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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Hasta que pasó de todo

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


     La última de las entradas de esta bitácora llevaba por irónico título "No pasa nada". Mientras iba degenerando la crisis bélica desatada por Donald Trump en Oriente Próximo y sus consecuencias se iban desarrollando, la consigna, como lleva siendo norma desde mayo, ha sido darle el menor espacio informativo a este desastre en ciernes.

Hasta que hace unos días alguien (aún no sabemos si los yemeníes hutíes, las milicias chiíes iraquíes o directamente los propios iraníes) decidió volar con drones el oleoducto Este-Oeste que permitía a Arabia Saudita desviar de su producción unos 4 millones de barriles diarios (Mb/d) para que no tuvieran que pasar a través del estrecho de Ormuz y llegaran directamente al mar Rojo.


Arabia Saudí cierra el oleoducto Este-Oeste, la principal ruta alternativa a Ormuz, tras los ataques de varios drones procedentes de Irak.

Pensemos que gracias a este oleoducto, y en menor medida al de Emiratos Árabes Unidos, se había conseguido aliviar el cuello de botella que ha supuesto la situación en Ormuz, al menos en lo que al petróleo se refiere (en el resto de materias primas la cosa sigue igual o peor, como luego comentaremos). Antes del cierre del estrecho, pasaban por Ormuz unos 20 Mb/d. Esos 20 Mb/d correspondían a una extracción equivalente y constante de petróleo de todos los países afectados; y sin vías alternativas y con los depósitos llenos, la extracción de petróleo del mundo (que es de poco más de 100 Mb/d, unos 106 Mb/d) habría caído en esa cantidad - nada más y nada menos que el 20% de todo el petróleo extraído en el mundo, o el 40% del petróleo con el que se comercia. Un frenazo de esa magnitud inevitablemente iba a acarrear una crisis económica sin precedentes, así que se pusieron todas las medidas para evitar sus efectos tanto como fuera posible.

En realidad, evitar la crisis nunca fue posible. Pero lo que sí que se podía hacer era retardar su comienzo, en la esperanza de que, si EE.UU. ganaba la guerra, al menos las penurias inevitables de la crisis se verían compensadas por las promesas de riquezas futuras. Y eso es lo que se ha hecho. Se liberó petróleo de las reservas estratégicas, China redujo sus importaciones y Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos rodearon Ormuz con sus oleoductos. El descenso de producción reconocido por la Agencia Internacional de la Energía se sitúa en torno a los 6 Mb/d, aunque por ejemplo el Departamento de Energía de los EE.UU. lo coloca más cerca de los 12 Mb/d. Por tanto, gracias a los oleductos de bypass y al petróleo que mal que bien ha conseguido navegar a través de Ormuz se ha conseguido hacer llegar al mercado unos 8 Mb/d de los que antes pasaban tranquilamente por esa vía marítima, pero igualmente se ha tenido que hacer un recorte de 12 Mb/d de consumo.



Así que se han tenido que poner numerosas medidas en marcha para reducir nada menos que el 12% del consumo mundial de petróleo. Pero, claro, estas medidas tenían fecha de caducidad. 

De entrada, los países de la OCDE liberaron 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas, teóricamente al mercado libre. Además, han estado usando petróleo de sus reservas para compensar lo que no estaba llegando. En el caso particular de España, consiguió compensar el desaguisado hasta mayo (como comentábamos en el post anterior) a base de diversificar las entradas de petróleo, de modo que solo perdió un 5% de las importaciones; y por el lado de las salidas, redujo un 5% de las exportaciones de productos petrolíferos, quedando bastante balanceada. Por desgracia, la situación en el resto de Europa no era tan buena (no tienen tantas refinerías como España) y por eso el precio de los combustibles se está disparando más que en tierras hispanas.

De otro lado, China había reducido sus importaciones a la mitad, de 11 Mb/d a 5,5 Mb/d en marzo. En parte porque gracias al bypass de Arabia Saudita empezó a haber más crudo en el mercado y en parte porque,  desgraciadamente, China ha perdido la fe en que esto se vaya a resolver en un plazo breve de tiempo, en los últimos meses sus importaciones de petróleo han subido con fuerza y en agosto ya fueron casi de 9 Mb/d.

