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lunes, 5 de enero de 2026

Contra el ataque imperialista: solidaridad con el pueblo de Venezuela

 


     La operación de secuestro del presidente Nicolás Maduro, precedida de ataques aéreos y bombardeos sobre instalaciones militares y civiles venezolanas, provocando más de cuarenta muertos, y una campaña de presión y bloqueo por la mayor armada de EEUU en el Caribe, con más de 80 asesinatos extrajudiciales de supuestos narcotraficantes, suponen graves violaciones de la Carta de Naciones Unidas, del derecho internacional y del derecho humanitario por parte de la Administración Trump.


Imagen de Nicolás Maduro ya secuestrado difundida por Donald Trump en su red social.

En la rueda de prensa posterior a la operación “Resolución absoluta”, Trump ha dejado perfectamente claros sus objetivos: hacerse con el control de los recursos de hidrocarburos y materias primas de Venezuela. Ninguna ambigüedad sobre la alianza de los poderes públicos en defensa de los poderes privados oligárquicos. Obviando la cuestión de la legitimidad de las elecciones presidenciales de 28 de julio de 2024, cuyos resultados sigue sin publicar el Consejo Nacional Electoral a pesar de su mandato, Trump ha descartado de un plumazo el liderazgo de su competidora para el Premio Nobel de la Paz, Corina Machado, y de su candidato interpuesto, exiliado en el reino de España, Edmundo González. Su alternativa declarada es negociar una transición neocolonial, que desnacionalice los recursos del país, con el propio régimen madurista, mantenido institucionalmente a través de la Vicepresidenta Delcy Rodriguez, la Asamblea Nacional presidida por su hermano Jorge Rodríguez, el ministro de defensa Vladimiro Padrino López y el ministro del interior y hombre fuerte del régimen, Diosdado Cabello.


Lugares bombardeados por la aviación estadounidense durante el ataque a Venezuela.

Todo ello ha dejado flotando la sospecha de una cierta complicidad interna. La obvia de la oposición de extrema derecha encabezada por Corina Machado que, ante su creciente fracaso movilizador, llamaba abiertamente a la intervención militar de EEUU. Pero también la de ciertos sectores del régimen madurista, que estarían intentando salvaguardar en lo posible la soberanía del país. En definitiva, hace tiempo que la verdadera columna vertebral del régimen son las fuerzas armadas y de seguridad bolivarianas. Es la única institución nacional que sigue manteniendo palancas de negociación con la Administración Trump a través de su monopolio de la fuerza. Y la única cobertura constitucional de este hecho es su representación política por lo que queda del régimen madurista sin Maduro.

Por contradictorio que pueda parecer, el ataque militar y el secuestro de Maduro por Trump buscan un cambio de régimen, pero no un golpe de estado. Y es así porque su objetivo principal es la apropiación, negociada bajo amenaza, de la renta petrolera del país, para lo que es imprescindible garantizar el orden público y las infraestructuras de Petróleos de Venezuela, S.A. (PVDSA) antes de su transferencia a las empresas petroleras de EEUU. Como en el golpe de 2002 contra Hugo Chávez, la Administración Trump espera utilizar a su favor los mecanismos de la Constitución Bolivariana para una transmisión interna del poder, que recae, en primer lugar, en la vicepresidencia de Delcy Rodríguez y, en segundo lugar, en la presidencia de la Asamblea Nacional, ostentada por su hermano Jorge Rodríguez. Que se ratifique a la nueva presidenta (N. Editorial.- Como sucedió ayer lunes, día 5) por la Asamblea Nacional, cuyos nuevos diputados electos deben tomar posesión también el mismo día y que en lugar de la convocatoria prevista de nuevas elecciones presidenciales en 30 días, se amplíen los sucesivos plazos por “ausencia temporal” de Maduro durante seis meses. En este proceso no cabe, de entrada, la oposición encabezada por Corina Machado, que para legitimarse necesitaría movilizaciones en la calle que desembocarían rápidamente en una guerra civil, con el reforzamiento del papel bonapartista de las fuerzas bolivarianas, o de la presión para una invasión militar territorial de EEUU, que Trump quiere evitar, porque desestabilizaría a toda América Latina y le obligaría a una negociación multipolar con Rusia y China de las zonas de influencia.

