Mostrando entradas con la etiqueta Kurdistán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kurdistán. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de mayo de 2026

La ONU contra Irak: historia del desmantelamiento de un país

 

 Por Guillermo di Marco    
      Periodista de Descifrando la Guerra.

     En 1979, Sadam Hussein, que ya era desde hacía años la persona más influyente del partido gobernante Baaz, alcanzó la presidencia de Irak. Pocos meses después declaró la guerra a Irán, aprovechando que el país persa se encontraba aislado diplomáticamente por la Revolución Islámica que había acabado con el sistema del sah y había encumbrado a los ayatolás.


La guerra entre Irak e Irán fue uno de los conflictos más cruentos de la segunda mitad del siglo XX, con miles de muertos en ambos bandos.

Si bien las autoridades iraquíes habían previsto una contienda rápida, el conflicto se estancó y las fuerzas armadas iraquíes fueron puestas a la defensiva durante varias etapas de la misma.

A la guerra con Irán, devastadora en términos humanos, hay que añadir la que enfrentaba al Estado contra las guerrillas kurdas al norte del país, que se oponían a los planes de arabización llevados a cabo por el gobierno baazista. Justo antes del final del conflicto con Irán, que concluyó en agosto de 1988, Bagdad emprendió una campaña militar dentro de su propio territorio, conocida como Al-Anfal.

Con el objetivo de acabar con la base social de la guerrilla, las fuerzas armadas iraquíes asesinaron a miles de civiles kurdos, generando en el proceso cientos de miles de desplazados internos y de refugiados. El uso masivo de armas químicas fue, además, una de las características principales tanto del genocidio kurdo como de la estrategia bélica contra Irán.

Asimismo, en agosto de 1990, Sadam Hussein ordenó la invasión de Kuwait. El Consejo de Seguridad de la ONU respondió imponiendo una serie de sanciones económicas a Irak que darían inicio a una larga década de restricciones, bloqueos y tutelas que solo acabaron una vez consumada la invasión estadounidense de 2003. En noviembre de 1990, la ONU aprobó también la utilización del uso de la fuerza contra el país para forzarle a retirarse de Kuwait.

Entre enero y febrero de 1991, una amplia coalición internacional bombardeó las infraestructuras clave de Irak, cumpliendo virtualmente las amenazas que el secretario de Estado de la administración estadounidense, presidida entonces por George Bush padre, había hecho al ministro de Exteriores iraquí, Tariq Aziz: “Vamos a devolver a Irak a la era preindustrial”.

Las sanciones fueron pensadas para que afectaran a toda la economía iraquí. Su aplicación puede dividirse en dos etapas distintas: la primera, la más severa, abarcó desde su aprobación hasta 1996, cuando empezó a aplicarse el programa “Petróleo por Alimentos”; la segunda duró hasta el levantamiento de las sanciones, en 2003.


El régimen de sanciones de la ONU contra Irak terminó provocando una grave crisis humanitaria en un país ya devastado por las guerras.

En el Kurdistán Iraquí, convertido en región autónoma tras la tregua, esta situación se conjuró con un conflicto civil que enfrentó a las dos principales fuerzas político-militares kurdas y que generó unos 250.000 desplazados internos.

Las sanciones de la ONU contra Irak

La primera fase de las sanciones consistió en una gama de medidas muy variadas. Se creó un Comité de Sanciones en la ONU para gestionar las reparaciones impuestas a Bagdad y se establecieron oficinas cuyo objetivo era asegurarse que Irak no desarrollara armas de destrucción masiva.

El país salió de la guerra de 1991 en un estado de enorme vulnerabilidad. Su infraestructura civil estaba enormemente dañada –incluyendo las plataformas de extracción de petróleo, la principal fuente de ingresos– y se enfrentaba a una segunda posguerra sin haber cerrado aún la primera.

De entre todos los datos resaltan, por ejemplo, la enorme caída en la producción de alimentos en Irak en la década de 1990: entre 1989 y 1996, la producción de trigo y de cereales se redujo casi un 50%, siendo ambos productos esenciales en la dieta local.

La producción de maíz cayó alrededor de un 70% en dos años y la de arroz entorno a un 25%. La carne, por su parte, desapareció de la mesa de los iraquíes: la producción de carne bovina se redujo entorno a un 75% y la de ave cerca de un 90%.

