Mostrando entradas con la etiqueta Ecologistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ecologistas. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de julio de 2025

Ecologismo independiente y ecologismo para el sistema

 

      Dramaturgo y ecologista.


Frente al hieratismo que practican las grandes organizaciones ecologistas integradas en el G5, fuertemente subvencionadas o con abundantes recursos económicos, diversas organizaciones de pequeño tamaño y sin financiación realizan una labor de lucha contra la invasión de la industria de las macrorenovables


El planeta por encima de las ganancias. La progresiva institucionalización de las más conocidas organizaciones ecologistas están dejando sin contenidos y sin capacidad de transformación real al propio ecologismo.


Una cuestión de fondo

      En juego está la palabra ecologismo, y no es retórica. Mientras algunas personas se juegan la vida –o parte de ella– en la defensa activa del medio ambiente, organizaciones millonarias parecen estar jugando en otra liga, contemplando desde lejos cómo el sistema se viste de verde para convertirse en ecosistema (capitalista).


En España, mientras el G5, es decir, la alianza de las organizaciones Greenpeace, WWF, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción y SeoBirdLife, actúa de una forma mediática, tratando de acaparar la atención sobre problemas de gran calibre, activistas de pequeñas asociaciones, muchas de ellas de carácter local, se afanan en defender territorios de las infinitas agresiones que se han desatado de un tiempo a esta parte. Esta es una percepción bastante extendida en el seno de esas plataformas marginales, pero, ¿responde a certidumbres o son simples opiniones?

El llamado gropo G-5.

                                      El llamado gropo G-5.

La campaña de Greenpeace sobre Altri se extiende por las redes, y los efectos, no cabe duda, ejercen una estimable presión social sobre la aberración de una gran industria en el centro de Galicia, pero esto ocurre mientras el silencio impera alrededor de otros muchos proyectos no tan mediáticos como este pero que, en conjunto, resultan, al menos, igual de lesivos para la naturaleza y sus habitantes.

Esta y otras campañas publicitarias engrasan la maquinaria de Greenpeace en España, con 117.000 socios declarados y unas cuentas publicadas de ingresos que en 2023 fueron de más de 19,4 millones de €, de los cuales, hay que advertirlo, tan solo 298.000 millones provenían de subvenciones, donaciones y herencias.

Manifestación contra el proyecto de Altri en Galicia.

La independencia de esta organización con respecto al Estado es evidente, al menos desde un punto de vista económico, pero esto no impide que sus posicionamientos ideológicos se parezcan, y mucho, a los marcados por el Green Deal europeo. Y no tanto en los fines, pues imaginamos que nadie en su sano juicio querría ver convertido este planeta en un infierno climático, sino, sobre todo en los medios para conseguir (o no) bajar el ritmo de las emisiones.

Y es en esta afinidad con Green Deal donde, tal vez, arranca la citada percepción negativa. En especial en lo relativo a las políticas verdes, y en las que la expansión de las macrorenovables es un camino sin retorno en países colonizados energéticamente.

Compartiendo un negacionismo de lo evidente, que a nuestro juicio resulta casi infantil, tanto Greenpeace como el resto del G5 pretenden hacernos creer que la industrialización verde puede restar emisiones, pero la realidad es tan tozuda que un simple dato viene a demostrar esta falacia: las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de origen fósil en el mundo alcanzaron las 37.400 millones de toneladas en 2024, un 0,8% más que en 2023, según los datos publicados por Global Carbon Project.

Podríamos pensar que este dato es diferente para los países que han apostado fuertemente por las renovables, como es el caso de España, pero tampoco es así. Para España, el aumento de emisiones se cifra en casi un 1%. A su vez podríamos argumentar que sin las renovables el futuro pintaría aún peor, pero esta teoría es bastante discutible: en la producción de los distintos elementos que intervienen en la producción, transporte y colocación, tanto de las plantas fotovoltaicas como de las centrales eólicas, se precisan fuentes de energía que directamente están relacionadas con el consumo de fósiles, en mayor o menor medida. Y teniendo en cuenta que las renovables no están sustituyendo al petróleo en los consumos más relevantes, lo que obtenemos es una simple suma, y con fecha de caducidad, que es la de la vida útil de las instalaciones.

Energías ‘limpias. Fuente: Hpgruesen (Pixabay)

Cada año que pasa resulta más claro que interviniendo exclusivamente en el sector de la electricidad, es imposible revertir la imparable tendencia de las emisiones. Pero también en este campo, surgen abundantes problemas, tanto de almacenamiento como de demanda, o de mantenimiento de la tensión en redes. A lo que habría que añadir la incertidumbre generada por los centros de datos con su ingente consumo de energía.

Todas estas cuestiones parecen indicar que la energía limpia es poco más que un oxímoron, y que sin un decrecimiento real en la economía productiva de bienes materiales –la mayoría de ellos innecesarios para la vida– cualquier pacto verde está condenado al fracaso.

Hay en consecuencia, un problema de fondo que separa a las grandes organizaciones ecologistas de las pequeñas, y es la fe con la que las grandes se han afiliado al crecimiento industrial verde, en contraposición con la desconfianza que este crecimiento genera en las pequeñas, las cuales, en su mayoría, apuestan por el mantenimiento de la economía local y de cercanía.

Divisiones anunciadas

Esta desconfianza de la que hablamos viene dada por los numerosos problemas asociados a la indiscriminada expansión de las renovables y que a la hora de su implantación no se están teniendo suficientemente en cuenta. Además, a la ocupación de terrenos que se convierten en estériles, la destrucción de paisajes o el desplazamiento de actividades tradicionales, es obvio que esta nueva industrialización llega asociada a un nuevo y lacerante extractivismo. Cada vez se abren más y más  minas de litio, cuarzo, cobre y otros metales, además de las famosas tierras raras. Las sociedades productoras de recursos se ven presionadas a ceder frente a la ambición de las empresas y estados depredadores, y como consecuencia sobreviene más destrucción del medio ambiente, más extinciones de especies y, también, más guerras.

Por todo ello, es inevitable que el ecologismo más activista reaccione frente a estas agresiones. Sería ilógico que sucediera lo contrario. Estas son las razones por las que las plataformas de defensa del territorio o asociaciones ecologistas de base ponen en entredicho esta huida hacia adelante y piden, muchas veces a gritos, una moratoria en el nuevo colonialismo energético.

