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miércoles, 19 de febrero de 2025

La resistencia kurda en Siria, entre la guerra y el olvido

 

      Periodista especializada en derechos humanos y feminismos.

                                                                                y

                                 Javier Ayala Aizpuru



El incremento de los ataques turcos desestabiliza el norte y el este del país en un momento clave de negociaciones con el nuevo gobierno de Damasco


     Lejos de los gritos de victoria de la plaza de Kobane (en la gobernación de Alepo, al norte de Siria), Qamar (nombre ficticio) limpia con esmero la imagen de su hijo clavada en la tierra del Cementerio de los Mártires. La ciudad celebra el décimo aniversario de la batalla de Kobane, que decidió el futuro de toda la región. Un símbolo de la resistencia kurda. El comienzo del fin del Estado Islámico.


Mujeres con banderas de las SDF en el décimo aniversario de la batalla de Kobane. / B.C.A y J.A.A.

Su hijo ha fallecido mucho tiempo después de todo aquello, en la misma ciudad que sigue constituyendo el epicentro de la resistencia kurda. Cayó entre los restos de aquel enfrentamiento, de las tapias agujereadas, los escombros apartados y los edificios derruidos. El enemigo ahora es otro, menos mediático a los ojos de Occidente: el Estado turco. Mediante bombardeos, drones y la colaboración con el llamado Ejército Nacional Sirio (ENS), Turquía ataca el proyecto revolucionario del norte y el este de Siria, considerándolo una amenaza para su propia soberanía.


Familia frente a la tumba de un mártir en el cementerio de Kobane. / B.C.A y J.A.A.

La cara que la madre limpia con un pañuelo mojado es ahora la de un mártir. Al igual que las que se entrelazan en una cadena de banderines, de lado a lado, en la plaza de Kobane. Bajo ellas se ha erigido un escenario para la ocasión, adornado con globos de los colores de la bandera de Rojava, el nombre que dan los kurdos a la región siria que ahora se encuentra bajo su control. Con expresiones similares a las de las fotografías, una veintena de soldados guarda a la multitud de nuevos ataques. “Estamos preparados para todo, para la paz, para la guerra”, menciona una de ellas, “Kobane resistirá hasta la última frontera”.


La guerra


De la presa de Tishrin, cerca de Kobane, regresó Samire con la pierna herida. No lo vio venir, los drones turcos no suenan como los aviones. Solo sintió una gran explosión y, después, un dolor intenso. Lleva tumbada desde entonces en el sofá de su casa en Qamishlo (al norte, en la frontera con Turquía), sin poder caminar. “Fuimos cerca de cien personas en un convoy desde el cantón de Cezîre”, comienza narrando, “debíamos esperar cuatro días allí, hasta la llegada de la siguiente caravana de civiles”. La resistencia civil se ha aunado a los esfuerzos de las milicias, desde el incremento de los ataques, para proteger la infraestructura que provee de bienes básicos a la población.


Depósito petrolífero bombardeado por Turquía. / B.C.A y J.A.A.

Tras cinco años de relativa calma en los frentes, Turquía y el Ejército Nacional Sirio (ENS) han aprovechado el desmoronamiento del régimen de Al-Asad. Han lanzado su propia ofensiva sobre la Autoridad Autónoma del Norte y el Este de Siria (AANES), ocupando localidades como Tel Rifaat y Manbij, donde se encontraban numerosos desplazados internos. Esto ha originado un nuevo movimiento a gran escala de refugiados, que han tenido que reubicarse en otras partes del territorio.

Apoyados por la aviación turca, los últimos ataques del ENS se han centrado en la presa de Tishrin. Conscientes de su interés geoestratégico, los ataques obvian el desastre medioambiental que su destrucción provocaría en toda la región. Los últimos ataques han provocado que la presa deje de generar electricidad.

