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sábado, 21 de marzo de 2026

Irán es el Suez de Estados Unidos

 

      Periodista y escritor.

Es aún pronto para afirmar que esta guerra sea el Stalingrado de Trump. En todo caso, sí parece haber descubierto que algo ha cambiado, que, a diferencia de 1956, ya no puede hacer lo que quiera, a menos que no sean Estados precarios


Columna de humo en Puerto Saíd tras el asalto anglofrancés al canal de Suez

     1- Las guerras no son sonetos, por lo que explican cosas extraordinariamente sencillas. Pero, en contrapartida a esa sencillez, las guerras son muy difíciles de leer. Por eso cansan tras su novedad inicial. En el Madrid de 1914-18, por ejemplo, se puso de moda pasear por la calle con una cuartilla prendida con alfileres en la solapa, en la que se leía: “No me hable de la guerra”. En el presente artículo se hablará de la guerra, en tanto todo habla de la guerra desde el 28F. Pero, en mi defensa, la guerra aparecerá para aludir a su propia gramática, a lo que la guerra explica debajo de sí misma. Esta semana, por cierto, la guerra ha sido rica en matices gramaticales. Que es, me temo, la única riqueza que crea.

2- Es aún pronto para afirmar, como parece, que esta guerra es el Stalingrado de Trump –no se pierdan el punto 13–. En todo caso, sí que parece que es su invasión de Suez.

3- Invasión de Suez, definición: en 1956, Francia y UK, aprovechando una movida previa de Israel, invaden el Sinaí para hacerse con el control del Canal de Suez, bloqueado por el Gobierno nacionalista de Nasser. El objetivo era una acción rápida, que depusiera a Nasser y que devolviera el canal a sus accionistas. Plis-plas. Se trataba de la acción colonialista un millón. Pero tanto EEUU como la URSS hicieron saber a Francia y UK que estábamos en otra casilla, que eso del imperialismo ya no se llevaba, salvo que lo practicaran ellos. Y, al poco, Francia y UK se retiraron no solo de Suez, sino de la época que se inauguraba. Todo el mundo sabía que, tras la IIGM habían finalizado los imperios europeos. Pero una cosa es saberlo y otra es comértelo con patatas. Tras ese banquete de patatas, se iniciaba oficialmente, lo dicho, otra época. El mundo bipolarizado, un mundo gestionado por lo nunca visto: dos superpotencias nucleares.

4- Pues bien, independientemente de que la guerra de Irán aporte nuevos conceptos, creo que ya ha aportado este: Suez. Irán es el Suez de Estados Unidos. EEUU, una superpotencia nuclear en un momento confuso en el que conviven aún elementos contradictorios y poco nítidos, de entre-épocas, ha descubierto que algo ha cambiado. No puede invadir Suez.

5- Es decir, no puede hacer lo que quiere en el mundo. Puede hacerlo, claro, con Estados próximos, precarios, apollardados, en crisis –como Venezuela, como Panamá…–. Pero no puede hacer lo propio con Estados operativos. Finaliza una época que empezó en 1945, que sé constató en 1956 y que se prolongó, tras 1989/el fin de la URSS, a través de una sola hiperpotencia, hasta el boom de las guerras ilegales de principios del XXI. Hoy, en fin, estamos en otra época, aún sin nombre, aún por conocer al detalle. En todo caso, en esta época, en ese mundo no reglado, hay amplias regiones del mundo en las que EEUU ya no puede intervenir militarmente. No, al menos, con éxito. No, al menos, sin provocar una crisis económica y humanitaria planetaria absoluta, inasumible incluso para Estados Unidos. EEUU lo sabía –lo que alude a que ha realizado un proceso de toma de decisiones chungo; no se pierdan el punto 17–. Pero ahora lo sabe, en su modalidad más amarga: la modalidad con patatas amargas.

6- O lo que es lo mismo, el mundo, carente de orden internacional, no carece de potencias regionales con poder llamativo en su área. Les explico, en ese sentido, una manifestación de poder –poco anecdóticas; descomunal– de Irán.

7- Irán no ha cerrado Ormuz. Le ha puesto peaje. Lo que, como manifestación de poder, no está mal. Por ahí circulan barcos. A tutiplén. Con destino a China e India. Y –se dice; no he podido confirmarlo; ni yo ni nadie– con petróleo y gas licuado pagado en la divisa china –lo que es otro fracaso europeo; no se pierdan el punto 21–. Emilio Rodríguez-Díaz, profe de la Universidad de Cádiz y experto en transporte marítimo, explica que Ormuz está cerrado, sí, pero solo para buques de EEUU, Israel y occidentales. Desde el 1M hasta el 15M, han pasado por ahí 77 barcos. La mitad en modo oscuro –sin radio, en modo manual; a pelo, a la aventura–. Lloyd’s/las aseguradoras asumen ese hecho y solo ofrecen cobertura a buques con mercancía para China/India. Si Lloyd’s/las aseguradoras dan por válida esa dinámica, es que esa dinámica es la dinámica y va a misa.

8- O, lo que es lo mismo, se puede solucionar, a bombazo limpio, un Ormuz cerrado a cal y canto. Pero no un Ormuz que filtra barcos por destino y por alineamiento geopolítico. Eso solo se soluciona con diplomacia. Y de eso no tenemos.

9- ¿Qué tenemos?

10- Lo que tenemos apunta, lo dicho, a un posible Stalingrado/un error táctico estructural y dramático, que se verificará, o no, en el tiempo. Tal vez muy poco. En todo caso, se ha intentado colapsar el Estado iraní a) matando a su élite. Por ahora, se han pelado –solo– a una decena de miembros de su staff. Algo dramático y desestabilizador. Y, además, carísimo –no se pierdan el punto 12–. Pero no necesariamente fatal: hasta el Rayo Vallecano puede ir tirando con diez grandes ideólogos menos en su staff. También se ha intentado el colapso b) atacando, el 18M, infraestructuras energéticas iraníes, con el resultado de más ataques, por parte de Irán, a otras infraestructuras energéticas de la región. Lo que ha tenido consecuencias llamativas.

