Investigador
de historia y periodista. Actualmente
en el exilio tras escapar de Rusia.
Es
difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y
textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos
acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE
Vista satelital nocturna de Europa, destacando la densidad de población y el desarrollo de infraestructura a través de las luces de las ciudades.
Es
predecible y agotador ver a una celebridad intelectual comenzar un
discurso inaugural con la gastada cita de Antonio
Gramsci: “El viejo mundo se muere y el nuevo tarda
en nacer, y en ese interregno surgen los fenómenos mórbidos más
variados.” La ansiedad sobreviene cuando uno se da cuenta de por
qué está citándola. Para una superestrella
intelectual, los clásicos sirven meramente para decorar el escenario
de su actuación, un acto de equilibrismo dialéctico que ha
registrado una fuerte demanda por parte del público durante años.
Armado
con su acento esloveno y humor excéntrico marca de la casa, Slavoj
Žižek encuentra ideología en todas partes: en los grandes
taquillazos de Hollywood, en el diseño de los inodoros occidentales.
Pero cabe sospechar que en el pintoresco cementerio romano de
Testaccio Antonio Gramsci se revolvería en su tumba viendo cómo
Žižek gestiona su legado.
Parece
que Žižek hace tiempo que dejó de cultivar su reputación de
figura marginal, una suerte de Diógenes moderno en el barril. Hoy es
un intelectual de éxito, bienvenido en la crema de la crema de las
instituciones académicas y grandes auditorios. Vive y trabaja entre
Londres, Ljubljana y EEUU, cobrando jugosos cheques por sus
conferencias y libros, que produce industrialmente, en ocasiones dos
al año. Goza del estatuto de estrella mundial y su vida claramente
difiere de la del investigador medio en la academia occidental, con
visados precarios, becas magras y contratos por períodos de tiempo
limitados.
Cuando
Žižek se sitúa a sí mismo entre Marx y Gramsci en una de
sus performances pop
y comienza a deconstruir sus conceptos clásicos es importante
recordar desde qué posición y en interés de quién hablaban esos
clásicos. El período mismo de interregno sobre el que escribió
Gramsci era una época de hegemonía en desintegración, un tiempo de
cambios políticos radicales. Entre crisis terribles y la
polarización de los veinte, Gramsci escogió combatir el fascismo de
Mussolini. No abandonó Italia por Moscú y, en el período más
peligroso, comenzó a organizar la resistencia clandestina en su
propio país. Puso su vida en riesgo, como miles de otros comunistas
italianos. La frase del fiscal fascista en el juicio a Gramsci de
1928 ha pasado a la historia: “Debemos impedir que este cerebro
trabaje durante 20 años.”
En
prisión Gramsci enfermó de nuevas dolencias y hubo de pasar los
últimos años de su confinamiento en un hospital. Fue liberado
formalmente el 21 de abril de 1937, demasiado débil como para
abandonar la clínica romana. Seis días después Antonio Gramsci
murió de una hemorragia cerebral. Nos legó sus
legendarios Cuadernos
de la prisión, un intento de comprender la derrota de
los movimientos obreros en Europa y encontrar una nueva estrategia
para la emancipación a través del análisis de clase. Años después
de su muerte, sus ideas entraron en varios campos de la investigación
académica institucionalizada y se convirtieron en un juego de
instrumentos clave en la caja de herramientas de las fuerzas
políticas tanto de izquierda como de derechas.
Un
siglo después, en una nueva era de inestabilidad global, la
superestrella viviente Slavoj Žižek utiliza citas de Gramsci y Marx
para salpimentar de izquierda la
retórica militarista de la clase dirigente europea.
El
Žižek tardío para tiempos apocalípticos
¿Qué
presenta Žižek al público de hoy? Sus artículos y discursos desde
2022 a 2026 se construyen en torno a la idea de defender Europa como
principal bastión de la libertad y del legado de la Ilustración. De
acuerdo con el filósofo eslóveno, solamente la Europa actual posee
el potencial para la verdadera emancipación universal, y este rol
viene predestinado por su experiencia histórica única: “Hay una
profunda similitud entre los ataques de Trump a la tríada de medio
ambiente, corrección política y derechos LGBT+ y el conflicto entre
Rusia y Europa. Uno debería hacerse una pregunta muy sencilla: ¿Qué
civilización, hoy, encarna plenamente la tríada atacada por Trump?
