 2026

La clave de la réplica militar iraní: las ciudades de misiles ocultas en montañas

 

      Periodista de Internacional. Se ocupa de Irán, Afganistán y el Golfo Pérsico.


Teherán dispone de un importante arsenal de esas armas, cuyos sitios de lanzamiento quieren inutilizar Israel y Estados Unidos


     Irán posee uno de los mayores arsenales de misiles de Oriente Próximo, con más de 3.000 de tipo balístico, según un cálculo divulgado en 2022 por el Mando Central del ejército de Estados Unidos. En la última década, el país ha mejorado además una de las principales carencias de estos proyectiles iraníes: su precisión. Occidente y, sobre todo, la némesis regional de Teherán, Israel, el país que este domingo siguió atacando objetivos militares y del régimen religioso iraní, junto con Estados Unidos. Este armamento de la República Islámica es convencional. Teherán no tiene aún armas nucleares ni tampoco dispone —ni está tan cerca de ello como ha afirmado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump— de un misil intercontinental capaz de alcanzar territorio estadounidense.


Imagen satélite donde se aprecian túneles colapsados en la base de misiles Tabriz North, en Irán, este domingo.

Con sus cielos indefensos ante su carencia de aviones de combate modernos —solo dispone de obsoletos Mig-29 y Gunman Tomcut F-14, los icónicos cazabombarderos de la película Top Gun (1986)— y con sus defensas aéreas diezmadas por los 12 días de bombardeos de junio, ese arsenal es la clave de la respuesta convencional de Teherán a los ataques israelíes y estadounidenses. Consciente de ello, en los bombardeos del verano, Israel destruyó muchos de los equipos que permiten disparar esos misiles: lanzaderas móviles, normalmente instaladas en camiones, y también rampas de lanzamiento fijas.


Lanzaderas móviles, normalmente instaladas en camiones, y rampas de lanzamiento fijas.

Precisamente para evitar ese tipo de ataques, Irán ha construido en los últimos años las llamadas rocket-cities o “ciudades de misiles”, bases subterráneas “excavadas en las montañas de Irán” a gran profundidad, incluso a 500 metros bajo el subsuelo, recalca el analista militar y experto en ese tipo de armamento Guillermo Pulido.


Imagen satelital de lanzaderas fijas ocultas en las montañas.

Esas instalaciones, repartidas por todo el país, pueden albergar misiles de largo alcance como el Shahab-3, o los modelos Sejil y Khorramshahr, con alcances de hasta 2.000 km. La Fuerza Aérea de la Guardia Revolucionaria iraní, que controla el arsenal de esos proyectiles en Irán, ha divulgado en el pasado videos grabados en los túneles de esas bases como parte de su estrategia de disuasión.

De esos alrededor de 3.000 misiles, indica el analista militar y experto en este tipo de armas Guillermo Pulido, “unos 2.000 pueden alcanzar otros países de Oriente Próximo”. Además, Teherán dispone de “una gran cantidad de drones kamikaze y de misiles de crucero”. Misiles iraníes han impactado desde este sábado contra Israel, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Jordania, Arabia Saudí, países aliados de Washington que albergan bases militares estadounidenses. Según publicó este domingo en su cuenta en X la agencia Tasnim, vinculada a la Guardia Revolucionaria, Irán había atacado ya 27 bases de Estados Unidos. También añadió a la lista de Estados atacados a Omán, el país que ejerció de mediador en la fallida negociación de un acuerdo nuclear con Washington.

Incluso si Teherán utilizó ya varios centenares de misiles para responder a los bombardeos israelíes y estadounidenses de junio —desde entonces se cree que ha fabricado más—, Irán dispone aún “a priori de una gran cantidad de municiones” con las que podría seguir atacando esos países, las bases estadounidenses y a buques militares o petroleros en el estrecho de Ormuz, una arteria vital por la que pasa una cuarta parte del petróleo mundial y donde este domingo se ha registrado también el primer ataque directo sobre un barco petrolero que navegaba por el estrecho de Ormuz. Uno de sus tripulantes murió, según la naviera del buque. El sábado, la Guardia Revolucionaria iraní anunció que consideraba “peligroso” el tráfico por esa vía, pero sin decretar oficialmente su cierre.

Sin embargo, recalca Pulido, autor de la obra Guerra multidominio y mosaico (Catarata), la eficacia de la respuesta iraní dependerá de si estos primeros dos días de ataques israelíes y estadounidenses están logrando destruir o dañar gravemente “las bases desde donde salen los misiles”.

Si Israel y Estados Unidos logran dañar “las entradas y salidas de esas ciudades subterráneas”, fácilmente identificables, o “las aberturas” por las que se lanzan los proyectiles, esas “ciudades misiles” se convertirían en “tumbas”, explica Pulido. Los misiles no podrían despegar entonces ni salir los camiones “en los que están instaladas las lanzaderas móviles”. El ejército israelí anunció el sábado que uno de los objetivos atacados en la zona de Tabriz era una base de “unidad de misiles balísticos de Irán”, desde la que “se planeaba lanzar docenas de misiles hacia Israel”. Imágenes por satélite mostraron después algunos de los túneles de la instalación que había colapsado.

