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miércoles, 29 de octubre de 2025

Decrecer es decrecer (I)

 

      Titulado en Dirección y Dramaturgia por la ESAD de Vigo. Estudios de Bellas Artes y Escenografía. Dramaturgo, escenógrafo, poeta, narrador…


El último informe de la Organización Meteorológica Mundial, referido a 2024, es demoledor. Constata un imparable aumento de las concentraciones de CO2, metano y óxido nitroso en la atmósfera, al tiempo que documenta este año como el primero en superar en más de 1,5 °C el valor de referencia de la era preindustrial, siendo 2024 es el año más cálido desde que empezaron a registrarse los valores de temperatura hace 175 años.

     Si cabía alguna esperanza para la ingenuidad de quienes se aferran a la «transición verde» como posibilidad real de inflexión en la curva exponencial de la crisis climática, esta noticia la desbarata al completo, sobre todo porque el origen de las emisiones es múltiple y está asociado en buena parte al propio cambio climático -si citamos como ejemplo los grandes incendios forestales- y porque la segunda parte de la cuestión, la capacidad del planeta para absorber los gases invernadero, está menguando a pasos agigantados, y esta noticia es aún peor que aquella que sitúa las emisiones en su pico más alto. Es decir, hemos entrado en una espiral que se retroalimenta de su propia energía y en la que la única alternativa parece ser actuar sobre el nudo, la fuerza motriz que se sitúa en este nudo.




Así, la cuestión sobre si la «transición verde» ofrece o no soluciones reales queda ofuscada por la gravedad del problema en su conjunto, pues en el mejor de los casos sería insuficiente para atajar las causas principales del desbordamiento climático. Ya no sirve una operación superficial sobre los síntomas: es preciso un tratamiento eficaz e inmediato sobre los agentes que provocan y extienden el cáncer, dado que una demora en este tratamiento podría significar un colapso ecosistémico. Además, no queda suficientemente comprobada la eficacia de esta cura sobre la piel: instalar millones de hectáreas de fotovoltaicas o incontables máquinas de producir electricidad con el viento no sólo no podrían estar actuando como freno sino que podría, incluso, estar acentuando el mencionado desbordamiento, al desviar nuestra atención sobre el origen de la cuestión, que no es otra, al fin, que la actividad humana en constante crecimiento.

En consecuencia, se revela con claridad, por una parte, que son precisas medidas más radicales para parar o al menos ralentizar esta catastrófica tendencia, y parece evidente, a su vez, que estas medidas no pueden ir asociadas a aquellas actividades que generan el problema, sino en sentido contrario, es decir: aminorándolas. O dicho de una forma tajante: decreciendo.

Hemos de partir de una base sólida: cualquier intervención del ser humano en el medio natural es susceptible de generar convulsiones sobre el mismo, siendo mayores éstas cuanto mayor es la intensidad de la intervención o lo son sus consecuencias, tanto inmediatas como a largo plazo. Esto lo que viene a decir es que salvo aquellas que van encaminadas a restablecer un orden natural preestablecido, el resto de actividades aportan, en mayor o menor medida, un desequilibrio sobre el frágil equilibrio planetario, en estos momentos en estado crítico.

Asentada esta premisa, es fácil deducir que lo que más urge decrecentar no son las pequeñas actividades cotidianas y autogestionadas que permiten la supervivencia sin generar un impacto notable a nuestro alrededor sino aquellas que precisan de una actividad de terceros y su desarrollo implica una modificación sustancial del medio. Como es obvio, no es lo mismo desplazarse en bicicleta para dar un paseo, por más que una bicicleta necesite para su fabricación de una industria -posiblemente contaminante- que tomar un vuelo de avión para hacer turismo, con las consecuencias medioambientales que tienen la fabricación de los aparatos, la construcción y mantenimiento de las pistas o del propio aeropuerto, el consumo de combustible y la actividad derivada del motivo de nuestro viaje.

Es decir, cuando hablamos de decrecimiento debemos referirnos a aquello que es susceptible de menguar para cumplir, de este modo, la función de aportar equilibrio al medio, dentro de un sistema económico y cultural marcado por la acelerada actividad y el movimiento constante.

