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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Hasta que pasó de todo

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


     La última de las entradas de esta bitácora llevaba por irónico título "No pasa nada". Mientras iba degenerando la crisis bélica desatada por Donald Trump en Oriente Próximo y sus consecuencias se iban desarrollando, la consigna, como lleva siendo norma desde mayo, ha sido darle el menor espacio informativo a este desastre en ciernes.

Hasta que hace unos días alguien (aún no sabemos si los yemeníes hutíes, las milicias chiíes iraquíes o directamente los propios iraníes) decidió volar con drones el oleoducto Este-Oeste que permitía a Arabia Saudita desviar de su producción unos 4 millones de barriles diarios (Mb/d) para que no tuvieran que pasar a través del estrecho de Ormuz y llegaran directamente al mar Rojo.


Arabia Saudí cierra el oleoducto Este-Oeste, la principal ruta alternativa a Ormuz, tras los ataques de varios drones procedentes de Irak.

Pensemos que gracias a este oleoducto, y en menor medida al de Emiratos Árabes Unidos, se había conseguido aliviar el cuello de botella que ha supuesto la situación en Ormuz, al menos en lo que al petróleo se refiere (en el resto de materias primas la cosa sigue igual o peor, como luego comentaremos). Antes del cierre del estrecho, pasaban por Ormuz unos 20 Mb/d. Esos 20 Mb/d correspondían a una extracción equivalente y constante de petróleo de todos los países afectados; y sin vías alternativas y con los depósitos llenos, la extracción de petróleo del mundo (que es de poco más de 100 Mb/d, unos 106 Mb/d) habría caído en esa cantidad - nada más y nada menos que el 20% de todo el petróleo extraído en el mundo, o el 40% del petróleo con el que se comercia. Un frenazo de esa magnitud inevitablemente iba a acarrear una crisis económica sin precedentes, así que se pusieron todas las medidas para evitar sus efectos tanto como fuera posible.

En realidad, evitar la crisis nunca fue posible. Pero lo que sí que se podía hacer era retardar su comienzo, en la esperanza de que, si EE.UU. ganaba la guerra, al menos las penurias inevitables de la crisis se verían compensadas por las promesas de riquezas futuras. Y eso es lo que se ha hecho. Se liberó petróleo de las reservas estratégicas, China redujo sus importaciones y Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos rodearon Ormuz con sus oleoductos. El descenso de producción reconocido por la Agencia Internacional de la Energía se sitúa en torno a los 6 Mb/d, aunque por ejemplo el Departamento de Energía de los EE.UU. lo coloca más cerca de los 12 Mb/d. Por tanto, gracias a los oleductos de bypass y al petróleo que mal que bien ha conseguido navegar a través de Ormuz se ha conseguido hacer llegar al mercado unos 8 Mb/d de los que antes pasaban tranquilamente por esa vía marítima, pero igualmente se ha tenido que hacer un recorte de 12 Mb/d de consumo.



Así que se han tenido que poner numerosas medidas en marcha para reducir nada menos que el 12% del consumo mundial de petróleo. Pero, claro, estas medidas tenían fecha de caducidad. 

De entrada, los países de la OCDE liberaron 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas, teóricamente al mercado libre. Además, han estado usando petróleo de sus reservas para compensar lo que no estaba llegando. En el caso particular de España, consiguió compensar el desaguisado hasta mayo (como comentábamos en el post anterior) a base de diversificar las entradas de petróleo, de modo que solo perdió un 5% de las importaciones; y por el lado de las salidas, redujo un 5% de las exportaciones de productos petrolíferos, quedando bastante balanceada. Por desgracia, la situación en el resto de Europa no era tan buena (no tienen tantas refinerías como España) y por eso el precio de los combustibles se está disparando más que en tierras hispanas.

De otro lado, China había reducido sus importaciones a la mitad, de 11 Mb/d a 5,5 Mb/d en marzo. En parte porque gracias al bypass de Arabia Saudita empezó a haber más crudo en el mercado y en parte porque,  desgraciadamente, China ha perdido la fe en que esto se vaya a resolver en un plazo breve de tiempo, en los últimos meses sus importaciones de petróleo han subido con fuerza y en agosto ya fueron casi de 9 Mb/d.

