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sábado, 9 de mayo de 2026

La ONU contra Irak: historia del desmantelamiento de un país

 

 Por Guillermo di Marco    
      Periodista de Descifrando la Guerra.

     En 1979, Sadam Hussein, que ya era desde hacía años la persona más influyente del partido gobernante Baaz, alcanzó la presidencia de Irak. Pocos meses después declaró la guerra a Irán, aprovechando que el país persa se encontraba aislado diplomáticamente por la Revolución Islámica que había acabado con el sistema del sah y había encumbrado a los ayatolás.


La guerra entre Irak e Irán fue uno de los conflictos más cruentos de la segunda mitad del siglo XX, con miles de muertos en ambos bandos.

Si bien las autoridades iraquíes habían previsto una contienda rápida, el conflicto se estancó y las fuerzas armadas iraquíes fueron puestas a la defensiva durante varias etapas de la misma.

A la guerra con Irán, devastadora en términos humanos, hay que añadir la que enfrentaba al Estado contra las guerrillas kurdas al norte del país, que se oponían a los planes de arabización llevados a cabo por el gobierno baazista. Justo antes del final del conflicto con Irán, que concluyó en agosto de 1988, Bagdad emprendió una campaña militar dentro de su propio territorio, conocida como Al-Anfal.

Con el objetivo de acabar con la base social de la guerrilla, las fuerzas armadas iraquíes asesinaron a miles de civiles kurdos, generando en el proceso cientos de miles de desplazados internos y de refugiados. El uso masivo de armas químicas fue, además, una de las características principales tanto del genocidio kurdo como de la estrategia bélica contra Irán.

Asimismo, en agosto de 1990, Sadam Hussein ordenó la invasión de Kuwait. El Consejo de Seguridad de la ONU respondió imponiendo una serie de sanciones económicas a Irak que darían inicio a una larga década de restricciones, bloqueos y tutelas que solo acabaron una vez consumada la invasión estadounidense de 2003. En noviembre de 1990, la ONU aprobó también la utilización del uso de la fuerza contra el país para forzarle a retirarse de Kuwait.

Entre enero y febrero de 1991, una amplia coalición internacional bombardeó las infraestructuras clave de Irak, cumpliendo virtualmente las amenazas que el secretario de Estado de la administración estadounidense, presidida entonces por George Bush padre, había hecho al ministro de Exteriores iraquí, Tariq Aziz: “Vamos a devolver a Irak a la era preindustrial”.

Las sanciones fueron pensadas para que afectaran a toda la economía iraquí. Su aplicación puede dividirse en dos etapas distintas: la primera, la más severa, abarcó desde su aprobación hasta 1996, cuando empezó a aplicarse el programa “Petróleo por Alimentos”; la segunda duró hasta el levantamiento de las sanciones, en 2003.


El régimen de sanciones de la ONU contra Irak terminó provocando una grave crisis humanitaria en un país ya devastado por las guerras.

En el Kurdistán Iraquí, convertido en región autónoma tras la tregua, esta situación se conjuró con un conflicto civil que enfrentó a las dos principales fuerzas político-militares kurdas y que generó unos 250.000 desplazados internos.

Las sanciones de la ONU contra Irak

La primera fase de las sanciones consistió en una gama de medidas muy variadas. Se creó un Comité de Sanciones en la ONU para gestionar las reparaciones impuestas a Bagdad y se establecieron oficinas cuyo objetivo era asegurarse que Irak no desarrollara armas de destrucción masiva.

El país salió de la guerra de 1991 en un estado de enorme vulnerabilidad. Su infraestructura civil estaba enormemente dañada –incluyendo las plataformas de extracción de petróleo, la principal fuente de ingresos– y se enfrentaba a una segunda posguerra sin haber cerrado aún la primera.

De entre todos los datos resaltan, por ejemplo, la enorme caída en la producción de alimentos en Irak en la década de 1990: entre 1989 y 1996, la producción de trigo y de cereales se redujo casi un 50%, siendo ambos productos esenciales en la dieta local.

La producción de maíz cayó alrededor de un 70% en dos años y la de arroz entorno a un 25%. La carne, por su parte, desapareció de la mesa de los iraquíes: la producción de carne bovina se redujo entorno a un 75% y la de ave cerca de un 90%.

Todo esto vino acompañado, evidentemente, por un aumento exponencial del desempleo, del precio de los alimentos y, por lo tanto, de la desnutrición crónica, que en 1999 afectaba a cuatro de cada cinco niños iraquíes. La reducción de la producción de alimentos se generaba, además, en un país que antes de la guerra importaba el 70% de los alimentos que consumía.

