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jueves, 9 de octubre de 2025

Jason Hickel: “La crisis climática no puede resolverse dentro del capitalismo”

 

 Por Andrés Actis   
      Periodista. Licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina).



Figura esencial del ecologismo y pensador clave sobre el decrecimiento, Jason Hickel pasó por Madrid para defender en el Congreso la necesidad de quitar a la clase capitalista su poder como única vía posible para salvar al planeta de la crisis climática



     Jason Hickel (Manzini, Suazilandia, 1982) es uno de los grandes teóricos del decrecimiento, corriente que la semana pasada puso un pie en el Congreso para reflexionar sobre cómo salimos de un modelo social y económico basado en el crecimiento sin fin, un sistema incompatible con el equilibrio ecológico del planeta y su habitabilidad.


Conferencia Más Allá del Crecimiento 2025.

Antropólogo económico y escritor, Hickel es profesor en el Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB) y también profesor visitante sénior en el Instituto Internacional de Desigualdades de la London School of Economics. Además, ocupa la cátedra de Justicia Global y Medio Ambiente en la Universidad de Oslo. Su trabajo divulgativo —el libro Menos es Más (Capitán Swing, 2023), por poner un ejemplo— lo ha convertido en una referencia académica para el ecologismo que, desde hace años, advierte que no alcanza con pintar de verde al capitalismo para luchar contra el cambio climático.




En su fugaz paso por Madrid, Hickel charló con El Salto sobre la renuncia de los gobiernos a la crisis ecológica; sobre cómo el capital sigue invirtiendo en bienes y servicios que son perjudiciales para las personas y el planeta; sobre la urgente necesidad de forjar un movimiento político ecosocialista liderado por España y el sur de Europa; y sobre la estrecha relación entre el crecimiento infinito y el genocidio en Gaza. “La clase capitalista está dispuesta a infligir una violencia absolutamente abrumadora, hasta el genocidio, para asegurar la represión del Sur Global, para asegurar todos sus recursos”, analiza.


Jason Hickel

La crisis sistémica del capitalismo se acentúa año tras año, pero el decrecimiento sigue siendo tabú en las grandes esferas políticas. ¿Cómo se explica?

Nuestros gobiernos han renunciado en gran medida a la crisis ecológica. Están implementando algunos cambios modestos, pero ninguno a la escala ni la velocidad necesarias para limitar el deterioro climático según el Acuerdo de París. Y la razón es que esta crisis no puede resolverse dentro del capitalismo. Este es un punto crucial. Bajo el capitalismo, la producción está controlada principalmente por el capital: las grandes empresas, los bancos comerciales y el 1% que posee la mayoría de los activos invertibles. Ellos determinan cómo asignamos nuestra capacidad productiva colectiva. El único objetivo es maximizar las ganancias. Esto crea un problema en dos frentes. En primer lugar, muchas de las cosas más importantes que necesitamos hacer, como desarrollar capacidad de energía renovable, construir transporte público, regenerar ecosistemas, aislar edificios, etcétera, no son lo suficientemente rentables para el capital. Por lo tanto, no sucede. En segundo lugar, sabemos que realmente necesitamos reducir o decrecer la producción de productos dañinos e innecesarios, como los combustibles fósiles, los coches, la moda rápida, los aviones privados, las mansiones, la carne industrial, etc. Pero estos son altamente rentables para el capital y, por lo tanto, el capital nunca reducirá voluntariamente su producción.

¿La descarbonización es un gran relato entonces?

Este problema que planteo es muy claro en lo que respecta a la transición energética: las energías renovables son más baratas que los combustibles fósiles, pero el capital no realiza las inversiones necesarias. ¿Por qué? Porque los combustibles fósiles son entre tres y cuatro veces más rentables. Así que el capital sigue invirtiendo en combustibles fósiles mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Es una locura.

¿Somos rehenes del capital?

Exacto. Estamos estancados. Sin embargo, existen soluciones fáciles para este problema. Primero, podemos establecer un mecanismo de financiación pública para acelerar la producción de bienes social y ecológicamente necesarios, independientemente de la rentabilidad. Segundo, necesitamos establecer un sistema de orientación crediticia que imponga reglas a los bancos comerciales, exigiéndoles que reduzcan las inversiones en bienes perjudiciales e innecesarios que debemos reducir, y dirijan la inversión hacia bienes socialmente más beneficiosos. Eso es todo. Es simple de hacer, pero va directamente en contra de los intereses de la clase capitalista. Por eso no está sucediendo. Nuestros gobiernos no lo hacen porque, en última instancia, están alineados con el capital. Por lo tanto, necesitamos construir un movimiento político —un movimiento ecosocialista— lo suficientemente fuerte como para ganar elecciones, tomar el poder e implementar los cambios necesarios, abordando así nuestras crisis sociales y ecológicas.

Para lograr esto, ¿no es crucial construir primero una narrativa deseable en torno al decrecimiento? Ninguna gran revolución se hizo sin esta pulsión.

En realidad, no creo que necesitemos que el decrecimiento sea un elemento central de la narrativa pública. Considero que es un término científico y analítico importante. Pero en lo que respecta a la narrativa pública, creo que la clave está en señalar que nos enfrentamos a una doble crisis: tenemos una producción masiva que supera los límites planetarios y causa un colapso ecológico; sin embargo, aún tenemos una privación social masiva, donde millones de personas no pueden permitirse una vivienda y un transporte dignos, y el desempleo es alto. ¿Por qué? Porque el capital controla la producción e invierte en lo que le resulta más rentable, incluso si perjudica a las personas y al planeta. Obtenemos formas de producción totalmente perversas y nuestro progreso como civilización se ve obstaculizado.

