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martes, 19 de mayo de 2026

Este año la guerra podría extenderse en Europa

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.



Pronto podría haber un ultimátum de Moscú a los europeos, especialmente los alemanes. La situación es mucho más peligrosa que durante las tensiones de la guerra fría, pero en Europa no hay conciencia de ello


Portada de Der Spiegel.


     Hace ocho meses dijimos que Europa no podía seguir ignorando las advertencias rusas.Europa no puede seguir ignorando las advertencias rusas – Rafael Poch de Feliu.


«Todos contra Rusia»

Ahora esas advertencias se están haciendo mucho más agudas. Señalan claramente que la guerra de la OTAN contra Rusia por Ucrania podría extenderse este año e implicar directamente a los europeos, especialmente a los alemanes. Pronto podría haber un ultimátum de Moscú a los europeos. ¿Se confirma entonces la histeria de la “amenaza rusa” que la Unión Europea proclama? Obviamente es así como lo interpretan y lo interpretarán los memos con piñón fijo de Berlín, Bruselas, Londres y París, así como su lamentable ejército de propagandistas que nos están llevando de la oreja a una guerra.

La “amenaza rusa” no es más que un recurso para conjurar la propia desintegración de la Unión Europea y justificar el rearme. Cuando muchas cosas se están resquebrajando, la amenaza exterior de ese maligno enemigo es importante como elemento de cohesión de un club europeo cada vez más desestructurado internamente y mas irrelevante en el mundo. Eso está claro. Pero para lo que aquí nos importa la “amenaza rusa” también es otra cosa: una profecía autocumplida, una creencia falsa en su origen pero que contribuye y alimenta su realización.

Puedes meterle el dedo en el ojo a tu perro o a tu gato y anunciar al mismo tiempo que te va a pegar un mordisco o un zarpazo, con la seguridad de que al final eso es precisamente lo que te ocurrirá.

Es lo que pasó con la desastrosa invasión rusa de Ucrania de febrero de 2022, que el establishment occidental siempre acompaña del adjetivo “unprovoked”, “no provocada” – significativamente ausente, dicho sea de paso, de la guerra contra Irán. Hoy la gente informada y no cegada por la demonización de lo ruso, ya sabe que en 2022 Moscú llevaba mas de treinta años reclamando aquella “arquitectura de seguridad colectiva europea” que se prometió a la URSS de Gorbachov. 

Sabe que todas las “lineas rojas” que Rusia formuló en materia de ampliación de la OTAN fueron ignoradas una tras otra.


El oso ruso se defiende

Quienes vivimos aquello en primera linea – e informamos sobre ello de la forma más clara y directa posible teniendo en cuenta la corrupción estructural de nuestros medios – recordamos la boba sonrisa del Secretario General de la OTAN, Javier Solana, diciendo en Moscú que la oposición rusa a la ampliación carecía de sentido “porque la guerra fría se acabó” y “ya no somos enemigos”. Los generalotes rusos (y no solo ellos, también muchos expertos y estrategas occidentales de primera fila ) se regían por algo mucho más real y concreto. Se trata de aquella máxima del Canciller Bismarck según la cual “lo que importa no son las intenciones, sino las capacidades”. ¿Qué quiere decir esto? Bueno, pues que si tienes a un tipo que te está apuntando con un revolver y que al mismo tiempo te está diciendo que no tiene la menor intención de dispararte, lo que cuenta es el revólver que te apunta y no lo que el tipo dice. Así de elemental.

Primero fue Europa Central, luego Europa Oriental, el Báltico y el Mar Negro. Entretanto hubo una guerra para inducir la disolución de la anomalía yugoslava y comprobar la necesidad de la OTAN con una “guerra humanitaria”. Se llegó a la instalación de baterías antimisiles en Polonia y Rumanía “contra Irán” (que no disponía de tal capacidad), baterías que podían cargarse con misiles nucleares capaces de anular la disuasión nuclear rusa, y así se llegó a la invitación de que Ucrania ingresase en el bloque militar contra Rusia (2008), lo que la mayoría de los ucranianos rechazaban. Siguió el cambio de régimen en Kíev, una mezcla de revuelta etnonacionalista de una parte de los ucranianos y de golpe de estado, ambos inducidos por Occidente. Siguió la respuesta de consolación rusa de la ilegal anexión de Crimea, con el apoyo de la inmensa mayoría de la población afectada. Hubo una revuelta popular contra el nuevo gobierno prooccidental de Kiev en el este y el sur de Ucrania que careció de apoyo significativo de Moscú, por lo menos en los primeros tres o cuatro meses y que fue respondida con la utilización del ejército ucraniano bajo la forma de “operación antiterrorista”. Desde entonces y hasta la “no provocada” invasión rusa hubo incumplimiento de acuerdos, mala fe occidental (reconocida años después por el presidente de Francia y la Canciller de Alemania) y una masiva financiación y preparación militar de la OTAN a Ucrania, con gran papel de la CIA, de su homólogo británico MI-6 que apuntaba claramente a una intervención militar contra el rebelde Donbas, ahora si con presencia militar rusa significativa, y a una reconquista militar de Crimea, documentada en acuerdos bilaterales de Kíev con Estados Unidos. Solo entonces Rusia invadió.

Ahora ocurre exactamente lo mismo.

Todo el mundo reconoce que Rusia no solo lucha en 2026 contra Ucrania, sino también, y sobre todo, contra la OTAN. Aunque ha transferido a los europeos el grueso de la carga y “negocie” con el Kremlin (también “negociaba” con Irán), Estados Unidos sigue siendo un país beligerante y decisivo en esa guerra contra Rusia. El conflicto ha traspasado todas las líneas rojas de lo que durante la guerra fría se habría considerado un peligro extremo. Recordemos como el Presidente Biden decía en marzo de 2022 que no se podía suministrar tanques y aviones a Ucrania “porque eso desencadenaría la Tercera Guerra Mundial”. Bueno, ya se ha hecho mucho más que eso:

-Se han atacado recursos estratégicos de la disuasión nuclear rusa: radares de alerta temprana, bases de bombarderos estratégicos.

-Se ha atacado una residencia del Presidente Putin en Nóvgorod, lo que trae ecos del asesinato de Jamenei en Irán, encubierto por los mismos fulleros, Witkof y Kushner, que negocian con el Kremlin. Desconfiar de tal negociación es puro sentido común.

-Se ha invadido territorio ruso en la región de Kursk.

-Generales de Estados Unidos con mando en la OTAN se han jactado de que disponen de capacidad para tomar el enclave ruso de Kaliningrado desde tierra en un tiempo récord. (General Christopher Donahue, comandante del Ejército de EE.UU. en Europa y África y de las fuerzas terrestres de la OTAN el pasado julio).