La destrucción de la infraestructura civil se notó en todos los niveles. Las plantas de energía iraquíes sufrieron numerosos bombardeos –los dos embalses hidroeléctricos habían sido inutilizados durante la guerra contra Irán– y de 120 operativas antes de la guerra de 1991 tan sólo 50 seguían funcionando tras acabar el conflicto: de 9.295 megavatios habían pasado a producir 2.325.

Esto afectaba a toda la sociedad y en todos los niveles, pues los cortes de luz alcanzaban a durar entre 10 y 12 horas, lo cual dificultó la atención sanitaria en muchos aspectos, limitó la capacidad de la población y de las autoridades de almacenar alimentos, retrasó todo tipo de gestiones administrativas, impidió el uso de calefacción y aire acondicionado en lugares con climas muy fríos en invierno o muy calurosos en verano, etcétera.

Con la infraestructura del agua pasó algo similar. La escasez de agua potable se volvió crónica debido a la ruptura de tuberías y depuradoras y los vertidos en los ríos. Esto afectó a los cultivos, al ganado y, por supuesto, a las personas. Un informe de UNICEF de 1998 concluyó que el consumo de agua per cápita había descendido entorno a un 63% en todo el país.

El empleo de agua contaminada fue tan común que otro estudio de la oficina estipuló en el año 2000 que “casi la mitad de los niños de menos de cinco años había tenido diarrea en ese mes durante dos semanas”.


Un retrato de Saddam Hussein con varios impactos de bala.

Los medicamentos, como los instrumentos químicos potabilizadores, sufrieron un embargo especialmente riguroso por parte del Consejo de Seguridad debido a su posible doble uso, es decir, su potencial empleo para fabricar armas químicas. Irak era dependiente de la importación para conseguir gran parte de sus medicinas y el embargo impidió que hubiera existencias en el país.

La escasez de medicamentos se coaligaba con la falta de agua limpia, el estado ruinoso de parte de la infraestructura sanitaria, la destrucción de los servicios de basuras –antes de la guerra, la ciudad de Bagdad disponía de 800; casi una década después, apenas tenía 80–, la desnutrición y las heridas de las guerras tensionaban enormemente los escasos medios sanitarios disponibles.

Cabe destacar, de hecho, que en el Kurdistán había un número indeterminado de supervivientes de ataques con armas químicas que no pudieron recibir el tratamiento requerido.

La mortandad aumentó en toda la población, especialmente la infantil y la de las mujeres en el momento del parto, por las condiciones externas en que muchas tenían que hacerlo y su debilidad física debido a la deficiente ingesta calórica y de nutrientes.

El plan "Petróleo por Alimentos" en Irak

En 1995, el Consejo de Seguridad empezó a ceder ante las denuncias que alertaban de las terribles condiciones de vida de los iraquíes. Los representantes de Estados Unidos y Reino Unido, reticentes a cualquier tipo de aligeramiento de las sanciones, aceptaron que la ONU llevase a cabo un plan: “Petróleo por Alimentos”, que permitió a Irak vender al menos una parte de su crudo para comprar, de manera controlada, bienes de primera necesidad.

El plan empezó a aplicarse en 1996. Para entonces, la capacidad de exportación de petróleo de Bagdad era escasa, pues la falta de recambios y de distintos materiales había impedido al gobierno rehabilitar debidamente las plantas dañadas, cuya producción se veía afectada también por otros condicionantes como los constantes cortes de luz.

El programa permitió, sin embargo, que empezaran a entrar en el país algunos suministros básicos que paliaran la crisis humanitaria, si bien con numerosos retrasos y restricciones impuestos por el Consejo de Seguridad.

Los representantes de Estados Unidos y Reino Unido argumentaban que el relato de la situación de miseria de la población en Irak eran exageraciones de Sadam Hussein y que la pobreza de sus habitantes se debía a la corrupción del gobierno. Tuvieron una relación tensa con la Oficina del Coordinador de las Operaciones Humanitarias de la ONU en la capital, cuyo objetivo era gestionar los envíos, supervisar su distribución y hacer estudios de campo.

Las distintas dimisiones de los principales responsables de este órgano reflejan las tiranteces entre el mismo y el Consejo de Seguridad y el Comité de Sanciones, que retenía el 30% de los beneficios de la venta del petróleo iraquí en concepto de reparaciones de guerra.

