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martes, 12 de mayo de 2026

Trump sopesa reanudar la guerra contra Irán pero la decisión final dependerá del resultado de su visita a China

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Es especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


Harto del rechazo iraní a su confuso plan de paz, Trump calibra el impacto que la reanudación de los ataques a Irán podría tener en su estratégico acercamiento a China


El presidente de EEUU, Donald Trump, y la primera dama, Melania Trump, visitan la Ciudad Prohibida junto al presidente de China, Xi Jinping, en 2017.


     Fuentes del Pentágono han indicado a medios estadounidenses, como el canal CNN o la web de análisis Axios, que el presidente estadounidense, Donald Trump, tiene ya sobre su mesa en el Despacho Oval de la Casa Blanca los planes para reanudar de forma inminente el bombardeo de Irán. Solo frena a Trump su viaje oficial de esta semana a China, uno de los países con lazos económicos más fuertes con el Estado persa y de los pocos con capacidad real para presionar tanto a Wasghington como Teherán y acelerar el fin del conflicto. De momento, Pekín prefiere no hcer mucho ruido y apostar por el desgaste estadounidense en esta guerra impulsada también por Israel, y sacar rédito de la inevitable reestructuración de la economía internacional que surja de esta crisis.

Trump llega a China este miércoles y estará hasta el viernes en el gigante asiático. Con este panorama, no parece que el líder republicano vaya a poner sobre la mesa de las negociaciones con el presidente Xi Jinping una reactivación a gran escala de la ofensiva sobre Irán. El propio Gobierno chino ha indicado que el tema de esta nueva guerra en el Golfo Pérsico figurará en la agenda de las negociaciones, una matización que suena como potente advertencia.

El presidente estadounidense quiere convertir este viaje en el pistoletazo de una nueva era de relaciones comerciales y tecnológicas que arreglue la disputa de aranceles entre ambos países e impulsara la cooperación en materia de Inteligencia Artificial (IA), o al menos de parcelación de las áreas de influencia en este ámbito de los dos colosos económicos. Cualquier paso que dé en falso Trump estos días puede dar al traste con estos planes y alejar de manera irremediable a China, el único país, junto a Rusia e Israel, capaz de chistarle a la Casa Blanca y que esta tiemble.


El presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo chino, Xi Jinping.

El salvavidas chino

Trump quiere lavar su imagen ante el mundo y su propio país por los errores cometidos en Irán y piensa que un acuerdo con China podría ser la victoria pírrica que necesita para calmar a los mercados y tranquilizar a los cada vez más depauperados estadounidenses por este conflicto.

Y sin embargo el riesgo de que las cosas se tuerzan en la visita del jefe de la Casa Blanca a la Ciudad Prohibida es alto. Después de que Irán rechazara el último plan de paz de EEUU para convertir la actual tregua en un armisticio y de que Trump entrara en cólera, las espadas están en alto y el riesgo de que se reanuden los ataques es muy elevado. Está en juego la imagen de Trump, vapuleada por Irán.

El presidente estadounidense está harto del juego de los ayatolás, que es el mismo que ha desplegado él en esta crisis que reventó con la ofensiva del 28 de febrero: mentiras, doble juego, amenazas, ultimátums incumplidos y una carrera desbocada hacia el abismo de una catástrofe mundial, económica y de seguridad.

Trump está acorralado, dentro y fuera de EEUU, pero es la situación en su país la que le inquieta más y todo porque un grupo de clérigos y señores de la guerra iraníes no están dispuestos a obedecerle y claudicar ante el futuro de sometimiento y destrucción que les quiere deparar la Casa Blanca manejada desde Israel, el verdadero artífice de esta hecatombe.


La guerra que inició Estados Unidos junto a Israel.

Un oscuro horizonte para Trump

Los datos revelados este martes en Estados Unidos muestran negras perspectivas para Trump y el Partido Republicano de cara a las elecciones de medio término con las que los estadounidenses renovarán la Cámara de Representantes y parte del Senado en noviembre próximo.

Así, los precios al consumo en EEUU se dispararon de nuevo en abril por culpa de esta guerra que ya dura diez semanas y que ha propulsado el coste de los carburantes a pesar de que nunca como hasta ahora el país estadounidense había vendido tanto petróleo y gas al exterior. Así, ese IPC aumentó en abril un 3,8% respecto al mismo mes del año pasado. Los precios de la gasolina aumentaron un 5,4%, por ejemplo, y Trump sabe perfectamente que será este dato y no la victoria pírrica que quiere vender sobre Irán el elemento que impulsara el voto de los electores estadounidenses el 3 de noviembre.

