La
contribución política más conocida de Noam Chomsky es su poderosa
y prolongada crítica de la política exterior estadounidense. Pero
Chomsky también utilizó su alcance global para dar la voz de alarma
sobre la crisis climática y trazar un camino para evitar el
desastre.
Si
decidimos tomarnos en serio el abrumador consenso de los científicos
climáticos más creíbles, tenemos que aceptar que el cambio
climático representa una amenaza verdaderamente existencial para la
continuación de la vida en la Tierra tal como la conocemos.
Dada
esta realidad, no es de extrañar que Noam Chomsky se haya
comprometido a educar a la mayor audiencia global posible sobre la
ciencia básica que hay detrás de la crisis climática, los factores
que la produjeron y la forma de avanzar hacia un camino viable para
revertirla.
Noam Chomsky habla durante una conferencia de prensa en Curitiba, Brasil, el 20 de septiembre de 2018.
Tampoco
es sorprendente que Chomsky entienda a la crisis como una grave
malignidad del capitalismo neoliberal contemporáneo y que, en
consecuencia, anticipe que el trabajo de revertirla requerirá de una
movilización popular masiva que derrote al neoliberalismo bajo las
banderas combinadas de la justicia social y de la cordura ecológica.
Por
supuesto, las contribuciones de investigación profundamente
impactantes de Chomsky, que abarcan más de siete décadas, cubrieron
principalmente los campos de la lingüística, la filosofía, la
psicología y la ciencia cognitiva. Nunca afirmó ser un experto en
los detalles técnicos de la ciencia climática o en la economía de
la construcción de un sistema alternativo de energía limpia.
Al
mismo tiempo, Chomsky, legendariamente, es un hombre que «lee de
todo». Y no se limita a leer de todo. Más bien, a lo largo de
décadas, Chomsky demostró una asombrosa capacidad para absorber una
enorme variedad de material sobre cuestiones sociales y políticas de
importancia crítica. También es capaz de explicar estos temas a
millones de lectores en todo el mundo a través de su combinación
sin igual de pasión moral, rigor, profundidad de visión, claridad y
también —cuando decide desatarla— una fuerza retórica
estimulante.
Estas
son exactamente las cualidades que Chomsky aportó al abordar la
crisis climática. Sus contribuciones son fundamentales para
comprender todo el alcance de sus ramificaciones sociales,
económicas, políticas y ecológicas.
Un
desafío único para la humanidad
Empecé
a trabajar con Chomsky en temas climáticos en 2017. En ese momento,
el periodista progresista C. J. Polychroniou, un amigo íntimo suyo
desde hace mucho tiempo, propuso que Chomsky y yo comenzáramos una
serie de entrevistas escritas conjuntas para Truthout,
que abarcaran temas relacionados con el neoliberalismo y la crisis
climática.
Me
sentí profundamente honrado y emocionado por esta oportunidad. Los
escritos de Chomsky me influyeron mucho desde que estaba en segundo
año de la universidad (es decir, hace mucho tiempo). Pero solo nos
habíamos visto en persona brevemente un par de veces y nunca
habíamos tenido interacciones prolongadas de ningún tipo sobre
ningún tema, y mucho menos colaboraciones activas.
Nuestra
primera
entrevista conjunta
se
publicó en octubre de 2017, y nuestra colaboración continuó a
partir de ese momento, con nuestra más
reciente entrevista conjunta,
publicada en junio de 2023. Nuestro proyecto en común más extenso
es nuestro libro
de 2020
Climate
Crisis and the Global Green New Deal: The Political Economy of Saving
the Planet [La
crisis climática y el Nuevo Pacto Verde Global: La economía
política de salvar el planeta].
Este
pequeño libro también está estructurado en torno a una serie de
preguntas de la entrevista que Polychroniou nos planteó por separado
a Chomsky y a mí. Todas las citas directas que siguen proceden de
las contribuciones de Chomsky a nuestro libro de 2020.
Noam Chomsky y Robert Pollin.
El
libro comienza con una descripción de Chomsky de la situación
actual en términos directos, es decir, adecuadamente crudos.
Presenta a la crisis climática como «gemela» de la crisis nuclear,
al ser «única en la historia de la humanidad», ya que ambos
peligros plantean legítimamente la cuestión de «si la sociedad
humana organizada puede sobrevivir de alguna forma reconocible».