De los ingresos provenientes de la venta del crudo hay que restar otras partidas como la que estaba destinada a financiar el gigantesco despliegue de la ONU en Irak u otras dedicadas a pagar los numerosos bienes defectuosos o caducados que llegaban al país y que eran imposibles de devolver debido a las trabas burocráticas.

La magnitud de las retenciones dependió de la fase, la partida y el lugar a la que el bien estuviera destinado, pero siempre constituyó un obstáculo que podía retrasar durante años la llegada de unos suministros que podían acabar siendo recibidos en mal estado.

En 1998, según denunció el entonces Coordinador de las Operaciones Humanitarias de la ONU, Hans C. Von Sponeck, hasta el 73% de los artículos solicitados por el Ministerio de Enseñanza Superior de Irak fueron retenidos.

La situación de la población no mejoró. En 1998, una sequía que duró tres años volvió a limitar los alimentos y el agua disponible. Para más inri, a esta situación se sumó la operación Zorro del Desierto, una campaña de ataques aéreos liderada por la administración Clinton que dañó de nuevo numerosas infraestructuras civiles.

La complejidad de los procedimientos administrativos para los contratantes extranjeros, la obstrucción constante por parte de los representantes de Washington y Londres y la corrupción de la administración iraquí lastraron la eficacia de un programa ya de por si insuficiente.

Según el Banco Mundial y la ONU, cualquier persona que dispone de menos de 180 dólares cada seis meses –es decir, un dólar al día– vive "en la más absoluta miseria". Sin embargo, el valor total del suministro humanitario que llegó a Irak durante los seis meses correspondientes a la «fase V» de 1998 –incluyendo alimentos, medicamentos, piezas de recambio o material escolar– ascendió a apenas 53 dólares por persona.


Un oleoducto iraquí devastado como consecuencia de los ataques de Estados Unidos durante la invasión de 2003.

A finales de la década, una estimación de la Oficina del Coordinador Humanitario de la ONU indicó que en Irak había “entre un 60 y un 75%” de desempleo. El empleo que existía, por otra parte, estaba mal pagado y apenas permitía cubrir las necesidades básicas.

El sistema educativo colapsó casi por completo y su recuperación fue lenta  e incompleta. El embargo afectaba a las publicaciones científicas y el material electrónico era muy escaso. La desnutrición infantil, la compleja situación económica o habitacional de muchas familias y el escaso presupuesto y material disponible dificultaban enormemente un proceso educativo que tampoco ofrecía salidas laborales.

El Kurdistán iraquí recibió dos partidas especiales que no recibieron las provincias administradas por Bagdad: una destinada a habitabilidad y otra a la remoción de minas.

La primera era necesaria no sólo por los desplazados internos generados por el conflicto civil, sino también porque la escasez de vivienda funcional llevaba siendo un grave problema para la población kurda desde la campaña Al Anfal de 1988, cuando el gobierno de Sadam Hussein no sólo exterminó a decenas de miles de personas, sino que destruyó miles de aldeas peinando regiones enteras de manera meticulosa.

Por otro lado, la remoción de minas era esencial porque la zona kurda había sido un frente de guerra muy activo y los montes Zagros estaban plagados de ellas. Su eliminación era imperativa para que los pastores y los agricultores pudieran ejercer sus oficios de manera segura.

Existió un desequilibrio en el reparto de bienes humanitarios a favor de las zonas kurdas desde el principio de la aplicación del programa “Petróleo por Alimentos”. El gobierno iraquí y distintos cargos de la ONU denunciaron estos hechos asegurando que Estados Unidos y Reino Unido trataban de fragmentar al Estado reforzando a la región secesionista.

Al comienzo de la invasión estadounidense de 2003, el régimen de sanciones seguía vigente. Los organismos de la ONU encargados de supervisar que Irak no desarrollara armas de destrucción masiva habían retenido numerosos envíos del exterior, revisado la distribución de bienes de doble uso y realizado numerosas inspecciones en distintas instituciones del país; todo sin encontrar evidencias de que Bagdad estuviera incumpliendo ningún tratado.

El fin de las sanciones

Los 13 años de sanciones dejaron miles de muertos y millones de afectados. Tanto Hans Von Sponeck como Dennis Halliday, que fueron coordinadores de las Operaciones Humanitarias de la ONU en Irak y que acabaron dimitiendo, coinciden en que la población iraquí fue condenada por el Consejo de Seguridad con el objetivo de provocar un cambio de régimen o, al menos, impedir que el Estado iraquí recuperara las capacidades previas a la guerra de 1991.

