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lunes, 12 de mayo de 2025

PreZero proyecta una planta de biogás que procesará residuos animales junto a la Rambla Salada – Cañada Hermosa en Murcia

 

 Por Rosa Roda  
      Periodista murciana.


La planta procesará 67.000 toneladas anuales de purines, lodos, subproductos animales y residuos industriales. El agua residual tratada se verterá directamente en la Rambla Salada, un cauce natural sensible


En una explanada entre la Rambla Salada y la autovía RM-15, en el norte del término municipal de Murcia, la empresa PreZero proyecta una instalación industrial de gran envergadura. Su nombre, CH4 Green Gas, alude al metano que se extraerá del tratamiento de residuos orgánicos mediante digestión anaerobia.



La planta se proyecta en la parcela catastral 36 del polígono 81, ubicada en la zona de Venta Mendoza, en el norte del municipio de Murcia. Esta ubicación se sitúa a 7,5 km de Alcantarilla y de la pedanía murciana de Javalí Nuevo. Al tratarse de una actividad de alta incidencia ambiental, debe situarse según el PGOU con una separación mínima de 2.000 metros.



En las inmediaciones de la parcela existen viviendas dispersas y explotaciones agrícolas, algunas de las cuales se encuentran a menos de 1 kilómetro de la ubicación prevista para la planta. Esta proximidad podría generar inquietudes entre los residentes locales debido a posibles impactos relacionados con olores, tráfico de camiones y emisiones.

La planta CH4 Green Gas se ubicará en una parcela rústica de uso principal agrario, clasificada urbanísticamente como suelo urbanizable no sectorizado. La parcela tiene una superficie de 68.112 m2.

Para poder implantar la actividad en esta localización, PreZero ha iniciado el trámite de autorización excepcional por interés público, en virtud de la Ley 13/2015 de Ordenación Territorial y Urbanística de la Región de Murcia, ya que el suelo urbanizable sin sectorizar no permite automáticamente el uso industrial sin esta figura legal.

Además, la parcela se encuentra cerca de la Rambla Salada, un cauce natural que ha sido objeto de preocupación en el pasado por episodios de contaminación. La descarga de aguas tratadas en este cauce, aunque cumpla con la normativa vigente, podría ser motivo de debate y rechazo.


67.000 toneladas anuales de residuos

La planta se presenta como un complejo multifuncional: producción de biometano, gestión de residuos orgánicos, centro de transferencia de residuos peligrosos y valorización de materiales industriales. En conjunto, una capacidad superior a las 67.000 toneladas anuales de residuos. La cifra, por sí sola, ya da pistas de su impacto.

Desde la empresa aseguran que la instalación está pensada con criterios de eficiencia energética y sostenibilidad. Incluirá placas solares, sistema propio de depuración de aguas y procesos de separación sólido-líquido para aplicar únicamente los restos estabilizados a campos agrícolas. Pero ese tipo de afirmaciones técnicas no suelen calmar a los vecinos cuando la palabra “purines” aparece en el proyecto.

Entre los residuos previstos que tratará la plata están estiércoles, purines, lodos industriales, restos de pescado, frutas, residuos SANDACH (subproductos Animales No Destinados al Consumo Humano), aceites usados, medicamentos caducados, pinturas, disolventes, aparatos eléctricos y una larga lista de subproductos industriales. Muchos de ellos con potencial para emitir olores, atraer vectores o implicar riesgos si no se gestionan con precisión.

Que vaya a tratar residuos SANDACH obliga legalmente a la planta a incorporar una unidad de pasteurización o higienización.


Ruido, olores y residuos: los efectos colaterales de la planta CH4 Green Gas

Aunque la documentación presentada por PreZero defiende que el proyecto se ha diseñado con criterios de eficiencia ambiental, los informes técnicos advierten de una serie de impactos inevitables que afectan al aire, el agua, el suelo, el paisaje y, por extensión, a la calidad de vida en su entorno.

Uno de los vectores más sensibles es el aire. La actividad prevista en la planta —recepción, manipulación y tratamiento de purines, estiércoles, residuos alimentarios, lodos y subproductos animales— conlleva emisiones atmosféricas tanto difusas como canalizadas. Aunque se instalarán biofiltros, la empresa reconoce que podrían producirse escapes de olores, sobre todo durante las fases de carga y descarga de residuos orgánicos. También se instalará una antorcha para la quema de biogás excedente o de mala calidad, lo que implica emisión directa de gases a la atmósfera.

En cuanto al ruido, el movimiento constante de camiones, las operaciones de descarga y la maquinaria de trituración, mezcla y compactación generarán un entorno acústico industrial. Algunos de los equipos que se utilizarán —según reconoce la propia documentación— pueden alcanzar hasta 140 decibelios, niveles equivalentes al despegue de un avión. El estudio acústico definitivo queda pendiente de elaboración.

El impacto sobre el suelo y las aguas es otro de los frentes críticos. La planta tratará residuos líquidos, y el agua residual resultante será vertida a la Rambla Salada tras su paso por una depuradora interna. Se estima que tratará 33.094 m3 anuales. Aunque el sistema de depuración propuesto cumple con la normativa vigente, el riesgo de filtraciones, vertidos accidentales o fallos en el proceso existe, y su repercusión en un entorno agrario y próximo a acuíferos debe valorarse con detenimiento.

Según la documentación presentada por PreZero, las aguas que llegarán a la Rambla Salada serán el resultado de varios procesos: fracción líquida separada de residuos agrícolas, ganaderos e industriales, aguas de limpieza de naves, equipos y playas de descarga, aguas del lavadero y camiones y aguas pluviales.

El proyecto también transformará el paisaje. Donde ahora hay terreno agrícola o semiurbano, pasará a haber una instalación industrial visible desde la carretera, con naves, depósitos, silos y circulación continua de vehículos pesados. Se ha previsto un cinturón vegetal para atenuar el impacto visual, pero el cambio será notorio para quien vive o trabaja en el entorno inmediato.

El riesgo de explosión también está previsto, pero considerado bajo, con mecanismos de contención como antorchas, sistemas de ventilación y ausencia de almacenamiento prolongado de biogás. No obstante, se reconoce que cualquier parada no controlada del sistema puede generar situaciones en las que el biogás debe ser eliminado de forma segura.

Por último, aunque no es un impacto “natural” en sentido estricto, los redactores del estudio reconocen un factor que muchas veces se pasa por alto: el rechazo social. Las plantas que tratan residuos ganaderos o industriales no suelen contar con apoyo ciudadano cuando se instalan cerca de viviendas o campos de cultivo, por la imagen negativa que proyectan y por los riesgos -reales o percibidos- que asocian los vecinos a estas instalaciones.