Los ataques de Israel y Estados Unidos a Irán, y la posterior réplica iraní, que este domingo, tras la confirmación del asesinato del líder supremo iraní, Ali Jameneí, se han redoblado, son, de hecho, para Guillermo Pulido un “ejemplo perfecto” de un nuevo tipo de conflicto bélico: la “guerra de salvas” que tiene como elemento clave el intercambio de misiles.

Ese concepto acuñado por este analista militar describe un conflicto que “no se decide por conquistar territorios enemigos, sino por anular las grandes cantidades de proyectiles del adversario que pueden destruir tu Estado. Son guerras ”que se libran por “ejércitos basados en cohetes, en lugar de en tanques, fragatas y aviones, en un cambio de paradigma bastante radical”.

De momento, esta “guerra de salvas” prosigue, lo que demuestra que Teherán conserva al menos parte de su capacidad de lanzar misiles. Con algunos blancos exitosos a ojos de Irán, cuyo objetivo es aumentar el coste de sus bombardeos para Estados Unidos e Israel, especialmente en vidas.

El domingo, Washington anunció la muerte de tres de sus soldados en un ataque, en el que también quedaron heridos graves cinco militares. Un misil iraní que cayó en un refugio de la localidad de Beit Shemesh, en el centro de Israel, mató al menos a nueve personas y dejó heridas a más de una veintena.

Información de inteligencia

Dentro de esas ciudades de misiles objetivo prioritario de Israel y Estados Unidos, la más grande es la de Khorramabad en la provincia de Lorestan, en el oeste de Irán. Se utiliza como lugar de almacenamiento y lanzamiento de misiles tierra-tierra y de crucero, incluido el Shahab-3. Esa base ya fue atacada por Israel en los bombardeos de junio. En la provincia de Azerbaiyán Oriental, se encuentran las instalaciones de Tabriz, el segundo complejo de silos de misiles más grande de Irán, probablemente la misma base que aseguró haber bombardeado este sábado el ejército israelí. Los proyectiles que se custodian en ella tienen un alcance más amplio. Algunos son, teóricamente, capaces de alcanzar los países más orientales de Europa.

La región de Teherán también acoge numerosos sitios de lanzamiento de misiles y de centros de mando. Otras de esas instalaciones se sitúan en Kermanshah, a 525 kilómetros de la capital. Allí se encuentra la base del cañon Kenesht y la de Bakhtaran, ambas cerca de la frontera oeste del país y estratégicamente situadas para alcanzar objetivos en Israel y el Golfo.

La provincia central de Isfahán alberga, por su parte, el sitio de ensamblaje y producción de misiles más grande del país, según la ONG NTI (siglas en inglés de Iniciativa contra la Amenaza Nuclear), que no precisa su ubicación exacta. Construido con ayuda de Corea del Norte y China a finales de la década de los ochenta, en sus instalaciones se producen componentes, propulsores sólidos y líquidos, y se ensamblan modelos como el misil de medio alcance Shabab, con capacidad para alcanzar territorio israelí, a menos de 2.000 kilómetros de distancia. Isfahán alberga además dos sitios de despliegue de misiles, según un informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres

Atacar esas bases no es muy complicado”, recalca Guillermo Pulido, pero, mientras los ataques israelíes y estadounidenses no logren “destruir los vectores de lanzamiento”, Irán retendrá la capacidad “de hacer daño”. La clave en esta guerra, apunta el también analista militar Jesús Pérez Triana, radicará especialmente “en la información de inteligencia” para poder situar y destruir esas “ciudades de misiles”.


Fuente: El País

jueves, 5 de febrero de 2026

Ilan Pappé: “Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia”

 

 Por Andrea Lanzetta   
      Periodista profesional, escribe para The Post Internazionale desde 2017.


El Estado judío no es una democracia, sino un régimen de apartheid. El mundo dirá basta algún día, tal como ocurrió con Sudáfrica. Netanyahu sueña con otra Esparta. No se puede seguir así”

     El historiador israelí Ilan Pappé (Haifa, 1954) predice a The Post Internazionale (TPI) la caída del sionismo y su visión de la paz: “El derrumbe se producirá desde dentro. La élite económica y cultural ya está abandonando el país, sin ella será difícil que todo funcione. ¿El futuro? Es necesario volver al mosaico étnico y cultural regional anterior, dentro de una estructura política flexible”.


El historiador israelí Ilan Pappé posa en una imagen fechada en 2023.