Además, como denuncian ambos funcionarios de Naciones Unidas, estas medidas estaban acompañadas de una intensa labor propagandística que acusaba al gobierno baazista de ser corrupto, ineficaz y el único responsable de la miseria en la que vivían los habitantes de su país.

Von Sponeck no niega la corrupción sistémica y las prioridades cuestionables de Sadam Hussein –que, al fin y al cabo, había declarado dos guerras en diez años y había lanzado una campaña militar con objetivos genocidas contra su propia población–.

Lo que sostiene es que determinados organismos impidieron de forma sistemática la entrada de suministros básicos en Irak, boicoteando también la capacidad del país para recuperar parte de su dañada estructura productiva y cubrir, al menos parcialmente, las necesidades de la población.


Fuente: Descifrando la Guerra

jueves, 27 de noviembre de 2025

Viabilidad del Plan de Paz en Ucrania

 

      Coronel de Infantería (retirado). Licenciado en Psicología y doctor en Paz y Seguridad internacionales.


     Parece que ya hay una versión publicada del Plan de Paz estadounidense de 28 puntos para el conflicto en Ucrania. De momento, lo único que realmente representa es la solución final deseada por Estados Unidos, en la cual podría haber cambios, quizás sustanciales, quizás de detalle, hasta que haya acuerdo definitivo, si lo hay. Porque la probabilidad de que no llegue a cuajar también es alta. Iremos viéndolo a lo largo del artículo. Que se sepa, Rusia parece que ha dado un visto bueno inicial a la idea, al planteamiento (que, en general, le es favorable), veremos a los detalles. Ucrania, por boca de su presidente Volodimir Zelensky, lo califica como “uno de los momentos más difíciles de la historia de Ucrania, que debe decidir entre perder su dignidad o perder a un aliado clave”. Y el tercero en discordia (cuarto si incluimos a los propios Estados Unidos), la Unión Europea (UE+) no parece haberse definido todavía a la espera probablemente de poder alcanzar una postura común ante el difícil reto de o negarle la sal a Estados Unidos o dejar vendido a su, voluntariamente acogido, protegido.


Cumbre de Bürgenstock en Suiza.

El Plan, en principio, concede a Rusia, sus tres fundamentales exigencias. Una (punto 21), la soberanía rusa de la península de Crimea, el Donbás (oblasts de Lugansk y Donetsk) y las áreas de los oblasts de Jerson y Zaporiyia actualmente ocupadas por el ejército ruso, que deben quedar desmilitarizadas, al igual que las áreas de Donetsk que las fuerzas ucranianas que las ocupan actualmente deben entregar a Rusia. Dos (punto 7), Ucrania se compromete, incorporándolo a su Constitución, a no ingresar en la OTAN, que a su vez se compromete, incorporándolo a sus Estatutos, a no admitirla si lo solicitase y a no desplegar tropas en ella (punto 8); Ucrania sí podrá ingresar en la Unión Europea con acceso preferencial (punto 11). Y tres, no podrá haber fuerzas extranjeras estacionadas en suelo ucraniano, aunque la Unión Europea+ podría tener aviones de combate estacionados en Polonia con posibilidad de actuación en el espacio aéreo ucraniano (punto 9). Además, le facilita a Rusia lo que el Plan denomina “la reintegración de Rusia” (punto 13): levantamiento progresivo de las sanciones de forma acordada; acuerdo de cooperación económica a largo plazo para el desarrollo mutuo con Estados Unidos; e invitación a Rusia a reincorporarse al G-8.

A cambio, el Plan (ampliamente ambicioso) exige un alto el fuego inmediato (punto 28); que Rusia, Ucrania y la UE+ firmen un acuerdo de no agresión (puntos 2 y 22) que dé por resueltos todos los litigios actualmente existentes (punto 4); que confirme que Rusia no invadirá países vecinos (punto 16); que la OTAN no se expandirá más (punto 3); y que dé a Ucrania garantías de seguridad confiables (punto 5). Los compromisos adquiridos en este acuerdo deberán ser jurídicamente vinculantes, pudiendo imponerse sanciones en caso de incumplimiento (punto 27).