El decrecimiento, en este sentido, es asistemático, genera lentitud y ofrece una vía de escape hacia otros modos de vida que se han de explorar. No estamos hablando, en consecuencia, de un nuevo sistema sino de un freno al sistema vigente que tendría que obligar a este mismo a buscar una adaptación. O dicho de otro modo: el decrecimiento actúa en contra del capitalismo como catalizador de su declive, aportando un espacio de tránsito en el que nuevas prácticas más beneficiosas para el entorno han de ser posibles. Y en este declive, se debería tener en cuenta también una ruptura con el paradigma vigente y que sitúa al ser humano en el centro. La visión antropocéntrica que coloca a nuestra especie como dominante debe dar paso a una mirada extendida y holística en la que asumamos nuestra dependencia de la existencia misma de un medio habitable, tanto para nuestra especie como para el resto. Decrecer puede significar aceptar un crecimiento de la biodiversidad y puede significar también comprender mejor el mundo en el que vivimos.

Tampoco decrecer debe estar ligado a la pérdida de logros científicos, técnicos o culturales. Los derechos que deberían ser universales, como la educación o la sanidad, han de seguir vigentes y esto implica un uso positivo de la ciencia, la técnica o la cultura, aceptando que ese uso no debe interferir en el propio decrecimiento, en especial a lo que se refiere a la renuncia a todo aquello que fundamenta el intercambio comercial a gran escala, el acaparamiento de bienes o la especulación con recursos naturales.

Pensar en una habitabilidad conjunta con el capitalismo o con el atropocentrismo sería un autoengaño. Y sin embargo, en lo que se refiere al capitalismo como sistema vigente capaz de producir bienes de consumo, pretender su anulación nos llevaría a un imposible, sin tener en cuenta que la incertidumbre generada podría ser ocupada de inmediato por autoritarismos indeseables o situaciones de absoluto caos. El decrecimiento va en contra del capitalismo pero no aspira su aniquilación inmediata pues su función no es la fabricar un mundo post-capitalista. Su función fundamental es la de moderar radicalmente las nefastas consecuencias de una de las leyes que rigen el capitalismo: el eterno crecimiento. Por lo tanto, no estamos hablando de la imposición de un colapso sino de la inversión de una tendencia. O dicho de otro modo: el decrecimiento actúa sobre la palanca del freno antes de que el tren descarrile en una vertiginosa curva. No se trata de parar el tren en seco sino de que éste transcurra armoniosamente por el paisaje, con el objetivo de llegar a otro lugar más habitable, no sólo para nuestra especie.

De acuerdo, es preciso decrecer. ¿Pero por dónde comenzar? ¿Qué estamentos deben tomar esta decisión y cómo? ¿Qué asuntos marcan una emergencia a actuar? ¿Podemos, desde la ciudadanía, ayudar a que el decrecimiento tome forma y sea aceptado como imperiosa condición vital? ¿Están en juego recursos vitales, como la alimentación? ¿Es posible apostar por un decrecimiento que permita crecer en valores, en bienes inmateriales o incluso en salud y bienestar físico y mental?

Son estas, y otras preguntas paralelas, las que abordaremos en próximos capítulos, pues a través de las respuestas podremos comprender mejor la trascendencia de este término. Decrecer es decrecer, no tratemos de rodear esta palabra de retorcidas alegorías retóricas, la cuestión es qué debe decrecer primero, quiénes tienen una mayor responsabilidad en este asunto, qué medios de producción han de desacelerar su maquinaria, qué actividades o qué territorios podrían quedar al margen, cómo podemos actuar consecuentemente siendo conscientes de la necesidad de decrecer, etc.


Fuente: Rebelión

jueves, 9 de octubre de 2025

Jason Hickel: “La crisis climática no puede resolverse dentro del capitalismo”

 

 Por Andrés Actis   
      Periodista. Licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina).



Figura esencial del ecologismo y pensador clave sobre el decrecimiento, Jason Hickel pasó por Madrid para defender en el Congreso la necesidad de quitar a la clase capitalista su poder como única vía posible para salvar al planeta de la crisis climática



     Jason Hickel (Manzini, Suazilandia, 1982) es uno de los grandes teóricos del decrecimiento, corriente que la semana pasada puso un pie en el Congreso para reflexionar sobre cómo salimos de un modelo social y económico basado en el crecimiento sin fin, un sistema incompatible con el equilibrio ecológico del planeta y su habitabilidad.


Conferencia Más Allá del Crecimiento 2025.

Antropólogo económico y escritor, Hickel es profesor en el Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB) y también profesor visitante sénior en el Instituto Internacional de Desigualdades de la London School of Economics. Además, ocupa la cátedra de Justicia Global y Medio Ambiente en la Universidad de Oslo. Su trabajo divulgativo —el libro Menos es Más (Capitán Swing, 2023), por poner un ejemplo— lo ha convertido en una referencia académica para el ecologismo que, desde hace años, advierte que no alcanza con pintar de verde al capitalismo para luchar contra el cambio climático.