Sólo una: la civilización europea como forma última de la
Ilustración”.
De
acuerdo conŽižek, el mundo moderno no está progresando, sino
moviéndose más bien hacia la amenaza más terrible de todas: el fin
del mundo. Y ahora mismo los europeos deben “echar mano del freno
de emergencia revolucionario”.
Žižek
recurre a esta metáfora introducida por Walter Benjamin, quien vivió
en circunstancias extremas y fue obligado a exiliarse huyendo del
nazismo. Benjamin revisó el postulado marxista de que las
revoluciones son las “locomotoras de la historia”. En su
interpretación, el verdadero momento emancipatorio ocurre justamente
en el momento en el que los “pasajeros” intentan detener el
movimiento hacia la catástrofe. Una catástrofe fue lo que sufrió
Benjamin en la frontera de la península ibérica en 1940 cuando,
enfrentado a la amenaza de una deportación a la Francia ocupada por
los nazis, se suicidó.
En
nuestra época las preocupaciones principales son el abismo de la
crisis climática, la amenaza de una nueva guerra mundial, nuevos
regímenes autoritarios y la Inteligencia Artificial (IA). Sin
embargo, Žižek no ofrece ninguna solución de raigambre
anticapitalista. Por una parte, declara que, como universalista, no
le gusta un mundo en el que existen diferentes “civilizaciones”
con sus propios valores y maneras de vivir. Desde más o menos la
crisis migratoria de 2015-2016, Žižek ha hablado frecuentemente,
con su característico estilo de trilero, sobre los derechos de las
mujeres en el islam y en la cultura musulmana en general,
afirmaciones que generaron una fuerte crítica en contra.
Slavoj Žižek durante la presentación de su libro «Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas».
Žižek
ha instrumentalizado el islam para atacar a sus adversarios de la
“izquierda liberal”, acusándolos de sacrificar los ideales de la
Ilustración en el altar de la tolerancia multicultural. El filósofo
esloveno asegura que no le gusta la proposición teórica de las
obras de Samuel Huntington, a saber: percibir un mundo de diferentes
“civilizaciones” como el orden natural de las cosas que ha de
aceptarse.
Por
otra parte, Žižek apela explícitamente a que una de estas
“civilizaciones” –Europa (representada por la UE)– alcance la
soberanía. Según Žižek, únicamente una soberanía europea puede
traer la verdadera luz del progreso al mundo, mientras señala la
“lucha anticolonial” de otras regiones: “Los nuevos bloques de
poder que están emergiendo en el mundo no son más que versiones del
nuevo fascismo. Piénsese en el eje de Rusia-Irán-Venezuela. Europa
debe ser aquí una excepción: el único lugar fiel a la Ilustración
emancipatoria”.
Es
difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y
textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos
acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE. Con
frecuencia lo hace exactamente con los mismos términos y con los
mismos argumentos. El intelectual del escándalo rechaza la posición
del internacionalismo anti-imperialista y desprecia a quienes desde
la izquierda se oponen a él llamándolos “pacifistas”
(peaceniks),
un término peyorativo que adquirió popularidad en EEUU durante las
protestas contra la Guerra de Vietnam y que ha sido usado por los
halcones belicistas desde entonces.
Žižek
hizo su última conferencia en el edificio mismo de Roma en el que,
casi 70 años atrás, se creó el precursor de la actual Unión
Europea. Todo el pathos del
texto, “La Unión Europea, 70 años después”, estaba vinculado
precisamente a esta fecha. Parágrafo a parágrafo, el filósofo
esloveno pescaba citas de varios contextos, las arrojaba a su cesto y
aplicaba su dialéctica pop a ellas para luego alimentar al público
con el resultado. Su metáfora favorita de la castración
supuestamente ha de explicar la actitud de los populistas de derecha
hacia la Europa actual: atemorizan al electorado europeo con la idea
de que el Viejo Mundo está perdiendo su fuerza masculina vital
frente a los “otros”, los inmigrantes y las minorías. ¿Pero qué
nos proporciona este ejercicio de trile en freudianismo? ¿Acaso nos
ayuda a entender las grandes crisis, las guerras, la crisis
medioambiental o el coste de la vida?
