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sábado, 4 de octubre de 2025

Por qué Venezuela puede hacerle a EEUU lo mismo que los hutíes le hicieron en Yemen, según el analista militar Thomas Keith

 

 Por Bruno Sgarzini    
    Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.

     Una agresión militar contra Venezuela pareciera ser el objetivo del despliegue militar estadounidense en el Caribe. Las declaraciones de los voceros estadounidenses, como las primeras acciones estadounidenses en el terreno, preparan, a simple vista, una narrativa para consumo estadounidense de legitimidad para atacar suelo venezolano por estar en lucha contra un “cartel del narcotráfico”, liderado por el chavismo, que inunda las calles estadounidenses con droga.

La gran incógnita del despliegue militar estadounidense es su eficacia, y su profundidad, dado que, hasta ahora, lo único que se ha visto es la utilización de grandes buques de guerra para atacar pequeñas lanchas rápidas y ocupar un buque pesquero venezolano. Una imagen que se asemeja más a una operación liderada por Sancho Panza, el sheriff del Zorro, que a un mega operativo militar infalible dirigido por grandes comandantes militares. Para despejar todas las dudas sobre esto, Thomas Keith del portal Sovereign Protocol, investigador de conflictos y guerras de la información, describe la utilidad del despliegue estadounidense. Por ejemplo, si puede realizar una campaña de asesinatos contra el liderazgo chavista, como plantean algunos medios, si puede emprender ataques “quirúrgicos dentro de Venezuela, y cuáles son sus posibilidades de éxito.

Keith también explora un ángulo poco tratado por analistas y expertos: la capacidad de Venezuela para defenderse, y poner en problemas al despliegue estadounidense en El Caribe. Por qué es bastante complejo para Washington escalar un conflicto frente a un país con defensas aéreas y marítimas, enjambres de drones, millones de milicianos y militares movilizados, y una diplomacia activa para denunciar y desmontar los pretextos intervencionistas de Estados Unidos. También la posibilidad de que Caracas recree las mismas tácticas, y estrategias, de los hutíes en Yemen que obligaron a la Casa Blanca a retirar, buena parte, de sus portaaviones en el Mar Rojo.

Se presenta el despliegue estadounidense en El Caribe como capaz de cometer una cantidad innumerable de agresiones contra el país. En términos militares, ¿para qué puede servir todo el armamento y los soldados desplegados por Washington?

La red actual de Estados Unidos en el Caribe crea una burbuja de alta velocidad alrededor de Venezuela con destructores con sistema Aegis (que integra radares y misiles) como el Jason Dunham, un crucero clase Ticonderoga como el Lake Erie con extensos arsenales de misiles Standard (SM) y Tomahawk, un grupo anfibio listo construido alrededor del Iwo Jima y buques de transporte anfibio (LPD) clase San Antonio que transportan una Unidad Expedicionaria de Marines de aproximadamente cuatro mil efectivos, y un submarino nuclear de ataque rápido. Con aeronaves de patrulla P-8A Poseidon, sistemas Inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR) de gran altitud y drones clase MQ, Washington mantiene un permanente tráfico costero, salidas aéreas y emisiones (señales de radio, GPS, transmisiones de radio, sensores) cerca del país. En la práctica, esta postura militar se utiliza en operaciones de interdicción marítima (abordajes y demostraciones de fuerza, “cinéticas”, con embarcaciones menores), en el mapeo de tiempos de reacción y activaciones de radar, y en ensayos narrativos legales en los que se etiqueta las acciones como operaciones “antinarcóticos-antiterroristas”. Sin embargo, estas operaciones no proporcionan por sí mismas un camino limpio y de bajo riesgo hacia el cambio de régimen; representa un apalancamiento, una presencia coercitiva y un espacio de ensayo, no una llave mágica para la decapitación eventual del liderazgo chavista.




Técnicamente, Estados Unidos puede intentar ataques “quirúrgicos” limitados dentro de Venezuela mediante municiones de largo alcance como misiles de crucero Tomahawk, ataques de precisión aéreos intensificados, o incursiones de Fuerzas Especiales guiadas por inteligencia integrada de mar-espacio. Operacionalmente, sin embargo, lo “quirúrgico” requiere inteligencia humana validada en tiempo real e identificación positiva bajo control de emisiones (señales) y presión sobre las defensas aéreas multicapa del país agredido, sostenida a lo largo del tiempo. Venezuela ha complicado esto al dispersar el liderazgo y los sistemas de comando y control, practicar la movilidad y endurecer nodos clave de su seguridad. Políticamente, cualquier ataque en suelo soberano, especialmente contra el liderazgo, conlleva alto riesgo de escalada, invita a respuestas cinéticas (militares de fuerza) y diplomáticas recíprocas. También las agresiones pierden legitimidad si la cadena probatoria de los ataques es débil, como lo demuestran las grabaciones borrosas y sin fecha de los bombardeos a lanchas rápidas. Un golpe aislado es posible; una campaña de decapitación sostenida y controlada es improbable sin costos intolerables y serias escaladas.


