INTRODUCCIÓN:
«Los
ecologistas se oponen a todo»
El
ecologismo está en auge. La razón: el monstruo enseña ya las
orejas. Siguen remando duro los “negacionistas” del cambio
climático y los iluminados de las teorías de la conspiración,
chemtraileristas y terraplanistas. Incluso son capaces de llegar a
los gobiernos más poderosos y algunos de sus satélites: Trump,
Milei,… Hasta el PP valenciano con la DANA de octubre pasado se ha
situado con su negligencia e inacción en ese campo.
El
mundo está cambiando muy deprisa, y en paralelo a los tambores de
guerra que suenan cada vez con más fuerza en Oriente Medio, en
Europa y otros lugares del mundo, se está levantando en calles y
plazas de nuestro país un runrún, un clamor que se hace cada vez
más evidente. Movimientos vecinales y todo tipo de plataformas se
están empezando a levantar contra los atropellos que supone el
último asalto, el de los macroproyectos de biometano, asalto que
viene a sumarse a los de sucesivas burbujas que han venido en la
última década para atropellar el bienestar de las poblaciones y
destrozar el medio ambiente – macrogranjas y falsas
macrorrenovables- , y se adelantan unos meses a las que están
calentando a la vuelta de la esquina: las del hidrógeno masivo y de
la minería a cielo abierto en búsqueda de migajas minerales.
Minería a cielo abierto.
Cierto
es que muchos de estos movimientos y plataformas ciudadanas no van
mucho más allá de lo que se llaman reacciones “nimby” (Not
In My Back Yard: no en mi patio trasero), pero esto es solo el
comienzo, porque echarse a la calle es el primer paso para abrir los
ojos y mirar más allá de la nube de humo con que los medios tapan
estos problemas y contradicciones sin salida de nuestros días.
De
esta forma, una ciudadanía en crecimiento está asumiendo posturas
que el movimiento ecológico viene defendiendo desde hace muchos
años. Esta ciudadanía crítica y activa advierte al levantar la
mirada que toda estas oleadas macro están interrelacionadas entre sí
como parte de un imposible crecimiento exponencial vestido de
“transición energética” para seguir a lo de siempre llevándose
por el camino lo poco que va quedando de buena vida y un medio
ambiente saludable en nuestros pueblos y ciudades. Y todo ello
mientras el mundo se derrumba por su causa.
Esto
explicaría la percepción subjetiva de una parte de esa ciudadanía
no movilizada frente al ecologismo: “los ecologistas os oponéis a
todo”. Nuestra respuesta cuando se refiere a las energías
presuntamente renovables es siempre la del “Estamos a favor, pero
no de esta manera”. ¿Entonces, cómo?, nos dicen los que están
interesados.
Para
contestar a esta pregunta en lo referente la biogás/biometano, y
para salir de ese NO A TODO que muchos nos atribuyen, se escribe este
artículo.
Aunque
el término que protagoniza esta burbuja es el del biometano,
preferimos utilizar el de biogás, porque este es el producto
primero, siendo el biometano uno de sus componentes, que se extrae
concentrado para poderlo añadir a la red gasística del mal llamado
“gas natural”.
Macrogranjas, biogás y biometano.
EL
MARCO DEL CUADRO
Basta
mirar lo que miran los demás y nosotros mismos en todo momento y
circunstancia: pantallas, pantallas y más pantallas, todas llenas de
ruido, odio y distracción, mucha distracción. A los medios ya no
les interesa otra cosa que mercadear con nuestra atención.
Atiborrados de datos, sensaciones y falsas emociones nos anclamos en
un presente continuo desligado del pasado y del futuro. No es una
novedad, claro, porque los medios están financiados por los que
defienden el seguir como siempre, amparando a los de siempre y
huyendo hacia adelante, siempre con la bandera del crecimiento
económico como estandarte. Cada vez con más poder sobre la
ciudadanía de la mano de algoritmos cada vez más refinados y de la
creciente potencia de la inteligencia artificial, el futuro de
nuestra libertad y autonomía parece sentenciado.
En
lugar de afrontar el terrorífico reto del desastre climático y la
imparable destrucción ambiental, el sistema tiene que seguir
creciendo y optimizando beneficios a costa de cualquier futuro
vivible.
La
apuesta por lo “macro”, ese sobredimensionamiento de todos los
proyectos de estas burbujas responde únicamente a la búsqueda
multiplicativa de beneficios. Es la economía de escala con los
perdedores de siempre, los más débiles y el medio que los sostiene.