11- Desde ese ataque –que lo cambia todo; imprime otra gramática a la guerra, que explica a gritos que será larga y costosa: y global–, el precio de los combustibles se ha ido al garete. Ese mismo día, el barril de Brent superaba los 110$ –recuerden: la catástrofe está calculada en 140$, el precio previsto, antes del 18M, para finales de marzo–. El gas licuado, en el mercado europeo, llegaba, a su vez, a los 56€ m/h. Es decir, el 18M y gracias a un ataque coordinado de Israel y EEUU –confuso; Israel asumió posteriormente esa metedura de pata, tal vez para proteger a Trump; de no ser así, la coalición Trump-Netanyahu podría dar señales iniciales de desgaste–, todo ha cambiado. El cambio es importante: a Trump la situación se le ha ido de las manos. Así como suena.

12- A este error, se le suman otros que empiezan a afectar, de alguna forma, al proyecto Trump –se dice rápido–. Uno, y no es el menor, es el mismísimo concepto económico de coste de oportunidad de la guerra. La guerra, en fin, está costando un huevo. Que no solo impide hacer otras cosas –por ejemplo, otras guerras– sino que está comprometiendo seriamente la seguridad de EEUU. Informa el Financial Times que el coste de un misil Tomahawkes de 3,6M$, y que solo en las primeras 10 horas de guerra se consumieron, zas, 168 unidades. En total –y siempre corroborando todo con las tres fuentes necesarias en el periodismo anglosajón–, EEUU ha gastado, desde el 28F, varios años de materiales críticos, como es el caso de los Tomahawk, ese bien hoy escaso. Es decir, EEUU está dilapidado su capacidad de respuesta futura en este u otro conflicto. Y, por lo mismo, está hablando de su futuro a sus enemigos –ojo: es muy posible que también lo esté haciendo Israel–. Dramáticamente: el FT calculaba que el Pentágono pediría 50.000$ al Congreso, para ir tirando en esta guerra. Pues bien, esta semana ha decidido pedir, finalmente, 200.000 M$.

13- Una guerra, que estaba ganada, según Trump, el 12M, el 18M cambiaba, lo dicho, de gramática. Y eso ha provocado un conflicto interno en el maguismo, que podría ser determinante. O no. Es importante señalar que se trata de una crisis interna del maguismo, en la que el maguismo se basta así mismo para enfrentarse a Trump. Se trata, por así decirlo, de un conflicto entre las SS y las SA. En todo caso, empieza a haber tensiones entre el colectivo tertuliano maga –pieza clave del maguismo– y Trump. La metáfora es Tucker Carlson, tertulianólogo, miembro del movimiento Trump1.0, que empezó a marcar distancias severas con Trump2.0, hoy, tras el 28F. Esas perturbaciones en la Fuerza, motivadas por el rechazo a participar en guerras externas –una constante del maguismo, pero también del republicanismo, no intervencionista en 1917 y antes de 1941–, están llegado al mismísimo Gobierno. Joe Kent, que llevaba el pack inteligencia, presentaba su dimisión el 16M, en tanto el ataque a Irán estaba injustificado: “Irán no representa una amenaza inminente”, explica en su carta de dimisión. Kent, un ultraderechista, exboina verde, sin especial experiencia en inteligencia, es una metáfora de cómo funciona el sistema de toma decisiones en el trumpismo. Un sistema de toma de etc. que Kent ha explicado, horas después de su dimisión.


Joe Kent

14-  Kent ha señalado que la inteligencia no fue convocada para la toma de decisiones ante lo de Irán. Y dio más detalles: la inteligencia no tenía permiso para trasladar a Trump sus dudas, de manera que las decisiones las tomó un reducido núcleo, próximo a Trump, que no disponía de gran formación e información al respecto. El grueso de la información, de hecho, fue facilitada por Israel. Se trató de una información que, a su vez, la inteligencia de EEUU no pudo verificar. Es decir:

15– La decisión de iniciar una guerra, la decisión de continuarla, de ampliarla el 18M, no estaba sustentada, no solo en la ley, sino tampoco en la información y el conocimiento. Este dato es muy importante, pues explica la gramática de la guerra.

16- No la hay. Es decir, EEUU, tal vez Israel, otro núcleo de toma de decisiones reducido, sometido también al mito y al apriorismo –desde 2005, por ejemplo, el integrismo se ha introducido en el Ejército, en el que hoy ya hay soldados, oficiales y mandos ultranacionalistas; el oficial laico e ilustrado, del que hablaba Le Carré en su introducción a La chica del tambor, hoy puede no existir de manera definitiva–, pueden haber tomado sus decisiones con lo que viene siendo el culo. Algo, como el lector ya sabe, muy propio de los sistemas propagandísticos, que forman su staff a través de la selección negativa. A través de meter en la inteligencia a tipos incapaces como Kent que, además, ni se consultan, ni se atienden en caso de marrón.

17- Es importante saber que la toma de decisiones en este conflicto se ha realizado a través de cargos aportados por selección negativa, pues eso explica lo que está realizando Trump en el interior de EEUU y a través de su política exterior. No se vuelvan locos interpretándolo, pues se trata de acciones que no responden a pensamiento alguno. Es más, como diría Hannah Arendt, “desafían el pensamiento”, pues el pensamiento siempre precisa de cierta profundidad, que aquí no se da, pues solo el mal –y esta es su originalidad– es superfluo y carece de profundidad alguna. De ahí, glups, su banalidad. Será más fácil ir leyendo la guerra, su gramática, al cabo inteligible, que las pulsiones, la banalidad del mal, que la han creado.

18- No sé a ustedes, pero a mi el punto 17 me deja de pasta de boniato.

19- Sobre la banalidad del mal en EEUU. Esta semana, el instituto Sueco Varieties of Democracy ha devaluado el sistema democrático de EEUU hasta la categoría “democracia electoral” –vamos, que cada X años se vota; poco más–. Y ha llamado la atención sobre la rapidez de su proceso postdemocrático. En un año a) se ha reforzado el poder del Ejecutivo y b) se ha concentrado el poder en el presidente. Es un proceso más rápido que el vivido en Hungría, Serbia e India.