Y por el lado de los EE.UU., sus reservas estratégicas están ya por debajo del límite de operación segura. A pesar de las veces que Trump ha repetido que no va a haber una prohibición de exportación de petróleo, el reloj va en su contra: el precio de los combustibles se está disparando en todos los EE.UU., con cifras llegando ya en algunos lugares a los 10$ por galón (unos 2,64$/litro), algo absolutamente inaudito en ese país. No va a ser una cuestión de voluntad política: los EE.UU. se van a ver obligados a limitar sus exportaciones de petróleo - nunca se frenarán del todo, porque por culpa del fracking producen demasiado petróleo ligero que no pueden consumir, pero las fracciones medias y pesadas sin duda acabarán por dejarse de exportar.

En cuanto al flujo de petroleros, es difícil saber exactamente cuántos consiguen circular. Se estima que, tras el repunte de la euforia del primer momento cuando se firmo el Acuerdo de Entendimiento y la expiración del mismo el 17 de agosto, en la actualidad deben estar circulando alrededor de un 10% de los petroleros que pasaban antes de la guerra.


En la actualidad deben estar circulando alrededor de un 10% de los petroleros que pasaban antes de la guerra.

Y en este contexto, el oleoducto de Arabia Saudita ha volado por los aires. Aunque técnicamente podía bombear hasta 7 Mb/d (como se hizo al principio), debido a limitaciones técnicas estaba en los 4 Mb/d antes de su voladura. Conviene recordar, además, que esa voladura es una represalia por la destrucción de cinco petroleros iraníes por parte de los EE.UU. La pérdida de esos buques sin duda habrá afectado a los 2 Mb/d que Irán estaba exportando; de hecho, se estima que las exportaciones de Irán están colapsando, que es lo que pretendía EE.UU. y que es probablemente lo que ha precipitado el golpe sobre la mesa de Irán.

Así que a los 12 Mb/d que ya no se estaban extrayendo tenemos que sumar los 4 Mb/d del bypass saudí que se ha perdido y hasta 2 Mb/d de las exportaciones iraníes. En este momento, por tanto, pueden estar ya faltando 18 Mb/d, y justo cuando las medidas paliativas están dejando de funcionar. Y si en algún momento Irán decide bombardear el otro oleoducto de bypass, el de Emiratos Árabes Unidos, faltarán otros 1,5 a 2 Mb/d adicionales.

Para acabar de redondear la faena, los hutíes han protagonizado una espectacular ofensiva, tomando el control de prácticamente toda la costa de Yemen en el mar Rojo y la isla de Perim, lo que de facto les da el control del estrecho de Bab el-Mandeb, que es la puerta de entrada al mar Rojo y al canal de Suez.

De manera prácticamente inmediata el precio del petróleo Brent ha superado los 100$ por barril y anda coqueteando con la barrera de los 110$. Pero eso es solo la punta del iceberg.

El precio del Brent no incluye los costes de transporte y seguros. Antes de la guerra, esos costes añadían un par de dólares al precio final del barril. Ahora, debido a la escasez general de combustibles, el alargamiento de las rutas y los riesgos de la guerra, esos costes llegan a los 30$/barril. De hecho, el coste del barril en muchas refinerías llega a los 150$.

A eso cabe añadir la escasez de petróleos medios, fundamentales para la producción de diésel, gasóleos y keroseno. El crack spread, o diferencial entre el precio de un barril de petróleo y un producto refinado, se ha disparado en los últimos meses desde unos pocos dólares (que era lo habitual) hasta los 100$ y más en el caso del diésel. Dénse cuenta de lo que significa eso. Incluso asumiendo un precio del barril de petróleo de 100$, un crack spread de otros 100$ significa que el precio del barril de diésel a la salida de la refinería es de 200$. Como un barril contiene casi 160 litros, eso quiere decir que el coste de ese diésel es de 1,25$ por litro. Contando el margen comercial, los costes de distribución y los impuestos, el coste del diésel es solamente alrededor de un tercio del precio de venta del diésel en la gasolinera. Es decir, el precio final sería de 3,75$ por litro o unos 3,25 €/l. Por eso, no es de extrañar que en Alemania estén llegando ya a los 3€/l. España está un poco mejor porque, de nuevo, tiene menores costes de refino y distribución gracias a que tiene 8 refinerías en su territorio, pero aún así poco a poco nos vamos deslizando a los 2€/l, y con el tiempo podremos llegar a 3€ y más.