En su fugaz paso por Madrid, Hickel charló con El Salto sobre la renuncia de los gobiernos a la crisis ecológica; sobre cómo el capital sigue invirtiendo en bienes y servicios que son perjudiciales para las personas y el planeta; sobre la urgente necesidad de forjar un movimiento político ecosocialista liderado por España y el sur de Europa; y sobre la estrecha relación entre el crecimiento infinito y el genocidio en Gaza. “La clase capitalista está dispuesta a infligir una violencia absolutamente abrumadora, hasta el genocidio, para asegurar la represión del Sur Global, para asegurar todos sus recursos”, analiza.


Jason Hickel

La crisis sistémica del capitalismo se acentúa año tras año, pero el decrecimiento sigue siendo tabú en las grandes esferas políticas. ¿Cómo se explica?

Nuestros gobiernos han renunciado en gran medida a la crisis ecológica. Están implementando algunos cambios modestos, pero ninguno a la escala ni la velocidad necesarias para limitar el deterioro climático según el Acuerdo de París. Y la razón es que esta crisis no puede resolverse dentro del capitalismo. Este es un punto crucial. Bajo el capitalismo, la producción está controlada principalmente por el capital: las grandes empresas, los bancos comerciales y el 1% que posee la mayoría de los activos invertibles. Ellos determinan cómo asignamos nuestra capacidad productiva colectiva. El único objetivo es maximizar las ganancias. Esto crea un problema en dos frentes. En primer lugar, muchas de las cosas más importantes que necesitamos hacer, como desarrollar capacidad de energía renovable, construir transporte público, regenerar ecosistemas, aislar edificios, etcétera, no son lo suficientemente rentables para el capital. Por lo tanto, no sucede. En segundo lugar, sabemos que realmente necesitamos reducir o decrecer la producción de productos dañinos e innecesarios, como los combustibles fósiles, los coches, la moda rápida, los aviones privados, las mansiones, la carne industrial, etc. Pero estos son altamente rentables para el capital y, por lo tanto, el capital nunca reducirá voluntariamente su producción.

¿La descarbonización es un gran relato entonces?

Este problema que planteo es muy claro en lo que respecta a la transición energética: las energías renovables son más baratas que los combustibles fósiles, pero el capital no realiza las inversiones necesarias. ¿Por qué? Porque los combustibles fósiles son entre tres y cuatro veces más rentables. Así que el capital sigue invirtiendo en combustibles fósiles mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Es una locura.

¿Somos rehenes del capital?

Exacto. Estamos estancados. Sin embargo, existen soluciones fáciles para este problema. Primero, podemos establecer un mecanismo de financiación pública para acelerar la producción de bienes social y ecológicamente necesarios, independientemente de la rentabilidad. Segundo, necesitamos establecer un sistema de orientación crediticia que imponga reglas a los bancos comerciales, exigiéndoles que reduzcan las inversiones en bienes perjudiciales e innecesarios que debemos reducir, y dirijan la inversión hacia bienes socialmente más beneficiosos. Eso es todo. Es simple de hacer, pero va directamente en contra de los intereses de la clase capitalista. Por eso no está sucediendo. Nuestros gobiernos no lo hacen porque, en última instancia, están alineados con el capital. Por lo tanto, necesitamos construir un movimiento político —un movimiento ecosocialista— lo suficientemente fuerte como para ganar elecciones, tomar el poder e implementar los cambios necesarios, abordando así nuestras crisis sociales y ecológicas.

Para lograr esto, ¿no es crucial construir primero una narrativa deseable en torno al decrecimiento? Ninguna gran revolución se hizo sin esta pulsión.

En realidad, no creo que necesitemos que el decrecimiento sea un elemento central de la narrativa pública. Considero que es un término científico y analítico importante. Pero en lo que respecta a la narrativa pública, creo que la clave está en señalar que nos enfrentamos a una doble crisis: tenemos una producción masiva que supera los límites planetarios y causa un colapso ecológico; sin embargo, aún tenemos una privación social masiva, donde millones de personas no pueden permitirse una vivienda y un transporte dignos, y el desempleo es alto. ¿Por qué? Porque el capital controla la producción e invierte en lo que le resulta más rentable, incluso si perjudica a las personas y al planeta. Obtenemos formas de producción totalmente perversas y nuestro progreso como civilización se ve obstaculizado.