-Hay un goteo semanal de víctimas civiles rusas, de las que en Occidente apenas se informa, a diferencia de las ucranianas sin duda mucho más numerosas.

-Hay atentados personales en ciudades rusas contra generales en sus domicilios, con coches bomba (cuatro de ellos muertos), periodistas y diputados (por lo menos cuatro o cinco) e indiscriminados contra objetivos civiles (dos trenes, objetivos en ciudades lejos del frente, etc.)

-En el mar ha habido atentados contra cargueros rusos y se les acosa con frecuencia.

-Y todo esto se hace con armas, información de inteligencia, satélites, etc., de Estados Unidos, Inglaterra, la CIA (algo reconocido por el The New York Times, entre otros), el MI-6, etc.

En 2026 Europa ya está en pie de guerra contra Rusia, con una Alemania demente en primer lugar que está demostrando no haber entendido nada de su propia historia Alemania vuelve a las andadas – Rafael Poch de Feliu.

Oficialmente Berlín quiere transformar el Bundeswehr en «el ejército convencional más fuerte de Europa» para 2035, y en una fuerza «tecnológicamente superior» para 2039. (Atención a esto: a cien años del inicio alemán de la Segunda Guerra Mundial en Europa).

El documento oficial alemán sobre estrategia militar divulgado el 22 de abril declara que Rusia es «la amenaza más grave e inmediata» para la seguridad europea. La semana pasada el ministro alemán de defensa, Pistorius, confirmó en Kíev, seis proyectos conjuntos de armamento que “son solo el principio”. En abril, Zelensky y el canciller Merz firmaron en Berlín la «Declaración sobre asociación estratégica entre Alemania y Ucrania» que contempla la producción conjunta de drones de largo alcance en Alemania. La producción de armas para Ucrania ya es una realidad paneuropea; Alemania, Inglaterra, Dinamarca… Hasta la España de Sánchez ha firmado alguna cosa en esa materia con Ucrania.

En este contexto, la guerra de drones ha supuesto un revés para Rusia. Si hace unos meses parecía que lo que queda del Donbas controlado por Kíev caería en sus manos en unos pocos meses, los drones han detenido el lento avance. No es el primer revés temporal que sufre el ejército ruso en esta guerra, ni tampoco la primera vez que tomando sus deseos por realidad muchos vuelven a dar por hecha la “derrota” de Rusia. Pero lo que aquí importa es otra cosa: que la suma de todo esto está calentando los ánimos en Rusia.

Desde hace varios meses hay una fuerte presión en Moscú para que el Kremlin pase a lo que se llama una “disuasión activa”, es decir para que ataque, especialmente a Alemania, antes de que sea demasiado tarde. Se está diciendo lo mismo que Putin dijo en su discurso de aquel febrero de 2022 al anunciar la invasión de Ucrania a los rusos: “si no los detenemos ahora, la situación será peor dentro de unos años”. Pero ahora se trata de los europeos. Igual que antes de la invasión, también ahora se amenaza con “medidas técnico-militares” (esa fue la fórmula que se empleaba en vísperas de la invasión). “Los que participan en el ataque contra nosotros serán objetivo militar”, se dice. El ministerio de Defensa ruso ha publicado una lista de instalaciones industriales alemanas y europeas que participan en la guerra contra Rusia fabricando recursos de largo alcance. Hay que aclarar que no se trata de “invadir” territorio de la UE, sino de pararle los pies al actual belicismo europeo con una acción militar preventiva. Se puede estar de acuerdo o no, pero lo que no se puede es ignorar la realidad de esa peligrosa advertencia.

Los términos de las advertencias rusas de ahora son inequívocos. Hasta en la televisión rusa se reprocha a Putin falta de decisión, de momento sin nombrarlo (Eso es nuevo). Igual que hace cuatro años, esas advertencias son ignoradas hoy. Veamos algunos ejemplos recientes:

Dmitri Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad nacional, el 6 de mayo: “solo un miedo bestial a sufrir daños inaceptables impedirá que Alemania y la Europa Unida lancen otro ataque contra Rusia”. (Naturalmente con lo de “otro ataque” se refiere al de junio de 1941 de la Alemania nazi).

Sergei Lavrov, ministro de asuntos exteriores: «Se nos ha declarado abiertamente la guerra. El régimen de Kiev está siendo utilizado como punta de lanza. Sin embargo, todo el mundo es consciente de que esta punta es inutilizable sin los suministros occidentales de armas, datos de inteligencia, sistemas de satélites, entrenamiento de personal militar y mucho más».

Sergei Karaganov, Presidente honorifico del principal think tank del Kremlin, el 10 de mayo: “Un país que desencadenó dos guerras mundiales y se ha hecho culpable de genocidio no tiene derecho a tener el «ejército más fuerte de Europa» y mucho menos a poseer armas de destrucción masiva. Si aspirara a ello, los ciudadanos alemanes deberían comprender que su patria sería destruida para que nunca más surja una amenaza para la paz desde suelo alemán” (…) “Pronto estaremos en condiciones de lanzarles un ultimátum si siguen comportándose de esta manera”. (Esto hay que cotejarlo con la declaración de Putin ante la prensa rusa del mismo día en la que el Presidente dijo que “la guerra en Ucrania está entrando en su fase final”, lo que junto a los informes sobre una próxima “ofensiva de verano” rusa puede interpretarse de diversas maneras).

Karaganov, que el año pasado ya consiguió endurecer la doctrina nuclear rusa, propone ahora lo siguiente: (Y atención a esto):

“Primero atacar con armas convencionales instalaciones clave de países europeos que participan en la guerra contra Rusia. Si no reaccionan, atacar luego con armas nucleares”. Si no funciona, «algún país europeo tendrá que desaparecer».«Cuando hace tres años dije estas cosas, era una minoría”, dice Karaganov, ahora ya es la voz de la mayoría entre los militares y en la sociedad». Sergey Karaganov: How Russia Will Win the New World War

Este intelectual orgánico del Kremlin, que no es su voz pero es influyente, propone enmendar la doctrina nuclear de nuevo, primero contemplando el uso de armas nucleares si un grupo de países más fuertes en lo económico y tecnológico atacan a Rusia con armas convencionales. Y segundo, y lo más sorprendente, que Putin delegue el poder de uso del arma nuclear al general responsable del frente occidental europeo, lo que contiene una velada insinuación de incapacidad o flojera presidencial.

Como dice el analista alemán Alexander Neu ¿Putin bajo presión? – Rafael Poch de Feliu , al principio se trataba de las peticiones de unos pocos expertos. Ahora parece que hay presión por parte de la sociedad rusa y del aparato de seguridad para “que se haga algo contra Europa». En otras palabras: Putin se ve presionado a actuar, y a hacerlo muy pronto. La guerra podría extenderse al resto de Europa ya en 2026. Y Alemania se considera ahora el enemigo número uno de Rusia. Lo que uno se pregunta es ¿por qué los periodistas occidentales en Moscú no informan sobre esto?

