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martes, 24 de febrero de 2026

El Gobierno estadounidense intenta restaurar el mundo unipolar usando su poder militar y financiero

 

Por Aram Aharonian

Periodista uruguayo. Estudió Abogacía y Diplomacia.

Lo que el Gobierno de Donald Trump  pretende en este su segundo mandato es liderar una reforma integral del mundo occidental con el objetivo de construir un incipiente Estado-civilización que, una vez restaurada su fuerza colectiva, pueda ejercerla sin restricciones para forzar a los rivales emergentes a subordinarse y así restaurar la unipolaridad.

El mundo “occidental y cristiano” al que estábamos acostumbrados, en el que EEUU proporcionaba la seguridad y recitaba sobre la libertad, se ha terminado y los analistas dudan que se pueda esperar a que Trump deje la presidencia para que Washington dé un giro. Trump escribió en su red Truth Social que, con efecto inmediato, elevaría el arancel mundial del 10 % al 15 % y dejó sentado  que su Gobierno determinará y emitirá los nuevos aranceles en los próximos meses.

Fuentes: CLAE - Rebelión.
El Gobierno estadounidense intenta restaurar el mundo unipolar usando su poder militar y financiero.

El historiador Michael Ignatieff, excandidato a primer ministro de Canadá, exrector de la Universidad Central Europea señala que en las acciones de Trump hay elementos del clásico imperialismo yanqui del siglo XIX, pero además hay algo nuevo: la provocación. Él ve qué puede obtener de sus provocaciones y, por eso, si se le responde con fuerza, como hicieron Canadá y México con las amenazas de los aranceles, se le puede hacer retroceder. Trump ya ha dejado claro que ya no quiere defender a Europa Occidental, sino obligarla a seguir sus planes y mandatos. 

Muchos países euroccidentales han aumentado su gasto en defensa y eso parece que no satisface a Trump, sobre todo su las armas que adquirieron no son estadounidendeses. Pero hay que tener en cuenta el factor humano:  no basta con aumentar el presupuesto de defensa sino que se debe buscar que más jóvenes se enlisten en el servicio militar.  

Trump no siente ninguna afinidad con las democracias, ni siquiera en su discurso, tal como lo hicieron continuamente sus predecesores: ve las cosas a través de un lente económico sin excepciones. Por eso, si países de América Latina tienen un superávit comercial con EEUU les impondrá aranceles, sin importar que sea un gobierno de derecha, centro o izquierda.

Donald Trump, inauguró este jueves la primera reunión de la llamada Junta de Paz (¿sólo para Gaza?) una nebulosa institución que, originalmente, debería traer el fin de la guerra a la franja palestina, aunque sus objetivos reales parecen apuntar más a la propaganda del hegemonismo global de Washington, la glorificación del propio Trump como paladín del fin de los conflictos y a la preeminencia de su aliado Israel en Oriente Medio, señala el analista español Juan Antonio Sanz.

No se sabe si los 10 mil millones de dólares que prometió Trump son para reconstruir Gaza y acelerar la llegada de ayuda humanitaria, o  para dotar de medios a esta Junta que pretende monitorizar la estrategia exterior de la Casa Blanca, arrebatar competencias a la ONU y «supervisarla»,  y,  de paso,  encubrir los crímenes de guerra que sigue cometiendo Israel en los territorios palestinos para asegurarse su anexión.

 Estos revolucionarios de extrema derecha que gobiernan a EEUU. creen que sus antiguos aliados -Canadá y Europa Occidental- están atrapados en una especie de liberalismo permisivo que ya derrotaron en su país y ahora quieren derrotarlo  en todo el mundo. Y, por ello, de repente ven a sus aliados como enemigos. En su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente J.D. Vance denunció que la libertad de expresión en Europa está bajo ataque por las medidas adoptadas para frenar a la ultraderecha, que el trumpismo apoya y financia.

Mientras, en lo interior, los principales analistas advierten que el núcleo de los votantes de Trump parece agotado y desilusionado por las «guerras interminables», por los desastres de Irak y de Afganistán, porque sienten que el país está de vuelta a lo que vivió durante la guerra de Vietnam, esa sensación de que sus muchachos van al extranjero a luchar batallas sin sentido en países de los que nunca oyeron hablar. 