La narrativa debería ser: somos los trabajadores, producimos toda la riqueza de la nación, pero ahora mismo nuestras élites, los capitalistas, controlan nuestra producción y nos impiden abordar nuestras evidentes crisis sociales y ecológicas. Por lo tanto, necesitamos recuperar el control. Debemos reclamar el control democrático sobre nuestras propias capacidades productivas para poder organizarlas en torno a objetivos social y ecológicamente necesarios. Si hacemos esto, podremos abordar nuestras crisis en muy poco tiempo. En otras palabras, necesitamos una narrativa populista que centre a la gente común y a los trabajadores como agentes de transformación radical.

Por otro lado, la narrativa negacionista, liderada ahora por muchos gobiernos, cobra cada vez más fuerza, tanto en las calles como en los algoritmos de las redes sociales. ¿Es el fascismo la respuesta que el capitalismo está eligiendo para sobrevivir?

Exactamente. Creo que nuestra clase dominante comprende que la única manera de resolver la crisis ecológica es superar el capitalismo y transitar hacia una economía ecosocial democrática, con características como finanzas públicas, obras públicas y orientación crediticia, nacionalización de los sistemas energéticos, etc. Lo saben y lo combaten. Por eso su principal método es promover narrativas negacionistas. Donald Trump lo encarna a la perfección como representante de la clase dominante capitalista.




¿Cuál es su respuesta al ecologismo que, a pesar de adherir al decrecimiento desde una perspectiva teórica, insiste en que es un “mal marco político”, demasiado opuesto al sentido cultural dominante, y que no hay otra opción que consolidar el capitalismo verde?

Que es cierto que el decrecimiento no necesita ser un eslogan político público. Cuando la gente lo confronta por primera vez es muy fácil malinterpretar. Pero el concepto de que necesitamos reducir la producción innecesaria y perjudicial puede incorporarse a un marco ecosocialista populista que atraiga a las masas.




¿Cómo se decrece? ¿Por dónde hay que empezar?

Está a simple vista. Hay grandes sectores de nuestra economía que son perjudiciales e innecesarios. Está claro que debemos empezar con los combustibles fósiles, el producto más letal. Pero también tenemos una sobreproducción masiva de bienes como todoterrenos, moda rápida, aviones privados, carne industrial, armas, cruceros, turismo... Estos bienes y servicios son extremadamente perjudiciales y no benefician a la mayoría de la gente. Benefician las ganancias capitalistas y el consumo de las élites. Estaríamos mejor sin ellos.




El decrecimiento ofrece numerosas ventajas. En primer lugar, reduce directamente las emisiones. También reduce la demanda energética, lo que nos permite descarbonizar el sistema energético mucho más rápido, lo suficientemente rápido como para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París. En segundo lugar, libera mano de obra, fábricas y recursos que pueden removilizarse para acelerar el progreso hacia los objetivos sociales y ecológicos. Esto se puede lograr mediante un sistema de garantía de empleo que permita a cualquier persona formarse y participar en los proyectos más urgentes de nuestra generación, con buenos salarios, eliminando así el desempleo y la inseguridad económica.

¿Cómo imaginas a España, país muy expuesto al cambio climático, dentro de unas décadas si este capitalismo anclado en el crecimiento se profundiza?

España se encuentra en una situación muy precaria. Los modelos climáticos muestran que, de seguir nuestra trayectoria actual, gran parte de España estará desertificada, más parecida al Sahel que al Mediterráneo. Muerte masiva de bosques, olas de calor brutales... Es un futuro sombrío. Lo mismo ocurre con otros países del sur de Europa. Creo que el sur del continente, que cuenta con una larga y orgullosa tradición revolucionaria —Italia y Grecia también tuvieron en su momento partidos socialistas masivamente populares—, debería unirse como vanguardia para obligar a la UE a implementar una política ecosocial radical. Estos países pueden liderar una revolución ecosocial popular e inspirar al mundo entero.

Para muchos puede parecer una conexión forzada, pero ¿cómo se relaciona el genocidio de Gaza con un capitalismo obsesionado con el crecimiento eterno?

Es una relación directa. Debemos comprender que el capitalismo es una economía mundial. La acumulación de capital en los países centrales, como Estados Unidos y Europa, depende en gran medida de mano de obra barata y recursos apropiados del Sur global. Para mantener este sistema deben mantener a los países del Sur global en una posición de subordinación y dependencia. Cualquier Gobierno o movimiento político del Sur que busque la liberación nacional y la soberanía económica real representa una amenaza muy real para este sistema. Porque cuando el Sur recupera el control de sus propios recursos y comienza a producir y consumir para sí mismo corta el flujo de insumos baratos y dificulta enormemente la acumulación de capital en el centro. Por lo tanto, el capital necesita destruir los movimientos de liberación.