El proyecto aún no está aprobado. La Dirección General de Medio Ambiente ha solicitado a la empresa una subsanación de varios aspectos técnicos y todavía debe decidir si se tramita como evaluación ambiental simplificada —como solicita PreZero— o como evaluación ordinaria, que implicaría un estudio de impacto más detallado y un periodo de alegaciones más abierto. Mientras la tramitación avanza, la planta de CH4 Green Gas permanece sobre plano.


Sobre PreZero

PreZero, en colaboración con Hera, gestiona los residuos domésticos de 35 municipios de la Región de Murcia. Esta labor incluye el transporte, separación y tratamiento de los residuos, con el objetivo de reciclarlos y darles un nuevo uso. El contrato, por importe de 67,7 millones de euros, tiene una duración de dos años, prorrogable por uno más y se lo adjudicó el Consorcio de Residuos de la Región de Murcia.


Fuente: RRNEWS

jueves, 27 de marzo de 2025

Contra las plantas de biogás: advertencia al vecinismo ingenuo

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


He de reconocer la redacción elegante, moderada y ajustada del comunicado de la Coordinadora de Plataformas Stop Biogás de la Región de Murcia, así como el esfuerzo de sus representantes, cumplido en tiempo récord, por juntarse y ponerse de acuerdo sobre ese texto Y como supongo también la sintonía sobre el método, al menos general, del combate al que se lanzan, me apremia el deber de hacer algún comentario al respecto, que me brota de la experiencia y que quiero orientar para el mejor y más redondo éxito de la campaña.




En primer lugar, me he preguntado si la calificación de las plataformas como “apartidistas” pretende algo más que negarle la dirección de su actividad a los partidos políticos y sus líderes, lo que aparte de ser prudente, es la costumbre. Porque si apartidistas quiere decir apolíticas, que espero que no, me vería obligado a dudar de la idea que tengan de la política sus redactores.

A estas alturas me parecería banal decir que las plataformas vecinales están en primera línea de la política, tanto por el carácter de sus luchas como por sus objetivos (si estos son “completos y acertados”, claro), pero el repetido interés “apartidista” que veo en comunicados o manifiestos de parecida índole me alarman porque lo que muestran es en realidad una extraña, además de inoportuna, ignorancia hacia lo que es -y debe ser- la política. Este asunto, el de las plantas de biogás, exige una intensa politización de fines y métodos, y quien quiera ignorarlo -o boicotear las medidas y actitudes profundamente políticas que exige- están contraviniendo lo mejor de la tradición reivindicativa del movimiento vecinal (y también, por supuesto, del ecologista), poniendo en serio riesgo los resultados de la ofensiva.




Muestro, pues, mi preocupación de que, en una región de voto mayoritario conservador, esta “advertencia” apartidista/apolítica resulte un éxito de líderes derechistas, o al menos de vecinos que se alinean con el bloque PP-Vox. Porque es verdad que las ideas quiebran -si bien temporalmente- cuando se siente una amenaza directa que hay que conjurar enfrentándose a unos dirigentes políticos de la misma cuerda ideológica, pero la protesta, la reivindicación y la crítica fundamental al poder y sus decisiones, o alianzas, con proyectos detestables es de izquierdas y solo de izquierdas (por supuesto que hay muchos ciudadanos que, pese a ser de izquierdas de corazón y estómago, lo ignoran en su pensamiento y mente, y que al reconocer esto en muchos casos experimentan una -absurda- repulsa hacia su educación, su familia y su propia historia personal). Que las luchas vecinales siempre han sido escuela y expresión de política de calidad, o sea, de la intervención ciudadana, directa y expresa, en la cosa pública, imponiéndose legítima e incuestionablemente al poder instalado.

Llamo la atención, en segundo lugar, sobre la inclusión entre los fines de estas plataformas de “promover alternativas sostenibles” y “colaborar con las administraciones”, como indudables muestras de ingenuidad e inexperiencia que pueden llevar -si se tomaran en serio- a la más limpia ineficacia. Lo de “proponer alternativas” es el típico reflejo naif de estas plataformas que esperan, con ese rasgo de “buena voluntad”, obtener respuestas favorables desde el poder político y las administraciones, lo que carece de fundamento. Y por lo que respecta a “colaborar con las administraciones públicas”, esto es ignorar que es muy raro que tales administraciones vayan a pedir colaboración a los vecinos para nada, tan sobrados se sienten, políticos y funcionarios, de sus derechos y capacidades; como no sea, claro, con la perversa intención de hacer partícipes a los ciudadanos de alguna tropelía hacia la que se dirigen y a la que no quieren renunciar, buscando extender una responsabilidad que solo a ellas correspondería. Estas son actitudes que quieren eludir la radicalidad, creyendo que esto favorece los objetivos de una lucha que no debe ocultar su dureza.


Manifestantes de Stop Biogás Mar Menor contra la planta de biogás en El Mirador (San Javier) el pasado 29 de diciembre.

Continúo con esta revisión redaccional de la comunicación de las Plataformas -que nadie debiera tomar como hostil, sino como aportación en pos de la eficacia- poniendo de manifiesto lo que considero como tres errores adicionales. El primero es oponerse a estas plantas “hasta que no se desarrolle una adecuada normativa”, porque eso es mucho confiar en que una normativa futura vaya a ser favorable y pueda convertir en innecesaria la movilización; es, también, renunciar a los principios profundos de esta guerra, que no puede anular la legislación. El segundo es que se anuncia esa oposición a las plantas “que puedan perjudicar la salud, el futuro y el desarrollo de las localidades” afectadas, mostrando un punto flaco evidente, y sobre todo peligroso: cuando la Declaración de Impacto Ambiental diga de alguna de estas plantas que no influye negativamente ni perjudica a la salud, el futuro o el desarrollo, ¿van a “desarmarse” estos vecinos en lucha y sentirse tranquilizados por esa decisión administrativa? Y el tercero es lo de “oponerse a la construcción de megaplantas” de biogás y biometano, que deja en el aire la definición del umbral entre planta y megaplanta, o entre esta y “miniplanta”, resultando esta precisión más peligrosa que absurda.


Distribución inicial de los proyectos y plantas de biogás en la Región de Murcia. (Sin actualizar. No figura la de Mula, p.ej.).


