Mostrando entradas con la etiqueta Derecha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Derecha. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de julio de 2026

Anotaciones, nada marginales, sobre la democracia

 

 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


        Si la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos conocidos” no hay que extrañarse de que el fascismo se ofrezca como el mejor de los sistemas desconocidos, sin que los recuerdos del pasado alteren en gran medida su poderoso cinismo oportunista. Y cuando asumimos ese eslogan, entregándonos al confort que transmite y sin preocuparnos mucho por su profunda perversidad, nos convertimos en adocenados peleles ideológicos.

Tratar la corrupción como un mal inevitable, consustancial con la naturaleza humana y por tanto presente en toda la historia y en todo el mundo, y sosteniendo que siempre será menor en los regímenes de libertades por aquello de la mutua vigilancia y el “equilibrio de poderes”, es optar por su aceptación y normalización, bajando la guardia tanto a escala institucional como personal y grupal. Anotemos que en las democracias en las que convivimos, hemos tardado mucho en señalar y criticar a dos poderes inexplicablemente intocables, como el judicial (tercero en la clásica división de poderes) y el mediático (cuarto en esa fanfarria informal del “marco de libertades”): en España solo en los últimos años se ha abierto la veda para esas dos estructuras de poder esenciales en la democracia y, por tanto, receptáculos inevitables de hipocresía, de corrupción y de intimidación.

      La izquierda, con sus miedos prudenciales que llevan en primer lugar a su negativa a criticar la democracia, se adhiere al eslogan de más arriba y compite incluso con la derecha en su defensa, lo que debiera removernos las tripas: ¿será posible que la izquierda (transformadora, reivindicativa, rigurosa) se resista a ejercer el análisis crítico de la democracia capitalista, elevándola por el contrario a valor universal e inmejorable? ¿No percibe que esta actitud equivale a la de un atrincheramiento, cuando no retirada, pero siempre fatalista respecto de sus ideales y convicciones? De la referencia ordinaria a la democracia como concepto convivencial (tan equívoco) y de su prestigio político (tan amañado) se deduce una seria acumulación de impedimentos para su análisis crítico.

Porque, o ajustamos las ideas sobre la democracia o no saldremos nunca de ese limbo tranquilizador en el que nos instala la “fuerza de los hechos”. Y en primer lugar se impone recordar que la democracia es la más prístina creación del capitalismo, es decir, de las exigencias, más que propuestas, de los que disponen de mejor posición económica. De lo que no debiera dudarse si consideramos que la democracia actual, extendida por todo el planeta, es la inglesa del siglo XVII, que en esencia consistió en la exigencia de la burguesía -básicamente comercial y financiera, que estaba apoderándose de medio mundo por la expansión colonial- de arrebatarle poderes al monarca, para atribuírsela a ella misma en los nuevos parlamentos. De ahí que, en aquella democracia, y durante siglos, el grupo del votante y el del votado resultaran minorías exiguas en el total de la población; es decir, que se reducía a los sectores directamente interesados y que consiguió -revoluciones burguesas mediante, de distinto calado pero mismo objetivo- constituirse en poseedora privilegiada del poder político, una vez que se descubrió a sí misma segura dueña del poder económico.

         Con la evolución del sistema y la ampliación paulatina del voto, el capitalismo ha ido modulando ese sistema democrático de tal manera que siguiera siendo su propio modelo, y que, por ejemplo, las elecciones acaben ganándolas quienes más dinero dedican a las campañas electorales, lo que no parece producir ningún escándalo. Siendo lo esencial, sin embargo, que mantiene y protege los intereses del capitalismo, y todas las medidas que adopta en favor de la mayoría conseguida (y utilizada) de votantes no son sino medidas o “soluciones” aparentes, relativas o parciales, que en nada cambian la sustancia del sistema. Todo el mundo sabe, por lo demás, que “los bancos y las grandes empresas son los que mandan”, con independencia de los procesos electorales y sus novedades, y que son instituciones que cuando incurren en exceso, incluso en delito, resultan muy favorablemente considerados por el sistema político y el aparato judicial y que además sobreviven e incluso mejoran tras cualquier proceso electoral que implique cambios o novedades, aunque estos se describan a sí mismos como heraldos de justicia y equidad.

     La democracia consiente el desarrollo de estos grupos que la erosionan y envilecen porque siempre “alega”, como fórmula tramposa, la libertad y el derecho de unos y otros a expresarse y, por supuesto, a medrar. Defiende, en definitiva, a los que, desde un punto de vista teórico (pero que encubre planes de poder real) se comportan de forma radicalmente antidemocrática. Una variación de lo anterior, o un corolario, vaya, de decisiva importancia, es el caso de los partidos liberales más radicales que, expresando claramente su deseo “constitutivo” de reducir y debilitar al Estado democrático, disponen de total libertad de desenvolvimiento político y electoral, lo que el Estado concede con declarada “convicción” permitiendo su propia humillación y la amenaza de destrucción o apropiación por esos grupos anti-Estado. Es el caso de tantos mamarrachos neo y ultra liberales que van a elecciones y, en casos, las ganan con el objetivo expreso de dañar en lo posible al Estado: como el indescriptible Trump o Milei el estrafalario, y tantos tipos y partidos del universo liberal que se declaran enemigos del Estado y se lanzan a él para aniquilarlo. No hay ninguna “grandeza democrática” en un sistema político en el que cunde y prospera esa gentuza.


Si tipos como Trump representan a la democracia, apaga y vámonos.