La narrativa debería ser: somos los trabajadores, producimos toda la riqueza de la nación, pero ahora mismo nuestras élites, los capitalistas, controlan nuestra producción y nos impiden abordar nuestras evidentes crisis sociales y ecológicas. Por lo tanto, necesitamos recuperar el control. Debemos reclamar el control democrático sobre nuestras propias capacidades productivas para poder organizarlas en torno a objetivos social y ecológicamente necesarios. Si hacemos esto, podremos abordar nuestras crisis en muy poco tiempo. En otras palabras, necesitamos una narrativa populista que centre a la gente común y a los trabajadores como agentes de transformación radical.

Por otro lado, la narrativa negacionista, liderada ahora por muchos gobiernos, cobra cada vez más fuerza, tanto en las calles como en los algoritmos de las redes sociales. ¿Es el fascismo la respuesta que el capitalismo está eligiendo para sobrevivir?

Exactamente. Creo que nuestra clase dominante comprende que la única manera de resolver la crisis ecológica es superar el capitalismo y transitar hacia una economía ecosocial democrática, con características como finanzas públicas, obras públicas y orientación crediticia, nacionalización de los sistemas energéticos, etc. Lo saben y lo combaten. Por eso su principal método es promover narrativas negacionistas. Donald Trump lo encarna a la perfección como representante de la clase dominante capitalista.




¿Cuál es su respuesta al ecologismo que, a pesar de adherir al decrecimiento desde una perspectiva teórica, insiste en que es un “mal marco político”, demasiado opuesto al sentido cultural dominante, y que no hay otra opción que consolidar el capitalismo verde?

Que es cierto que el decrecimiento no necesita ser un eslogan político público. Cuando la gente lo confronta por primera vez es muy fácil malinterpretar. Pero el concepto de que necesitamos reducir la producción innecesaria y perjudicial puede incorporarse a un marco ecosocialista populista que atraiga a las masas.




¿Cómo se decrece? ¿Por dónde hay que empezar?

Está a simple vista. Hay grandes sectores de nuestra economía que son perjudiciales e innecesarios. Está claro que debemos empezar con los combustibles fósiles, el producto más letal. Pero también tenemos una sobreproducción masiva de bienes como todoterrenos, moda rápida, aviones privados, carne industrial, armas, cruceros, turismo... Estos bienes y servicios son extremadamente perjudiciales y no benefician a la mayoría de la gente. Benefician las ganancias capitalistas y el consumo de las élites. Estaríamos mejor sin ellos.




El decrecimiento ofrece numerosas ventajas. En primer lugar, reduce directamente las emisiones. También reduce la demanda energética, lo que nos permite descarbonizar el sistema energético mucho más rápido, lo suficientemente rápido como para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París. En segundo lugar, libera mano de obra, fábricas y recursos que pueden removilizarse para acelerar el progreso hacia los objetivos sociales y ecológicos. Esto se puede lograr mediante un sistema de garantía de empleo que permita a cualquier persona formarse y participar en los proyectos más urgentes de nuestra generación, con buenos salarios, eliminando así el desempleo y la inseguridad económica.

¿Cómo imaginas a España, país muy expuesto al cambio climático, dentro de unas décadas si este capitalismo anclado en el crecimiento se profundiza?

España se encuentra en una situación muy precaria. Los modelos climáticos muestran que, de seguir nuestra trayectoria actual, gran parte de España estará desertificada, más parecida al Sahel que al Mediterráneo. Muerte masiva de bosques, olas de calor brutales... Es un futuro sombrío. Lo mismo ocurre con otros países del sur de Europa. Creo que el sur del continente, que cuenta con una larga y orgullosa tradición revolucionaria —Italia y Grecia también tuvieron en su momento partidos socialistas masivamente populares—, debería unirse como vanguardia para obligar a la UE a implementar una política ecosocial radical. Estos países pueden liderar una revolución ecosocial popular e inspirar al mundo entero.

Para muchos puede parecer una conexión forzada, pero ¿cómo se relaciona el genocidio de Gaza con un capitalismo obsesionado con el crecimiento eterno?

Es una relación directa. Debemos comprender que el capitalismo es una economía mundial. La acumulación de capital en los países centrales, como Estados Unidos y Europa, depende en gran medida de mano de obra barata y recursos apropiados del Sur global. Para mantener este sistema deben mantener a los países del Sur global en una posición de subordinación y dependencia. Cualquier Gobierno o movimiento político del Sur que busque la liberación nacional y la soberanía económica real representa una amenaza muy real para este sistema. Porque cuando el Sur recupera el control de sus propios recursos y comienza a producir y consumir para sí mismo corta el flujo de insumos baratos y dificulta enormemente la acumulación de capital en el centro. Por lo tanto, el capital necesita destruir los movimientos de liberación.

Hoy es Palestina, pero antes fueron Libia, Irak, Vietnam, Chile, el Congo, Indonesia, etc. Es una letanía interminable de invasiones, golpes de Estado y destrucción. La clase capitalista está dispuesta a infligir una violencia absolutamente abrumadora, hasta el genocidio, para asegurar la represión del Sur. Lo mismo ocurre con la crisis climática. Saben lo grave que se volverá. Saben que, de seguir nuestra trayectoria actual, 1.500 millones de personas serán desplazadas y más del 30% de las especies desaparecerán. Saben que cientos de millones se enfrentarán a un calor extremo. Pero están dispuestos a imponernos ese futuro —un futuro de violencia masiva— mientras puedan seguir lucrando con la producción de combustibles fósiles y otros productos destructores del planeta. Esto es obsceno y no se puede tolerar.


Fuente: El Salto

sábado, 26 de julio de 2025

Ricochet

 

 Por Antonio Turiel    
      Físico, matemático y experto en Energía del CSIC.