Ilan Pappé está convencido de ello: para Israel ha comenzado el principio del fin. “No sé exactamente cómo, pero llegará el momento en que los gobiernos del resto del mundo digan también que ya han tenido suficiente, tal como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica”. Esta “descolonización” del Estado judío, tal como la define Pappé en su nuevo libro, El final de Israel [Akal, 2026], ni siquiera precisará de una guerra, sino de un “proceso largo y, por desgracia, doloroso”, el cual, sin embargo, ya ha comenzado. El análisis del historiador israelí parte de la fractura, que nunca se ha soldado, ni siquiera tras el trauma del 7 de octubre y las matanzas de Gaza, entre dos entidades sionistas diferentes: el “Estado de Judea” y el “Estado de Israel”. Si la primera se describe como el frente extremista de derecha, religioso y con rasgos mesiánicos aliado del primer ministro Benjamin Netanyahu, la otra sigue anclada en los valores liberales y laicos de la fundación y, a menudo, se alinea con la oposición. Sin embargo, ambos, aunque se disputan no sólo el poder, sino también el alma del Estado judío, seguirían unidos por el apoyo a un sistema que niega a los palestinos sus derechos civiles y humanos. Este único denominador común y la fractura entre los dos bandos opuestos contribuyen a la polarización política en Israel y acabarán, nos explica Pappé, determinando su fin. Un epílogo que, según el historiador, abrirá nuevas oportunidades para la paz.




Profesor Pappé, ¿ha llegado por fin el fatídico “día después” en Palestina?

En este momento estamos asistiendo al “día después de Trump” o al “día después de Qatar”, cuando lo que necesitábamos era un “día después palestino”. Sólo si realmente se basara éste en la justicia, la igualdad y la democracia, podría haber contribuido a galvanizar el apoyo regional e internacional a la paz y funcionar de verdad.

Empecemos por Israel, el único Estado democrático de la región. ¿La democracia de quién?

Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia. Es cierto que no hay democracias en Oriente Medio, pero Israel tampoco es una democracia.


El Estado judío no es una democracia, sino un régimen de apartheid.

¿Por qué?

Yo enseño ciencias políticas y si alguno de mis alumnos me presentara un ensayo en el que llegara a la conclusión de que Israel es una democracia, lo suspendería. No desde un punto de vista ideológico o por puro espíritu polémico, sino porque nada demuestra esa tesis.

Los árabes israelíes, por ejemplo, pueden votar y ser elegidos para el Parlamento.

El hecho de que en Israel algunos ciudadanos palestinos puedan votar o ser elegidos no es en sí mismo una prueba de que se trate de una democracia. En su día, en Rumanía se podía votar en las elecciones y, por eso, Ceaușescu la definía como una república democrática. Pero hay que examinar detenidamente la situación y reconocer que Israel es un régimen de apartheid que no garantiza la igualdad de derechos a las personas no judías. No hay un solo habitante palestino, ya sea de la Cisjordania ocupada o de la Franja de Gaza sitiada, que pueda decir que ha vivido desde 1948 en una democracia. Un Estado que ocupa el territorio en el que viven millones de personas desde hace más de 58 años [desde 1967 (nota del editor)] no es una democracia. Un Estado que, por ley, considera a los no judíos como ciudadanos de segunda clase no puede ser una democracia. Antes lo era para los ciudadanos judíos, pero ahora tenemos que esperar y ver cómo evoluciona la lucha entre lo que yo llamo el “Estado de Judea” y el “Estado de Israel”.

Gil Troy, historiador sionista de derechas, nos los describió como “dos “tribus” que se enfrentaron por la reforma judicial”, pero que luego “dejaron de lado sus diferencias para salvar a Israel después del 7 de octubre”. Dos años después, ¿quién ha ganado de las dos?

No estoy de acuerdo con Troy en que los contendientes hayan dejado de lado sus diferencias, sino todo lo contrario. Y tampoco creo que la lucha haya terminado debido a la guerra. La gran sorpresa es precisamente que, a pesar del trauma del 7 de octubre y del conflicto, la contienda haya continuado, a veces incluso de forma muy violenta. Tomemos el caso de los rehenes: el “Estado de Judea” [la extrema derecha religiosa, nde] pensaba que la mayoría de ellos pertenecía al “Estado de Israel” [el segmento liberal y laico de la sociedad israelí, nde] y no mostraba gran interés por su suerte, oponiéndose hasta el final a cualquier plan de intercambio con los presos políticos [palestinos, nde]. No sé si en Italia se entendió, porque el debate se desarrolló principalmente en hebreo, pero en estos dos años se han dicho cosas terribles sobre las familias de los rehenes. Por lo tanto, la fractura sigue siendo muy profunda.

¿Prevé una reconciliación?

No, al contrario. Esta división seguirá profundizándose y empeorará aún más. De hecho, con el alivio de la tensión bélica, se hará aún más evidente. El enfrentamiento seguirá en el ámbito del sistema judicial porque el “Estado de Judea” ya domina la política, los aparatos de seguridad y el ejército.

¿Cómo terminará todo esto?