Todo esto vino acompañado, evidentemente, por un aumento exponencial del desempleo, del precio de los alimentos y, por lo tanto, de la desnutrición crónica, que en 1999 afectaba a cuatro de cada cinco niños iraquíes. La reducción de la producción de alimentos se generaba, además, en un país que antes de la guerra importaba el 70% de los alimentos que consumía.

La destrucción de la infraestructura civil se notó en todos los niveles. Las plantas de energía iraquíes sufrieron numerosos bombardeos –los dos embalses hidroeléctricos habían sido inutilizados durante la guerra contra Irán– y de 120 operativas antes de la guerra de 1991 tan sólo 50 seguían funcionando tras acabar el conflicto: de 9.295 megavatios habían pasado a producir 2.325.

Esto afectaba a toda la sociedad y en todos los niveles, pues los cortes de luz alcanzaban a durar entre 10 y 12 horas, lo cual dificultó la atención sanitaria en muchos aspectos, limitó la capacidad de la población y de las autoridades de almacenar alimentos, retrasó todo tipo de gestiones administrativas, impidió el uso de calefacción y aire acondicionado en lugares con climas muy fríos en invierno o muy calurosos en verano, etcétera.

Con la infraestructura del agua pasó algo similar. La escasez de agua potable se volvió crónica debido a la ruptura de tuberías y depuradoras y los vertidos en los ríos. Esto afectó a los cultivos, al ganado y, por supuesto, a las personas. Un informe de UNICEF de 1998 concluyó que el consumo de agua per cápita había descendido entorno a un 63% en todo el país.

El empleo de agua contaminada fue tan común que otro estudio de la oficina estipuló en el año 2000 que “casi la mitad de los niños de menos de cinco años había tenido diarrea en ese mes durante dos semanas”.


Un retrato de Saddam Hussein con varios impactos de bala.

Los medicamentos, como los instrumentos químicos potabilizadores, sufrieron un embargo especialmente riguroso por parte del Consejo de Seguridad debido a su posible doble uso, es decir, su potencial empleo para fabricar armas químicas. Irak era dependiente de la importación para conseguir gran parte de sus medicinas y el embargo impidió que hubiera existencias en el país.

La escasez de medicamentos se coaligaba con la falta de agua limpia, el estado ruinoso de parte de la infraestructura sanitaria, la destrucción de los servicios de basuras –antes de la guerra, la ciudad de Bagdad disponía de 800; casi una década después, apenas tenía 80–, la desnutrición y las heridas de las guerras tensionaban enormemente los escasos medios sanitarios disponibles.

Cabe destacar, de hecho, que en el Kurdistán había un número indeterminado de supervivientes de ataques con armas químicas que no pudieron recibir el tratamiento requerido.

La mortandad aumentó en toda la población, especialmente la infantil y la de las mujeres en el momento del parto, por las condiciones externas en que muchas tenían que hacerlo y su debilidad física debido a la deficiente ingesta calórica y de nutrientes.

El plan "Petróleo por Alimentos" en Irak

En 1995, el Consejo de Seguridad empezó a ceder ante las denuncias que alertaban de las terribles condiciones de vida de los iraquíes. Los representantes de Estados Unidos y Reino Unido, reticentes a cualquier tipo de aligeramiento de las sanciones, aceptaron que la ONU llevase a cabo un plan: “Petróleo por Alimentos”, que permitió a Irak vender al menos una parte de su crudo para comprar, de manera controlada, bienes de primera necesidad.

El plan empezó a aplicarse en 1996. Para entonces, la capacidad de exportación de petróleo de Bagdad era escasa, pues la falta de recambios y de distintos materiales había impedido al gobierno rehabilitar debidamente las plantas dañadas, cuya producción se veía afectada también por otros condicionantes como los constantes cortes de luz.

El programa permitió, sin embargo, que empezaran a entrar en el país algunos suministros básicos que paliaran la crisis humanitaria, si bien con numerosos retrasos y restricciones impuestos por el Consejo de Seguridad.