La presa de Tishrin se ha convertido en el principal frente debido a su valor geoestratégico y económico

Una vez en la presa, encendíamos velas, hacíamos teatro, música, baile”, continúa Samire, “uno no espera que vayan a atacar a civiles”. La presa de Tishrin se ha convertido en el principal frente entre las milicias kurdo-árabes y las tropas apoyadas por Turquía debido a su valor geoestratégico y económico, ya que abastece de electricidad y agua a buena parte del territorio de la AANES. Cuando se produjo la explosión, Samire y el resto de personas estaban bailando en círculo. “Desde hace un año, la estrategia de Turquía es atacar infraestructura de energía, petróleo, agua”, denuncia, “atacan las necesidades básicas de la gente”.

Esta situación deriva en una inestabilidad política y económica difícil de gestionar para la AANES, que precisa de cierta calma para defender sus intereses en las negociaciones con el nuevo gobierno en Siria. Hussein Othman, representante del Consejo de la AANES, señala que estos ataques “ejercen una presión a la economía”. “Los recursos de Tishrin son para toda Siria” continúa “queremos poder enviar convoyes que reparen la presa, pero por los bombardeos es imposible”.

Desde su sofá, Samire se recoloca la manta por encima de la pierna, para no dejar a la vista sus heridas. Tras el bombardeo la atendieron allí mismo, en la presa, gracias al equipo médico que acompaña a cada convoy. “El pueblo protege su ambiente y su entorno”, sentencia Samire, “es derecho de todos los pueblos el vivir en paz, los gobiernos deberían saber eso”. A su izquierda, una estufa de gasolina tintinea; a su derecha, colocado minuciosamente, destaca el pequeño altar dedicado al ideólogo del sistema autónomo de su territorio: Abdullah Öcalan.


El desplazamiento


Es el cuarto proceso migratorio de Rawa y Sherine (nombres ficticios) desde la conquista de Afrin. Amontonados entre sus piernas y el equipaje, viajan los tres hijos de cada una, rumbo a Raqqa, desde la ciudad de Qamishlo. Rawa planea llegar hasta Serekaniye, evitando los puestos militares del ENS, quien conquistó el territorio en 2019. Sherine le pregunta si no tiene miedo por sus hijos. “Allí está mi marido”, responde Rawa, “solo salimos de la ciudad para dar un tratamiento a mi hijo más pequeño, que está enfermo”. Sherine no arriesga tanto, se quedará en Raqqa, donde espera poder estabilizarse en alguno de los campamentos de refugiados que se han establecido en parques, edificios públicos y escuelas.

Hay cerca de 100.000 desplazados internos que han debido huir de las áreas conquistadas por Turquía en los dos últimos meses

La escuela de Abu Alaa Al-Maarri, en Raqqa, la antigua capital del Estado Islámico, es uno de ellos. Hoy se ha convertido en el hogar de 50 niños y niñas sin escolarizar. Son parte de las infancias que componen los cerca de 100.000 desplazados internos que han debido huir de las áreas conquistadas por Turquía en los dos últimos meses. De entre la multitud que se aglutina en la entrada, destaca la mirada fija de Yazan Hassan, su portavoz. “Dicen que vayamos a Afrin (en la gobernación de Alepo), pero, si no tenemos garantías, no vamos a volver”, afirma, “no vamos a vivir esto otra vez”.


Familia de refugiados en la escuela de Abu Alaa Al-Maarri. / B.C.A y J.A.A.

Es la segunda ocasión que Yazan Hassan ha debido desplazarse con su familia. En el campamento de refugiados de Tel Rifaat habían desarrollado nuevamente su casa, disuelta ahora entre las escasas bolsas que pudieron agrupar con el anuncio de huida. Hevin Mohammad no puede evitar recordar sus propias aulas en Afrin, donde era profesora de kurdo, al observar las bandejas de té sobre las tarimas y las cuerdas donde tienden la ropa de esquina a esquina en las aulas de la escuela. “Mi familia sigue en Afrin”, relata, “les han hecho todo muy difícil, les han quitado el dinero, nadie puede viajar allí ni moverse en libertad”.