Y sin embargo, las grandes organizaciones del G5 se empeñan en defender las soluciones tecnológicas como única salida a la crisis climática. A través de determinados artículos en prensa, se ha tratado de desprestigiar a este movimiento marginal acusándolo de defender solo el aquí no e incluso tildándolo de afinidad con la extrema derecha, en base a algunas coincidencias con ciertas organizaciones agrarias (y también políticas) en sus reivindicaciones.

Pero tras un simple examen puede verse que estas afirmaciones no tienen mucho fundamento. A pesar de esto, las grandes organizaciones ecologistas estallaron como la pólvora a partir de aquella conocida carta al G5 firmada en mayo de 2023 por alrededor de 50 pequeñas organizaciones –y apoyada por otras tantas–, y en la que se acusaba a los miembros del G5 de mantenerse al margen frente a la invasión de macrorrenovables por todo el país.

Una de esas asociaciones que apoyaron el manifiesto fue Ecologistas en Acción de Zamora, que a partir de ese momento comenzó a sufrir el acoso de Ecologistas en Acción (Confederal), con acusaciones en grupos internos o correos de dudosa intención por parte de la dirección,  hasta el punto de verse obligada a abandonar la organización confederal en noviembre de 2023.

En el fondo del asunto, claro está, no solo se encontraba el apoyo público a esa carta sino un posicionamiento radicalmente diferente en lo que se refería a la expansión de las renovables, así como las críticas a la falta de democracia interna y a los modos de financiarse por parte del grupo confederal.

En 2024, Ecologistas en Acción (confederal), según datos publicados, tuvo unos ingresos de 2.475.000 €, de los cuales 1.150.000 eran subvenciones públicas y 778.000 donaciones, básicamente procedentes de fundaciones privadas sin especificar pues, al contrario de lo que sucede en otras organizaciones que reciben dinero de este tipo, y en una alta total de transparencia, en EEA no aparecen los nombres de las fundaciones en sus cuentas anuales. Hay que tener en cuenta Ecologistas en Acción comenzó 2025 con 1.517.000 euros por gastar de subvenciones y recursos de fundaciones. Y ello porque no todas las subvenciones y financiación privada concedidas en un año dado se convierten en ingresos en ese año. En concreto, la financiación de fundaciones concedida en 2024 ascendió a 961.000 euros.

Si bien, tal y como ha denunciado el grupo Ecologistas Indignadas en una de sus cartas (ecologistasindignadas.org), y a juzgar por informes internos, se está produciendo dentro de Ecologistas en Acción una fagocitación por parte de diversas fundaciones, entre las que destaca Transport & Environment, la cual, en gran medida, trata de influir en la adopción del automóvil eléctrico como vector de transición verde; y también ECF (European Climate Foundation, el brazo europeo de Climateworks Foundation), que financia a EEA desde 2015 y con la que llegó a tener acuerdos en 2024 por valor de 392.000 €. Aunque, sin duda, la más la más aberrante, al contradecir totalmente el ideario de EEA, es la ayuda recibida de la organización pronuclear estadounidense Clean Air Task Force en 2022 y 2023. ¿Fallaron aquí los controles igual que fallaron con el caso de los abusos denunciados por eldiario.es? ¿Cómo es que indagando en los mecenas de estas fundaciones que a su vez financian a EEA nos encontramos con grandes fundaciones capitalistas mundiales donde se encuentran algunos de los milmillonarios más conocidos? ¿Por qué razón este cambio en la financiación en EEA hacia una clara dependencia de las fundaciones se produce a partir de 2019? ¿Cúal es el motivo de esta tendencia creciente en la financiación que como demuestran sus cuentas de 2024, estaría con 960.000 euros cerca del millón de euros?

Queda por decir, en consecuencia, que con solo 7.641 socios declarados, aunque seguramente son menos, EEA apenas llega al 20% de financiación propia, dependiendo casi totalmente de la ayuda institucional, vía subvenciones públicas o a través de fundaciones que, a su vez, reciben fondos europeos, los cuales, no olvidemos, también salen de los impuestos de los ciudadanos.

Esta dependencia casi absoluta de ayuda exterior explicaría, en gran parte, la posición ambivalente y difusa con respecto a las energías renovables. Mientras las organizaciones de defensa de los territorios lo tienen claro: hay que buscar fórmulas que no pongan en peligro los recursos naturales y humanos –sin perder el horizonte en la lucha del cambio climático–, organizaciones como EEA viven en un mar de contradicciones. Por un lado, tratan de guardar la ropa manifestándose en contra de la instalación de proyectos emblemáticos como el clúster del Maestrazgo, y por otro frenan cualquier decisión de moratoria en regiones saturadas.

Las expulsiones

Llamativa fue, por ejemplo, la posición adoptada por EEA en su asamblea confederal de Córdoba en 2022 con respecto a la eólica marina. En un principio, en la asamblea anterior (de Junio de 2022) la enmienda a la totalidad al documento de posición de apoyo a la Eólica Marina, promovida por la mayoría de grupos de Galicia, se aprobó por ganar la votación, pudiendo votar los grupos locales de todo el Estado, pero la directiva rechazó la resolución asamblearia forzando una segunda votación en la Asamblea de Córdoba en diciembre de 2022 con exclusión de la posición de los grupos disidentes que querían que lo votado en junio se respetase en este asunto como se respetaba para el resto de votaciones.

Esta traición, apoyada por no pocas federaciones, alguna de ellas afectada por la eólica marina, como la de Cantabria, fue el motivo principal de que  la Asociación Ecoloxistas en Acción Galiza,  se distanciase e iniciase su propia andadura. Las diferencias irreconciliables que durante 2023 se fueron sucediendo, acabó en un alejamiento que tuvo la gota que colmó el vaso en la Secretaría de septiembre de 2023 donde, a pesar de que había una falsedad en el orden del día sobre la asociación gallega según la representante de la asociación, y ésta pidió la palabra para aclararlo, se le negó y no se le permitió hablar, por lo que en la asamblea de octubre de 2023 la asociación optó por cambiar el logo y el nombre social, por unanimidad, y romper definitivamente la relación con Confederal.

Algo parecido ocurrió en Castilla y León con las renovables terrestres. Pese a ser aprobada en una asamblea extraordinaria la moratoria para los grandes proyectos industriales de este tipo, la dirección federal de Castilla y León logró frenar esta declaración cambiando a su manera las reglas de juego –para que votaran representantes de grupos y no personas– al tiempo que promovía la expulsión del colectivo que había propuesto la iniciativa.