     Como seguramente sabrán si viven a este lado del Atlántico, el Gobierno de España fracasó recientemente en su intento de convalidar el decreto-ley de medidas urgentes para reforzar el sistema eléctrico. El decreto fue inicialmente aprobado por el Gobierno el 24 de junio, pero necesitaba ser convalidado por el Congreso en el plazo de un mes, y en la votación del pasado 22 de julio fue rechazado (y por tanto queda sin efecto). 

Se le ha dado mucha importancia a este decreto debido al sobresalto que causó el apagón general en España del pasado 28 de abril. Desde el Gobierno y desde las grandes compañías eléctricas se ha insistido en que este decreto era indispensable para evitar futuros apagones. En los últimos días, viendo que no habría una mayoría suficiente para la convalidación del decreto, las grandes eléctricas se prodigaron en declaraciones de todo tipo, inclusive diciendo que, de no aprobarse, se pondrían en riesgo inversiones por valor de 200.000 millones de euros.




Se ha hablado muchísimo sobre las motivaciones de carácter político de los partidos que han votado en contra, y se han agitado con gran aspaviento espantajos caros a los industrialistas, como asegurar que quienes se han opuesto son "negacionistas", "retardistas" o que "atentan contra la causa climática", dando por bueno el muy cuestionable argumento de que este modelo de la Renovable Eléctrica Industrial (REI) permite avanzar en la descarbonización, cosa muy discutible por muy buenas razones.










Pero es que encima, esas posiciones maximalistas de los industrialistas generan mayoritariamente el efecto contrario al que persiguen, reforzando la visceralidad de los que rechazan el REI.




En todo caso, yo quisiera dejar de lado esas consideraciones políticas y los dimes y diretes, y centrarme en las cuestiones más de carácter técnico. En particular, qué es lo que dice el decreto derogado y si realmente es tan grave su derogación. Y también, analizándolo, si se puede entender las causas de los partidos que han votado en contra (y a favor).




La primera observación que se puede hacer es que más que un decreto de medidas urgentes para evitar un apagón, lo que tenemos aquí es una ley ómnibus que regula muchos aspectos relacionados con el mercado eléctrico. Peor aún, las medidas que se proponen son muy dispares y algunas de ellas son bastante cuestionables. Se pueden clasificar las medidas en tres grandes bloques: medidas técnicas que efectivamente sí pueden ayudar a prevenir apagones, medidas dirigidas (aunque no se reconozca) a rescatar el sector renovable, y medidas dirigidas al fomento de la electrificación de la sociedad. Esta clasificación no es exhaustiva y así queda aún un buen puñado de medidas misceláneas que no se corresponden a estos tres tipos (incluyendo algunas muy importantes y positivas, como la extensión a 5 km la distancia para constituir comunidades energéticas), pero aún así los tres tipos definidos son el grueso de la norma.

Esto ya plantea una primera reflexión: si esta norma en vez de en forma de decreto-ley se hubiera planteado como una ley, habría dado lugar a la posibilidad de que se realizaran enmiendas a los apartados concretos que son más discutibles, y producir una ley acordada por la mayoría del Parlamento. Por supuesto que una ley tiene una tramitación lenta, pero parecería más lógico haber incluido en el decreto solo las normas de tenor más técnico (que, al tiempo, son las más urgentes) y que por tanto serían menos controvertidas, y dejar para la tramitación de una ley posterior todo lo demás. Con esta argucia de meterlo todo en el mismo decreto-ley y así intentar forzar un trágala al resto de partidos (una mala praxis legislativa por desgracia habitual en España, donde se abusa de los decretos-ley), al final lo que se ha conseguido es que se haya rechazado todo, tanto lo conveniente - y urgente - como lo discutible.

Dentro de las medidas de carácter más técnico, hay muchos aspectos regulación, de supervisión y de instalación de sistemas que dotarían a la red de transporte, que opera Red Eléctrica Española, de una mayor estabilidad y robustez. Sin entrar en el detalle de cada medida, lo que cabe preguntarse es quién pagaría todos esos sistemas que se tienen que instalar - a mi entender, parte de ellos son sistemas de planta, que deben acompañar a cada planta de generación y que por tanto deberían ser pagados por sus titulares.

En cuanto a las medidas de rescate, aparecen mezcladas con otras y a veces tienen una componente de carácter general y otra realmente pensada para favorecer (por no decir rescatar) al sector renovable. Conviene recordar que estamos viviendo, desde hace ya unos meses, un progresivo hundimiento y desinversión en energía renovable y sus derivados, no solo en España sino en el mundo, fruto del fracaso a estas alturas innegable del REI que tanto hemos discutido y sobre al que ahora no volveré. Lo que más se ha discutido estos días es la pérdida por caducidad de las concesiones de acceso a la red para los proyectos aún no acabados (los llamados hitos administrativos), con fechas de ejecución en varias fases y que el decreto ampliaba por tres a cinco años. Obviamente, la pérdida de estos derechos de conexión es un gran varapalo, pero no olvidemos que actualmente hay un exceso de capacidad de generación eléctrica en el estado español (130 GW de potencia instalada para un consumo medio de 26,5 GW) y que realmente ya no hay tanto negocio (y por eso los inversores llevan tiempo retrayéndose). Para mi son mucho más importantes otras medidas que claramente buscaban mejorar la rentabilidad de los proyectos renovables con argucias cuanto menos feas (como eximir en ciertos casos de las declaraciones de impacto ambiental, promover la utilidad pública que favorece expropiaciones forzosas, o dar ciertos privilegios de acceso a las instalaciones con baterías). Justamente, uno de los aspectos que probablemente va a ser el caballo de batalla de los próximos años va a ser el de las instalaciones híbridas, consistentes en renovables y bancos de baterías, que tanto servirán para generar electricidad como para almacenar y ayudar a regular la red. En realidad, dada la clara contracción del negocio de la producción renovable, muchas empresas del sector se están posicionando para dar un nuevo servicio, el de regulación de la red usando baterías. El problema de las baterías, además de sus elevados costes, es que no son generación de electricidad, no producen energía, sólo la gestionan, así que en realidad son más bien un coste. En ese sentido, el decreto abonaba el terreno para que se retribuyese de varias maneras este tipo de instalaciones, siendo el modelo de hibridación una de las fórmulas que más posibilidades ofrecía, tanto a través de ayudas y subvenciones como con un acceso ventajoso a la red.