Y por el lado de los EE.UU., sus reservas estratégicas están ya por debajo del límite de operación segura. A pesar de las veces que Trump ha repetido que no va a haber una prohibición de exportación de petróleo, el reloj va en su contra: el precio de los combustibles se está disparando en todos los EE.UU., con cifras llegando ya en algunos lugares a los 10$ por galón (unos 2,64$/litro), algo absolutamente inaudito en ese país. No va a ser una cuestión de voluntad política: los EE.UU. se van a ver obligados a limitar sus exportaciones de petróleo - nunca se frenarán del todo, porque por culpa del fracking producen demasiado petróleo ligero que no pueden consumir, pero las fracciones medias y pesadas sin duda acabarán por dejarse de exportar.

En cuanto al flujo de petroleros, es difícil saber exactamente cuántos consiguen circular. Se estima que, tras el repunte de la euforia del primer momento cuando se firmo el Acuerdo de Entendimiento y la expiración del mismo el 17 de agosto, en la actualidad deben estar circulando alrededor de un 10% de los petroleros que pasaban antes de la guerra.


En la actualidad deben estar circulando alrededor de un 10% de los petroleros que pasaban antes de la guerra.

Y en este contexto, el oleoducto de Arabia Saudita ha volado por los aires. Aunque técnicamente podía bombear hasta 7 Mb/d (como se hizo al principio), debido a limitaciones técnicas estaba en los 4 Mb/d antes de su voladura. Conviene recordar, además, que esa voladura es una represalia por la destrucción de cinco petroleros iraníes por parte de los EE.UU. La pérdida de esos buques sin duda habrá afectado a los 2 Mb/d que Irán estaba exportando; de hecho, se estima que las exportaciones de Irán están colapsando, que es lo que pretendía EE.UU. y que es probablemente lo que ha precipitado el golpe sobre la mesa de Irán.

Así que a los 12 Mb/d que ya no se estaban extrayendo tenemos que sumar los 4 Mb/d del bypass saudí que se ha perdido y hasta 2 Mb/d de las exportaciones iraníes. En este momento, por tanto, pueden estar ya faltando 18 Mb/d, y justo cuando las medidas paliativas están dejando de funcionar. Y si en algún momento Irán decide bombardear el otro oleoducto de bypass, el de Emiratos Árabes Unidos, faltarán otros 1,5 a 2 Mb/d adicionales.

Para acabar de redondear la faena, los hutíes han protagonizado una espectacular ofensiva, tomando el control de prácticamente toda la costa de Yemen en el mar Rojo y la isla de Perim, lo que de facto les da el control del estrecho de Bab el-Mandeb, que es la puerta de entrada al mar Rojo y al canal de Suez.

De manera prácticamente inmediata el precio del petróleo Brent ha superado los 100$ por barril y anda coqueteando con la barrera de los 110$. Pero eso es solo la punta del iceberg.

El precio del Brent no incluye los costes de transporte y seguros. Antes de la guerra, esos costes añadían un par de dólares al precio final del barril. Ahora, debido a la escasez general de combustibles, el alargamiento de las rutas y los riesgos de la guerra, esos costes llegan a los 30$/barril. De hecho, el coste del barril en muchas refinerías llega a los 150$.