A Ucrania (la gran perdedora) le exige además unas Fuerzas Armadas que no superen los 600.000 efectivos (punto 6) y sin posibilidad de armas nucleares (punto 18); le prohíbe cualquier propaganda o actividad nazi (punto 20); y le exige que celebre elecciones en cien días a partir de la fecha de la firma del acuerdo (punto 25). También exige, tanto a Ucrania como a Rusia, que garanticen la diversidad cultural, religiosa, educativa y lingüística (alusión a la minoría ruso hablante ucraniana); y que declaren una amnistía para todas aquellas acciones presuntamente delictivas cometidas durante la guerra, sin posibilidad de reclamaciones posteriores (punto 26). A cambio, el Plan confirma la soberanía (aunque algo mermada territorialmente) de Ucrania (punto 1) con garantías de seguridad internacionales (punto 5), más concretamente especificando (punto 16) que Rusia consagrará en su ley constitucional la no agresión a Ucrania y a la Unión Europea; acceso preferencial a corto plazo al mercado europeo (punto 11); con “medidas contundentes” para su reconstrucción a través de un denominado Fondo de Desarrollo (punto 12); y con la prohibición a Rusia de impedirle u obstaculizarle la utilización del río Dniéper o el acceso al mar Negro para actividades comerciales.




Pero ni la reconstrucción ni el amparo económico y de seguridad previstos en este Plan estadounidense serán gratis. En primer lugar, la aplicación de todos los aspectos del acuerdo a firmar será supervisada y garantizada por un Consejo de Paz presidido por Donald Trump (punto 27), que tendrá en consecuencia la última palabra, lo que implica una pérdida de soberanía para Ucrania, pero no así para Rusia, mucho menos vulnerable a las presiones o sanciones que pudiera tratar de imponer el susodicho Consejo de Paz. Pero, fundamentalmente, porque el citado Fondo de Desarrollo para la Reconstrucción (punto 12), que será elaborado por el Banco Mundial, incluirá el desarrollo de la “extracción de minerales” (apartado E del punto 12), es decir, de las “tierras raras” ucranianas a las que Estados Unidos tiene echado el ojo desde hace tiempo. Y porque una de las fuentes de su financiación serían los fondos rusos que tiene congelados la Unión Europea (punto 14), de los que cien mil millones de dólares serán utilizados para iniciativas lideradas por Estados Unidos, que recibiría el 50% de estas ganancias, debiendo la Unión Europea aportar otros cien mil millones de dólares, “para crear un fuerte incentivo para evitar el tono al conflicto” (punto14).


Perfil psicopatológico de Donald Trump.

Por último, el Plan también establece que (punto 15) se creará un grupo de trabajo conjunto estadounidense-ruso sobre cuestiones de seguridad para promover y garantizar el cumplimiento de todas sus disposiciones. Un grupo de trabajo conjunto que no se sabe, porque no se especifica, como se coordinará y complementará con el mencionado Consejo de Paz (punto 27) presidido por el propio presidente Trump.

¿Va Ucrania a admitir la amplia perdida definitiva de territorio que se le exige, por muy teóricamente que quede protegida y reconstruida dentro de la Unión Europea?

¿Va Rusia a admitir incluir en su ley constitucional la no agresión (sine die) a Ucrania o a la UE+?

¿Cómo diferenciar agresión de defensa en el futuro, si no somos capaces de hacerlo hoy día?

¿Va Rusia a ratificar que el Consejo de Paz presidido por el presidente Trump tenga la última palabra en el futuro, pudiendo imponer sanciones? Y, cuando Trump no esté, quién lo presidirá ¿Siempre el presidente estadounidense? ¿Cómo se van a relacionar el Consejo de Paz y el Grupo de Trabajo conjunto estadounidense-ruso?

¿Va Rusia a admitir que se utilicen sus fondos congelados para la reconstrucción de Ucrania?

¿Va a admitir la Unión Europea+ la perdida definitiva de territorio ucraniano?

¿Van a admitir la Unión Europea+ y la comunidad internacional la amnistía por los posibles crímenes de guerra que se hayan podido cometer? 

¿Va a estar la Unión Europea+ dispuesta a aportar los cien mil millones de dólares que se le exigen para apoyar una solución final con la que nunca estuvo de acuerdo?

Creo que quedan todavía muchas sesiones de negociación a tener (por mucha prisa que meta el presidente Trump) y muy pocas posibilidades que el Plan, en su actual configuración, se pueda llevar a cabo.

Lo siento por Trump que creo que tiene su ansiado Nobel de la Paz cada vez más lejos.


Fuente: Nueva Tribuna

sábado, 24 de mayo de 2025

Sin alternativa progresista

 

 Por Michael Roberts  
      Economista británico seguidor de la visión marxista de la sociedad.