La salida del grupo de Zamora y los grupos de Galicia integrados en la Asociación Ecoloxistas en acción de Galicia –que pasó a llamarse Asociación Ecoloxistas Galiza, Atlántica e verde–, tuvo un eco importante en la prensa nacional en una primera instancia, pero rápidamente se transformó en borrado precipitado de noticias o posteriores modificaciones que daban por válida la contrainformación oficial y que podríamos resumir en las declaraciones del coordinador Luis Rico en el eldiario.es donde llegó a afirmar, sobre estas asociaciones: “no forman parte de Ecologistas en Acción. Hay una especie de usurpación de identidad”. De pronto, y a juicio de la maquinaria de EEA, estas organizaciones jamás habían participado de la estructura de forma oficial.

En la actualidad, ambas asociaciones, la de Zamora y la de Galicia, manteniendo su nombre jurídico, siguen funcionando en sus respectivos ámbitos, con una gran actividad en todos los frentes medioambientales. Ecologistas Zamora ha redactado, en los dos últimos años, más de 100 recursos y alegaciones, al tiempo que ha llevado a cabo una intensa actividad cultural mediante conferencias, ciclos de cine y debate, etc. Por su parte, Ecoloxistas Galiza ha logrado, mediante justicia gratuita, parar cautelarmente más de 60 proyectos eólicos de gran impacto sobre el territorio, al tiempo que sus 22 grupos que forman la asociación siguen trabajando en diversos ámbitos: extractivismo minero, contaminación, arboricidios, etc. Y todo esto con presupuesto cero o con aportaciones exclusivamente provenientes de los socios.

Activistas sin fondos. David y Goliat

¿Pero cómo es esto posible? ¿Cómo puede ser que dos asociaciones sin recursos realicen una labor que no están realizando las grandes organizaciones?

La percepción general en el ecologismo es que existe una especie de disfunción en los objetivos que proviene de una especie de confusión entre fines y medios. Si nos ceñimos a los fines generales, los más apremiantes deberían ser los que conciernen a los principales problemas que acechan a nuestro planeta. Atendiendo a los nueve límites planetarios identificados por el Stockholm Resilience Centre  (cambio climático, integridad de la biosfera, presencia entidades químicas artificiales, capa de ozono, aerosoles atmosféricos,  acidificación de los océanos, ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y el fósforo, y cambios en el agua dulce), varios de ellos implican un peligro inminente de desastrosas consecuencias. Pero más importante que luchar de forma diferenciada en contra de estos nueve límites, es que esta lucha no sea contradictoria. Es decir: que las acciones en contra del cambio climático no supongan, por ejemplo, una pérdida de biodiversidad.

El G5 no tiene, en la actualidad, una mira holística de la situación, y esto es así a causa de una premisa que no se cumple y que es la intervención de los problemas en origen. No hay crítica a la cuestión principal, que no es otra que tiene que ver con la deriva del capitalismo extractivista. Es más, en alguna de estas organizaciones inicialmente anticapitalistas, tal y como rigen sus principios fundamentales, como es el caso de EEA, el proceso de asimilación con los poderes fácticos ha conducido a una posición pusilánime con políticas de continuo crecimiento económico en base a una reindustrialización de las capas productivas.

Hay varios ejemplos que avalan esta falta de crítica. La primera de ellas es el trato especial que da el Gobierno al 5G a través de los convenios que viene firmando con el G5 desde 2011. El último de ellos es de 2022 y tiene vigencia hasta el 2026. Estos convenios dejan claro que el Gobierno entiende que ellos son los únicos y legítimos interlocutores en la cuestión ambiental en España y desde el ecologismo. Y evidencian, a su vez, una escasez de posicionamientos divergentes con la política ambiental, pero también económica, marcada desde Bruselas. Está claro que solo abandonando estos convenios será posible cuestionar aspectos claves que tienen que ver con cuestiones de fondo, como son las referidas a la producción y consumo de bienes; pero esto no va a suceder, al menos por el momento.

El segundo ejemplo es el débil posicionamiento frente a asuntos de gran trascendencia y que actúan como catalizadores de desastres humanos y medioambientales. En concreto, cuando hablamos de cómo decir No a la guerra, un lema que parece trasnochado –pero que debería estar plenamente vigente–, se observa una actuación a remolque de otras pequeñas organizaciones que son las que, generalmente, toman la iniciativa de convocar las manifestaciones pacifistas.

Cierto que desde el G5 se han venido publicando manifiestos en contra del genocidio de Gaza pero se echa de menos una posición unida, firme y contrariada en lo que se refiere al comercio de armas entre España a Israel.  Y en relación a la guerra de Ucrania, el G5 redactó un escrito titulado “10 propuestas ecologistas ante la crisis derivada de la guerra en Ucrania” que venía a poner el foco sobre la necesidad de aprovechar los recursos primarios, pero donde no se ponía en entredicho una de las causas principales del conflicto bélico: la obtención de materias primas con las que sostener la nueva era industrial en la cual también los ciudadanos somos consumidores. Tal vez no pueda ser de otra manera, teniendo en cuenta la posición belicista de la UE y siendo la UE una de las financiadoras de gran parte de estas organizaciones. En concreto, cabe recordar, que EEA vicepresidió hasta hace poco la organización European Environmental Bureau (EEB) y se mantiene en su órgano directivo, organización que tiene a la Unión Europea como su principal financiador público.

La nueva era tecnológica que se avecina, dominada por la inteligencia artificial, va a requerir de ingentes recursos para su mantenimiento. No solo a la hora de llevar a cabo la fabricación de nuevas terminales y otros objetos de consumo sino, sobre todo, en el mantenimiento de gigantescos centros de datos que son ya auténticos agujeros negros de energía.

Estos y otros agujeros negros (las ya citadas guerras, el consumo de carne o el regreso al carbón y la madera como formas de obtención de energía) van a hacer imposible revertir la crisis climática de una manera razonable. De nada va a servir llenar el paisaje de ineficientes hidroductos o infinitas placas solares. Sin decrecimiento en los bienes materiales y sin una moratoria en el uso lúdico de la inteligencia artificial, el cambio no va a ser posible. Negar la necesidad de este decrecimiento también es negacionismo, y es esto justamente lo que está haciendo el G5.

¿Es posible una reconciliación?

En este 2025 se han observado algunos movimientos interesantes en el G5 que nos gustaría señalar.