En el caso de estas burbujas en la España vaciada, las víctimas son
los pocos vecinos de pueblos que se van deshabitando con rapidez, y
de los que se espera poca oposición.
Megaplanta de biogás en Jaén.
El
móvil ecológico detrás de algunas medidas de la Unión Europea de
hace algunos años ya casi no existe. Era, por ejemplo, cuando
Alemania, en el tema que nos ocupa, financiaba las pequeñas
instalaciones de biogás para el autoconsumo de las empresas. Ahora
ya no: es la geopolítica lo que importa en una Europa subordinada,
obligada por el que manda, EEUU, a comprarle su gas de fracking a un
precio superior al ruso, y que ahora necesita completarlo con el
metano que pueda producir para completar el gas fósil de los
gasoductos.
Este
incremento se necesita para seguir alimentando la megamáquina que
nos dirige de forma acelerada al abismo, algo inevitable por la
sencilla razón de que el crecimiento exponencial indefinido es
físicamente imposible, solo un delirio de mentes calenturientas.
Asomados como estamos al desastre de todos los desastres, rebasando
todos los límites en una tierra que se queda pequeña y con todas
las alarmas disparadas, el resultado será una terrorífica
contracción económica, a no ser que apostemos colectivamente por un
decrecimiento ordenado que nos permita un mínimo de buena vida para
todos aprovechando los propios recursos y la escasa energía
realmente renovable que vamos a tener a nuestra disposición.
COMPOST,
BIOGÁS Y BIOMETANO
En
términos generales existen dos procesos en la descomposición de los
restos orgánicos, uno con presencia de oxígeno, descomposición
aeróbica, y otros con ausencia de oxígeno: descomposición
anaeróbica. La descomposición aeróbica es, digamos, la más
natural, y da lugar al compost, un fertilizante natural que mejora la
salud del suelo y reduce la necesidad de fertilizantes químicos. En
el proceso consume oxígeno y produce, además del compost, agua y
CO2. Sus ventajas son su sencillez, con una mínima inversión y un
producto natural, el compost estable e inodoro.
Por
su parte la descomposición anaeróbica, en ausencia de oxígeno,
produce biogás, compuesto a su vez de CO2, metano y otros gases,
entre ellos el sulfhídrico, responsable del olor putrefacto del
proceso. El residuo se denomina digestato, que debidamente procesado
se puede convertir en enmiendas de suelos agrícolas. Su calidad o
peligrosidad dependerá de la materia prima utilizada. A diferencia
del compost requiere instalaciones costosas. Su ventaja: el
aprovechamiento energético del biogás, bien directamente, bien
depurándolo para hacer biometano, es decir, pasando de un 50-60% a
un 90-95% para asemejarlo al llamado “gas natural”. Del CO2 del
biogás (35-45%), “ya si eso”, como diría el otro.
Debemos
tener en muy en cuenta que el metano es un potente gas de efecto
invernadero con una fuerza 26 veces superior a la del dióxido de
carbono. Si, en lugar de seguir permitiendo que este proceso tenga
lugar sin control ni aprovechamiento, como ocurre en rumiantes,
pantanos y en vertederos sin ventilar, lo utilizamos como fuente de
calor o electricidad, a pesar de producir CO2 tendría mucho sentido
en una economía circular, pero siempre teniendo como horizonte la
reducción progresiva de residuos y, por lo tanto, de producción de
metano.
Y
es que nuestro reto como sociedades humanas es sin dudas reducir al
máximo la huella ecológica que genera nuestra forma de vida, y
ocuparnos a la vez de la gestión de nuestros propios residuos. No se
trataría, por lo tanto, de aumentar la producción de residuos o
traerlos de fuera, como pretenden los megaproyectos de biometano,
porque no sería economía circular de proximidad. Nadie en su sano
juicio se trae a su casa la mierda que nadie quiere y deja que se
lleven fuera la energía que se produce. Otra cosa es que nos creamos
las fantasías que nos cuentan los interesados en hacer negocio a
nuestra cuenta.
Por
eso el tamaño de los proyectos que se encargarán de ese
aprovechamiento importan tanto. Por eso todos estos macroproyectos
que nos están llegando apuestan, en lugar de reducir, por
incrementar al máximo esa materia prima necesaria a base de los
desechos de una insostenible ganadería industrial, empezando por el
purín de las macrogranjas de porcino.
EL
TAMAÑO IMPORTA, Y MUCHO
A
mayor tamaño, mayores las distancias a recorrer por las materias
primas, y mayores los riesgos y dificultad para gestionar los
problemas que puedan surgir, pero, a la vez, mayor la rentabilidad
para las empresas.