Y eso es solo la parte del petróleo. La situación con el gas natural es terrible para Europa: la interrupción de las exportaciones de gas desde el golfo Pérsico, y particularmente desde Omán, han creado una situación de fiera competencia por el gas natural licuado (España recibió en junio un 40% menos de los buques esperados precisamente porque su carga fue comprada cuando estaban en alta mar y cambiaron su rumbo). Europa afronta el invierno con sus inventarios en mínimos de 15 años, con el agravante que los inventarios de gas no son tan amplios como los de petróleo porque el gas natural es más complejo de almacenar.

Faltan fertilizantes nitrogenados justamente cuando las cosechas son peores por culpa del calor excesivo de este verano. Falta azufre y por tanto ácido sulfúrico, afectando a la producción de cobre, de fosfatos y de metales en general. Falta aluminio. Y, sobre todo, falta diésel para operar la maquinaria.


Diésel y gasóleo – Producción de refinería (en Mb/d).

La gráfica de arriba la he generado yo con datos del Joint Oil Data Initiative. Son los valores mensuales de la producción de diésel en las refinerías de todo el mundo hasta junio de 2026. Los dos o tres últimos meses no son muy fiables porque algunos países tardan en reportar. Además, la producción de Rusia está extrapolada desde su valor medio en 2021 porque desde 2022 no hay datos de ese país. Es una gráfica, por tanto, con muchas limitaciones y pegas. Y aún así cuenta una historia muy simple: la producción mundial de diésel tocó máximo en el período que va de 2015 a 2017; nunca fue capaz de recuperar esos niveles, ni siquiera después de la pandemia; y este año sin duda la situación es catastrófica. Quizá Vd. no nota que falte diésel en su gasolinera, pero seguro que falta en una mina en algún país recóndito y por eso se está extrayendo menos de alguna materia prima que sí que va a impactarle en su trabajo o su vida cotidiana.

El verano se acabó. Ahora viene el ajuste de cuentas. Nada nos va a salvar de una crisis económica (que podría agravarse o retroalimentarse con el estallido de la burbuja de la inteligencia artificial). Será cuestión de días, semanas o meses, pero nada se puede hacer por evitarla ya. Por eso hicimos la campaña de No Normal. Por eso les insto a que se organicen y se preparen para lo que viene (no reinventen la rueda, apóyense en las organizaciones que ya existen en su zona).

No pasa nada. Hasta que, de repente, pasa de todo. 

P. Data: el próximo 30 de septiembre sale a la venta mi nuevo libro, "El fondo del pozo". Ojalá no hubiera tenido que escribirlo. Y todavía hay quien se atreve a decir que estamos a punto de conseguir la "prosperidad ecológica", válgame el cielo...


El fondo del pozo.



Fuente: The Oil Crash

miércoles, 5 de agosto de 2026

Tres escenarios para la guerra entre Irán y Estados Unidos

 

 Por Pedro Garcia   
      Periodista en Descifrando la Guerra.


   La reanudación de la guerra entre Estados Unidos e Irán ha devuelto la atención internacional a uno de los espacios marítimos más estratégicos del planeta: el estrecho de Ormuz.


El mapa del estrecho de Ormuz se caracteriza por estar rodeado de hidrocarburos y por la capacidad de Irán de ejercer un bloqueo.

Tras un alto el fuego frágil y sin acuerdos sólidos sobre cuestiones fundamentales, Washington y Teherán han regresado a una dinámica de confrontación abierta en la que la presión militar y la negociación avanzan de forma paralela.


Desde la guerra contra Irak, Irán ha desarrollado un amplio arsenal de misiles como elemento disuasorio frente a Estados Unidos e Israel.

El conflicto ya no se limita a la disputa bilateral entre ambos países. La cuestión central gira en torno al control de las principales rutas marítimas de Oriente Medio, especialmente Ormuz y, de forma indirecta, Bab el-Mandeb.

Ambos corredores concentran una parte esencial del comercio energético mundial, por lo que cualquier alteración de la navegación tendría consecuencias económicas que irían mucho más allá de la región.

La importancia estratégica de estos pasos marítimos convierte cualquier crisis en un problema global. Mientras Estados Unidos intenta reducir la capacidad iraní para utilizar Ormuz como instrumento de presión, Teherán considera que su influencia sobre el estrecho constituye uno de sus principales activos de poder y una cuestión vinculada a su soberanía nacional.