Los representantes de Estados Unidos y Reino Unido argumentaban que el relato de la situación de miseria de la población en Irak eran exageraciones de Sadam Hussein y que la pobreza de sus habitantes se debía a la corrupción del gobierno. Tuvieron una relación tensa con la Oficina del Coordinador de las Operaciones Humanitarias de la ONU en la capital, cuyo objetivo era gestionar los envíos, supervisar su distribución y hacer estudios de campo.

Las distintas dimisiones de los principales responsables de este órgano reflejan las tiranteces entre el mismo y el Consejo de Seguridad y el Comité de Sanciones, que retenía el 30% de los beneficios de la venta del petróleo iraquí en concepto de reparaciones de guerra.

De los ingresos provenientes de la venta del crudo hay que restar otras partidas como la que estaba destinada a financiar el gigantesco despliegue de la ONU en Irak u otras dedicadas a pagar los numerosos bienes defectuosos o caducados que llegaban al país y que eran imposibles de devolver debido a las trabas burocráticas.

La magnitud de las retenciones dependió de la fase, la partida y el lugar a la que el bien estuviera destinado, pero siempre constituyó un obstáculo que podía retrasar durante años la llegada de unos suministros que podían acabar siendo recibidos en mal estado.

En 1998, según denunció el entonces Coordinador de las Operaciones Humanitarias de la ONU, Hans C. Von Sponeck, hasta el 73% de los artículos solicitados por el Ministerio de Enseñanza Superior de Irak fueron retenidos.

La situación de la población no mejoró. En 1998, una sequía que duró tres años volvió a limitar los alimentos y el agua disponible. Para más inri, a esta situación se sumó la operación Zorro del Desierto, una campaña de ataques aéreos liderada por la administración Clinton que dañó de nuevo numerosas infraestructuras civiles.

La complejidad de los procedimientos administrativos para los contratantes extranjeros, la obstrucción constante por parte de los representantes de Washington y Londres y la corrupción de la administración iraquí lastraron la eficacia de un programa ya de por si insuficiente.

Según el Banco Mundial y la ONU, cualquier persona que dispone de menos de 180 dólares cada seis meses –es decir, un dólar al día– vive "en la más absoluta miseria". Sin embargo, el valor total del suministro humanitario que llegó a Irak durante los seis meses correspondientes a la «fase V» de 1998 –incluyendo alimentos, medicamentos, piezas de recambio o material escolar– ascendió a apenas 53 dólares por persona.


Un oleoducto iraquí devastado como consecuencia de los ataques de Estados Unidos durante la invasión de 2003.

A finales de la década, una estimación de la Oficina del Coordinador Humanitario de la ONU indicó que en Irak había “entre un 60 y un 75%” de desempleo. El empleo que existía, por otra parte, estaba mal pagado y apenas permitía cubrir las necesidades básicas.

El sistema educativo colapsó casi por completo y su recuperación fue lenta  e incompleta. El embargo afectaba a las publicaciones científicas y el material electrónico era muy escaso. La desnutrición infantil, la compleja situación económica o habitacional de muchas familias y el escaso presupuesto y material disponible dificultaban enormemente un proceso educativo que tampoco ofrecía salidas laborales.

El Kurdistán iraquí recibió dos partidas especiales que no recibieron las provincias administradas por Bagdad: una destinada a habitabilidad y otra a la remoción de minas.

La primera era necesaria no sólo por los desplazados internos generados por el conflicto civil, sino también porque la escasez de vivienda funcional llevaba siendo un grave problema para la población kurda desde la campaña Al Anfal de 1988, cuando el gobierno de Sadam Hussein no sólo exterminó a decenas de miles de personas, sino que destruyó miles de aldeas peinando regiones enteras de manera meticulosa.

Por otro lado, la remoción de minas era esencial porque la zona kurda había sido un frente de guerra muy activo y los montes Zagros estaban plagados de ellas. Su eliminación era imperativa para que los pastores y los agricultores pudieran ejercer sus oficios de manera segura.

Existió un desequilibrio en el reparto de bienes humanitarios a favor de las zonas kurdas desde el principio de la aplicación del programa “Petróleo por Alimentos”. El gobierno iraquí y distintos cargos de la ONU denunciaron estos hechos asegurando que Estados Unidos y Reino Unido trataban de fragmentar al Estado reforzando a la región secesionista.