Mientras que, como él dice, «la historia está demasiado llena de
registros de guerras horrendas, torturas indescriptibles, masacres y
todos los abusos imaginables de los derechos fundamentales», la
existencia de una fuerza que amenaza con la destrucción de «la vida
humana organizada en cualquier forma reconocible o tolerable» es
«completamente nueva».
Chomsky
se basa entonces en algunos hallazgos clave de la investigación para
documentar sus afirmaciones:
“Nos
estamos acercando peligrosamente a las temperaturas globales de hace
120.000 años, cuando el nivel del mar era entre 6 y 9 metros más
alto que hoy. Se trata de perspectivas realmente inimaginables,
incluso descontando el efecto de tormentas más frecuentes y
violentas, que acabarán con los restos que queden. Uno de los muchos
acontecimientos ominosos que podrían llenar el vacío entre hace
120.000 años y hoy es el derretimiento de la vasta capa de hielo de
la Antártida Occidental. Los glaciares se deslizan hacia el mar
cinco veces más rápido que en la década de 1990, con más de 100
metros de espesor de hielo perdido en algunas zonas debido al
calentamiento de los océanos, y esas pérdidas se duplican cada
década. La pérdida total de la capa de hielo de la Antártida
Occidental elevaría el nivel del mar unos cinco metros, inundando
ciudades costeras y generando efectos absolutamente devastadores en
otros lugares, como las llanuras bajas de Bangladesh, por ejemplo.
Esta es solo una de las muchas preocupaciones de quienes están
prestando atención a lo que sucede ante nuestros ojos”.

Fractura y desprendimiento de la capa de hielo en la Antártida.
Chomsky
también enfatiza, al comienzo de nuestro libro, la necesidad de
actuar:
“Los
que vivimos hoy decidiremos el destino de la humanidad, y el destino
de las otras especies que ahora estamos destruyendo a un ritmo nunca
visto en 65 millones de años, cuando un enorme asteroide golpeó la
Tierra, poniendo fin a la era de los dinosaurios y abriendo el camino
para que algunos pequeños mamíferos evolucionaran hasta convertirse
finalmente en el clon del asteroide, que se diferencia de su
predecesor en que puede tomar una decisión”.
Negacionismo
climático: perfiles de la vergüenza
Negacionistas climáticos en Australia .
Chomsky
no escatima nada al momento de destripar a algunas importantes
figuras, especialmente de la escena estadounidense, que promueven el
negacionismo climático. Esto incluye al Partido Republicano
contemporáneo, empezando, por supuesto, por Donald Trump y sus
acólitos. Pero eso es solo un comienzo, ya que la despreciable
alineación de negacionistas republicanos del clima se extiende a
toda una gama de figuras destacadas, incluidos los llamados
«moderados». Como escribe sobre la campaña para las primarias
republicanas de 2016:
“Todos
y cada uno de los candidatos negaron que lo que está sucediendo esté
sucediendo, o dijeron que tal vez lo esté, pero que no importa (este
último mensaje provino de los «moderados», el exgobernador Jeb
Bush y el gobernador de Ohio, John Kasich). Kasich fue considerado el
más serio y sobrio de los candidatos. Rompió filas al reconocer los
hechos básicos, pero añadió que «vamos a quemar [carbón] en Ohio
y no vamos a pedir disculpas por ello». Eso es un apoyo al 100% a la
destrucción de las perspectivas de vida humana organizada, con la
figura más respetada adoptando la postura más grotesca.
Sorprendentemente, este asombroso espectáculo pasó prácticamente
sin comentarios (si es que hubo alguno) dentro de la corriente
principal, un hecho de no poca importancia en sí mismo”.
Chomsky
señala que los republicanos no siempre negaron el cambio climático.
Tampoco se opusieron siempre a las políticas de protección
medioambiental en general. De hecho, la Agencia de Protección
Medioambiental de EE.UU. se creó en 1971 bajo el mandato del
presidente republicano Richard Nixon. En la campaña presidencial de
2008, la plataforma del Partido Republicano y su candidato John
McCain abogaron firmemente por medidas para abordar el cambio
climático.
Chomsky
explica lo que ocurrió con los republicanos tras la campaña
presidencial de McCain en 2008, centrándose adecuadamente en el
papel de los hermanos Koch, David y Charles. El patrimonio neto
combinado de los hermanos era de unos 120.000 millones de dólares al
momento de la muerte de David en 2019, lo que los convertía en dos
de las personas más ricas del mundo en ese momento. Prácticamente
toda su riqueza estaba vinculada a la industria de los combustibles
fósiles.