Pero es que, además, la guerra de Irán ya le ha costado al erario público estadounidense más de 29.000 millones de dólares. Esta cifra, multiplicada, seguramente, también estará en la campaña electoral.

No es de extrañar que, tal y como publicó este martes Axios citando fuentes oficiales, que Trump en la reunión celebrada con su equipo de seguridad nacional la víspera tuviera sobre la mesa la reanudación de los ataques contra Irán, incluyendo esta vez la devastación de todas sus infraestructuras civiles.

Trump quiere un acuerdo a toda costa y ha de ser el acuerdo que él envió la semana pasada a Teherán. Pero esto no va a ser así. Los iraníes respondieron a su vez con nuevas demandas que al jefe de la Casa Blanca le parecieron una "locura" y auténtica "basura", llevándole a señalar que la actual tregua estaba en "cuidados paliativos".

En su respuesta (tras diez días tensa espera para Trump), los iraníes lanzaron un órdago. Demandaron el fin de los ataques, no dejaron claro si renunciarían a su programa nuclear (cuyo desmantelamiento clama Trump como un mantra), reclamaron el control del paso de Ormuz (taponado por los iraníes y por el bloqueo estadounidense a los puertos de Irán), la retirada de las sanciones internacionales, el pago de reparaciones de guerra, la liberación de sus activos financieros congelados y el fin de la ofensiva que lanzó Israel en el Líbano para acabar con Hizbulá (grupo chií aliado de Irán) y hacerse con una buena porción de ese país mediterráneo.

"Quieren negociar y nos presentan una propuesta estúpida, es una propuesta estúpida, y nadie la aceptaría. Solo (el expresidente Barack) Obama la habría aceptado", dijo Trump.

Las opciones bélicas de Trump

Según los funcionarios estadounidenses citados por Axios, Trump es favorable de acometer algún tipo de acción militar contra Irán "para aumentar la presión sobre el régimen y forzar concesiones en su programa nuclear". Entre esas acciones se contempla en primer lugar la recuperación de la operación "Proyecto Libertad" para proteger la navegación amiga a través del estrecho de Ormuz. Más arriesgada sería la reanudación de la campaña de bombardeos del cerca del 25% de objetivos militares que aún no han sido dañados. Una apreciación curiosa, pues Trump ha insistido repetidamente que la infraestructura militar iraní fue ya destruida.

Otra posibilidad es lanzar, presionado por Israel, una operación terrestre de las fuerzas especiales estadounidenses para apoderarse de la casi media tonelada de uranio enriquecido al 60% que tiene el régimen islámico y con el cual pretenden (según Washington y Tel Aviv) fabricar armas atómicas para bombardear medio mundo. Esta opción será de un altísimo riesgo.

Como lo sería también un desembarco de marines estadounidenses en alguna de las islas iraníes del estrecho de Ormuz o en la orilla meridional de Irán para crear una cabeza de puente desde la que obligar a los ayatolás a rendirse. También se podría contemplar, como ha dejado caer el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la asunción por Israel de los bombardeos y posibles operaciones terrestres. El riesgo sería enorme, en este caso para el Estado judío.

Todas estas opciones tienen un hándicap inevitable: el viaje de Trump a China. Otros dos asesores de la Casa Blanca indicaron a Axios que no parecía probable que Trump tomara esa decisión de retomar los ataques a Irán antes de volver de Pekín. El propio Trump dijo este martes, a modo de falsa disculpa, que no tenía prisa para tomar una decisión, pues EEUU mantiene el bloqueo sobre Irán y no le permite acceder a ninguna fuente de dinero. Los chinos podrían decir lo contrario.

Esa versión de un país exhausto contradice los informes de la CIA sobre la capacidad que tendría Irán para sostener su economía de guerra al menos cuatro meses más. Un plazo que podría ser muy peligroso para el resto del planeta, incluso para China, que ahora aguanta con sus reservas de crudo y con la diversificación de sus fuentes de energía, pero que ya está sufriendo los primeros embates de la crisis energética provocada por esta crisis del Golfo.