Al comienzo de la invasión estadounidense de 2003, el régimen de sanciones seguía vigente. Los organismos de la ONU encargados de supervisar que Irak no desarrollara armas de destrucción masiva habían retenido numerosos envíos del exterior, revisado la distribución de bienes de doble uso y realizado numerosas inspecciones en distintas instituciones del país; todo sin encontrar evidencias de que Bagdad estuviera incumpliendo ningún tratado.

El fin de las sanciones

Los 13 años de sanciones dejaron miles de muertos y millones de afectados. Tanto Hans Von Sponeck como Dennis Halliday, que fueron coordinadores de las Operaciones Humanitarias de la ONU en Irak y que acabaron dimitiendo, coinciden en que la población iraquí fue condenada por el Consejo de Seguridad con el objetivo de provocar un cambio de régimen o, al menos, impedir que el Estado iraquí recuperara las capacidades previas a la guerra de 1991.

Además, como denuncian ambos funcionarios de Naciones Unidas, estas medidas estaban acompañadas de una intensa labor propagandística que acusaba al gobierno baazista de ser corrupto, ineficaz y el único responsable de la miseria en la que vivían los habitantes de su país.

Von Sponeck no niega la corrupción sistémica y las prioridades cuestionables de Sadam Hussein –que, al fin y al cabo, había declarado dos guerras en diez años y había lanzado una campaña militar con objetivos genocidas contra su propia población–.

Lo que sostiene es que determinados organismos impidieron de forma sistemática la entrada de suministros básicos en Irak, boicoteando también la capacidad del país para recuperar parte de su dañada estructura productiva y cubrir, al menos parcialmente, las necesidades de la población.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 22 de abril de 2026

Las últimas tropas de Estados Unidos en Siria abandonan el país

 

 Por Nacho Ibáñez   
      Graduado en Geografía e Historia y Máster en Cultura y Pensamiento de los Pueblos Negros. Escribe sobre África y Oriente Medio.


     Once años después de su llegada, las últimas tropas de Estados Unidos en Siria han abandonado el país. El propio gobierno sirio lo confirmó a través de un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde aseguraba haber tomado el control de todas las bases militares.


Las últimas tropas de Estados Unidos en Siria han abandonado la base de Qasrak, poniendo fin a once años de presencia militar.

Poco después también lo confirmaba el Mando Central de los Estados Unidos (CENTCOM), señalando que “se completó la entrega de todas nuestras principales bases en Siria, como parte de una transición deliberada y basada en condiciones”.

El pasado 16 de abril, los soldados que permanecían en Siria abandonaron la base de Qasrak, en la gobernación de Hasakah. Según varios reportes, se habrían dirigido hacia la cercana frontera iraquí, aunque algunos expertos señalan que parte de los convoyes podrían haberse desplazado a Jordania para evitar posibles ataques de milicias integradas en las Fuerzas de Movilización Popular.


Tras la retirada de las tropas estadounidenses, ¿En qué punto se encuentra la lucha de Siria contra el ISIS?

La encargada de tomar posesión de la base habría sido la 60ª División del Ejército Sirio que, según el experto Charles Lister, estaría compuesta principalmente por combatientes kurdos pertenecientes a las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF). Esto marcaría un claro avance en su proceso de integración en las fuerzas armadas, acordado el 30 de enero tras la ofensiva siria en el noreste del país.

De hecho, Damasco celebró que la toma del control sobre las bases “refleja la integración exitosa de las SDF en las estructuras nacionales”, siendo el resultado de “los sostenidos esfuerzos del gobierno sirio por unificar el país en el marco de un Estado único”. 

En la base de Qasrak se había concentrado gran parte del contingente norteamericano presente en el país, tras una retirada paulatina durante las últimas semanas que ha incluido las instalaciones de Rmeilan y Shadadi (Hasakah) y la de Al Tanf, una de las más estratégicas por su posición cerca de la triple frontera con Irak y Jordania.

Aunque Estados Unidos va a dejar de contar con tropas sobre territorio sirio, desde el CENTCOM ya han señalado que se cambia de una estrategia de presencia militar directa a una de “contención fuera del país”, reconociendo que el Daesh –principal motivo de su despliegue en Siria– sigue siendo una “amenaza activa en forma de células dispersas”.