Y a esto último hay que sumarle un elemento muy importante: la fatiga por el costo del imperio y el deseo de transferir esa factura a los aliados. ‘Europa, si quieres nuestra ayuda tienes que pagarla´: ese es el mensaje. Pareciera que todo es un negocio donde las vidas humanas no tienen valor… 

Los funcionarios de la administración Trump han tenido dificultades para determinar cómo aumentar el gasto militar estadounidense en la impresionante cifra de 500.000 millones de dólares en su próximo presupuesto, lo que ralentiza el plan general de gastos de la Casa Blanca. El jefe de presupuesto de la Casa Blanca es uno de los que se opuso internamente al plan del secretario de Defensa de aumentar el gasto militar en aproximadamente un 50 %, según The Washington Post.

«Restaurar la civilización occidental»

 Marco Rubio, Secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, afirmó en la reciente Conferencia de Seguridad de Munich que Trump  se propone reconstruir y restaurar la civilización occidental, incluso actuando en solitario si Europa no acompaña. El cubanoestadounidense exaltó la grandeza de la civilización compartida y sostuvo que su “reanimación” insuflará nuevo ímpetu a las fuerzas armadas. Acto seguido, delineó el programa de Trump 2.0, de reindustrialización, fin de la migración masiva y reconfiguración de la gobernanza global, transformaciones que aseguró producirán dividendos concretos para las mayorías occidentales.

Criticó con especial dureza la deslocalización industrial hacia adversarios y competidores, la cesión de soberanía a instituciones internacionales, el “autoempobrecimiento para apaciguar a un culto climático” y la migración masiva. Admitió que esas decisiones fueron errores en los que participó el Gobierno estadounidense, que ahora busca corregirlos. Para Rubio, el proyecto estadounidense aspira, en  optimizar su red global de alianzas, aunque bajo un reparto de cargas “más equitativo”, o sea que todos los demás países financien los delirios trumpistas. 

Pareciera ir de la mano de las teorías civilizacionales de Samuel Huntington y Alexander Dugin, centradas en la identidad como factor decisivo en la dinámica internacional.

No es de extrañar que el concepto de excepcionalismo estadounidense impregna su discurso, que sigue el libreto del anhelado poder mundial de Trump. Rubio afirmó que su país actuará en solitario si es preciso para restaurar la civilización occidental y describió la supuesta “decadencia terminal” de Occidente, tras la Segunda Guerra Mundial, como una “elección”. En esencia, Trump 2.0 buscaría encabezar reformas  para consolidar un naciente Estado-civilización que, tras recuperar su vigor colectivo, pudiera emplearlo sin restricciones para imponer su primacía y restaurar la unipolaridad.

La posición de Estados Unidos como única superpotencia ya no solo es cuestionada por rivales como China o Rusia, sino incluso internamente. En su segundo mandado, Trump, con sus deseos de hacerse con el control de Groenlandia, de recuperar el Canal de Panamá y de anexarse a Canadá parece exhibir un lado imperialista no visto antes.

 El analista Rubén Armendáriz llama la atención sobre el indulto a José Orlando Hernández, expresidente hondureño condenado a 35 años de prisión por el alijo de 400 toneladas de cocaína a EEUU. Considera que es un hombre que bien puede diseñar las nuevas rutas del narcotráfico con el control estadounidense de la ruta interoceánica de Panamá y la ártica de Groenlandia. Hasta ahora Trump ha usado el estribillo de que son narcotraficantes los gobiernos latinoamericanos que él quiere derrocar, pero el verdadero problema está en su país y en su Gobierno.

 Es muy difícil saber si realmente detrás de los anuncios de Trump hay una estrategia o si simplemente son un conjunto de improvisaciones con las que busca obtener algunos objetivos transaccionales dependiendo de la reacción que haya, comenta la BBC inglesa.

 Estados Unidos ha bautizado como «Lanza del Sur» la campaña militar que lleva a cabo en aguas del Caribe y el Pacífico oriental, una operación que, bajo el argumento de combatir el narcotráfico, ha desencadenado una oleada de ataques contra embarcaciones y ha elevado la tensión regional, hasta culminar el 3 de enero de 2026 en una operación militar con bombardeos en Venezuela y el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa.