      Y ahí tenemos, nítidamente contemplados, a la ciencia, la tecnología (C-T) y sus prohombres, surgidos y amamantados por la gran referencia de las democracias planetarias, los Estados Unidos de América, riéndose de la democracia y declarándole al mismo tiempo su hostilidad más sincera, así como sus elegantes planes para eliminarla. Sin embargo, este tecnofascismo (concepto que, por fin, suena y resuena, después de que nuestros utopistas del siglo XX no quisieran ver ni reconocer), no solo no suscita rechazo general, sino que aumenta su poder de atracción, dado el culto que reciben desde la política y los medios de comunicación, y muchos, muchísimos de nuestros jóvenes se dejar atraer por su brillo y sus espejismos, soñando con hacerse ricos con todo ese despliegue de falacias prometedoras.

      Por lo tanto, la crítica de la democracia debe ser sistemática, permanente, implacable. Pero no se trata de incidir, en cualquier caso ni como prioridad, en el desarme semántico-histórico de la democracia, ni mucho menos en su comentario gramatical, sino en su cuestionamiento lógico, histórico, documentado, coloquial, político y socioeconómico, sobre todo cuando de cuestiones esenciales para la convivencia se trata, que es en lo que consiste, en definitiva, la mayor parte del trabajo social y político. Y de atender ante todo al hecho incuestionable de que esta democracia es (necesariamente) generadora de diferencias, desigualdad y de una pobreza que no siempre resulta marginal, pudiendo afectar a grandes sectores de la población (veamos los estragos de la vivienda inasequible para los jóvenes) o a la ciudadanía entera (como la inflación y el coste de la vida, fenómenos claramente políticos y caracterizadamente “democráticos”). Que la desigualdad y el empobrecimiento son condiciones, diríamos, metafísicas del imperio del capitalismo.

        Se comprueba la perfidia profunda de la democracia cuando periódicamente a lo largo de la historia en su seno pone en marcha, o consiente, procesos de endurecimiento social y político orientados a “disciplinar” a ciertos grupos (de izquierda, esencialmente) o a la sociedad entera, Cuando las sociedades democráticas empiezan a segregar movimientos de tipo fascista, que siempre empiezan por la violencia ambiente (broncas callejeras, intimidaciones a las víctimas elegidas, etc.) hasta conseguir la “normalización” de la actividad de grupos de este tipo, el objetivo queda claramente señalado, y es resolver algún proceso socioeconómico que inquieta a ese capital siempre atento y activo, o encaminar al país a conflictos abiertos, de los que el capitalismo siempre espera -por haberlo comprobado tantas veces- salir vencedor o reforzado. En nuestros pagos, cosa es de admirarse (o mejor, de enfurecerse) por el énfasis que los nuevos fascistas ponen en la Democracia, la Libertad y hasta la Constitución, acusando a las izquierdas de ser culpables de su degradación y obligándolas a actuar, y hasta gobernar, a la defensiva y a la desesperada, cuando en los genes de esta turbamulta ultra late y rige la obsesión por acabar con esas tres categóricas referencias. Son gente y formaciones políticas profundamente liberticidas, montaraces y provocadoras, exhibiendo un racismo descarnado, apuntando como dianas a logros seculares en derechos humanos y adhiriéndose, en el caso español, a la dictadura franquista y sus crímenes.

            Como si esta ultraderecha y su escandalera pudieran hacernos ignorar que no es más que esa repetitiva excrecencia del capitalismo desbocado y desesperado que periódicamente busca la forma de liberarse de sus propias normas y limitaciones, dando marcha a la legión -dormida, agazapada, revanchista- de desalmados y descerebrados que escarban en las situaciones de desolación y desesperanza que ese mismo capitalismo crea para proceder a una etapa de ganancias políticas excepcionales, con independencia de los crímenes previstos, y deseados, que han de acompañarla. Y hemos de soportar ese marea ascendente -por mor de la democracia generosa- de indeseables a los que resulta inútil recordar lo que su ideología ha dado de sí en la Historia y los daños que ha causado a la Humanidad.


Si el Estado de Israel es democrático, que venga Yavé y lo vea.

        Otros sistemas existen, desde luego. Pero no dejemos de reseñar -recurriendo al método histórico- la hostilidad furiosa de la democracia occidental cuando han surgido “otras democracias” de algún tipo que amenazara o eliminara el sistema anterior vigente con presupuestos radicalmente opuestos, es decir, atacando o eliminando de la escena política el protagonismo del poder económico; fuera este el rancio e insoportable poder feudal, como fue el caso de la Revolución francesa de 1789, o el mucho más hiriente del capitalismo esclavizante, como fue el caso de la Revolución rusa de 1917, corrección contundente de la francesa y de otras del siglo XIX. En este segundo caso se produjo la alianza -esperada, inevitable- de la reacción del poder zarista abatido con las potencias exteriores, de predominio democrático, que dieron forma con su inquina a la guerra y la invasión militar.

         Nada de lo cual significa que la alternativa política no exista o no pueda existir, sino todo lo contrario. No habría que tener miedo ni reservas mentales insuperables a pensar y exponer los objetivos y contenidos de “otras democracias”, empezando por la llamada “democracia popular”, que erradica al capitalismo y los capitalistas de la dirección política expresa o soterrada, y da al pueblo organizado y capaz la posibilidad de una vida digna. Vienen a cuento esos necios que se apuntan a la rusofobia, se alinean con la Ucrania filonazi y consienten activamente que la OTAN supremacista y expansionista ejerza como brazo armado del capitalismo más descarnado, creyendo con ello vengarse de la URSS “superándola”, reduciendo la experiencia soviética a los crímenes de Stalin y asumiendo por entero la propaganda occidental de decenios de insidias y mentiras; y se “saltan” el principio leal de que la conciencia política auténtica no debe dejarse camelar ni engañar por la leyenda y las pamplinas de los “valores de Occidente”, sino que su misión es “aclararlos” y someterlos a estricto y profundo análisis, ya que esos valores son los que esgrimen, sin gran contestación, potencias genocidas como Estados Unidos, Israel y, cada día un poco más, la Unión Europea. Que considerar como democráticos a Estados criminales constitutiva y funcionalmente es prueba abrumadora de la gran farsa democrática. Como estupidez sublime es creer en democracias satisfactorias que no eliminen al capitalismo como sistema socioeconómico dominante, ya que en él prima lo económico, no lo político, que resulta accesorio (o, mejor, subsidiario...), y que por eso genera falsedad, desigualdad e incapacidad para responder a las inquietudes legítimas y profundas del género humano.