Mina de lignito a cielo abierto en Nochten.

Otra de las medidas llamativas de rescate es la rebaja temporal y solo aplicable a 2025 de las horas mínimas de funcionamiento exigidas a las plantas fotovoltaicas para poder acceder al régimen de retribuciones que tienen. Esta medida busca compensar el hecho de que desde el 28 de abril se ha forzado una mayor generación con centrales de ciclo combinado para garantizar la estabilidad de la red, y en general el aumento de curtailments por necesidades técnicas. Con una red saturada de plantas fotovoltaicas, es imposible que todas las plantas puedan acceder al régimen de retribución, no ya este sino ningún año a partir de ahora, pero obviamente la esperanza del legislador es que muy rápidamente se instalen un montón de baterías y sistemas de estabilización y se puede conseguir producir más y más energía fotovoltaica. 

Por último, están todas las medidas pensadas para favorecer la electrificación de la sociedad, que en realidad son medidas pensadas para incrementar el consumo eléctrico. Recordemos que en España, al igual que en la Unión Europea, el consumo de electricidad lleva cayendo, con altibajos, desde 2008.




Estas medidas son las clásicas, incluyendo - cómo no - el fomento del coche eléctrico. Por supuesto, una perspectiva completamente alejada de la realidad social de España, y es que aún no han conseguido entender por qué el consumo de electricidad continúa estancado desde hace años en el 23% del consumo de energía final, y que, de hecho, en cifras absolutas sigue cayendo. Algún día, alguien debería plantear una auditoría del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima y hacer una reflexión crítica de por qué las previsiones están tan alejadas de la realidad.

El fracaso de la convalidación de este decreto supone que el negocio renovable en España se encuentra en una situación crítica. Entre los curtailments y la desinversión, se vivían momentos muy críticos; pero sin el balón de oxígeno del decreto, necesario para sobrevivir el tiempo suficiente para hacer las reconversiones necesarias, muchos proyectos echarán el cierre y hay el riesgo de que el goteo se convierta en desbandada, y la desbandada en pánico. El sector entero podría colapsar, causando un daño gigantesco a la imagen pública de la energía renovable, y por abuso de extensión, ay, a la lucha contra el Cambio Climático. Todo por haber apostado ciegamente por un modelo erróneo, el REI, ignorando los repetidos signos de que no estaba funcionando. El Gobierno de España intentará relanzar el decreto por otras vías, pero el tiempo se agota y el calendario estival no ayuda. Dependiendo del clima internacional, si no hay un cambio rápido, a la vuelta de vacaciones se puede vivir una auténtica debacle. Y entonces, todos esos industrialistas que nos hostigaron a los que avisábamos de que este modelo era insostenible, deberían de reflexionar si realmente no se han equivocado con su actitud. Y, ya puestos, podrían pedir perdón. Aunque lo más importante en ese momento será ver cómo recomponer los platos rotos y cómo plantear rápidamente un modelo de transición que, éste sí, funcione, porque lo necesitamos urgentemente.


Fuente: The Oil Crush

domingo, 16 de marzo de 2025

Noam Chomsky y la alternativa socialista al caos climático

 

 Por Robert Pollin  
      Profesor, escritor y economista estadounidense.


La contribución política más conocida de Noam Chomsky es su poderosa y prolongada crítica de la política exterior estadounidense. Pero Chomsky también utilizó su alcance global para dar la voz de alarma sobre la crisis climática y trazar un camino para evitar el desastre.


     Si decidimos tomarnos en serio el abrumador consenso de los científicos climáticos más creíbles, tenemos que aceptar que el cambio climático representa una amenaza verdaderamente existencial para la continuación de la vida en la Tierra tal como la conocemos.

Dada esta realidad, no es de extrañar que Noam Chomsky se haya comprometido a educar a la mayor audiencia global posible sobre la ciencia básica que hay detrás de la crisis climática, los factores que la produjeron y la forma de avanzar hacia un camino viable para revertirla.


Noam Chomsky habla durante una conferencia de prensa en Curitiba, Brasil, el 20 de septiembre de 2018.

Tampoco es sorprendente que Chomsky entienda a la crisis como una grave malignidad del capitalismo neoliberal contemporáneo y que, en consecuencia, anticipe que el trabajo de revertirla requerirá de una movilización popular masiva que derrote al neoliberalismo bajo las banderas combinadas de la justicia social y de la cordura ecológica.

Por supuesto, las contribuciones de investigación profundamente impactantes de Chomsky, que abarcan más de siete décadas, cubrieron principalmente los campos de la lingüística, la filosofía, la psicología y la ciencia cognitiva. Nunca afirmó ser un experto en los detalles técnicos de la ciencia climática o en la economía de la construcción de un sistema alternativo de energía limpia.

Al mismo tiempo, Chomsky, legendariamente, es un hombre que «lee de todo». Y no se limita a leer de todo. Más bien, a lo largo de décadas, Chomsky demostró una asombrosa capacidad para absorber una enorme variedad de material sobre cuestiones sociales y políticas de importancia crítica. También es capaz de explicar estos temas a millones de lectores en todo el mundo a través de su combinación sin igual de pasión moral, rigor, profundidad de visión, claridad y también —cuando decide desatarla— una fuerza retórica estimulante.

Estas son exactamente las cualidades que Chomsky aportó al abordar la crisis climática. Sus contribuciones son fundamentales para comprender todo el alcance de sus ramificaciones sociales, económicas, políticas y ecológicas.