No creo que el “Estado de Israel” tenga ninguna posibilidad. Creo que el “Estado de Judea” podría acabar engulléndolo, y que entonces el mundo tendrá que aceptar esta realidad, olvidando lo que sabía del antiguo Israel, con el que era más fácil tratar porque, al menos en su momento, respetaba ciertos valores de liberalismo, universalismo y, sobre todo, socialismo. Pero todo esto acabará desapareciendo.

¿Con qué resultado?

Israel se está convirtiendo en un régimen cada vez más teocrático, racista y religioso. Muchas personas que se consideran laicas y progresistas se marcharán en el futuro y muchas ya se han marchado. Ya está ocurriendo.

¿A qué conducirá esta especie de “revolución” demográfica?

Creará las condiciones para el auge de lo que yo llamo el “Estado de Judea”, el cual, me temo, se mostrará especialmente feroz y brutal con los palestinos y aún más agresivo con los Estados árabes vecinos. Pero es solo una primera fase: las consecuencias de todo esto darán lugar a otra.

¿Cuál?

Esta situación no podrá durar mucho tiempo y entonces surgirán nuevas y diferentes oportunidades. Pero no mientras el “Estado de Judea”, como yo lo llamo, se mantenga en el poder, sino solamente cuando éste se derrumbe, y no creo que sea capaz de mantenerse durante mucho tiempo.

¿Por qué?

El hecho es que la élite cultural y económica ya está abandonando el país. Sin estas personas, será muy difícil que el Estado, tal y como lo conocemos, siga funcionando. En segundo lugar, este Estado acabará aislado. Ahora está aislado de la sociedad civil, pero creo que, hasta por razones cínicas, los gobiernos y los políticos acabarán siguiendo a sus respectivas sociedades, tanto en el mundo árabe como en el resto de la comunidad internacional. Un Estado así no tiene ninguna posibilidad ni opción de seguir funcionando. Proseguirá, sin duda, fabricando armas y resulta extremadamente cínico por parte de las industrias militares seguir comerciando con una entidad así. Pero si miramos la historia, esto no es, desde luego, suficiente para sostener un Estado.

Israel ha ganado todas las guerras, pero nunca ha alcanzado la paz.


Guerras ganadas que no logran asegurar la paz, crecientes divisiones internas y un progresivo aislamiento ante la opinión pública internacional.

Benjamin Netanyahu ha anunciado, como si fuera una noticia positiva, que Israel será una nueva Esparta, pero debería aprender historia. Sin embargo, estoy de acuerdo en que, como una especie de Prusia, está tratando de convertirse en ello. En lugar de un Estado, está tratando de ser un ejército con un Estado. Y esto puede continuar, pero solo por algún tiempo.

¿Cuándo y cómo debería producirse este derrumbe?

No sé exactamente cómo sucederá, pero imagino que ocurrirá en el momento en que los gobiernos del mundo digan que ya han tenido suficiente, como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica, o cuando los Estados árabes vecinos se sientan obligados a escuchar a sus pueblos. No estoy diciendo que deban ir a la guerra: bastará con que planteen la hipótesis de recurrir a la fuerza si Israel continúa así. Todo esto puede provocar un derrumbe desde dentro”.

¿Cómo se lo imagina?

No pienso en la típica caída de un régimen colonial, con un ejército de liberación que entra en la capital y expulsa a los antiguos amos franceses o ingleses. Creo que asistiremos a un proceso muy diferente y, por desgracia, mucho más largo y doloroso. En lugar de una ocupación palestina de Israel, se producirá un derrumbe interno. Pero creo que esto creará una nueva oportunidad.

¿Qué pasará entonces?

Sólo estoy seguro, tal como escribo en mi libro, de que llegará ese momento, pero no estoy nada seguro de que los palestinos sean capaces de llenar el vacío con un plan claro, no sólo de descolonización, sino también de postcolonialismo. Por ahora no lo tienen, pero espero que lo tengan algún día. Soy bastante optimista, pero necesitan un proyecto claro para lo que el mundo llama hoy en día cínicamente “el día después”.

La diáspora judía, tal como destaca en su libro, también podría desempeñar un papel en este proceso, especialmente en Estados Unidos. Pero, ¿cuál?

Me ha inspirado y animado mucho la joven generación de judíos de Norteamérica. Es evidente que, a diferencia de sus padres, no creen que para identificarse como judíos norteamericanos haya que mostrar lealtad a Israel. Se puede identificar uno con su judaísmo sin ser practicante, sin profesar el sionismo. Además, para algunos, la salida del sionismo pasa también por el compromiso con el movimiento de solidaridad con los palestinos. Por lo tanto, espero que desempeñen un papel importante a la hora de enviar un mensaje a Israel: “No habléis en nombre del pueblo judío”. Imaginemos lo que pasaría si muchos judíos del mundo afirmaran que Israel no es un Estado judío.

¿Qué pasaría?