Para
producir biometano de forma rentable, los expertos coinciden en que
deben entrar en las plantas un mínimo de 90.000 t anuales de
residuos orgánicos. Esto supone más de 10-15 camiones de 20 ™
diarios (365 días) traficando por el territorio.
Si
los residuos son inferiores a esta cantidad, el uso más rentable es
usar el biogás para producir electricidad (por encima de las 25.000
toneladas) o calor. Son las plantas de medio y pequeño tamaño
propias de una gestión de cercanía con posibilidad de
sostenibilidad en función del origen de la materia orgánica.
Cuando
se ponen como ejemplo las plantas de biogás de Alemania y otros
países europeos, se olvidan de forma interesada que se trata de
estos tamaños medios y pequeños.
CARACTERÍSTICAS
DE UN USO REALMENTE SOSTENIBLE DEL BIOGÁS
Un
enfoque realmente sostenible en el aprovechamiento del biogás
producido en las actividades humanas ha de pasar por una serie de
requisitos:
El
primero
y
fundamental es que pongamos por encima de cualquier consideración la
sostenibilidad y la protección de un medio ambiente exhausto, y el
bienestar comunitario. Si la economía circular es físicamente
imposible, vayamos a una espiral en decrecimiento -cuanto menos,
mejor- y no la contraria, el crecimiento exponencial, por el que se
apuesta en el modelo capitalista.
El
segundo
es
que, a la vez que aprovechamos más nuestros residuos, vamos a tratar
de reducirlos al máximo y a las actividades imprescindibles. De esta
forma las materias primas fundamentales serán los residuos orgánicos
urbanos (ciudades y mancomunidades rurales) y los lodos de las
estaciones depuradoras de aguas residuales (EDAR). Esto quiere decir
que vamos a dejar de potenciar las insostenibles macrogranjas de una
ganadería industrial enfocada a la exportación. Y, en cualquier
caso, establecer una moratoria para nuevas instalaciones, todo lo
contrario que están potenciando los macroproyectos de
biogás/biometano.
El
tercero
de
los requisitos pasa por utilizar materias primas de fuentes
sostenibles y producidas solamente en el propio municipio o
mancomunidad. La consecuencia más lógica es que esto lleve a
instalaciones de pequeño tamaño enfocadas al autoconsumo local.
El
cuarto,
que sean las propias empresas las que se encarguen de sus propios
residuos y se aplique aquello de “el que contamine, que pague”.
Estarían enfocadas al autoconsumo para cerrar mejor sus ciclos
productivos.
El
quinto
requisito
es la necesaria gestión comunitaria de los proyectos que surjan a
través de los propios ayuntamientos, con información transparente y
decisión comunitaria. Solo así se podrá asumir el “quid pro quo”
(qué a cambio de qué) y se extremarán los controles de olores y
pérdidas de gas, con medidas de control de alto nivel.
El
sexto
y
último requisito sería que la comunidad se hiciera cargo de la
gestión y aprovechamiento de los desechos, sin olvidar la gestión
de la enorme producción de CO2 del proceso (sobre el 37%), el
principal causante del desastre climático.
¿HAY
EJEMPLOS VIRTUOSOS?
Siempre
con el criterio básico de reducir y responsabilizarse, ayuntamientos
y empresas tienen a su disposición tecnología de pequeña escala
para el autoconsumo. Otra cosa es que sean conscientes de su urgencia
y necesidad. Un par de ejemplos con propuestas de biodigestores de
pequeño tamaño: Ver
esto
y esto
otro.
Imaginémoslos en pequeños pueblos, hospitales, escuelas, hoteles y
restaurantes, campings, etc. Sería posible, necesario y
ejemplarizante, pero no interesa, claro.
El
ya señalado caso de Alemania y su financiación de instalaciones de
biogás para el autoconsumo en macrogranjas, aparte de que se ha
frenado al toque de corneta de la UE y su plan Re-PowerEU,
no sería buen ejemplo, porque, en lugar de ser responsabilidad de
los productores, para hacerlos posibles necesitaron una fuerte
financiación del Estado, algo que no ha ocurrido en España.
LA
LEY DE RESIDUOS Y LOS BRINDIS AL SOL
Las
leyes se hacen para hacerlas cumplir. Esa es la teoría, pero la
práctica en nuestro país es otra cosa. La “Ley
7/2022, de 8 de abril, de residuos y suelos contaminados para una
economía circular”
es
un buen ejemplo al respecto. Nos basta citar algunas disposiciones
que afectan directamente a este tema:
–
Artículo
25 Recogida
separada de residuos para su valorización.