Con respecto a esta cuestión del tamaño habría que subrayar que, si se consideran aceptables las “miniplantas”, estas deberán recaer cobre las propias granjas porcinas -principal fuente de materia prima para la obtención de gas- ya que estas instalaciones deberían ser limpias y presentar un balance ambiental de impacto cero. Esto implica además el importante resultado de que el negocio del porcino se encarecerá notablemente, lo que frenará el “impulso natural” de los empresarios codiciosos, estos que viven su agosto desde hace años, al tiempo que hacen de su capa un sayo.

Lo que nos lleva -y supongo que es lo que subyace en el origen y la discusión de estas plataformas- a la crítica a fondo del modelo agrario, que es de lo que se trata si es que de verdad se quiere, en serio, encarar el problema. Porque el sarampión de plantas de biogás en la región persigue convertir en negocio atractivo para la industria lo que es un coste directo de producción ganadera intensiva, que debe ser resuelto y absorbido en cada unidad productora de purines (o de otros residuos aptos para la digestión anaerobia). Es un nuevo negocio, típico de este tiempo de ladina conversión en actividad crematística del acelerado problema ambiental del planeta, y aparece como consecuencia directa de la proliferación, sin medida, orden o control, de las granjas porcinas. Sin el necesario ejercicio, serio y profundo, de crítica radical a este modelo agrario que envilece la región entera, las movilizaciones no dejarán de ser algaradas de vecinos tocados en sus intereses personales o familiares lo que, siendo legítimo, resulta pobre y excluye la pedagogía y el avance en la cultura ciudadana y la sensibilidad ecológica, que es misión necesaria e irrenunciable de este movimiento.


Esquema del funcionamiento de una planta de biogás.

Y de este enfoque, el correcto, hostil a la multiplicación de focos de marranería y molestias, llegamos a la muy importante cuestión, que el comunicado al que me vengo refiriendo plantea, que viene de la alusión textual, como objeto de oposición, a las “plantas cercanas a las poblaciones”. Lo que parece ignorar que, a la hora de la verdad, el problema al que hay que atacar es ambiental, lo que siempre significa “global”, y que afecta tanto a las personas y poblaciones como a la naturaleza en sí y en su omnipresencia. Restringir el interés y la restricción a la proximidad a los humanos es un gesto antropocéntrico, equivocado y hasta demodé. No: la actitud correcta, social, política y ética, es oponerse a todas las plantas allá donde se proyecten, sea el medio urbano, sea el rural.

Y como señalamiento final, que quede claro que en esta guerra, como en tantas otras de rechazo a industrias nocivas surgidas por sorpresa y sin justificación de fondo, el objetivo básico y prioritario a atacar son los alcaldes respectivos, como responsables directos e inexcusables del bienestar de sus conciudadanos. Se comprueba una y otra vez que los alcaldes, ante un problema como el que nos ocupa, responden de forma extraordinariamente uniforme: primero, se muestran encantados con el proyecto, que suelen hacer suyo para apropiarse el mérito de los “grandes beneficios” que van a aportar al pueblo; luego, cuando despuntan las primeras críticas, les falta tiempo para decir que carecen de competencias, y que las protestas se han de dirigir a las administraciones regional o estatal; y cuando se ven realmente comprometidos y sin escapatoria administrativa (y no digamos ética), se avienen a las concesiones, a rastras y con cuentagotas, tratando siempre de ganar tiempo esperando que los vecinos se contenten, se aburran o pierdan fuelle; con el fin último, que no abandonan, de que el proyecto avance, se abra paso y llegue al estado de hecho consumado (y quedar bien con las empresas que los engatusan y pervierten, a lo que se suelen dejar, como mecanismo personal y político instintivo, casi siempre a la primera).

De ahí que no haya que tener consideración alguna hacia esos alcaldes que se resisten a escuchar a los vecinos considerándolos menores de edad; o afirmándose a sí mismos en el carácter democrático-electoral que les ha subido en el burro sin interesarse por entender que su legitimidad democrática trasciende al día electoral de cada cuatro años, y que han de demostrarla, y ganársela, día a día, estando a las duras y las maduras. Mirando hacia atrás (lo que siempre ilustra), es de observar que, en contraste con los de ahora, aquellos alcaldes de otro tiempo, no elegidos sino nombrados por los gobernadores civiles, carecían de legitimidad democrática (como el régimen entero, vaya), pero eran muy sensibles al tumulto y la agitación (como el régimen entero, por cierto), y claudicaban ante los vecinos sin llevar su resistencia al extremo y expresando frecuentemente adhesión y solidaridad, una vez vencidos los primeros escrúpulos y miedos políticos (estoy recordando la lucha antinuclear y sus numerosos ejemplos en toda España).

Y deberá ponerse el énfasis en el debate libre y público, y arrancar de los alcaldes que lo aprueben y lo convoquen, estando presentes a ser posible; lo que debe ir seguido de una consulta al pueblo. Todo ello, como digno y oportuno ejercicio de democracia directa, y a esto no se pueden negar los alcaldes, salvo que no les importe incurrir en felonía: se trata de que el Pleno municipal diga no. Así que en el caso de las plantas de biogás los objetivos a batir han de ser en primer lugar los alcaldes y las corporaciones municipales, presionando e introduciendo la división entre sus grupos y miembros; en segundo lugar, las Consejerías de Industria y Agricultura, así como las de Sanidad y Medio Ambiente; sin olvidar nunca a la CHS, ya que si no hay concesión de aguas no puede haber planta, salvo que sus promotores se decidan por la clandestinidad y la ilegalidad flagrante (y a esto, los vecinos han de estar muy atentos, ya que la CHS difícilmente va a ir en contra de las empresas, acostumbrada como está a mirar hacia otro lado).

Y, atención: no se deberá caer, en ningún caso, en creer y esperar el respaldo de la ley, es decir, en confiar en los recursos administrativos tras las aprobaciones oficiales pertinentes. Este es el defecto en el que incurren, por ejemplo, la organización Ecologistas en Acción, convertida en incomprensible agencia expendedora de alegaciones y denuncias e instalada en un cómodo “ciberecologismo” que abandona el tajo y la trinchera. Esta lucha, como tantas otras, debe estructurarse en torno a un no tajante y vigoroso, fundado e innegociable; es decir, en un rechazo que contenga cuanto de profundo e intensamente social posee la razón cívica y ecológica cuando se expresa al modo radical. Todo lo cual queda muy lejos de alinearse con ese eslogan desgraciado del “Biogás sí, pero no así”, en mala hora copiado del esgrimido en el -tardío, culpable- enfrentamiento con las energías renovables por parte de grupos y plataformas ciudadanas o ecologistas, que no han entendido nada de lo que son y pretenden resolver esas energías, ni de dónde vienen ni por qué han sido promovidas de pronto y masivamente.