Tomemos, por ejemplo, un país como Alemania, que basa toda su política proisraelí en el hecho de haberse comprometido con el pueblo judío. Una postura comprensible, teniendo en cuenta lo que hicieron [en la Segunda Guerra Mundial]. Pero, ¿qué pasaría si los judíos –en gran número y no solo a través de algunas voces marginales, sino respaldados por figuras destacadas– le dijeran a Alemania: “Esto no es un Estado judío. Si se sienten responsables de los judíos del mundo, ayúdennos mejor en los Estados Unidos o aquí en Alemania”. Imaginen lo que pasaría si los judíos del mundo empezasen a decir: “Lo que vemos no es un Estado judío, sino algo que, a nuestros ojos, es contrario a los valores del judaísmo”.

¿Qué debería hacer el resto del mundo?

En primer lugar, creo que es necesario reconocer que Palestina forma parte del mundo árabe. El sionismo ha logrado convencer a todo el mundo de que Palestina no existe en el mundo árabe, sino sólo [en las protestas, nde] en Europa. Sin embargo, cuando se comprende que se trata de una realidad geográfica y no ideológica, Palestina pasa a formar parte de los problemas del mundo árabe y también de sus soluciones. Además, se descubre, como he escrito también en el libro, que el Líbano, Siria y Jordania tienen problemas similares a los de Palestina.

Usted habla de un futuro “postsionista”. ¿Nos lo puede describir?

Después de la Primera Guerra Mundial, las potencias coloniales obligaron, en cierto modo, a un mosaico de diferentes grupos a construir Estados-nación siguiendo el modelo europeo. Un sistema que, como resulta evidente, no funciona del todo en esta región. Yo imagino más bien un retorno al mosaico anterior, obviamente sin una resurrección irrealista del Imperio Otomano, sino dentro de una estructura política muy flexible. No sé si se tratará de construir algo similar a la Unión Europea o una especie de Unión Árabe del Mediterráneo Oriental. Dejaría que fueran los propios pueblos los que decidieran. Sin embargo, tendrá que ser algo que permita a los distintos grupos, si así lo desean, mantener su identidad étnica y cultural, pero no a expensas de otros. Y, desde luego, sin el control de otro Estado. Este es el tipo de ideas que escucho de muchos jóvenes en Irak, Líbano, Siria y Jordania.

¿Qué pasaría entonces con Israel y sus casi diez millones de habitantes?

Los judíos de lo que hoy es Israel también podrían formar uno de estos grupos, pero no un pueblo separado que goce de privilegios excepcionales. Sin un desarrollo de este tipo, corremos el riesgo de que en el Líbano u otros países vecinos se repita lo que ha ocurrido en Siria en los últimos doce años. Creo que es la única manera de encontrar una salida a los graves problemas que asolan esta parte del mundo.


Fuente: Ctxt

sábado, 1 de noviembre de 2025

¿Qué hay detrás del nuevo plan de Israel para dividir la Franja de Gaza en dos?

 

 Por Muhammad Shehada    
      Escritor y analista político de Gaza, investigador visitante del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

Mientras Trump proclama la "paz", Israel está consolidando un nuevo régimen de fronteras fortificadas, gobierno por delegación y desesperación artificial, con la expulsión como objetivo final

     Desde que entró en vigor el alto el fuego entre Israel y Hamás, el gobierno de Trump ha proclamado el inicio de una nueva etapa en Gaza. «Tras tantos años de guerra incesante y peligro constante, hoy reina la calma, las armas callan, las sirenas amainan y amanece en una Tierra Santa que por fin vive en paz», declaró el presidente durante su discurso en la Knéset a principios de este mes. Sin embargo, la realidad sobre el terreno es mucho más sombría y pone de manifiesto el nuevo plan de Israel para la subyugación permanente del enclave.


Palestinos caminan entre las ruinas de sus casas en el barrio de Tal Al-Hawa, en el sur de Gaza, el 17 de octubre de 2025.

Con la denominada “Línea Amarilla”, Israel ha dividido la Franja en dos: Gaza Occidental, que abarca el 42 por ciento del enclave, donde Hamás mantiene el control y donde se hacinan más de 2 millones de personas; y Gaza Oriental, que abarca el 58 por ciento del territorio, que ha sido completamente despoblada de civiles y está controlada por el ejército israelí y cuatro grupos armados afines

Según el plan de Trump, esta línea debía ser un marcador temporal: la primera etapa de la retirada gradual de Israel de la Franja a medida que una Fuerza Internacional de Estabilización asumiera el control sobre el terreno. En cambio, las fuerzas israelíes se están atrincherando, reforzando la división con terraplenes, fortificaciones y barreras que sugieren una estrategia de permanencia.