El plan de paz chino

La Administración china ha insistido en la necesidad de alcanzar un acuerdo que pare la guerra y así se lo expondrá Trump y su equipo. Incluso los chinos han puesto sobre el tapete un nebuloso plan de paz que los propios iraníes se apresuraron ya a aplaudir, aunque solo sea para fastidiar a los estadounidenses.

La propuesta china es muy retórica, pero abunda en su defensa del respeto a la coexistencia pacífica, al principio de soberanía nacional, al derecho internacional y a la coordinación entre desarrollo y seguridad para crear un entorno favorable para los países de la región, según citó la agencia EFE. Pekín no tiene problema a la hora de condenar los ataques estadounidenses e israelíes, pero tampoco justifica los bombardeos con misiles y drones iraníes de los países árabes del Golfo Pérsico.

Con lazos profundos con Irán, al tiempo que con excelentes relaciones con otros países productores de crudo y gas en la región ahora represaliados por Teherán, el papel de China podría ser clave para alcanzar un alto el fuego duradero. Si bien ha sido importante la mediación de Pakistán entre iraníes y estadounidenses, el Gobierno de Islamabad es uno de los principales aliados de EEUU en Asia y es visto con más recelos por otros estados del área, incluido el propio régimen iraní.

Pero sobre todo, es la dimensión económica la que podría animar a EEUU y China a adelantar las bases de un armisticio con Irán. Ninguno de las dos superpotencias quiere que se emponzoñe más la difícil relación desatada por la cruzada arancelaria lanzada por Trump el año pasado. En octubre finalmente los presidentes chino y estadounidense llegaron a un principio de acuerdo en el puerto surcoreano de Busan que redujo del 57% al 47% los aranceles a las importaciones chinas a EEUU. También se redujeron en parte las restricciones chinas al acceso estadounidense a sus tierras raras, claves para el desarrollo tecnológico, y se suspendieron las tasas portuarias entre los dos países.

Poco después, el Tribunal Supremo de EEUU invalidó esos aranceles de Trump. Incombustible, este impuso una enésima tasa global del 10% (también bloqueada hace unos días) y muchas negociaciones quedaron en el aire en los sectores agrícola, el transporte aéreo o la fabricación de semiconductores, entre otros.

También EEUU recela de la forma en que China evita las sanciones impuestas a Irán. Tiene en su mirilla a las llamadas refinerías "teapot", esas pequeñas firmas petroleras independientes que en Shandong, con permiso oficial chino, transforman el petróleo iraní sancionado en gasolina, diesel o productos petroquímicos claves para la economía china. Y por mucho que se indigne, Trump no tiene nada que hacer.

En todo caso, si se alcanza una tregua en la guerra económica entre Pekín y Washington, será en el ámbito de la IA y las relaciones entre gigantes tecnológicos donde Trump quiere negociar con China y sacar pingües beneficios. Y sabe perfectamente que no habrá acuerdo alguno si esta semana les dice a los chinos una cosa sobre el futuro de la guerra de Irán y la semana próxima hace otra.


Fuente: Público

martes, 6 de enero de 2026

Tras la incursión a Venezuela, la presión llega a México

 

 Por Sahasranshu Dash   
      Investigador de origen indio asociado en el Centro Internacional de Ética Aplicada y Asuntos Públicos (ICAEPA) en Sheffield, Reino Unido.


Para México, la importancia de Venezuela radica menos en el temor a una invasión inminente que en la clarificación del método


     Venezuela representa el extremo más burdo del espectro: un desafío abierto respondido con fuerza militar.


Delcy Rodríguez ha jurado su cargo de presidenta con el apoyo de la familia de Maduro.

México, en cambio, ocupa un lugar mucho más peligroso en la imaginación estratégica de Washington.


Los presidentes de norteamérica, Claudia Sheinbaum (México), Donald Trump (EEUU) y Mark Carney (Canadá), reunidos con motivo de la presentación del Mundial de fútbol 2026, que se organiza entre los tres países.

No es un Estado fallido, ni un paria, ni una economía colapsada. Es, por el contrario, un gobierno posneoliberal funcional, popular y con resultados materiales, que además conserva una clara hegemonía electoral. Precisamente por eso México no enfrenta un escenario venezolano, sino algo más cercano a un escenario chileno administrado: no tanques en las calles, sino presión económica sostenida, interferencia política y un estrechamiento gradual de los márgenes de soberanía hasta que el proyecto se desgaste o se vea obligado a vaciarse de su contenido.


