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sábado, 26 de julio de 2025

La crisis del saber

 

       Integrante del Colectivo de docentes Leonardo Posada Pedraza- William Agudelo.


El saber debería ser entendido como la poética del mundo: un lugar, en términos heideggerianos, en el que el sentido es otorgado no por aquello que se observa y se toca, sino por lo que podemos interpretar de lo materialmente existente



   El simbolismo de lo real implica un ejercicio de apropiación del saber que existe sobre lo real, las formas en que se interpreta dicha realidad, pero también las formas como esta ha sido construida en esa relación indiscutible entre el tiempo y el espacio. Allí donde el tic-tac del tiempo se expresa, ha de existir la posibilidad de construir un saber sobre la realidad que busque expresar de manera directa las relaciones dadas: el poder, la pobreza, la explotación, pero sobre todo la tríada humano-tiempo-espacio.




Karl Marx, en El Capital, buscó comprender la manera en que las relaciones dadas por un tipo concreto de producción incidían y se expresaban de forma directa en variables tan concretas como el salario, la ganancia y la existencia de algo conocido como mercancía. Sin embargo, lograr dicha descripción de la realidad en la que habitaba no solo requería un saber en términos de lo teórico y conceptual, también implicaba interpretar aquellas relaciones que se daban entre el burgués y el proletariado, al tiempo que se leían aquellas variables que incidían en el proletariado de forma individual, y en el burgués de la misma forma.




De esta manera, lo simbólico emerge de lo real, y lo real se materializa a través de un saber, en donde el saber se convierte en poesía, no entendida únicamente como la forma literaria de la expresión, sino como la combinación entre emoción, conocimiento y ritmo, o lo que es lo mismo, tiempo.

En este sentido, la mortalidad humana —esa indiscutible finitud del ser en su lucha con el tiempo— implica necesariamente que ningún ser humano puede lograr concebir el mundo como ente total. Es imposible entender y expresar todo lo que pasa en el mundo, y mucho menos en el universo; para ello se requiere sumar, y no como mero ejercicio acumulativo, múltiples saberes que han de tener como fin comprender y poetizar la realidad.




Sin embargo, en la actualidad —y sé muy bien que es un lugar común— la acumulación de saber pareciera desligarse de este ejercicio, en donde el objetivo no es comprender aquello que ocurre, sino simplemente extender y ampliar las múltiples interpretaciones que pueden existir sobre un mismo objeto. Y si bien algunos plantearán que no existe diferencia alguna entre interpretar y comprender, he de decir que su diferencia es tan amplia como la distancia que puede existir entre contar el contenido de un film y verlo directamente.

En los últimos años, nos hemos venido quedando simplemente con interpretaciones vagas. El saber es cada vez más repetitivo y menos poético. Se distancia cada vez más de aquella relación inicial en la que todo saber buscaba dar explicación a lo materialmente existente, para convertirse en una relectura de las explicaciones de lo materialmente existente. De esta manera, se legitima cada vez más cualquier tipo de posición sobre la realidad, llegando al punto de negar elementos que se observan como ciertas máximas del pensamiento humano.

Ahora bien, si bien no todo saber es ley, esto implica que, en la misma medida, todo saber ha de ser construido y constituido desde un marco de comprensión de la realidad tan amplio que limite al máximo las posibles inconsistencias a las que cualquier humano puede estar expuesto. Sin embargo, negar desde el absurdo, negar la existencia misma de lo real, configura cada vez más la mentira como verdad.

Aquí se encuentra, pues, que existe una intencionalidad por parte de algunos sectores sociales de instituir el saber como mera construcción mítica, como interpretación de mundo y no como comprensión del mismo. Puesto que la interpretación puede tender de forma mucho más sencilla y simple hacia la mentira y la imposición de la subjetividad sobre la racionalidad, desvirtuando incluso los ejercicios lógicos como línea de acción, para imponer como ley la validación etérea de cualquier tipo de idea.

Hace unos días, se pudo observar cómo fue otorgado el premio Princesa de Asturias al escritor coreano Byung – Chul Han, supuestamente por sus aportes al pensamiento. Sin embargo, nada más distante de ello, pues sus más grandes aportes han sido los lugares comunes de la interpretación y la repetición de lo que ya se ha dicho. Allí, nuevamente, no existe un saber poético como comprensión de la realidad y su ritmo, simplemente una interpretación de las interpretaciones que ya han sido dadas en el pasado.

En definitiva, nos acercamos cada vez más a una crisis del saber. No solo comprendiendo esto como una crisis de la ciencia, sino como una crisis del ser en cuanto ser: ese enfrentamiento a la realidad que nuestros antepasados enfrentaron a través del mito y la leyenda, hoy lo vemos enfrentado no a través de la construcción de lecturas mágico-religiosas, sino a través de mentiras tan absurdas y tan repetitivas que terminan por convertirse en expresiones de la “verdad”.