Gaza occidental se está pareciendo cada vez más al sur del Líbano, zona que el ejército israelí ha seguido bombardeando periódicamente tras firmar un alto el fuego con Hezbolá el pasado noviembre. Desde el inicio de la tregua en Gaza, los ataques aéreos, los ataques con drones y el fuego de ametralladoras israelíes han continuado azotando a la población a diario, generalmente bajo el pretexto infundado de «frustrar un ataque inminente», en represalia por supuestas agresiones contra soldados israelíes o contra personas que se acercan a la Línea Amarilla. Hasta la fecha, estos ataques han causado la muerte de más de 200 palestinos, entre ellos decenas de niños

Israel sigue restringiendo la ayuda a Gaza Occidental, con un promedio de unos 95 camiones diarios durante los primeros 20 días del alto el fuego, muy por debajo de los 600 diarios estipulados en el acuerdo entre Israel y Hamás. La mayoría de los residentes han perdido sus hogares, pero Israel continúa impidiendo la entrada de tiendas de campaña, caravanas, viviendas prefabricadas y otros artículos de primera necesidad, a medida que se acerca el invierno.


Fuerzas de seguridad palestinas incautan camiones de ayuda que ingresan a la Franja de Gaza a través del cruce de Kerem Shalom, 16 de octubre de 2025.

Gaza Oriental, antaño el granero del enclave, es ahora un páramo desolado. Colegas y amigos que viven cerca describen el constante sonido de explosiones y demoliciones: soldados israelíes y contratistas privados de colonos siguen arrasando sistemáticamente todos los edificios que quedan, excepto los pequeños campamentos destinados a las bandas que viven bajo la protección del ejército israelí y que cuentan con abundantes armas, dinero en efectivo, vehículos y otros lujos.

Israel no tiene intención de abandonar Gaza Oriental a corto plazo. El ejército ha estado reforzando la Línea Amarilla con bloques de hormigón, invadiendo en el proceso amplias zonas de Gaza Occidental, y el ministro de Defensa, Israel Katz, se ha jactado abiertamente de autorizar el fuego contra cualquiera que se acerque a la barrera, incluso si solo intenta llegar a su casa. Algunos informes también sugieren que Israel planea extender la Línea Amarilla hacia Gaza Occidental, pero la administración Trump parece estar retrasando esta medida por ahora

Y en una conferencia de prensa la semana pasada, el enviado de Trump, Jared Kushner, anunció que la reconstrucción solo se llevaría a cabo en las áreas que actualmente están totalmente controladas por el ejército israelí, mientras que el resto de Gaza permanecerá en escombros y cenizas hasta que Hamás se desarme por completo y ponga fin a su dominio.

Estas crecientes divisiones entre Gaza Oriental y Occidental presagian lo que el ministro israelí de Asuntos Estratégicos, Ron Dermer, ha denominado «la solución de dos Estados… dentro de la propia Gaza». Israel permitiría una reconstrucción simbólica en las zonas de Rafah controladas por sus grupos armados, mientras que el resto de Gaza Oriental probablemente se convertiría en una zona de amortiguamiento arrasada y un vertedero para Israel. En este escenario, Gaza Occidental permanecería en un estado perpetuo de guerra, destrucción y privaciones.

Esto no es reconstrucción de posguerra, sino desesperación artificial, impuesta mediante muros, la constante amenaza de violencia militar y redes de colaboradores. Gaza se está reconstruyendo no para el beneficio de su pueblo, sino para afianzar el control israelí permanente y avanzar en su antiguo objetivo: expulsar a los palestinos de la Franja.

Hamás reafirma su control

Por su parte, Hamás ha intentado recuperar el control en Gaza Occidental para revertir el colapso social provocado por Israel a lo largo de dos años de genocidio. Tan pronto como entró en vigor el alto el fuego, Hamás lanzó una ofensiva de seguridad para perseguir a los delincuentes y desarmar a los clanes y milicias respaldados por Israel.


Miembros enmascarados de Hamás durante una operación para arrestar a presuntos colaboradores de la milicia de Yasser Abu Shabab, en el sur de la Franja de Gaza.

La campaña alcanzó su punto álgido con la ejecución pública de ocho presuntos colaboradores, junto con intensos enfrentamientos con el clan Daghmoush, una calculada demostración de fuerza destinada a intimidar a los grupos rivales. La estrategia pareció efectiva: varias familias pronto entregaron sus armas a Hamás sin luchar.

Con esta campaña, Hamás busca transmitir, tanto a nivel nacional como internacional, que no ha sido derrotado a pesar de las cuantiosas pérdidas sufridas durante la guerra, y que no puede ser marginado en los debates sobre el futuro de Gaza. Al mismo tiempo, el grupo intenta restablecer un mínimo de orden público y vengarse de los pandilleros y criminales que se aprovecharon del caos de la guerra para saquear y extorsionar a la población civil. Esto también forma parte de un esfuerzo por recuperar legitimidad tras haber perdido gran parte de su apoyo popular como consecuencia de la devastación sufrida en Gaza.

Mientras tanto, el primer ministro Benjamín Netanyahu ha intentado desesperadamente persuadir a Trump para que permita a Israel reanudar el genocidio, aprovechando incidentes aislados en Rafah para justificar la reanudación de la acción militar. En un caso, dos soldados israelíes murieron, según informes, tras pisar munición sin detonar; en otro, soldados fueron atacados por lo que parecía ser una pequeña célula de Hamás sin conocimiento del alto el fuego ni conexión con la cadena de mando del grupo. 