Hace
un siglo Gramsci escribió sobre cómo la crisis de la hegemonía
burguesa abría una ventana tanto a la revolución proletaria como al
fascismo. En sus últimos discursos y textos, Žižek saca la
revolución proletaria de esta ecuación, mantiene el fascismo (que
interpreta de una manera peculiar) y añade la “amenaza del
fundamentalismo religioso.” Esta manipulación permite a Žižek
sugerir que Rusia y China están evolucionando hacia el fascismo, o
que ya han llegado a él, y que los pueblos de Oriente Medio a duras
penas pueden reclamar para sí proyectos revolucionarios, porque
están atenazados por sus regímenes religiosos y
nacional-conservadores. De los grandes países que combinan una
ideología nacional con proyectos de desarrollo económico Žižek
dice lo siguiente: “Así pues, las principales opciones son hoy:
los restos del sueño de Fukuyama, un fundamentalismo directamente
religioso y, especialmente, lo que no puedo sino llamar un
fascismo soft moderadamente
autoritario: un capitalismo de mercado combinado con una fuerte
ideología de movilización estatal para mantener la cohesión
social. Piénsese en la India de Modi”.
El
autor cree que las potencias emergentes como Irán, China y Rusia se
identifican de manera falsa con la lucha anticolonial. Según Žižek,
su propuesta alternativa es un universalismo de otro tipo, uno en el
que las “maneras de vivir político-teológicas” puede convivir
en paz.
De
este modo los “fundamentalistas religiosos” se encuentran en el
mismo grupo que los “fascistas soft”:
los talibanes, Rusia, India, China, Corea del Norte e Irán están
unidos por el hecho de que, a través de las declaraciones de sus
representantes oficiales, se denominan a sí mismos combatientes
contra el colonialismo y el imperialismo estadounidense. En sus
artículos más recientes Žižek consistentemente promueve la idea
de que los regímenes autoritarios quieren resolver sus problemas
internos usando la imagen de un enemigo externo. Por lo que hace a
América Latina y África, el filósofo esloveno se niega incluso a
considerarlas regiones donde pueda comenzar una genuina lucha por la
emancipación universal.
Esta
nueva manera de ver el mundo de Slavoj Žižek se enfrenta a una
contradicción obvia. El capitalismo ha sido y sigue siendo un
sistema de desigualdad global entre países y regiones. ¿Qué ha de
hacerse con el hecho de que China fue, literalmente, una colonia
británica, y que Irán ha estado luchando durante décadas por el
derecho a llevar a cabo políticas independientes y controlar sus
propios recursos? ¿Qué piensa Žižek de la economía global, en la
que claramente hay países dependientes y claramente hay quienes han
explotado esta dependencia durante siglos?
Incluso
si, a un nivel retórico, el intelectual esloveno promueve la idea
del universalismo, su propuesta política consiste en todo lo
contrario: la lógica de exclusión y particularismo. La diferente
“civilización” europea puede fracasar repetidamente en su
trayectoria histórica: en el colonialismo, en el fascismo, en su
falta de habilidad para resolver problemas fundamentales y superar la
desigualdad global. A pesar de ello, esta Europa imaginaria recibe
una y otra vez otra oportunidad, conservando su viejo papel
mesiánico, en virtud de su experiencia histórica “especial” y
el legado de la Ilustración.
Žižek
y Rusia
El
fracaso intelectual de Žižek resulta aún más obvio cuando se
examina la realidad material rusa. Recurriendo al concepto demofóbico
de homo
putinus, Žižek equipara al parecer lo que ocurre en
Rusia con lo que dicen Putin y sus funcionarios, espigando aquí y
allá citas de los discursos odiosos de Putin, de Kharichev, el
ideólogo del Kremlin, o del exgobernador de la región de
Kaliningrado, Alikhanov. Desde el punto de vista de Žižek, la
trayectoria actual de Rusia está determinada por la ideología del
eurasianismo y el tradicionalismo, impuesto al país por funcionarios
adeptos a esta ideología. La gente del país debe estar dispuesta a
sacrificarse en la masa por el futuro del Estado.
Sociedad rusa en tiempos de guerra.
En
contra de lo que afirma Žižek, repitiendo como una cacatúa los
clichés de los kremlinólogos occidentales, la clase dirigente rusa
es más bien un sistema complejo en el que diferentes grupos de
interés chocan entre sí y no se parece para nada a un club de
seguidores de Aleksander
Dugin. Más importante aún, los rusos, como
sociedad, probablemente están más bien poco interesados en el
conservadurismo radical.