A quienes dicen que después de todo también Rusia hace cosas terribles en Ucrania – lo que es completamente cierto – y que Ucrania tiene derecho a defenderse (y por cierto, en el Donbas también hay una Ucrania rusófila con derecho a defenderse) hay que explicarles que en el mundo real de la dialéctica entre potencias lo que importa es que una superpotencia nuclear está siendo desafiada por sus adversarios europeos y americanos a través de Ucrania con la pretensión de inflingirle una “derrota estratégica”. ¿Han perdido la razón? ¿Es que no entienden que cuanto más éxito tengan en ese propósito, más peligrosa se hará la situación?

Lo que hay que preguntarse, como dice Neu, es si los dirigentes de la mayor potencia nuclear del mundo aceptarían una derrota en el terreno militar convencional, con las exigencias de los europeos que se desprenden de ello, es decir si se resignarían a la pérdida de su estatus de gran potencia y a la posible desintegración de la Federación Rusa, sin recurrir a un ataque nuclear para evitarla.

La situación es mucho más peligrosa que durante las tensiones de la guerra fría, pero en Europa no hay conciencia de ello.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

domingo, 7 de diciembre de 2025

La «indiferencia del mal» o de cómo los humanos nos matamos entre nosotros

 

 Por Marcelo Colussi          
      Politólogo, catedrático universitario e investigador social nacido en Argentina.



¿Cuál es el animal que más seres humanos mata cada año? No es el mosquito, transmisor de variadas enfermedades letales como malaria, dengue, zika, fiebre amarilla, chikunguña (725.000 decesos anuales). Tampoco es una serpiente venenosa (100.000 muertes), ni el escorpión (3.500), ni el cocodrilo (1.000), ni el hipopótamo (500), ni mucho menos el tiburón (apenas 10 muertes al año, satanizado por muchas mediocres películas de Hollywood). ¡Es el mismo ser humano! (400.000 homicidios al año, más muchos, muchos, muchos miles de muertes en las numerosas e interminables guerras que pueblan nuestro paisaje social)



Humanos asesinos

     Partamos por decir que recientemente la fiscalía de la ciudad italiana de Milán inició una investigación a partir de la denuncia presentada por el periodista y novelista Ezio Gavazzeni, quien nos alerta sobre safaris humanos, una verdadera cacería humana, que habría sido llevada a cabo durante la guerra de los Balcanes en la ciudad de Sarajevo, hoy capital de Bosnia Herzegovina. Según lo denunciado, personas adineradas de varias nacionalidades (italianos, estadounidenses, rusos, ingleses, franceses, alemanes, etc.) habrían pagado hasta 100.000 euros en estos macabros «safaris de francotiradores», con el objetivo de disparar, durante el prolongado sitio de Sarajevo y desde posiciones serbias, contra población civil indefensa en el medio del sangriento conflicto que destruyó la otrora Yugoslavia.


Safaris humanos en Sarajevo.

En otros términos: matar por pura «diversión». Terminados esos «safaris», los «respetables» ciudadanos retornaban a sus hogares para seguir su vida normal, sin que nadie dijera una palabra del asunto, por lo que Gavazzeni, con mucho tino, habló de la «indiferencia del mal».


La indiferencia del mal.

Salvando las distancias, hace recordar lo que sucede con otros muy «respetables ciudadanos» varones que, en nombre de la heteronormalidad, fustigan acremente a las mujeres trans que ofrecen sus servicios sexuales en las calles de numerosas ciudades del globo –a veces, incluso, llegando a exterminarlas–, luego de haberse acostado con ellas. ¿Indiferencia del mal? ¿Hipocresía a la enésima potencia?

No puede dejar de mencionarse que mientras esa infame cacería sucedía en los Balcanes, policías de Naciones Unidas fueron acusados de participar en trata de mujeres para redes de prostitución, denuncias que fueron rápidamente bloqueadas y archivadas por las autoridades del organismo internacional. 

Las invasiones más crueles y sanguinarias, las violaciones de mujeres como botín de guerra, los reiterados abusos sexuales contra mujeres sin necesariamente cursar un conflicto armado, las 400.000 toneladas de napalm lanzadas sobre la selva vietnamita, las torturas más espeluznantes, la esclavitud y la venta de esclavos –50 millones actualmente en el mundo, según datos de Naciones Unidas–, los sacrificios humanos y las prácticas antopofágicas, los campos de concentración y exterminio de los nazis, los actuales campos de concentración a cielo abierto en Gaza.


Campos de concentración a cielo abierto en Gaza.

También las cárceles clandestinas durante las sangrientas dictaduras latinoamericanas, el racismo que atraviesa nuestra historia en todos los pueblos, la obligada circuncisión femenina bajo la creencia de que solo los varones tienen derecho a la satisfacción sexual, la obsolescencia programada en tanto factor del desastre medioambiental que se nos impone con un consumismo desaforado de «use y tire», el empleo de armas nucleares contra población civil no combatiente (Hiroshima y Nagasaki), los matrimonios arreglados entre hombres a espaldas de las mujeres, la dark web con acceso a las prácticas más aberrantes (torturas, mutilaciones, violaciones, pornografía infantil, descuartizamientos, etc.), los rangers de Texas en la frontera sur de Estados Unidos (civiles armados que «cazan» inmigrantes indocumentados que intentan cruzar el desierto para llegar al «sueño americano», matándolos con el silencio cómplice de las autoridades), las esterilizaciones masivas hechas en secreto sobre mujeres por ciertos centros de poder, el látigo del amo, el manejo del miedo para aterrorizar e inmovilizar al otro, el aplastamiento mortal del débil o del diferente, y un largo, kilométrico, interminable etcétera, solo para enumerar algunas de estas monstruosidades que pueblan nuestra vida, son todas acciones que ahí están, modelando nuestra historia como especie.


Civiles armados que 'cazan' inmigrantes indocumentados en Estados Unidos.

Golpearse el pecho en un acto de contrición al saber de todo esto no pasa de gesto vacío, o de payasada, pues el pedido de perdón sin justicia no remedia los hechos concretos. En nombre de la moral y del amor se pueden cometer los peores atropellos. Los sacerdotes católicos, por ejemplo, hablan de castidad, pero según el canonista seglar Jaime Torrubiano Ripoll, excomulgado de la Santa Madre Iglesia por sus escritos, en su publicación Beatería y religión (Madrid, 1930), «el 90 % de los clérigos son fornicarios», sabiéndose que no es nada infrecuente su práctica de pedofilia, actos que, en general, encubre la curia. Y en nombre del amor y del Sumo Hacedor, ese centro de poder como es la Iglesia participó en la masacre de los pueblos originarios de América (sin cifras precisas, pero según estimaciones, entre 13 y 100 millones de personas), evangelizando a la fuerza a los sobrevivientes. 