20- El otro gran fenómeno de la semana ha sucedido en Europa. Tras un año de asunción pasiva del trumpismo, la UE da muestras de cierta rebeldía organizada. El 15M los Estados de la UE se negaban a participar en una operación en Ormuz. Abandonaban de una forma a veces nítida, a veces menos, a Trump en su guerra. El 19J, en una reunión del Consejo Europeo a la que asistió el secretario general de la ONU –lo que es un gesto– , se intentaba corregir la salida de madre de Von der Leyen de la semana pasada, en la que asumía el trumpismo como buena nueva, como Francia y UK hicieron en 1956.

21- Europa es, aun así, endeble en sus decisiones. Sus tomas de decisiones suceden también en núcleos pequeños. Y el acceso al staff europeo se produce con material sobrante de los Estados. Unos Estados, además, en crisis democrática. Una parte de esa crisis es el alejamiento de la política de personas que, antes del neoliberalismo, participaban en ella y que hoy han huido de ella. Vamos, que a Europa llegan personas que han acabado su ciclo en sistemas estatales en los que la política es disuasoria, de manera que solo se acercan a ella perfiles concretos. El staff europeo no solo es eso, sino que, en esa categoría, tal vez es el peor de la historia: Von der Leyen, Kallas, Rutte explican más y mejor Europa que la reunión del Consejo Europeo del 19J. Explican, por ejemplo, que en un año de trumpismo no haya habido conflicto hasta ahora. Explican la ausencia de la apuesta industrial. La continua amenaza de la austeridad como solución a todo. Explican que Europa no haya aprovechado la ocasión para hacer del euro la divisa estable que todo el mundo espera. Explican que Europa no haya participado en la corrección de la época.

22- Elecciones en Castilla & León. La guerra ha votado. Ha ganado la derecha implícitamente trumpista sobre la explícitamente trumpista. Vox, en ese sentido, puede haber llegado a su techo. Su techo puede ser la guerra, y puede ser inferior al 20%. El marrón interno de Vox –con denuncias a la corrupción de Abascal; la época: el New York Times hablaba, en enero de que Trump habría ganado 1.400M$ en un año como presi– puede colaborar a ese bajón en breve. O no. El no-a-la-guerra de Sánchez –génerico, pero el único que hay– parece haber invertido la tendencia al glu-glu-glu del PSOE. Finalmente, en C&L hay, por otra parte, menos therians que listas de izquierdas a la izquierda del etc. Ese último dato crea un hecho invisible, pero denso, imposible de ignorar. O punto 23.

23- La guerra ha cambiado algo en el pack izquierdas a la izquierda del etc., cada vez más anecdótico y que, sin embargo, aún posee una sola función: posibilitar un gobierno de coalición, impedir el acceso al Estado de la nueva extrema derecha. Y esa función, con la guerra, ha ganado intensidad. Quien la dificulte, lo tendrá chungo. Quien dificulte el pacto en esas izquierdas, quien imposibilite explícitamente un tercer gobierno de coalición, quien siga apostando, por segunda vez en unas generales, por una victoria PP-Vox, puede desaparecer no solo políticamente, sino de manera civil. Las guerras tienen sus gramáticas. Hay que leerlas. Crean épocas. Quien no sepa leer su época, se esfuma, atropellado por la época.


Fuente: Rebelión

sábado, 4 de octubre de 2025

Por qué Venezuela puede hacerle a EEUU lo mismo que los hutíes le hicieron en Yemen, según el analista militar Thomas Keith

 

 Por Bruno Sgarzini    
    Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.

     Una agresión militar contra Venezuela pareciera ser el objetivo del despliegue militar estadounidense en el Caribe. Las declaraciones de los voceros estadounidenses, como las primeras acciones estadounidenses en el terreno, preparan, a simple vista, una narrativa para consumo estadounidense de legitimidad para atacar suelo venezolano por estar en lucha contra un “cartel del narcotráfico”, liderado por el chavismo, que inunda las calles estadounidenses con droga.

La gran incógnita del despliegue militar estadounidense es su eficacia, y su profundidad, dado que, hasta ahora, lo único que se ha visto es la utilización de grandes buques de guerra para atacar pequeñas lanchas rápidas y ocupar un buque pesquero venezolano. Una imagen que se asemeja más a una operación liderada por Sancho Panza, el sheriff del Zorro, que a un mega operativo militar infalible dirigido por grandes comandantes militares. Para despejar todas las dudas sobre esto, Thomas Keith del portal Sovereign Protocol, investigador de conflictos y guerras de la información, describe la utilidad del despliegue estadounidense. Por ejemplo, si puede realizar una campaña de asesinatos contra el liderazgo chavista, como plantean algunos medios, si puede emprender ataques “quirúrgicos dentro de Venezuela, y cuáles son sus posibilidades de éxito.

Keith también explora un ángulo poco tratado por analistas y expertos: la capacidad de Venezuela para defenderse, y poner en problemas al despliegue estadounidense en El Caribe. Por qué es bastante complejo para Washington escalar un conflicto frente a un país con defensas aéreas y marítimas, enjambres de drones, millones de milicianos y militares movilizados, y una diplomacia activa para denunciar y desmontar los pretextos intervencionistas de Estados Unidos. También la posibilidad de que Caracas recree las mismas tácticas, y estrategias, de los hutíes en Yemen que obligaron a la Casa Blanca a retirar, buena parte, de sus portaaviones en el Mar Rojo.

Se presenta el despliegue estadounidense en El Caribe como capaz de cometer una cantidad innumerable de agresiones contra el país. En términos militares, ¿para qué puede servir todo el armamento y los soldados desplegados por Washington?