Sociedad rusa actual en tiempos de guerra.
Tenemos
todos los motivos para decir que el bloque ideológico de la
administración presidencial y la sociedad rusa real existen en dos
planos de la realidad diferentes. El análisis sociológico (tanto
cualitiativo como cuantitativo) muestra que Rusia no es un país en
el que ha triunfado Dugin. La Rusia moderna es una sociedad de
mercado despolitizada. Un país con uno de los mayores niveles de
desigualdad económica en el mundo, donde el culto neoliberal al
éxito personal es llevado al extremo. Es una sociedad en la que
florecen la industria del “infopreneurship”
y los coaches personales.
¿Qué
idea domina de veras Rusia? Dejar atrás las penalidades económicas
y el endeudamiento privado. Éste es precisamente el motivo por el
que una elevada cifra de sus ciudadanos están actualmente matando y
muriendo en las trincheras de Ucrania. Numerosos testimonios –quejas
y protestas, mensajes en vídeo de de las familias del personal
militar e incluso el debatido documental de la periodista Anastasia
Trofimova– muestran la confusión sobre los objetivos de la guerra
por parte de los propios participantes en ella. Después de años de
la llamada Operación Militar Especial, no se han formado colas en
las oficinas de reclutamiento y los soldados con contrato se
mantienen gracias a incrementos salariales sin precedentes.
En
vez de analizar la sociedad rusa, Žižek, como cientos de otros
comentaristas occidentales, construye su análisis de la ideología
rusa en convenientes citas de representantes individuales de la élite
rusa.
En
su discurso en Roma, Žižek analiza con toda seriedad la “lista de
países que imponen actitudes neoliberales destructivas” rusa y la
considera una muestra de la proximidad ideológica de Rusia a Corea
del Norte y los talibanes: “Los estados en esta lista ahora son
oficialmente designados ‘estados enemigos’ porque no comparten
‘los valores morales y espirituales tradicionales rusos’, no se
habla para nada de un mundo multipolar, si no compartes sus valores
eres un enemigo de Rusia, sin más.”
Pero
lo cierto es que esta lista de 49 países duplica casi por completo
otra lista, la de “paises inamistosos”, siendo la única
diferencia que Eslovaquia y Hungría están ausentes de la segunda
lista. Ambas están vinculadas a la política de restricciones
económicas y contrasanciones de Rusia: en la actualidad Rusia se
encuentra bajo una cifra récord histórica de sanciones, más de 26
mil, con Irán ocupando un segundo lugar a mucha distancia. Las
listas son, sobre todo y antes que nada, parte de la política
económica de Rusia.
Otro
de los lugares comunes favoritos de Žižek es la analogía entre
Rusia e Israel. Defiende
que ambos estados niegan la existencia de grupos étnicos: en el
primer caso, los ucranianos, en el segundo, los palestinos.
Merece
la pena objetar aquí que, a pesar de los crímenes de guerra y el
torrente de retórica xenofóba dirigida hacia los ucranianos desde
la propaganda rusa y el propio Putin, esto no es claramente
suficiente para equiparar a Rusia e Israel.
En
la Federación Rusa vemos un aparato estatal autoritario que refuerza
y reproduce una enorme desigualdad económica entre regiones,
asimilando simultáneamente pueblos y culturas locales. Con todo,
estamos hablando de una federación multiétnica que incluye 21
repúblicas nacionales, lo que, en sí mismo, tiene un efecto
material en Rusia y puede que desempeñe un papel político en el
futuro. En el caso de Israel estamos hablando de un estado
etnocrático que, en la teoría y en la práctica, ha implementado ya
un sistema de apartheid en su propio territorio.