México ha sobrevivido a medio milenio de colonización desarrollando su propia forma de mestizaje.

Este contexto otorga un nuevo significado a lo ocurrido semanas antes, el 6 de diciembre, cuando el movimiento MORENA llenó el Zócalo de la Ciudad de México y las calles aledañas más allá de su capacidad. Cerca de 600.000 personas acudieron para celebrar el séptimo aniversario de la Cuarta Transformación, iniciada con la elección de Andrés Manuel López Obrador en 2018 y consolidada con su sucesora, la presidenta Claudia Sheinbaum.


La izquierda mexicana sale a la calle para conmemorar los 7 años de su 'Cuarta Transformación'.

En su discurso, la presidenta situó el proyecto en una clave histórica, y afirmó que así como en el siglo XIX se separaron la Iglesia y el Estado, la tarea definitoria de nuestra época era la separación del poder económico y el poder político: una acusación directa al orden neoliberal que dejó a México más pobre, más desigual, más violento y menos soberano.

Sheinbaum: un camino propio

Durante su primer año de gobierno, esa ruptura con el pasado ha adquirido forma concreta. La ampliación de los programas sociales, la construcción masiva de vivienda pública, la reforma sindical y la limitación de la subcontratación, las protecciones laborales para trabajadores de plataformas digitales, la elección directa del Poder Judicial federal y el reconocimiento constitucional de mayores derechos y autonomía para los pueblos indígenas y afromexicanos se han logrado junto con estabilidad macroeconómica, baja inflación, bajo desempleo y una caída aproximada del 25% en la tasa de homicidios. Han continuado los aumentos anuales del salario mínimo, se han ampliado las pensiones, extendido las becas escolares, aprobado la provisión pública de internet e infraestructura de transporte. También se ha fortalecido el control público sobre el sector energético. Con niveles de aprobación cercanos al 80%, Sheinbaum se ubica entre las jefas de gobierno mejor evaluadas del mundo.


Claudia Sheinbaum lidera ranking de aprobación entre mandatarios de América Latina.

El simbolismo es tan importante como las cifras. Una jefa de Estado judía, mujer y abiertamente pro-Palestina, que gobierna México con competencia técnica, legitimidad masiva y violencia a la baja, contradice frontalmente el relato de la derecha global según el cual la redistribución genera caos, el feminismo debilita a los Estados o la solidaridad con Palestina es políticamente suicida. México no solo resiste al neoliberalismo: demuestra que otro modelo funciona. Como Chile bajo Allende, el peligro que representa no es insurreccional, sino ejemplar. Enseña.

Como en el Chile de la Unidad Popular antes de 1973, el problema no fue nunca el “exceso” del proyecto, sino que demostrara —pese al sabotaje económico, la presión financiera internacional y la intervención directa de Washington a través de la CIA, ITT y Henry Kissinger— que era posible gobernar con redistribución, soberanía y respaldo popular sin que el país colapsara. Por eso el problema es el éxito de México, no su fracaso.


'Algo tenemos que hacer con México', dice Trump tras el ataque militar a Venezuela.

El Plan México y la soberanía material

El corolario a la Doctrina Monroe recientemente puesto en práctica por la Administración Trump ha hecho explícito lo que antes era implícito: el hemisferio debe permanecer libre de influencias rivales, alineado con las cadenas de suministro estadounidenses y políticamente disciplinado. Allí donde la fuerza directa resulta costosa o contraproducente, la presión es suficiente.


América Latina 2025: el péndulo a la derecha y el acecho de Trump.

La región ya ha visto cómo opera este mecanismo. La intimidación judicial en Brasil, el chantaje electoral en Argentina y la manipulación abierta en Honduras han establecido un patrón en el que sanciones, rescates financieros, indultos y amenazas se utilizan sin pudor para moldear los resultados antes de que los votantes lleguen a las urnas.


Andressa Caldas: 'Lo que vivimos en Brasil es una alerta respecto de lo que sucede ahora en Argentina.


Milei recurre a la baza del rescate de EEUU para sobrevivir.