Pero también puede ser que, a pesar de las lecciones aprendidas de la larga lista de invasiones e intervenciones de EEUU en América Latina y en Oriente Medio, la estrategia de la Administración Trump -como en el caso de Gaza o Ucrania- se limite en realidad al plan militar puesto en marcha hace cuatro meses con el despliegue naval en el Caribe y la destrucción de supuestas narco-lanchas, operaciones encubiertas de la CIA, y el ataque aéreo y secuestro de Maduro en la operación “Resolución absoluta”. Y que lo demás sea improvisación para conseguir los objetivos declarados, evitando una mayor implicación militar directa de EEUU. Una reafirmación de la “Doctrina Monroe” para todo el “Hemisferio Occidental” -denominación imperial más cercana que la de América Latina-, que evidencie que es mejor para todas las clases dominantes de la zona llegar a un nuevo trato sobre las rentas extractivistas que la desestabilización política y militar permanente orquestada por la Administración Trump para conseguirlo unilateralmente. Habrá que ver hasta dónde llega la coherencia de esta lógica de “patio trasero” de Marcos Rubio, heredero no tanto del nacionalismo oligárquico cubano como del “anexionismo” criollo. Su primera advertencia ha sido para las autoridades de La Habana.


Mensaje de Donald Trump anunciando la 'captura' de Maduro y su esposa emitido desde su residencia de Mar-a-Lago en Florida.

La decisión de juzgar a Maduro en EEUU, bajo la jurisdicción del Tribunal Supremo, demuestra la audacia y autoconfianza de la Administración Trump. Los precedentes relacionados con los secuestros y traslados secretos de la CIA en la “Guerra contra el terror” no auguran un proceso fácil. Los fundamentos legales del ataque militar contra Venezuela, sin declaración de guerra del Congreso, son ya cuestionados por representantes y senadores demócratas. Los cargos presentados por narcotráfico y asociación con el Cartel de los Soles y el Tren de Aragua parecen insustanciales: desde Venezuela no llegan cantidades significativas de cocaina o fentanilo a EEUU. Y Trump acaba de amnistiar al ex-presidente de Honduras Juan Orlando Hernández, convicto implicado en el narcotráfico. Es difícil imaginar cómo se excluirá la situación penal de Maduro y de su esposa Cilia Flores de las negociaciones con la continuación del régimen madurista en el poder.

En cualquier caso, lo que sigue pendiente en Venezuela es la defensa de la soberanía nacional, de las libertades democráticas y de los derechos constitucionales. La crisis del régimen madurista, desde las elecciones de 2024, incapaz de defender al país del ataque imperialista de la Administración Trump, abre todas las incógnitas sobre los escenarios posibles de una transición bajo el chantaje externo. Desde las aspiraciones e intereses de las clases trabajadoras que una vez representó la revolución bolivariana, muy lejos ya del régimen de Maduro, es más necesario que nunca articular la capacidad de resistencia frente a quienes pretenden desamortizar al país de sus recursos materiales. Solo una nueva articulación de las clases trabajadoras y populares, independiente en la definición de sus intereses, podrá lograrlo, por muy difícil que parezca.

El sistema internacional multilateral inspirado en la Carta de Naciones Unidas ha sufrido un nuevo golpe a manos de la Administración Trump. Su documento de Seguridad Nacional afirma que el “Hemisferio Occidental” está sometido a la Doctrina Monroe y por lo tanto, excluido del sistema internacional basado en el derecho internacional. Pero no supone un salto cualitativo. El genocidio de Gaza, el reparto de Ucrania, las masacres de Darfur, los bombardeos sobre Irán, son precedentes en 2025 de una crisis provocada del multilateralismo y su sustitución por la gestión multipolar de las grandes potencias, en un nuevo reparto de zonas de influencia post Yalta y Postdam.