Washington también excluyó a Colombia de su lista de países cooperantes en la lucha contra el narcotráfico. La medida fue interpretada como una señal de distanciamiento político respecto a Bogotá. Más tarde, en octubre, retiró a Colombia la ayuda financiera estadounidense.

Las tensiones se agravaron aún más cuando el Departamento de Guerra estadounidense envió el 10 de noviembre tropas terrestres a Panamá para realizar maniobras en la selva, algo inédito en décadas. Dos días después, Venezuela anunció una movilización de 200.000 militares en todo su territorio como parte de unos ejercicios destinados a «responder a las amenazas de Estados Unidos», y la escalada belicista aún subió otro escalón con las maniobras militares estadounidenses en Trinidad y Tobago, apenas a 11 kilómetros de la costa venezolana.

Guerra y deuda, deuda y guerra

Así, Estados Unidos llegó en febrero de 2026 a acumular una impagable deuda pública de 56 trillones de dólares, más de 124% de su PIB (para los anglosajones, un trillón es una cantidad de 1.000.000.000.000. Según la Congressional Budget Office, el déficit presupuestario es de 1,9 trillones. Estas abominables cifras las costeaba el resto del mundo aceptando papeles sin respaldo como petrodólares y bonos del Tesoro a cambio de bienes reales: petróleo, minerales, alimentos, manufacturas.

Estados Unidos, antaño poderosa potencia económica, carece de capacidad productiva para cancelar esta aplastante deuda. Su propia clase dominante exportó sus capitales e industrias al Tercer Mundo para aprovechar los salarios de miseria de este. Su capitalismo industrial, antes productor de bienes, involucionó a capital financiero, que solo produce ficticios dividendos especulativos. La clase capitalista se hizo inmune a los impuestos que podrían amortizar el débito. 

Hacia 1977 las grandes fortunas tributaban tasas de 70% sobre sus ingresos, hoy no pagan más de 22%, esconden sus beneficios en paraísos fiscales y fundaciones exentas de tributación; que financian elecciones tras las cuales los candidatos electos les prodigan generosas condonaciones y amnistías fiscales. Mientras, a pesar de la demoledora inflación y el aumento demográfico, los sueldos de los trabajadores y el gasto civil del Gobierno son los mismos que hacia 1970.

Pero la avaricia rompe el saco, y el latrocinio, la aceptabilidad de monedas sin respaldo. Inevitablemente, países cuya economía estaba basada en el oro negro proyectaron lanzar divisas que tuvieran más valor que el papel pintado de verde. Irak intentó el dinar, asociado al euro. Libia proyectó el dinar de oro, respaldado por sus reservas de 143 toneladas de oro e igual cantidad de plata. Ambos países fueron arrasados y minuciosamente saqueados por Estados Unidos o por fuerzas apoyadas por estos.

Sin embargo, la práctica estadounidense y europea de robar las reservas depositadas en bancos bajo su influencia obligó a la Federación Rusa, China, India y en general a los Brics a comerciar en monedas distintas del dólar carente de respaldo. Venezuela, agredida desde 2002 y encarnizadamente bloqueada desde 2017, asestó un golpe mortal al monopolio del petrodólar al vender sus hidrocarburos en rublos y yuanes, fuera del sistema Swift, y al movilizarlos en barcos de la “flota fantasma” rusa.

El plan de Trump  de hacer una reforma integral del mundo occidental para construir un Estado-civilización  subordinado a Washington, cuenta con que no tendrá oposición en su patio trasero (léase América latina) y que fácilmente puede «comprar» la adhesión de la dependiente Europa occidental…  y así restaurar la unipolaridad.

Fuente:Rebelión

viernes, 15 de noviembre de 2024

Samir Amin, Desvinculación y Navegación en un Mundo Multipolar

 