Estados Unidos ha bombardeado tres lanchas sin presentar imágenes ni pruebas de que llevaran droga a Estados Unidos.


El despliegue estadounidense sirve para cuatro objetivos; primero, la interdicción y el espectáculo: abordajes y ataques a embarcaciones pequeñas presentadas como parte de grupos “narcoterrorristas”; segundo, para un mapeo de Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR): ubicar radares costeros, baterías de misiles de superficie y aire (SAM), patrones de patrulla, centros de drones, depósitos de combustible y municiones, y enlaces de comunicación mientras se mide el tiempo de reacción militar de Venezuela; tercero, ventajas cinéticas limitadas: ataques a objetivos marítimos expuestos o nodos logísticos temporales fuera del espacio aéreo defendido; cuarto, operaciones psicológicas: crear una sensación de “red ocupada” en el Caribe que normaliza la presencia estadounidense mientras pinta a Venezuela como un santuario criminal

Una de las fantasías con las que sueña la oposición venezolana es que este despliegue pueda recrear la campaña de asesinatos de Israel contra el liderazgo de Hezbollah.

La campaña israelí se basó en inteligencia humana desarrollada profundamente durante años en El Líbano, en redes infiltradas dentro de la organización, en condiciones logísticas favorables y en un teatro de operaciones compacto que permitía a sus aviones militares ingresar y salir del país sin enfrentar represalias significativas. Venezuela, por el contrario, constituye un Estado soberano con aliados externos que ha invertido años en blindar la movilidad de su liderazgo y en crear redundancias en su comando y control. Intentar una operación de decapitación al estilo del Mossad se enfrentaría a defensas aéreas, grandes distancias, complejas consideraciones políticas y el respaldo de países aliados, factores que podrían transformar una demostración de fuerza “limitada” en una crisis de alcance regional.


El sistema antimisiles S-300 fue comprado por Venezuela a Rusia.

La pila defensiva venezolana aumenta los costos en todos los frentes; posee defensas aéreas de largo y mediano alcance, las baterías anti misiles S-300/Antey-2500 y Buk-M2, en capas para crear una Defensa Aérea de Corto Alcance, cazas Sukoil-30 y F-16 que proporcionan interceptación de defensa, patrullajes marítimos, que incluyen misiles, botes de ataque rápido y milicias litorales, apostadas en desembocaduras de ríos y puntos de estrangulamientos desde La Guaira hasta Paraguaná y el corredor del Lago Maracaibo, que empujan a los buques de superficie estadounidense más lejos de la costa venezolana.

Lo que, junto a la infantería fluvial y costera, convierte al contra despliegue venezolano en un puercoespín barato y numeroso. Washington, por todo esto, no tiene un camino corto y fácil para una campaña de asesinatos contra el liderazgo chavista.

Poco se habla de la respuesta militar de Venezuela sobre todo si se considera su defensa aérea, la voluntad de resistir de millones de milicianos y su número desconocido de drones gracias a su alianza con Irán.

Un ejemplo de las capacidades de Venezuela es su complejo de drones que constituye un multiplicador de fuerza. Después de dos décadas de cooperación entre Irán y Venezuela, Caracas pasó de no tener vehículos aéreos no tripulados (UAV) a una flota estratificada: el Arpía-001 (derivado del iraní Mohajer-2) para tareas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento; drones armados ANSU-100 capaces de lanzar municiones tipo Qaem (misiles guiados iraníes) para acoso de precisión; prototipos ANSU-200 de “ala volante” que son difíciles de detectar (nota de autor; ideales para ataques sorpresas, misiones de vigilancia, que penetren defensas enemigas) ; municiones merodeadoras Zamora V-1 para ataques kamikaze; y enjambres de drones de primera persona (FPV) para asaltos contra sensores y blancos vulnerables en litorales congestionados. Esta combinación no satura el sistema Aegis (que integra radares y misiles) de los buques de guerra estadounidenses, pero los obliga a adoptar posturas antidrones (UAS) que consumen recursos, agotan interceptores y reducen el ritmo operativo de cubierta. Cualquier transferencia de drones, como el dron iraní kamizake HESA Shahed 136 y su variante rusa el Geran-2, multiplicaría la saturación de bajo costo contra los buques de guerra y la presión psicológica (Nota del autor: este modelo de drones, también llamados municiones merodeadoras, son utilizados por Rusia para abrumar las defensas aéreas de Ucrania y lanzar múltiples ataques contra ciudades, o infraestructura clave).