El desarrollo de nuevas tecnologías, que permiten interpretar ingentes cantidades de información en muy corto tiempo y de forma bastante exacta, no pareciera facilitar de manera real las actividades humanas. Por el contrario, implica perder la capacidad de adquirir el saber del que hablamos, implica reducir la posibilidad de comprender la realidad y, por ende, de expresar aquello que se comprende. Decir que vivimos en la edad de la desesperanza no pasaría de un lugar común; sin embargo, pareciera lo contrario: se ha desarrollado una esperanza excesiva soportada en el valor de la mentira y en la validación automática de cualquier tipo de afirmación que se realice sobre la realidad.

Existe una premisa, impresa ampliamente en las obras de Paulo Freire: para transformar el mundo es necesario comprenderlo. Pero, nuevamente, comprenderlo es muy diferente a solo interpretarlo. Por ello, entre menos relación tengamos con la construcción del saber, menos comprenderemos la materialidad de la realidad, y así mismo, más dóciles y proclives a la mentira seremos.


Fuente: Rebelión

miércoles, 23 de abril de 2025

Dólar, déficits y crisis

 

      Profesor de economía de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad de Buenos Aires.


El 9 de abril, cuando se derrumbaban las acciones en Wall Street y en el resto del mundo, hubo ventas masivas de títulos del Tesoro. “Los bonos del Tesoro estadounidense se están liquidando a un ritmo poco común, niveles que históricamente han provocado algún tipo de intervención por parte de la Reserva Federal”, señaló Lale Akoner, analista Global de Mercados de eToro.



     Producto de estas ventas cayeron los precios de los títulos, con su contrapartida, el aumento de los rendimientos: el miércoles 9 de abril la tasa del bono a 10 años pasó del 3,9% al 4,5%; la tasa del bono a 30 años subió a 4,79%. Fue la mayor suba desde la pandemia, en 2020. Dado que se referencia en la tasa de los bonos públicos, la tasa hipotecaria a 20 años llegó a subir 20 puntos básicos. También subieron los rendimientos de los bonos corporativos con menor calificación (junk bonds). Y bonos de Gran Bretaña, Australia y Japón.

En los días posteriores los rendimientos bajaron (o sea, se recuperaron los precios de los bonos), pero queda el interrogante de por qué la caída de los títulos. En especial porque fue a contramano de lo ocurrido en crisis anteriores, en las que los inversores que salían del mercado bursátil demandaban títulos del Tesoro, a modo de refugio. Por ejemplo, cuando estalló la crisis financiera de 2008-2009 los títulos del Tesoro subieron. ¿Por qué no ocurrió algo similar en la presente crisis?

Tres explicaciones

Una primera explicación que se ha dado de la caída de los precios de los títulos del Tesoro es que China salió a vender masivamente, en respuesta a la guerra comercial desatada por Washington. Es una explicación plausible, pero nada indica que China haya aumentado significativamente la venta de bonos en los últimos días. Más importante, la tenencia china de bonos del Tesoro de EEUU ha venido disminuyendo en los últimos años; hoy ronda los US$0,8 billones.

Una segunda explicación (adelantada entre otros por analistas del UBS) es que fondos de cobertura (hedge funds) se vieron forzados a desarmar posiciones que apostaban a la suba de los activos. Estos fondos operan con alto grado de apalancamiento. De ahí que cuando el mercado no se mueve en el sentido en que han hecho sus apuestas (al alza o a la baja) necesitan hacerse de liquidez a cualquier precio, ya sea porque deben reponer garantías estipuladas en los contratos con los prestamistas, como devolver el dinero a los clientes que piden el reembolso de sus inversiones. De ahí las ventas forzadas de títulos del Tesoro, que son altamente líquidos (sobre los mecanismos del apalancamiento, aquí).

La tercera explicación de la caída de los precios de los bonos tiene que ver con una cuestión fundamental: la desconfianza de los inversores. Esto es, la demanda de los títulos del Tesoro no habría aumentado en la medida en que aumentó la oferta porque estaría disminuyendo la confianza de los inversores. Por eso, los bonos y letras del Tesoro no fungieron, ante la crisis, como reservas de valor. En palabras de un analista de Bloomberg, “se ha mandado un mensaje… la confianza del inversor ya no se puede considerar garantizada. Se plantea la posibilidad de que EE UU se esté convirtiendo en un lugar menos atractivo para invertir a largo plazo. La imprevisibilidad de las políticas y el menor crecimiento pueden generar una mayor preocupación por la sostenibilidad fiscal”.