Chomsky
se basa en el libro de 2019 de Christopher Leonard, Kochland:
The Secret History of Koch Industries and Corporate Power in America
[Kochland:
La historia secreta de Koch Industries y el poder corporativo en
Estados Unidos],
para argumentar su caso:
Kochland:The Secret History of Koch Industries and Corporate Power in America.
“Leonard
describe a David Koch como el «negacionista por excelencia», cuyo
rechazo al calentamiento global antropogénico era profundo y
sincero. Dejemos de lado las sospechas de que esto podría tener algo
que ver con el hecho de que tenía una inmensa fortuna en juego en
este negacionismo, tal vez billones de dólares de pérdidas
potenciales durante un período de treinta años o más si el
negacionismo fracasara, estima Leonard. No obstante, dejemos de lado
la incredulidad y aceptemos que sus convicciones eran totalmente
sinceras. Eso no sería ninguna sorpresa. John C. Calhoun, el gran
ideólogo de la esclavitud, sin duda creía sinceramente que los
crueles campos de trabajo esclavo del sur eran la base necesaria para
una civilización superior.
El
negacionismo de los hermanos Koch fue mucho más allá de meros
esfuerzos por convencer. Lanzaron enormes campañas para asegurarse
de que no se hiciera nada que impidiera la explotación de los
combustibles fósiles en los que se basa su fortuna. Como relata
Leonard, «David Koch trabajó incansablemente, durante décadas,
para expulsar de sus cargos a cualquier republicano moderado que
propusiera regular los gases de efecto invernadero».
No
dejaron piedra sin remover: redes de ricos donantes, grupos de
expertos para cambiar el discurso, uno de los mayores grupos de
presión del país, la organización de lo que pueden parecer grupos
de base para campañas puerta a puerta, creando y dando forma al Tea
Party… El gigante de los hermanos Koch destaca por su cuidadosa
planificación y el uso exitoso de los inmensos beneficios que obtuvo
al contaminar la atmósfera global sin costo alguno, una mera
«externalidad», en la terminología del sector. Pero es un símbolo
del capitalismo salvaje que se hace cada vez más evidente a medida
que ese proyecto neoliberal que tan bien le sirvió a la riqueza
privada y al poder corporativo se ve amenazado”.
¿Rescates
tecnológicos?
En
la medida en que la industria de los combustibles fósiles reconoció
la amenaza del cambio climático —y todos esos reconocimientos
fueron anémicos y a regañadientes—, no es de extrañar que la
industria también se haya obsesionado con su propio plan de acción
favorito. Se trata de desarrollar tecnologías de captura de carbono
a escala global masiva. Se trata de tecnologías cuyo propósito es
eliminar el carbono emitido de la atmósfera y transportarlo,
generalmente a través de tuberías, a formaciones geológicas
subterráneas, donde se almacenaría de forma permanente.
El
plan sería que estas tecnologías permitieran a las empresas de
combustibles fósiles seguir obteniendo beneficios mediante la venta
de petróleo, carbón y gas natural. Esto sería posible porque la
captura de carbono permitiría que la producción de energía basada
en combustibles fósiles continuara sin destruir necesariamente el
planeta como un desafortunado efecto secundario. El único problema
es que estas tecnologías nunca lograron funcionar con éxito a
escala comercial, a pesar de décadas de fanfarronería al respecto
por parte de la industria de los combustibles fósiles.
Chomsky
deja claro que ni las tecnologías de captura de carbono ni otras
similares son capaces de ofrecer más que una corriente sin trabas de
enormes beneficios para la industria de los combustibles fósiles.
Ciertamente, no se puede confiar en ellas como una vía viable para
la estabilización del clima. Citando el trabajo del científico
climático de la Universidad de Oxford Raymond Pierrehumbert, escribe
que el especialista revisa «las posibles soluciones técnicas y sus
problemas muy serios», concluyendo que «no hay plan B». Por lo
tanto, «debemos pasar a las emisiones netas de carbono, y rápido».