Los dos cuellos de botella

El estrecho de Ormuz es probablemente el cuello de botella energético más importante del mundo. A través de sus aguas transita aproximadamente una cuarta parte del petróleo transportado por vía marítima y una parte significativa del comercio internacional de gas natural licuado.

Su relevancia estratégica deriva de una realidad geográfica simple. Los grandes productores del golfo Pérsico dependen de este corredor para exportar sus hidrocarburos hacia los mercados internacionales.

Aunque algunos países, como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, disponen de infraestructuras alternativas, estas no poseen capacidad suficiente para sustituir completamente el volumen que atraviesa el estrecho.

Por esta razón, la capacidad iraní para amenazar la navegación constituye una poderosa herramienta de disuasión. Teherán sabe que no necesita cerrar completamente Ormuz para generar efectos económicos significativos. Basta con incrementar la percepción de riesgo, amenazar el tráfico marítimo o dificultar parcialmente la navegación para afectar a los mercados energéticos internacionales.

La disputa actual entre Estados Unidos e Irán se concentra precisamente en este aspecto. Washington aspira a desarrollar mecanismos que garanticen la libre navegación reduciendo la capacidad de influencia iraní, mientras que Teherán rechaza cualquier fórmula que limite su papel en la gestión del paso marítimo.

No obstante, la importancia de la crisis no se limita a Ormuz. Al otro extremo de la península Arábiga se encuentra el estrecho de Bab el-Mandeb, puerta de acceso al mar Rojo y al canal de Suez.

Por esta ruta circula alrededor del 12% del comercio marítimo mundial y una parte muy relevante de las exportaciones energéticas destinadas a Europa.


La posibilidad de un bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, sumado al de Ormuz, complicaría gravemente la situación del comercio mundial.

Su relevancia ha quedado demostrada durante los últimos años, cuando la inseguridad en la zona –tras los ataques de los hutíes yemeníes contra embarcaciones en "solidaridad" con la causa palestina– obligó a numerosas navieras a desviar sus rutas alrededor del Cabo de Buena Esperanza.


Ansar Alá rompe el bloqueo de Arabia Saudí sobre Yemen.

Estos desvíos provocaron incrementos significativos en los costes logísticos, retrasos en el transporte de mercancías y problemas para diversas cadenas de suministro. También afectaron directamente a Egipto, cuyos ingresos por los peajes del canal de Suez disminuyeron como consecuencia de la reducción del tráfico marítimo.

El riesgo para la economía mundial aumentaría considerablemente si ambos estrechos se vieran afectados al mismo tiempo. Mientras Ormuz condiciona la salida de los hidrocarburos del golfo Pérsico, Bab el-Mandeb conecta esos flujos comerciales con Europa y el Mediterráneo. La alteración simultánea de ambos corredores tendría un impacto difícilmente comparable con cualquier crisis marítima reciente.

Los posibles escenarios del conflicto



Los posibles escenarios del conflicto entre Estados Unidos e Irán marcarán el futuro de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.

La evolución de la crisis dependerá en gran medida de la capacidad de Washington y Teherán para imponer sus intereses en torno al estrecho de Ormuz. A día de hoy pueden identificarse tres escenarios principales.

Escenario 1: retirada estadounidense y acuerdo con Irán

El primer escenario contempla una reducción progresiva de la confrontación y la búsqueda de un acuerdo político, y se fundamenta en el hecho de que Estados Unidos afronta crecientes limitaciones estratégicas.

El desgaste de determinados recursos militares, la necesidad de concentrar esfuerzos en otros escenarios internacionales y los costes políticos internos de una guerra prolongada reducen el margen para mantener indefinidamente la presión sobre Irán.

En estas circunstancias, ambas partes podrían alcanzar un compromiso basado en una gestión coordinada de la navegación en Ormuz junto a Omán. El acuerdo podría incluir mecanismos de supervisión compartida y algún sistema de compensación económica derivado del tránsito marítimo.

Esta opción permitiría estabilizar temporalmente la región. Sin embargo, también supondría un reconocimiento implícito de la influencia iraní sobre el estrecho de Ormuz, fortaleciendo su posición negociadora en Oriente Medio.