         Manoseada y desenfocada, la democracia falaz genera las derechas ultras y los fascismos, como muestra la historia europea; no obstante, no escarmentamos, y la izquierda y la amplia constelación de (verdaderos, sinceros) creyentes en una democracia equívoca e hipócrita se mecen tan panchos en una idea que creen que, por ser radiante y sonora, les va a guardar de tanto canalla hirviendo.


Si hay que acostumbrarse a la corrupción, esperémonos lo peor.

Es la socialdemocratización generalizada de la izquierda, la de los mencheviques de la Revolución rusa de entonces y de la Internacional Socialista de después, que es la administradora de las traiciones de los partidos socialdemócratas a la clase trabajadora y la mayoría de los pueblos y países (recordemos a Samir Amin y su frase lapidaria: “La socialdemocracia es, pues, por excelencia, la ideología del capitalismo avanzado”, en El capitalismo, una crisis estructural, 1974)

       Pero otra democracia es posible, desde luego, aunque a condición de que cambien supuestos, estructuras y objetivos. Como indicación al caso, se ha de tener muy en cuenta que una democracia contaminada no puede ser verdadera democracia, de donde se nos plantea la oportunidad del ecosocialismo como opción democrática necesariamente distinta y bien diferenciada de la democracia convencional. Reparemos, a estos efectos, en la hostilidad con que la derecha y la ultraderecha -falsificadoras incorregibles de la democracia- miran a cuanto suponga protección o conservación ambientales, optando siempre por el endurecimiento frente a la agitación o la reivindicación de carácter ecologista. Se trata de una enemiga que por no ser clásica y por armarse de argumentos bien a la vista, ni derecha ni ultraderecha saben bien cómo doblegarla y de ahí la extremada inquina conque las tratan. Y como el sistema, dominado por un capitalismo que envenena el planeta por necesidad, asume el peligro de esta sensibilidad organizada, se emplea a fondo -y en buena medida lo consigue- en comprar y someter al movimiento ecologista.

           Así que, resumiendo, parece evidente que los tiempos marcan que cualquier alternativa a esta democracia -que ya más que honrarnos, nos secuestra- debiera optar por un ecosocialismo de fondo y forma, que se diferencie netamente de la democracia de 1978: chantajista en lo político, vana en lo económico y empalagosa en lo moral.

lunes, 28 de julio de 2025

El retorno del conservadurismo decadente

 

      Profesor de la Universidad de Ottawa e investigador en Queen Mary, Universidad de Londres.


Las facciones más estridentes de la derecha contemporánea coquetean con la monarquía, los mitos y la trascendencia tecnofuturista. Inspiradas en la sensibilidad antimoderna del fin de siècle, rechazan la democracia y buscan configurar el futuro a partir de pasados imaginarios



     Pobre de quien analiza la política conservadora contemporánea. Antes parecía fácil identificar a un conservador: era alguien que defendía las tradiciones heredadas, las prácticas e instituciones consolidadas, los valores familiares y la moral convencional. Estas posturas solían ser hipócritas, en contradicción con la economía de libre mercado que defendían, pero al menos era una hipocresía honesta. El vicio rendía homenaje a la virtud. Los conservadores ocultaban sus transgresiones, las negaban o buscaban el perdón. Aunque los escándalos familiares, las «desviaciones» sexuales y los estilos de vida poco convencionales podían ser habituales, se ocultaban o se encubrían en nombre de la modestia y la convencionalidad.




Hoy en día, esa visión del conservadurismo parece pintoresca hasta el punto de lo absurdo. El divorcio era antes motivo de descalificación para un candidato a la presidencia de Estados Unidos. Ahora hemos visto la reelección de un hombre divorciado dos veces, con un historial de aventuras amorosas en la prensa sensacionalista que incluye modelos de Playboy y estrellas porno. Su antiguo partidario y provocador por excelencia, Elon Musk, tiene un historial que hace parecer inofensivo el de su jefe: tres matrimonios con dos mujeres y al menos catorce hijos. El exsocio de Musk y antiguo mentor del vicepresidente Estados Unidos J. D. Vance, Peter Thiel, también desafía cualquier categorización sencilla. Aunque encaja en la etiqueta de «conservador libertario», el estilo de vida abiertamente gay de Thiel hasta hace poco habría escandalizado a muchos autoproclamados conservadores, y probablemente aún lo haga en los círculos más tradicionales del movimiento.

La lista de lo que antes se habría considerado un comportamiento «anticonservador» podría continuar. Sin embargo, no se trata aquí de trollear la vida personal de figuras públicas en busca de transgresiones de un conservadurismo nostálgico. Se trata de preguntarse qué tipo de conservadurismo estamos viendo hoy en día. Descartar a estas personas como «no realmente conservadoras» claramente no funciona: apoyan objetivos conservadores y desempeñan papeles importantes en la política conservadora. Sin embargo, sus gustos y estilos de vida no parecen encajar en los estándares conservadores tradicionales. A falta de una palabra mejor, parecen sospechosamente decadentes. Esta semejanza no pasa desapercibida para quienes ven paralelismos entre nuestra época y la Edad Dorada de El gran Gatsby, con Mar-a-Lago sustituyendo a West Egg, Long Island.