¿Paz y amor? ¿Nos lo podemos creer? Las Naciones Unidas se fundaron luego de la mefistofélica matanza de 60 millones de personas en la Segunda Guerra Mundial, supuestamente para asegurar la paz en el mundo (suena a hueca y superflua expresión de Miss Universo, ¿no?). Pero al día de hoy no ha impedido ni una sola guerra, y su Consejo de Seguridad, el verdadero órgano decisorio de poder duro, está conformado solo por las cinco potencias productoras de la mayor cantidad de armas del planeta (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido), en cuenta las nucleares de destrucción masiva.

¿Civilización?

Los seres humanos nos decimos «civilizados». Sí, sin dudas. En sentido estricto, lo somos. Somos una especie animal absolutamente civilizada, transida de cabo a rabo por el orden simbólico (ningún animal esconde sus órganos genitales, ni practica el incesto. Nosotros sí). Todo lo que hacemos está tocado por el proceso civilizatorio, todo, incluso aquellas cosas que parecieran más naturales. La alimentación, o la reproducción, por ejemplo, funciones básicas para mantener vivo a cada sujeto o para perpetuar la especie, como productos de la civilización ya dejaron de ser pura biología. Por eso hay quienes no tienen para comer y pasan hambre, o mueren de inanición (20.000 personas por día a nivel global, en tanto sobra comida en el mundo: 40 % más de la necesaria para alimentar perfectamente a toda la humanidad), o son obesos o presentan bulimia o anorexia. Nada de eso es algo estrictamente biológico, explicable solo desde parámetros físico-químicos. Es un tejido social el que lo determina, una historia, macro y micro.

Otro tanto pasa con la sexualidad: no hay estricta correspondencia entre la realidad anatómica y la identidad sexual. Hoy día hablamos de LGTBIQ+. Nada de eso que llamamos sexualidad queda enteramente determinado por la biología. Es nuestro ser social –historia subjetiva e historia colectiva– la que nos moldea. La procreación es también un asunto simbólico (¿cómo entender desde la carga genética la homo o la bisexualidad, el voto de castidad, la esterilización o todas las confusas y erráticas conductas a las que asistimos en este ámbito, inexistentes en el ámbito animal? –pedofilia, fetichismo, zoofilia, juguetes sexuales varios, necrofilia–). En sentido estricto, no hay sexualidad normal. La procreación es una de las tantas posibilidades que se derivan del acto sexual genital, del coito, pero no la única. El placer en este campo puede ligarse a una multitud casi interminable de acciones. Un zapato, por ejemplo, puede ser sumamente erótico, cosa que no le sucede a ningún animal. 

Es decir: todo lo que hacemos tiene que ver con nuestra civilización, con nuestra socialización. O, dicho de otro modo, con ese universo que nos construye como humanos que es el lenguaje. Incluso el primitivo garrote del hombre de las cavernas, eso ya es un refinamiento civilizatorio comparado con cualquier animal. De allí, desde la primera piedra afilada por el primer Homo habilis hace dos millones y medio de años hasta la computación cuántica o los viajes espaciales, el único animal que pudo lograr transformar la naturaleza es este bicho civilizado que somos los humanos, este producto de la cultura. «El trabajo es la esencia probatoria del ser humano», dirá Marx parafraseando a Hegel. En otros términos: si no entramos en un modo cultural determinado, que por fuerza es humano –y, en la abrumadora mayoría de los casos, entramos– no somos un ser humano más, en sentido estricto. Los llamados «niños salvajes» encontrados ocasionalmente lo permiten ver.


Niña 'salvaje'.

En esa línea podría decirse que la civilización es aquello que nos va alejando cada vez más de lo animalesco, de la pura sobrevivencia natural, del instinto (que es un esquema de comportamiento heredado que varía poco o nada de un individuo a otro, y que se desarrolla siempre según una secuencia temporal fija, teniendo un objeto y una finalidad invariable). Civilizarse es refinarse, es utilizar cada vez más las funciones intelectuales superiores en desmedro de la animalidad instintiva, de la pura fuerza bruta. El instinto, como se ha dicho en psicoanálisis, está «pervertido» por lo social, por el lenguaje, por ese universo de símbolos en el que entramos al nacer. No hay ser humano «normal»  por nacimiento –lo puede haber en términos biológicos, claro–: todo lo demás es construcción histórica. La normalidad es una construcción simbólica. Seguramente respecto a quienes están leyendo esto, si son varones no tendrán las uñas pintadas; si son mujeres, probablemente sí. ¿Qué carga genética natural determina eso? Ninguna, por cierto. Es nuestro entretejido cultural, social, histórico.

De todos modos, la fuerza bruta persiste. La violencia es algo enteramente humano. Ningún animal ejerce violencia como nuestra especie: los depredadores cazan, y punto (el león, el cocodrilo, el tiburón, el águila). Nunca un depredador carnívoro ejerce el poder, la supremacía social, la arrogancia con el más débil. Se lo come simplemente; en el mundo animal no hay racismo, machismo, diferencias económicas, soberbia y arrogancia, tortura, discriminación de ningún tipo, pornografía, ropa de marca… o ni siquiera ropa (como decíamos: ningún animal esconde sus órganos genitales; los humanos sí, en todas las culturas). Los animales no son sanguinarios; nosotros sí. Podemos experimentar goce con el sufrimiento ajeno. Ahí están las cámaras de tortura y cuanta perversión sádica se nos ocurra. ¿Festín de sangre? No somos Drácula, pero pareciera… ¿Por qué, si no, la permanencia de prácticas como las corridas de toros, las peleas de boxeo o de kickboxing, las riñas de gallos o de perros? E igualmente, lo que parece haber sucedido en Sarajevo. O, en la Antigüedad romana clásica, el Coliseo con leones devorando cristianos y peleas a muerte de gladiadores. Esto podría llevar a pensar también el porqué de las guerras y su nada cercana perspectiva de erradicación, pero eso nos conduciría por caminos que exceden este sencillo escrito. Aunque no está de más recordar eso, justamente en estos momentos en que caminamos sobre un campo minado con las provocaciones belicistas de Estados Unidos y la posibilidad cierta de una guerra termonuclear (que no dejaría un solo ser vivo en la faz del planeta; quizá solo microorganismos en las profundidades oceánicas, como para recomenzar el ciclo de la vida igual que hace 3,5 mil millones de años).