La razón por la que nos atacan es porque no quieren que existamos los kurdos”

Los campos de refugiados germinados a lo largo de la AANES en el último mes son un arreglo temporal a los ataques de Turquía. Pero es difícil concluir una solución duradera en el contexto cambiante de Siria. Especialmente tras el cambio de gobierno, que permanece aparentemente impasible ante el incremento de los ataques turcos. “La razón por la que nos atacan es porque no quieren que existamos los kurdos”, analiza Yazan Hassan sin atisbo de duda, “no quieren que nos movamos libres, que tengamos opinión”.

El pueblo kurdo ha sufrido persecución y discriminación durante los últimos cien años en los diversos países en los que tiene presencia: Turquía, Irak, Irán y Siria. En este último, durante el régimen de Bashar Al-Asad, tenían prohibido hablar su lengua y tener acceso a la nacionalidad, con la imposibilidad de tener garantizados servicios básicos como la educación o la sanidad. Al comienzo de la guerra civil siria, el régimen se retiró de las zonas kurdas, generando un vacío de poder que aprovechó el pueblo kurdo para consolidar su autonomía y poner en prácticas las ideas del Confederalismo Democrático. Este modelo, basado en la democracia participativa, la lucha de la mujer, el cooperativismo y el ecologismo, ha concentrado el interés de gran parte del mundo.

Abdullah Öcalan, autor intelectual del Confederalismo Democrático, ha vivido el alcance que han tenido sus ideas desde la prisión turca de Imranli

No es esta la percepción del Estado turco. Desde la prisión de la isla turca de Imranli, Abdullah Öcalan, el autor intelectual del Confederalismo Democrático y el histórico dirigente del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), ha vivido desde su aislamiento el alcance que han tenido sus ideas en esta región del norte de Siria. Sus veinticinco años de encierro están motivados por décadas de conflicto entre el Estado turco y el PKK, designado como organización terrorista por Ankara, Estados Unidos y, tras las negociaciones de 2004 para la entrada de Turquía en la Unión, también por la Unión Europea.

Argumentando que las milicias kurdas son una rama del PKK, desde el comienzo de la guerra su vecino del norte ha tratado de socavar el proyecto político kurdo en Siria. El próximo 15 de febrero, el gobierno turco permitirá a Öcalan hacer una declaración pública en la que el pueblo kurdo deposita su esperanza, ya que podría suponer el anuncio de un alto al fuego entre el PKK y el gobierno turco, y la estabilidad para la AANES.

En la escuela de Abu Alaa Al-Maarri, varias mujeres limpian el suelo inundándolo con cubos de agua tras la figura de Hevin Mohammad. Su futuro es especialmente incierto en la nueva Siria. “El nuevo gobierno afirma que instaurará un nuevo Estado islámico, eso significa que las mujeres no tendremos derecho en las instituciones”, denuncia Hevin Mohammad, “aquí estamos acostumbradas a que las mujeres tengamos derechos y representación, queremos garantizar nuestra autonomía”.


El pacto o el olvido


Qamar, Samire, Rawa, y Sherine recorren el noreste de Siria con una imagen común en la memoria: las celebraciones frente a la nueva bandera siria que han recorrido el mundo. Entre ellas se cuelan también las dudas ante el nuevo presidente, Ahmed Al-Golani. La AANES enfrenta, por el norte, los ataques de su vecino turco y, hacia el sur, el futuro borroso generado por la instauración de un nuevo gobierno en Siria tras catorce años de conflicto.


Niña alzando la bandera de las SDF en el décimo aniversario de la batalla de Kobane. / B.C.A y J.A.A.

Ahmed Al-Golani fue enviado en 2013 a Siria por Abu Bakr Al-Baghdadi, califa del autoproclamado Estado Islámico, para expandir a Daesh en el territorio. Tras su escisión, conformaría el Frente Al-Nusra, que posteriormente compondría el grupo Hayat Tahrir al-Sham (HTS) junto a otras organizaciones islamistas. Al-Golani habla ahora al mundo lejos de su turbante y su uniforme militar, con la barba recortada, americana y corbata. En los últimos años, la organización ha comenzado a difundir un nuevo discurso que afirma proteger los derechos de las minorías religiosas y las mujeres. Pero algunos actos han levantado recelos en torno a sus verdaderas ideas. Entre ellas, la designación de Shadi Al-Waisi como ministro de Justicia, quien acarrea con el ajusticiamiento de varias mujeres en 2015 bajo la acusación de prostitución.