2.
(…) las entidades
locales establecerán
la recogida separada de, al menos, las siguientes fracciones de
residuos de competencia local:
–
(…)
b)
los biorresiduos
de origen doméstico
antes
del 30 de junio de 2022 para
las entidades locales con población de derecho superior a cinco mil
habitantes, y antes
del 31 de diciembre de 2023 para
el resto. Se entenderá también como recogida separada de
biorresiduos la separación y reciclado en origen mediante compostaje
doméstico o comunitario
En
la ley también se avanza notablemente en la responsabilización de
los productores (artículo 20), que se verán obligados a asumir los
costes del tratamiento de residuos que generan, lo que supone (o
supondría) que la ciudadanía, por fin, dejará ( o dejaría) de
asumir estos costes.
La
ley no habla del color marrón para el contenedor específico de los
residuos orgánicos urbanos, pero es lo convenido en toda la UE. Pues
bien, muchos municipios, empezando por el que conocemos de Zamora
capital, simplemente lo han puesto en la calle para que la gente haga
lo que crea conveniente. Sin más. Otros han ido más lejos, como en
la Mancomunidad Tierra del Vino de Zamora, que ha cambiado el único
contenedor existente en los pueblos, donde se arroja todo-todo, por
uno de color marrón. “Porque era el más barato”, se nos dice.
Mientras
tanto, y ya rebasados de más los plazos que marca la ley, todos
estos residuos van mezclados al mismo sitio en la mayoría de los
casos.
Compostaje
o biogás, fermentación aeróbica o anaeróbica, cada uno con sus
ventajas e inconvenientes, el caso es que la gestión de los residuos
orgánicos que producimos dejan mucho que desear, cuando no infringe
directamente la ley.
Por
aquí es por donde habría que empezar si queremos hablar en serio de
la manida “economía circular”.
ESTRATEGIAS
DE OPOSICIÓN Y LUCHA CIUDADANA
Consciente
de los límites de la economía fósil, el capitalismo más dinámico,
autodenominado capitalismo
verde,
ha encontrado nuevas fuentes de crecimiento y beneficios en los
intentos de salir del atolladero civilizador en el que él mismo nos
ha metido. Algo parecido a poner al zorro a guardar las gallinas. Y
se ha buscado sus aliados, porque el capitalismo fósil, con la
bandera del negacionismo, no tira la toalla tan fácilmente. En lo
que ha conseguido llamar “transición
energética sostenible” se
ha buscado la alianza de los Gobiernos, en nuestro caso de toda la
UE, y el apoyo, digamos “crítico”, del ecologismo
institucionalizado,
a cambio del que ha empezado a transferirle, a través de los mismos
Gobiernos y de dudosas fundaciones filantrópicas, ingentes sumas de
dinero en forma de proyectos, estudios y consultas. Nos referimos a
las asociaciones ecologistas del llamado G5
(Greenpeace,
WWF, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción y Seo BirdLife).

Greenpeace Energy vende en Alemania electricidad de fuentes renovables y biogás.
En
los actuales sistemas democráticos, con partidos políticos cada vez
más despegados de la realidad y atados al cortoplacismo, no resulta
fácil encarar el terrorífico futuro energético y climático que
tenemos a la vuelta de la esquina. Con el corto plazo de las
legislaturas, los partidos lo tienen muy difícil para proponer una
economía
de guerra tan
urgente como necesaria, si hacemos caso a los que saben. Aunque lo
saben bien, actúan como el enfermo que no quiere ir al médico para
que le diagnostiquen y actuar en consecuencia con la enfermedad que
le está matando.
Ante
los cruciales retos climáticos, energéticos y medioambientales, con
los que nos jugamos, directamente, nuestro futuro, tenemos, por lo
tanto, dos modelos de afrontarlos: un modelo que podemos llamar
reformista,
que cree, como la vieja socialdemocracia, que la maquinaria del
sistema se puede reformar, moldear y adaptar sin tener por qué echar
el freno para transitar de una economía basada en la energía fósil
a otra basada en la renovable.
El
otro modelo lo podemos llamar
radical,
por
ir a la raíz del problema, un capitalismo que, bajo cambiantes
disfraces, sigue su rumbo de crecimiento indefinido como el de un
cáncer metastásico, por lo que solo hay una solución posible:
echar el freno y administrar lo que aún tenemos para prepararnos y
adaptarnos a lo que se nos viene encima.