Conservadores de cuero y terciopelo

Estas analogías pueden parecer ridículas. Al fin y al cabo, la decadencia ha sido el blanco de los conservadores durante siglos, y las acusaciones de decadencia siguen siendo una de las formas más fiables de la derecha para condenar el liberalismo como una cultura del relativismo y el nihilismo. Sin embargo, la sospecha de que estamos asistiendo a una nueva decadencia, esta vez procedente de sectores de la derecha, no parece errada. El parecido con episodios culturales anteriores —ya sean los locos años veinte de F. Scott Fitzgerald o los decadentes de fin de siècle de Gran Bretaña— es más profundo de lo que parece y merece la pena profundizar en él.

Esa generación anterior de decadentes, que incluía figuras como Oscar Wilde, Wyndham Lewis, T. S. Eliot o W. B. Yeats, suele considerarse progresista. Buscaban liberar las formas de expresión artística y la vida individual de las camisas de fuerza burguesas. Despreciando la moral social y sexual convencional y a menudo hipócrita, y rechazando la formalidad insulsa de los valores burgueses victorianos, el arte y la literatura decadentes eran corporales, emotivos y transgresores, y con frecuencia se celebran como tales en la actualidad.

Sin embargo, como argumenta Alex Murray en su notable estudio Decadent conservatism, también eran profundamente conservadores, aunque de forma compleja. Los ataques de los decadentes a un presente degradado se inspiraban en elementos estéticos e ideológicos del pasado medieval y absolutista. Atraídos por el elitismo y la aristocracia, sus adeptos se deleitaban con lo provocativo y lo recargado, oponiéndose firmemente a gran parte de la cultura moderna y, a menudo, a las ideas democráticas de su época.




Los ecos que se encuentran en algunas partes del conservadurismo actual son sorprendentes. La similitud más evidente es su individualidad asertiva. Los decadentes literarios se oponían a lo que identificaban como la opresión moral e intelectual victoriana. La libertad de pensamiento y de expresión, en particular la de las élites, era vital para combatir el impacto intelectualmente y socialmente adormecedor de la cultura de masas. El arte debía salvarse de la sociedad industrial y así, tal vez, podría ayudar a salvar a la sociedad de sí misma.

Los decadentes conservadores de hoy en día suelen ser libertarios de un tipo u otro, y se definen, como todo el mundo sabe, en contra de la ortodoxia del «liberalismo woke». Su entorno es la tecnofilosofía, no la literatura. Pero, al igual que sus predecesores, combinan una imagen provocativa con reflexiones teóricas y una política elitista. Las chaquetas de cuero negro pueden ser sus levitas de terciopelo, las motosierras sus accesorios y Twitter/X sus medios de comunicación preferidos. Sin embargo, con frecuencia son, inequívocamente, intelectuales.

Make Monarchy Cool Again

Entre sus preocupaciones destaca la importancia de la libertad de pensamiento individual. Defensor de la audacia de las fuerzas creativas ajenas a las instituciones liberales, Thiel suele caracterizar la cultura liberal contemporánea con imágenes que recuerdan a T. S. Eliot. El liberalismo, sostiene, ha «llegado a su fin»: agotado de imaginación y vitalidad, se ha convertido en poco más que una «máquina» decrépita y decadente que impone las opiniones e intereses de sus partidarios y silencia los de sus adversarios.

Esto, para Thiel, no es solo cuestión de derechos individuales. Es un asunto especialmente importante para las élites, cuya libertad intelectual es esencial para el avance de la sociedad en su conjunto. En su opinión, el mundo está atrapado en una carrera mortal entre una política disfuncional y unas tecnologías que encierran un potencial devastador o liberador. El destino del capitalismo y —desde una perspectiva libertaria— la libertad humana están en juego. La individualidad de las élites es lo único que se interpone entre nosotros y el abismo.




A diferencia del mundo de la política, en el mundo de la tecnología las decisiones de los individuos pueden seguir siendo primordiales. El destino de nuestro mundo puede depender del esfuerzo de una sola persona que construya o propague la maquinaria de la libertad que hace que el mundo sea seguro para el capitalismo.

Los primeros decadentes se mostraban escépticos, a veces abiertamente hostiles, hacia la democracia. Al igual que Alexis de Tocqueville, temían sus efectos niveladores: que embotara la individualidad, borrara las distinciones de excelencia y empoderara a los mediocres. Encontraron inspiración para una alternativa en el pasado, en particular en el retorno de la supuesta época más encantada de la monarquía estuardiana, con su moral individual más libre y su apreciación antipuritana del placer estético y físico. El gobierno severo de Victoria parecía sin vida y restrictivo en contraste con los ricos rituales del catolicismo y la gallardía y grandeza aristocráticas que terminaron con la ejecución de Carlos I.

Los decadentes de hoy expresan un desdén similar por la democracia liberal. En 2009 Thiel declaró de manera bastante infame que ya no creía que la libertad y la democracia sean compatibles. También recurren con frecuencia al pasado en busca de inspiración. Pensemos en Curtis Yarvin, ingeniero informático y teórico político, cuya presencia pública va en aumento gracias a sus conexiones con Michael Anton y el vicepresidente Vance. Yarvin también adopta una personalidad contracultural.

El retrato de Yarvin en una entrevista del New York Times tiene un parecido asombroso con Oscar Wilde. Y, al igual que esos pensadores anteriores, comparte una desconfianza —de hecho, hostilidad— hacia la democracia y busca en el pasado alternativas inspiradoras. En su caso, la respuesta no es una restauración estuardiana, sino un sistema neomonárquico con raíces en las ideas cameralistas prusianas de los siglos XVIII y XIX. Actualizado al presente, Yarvin imagina un «CEO nacional» en lugar de la democracia representativa, un soberano ejecutivo que fomentaría el individualismo, apoyaría el elitismo y destruiría el liberalismo.