Un desafío único para la humanidad

Empecé a trabajar con Chomsky en temas climáticos en 2017. En ese momento, el periodista progresista C. J. Polychroniou, un amigo íntimo suyo desde hace mucho tiempo, propuso que Chomsky y yo comenzáramos una serie de entrevistas escritas conjuntas para Truthout, que abarcaran temas relacionados con el neoliberalismo y la crisis climática.

Me sentí profundamente honrado y emocionado por esta oportunidad. Los escritos de Chomsky me influyeron mucho desde que estaba en segundo año de la universidad (es decir, hace mucho tiempo). Pero solo nos habíamos visto en persona brevemente un par de veces y nunca habíamos tenido interacciones prolongadas de ningún tipo sobre ningún tema, y mucho menos colaboraciones activas.

Nuestra primera entrevista conjunta se publicó en octubre de 2017, y nuestra colaboración continuó a partir de ese momento, con nuestra más reciente entrevista conjunta, publicada en junio de 2023. Nuestro proyecto en común más extenso es nuestro libro de 2020 Climate Crisis and the Global Green New Deal: The Political Economy of Saving the Planet [La crisis climática y el Nuevo Pacto Verde Global: La economía política de salvar el planeta]. Este pequeño libro también está estructurado en torno a una serie de preguntas de la entrevista que Polychroniou nos planteó por separado a Chomsky y a mí. Todas las citas directas que siguen proceden de las contribuciones de Chomsky a nuestro libro de 2020.


Noam Chomsky y Robert Pollin.

El libro comienza con una descripción de Chomsky de la situación actual en términos directos, es decir, adecuadamente crudos. Presenta a la crisis climática como «gemela» de la crisis nuclear, al ser «única en la historia de la humanidad», ya que ambos peligros plantean legítimamente la cuestión de «si la sociedad humana organizada puede sobrevivir de alguna forma reconocible». Mientras que, como él dice, «la historia está demasiado llena de registros de guerras horrendas, torturas indescriptibles, masacres y todos los abusos imaginables de los derechos fundamentales», la existencia de una fuerza que amenaza con la destrucción de «la vida humana organizada en cualquier forma reconocible o tolerable» es «completamente nueva».




Chomsky se basa entonces en algunos hallazgos clave de la investigación para documentar sus afirmaciones:

Nos estamos acercando peligrosamente a las temperaturas globales de hace 120.000 años, cuando el nivel del mar era entre 6 y 9 metros más alto que hoy. Se trata de perspectivas realmente inimaginables, incluso descontando el efecto de tormentas más frecuentes y violentas, que acabarán con los restos que queden. Uno de los muchos acontecimientos ominosos que podrían llenar el vacío entre hace 120.000 años y hoy es el derretimiento de la vasta capa de hielo de la Antártida Occidental. Los glaciares se deslizan hacia el mar cinco veces más rápido que en la década de 1990, con más de 100 metros de espesor de hielo perdido en algunas zonas debido al calentamiento de los océanos, y esas pérdidas se duplican cada década. La pérdida total de la capa de hielo de la Antártida Occidental elevaría el nivel del mar unos cinco metros, inundando ciudades costeras y generando efectos absolutamente devastadores en otros lugares, como las llanuras bajas de Bangladesh, por ejemplo. Esta es solo una de las muchas preocupaciones de quienes están prestando atención a lo que sucede ante nuestros ojos”.


Fractura y desprendimiento de la capa de hielo en la Antártida.

Chomsky también enfatiza, al comienzo de nuestro libro, la necesidad de actuar:

Los que vivimos hoy decidiremos el destino de la humanidad, y el destino de las otras especies que ahora estamos destruyendo a un ritmo nunca visto en 65 millones de años, cuando un enorme asteroide golpeó la Tierra, poniendo fin a la era de los dinosaurios y abriendo el camino para que algunos pequeños mamíferos evolucionaran hasta convertirse finalmente en el clon del asteroide, que se diferencia de su predecesor en que puede tomar una decisión”.

Negacionismo climático: perfiles de la vergüenza


Negacionistas climáticos en Australia .

Chomsky no escatima nada al momento de destripar a algunas importantes figuras, especialmente de la escena estadounidense, que promueven el negacionismo climático. Esto incluye al Partido Republicano contemporáneo, empezando, por supuesto, por Donald Trump y sus acólitos. Pero eso es solo un comienzo, ya que la despreciable alineación de negacionistas republicanos del clima se extiende a toda una gama de figuras destacadas, incluidos los llamados «moderados». Como escribe sobre la campaña para las primarias republicanas de 2016:

Todos y cada uno de los candidatos negaron que lo que está sucediendo esté sucediendo, o dijeron que tal vez lo esté, pero que no importa (este último mensaje provino de los «moderados», el exgobernador Jeb Bush y el gobernador de Ohio, John Kasich). Kasich fue considerado el más serio y sobrio de los candidatos. Rompió filas al reconocer los hechos básicos, pero añadió que «vamos a quemar [carbón] en Ohio y no vamos a pedir disculpas por ello». Eso es un apoyo al 100% a la destrucción de las perspectivas de vida humana organizada, con la figura más respetada adoptando la postura más grotesca. Sorprendentemente, este asombroso espectáculo pasó prácticamente sin comentarios (si es que hubo alguno) dentro de la corriente principal, un hecho de no poca importancia en sí mismo”.

Chomsky señala que los republicanos no siempre negaron el cambio climático. Tampoco se opusieron siempre a las políticas de protección medioambiental en general. De hecho, la Agencia de Protección Medioambiental de EE.UU. se creó en 1971 bajo el mandato del presidente republicano Richard Nixon. En la campaña presidencial de 2008, la plataforma del Partido Republicano y su candidato John McCain abogaron firmemente por medidas para abordar el cambio climático.