Hoy es Palestina, pero antes fueron Libia, Irak, Vietnam, Chile, el Congo, Indonesia, etc. Es una letanía interminable de invasiones, golpes de Estado y destrucción. La clase capitalista está dispuesta a infligir una violencia absolutamente abrumadora, hasta el genocidio, para asegurar la represión del Sur. Lo mismo ocurre con la crisis climática. Saben lo grave que se volverá. Saben que, de seguir nuestra trayectoria actual, 1.500 millones de personas serán desplazadas y más del 30% de las especies desaparecerán. Saben que cientos de millones se enfrentarán a un calor extremo. Pero están dispuestos a imponernos ese futuro —un futuro de violencia masiva— mientras puedan seguir lucrando con la producción de combustibles fósiles y otros productos destructores del planeta. Esto es obsceno y no se puede tolerar.


Fuente: El Salto

jueves, 4 de septiembre de 2025

Alejandro Pedregal: “El decrecimiento no es ni primitivismo ni austeridad”

 

 Entrevista de Deva Mar Escobedo

      Periodista que escribe sobre clima en El Salto.


     Pedrógrão Grande, Portugal. Galería Nicolini, Lima. Torre Grenfell, Londres. Estos son los lugares de grandes incendios acontecidos todos en junio de 2017 y el punto del que parte Alejandro Pedregal en su libro Incendios. Una crítica ecosocial del capitalismo inflamable (Verso Libros, 2025), un análisis de la relación del capital con diferentes aspectos de la vida “en un sentido amplio”, según explica su autor.




Alejandro Pedregal es investigador del Consejo de Investigación de Finlandia y trabaja en el departamento de cine de la Universidad Aalto, en el país nórdico. Colabora con El Salto en temas relacionados con la crisis ecosocial o modelos políticos alternativos al capitalismo y se encuadra en el campo del decrecimiento, “uno de los movimientos que pueden iluminar una salida al contexto de policrisis ecosocial” y que para nada implica “una especie de primitivismo actual” o austeridad. Las críticas en este sentido al decrecimiento son ignorantes o interesadas, opina el cineasta: “El eslogan ‘no tendrás nada y serás feliz’ se ha achacado al decrecimiento cuando viene del Foro de Davos”.


Alejandro Pedregal, autor de 'Incendios' y colaborador de El Salto.

Sobre la vertiente metafórica del fuego, Pedregal da gran importancia al mito griego de Prometeo, el ser que robó el fuego a los dioses para dárselo a la especie humana. La lectura actual de la historia la entiende como un mito del productivismo, pero las influencias de culturas no occidentales en el origen del mito griego apuntan más al fuego como símbolo del conocimiento secular emancipado de los dioses. De las sociedades no occidentales hay mucho que aprender, sostiene Pedregal: estas culturas ponen en práctica los proyectos más relevantes para entender cómo construir modelos de sociedad alternativos al capitalismo. El colaborador de esta casa ha dedicado el libro “a la Resistencia del pueblo palestino, que insiste en educarnos cada día”.


Prometeo siendo encadenado por Vulcano - Dirck van Baburen.

Empiezas el libro aclarando que a pesar del del título, el tuyo no es un escrito sobre incendios como tal.

El libro se llama Incendios, pero no voy a describir el aspecto más inmediato que a uno se le ocurra sobre los incendios. El libro tiene tres capítulos centrales, cada uno parte de un incendio y hay una dimensión física o material que se aborda, pero, sobre todo, es una herramienta que nos lleva al plano simbólico a pensar en las dimensiones destructivas del capitalismo en el ámbito socioecológico. Intenta tratar el tema desde una perspectiva un poco más amplia de la que habitualmente se trabaja cuando se habla de incendios.

¿Puedes contarnos un poco más sobre esa relación entre los incendios y el capitalismo que mencionas?


Un vecino de Valdeorras frente a una de las casas destrozadas por los incendios de este verano.

La idea que guía el libro es el antagonismo o contradicción entre el capital y la vida, es decir, entre las necesidades del capital para constituirse y reproducirse como orden social y los límites contra los que choca, que son los límites de la vida en un sentido amplio, de la existencia.

Me acerco a cada uno de los incendios para explorar tres ejes de esa contradicción. Una [el incendio forestal en Pedrógrão Grande, Portugal] es el antagonismo entre capital y naturaleza. El segundo es el incendio de la Galería Nicolini en Lima, Perú, que analiza el antagonismo entre capital y trabajo. El tercero, el de la Torre Grenfell, se centra en el antagonismo entre el capital y la reproducción social, esos espacios necesarios para que aquellos que fueron expropiados de su acceso a los bienes comunes puedan reproducir su fuerza de trabajo y ser productivos en términos capitalistas.