La
estrategia reformista
Es
por la que apuestan la gran mayoría de los partidos políticos más
preocupados por el tema y las cúpulas de las organizaciones
ecologistas institucionales. Sostienen que no podemos oponernos al
modelo de despliegue actual de las renovables, en su dimensión macro
y al servicio del lucro privado, porque, ante todo, es necesario
abandonar la energía fósil. Sus propuestas se limitan a pequeños
cambios y ajustes que no impidan que la megamáquina siga creciendo a
su ritmo imparable. Los más críticos de los partidos, sindicatos y
organizaciones ecologistas, denuncian el desorden y la falta de
planificación, y presentan alegaciones a los proyectos más
enloquecidos e inviables, como queriendo limar las uñas al monstruo.
Para autojustificarse en su falta de radicalidad siguen manteniendo
de forma cada vez más retórica propuestas “progresistas” en
forma de comunidades energéticas, autoconsumo, proximidad y
temporada, ganadería extensiva, etc. Pero, ojo, nos dicen poniéndose
el traje de la “responsabilidad”, nada de echar el freno, que hay
que seguir con la llamada “transición energética” construyendo
macrofactorías renovables en tierras y mares, aunque sean
insostenibles. Lo que no se puede bajo ningún concepto es parar el
tren. Palabras como austeridad y decrecimiento se evitan o se envían
a futuros difusos por la sencilla razón de que son incompatibles con
el sistema del crecimiento continuo, acelerado e indefinido, y se
frenaría el despliegue “renovable”.
Y
así, ante las sucesivas burbujas que se van desplegando para el
creciente horror de la ciudadanía afectada, con la del biogás como
antepenúltima (faltan la del hidrógeno y la de la minería a cielo
abierto, ojo), partidos, sindicatos y organizaciones ecologistas, son
remisos a sacar a los vecinos de sus casas, uniéndose a remolque
solo cuando las movilizaciones aumentan de escala y las calles y
plazas se empiezan a llenar. Lo propio de esta vía
reformista es
eso, reformar vía parlamentaria o presentar alegaciones en los
proyectos más sangrantes, siempre sin cuestionar el sistema que los
ampara. Ecologistas en Acción, la más progresista y con más
activistas locales de todas las asociaciones ecologistas del llamado
G5, ha sufrido graves rupturas estos años por este problema, con
grandes diferencias entre la coordinación confederal, reformista a
fuerza de pisar alfombras y recibir ayudas, y los grupos de
activistas locales que encabezan y nutren muchas de las
movilizaciones ciudadanas.
La
estrategia radical
La
estrategia que defienden los grupos radicales, consiste,
sencillamente, en accionar todas las alarmas para contrarrestar el
ruido y la distracción ciudadana, tirar de todas las palancas de
freno disponibles, y poner palos y piedras en las ruedas para tratar
de parar esta loca carrera suicida.
Esto
se plasma en acciones como estas:
–
Denunciar
el incumplimiento de la Ley de Residuos, en este temas en lo referido
a la separación garantizada de la materia orgánica y su procesado
separado para obtener compost y energía.
–
Analizar
y cuestionar todos los macroproyectos promovidos por el lucro
privado, denunciando las maniobras oscurantistas o despóticas por
parte de las empresas y gestores municipales.
–
Exigir
información exhaustiva a las partes, ayuntamientos y empresas,
aportando expertos para desmontar sus trucos del marketing.
–
Promover
el protagonismo vecinal para informarse y decidir de forma
comunitaria, valorando pros y contras.
–
Apoyar
las movilizaciones vecinales contra estos macroproyectos, tratando a
la vez de sacar de su apego al sillón, a partidos e instituciones, y
al mismo tiempo evitar derivas a lo “nimbi” para dar el salto a
lo categórico y sistémico.
–
Elaboración
y difusión de alegaciones que, utilizando los resortes legales de
todo tipo, frenen, retrasen o paren, todos los proyectos macro
presentados al calor de estas burbujas.
–
Difundir,
apoyar y desarrollar todas las alternativas que pongan en el centro
la calidad de vida vecinal, la proximidad, el ahorro colectivo y la
conservación del medio ambiente.
En
resumen,
toda la ciudadanía, en particular la que dice que los ecologistas
nos oponemos a todo, debe conocer que hay alternativas viables y más
satisfactorias a ese “todo” del que tenemos que bajarnos. Los
ecologistas, y más particularmente los que defendemos un ecologismo
radical, luchamos por poner la vida en el centro, tanto la del medio
natural del que somos parte, como la de las personas que quieren,
queremos, vidas que merezcan ser vividas.
Fuente:
Rebelión