La red actual de Estados Unidos en el Caribe crea una burbuja de alta velocidad alrededor de Venezuela con destructores con sistema Aegis (que integra radares y misiles) como el Jason Dunham, un crucero clase Ticonderoga como el Lake Erie con extensos arsenales de misiles Standard (SM) y Tomahawk, un grupo anfibio listo construido alrededor del Iwo Jima y buques de transporte anfibio (LPD) clase San Antonio que transportan una Unidad Expedicionaria de Marines de aproximadamente cuatro mil efectivos, y un submarino nuclear de ataque rápido. Con aeronaves de patrulla P-8A Poseidon, sistemas Inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR) de gran altitud y drones clase MQ, Washington mantiene un permanente tráfico costero, salidas aéreas y emisiones (señales de radio, GPS, transmisiones de radio, sensores) cerca del país. En la práctica, esta postura militar se utiliza en operaciones de interdicción marítima (abordajes y demostraciones de fuerza, “cinéticas”, con embarcaciones menores), en el mapeo de tiempos de reacción y activaciones de radar, y en ensayos narrativos legales en los que se etiqueta las acciones como operaciones “antinarcóticos-antiterroristas”. Sin embargo, estas operaciones no proporcionan por sí mismas un camino limpio y de bajo riesgo hacia el cambio de régimen; representa un apalancamiento, una presencia coercitiva y un espacio de ensayo, no una llave mágica para la decapitación eventual del liderazgo chavista.




Técnicamente, Estados Unidos puede intentar ataques “quirúrgicos” limitados dentro de Venezuela mediante municiones de largo alcance como misiles de crucero Tomahawk, ataques de precisión aéreos intensificados, o incursiones de Fuerzas Especiales guiadas por inteligencia integrada de mar-espacio. Operacionalmente, sin embargo, lo “quirúrgico” requiere inteligencia humana validada en tiempo real e identificación positiva bajo control de emisiones (señales) y presión sobre las defensas aéreas multicapa del país agredido, sostenida a lo largo del tiempo. Venezuela ha complicado esto al dispersar el liderazgo y los sistemas de comando y control, practicar la movilidad y endurecer nodos clave de su seguridad. Políticamente, cualquier ataque en suelo soberano, especialmente contra el liderazgo, conlleva alto riesgo de escalada, invita a respuestas cinéticas (militares de fuerza) y diplomáticas recíprocas. También las agresiones pierden legitimidad si la cadena probatoria de los ataques es débil, como lo demuestran las grabaciones borrosas y sin fecha de los bombardeos a lanchas rápidas. Un golpe aislado es posible; una campaña de decapitación sostenida y controlada es improbable sin costos intolerables y serias escaladas.


Estados Unidos ha bombardeado tres lanchas sin presentar imágenes ni pruebas de que llevaran droga a Estados Unidos.


El despliegue estadounidense sirve para cuatro objetivos; primero, la interdicción y el espectáculo: abordajes y ataques a embarcaciones pequeñas presentadas como parte de grupos “narcoterrorristas”; segundo, para un mapeo de Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR): ubicar radares costeros, baterías de misiles de superficie y aire (SAM), patrones de patrulla, centros de drones, depósitos de combustible y municiones, y enlaces de comunicación mientras se mide el tiempo de reacción militar de Venezuela; tercero, ventajas cinéticas limitadas: ataques a objetivos marítimos expuestos o nodos logísticos temporales fuera del espacio aéreo defendido; cuarto, operaciones psicológicas: crear una sensación de “red ocupada” en el Caribe que normaliza la presencia estadounidense mientras pinta a Venezuela como un santuario criminal

Una de las fantasías con las que sueña la oposición venezolana es que este despliegue pueda recrear la campaña de asesinatos de Israel contra el liderazgo de Hezbollah.

La campaña israelí se basó en inteligencia humana desarrollada profundamente durante años en El Líbano, en redes infiltradas dentro de la organización, en condiciones logísticas favorables y en un teatro de operaciones compacto que permitía a sus aviones militares ingresar y salir del país sin enfrentar represalias significativas. Venezuela, por el contrario, constituye un Estado soberano con aliados externos que ha invertido años en blindar la movilidad de su liderazgo y en crear redundancias en su comando y control. Intentar una operación de decapitación al estilo del Mossad se enfrentaría a defensas aéreas, grandes distancias, complejas consideraciones políticas y el respaldo de países aliados, factores que podrían transformar una demostración de fuerza “limitada” en una crisis de alcance regional.


El sistema antimisiles S-300 fue comprado por Venezuela a Rusia.

La pila defensiva venezolana aumenta los costos en todos los frentes; posee defensas aéreas de largo y mediano alcance, las baterías anti misiles S-300/Antey-2500 y Buk-M2, en capas para crear una Defensa Aérea de Corto Alcance, cazas Sukoil-30 y F-16 que proporcionan interceptación de defensa, patrullajes marítimos, que incluyen misiles, botes de ataque rápido y milicias litorales, apostadas en desembocaduras de ríos y puntos de estrangulamientos desde La Guaira hasta Paraguaná y el corredor del Lago Maracaibo, que empujan a los buques de superficie estadounidense más lejos de la costa venezolana.

Lo que, junto a la infantería fluvial y costera, convierte al contra despliegue venezolano en un puercoespín barato y numeroso. Washington, por todo esto, no tiene un camino corto y fácil para una campaña de asesinatos contra el liderazgo chavista.

Poco se habla de la respuesta militar de Venezuela sobre todo si se considera su defensa aérea, la voluntad de resistir de millones de milicianos y su número desconocido de drones gracias a su alianza con Irán.

Un ejemplo de las capacidades de Venezuela es su complejo de drones que constituye un multiplicador de fuerza. Después de dos décadas de cooperación entre Irán y Venezuela, Caracas pasó de no tener vehículos aéreos no tripulados (UAV) a una flota estratificada: el Arpía-001 (derivado del iraní Mohajer-2) para tareas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento; drones armados ANSU-100 capaces de lanzar municiones tipo Qaem (misiles guiados iraníes) para acoso de precisión; prototipos ANSU-200 de “ala volante” que son difíciles de detectar (nota de autor; ideales para ataques sorpresas, misiones de vigilancia, que penetren defensas enemigas) ; municiones merodeadoras Zamora V-1 para ataques kamikaze; y enjambres de drones de primera persona (FPV) para asaltos contra sensores y blancos vulnerables en litorales congestionados. Esta combinación no satura el sistema Aegis (que integra radares y misiles) de los buques de guerra estadounidenses, pero los obliga a adoptar posturas antidrones (UAS) que consumen recursos, agotan interceptores y reducen el ritmo operativo de cubierta. Cualquier transferencia de drones, como el dron iraní kamizake HESA Shahed 136 y su variante rusa el Geran-2, multiplicaría la saturación de bajo costo contra los buques de guerra y la presión psicológica (Nota del autor: este modelo de drones, también llamados municiones merodeadoras, son utilizados por Rusia para abrumar las defensas aéreas de Ucrania y lanzar múltiples ataques contra ciudades, o infraestructura clave).

