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domingo, 13 de septiembre de 2026

Yemen vuelve a la guerra

 

 Por Àngel Marrades   
      Politólogo | Imperialismo, geopolítica y elecciones. Periodista en Descifrando la Guerra.


     Yemen está volviendo rápidamente a la guerra. En las últimas semanas, los combates entre el Gobierno de Saná liderado por Ansar Alá –usualmente conocidos como hutíes– y las fuerzas alineadas con el Gobierno de Adén –reconocido internacionalmente– se han intensificado a lo largo de las principales líneas del frente, al tiempo que los hutíes también mantienen enfrentamientos armados habituales con Arabia Saudí, el principal valedor externo de sus adversarios.


Imagen de la canción de Ansar Alá ‘Juro por Dios y por la revolución’.

La ofensiva de Ansar Alá

El 4 de septiembre, Ansar Alá lanzó una operación militar a gran escala contra las fuerzas del Gobierno de Adén en la provincia occidental de Taiz, así como en el distrito de Hayis, en la provincia de Hodeida.

Desplegaron armamento pesado, drones y un gran número de combatientes con el objetivo de romper las líneas defensivas del sur y hacerse con el control de carreteras y posiciones clave. La ofensiva de Ansar Alá ha sido un éxito, consiguiendo avanzar rápidamente por la costa occidental de Yemen y conquistando más de 1.500 kilómetros cuadrados de territorio entre el 9 y el 10 de septiembre.

Esta escalada marca un cambio notable en la naturaleza del conflicto, que pasa de estar dominado por ataques de largo alcance –en particular con drones– a uno en el que los enfrentamientos terrestres tienen como objetivo alterar las líneas del frente.

En sus avances en las provincias de Hodeida y Taiz cayó primero la ciudad de Hays, tras días de combates. La pérdida de Hays desencadenó un colapso a gran escala de las tropas apoyadas por Riad, que comenzaron con una retirada que terminó en una huida hacia Adén.

Esto permitió a las fuerzas hutíes tomar Moca, y su aeropuerto internacional, sin obstáculos. El avance también continúa a la ciudad de Dhubab, situada en la entrada de Bab al-Mandeb, un punto estratégico clave para el tráfico de petroleros. Con la toma de esta posición, Ansar Alá tiene el control de toda la costa occidental de Yemen.

Además, las fuerzas del Gobierno de Saná han lanzado un asalto anfibio contra el estratégico archipiélago de Jabal Zuqar y las islas Hanish mayor y menor, situadas en el corredor marítimo del sur del mar Rojo. También han tomado la isla de Perim, en medio del estrecho de Bab al-Mandeb y a tan sólo 20 kilómetros de Yibuti.


La posibilidad de un bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, sumado al de Ormuz, complicaría gravemente la situación del comercio mundial.

En conjunto, Ansar Alá tiene ahora un control mucho más directo sobre el estrecho, pudiendo amenazar a los buques con artillería y armas de corto alcance.

Estrangular a Arabia Saudí

El fin de la tregua de facto –vigente desde 2022– se ha hecho evidente desde principios de agosto. Todo comenzó con una crisis a mediados de julio relacionada con los vuelos entre Saná y Teherán, que sirvió al Gobierno yemení del norte para exigir el fin del bloqueo saudí, tanto a sus puertos como aeropuertos. La nueva política de bloqueo por bloqueo busca cambiar la ecuación, obligando a Riad a reconocer su legitimidad como gobierno soberano sobre Yemen.


La posibilidad de un bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, sumado al de Ormuz, complicaría gravemente la situación del comercio mundial.

El proyecto de Ansar Alá es, ante todo, un proyecto soberanista que busca independizar a Yemen de la interferencia de las potencias externas en sus asuntos internos.


El proyecto de Ansar Alá es, ante todo, un proyecto soberanista.

En contra de lo que suele pensarse, Ansar Alá como movimiento social y político no es una guerrilla de desarrapados, sino que gobierna desde la capital sobre un tercio del territorio y el 70-80% de la población del país con un conjunto de complejas instituciones, heredadas muchas de ellas del viejo Estado yemení.

Un ejemplo de esto es que, cuando Yemen se desgarró en la guerra civil en 2014, la vasta mayoría del ejército profesional desertó al bando de Saleh y Ansar Alá, y se llevaron consigo todos sus sistemas de armas modernas.