La defensa del derecho internacional, de los derechos humanos y las libertades democráticas vuelven a ser una urgente necesidad sobre la que se construirá una nueva izquierda capaz de defender los intereses de las clases trabajadoras y populares. Lo hemos dicho repetidamente desde Sin Permiso: el enemigo principal de la libertad republicana es la tiranía. Y la combinación del dominium -las relaciones de dominación que se dan en los ámbitos privados que conforman nuestras sociedades como los mercados de trabajo, hogares, etc.- con imperium que son las relaciones de dominación que posibilitan la capacidad de los poderes públicos de favorecer intereses particulares, conforman una tiranía como la que está configurando el régimen de oligarcas de Estados Unidos, y del que Trump es un buen y fiel representante y agresivo defensor. O, en palabras de Enric Juliana: “La nueva doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos no es retórica. Hay un plan, tomar el control de todo el continente americano, y lo están ejecutando. Después puede venir Cuba. Los siguientes hitos, según la nueva doctrina de seguridad nacional, serán la neutralización política de la Unión Europea y el ‘equilibrio estratégico’ con Rusia, para concentrar todo el foco en China. ‘Ningún otro país del planeta está cerca de poder llevar a cabo una acción como esta’, subrayó el exultante secretario de Defensa Hegseth. Acción disciplinante a escala mundial”.


Tatuajes diseminados por todo el cuerpo de Pete Hegseth, titular de la recién renombrada Secretaría de Guerra de los Estados Unidos de Norteamérica.

Durante los próximos días habrá muchos análisis, muchas conjeturas. Entre ellas seguro que están estas. ¿Es una muestra de fortaleza o de debilidad de Estados Unidos esta agresión a un país proporcionalmente débil? El rompimiento más descarnado de la legalidad internacional, por deteriorada que esté ya en el primer cuarto del siglo XXI, ¿tendrá consecuencias no esperadas y contraproducentes para los Estados Unidos de Norteamérica aunque ahora prevalga la euforia de matón propia de Trump? Cualquier cosa que ahora pueda avanzarse es arriesgada, pero la realidad seguirá dando sorpresas.

En cualquier caso, contra el imperialismo, solidaridad con el pueblo de Venezuela.


Fuente: Sin Permiso

viernes, 7 de marzo de 2025

¿Trump atacará a Google?

 

 Por Rob Larson   
      Profesor de economía en el Tacoma Community College (EE.UU.).



En Estados Unidos, Google está a la espera de una decisión en un segundo caso antimonopolio presentado por el gobierno federal y varios estados. Si la empresa es declarada culpable, el caso pondrá a prueba la sinceridad de la retórica contra las grandes tecnológicas del gobierno de Trump.



     Google tiene los tentáculos ocupados en estos días. Mientras invierte ingentes cantidades de dinero en el desarrollo de la llamada inteligencia artificial generativa, la empresa se enfrenta a dos importantes demandas antimonopolio presentadas por el gobierno federal y varios estados. La larga demanda por el monopolio de búsqueda de Google ya dio lugar a un veredicto de culpabilidad, con sentencia prevista para el mes de agosto. El objetivo recientemente anunciado por el Departamento de Justicia de desmantelar Alphabet, que obligaría a la compañía a desprenderse de su ampliamente utilizado navegador Chrome, representa una desinversión potencialmente importante. Sin embargo, debido a las apelaciones, pasarán años antes de que se conozca el resultado final.


La decisión del juez Amit P. Mehta podría transformar a Google y ayudar a sentar un precedente para casos antimonopolio contra otras tecnológicas.


Al mismo tiempo, la tecnología publicitaria de Alphabet, la empresa matriz de Google y su verdadero tesoro, también enfrenta un juicio. Este segundo caso tiene importantes implicancias debido a los monopolios y oligopolios de la compañía en varios segmentos de los mercados publicitarios online por subasta, una industria que actualmente mueve 600 000 millones de dólares al año.

La pérdida del monopolio


Tras el histórico fallo de mediados de año que determinó que Google tiene un monopolio en el mercado de búsquedas online, el Departamento de Justicia solicitó oficialmente un desmantelamiento limitado, exigiendo que Alphabet se desprenda de Chrome, el popular navegador web de Google, base del sistema operativo de sus populares Chromebooks.