Que hay que aprender -y actuar en consecuencia- de las luchas del pasado y de los errores del presente.



sábado, 15 de marzo de 2025

Biometano: ¿gas renovable o nuevo error?

 

      Integrante de Ecologistas en Acción de la Manchuela (Cuenca y Albacete).


Es sorprendente cómo hemos llegado a abrazar la idea de que todo es posible y que no existe ningún problema, que la tecnología no pueda resolver sin efectos secundarios. Que lo normal es que la naturaleza está puesta ahí por Dios para proveer todas nuestras demandas. Y sí, siempre sin efectos secundarios”


     Como sucede desde hace tiempo, venimos asistiendo a un goteo puntual en que los diferentes medios dan publicidad a nuevos proyectos de biometano por toda la geografía mediante artículos que tienen mucho de publirreportaje y poco de investigación. Llevados por el discurso dominante, que está en manos del que mayor poder económico ostenta, se hacen eco de reducciones de emisión estratosféricas según las cifras proporcionadas por las empresas, de inversiones mil millonarias, que por lo que sea resultan terriblemente atractivas para los lectores dando cuenta de nuestra fascinación por las cifras grandes, sobre todo de dinero.


Planta de biometano.

Siguen hablando de economía circular, de aportaciones de miles de toneladas de digestato que resultan ser maravillosos fertilizantes que van a resolver el problema de empobrecimiento de nuestros suelos fruto de la ruptura del balance N/P, de destrucción de la microdiversidad de hongos y bacterias, del envenenamiento con fitotóxicos y con plásticos.

Y como siempre… La solución a esto tiene que pasar por ganar dinero , alguien tiene que ganar dinero. Revertir la situación de nuestros suelos conlleva sin ninguna duda a un cambio de las prácticas agrícolas, que como el resto de actividades económicas se han visto abocadas a la reducción de costes y al aumento de la producción a cualquier precio. Son las reglas del sistema económico.


Protesta contra la planta de biogás en Fuentealbilla.



Pretender ahora que unas bacterias nos van a reparar todos los daños bioquímicos que hemos infligido e infligimos a nuestro suelo en nuestra manera de producir comida, suena más a quimera que a realidad. La formación del suelo es un proceso largo y complejo, que se mide en escala geológica


La economía es un sistema complejo, pero que funciona con una serie de reglas fijas. Se asemeja bastante a un modelo computacional llamado “autómata celular” que consiste en un modelo matemático para un sistema dinámico que evoluciona en pasos discretos. Es adecuado para modelar sistemas naturales que puedan ser descritos como una colección masiva de objetos simples que interactúen localmente unos con otros. En este caso de un autómata celular de clase uno que lleva a un estado homogéneo perdiendo la aleatoriedad del estado inicial. En definitiva, con unas reglas definidas se llega a un estado final. Lo que está sucediendo no es un accidente aleatorio, sino que tiene una causalidad bastante definida. Si aplicamos las mismas reglas para solucionar un problema que las reglas que lo han producido, el problema se acrecentará.

Esto venía a cuento de una de las soluciones que según las empresas, nos va a proporcionar el biogás, entre ellas la de los suelos. Pretender ahora que unas bacterias nos van a reparar todos los daños bioquímicos que hemos infligido e infligimos a nuestro suelo en nuestra manera de producir comida, suena más a quimera que a realidad. La formación del suelo es un proceso largo y complejo, que se mide en escala geológica. Tan solo un centímetro de la capa superficial del suelo puede tardar entre 100 y 1.000 años en producirse y es fruto de complejos procesos e interacciones entre minerales, microorganismos y hongos.

Por esto, su conservación es esencial para la seguridad alimentaria, el mantenimiento de los ecosistemas y un futuro sostenible. Según Elizabeth Solleiro Rebolledo, investigadora del Instituto de Geología (IGL) de la UNAM, aunque tarda cientos o miles de años en formarse –dependiendo de condiciones geoquímicas, climáticas y geográficas, entre otras— es un recurso frágil que puede destruirse en apenas una generación humana. El digestato proviene en su tramo final de la industria agroalimentaria que está en el origen de la destrucción del suelo. Con lo cual, más que verlo como una solución, deberíamos verlo como el origen del problema más profundo.


Macrogranja de Caparroso, en Navarra.

Las reglas de nuestro sistema económico están llevando a la concentración de la propiedad, la optimización de la producción a través de la degradación del suelo, al uso de cada vez más energía para el mantenimiento de la competitividad, a la concentración de las empresas del sector agro ganadero que van quedando reducidas a unos pocos actores, y a la expulsión de casi toda la población del medio rural. Nuestro sistema de producción de alimentos nos está llevando a la destrucción de la España interior . Pero según nos venden ahora, toda la población del éxodo volverá cuando se pongan plantas de biogás y aumente el número de granjas de porcino. “Fijación de población” lo llaman.

Las grandes compañías tras esta tecnología asocian inmediatamente sus proyectos, en una operación de marketing muy bien diseñada, aparte de a la citada solución magnífica a los suelos, a unas reducciones brutales de dióxido de carbono, por ejemplo MOEVE, la compañía que se avergüenza de ser una petrolera y por eso se cambió de nombre, habla de 30 nuevas plantas y… ¡Tachiiiiín! Habla de la reducción de 728.000 toneladas de CO₂ (anuales), la plantación de 48,5 millones de árboles (anuales).

Vayamos, pues, con la cuestión de los árboles, este número de árboles, a 200 individuos por hectárea nos daría 242.000 hectáreas. No proporciona el artículo datos de cuanta es la cantidad de CO₂ capturada por un árbol, de qué tipo de árbol se trata ni de qué vida media estima para el árbol, los lectores no merecen esta consideración, pero de sus cálculos, y si dividimos el CO₂ supuestamente no emitido por el número de árboles expresado, nos sale que cada árbol ha capturado 15 kilos de CO₂ al año. Hablamos de 2.420 Km², como una provincia del país vasco.




No sé a ustedes, pero yo preferiría ver esta extensión plantada en lugar de 2 Has de planta de biogás.

Pero… si hablamos de una reducción, tendremos que decir respecto a qué estoy reduciendo, ya que si no la reducción no nos dice absolutamente nada. Si yo reduzco mi huella de carbono en 20 kilos diarios sobre 200 kilos de emisiones normales, estoy reduciendo mis emisiones en un 10%. Si reduzco un kilo sobre dos de emisiones normales, estoy reduciendo en un 50%. Como lo que interesa no es la cifra, sino la relación con la cantidad de referencia. Por lo tanto, reducir 728.000 toneladas parece una cantidad ingente. Pero pongamos por caso que esta reducción se está produciendo sobre 7.280.000 de toneladas, resultaría que estoy reduciendo solo un 10 por ciento, realmente poco, pero eso es lo que está sucediendo de hecho.