Chomsky explica lo que ocurrió con los republicanos tras la campaña presidencial de McCain en 2008, centrándose adecuadamente en el papel de los hermanos Koch, David y Charles. El patrimonio neto combinado de los hermanos era de unos 120.000 millones de dólares al momento de la muerte de David en 2019, lo que los convertía en dos de las personas más ricas del mundo en ese momento. Prácticamente toda su riqueza estaba vinculada a la industria de los combustibles fósiles.

Chomsky se basa en el libro de 2019 de Christopher Leonard, Kochland: The Secret History of Koch Industries and Corporate Power in America [Kochland: La historia secreta de Koch Industries y el poder corporativo en Estados Unidos], para argumentar su caso:


Kochland:The Secret History of Koch Industries and Corporate Power in America.

Leonard describe a David Koch como el «negacionista por excelencia», cuyo rechazo al calentamiento global antropogénico era profundo y sincero. Dejemos de lado las sospechas de que esto podría tener algo que ver con el hecho de que tenía una inmensa fortuna en juego en este negacionismo, tal vez billones de dólares de pérdidas potenciales durante un período de treinta años o más si el negacionismo fracasara, estima Leonard. No obstante, dejemos de lado la incredulidad y aceptemos que sus convicciones eran totalmente sinceras. Eso no sería ninguna sorpresa. John C. Calhoun, el gran ideólogo de la esclavitud, sin duda creía sinceramente que los crueles campos de trabajo esclavo del sur eran la base necesaria para una civilización superior.

El negacionismo de los hermanos Koch fue mucho más allá de meros esfuerzos por convencer. Lanzaron enormes campañas para asegurarse de que no se hiciera nada que impidiera la explotación de los combustibles fósiles en los que se basa su fortuna. Como relata Leonard, «David Koch trabajó incansablemente, durante décadas, para expulsar de sus cargos a cualquier republicano moderado que propusiera regular los gases de efecto invernadero».

No dejaron piedra sin remover: redes de ricos donantes, grupos de expertos para cambiar el discurso, uno de los mayores grupos de presión del país, la organización de lo que pueden parecer grupos de base para campañas puerta a puerta, creando y dando forma al Tea Party… El gigante de los hermanos Koch destaca por su cuidadosa planificación y el uso exitoso de los inmensos beneficios que obtuvo al contaminar la atmósfera global sin costo alguno, una mera «externalidad», en la terminología del sector. Pero es un símbolo del capitalismo salvaje que se hace cada vez más evidente a medida que ese proyecto neoliberal que tan bien le sirvió a la riqueza privada y al poder corporativo se ve amenazado”.

¿Rescates tecnológicos?

En la medida en que la industria de los combustibles fósiles reconoció la amenaza del cambio climático —y todos esos reconocimientos fueron anémicos y a regañadientes—, no es de extrañar que la industria también se haya obsesionado con su propio plan de acción favorito. Se trata de desarrollar tecnologías de captura de carbono a escala global masiva. Se trata de tecnologías cuyo propósito es eliminar el carbono emitido de la atmósfera y transportarlo, generalmente a través de tuberías, a formaciones geológicas subterráneas, donde se almacenaría de forma permanente.

El plan sería que estas tecnologías permitieran a las empresas de combustibles fósiles seguir obteniendo beneficios mediante la venta de petróleo, carbón y gas natural. Esto sería posible porque la captura de carbono permitiría que la producción de energía basada en combustibles fósiles continuara sin destruir necesariamente el planeta como un desafortunado efecto secundario. El único problema es que estas tecnologías nunca lograron funcionar con éxito a escala comercial, a pesar de décadas de fanfarronería al respecto por parte de la industria de los combustibles fósiles.

Chomsky deja claro que ni las tecnologías de captura de carbono ni otras similares son capaces de ofrecer más que una corriente sin trabas de enormes beneficios para la industria de los combustibles fósiles. Ciertamente, no se puede confiar en ellas como una vía viable para la estabilización del clima. Citando el trabajo del científico climático de la Universidad de Oxford Raymond Pierrehumbert, escribe que el especialista revisa «las posibles soluciones técnicas y sus problemas muy serios», concluyendo que «no hay plan B». Por lo tanto, «debemos pasar a las emisiones netas de carbono, y rápido».

Al mismo tiempo, Chomsky reconoce que no hay forma de construir la nueva infraestructura global de energía limpia que necesitamos sin apoyar una serie de avances tecnológicos en las áreas de eficiencia energética, fuentes de energía renovables y agricultura sostenible:

Existe un amplio consenso sobre la necesidad de avanzar hacia la electrificación, lo que requiere cobre, un recurso que se está desperdiciando y que, con la tecnología actual, solo puede extraerse de formas que son bastante perjudiciales para el medio ambiente. Es difícil evitar estos dilemas, pero eso no es razón para no explorar enérgicamente los tipos de tecnología que parecen más adecuados para avanzar hacia un ecosistema sostenible y saludable. Queda mucho por hacer. La producción industrial de carne, incluso al margen de consideraciones éticas, no debe tolerarse debido a su contribución sustancial al calentamiento global. Tenemos que encontrar formas de cambiar a dietas basadas en plantas derivadas de prácticas agrícolas sostenibles, lo cual no es tarea fácil”.

Países ricos, países pobres y justicia climática

Chomsky tiene claro que la responsabilidad de prevenir una catástrofe climática debe recaer principalmente en los países que hoy tienen altas rentas, empezando por Estados Unidos, pero incluyendo a Europa Occidental, Japón, Canadá y Australia, que vienen quemando combustibles fósiles desde mediados del siglo XIX como base para alcanzar sus niveles actuales de riqueza.