Desencanto y reacción

La afirmación de Yarvin de que el desencanto con la democracia liberal es la condición previa para estar «plenamente iluminado» políticamente coincide con otra corriente que tiene ecos sorprendentes de una época anterior. Los decadentes del movimiento de fin de siècle estaban cautivados por la riqueza experiencial del pasado, por las diversas formas de vida que daban acceso a la experiencia humana que había sido aplastada por la lógica desencantadora de la modernidad.


Ilustración de Matthew Holland.

Para algunos, la religión ofrecía una visión alternativa de la autoridad basada en la jerarquía, y no en el liberalismo y la democracia. No era solo la autoridad lo que les atraía de la religión, sino el misterio de la fe en sí misma, su capacidad para evocar sentimientos y experiencias que iban más allá de la piedad victoriana. El mundo medieval, y a menudo la Iglesia católica en particular, sirvió no solo como modelo de orden jerárquico, sino como reserva histórica e institucional, algo a lo que recurrir en el esfuerzo por recuperar formas emocionales, estéticas y sociales que habían sido degradadas hasta quedar casi irreconocibles por el materialismo, el utilitarismo y la sociedad industrial. No era el moralismo convencional lo que atraía a los decadentes, sino la esperanza de revivir dimensiones perdidas de la experiencia y la vida social.

Es revelador que no sea difícil encontrar ideas similares entre los decadentes de hoy en día. Un buen ejemplo es el tecnólogo informático e inversor de capital de riesgo Mark Andreessen. Conocido de Thiel, Yarvin y otras muchas luminarias de Silicon Valley, además de partidario de la campaña de Donald Trump, Andreessen se hace eco de la fascinación de los decadentes por los aspectos experienciales de los pasados perdidos y la sabiduría latente que conservan. Aquí, el desencanto se convierte en reencanto. Como observa Matthew D’Ancona:

Andreessen se remite al hasta ahora oscuro estudio de 1864 La Cité antique del historiador francés Numa Denis Fustel de Coulanges. Como dijo en el podcast de Lex Fridman en junio de 2023, este relato de la cultura indoeuropea antes de la era clásica describe una «civilización organizada en cultos, cuya intensidad era un millón de veces superior a cualquier cosa que podamos reconocer hoy en día». Con una sonrisa, Andreessen observó que la vida contemporánea es «muy insulsa y gris en comparación a cómo solía ser la experiencia de las personas. Creo que es por eso por lo que somos tan propensos a buscar el drama. Hay algo en nosotros, profundamente evolucionado, que quiere recuperar eso».

No se trata de una simple reacción: es una visión de futuros radicales a los que se accede y se inspiran en parte a través del pasado, no como un retorno a él.

Los nuevos decadentes

Ver estas ideas y figuras de la derecha contemporánea como moldeadas en parte por una nueva decadencia nos permite dar sentido a fracciones importantes del conservadurismo contemporáneo. Los decadentes de hace un siglo eran una fuerza culturalmente prominente pero políticamente marginal. Sus ideas sin duda tuvieron un impacto, pero su influencia fue principalmente estética. No se puede decir lo mismo de los decadentes conservadores de hoy. Carecen del poder estético de Wilde, Yeats o Eliot, pero poseen una riqueza y un poder que habrían impresionado a Jay Gatsby, y una confianza intelectual y cultural que sin duda él habría envidiado. Forman parte de lo que John Gray ha llamado una «contraélite» que se opone a las élites liberales a las que se enfrenta con amargura.

Lo que los distingue es su capacidad para movilizar los elementos retóricos y performativos de un conservadurismo claramente decadente, proyectando un atractivo que va más allá del conservadurismo tradicional y serio que han rechazado y, en gran medida, sustituido. La decadencia siempre ha tenido una carga subversiva. Puede ofrecer una sensación de individualidad atrevida y juvenil, transformando el conservadurismo en una transgresión contra una cultura liberal dominante y un orden político esclerótico. Apela al anhelo de fundamentos, utilizando el pasado no como un punto final sino como una lente a través de la cual plantear preguntas existenciales de formas nuevas y radicales. Abraza el poder del mito. En todo esto, se ha convertido en una parte poderosa de la política conservadora actual.


Ilustración de Stephen Collins.

Los nuevos decadentes han desempeñado un papel importante en el auge del conservadurismo trumpista. Pero su protagonismo también crea posibles fisuras. Steve Bannon ya ha lanzado ataques mordaces contra los «broligarcas», y no es difícil imaginar que otras facciones más conservadoras socialmente o más tradicionales desde el punto de vista religioso se desilusionen de manera similar. El rencor cada vez más público entre Musk y Trump simboliza esta disyuntiva: un choque no solo de personalidades, sino de visiones. Dicho esto, realmente nadie en la izquierda debería esperar que estas fisuras conduzcan al colapso de la coalición que condujo a Donald Trump nuevamente a la presidencia de Estados Unidos.

Son numerosos los elementos de la derecha que han mostrado una considerable disposición a pasar por alto sus diferencias para mantener la unidad conservadora y avanzar en sus agendas específicas. Por si ello fuera poco, la izquierda contemporánea muestra escasos indicios de ofrecer una alternativa atractiva para los grupos escindidos de la derecha. Los nuevos decadentes podrían convertirse en un foco de controversia, pero, al menos por ahora, no son una fuente de desestabilización grave. Aun así, la política cultural ha sido un aspecto clave del ascenso del trumpismo: las grietas dentro de este movimiento merecen una atención especial.