Al inicio de la guerra, de un total de 88 unidades de tamaño de brigada que formaban el Ejército yemení, 46 brigadas al completo se alinearon con el bando de los hutíes, mientras que solo 5 unidades lo hicieron con Hadi, el entonces presidente de Yemen “reconocido internacionalmente”. Cuando los hutíes rompieron su alianza con el expresidente Saleh en 2017, consiguieron mantener el control y mando de las fuerzas armadas yemeníes.

En el ámbito interno, las exigencias de los hutíes a Arabia Saudí se han mantenido constantes. Quieren que sus adversarios permitan vuelos internacionales ininterrumpidos desde y hacia el aeropuerto de Saná; que paguen los salarios del sector público en las zonas que controlan –en un primer momento con fondos de Riad y, posteriormente, con los ingresos procedentes de las ventas de petróleo yemení–; que compartan con ellos los ingresos públicos; y que levanten las restricciones sobre el puerto de Hodeida.

Cada una de estas peticiones tiene también una importante función política hacia el exterior. Ansar Alá quiere aprovechar su control de Saná y de gran parte del norte de Yemen para lograr el reconocimiento de su soberanía, incluso sobre las conexiones aéreas, el comercio y las relaciones exteriores.

La disputa sobre los vuelos entre Saná y Teherán es ilustrativa: lo que está en juego no es solo si la ayuda humanitaria puede llegar a la capital, sino también si los hutíes pueden establecer vínculos con el mundo exterior sin la aprobación del Gobierno reconocido internacionalmente. Es decir, Yemen busca convertirse en un actor regional de peso.

La alianza de Ansar Alá con Irán responde a esos intereses. En contra de lo que suele decirse, no son una fuerza proxy de la Guardia Revolucionaria Islámica, a pesar de que compartan una cierta afinidad ideológica y alianza en el Eje de la Resistencia.


Desfile militar de los hutíes yemeníes.

De hecho, desde Teherán siempre han tendido a considerar que Saná actúa demasiadas veces por cuenta propia y están dispuestos a tomar riesgos muy elevados.

El alto al fuego de 2022 en Yemen permitió a Irán firmar la normalización diplomática con Arabia Saudí en 2023, obligando a Ansar Alá a ser cauto en sus relaciones con Riad. Sin embargo, con la agresión de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica en 2026 se ha abierto una nueva etapa en las relaciones, pues en Teherán ven la presión yemení sobre el mar Rojo como una ventaja decisiva.

Este segundo frente permite a Irán imponer un bloqueo casi total al golfo Pérsico. Los ataques de Ansar Alá ya han dañado considerablemente la infraestructura petrolera saudí, desde refinerías a puertos, incluso han golpeado el oleoducto saudí Este-Oeste que era decisivo como alternativa al estrecho de Ormuz. Esto se esta traduciendo en un repunte en los precios del petróleo, disparándose el crudo Brent a los 107 dólares el barril.

Irán espera de esta forma imponer una nueva realidad para obligar a los Estados del golfo Pérsico a aceptar un cambio en la arquitectura regional, en el cual su seguridad esté precondicionada por su integración en la región. La capacidad de Estados Unidos de proteger las rutas marítimas y a sus aliados se pone cada vez más en cuestión, al tiempo que exacerba la crisis imponiendo mayor presión para que Washington vuelva al MoU firmado con Irán en julio.

Arabia Saudí se encuentra en la situación más complicada. No puede ignorar los ataques contra su territorio, del mismo modo que no puede quedarse de brazos cruzados mientras los hutíes restringen el tráfico marítimo en Bab al-Mandeb.


Mapa de la guerra civil de Yemen. En rojo el territorio controlado por el Gobierno de Adén; en verde el territorio controlado por el Gobierno de Saná; y en azul el territorio tomado por Ansar Alá en la ofensiva de septiembre de 2026.

Al mismo tiempo, Riad tiene poco interés en volver a la intervención de duración indefinida que caracterizó la guerra entre 2015 y 2022. De hecho, desde la tregua de facto de 2022, la política saudí se ha basado en reducir las amenazas procedentes de Yemen, al tiempo que se crean las condiciones para una solución política que no requiera una implicación militar duradera. La actual escalada hutí pone en tela de juicio ese enfoque.