Más aún, la responsabilidad debe recaer principalmente en las personas más ricas de estas sociedades, aquellas que más se beneficiaron durante la larga era de los combustibles fósiles. Como señala, la crisis «solo puede superarse con los esfuerzos comunes de todo el mundo, aunque, por supuesto, la responsabilidad es proporcional a la capacidad, y los principios morales elementales exigen que recaiga una responsabilidad especial en aquellos que fueron sido los principales responsables de crear las crisis a lo largo de los siglos, enriqueciéndose mientras creaban un destino sombrío para la humanidad».

Pero esta perspectiva también conduce a una pregunta difícil de seguir. En aras de la justicia climática, ¿debería permitirse a los países de bajos ingresos seguir quemando combustibles fósiles como base de su crecimiento económico, tal y como habían hecho los países ahora ricos para enriquecerse? Chomsky responde lo siguiente:

Hay algo de justicia en esa posición, a lo que podemos añadir que los países pobres, que tienen mucha menos responsabilidad en la crisis, son sus principales víctimas (…). Sin embargo, si consideramos las consecuencias de ello, en particular para estos países, sería un suicidio que tomaran esto como una razón para retrasar la lucha contra la crisis climática. La respuesta correcta, introducida tímidamente y de manera demasiado limitada en los acuerdos internacionales, es que los países ricos proporcionen la ayuda necesaria para que puedan avanzar hacia la energía sostenible.

La ayuda necesaria podría proporcionarse de muchas maneras, incluidas algunas muy sencillas que podrían tener un impacto considerable y apenas supondrían un error estadístico en los presupuestos nacionales.

Por poner un ejemplo, gran parte de la India se está volviendo apenas vivible debido a olas de calor más intensas y frecuentes, que alcanzaron los 50 ºC en Rajastán en el verano de 2019. Quienes pueden permitírselo están utilizando aires acondicionados altamente ineficientes y muy contaminantes. Eso podría corregirse fácilmente. ¿Cuánto les costaría a los países ricos al menos ayudar a la gente a soportar el destino que les hemos impuesto, en nuestra locura?

Sin dudas, esto es apenas el mínimo indispensable. Seguramente podemos aspirar a mucho más, incluso a que un día se comprenda de manera generalizada que los sectores más vulnerables, tanto en el ámbito doméstico como en el internacional, deben ser la principal preocupación, y a que las instituciones hayan experimentado un cambio radical para reflejar y hacer posible esa comprensión común”.

¿Qué hay que hacer?

Por supuesto, Chomsky y yo estamos totalmente de acuerdo en el marco básico, así como en los detalles críticos para avanzar en un proyecto viable de estabilización climática. No habríamos continuado nuestra colaboración durante seis años si fuera de otra manera. Chomsky también me siguió en gran medida a la hora de resolver los detalles técnicos pertinentes, ya que este fue uno de mis principales focos de investigación durante los últimos quince años. Dejando de lado estos detalles, el marco básico de nuestro enfoque conjunto es sencillo e incluye los siguientes puntos principales:

1. La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero debe alcanzar al menos el principal objetivo establecido en 2018 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, a saber, emisiones cercanas a cero para 2050. Esto requiere la eliminación gradual de los combustibles fósiles como fuente de energía para 2050, así como la sustitución de las prácticas agrícolas corporativas, incluida la deforestación, por la agricultura orgánica.

2. Las inversiones para elevar drásticamente los estándares de eficiencia energética y expandir igualmente de manera drástica el suministro de energía solar, eólica y otras fuentes de energía limpia y renovable deben formar la vanguardia de la transición hacia una economía verde en todas las regiones del mundo. Estas inversiones en energía limpia se convertirán, a su vez, en nuevos motores importantes de creación de empleo en todo el mundo.

3. La transición hacia una economía verde debe incluir medidas sólidas para una transición justa para los trabajadores y las comunidades cuyo bienestar depende actualmente de la industria de los combustibles fósiles.

4. Como se señaló anteriormente, los costos de estas inversiones y medidas de transición justa deben ser asumidos principalmente por los países ricos y las personas adineradas que más se beneficiaron de la era de los combustibles fósiles.

Todas las partes de este proyecto deben estar funcionando a escala global ahora. No tenemos tiempo para esperar a que el capitalismo neoliberal colapse y sea reemplazado por el socialismo. Al mismo tiempo, a través de la expansión a gran escala de buenas oportunidades de trabajo y del establecimiento de generosas medidas de transición justa, el programa de estabilización climática también puede convertirse en la base de una agenda igualitaria más amplia que sea capaz de suplantar al neoliberalismo.

Al igual que muchos otros, Chomsky y yo pensamos que el término «Green New Deal» [Nuevo acuerdo verde] capturó gran parte del espíritu de este proyecto global. Pero, obviamente, el término en sí no es lo importante. Lo que importa es diseñar y comprometerse con un proyecto que tenga éxito.

Con ese fin, Chomsky presta gran atención a las principales cuestiones de la izquierda, entre ellas a cómo construir de la manera más eficaz posibles coaliciones entre los movimientos laborales y medioambientales. También evalúa dos influyentes perspectivas izquierdistas sobre la crisis climática, es decir, el decrecimiento y el ecosocialismo, y ofrece su perspectiva sobre cuestiones de tácticas específicas, así como sobre las estrategias generales para construir el movimiento climático más fuerte posible.

Chomsky describe la labor del difunto líder sindical estadounidense Tony Mazzocchi como un poderoso ejemplo de cómo aunar los intereses de los trabajadores y los ecologistas:

Es bueno recordar que uno de los primeros y más destacados ecologistas fue un líder sindical, Tony Mazzocchi, jefe del Sindicato Internacional de Trabajadores del Petróleo, la Química y la Energía Atómica (OCAW, por sus siglas en inglés). Los miembros de su sindicato estaban en primera línea, enfrentándose todos los días en sus trabajos a la destrucción del medio ambiente y eran víctimas directas del asalto corporativo a sus vidas individuales. Bajo el liderazgo de Mazzocchi, el OCAW fue la fuerza impulsora detrás del establecimiento de la Ley de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) en 1970, que protege a los trabajadores en el trabajo, firmada por el último presidente liberal estadounidense, Richard Nixon, «liberal» en el sentido estadounidense, es decir, ligeramente socialdemócrata.