Dentro del uso que le das al fuego como metáfora, hablas del capitalismo como sistema inflamable e identificas dos vertientes. La primera es la material y es fácil de entender: hemos visto estos días cómo la privatización y búsqueda del máximo beneficio potencia los incendios. A la segunda vertiente le dices simbólica. ¿En qué consiste?

Quizás la forma más sencilla de acercarse a esa dimensión sea entender por qué hablamos, cuando nos referimos al calentamiento global, de mundo en llamas. El fuego aparece como un elemento destructivo porque es el que mejor simboliza en el imaginario social lo que es el efecto de la acumulación de gases de invernadero en la atmósfera y el calentamiento global.

Las dimensiones simbólicas también movilizan formas de entender el mundo y hacen que lo entendamos de una manera particular. En ese sentido y pensando en el fuego, el mito de Prometeo está en el imaginario social —y también en el ecologista— como un mito del productivismo que recoge las esencias de la modernidad capitalista. Trato de aportar otra lectura a este mito que permita también entender que el fuego [otorgado por Prometeo a la humanidad a espaldas de los dioses en la mitología griega] puede ser un símbolo de conocimiento secular y ciencia democratizada que permita construir otro orden social y un desarrollo equilibrado dentro de los límites planetarios.

La lectura actual del mito de Prometeo no es inocua, ¿no? Porque lo que nos ofrece a la humanidad es, entre otras cosas, la capacidad de domar la naturaleza. Se junta esto con Descartes y de aquellos barros, estos lodos.

La lectura dominante del mito tiene un Prometeo del dominio sobre la naturaleza y productivista, una visión que viene de la división cartesiana entre sociedad y naturaleza. El mito ha tenido un recorrido histórico que tuvo que ver con el desarrollo del capitalismo a partir del siglo XIX y el eurocentrismo que ignoró las influencias de otras culturas en la historia del Prometeo griego.

Hay una serie de mitos que preceden al griego con personajes similares a Prometeo: Matariswan en pueblos védicos o el sumerio Enki. Planteaban esa idea del mito iluminador, pero no en el sentido de control de la naturaleza, sino de conocimiento secular que se emancipa de los dioses. Esos aspectos se fueron perdiendo con el eurocentrismo que viene del pensamiento cartesiano.

Citas a John Bellamy Foster, sociólogo y prologuista del libro, para argumentar que en parte de la literatura de la literatura ecológica hay una crítica esencialista a la modernidad. ¿Confundimos decrecimiento con volver a lavar la ropa a mano en el río?

[Ríe]. Sí, ese es uno de los problemas. Esa idea del decrecimiento como una especie de primitivismo actual se ha instalado de manera muy interesada por determinados sectores. En algunos casos por ignorancia; en otros por mala intención. Cualquiera que se ponga a leer a los autores del decrecimiento verá que no es ni primitivismo, ni austeridad, ni nada por el estilo. Hay un texto, por ejemplo, de Jason Hickel, muy breve donde plantea estos temas con una claridad meridiana. Enterarse de qué es el decrecimiento lleva una tarde.

El decrecimiento es uno de los movimientos que pueden iluminar una salida al contexto de policrisis ecosocial en el que estamos instalados. Lo que plantea es la reducción de la producción y el consumo más degradante, especialmente en el Norte global. Esto permitiría que el Sur global pudiera desconectar de las redes del capital global y desarrollar una economía local que no estuviera centrada en la exportación, sino en la satisfacción de las necesidades de las sociedades locales.

Hay mucha ignorancia, pero también mala intención en otros casos. El eslogan ese del “no tendrás nada y serás feliz” se achaca al decrecimiento cuando en realidad viene de[l Foro de] Davos.

Incides en la vertiente decolonial del decrecimiento. Es algo que veo un poco ausente cuando debaten quienes abogan por ir a menos con quienes defienden la sustitución de energía fósil y nuclear por renovable como manera de seguir creciendo. Sobre todo después del apagón, que hubo un debate muy técnico y el extractivismo estaba más ausente.




Mi marco de lecturas no procede únicamente del ámbito ecologista o del decrecimiento, sino que estoy ligado a lo que se conoce como marxismo tercermundista y a la literatura anticolonial y antiimperialista. Hay autores del decrecimiento que vinculan este modelo con la liberación del Sur global de las cadenas de suministro y valor globales. Hay un vínculo entre esas dimensiones del decrecimiento y las luchas del Sur global.