A eso cabe añadir la escasez de petróleos medios, fundamentales para la producción de diésel, gasóleos y keroseno. El crack spread, o diferencial entre el precio de un barril de petróleo y un producto refinado, se ha disparado en los últimos meses desde unos pocos dólares (que era lo habitual) hasta los 100$ y más en el caso del diésel. Dénse cuenta de lo que significa eso. Incluso asumiendo un precio del barril de petróleo de 100$, un crack spread de otros 100$ significa que el precio del barril de diésel a la salida de la refinería es de 200$. Como un barril contiene casi 160 litros, eso quiere decir que el coste de ese diésel es de 1,25$ por litro. Contando el margen comercial, los costes de distribución y los impuestos, el coste del diésel es solamente alrededor de un tercio del precio de venta del diésel en la gasolinera. Es decir, el precio final sería de 3,75$ por litro o unos 3,25 €/l. Por eso, no es de extrañar que en Alemania estén llegando ya a los 3€/l. España está un poco mejor porque, de nuevo, tiene menores costes de refino y distribución gracias a que tiene 8 refinerías en su territorio, pero aún así poco a poco nos vamos deslizando a los 2€/l, y con el tiempo podremos llegar a 3€ y más.

Y eso es solo la parte del petróleo. La situación con el gas natural es terrible para Europa: la interrupción de las exportaciones de gas desde el golfo Pérsico, y particularmente desde Omán, han creado una situación de fiera competencia por el gas natural licuado (España recibió en junio un 40% menos de los buques esperados precisamente porque su carga fue comprada cuando estaban en alta mar y cambiaron su rumbo). Europa afronta el invierno con sus inventarios en mínimos de 15 años, con el agravante que los inventarios de gas no son tan amplios como los de petróleo porque el gas natural es más complejo de almacenar.

Faltan fertilizantes nitrogenados justamente cuando las cosechas son peores por culpa del calor excesivo de este verano. Falta azufre y por tanto ácido sulfúrico, afectando a la producción de cobre, de fosfatos y de metales en general. Falta aluminio. Y, sobre todo, falta diésel para operar la maquinaria.


Diésel y gasóleo – Producción de refinería (en Mb/d).

La gráfica de arriba la he generado yo con datos del Joint Oil Data Initiative. Son los valores mensuales de la producción de diésel en las refinerías de todo el mundo hasta junio de 2026. Los dos o tres últimos meses no son muy fiables porque algunos países tardan en reportar. Además, la producción de Rusia está extrapolada desde su valor medio en 2021 porque desde 2022 no hay datos de ese país. Es una gráfica, por tanto, con muchas limitaciones y pegas. Y aún así cuenta una historia muy simple: la producción mundial de diésel tocó máximo en el período que va de 2015 a 2017; nunca fue capaz de recuperar esos niveles, ni siquiera después de la pandemia; y este año sin duda la situación es catastrófica. Quizá Vd. no nota que falte diésel en su gasolinera, pero seguro que falta en una mina en algún país recóndito y por eso se está extrayendo menos de alguna materia prima que sí que va a impactarle en su trabajo o su vida cotidiana.

El verano se acabó. Ahora viene el ajuste de cuentas. Nada nos va a salvar de una crisis económica (que podría agravarse o retroalimentarse con el estallido de la burbuja de la inteligencia artificial). Será cuestión de días, semanas o meses, pero nada se puede hacer por evitarla ya. Por eso hicimos la campaña de No Normal. Por eso les insto a que se organicen y se preparen para lo que viene (no reinventen la rueda, apóyense en las organizaciones que ya existen en su zona).

No pasa nada. Hasta que, de repente, pasa de todo. 

P. Data: el próximo 30 de septiembre sale a la venta mi nuevo libro, "El fondo del pozo". Ojalá no hubiera tenido que escribirlo. Y todavía hay quien se atreve a decir que estamos a punto de conseguir la "prosperidad ecológica", válgame el cielo...


El fondo del pozo.



Fuente: The Oil Crash

domingo, 13 de septiembre de 2026

Yemen vuelve a la guerra

 

 Por Àngel Marrades   
      Politólogo | Imperialismo, geopolítica y elecciones. Periodista en Descifrando la Guerra.


     Yemen está volviendo rápidamente a la guerra. En las últimas semanas, los combates entre el Gobierno de Saná liderado por Ansar Alá –usualmente conocidos como hutíes– y las fuerzas alineadas con el Gobierno de Adén –reconocido internacionalmente– se han intensificado a lo largo de las principales líneas del frente, al tiempo que los hutíes también mantienen enfrentamientos armados habituales con Arabia Saudí, el principal valedor externo de sus adversarios.