Fuente: JACOBIN

domingo, 26 de enero de 2025

Los nazis no eran socialistas, eran hipercapitalistas

 

 Entrevista con Ishay Landa  
      Doctor en Historia y profesor visitante en la Universidad Abierta de Israel. Historiador de las ideas centrado en reconstruir la genealogía intelectual del fascismo y su compleja relación con la historia intelectual de Occidente.


A la derecha le encanta insistir en que los miembros del partido de Adolf Hitler eran socialistas. Pero las verdaderas políticas económicas del nazismo defendían principios hipercapitalistas arraigados en ideas darwinistas sociales sobre el valor de la vida humana. No eran socialistas en absoluto.




Entrevista de Nils Schniederjann, periodista afincado en Berlín.


     Uno de los argumentos más tediosos que se esgrimen contra el socialismo afirma que el nazismo era de alguna manera «socialista», y por lo tanto algo de lo que la izquierda debe responder. Los hombres de Adolf Hitler prepararon la economía para la guerra, pusieron al Estado por encima del individuo y, como argumento asesino, incluso se llamaron a sí mismos «socialistas nacionales».

¿Jaque mate? No del todo. Incluso dejando de lado el hecho de que otros partidos conservadores y liberales votaron a favor de otorgar plenos poderes a Hitler en 1933, su régimen se caracterizó por intervenciones masivas para ayudar a las empresas privadas. Y el darwinismo social defendido por los nazis, que consideraba a los «improductivos» como un mero gasto inútil, obedecía a la lógica de juzgar la vida humana según el criterio de la ganancia.

En 2009, el historiador israelí Ishay Landa publicó el libro The Apprentices Sorcerer: Liberal Tradition and Fascism [El aprendiz de brujo: Tradición liberal y fascimo], un extenso estudio sobre los intereses económicos y sociales que perseguían realmente los nazis. En esta entrevista con Jacobin, explica qué significaba el término «socialismo» para Hitler, cómo estaban conectadas sus opiniones políticas y económicas, y cómo hoy podemos ver los peligros del liberalismo económico en Elon Musk.


NS

En tu libro, examinas las políticas económicas y la ideología de los nacionalsocialistas en Alemania. ¿Eran realmente socialistas las políticas nazis?


IL

No, obviamente no eran socialistas. Es cierto que los nazis utilizaban el término afirmativamente de vez en cuando. Algunas personas cínicamente se aferran a eso como evidencia: «¡Eran socialistas porque se llamaban a sí mismos socialistas!». Pero eran fuertemente antisocialistas en cualquier sentido real del término.


NS

Entonces, ¿por qué usaban la palabra «socialismo»?


IL

Tenemos que entender el contexto en el que lo aplicaron. En nuestros días, los políticos de derecha ya no usan el término. ¿Por qué? Porque el socialismo ya no es tan popular. Pero en aquel entonces, los anticomunistas se enfrentaban al reto de acceder a los bastiones socialistas y convencer al mayor número posible de votantes de la clase trabajadora. Por lo tanto, tuvieron que presentar sus políticas como acordes con los intereses de la clase trabajadora. El truco consistía en beneficiarse de la popularidad del socialismo, que era ampliamente visto como la fuerza del futuro, pero al mismo tiempo distanciarse lo más posible de su esencia.


NS

Si los nazis se llamaban a sí mismos socialistas solo por razones estratégicas, ¿cómo eran realmente sus políticas económicas?


IL

Eran fuertemente capitalistas. Los nazis pusieron gran énfasis en la propiedad privada y la libre competencia. Es cierto que intervinieron en el libre mercado, pero también fue una época de fracaso sistémico del capitalismo a escala global. Casi todos los estados intervinieron en el mercado en ese momento, y lo hicieron para salvar al sistema capitalista de sí mismo. Esto no tiene nada que ver con el sentimiento socialista: era procapitalista. En cierto modo, hay un paralelismo con la forma en que los gobiernos rescataron a los grandes bancos tras el estallido de la crisis financiera de 2008. Eso, por supuesto, tampoco reflejaba intenciones socialistas de ningún tipo. Fue simplemente un intento de estabilizar un poco el sistema.


NS

Pero, ¿no quieren siempre los capitalistas la mayor libertad posible?


IL

No necesariamente. En aquél momento las intervenciones estatales se llevaron a cabo de acuerdo con la industria. Los capitalistas incluso lo exigieron, porque las políticas de libre mercado no siempre son las más convenientes para los capitalistas. A veces necesitan que el Estado socorra al libre mercado. Así que las intervenciones no fueron simplemente impuestas a la economía por los fascistas, sino que fue un desarrollo consensuado que reflejaba las necesidades de muchos sectores importantes de la industria. El objetivo era esencialmente dirigir el sistema a favor de las grandes empresas.


NS

¿Cómo se relaciona la ideología política de los nazis con este intento de estabilizar el sistema?


IL

A menudo se acusa a Hitler de subordinar los intereses económicos a sus opiniones políticas, una afirmación que es parcialmente cierta. Pero, ¿cuáles eran exactamente sus opiniones políticas? Si pensamos en las obsesiones más fanáticas de Hitler —por ejemplo, el darwinismo social, la eugenesia o incluso su antisemitismo—, a primera vista parece que solo pueden entenderse al margen de las consideraciones económicas. Sin embargo, si examinamos más de cerca cada uno de estos elementos, vemos que tenían una base económica indispensable.


NS

¿Por ejemplo?