La lógica llega al esperpento en Honduras, donde Washington llegó a indultar a Juan Orlando Hernández —ex presidente y narcotraficante condenado en una corte federal de Estados Unidos por introducir cientos de toneladas de cocaína en su propio país— en un burdo intento de inclinar una elección, dejando claro que la “lucha antidrogas” es solo un recurso táctico cuando conviene.


Condenado por narcotráfico a 45 años de prisión el expresidente golpista hondureño Juan Orlando Hernández.

México es demasiado grande, demasiado integrado y demasiado popular para ser tratado de forma tan burda. En su lugar, está siendo cercado económicamente, y aquí la presión se manifiesta no en rupturas espectaculares, sino en decisiones de política pública que van estrechando silenciosamente el campo de acción. El terreno decisivo es el Plan México, la estrategia industrial de Sheinbaum concebida para articular soberanía con ciencia, tecnología, propiedad pública en sectores estratégicos y diversificación frente a una dependencia abrumadora de Estados Unidos, que aún absorbe más del 80% de las exportaciones mexicanas.


El Plan México es una estrategia nacional que busca transformar la economía del país mediante la industrialización, innovación y sostenibilidad.

Si el Plan México logra construir capacidad tecnológica nacional y verdadera complejidad industrial, México adquiere algo que a Washington le resulta difícil arrebatar: soberanía material. Si fracasa —si se reduce a un modelo maquilador con retórica nacionalista— México seguirá subordinado, independientemente del discurso.

¿Una política arancelaria alineada a EEUU?

La decisión arancelaria del pasado 11 de diciembre expone esta línea de falla con particular claridad. Ese día, el Senado mexicano aprobó aranceles de hasta el 50% a las importaciones provenientes de India, junto con aranceles diferenciados para China y otros países asiáticos, lo que abarca más de 1.400 categorías de productos. La medida siguió de cerca la imposición, por parte de Trump, de aranceles del 50% a las exportaciones indias y fue ampliamente entendida como una respuesta a la presión directa de Washington para alinear las cadenas de suministro. Se espera que el impacto recaiga con especial dureza sobre los exportadores indios, en particular en el sector automotriz y de autopartes, que se había convertido en una fuente importante de componentes, maquinaria e insumos intermedios para la industria mexicana.


Entran en vigor los aranceles del 50% de EE UU a la India como castigo por comprar petróleo ruso.

Ahí radica lo revelador del episodio. Los aranceles no solo afectan a bienes de consumo final: amenazan con cortar el acceso de la industria mexicana a ecosistemas industriales alternativos justo en el momento en que la diversificación es indispensable. Al alinear su política comercial con la confrontación de Washington no solo contra China, sino también contra India y otros productores asiáticos, México reduce sus propias opciones y profundiza su encierro dentro de una arquitectura comercial centrada en Estados Unidos. En términos de soberanía, no se trata de un avance, sino de una contracción.

La pregunta, entonces, no es si estos aranceles pueden justificarse en abstracto como política industrial. Es si marcan el inicio de un patrón de cumplimiento preventivo. La historia ofrece poco consuelo al respecto. En Chile, las concesiones hechas en nombre de la estabilidad no redujeron la presión; la intensificaron, al señalar vulnerabilidad más que pragmatismo. A medida que avanzan las consultas del T-MEC rumbo al periodo de revisión de 2026, cada acomodamiento corre el riesgo de ampliar la lista de exigencias: desde vetos a la inversión hasta retrocesos regulatorios y una alineación geopolítica más profunda contra terceros países.


Nuevos aranceles estadounidenses entraron en vigor en México.

Esta es la lógica del escenario chileno administrado. No un golpe único ni una ruptura decisiva, sino una erosión sostenida hasta que el proyecto original sea vaciado o forzado a abandonar aquello que lo hacía peligroso. Venezuela muestra lo que ocurre cuando la soberanía es confrontada militarmente. México muestra lo que ocurre cuando es confrontada económica y políticamente. En ese sentido, la vieja sentencia atribuida a Porfirio Díaz —“pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”— deja de funcionar como lamento retórico y reaparece como diagnóstico estructural: no una fatalidad geográfica, sino una relación de poder que castiga cualquier intento serio de autonomía. El objetivo es el mismo: la neutralización.