El placer de la sangre

¿Cuál puede ser el placer de ver una lucha a muerte entre dos adversarios? ¿Qué deseos alimentan todo eso? ¿Por qué ese placer en gozar, incluso excitarse, con la sangre que corre? En todas estas prácticas culturales la muerte es el convidado especial. En el boxeo, justamente como producto del «avance» en la civilización, ya no se persigue la muerte del rival –se usan guantes y protectores bucales, hay reglamentos estrictos a seguir y un árbitro que media entre los contrincantes– pero sí el sacarlo fuera de combate. De todos modos, no deja de ser llamativo el enardecimiento del público en las graderías: «¡Mátalo!, ¡Sangre!, ¡Dale en la herida!». O el festejo gozoso del ganador que noqueó al adversario, rebosante de alegría mientras el perdedor es retirado en camilla, con lo que, probablemente, podrán quedarle secuelas neurológicas de por vida. 

Todo esto puede hacer pensar en palabras de Sigmund Freud con motivo de la llegada de los nazis y la anexión de su Austria natal al Tercer Reich, cuando marchaba al exilio en Londres: «Hoy día los nazis queman mis libros. En la Edad Media me hubieran quemado a mí. Eso es el progreso humano». Es decir: somos terribles, pero cada vez somos menos terribles. Sigue habiendo machismo, pero ya no se obliga a las mujeres a usar el mítico cinturón de castidad, y si bien hay racismo, ya no se puede humillar públicamente a nadie por su color de piel o pertenencia étnica, porque eso es delito (¡hasta un presidente negro hubo en la primera potencia capitalista!). Aunque en estos momentos históricos estamos viviendo un retorno al supremacismo, un peligrosísimo proceso de derechización conservadora con la esquizofrénica idea de «superiores» e «inferiores». «Europa es un jardín florido, y el resto del mundo, la jungla», pudo decir sin vergüenza un alto funcionario de la Unión Europea, mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla de «países de mierda». ¿Razas superiores entonces? 

No debe olvidarse que mientras las supuestas «razas superiores» mantienen muy organizadas sus sociedades con criterios siempre «políticamente correctos» (el Norte próspero, podría decirse), donde nadie arroja basura en la calle y todo el mundo paga sus impuestos, en las «salvajes» sociedades (el Sur Global) que sí se permiten explotar y someter vilmente con impagables deudas externas, allí matan, violan y saquean sin misericordia olvidándose de toda corrección. ¿Allí ni hay derechos humanos? La posible invasión de Estados Unidos a Venezuela, ¿es válida entonces, dado que nos va a salvar de malignos narcotraficantes? A una jovencita de clase media alta de una muy católica familia pudiente que se le preguntó qué haría si su padre o su hermano embarazara a la empleada doméstica que trabaja en la casa –cosa muy frecuente en ciertas sociedades–, se tuvo como respuesta: «La echamos. ¡Qué vergüenza para la familia que naciera aquí esa criatura!» ¿Y la solidaridad, y el amor por el prójimo? «Los ricos nacieron para gobernar y los pobres para obedecerlos», dijo sin la más mínima vergüenza el cardenal Jorge Urosa Savino en la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas, Venezuela. ¿Amor al prójimo, o indiferencia del mal?

La civilización es ese largo, tortuoso, nunca terminado proceso en el que nos vamos alejando de nuestros orígenes animales. Pero lo curioso es que… ¡ningún animal mata por placer! En nuestro mundo civilizado cada dos minutos muere una persona por un disparo de arma de fuego, y cada diez minutos muere una mujer a manos masculinas (femicidio patriarcal), por el simple hecho de ser mujer. Por otro lado, la industria de los armamentos (desde una pistola personal hasta un portaviones atómico con aviones de combate o misiles hipersónicos indetectables e indetenibles portadores de letales cargas nucleares), es el ámbito humano que más dinero mueve (75.000 dólares por segundo), promoviendo los más osados e increíbles avances científico-técnicos, todo preparado para matar al otro. «Terminada la guerra regresó el soldado a casa, pero no tenía qué comer. Vio a alguien con un pan, y lo mató. ¡No debes matar!, dijo el juez. ¿Por qué no?, preguntó el soldado». (Wolfang Borchert).

Aquello de poner la otra mejilla cuando nos abofetean la primera, no pasa de vacío e impracticable pedido moral. Recordemos que en nombre del amor se exterminó población, e igualmente, en nombre de un supuesto «amor», desde Roma unos pocos ancianos misóginos que hicieron votos de castidad –y, por tanto, no saben nada sobre sexualidad–, deciden/imponen lo que debería ser la conducta sexual «normal» de las mujeres. La realidad humana no nos muestra paz y amor, ni tolerancia y armonía precisamente. Más bien: todo lo contrario. En nombre del amor y de algún dios (de los cuatro mil que los humanos fueron creando en la historia) se realizaron las peores guerras religiosas. Parece que la sangre nos llama («La violencia es la partera de la historia», dijo con exactitud un decimonónico pensador, supuestamente «superado» hoy día). Por lo que, si algún freno puede oponérsele a la violencia, la apelación a un sacrosanto amor no alcanza. 

Digamos que «nadie está obligado a amar a otro, pero sí a respetarlo». En definitiva, la civilización es eso: la instauración de una ley, de una norma que rige el funcionamiento social (la prohibición del incesto, o del asesinato, la instauración de la propiedad privada, el rojo del semáforo o la interdicción de orinar en la calle, más un largo etcétera). Sin dudas, las leyes no necesariamente son justas (¿lo es acaso la propiedad privada, por ejemplo?). Son un ordenamiento hecho desde el poder: «La ley es lo que conviene al más fuerte», dijo Trasímaco de Calcedonia hace más de dos mil años en la «democrática» Atenas –donde solo los varones propietarios tenían el derecho de votar «democráticamente» en las asambleas, no así las mujeres ni los esclavos, quienes no tenían el derecho de suicidarse, por no ser dueños de su propia vida–. Por tanto, las leyes son un ordenamiento, injusto quizá, pero necesario para establecer un orden humano, para organizar lo que, si no, sería un caos invivible.

Freud, en lo que él llamó su «mitología conceptual», elucubró una pulsión de muerte (Todestrieb, en alemán), energía destructiva que anida en cada uno de nosotros, y que se manifiesta en todo lo anteriormente descrito, volcándose a veces hacia la propia subjetividad –diversas conductas autoagresivas, el suicidio– o hacia el otro.


¿Por qué el suicidio?