Al
mismo tiempo, Chomsky reconoce que no hay forma de construir la nueva
infraestructura global de energía limpia que necesitamos sin apoyar
una serie de avances tecnológicos en las áreas de eficiencia
energética, fuentes de energía renovables y agricultura sostenible:
“Existe
un amplio consenso sobre la necesidad de avanzar hacia la
electrificación, lo que requiere cobre, un recurso que se está
desperdiciando y que, con la tecnología actual, solo puede extraerse
de formas que son bastante perjudiciales para el medio ambiente. Es
difícil evitar estos dilemas, pero eso no es razón para no explorar
enérgicamente los tipos de tecnología que parecen más adecuados
para avanzar hacia un ecosistema sostenible y saludable. Queda mucho
por hacer. La producción industrial de carne, incluso al margen de
consideraciones éticas, no debe tolerarse debido a su contribución
sustancial al calentamiento global. Tenemos que encontrar formas de
cambiar a dietas basadas en plantas derivadas de prácticas agrícolas
sostenibles, lo cual no es tarea fácil”.
Países
ricos, países pobres y justicia climática
Chomsky
tiene claro que la responsabilidad de prevenir una catástrofe
climática debe recaer principalmente en los países que hoy tienen
altas rentas, empezando por Estados Unidos, pero incluyendo a Europa
Occidental, Japón, Canadá y Australia, que vienen quemando
combustibles fósiles desde mediados del siglo XIX como base para
alcanzar sus niveles actuales de riqueza.
Más
aún, la responsabilidad debe recaer principalmente en las personas
más ricas de estas sociedades, aquellas que más se beneficiaron
durante la larga era de los combustibles fósiles. Como señala, la
crisis «solo puede superarse con los esfuerzos comunes de todo el
mundo, aunque, por supuesto, la responsabilidad es proporcional a la
capacidad, y los principios morales elementales exigen que recaiga
una responsabilidad especial en aquellos que fueron sido los
principales responsables de crear las crisis a lo largo de los
siglos, enriqueciéndose mientras creaban un destino sombrío para la
humanidad».
Pero
esta perspectiva también conduce a una pregunta difícil de seguir.
En aras de la justicia climática, ¿debería permitirse a los países
de bajos ingresos seguir quemando combustibles fósiles como base de
su crecimiento económico, tal y como habían hecho los países ahora
ricos para enriquecerse? Chomsky responde lo siguiente:
“Hay
algo de justicia en esa posición, a lo que podemos añadir que los
países pobres, que tienen mucha menos responsabilidad en la crisis,
son sus principales víctimas (…). Sin embargo, si consideramos las
consecuencias de ello, en particular para estos países, sería un
suicidio que tomaran esto como una razón para retrasar la lucha
contra la crisis climática. La respuesta correcta, introducida
tímidamente y de manera demasiado limitada en los acuerdos
internacionales, es que los países ricos proporcionen la ayuda
necesaria para que puedan avanzar hacia la energía sostenible.
La
ayuda necesaria podría proporcionarse de muchas maneras, incluidas
algunas muy sencillas que podrían tener un impacto considerable y
apenas supondrían un error estadístico en los presupuestos
nacionales.
Por
poner un ejemplo, gran parte de la India se está volviendo apenas
vivible debido a olas de calor más intensas y frecuentes, que
alcanzaron los 50 ºC en Rajastán en el verano de 2019. Quienes
pueden permitírselo están utilizando aires acondicionados altamente
ineficientes y muy contaminantes. Eso podría corregirse fácilmente.
¿Cuánto les costaría a los países ricos al menos ayudar a la
gente a soportar el destino que les hemos impuesto, en nuestra
locura?
Sin
dudas, esto es apenas el mínimo indispensable. Seguramente podemos
aspirar a mucho más, incluso a que un día se comprenda de manera
generalizada que los sectores más vulnerables, tanto en el ámbito
doméstico como en el internacional, deben ser la principal
preocupación, y a que las instituciones hayan experimentado un
cambio radical para reflejar y hacer posible esa comprensión común”.
¿Qué
hay que hacer?
Por
supuesto, Chomsky y yo estamos totalmente de acuerdo en el marco
básico, así como en los detalles críticos para avanzar en un
proyecto viable de estabilización climática. No habríamos
continuado nuestra colaboración durante seis años si fuera de otra
manera. Chomsky también me siguió en gran medida a la hora de
resolver los detalles técnicos pertinentes, ya que este fue uno de
mis principales focos de investigación durante los últimos quince
años. Dejando de lado estos detalles, el marco básico de nuestro
enfoque conjunto es sencillo e incluye los siguientes puntos
principales:
1.
La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero debe
alcanzar al menos el principal objetivo establecido en 2018 por el
Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, a
saber, emisiones cercanas a cero para 2050. Esto requiere la
eliminación gradual de los combustibles fósiles como fuente de
energía para 2050, así como la sustitución de las prácticas
agrícolas corporativas, incluida la deforestación, por la
agricultura orgánica.