Del
eurocentrismo al internacionalismo
En
la parte final de su discurso en Roma, el filósofo eslóveno
bosqueja, al fin, una imagen del futuro: si hace 150 años el
espectro del comunismo perseguía Europa y todas las fuerzas
políticas intentaban darle caza, hoy el espectro es la propia
Europa. Toda “civilización” encuentra razones para culpar al
continente europeo de todos los males de la humanidad, por lo que, en
su visión del futuro, Žižek reemplaza el proyecto comunista con la
idea de la Unión Europea, que es un material preexistente. Algunos
no tendrán sólo que vivir sino también morir por esta Europa, un
hecho que Žižek recuerda usando frases estereotipadas que remiten a
la retórica de ciertos funcionarios comunitarios. El papel de
Ucrania en Europa queda reducido a una función militar y utilitaria:
“La posición de la UE debería ser de apoyo incondicional a
Ucrania, incluso arriesgándose a una guerra con Rusia; si Ucrania
fracasa, Europa quedará mutilada. Ucrania no queda lejos, no puede
no ser una preocupación de Europa: es el puesto más avanzado de
Europa”.
Aunque
Slavoj Žižek mantiene un patetismo izquierdista en su retórica, e
incluso propone ruidosamente “separarse del cadáver de la
democracia liberal”, no hay ideas alternativas más allá de esta
frase, más allá de una llamada psicoterapéutica para que Europa
“deje de tener miedo de sí misma.”
Continuando
con su metáfora especulativa, podría afirmarse que ahora mismo este
“cadáver de la democracia” está evolucionando lentamente hacia
un estado zombi. Existen todos los motivos para creer que sin
propuestas alternativas la UE se hundirá aún más en un pozo de
crisis, combinando una desigualdad social creciente con medidas de
austeridad, y ofreciendo a la clase media europea y las capas más
pobres la oportunidad de mejorar su situación trabajando para el
complejo militar-industrial.
Žižek,
a quien tanto le gusta analizar paradojas, parece haber pasado por
alto la mayor de todas: su propuesta política pasiva es
punzantemente similar a lo que Vladímir Putin está haciendo con
Rusia. Resulta que estas trayectorias interseccionan no sólo en el
plano socioeconómico, sino también en el ideológico, de acuerdo
con el cual hay una civilización excepcional en el mundo que se
enfrenta a una misión histórica especial. Putin y Dugin ven a Rusia
así, y Žižek ve a Europa así.
Los
propios europeos, los países del Sur Global y el mundo entero tienen
razones perfectamente justificables para que les desagrade y hasta
odien Europa. Ante nosotros se encuentra el mundo que Europa
construyó, con su legado de imperios coloniales, guerras mundiales,
viejos y nuevos genocidios, extractivismo y una desigualdad
estructural colosal en el comercio y la producción globales.
Žižek
se queja repetidamente de que la economía de mercado no puede
coordinar las crisis globales y pide a la UE que actúe. Pero al
mismo no tiempo nada dice de que los verdaderos intentos por
coordinar la economía sobre un principio de igualdad a nivel
internacional han venido históricamente de los países del Segundo y
Tercer Mundo. El último intento serio de una coordinación así fue
el proyecto del Nuevo Orden Económico Internacional.
Este
proyecto fue activamente promovido por los países del Movimiento de
No-Alineados en las agencias de la ONU en los setenta. Con el lema
“comercio, no ayuda”, el Sur Global reclamó soberanía
incondicional sobre sus propios recursos naturales y mecanismos para
controlar a las corporaciones transnacionales, así como garantías
para la transferencia tecnológica, con el objetivo de desarrollar
sus propias industrias y romper la dependencia sistémica. La base
ideológica de esta teoría fueron las ideas de teóricos de la
independencia y neomarxistas como Raúl Prebisch y Samir Amin.
El
proyecto no fue simplemente un “club de debate”: fue la
culminación de una lucha desde los países de la periferia que en
los años sesenta se organizaron en el bloque político del “grupo
de los 77” y forzaron a los países del centro a participar en un
diálogo sistémico. Gracias a la presión de este bloque el papel de
la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo
(UNCTAD) se incrementó significativamente. Ésta fue la primera
plataforma global que defendió abiertamente los intereses de los
países en vías de desarrollo. El mecanismo de intercambio desigual
fue descrito con tanta precisión que sigue siendo a día de hoy la
base de la crítica económica decolonial. El legado de este proyecto
vive en nuestros días en nuevas iniciativas.
La
crisis de deuda y la reacción neoliberal de los ochenta enterró
este proyecto en su fase activa: en vez de una coordinación
igualitaria, los países de la periferia recibieron programas de
ajuste estructural vinculados a condiciones draconianas del FMI. Las
instituciones financieras internacionales fozaron a los países a
eliminar barreras comerciales y a emprender privatizaciones a gran
escala. El paradigma neoclásico, con su dogma de “libre mercado”
y la teoría ricardiana de ventaja comparativa ayudaron a justificar
el abandono de los países de la periferia de su propia
industrialización, actitudes que se convirtieron en la corriente
central de la economía durante mucho tiempo.