Escenario 2: guerra regional ampliada

El escenario más peligroso contempla una nueva escalada militar. Si las negociaciones fracasan y la presión iraní sobre Ormuz aumenta, Estados Unidos podría intensificar sus operaciones militares y favorecer una mayor implicación de Israel en el conflicto.

En ese contexto, la confrontación dejaría de limitarse al golfo Pérsico para extenderse a otros escenarios regionales. Líbano, Yemen e incluso Irak podrían convertirse en nuevos frentes de una guerra más amplia, involucrando a los principales aliados de Teherán.


Irak se ha convertido durante la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán en un escenario más del conflicto regional.

La consecuencia más grave sería el bloqueo simultáneo de Ormuz y Bab el-Mandeb. La interrupción de dos de los mayores puntos de estrangulamiento del comercio marítimo mundial provocaría fuertes aumentos en los precios de la energía, graves alteraciones en las cadenas de suministro y un incremento significativo de los costes del transporte internacional.

Yemen desempeñaría un papel especialmente relevante. Aunque los hutíes no han reanudado de forma generalizada sus ataques contra el tráfico marítimo internacional, mantienen la capacidad de hacerlo si consideran que el conflicto ha entrado en una nueva fase de escalada.

Escenario 3: inestabilidad controlada

El tercer escenario contempla la continuidad de la situación actual. Ni Estados Unidos ni Irán parecen dispuestos a realizar las concesiones necesarias para alcanzar un acuerdo duradero. Sin embargo, tampoco tienen incentivos suficientes para asumir los riesgos de una guerra regional de gran escala.

Como resultado, ambas potencias continuarían aplicando estrategias de presión mutua mediante demostraciones de fuerza, negociaciones intermitentes y acciones limitadas destinadas a mejorar sus posiciones sin cruzar determinados umbrales de escalada.


Posibles escenarios de la guerra.

En este contexto, Ormuz seguiría siendo el principal foco de tensión. La navegación permanecería sometida a episodios recurrentes de amenazas, inspecciones, restricciones parciales e incidentes de seguridad, aunque sin llegar a un cierre completo del estrecho.

La política interna de ambos países refuerza esta dinámica. En Irán, el fortalecimiento de los sectores más conservadores dificulta cualquier concesión relevante sobre una cuestión considerada estratégica y soberana. En Estados Unidos, donde en noviembre se celebran elecciones de mitad de mandato, las presiones políticas internas y la dificultad de aceptar un acuerdo que pueda interpretarse como una victoria iraní limitan igualmente el margen de maniobra.

Por ello, el escenario más plausible no parece ser ni una gran guerra regional ni una reconciliación duradera, sino una prolongación de la inestabilidad. Una situación en la que la tensión se mantenga bajo control, pero en la que cada incidente en Ormuz o Bab el-Mandeb pueda volver a poner en riesgo la seguridad energética mundial y la estabilidad de los mercados internacionales.

Israel, decisivo en la escalada

Israel sigue siendo uno de los actores más relevantes en la dinámica de seguridad regional. La situación actual le resulta relativamente favorable, ya que no está implicado directamente en una confrontación abierta con Irán mientras mantiene la presión sobre otros adversarios, especialmente en Líbano. Esta posición le permite evitar los costes de una guerra regional de gran escala al tiempo que continúa desarrollando sus objetivos estratégicos.

Desde la perspectiva de Tel Aviv, resulta prioritario que Estados Unidos mantenga una política de presión sostenida sobre Teherán. Esto le permitiría concentrar recursos en otros frentes considerados esenciales –como el debilitamiento de Hamás en la Franja de Gaza, la anexión paulatina de Cisjordania o la lucha contra Hezbolá en Líbano– mientras limita la capacidad de influencia regional iraní.


El Estado de Israel acelera su conquista y colonización de Cisjordania

La ausencia de una intervención israelí directa contra Irán puede interpretarse como una señal de contención y de voluntad de evitar una escalada inmediata. Sin embargo, esta postura no implica una renuncia definitiva al enfrentamiento.

Si Israel percibe que Washington está dispuesto a aumentar la presión militar sobre Teherán o considera que existe una oportunidad favorable para debilitar significativamente a la República Islámica, podría adoptar una actitud más agresiva y favorecer una nueva escalada regional.