2.
Las inversiones para elevar drásticamente los estándares de
eficiencia energética y expandir igualmente de manera drástica el
suministro de energía solar, eólica y otras fuentes de energía
limpia y renovable deben formar la vanguardia de la transición hacia
una economía verde en todas las regiones del mundo. Estas
inversiones en energía limpia se convertirán, a su vez, en nuevos
motores importantes de creación de empleo en todo el mundo.
3.
La transición hacia una economía verde debe incluir medidas sólidas
para una transición justa para los trabajadores y las comunidades
cuyo bienestar depende actualmente de la industria de los
combustibles fósiles.
4.
Como se señaló anteriormente, los costos de estas inversiones y
medidas de transición justa deben ser asumidos principalmente por
los países ricos y las personas adineradas que más se beneficiaron
de la era de los combustibles fósiles.
Todas
las partes de este proyecto deben estar funcionando a escala global
ahora. No tenemos tiempo para esperar a que el capitalismo neoliberal
colapse y sea reemplazado por el socialismo. Al mismo tiempo, a
través de la expansión a gran escala de buenas oportunidades de
trabajo y del establecimiento de generosas medidas de transición
justa, el programa de estabilización climática también puede
convertirse en la base de una agenda igualitaria más amplia que sea
capaz de suplantar al neoliberalismo.
Al
igual que muchos otros, Chomsky y yo pensamos que el término «Green
New Deal» [Nuevo acuerdo verde] capturó gran parte del espíritu
de este proyecto global. Pero, obviamente, el término en sí no es
lo importante. Lo que importa es diseñar y comprometerse con un
proyecto que tenga éxito.
Con
ese fin, Chomsky presta gran atención a las principales cuestiones
de la izquierda, entre ellas a cómo construir de la manera más
eficaz posibles coaliciones entre los movimientos laborales y
medioambientales. También evalúa dos influyentes perspectivas
izquierdistas sobre la crisis climática, es decir, el decrecimiento
y el ecosocialismo, y ofrece su perspectiva sobre cuestiones de
tácticas específicas, así como sobre las estrategias generales
para construir el movimiento climático más fuerte posible.
Chomsky
describe la labor del difunto líder sindical estadounidense Tony
Mazzocchi como un poderoso ejemplo de cómo aunar los intereses de
los trabajadores y los ecologistas:
“Es
bueno recordar que uno de los primeros y más destacados ecologistas
fue un líder sindical, Tony Mazzocchi, jefe del Sindicato
Internacional de Trabajadores del Petróleo, la Química y la Energía
Atómica (OCAW, por sus siglas en inglés). Los miembros de su
sindicato estaban en primera línea, enfrentándose todos los días
en sus trabajos a la destrucción del medio ambiente y eran víctimas
directas del asalto corporativo a sus vidas individuales. Bajo el
liderazgo de Mazzocchi, el OCAW fue la fuerza impulsora detrás del
establecimiento de la Ley de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) en
1970, que protege a los trabajadores en el trabajo, firmada por el
último presidente liberal estadounidense, Richard Nixon, «liberal»
en el sentido estadounidense, es decir, ligeramente socialdemócrata.
Mazzocchi
fue un duro crítico del capitalismo, así como un comprometido
ecologista. Sostuvo que los trabajadores debían «controlar el
entorno de la planta», al tiempo que toman la iniciativa en la lucha
contra la contaminación industrial. (…) El camino que Mazzocchi
trató de forjar —el del trabajo militante como fuerza motriz del
movimiento ecologista— no es un sueño ocioso y debe perseguirse
activamente”.
Chomsky
luego ofrece una valoración equilibrada de los planteos del
decrecimiento:
“El
cambio a la energía sostenible requiere crecimiento: construcción e
instalación de paneles solares y turbinas eólicas, climatización
de hogares, grandes proyectos de infraestructura para crear un
transporte masivo eficiente y mucho más. En consecuencia, no podemos
simplemente decir que «el crecimiento es malo». A veces sí, a
veces no. Depende del tipo de crecimiento. Por supuesto, todos
deberíamos estar a favor del (muy rápido) «decrecimiento» de las
industrias energéticas, de las instituciones financieras en gran
medida depredadoras, del establishment militar inflado y peligroso, y
de muchas otras cosas que podemos enumerar. Deberíamos pensar en
cómo diseñar una sociedad habitable. Eso implicará tanto
crecimiento como decrecimiento, lo que planteará muchas cuestiones
importantes. El equilibrio depende de una amplia gama de opciones y
decisiones particulares”.