Žižek
también se muestra agresivo hacia los BRICS. Sin caer en su
idealización o exagerar su importancia, debe admitirse que los
países de los BRICS desempeñan hoy un papel mucho mayor en la
economía global que la UE. Luchar contra esta realidad es como
luchar contra molinos de viento. Pero si los BRICS no son una
alternativa, ¿dónde deberíamos mirar hoy, especialmente desde
Europa?
El
intelectual esloveno elogia al presidente español Pedro
Sánchez como un dirigente más responsable cuando
rechaza apoyar la invasión militar de Irán por parte de los EEUU e
Israel. Sin embargo, la diferencia más clara entre las políticas de
Sánchez y las propuestas de Žižek es precisamente que el primero
construye puentes entre Europa y el Sur Global e incluso promueve la
cooperación entre los propios países del Sur Global.
Durante
su reciente visita a China, Sánchez hizo un discurso en el que
afirmó que el mundo multipolar no es una amenaza, sino la realidad
objetiva en la que vivimos. Al mismo tiempo, la multipolaridad no
debe caer por la pendiente al caos del egoísmo soberano y el derecho
del más fuerte. Debe apoyarse en el multilateralismo, un sistema de
acuerdos multilaterales funcionales. Sánchez insiste en que los
centros de poder regionales deben ser parte de las instituciones
globales, ante todo la ONU, donde es posible equilibrar los intereses
de todos los países bajo el principio de equidad. El verdadero
objetivo de la multipolaridad es reimpulsar y democratizar la
legislación internacional.
Literalmente
días después de regresar de Asia, Sánchez inauguró un congreso
multitudinario de fuerzas de la izquierda en Barcelona en el que
reunió a dirigentes clave del Sur Global y del centro-izquierda. La
agenda del foro se dedicó precisamente a los principales proyectos
institucionales. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum,
presentó un proyecto que permitiría que los presupuestos militares
de los estados se recondujesen a la protección medioambiental. Lula
da Silva presionó para que se introdujese un impuesto global a la
riqueza. El gobierno español está diseñando un plan para el
control democrático de los monopolios digitales.
Los
actuales intentos por impulsar una política progresista a nivel
global se realizan desde países y regiones que, según el análisis
del intelectual esloveno, han de categorizarse como sin esperanza o
incluso “enemigas”, especialmente si nos fijamos en el descomunal
éxito de China en la transición energética. A pesar de todo lo
anterior, Slavoj Žižek se niega a considerar una cooperación
internacional en un sentido progresista. Aún más revelador es el
hecho de que el filósofo evite cualquier crítica de peso hacia la
propia Europa. Aunque su posición parezca radical resulta
sorprendentemente conciliadora hacia las élites europeas y no nos
dice nada sobre las contradicciones sociales más importantes.
Slavoj
Žižek tiene un célebre chiste verde y políticamente incorrecto
sobre cómo, en el Rus medieval, un guerrero mongol viola una mujer
campesina rusa y obliga a su marido a sostenerle los testículos para
que se no llenen de polvo. Cuando el guerrero se marcha, la mujer
mira con lágrimas mientras su marido parece exultante. ¿Por qué?
Porque saboteó la orden y dejó que los testículos del mongol se
llenasen de polvo. El campesino contempló esta transgresión menor
como una victoria. Žižek ilustraba con esta anécdota el trabajo de
los intelectuales críticos contemporáneos, participantes en
subversiones simbólicas menores al mismo tiempo que no suponen
ninguna amenaza real al sistema, ya que nunca se les ocurre que
podrían “cortarle las pelotas” a quienes tienen el poder.
Quizá
la superestrella de la filosofía izquierdista y todos sus
simpatizantes deberían considerar que el método dialéctico pierde
su significado si se elimina de él la crítica al capitalismo y se
la reemplaza con una escatología mezclada con narativas chovinistas.
Si Slavoj Žižek repite como una cacatúa la retórica de los
burócratas de la Unión Europea, ¿entonces qué papel está
interpretando él hoy en el chiste verde?
Fuente:
El
Salto