El despliegue de la milicia bolivariana y la fortificación social, además, convierten las incursiones terrestres en una trampa política. La activación de 5,336 Unidades Comunales de Milicia, vinculadas a 15,751 “bases populares de defensa integral” y 8.2 millones de alistados, genera una auténtica negación territorial basada en la resistencia popular. Incluso sin considerar las cifras oficiales de milicianos, la distribución de la defensa a nivel parroquial garantiza que cualquier incursión terrestre enfrente una resistencia políticamente tóxica, seguida de un desgaste que supere ampliamente las ventajas tácticas obtenidas. Esta dinámica de movilización explica también por qué confrontar a “humildes pescadores” venezolanos o ejecutar ataques contra embarcaciones menores resulta contraproducente: ya que endurece la cohesión social y proporciona a Caracas material propagandístico de alto impacto mediático para apoyar sus esfuerzos de movilización y denuncia diplomática.


Imágenes del buque atunero abordado por el buque de guerra de Estados Unidos, el USS Jason Dunham.

La disciplina en la guerra de la información constituye también un pilar fundamental de la estrategia defensiva. La narrativa oficial del liderazgo venezolano considera que el verdadero campo de batalla es de naturaleza psicológica: por eso, expone vacíos probatorios en las acusaciones de ataques contra “narcoterroristas” (como la ausencia de coordenadas precisas en los bombardeos, inexistencia de cadena de custodia de las “pruebas”, falta de detenidos identificados), documenta incidentes en su Zona Económica Exclusiva como el abordaje del barco atunero La Blanquilla a 48 millas (78 kilométros) náuticas bajo condiciones de interferencia y presencia de armas largas, y exige verificación independiente de los hechos. El propósito estratégico es eliminar la distancia conceptual entre el etiquetado de “narco-terrorismo” y el ejercicio legítimo de la defensa soberana, de manera que cada maniobra estadounidense se convierta en una erosión de su propia credibilidad internacional.

En este contexto, ¿es posible que Venezuela pueda recrear una defensa efectiva que incremente los costos de cualquier operación y debilite a Estados Unidos como lo han hecho los hutíes en Yemen?

Es posible si se adapta a la geografía caribeña del país; los hutíes aprovecharon puntos de estrangulamiento marítimos. Venezuela cuenta con un complejo litoral fragmentado, archipiélagos dispersos y deltas fluviales. La metodología puede adecuarse con una combinación de tiradores económicos distribuidos, misiles costeros antibuque, municiones merodeadoras, enjambres de drones de primera persona (FPV), lanchas rápidas armadas, sistemas de defensa aérea en capas, protocolos de control de emisiones (señales de radio, GPS, transmisiones de radio, sensores) y señuelos. Lo que puede obligar a flotar superiores, como las de Estados Unidos, a adoptar ciclos defensivos costosos. Esto reduciría su libertad de maniobra y extendería sus tiempos de despliegue, contextos donde los errores operacionales y las represalias políticas tienden a multiplicarse.


Corredores marítimos y fluviales de Venezuela.

Sin embargo, existen limitaciones importantes: Estados Unidos posee arsenales mayores, una logística superior y mayor respaldo político en este hemisferio que en el Mar Rojo. El objetivo venezolano no sería alcanzar paridad militar sino establecer una disuasión mediante fricción operacional, es decir, elevar el costo, la duración y la visibilidad de cada escalón de la escalada armamentística—desde operaciones de interdicción hasta “ataques quirúrgicos”— más allá de lo que Washington puede justificar políticamente en su país.

Con este panorama militar, una campaña de asesinatos se vuelve bastante difícil de llevar a cabo con éxito.

Una operación de decapitación es posible en abstracto y estratégicamente contraproducente en la práctica. Los usos más probables de la flotilla estadounidense son las operaciones antinarcóticos, recolección de inteligencia, demostraciones de fuerza a través de sobrevuelos intimidatorios, ataques marítimos selectivos y la construcción de narrativas contra Venezuela, no la eliminación directa del liderazgo chavista. Cualquier escalada hacia ataques “quirúrgicos” en territorio venezolano enfrentaría múltiples obstáculos: los sistemas de defensa aérea S-300VM/Buk-M2, un liderazgo altamente móvil, hostigamiento constante con drones, cinturones de negación marítima y una población completamente movilizada. Este conjunto de factores convierte la superioridad táctica estadounidense en un complejo dilema estratégico, donde las ventajas militares convencionales se ven neutralizadas por la resistencia asimétrica y el costo político de una intervención prolongada.

Etiquetar a pescadores como “narcoterrroristas”, lanzar artillería contra lanchas y circular grabaciones borrosas “no clasificadas, no constituye una aplicación de la ley; es la fase de normalización de la proyección de poder estadounidense. El Caribe se enmarca como una red ocupada donde el hardware estadounidense opera sin oposición y las operaciones “antidrogas” sirven como coartada para la coerción soberana. La respuesta racional venezolana, por eso, es instrumentalizar el costo (defensa aérea, drones, negación marítima), instrumentalizar la sociedad (milicias, bases de defensa local) e instrumentalizar la verdad (documentar incidentes, forzar verificación). Si se ejecuta esto, de forma consistente, la flotilla permanecerá en el “teatro” de operaciones, en lugar de transformarse en una máquina de cambio de régimen de bajo riesgo.

En conclusión, el despliegue estadounidense amplía las opciones coercitivas y reduce los plazos para acciones limitadas, pero no asegura una estrategia de decapitación de bajo costo. Venezuela puede construir —y está construyendo— una defensa que eleva significativamente el precio en cada escalón de la confrontación: técnicamente, mediante sistemas S-300VM/Buk-M2, drones y lanchas rápidas equipadas con misiles Nasir; tácticamente, a través de dispersión territorial, control estricto de emisiones, uso de señuelos y aprovechamiento del desorden litoral; y políticamente, mediante la movilización masiva de milicias, la documentación exhaustiva de incidentes y la diplomacia regional activa.