El mayor peligro, por tanto, es interno. Bajo una presión constante, surgirán voces que llamen a la cautela, al realismo y a bajar el ritmo. Ese sería el error más grave. Lo que está en juego no es una promesa abstracta, sino un modelo en funcionamiento que ya ha producido reducción de la pobreza, menor desigualdad, menos violencia y una participación política masiva, y que lo ha hecho de una manera que desafía la supuesta inevitabilidad del orden global actual.

El tigre popular de México sigue vivo y hoy gobierna con Claudia Sheinbaum, como lo demostró el Zócalo. Pero en un hemisferio donde el cambio de régimen ha vuelto a ser política oficial y el cumplimiento solo es recompensado de manera temporal, defender lo ya alcanzado exigirá no repliegue, sino aceleración, y la movilización sostenida de los millones que ahora tienen más que perder si este experimento es desmantelado lenta y metódicamente.


Fuente: El Salto

domingo, 14 de diciembre de 2025

La paradoja de la globalización de China

 

 Por Richard Baldwin   
       Profesor de Economía Internacional en el Instituto de Altos Estudios de Ginebra y Director del Centro de Investigación de Política Económica de Londres.

Introducción

     China es la única superpotencia manufacturera del mundo, como señalé explícitamente hace un tiempo (Baldwin 2024) y otros han confirmado (García-Herrero 2025, Ritchie 2025).


China es ahora la primera potencia manufacturera del mundo.

El país produce más de un tercio de la producción manufacturera mundial. Su producción supera a la de los ocho siguientes mayores productores juntos.


Xi Jinping sobre un fondo más propio de la época de la llamada 'Revolución Cultural' en China.


No todo el mundo sabe hasta qué punto China es dominante en el ámbito de la producción. Pero casi todo el mundo sabe lo dominante que es en el ámbito de las exportaciones.


Alegoría goyesca de 'Saturno devorando a su hijo'.

¿Sabías que China se ha ido cerrando económicamente desde mediados de la década de 2000, según los índices de apertura estándar? ¿Sabías que la industria manufacturera china no depende especialmente de las exportaciones?

Esa es la paradoja de China:

· ¿Cómo puede dominar en el extranjero y, al mismo tiempo, depender menos de las exportaciones?

· ¿Cómo puede China ser, al mismo tiempo, la fábrica del mundo y menos dependiente de las exportaciones que la mayoría de las naciones industrializadas?

Ese es el tema del Factful Friday de hoy.

Los hechos

Veamos primero el dominio de China en la industria manufacturera mundial, como muestra el gráfico siguiente (panel izquierdo). Hoy en día, China produce más de un tercio de todos los productos manufacturados. Eso es más que los ocho siguientes mayores productores juntos. Los datos proceden de la OCDE (2023); véase también ONUDI (2024).

En comparación, Estados Unidos, Japón y Alemania son potencias medias frente a la superpotencia china (gráfico de la derecha). La cuota mundial de Estados Unidos es aproximadamente un tercio de la de China. Japón y Alemania tienen la mitad de la cuota mundial de Estados Unidos.




El gráfico no muestra este dato, pero la realidad es que más de la mitad de la producción manufacturera de China consiste en insumos industriales. Si se desmonta casi cualquier producto comprado en casi cualquier país del mundo, es casi seguro que contendrá piezas chinas, incluso si no se ha fabricado en China.

También es el principal exportador

China es también el principal exportador mundial de bienes, por delante de la UE y Estados Unidos. Su cuota de las exportaciones mundiales es enorme.

Pero fíjese en algo importante en el gráfico: su dominio en las exportaciones es en realidad un extremo inferior al de su dominio en la producción. En otras palabras, las fábricas chinas tienen un peso aún mayor en la producción mundial que en el comercio mundial. Es la fábrica del mundo, pero no toda esa fábrica está orientada a los mercados extranjeros. Esa es la primera pista que apunta a la resolución de la paradoja.




La relación entre las exportaciones y la producción de China aumentó, pero ha disminuido desde 2005

Los gráficos de apertura lo dejan aún más claro. La cuota de la producción manufacturera china que se exporta y la cuota del valor añadido manufacturero vendido en el extranjero aumentaron considerablemente hasta mediados de la década de 2000 y luego comenzaron a descender.




Hoy en día, esos ratios se sitúan mucho más cerca de los niveles estadounidenses (la línea negra del panel izquierdo) que de la imagen de una plataforma de exportación ultraabierta.