Señalemos dos antecedentes: en 2011 Standard & Poor bajó, por primera vez en la historia, la calificación de la deuda de EEUU, de AAA a AA+. Y Fichte hizo lo mismo en 2023. El argumento fue el creciente déficit fiscal y “la falta de gobernanza”. El efecto no fue relevante, en términos prácticos, pero manifiesta el temor de que en algún momento EEUU no pueda pagar su deuda. O que deba aumentar significativamente las tasas ofrecidas para refinanciar la deuda. Lo que agravaría considerablemente el peso de los servicios de deuda, además de repercutir en el valor del resto de los activos financieros.

Estas cuestiones se vinculan con los déficits de cuenta corriente y fiscal, y la evolución de la posición inversora de EEUU. Lo presentamos brevemente en los cuadros que siguen.

Déficit de cuenta corriente, posición inversora neta, y déficit fiscal de EEUU en perspectiva

El primer cuadro registra la evolución de la cuenta corriente en los últimos 44 años. Para los lectores que no son economistas recordamos que la cuenta corriente registra el comercio en bienes (automóviles, chips, soja, etc.) y servicios (fletes, turismo, etc.); más salidas o entradas de dinero por intereses, ganancias y utilidades, royalties, salarios, etcétera.


Entre 2022 y 2024 el déficit anual promedio fue superior al billón de dólares.

Si el balance de la cuenta corriente es negativo, debe financiarse con superávit en la cuenta de capital. Esto es, los residentes deberán vender activos a extranjeros, o tomar créditos. Y si la entrada de capitales no cubre el déficit de cuenta corriente, o sea, si la balanza de pagos es deficitaria, el Banco Central perderá reservas; lo opuesto si hay superávit en la balanza de pagos.

De lo anterior resulta la posición inversora internacional neta. Es la diferencia entre las inversiones que realizan los residentes del país en el exterior (activos) y las inversiones que realizan los extranjeros en el país (pasivos). La presentamos en el segundo cuadro:




Desde 1990 la posición inversora neta internacional de EEUU ha sido negativa; y crecientemente negativa. Al finalizar 2024 lo era por US$26,23 billones: los activos totalizaban US$35,89 billones y los pasivos US$62,12 billones. Al finalizar 2023 la posición neta estaba en rojo por US$19,85 billones. O sea, aumentó más del 30% entre 2023 y 2024. Por último, presentamos un cuadro de la evolución de la deuda nacional bruta en la última década.

Recordemos que la deuda nacional es el monto de dinero tomado en préstamo que el gobierno federal acumuló a lo largo del tiempo. Se compone de la deuda en manos del público y la deuda con las agencias gubernamentales (por ejemplo, la seguridad social). La más relevante desde el punto de vista económico es la que está en manos del público. Esta deuda se ha vendido en los mercados de crédito e influencia directamente las tasas de interés. Consiste de inversión en títulos del Tesoro: bonos (vencimientos entre 20 y 30 años); notas (2 a 10 años) y letras (4 semanas), comercializados en operaciones privadas.




La deuda pública en marzo 2025 alcanza los US$36,22 billones. La deuda en manos del público es de US$28,96 billones. La intra-gobierno es de US$7,26 billones. El 77% de la deuda total está en manos de residentes de EEUU (la Reserva Federal es el mayor tenedor, US$5,2 billones, el 15% del total). El 23% es deuda externa (los acreedores son bancos centrales y otras entidades estatales, inversores y empresas extranjeros). Japón posee US$1,1 billones, que es el 3% del total; China US$0,8 billones, 2%; Gran Bretaña 0,69 billones, 2%. Otros países poseen US$5,3 billones (Charted: Here’s Who Owns U.S. Debt).

Mundialización del capital, el dólar y el déficit de cuenta corriente

Empecemos por los dos primeros gráficos, el déficit de la cuenta corriente y la posición crecientemente deudora de la economía estadounidense. El marco es la mundialización, o globalización del capital. Significa que la relación capitalista se ha extendido, y el planeta de conjunto es el terreno de operaciones de los capitales más concentrados.

Entre las consecuencias de esta globalización, una de las fundamentales es que la movilidad de las inversiones ha incrementado el poder del capital sobre el trabajo. Una dinámica que se intensificó desde la crisis capitalista de mediados de los 1970. Dada la intensificación de la competencia que ocurrió en aquellos años (en especial, entrada de empresas japonesas y alemanas en el mercado estadounidense), y la sobreproducción, los capitales más poderosos de los países centrales desplazaron muchas inversiones hacia países o regiones en que los salarios eran más bajos. Alternativamente, fueron a países que les otorgaban facilidades fiscales; o acceso privilegiado a fuentes de materias primas, además de salarios bajos y elevadas tasas de explotación.