IL

El darwinismo social es en realidad una forma de hipercapitalismo. Toma del capitalismo el enfoque de la competencia como una lucha de todos contra todos. Y los nazis argumentaban: «Bueno, así es la naturaleza». Esto no fue una ruptura con el capitalismo, sino una intensificación de las visiones económicas. El capitalismo, en opinión de los nazis, es simplemente parte de la naturaleza. Por lo tanto, no es solo una cuestión de dominación política, sino de naturalizar las contradicciones económicas. Hitler dijo entonces que es sobre todo «el judío» quien intenta jugarle una mala pasada a la naturaleza para hacer superflua la lucha por la supervivencia. La voluntad de manipular la economía hacía a los judíos insidiosos, desde el punto de vista nazi.


NS

Pero, ¿no es precisamente esta visión tan positiva de la libre competencia y la lucha de todos contra todos el sello distintivo del liberalismo económico?


IL

Hitler no inventó todo esto, por supuesto; era parte de la corriente conservadora y, de hecho, económicamente liberal. Se podían escuchar declaraciones muy similares sobre la necesidad de una competencia despiadada en el discurso económico liberal de la época. Que alguien como Hitler pudiera convertirse en el «líder» de una gran nación industrial fue, después de todo, la culminación de ciertas opiniones ampliamente difundidas sobre la economía y sobre los límites necesarios para la acción política popular. Las políticas de Hitler satisfacían los deseos de muchos industriales, lo que lo hacía muy atractivo para grandes sectores de la burguesía y las clases cultas. Se consideraba que los nacionalsocialistas liberaban a la economía de cargas innecesarias de sensibilidad política y humanista.


NS

¿A través de la eugenesia, por ejemplo?


IL

Exacto. El asesinato de personas con discapacidades físicas, mentales y psicológicas también estaba directamente relacionado con preocupaciones económicas: se pretendía librar a la economía de personas que se consideraban una carga. El lenguaje nazi era bastante económico y financiero en este sentido. Por ejemplo, un típico cartel de propaganda decía: «60 000 marcos del Reich a lo largo de su vida: eso es lo que le cuesta este enfermo hereditario a la Volksgemeinschaft [la palabra nazi para comunidad nacional]. Volksgenosse [compatriota], ese es también tu dinero».

Incluso la Shoah está relacionada con consideraciones económicas. Porque en la ideología nazi, los judíos eran vistos como el obstáculo definitivo. ¿Obstáculo para qué? Para el capitalismo, entre otras cosas. Eran considerados como la columna vertebral del marxismo. Los nazis interpretaron al marxismo como una conspiración esencialmente judía contra la economía capitalista y, por tanto, contra el orden natural. Por supuesto, la Shoah fue el resultado de muchos factores y la culminación de varias obsesiones, fobias y odios nazis. Pero entre todos estos, no hay que perder de vista este factor socioeconómico.



NS

Pero, ¿por qué los nazis pudieron definir al marxismo como un gran mal que debía ser erradicado, mientras usaban el socialismo como un eslogan positivo para su movimiento?


IL

Con el término «socialismo» no se referían a nada que pudiéramos reconocer ni remotamente como socialista, sino más bien a su política de intervención en el libre mercado en beneficio de los capitalistas. Por el término «marxismo», por otro lado, se referían a la socialdemocracia y a la protección de los derechos básicos de los trabajadores. En Mein Kampf, Hitler dice que su visión antisemita del mundo se formó finalmente en el momento en que se dio cuenta de que los judíos eran los cerebros de la socialdemocracia. El discurso nazi era una forma muy conveniente, aunque cínica, de manipular conceptos y atribuirles significados completamente nuevos.


NS

Si esto está tan claro, ¿por qué ha habido estos debates recientes en Alemania sobre una supuesta política socialista de los nazis?


IL

Bueno, en realidad esto no es tan nuevo y tiene una larga historia. Ya durante la época del fascismo hubo intentos de retratar a los nazis como socialistas, por ejemplo, por parte de Ludwig von Mises. Pero, en general, los esfuerzos por establecer un vínculo directo entre el marxismo y el nacionalsocialismo fueron una posición minoritaria. Luego, a partir de la década de 1980, se produjo un punto de inflexión cuando comenzó a surgir una corriente revisionista en los estudios sobre el fascismo. Esta corriente buscaba vincular el fascismo mucho más estrechamente con la izquierda política, con la revolución y con el anticapitalismo. Esto sucedió en un momento en que el neoliberalismo comenzaba a desmantelar el estado de bienestar. Lo que hizo que este movimiento ideológico fuera muy conveniente. Los defensores de esta política podían decir: «¡Los nazis en realidad defendían una forma autoritaria de socialismo!». Atacar el estado del bienestar podría presentarse así como un acto antifascista, una resistencia al nazismo y una purga de sus residuos políticos.


NS

Entonces, ¿convertir a los nazis en socialistas también es una herramienta para impulsar políticas antiobreras?


IL


Así es. ¿Cuándo empezaron realmente los intelectuales a escribir libros acusando a los nazis de haber seguido políticas económicas socialistas? ¿Cuándo empezaron a acusar a los nazis de haber ayudado a las masas a expensas de la burguesía? Exactamente en el momento en que los políticos intentaron imponer reformas neoliberales en el mercado laboral. De esta manera, la historiografía está vinculada a las realidades económicas. Los responsables políticos utilizaron estas teorías para apoyar sus ataques contra el estado del bienestar. El historiador alemán Götz Aly dijo en una de sus entrevistas de principios del milenio que la tarea del gobierno socialdemócrata de Gerhard Schröder era poner fin a la «Volksgemeinschaft». Así, al liberalizar la economía, se eliminarían los últimos vestigios del nacionalsocialismo de la política alemana. Este pensamiento muestra cómo las modas políticas actuales están vinculadas a la forma en que percibimos el pasado.