Riad ha ido ampliando su red de alianzas en materia de seguridad para crear un elemento disuasorio más creíble frente a las amenazas que plantean los hutíes, Irán y los grupos alineados con la República Islámica en Irak.

Lideró la creación de la Alianza Multinacional de Defensa Marítima, anunciada el 30 de julio, que reunió a más de 40 países, entre ellos Estados Unidos, en un “marco defensivo” diseñado para “salvaguardar los intereses marítimos comunes en el estrecho de Bab al-Mandeb, el mar Rojo y el golfo de Adén”. El 7 de agosto, Arabia Saudí también firmó el Acuerdo de Defensa Conjunta de la Meca, un pacto de defensa mutua, con Pakistán y Turquía.

Además, el Gobierno de Adén aseguraba que los hutíes eran más vulnerables a nivel interno que en el pasado, debido al empeoramiento de “las dificultades económicas en las zonas bajo su control” y al “creciente resentimiento hacia sus medidas de seguridad coercitivas”.

Por estas razones, las fuerzas respaldadas por los saudíes no estaban dispuestas a volver a las negociaciones. La posición de Riad era aumentar los costes de una escalada en su contra, más que preparándose para una campaña militar de mayor envergadura. Pero Arabia Saudí se ha enfrentado a una realidad muy distinta.

Sus alianzas y contactos con Irán le han servido de poco. El nuevo Acuerdo de la Meca no ha servido de disuasión, pues ni Turquía ni Pakistán están dispuestos a verse envueltos en el atolladero yemení y se niegan a extender ayuda por temor a una escalada con Irán. El Gobierno de Adén, completamente dependiente de las órdenes de Riad, es incapaz de desplegar una fuerza competente y está dividido en sus lealtades y por la corrupción de sus líderes.

El ejército saudí tampoco tiene capacidad para cambiar las tornas y ha demostrado no estar preparado para la guerra de drones, sufriendo numerosas bajas por la exposición de sus fuerzas.

Por más que cuente con equipo militar puntero, cazas F-16 e instrucción del ejército estadounidense, las fuerzas armadas saudíes están diseñadas para tener la menor centralización de mando y autonomía posible, pues el mayor temor de los príncipes saudíes es un levantamiento republicano de los militares. Sus unidades están fragmentadas y se fomentan las rivalidades entre los distintos servicios, mientras los reclutas carecen de cualquier motivación para librar una guerra.

La cuestión sureña

La ofensiva de Asar Alá no tiene la intención de alcanzar una victoria militar en la guerra civil, al menos en este momento. El control sobre el mar Rojo permite al Gobierno de Saná ejercer suficiente presión sobre Arabia Saudí, debilitando al mismo tiempo al Gobierno reconocido internacionalmente.

El problema que enfrenta Ansar Alá en estos momentos es político: los obstáculos están en la salida de las fuerzas extranjeras –saudíes– y en alcanzar una reconciliación política que haga viable al Estado yemení.

La toma de Adén por la fuerza haría al sur rememorar la conquista de la ciudad por los nordistas en 1994 y la unificación forzada, abriendo viejas heridas. En Saná no quieren ser vistos como unos nuevos conquistadores; esperan poder favorecer una reconciliación pacífica con el sur que permita resolver, en la mesa de negociación, la cuestión nacional pendiente. En Ansar Alá no se oponen a una opción federal.

Una ventajas con las que cuenta en este momento el Gobierno de Saná es la división interna en Adén. El desmantelamiento del Consejo de Transición del Sur (STC) y la salida de Emiratos Árabes Unidos han dejado a los nacionalistas sureños huérfanos y forzados a integrarse bajo el Gobierno dominado por Arabia Saudí.

Estas tensiones han podido verse en la reciente ofensiva. Las fuerzas yemeníes respaldadas por los saudíes huyeron de la costa occidental y no han podido entrar a Adén debido al bloqueo de las fuerzas sureñas, que se han burlado de su “cobardía”.

Desde que Riad forzó la salida de Abu Dabi de Yemen, el proceso de reorganización de las fuerzas del STC bajo el mandato del Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) ha sufrido múltiples obstáculos.


Riad forzó la salida de Abu Dabi de Yemen.

Los saudíes crearon el Comité Militar Supremo por parte de Rashad al-Alimi, presidente del PLC, cuyo objetivo es reorganizar, equipar y unificar el mando de todas las fuerzas militares en los territorios controlados por el Gobierno de Adén.