El Departamento de Justicia y un grupo de estados tenían hasta el final del miércoles para proponer soluciones en una demanda antimonopolio que ganaron en agosto.


Se trata de una gran amenaza para Google, ya que su navegador, ampliamente adoptado, desvía las búsquedas hacia su motor de búsqueda, una de las muchas tácticas de la empresa para atraer consultas online entrenando sus algoritmos y ayudando a Google a mantener su cuota de dominante de mercado. Dado que se calcula que Chrome es utilizado por dos tercios de los usuarios de Internet de todo el mundo, la pérdida de estas consultas predeterminadas y de los ingresos por publicidad y ventas asociados supondría un duro golpe para la empresa.

El Departamento de Justicia también le pidió al juez que le prohíba a Google firmar acuerdos de pago con empresas como Apple y Samsung para que su motor de búsqueda se establezca como predeterminado en teléfonos y navegadores, un recurso que los analistas consideran probable que se conceda. En un movimiento más agresivo, el gobierno está solicitando que los competidores de Google tengan acceso durante diez años al vasto océano de datos de búsqueda de la compañía. Esto representa otra carga significativa para Alphabet, ya que los datos de las respuestas de los usuarios a los resultados de búsqueda se utilizan para mejorar su algoritmo y mantener una ventaja crucial sobre los buscadores rivales.

Pero en gran parte de la cobertura del caso, pasó desapercibida la petición adicional del Departamento de Justicia en relación con Android, el aún más importante sistema operativo móvil de Alphabet, que se utiliza en la mayoría de los teléfonos móviles del mundo. El gobierno le solicitó al juez que le ofreciera a Alphabet la posibilidad de elegir entre directamente desprenderse de Android o reconfigurarlo para que ya no utilice por defecto la búsqueda de Google, un serio desafío técnico para la empresa. Android desempeña un papel mucho más importante en el mantenimiento de los usuarios en el ecosistema de aplicaciones de Google que Chrome, ya que los teléfonos Android suelen venir precargados con el conjunto completo de aplicaciones de Google. Esto significa que la solicitud de medidas correctivas del Departamento de Justicia representa una escalada significativa en el caso, acercándose a la más drástica demanda de desmantelar a Microsoft en divisiones de sistema operativo y aplicaciones, durante el caso antimonopolio que se le siguió en los años 90.


Los casos antimonopolio de Microsoft.

El fallo original está ahora en proceso de apelaciones, por lo que podría prolongarse durante años. Cualquiera que sea la medida correctiva que el juez de distrito Amit Mehta decida a mediados de este año, quedará en suspenso hasta que se agote el proceso de apelación (en este sentido, vale la pena recordar que el fallo sobre el desmantelamiento de Microsoft finalmente fue anulado en apelación).

Ad Hominem

Mientras tanto, en noviembre, un tribunal de distrito escuchó los alegatos finales en la otra gran demanda contra Google, interpuesta por el gobierno federal en relación con su tecnología publicitaria. A pesar de las encantadoras compras publicitarias de la empresa y de su antiguo y pintoresco lema «Don’t be evil» (No seas malo), Alphabet se enfrenta a una ardua batalla para convencer al mundo de que no tiene el monopolio en varios segmentos del mercado de la publicidad online. Si bien la colocación de anuncios online en general es un oligopolio (liderado por Alphabet, Amazon y Meta, la empresa matriz de Facebook), Google ejerce un control total en varios espacios y segmentos clave del mercado.

La red publicitaria de Alphabet está compuesta por un sorprendentemente denso entramado de plataformas, servicios de intermediación y mercados de subastas dominados por la propia compañía, los cuales tienden a favorecer en gran medida sus propios productos y espacios. Esto incluye anuncios en Google Search, sitios web independientes que utilizan Google para vender espacios publicitarios y YouTube.