    Hoy en día, casi todos reconocen que vivimos en un mundo multipolar, simbolizado por la continua decadencia de la hegemonía estadounidense, el estancamiento económico de la tríada imperial formada por Estados Unidos, Europa y Japón, y el ascenso de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Pero la importancia histórica y teórica de esto está en disputa. El principal teórico de la multipolaridad fue Samir Amin, con su concepto de “desvinculación”, que desarrolló a lo largo de su carrera. Para Amin, la lucha contra el imperialismo requería desvincularse de la ley del valor a nivel mundial, centrada en Washington, Londres, París, Berlín y Tokio, y reemplazarla por un orden mundial más “policéntrico” o “multipolar”, en el que las naciones de la periferia del sistema pudieran reorientar sus economías hacia sus propios sistemas de valores nacionales, satisfaciendo así sus propias necesidades internas de desarrollo. Esto les permitiría entonces alejarse del actual desarrollo “desarticulado” bajo el imperialismo hacia un desarrollo más “autocéntrico” o autodirigido (Samir Amin, Delinking: Towards a Polycentric World [Londres: Zed Books, 1990], 62-67; Samir Amin, Obsolescent Capitalism [Londres: Zed Books, 2003], 131; Samir Amin, The Implosion of Contemporary Capitalism [Nueva York: Monthly Review Press, 2013], 143).


Samir Amin

La noción de desvinculación de Amin ha sido a menudo malinterpretada como un argumento a favor de la autarquía económica, algo que él rechazó con vehemencia. En su análisis, la desvinculación se concibe más bien como una categoría relacional dirigida a una realidad histórica compleja y cambiante. No significa retirarse de la economía mundial, lo que, según él, sería como mudarse “a la luna”, sino más bien encontrar una manera de cortar las conexiones con los principales mecanismos de dominio imperialista. Esto adquiere significados complementarios en diferentes niveles. A nivel de la nación, particularmente en la periferia del sistema-mundo capitalista, representa la lucha “inevitable” por subordinar “las relaciones externas a la lógica del desarrollo interno”, lo que requiere una ruptura con el sistema imperialista y, para su pleno desarrollo, un movimiento revolucionario hacia el socialismo. A nivel regional, significa construir sobre elementos de geografía, historia, cultura y comercio compartidos para formar “uniones regionales”. A nivel mundial, significa la creación de un nuevo conjunto de reglas e instituciones para guiar la economía mundial y reemplazar las de la hegemonía imperial (Samir Amin, Capitalism in the Age of Globalization [Londres: Zed Books, 2014], 40; Samir Amin entrevistado por el Instituto Tricontinental, “Globalization and Its Alternative: An Interview with Samir Amin [Part 3]”, Socialist Economist, febrero de 2019, socialisteconomist.com).

“Los desafíos a los que se enfrenta la construcción de un mundo multipolar real”, escribió Amin en Monthly Review en 2006, “son más serios de lo que muchos ‘altermundistas’ creen. A corto plazo, se trata de descarrilar el plan militar de Washington. Esta es la condición que debe abordarse para proporcionar el grado de libertad necesario y sin la cual cualquier progreso social y democrático y cualquier avance en la construcción de un sistema multipolar seguirá siendo extremadamente vulnerable”. En el centro del sistema, Estados Unidos/OTAN ha utilizado su abrumador poder destructivo para intervenir militarmente con el objetivo de llevar a cabo un cambio de régimen en todos los Estados comprometidos seriamente en cualquier nivel con la desvinculación, considerando “incluso el más mínimo deseo de abrir algún margen de autonomía en el sistema” como “anatema”. La lucha por la desvinculación y la creación de un mundo policéntrico, según Amin, es esencialmente una lucha por los “cinco monopolios” de la tríada imperial con respecto a lo militar, las finanzas, los recursos naturales, la tecnología y las comunicaciones (Samir Amin, “Beyond Liberal Globalization”, Monthly Review 58, no. 7 [diciembre de 2006]: 48; Samir Amin, Russia and the Long Transition from Capitalism to Socialism [Nueva York: Monthly Review Press, 2016], 107; Amin, Capitalism in the Age of Globalization, 4-5).




Para Amin, la lucha mundial por desvincularse del capital central también tiene una dimensión de clase clave. En el Sur Global, esto toma la forma de una revolución popular contra la compradorización de sus sociedades, en la que los elementos dominantes se alinean con el capital multinacional. En el Norte Global, significa una revuelta contra el gobierno autoritario del capital monopolista sobre sus propias sociedades (Amin, The Long Revolution of the Global South [Nueva York: Monthly Review Press, 2019], 401-2).