Por ello, la posición israelí constituye uno de los principales factores de incertidumbre del conflicto. Mientras Tel Aviv considere que la presión estadounidense sobre Irán es suficiente, es probable que mantenga una estrategia indirecta.

No obstante, un cambio en los cálculos estratégicos israelíes podría acelerar la transición desde la actual confrontación contenida hacia un escenario de mayor inestabilidad regional.


Fuente: Descifrando la Guerra

sábado, 1 de agosto de 2026

El polvorín del Mar Rojo, cada vez más cerca de prenderse

 

 Por Faisal Ali   
      Periodista independiente que cubre noticias sobre Somalia y África Oriental.


Con la excepción de Yibuti, todos los Estados ribereños están inmersos en una guerra civil, participan directamente en un conflicto vecino, han sido atacados como consecuencia de conflictos regionales o afrontan alguna combinación de estas tres circunstancias


El nuevo puerto de Berbera, en Somalilandia, financiado en su mayor parte por Emiratos Árabes.


     A principios de julio, un avión aterrizó en Saná, la capital controlada por los hutíes, marcando el primer vuelo directo entre Saná y Teherán en más de una década, antes de trasladar a una delegación de funcionarios hutíes hasta Teherán para asistir al funeral del ayatolá Jameneí, líder supremo de Irán.


Una joven con el retrato del ayatolá durante la ceremonia fúnebre en Teherán.

El vuelo vulneró un acuerdo por el cual el gobierno yemení —internacionalmente reconocido, con sede en Adén y respaldado por Arabia Saudí— mantiene el control del espacio aéreo del país.

Un intento fallido de detener el vuelo de regreso de la delegación, unas dos semanas después —que incluyó bombardeos sobre Saná reivindicados por el gobierno yemení— provocó una represalia hutí contra Arabia Saudí. El intercambio desencadenó la escalada de hostilidades más intensa entre ambas partes desde la tregua negociada en 2022.

Desde entonces, los hutíes han cumplido su amenaza de atacar petroleros saudíes en el mar Rojo, reproduciendo el bloqueo que impusieron al transporte marítimo vinculado a Israel en solidaridad con Gaza desde finales de 2023 hasta 2025.

El medio libanés Al Mayadeen, alineado con Hizbulá, informó de que, hasta el lunes 27 de julio, se había denegado el paso a 16 buques saudíes. Además, los hutíes han lanzado ataques contra instalaciones petroleras saudíes.


El número de buques saudíes a los que se les ha denegado el paso desde el lunes ha alcanzado los 16, sin que ningún petrolero saudí haya cruzado Bab al-Mandab en ninguna dirección desde que comenzó el bloqueo.

Se trata de su primera intervención armada en el mar Rojo desde que comenzó la guerra con Irán a principios de este año. La República Islámica, aliada de los hutíes, ha instado al diálogo mientras las tensiones siguen e en aumento. El sábado 25 de julio, un alto cargo hutí se reunió con una delegación saudí en Omán.

Los ataques han reavivado la preocupación por la vulnerabilidad de Bab el-Mandeb, un estrecho estratégico que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y se estrecha hasta unos 26 kilómetros en su punto más angosto, entre Yibuti, Eritrea y Yemen.


Alrededores de la mezquita central en el casco histórico de la ciudad de Yibuti.

Estos incidentes se producen apenas unas semanas después de que Irán y Estados Unidos reanudaran las hostilidades y de que Teherán anunciara el cierre del estrecho de Ormuz, otro paso marítimo crucial por el que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una parte significativa del suministro global de gas natural licuado.

Jatin Dua, académico de la Universidad de Michigan y especialista en movilidad y seguridad marítimas, explica a El Salto que, durante las dos últimas décadas, las tecnologías necesarias para interrumpir el transporte marítimo —desde drones hasta sistemas GPS— se han vuelto mucho más accesibles, lo que ha erosionado las ventajas tradicionales de las grandes armadas y los portaaviones. “Lo que estamos viendo son formas relativamente sencillas y de bajo coste mediante las cuales actores no estatales, y también actores estatales, en este caso Irán, pueden hacer que los puntos de estrangulamiento marítimos se plieguen a su voluntad”, asegura Dua. El experto añade que esto tiene un impacto significativo sobre los mercados energéticos, el comercio internacional y cualquier sector que dependa de un suministro energético estable, generando un “efecto dominó” que se deja sentir desde América hasta Asia y en todos los lugares intermedios.