El truco de prestidigitación consiste en darnos solo la cantidad reducida pero ocultándonos sobre qué cantidad de emisiones. ¿Y cómo se hace eso?

Claro, todos sabemos que esta cantidad de emisiones se refiere exclusivamente a las que nos ahorramos si en lugar de consumir gas natural fósil consumimos biometano y si consideramos que dicho biometano tiene huella cero o negativa.

Pero la pregunta que siempre lanzo: ¿Qué pasaría si la producción de ese biometano no tuviera huella cero o negativa? Pues que tendríamos que hablar del porcentaje de reducciones respecto a todo el ciclo del gas supuestamente “renovable”, que abarca desde el comienzo de cada una de las actividades que genera el variopinto surtido de residuos de la planta. No lo olvidemos, la energía solar y el viento fluyen continuamente, pero los residuos no aparecen por generación espontánea. Hasta donde sé, los residuos los produce la actividad humana y no un ente extracorpóreo. Y los produce a través de muchos complejos procesos que requieren mucha energía. Pensemos por un momento en los restos de la bollería industrial, o los restos animales que no se pueden comercializar.

Están intentando convencernos de que las soluciones solo nos las pueden ofrecer ell@s, que debemos fiarnos de sus avances tecnológicos que son capaces de encontrar solución a todo, de que su interés en la expansión de esta tecnología radica solo en su preocupación por descarbonizar la economía, y que estas plantas son totalmente necesarias y beneficiosas, solo es cuestión de una inversión suficiente por parte de los que pueden hacerla, las grandes empresas.

Es tal el volumen de negocio que están oliendo, que solo cinco de los tiburones que están operando en él: Enagás, Repsol, Moeve, Ence y Naturgy afirman tener proyectos que ya coparían los 20 Tw que el PNIEC lanzaba como meta para el 2030. Es tanto el impulso, tanta la presión, que están recibiendo todo el apoyo de Europa y de los diferentes gobiernos regionales. Es más que previsible que con la falta de regulación, todas las perspectivas de crecimiento se quedarán cortas. También los fondos han desviado sus ojos de un mercado que está saturado como el de la eólica y fotovoltaica a otro mucho más seguro, el de los residuos y el biometano. Mientras la rentabilidad de las renovables clásicas a veces cae en picado, el gas se mantiene como apuesta segura. No es extraño, pues, el desbordamiento que se está produciendo ni el malestar e impotencia de municipios y plataformas enfrentándose de manera desigual tanto a las administraciones como a las empresas.

Pero detrás de toda esta tormenta, es fácil intuir que algo raro está pasando, en un sistema extractivista como el nuestro, mientras los recursos son abundantes en materia y energía, nadie hace demasiado caso a los residuos que se generan. Es como cuando exprimimos una naranja para obtener el jugo, nadie hace caso a la pulpa ni a la piel. Pero cuando ya no obtengo tanto jugo y las naranjas escasean, me planteo como podría obtener algo de lo que he desechado. Esto me sugiere, que detrás de todo este maremágnum biometanizador puede esconderse una crisis más profunda. Cuando el sistema necesita obtener beneficio hasta de los desechos es porque teme por el futuro de sus beneficios, porque aunque no sea consciente, huele algo que no le gusta nada.

Pero si de algo no se puede esperar la más mínima piedad es de los grandes inversores es que se detengan y tomen conciencia, ellos van a lo que van, tienen necesidades y urgencias más perentorias.

Aunque las plantas afirman nacer sin intención de obtener financiación ni ayudas públicas, en sus círculos están totalmente convencidos de obtener bonificaciones e incluso ayudas a fondo perdido. Conocen perfectamente la desesperación de los gobiernos por sortear la recesión y garantizarse energía. Sus prioridades no son el medio ambiente ni la economía circular, pero saben perfectamente que ahora es un nicho de mercado dónde el beneficio está garantizado.

Todos parecen haber llegado a la conclusión que podemos seguir haciendo lo mismo, crecimiento económico, consumo de bienes, consumo casi ilimitado de energía y que simplemente con la introducción de nuevas formas de energía, entre las que se cuenta el biometano vamos a salir del atolladero en que andamos metidos. Que es posible alcanzar la neutralidad en carbono cambiando únicamente nuestras fuentes de energía.


Fuente: elDiario.es Castilla-La Mancha

lunes, 10 de febrero de 2025

Biogás sí, pero no así. ¿Cómo entonces?

 

      Ecologistas Zamora.


INTRODUCCIÓN:

«Los ecologistas se oponen a todo»



     El ecologismo está en auge. La razón: el monstruo enseña ya las orejas. Siguen remando duro los “negacionistas” del cambio climático y los iluminados de las teorías de la conspiración, chemtraileristas y terraplanistas. Incluso son capaces de llegar a los gobiernos más poderosos y algunos de sus satélites: Trump, Milei,… Hasta el PP valenciano con la DANA de octubre pasado se ha situado con su negligencia e inacción en ese campo.

El mundo está cambiando muy deprisa, y en paralelo a los tambores de guerra que suenan cada vez con más fuerza en Oriente Medio, en Europa y otros lugares del mundo, se está levantando en calles y plazas de nuestro país un runrún, un clamor que se hace cada vez más evidente. Movimientos vecinales y todo tipo de plataformas se están empezando a levantar contra los atropellos que supone el último asalto, el de los macroproyectos de biometano, asalto que viene a sumarse a los de sucesivas burbujas que han venido en la última década para atropellar el bienestar de las poblaciones y destrozar el medio ambiente – macrogranjas y falsas macrorrenovables- , y se adelantan unos meses a las que están calentando a la vuelta de la esquina: las del hidrógeno masivo y de la minería a cielo abierto en búsqueda de migajas minerales.


Minería a cielo abierto.

Cierto es que muchos de estos movimientos y plataformas ciudadanas no van mucho más allá de lo que se llaman reacciones “nimby” (Not In My Back Yard: no en mi patio trasero), pero esto es solo el comienzo, porque echarse a la calle es el primer paso para abrir los ojos y mirar más allá de la nube de humo con que los medios tapan estos problemas y contradicciones sin salida de nuestros días.