Esto es relevante para el sector de la seguridad, puesto que muchas de las fuerzas que antes contaban con el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos –y que ahora están integrando los saudíes– han estado históricamente dirigidas por comandantes con aspiraciones secesionistas o, como mínimo, autonomistas.


El Consejo de Transición del Sur, respaldado por Emiratos Árabes Unidos, amplía su control sobre el este y el centro de Yemen en detrimento de las fuerzas apoyadas por Arabia Saudí.

Riad ha estado reconstruyendo su influencia y aprovechando su renovado estatus hegemónico y su poder económico en las regiones del sur.

Este proceso de integración se ve amenazado por la sostenibilidad económica y política del país. El PLC tiene dificultades para pagar puntualmente los sueldos de los funcionarios públicos, incluidos los del ejército y la policía, y para prestar servicios básicos a los ciudadanos. Los Emiratos Árabes Unidos lograron forjar sólidas alianzas con los grupos armados y los combatientes del sur, en parte gracias a unos sueldos regulares y competitivos en comparación con los del ejército.

Arabia Saudí se ha centrado en la cuestión salarial para impulsar la cooptación y la credibilidad. En enero, Al-Alimi anunció que Riad “ha completado el pago de los salarios de todas las formaciones militares que antes financiaba Abu Dabi”.

Para 2026, Arabia Saudí ha presupuestado casi 3.000 millones de dólares estadounidenses para cubrir los salarios del sector público en Yemen, incluidos los que antes pagaban los Emiratos Árabes Unidos al personal afiliado al STC.

Para Arabia Saudí, la situación política del sur es aún más delicada que la financiera. Cuando el STC se vio obligado a retirarse, Riad anunció la creación de una conferencia denominada Diálogo del Sur para reunir a “todas las facciones del sur con el fin de debatir soluciones justas para la causa del sur”, reconociendo así las aspiraciones locales en materia de autodeterminación y gobernanza. Sin embargo, la prometida conferencia aún no se ha podido organizar.

El acercamiento de Ansar Alá a Adén no es tan importante por la amenaza militar que representa, sino por el cambio político que supone. Saná demuestra que es un socio viable en la gobernanza de Yemen, que Arabia Saudí no tiene capacidad de frenar su avance y que la sostenibilidad del PLC respaldado por Riad queda en entredicho, pudiendo provocar el descalabro final con un cambio de bando por parte de las fuerzas sureñas que abran a Ansar Alá las puertas de Adén.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 5 de agosto de 2026

Tres escenarios para la guerra entre Irán y Estados Unidos

 

 Por Pedro Garcia   
      Periodista en Descifrando la Guerra.


   La reanudación de la guerra entre Estados Unidos e Irán ha devuelto la atención internacional a uno de los espacios marítimos más estratégicos del planeta: el estrecho de Ormuz.


El mapa del estrecho de Ormuz se caracteriza por estar rodeado de hidrocarburos y por la capacidad de Irán de ejercer un bloqueo.

Tras un alto el fuego frágil y sin acuerdos sólidos sobre cuestiones fundamentales, Washington y Teherán han regresado a una dinámica de confrontación abierta en la que la presión militar y la negociación avanzan de forma paralela.


Desde la guerra contra Irak, Irán ha desarrollado un amplio arsenal de misiles como elemento disuasorio frente a Estados Unidos e Israel.

El conflicto ya no se limita a la disputa bilateral entre ambos países. La cuestión central gira en torno al control de las principales rutas marítimas de Oriente Medio, especialmente Ormuz y, de forma indirecta, Bab el-Mandeb.

Ambos corredores concentran una parte esencial del comercio energético mundial, por lo que cualquier alteración de la navegación tendría consecuencias económicas que irían mucho más allá de la región.

La importancia estratégica de estos pasos marítimos convierte cualquier crisis en un problema global. Mientras Estados Unidos intenta reducir la capacidad iraní para utilizar Ormuz como instrumento de presión, Teherán considera que su influencia sobre el estrecho constituye uno de sus principales activos de poder y una cuestión vinculada a su soberanía nacional.

Los dos cuellos de botella

El estrecho de Ormuz es probablemente el cuello de botella energético más importante del mundo. A través de sus aguas transita aproximadamente una cuarta parte del petróleo transportado por vía marítima y una parte significativa del comercio internacional de gas natural licuado.