Mazzocchi fue un duro crítico del capitalismo, así como un comprometido ecologista. Sostuvo que los trabajadores debían «controlar el entorno de la planta», al tiempo que toman la iniciativa en la lucha contra la contaminación industrial. (…) El camino que Mazzocchi trató de forjar —el del trabajo militante como fuerza motriz del movimiento ecologista— no es un sueño ocioso y debe perseguirse activamente”.

Chomsky luego ofrece una valoración equilibrada de los planteos del decrecimiento:

El cambio a la energía sostenible requiere crecimiento: construcción e instalación de paneles solares y turbinas eólicas, climatización de hogares, grandes proyectos de infraestructura para crear un transporte masivo eficiente y mucho más. En consecuencia, no podemos simplemente decir que «el crecimiento es malo». A veces sí, a veces no. Depende del tipo de crecimiento. Por supuesto, todos deberíamos estar a favor del (muy rápido) «decrecimiento» de las industrias energéticas, de las instituciones financieras en gran medida depredadoras, del establishment militar inflado y peligroso, y de muchas otras cosas que podemos enumerar. Deberíamos pensar en cómo diseñar una sociedad habitable. Eso implicará tanto crecimiento como decrecimiento, lo que planteará muchas cuestiones importantes. El equilibrio depende de una amplia gama de opciones y decisiones particulares”.

También su análisis es equilibrado al considerar el ecosocialismo:

Por lo que entiendo del ecosocialismo, no en profundidad, se solapa muy estrechamente con otras corrientes socialistas de izquierda. No creo que estemos en una etapa en la que adoptar un «proyecto político» específico sea muy útil. Hay cuestiones cruciales que deben abordarse ahora mismo. Nuestros esfuerzos deben basarse en directrices sobre el tipo de sociedad futura que nos gustaría ver nacer, y que puede construirse en parte dentro de la sociedad existente de muchas maneras, algunas ya discutidas. Está bien replantear posiciones específicas sobre el futuro con más o menos detalle, pero por ahora me parecen, en el mejor de los casos, formas de afinar ideas más que plataformas a las que aferrarse.

Se puede argumentar que las características inherentes del capitalismo conducen inexorablemente a la ruina del medio ambiente, y que poner fin al capitalismo debe ser una prioridad del movimiento ecologista. Hay un problema fundamental con este argumento: las escalas de tiempo. Desmantelar el capitalismo es imposible en el plazo necesario para tomar medidas urgentes, lo que requiere una gran movilización nacional, e incluso internacional, si se quiere evitar una crisis grave.

Además, todo el debate es engañoso. Los dos esfuerzos —evitar el desastre medioambiental y desmantelar el capitalismo en favor de una sociedad más libre, justa y democrática— deben y pueden llevarse a cabo en paralelo. Y pueden llegar muy lejos con una organización popular masiva”.

Tomarse en serio la cuestión táctica

Chomsky sostiene que no existe un enfoque táctico general que sea eficaz o apropiado en todas las situaciones. Los activistas deben prestarle más atención a las circunstancias, «a la naturaleza de la acción planificada y a las posibles consecuencias, en la medida en que podamos determinarlas». Considera estas cuestiones en particular al evaluar el papel que la desobediencia civil puede desempeñar en el avance del movimiento climático:

Participé en la desobediencia civil durante muchos años, en algunos periodos de forma intensa, y creo que es una táctica razonable, a veces. No debe adoptarse simplemente porque uno se sienta fuertemente identificado con el tema y quiera mostrarlo al mundo. Esa táctica puede ser adecuada, pero no es suficiente. Es necesario considerar las consecuencias. ¿Está la acción diseñada de manera que anime a otros a pensar, a convencerse, a unirse? ¿O es más probable que antagonice, irrite y haga que la gente apoye precisamente aquello contra lo que protestamos? Las consideraciones tácticas a menudo se denigran, considerando que son cuestiones para mentes pequeñas, no para tipos serios y con principios como yo. Todo lo contrario. Los juicios tácticos tienen consecuencias humanas directas. Son una preocupación profundamente basada en principios. No basta con pensar: «Tengo razón, y si los demás no pueden verlo, peor para ellos». Tales actitudes a menudo causaron graves daños”.

En términos más generales, Chomsky expresa un profundo respeto por los logros que el movimiento climático consiguió hasta la fecha en todo el mundo. También insiste en que el movimiento todavía tiene tiempo para lograr su objetivo, es decir, nada menos que salvar al planeta del desastre. Concluiré con algunas de las inimitables y estimulantes reflexiones de Chomsky sobre esta cuestión:

Hay países y localidades en los que se están realizando serios esfuerzos para actuar antes de que sea demasiado tarde. Y no es demasiado tarde. La respuesta a la loca carrera por producir más medios de autodestrucción es bastante obvia, al menos en palabras; su implementación es otro asunto. Y todavía estamos a tiempo de mitigar la inminente catástrofe climática si nos comprometemos firmemente. Sin duda, no es imposible si se afrontan los hechos. En 1941, Estados Unidos enfrentó una amenaza grave, aunque incomparablemente menor, y respondió con una movilización masiva voluntaria tan abrumadora que impresionó profundamente al zar económico de la Alemania nazi, Albert Speer, quien lamentó que la Alemania totalitaria no pudiera igualar la subordinación voluntaria a la tarea nacional que se daba en las sociedades más libres”.


Fuente: Rebelión