Cada vez más economistas avisan de que el capitalismo nos lleva al desastre, por decirlo de una manera suave. Las diferencias están en cómo salir de la trampa: ¿modificando el capitalismo “de la nube” realmente existente o rompiendo la baraja?



     La semana pasada asistí a una conferencia de un día organizada por el Progressive Economy Forum (PEF). El PEF es un think tank económico británico de izquierdas que asesoró a la dirección laborista de Corbyn-McDonnell cuando estaban al frente del Partido Laborista británico. El objetivo del PEF es «reunir un consejo de economistas y académicos eminentes para desarrollar un nuevo programa macroeconómico para el Reino Unido». El consejo del PEF quiere «promover políticas macroeconómicas que aborden los retos modernos del colapso medioambiental, la inseguridad económica, las desigualdades sociales y económicas y el cambio tecnológico, y fomentar la aplicación de estas políticas colaborando con responsables políticos progresistas y mejorando la comprensión de la economía por parte de la ciudadanía». La única propuesta política concreta que pude encontrar en su declaración de intenciones es que el PEF «se opone a la austeridad y a la ideología y el discurso actuales del neoliberalismo, y hace campaña para poner fin a la austeridad y garantizar que nunca más se utilice como instrumento de política económica».


Sede del Progressive Economy Forum.

El exabogado Patrick Allen es el fundador, presidente y principal financiador del PEF. Considera que su tarea es «reunir a los mejores economistas progresistas y académicos afines del país para que se unan a los políticos progresistas con el fin de demostrar el fracaso del neoliberalismo y la inutilidad de la austeridad, y proporcionar políticas creíbles inspiradas en Keynes para lograr una economía estable, equitativa, verde y sostenible, libre de pobreza».

La mención específica de la economía keynesiana identifica claramente el origen del PEF. Se trata de una economía «progresista», no socialista y, desde luego, no marxista. Esto quedó claro en las numerosas intervenciones de los eminentes ponentes de la conferencia del PEF titulada «La política económica en la era de Trump». Todos los ponentes eran conocidos economistas keynesianos o poskeynesianos. El único atisbo de marxismo provino de un vídeo pregrabado con el que se inauguró la conferencia, en el que aparecía Yanis Varoufakis desde su casa en Grecia. Exministro de Finanzas del Gobierno griego de izquierda Syriza durante la crisis de la deuda de 2014-2015, Varoufakis se autodenomina «marxista errático», como él mismo se definió en una ocasión.


Política económica en la era de Trump.


En su breve discurso, esbozó su conocida tesis de que las fallas del capitalismo se deben a los desequilibrios globales en el comercio y los flujos de capital, y al desmoronamiento del imperialismo estadounidense en su intento por mantener su posición hegemónica como «minotauro global», consumidor de todo lo que se produce. También mencionó brevemente su última tesis de que el capitalismo tal y como lo hemos conocido ha muerto y ha sido sustituido por el «tecnofeudalismo» en forma de megacompañías tecnológicas y mediáticas estadounidenses, conocidas como los Siete Magníficos, que extraen «rentas de la nube» del resto del capitalismo. Las alternativas políticas de Varoufakis a este nuevo feudalismo percibido eran impulsar un banco «verde» que proporcionara crédito para inversiones destinadas a detener el calentamiento global, etc.; introducir más democracia en el lugar de trabajo corporativo; y proporcionar una renta básica universal para todos. No se mencionó la toma del control de los Siete Magníficos, o los principales bancos mundiales, de las empresas de combustibles fósiles.




Pero eso encajaba con el tema de la conferencia del PEF. Esta partía de la premisa de que el capitalismo tenía que «reorientarse», no sustituirse, y que había que limitar el «rentismo» y revisar la protección social. A continuación, se sucedieron una serie de ponentes que hablaron de los fracasos y las desigualdades del capitalismo «rentista» (PEF); o del capitalismo «extractivo» (Stewart Lansley) o «distópico» (Ozlem Onaran), como si estas variaciones hubieran sustituido al capitalismo «productivo» original, tal y como lo conocíamos en los años cincuenta y sesenta, que entonces funcionaba para todos, o al menos lo hacía si era gestionado por gobiernos que aplicaban políticas macroeconómicas keynesianas. Todo iba bien bajo la gestión global de las «instituciones de Bretton Woods» de la posguerra (el FMI, el Banco Mundial, la OMC, etc.). Solo cuando el neoliberalismo y el rentismo tomaron el relevo a partir de la década de 1980, el capitalismo se volvió destructivo y dejó de ser «progresista», con crisis, crecientes desigualdades, calentamiento global y conflictos mundiales emergentes.