El Departamento de Justicia y los diecisiete estados de EE.UU. que se unieron a la demanda se centran en particular en el producto Ad Manager, que le permite a los sitios web («editores») con espacio publicitario para vender ofrecérselo a empresas que deseen anunciar sus productos. Ad Manager se utiliza principalmente para vender y gestionar anuncios de publicidad gráfica o banners publicitarios, lo que, aunque está lejos de ser el segmento más grande de la publicidad online, generó 7400 millones de dólares en 2020. Además, Ad Manager le otorga a Google una significativa visibilidad sobre los hábitos de navegación web y las dificultades comerciales de los editores online, desde operadores de otras plataformas hasta medios de noticias. Se sabe que Google ya comenzó a integrar información sobre la navegación de los usuarios fuera de sus plataformas a su actividad dentro de ellas, un proyecto conocido internamente como «Project Narnia».


El caso del Departamento de Justicia alega que Google tiene un control ilegal del mercado de software utilizado para comprar y vender anuncios digitales.

La demanda del gobierno busca otro desmantelamiento parcial, obligando a Google a vender Ad Manager, un objetivo que también comparten otras demandas antimonopolio contra la operación publicitaria de la compañía que se superponen, incluidas las presentadas por la Oficina de Competencia de Canadá y la Comisión Europea. Algunas demandas también buscan forzar a la compañía a separar su gigantesco mercado publicitario, AdX, que facilita la intermediación entre editores y anunciantes.

Una parte importante del caso tiene que ver con la dependencia, un fenómeno común en los mercados basados en redes en los que cambiar de proveedor conlleva un costo. Durante muchos años, los sitios web sólo podían utilizar los populares servicios de colocación de anuncios de Google si también utilizaban el sistema de subastas de Google para pujar por los espacios. La Comisión Europea descubrió que Google le había impuesto condiciones a los editores de sitios web y blogs para impedir el uso de los servicios de otras empresas de intermediación publicitaria cuando los usuarios recurrían a las funciones de búsqueda propias de esos sitios. Esto se lograba por medio de otro producto de tecnología publicitaria de Google, Ad Sense for Search. Contratos de este tipo lograban encerrar a los editores en el sistema publicitario de Google. La sentencia luego fue confirmada por los tribunales.

Además de esta tecnología publicitaria para colocar los anuncios, el gigantesco mercado AdX de Google significa que la empresa opera la totalidad de segmentos significativos del mercado publicitario online, desde el servicio que permite a los operadores gestionar sus anuncios hasta el software que coloca los anuncios en sitios de terceros y el mercado que pone en contacto a compradores y vendedores. Y Google le cobra un suculento 20 por ciento a los editores en toda la web por utilizar sus populares herramientas.

El gobierno argumenta que todo esto convierte a Google en un monopolio en gran parte del mercado publicitario online y, a tenor de los detalles conocidos del proceso judicial, más la derrota de la empresa en el caso sobre el monopolio de búsqueda, es probable que su argumento tenga éxito. El Departamento de Justicia reforzó su argumentación con un correo electrónico interno de Alphabet (que de algún modo sobrevivió a la política de la empresa de borrar o privilegiar sistemáticamente las comunicaciones internas) en el que un empleado comparaba la posición de Google con permitir que un banco dirigiera la bolsa.

Google respondió, en primer lugar, alegando —como hizo sin éxito en el caso de las búsquedas— que su dominio del mercado se debe simplemente a la superioridad de su producto. Pero el gobierno argumentó que esto sólo refleja la naturaleza de los mercados de redes, en los que el ganador se lo lleva todo, ya que el uso de sus herramientas de búsqueda o publicidad proporciona datos valiosos que refinan los resultados de búsqueda o los procesos de tecnología publicitaria. Entonces, puede que la empresa tenga el mejor producto, pero esto podría indicar simplemente que el éxito inicial de la empresa luego generó más éxito, situándola permanentemente por delante de otras con volúmenes de negocio menores que, por tanto, no pueden desarrollar en la misma medida sus herramientas de búsqueda y publicidad.