Pulsión de muerte: concepto problemático como el que más, muy discutido por todo el ámbito psicoanalítico. Lo que está claro es que, viendo cómo nos movemos los seres humanos, la intuición freudiana no parece descabellada. Corridas de toros, riñas de gallo, peleas de boxeo, cacerías humanas… ¿Guerra mundial con armamento atómico? Parece que la sangre llama. ¿Es nuestro destino ineluctable? Eso es lo que podemos apreciar de este sujeto criado en el seno de esta familia actual, que se repite aproximadamente igual en casi todas las culturas: patriarcal, monogámica, heteronormativa, defensora de los hijos como propiedad. Y si existiera otra forma de humanizarnos ¿podremos ser distintos? Para quienes pensamos en que el mundo puede –¡y debe!– ser distinto, y no este disparate que vemos actualmente, existe la esperanza de poder construir otra cosa: otra familia, otra sociedad, otro sujeto. Permítasenos cerrar diciendo, junto a Xabier Gorostiaga, que «quienes seguimos teniendo esperanza, no somos estúpidos».


Fuente: Plaza Pública

jueves, 28 de noviembre de 2024

“Si se quiere legar a las futuras generaciones un planeta habitable en sus equilibrios más fundamentales, hay que cambiar por completo de sistema socio-económico y de mentalidad”

 

Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.

(Una entrevista con Diario Socialista) 


En esta entrevista, Rafael Poch-de-Feliu responde a varias interrogantes que están surgiendo sobre la escalada bélica a la que asistimos en el contencioso ucraniano: ¿Por qué y cómo se ha llegado hasta este momento? ¿Qué está sucediendo en el frente? ¿Qué reacciones se están desencadenando dentro de Ucrania y entre las principales potencias del mundo? ¿Donald Trump va a parar la guerra? ¿Qué consecuencias se pueden prever?




     Tras más de dos años del inicio de la Guerra de Ucrania, ¿Cuáles consideras que son las principales consecuencias que ha tenido a nivel mundial y en Europa en particular?

La “guerra de Ucrania” no es una, sino tres. Por orden de relevancia cronológica: la guerra de la OTAN contra Rusia, la guerra civil entre ucranianos y la guerra de Rusia contra Ucrania. Está última no habría sido posible sin las otras dos. Este hecho no excusa la grave responsabilidad de Rusia por su invasión de febrero de 2022 violadora del derecho internacional, sino que la sitúa en su contexto y medida real. En mi opinión la responsabilidad general por esa triple guerra es occidental en un 70% y ruso-ucraniana en el restante 30%. Podemos discutir ese reparto, y conviene hacerlo, pero lo que no podemos hacer es renunciar a la realidad y abrazar los cuentos que se nos ofrecen desde las instituciones, think tanks y medios de comunicación europeos, sobre la “lucha entre democracia y autocracia” y la “agresión rusa no provocada”.

El principal vector del conflicto arranca del cierre en falso de la guerra fría, hace tres décadas y se trata de infringir una “derrota estratégica” a Rusia. Si en Gaza todo el mundo informado entiende que la violencia no comenzó el 7 de octubre de 2023 sino setenta años antes, en Ucrania se desconoce su contexto. En 1992 en Washington se decidió que Estados Unidos había vencido en la guerra fría y que por tanto podía imponer su dominio hegemónico en solitario. El asunto funcionó al precio de toda una serie de guerras desastrosas entre Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria y demás, con el resultado de más de cuatro millones de muertos, unos 40 millones de desplazados y sociedades enteras dislocadas. Tras la gran juerga privatizadora-depredadora de los noventa en Rusia, la élite de ese país quiso restablecer su papel soberano en el mundo. La élite rusa creía que sería admitida en pie de igualdad en la internacional capitalista de depredadores pero el capital occidental solo le ofrecía un papel de “burguesía compradora”, subsidiaria-intermediaria en el comercio internacional de recursos y materias primas que Rusia, séptima parte de la superficie terrestre, posee en enorme abundancia. La identidad secular de Rusia como gran potencia impedía aceptar ese papel de vasallo y ese es el choque fundamental del que se deducen los demás, entre ellos la presión militar, el avance de la OTAN hacia el este, las sanciones, y la guerra.

El segundo elemento de la situación es la pujanza china y el cambio que determina en la correlación de fuerzas general en el mundo. Algunos de los antiguos enanos del Sur hoy son gigantes y tienen capacidad para ser soberanos. La suma de ambos factores, el ruso y el chino, abre posibilidades sin precedentes para acabar con el dominio occidental del mundo en solitario y afirmar algo más compartido, lo que obliga a una profunda reforma de las instituciones internacionales diseñadas por Occidente tras la segunda guerra mundial a la medida de su dominio: ONU, FMI, Banco Mundial, OMS, OMC, etc, etc. La crisis general del mundo actual, consiste, fundamentalmente, en que Occidente intenta resolver por medios militares el problema del declive de su dominio mundial indiscutible durante los últimos siglos. Ese es un problema general del Norte global, es decir que también afecta a Rusia, porque todo el mundo entiende que, pese a su actual recuperación, no volverá a ser la potencia que fue con la URSS, pero sobre todo es un problema de Occidente.

«La élite rusa creía que sería admitida en pie de igualdad en la internacional capitalista de depredadores pero el capital occidental solo le ofrecía un papel de “burguesía compradora”, subsidiaria-intermediaria en el comercio internacional de recursos y materias primas».

Esto me parece que es lo que la mayoría de la población del mundo deduce de lo que se está viendo en Ucrania, tal como lo reflejan las votaciones en la ONU. Se condena la invasión rusa pero fuera de Occidente nadie apoya las sanciones contra Rusia, pues se entiende que cualquiera que pretenda ser soberano, dueño de su destino en el mundo, sufrirá esa medicina de Occidente. Y eso explica también que se estén creando mecanismos económicos y alianzas alternativas que, gracias al peso específico de China, permiten a la mayoría mundial independizarse del corsé occidental y ensayar otras fórmulas: Brics, Organización de Cooperación y Seguridad de Shanghai, integración euroasiática, etc., etc. Esa es la principal consecuencia mundial que se desprende del pulso de Ucrania.

Respecto a Europa, mas allá del enorme desastre que supone una nueva gran guerra en suelo europeo, que ya se ha cobrado varios centenares de miles de muertos ucranianos y rusos, pero que si se extiende puede producir muchos más en Europa central/oriental, la principal consecuencia es la sumisión de la Unión Europea a Estados Unidos. Con la guerra Washington ha conseguido romper dos procesos que le dejaban fuera de todo control del viejo continente, lo que restaría mucho a su potencia global. El principal es la integración euroasiática lanzada por China, desde el Pacífico hasta el Atlántico. En esa Eurasia, Estados Unidos no figura geográficamente y actualmente la Unión Europea se está enemistando estúpidamente con su principal socio comercial. El segundo es la complementariedad de los recursos energéticos y científicos rusos con la tecnología y el capital europeo, alemán en primer lugar. Recordemos que Rusia “no ha cortado el gas a la UE” como se dice, sino que ha sido ésta la que ha renunciado a la energía rusa, con la ayuda de Estados Unidos reventando gaseoductos, por cierto… Sobre esos dos vectores, la Unión Europea se convertía en la península occidental de la gran Eurasia y accedía a una autonomía estratégica dentro de ese gran conglomerado, cosa contra la que alertaban muchos documentos y estrategas de Estados Unidos desde mediados de los noventa. Pero la actual generación de políticos europeos ha demostrado ser muy inepta, algo que precisa estudio, así que en lugar de eso hoy tenemos una UE sometida a Estados Unidos en el papel del “ayudante del Sheriff, lo que es un desastre para el futuro económico y político de Europa, como estamos empezando a ver.