NS

Pero, ¿se enfrentaron los liberales al hecho de que Hitler estaba en parte promoviendo su propio programa político?

IL

Nunca hubo un reconocimiento realmente franco y directo de este legado. En los años de la posguerra, hubo un consenso de que el Estado tenía que mejorar moderadamente la situación de los trabajadores, incluso dentro de un marco liberal. Si hubo una admisión liberal de culpa, se hizo bajo la premisa de que las políticas nazis no habían sido un verdadero liberalismo. El liberalismo nazi —así argumentaban los pocos estudiosos que admitían alguna relación entre las dos ideologías— había sido a medias, irremediablemente anticuado y renunciando a la dimensión democrática inherente al liberalismo.

Sin embargo, más tarde se produjo un cambio radical. De repente, los liberales se mostraron mucho más inclinados a decir: «El nacionalsocialismo era socialista. Y si luchas contra el socialismo para crear un mercado lo más libre posible de cualquier interferencia política, eres un buen antifascista». Esa fue la fase mucho más duradera y antipopulista del compromiso liberal con el pasado.


NS

Otra forma de aplicar reformas económicamente liberales es vincular la liberalización social y la económica. ¿Cree que el liberalismo económico siempre va de la mano del progreso social?


IL

Creo que debemos distinguir entre las dimensiones económica y política del liberalismo. Al principio, a veces iban de la mano. Pero en cierta etapa, el aspecto económico y el político se separaron. Los liberales tuvieron entonces que decidir cuáles eran sus prioridades. ¿Son liberales económicos que defienden la propiedad privada, la sociedad de clases y el libre mercado a toda costa, o prefieren una democracia liberal que cumpla realmente su promesa de libertad y autodeterminación para todas las personas? Esta contradicción aún no se ha resuelto. Y persiste la necesidad de elegir entre las dos opciones.


NS

¿Por qué no se pueden hacer ambas cosas?


IL

La sabiduría convencional es que el liberalismo siempre va de la mano de las libertades políticas e individuales, lo cual a veces es cierto. Pero lo que se olvida es que, desde el principio, el liberalismo no solo abrió posibilidades políticas sino que también las restringió severamente. Lo que el liberalismo tenía que dejar claro desde el principio era que la propiedad privada es intocable; que constituye la base inexpugnable del orden político.

Así, importantes pensadores liberales insistieron tempranamente, ya desde la época de John Locke, en que no se puede gravar a los ricos sin su consentimiento. Si lo haces, le das a las víctimas de estas políticas una buena razón para rebelarse y usar la violencia contra los usurpadores. Desde el principio, la política liberal lleva inscrita en sí misma una opción dictatorial. Y así se convirtió en un dogma asumir que la principal tarea de la política es proteger la propiedad y el principal pecado es arremeter contra ella. Pero, por supuesto, esa es una definición muy limitada de lo que la política puede o debe hacer. Y sufrimos ese confinamiento hasta el día de hoy. En una democracia occidental típica, se pueden hacer muchas cosas, siempre y cuando se abstenga de infringir la propiedad privada.


NS

Entonces, ¿hay algo en la estructura básica del liberalismo económico que realmente impida la libertad de las personas?


IL

El capitalismo es esencialmente una estructura económica antidemocrática: significa, sobre todo, dominación sobre los trabajadores. El capitalismo es jerárquico, no igualitario. También hay una concentración masiva de riqueza, lo que plantea una pregunta crucial: ¿cómo podemos redistribuirla? El liberalismo clásico dice: «No hagas nada para cambiar la situación». Pero eso limita estrictamente la esfera política y reduce enormemente sus posibilidades. Si mantenemos la economía aislada de la deliberación política, la democracia se ve seriamente paralizada. Así pues, la visión económica liberal pasa por decirle a las masas: «¡No traten de ser demasiado lógicos cuando piensen en la democracia! No intenten tomar la democracia al pie de la letra. ¡Eso solo crea muchos problemas!».


NS

Y no intentes mejorar la situación económica de nadie más que de la burguesía.


IL

Exactamente. Y eso sigue siendo así hasta hoy en día. Las declaraciones de Elon Musk proporcionan un tesoro de ejemplos para lo que estamos discutiendo aquí, porque es bastante franco y descarado al respecto. En algún momento dijo que los estadounidenses estaban tratando de eludir el trabajo duro y que deberían seguir el ejemplo de los trabajadores chinos que trabajaban hasta altas horas de la noche. Esa es una declaración muy clara porque, por supuesto, él sabe que los trabajadores chinos no tienen forma de resistirse democráticamente a las exigencias del trabajo duro. Da a entender que el sistema democrático es demasiado laxo e indulgente y que necesitamos un sistema mucho más estricto para disciplinar a los trabajadores, para hacer que trabajen duro y acepten salarios bajos, un sistema como el que vemos en China.


NS

Y hoy Musk integra el gobierno republicando de Donald Trump.


IL

Esa es una buena indicación de la opción dictatorial incorporada en el pensamiento liberal. De ninguna manera estoy diciendo que todos los liberales apoyarían algo así. Pero es muy difícil conciliar el liberalismo económico y el político. Como resultado de este enigma, algunos liberales políticos eligen un camino económico diferente, y otros vacilan entre los dos polos sin llegar nunca a resolver realmente el conflicto fundamental. Hasta cierto punto, se podría argumentar que el socialismo es en sí mismo hijo del liberalismo político. Marx y Engels comenzaron como liberales políticos y nunca abandonaron las ideas básicas del liberalismo: libertad y participación democrática para todos. Simplemente desarrollaron más su concepto porque reconocieron que, bajo el capitalismo, las perspectivas de realización de un proyecto democrático genuino eran seriamente limitadas.

Fuente: JACOBIN