Por una parte, hay una apropiación de términos por parte del G5 provenientes del universo del ecologismo de base. Hace años, por ejemplo, hubiera resultado extraño escuchar hablar a alguna de estas organizaciones de “defensa del territorio”. Pero desde las jornadas Construir autonomía frente a la crisis global. Experiencias de apoyo mutuo para garantizar las necesidades básicas, organizadas por la Plataforma Apoyomutuo en septiembre de 2024 y que reunieron a importantes especialistas en medio ambiente y territorios, se han producido réplicas en el G5. Citar por ejemplo el encuentro online Ecofeminismo y defensa de los territorios, organizado por Greenpeace para el 8 de marzo.

Por otra parte, de igual manera que hasta ahora algunas organizaciones apenas presentaban informes o alegaciones a proyectos de macrorrenovables, en 2025 comienza a vislumbrarse un cambio (demasiado tarde, también es verdad). De la misma manera que SeoBird, por ejemplo, no presentó recurso alguno frente a la agresión de una de las reservas naturales mejor conservadas de España (nos referimos a Villafáfila), sí que lo hicieron, en contencioso-administrativo contra la autorización de la planta solar fotovoltaica Caelum IV, proyectada en la provincia de León.

La excusa de que la función de SeoBird es fundamentalmente científica o divulgativa casa mal con las cifras de sus cuentas publicadas. Con 25.000 socios declarados, tuvieron una financiación, en 2022, el último año declarado, de 5.880.000 €, que representaría el 50% de la financiación total, todo lo cual, como podemos imaginar, daría para mantener un buen equipo de abogados para, como cabría esperar de una organización de este tipo, poder luchar contra los desmanes que afectan directamente al medio ambiente.

Para alcanzar una reconciliación entre el ecologismo de base y el institucional sería precisa una gran transformación tanto en los modelos de financiación como en las formas de conseguir los fines estatutarios. No olvidemos que la condición de utilidad pública viene asociado a un reconocimiento social de la labor de la entidad, y lo que la sociedad demanda en estos momentos, en especial en zonas indefensas, despobladas y desfavorecidas económicamente, es un respaldo de organizaciones no gubernamentales.

Pero hay algo más que las organizaciones insertas en el G5 deberían superar, y es la idea generalizada de que, en realidad, son agencias de colocación y no auténticas defensoras del medio ambiente. Con escaso voluntariado y con una verticalidad cada vez mayor (sobre todo en aquellas organizaciones que hasta ahora presumían de ser horizontales como EEA), las críticas se dirigen a que la mayor parte del trabajo realizado es de carácter burocrático y es llevado a cabo por personal contratado, en concreto en EEA con un coste laboral de 1.431.000 € y no menos de 650.000 euros más en contratos de prestación de servicios, según aparece en sus cuentas anuales.

Y no solo eso, que personas integradas dentro del G5 trabajan también redactando impactos ambientales para las empresas que presentan estos proyectos contra el medio ambiente.

Sean fundadas o no estas críticas, lo cierto es que se observan de forma objetiva varios factores:

Por un lado, una falta de autonomía económica. Con 2.040.000 € de presupuesto en sus últimas cuentas y apenas 650 socios, Amigos de la Tierra se lleva la palma en lo que se refiere a su dependencia en ingresos de ayudas y subvenciones, rondando el 99%.

Por otro, tendríamos una exagerada desproporción entre el número de socios y el presupuesto que manejan. Los casi 12 millones de euros de presupuesto de WWF para poco más de 51.000 socios implican una relación de 240 €, de los cuales más de la mitad corresponde a ayudas públicas.

Y por último, la escasa participación democrática de las personas afiliadas. En EEA, una estructura confederal formada por 170 grupos –lejos quedan los 300 en origen–, la participación en las asambleas es muy escasa: en la última celebrada el pasado 7 de junio solo participaron 33 grupos, es decir, el 20%, un porcentaje que muestra claramente el alejamiento de los grupos locales de su propia organización.

Por el contrario, la falta de medios en las asociaciones pequeñas impide su buen desarrollo y gestión, debido a la absoluta falta de recursos, viendo impedida su actividad en muchos ánimos y generando bastante desánimo y resignación.

Cuenta la coordinadora de Ecoloxistas Galiza que aquella visita a la asamblea de Granada de EEA le supuso un considerable gasto económico, de tiempo y de energía. Todo para 2 minutos de exposición defendiendo el NO a las macrorrenovables, en especial la eólica marina. Todo para ver como se humillaba al colectivo dentro de la organización, difundiendo falsedades y negándole la posibilidad de ser escuchada y ver como las redes de Ecoloxistas Galiza eran usurpadas por el grupo Federal de Galicia creado ad hoc por una minoría de miembros.

Va a ser difícil la reconciliación sin una recapacitación del G5 y un rebajamiento en el grado de soberbia. Hemos de suponer que las pequeñas organizaciones ecologistas también pueden mejorar en su grado de activismo pero la comparación entre David y Goliat no puede hacerse sin un truco en la perspectiva.

Por otro lado, no solo cada vez surgen más plataformas locales y se reactivan movimientos dormidos, como Aliente, sino que algunas de las nuevas formaciones ecologistas surgen a iniciativa de personas que antes formaban parte de alguna organización en el G5, como es el caso de la Plataforma Ecologista Madrileña.

La ineficacia del G5 en temas fundamentales es cada vez más evidente. No hay más que ver la escasa influencia en la reunión con la Comisaria Teresa Ribera del 21 de febrero, pocos días antes de que se entrara en vigor el decreto Omnibús aprobado por la Unión Europea y que claramente limita los derechos fundamentales ciudadanos, además de poner en peligro las acciones frente a la crisis climática. Un decreto frente al cual alzaron la voz Amnistía Internacional y otras 170 organizaciones mientras el G5 mantenía una posición tibia.

Pero aún hay más, muchos de los informes redactados en su día por las organizaciones del G5 están siendo utilizados por la parte contraria en los contenciosos que pretenden tumbar los proyectos de macrorrenovables. En concreto, el informe de Greenpeace Galicia, más allá de los combustibles fósiles, de diciembre de 2023 y donde literalmente se afirma que “las fuentes de energía renovable solo cubren el 25,8% del uso de energía primaria en Galicia”, es una prueba recurrente para hacer avalar la posición de las empresas eléctricas respecto a la utopía de que la energía renovable podría sustituir al petróleo en ese uso primario –como por ejemplo la agricultura–, y olvidando, de paso, la energía eléctrica que se exporta.

Tal vez, por todo lo dicho, una reconciliación no sea del todo posible, y lo único que cabe esperar es que el G5 no de un giro belicista como el dado por los Verdes en Alemania, y que las asociaciones ecologistas independientes del sistema, se unan.