Considerando que esa estratagema ya fracasó en su último caso, Google preparó otra línea de defensa. Como la mayoría de las empresas gigantes acusadas por el Estado de monopolio ilegal, la empresa y sus economistas a sueldo insisten en que en realidad existe una gran competencia en el sector. Siguiendo este libro de jugadas estándar, la empresa enumera en su defensa a aquellos segmentos del sector de los grandes anuncios en los que sí existe una competencia real, al menos entre un oligopolio de enormes empresas: los banners publicitarios, por ejemplo, son gestionados en gran medida por Google, pero también a menudo por Amazon y, cada vez más, por Microsoft.

Pero la mayoría de estas empresas también tienen al menos un segmento del mercado que no sólo monopolizan, sino que controlan totalmente. Amazon, Facebook e Instagram (de Meta) y YouTube (de Alphabet) tienen monopolios absolutos de operadores de anuncios en sus propias plataformas en expansión, lo que, debido a su enorme tamaño, los convierte en monopolistas en algunas áreas y en meros oligopolistas en otras. Lo que todos estos segmentos tienen en común es que están a kilómetros de distancia de los soleados cuentos de hadas competitivos de «que gane el mejor». En conjunto, estas plataformas tecnológicas controlan más de la mitad del mercado publicitario mundial, una industria anual de 1 billón de dólares.

No se espera una decisión en el caso de la tecnología publicitaria hasta dentro de varios meses, a la que eventualmente le seguirán medidas de remediación, instancia en la que la parte perdedora pondrá en marcha el proceso de apelación, que durará un año.

Antimonopolio trucado


No está claro cómo tratará la administración entrante de Trump estos casos antimonopolio heredados de la era Biden, ya que los presidentes del Partido Republicano abrazaron en las últimas décadas ideologías extremistas de libre mercado que ven a la regulación antimonopolio como una siniestra interferencia del gobierno en la economía. Pero hay que recordar que la mayoría de los casos actuales contra grandes plataformas en línea como Google, Facebook y Amazon en realidad se originaron en el primer mandato de Donald Trump.

Andrew Ferguson, designado por el nuevo presidente para dirigir la Comisión Federal de Comercio, que comparte funciones antimonopolio con el Departamento de Justicia, anticipó un enfoque de aplicación más laxo, típico de las administraciones republicanas, con la conspicua excepción de las grandes tecnológicas. Pero las declaraciones de Ferguson y del propio Trump sugieren claramente que el objetivo principal no son los monopolios publicitarios sino la supuesta discriminación contra las opiniones de derecha en Internet.

La mayoría de los socialistas sentirán poca compasión por los anunciantes a los que Google estará obligando a pagar tarifas más altas, ya que los anunciantes tienden a representar la propaganda corporativa desnuda y perjudican la experiencia online, saturando de forma odiosa las páginas web, ralentizando los tiempos de carga e interrumpiendo la navegación. Y, como otros socialistas y yo hemos argumentado, la tecnología es inevitablemente propensa al monopolio natural, donde la lógica básica del mercado favorece a una única empresa hiperdominante. Esto choca potencialmente con la ley antimonopolio estadounidense, que se basa en preservar cierto nivel de competencia en el mercado. Un enfoque al estilo de Elizabeth Warren hace algo para limitar las formas más atroces de monopolio de mercado, especialmente las que perjudican a otras grandes empresas, que pueden conseguir audiencias políticas o judiciales más fácilmente que el proletariado de la calle.

Pero, como mucho, las medidas antimonopolio suelen convertir a un monopolio de mercado en un oligopolio, como cuando la Standard Oil de Rockefeller se dividió en empresas sucesoras que se convirtieron en las grandes petroleras actuales, como Exxon, Mobil y Chevron, o la división de AT&T, cuyos descendientes son las actuales AT&T y Verizon. Puede que eso sea mejor que el monopolio, pero aún así esto nos deja lidiando con empresas absurdamente poderosas que tienen servicios esenciales en sus manicuradas manos capitalistas mientras obligan a la clase trabajadora a arreglárselas para pagar las facturas. La solución que realmente serviría al bien público, como siempre, pasa por socializar y democratizar las gigantescas plataformas que tanta influencia ejercen sobre nuestras vidas.


Fuente: JACOBIN