Ha despertado recelos la designación de Shadi Al-Waisi como ministro de Justicia, relacionado con el ajusticiamiento de varias mujeres en 2015

En estos dos meses hemos visto que no hay igualdad en los juzgados”, enuncia Bahia Murad, miembro de La Casa de la Mujer en AANES, el órgano de justicia creado en el territorio para las mujeres, “¿quién va a proteger a las mujeres si no hay siquiera juezas?”, se pregunta. La incertidumbre respecto a la situación de los derechos de las mujeres en Siria, después de las conquistas históricas desarrolladas en la AANES, es una de las principales preocupaciones a la hora de llegar a un acuerdo con el nuevo gobierno central. “Muchas personas tienen reticencias en torno a HTS, saben sus vínculos con Al-Qaeda y lo que han hecho antes”, expone Rohilat Efrin, comandante de las Unidades Femeninas de Autodefensa (YPJ), “nosotras también lo tememos, la mayoría de quienes serían oprimidas en Siria serían mujeres”.

En la memoria de Qamar, Samire, Rawa y Serine también están las imágenes de las mujeres kurdas que combatieron y desarticularon al ISIS hace una década. Sus rostros también están sembrados en el Cementerio de los Mártires de Kobane, limpiados por madres e hijas que, por encima de los riesgos del Norte y el Sur de la región, no darán un paso atrás.


Fuente: ctxt

jueves, 8 de agosto de 2024

Siria: los rescoldos aún candentes del Dáesh

 

Periodista que viaja frecuentemente por las carreteras de Oriente Medio. Especialización en pueblos apátridas.


Desde la caída del autoproclamado califato en 2019, decenas de miles de presuntos miembros del EI y sus familias permanecen en campos y prisiones insalubres controlados por Estados Unidos.


Un miembro kurdo de las Fuerzas Democráticas Sirias patrulla el campamento de al-Hol. - L. P

     Amanece en Rojava. En Hassaké, una ciudad de 200.000 almas enclavada en el corazón del territorio autónomo controlado por la Federación Democrática del Noreste de Siria (Aanes), las banderas de las fuerzas kurdas que combatieron al grupo Estado Islámico (EI) aún ondean al viento.

La región autónoma, que abarca ya un tercio del territorio sirio, sigue acosada por un cúmulo de dificultades. Al fantasma del regreso del régimen sirio se suman los ataques turcos, casi diarios, que sumen a la zona en una tensión constante. Pero hay algo aún peor. Derivada por las potencias occidentales a las fuerzas kurdas, la responsabilidad en la cuestión de qué hacer después de Dáesh está claramente sin resolver. Además de las células latentes aún activas en el territorio, están las decenas de miles de personas capturadas durante la batalla final contra el EI, cuyo destino aún no se ha sellado.

Encerrados en el corazón de un sistema penitenciario provisional creado con la ayuda, la financiación y la supervisión de Estados Unidos, estos supervivientes de la organización Estado Islámico sólo parecen tener, a falta de un incremento en los esfuerzos de la comunidad internacional, una escalofriante salida: la venganza o la muerte. Es un escenario que recuerda a la situación carcelaria en Irak a finales de los años 2000, donde las prisiones estadounidenses constituyeron un caldo de cultivo para el EI.

"Es un escenario que recuerda a la situación carcelaria en Irak a finales de los años 2000"

Miedo a un motín

Abou Dergham, de 70 años, aguarda desesperado un reparto de agua frente a su tienda en una calle principal de Hassaké. A unos cientos de metros, señala los gruesos muros de la prisión de Ghwayran, donde siguen recluidos al menos 3.500 presuntos miembros del grupo Estado Islámico.