No se explicó por qué este capitalismo «progresista» de la década de 1960 fue sustituido por el capitalismo neoliberal, extractivo y rentista actual. ¿Por qué los capitalistas y sus estrategas políticos cambiaron cosas que les funcionaban tan bien? No se mencionó el declive mundial de la rentabilidad del capital productivo en la década de 1970 y, por lo tanto, el cambio hacia la inversión financiera y la especulación; ni el traslado de la inversión del Norte Global por parte de las multinacionales hacia la explotación de la mano de obra en el Sur Global. Stewart Lansley presentó algunos datos alarmantes sobre la desigualdad de la riqueza desde la década de 1980 con el auge de los multimillonarios y las finanzas. «En los años de la posguerra, las élites financieras y económicas aceptaron, con renuencia, las políticas de igualación y los niveles de extracción de antes de la guerra disminuyeron. Una vez agotada la paciencia del capital, la extracción ha vuelto». Así pues, fue la «falta de paciencia» lo que provocó el cambio, y no la falta de rentabilidad.


Trabajadores en una mina artesanal de cobalto en Shabara, cerca de Kolwezi, en la República Democrática del Congo, el 12 de octubre de 2022.


Varios ponentes destacaron la forma en que el capital estadounidense se había apoderado de gran parte de la economía británica, convirtiéndola en lo que Angus Hanton denominó un «Estado vasallo» y lo que Will Hutton, economista y autor, consideró que había destruido el desarrollo técnico de la industria británica. Europa y el Reino Unido se estaban quedando cada vez más atrás con respecto a los niveles de productividad estadounidenses. Pero, ¿cuál fue la respuesta a esta toma de control estadounidense? Al parecer, fue el nacionalismo, no la nacionalización. Hanton: «compre británico»; Hutton, desarrolle un «banco empresarial británico», pero no nacionalicé los servicios públicos, los bancos y las grandes empresas que ahora son propiedad y están controlados por capital extranjero (principalmente estadounidense).

En otra sesión, los ponentes esbozaron los enormes desequilibrios en el comercio y los flujos de capital a nivel mundial, los signos del debilitamiento de la hegemonía estadounidense y del dólar como moneda internacional, y el auge de China como potencia económica rival. ¿Cuál era la respuesta a esto? Bueno, la esperanza de que tal vez el grupo BRICS+ pueda reducir los desequilibrios y restaurar el multilateralismo frente al nacionalismo impulsado por los aranceles de Trump.

En esta sesión, Ann Pettifor argumentó que las crisis del capitalismo eran el resultado de un endeudamiento excesivo (no se mencionaron las tendencias de los beneficios o la inversión) y que deberíamos fijarnos en el trabajo del economista izquierdista estadounidense y premio Nobel Joseph Stiglitz y en su reciente libro, «The road to freedom», en el que Stiglitz reitera su llamamiento a la creación de un «capitalismo progresista». «Las cosas no tienen por qué ser así. Hay una alternativa: el capitalismo progresista. El capitalismo progresista no es un oxímoron; efectivamente, podemos canalizar el poder del mercado para servir a la sociedad» (Stiglitz). Verán, el problema no es el capitalismo, sino los «intereses creados», especialmente entre los monopolistas y los banqueros. La respuesta es volver a los días del «capitalismo gestionado» que, según Stiglitz, existió en la edad de oro de los años cincuenta y sesenta. Stiglitz: «La forma de capitalismo que hemos visto en los últimos cuarenta años no ha funcionado para la mayoría de la gente. Tenemos que tener un capitalismo progresista. Tenemos que domesticar el capitalismo y reorientarlo para que sirva a nuestra sociedad. Ya sabe, no es la gente la que debe servir a la economía, sino la economía la que debe servir a la gente».

En otra sesión se debatieron las impactantes desigualdades de ingresos y riqueza. Curiosamente, algunos ponentes, como Ben Tippett, argumentaron que la introducción de un impuesto sobre el patrimonio en Gran Bretaña contribuiría poco a reducir la desigualdad o a proporcionar ingresos al Gobierno. El impuesto sobre el patrimonio no era una «solución milagrosa». Tippett tenía razón. Un impuesto sobre el patrimonio no resolvería la desigualdad ni proporcionaría fondos suficientes para la inversión pública. Pero nadie se preguntó: ¿por qué tenemos multimillonarios y una gran desigualdad en primer lugar? La desigualdad es el resultado de la explotación del trabajo por parte del capital antes de la redistribución. Los impuestos intentan redistribuir la riqueza o los ingresos después del hecho, con un éxito limitado.