También
su análisis es equilibrado al considerar el ecosocialismo:
“Por
lo que entiendo del ecosocialismo, no en profundidad, se solapa muy
estrechamente con otras corrientes socialistas de izquierda. No creo
que estemos en una etapa en la que adoptar un «proyecto político»
específico sea muy útil. Hay cuestiones cruciales que deben
abordarse ahora mismo. Nuestros esfuerzos deben basarse en
directrices sobre el tipo de sociedad futura que nos gustaría ver
nacer, y que puede construirse en parte dentro de la sociedad
existente de muchas maneras, algunas ya discutidas. Está bien
replantear posiciones específicas sobre el futuro con más o menos
detalle, pero por ahora me parecen, en el mejor de los casos, formas
de afinar ideas más que plataformas a las que aferrarse.
Se
puede argumentar que las características inherentes del capitalismo
conducen inexorablemente a la ruina del medio ambiente, y que poner
fin al capitalismo debe ser una prioridad del movimiento ecologista.
Hay un problema fundamental con este argumento: las escalas de
tiempo. Desmantelar el capitalismo es imposible en el plazo necesario
para tomar medidas urgentes, lo que requiere una gran movilización
nacional, e incluso internacional, si se quiere evitar una crisis
grave.
Además,
todo el debate es engañoso. Los dos esfuerzos —evitar el desastre
medioambiental y desmantelar el capitalismo en favor de una sociedad
más libre, justa y democrática— deben y pueden llevarse a cabo en
paralelo. Y pueden llegar muy lejos con una organización popular
masiva”.
Tomarse
en serio la cuestión táctica
Chomsky
sostiene que no existe un enfoque táctico general que sea eficaz o
apropiado en todas las situaciones. Los activistas deben prestarle
más atención a las circunstancias, «a la naturaleza de la acción
planificada y a las posibles consecuencias, en la medida en que
podamos determinarlas». Considera estas cuestiones en particular al
evaluar el papel que la desobediencia civil puede desempeñar en el
avance del movimiento climático:
“Participé
en la desobediencia civil durante muchos años, en algunos periodos
de forma intensa, y creo que es una táctica razonable, a veces. No
debe adoptarse simplemente porque uno se sienta fuertemente
identificado con el tema y quiera mostrarlo al mundo. Esa táctica
puede ser adecuada, pero no es suficiente. Es necesario considerar
las consecuencias. ¿Está la acción diseñada de manera que anime a
otros a pensar, a convencerse, a unirse? ¿O es más probable que
antagonice, irrite y haga que la gente apoye precisamente aquello
contra lo que protestamos? Las consideraciones tácticas a menudo se
denigran, considerando que son cuestiones para mentes pequeñas, no
para tipos serios y con principios como yo. Todo lo contrario. Los
juicios tácticos tienen consecuencias humanas directas. Son una
preocupación profundamente basada en principios. No basta con
pensar: «Tengo razón, y si los demás no pueden verlo, peor para
ellos». Tales actitudes a menudo causaron graves daños”.
En
términos más generales, Chomsky expresa un profundo respeto por los
logros que el movimiento climático consiguió hasta la fecha en todo
el mundo. También insiste en que el movimiento todavía tiene tiempo
para lograr su objetivo, es decir, nada menos que salvar al planeta
del desastre. Concluiré con algunas de las inimitables y
estimulantes reflexiones de Chomsky sobre esta cuestión:
“Hay
países y localidades en los que se están realizando serios
esfuerzos para actuar antes de que sea demasiado tarde. Y no es
demasiado tarde. La respuesta a la loca carrera por producir más
medios de autodestrucción es bastante obvia, al menos en palabras;
su implementación es otro asunto. Y todavía estamos a tiempo de
mitigar la inminente catástrofe climática si nos comprometemos
firmemente. Sin duda, no es imposible si se afrontan los hechos. En
1941, Estados Unidos enfrentó una amenaza grave, aunque
incomparablemente menor, y respondió con una movilización masiva
voluntaria tan abrumadora que impresionó profundamente al zar
económico de la Alemania nazi, Albert Speer, quien lamentó que la
Alemania totalitaria no pudiera igualar la subordinación voluntaria
a la tarea nacional que se daba en las sociedades más libres”.
Fuente:
Rebelión