Tras él, la fachada de su modesta ferretería, plagada de agujeros de bala, recuerdos de un espectacular asalto que tuvo como objetivo la penitenciaría vecina en enero de 2022. “Justo cuando el mundo se había olvidado de Dáesh, células durmientes atacaron la prisión, cientos de combatientes escaparon y nuestra ciudad se sumió en la guerra”, recuerda.

Las cicatrices de diez días de combates –que dejaron medio millar de muertos– no sólo son visibles en los ásperos muros del distrito. Khaled Khalil, un hombre de 37 años que sirvió en las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), sigue atenazado por el dolor. Su padre y su hermano fueron asesinados en la casa familiar por miembros del EI, vestidos con trajes de guardias kurdos robados durante su huida. “Todo ocurrió en cinco minutos, el Estado Islámico aún nos persigue”.


 Prisión de Gwayran, en Hassaké, donde en enero de 2022 se produjo un motín que dejó más de 500 muertos. - L. P


Es un sentimiento que parece ampliamente compartido aquí, sobre todo porque Hassaké y sus alrededores albergan buena parte de los 27 centros penitenciarios abiertos tras la captura de los últimos acérrimos del EI durante la batalla de Baghouz en 2019.

En manos de las fuerzas kurdas, estos reclusos –alrededor de 10.000, en su mayoría sirios e iraquíes, pero también varios extranjeros– siguen hacinados en celdas reformadas a toda prisa y devoradas en una batalla entre la insalubridad, las epidemias y el resentimiento de sus moradores.

Sin juicio, sin condena y sin horizonte, y a falta de una implicación significativa de la comunidad internacional, estos establecimientos penitenciarios han cobrado la forma de una auténtica bomba de relojería, enterrada como un hueso a toda prisa en una región autónoma de frágil equilibrio, encajonada entre el martillo del régimen sirio y el yunque turco.

"Estos establecimientos penitenciarios han cobrado la forma de una auténtica bomba de relojería"

Acusada por Amnistía Internacional de “violaciones de los derechos humanos a gran escala”, la Aanes intenta defenderse como puede. Un alto cargo de la FDS explica: “Es una carga enorme que llevamos casi solos. La ayuda es insuficiente y nuestros recursos, rudimentarios. Seguimos pidiendo la repatriación de los extranjeros y la creación de tribunales internacionales in situ sin resultado. Si el equilibrio de poder cambia en la región y eso deriva en un escape de los reclusos, un ejército de varios miles de hombres podría surgir de entre el polvo”.

¿Hacia la repatriación de iraquíes?

En las últimas semanas, un soplo de aire fresco llega desde Irak, con el anuncio de su intención de repatriar a sus nacionales. Una medida que, si es realizable y sus motivos fuesen sinceros, plantearía su propia serie de interrogantes: organizaciones de derechos humanos han acusado a Bagdad de llevar a cabo cientos de juicios calificados de “expeditivos”, con “confesiones obtenidas bajo tortura”, que han dado lugar a un gran número de condenas a muerte de presuntos miembros del EI.

Entonces, ¿qué opinan los afectados? Desde el ataque a la cárcel, el acceso a estos establecimientos está totalmente prohibido a los periodistas, pero tras varios días de negociaciones, la FDS aceptó en principio una entrevista con un preso iraquí que accedió a este tipo de ejercicio. Sin embargo, había algunas condiciones: la entrevista debía tener lugar en una base militar “neutral”, no debía divulgarse ninguna información sobre asuntos de actualidad y no debía hablarse de la vida cotidiana dentro de la cárcel, ni de las condiciones de detención.

Tras unos minutos de espera, dos guardias traen a un hombre con la cabeza y la barba afeitadas, vestido con un mono de colores inciertos, esposado y con los ojos vendados. Es iraquí, de la región de Al Anbar, dice llamarse Abdul Amedi Hussein y tener 29 años.