De esta forma, una ciudadanía en crecimiento está asumiendo posturas que el movimiento ecológico viene defendiendo desde hace muchos años. Esta ciudadanía crítica y activa advierte al levantar la mirada que toda estas oleadas macro están interrelacionadas entre sí como parte de un imposible crecimiento exponencial vestido de “transición energética” para seguir a lo de siempre llevándose por el camino lo poco que va quedando de buena vida y un medio ambiente saludable en nuestros pueblos y ciudades. Y todo ello mientras el mundo se derrumba por su causa.

Esto explicaría la percepción subjetiva de una parte de esa ciudadanía no movilizada frente al ecologismo: “los ecologistas os oponéis a todo”. Nuestra respuesta cuando se refiere a las energías presuntamente renovables es siempre la del “Estamos a favor, pero no de esta manera”. ¿Entonces, cómo?, nos dicen los que están interesados.

Para contestar a esta pregunta en lo referente la biogás/biometano, y para salir de ese NO A TODO que muchos nos atribuyen, se escribe este artículo.

Aunque el término que protagoniza esta burbuja es el del biometano, preferimos utilizar el de biogás, porque este es el producto primero, siendo el biometano uno de sus componentes, que se extrae concentrado para poderlo añadir a la red gasística del mal llamado “gas natural”.


Macrogranjas, biogás y biometano.



EL MARCO DEL CUADRO



Basta mirar lo que miran los demás y nosotros mismos en todo momento y circunstancia: pantallas, pantallas y más pantallas, todas llenas de ruido, odio y distracción, mucha distracción. A los medios ya no les interesa otra cosa que mercadear con nuestra atención. Atiborrados de datos, sensaciones y falsas emociones nos anclamos en un presente continuo desligado del pasado y del futuro. No es una novedad, claro, porque los medios están financiados por los que defienden el seguir como siempre, amparando a los de siempre y huyendo hacia adelante, siempre con la bandera del crecimiento económico como estandarte. Cada vez con más poder sobre la ciudadanía de la mano de algoritmos cada vez más refinados y de la creciente potencia de la inteligencia artificial, el futuro de nuestra libertad y autonomía parece sentenciado.

En lugar de afrontar el terrorífico reto del desastre climático y la imparable destrucción ambiental, el sistema tiene que seguir creciendo y optimizando beneficios a costa de cualquier futuro vivible.

La apuesta por lo “macro”, ese sobredimensionamiento de todos los proyectos de estas burbujas responde únicamente a la búsqueda multiplicativa de beneficios. Es la economía de escala con los perdedores de siempre, los más débiles y el medio que los sostiene. En el caso de estas burbujas en la España vaciada, las víctimas son los pocos vecinos de pueblos que se van deshabitando con rapidez, y de los que se espera poca oposición.


Megaplanta de biogás en Jaén.

El móvil ecológico detrás de algunas medidas de la Unión Europea de hace algunos años ya casi no existe. Era, por ejemplo, cuando Alemania, en el tema que nos ocupa, financiaba las pequeñas instalaciones de biogás para el autoconsumo de las empresas. Ahora ya no: es la geopolítica lo que importa en una Europa subordinada, obligada por el que manda, EEUU, a comprarle su gas de fracking a un precio superior al ruso, y que ahora necesita completarlo con el metano que pueda producir para completar el gas fósil de los gasoductos.

Este incremento se necesita para seguir alimentando la megamáquina que nos dirige de forma acelerada al abismo, algo inevitable por la sencilla razón de que el crecimiento exponencial indefinido es físicamente imposible, solo un delirio de mentes calenturientas. Asomados como estamos al desastre de todos los desastres, rebasando todos los límites en una tierra que se queda pequeña y con todas las alarmas disparadas, el resultado será una terrorífica contracción económica, a no ser que apostemos colectivamente por un decrecimiento ordenado que nos permita un mínimo de buena vida para todos aprovechando los propios recursos y la escasa energía realmente renovable que vamos a tener a nuestra disposición.



COMPOST, BIOGÁS Y BIOMETANO



En términos generales existen dos procesos en la descomposición de los restos orgánicos, uno con presencia de oxígeno, descomposición aeróbica, y otros con ausencia de oxígeno: descomposición anaeróbica. La descomposición aeróbica es, digamos, la más natural, y da lugar al compost, un fertilizante natural que mejora la salud del suelo y reduce la necesidad de fertilizantes químicos. En el proceso consume oxígeno y produce, además del compost, agua y CO2. Sus ventajas son su sencillez, con una mínima inversión y un producto natural, el compost estable e inodoro.

Por su parte la descomposición anaeróbica, en ausencia de oxígeno, produce biogás, compuesto a su vez de CO2, metano y otros gases, entre ellos el sulfhídrico, responsable del olor putrefacto del proceso. El residuo se denomina digestato, que debidamente procesado se puede convertir en enmiendas de suelos agrícolas. Su calidad o peligrosidad dependerá de la materia prima utilizada. A diferencia del compost requiere instalaciones costosas. Su ventaja: el aprovechamiento energético del biogás, bien directamente, bien depurándolo para hacer biometano, es decir, pasando de un 50-60% a un 90-95% para asemejarlo al llamado “gas natural”. Del CO2 del biogás (35-45%), “ya si eso”, como diría el otro.

Debemos tener en muy en cuenta que el metano es un potente gas de efecto invernadero con una fuerza 26 veces superior a la del dióxido de carbono. Si, en lugar de seguir permitiendo que este proceso tenga lugar sin control ni aprovechamiento, como ocurre en rumiantes, pantanos y en vertederos sin ventilar, lo utilizamos como fuente de calor o electricidad, a pesar de producir CO2 tendría mucho sentido en una economía circular, pero siempre teniendo como horizonte la reducción progresiva de residuos y, por lo tanto, de producción de metano.

Y es que nuestro reto como sociedades humanas es sin dudas reducir al máximo la huella ecológica que genera nuestra forma de vida, y ocuparnos a la vez de la gestión de nuestros propios residuos. No se trataría, por lo tanto, de aumentar la producción de residuos o traerlos de fuera, como pretenden los megaproyectos de biometano, porque no sería economía circular de proximidad. Nadie en su sano juicio se trae a su casa la mierda que nadie quiere y deja que se lleven fuera la energía que se produce. Otra cosa es que nos creamos las fantasías que nos cuentan los interesados en hacer negocio a nuestra cuenta.

Por eso el tamaño de los proyectos que se encargarán de ese aprovechamiento importan tanto. Por eso todos estos macroproyectos que nos están llegando apuestan, en lugar de reducir, por incrementar al máximo esa materia prima necesaria a base de los desechos de una insostenible ganadería industrial, empezando por el purín de las macrogranjas de porcino.