El despliegue de la milicia bolivariana y la fortificación social, además, convierten las incursiones terrestres en una trampa política. La activación de 5,336 Unidades Comunales de Milicia, vinculadas a 15,751 “bases populares de defensa integral” y 8.2 millones de alistados, genera una auténtica negación territorial basada en la resistencia popular. Incluso sin considerar las cifras oficiales de milicianos, la distribución de la defensa a nivel parroquial garantiza que cualquier incursión terrestre enfrente una resistencia políticamente tóxica, seguida de un desgaste que supere ampliamente las ventajas tácticas obtenidas. Esta dinámica de movilización explica también por qué confrontar a “humildes pescadores” venezolanos o ejecutar ataques contra embarcaciones menores resulta contraproducente: ya que endurece la cohesión social y proporciona a Caracas material propagandístico de alto impacto mediático para apoyar sus esfuerzos de movilización y denuncia diplomática.


Imágenes del buque atunero abordado por el buque de guerra de Estados Unidos, el USS Jason Dunham.

La disciplina en la guerra de la información constituye también un pilar fundamental de la estrategia defensiva. La narrativa oficial del liderazgo venezolano considera que el verdadero campo de batalla es de naturaleza psicológica: por eso, expone vacíos probatorios en las acusaciones de ataques contra “narcoterroristas” (como la ausencia de coordenadas precisas en los bombardeos, inexistencia de cadena de custodia de las “pruebas”, falta de detenidos identificados), documenta incidentes en su Zona Económica Exclusiva como el abordaje del barco atunero La Blanquilla a 48 millas (78 kilométros) náuticas bajo condiciones de interferencia y presencia de armas largas, y exige verificación independiente de los hechos. El propósito estratégico es eliminar la distancia conceptual entre el etiquetado de “narco-terrorismo” y el ejercicio legítimo de la defensa soberana, de manera que cada maniobra estadounidense se convierta en una erosión de su propia credibilidad internacional.

En este contexto, ¿es posible que Venezuela pueda recrear una defensa efectiva que incremente los costos de cualquier operación y debilite a Estados Unidos como lo han hecho los hutíes en Yemen?

Es posible si se adapta a la geografía caribeña del país; los hutíes aprovecharon puntos de estrangulamiento marítimos. Venezuela cuenta con un complejo litoral fragmentado, archipiélagos dispersos y deltas fluviales. La metodología puede adecuarse con una combinación de tiradores económicos distribuidos, misiles costeros antibuque, municiones merodeadoras, enjambres de drones de primera persona (FPV), lanchas rápidas armadas, sistemas de defensa aérea en capas, protocolos de control de emisiones (señales de radio, GPS, transmisiones de radio, sensores) y señuelos. Lo que puede obligar a flotar superiores, como las de Estados Unidos, a adoptar ciclos defensivos costosos. Esto reduciría su libertad de maniobra y extendería sus tiempos de despliegue, contextos donde los errores operacionales y las represalias políticas tienden a multiplicarse.


Corredores marítimos y fluviales de Venezuela.

Sin embargo, existen limitaciones importantes: Estados Unidos posee arsenales mayores, una logística superior y mayor respaldo político en este hemisferio que en el Mar Rojo. El objetivo venezolano no sería alcanzar paridad militar sino establecer una disuasión mediante fricción operacional, es decir, elevar el costo, la duración y la visibilidad de cada escalón de la escalada armamentística—desde operaciones de interdicción hasta “ataques quirúrgicos”— más allá de lo que Washington puede justificar políticamente en su país.

Con este panorama militar, una campaña de asesinatos se vuelve bastante difícil de llevar a cabo con éxito.