Imagen de la canción de Ansar Alá ‘Juro por Dios y por la revolución’.

La ofensiva de Ansar Alá

El 4 de septiembre, Ansar Alá lanzó una operación militar a gran escala contra las fuerzas del Gobierno de Adén en la provincia occidental de Taiz, así como en el distrito de Hayis, en la provincia de Hodeida.

Desplegaron armamento pesado, drones y un gran número de combatientes con el objetivo de romper las líneas defensivas del sur y hacerse con el control de carreteras y posiciones clave. La ofensiva de Ansar Alá ha sido un éxito, consiguiendo avanzar rápidamente por la costa occidental de Yemen y conquistando más de 1.500 kilómetros cuadrados de territorio entre el 9 y el 10 de septiembre.

Esta escalada marca un cambio notable en la naturaleza del conflicto, que pasa de estar dominado por ataques de largo alcance –en particular con drones– a uno en el que los enfrentamientos terrestres tienen como objetivo alterar las líneas del frente.

En sus avances en las provincias de Hodeida y Taiz cayó primero la ciudad de Hays, tras días de combates. La pérdida de Hays desencadenó un colapso a gran escala de las tropas apoyadas por Riad, que comenzaron con una retirada que terminó en una huida hacia Adén.

Esto permitió a las fuerzas hutíes tomar Moca, y su aeropuerto internacional, sin obstáculos. El avance también continúa a la ciudad de Dhubab, situada en la entrada de Bab al-Mandeb, un punto estratégico clave para el tráfico de petroleros. Con la toma de esta posición, Ansar Alá tiene el control de toda la costa occidental de Yemen.

Además, las fuerzas del Gobierno de Saná han lanzado un asalto anfibio contra el estratégico archipiélago de Jabal Zuqar y las islas Hanish mayor y menor, situadas en el corredor marítimo del sur del mar Rojo. También han tomado la isla de Perim, en medio del estrecho de Bab al-Mandeb y a tan sólo 20 kilómetros de Yibuti.


La posibilidad de un bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, sumado al de Ormuz, complicaría gravemente la situación del comercio mundial.

En conjunto, Ansar Alá tiene ahora un control mucho más directo sobre el estrecho, pudiendo amenazar a los buques con artillería y armas de corto alcance.

Estrangular a Arabia Saudí

El fin de la tregua de facto –vigente desde 2022– se ha hecho evidente desde principios de agosto. Todo comenzó con una crisis a mediados de julio relacionada con los vuelos entre Saná y Teherán, que sirvió al Gobierno yemení del norte para exigir el fin del bloqueo saudí, tanto a sus puertos como aeropuertos. La nueva política de bloqueo por bloqueo busca cambiar la ecuación, obligando a Riad a reconocer su legitimidad como gobierno soberano sobre Yemen.


La posibilidad de un bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, sumado al de Ormuz, complicaría gravemente la situación del comercio mundial.

El proyecto de Ansar Alá es, ante todo, un proyecto soberanista que busca independizar a Yemen de la interferencia de las potencias externas en sus asuntos internos.


El proyecto de Ansar Alá es, ante todo, un proyecto soberanista.

En contra de lo que suele pensarse, Ansar Alá como movimiento social y político no es una guerrilla de desarrapados, sino que gobierna desde la capital sobre un tercio del territorio y el 70-80% de la población del país con un conjunto de complejas instituciones, heredadas muchas de ellas del viejo Estado yemení.

Un ejemplo de esto es que, cuando Yemen se desgarró en la guerra civil en 2014, la vasta mayoría del ejército profesional desertó al bando de Saleh y Ansar Alá, y se llevaron consigo todos sus sistemas de armas modernas.

Al inicio de la guerra, de un total de 88 unidades de tamaño de brigada que formaban el Ejército yemení, 46 brigadas al completo se alinearon con el bando de los hutíes, mientras que solo 5 unidades lo hicieron con Hadi, el entonces presidente de Yemen “reconocido internacionalmente”. Cuando los hutíes rompieron su alianza con el expresidente Saleh en 2017, consiguieron mantener el control y mando de las fuerzas armadas yemeníes.