Poner el foco en esos trabajos es especialmente relevante porque en Occidente o en el Norte [global] a veces hablamos de propuestas ecosociales o bien muy lejanas en la historia o bien muy aisladas de los centros donde se mueve la mayoría de la población. Mientras, otras realidades han puesto o intentado poner en marcha otros tipos de organización socioecológica. Esos casos son mucho más amplios de lo que creemos. En ellos, además, encontramos muchos de los problemas a los que nos enfrentaríamos si tuviéramos que poner en marcha un proyecto de organización social diferente.

¿Puedes poner algún ejemplo?

Uno de los casos más relevantes es el desarrollo de la agroecología en Cuba en el periodo especial o las comunas en Venezuela. Thomas Sankara en Burkina Faso en los años 80 u organizaciones como La Vía Campesina, el MST [Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra de Brasil] o el MTST [Movimiento de los Trabajadores Sin Techo de Brasil].

La lucha por la supervivencia del pueblo palestino contra el genocidio de Israel también es una lucha entre dos modelos de organización social, uno [el de Israel] que procede de la expansión del capitalismo que adopta la forma del imperialismo occidental. Por otro lado, está la posibilidad de existir de modos alternativos de vida, pero todo esto va mucho más allá de las cuestiones socioecológicas que yo trato.

¿En qué estás trabajando ahora?

En un número especial de la Journal of Labor and Society sobre los aspectos imperialistas del ecomodernismo en el que participan autores bastante destacados, como Kai Heron y Nemanja Lukić. Estoy bastante ilusionado con este proyecto. Tengo otros textos en proceso. Uno es sobre lo que he llamado la gran colisión sistémica, que tiene que ver con el choque entre el declive del sistema mundo capitalista y el deterioro del sistema Tierra y ver cómo se podrían organizar los movimientos antisistémicos para crear alguna alternativa instituyente.

Fuente: EL SALTO

lunes, 10 de marzo de 2025

El temporal perpetuo

 

 Por Juan Bordera  
      Guionista, periodista y activista en Extinction Rebellion y València en Transició.


Hay un desconocimiento enorme y fatal de la realidad a la que nos vamos a enfrentar ya mismo en el litoral del mar que vio nacer a la civilización moderna


     No me gusta estar escribiendo esto. Tampoco me gusta, a veces, saber lo que sé. Sin embargo, aún me gusta menos, mucho menos, que, sabiendo lo que sé, no lo supiera más gente, porque lo que nos estamos jugando es absolutamente incalculable. Cuando hay tanto en disputa, el silencio cómodo de quien sabe puede ser tan elocuentemente traidor como la peor de las mentiras.


Imagen de la península ibérica captada por el satélite MODIS de la NASA el 1 de noviembre de 2024, durante la DANA en la periferia sur de Valéncia.

Estamos viviendo inundaciones cada vez más recurrentes y fenómenos cada vez más extremos por toda Europa y el norte de África, cuyo origen está en el Mediterráneo. Esa balsa sobrecalentada que está mutando a jacuzzi. Buena prueba de ello es que cuando aún hay gente que no ha podido volver a habitar la que era su casa, tras la dana del 29 de octubre, volvemos a vivir otra alerta, de menor virulencia, que afecta a partes del territorio español tan alejadas como Gran Canaria, Málaga o Castellón.

Habrá quien diga que Gran Canaria no está en el Mediterráneo… y no le faltará razón, pero quizá no por lo que cree. Efectivamente, no es sólo el mar más importante para Europa el que se está revolviendo, es todo el inabarcable mar de la Tierra, que está batiendo récord tras récord de temperatura. Es la circulación atmosférica desequilibrada. Son las corrientes oceánicas. Es el deshielo abrupto. Es el equilibrio climático del que dependemos el que se está alterando.

Desde que hay registros, sólo ha habido dos años en los que la temperatura del mar del planeta entero haya estado por encima de los 21ºC a estas alturas del año: el imborrable 2024 y este 2025, que comienza fuerte.




Este año en el que ni la influencia de La Niña en acción (la parte fría del ciclo ENSO, la oscilación más determinante de la Tierra, que calienta o enfría las aguas del Pacífico con repercusión en el planeta entero) es capaz ya de enfriar nada.

Esta circunstancia resulta determinante porque fue la desestabilización de esta anomalía la que causó la peor extinción masiva de la historia de la Tierra. Y cada vez hay más estudios, y pruebas, para quien quiera ver, que apuntan a que ya estamos empezando a desestabilizarla. Las “Niñas” vienen débiles, y cada vez menos; los “Niños” vienen crecidos y cada vez más fuertes. El punto final de esta desestabilización son alternancias entre sequías perennes y temporales perpetuos. Algo de poesía tiene el asunto.