Netanyahu también ha estado instrumentalizando la represión de seguridad de Hamás, describiéndola como una matanza indiscriminada contra civiles, y ha acusado al grupo de negarse a devolver los cuerpos de los rehenes o a desarmarse, todo ello en un esfuerzo por persuadir a Washington de que dé luz verde a una nueva ofensiva en Gaza con el pretexto de presionar a Hamás. 

El presidente estadounidense, aún eufórico por la inusual ola de cobertura mediática positiva en torno al alto el fuego en Gaza, ha estado hasta ahora conteniendo a Israel, aunque sigue sin estar claro cuánto durará esta situación. El jefe del Estado Mayor Conjunto será el siguiente en supervisar a Netanyahu, tras las visitas de Trump, el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. 

Por ahora, el presidente está decidido a mantener el alto el fuego, aunque sea solo nominalmente, para evitar dar la impresión de haber fracasado o de haber sido engañado por Netanyahu. Pero el primer ministro israelí apuesta a que, con el tiempo, Trump se distraerá con el próximo gran asunto, perderá interés en Gaza y, una vez más, le dará vía libre.


El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, interviene en una sesión especial de la Knesset junto al presidente estadounidense Donald Trump, en Jerusalén, el 13 de octubre de 2025.

'Nueva Rafah'

Pero si Israel no logra retomar una ofensiva a gran escala, su plan B consiste en persuadir a la Casa Blanca para que limite la reconstrucción al este de Gaza, zona controlada por Israel, comenzando en Rafah, convenientemente ubicada en la frontera con Egipto, adonde ya han huido más de 150.000 gazanos (la reconstrucción en el norte, en áreas como Beit Lahiya, está notablemente ausente de estos planes). Según informes de la prensa israelí, la ciudad reconstruida —que incluiría «escuelas, clínicas, edificios públicos e infraestructura civil»— estaría rodeada por una vasta zona de amortiguamiento, que constituiría, en la práctica, una «zona de exterminio».

Eventualmente, Israel podría permitir, o incluso alentar, a los palestinos a trasladarse a las zonas reconstruidas de Rafah, como una “zona segura” en Gaza donde los civiles puedan huir de Hamás; una idea que voces proisraelíes en los medios estadounidenses han intentado promover. Dado que Hamás no puede ser erradicado por completo de Gaza, como admitió recientemente el columnista político israelí y aliado de Netanyahu, Amit Segal , el único “futuro” para los palestinos en el enclave estará en el este desmilitarizado bajo control israelí. 

Una nueva Rafah… esta sería la Gaza moderada”, dijo Segal a Ezra Klein del New York Times. “Y la otra Gaza sería lo que yace entre las ruinas de la ciudad de Gaza y los campos de refugiados en el centro de Gaza”.

Actualmente, los únicos habitantes palestinos de Rafah son miembros de la milicia de Yasser Abu Shabab, un grupo vinculado al ISIS armado, financiado y protegido por Israel. Parece muy improbable que muchos palestinos acepten vivir bajo el dominio de un señor de la guerra, narcotraficante convicto y colaboracionista que, por orden de Israel, ha estado saqueando sistemáticamente los suministros de alimentos e imponiendo la hambruna en Gaza. Además, cualquiera que cruce a Gaza Oriental, controlada por Israel, corre el riesgo de ser considerado un colaboracionista, como le ocurrió al destacado activista anti-Hamás Moumen Al-Natour, quien huyó de la reciente represión de Hamás hacia el territorio de Abu Shabab y posteriormente fue repudiado por su familia.

Aunque algunos gazatíes desesperados accedieran a trasladarse a Rafah, Israel no les permitiría simplemente cruzar en masa de Gaza Occidental a Gaza Oriental, con el pretexto de prevenir la infiltración de Hamás entre la multitud. El plan de las «burbujas de seguridad» —propuesto inicialmente por el entonces ministro de Defensa, Yoav Gallant, en junio de 2024—, que preveía la creación de 24 campamentos cerrados a los que la población de Gaza sería trasladada gradualmente, ofrece un modelo a seguir: el ejército israelí probablemente inspeccionaría y autorizaría a cada persona a la que se le permitiera cruzar a Gaza Oriental, lo que inevitablemente daría lugar a un proceso burocrático largo e intrusivo, impulsado por inteligencia artificial, que dejaría a los solicitantes vulnerables al chantaje por parte de las agencias de seguridad israelíes, las cuales podrían exigir colaboración a cambio de su entrada. 