Abiertamente, los empresarios amenazaban a los sindicatos con transferir operaciones al «tercer mundo» si no se avenían a sus exigencias. Y, de hecho, lo hicieron. El norte de México, con las maquiladoras, es un ejemplo. Las cadenas globales de valor, a lo largo de países industrializados y atrasados, son otro ejemplo. Las empresas que fabrican zapatillas en Vietnam o Camboya son otro ejemplo, y así podríamos seguir. Este proceso fue particularmente intenso en EEUU. Como resultado, la participación del empleo industrial en el total del empleo pasó del 25% en 1977 a menos del 10% en 2019.

La mundialización de la producción y realización del valor y la plusvalía fue, pues, un rasgo dominante de la época. No hubo estafa alguna a EEUU (ese disparate solo se le ocurre a un esperpento como Trump) sino explotación del trabajo intensificada y globalizada. Lo cual contribuyó al restablecimiento de la rentabilidad del capital. Cuando una empresa, por caso, invertía, o invierte, en México para vender su producto en EEUU, pagando apenas una fracción del salario que pagaría en EEUU, y produciendo con una tecnología avanzada, está apropiándose de una plusvalía extraordinaria. Y esto ocurrió, y sigue ocurriendo, a escala global.

Sin embargo, el proceso no es lineal, ya que los espacios nacionales de valor no son homogéneos. La economía mundial no es una totalidad abstracta, plana, sino concreta. Los espacios nacionales o regionales de valor se erigen sobre distintos niveles de productividad (desarrollo tecnológico) y valores de la fuerza de trabajo, y están conectados por los tipos de cambio. Lo cual remite a una jerarquía de monedas, con el dólar como moneda mundial.

Destacamos que la dominancia del dólar como moneda mundial ha sobrevivido a la caída del sistema de Bretton Woods y a la disminución de la participación del producto de EEUU en el producto mundial. Más aún, su participación en la facturación del comercio global, en la deuda internacional, y el crédito no bancario internacional supera su participación en el comercio, la emisión internacional de bonos y empréstitos y los préstamos transfronterizos. Incluso después de la crisis financiera de 2008-2009 aumentó su participación en la deuda internacional y los empréstitos bancarios. Ninguna moneda ha sido rival del dólar en este rol. A comienzos de los 2000 se vislumbró que el euro podría desafiarlo, pero esto no ocurrió. El rol del euro como moneda mundial está estancado. Tampoco el renminbi pudo, por ahora, desplazar el rol del dólar (nos basamos en “The Stealth Erosion of Dollar Dominance: Active Diversifiers and the Rise of Nontraditional Reserve Currencies”, Serkan Arslanalp, Barry Eichengreen, and Chima Simpson-Bell, IFM, WP/22/58, 2022).

Esto hace que el capital dinero -acumulación de plusvalías producidas a nivel global- en tanto se mantiene como reserva de valor, o atesorado, lo haga, principalmente a través de la compra de activos financieros estadounidenses y/o nominados en dólares. Una situación de este tipo adquiere especial relevancia cuando se produce lo que Marx llamó una plétora del capital: los capitales se mantienen en estado líquido -o sea, no se reinvierten en la producción. Valorizados por plusvalía producida y realizada en diferentes países y regiones, esos capitales consideran al dólar y a la economía estadounidense como refugios seguros. Mucho de esto ha ocurrido en los años previos a la crisis financiera. De ahí la entrada de capitales que financian el déficit de cuenta corriente, participan del financiamiento del déficit fiscal y por ahora contribuyen al sostenimiento del valor del dólar.

La perspectiva de una crisis del dólar en tanto dinero mundial

Por lo desarrollado, se plantea una contradicción entre el rol del dólar como moneda nacional y su rol como dinero mundial. Es que, en tanto moneda nacional, y según los patrones clásicos del comercio internacional, debería depreciarse, dado el déficit en la cuenta corriente. Pero en su rol de dinero mundial, es imprescindible que encarne valor y sea medio de atesoramiento. Agregando que ese rol explica la entrada de capitales y el consiguiente financiamiento de los déficits.