Y habrá que repetirlo las veces que haga falta. El mar era la componente lenta del calentamiento global: hace falta 3.000 veces más energía, más calor, para calentar el mismo volumen de agua que de atmósfera, ergo, si algo se rompe, como se ha roto desde 2023 en el termostato marino, prepárense, porque, sin duda, la cosa se acelera. No hay tiempo para contarnos mentiras cómodas sobre avances tecnológicos. Hay que seguir investigando, sí, pero con menos tecno-optimismo, más principio de precaución y conciencia del momento histórico.

Todos los países con litoral mediterráneo formamos parte de la lista de lugares que van a salir peor parados con el caos climático que hemos desatado, y que nos empeñamos en menospreciar. Nos mentimos pensando que existe alguna forma de ponerle freno sin cambiar de manera radical el modelo de consumo y, sobre todo, de producción.

Aunque alguna vez la metralleta sin puntería apunta más lejos de la costa (Alemania y otros países de Europa Central sufrieron en 2021 un evento atroz con 242 víctimas), lo habitual es que los peores fenómenos se produzcan en los lugares que bordean los mares y océanos, y, más aún, en aquellos más frecuentemente inundables que, testarudos e inconscientes, nos hemos empeñado en robarle a la naturaleza. Albufera quiere decir “el lago” y Alzira, “la isla”, por alguna razón que no debimos olvidar para beneficio de cuatro constructoras.

“Los modelos climáticos, en general, están fallando, pecando de optimistas”

Grecia y Libia también comprobaron la furia creciente del Mediterráneo en 2023, con uno de los peores temporales que se recuerdan y que fue 50 veces más probable debido al caos climático que prácticamente nadie asume en las políticas que se implementan. Hubo más de 10.000 afectados, entre víctimas y desaparecidos.

Los mapas de peligrosidad, zonas inundables y periodos de retorno de inundación están absolutamente desfasados. Anacrónicos. Basados en un clima que ya no existe. Y esto no es una frase hecha, es que literalmente son modelizaciones estadísticas que se basan en un pasado que no puede servir como modelo, cuando hasta el mismo presente ya es tan diferente. De hecho, los modelos climáticos, en general, están fallando, pecando de optimistas, de moderación, para sorpresa de nadie que sepa cómo funcionan.

Del futuro mejor no hablemos ahora, aunque por el título ya se pueden imaginar por dónde va la previsión del asunto. Más aún si seguimos confiando en que la canalización, la obra dura, la ingeniería, nos van a sacar de esta encrucijada sin tocar nada más. Habrá que hacer canalización donde haya que hacerla, pero es más crucial renaturalizar y quitar hormigón que poner nuevo.


Imágenes captadas por el satélite US Landstat-8 de la periferia sur de Valencia el 8 de octubre (izq.) y el 30 de octubre, durante la DANA (dcha).

De todas formas, por si a alguien le interesa el futuro, quizá solo tiene que aprender del pasado, del de hace unos 12.000 años –un periodo inestable diferente, pero que comparte rasgos con el que vamos a vivir, llamado Younger Dryas–; ya comentamos aquí con más acierto del que querríamos, dos meses antes de la tragedia en la periferia valenciana, algunas claves de lo que se nos viene literalmente encima, pero hay más. Mucho más. Hay un desconocimiento enorme y fatal de la realidad a la que nos vamos a enfrentar ya mismo en el litoral del mar que vio nacer a la civilización moderna. Y tiene mucho que ver con la radiación creciente que está absorbiendo la Tierra y con el deshielo acelerado en ambos polos.


Barcos destrozados tras el paso dos meses antes de una dana por las Islas Balerares.

Pero, sobre todo, que no reaccionemos, que se siga asumiendo construir aún más cerca de la playa después de una dana como la del 29 de octubre, que no se haga apenas nada de nada de lo que habría que hacer, tiene que ver con que el sistema económico que hemos construido es alérgico a la verdad.

A saber cuántos puestos de trabajo y billones de euros en inversiones y propiedades dependen de que no se asuman los límites reales que marcan la física, la geografía, la biología y el sentido común. Y el mayor problema es que esa avidez de mentiras que tiene el sistema económico –porque se asienta sobre la gran mentira de que es posible crecer eternamente en un planeta finito– nos está contagiando al resto, y poco a poco nos lleva hacia el crecimiento del fascismo, debido al fascismo que esconde la mentira del propio crecimiento.


Fuente: Ctxt