En comparación con otros grandes productores, China se parece más a una gran economía continental —como la de Estados Unidos— que vende mucho en el mercado interno y mucho en el extranjero, que a una economía altamente dependiente de las exportaciones, como Alemania o Corea del Sur.




Paradoja resuelta

La forma de resolver la paradoja es dejar de fijarse únicamente en los niveles de exportación y centrarse en la carrera entre las exportaciones y la producción.

En los primeros años del auge de la globalización de China, las exportaciones crecieron más rápido que la producción manufacturera. Cada año, una parte cada vez mayor de lo que producían las fábricas chinas se enviaba al extranjero, por lo que aumentaron las medidas de apertura. Esa es la China que la mayoría de la gente en Washington todavía tiene en mente: una economía impulsada por las exportaciones cuyas fábricas están orientadas de forma abrumadora hacia los mercados extranjeros.

Sin embargo, desde mediados de la década de 2000, la carrera ha dado un giro. La producción manufacturera, especialmente para el mercado interno, ha crecido incluso más rápido que las exportaciones. Las exportaciones han seguido aumentando en términos absolutos y la cuota de China en las exportaciones mundiales ha seguido creciendo, pero las ventas internas y las cadenas de suministro internas han crecido aún más rápido. Cuando la producción supera a las exportaciones, la cuota exportada debe disminuir. Eso es realmente lo que significa el «cierre»: no un retroceso del mundo, sino una señal de que el propio mercado de China se ha vuelto tan grande y dinámico que absorbe una parte cada vez mayor de lo que producen sus fábricas.




Resumen

La paradoja de la globalización de China es fácil de explicar. Por un lado, se ha convertido en la única superpotencia manufacturera del mundo y en el principal exportador de productos manufacturados. Por otro lado, las medidas estándar de apertura muestran que exporta una proporción menor de su producción que a mediados de la década de 2000 y que depende menos de las exportaciones que sus homólogos.

La resolución es aún más fácil de explicar. Si las exportaciones de productos manufacturados de China crecían como un incendio forestal, su producción manufacturera crecía como una tormenta de fuego. China, como se puede ver, es su mejor cliente para la producción manufacturera.

Las exportaciones de China están aumentando rápidamente, y eso es lo que ve la mayoría de la gente en el mundo. Ven un rendimiento exportador campeón del mundo. El rendimiento exportador chino gana la medalla de oro. Pero lo que menos gente ve es que el rendimiento productivo de China, desde mediados de la década de 2000, ha sido aún más impresionante. Si hubiera una medalla por encima del oro, el rendimiento productivo de China la habría ganado cada año durante décadas.

Esto solo puede significar una cosa. Una parte cada vez mayor de lo que fabrica China se vende ahora en el mercado interno en lugar de en el extranjero.

Observaciones finales

Estas simples realidades tienen importantes implicaciones.

Los hechos deberían replantear su forma de pensar sobre la experiencia de globalización de China y su exposición al sistema comercial mundial en general, y a las importaciones estadounidenses en particular.

China sigue estando profundamente integrada en el comercio mundial, pero también es un vasto mercado interno que puede absorber gran parte de lo que fabrican sus fábricas. En ese sentido, deberíamos pensar en China más como en Estados Unidos: una economía continental gigante que comercia mucho, pero que es su mejor cliente. La China desesperadamente dependiente de las exportaciones de principios de la década de 2000 ya no existe.

Por supuesto, cerrar las exportaciones chinas hundiría la economía china, pero también hundiría la economía mundial, incluida la economía estadounidense. Al fin y al cabo, las cadenas de suministro son esposas ("handcuffs") de oro.

Esto tiene una importante implicación para la política arancelaria. Los aranceles sobre los productos chinos siguen perjudicando a determinadas empresas, sectores y cadenas de suministro, pero no afectan a una economía frágil y dependiente de las exportaciones como muchos en Washington parecen imaginar. Una China que vende una parte importante y creciente de su producción en el mercado interno es menos vulnerable a las medidas fronterizas y más capaz de redirigir la producción hacia su propio mercado o hacia socios no estadounidenses.

Los guerreros comerciales que siguen luchando contra la antigua China impulsada por las exportaciones corren el riesgo de juzgar erróneamente la influencia económica que tienen sobre la China actual.


Fuente: sinpermiso