En su último informe anual sobre seguridad alimentaria, publicado este mes, la ONU advirtió que las tensiones en torno al estrecho de Ormuz añadían “una capa adicional de vulnerabilidad” a la seguridad alimentaria mundial. Los precios del diésel y de los fertilizantes ya habían aumentado más de un 50 % a principios de este año, un impacto que la organización vinculó directamente al conflicto extendido en Oriente Próximo. Una interrupción similar en Bab el-Mandeb —la Puerta de las Lágrimas en árabe, en alusión a sus peligrosas aguas— podría sacudir aún más una economía mundial ya de por sí frágil.

El mar Rojo: de rivalidades episódicas a la competencia estructurada

En los últimos años, el mar Rojo se ha convertido en uno de los principales centros de conectividad del mundo. Como asegura Federico Donelli, politólogo italiano y autor de Power Competition in the Red Sea, la región ya no es un espacio periférico situado en los márgenes del Golfo y de África Oriental.  Se encuentra en la “intersección de las principales rutas marítimas, los flujos energéticos y los proyectos de infraestructuras”, señala Donelli. En su libro sostiene que el Golfo y el noreste de África deben entenderse como una única región debido a la densidad de las conexiones políticas, económicas y sociales que existen entre ambos. Pero lo que también los une es su relación con una vía marítima de importancia crítica para el mundo.

El mar Rojo alberga una parte significativa de los cables submarinos de fibra óptica del planeta: transmite algo menos del 20 % del tráfico mundial de internet y prácticamente todos los datos intercambiados entre Europa y China. Del mismo modo que el canal de Suez, ha convertido a la región en una arteria fundamental del comercio global. Según algunas estimaciones, cerca del 15 % del comercio mundial pasa por el mar Rojo. Por ello, el ministro somalí Ali Omar sostuvo en un artículo publicado por Al Jazeera que lo que ocurre en el mar Rojo “ya no permanece como un asunto local.


Una torre de control de tráfico aéreo y un buque mercante se ven en el aeropuerto de Mogadiscio, Somalia.

Configura la seguridad económica de todo el mundo árabe y mucho más allá”. Japón —la cuarta economía del mundo— exporta alrededor de una quinta parte de sus vehículos por esta ruta; unos 1.800 buques vinculados al país transitan cada año por el mar Rojo, según un informe gubernamental publicado en marzo. También es la ruta más rápida entre Europa y China: por aquí pasan aproximadamente el 60% de las mercancías en ambas direcciones.

Al mismo tiempo, el mar Rojo se encuentra en el corazón de una de las regiones más inestables del planeta. Con la excepción de Yibuti, todos los Estados ribereños están inmersos en una guerra civil, participan directamente en un conflicto vecino, han sido atacados como consecuencia de conflictos regionales o afrontan alguna combinación de estas tres circunstancias.

La importancia estratégica de la región ha atraído desde hace mucho tiempo a las principales potencias mundiales. Durante la época colonial, Francia, Italia, el Imperio otomano, Etiopía y el Reino Unido compitieron por el control de territorios en las costas de este mar. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron lo propio para ampliar su influencia. Mientras la mayoría de los Estados del Golfo permanecieron alineados con Washington, los países africanos ribereños del mar Rojo mantuvieron relaciones mucho más cambiantes con sus respectivos patrocinadores. Egipto pasó de la órbita soviética a la estadounidense con el respaldo de Henry Kissinger, seguido por Sudán y, posteriormente, Somalia. Etiopía, que conservó una salida al mar Rojo hasta la independencia de Eritrea (1991), tomó el camino contrario tras el derrocamiento del emperador Haile Selassie por el dirigente marxista Mengistu Haile Mariam. Mientras tanto, Yemen permaneció dividido durante toda la Guerra Fría entre un sur socialista y un norte conservador y de orientación religiosa.