Abdul Amedi Hussein, un iraquí que se unió a las filas del Estado Islámico, fue capturado en Baghouz en 2019. Desde entonces está recluido en una prisión gestionada por las fuerzas kurdas. - L. P

El detenido afirma que sólo se unió al EI “para ayudar a su anciano padre”, que había decidido unirse a las filas de los yihadistas. Sin embargo, niega cualquier adscripción ideológica: “En Anbar hay un fuerte sentimiento contra el gobierno iraquí. Nos unimos al EI por deseo de oposición, no por motivos religiosos”. Detenido en Baghouz, el hombre explica que “nunca ha combatido” y que “no teme ser repatriado a Irak”.

Aunque parece actuar de buena fe, podemos darnos cuenta de la complejidad de la situación: entre estos miles de hombres, algunos muy jóvenes, hay quienes, inevitablemente, se han visto atrapados en movimientos de población. “Quizá esté diciendo la verdad”, dice un guardia kurdo. “Es difícil saberlo. Pero en ese caso, ¿por qué no escapó antes y siguió al EI hasta Baghouz? Es el papel de un tribunal pronunciarse sobre su caso”.

Reorganización en al-Hol

Salimos de la ciudad de Hassaké hace unos cuarenta minutos, en dirección a la frontera iraquí. De repente, en la curva de una carretera apenas transitable, aparece en el horizonte un mar de tiendas blanquecinas alineadas desordenadamente detrás de vallas de alambre de espino.

Llegamos a al-Hol, un campo en el que han sido recluidas decenas de miles de personas capturadas cuando cayó el EI. Según la Aanes, que administra los seis sectores del campo, hasta la fecha casi 43.000 personas –el 95% mujeres y niños– siguen retenidas allí: 17.000 sirios, 18.000 iraquíes y unos 8.000 extranjeros de 47 nacionalidades diferentes.

Guiados por una escolta de guardias armados de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), se nos permite deambular por la sección reservada a sirios e iraquíes.

"Los niños deambulan tirando de carritos desvencijados en los que venden mercancías recogidas de las ONG"

El panorama es alucinante: en medio de inciertas callejuelas barridas por vientos abrasadores, deambulan cientos de sombras de mujeres envueltas en niqabs polvorientos, rodeadas de niños, algunos muy pequeños, con ropas remendadas.

Siluetas de mujeres vestidas con niqabs pasean por el campo de al-Hol, donde están recluidas 43.000 personas. - L. P


Aquí la vida está organizada: en un callejón de la zona, un enorme mercado se extiende a lo largo de unos cientos de metros. En él podemos encontrar un revoltijo de ropa, perfumes, puestos de fruta carcomida por el polvo, gallinas aún vivas y utensilios de cocina, todo importado de los pueblos de los alrededores. Aquí y allá, los niños deambulan tirando de carritos desvencijados en los que venden mercancías recogidas de las ONG, de las que depende directamente la supervivencia del campamento.

Se nos acercan una docena de mujeres cuyas abayas descoloridas revelan miradas agotadas. Mariam, iraquí de 38 años, lleva en brazos a un niño de diez: “Tiene fiebre y nadie quiere tratarlo. Es inocente. ¿Van a dejarle morir?”.

Musa Hassan al-Saleh, iraquí de 21 años, oculta su mirada tras la visera de su gorra. Quiere creer que el momento de regresar está cerca. “Era sólo un niño cuando mis padres me trajeron aquí. Tengo miedo de volver a Irak y ser castigado por el gobierno, pero espero ser repatriado pronto. Aquí la vida es imposible”.

La confusión es total, el sentimiento de opresión, constante. Ante la multitud que nos rodea, los guardias kurdos se ponen nerviosos e intentan acortar la visita. “Déjennos hablar, es una vergüenza”, dice una mujer siria de unos cuarenta años. “Han detenido a mi hijo de 15 años y hace dos meses que no sé nada de él”. Una joven de 20 años, cuyo niqab deja ver unos ojos cuidadosamente maquillados, está preocupada: “Iba a casarme con un chico del campo. Tres días antes, las fuerzas de seguridad lo detuvieron por ‘terrorismo’. Nunca volví a saber de él”.