Por tanto, se espera que Estados Unidos siga apoyando a Siria en materia de inteligencia o incluso participando de acciones puntuales desde los países vecinos. Para Damasco, la salida estadounidense demuestra que es “plenamente capaz de liderar los esfuerzos antiterroristas desde dentro, en cooperación con la comunidad internacional”.

Sin embargo, existen ciertos indicios de una reactivación del Estado Islámico en Siria, registrándose liberaciones de presos tras la ofensiva del ejército a principios de año y con un repunte de los ataques a las fuerzas de seguridad. Ante este escenario, Washington ya ha estado trasladando miles de reos del Daesh a territorio iraquí durante los últimos meses.


Tras la retirada de las tropas estadounidenses, ¿En qué punto se encuentra la lucha de Siria contra el ISIS?

La llegada en 2015

El despliegue militar estadounidense se remonta a 2015, en plena guerra civil siria y en un momento de auge del Estado Islámico. Un año antes se había creado la Coalición Internacional, en la que han llegado a participar de algún modo más de 80 países. Durante 2014 y bajo el liderazgo de Estados Unidos, la coalición inició ataques aéreos contra las posiciones del Daesh, apoyando las acciones en tierra de sus aliados de las SDF.


Combatientes kurdas de las YPJ, 2015.

Durante los años siguientes, Washington amplió su presencia hasta aproximarse a los 2.000 efectivos, en su mayoría asesores militares y fuerzas especiales. Al mismo tiempo, construyó una extensa red de bases en gran parte del noreste de Siria, aunque en su mayoría eran instalaciones pequeñas, flexibles y de carácter no permanente.

Tras la entrada de las SDF en la localidad de Al Baguz en 2019 –considerada la derrota definitiva del Califato–, Estados Unidos puso en marcha un repliegue de sus tropas en Siria, disminuyendo paulatinamente el número de soldados.

La salida definitiva de Estados Unidos marca un punto de inflexión en las renovadas relaciones con el gobierno sirio, pasando de una clara enemistad con Bashar al-Asad al entendimiento con el nuevo presidente sirio y anterior líder del Frente al Nusra, Ahmed al-Sharaa.

Aunque gran parte de las sanciones contra Siria siguen en vigor, desde Estados Unidos han mostrado cierta apertura y su intención de eliminarlas en un futuro próximo, llegando a distintos acuerdos con un al-Sharaa que incluso visitó la Casa Blanca.


El acercamiento de Donald Trump a Ahmed al-Sharaa no convence a todos los Estados Unidos.

En este nuevo contexto, la retirada estadounidense se enmarca dentro de una reorganización global de su presencia en la región, intentando evitar misiones prolongadas. Sin embargo, esto no implica una pérdida total de su influencia en el país, como demuestra el interés de las compañías petroleras estadounidenses por comenzar a invertir.


La batalla en la administración Trump parece decantarse en favor de una Siria unificada.

A pesar de ello, el repliegue sí abre la puerta a una mayor competencia entre potencias por influir en Siria, con Israel ocupando amplios territorios en el sur, Turquía manteniendo presencia militar en el norte y Rusia intentando recuperar la posición perdida tras la caída de al-Asad.

Este entramado sigue convirtiendo a Siria en un espacio de disputa, donde la retirada de Estados Unidos no significa que nos encontremos ante un escenario de estabilidad.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 19 de febrero de 2025

La resistencia kurda en Siria, entre la guerra y el olvido

 

      Periodista especializada en derechos humanos y feminismos.

                                                                                y

                                 Javier Ayala Aizpuru



El incremento de los ataques turcos desestabiliza el norte y el este del país en un momento clave de negociaciones con el nuevo gobierno de Damasco


     Lejos de los gritos de victoria de la plaza de Kobane (en la gobernación de Alepo, al norte de Siria), Qamar (nombre ficticio) limpia con esmero la imagen de su hijo clavada en la tierra del Cementerio de los Mártires. La ciudad celebra el décimo aniversario de la batalla de Kobane, que decidió el futuro de toda la región. Un símbolo de la resistencia kurda. El comienzo del fin del Estado Islámico.


Mujeres con banderas de las SDF en el décimo aniversario de la batalla de Kobane. / B.C.A y J.A.A.