El tema es, sin embargo, que el dólar como moneda mundial flota sobre un mar de deudas, y esto es intrínsecamente contradictorio con su papel de dinero mundial. Las necesidades de financiamiento de los dos déficits -cuenta corriente y fiscal- siguen creciendo. Por caso, en 2025 el gobierno de EEUU debe refinanciar deuda por US$7 billones. El déficit en cuenta corriente no se achica y las medidas proteccionistas que acaba de implementar Washington solo empeorarán las cosas. La perspectiva de una recesión global -en el marco de sobreproducción, guerras de precios y enfrentamientos geopolíticos- es real. Una depresión global dispararía una gigantesca destrucción de valores. El dólar no sería inmune a ella. Sin embargo, en tanto moneda mundial, debe ser poder, “la forma siempre pronta, absolutamente social de la riqueza” (Marx, El capital, p. 160, t. 1). Es desde ese lugar que “funciona como medio general de pago, medio general de compra y concreción material, absolutamente social de la riqueza en general” (ibídem, p. 175). Esta contradicción, entre el rol del dólar como dinero mundial, y las gigantescas deudas que se acumulan, es la causa última de la desconfianza de los inversores.

Los síntomas no son nuevos. En los últimos años China, Rusia (antes de la invasión a Ucrania) y Turquía han estado comprando oro. También India, en 2024. Entre 2022 y 2024 bancos centrales compraron más de 1000 toneladas de oro por año. El justificativo: “es el dinero sin riesgo”. También “es el único activo que no es pasivo de ningún gobierno”, A su vez, China, Arabia Saudita y Brasil han bajado la tenencia de títulos del Tesoro.

La caída de los precios de los títulos del Tesoro en la crisis en curso es otro llamado de alerta. Todo indica que la mencionada contradicción que atraviesa al dólar debería desembocar, en algún punto, en una crisis monetaria y financiera de proporciones. Por ejemplo, si los inversores comienzan a pedir más tasa para financiar el déficit fiscal de EEUU; o si se frena la entrada de capitales a EEUU. En esta última eventualidad habría una crisis en la balanza de pagos que empujaría a una devaluación del dólar. Con el agravante que EEUU puede pagar sus deudas emitiendo su propia moneda. Si ocurriera, se aceleraría la depreciación del dólar y los acreedores (bancos centrales, entidades financieras, empresas y otros tenedores de títulos del Tesoro) sufrirían pérdidas gigantescas. Cualquiera de esos escenarios, desataría crisis al interior de los países afectados. En particular, será necesario seguir la evolución de la crisis inmobiliaria que se está desarrollando en China. Así como los cambios que están ocurriendo a nivel geopolítico, que por momentos apuntarían a la formación de bloques económicos en creciente tensión.



Fuente: Rebelión

domingo, 20 de abril de 2025

China aguanta el pulso arancelario y confía en su gran potencial en tierras raras para batir a Trump

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


Pekín descarta claudicar en la guerra arancelaria declarada por Trump y apuesta por doblegar a EEUU en el sector de los minerales, clave para las últimas tecnologías.


     En la guerra comercial global declarada por el presidente de EEUU, Donald Trump, para imponer la hegemonía económica estadounidense, China dispone de un arma que podría poner de rodillas a la principal economía del mundo. De momento, Pekín apuesta por utilizarla para devolver la calma a los mercados e impedir un mayor caos comercial internacional.


La búsqueda de tierras raras se ha convertido en una estrategia fundamental en el mundo.

Se trata de su predominio en el sector de las tierras raras, esos minerales críticos imprescindibles para la manufactura de componentes electrónicos de última generación. China se encuentra en una posición en la que podría obligar a cualquier país a arrodillarse y negociar en este ámbito en los próximos años.

Esos minerales estratégicos son utilizados para elementos tecnológicos militares, del transporte y sobre todo de la comunicación, especialmente en la telefonía móvil. La respuesta china a la guerra comercial declarada por Trump con sus aranceles en ristre, además de elevar sus propias tasas a la importación, ha limitado las exportaciones de esas tierras raras.


Vista aérea del puerto de Shanghái​, epicentro del comercio en China.

China tiene el 61% de la producción mundial de tierras raras extraídas, pero controla el 92% del procesamiento. Es decir, tras décadas de silencioso trabajo en este sector, Pekín domina su cadena de suministro y puede decidir qué empresas son abastecidas de esos elementos químicos.

Estados Unidos y muchos otros países han dependido de China en el suministro de estos minerales procesados y ahora comprueban la distancia abismal que les separa con Pekín. Entre 2020 y 2023, Estados Unidos dependió de China para el 70% de sus importaciones de todos los compuestos y metales de tierras raras.

Por eso, las restricciones chinas a la exportación de estos elementos pueden ser un torpedo bajo la línea de flotación de la tecnología estadounidense, en especial en áreas clave como la industria de la defensa.