Fuente: Rebelión Ecologista


jueves, 10 de abril de 2025

Crónicas de La Caída

 

 Por Antonio Turiel  
      Ecologista y licenciado en Físicas y Matemáticas. Doctor en Física Teórica.


     En vista del curso de los acontecimientos que se están sucediendo a escala global, inauguro con este post lo que me temo que acabará siendo una serie de ellos, con capítulos de regularidad seguramente arbitraria y que se irán extendiendo a lo largo de los próximos años. La temática de todos estos posts será ir haciendo un retrato de los procesos que van a llevar a nuestra sociedad al proceso irreversible de descenso energético y material que sabíamos que era inevitable por razones geológicas, pero que probablemente se va a ver acelerado en algunos momentos por las decisiones políticas. Para mi es muy difícil decir si acelerar el proceso de descenso energético y material es algo bueno o malo: por un lado, es positivo por la disminución de los problemas ambientales y porque deja disponibles recursos que pueden hacer más y mejor falta después; pero por el otro, acelerar el descenso va a comportar problemas sociales muy graves que si no son bien gestionados pueden acabar siendo peores aún, incluso causar el colapso de algunas sociedades. A este complejo proceso, en el que nos moveremos entre el colapso y la adaptación, es a lo que he denominado (a falta de mejor ingenio a estas horas del día) La Caída.


Pero vayamos con las cuestiones del momento.


La atención de los medios de comunicación occidentales está centrada en los nuevos aranceles que acaba de aprobar la administración Trump. Aranceles para los que Trump y los suyos han buscado grotescas e inverosímiles explicaciones, pero la realidad de los cuales es mucho más prosaica, como de hecho ha quedado claro en algunas declaraciones de miembros de su gabinete: el objetivo es reducir el déficit comercial de los EE.UU., idealmente hasta que sea cero. Es por eso que los aranceles son diferentes para cada país o región, ya que son proporcionales al déficit comercial que los EE.UU. tienen con cada uno de ellos si éste supera el 10%, y para los que están por debajo les impone un arancel mínimo del 10% (incluso a los países con los que tiene superávit). Hay algunas excepciones curiosas a estos aranceles universales, la más notable la de Rusia, con la excusa de que las sanciones aún en vigor han reducido el comercio estadounidense con los rusos a prácticamente cero - un ejercicio de hipocresía que muestra una vez más cómo Trump ha llegado a un acuerdo de mutua comprensión con Putin. Es también notable que en este cálculo se fijan solo en bienes tangibles, excluyendo los servicios, ya que estos últimos arrojan una balanza positiva para los EE.UU. y diluirían los aranceles calculados.


El horror y los aranceles a su lado.

Los efectos de esta aplicación universal de aranceles no se han hecho esperar. EE.UU. es el mayor importador (y también el segundo mayor exportador) de mercancías del mundo, por un valor de 3,2 billones de dólares el año 2024. Una cifra más que considerable, dado que el comercio mundial representa unos 33 billones de dólares, de los cuales unos 24 billones son importaciones de bienes tangibles. Por tanto, las importaciones de los Estados Unidos representan el 13% de todas las importaciones del mundo, y por eso mismo el impacto de estos aranceles universales por ese país va a tener un efecto devastador sobre la economía mundial. Algunos analistas apuntan a unas pérdidas en el comercio de alrededor de 1,6 billones de dólares, que es aproximadamente el superávit comercial global; pero es demasiado pronto para saber con certeza el efecto final, porque obviamente a los aranceles impuestos por EE.UU. habrá una respuesta de magnitud similar por parte de los países afectados.

De manera inmediata, aparte de hundir las bolsas, los aranceles van a provocar una gran inflación en los EE.UU., por lo menos en los bienes de importación, y por diversos efectos dicha inflación podría contagiarse al resto del mundo. Al tiempo, va a producirse un descenso generalizado de la actividad económica en todo el mundo, y eso va a llevar a una considerable reducción del consumo de materias primas y, por tanto, caídas notables en el precio de las mismas y particularmente en el de la energía (como se está viendo ahora mismo con la caída del precio del petróleo). Sin embargo, la carestía de los bienes de consumo y la más que probable desinversión en nuevos yacimientos (o inclusive en mantenimiento de los actuales) van a originar que la producción de petróleo y otras materias primas que están empezando sus curvas de descenso (uranio, cobre, plata) aceleren su caída productiva. Eso quiere decir que en un plazo de unos meses, un par de años a lo sumo, lo que vamos a ver es lo contrario: que el precio de las materias primas repuntará con fuerza.

El objetivo para nada disimulado de estos aranceles que ha implantado Donald Trump es conseguir la relocalización en tierras estadounidenses de las fábricas que marcharon hacia la China y otros lugares con mano de obra más barata. Lo cual, como han señalado algunos analistas, es un poco absurdo, no solo por el tema de la competitividad económica, sino porque los EE.UU. pretenden ser una potencia exportadora y al mismo tiempo mantener al dólar como divisa de reserva (esto es, como moneda de uso obligatorio en todo el planeta para la adquisición de algunos bienes, como por ejemplo el petróleo). Obviamente, hacer las dos cosas a la vez es claramente contradictorio: si los EE.UU. tuvieran superávit comercial, eso querría decir que sus compradores tendrían que gastar sus dólares para comprar los bienes americanos y por tanto no lo tendrían para la adquisición de materias primas que se denominan en dólares. Para los EE.UU., que el dólar sea moneda de reserva les beneficia porque les permite financiar sus déficits (simplemente imprimiendo más) y exportar la inflación. Pero el coste de esos privilegios es la desindustrialización y un déficit constante en la balanza comercial. A la administración Trump le preocupa sobre todo lo primero, porque hace su país más dependiente del exterior y con menos empleos de media y baja cualificación para mantener empleada a la masa de su clase media.

¿Cómo cuadrar entonces el círculo de querer reindustrializarse y al tiempo conservar el privilegio de contar con la divisa de reserva? La administración Trump ya ha pensado en eso también, pues son conscientes de la contradicción en términos: según dicen, estarían dispuestos a rebajar los aranceles si los beneficios comerciales de los otros países se utilizan en inversiones productivas en los EE.UU. Es una solución perfecta para los EE.UU., pero desgraciadamente desde el punto de vista del resto del mundo rima bastante bien con extorsión.