Su relevancia estratégica deriva de una realidad geográfica simple. Los grandes productores del golfo Pérsico dependen de este corredor para exportar sus hidrocarburos hacia los mercados internacionales.

Aunque algunos países, como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, disponen de infraestructuras alternativas, estas no poseen capacidad suficiente para sustituir completamente el volumen que atraviesa el estrecho.

Por esta razón, la capacidad iraní para amenazar la navegación constituye una poderosa herramienta de disuasión. Teherán sabe que no necesita cerrar completamente Ormuz para generar efectos económicos significativos. Basta con incrementar la percepción de riesgo, amenazar el tráfico marítimo o dificultar parcialmente la navegación para afectar a los mercados energéticos internacionales.

La disputa actual entre Estados Unidos e Irán se concentra precisamente en este aspecto. Washington aspira a desarrollar mecanismos que garanticen la libre navegación reduciendo la capacidad de influencia iraní, mientras que Teherán rechaza cualquier fórmula que limite su papel en la gestión del paso marítimo.

No obstante, la importancia de la crisis no se limita a Ormuz. Al otro extremo de la península Arábiga se encuentra el estrecho de Bab el-Mandeb, puerta de acceso al mar Rojo y al canal de Suez.

Por esta ruta circula alrededor del 12% del comercio marítimo mundial y una parte muy relevante de las exportaciones energéticas destinadas a Europa.


La posibilidad de un bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, sumado al de Ormuz, complicaría gravemente la situación del comercio mundial.

Su relevancia ha quedado demostrada durante los últimos años, cuando la inseguridad en la zona –tras los ataques de los hutíes yemeníes contra embarcaciones en "solidaridad" con la causa palestina– obligó a numerosas navieras a desviar sus rutas alrededor del Cabo de Buena Esperanza.


Ansar Alá rompe el bloqueo de Arabia Saudí sobre Yemen.

Estos desvíos provocaron incrementos significativos en los costes logísticos, retrasos en el transporte de mercancías y problemas para diversas cadenas de suministro. También afectaron directamente a Egipto, cuyos ingresos por los peajes del canal de Suez disminuyeron como consecuencia de la reducción del tráfico marítimo.

El riesgo para la economía mundial aumentaría considerablemente si ambos estrechos se vieran afectados al mismo tiempo. Mientras Ormuz condiciona la salida de los hidrocarburos del golfo Pérsico, Bab el-Mandeb conecta esos flujos comerciales con Europa y el Mediterráneo. La alteración simultánea de ambos corredores tendría un impacto difícilmente comparable con cualquier crisis marítima reciente.

Los posibles escenarios del conflicto



Los posibles escenarios del conflicto entre Estados Unidos e Irán marcarán el futuro de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.

La evolución de la crisis dependerá en gran medida de la capacidad de Washington y Teherán para imponer sus intereses en torno al estrecho de Ormuz. A día de hoy pueden identificarse tres escenarios principales.

Escenario 1: retirada estadounidense y acuerdo con Irán

El primer escenario contempla una reducción progresiva de la confrontación y la búsqueda de un acuerdo político, y se fundamenta en el hecho de que Estados Unidos afronta crecientes limitaciones estratégicas.

El desgaste de determinados recursos militares, la necesidad de concentrar esfuerzos en otros escenarios internacionales y los costes políticos internos de una guerra prolongada reducen el margen para mantener indefinidamente la presión sobre Irán.

En estas circunstancias, ambas partes podrían alcanzar un compromiso basado en una gestión coordinada de la navegación en Ormuz junto a Omán. El acuerdo podría incluir mecanismos de supervisión compartida y algún sistema de compensación económica derivado del tránsito marítimo.

Esta opción permitiría estabilizar temporalmente la región. Sin embargo, también supondría un reconocimiento implícito de la influencia iraní sobre el estrecho de Ormuz, fortaleciendo su posición negociadora en Oriente Medio.

Escenario 2: guerra regional ampliada

El escenario más peligroso contempla una nueva escalada militar. Si las negociaciones fracasan y la presión iraní sobre Ormuz aumenta, Estados Unidos podría intensificar sus operaciones militares y favorecer una mayor implicación de Israel en el conflicto.