El objetivo estratégico venezolano no consiste en superar militarmente a Estados Unidos, sino en convertir cada escalón adicional de la confrontación en una operación tan costosa, visible e ilegítima que Washington opte por no intensificar el conflicto.


Fuente: Bruno Sgarzini

martes, 23 de septiembre de 2025

Expertos militares analizan cuatro escenarios de Trump contra Venezuela: bombardeos, campaña de asesinatos, invasión e insurrección armada

 

 Por Bruno Sgarzini    
      Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.



     Una soleada tarde caraqueña de junio de 2017, cuando las protestas opositoras, de ese año, se apagaban con el atardecer detrás de las montañas, un extraño helicóptero del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas sobrevoló el centro de la ciudad con disparos a las terrazas de la sede del Tribunal Supremo de Justicia y la sede del Ministerio de Interior, Justicia y Paz. Una nube de misterio se espació por la capital hasta que se viralizó la foto de Óscar Pérez, un ignoto inspector del cuerpo, encima del helicóptero con una bandera que decía “350, libertad”, en alusión al artículo de la constitución venezolana que permite la rebelión contra cualquier “régimen que desconozca los valores republicanos”.




De inmediato, rodaron videos, en las redes, de cómo este ignoto GI Joe venezolano practicaba tiro, mientras apuntaba de espaldas con un espejo para retocarse el maquillaje, y otras “hazañas” performativas que lo presentaban como un gran líder militar. Una campaña orquestada para darle mayor visibilidad a un mensaje suyo grabado donde llamaba a una insurrección militar y policial contra Maduro, en el último suspiro de las protestas antichavistas de 2017. El objetivo era promover una imagen de “héroe venezolano” que venía a salvar a Venezuela del “régimen de Maduro”. Poco menos de un año después, la efímera historia de Pérez se terminó cuando transmitió en vivo su muerte mientras se tiroteaba con las fuerzas de seguridad venezolanas en su escondite en una barriada sobre las montañas de El Junquito, en las afueras de Caracas.

Al igual que otros episodios, la fantasía de un “salvador venezolano”, en la oposición venezolana, se ha reciclado de diversas maneras; de la fallida operación de los paracachitos, un grupo paramilitar colombiano cuyo líder pretendía brindar con whisky con la cabeza de Hugo Chávez en su despacho presidencial, hasta los mercenarios estadounidenses de la Operación Gedeón detenidos en 2020 por un grupo de pescadores de Chuao en la selvática costa venezolana. María Corina Machado, por su lado, ha sido promotora de la vertiente de este imaginario más perversa; la de una intervención militar estadounidense a través de la invocación, por ejemplo, del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca que permite la acción militar de los países firmantes, entre ellos Estados Unidos, cuando uno de los países lo pide.


Diarios venezolanos sobre los paracachitos, llamados así porque fueron descubiertos debido a que compraban este panecillo en una panadería en las afueras de Caracas.

Uno de los nuevos desarrollos de esta “fantasía” es el apoyo al despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe contra el “narcotráfico” y carteles como “El de Los Soles, liderados por Nicolás Maduro”. La Administración Trump, al igual que en su primera experiencia, no ha descartado “una acción militar” directa contra Venezuela, ni tampoco un ataque contra altas figuras del chavismo, después de que su primera gran puesta en escena fuera un bombardeo a una lancha rápida en el Oriente venezolano, que podría haber servido para llevar turistas a un cayo en el medio del Caribe venezolano. También, uno de los destructores estadounidenses, el USS Jason Dunham, abordó un pequeño buque atunero con once pescadores venezolanos en aguas del país, un acto que fue declarado por las autoridades venezolanas como un intento de generar una respuesta militar del país para justificar una escalada militar. En los últimos días, ademásn, han aumentado los sobrevuelos de aviones militares estadounidense sobre la República Bolivariana para realizar “taras de recopilación de inteligencia e información”, según Vladimir Padrino López, ministro de Defensa venezolano.

Trump, en este contexto, se ha permitido la dualidad de designar al Cartel de los Soles como un grupo “narcoterrorista” para legitimar a los ataques, pero solo a través del Departamento del Tesoro, y no una orden ejecutiva. “Esto probablemente se deba a que Estados Unidos esté tratando de abrir espacio para que Chevron y otras empresas continúen en Venezuela, sin ser acusadas de apoyar a un grupo terrorista”, según Geoff Ramsey, miembro del Atlantic Council, un tanque de pensamiento de Washington. Esta ambigüedad permite administrar las expectativas de éxito, por un lado, y ampliar también las “líneas rojas” de una operación antinarcóticos, cuya base legal es cuestionada por abogados estadounidenses por no contar con una autorización del Congreso para el uso de la fuerza en el extranjero.

Este despliegue militar cuenta con los buques de guerra USS Sampson, USS Jason Dunham y USS Gravely, el USS San Antonio, especializado en desembarco de tropas y equipo; y el USS Fort Lauderdale, enfocado en transporte y apoyo logístico, destructores de la clase Arleigh Burke, alrededor de 4,000 marineros e infantes de marina á aeronaves de reconocimiento P-8 Poseidón, buques de guerra adicionales y al menos un submarino de ataque nuclear. En Puerto Rico se ha centrado la base de toda la operación después de la visita de Peter Hegseth, secretario de la renombrada secretaría de Guerra, al USS Iwo Jima, un buque de asalto anfibio capaz de transportar helicópteros, aviones y centenares de infantes de marina, y la Base Aérea Muñiz, donde se desplegarán, al menos, diez cazas militares F-35. Según Hegseth, los militares no “están estacionados allí para un simple ejercicio, sino para luchar contra el veneno que entra en el país”.


La Administración Trump ha publicado las fotos de, al menos, dos lanchas venezolanas atacadas - En ningún caso se ha comprobado que llevarán droga.