Su hijo ha fallecido mucho tiempo después de todo aquello, en la misma ciudad que sigue constituyendo el epicentro de la resistencia kurda. Cayó entre los restos de aquel enfrentamiento, de las tapias agujereadas, los escombros apartados y los edificios derruidos. El enemigo ahora es otro, menos mediático a los ojos de Occidente: el Estado turco. Mediante bombardeos, drones y la colaboración con el llamado Ejército Nacional Sirio (ENS), Turquía ataca el proyecto revolucionario del norte y el este de Siria, considerándolo una amenaza para su propia soberanía.


Familia frente a la tumba de un mártir en el cementerio de Kobane. / B.C.A y J.A.A.

La cara que la madre limpia con un pañuelo mojado es ahora la de un mártir. Al igual que las que se entrelazan en una cadena de banderines, de lado a lado, en la plaza de Kobane. Bajo ellas se ha erigido un escenario para la ocasión, adornado con globos de los colores de la bandera de Rojava, el nombre que dan los kurdos a la región siria que ahora se encuentra bajo su control. Con expresiones similares a las de las fotografías, una veintena de soldados guarda a la multitud de nuevos ataques. “Estamos preparados para todo, para la paz, para la guerra”, menciona una de ellas, “Kobane resistirá hasta la última frontera”.


La guerra


De la presa de Tishrin, cerca de Kobane, regresó Samire con la pierna herida. No lo vio venir, los drones turcos no suenan como los aviones. Solo sintió una gran explosión y, después, un dolor intenso. Lleva tumbada desde entonces en el sofá de su casa en Qamishlo (al norte, en la frontera con Turquía), sin poder caminar. “Fuimos cerca de cien personas en un convoy desde el cantón de Cezîre”, comienza narrando, “debíamos esperar cuatro días allí, hasta la llegada de la siguiente caravana de civiles”. La resistencia civil se ha aunado a los esfuerzos de las milicias, desde el incremento de los ataques, para proteger la infraestructura que provee de bienes básicos a la población.


Depósito petrolífero bombardeado por Turquía. / B.C.A y J.A.A.

Tras cinco años de relativa calma en los frentes, Turquía y el Ejército Nacional Sirio (ENS) han aprovechado el desmoronamiento del régimen de Al-Asad. Han lanzado su propia ofensiva sobre la Autoridad Autónoma del Norte y el Este de Siria (AANES), ocupando localidades como Tel Rifaat y Manbij, donde se encontraban numerosos desplazados internos. Esto ha originado un nuevo movimiento a gran escala de refugiados, que han tenido que reubicarse en otras partes del territorio.

Apoyados por la aviación turca, los últimos ataques del ENS se han centrado en la presa de Tishrin. Conscientes de su interés geoestratégico, los ataques obvian el desastre medioambiental que su destrucción provocaría en toda la región. Los últimos ataques han provocado que la presa deje de generar electricidad.

La presa de Tishrin se ha convertido en el principal frente debido a su valor geoestratégico y económico

Una vez en la presa, encendíamos velas, hacíamos teatro, música, baile”, continúa Samire, “uno no espera que vayan a atacar a civiles”. La presa de Tishrin se ha convertido en el principal frente entre las milicias kurdo-árabes y las tropas apoyadas por Turquía debido a su valor geoestratégico y económico, ya que abastece de electricidad y agua a buena parte del territorio de la AANES. Cuando se produjo la explosión, Samire y el resto de personas estaban bailando en círculo. “Desde hace un año, la estrategia de Turquía es atacar infraestructura de energía, petróleo, agua”, denuncia, “atacan las necesidades básicas de la gente”.

Esta situación deriva en una inestabilidad política y económica difícil de gestionar para la AANES, que precisa de cierta calma para defender sus intereses en las negociaciones con el nuevo gobierno en Siria. Hussein Othman, representante del Consejo de la AANES, señala que estos ataques “ejercen una presión a la economía”. “Los recursos de Tishrin son para toda Siria” continúa “queremos poder enviar convoyes que reparen la presa, pero por los bombardeos es imposible”.