En la misma línea, Josh Ryan-Collins nos dijo que construir más viviendas no resolvería la crisis de la vivienda en Gran Bretaña porque esta estaba impulsada por los bajos tipos hipotecarios (préstamos baratos) que solo aumentaban la demanda. Su respuesta: animar a las personas mayores con casas grandes a «reducir su tamaño» y liberar el parque inmobiliario existente para los compradores más jóvenes. Al parecer, un programa financiado por el Estado para construir viviendas de alquiler de propiedad pública, como se hizo con gran éxito en los años cincuenta y sesenta, no era la solución ahora.

Jo Michell arremetió contra las ridículas normas fiscales autoimpuestas que el Gobierno laborista está aplicando para «equilibrar las cuentas públicas». Pero se opuso a ellas únicamente porque eran demasiado «cortoplacistas». La implicación era que no existían alternativas radicales para aumentar los ingresos que evitaran que el Gobierno de Starmer siguiera adelante con la imposición de la austeridad fiscal mediante recortes previstos en las prestaciones a las personas mayores, los discapacitados y las familias.

El Banco de Inglaterra fue criticado por su mala gestión de la flexibilización cuantitativa y ahora de la restricción, que estaba generando unos costes equivalentes a 20 000 millones de libras para las finanzas públicas (Frances Coppola). Pero parecía que nadie estaba a favor de poner fin a la sumisión del Banco de Inglaterra a la City de Londres revirtiendo su supuesta «independencia». Verán, la función del Banco de Inglaterra era «preservar la estabilidad de los precios» (Frances Coppola), una visión extraña dado el fracaso total de los bancos centrales a la hora de gestionar el repunte inflacionista posterior a la COVID. Al parecer, mantener a los bancos centrales al margen del control democrático de los gobiernos elegidos garantizaba que ningún gobierno «derrochador» (aunque fuera elegido democráticamente) pudiera jugar con los tipos de interés, etc.., y provocar así una crisis financiera en los mercados. Al fin y al cabo, los mercados mandan y no se puede hacer nada al respecto, al parecer. La nacionalización de los principales bancos e instituciones financieras no figuraba en la agenda de ningún ponente.

En las sesiones finales se consideró una alternativa más amplia al capitalismo «rentista», «extractivo» o «distópico». Guy Standing, miembro del consejo del PEF y autor de «Precariado», planteó el riesgo creciente del fascismo y su amenaza para la «agenda progresista». Según su teoría, la clase obrera tradicional está siendo sustituida a nivel mundial y en Gran Bretaña por una clase «precaria» que no tiene trabajo fijo ni salarios y condiciones dignas y que está siendo «abandonada». Esta clase en crecimiento es receptiva a las ideas reaccionarias que la «plutocracia» pretende fomentar y promover, y existe un peligro real de colaboración de clases entre los extremadamente ricos y el precariado contra los «asalariados» (término que entiendo como la clase obrera tradicional). ¿Cuál es la respuesta?: acoger al precariado, dice Standing, en lugar de a la clase obrera; y desmantelar el «capitalismo extractivo», sustituyéndolo por los «bienes comunes». Standing no explicó realmente qué significaban los bienes comunes, aparte de su término histórico de «tierras comunales». ¿Se refería al socialismo? No estoy seguro, porque a lo largo de toda la conferencia no se pronunció ni una sola vez la palabra «socialismo» (que creo que es el verdadero significado de «bienes comunes»).

John McDonnell y Nadia Whittome son dos de los mejores políticos laboristas de izquierda de Gran Bretaña. McDonnell dijo en la conferencia que nunca había estado tan deprimido por la situación en Gran Bretaña y en el mundo en sus 50 años de carrera política. ¿Qué hacer? Debemos intentar que el gobierno de Starmer «vuelva al buen camino» y adopte políticas que ayuden a los trabajadores. En mi opinión, es una esperanza vana. Whittome también describió el terrible impacto del capitalismo en el país y en el extranjero. Pero, ¿cuál era la respuesta? ¿Acaso una mejor gestión del capitalismo? Quizás la respuesta la proporcionó el propio eslogan de William Beveridge en 1942, utilizado por el PEF en la documentación de la conferencia: «Un momento revolucionario en la historia del mundo es un momento para revoluciones, no para parches». ¡Cierto! Pero, por ahora, el PEF aboga por los parches.

Fuente: EL VIEJO TOPO