EL TAMAÑO IMPORTA, Y MUCHO



A mayor tamaño, mayores las distancias a recorrer por las materias primas, y mayores los riesgos y dificultad para gestionar los problemas que puedan surgir, pero, a la vez, mayor la rentabilidad para las empresas.

Para producir biometano de forma rentable, los expertos coinciden en que deben entrar en las plantas un mínimo de 90.000 t anuales de residuos orgánicos. Esto supone más de 10-15 camiones de 20 ™ diarios (365 días) traficando por el territorio.

Si los residuos son inferiores a esta cantidad, el uso más rentable es usar el biogás para producir electricidad (por encima de las 25.000 toneladas) o calor. Son las plantas de medio y pequeño tamaño propias de una gestión de cercanía con posibilidad de sostenibilidad en función del origen de la materia orgánica.

Cuando se ponen como ejemplo las plantas de biogás de Alemania y otros países europeos, se olvidan de forma interesada que se trata de estos tamaños medios y pequeños.



CARACTERÍSTICAS DE UN USO REALMENTE SOSTENIBLE DEL BIOGÁS



Un enfoque realmente sostenible en el aprovechamiento del biogás producido en las actividades humanas ha de pasar por una serie de requisitos:

El primero y fundamental es que pongamos por encima de cualquier consideración la sostenibilidad y la protección de un medio ambiente exhausto, y el bienestar comunitario. Si la economía circular es físicamente imposible, vayamos a una espiral en decrecimiento -cuanto menos, mejor- y no la contraria, el crecimiento exponencial, por el que se apuesta en el modelo capitalista.

El segundo es que, a la vez que aprovechamos más nuestros residuos, vamos a tratar de reducirlos al máximo y a las actividades imprescindibles. De esta forma las materias primas fundamentales serán los residuos orgánicos urbanos (ciudades y mancomunidades rurales) y los lodos de las estaciones depuradoras de aguas residuales (EDAR). Esto quiere decir que vamos a dejar de potenciar las insostenibles macrogranjas de una ganadería industrial enfocada a la exportación. Y, en cualquier caso, establecer una moratoria para nuevas instalaciones, todo lo contrario que están potenciando los macroproyectos de biogás/biometano.

El tercero de los requisitos pasa por utilizar materias primas de fuentes sostenibles y producidas solamente en el propio municipio o mancomunidad. La consecuencia más lógica es que esto lleve a instalaciones de pequeño tamaño enfocadas al autoconsumo local.

El cuarto, que sean las propias empresas las que se encarguen de sus propios residuos y se aplique aquello de “el que contamine, que pague”. Estarían enfocadas al autoconsumo para cerrar mejor sus ciclos productivos.

El quinto requisito es la necesaria gestión comunitaria de los proyectos que surjan a través de los propios ayuntamientos, con información transparente y decisión comunitaria. Solo así se podrá asumir el “quid pro quo” (qué a cambio de qué) y se extremarán los controles de olores y pérdidas de gas, con medidas de control de alto nivel.

El sexto y último requisito sería que la comunidad se hiciera cargo de la gestión y aprovechamiento de los desechos, sin olvidar la gestión de la enorme producción de CO2 del proceso (sobre el 37%), el principal causante del desastre climático.



¿HAY EJEMPLOS VIRTUOSOS?



Siempre con el criterio básico de reducir y responsabilizarse, ayuntamientos y empresas tienen a su disposición tecnología de pequeña escala para el autoconsumo. Otra cosa es que sean conscientes de su urgencia y necesidad. Un par de ejemplos con propuestas de biodigestores de pequeño tamaño: Ver esto y esto otro. Imaginémoslos en pequeños pueblos, hospitales, escuelas, hoteles y restaurantes, campings, etc. Sería posible, necesario y ejemplarizante, pero no interesa, claro.

El ya señalado caso de Alemania y su financiación de instalaciones de biogás para el autoconsumo en macrogranjas, aparte de que se ha frenado al toque de corneta de la UE y su plan Re-PowerEU, no sería buen ejemplo, porque, en lugar de ser responsabilidad de los productores, para hacerlos posibles necesitaron una fuerte financiación del Estado, algo que no ha ocurrido en España.



LA LEY DE RESIDUOS Y LOS BRINDIS AL SOL



Las leyes se hacen para hacerlas cumplir. Esa es la teoría, pero la práctica en nuestro país es otra cosa. La Ley 7/2022, de 8 de abril, de residuos y suelos contaminados para una economía circular” es un buen ejemplo al respecto. Nos basta citar algunas disposiciones que afectan directamente a este tema:

Artículo 25 Recogida separada de residuos para su valorización.

2. (…) las entidades locales establecerán la recogida separada de, al menos, las siguientes fracciones de residuos de competencia local:

(…)

b) los biorresiduos de origen doméstico antes del 30 de junio de 2022 para las entidades locales con población de derecho superior a cinco mil habitantes, y antes del 31 de diciembre de 2023 para el resto. Se entenderá también como recogida separada de biorresiduos la separación y reciclado en origen mediante compostaje doméstico o comunitario

En la ley también se avanza notablemente en la responsabilización de los productores (artículo 20), que se verán obligados a asumir los costes del tratamiento de residuos que generan, lo que supone (o supondría) que la ciudadanía, por fin, dejará ( o dejaría) de asumir estos costes.

La ley no habla del color marrón para el contenedor específico de los residuos orgánicos urbanos, pero es lo convenido en toda la UE. Pues bien, muchos municipios, empezando por el que conocemos de Zamora capital, simplemente lo han puesto en la calle para que la gente haga lo que crea conveniente. Sin más. Otros han ido más lejos, como en la Mancomunidad Tierra del Vino de Zamora, que ha cambiado el único contenedor existente en los pueblos, donde se arroja todo-todo, por uno de color marrón. “Porque era el más barato”, se nos dice.

Mientras tanto, y ya rebasados de más los plazos que marca la ley, todos estos residuos van mezclados al mismo sitio en la mayoría de los casos.

Compostaje o biogás, fermentación aeróbica o anaeróbica, cada uno con sus ventajas e inconvenientes, el caso es que la gestión de los residuos orgánicos que producimos dejan mucho que desear, cuando no infringe directamente la ley.

Por aquí es por donde habría que empezar si queremos hablar en serio de la manida “economía circular”.