La guerra comercial con China no le sale bien a Trump

En estos momentos, EEUU y China mantienen las espadas en alto en su disputa arancelaria, detonada por la decisión de Trump de imponer aranceles comerciales prácticamente al planeta entero. El problema es que con Pekín ha querido dar una lección excepcional, identificando a China como un enemigo a abatir y tratando de someter a los productos chinos al escenario que Trump quiere para la economía estadounidense. Ya lo intentó en su anterior mandato presidencial, entre 2017 y 2021, sin mucho éxito.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, después de firmar dos órdenes ejecutivas que dieron lugar a los aranceles recíprocos.

Ahora, totalmente desatado por su control semidespótico de los principales resortes de poder en EEUU, Trump ha creído que podría presionar a los chinos y someterlos a sus caprichos comerciales sin que estos no alzaran ni una ceja. No ha sido así y tras un toma y daca agudizado en las últimas semanas, actualmente los aranceles impuestos por Washington a los productos chinos ascienden a un disparatado 145%, mientras que las tasas chinas a los bienes estadounidenses se han elevado a un 125%.

En tales circunstancias, el daño a las economías mundiales, empezando por la estadounidense y la china, puede ser incalculable. La tensión de la cuerda es muy alta y podría llegar a romperse.

Aunque las instituciones financieras mundiales descartan una recesión generalizada, si las cosas se ponen feas estaríamos ante una crisis económica que recordaría los peores tiempos derivados de la guerra de Ucrania y de la pandemia de covid estos años atrás.

Una crisis mayor

Hace una semana, Trump decidió dar una tregua a la imposición de los aranceles a sus socios comerciales, que sin ser tan desmesurados como en el caso chino, seguían siendo insoportables. Ese respiro no incluía a China, que ha empezado a movilizarse comercial y políticamente para la resistencia.


Trabajadores en una fábrica de Hefei, en China.

Con el tiempo en contra, la Administración Trump pretende tener el control y cerrar las negociaciones con socios y contrincantes en el próximo mes. Respecto a la Unión Europea, la visita de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, a Washington esta semana parece haber desatascado algunas puertas bloqueadas, que podrían abrirse con ciertas cesiones del comercio europeo.

En el caso de China, Trump insiste en que ya hay conversaciones de por medio, pero los avances sustantivos no se ven. Y las amenazas de más inflación y de caída del crecimiento del PIB son reales para Estados Unidos en primer lugar. Pekín se limita a subrayar el error que está cometiendo Trump y a advertir de que tomará las medidas oportunas.

Y ya lo está haciendo, para pánico de los exportadores estadounidenses y de la propia clase política de Washington, que teme una invasión de los mercados por productos chinos muy rebajados en sus precios. Saben que China tiene la fuerza suficiente como para resistir esta oleada y la siguiente.

El doble rasero de EEUU

En un acto de doble rasero y máximo nerviosismo, es la Casa Blanca la que acusa a China de emprender "estrategias agresivas" y dañar a la economía estadounidense. Pero en los propios EEUU ya se empieza a cuestionar la estrategia de Trump y se recuerda que fue éste quien lanzó, al proclamar su "día de la liberación", la primera andanada en una guerra que nadie puede ganar.


Las banderas de Estados Unidos y China en un edificio de una empresa estadounidense de Pekín.

Los últimos aranceles y limitaciones al transporte marítimo chino, con tasas a los buques construidos y operados por China que lleguen a puertos estadounidenses, pueden subir los costes del transporte marítimo global, perturbar la estabilidad de la cadena de suministros y aumentar la inflación sobre todo en EEUU, como argumentó el portavoz de Asuntos Exteriores chino, Lin Jian.

No parece, pues, que vaya a funcionar ese plazo de "tres o cuatro semanas" del que habló Trump este jueves para alcanzar acuerdos arancelarios con todo el mundo, menos aún con China. La tregua parcial de 90 días declarada la semana pasada ya está contando y el reloj avanza sin demora. Todo el mundo sabe, sin embargo, que sobre estos acuerdos pende la espada de Damocles de la confrontación entre EEUU y China.

China se mueve con cautela; en EEUU sube el nerviosismo

La inquietud cunde en la Casa Blanca. "La pelota está en el tejado chino, es China quien ha de dar el primer paso", afirman en Washington los hombres de Trump. Pekín, entretanto aguarda. Aguarda y espera incluso que el presidente estadounidense pida una cumbre con el líder chino, Xi Jinping, para arreglar las cosas al máximo nivel. Ello supondría una victoria china sin paliativos y muy evidente a los ojos de todo el mundo.

La visita que el presidente chino acaba de finalizar por el sudeste asiático no es casual. Es ese movimiento que demandaba Trump, solo que Xi Jinping lo ha dado en una dirección contraria a la que esperaba el mandatario estadounidense. El mensaje es evidente: China ofrece estabilidad allí donde EEUU está promoviendo el caos.