Desde su sofá, Samire se recoloca la manta por encima de la pierna, para no dejar a la vista sus heridas. Tras el bombardeo la atendieron allí mismo, en la presa, gracias al equipo médico que acompaña a cada convoy. “El pueblo protege su ambiente y su entorno”, sentencia Samire, “es derecho de todos los pueblos el vivir en paz, los gobiernos deberían saber eso”. A su izquierda, una estufa de gasolina tintinea; a su derecha, colocado minuciosamente, destaca el pequeño altar dedicado al ideólogo del sistema autónomo de su territorio: Abdullah Öcalan.


El desplazamiento


Es el cuarto proceso migratorio de Rawa y Sherine (nombres ficticios) desde la conquista de Afrin. Amontonados entre sus piernas y el equipaje, viajan los tres hijos de cada una, rumbo a Raqqa, desde la ciudad de Qamishlo. Rawa planea llegar hasta Serekaniye, evitando los puestos militares del ENS, quien conquistó el territorio en 2019. Sherine le pregunta si no tiene miedo por sus hijos. “Allí está mi marido”, responde Rawa, “solo salimos de la ciudad para dar un tratamiento a mi hijo más pequeño, que está enfermo”. Sherine no arriesga tanto, se quedará en Raqqa, donde espera poder estabilizarse en alguno de los campamentos de refugiados que se han establecido en parques, edificios públicos y escuelas.

Hay cerca de 100.000 desplazados internos que han debido huir de las áreas conquistadas por Turquía en los dos últimos meses

La escuela de Abu Alaa Al-Maarri, en Raqqa, la antigua capital del Estado Islámico, es uno de ellos. Hoy se ha convertido en el hogar de 50 niños y niñas sin escolarizar. Son parte de las infancias que componen los cerca de 100.000 desplazados internos que han debido huir de las áreas conquistadas por Turquía en los dos últimos meses. De entre la multitud que se aglutina en la entrada, destaca la mirada fija de Yazan Hassan, su portavoz. “Dicen que vayamos a Afrin (en la gobernación de Alepo), pero, si no tenemos garantías, no vamos a volver”, afirma, “no vamos a vivir esto otra vez”.


Familia de refugiados en la escuela de Abu Alaa Al-Maarri. / B.C.A y J.A.A.

Es la segunda ocasión que Yazan Hassan ha debido desplazarse con su familia. En el campamento de refugiados de Tel Rifaat habían desarrollado nuevamente su casa, disuelta ahora entre las escasas bolsas que pudieron agrupar con el anuncio de huida. Hevin Mohammad no puede evitar recordar sus propias aulas en Afrin, donde era profesora de kurdo, al observar las bandejas de té sobre las tarimas y las cuerdas donde tienden la ropa de esquina a esquina en las aulas de la escuela. “Mi familia sigue en Afrin”, relata, “les han hecho todo muy difícil, les han quitado el dinero, nadie puede viajar allí ni moverse en libertad”.

La razón por la que nos atacan es porque no quieren que existamos los kurdos”

Los campos de refugiados germinados a lo largo de la AANES en el último mes son un arreglo temporal a los ataques de Turquía. Pero es difícil concluir una solución duradera en el contexto cambiante de Siria. Especialmente tras el cambio de gobierno, que permanece aparentemente impasible ante el incremento de los ataques turcos. “La razón por la que nos atacan es porque no quieren que existamos los kurdos”, analiza Yazan Hassan sin atisbo de duda, “no quieren que nos movamos libres, que tengamos opinión”.

El pueblo kurdo ha sufrido persecución y discriminación durante los últimos cien años en los diversos países en los que tiene presencia: Turquía, Irak, Irán y Siria. En este último, durante el régimen de Bashar Al-Asad, tenían prohibido hablar su lengua y tener acceso a la nacionalidad, con la imposibilidad de tener garantizados servicios básicos como la educación o la sanidad. Al comienzo de la guerra civil siria, el régimen se retiró de las zonas kurdas, generando un vacío de poder que aprovechó el pueblo kurdo para consolidar su autonomía y poner en prácticas las ideas del Confederalismo Democrático. Este modelo, basado en la democracia participativa, la lucha de la mujer, el cooperativismo y el ecologismo, ha concentrado el interés de gran parte del mundo.