En el ámbito interno, las exigencias de los hutíes a Arabia Saudí se han mantenido constantes. Quieren que sus adversarios permitan vuelos internacionales ininterrumpidos desde y hacia el aeropuerto de Saná; que paguen los salarios del sector público en las zonas que controlan –en un primer momento con fondos de Riad y, posteriormente, con los ingresos procedentes de las ventas de petróleo yemení–; que compartan con ellos los ingresos públicos; y que levanten las restricciones sobre el puerto de Hodeida.

Cada una de estas peticiones tiene también una importante función política hacia el exterior. Ansar Alá quiere aprovechar su control de Saná y de gran parte del norte de Yemen para lograr el reconocimiento de su soberanía, incluso sobre las conexiones aéreas, el comercio y las relaciones exteriores.

La disputa sobre los vuelos entre Saná y Teherán es ilustrativa: lo que está en juego no es solo si la ayuda humanitaria puede llegar a la capital, sino también si los hutíes pueden establecer vínculos con el mundo exterior sin la aprobación del Gobierno reconocido internacionalmente. Es decir, Yemen busca convertirse en un actor regional de peso.

La alianza de Ansar Alá con Irán responde a esos intereses. En contra de lo que suele decirse, no son una fuerza proxy de la Guardia Revolucionaria Islámica, a pesar de que compartan una cierta afinidad ideológica y alianza en el Eje de la Resistencia.


Desfile militar de los hutíes yemeníes.

De hecho, desde Teherán siempre han tendido a considerar que Saná actúa demasiadas veces por cuenta propia y están dispuestos a tomar riesgos muy elevados.

El alto al fuego de 2022 en Yemen permitió a Irán firmar la normalización diplomática con Arabia Saudí en 2023, obligando a Ansar Alá a ser cauto en sus relaciones con Riad. Sin embargo, con la agresión de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica en 2026 se ha abierto una nueva etapa en las relaciones, pues en Teherán ven la presión yemení sobre el mar Rojo como una ventaja decisiva.

Este segundo frente permite a Irán imponer un bloqueo casi total al golfo Pérsico. Los ataques de Ansar Alá ya han dañado considerablemente la infraestructura petrolera saudí, desde refinerías a puertos, incluso han golpeado el oleoducto saudí Este-Oeste que era decisivo como alternativa al estrecho de Ormuz. Esto se esta traduciendo en un repunte en los precios del petróleo, disparándose el crudo Brent a los 107 dólares el barril.

Irán espera de esta forma imponer una nueva realidad para obligar a los Estados del golfo Pérsico a aceptar un cambio en la arquitectura regional, en el cual su seguridad esté precondicionada por su integración en la región. La capacidad de Estados Unidos de proteger las rutas marítimas y a sus aliados se pone cada vez más en cuestión, al tiempo que exacerba la crisis imponiendo mayor presión para que Washington vuelva al MoU firmado con Irán en julio.

Arabia Saudí se encuentra en la situación más complicada. No puede ignorar los ataques contra su territorio, del mismo modo que no puede quedarse de brazos cruzados mientras los hutíes restringen el tráfico marítimo en Bab al-Mandeb.


Mapa de la guerra civil de Yemen. En rojo el territorio controlado por el Gobierno de Adén; en verde el territorio controlado por el Gobierno de Saná; y en azul el territorio tomado por Ansar Alá en la ofensiva de septiembre de 2026.

Al mismo tiempo, Riad tiene poco interés en volver a la intervención de duración indefinida que caracterizó la guerra entre 2015 y 2022. De hecho, desde la tregua de facto de 2022, la política saudí se ha basado en reducir las amenazas procedentes de Yemen, al tiempo que se crean las condiciones para una solución política que no requiera una implicación militar duradera. La actual escalada hutí pone en tela de juicio ese enfoque.