Que la visita haya sido a una de las zonas comerciales de mayor auge en el mundo, además vecina de China, marca la fuerza del mensaje en una región, Asia Pacífico, donde Trump ha declarado una y otra vez que quiere izar la bandera de EEUU sin que ninguna otra le haga sombra.

El jaque mate chino de las tierras raras

Ahora queda ver el impacto que puede tener en esta guerra arancelaria la decisión china de meter al comercio de tierras raras en la trifulca. Los 17 elementos químicos que conforman las llamadas tierras raras no son tan raros ni difíciles de hallar. El problema es que no se encuentran en casi ninguna parte en los volúmenes precisos para su extracción, explotación, manufacturación y comercio de cara a la fabricación de componentes de telefonía móvil inteligente, pantallas, tecnología médica, láseres, coches eléctricos, cuadros de mando de los aviones de combate más avanzados, circuitos para submarinos, mecanismos sofisticados para satélites y muchos otros usos.

Esas tierras raras son el escandio, el itrio, el cerio, el lantano, el neodimio, el praseodimio, el prometio, el europio, el holmio, el erbio, el terbio, el iterbio, el tulio, el lutecio, el samario, el gadolinio y el disprosio.

Y es China, como se ha indicado, la que detenta casi todo el potencial en su producción y procesamiento, para disgusto de Trump, quien parece que es ahora, y de repente, cuando se ha dado cuenta del patinazo que puede haber dado al declararle al gigante asiático su cruzada arancelaria.

China tiene las mayores minas del mundo de al menos siete de esos elementos químicos raros, con una producción anual de 270.000 toneladas métricas frente a las 40.823 toneladas métricas extraídas en EEUU.

Fabricantes destacados en la industria de la defensa y aeroespacial de EEUU, como Lockheed Martin o Boeing, asisten muy preocupados al pulso entre Pekín y Washington, tras estar sufriendo ya las restricciones chinas. Los emporios del automóvil eléctrico, las comunicaciones y la computación tiemblan más, si cabe.

Si a merced de esta guerra de aranceles global, Pekín impone su monopolio en esos minerales estratégicos, China podría lanzar un jaque mate a EEUU y las consecuencias serían no solo económicas.

El riesgo de guerras regionales por los recursos

A la caza de esas tierras raras y otros metales estratégicos, como el cobalto, el coltán o el tántalo, Washington ya está evaluando una presencia militar en África para desplegarse en países ricos en esas reservas, como la República Democrática del Congo, y desplazar allí a las empresas chinas que comercializan esos minerales.

La misma semana que Trump lanzaba su guerra arancelaria global, su asesor especial para África, Massad Boulos, viajaba al Congo para negociar la ayuda militar que puede prestar EEUU a ese Gobierno a fin de librarlo de la guerrilla del M23 y del apoyo a ésta por parte de Ruanda a cambio de la adquisición de sus reservas de minerales estratégicos.

En un corto espacio de tiempo, África podría arder en guerras locales con EEUU, Rusia, China o Francia apoyando a Gobiernos o milicias rebeldes a fin de controlar la producción de esos minerales imprescindibles también para la fabricación de baterías de teléfonos móviles, ordenadores portátiles y tabletas, y el resto de destinos de última tecnología ya mencionados.

Si en el pasado se desataron guerras por el oro, las especias, el opio o el petróleo las próximas contiendas podrían ser por las tierras raras. Y tanto EEUU como China estarán de una u otra forma implicados.


Fuente: Público

domingo, 13 de abril de 2025

El fascismo liberal

 

 Por Piero Pagliani  
      Filósofo e investigador en el campo del álgebra lógica. Activista por la paz y los derechos sociales.


Los “revolucionarios” del 68 han acabando siendo –cree Pagliani– los creyentes más devotos del liberalismo extremo, y probablemente sin ser conscientes de ello. Antifascistas de salón, practican la cancelación y están en posesión de la verdad.


Mayo del 68 francés pacifista.


«Somos los hombres huecos
Somos los hombres disecados
Apoyándonos unos en otros
Cabezas llenas de paja…»
TS Eliot, «Los hombres huecos»


     Llamaré «mi generación» a su segmento demográfico y social del movimiento de 1968, que quiso hacer una revolución prohibiendo las prohibiciones y ahora es líder de la censura y las prohibiciones.

Mi generación se alegrará si arrestan a Călin Georgescu, el candidato presidencial rumano. Una persona que quizá no sea políticamente popular, pero cuyo verdadero crimen es su falta de inclinación a declarar la guerra a Rusia.