Abdullah Öcalan, autor intelectual del Confederalismo Democrático, ha vivido el alcance que han tenido sus ideas desde la prisión turca de Imranli

No es esta la percepción del Estado turco. Desde la prisión de la isla turca de Imranli, Abdullah Öcalan, el autor intelectual del Confederalismo Democrático y el histórico dirigente del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), ha vivido desde su aislamiento el alcance que han tenido sus ideas en esta región del norte de Siria. Sus veinticinco años de encierro están motivados por décadas de conflicto entre el Estado turco y el PKK, designado como organización terrorista por Ankara, Estados Unidos y, tras las negociaciones de 2004 para la entrada de Turquía en la Unión, también por la Unión Europea.

Argumentando que las milicias kurdas son una rama del PKK, desde el comienzo de la guerra su vecino del norte ha tratado de socavar el proyecto político kurdo en Siria. El próximo 15 de febrero, el gobierno turco permitirá a Öcalan hacer una declaración pública en la que el pueblo kurdo deposita su esperanza, ya que podría suponer el anuncio de un alto al fuego entre el PKK y el gobierno turco, y la estabilidad para la AANES.

En la escuela de Abu Alaa Al-Maarri, varias mujeres limpian el suelo inundándolo con cubos de agua tras la figura de Hevin Mohammad. Su futuro es especialmente incierto en la nueva Siria. “El nuevo gobierno afirma que instaurará un nuevo Estado islámico, eso significa que las mujeres no tendremos derecho en las instituciones”, denuncia Hevin Mohammad, “aquí estamos acostumbradas a que las mujeres tengamos derechos y representación, queremos garantizar nuestra autonomía”.


El pacto o el olvido


Qamar, Samire, Rawa, y Sherine recorren el noreste de Siria con una imagen común en la memoria: las celebraciones frente a la nueva bandera siria que han recorrido el mundo. Entre ellas se cuelan también las dudas ante el nuevo presidente, Ahmed Al-Golani. La AANES enfrenta, por el norte, los ataques de su vecino turco y, hacia el sur, el futuro borroso generado por la instauración de un nuevo gobierno en Siria tras catorce años de conflicto.


Niña alzando la bandera de las SDF en el décimo aniversario de la batalla de Kobane. / B.C.A y J.A.A.

Ahmed Al-Golani fue enviado en 2013 a Siria por Abu Bakr Al-Baghdadi, califa del autoproclamado Estado Islámico, para expandir a Daesh en el territorio. Tras su escisión, conformaría el Frente Al-Nusra, que posteriormente compondría el grupo Hayat Tahrir al-Sham (HTS) junto a otras organizaciones islamistas. Al-Golani habla ahora al mundo lejos de su turbante y su uniforme militar, con la barba recortada, americana y corbata. En los últimos años, la organización ha comenzado a difundir un nuevo discurso que afirma proteger los derechos de las minorías religiosas y las mujeres. Pero algunos actos han levantado recelos en torno a sus verdaderas ideas. Entre ellas, la designación de Shadi Al-Waisi como ministro de Justicia, quien acarrea con el ajusticiamiento de varias mujeres en 2015 bajo la acusación de prostitución.

Ha despertado recelos la designación de Shadi Al-Waisi como ministro de Justicia, relacionado con el ajusticiamiento de varias mujeres en 2015

En estos dos meses hemos visto que no hay igualdad en los juzgados”, enuncia Bahia Murad, miembro de La Casa de la Mujer en AANES, el órgano de justicia creado en el territorio para las mujeres, “¿quién va a proteger a las mujeres si no hay siquiera juezas?”, se pregunta. La incertidumbre respecto a la situación de los derechos de las mujeres en Siria, después de las conquistas históricas desarrolladas en la AANES, es una de las principales preocupaciones a la hora de llegar a un acuerdo con el nuevo gobierno central. “Muchas personas tienen reticencias en torno a HTS, saben sus vínculos con Al-Qaeda y lo que han hecho antes”, expone Rohilat Efrin, comandante de las Unidades Femeninas de Autodefensa (YPJ), “nosotras también lo tememos, la mayoría de quienes serían oprimidas en Siria serían mujeres”.

En la memoria de Qamar, Samire, Rawa y Serine también están las imágenes de las mujeres kurdas que combatieron y desarticularon al ISIS hace una década. Sus rostros también están sembrados en el Cementerio de los Mártires de Kobane, limpiados por madres e hijas que, por encima de los riesgos del Norte y el Sur de la región, no darán un paso atrás.


Fuente: ctxt