En lo relativo a los avances bélicos y las relaciones diplomáticas de los contendientes, ¿Cuál es la situación actual de la guerra?

La situación pinta mal para Ucrania. Estados Unidos prioriza la ayuda militar a Israel y a los preparativos en el frente chino, pero no puede atender a los tres. La ayuda militar de Estados Unidos a Ucrania va a la baja. Así que se trata de transferir el asunto a la UE, pero ésta carece de la capacidad militar productiva necesaria para tomar el relevo. Alemania ha transferido un sistema de defensa antiaérea a Ucrania de los ocho que tiene. Francia podría transferir dos sistemas de los diez que dispone, pero para proteger Ucrania de la aviación y los misiles rusos eficazmente se necesitan muchas decenas, dicen los militares. No existe capacidad europea para eso. Se necesitan muchos años. No digo que Rusia no tenga problemas, pero de momento las sanciones han incentivado la diversificación de proveedores y potenciado la industria local, algo que desde luego yo mismo no esperaba. No se sabe si será sostenible a largo plazo, pero la economía rusa crecerá este año más que cualquier otra europea, alrededor del 4,2%.

«Los voluntarios rusos cobran un salario de 2.100 dólares al mes y reciben al alistarse un bono de 4.100 dólares. Si mueren en combate, sus familias cobran hasta 150.000 dólares, 50.000 inmediatamente y el resto en diversos plazos. Si son heridos pueden cobrar hasta 75.000 dólares».

Por otro lado, Ucrania tiene un serio problema de falta de efectivos. Según el Financial Times, que citaba en agosto al jefe de la comisión de desarrollo económico del parlamento ucraniano, Dmitri Nataluji, unos 800.000 hombres ucranianos en edad militar “han pasado a la clandestinidad”, cambiando de domicilio y trabajando en negro para no dejar registro laboral y eludir la movilización. Los efectos de la carnicería que está sufriendo Ucrania son inconmensurables. El 78% de los ciudadanos declaraba en junio del año pasado tener parientes próximos y amigos que han resultado muertos o heridos en la guerra. Desde su independencia el país ha perdido 15 o 20 millones de habitantes, nadie conoce muy bien la cifra exacta. Por cierto, es Rusia el país que tiene más emigrantes ucranianos. Mientras tanto, Putin ha administrado con habilidad su picadora de carne rusa. Los voluntarios rusos cobran un salario de 2.100 dólares al mes y reciben al alistarse un bono de 4.100 dólares. Si mueren en combate, sus familias cobran hasta 150.000 dólares, 50.000 inmediatamente y el resto en diversos plazos. Si son heridos pueden cobrar hasta 75.000 dólares. En todas partes los pobres son los que ponen más soldados de las guerras, pero en Rusia este sistema llena las oficinas de reclutamiento y resuelve de momento el consenso de una sociedad aún menos dispuesta a “morir por la patria” que la ucraniana. 2100 dólares es cinco o seis veces el salario medio en las regiones pobres del país. Con ese dinero un soldado resuelve la economía de su familia y la de sus parientes cercanos, como quien dice. Ahora mismo en regiones pobres como Tuva o Buriatia se vive una explosión en los depósitos bancarios que duplican la media rusa…Todo eso permite a Putin mantener la guerra sin necesidad de una movilización general que crearía problemas y protestas entre la mayoría sensata de las clases intermedias. Naturalmente todo esto cambiaría si la OTAN interviniera con tropas en suelo ruso y se confirmara el escenario patriótico de una nueva gran invasión occidental de la madre Rusia como las de Napoleón y Hitler, pero de momento las cosas están así.

¿Qué puedes contarnos sobre la situación de la represión interna en Ucrania?

Desconozco la situación concreta porque no he estado allí desde 2014, pero es obvio que estar activamente contra la guerra en Ucrania o discutir la narrativa étnico-nacionalista anti rusa que rompe el consenso entre regiones ucranianas, es tan peligroso como en Rusia. Han suprimido partidos políticos, toda la izquierda, y medios de comunicación críticos o que no se alinean con el “patriotismo” oficial etno-nacionalista que antes solo era ideología habitual en Ucrania occidental y que hoy es ideología de estado en Kíev. Se ha ilegalizado a la Iglesia Ortodoxa dependiente del Patriarcado de Moscú que era la mayoritaria en el país. Muchos disconformes o excesivamente independientes han sido detenidos, en algunos casos eliminados, y muchos más están callados. La situación no parece muy diferente a la de Rusia, pero repito que no he estado allí.

¿Cuáles han sido las principales reacciones internacionales a la guerra? ¿Qué posiciones presentan respecto de ella las principales potencias mundiales?

En el Sur global, Ucrania tiende a ser vista como un instrumento del hegemonismo occidental, independientemente del grado de disconformidad hacia la invasión rusa. En China son conscientes de que la presión de la OTAN contra Rusia forma parte de lo que desde hace años se prepara y anuncia contra ella. En los inicios de la guerra, cuando Occidente exigía a China que se sumara a las sanciones contra Rusia, la comentarista de la televisión china Liu Xin enunció así la cuestión: “Lo que nos están diciendo es, ayúdennos a luchar contra su amigo para que luego podamos concentrarnos mejor en luchar contra usted” . Todo esto hace que la causa ucraniana carezca de apoyos fuera del “occidente ampliado”: Unión Europea, Canadá, Australia y los aliados asiáticos de Occidente como Japón y Corea del Sur.

«Trump dice que expulsará a los emigrantes ilegales que son varios millones y que solucionará la guerra de Ucrania en “24 horas”. Su declaración de guerra comercial “contra todos” se volverá contra su país y creará más inflación, deuda y caída del nivel de vida para la mayoría».