Riad ha ido ampliando su red de alianzas en materia de seguridad para crear un elemento disuasorio más creíble frente a las amenazas que plantean los hutíes, Irán y los grupos alineados con la República Islámica en Irak.

Lideró la creación de la Alianza Multinacional de Defensa Marítima, anunciada el 30 de julio, que reunió a más de 40 países, entre ellos Estados Unidos, en un “marco defensivo” diseñado para “salvaguardar los intereses marítimos comunes en el estrecho de Bab al-Mandeb, el mar Rojo y el golfo de Adén”. El 7 de agosto, Arabia Saudí también firmó el Acuerdo de Defensa Conjunta de la Meca, un pacto de defensa mutua, con Pakistán y Turquía.

Además, el Gobierno de Adén aseguraba que los hutíes eran más vulnerables a nivel interno que en el pasado, debido al empeoramiento de “las dificultades económicas en las zonas bajo su control” y al “creciente resentimiento hacia sus medidas de seguridad coercitivas”.

Por estas razones, las fuerzas respaldadas por los saudíes no estaban dispuestas a volver a las negociaciones. La posición de Riad era aumentar los costes de una escalada en su contra, más que preparándose para una campaña militar de mayor envergadura. Pero Arabia Saudí se ha enfrentado a una realidad muy distinta.

Sus alianzas y contactos con Irán le han servido de poco. El nuevo Acuerdo de la Meca no ha servido de disuasión, pues ni Turquía ni Pakistán están dispuestos a verse envueltos en el atolladero yemení y se niegan a extender ayuda por temor a una escalada con Irán. El Gobierno de Adén, completamente dependiente de las órdenes de Riad, es incapaz de desplegar una fuerza competente y está dividido en sus lealtades y por la corrupción de sus líderes.

El ejército saudí tampoco tiene capacidad para cambiar las tornas y ha demostrado no estar preparado para la guerra de drones, sufriendo numerosas bajas por la exposición de sus fuerzas.

Por más que cuente con equipo militar puntero, cazas F-16 e instrucción del ejército estadounidense, las fuerzas armadas saudíes están diseñadas para tener la menor centralización de mando y autonomía posible, pues el mayor temor de los príncipes saudíes es un levantamiento republicano de los militares. Sus unidades están fragmentadas y se fomentan las rivalidades entre los distintos servicios, mientras los reclutas carecen de cualquier motivación para librar una guerra.

La cuestión sureña

La ofensiva de Asar Alá no tiene la intención de alcanzar una victoria militar en la guerra civil, al menos en este momento. El control sobre el mar Rojo permite al Gobierno de Saná ejercer suficiente presión sobre Arabia Saudí, debilitando al mismo tiempo al Gobierno reconocido internacionalmente.

El problema que enfrenta Ansar Alá en estos momentos es político: los obstáculos están en la salida de las fuerzas extranjeras –saudíes– y en alcanzar una reconciliación política que haga viable al Estado yemení.

La toma de Adén por la fuerza haría al sur rememorar la conquista de la ciudad por los nordistas en 1994 y la unificación forzada, abriendo viejas heridas. En Saná no quieren ser vistos como unos nuevos conquistadores; esperan poder favorecer una reconciliación pacífica con el sur que permita resolver, en la mesa de negociación, la cuestión nacional pendiente. En Ansar Alá no se oponen a una opción federal.

Una ventajas con las que cuenta en este momento el Gobierno de Saná es la división interna en Adén. El desmantelamiento del Consejo de Transición del Sur (STC) y la salida de Emiratos Árabes Unidos han dejado a los nacionalistas sureños huérfanos y forzados a integrarse bajo el Gobierno dominado por Arabia Saudí.

Estas tensiones han podido verse en la reciente ofensiva. Las fuerzas yemeníes respaldadas por los saudíes huyeron de la costa occidental y no han podido entrar a Adén debido al bloqueo de las fuerzas sureñas, que se han burlado de su “cobardía”.

Desde que Riad forzó la salida de Abu Dabi de Yemen, el proceso de reorganización de las fuerzas del STC bajo el mandato del Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) ha sufrido múltiples obstáculos.