Para Mark F. Cancian, coronel retirado de la Marina de Estados Unidos y asesor del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales ( CSIS ), todo este despliegue es como “atrapar moscas con martillos de oro”. En su opinión, las tareas de esta operación deberían ser asumidas por la Guardia Costera estadounidense; “es la fuerza más preparada para operaciones de interdicción de drogas, ya que cuenta con autoridad policial, experiencia especializada en antidrogas y equipo específico para estas misiones. También puede usar fuerza letal si se le ordena, ya que sus lanchas están armadas con suficiente potencia de fuego para derribar cualquier embarcación de un cártel. Su enfoque les permite capturar e interrogar a miembros del cártel, recopilar pruebas y preparar expedientes para su procesamiento penal por parte del Departamento de Justicia”. Según él, todo el despliegue militar en el Caribe, distrae recursos valiosos en el “Indopacífico” para luchar contra China. Tampoco tiene la cantidad de activos, ni soldados, necesarios para invadir, y ocupar, Venezuela: para lo que, según sus cálculos, se necesitarían más de 50 mil soldados, un grupo de portaaviones, tanques y escuadrones de aviones de combate aéreo.


Cálculos hechos por el coronel retirado Cancian.

Después, en su opinión, están las opciones militares disponibles para agredir a Venezuela. El despliegue marítimo, por ejemplo, podría apoyar una incursión terrestre para atacar al liderazgo chavista o la infraestructura de lo que considera “carteles”, pero el peligro que presenta esta opción es que alguno de los soldados estadounidenses implicados quede preso en el país. “Cualquier incursión se toparía con los débiles, pero existentes, sistemas de defensa aérea y la artillería costera de Venezuela. Como se vio en la Primera Guerra del Golfo, Kosovo y la invasión de Irak, suprimir por completo las defensas aéreas enemigas es difícil , incluso con una potencia aérea dominante. Las bajas serían políticamente difíciles; un estadounidense capturado, en un accidente aéreo, sería catastrófico. La necesidad política de repatriar al cautivo otorga al adversario una enorme ventaja. Esto ocurrió en el Líbano en 1983 cuando el teniente Robert Goodman fue capturado tras el derribo de su A-6 y en Somalia en 1993 cuando el oficial de primera clase Michael Durant fue capturado tras el derribo de su Blackhawk”, sostiene Cancian.

Según las propias cifras del militar estadounidense, que subestiman la defensa aérea venezolana, el país tiene 18 aviones F-16 y 21 Sukoil Su-30, además de un número no claro de baterías antiaéreas rusas S-300 que podrían derribar a los aviones militares estadounidenses.

Por eso, para Cancian, el Comando Sur del Pentágono no debería usar aeronaves para sobrevolar y lanzar ataques contra Venezuela. “Estados Unidos podría usar misiles de largo alcance para atacar instalaciones de cárteles en zonas rurales, donde el riesgo de daños colaterales es bajo. Los misiles Tomahawk embarcados, por ejemplo, pueden alcanzar 1.600 kilómetros, suficiente para alcanzar objetivos en cualquier lugar de Venezuela con los buques a cierta distancia”, de acuerdo al militar estadounidense. Según él, “contra Irán, Estados Unidos utilizó bombardeos B-2 solo porque ellos podían lanzar la munición especial antibúnker (GBU-57) para destruir las instalaciones nucleares subterráneas. En Venezuela, solo serían necesarios para hacer una declaración política del estilo “podemos ir a cualquier parte y no podrán detenernos”. Lo que plantea Cancian tiene su importancia si se tiene en cuenta la supuesta orden de Trump de atacar a líderes chavistas, si están vulnerables, dado que muchos de ellos viven en bases militares y bunkers.

Por eso, es un gran interrogante el éxito que podría tener cualquier ataque aéreo (ya sea por drones o aviones militares) contra los líderes chavistas, o la infraestructura estratégica de Venezuela. Para el analista militar Ivan Sidorienko, el despliegue militar busca mantener la la hegemonía estadounidense en Latinoamérica y disciplinar gobiernos que no se alinean a los intereses de Washington. “El tema de la droga es una excusa, como lo fueron antes las armas de destrucción masiva de Irak en 2003 y las armas nucleares de Irán en 2025. Los más probable es que Estados Unidos ataque con misiles supuestos blancos relacionados con el narcotráfico y por otro lado, busque armar una oposición interna para derrocar a Maduro con algún tipo de "foco revolucionario" parecido a la fallida operación Gedeón (nota de autor: este plan implicó el desembarco marítimo de mercenarios estadounidenses y militares disidentes para capturar a Maduro y enviarlo en avión a Estados Unidos)”.

Sidorienko coincide con el coronel estadounidense Canciar en descartar una incursión terrestre. “Los cuatro mil marines desplegados no representan ni una brigada; no podrían ni siquiera establecer una cabeza de playa frente a una resistencia de milicianos que operen como guerrillas (los que según cifras oficiales se estiman en más de ocho millones). En términos lógicos, además, sería costoso sostener esa eventual cabeza frente a drones navales y aviones militares venezolanos. Ni Colombia, ni Brasil les darían apoyo; solo quedaría como aliado Guyana, que es un país con poca infraestructura para ayudar a Estados Unidos”. Después está el imaginario de eficacia, vendido por la oposición venezolana, de que el asesinato del liderazgo de Venezuela terminaría con el chavismo. Para el analista militar, la comparación con los ataques israelíes contra Hamas, Hezbollah e Irán demuestra que los Estados, o grupos armados con una organización sólida, siguen operando después de las campañas de asesinatos. “Podrían matar a Maduro, o Diosdado, pero no sé si generarían inestabilidad o aumentaría la cohesión de los venezolanos frente a una agresión a su patria”.