Obviamente el plan de Trump puede fracasar ya que tiene enormes riesgos, entre otros que la nueva situación fuerce a los BRICS a acelerar su plan de establecer una divisa comercial alternativa, y también que el comercio mundial se reconfigure dejando bastante al margen a los EE.UU. Por lo pronto, eso sí, el Día de la Liberación Económica norteamericano nos envía a una recesión económica de caballo a nivel mundial. En la desorientada Europa, la combinación de la imposición americana con el inmoral y desnortado plan de rearme puede ser económicamente mortal. Europa corre un riesgo existencial y podría acabar disgregándose por culpa de la agitación social que puede emerger en medio de este caos. De esta caída. De La Caída.


Trump muestra la Declaración de Independencia Económica. 2 de abril de 2025.

Muchas otras cosas están teniendo lugar, al margen de las maquinaciones y evoluciones de Trump y los suyos. En este momento hay una profunda crisis de combustibles que está afectando a América Latina y a África. ¿La razón? La dificultad de mantener la producción de diésel, como sabemos. A la espera de la nueva edición del tradiciona post sobre el pico del diésel, he tomado los datos de la Joint Oil Data Initiative y replicado la gráfica de los valores mensuales de diésel y gasoil producido por las refinerías del mundo (a partir de abril de 2023 no hay datos de Rusia, así que uso como valor constante 1,7 millones de barriles diarios para ese país, que está en la franja alta de variación de su producción en los últimos años). La gráfica resultante (hasta diciembre de 2024) es la siguiente:


Producción mundial en refinería de diésel y gasoil desde abril de 2023.

Como pueden comprobar, después del bache de la COVID la gráfica recupera la tendencia decreciente que comenzó ya en 2018, con fuertes variaciones mensuales pero con un comportamiento tendencial fuertemente decreciente, situándose en la actualidad alrededor de un 12% por debajo de los máximo de producción del período meseta que se extendió de 2015 a 2017. Este faltante de diésel no se está distribuyendo homogéneamente entre todos los países del planeta, y así, mientas en la UE no falta diésel, su escasez es particularmente aguda ahora mismo en Bolivia, y en ese país está afectando gravemente al transporte por carretera y a la minería, y en última instancia a la producción y distribución de alimentos: los problemas de desabastecimiento son tan graves en ciertos departamentos que han llevado a muchas personas a emigrar a Perú. No solo es Bolivia: los problemas de carestía e incluso escasez de van repitiendo por toda la región, con mayor o menor intensidad: Colombia, Venezuela, Cuba e incluso en algunos momentos en Argentina. El problema también es bastante grave y generalizado en África: Nigeria, Níger, Sudáfrica, Malawi, Zambia, Mozambique... En muchos casos, la escasez de combustible se ve acompañada con cortes del suministro eléctrico, por el recurso que se hace en algunos países a la electricidad generada consumiendo diésel y fueloil. Por si todo lo anterior fuera poco, la recurrencia de eventos extremos, con intensidades y frecuencias de repetición nunca antes vistas, está asolando medio mundo y exacerbando la penuria de zonas ya afectadas por los otros problemas (por ejemplo, las lluvias torrenciales en Bolivia). Rara es la semana en la que no se produce un gran evento de ámbito regional, desde la cadena de tornados que sacude en este momento los estados centrales de EE.UU. o las inundaciones récord en el centro del país, hasta las olas de calor (en Brasil o en Rusia, por ejemplo), pasando por la formación de borrascas completamente anómalas. Ahora mismo, por ejemplo, el vórtice polar amenaza con desplazarse a Europa Oriental y podría matar a los árboles que están comenzando su floración primaveral. El clima está entrando en una situación caótica, mientras la temperatura media del planeta no baja de los +1,7ºC con respecto a la media preindustrial. Pero nadie habla de este caos, ya que todo la atención está centrada en las decisiones de unos pocos hombres al otro lado del Atlántico. De hecho, muchas de estas otras noticias, que pueden desencadenar procesos de escasez que marcarán los próximos años, están pasando completamente desapercibidos. Y, lo que es peor, no se toman medidas efectivas para adaptarnos a ellos o mitigarlos.


Reunión entre el Consejo de la OTAN y Rusia en Bruselas a finales de enero de 2022, un mes antes de que empezara la guerra en Ucrania.

La gran ironía de la situación actual es que el plan arancelario de Trump, con su efecto devastador sobre el comercio mundial, va a originar sin duda una disminución de la degradación ambiental, comenzando por una reducción del consumo de combustibles fósiles. Ésas son las paradojas de La Caída.

En todo caso, prepárense, porque las próximas semanas y meses prometen ser moviditos. Nos veremos por aquí.


Fuente: The Oil Crush

sábado, 22 de marzo de 2025

Cómo colapsar sabiamente con justicia ecosocial

 

 Por Esther Oliver  
      Bióloga, educadora ambiental y correctora lingüística; especializada en textos científico-técnicos y ensayo crítico.


Cuando los valores se invierten, cuando la política impulsa la ignorancia y el miedo al servicio de los lobbies, cuando el colapso y la brutalidad sustituyen al debate; el naufragio moral y político queda manifiesto.
— Noël Mamère (exdiputado ecologista y alcalde de Bègles en Francia).


     En 2002, un helicóptero localizó habitantes en Tikopia, una de las islas Salomón en el océano Pacífico, que había sido devastada por el ciclón Zoé. Llevaban unos 3.000 años aislados, viviendo en simbiosis con la isla. No hablaban en singular sino en plural. Tenían un nosotros para las personas y otro para las personas y la naturaleza. Algunos jóvenes abandonaron la isla, pero volvieron al poco tiempo, con el sentimiento de que el neoliberalismo no funciona. Echaban de menos su isla, que era un remanso de paz, un paraíso que alimenta, cobija y protege. Los tikopianos como laboratorio en miniatura del planeta nos enseñan que para mantener los equilibrios favorables a la vida deberíamos reencontrar una relación armónica con la biosfera.

Ese no es el panorama global. El reputado científico Antonio Turiel nos lo presenta de forma nada halagüeña: creciente caos climático, problemas de acceso a los combustibles, evidencia de que la transición energética ni funciona ni funcionará, desestabilización geopolítica masiva, retroceso democrático en Occidente… Sin embargo, no todos los países se encuentran en la misma situación: no sufren igual los que han sido empobrecidos que los países que nos hemos enriquecido.

Es cierto que habría sido mejor transitar hacia sociedades justas y sostenibles hace varias décadas, cuando nos avisaron de los límites del crecimiento. No obstante, ante el inminente colapso de la civilización termoindustrial, al menos, aprovechemos la oportunidad de cambio y colapsemos sabiamente. Además de necesitar un cambio personal de consciencia, urge una transformación social, que podría llevarse a cabo mediante una economía de poscrecimiento y con justicia ecosocial.