Un santuario del EI

La cuestión de los niños es especialmente delicada: privados de educación, con un acceso terriblemente reducido a las necesidades básicas, deambulan por esta prisión al aire libre sin perspectivas de futuro. Es un círculo vicioso que bien podría convertir a estas jóvenes víctimas, no culpables de las decisiones de sus padres, en futuros yihadistas.

Mientras que la mayoría de las mujeres europeas han sido enviadas al campo de Roj, a unas decenas de kilómetros, el sector 6 de al-Hol, donde residen las miles de extranjeras que permanecen en el recinto, está fuera de control. Cihan Henan, responsable de Aanes en el campo, explica: “Las fuerzas de seguridad rara vez entran en el sector de las extranjeras, y cada vez que lo hacen es para llevar a cabo operaciones importantes. Pero tenemos problemas en todas partes. Cerca de aquí, las FDS localizaron a un emir del EI, que se inmoló cuando llegaron. También hemos recuperado a una joven yezidí que sigue cautiva de sus secuestradores. Los contrabandistas están ayudando a escapar a los prisioneros, y se están introduciendo armas de contrabando. La situación es muy inestable y no somos suficientes para garantizar la seguridad. Y en términos humanos, con la guerra en Ucrania y Gaza, la ayuda de las ONG ha disminuido”.

"Dáesh sigue medrando con la desgracia de estas almas fracasadas"

Dáesh sigue medrando con la desgracia de estas almas fracasadas. Según fuentes de seguridad, brigadas de mujeres siembran el terror y violentan a otras en nombre de la ley islámica. “Es una locura. Sigue existiendo un sistema de impuestos con el perfil del EI, así como un sistema de justicia islámica. El adoctrinamiento de los niños es muy importante, y sin la voluntad internacional de llevar a cabo una política de repatriación, justicia y reinserción, nos esperan días difíciles”, afirma una fuente de seguridad de las FDS.

Una tarea cada vez más difícil

En el campo de Roj, el panorama es bien distinto. Aquí, 2.500 personas –mujeres y niños–, todas de origen extranjero, ocupan este espacio cerrado, a tiro de piedra de la frontera iraquí.

Este campamento es singular: mientras que la masa de mujeres retenidas en al-Hol ofrece una diversidad de perfiles, aquí, con muy pocas excepciones, todas han optado por unirse al EI.


Un soldado kurdo vigila el campamento de Roj, donde están retenidas las mujeres extranjeras que se han unido a Dáesh. - L. P

A principios de junio, a medida que se intensifica la amenaza de una nueva operación militar turca contra la administración autónoma y su brazo militar –que Ankara describe como una extensión de su némesis, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK)–, la presión aumenta.

En el edificio prefabricado que sirve de oficina a los dirigentes del campamento, el Sr. Rached advierte de un repentino aumento de las tensiones, que en su opinión está totalmente relacionado con las amenazas turcas. “Esto está creando un viento de esperanza y desestabilizando el equilibrio en el campamento. Sabemos que algunas se están preparando para marcharse, sabemos que muchas ya han empaquetado sus pertenencias”, asegura.

Una situación que se está convirtiendo en un quebradero de cabeza para las autoridades locales. Y aunque en esta región aún convulsa la gestión de las cenizas del Califato haya tomado la forma de un seguro de vida político para la Federación democrática, la carga que pesa sobre la frágil entidad es colosal. Y más aún en el contexto actual de resurgimiento del Estado Islámico en toda Siria: en los seis primeros meses de 2024, el número de ataques en comparación con el mismo periodo del año anterior aumentó un 240%.

“En toda la región, los desafíos post-Dáesh continúan. Siguiendo los informes de la ONU, en 2022 dejamos de separar a los jóvenes adolescentes de sus madres en Roj y de enviarlos a centros especializados. Desde ese momento, se ha producido una oleada de nacimientos, con estos adolescentes utilizados con fines reproductivos. “Nuestra tarea es cada vez más difícil, es urgente”, concluye Rached.

Fuente: CTXT