En ese contexto, la confrontación dejaría de limitarse al golfo Pérsico para extenderse a otros escenarios regionales. Líbano, Yemen e incluso Irak podrían convertirse en nuevos frentes de una guerra más amplia, involucrando a los principales aliados de Teherán.


Irak se ha convertido durante la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán en un escenario más del conflicto regional.

La consecuencia más grave sería el bloqueo simultáneo de Ormuz y Bab el-Mandeb. La interrupción de dos de los mayores puntos de estrangulamiento del comercio marítimo mundial provocaría fuertes aumentos en los precios de la energía, graves alteraciones en las cadenas de suministro y un incremento significativo de los costes del transporte internacional.

Yemen desempeñaría un papel especialmente relevante. Aunque los hutíes no han reanudado de forma generalizada sus ataques contra el tráfico marítimo internacional, mantienen la capacidad de hacerlo si consideran que el conflicto ha entrado en una nueva fase de escalada.

Escenario 3: inestabilidad controlada

El tercer escenario contempla la continuidad de la situación actual. Ni Estados Unidos ni Irán parecen dispuestos a realizar las concesiones necesarias para alcanzar un acuerdo duradero. Sin embargo, tampoco tienen incentivos suficientes para asumir los riesgos de una guerra regional de gran escala.

Como resultado, ambas potencias continuarían aplicando estrategias de presión mutua mediante demostraciones de fuerza, negociaciones intermitentes y acciones limitadas destinadas a mejorar sus posiciones sin cruzar determinados umbrales de escalada.


Posibles escenarios de la guerra.

En este contexto, Ormuz seguiría siendo el principal foco de tensión. La navegación permanecería sometida a episodios recurrentes de amenazas, inspecciones, restricciones parciales e incidentes de seguridad, aunque sin llegar a un cierre completo del estrecho.

La política interna de ambos países refuerza esta dinámica. En Irán, el fortalecimiento de los sectores más conservadores dificulta cualquier concesión relevante sobre una cuestión considerada estratégica y soberana. En Estados Unidos, donde en noviembre se celebran elecciones de mitad de mandato, las presiones políticas internas y la dificultad de aceptar un acuerdo que pueda interpretarse como una victoria iraní limitan igualmente el margen de maniobra.

Por ello, el escenario más plausible no parece ser ni una gran guerra regional ni una reconciliación duradera, sino una prolongación de la inestabilidad. Una situación en la que la tensión se mantenga bajo control, pero en la que cada incidente en Ormuz o Bab el-Mandeb pueda volver a poner en riesgo la seguridad energética mundial y la estabilidad de los mercados internacionales.

Israel, decisivo en la escalada

Israel sigue siendo uno de los actores más relevantes en la dinámica de seguridad regional. La situación actual le resulta relativamente favorable, ya que no está implicado directamente en una confrontación abierta con Irán mientras mantiene la presión sobre otros adversarios, especialmente en Líbano. Esta posición le permite evitar los costes de una guerra regional de gran escala al tiempo que continúa desarrollando sus objetivos estratégicos.

Desde la perspectiva de Tel Aviv, resulta prioritario que Estados Unidos mantenga una política de presión sostenida sobre Teherán. Esto le permitiría concentrar recursos en otros frentes considerados esenciales –como el debilitamiento de Hamás en la Franja de Gaza, la anexión paulatina de Cisjordania o la lucha contra Hezbolá en Líbano– mientras limita la capacidad de influencia regional iraní.


El Estado de Israel acelera su conquista y colonización de Cisjordania

La ausencia de una intervención israelí directa contra Irán puede interpretarse como una señal de contención y de voluntad de evitar una escalada inmediata. Sin embargo, esta postura no implica una renuncia definitiva al enfrentamiento.

Si Israel percibe que Washington está dispuesto a aumentar la presión militar sobre Teherán o considera que existe una oportunidad favorable para debilitar significativamente a la República Islámica, podría adoptar una actitud más agresiva y favorecer una nueva escalada regional.

Por ello, la posición israelí constituye uno de los principales factores de incertidumbre del conflicto. Mientras Tel Aviv considere que la presión estadounidense sobre Irán es suficiente, es probable que mantenga una estrategia indirecta.

No obstante, un cambio en los cálculos estratégicos israelíes podría acelerar la transición desde la actual confrontación contenida hacia un escenario de mayor inestabilidad regional.


Fuente: Descifrando la Guerra