Riad forzó la salida de Abu Dabi de Yemen.

Los saudíes crearon el Comité Militar Supremo por parte de Rashad al-Alimi, presidente del PLC, cuyo objetivo es reorganizar, equipar y unificar el mando de todas las fuerzas militares en los territorios controlados por el Gobierno de Adén.

Esto es relevante para el sector de la seguridad, puesto que muchas de las fuerzas que antes contaban con el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos –y que ahora están integrando los saudíes– han estado históricamente dirigidas por comandantes con aspiraciones secesionistas o, como mínimo, autonomistas.


El Consejo de Transición del Sur, respaldado por Emiratos Árabes Unidos, amplía su control sobre el este y el centro de Yemen en detrimento de las fuerzas apoyadas por Arabia Saudí.

Riad ha estado reconstruyendo su influencia y aprovechando su renovado estatus hegemónico y su poder económico en las regiones del sur.

Este proceso de integración se ve amenazado por la sostenibilidad económica y política del país. El PLC tiene dificultades para pagar puntualmente los sueldos de los funcionarios públicos, incluidos los del ejército y la policía, y para prestar servicios básicos a los ciudadanos. Los Emiratos Árabes Unidos lograron forjar sólidas alianzas con los grupos armados y los combatientes del sur, en parte gracias a unos sueldos regulares y competitivos en comparación con los del ejército.

Arabia Saudí se ha centrado en la cuestión salarial para impulsar la cooptación y la credibilidad. En enero, Al-Alimi anunció que Riad “ha completado el pago de los salarios de todas las formaciones militares que antes financiaba Abu Dabi”.

Para 2026, Arabia Saudí ha presupuestado casi 3.000 millones de dólares estadounidenses para cubrir los salarios del sector público en Yemen, incluidos los que antes pagaban los Emiratos Árabes Unidos al personal afiliado al STC.

Para Arabia Saudí, la situación política del sur es aún más delicada que la financiera. Cuando el STC se vio obligado a retirarse, Riad anunció la creación de una conferencia denominada Diálogo del Sur para reunir a “todas las facciones del sur con el fin de debatir soluciones justas para la causa del sur”, reconociendo así las aspiraciones locales en materia de autodeterminación y gobernanza. Sin embargo, la prometida conferencia aún no se ha podido organizar.

El acercamiento de Ansar Alá a Adén no es tan importante por la amenaza militar que representa, sino por el cambio político que supone. Saná demuestra que es un socio viable en la gobernanza de Yemen, que Arabia Saudí no tiene capacidad de frenar su avance y que la sostenibilidad del PLC respaldado por Riad queda en entredicho, pudiendo provocar el descalabro final con un cambio de bando por parte de las fuerzas sureñas que abran a Ansar Alá las puertas de Adén.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Irak negocia desarmar a las milicias chiíes

      Politólogo | Imperialismo, geopolítica y elecciones. Periodista en Descifrando la Guerra.



El Gobierno de Irak, liderado por Ali al-Zaidi (en la imagen), afronta el desafío de desarmar a las milicias chiíes en plena rivalidad entre Estados Unidos e Irán.

Irak, que ha quedado en el fuego cruzado de la guerra lanzada por Estados Unidos contra Irán, mantiene una relación muy estrecha con ambos países.


Irak se ha convertido, durante la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, en un escenario más del conflicto regional.

Pero las presiones ejercidas por Washington sobre la débil economía iraquí –muy dependiente del petróleo y duramente afectada por el bloqueo de Ormuz– han llevado a Bagdad a ceder, pues la Casa Blanca mantiene un importante control sobre sus finanzas desde la invasión de 2003.

Entre otras palancas de poder de Estados Unidos, las cuentas en las que se depositan los ingresos del petróleo iraquí se encuentran en la Reserva Federal estadounidense, y el Gobierno depende de los envíos periódicos de dólares.


Las elecciones en Irak han generado un escenario complejo en el equilibrio de Bagdad entre la influencia de Estados Unidos e Irán.