Nuevos actores regionales, mismos retos

En la actualidad, una nueva generación de actores regionales y globales trata de gestionar esos mismos riesgos mediante un despliegue ampliado de fuerzas navales y militares. China y Estados Unidos, junto con varios países europeos y Japón, mantienen acuerdos con Yibuti para albergar bases navales. Rusia intenta reactivar un acuerdo con Sudán, paralizado desde hace años con el objetivo de establecer una base militar. Turquía y Egipto han intensificado sus relaciones con Somalia, que posee una de las costas más extensas de la región. Ankara ha prorrogado por otros dos años el despliegue de sus tropas en el país, donde apoyan la lucha contra Al Shabaab, filial local de Al Qaeda, y entrenan al ejército somalí. Los Emiratos Árabes Unidos han invertido considerablemente en los territorios somalíes autónomos de Somalilandia y Puntlandia. Israel, recién incorporado a esta dinámica, reconoció a finales del año pasado la declaración de independencia de Somalilandia y desde entonces ha avanzado rápidamente en el establecimiento de una cooperación en materia de seguridad, para disgusto del gobierno somalí. Irán, por su parte, mantiene desde hace tiempo vínculos con los hutíes de Yemen, lo que le proporciona una influencia considerable sobre la evolución de la región y la capacidad de utilizar Bab el-Mandeb como instrumento de presión estratégica.

Muchos de estos actores persiguen agendas enfrentadas y, en algunos casos, respaldan a bandos opuestos en conflictos como los de Yemen, Sudán y, en menor medida —aunque de forma más compleja—, Somalia. Fault Lines in the Horn of Africa, un informe del American Enterprise Institute con sede en Washington, describe la compleja red de alianzas que está surgiendo en la región y la divide entre lo que denomina “un eje de actores estatales y no estatales revisionistas respaldado por Emiratos Árabes Unidos y apoyado por Israel”. En este bloque se incluirían las Fuerzas de Apoyo Rápido de Sudán, Somalilandia, Puntlandia y Etiopía. Frente a él estaría “una coalición de Estados africanos defensores del statu quo [Sudán, Eritrea y Somalia], alineados con Egipto, Arabia Saudí y Turquía”. La Fundación Mediterránea para Estudios Estratégicos, un centro de estudios francés, ha advertido de que el mar Rojo se encuentra en un “punto de inflexión estratégico”, pasando de “rivalidades episódicas” a una “competencia estructurada”, una tendencia que vincula a acontecimientos como el reconocimiento israelí de Somalilandia.

Más recientemente, Estados Unidos ha tratado de influir en la evolución de la región en un contexto de creciente frustración entre sus aliados por las consecuencias que la guerra con Irán tiene sobre su seguridad y sus economías. El enviado estadounidense para África, Massad Boulos, reunió recientemente en El Cairo a los ministros de Asuntos Exteriores de Somalia, Egipto y Eritrea, cuyos intereses han convergido cada vez más debido a sus respectivas tensiones con Etiopía. La aspiración histórica de este país, sin salida al mar, de obtener acceso al litoral ha alimentado las tensiones con Somalia y Eritrea, mientras que su disputa con Egipto gira en torno a las aguas del Nilo.

Una decisión que ha resultado mucho más trascendental para Donald Trump ha sido su acuerdo para impulsar un pacto de cooperación nuclear civil con Arabia Saudí, otorgándole, como escribió el columnista de The Guardian Kenneth Roth, “las mismas opciones nucleares que juró que Irán nunca tendría”. La decisión ha generado alarma en Estados Unidos y ha llevado a Trump a tratar de suavizar su impacto condicionando el acuerdo a que Riad se incorpore a los Acuerdos de Abraham y reconozca a Israel, algo que Arabia Saudí había afirmado previamente que no haría hasta que Israel alcanzara un acuerdo de paz con Palestina.

Toda esta situación ha convertido el mar Rojo en un entorno cada vez más congestionado, diplomáticamente complejo y estratégicamente competitivo. Como consecuencia, tanto China como, anteriormente, la administración Biden nombraron enviados especiales dedicados exclusivamente a coordinar la diplomacia en la región. Sin embargo, a medida que los conflictos se han multiplicado y se han ido entrelazando entre sí, las relaciones históricamente más constructivas entre los países de la zona han dado paso a intentos mutuos de debilitarse y fragmentarse.


Al mediodía del 3 de marzo, Estados Unidos e Israel atacaron el barrio de Ferdowsi, en Teherán. Como consecuencia de este ataque, muchos civiles y personas de a pie resultaron muertos y heridos.

En el pasado, estas disputas permanecían relativamente contenidas; hoy, en cambio, representan una seria amenaza para el comercio y la seguridad mundiales.


Fuente: El Salto