Una fantasía de la oposición venezolana es que una eventual campaña de asesinatos abra un vacío político en el Estado venezolano que pueda ser ocupado por militares golpistas bajo el liderazgo de María Corina Machado. Si eso no ocurre, también existen propuestas para que una campaña de bombardeos, o ataques dentro de Venezuela, apoyen una insurrección armada por parte de disidentes o mercenarios contratados en el extranjero, bajo figuras, por ejemplo, como Ya Casi Venezuela, la campaña de crowfunding lanzada por el exlíder de Blackwatter, Erik Prince. En un informe de junio de Jesús Romero, un exoficial de inteligencia del Comando Sur del Pentágono dedicado a la lucha contra el narcotráfico, sostuvo que “un levantamiento opositor estructurado, que contara con aviación o apoyo externo, superaría las defensas del régimen en muchas regiones, a excepción de Caracas”. El informe, de esta forma, alienta ataques contra Venezuela en base a la percepción de que las defensas aéreas venezolanas, como baterías S-300 Y aviones militares Sukoil y F-16, solo protegen la capital y la isla Orchilla donde está la a Base Aeronaval Antonio Díaz a la que tiene acceso el presidente.

La recomendación, basada en pocos datos concluyentes y fuentes no identificadas, busca “convencer a Trump de que una campaña aérea tendría éxito”, dada la cercanía de Romero con el secretario de Estado, Marco Rubio, según el portal venezolano Misión Verdad. Para MenchOsint, un analista de fuentes abiertas que anticipó los ataques estadounidenses al programa nuclear iraní de este año; “Estados Unidos intenta reafirmar su dominio en el Caribe tras el acercamiento de Maduro al triángulo enemigo estadounidense: Rusia, China e Irán. No está claro qué estrategia utilizará la Administración para provocar un cambio de régimen; es posible que primero “supriman las defensas aéreas venezolanas” y luego pasen a una campaña de decapitación del liderazgo chavista”. El despliegue, en ese sentido, viene acompañado de una cruda guerra psicológica donde se habla del poco tiempo de vuelo militar, entre Venezuela y Puerto Rico (donde están los F-35 estadounidenses), y se publica la ubicación de supuestos bunkers militares venezolanos por parte de antiguos funcionarios estadounidenses, como Marshall Billingslea, exsubsecretario para el Terrorismo Financiero del Departamento del Tesoro en la primera Administración Trump.




Esta hipótesis de ataques aéreos que apoyen una insurrección, al parecer, es una de las principales que manejan las autoridades militares venezolanas, quienes, según la información oficial de la Fuerzas Armada Nacional Bolivariana (FANB), han realizado despliegues contra “el narcotráfico, el contrabando y las redes criminales con nexos transnacionales” en la región de Los Andes, la costa occidental y Oriental, la región de Amazonas fronteriza con Colombia y Brasil. “La FANB está obligada a neutralizar cualquier expresión de violencia que pretenda imponerse en el territorio”, según Vladimir Padrino López, ministro de Defensa. La intensificación de los preparativos militares ha involucrado una campaña de reclutamiento y adiestramientos de millones de nuevos milicianos y también redadas contra estructuras insurgentes (y opositores), en las semanas previas, de acuerdo con lo informado por Diosdado Cabello, ministro del Interior y líder del chavismo.

La experiencia indica que otros despliegues estadounidenses contra Estados más pequeños, como Yemen, han fracasado después de no tener éxito en desmantelar el liderazgo de los hutíes y que los buques de guerra estadounidenses fueran atacados con drones. Para el analista militar Thomas Keith de Sovereign Protocol, dedicado a investigador conflictos, guerras de la información; “el despliegue estadounidense sirve para cuatro objetivos. Primero, la interdicción y el espectáculo: abordajes y ataques a embarcaciones pequeñas presentadas como parte de grupos “narcoterrorristas". Segundo, para un mapeo de Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR): ubicar radares costeros, baterías de misiles de superficie y aire (SAM), patrones de patrulla, centros de drones, depósitos de combustible y municiones, y enlaces de comunicación mientras se mide el tiempo de reacción militar de Venezuela. Tercero, ventajas cinéticas limitadas: ataques a objetivos marítimos expuestos o nodos logísticos temporales fuera del espacio aéreo defendido. Cuarto, operaciones psicológicas: crear una sensación de "red ocupada" en el Caribe que normaliza la presencia estadounidense mientras pinta a Venezuela como un santuario criminal”.


A pesar de las amenazas, Diosdado Cabello, uno de los líderes chavistas, ha participado de actos públicos en los últimos días, lo que proyecta confianza en el escudo defensivo de Venezuela.

Para Keith, además, la analogía con las campañas de “decapitación” de Israel contra Hamás o Hezbollah no son acertadas porque estuvieron basadas en inteligencia humana profunda, y construida a lo largo del tiempo. Venezuela, en cambio, en su opinión, es un Estado soberano con socios externos, y movilidad de su liderazgo, donde parece más complejo establecer la localización en tiempo real del liderazgo chavista a través de la inteligencia humana. “La pila defensiva venezolana aumenta los costos en todos los frentes; posee defensas aéreas de largo y mediano alcance, los S-300/Antey-2500 y Buk-M2, en capas para crear una Defensa Aérea de Corto Alcance, cazas SU-30 Y F-16 que proporcionan interceptación de defensa, patrullajes marítimos, que incluyen misiles, botes de ataque rápido y milicias litorales, apostadas en desembocaduras de ríos y puntos de estrangulamientos desde La Guaira hasta Paraguaná y el corredor del Lago Maracaibo, que empujan a los buques de superficie estadounidense más lejos de la costa venezolana. Lo que, junto a la infantería fluvial y costera, convierte al contra despliegue venezolano en un puercoespín barato y numeroso. Por todo esto, Washington, no tiene un camino fácil y corto para una campaña de asesinatos del liderazgo chavista”, según él.

Venezuela ha construido en la práctica una defensa que aumenta los costos en cada peldaño de la escalada armamentística. “La contra respuesta ha sido armar el costo (con la defensa aérea, drones y la negación marítima), armar la sociedad (con milicias y bases de defensa local) y armar la verdad (con la documentación y verificación de las acciones militares estadounidenses). El objetivo no es superar a Estados Unidos en términos militares; sino hacer que cada paso de la escalada sea tan costoso, visible e ilegítimo que deje de escalar”, de acuerdo a Keith. El tiempo dirá si toda esta nueva campaña para promover una operación de “salvataje” de Venezuela, no termina en el largo libro de fallidas historias golpistas como la de Óscar Pérez.


Fuente: Bruno Sgarzini