Mi generación se alegrará si Marie Le Pen es declarada inelegible. No es una política encantadora pero sobre todo es sospechosa de un acuerdo con el enemigo.

Es mejor apoyar a Raphaël Glucksmann, el mecenas del grupo de izquierda anti-Le Pen, partidario de Kiev «hasta la victoria». Él conoce el mundo. Había sido asesor del presidente georgiano Mijail Saak’ashvili, quien más tarde se convirtió en gobernador de la violada región de Odessa después del Maidan, la plaza de Kiev dirigida y financiada por los EE. UU. e incendiada por neonazis con la ayuda de francotiradores georgianos que dispararon contra la multitud y la policía para hacerla incandescente.

Mi generación se entusiasmó con el Maidán, no vio la violación de Odessa exaltada por las queridas «Femen» y se preparó para la celebración de los «lectores de Kant» con la esvástica, conmovida por los lacrimógenos reportajes de «La Stampa» y «La Repubblica» sobre las despedidas de los «chicos del batallón Azov» que partían hacia el frente del Donbass (también podemos preguntar a Amnistía Internacional).


Ceremonia de despedida de los voluntarios del batallón Azov de la Guardia Nacional de Ucrania, que irán a luchar contra los separatistas prorrusos. Fotografía de La Stampa.

Nos adelantamos a nuestro tiempo cuando, incluso en Estados Unidos, en ese mismo momento, se expresaban reservas sobre los muchachos ucranianos con la esvástica y el ángel lobo. Obama los llamó «matones» y el Congreso aprobó una ley que prohíbe armar y entrenar al Batallón Azov y otras formaciones neonazis.

La prohibición se levantó en menos de un año. La guerra en Ucrania, deseada y provocada, estalló, y ahora, después de cientos de miles de muertos, Estados Unidos ha comprendido que no puede ganarla.

Lo dice su nuevo presidente, un personaje desagradable que mezcla su impresionante narcisismo personal con su igualmente impresionante narcisismo nacional.

Así que ahora los ucronazis están más ligados a Londres y Bruselas que a Washington: los europeos somos liberales y de izquierdas mientras en la Casa Blanca hay un presidente reaccionario.


El fascismo liberal y la generación vacia.

Podemos estar orgullosos de ello.

El «liberalfascismo» no es un insulto gratuito ni una contradicción en sus términos, sino una broma amarga típica del caos sistémico. Vivimos en tiempos interesantes. Y si alguien persiste en utilizar las categorías interpretativas y evaluativas habituales, está destinado a no entender nada.

El «fascismo liberal» había sido predicho por Pasolini en los años setenta con un razonamiento político-moral que advertía contra el «fascismo de los antifascistas». Como todo auténtico artista (el único capaz de producir deslices extraordinarios) Pasolini vio más lejos que cualquier teórico y, obviamente, que cualquier político (¡y cuánto le dijimos!).




En aquellos años la crisis sistémica apenas comenzaba. Ahora todos sus nudos están llegando dramáticamente a un punto crítico.




Mi segmento generacional se formó en la crisis de la cuna y luego se instaló en la gran casa de la crisis del adulto. Allí encontró satisfacción económica, profesional, política y cultural y se sintió secretamente realizado.

Ahora que la crisis ya se va haciendo vieja y la casa se cae a pedazos, mi generación está intentando apuntalarla por todos los medios y poniendo tinas debajo del techo porque dentro llueve. Y atribuye el deterioro de sus ideales a la lluvia que cae, no al techo roto, a las paredes desmoronadas, a las ventanas rotas, a las puertas que ya no cierran.

Mi generación no creció con la crisis. Mi generación es la crisis, es una con ella. No sobrevivirá a la crisis no sólo por su edad, sino también porque sin la crisis no puede sobrevivir, al igual que un parásito no puede sobrevivir sin un organismo huésped.

Por eso no entiende nada de esta guerra y se identifica con los batallones de Azov, los conservadores neoliberales, los eurosociópatas, acude con alegría a sus plazas y desprecia a los demás. Por eso no puede tener ninguna duda y menos aún sentimiento de culpa por el horrible mundo que va a dejar a sus hijos y nietos.

La posteridad dirá con consternación: «La crisis lo creó, la crisis lo deshizo. Y sin siquiera darse cuenta».

Pocas personas se plantearon preguntas básicas: «¿Pero qué hemos hecho? ¿Qué no hemos hecho?» De alguna manera y hasta cierto punto logrando escapar de esta maldición.

¿Qué impulsó a esos pocos a plantearse esta pregunta? Nadie lo puede decir con seguridad. Quizás una intuición: si no hay desarme global, las nuevas generaciones no tendrán futuro.


Fuente: El Viejo Topo