Israel ha dejado meridianamente claro que a cualquiera que cruce a esa “zona estéril” en Rafah no se le permitirá regresar al otro lado de Gaza, convirtiendo así a Rafah en un “campo de concentración”, como lo expresó el ex primer ministro israelí, Ehud Olmert. Muchos palestinos, por lo tanto, evitan entrar en Gaza Oriental por temor a que, si Israel reanuda el genocidio con la misma intensidad, puedan ser expulsados ​​a Egipto. De hecho, incluso mientras se elaboran planes para permitir la reconstrucción en Rafah, el ejército israelí continúa demoliendo y dinamitando las casas y edificios que aún quedan en esa zona.


Miles de palestinos se congregan en la rotonda de Tahlia, Rafah, en un intento desesperado por conseguir harina, Franja de Gaza, 23 de julio de 2025.

En última instancia, la “Nueva Rafah” israelí serviría como una fachada, un espejismo para hacer creer al mundo que la situación es mejor de lo que realmente es, ofreciendo solo refugio básico y una seguridad mínima a los palestinos que huyen allí. Y sin una reconstrucción completa ni un horizonte político, este plan parece asemejarse a lo que el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, prometió en mayo: “Los ciudadanos de Gaza se concentrarán en el sur. Estarán totalmente desesperados, conscientes de que no hay esperanza ni nada que buscar en Gaza, y buscarán reubicarse para comenzar una nueva vida en otros lugares”.

El desarme como trampa

Independientemente de si la reconstrucción continúa en Gaza Oriental, Israel la señalará cada vez más como una zona “libre de terrorismo” y “desradicalizada”, y seguirá bombardeando al otro lado con el pretexto de desarmar y derrocar a Hamás.

El grupo islamista ya ha acordado entregar Gaza a un comité administrativo tecnocrático y permitir el despliegue en el enclave de una nueva fuerza de seguridad palestina entrenada por Egipto y Jordania, junto con una misión de protección internacional. Sin embargo, Netanyahu ha rechazado de plano la entrada de 5.500 policías palestinos a Gaza, se ha negado a permitir el acceso de fuerzas de estabilización turcas o cataríes a la Franja y ha obstruido la creación del comité administrativo.

De igual modo, el desarme es un tema ambiguo que proporciona a Israel un pretexto casi ilimitado para impedir la reconstrucción en Gaza Occidental y mantener el control militar. Hamás ha indicado que aceptaría desmantelar sus armas ofensivas (como cohetes) y ya ha aceptado entregar el resto de su armamento defensivo ligero (incluidas armas de fuego y misiles antitanque) como resultado de un acuerdo de paz, y no como requisito previo. 

Hamás también está abierto a un proceso similar al de Irlanda del Norte, mediante el cual almacenaría sus armas defensivas en depósitos y se comprometería a un cese total y mutuo de las hostilidades durante una o dos décadas, o hasta el fin de la ocupación ilegal israelí. En ese caso, el armamento ligero restante serviría como garantía de que Israel no incumpliría sus promesas de retirarse de Gaza y poner fin al genocidio.


Miembros de las Brigadas Qassam de Hamás aseguran la zona mientras equipos utilizan maquinaria pesada para buscar los cuerpos de los rehenes israelíes, en el campo de refugiados de Nuseirat.

Tanto el gobierno británico como el egipcio, junto con Arabia Saudí y otras potencias regionales, están impulsando actualmente ese modelo de desarme para Irlanda del Norte, una señal de que reconocen la sensibilidad y la complejidad del tema del desarme. 

La insistencia de Israel en el desarme total e inmediato es una trampa deliberadamente inviable que exige la rendición absoluta de los palestinos . Incluso si la dirigencia de Hamás en Doha se viera obligada a aceptar esta capitulación, muchos de sus propios miembros y otros grupos armados en Gaza seguramente la desobedecerían. Esto sería similar al acuerdo de desarme de Colombia, donde muchos militantes de las FARC desertaron y crearon nuevas milicias o se unieron a bandas criminales.

Mientras el ejército israelí permanezca dentro de Gaza, sin perspectivas reales de poner fin al asedio y al régimen de apartheid israelí, siempre habrá incentivos para que algunos actores tomen las armas. Israel podrá entonces señalar a esos grupos disidentes o militantes individuales como justificación para continuar bombardeando y ocupando Gaza.

Israel invirtió más de 740 días, cerca de 100 mil millones de dólares y perdió a unos 470 soldados para reducir Gaza a cenizas. Como Netanyahu alardeó en mayo, Israel ha estado «destruyendo cada vez más casas [en Gaza, dejando a los palestinos sin hogar]», y añadió: «El único resultado lógico será que los gazanos opten por emigrar fuera de la Franja». 

Aun después de fracasar en su intento de lograr la expulsión masiva mediante un ataque militar directo, el liderazgo israelí busca ahora el mismo resultado a través del desgaste y la desesperación artificial, utilizando escombros, asedio y bombardeos periódicos como instrumentos de reconfiguración demográfica. La posibilidad de limpieza étnica no ha desaparecido con el alto el fuego; simplemente ha evolucionado hacia una nueva política, disfrazada y normalizada mediante la planificación burocrática.


Fuente: +972