¿Qué está ocurriendo en el Sur global?

Es la misma historia de siempre: la gente con poder intentando conquistar el mundo, mientras que los pueblos originarios luchan contra Goliat. Antes eran los imperios, ahora son las corporaciones internacionales. Una de las consecuencias finales es que más de dos mil cien activistas ambientales (un tercio formaban parte de comunidades aborígenes) han sido asesinadas en el mundo en la última década.


Foto de Manny Becerra.

Bustillos y Aguilar, al tratar los derechos de los pueblos indígenas en América Latina, nos relatan cómo durante la expansión colonial les despojamos de sus derechos territoriales por el concepto del Derecho romano de terra nullius. Sin embargo, no es que la tierra no fuera de nadie, sino que lo que allí no existía era el concepto de propiedad privada. El acaparamiento de tierras comenzó con la negación de la propiedad colectiva de los pueblos. La colonización duró realmente seis siglos allí y ahora domina el ecocolonialismo o colonialismo ambiental por todo el planeta.

Por su lado, la profesora Mahnkopf nos presenta a los seres humanos como un factor geológico (en diferentes grados, claro está, según sus orígenes geográficos y sociales). Nos advierte de que en lugar de iniciar una transformación estructural estamos volviendo a repetir los mismos errores. En la actualidad experimentamos una renovación de la geopolítica, caracterizada no solo por una feroz competencia internacional por la disminución en las reservas de combustibles fósiles, sino también por una fiebre verde por los minerales, el agua y la tierra.

Algo huele muy mal cuando se empieza a hablar de necropolítica de los países extractivistas. Esperanza Martínez, militante ecologista y una de las fundadoras del colectivo Yasuní, no se anda con tapujos al denominar como zonas de sacrificio a “ciertos territorios considerados como objetos de explotación inevitable, sacrificando tanto a la naturaleza como a la población que vive en ellos, bajo el supuesto de que dicho sacrificio es necesario para la supervivencia de la humanidad”. Y todos sabemos que no se trata de supervivencia sino de extralimitación: los países enriquecidos manteniendo su manera de vivir gracias al sacrificio del Sur global.

¿Realmente aquí se vive tan bien?

Álvarez Cantalapiedra reitera en varios informes la idea del “modo de vida imperial o desmesurado”, que tan mal visto estuvo en otros tiempos. Incluso el papa Francisco se expresa con claridad cuando a esta forma de vivir la llama “la gran desmesura antropocéntrica”. Aunque la teoría sea atractiva, la realidad es muy distinta para la mayor parte de la población. El autor nos plantea una sociedad neurotizada, donde reina la desigualdad. Nos presenta una sociedad con muchos factores neurotizantes: autoexplotación hasta la extenuación, ansiedad colectiva, falta de un proyecto común, desconexión entre individuos (aunque está probado que somos una especie hipersocial, con lo que estamos malgastando nuestra ventaja evolutiva)… No parece que seamos conscientes de que este exceso, esta superación de los límites planetarios conlleva una amenaza existencial para la salud humana y planetaria.

Hasta hace muy poco, en economía no se hablaba de desigualdad. El autor nos dice que quizá el cambio se deba a que en las últimas décadas los porcentajes han alcanzado unas cifras intolerables, o bien, porque el ascensor social no funciona, desapareciendo así el principal instrumento de legitimación del capitalismo. Por otro lado, nos llama la atención sobre el abandono de la reflexión acerca de lo que significa hoy vivir bien, seguramente porque nos conduciría a cuestionarnos nuestro actual modo de vida.


Foto de Vlad Tchompalov.

¿Cómo podría ser una austeridad feliz?

En India llevan más de 5.000 años predicando el arte de vivir sabiamente, un estilo de vida saludable que ellos llaman ayurveda. Y aunque en Occidente intenten vendernos la moto, todas y todos sabemos que la felicidad no se basa únicamente en el dinero. El informe Por un enfoque ecosocial para el estudio de la vida buena expone la idea de Easterlin de la existencia de una zona de saturación monetaria del bienestar humano subjetivo. Es decir, a partir de una determinada calidad de vida, para ser feliz ya no solo cuentan los recursos, sino también el tiempo y las relaciones.

Por otra parte, el bienestar sirve de poco si solamente existe a corto plazo, tiene que ser sostenible. Ese bienestar a largo plazo quizá sería posible mediante la economía de la rosquilla de Raworth: teniendo en consideración el techo ambiental (en un espacio biológicamente sostenible dentro de los límites planetarios) y el suelo social (cubriendo las necesidades vitales, en un espacio socialmente seguro). Hay quien piensa que llegamos tarde para su aplicación y otros muchos ni siquiera creen en un bienestar sin crecimiento. No obstante, Max Koch sí lo ve viable, aunque nos avisa de que no es suficiente con impuestos crecientes redistribuidos, sino que son necesarias nuevas políticas sociales, en una economía de poscrecimiento y con un sistema de cuentas basado en necesidades.

En un texto sobre calidad de vida y necesidades humanas, Sempere añade algún componente más a la satisfacción de las necesidades básicas. Dice que también son esenciales: cohesión social, libertad, autorrealización, que no haya desigualdad ni opulencia consumista. Para que todo el mundo tenga acceso a los medios esenciales para una vida digna nos es preciso desaprender los hábitos de la opulencia. Reconoce que es difícil renovar el anterior pacto social (en el que se ha basado el Estado del Bienestar desde 1945) debido a la crisis ecosocial de agotamiento de los recursos naturales y de la energía. Propone que la salida satisfactoria para la gran mayoría únicamente puede basarse en un nuevo contrato social en el que se acepte una reducción de la huella ecológica mundial, es decir, modificando nuestra manera de vivir con mayor equidad distributiva.

¿Sería posible una buena vida a nivel global?

Hickel y Sullivan lo dejan bien claro en su informe Una buena vida para toda la población mundial es posible, al tiempo que se disminuyen los daños ambientales. Ante las cifras actuales (del 80% de la población sin acceso a bienes y servicios básicos, viviendo por debajo del umbral de lo que se considera una vida digna) los autores nos aseguran que “para proporcionar un nivel de vida digno a 8.500 millones de personas solo sería necesario el 30% de los recursos y la energía que se utilizan actualmente”. Y aún quedaría un remanente “para otros consumos adicionales, el lujo público, los avances científicos y otras inversiones sociales”. Simplemente tenemos que sustituir nuestro objetivo. Si este fuese el bienestar de la gente, lo importante no debería ser el Producto Interior Bruto (PIB), sino desviar la producción de la acumulación de capital y del consumo de las élites, a la vez que nos centramos en proporcionar bienes y servicios socialmente beneficiosos para todas y todos.