Una operación de decapitación es posible en abstracto y estratégicamente contraproducente en la práctica. Los usos más probables de la flotilla estadounidense son las operaciones antinarcóticos, recolección de inteligencia, demostraciones de fuerza a través de sobrevuelos intimidatorios, ataques marítimos selectivos y la construcción de narrativas contra Venezuela, no la eliminación directa del liderazgo chavista. Cualquier escalada hacia ataques “quirúrgicos” en territorio venezolano enfrentaría múltiples obstáculos: los sistemas de defensa aérea S-300VM/Buk-M2, un liderazgo altamente móvil, hostigamiento constante con drones, cinturones de negación marítima y una población completamente movilizada. Este conjunto de factores convierte la superioridad táctica estadounidense en un complejo dilema estratégico, donde las ventajas militares convencionales se ven neutralizadas por la resistencia asimétrica y el costo político de una intervención prolongada.

Etiquetar a pescadores como “narcoterrroristas”, lanzar artillería contra lanchas y circular grabaciones borrosas “no clasificadas, no constituye una aplicación de la ley; es la fase de normalización de la proyección de poder estadounidense. El Caribe se enmarca como una red ocupada donde el hardware estadounidense opera sin oposición y las operaciones “antidrogas” sirven como coartada para la coerción soberana. La respuesta racional venezolana, por eso, es instrumentalizar el costo (defensa aérea, drones, negación marítima), instrumentalizar la sociedad (milicias, bases de defensa local) e instrumentalizar la verdad (documentar incidentes, forzar verificación). Si se ejecuta esto, de forma consistente, la flotilla permanecerá en el “teatro” de operaciones, en lugar de transformarse en una máquina de cambio de régimen de bajo riesgo.

En conclusión, el despliegue estadounidense amplía las opciones coercitivas y reduce los plazos para acciones limitadas, pero no asegura una estrategia de decapitación de bajo costo. Venezuela puede construir —y está construyendo— una defensa que eleva significativamente el precio en cada escalón de la confrontación: técnicamente, mediante sistemas S-300VM/Buk-M2, drones y lanchas rápidas equipadas con misiles Nasir; tácticamente, a través de dispersión territorial, control estricto de emisiones, uso de señuelos y aprovechamiento del desorden litoral; y políticamente, mediante la movilización masiva de milicias, la documentación exhaustiva de incidentes y la diplomacia regional activa.

El objetivo estratégico venezolano no consiste en superar militarmente a Estados Unidos, sino en convertir cada escalón adicional de la confrontación en una operación tan costosa, visible e ilegítima que Washington opte por no intensificar el conflicto.


Fuente: Bruno Sgarzini

miércoles, 6 de agosto de 2025

Guerra tecnológica y mano de obra

 

      Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web y autor de articulos sobre arte y cultura.



Ucrania: Una guerra larga ya en el tiempo, y cientos de miles de víctimas. Conversaciones de paz que se estancan, y cientos de miles de víctimas. Una guerra que Ucrania no puede ganar.



     Si observamos el conflicto en Ucrania —en muchos sentidos un anticipo de cómo se librarán las guerras durante al menos los próximos quince años—, el factor tecnológico parece predominar. Misiles balísticos e hipersónicos, vehículos aéreos no tripulados (UAV) de reconocimiento y ataque, municiones de merodeo, drones FPV, guerra electrónica y sistemas antimisiles… En una guerra simétrica, las capacidades en tecnologías ofensivas y defensivas —investigación y desarrollo, velocidad de adaptación, capacidad industrial, rentabilidad…— se convierten sin duda en un factor de enorme importancia. Sin embargo, esto corre el riesgo de eclipsar un factor aún decisivo: la mano de obra. Toda la tecnología del mundo puede ser más o menos útil, ya sea para infligir daño al enemigo o para reducir su eficacia ofensiva, pero en última instancia, el territorio debe ser capturado —o defendido— por la infantería. Además, en un ejército moderno, el número de combatientes de primera línea es solo una fracción, y ni siquiera la mayor, del personal necesario. Toda la cadena logística, y los operadores de sistemas de armas desplegados en la retaguardia, y el personal necesario para las rotaciones en la línea de batalla… Por cada combatiente en el frente, se necesitan al menos tres hombres más.




Aunque poco se enfatiza, este es un problema para un ejército moderno que no puede subestimarse.

Analizando el conflicto en Ucrania, por ejemplo, podemos ver con mayor claridad su importancia. Rusia, por ejemplo, salvo una movilización parcial tras el lanzamiento de la Operación Militar Especial, ha dependido esencialmente de un flujo constante de voluntarios (unos 30.000 al mes), mientras que los reclutas se utilizan para el control territorial o la logística, mientras que las operaciones de combate se reservan para los soldados contratados.