En Europa este conflicto ha dado alas a antiguas víctimas de la URSS en Europa del Este como Polonia y las repúblicas bálticas, que tienen un gran peso en la narrativa de la Unión Europea y de la OTAN. La influencia en ambos clubs de Bruselas de esos países estrechamente vinculados a Estados Unidos, se deriva de su extrema beligerancia contra Rusia. Gente como la nueva responsable de la política exterior, la estoniana Kaja Kallas, y el nuevo responsable de la defensa común, el lituano Andrius Kubilius, sueñan con la disolución de Rusia en pequeños estados y representan la garantía de una línea de confrontación que costará mucho revertir. Sería anecdótico si no fuera porque esa línea ha encontrado terreno fértil en Alemania, donde los nietos de quienes perdieron en Stalingrado, la von der Leyen es una de ellos, recuperan viejos agravios hacia los “subhumanos” soviéticos que les derrotaron. En este conflicto, Alemania es un país clave que debería acostarse en el diván del Doctor Freud. El timorato Canciller Scholz ha tirado por la borda lo que quedaba de la cultura socialdemócrata en materia de relaciones exteriores, pero expresa algunas dudas desde la debilidad de su precario gobierno de coalición. Naturalmente, la invasión rusa aceleró este revanchismo pero ya antes de 2022 la historia europea se estaba reescribiendo, según el guión de los años cincuenta de esa caverna ex nazi de Alemania reciclada en la posguerra como luchadora contra el comunismo, y sus colaboracionistas y víctimas de la URSS de Europa del Este. En ese cuadro, Francia no está ni se la espera y los escandinavos sorprenden por su beligerancia, algo que alguien debería explicar. De momento los únicos que expresan posiciones de sentido común son el derechista Viktor Orban en Hungría, cuya posición hacia la masacre de Israel en Gaza es indecente, y los eslovacos, ambos tachados de “pro rusos” en la UE por su oposición a la espiral de escalada bélica.

¿Cómo crees que influenciará en la guerra la elección de Trump como presidente de Estados Unidos?

Lo más probable es que Trump genere un desastre en su país. Tiene olfato e instinto político para ganar elecciones, jugando con el interés de los mega ricos y los bajos instintos del populacho, pero dudo que sepa gobernar. Ha nombrado para su administración a gente dispar dispuesta a profundizar el suicidio de Israel en Oriente Medio, luchar contra Irán y China. Al mismo tiempo quiere colocar a Tulsi Gabbard, que acusó a Estados Unidos de apoyar a terroristas en Siria y de provocar la invasión rusa de Ucrania al ignorar los intereses de seguridad de Moscú, como directora nacional de inteligencia supervisadora de las agencias imperiales. Trump dice que expulsará a los emigrantes ilegales que son varios millones y que solucionará la guerra de Ucrania en “24 horas”. Su declaración de guerra comercial “contra todos” se volverá contra su país y creará más inflación, deuda y caída del nivel de vida para la mayoría. Así que lo más probable es que en lugar de “hacer América grande de nuevo”, genere un gran desbarajuste que acelere el declive mundial de Estados Unidos. Puede ser una especie de “Yeltsin americano”, el presidente ruso responsable del desastre de los años noventa, que meta a Washington en un conflicto abierto con Irán y China. El principal think tank del Pentágono, la RAND Corporation, dice que Estados Unidos no podrá ganar ese pulso. Habrá que ver, pero de momento lo que es seguro es que la ayuda militar y económica a Ucrania se va a reducir mucho.

Para acabar, ¿qué futuro crees que le depara a Ucrania? ¿Y a Europa?

Hay que empezar a preguntarse por las consecuencias de una derrota occidental en Ucrania. Eso no solo podría descomponer a la OTAN, sino que tendría seguramente consecuencias fuera de Europa, por ejemplo en la AUKUS, esa especie de OTAN del Pacífico orientada contra China que Washington anima, y en general para toda la red sobre la que se sostiene el poder imperial de Estados Unidos en el mundo. Algunos países que tienen bases militares de Estados Unidos, y son muchos, dejarían de confiar en ellas como protección. A su vez tal derrota aceleraría los impulsos de desdolarización de la economía mundial que ya están en marcha. Por todo eso Occidente se resistirá mucho a admitir una derrota. En el caso de que no escale hacia una guerra mayor, mucho dependerá de cómo se cierre el conflicto, de la habilidad e inteligencia de las partes. De cualquier forma, las guerras solo dejan heridas humanas. De momento lo que se dibuja es una Ucrania vencida, resentida, y, física, geográfica y demográficamente, mutilada.

«Siempre hemos tenido guerras, pero nunca había sido tan grande la contradicción entre la estupidez guerrera de las potencias y la urgente necesidad de que se pongan de acuerdo para afrontar los problemas del cambio global que amenazan directamente a la humanidad».

Respecto a Rusia, hay que preguntarse qué significaría su victoria. Desde luego de puertas afuera saldría fortalecida en su prestigio y credibilidad, pero me pregunto cómo administraría el Kremlin los territorios arrebatados a Ucrania.¿Habrá consenso allá hacia una anexión? ¿Habrá resistencia armada, clandestinidad, “terrorismo” y “antiterrorismo”? Seguramente en Crimea y el Donbas hay bastante consenso, pero ¿en las provincias de Jersón y Zaporozhye, por ejemplo? ¿Será la victoria estable para Rusia, o será un cáncer? Mucho dependerá de cómo se cierre el conflicto, pero la brecha, el odio y el resentimiento hacia Rusia de buena parte de toda una generación de ucranianos, deberá ser incluida en la cuenta.

En el orden interno, la guerra y la confrontación con Occidente ya están transformando las opciones del régimen ruso. Su contrato social con la población se está abriendo a un mayor reparto de la renta, sus posiciones internacionales se están “sovietizando” en el sentido de que se acercan a las de la antigua URSS, y se pone aún más coto a la disidencia. Habrá que ver. De momento, si se impone en la guerra de una forma convincente para su población, el régimen bonapartista de Putin conseguirá posponer algunos años más sus contradicciones internas, su falta de pluralismo y de mecanismos de alternancia y relevo en el poder, lo que genera una oposición enfocada hacia el derribo frontal y total del régimen por falta de espacios y canales de consenso y reforma, los problemas de la sucesión del caudillo, etc.

Todos esos problemas siguen ahí y resurgirán algún día. Pero todo lo mencionado me parece anecdótico al lado de lo principal: siempre hemos tenido guerras, pero nunca había sido tan grande la contradicción entre la estupidez guerrera de las potencias y la urgente necesidad de que se pongan de acuerdo para afrontar los problemas del cambio global que amenazan directamente a la humanidad. En el siglo XXI debemos mirar todas estas guerras desde la evidencia que se desprende de una observación más amplia y fundamental de nuestra realidad como especie. Los problemas del cambio global aumentan conforme no se encaran con una estrecha concertación internacional y estamos perdiendo un tiempo precioso del que no disponemos. Si se quiere legar a las futuras generaciones un planeta habitable en sus equilibrios más fundamentales, hay que cambiar por completo de sistema socio-económico y de mentalidad.


Fuente: Rafael Poch de Feliu

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