Sobre cómo hacerlo existen muchas propuestas interesantes, desde los textos de Serge Latouche, Carlos Taibo, la Guía para el descenso energético de Véspera de Nada, o bien las publicaciones más recientes de González-Reyes y Almazán (Decrecimiento: del qué al cómo. Propuestas para el Estado español) o la de Turiel (El futuro de Europa. Cómo decrecer para una reindustrialización urgente). Claramente necesitaríamos más de una estrategia: aplicar una economía de poscrecimiento en el Norte global, mientras ayudamos al Sur global a que alcance un nivel de vida digno.

¿Puede el Derecho ayudarnos a transformar nuestra relación con la Tierra?

Algunos/as así lo creen y lo relatan en el informe La Tierra clama justicia ecológica. Ciertamente la teoría que nos plantean resulta estimulante, pero la práctica es otra. Por ejemplo, el Acuerdo de Escazú para asuntos ambientales en América Latina y el Caribe entró en vigencia en 2021 y dos años más tarde Latinoamérica encabezó el número de defensoras ambientales asesinadas, con un total de 166, además de las millares de amenazas y ataques cada año. Costa Cordella nos recuerda que los acuerdos no son lo suficientemente sólidos, mientras las obligaciones dependan de las realidades políticas nacionales.




En 2023, por segundo año consecutivo, en Colombia se registró el mayor número de asesinatos del mundo, al alcanzar la cifra récord de 79 defensoras asesinadas. Luz Estella (abogada ecofeminista colombiana) nos explica que “lo que se vive actualmente es el resultado de la permisividad hacia el corporativismo empresarial en nombre de un desarrollo (mal llamado) sostenible”. Comparte su testimonio de haber tenido que abandonar su país, debido a la persecución contra ella y su familia por su trabajo como defensora ambiental. Testifica lo difícil de la situación “cuando el agresor es el mismo Estado”.

Según Del Viso, existe una doble cara de la moneda: avances normativos en derechos de la naturaleza y principios de justicia ecológica (como las/los relatores especiales de la ONU), mientras que al mismo tiempo continúa el punto de vista conservacionista, con la falsa noción de la naturaleza como fuente de explotación humana, junto al privilegio corporativista, que permite que las empresas puedan pedir indemnizaciones multimillonarias a los Estados, si la regulación perjudica sus intereses.

Asimismo, Montalván Zambrano reclama la necesidad de superar la visión utilitarista y mercantilista con la que nos estamos relacionando con la Naturaleza. Nos anima a tener una mirada ecocentrista como la que tienen los pueblos nativos y las comunidades identificadas con el territorio y nos propone el “derecho como actor principal en la construcción de una nueva consciencia ecológica”.

Ante esta propuesta nos preguntamos si no sería prioritario una transformación moral y cultural, porque ¿de qué sirven las leyes si no se implementan? Sin rechazar los avances que se consigan en Derecho Ambiental, hoy menos que nunca podemos permitirnos el lujo de esperar acuerdos, tratados o convenios de los que los gobiernos se puedan desentender en un momento dado, según el gobernante de turno. Hoy más que nunca el pueblo debe tomar las riendas de su futuro.

¿Cómo afrontar el futuro? ¿Y si copiásemos la forma de vivir de los pueblos originarios?

Yayo Herrero se pregunta cómo la sociedad occidental (que se autodenomina sociedad del conocimiento) ha podido crear un modo de vida en común, que destruye las propias condiciones que posibilitan la vida. Nos aclara que la causa es la fantasía de la individualidad, es decir, el deseo de liberación de la naturaleza, de los límites, de los vínculos… que solo se puede sostener en una cultura del dominio (patriarcal, colonialista, antropocentrista) en el que unas vidas valen más que otras. Sin embargo, esa ilusión ni siquiera se puede mantener ilimitadamente. Nos avisa de que este estilo de vida no es más que un sueño.

Así que ¡¡despertemos del sueño!! y aceptemos que la trama de la vida es un sistema dinámico complejo eco e interdependiente, que funciona de manera más parecida a lo que intuían los pueblos nativos. Todavía podemos aprender de estos pueblos y otras culturas que han sabido vivir armónicamente con el medio natural. Es fácil identificar lo que tienen en común. La Red de futuros indígenas nos da alguna pista: prácticas de respeto y reciprocidad con la Madre Tierra, defensa del territorio, gestión comunitaria, rescate de la diversidad, volver a tiempos cíclicos… A la vez, nos advierten de la necesidad de detener esta máquina de exterminio, mientras provocamos un cambio, que debe ser de raíz.

La revista Yggdrasil dedicó una sección a los pueblos originarios que aún están repartidos por el mundo. Todos coinciden en su esencia: una conexión profunda con la tierra. De los distintos ejemplos, remarcaríamos a los aborígenes de Australia. Ellos sí que son expertos en apocalipsis. En su caso, la terra nullius conllevó acaparamiento de sus tierras, enfermedades y masacres. En 1967 fueron incluidos en el censo de la población (hasta entonces formaban parte del registro de fauna y flora). No fue hasta 1992 cuando el gobierno australiano reconoció que ellos ocupaban las tierras antes de que llegasen los colonos. Actualmente viven confrontados con la industria minera. A pesar de todo el horror, a día de hoy mantienen su cultura a través de su lazo con la tierra, que constituye su identidad. Poseen una visión colectiva, opuesta a la individualista que caracteriza al neoliberalismo. Los pueblos indígenas resisten gracias al tejido social.




Solamente tenemos que replantearnos nuestros vínculos con los demás y con la naturaleza, pasar del antropocentrismo al ecocentrismo. No hay alternativa: o vivimos dentro de los límites planetarios o, irremediablemente, nos autoextinguiremos. Únicamente nos queda creer que una revolución social es aún posible, aunque sea con una esperanza sin optimismo, con un impulso utópico, con un sueño consciente…

Terminamos con las bellas palabras del artista gráfico Miguel Brieva: “[Ante] una sociedad preñada de un sueño delirante, carente de límites (…) es momento de volver a soñar de manera intensa y seductora, pero con los pies en el suelo (…) Es hora de revertir el sinsentido y tomar conciencia del enorme potencial de la imaginación [a través de] relatos que se atrevan a soñar con valentía”.


 Creación de Maia Koenig.


Fuente: 15/15\15