ESTRATEGIAS DE OPOSICIÓN Y LUCHA CIUDADANA



Consciente de los límites de la economía fósil, el capitalismo más dinámico, autodenominado capitalismo verde, ha encontrado nuevas fuentes de crecimiento y beneficios en los intentos de salir del atolladero civilizador en el que él mismo nos ha metido. Algo parecido a poner al zorro a guardar las gallinas. Y se ha buscado sus aliados, porque el capitalismo fósil, con la bandera del negacionismo, no tira la toalla tan fácilmente. En lo que ha conseguido llamar transición energética sostenible” se ha buscado la alianza de los Gobiernos, en nuestro caso de toda la UE, y el apoyo, digamos “crítico”, del ecologismo institucionalizado, a cambio del que ha empezado a transferirle, a través de los mismos Gobiernos y de dudosas fundaciones filantrópicas, ingentes sumas de dinero en forma de proyectos, estudios y consultas. Nos referimos a las asociaciones ecologistas del llamado G5 (Greenpeace, WWF, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción y Seo BirdLife).


Greenpeace Energy vende en Alemania electricidad de fuentes renovables y biogás.

En los actuales sistemas democráticos, con partidos políticos cada vez más despegados de la realidad y atados al cortoplacismo, no resulta fácil encarar el terrorífico futuro energético y climático que tenemos a la vuelta de la esquina. Con el corto plazo de las legislaturas, los partidos lo tienen muy difícil para proponer una economía de guerra tan urgente como necesaria, si hacemos caso a los que saben. Aunque lo saben bien, actúan como el enfermo que no quiere ir al médico para que le diagnostiquen y actuar en consecuencia con la enfermedad que le está matando.

Ante los cruciales retos climáticos, energéticos y medioambientales, con los que nos jugamos, directamente, nuestro futuro, tenemos, por lo tanto, dos modelos de afrontarlos: un modelo que podemos llamar reformista, que cree, como la vieja socialdemocracia, que la maquinaria del sistema se puede reformar, moldear y adaptar sin tener por qué echar el freno para transitar de una economía basada en la energía fósil a otra basada en la renovable.

El otro modelo lo podemos llamar radical, por ir a la raíz del problema, un capitalismo que, bajo cambiantes disfraces, sigue su rumbo de crecimiento indefinido como el de un cáncer metastásico, por lo que solo hay una solución posible: echar el freno y administrar lo que aún tenemos para prepararnos y adaptarnos a lo que se nos viene encima.



La estrategia reformista



Es por la que apuestan la gran mayoría de los partidos políticos más preocupados por el tema y las cúpulas de las organizaciones ecologistas institucionales. Sostienen que no podemos oponernos al modelo de despliegue actual de las renovables, en su dimensión macro y al servicio del lucro privado, porque, ante todo, es necesario abandonar la energía fósil. Sus propuestas se limitan a pequeños cambios y ajustes que no impidan que la megamáquina siga creciendo a su ritmo imparable. Los más críticos de los partidos, sindicatos y organizaciones ecologistas, denuncian el desorden y la falta de planificación, y presentan alegaciones a los proyectos más enloquecidos e inviables, como queriendo limar las uñas al monstruo. Para autojustificarse en su falta de radicalidad siguen manteniendo de forma cada vez más retórica propuestas “progresistas” en forma de comunidades energéticas, autoconsumo, proximidad y temporada, ganadería extensiva, etc. Pero, ojo, nos dicen poniéndose el traje de la “responsabilidad”, nada de echar el freno, que hay que seguir con la llamada “transición energética” construyendo macrofactorías renovables en tierras y mares, aunque sean insostenibles. Lo que no se puede bajo ningún concepto es parar el tren. Palabras como austeridad y decrecimiento se evitan o se envían a futuros difusos por la sencilla razón de que son incompatibles con el sistema del crecimiento continuo, acelerado e indefinido, y se frenaría el despliegue “renovable”.

Y así, ante las sucesivas burbujas que se van desplegando para el creciente horror de la ciudadanía afectada, con la del biogás como antepenúltima (faltan la del hidrógeno y la de la minería a cielo abierto, ojo), partidos, sindicatos y organizaciones ecologistas, son remisos a sacar a los vecinos de sus casas, uniéndose a remolque solo cuando las movilizaciones aumentan de escala y las calles y plazas se empiezan a llenar. Lo propio de esta vía reformista es eso, reformar vía parlamentaria o presentar alegaciones en los proyectos más sangrantes, siempre sin cuestionar el sistema que los ampara. Ecologistas en Acción, la más progresista y con más activistas locales de todas las asociaciones ecologistas del llamado G5, ha sufrido graves rupturas estos años por este problema, con grandes diferencias entre la coordinación confederal, reformista a fuerza de pisar alfombras y recibir ayudas, y los grupos de activistas locales que encabezan y nutren muchas de las movilizaciones ciudadanas.



La estrategia radical



La estrategia que defienden los grupos radicales, consiste, sencillamente, en accionar todas las alarmas para contrarrestar el ruido y la distracción ciudadana, tirar de todas las palancas de freno disponibles, y poner palos y piedras en las ruedas para tratar de parar esta loca carrera suicida.

Esto se plasma en acciones como estas:

Denunciar el incumplimiento de la Ley de Residuos, en este temas en lo referido a la separación garantizada de la materia orgánica y su procesado separado para obtener compost y energía.

Analizar y cuestionar todos los macroproyectos promovidos por el lucro privado, denunciando las maniobras oscurantistas o despóticas por parte de las empresas y gestores municipales.

Exigir información exhaustiva a las partes, ayuntamientos y empresas, aportando expertos para desmontar sus trucos del marketing.

Promover el protagonismo vecinal para informarse y decidir de forma comunitaria, valorando pros y contras.

Apoyar las movilizaciones vecinales contra estos macroproyectos, tratando a la vez de sacar de su apego al sillón, a partidos e instituciones, y al mismo tiempo evitar derivas a lo “nimbi” para dar el salto a lo categórico y sistémico.

Elaboración y difusión de alegaciones que, utilizando los resortes legales de todo tipo, frenen, retrasen o paren, todos los proyectos macro presentados al calor de estas burbujas.

Difundir, apoyar y desarrollar todas las alternativas que pongan en el centro la calidad de vida vecinal, la proximidad, el ahorro colectivo y la conservación del medio ambiente.

En resumen, toda la ciudadanía, en particular la que dice que los ecologistas nos oponemos a todo, debe conocer que hay alternativas viables y más satisfactorias a ese “todo” del que tenemos que bajarnos. Los ecologistas, y más particularmente los que defendemos un ecologismo radical, luchamos por poner la vida en el centro, tanto la del medio natural del que somos parte, como la de las personas que quieren, queremos, vidas que merezcan ser vividas.


Fuente: Rebelión