Para recuperar esta transfusión vital, el nuevo primer ministro de Irak, Ali al-Zaidi, se ha comprometido a desarmar a las milicias chiíes –muchas de ellas aliadas de Irán–, convirtiendo esta cuestión en la prioridad de su mandato.

El ultimátum de Zaidi

Con esta intención, al-Zaidi lanzó en junio un ultimátum: para el 30 de septiembre, el monopolio de la violencia debía volver a estar en manos del Estado. Todas las milicias independientes –principalmente las agrupadas en torno a la Resistencia Islámica en Irak– y paragubernamentales –como las Fuerzas de Movilización Popular (PMF)– debían entregar las armas a los cuerpos de seguridad.

Adelantándose a este proceso, en mayo el clérigo chií Muqtada al-Sadr ya había anunciado la separación entre su movimiento político y su brazo armado, Saraya Salam, poniendo a sus miembros bajo la autoridad del Estado. A este le siguieron las milicias Asaib Ahl al-Haq y las Brigadas del Imán Ali.

Sin embargo, al-Sadr no cuenta con el apoyo de Irán y opera de forma independiente, mientras que las otras dos milicias pertenecen a las PMF, pero no a la Resistencia Islámica en Irak, organización paraguas que agrupa a facciones de línea dura alineadas con Teherán y contrarias al desarme.

Los ataques contra Arabia Saudí desde Irak, coincidiendo con la escalada en Yemen, han aumentado todavía más la tensión. Como respuesta, los bombardeos aéreos de Estados Unidos y Arabia Saudí contra las PMF a finales de julio han dejado al primer ministro iraquí en una posición políticamente difícil.


Estados Unidos y Arabia Saudita atacan a milicias iraquíes respaldadas por Irán.

Las PMF movilizaron un boicot contra los productos saudíes y obligaron a al-Zaidi a cancelar su visita a Riad. Posteriormente, el primer ministro se reunió con los líderes de las PMF y ordenó indemnizar a las familias de las víctimas.

A pesar de estos gestos, al-Zaidi ha continuado con su hoja de ruta, aunque sometido a presiones de unos y otros. Durante la visita del jefe de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí a Bagdad, el 7 de agosto, el primer ministro reiteró la oposición del Gobierno a que los grupos armados lanzaran ataques desde territorio iraquí.

Tres días después, el comandante de la Fuerza Quds de Irán, Esmail Qaani, llegó a Bagdad y, según se informa, expresó su oposición al desarme de las milicias chiíes y advirtió contra una confrontación militar entre las fuerzas gubernamentales de Irak y estos grupos.

El 11 de agosto, al-Zaidi solicitó al Parlamento que colaborara en la redacción de una ley que sometiera todas las armas al control del Estado, calificando los arsenales fuera de su alcance como “el mayor peligro para el Estado”.


Los consensos políticos en Irak se transforman tras las elecciones de 2025 bajo la atenta mirada de Estados Unidos e Irán.

Sin embargo, los diputados alineados con Kata’ib Hezbolá, que sostienen su Gobierno y cuentan con una milicia propia, se opusieron e instaron a buscar una solución política.

El 21 de agosto, al-Zaidi afirmó que “no tenía intención” de buscar un enfrentamiento militar, alegando que “existe un diálogo constructivo”.

Mohammad Bagher Ghalibaf, el influyente presidente del Parlamento iraní, visitó Irak entre el 19 y el 21 de agosto, cuando, según se reporta, planteó opciones que incluían “congelar” las armas de las milicias o transferirlas a la República Islámica.

Finalmente, a finales del mes, el asesor de seguridad de al-Zaidi, Qasim al-Araji, pareció dar marcha atrás respecto al plazo del 30 de septiembre, al afirmar que esa fecha marcaba la retirada de las fuerzas estadounidenses y que el desarme de las milicias comenzaría posteriormente. No obstante, esta cuestión seguirá marcando las dinámicas internas del país durante los próximos meses y años.


Fuente: Descifrando la Guerra