La reciente llegada de personal norcoreano (según se informa, entre 30.000 y 50.000) parece tener como objetivo principal proporcionar experiencia de combate a las fuerzas armadas aliadas, más que ser un refuerzo efectivo para los rusos.


Soldados norcoreanos reciben uniformes y equipamiento rusos en el campo de entrenamiento Sergeevka, en el lejano oriente de Rusia.

Además, la tasa de alistamiento voluntario sigue siendo significativamente mayor que la de bajas (muertos y heridos irreparables), lo que permite un entrenamiento adecuado antes de ir al frente y un aumento constante del personal de combate. Es evidente que Rusia (con más de 180 millones de habitantes) ya disfruta de una considerable ventaja numérica en la reserva potencial de reclutas, aunque no es fácil predecir qué ocurriría si fueran necesarias movilizaciones masivas posteriores.

En cuanto a Ucrania, sabemos que se enfrenta al problema opuesto. A su desventaja demográfica se suma una considerable reticencia a participar en el esfuerzo bélico —a pesar de considerarse invadida por el enemigo—, lo que se manifiesta tanto en una importante huida de la guerra (refugiados en el extranjero), una pronunciada disminución del alistamiento voluntario y una reticencia a movilizarse (existen ahora miles de vídeos de reclutadores del TCC prácticamente secuestrando gente en las calles). Si bien los ucranianos se mantienen a la defensiva en casi toda la línea del frente —lo que reduce significativamente el número de personal desplegado en comparación con el atacante—, el problema de la escasez de efectivos (y, como mínimo, la baja motivación) se refleja tanto en el entrenamiento (apresurado) como en la capacidad de combate (en constante deterioro). La clara supremacía de Rusia en artillería, así como su dominio del espacio aéreo, también tienen un impacto muy significativo en las pérdidas. Mientras que los rusos probablemente tienen un saldo de pérdidas irreparables de entre 300 y 350.000 hombres, los ucranianos tienen un saldo de entre dos y dos millones y medio de pérdidas.




Si bien la guerra moderna, incluso simétrica y basada en el desgaste, no requiere masas de hombres comparables a las de la Segunda Guerra Mundial, algunas comparaciones pueden ayudar a comprender la cuestión. En 1939, la población del Tercer Reich (Alemania, Austria y los Sudetes) ascendía a entre 80 y 86 millones. La Wehrmacht alcanzó su nivel máximo de movilización alrededor de 1944, cuando contaba con aproximadamente 12 millones de hombres (más las pérdidas de los primeros cuatro años de la guerra).

Ucrania, antes de la guerra, tenía aproximadamente 45 millones de habitantes, y sus fuerzas armadas actualmente suman aproximadamente 1.500.000 hombres. La diferencia es sorprendente. Mientras que Alemania, en el apogeo de su esfuerzo bélico, tenía aproximadamente el 14% de su población en armas, la de Ucrania es de poco más del 3%. Obviamente, las causas son muchas (millones de refugiados, tanto en Europa como en Rusia; la población de las regiones que han pasado a formar parte de la Federación Rusa; una reticencia generalizada – 230.000 casos oficiales de deserción…), pero está claro que, aunque los ucranianos deberían estar más motivados para luchar que los rusos, en realidad no es así.

Entre los muchos factores que deben tenerse en cuenta, por los numerosos aedos de la próxima guerra contra Rusia, este no es en absoluto secundario. Aunque Europa tiene una población de casi 450 millones, la propensión al servicio militar —y mucho menos al combate hipotético— es extremadamente baja. Si estallara un conflicto cinético entre los países europeos de la OTAN y la Federación Rusa, es muy probable que los ciudadanos de esta última lo percibieran como existencial para su patria, mientras que en Occidente —donde este sentimiento está muy debilitado, incluso habiéndose opuesto durante mucho tiempo como negativo— es previsible una baja propensión a tomar las armas «en defensa de la democracia».

Dejando a un lado todos los demás problemas (no menores), esto podría resultar crucial. Un conflicto que muy probablemente implicaría el uso de armas nucleares tácticas por parte de Rusia, sin una capacidad europea efectiva de movilización —tanto cuantitativa como cualitativa—, solo podría terminar en una derrota desastrosa.


Fuente: El Viejo Topo