Tras la desaparición de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos y la OTAN intentaron crear un orden militar unipolar que dominara el mundo, acelerando el uso de la fuerza en una serie de guerras e intervenciones militares, al tiempo que combinaban esto con sanciones económicas basadas en su poder financiero. Sin embargo, el continuo debilitamiento económico de la tríada, que está sumida en un estancamiento económico de largo plazo, una financiarización desestabilizadora y una desindustrialización, ha significado que Estados Unidos y sus aliados no han podido impedir el surgimiento de un mundo más policéntrico. Lo más amenazante de todo para Washington es el desafío de Pekín y las economías emergentes del Sur Global al orden imperial basado en reglas dominado por Estados Unidos: el conjunto de organizaciones internacionales hegemónicas, acuerdos comerciales y alianzas militares representadas por instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio (aunque la OMC ahora ha sido efectivamente socavada por Washington en respuesta a su pérdida de control) y los bloques y alianzas militares dominados por Estados Unidos. Clave a este respecto es la creciente amenaza potencial que representan los BRICS para la hegemonía del dólar, fuente del poder financiero global de Washington.

El proceso de desvinculación y el surgimiento de un orden mundial multipolar no ha sido nada fácil ni carente de contradicciones. Amin escribió análisis separados de las condiciones de desvinculación en China, Rusia, el mundo árabe y el África subsahariana, y también examinó las posibilidades de que Europa se desvinculara de su señor supremo, Estados Unidos. En el caso de la República Popular China (RPC), la desvinculación surgió de la Revolución china de 1949 y de la contrarrevolución estadounidense contra ella. Incluso con la apertura de la economía china al mercado mundial y la privatización de gran parte de su economía, la RPC siguió controlando sus instituciones financieras, comunicaciones, tecnología, recursos naturales y agricultura (la tierra sigue siendo propiedad colectiva de las comunidades aldeanas). Ha conservado un gran sector estatal, lo que le da una autonomía considerable sobre los aspectos estratégicos de la economía y la sociedad. Estas condiciones le permitieron llevar adelante, casi de manera única en nuestro tiempo, como afirmó Amin, su propio “proyecto soberano” (Aijaz Ahmad, introducción a Samir Amin, Only People Make Their Own History [Nueva York: Monthly Review Press, 2019], 27-28; Samir Amin, “China 2013”, Monthly Review 64, no. 10 [marzo de 2013], 14-33).

Otros países se han desvinculado parcialmente y no siempre de manera efectiva de lo que Amin llamó el “imperialismo colectivo de la tríada” en diversas condiciones. Irónicamente, algunos fueron empujados aún más en esa dirección por las sanciones impuestas por Washington destinadas a un cambio de régimen. En algunos casos, como Cuba y Venezuela, esto fue parte de una ruptura con el sistema de orientación socialista. La Rusia postsoviética, gobernada por una oligarquía capitalista, se vio obligada a desvincularse debido a la agresiva expansión de la OTAN hacia el este destinada a un cambio de régimen en Moscú, manifestada en la guerra por poderes entre la OTAN y Rusia en Ucrania. En Irán, la desvinculación fue el resultado de una Revolución Islámica de 1979, que derrocó la dictadura del Sha impuesta por Washington (Amin, The Long Revolution of the Global South, 202-3, 409).

Sin excepción, todas las naciones que han buscado la autonomía del sistema imperial, independientemente de la forma que haya adoptado, han sido designadas como enemigas de la tríada y objeto de un cambio de régimen. Sin embargo, la erosión del sistema-mundo imperialista se está acelerando. El grupo BRICS actual, ampliado ahora bajo el nombre BRICS+ para incluir a Irán, Egipto, Etiopía y los Emiratos Árabes Unidos, ciertamente no es anticapitalista, ni siquiera progresista en términos de política nacional o relaciones de clase. Pero representa un poderoso bloque económico que emana del Sur Global, unificado por el deseo común de lograr un grado de independencia y no alineamiento en relación con el núcleo imperialista de la economía mundial. Esas luchas por la autonomía, en la medida en que son genuinas, tienen sus raíces en fuerzas y aspiraciones populares.

De este breve esbozo se desprende claramente que la teoría de Amin sobre la desvinculación anticipó muchos de los parámetros del mundo multipolar emergente. Sin embargo, su interpretación de la lucha contra el imperialismo en este sentido ha sido cuestionada recientemente por pensadores de izquierda para quienes el “imperialismo” se presenta cada vez más en términos de conflicto interimperialista entre potencias capitalistas en pugna, representadas por Estados Unidos, Europa y Japón, por un lado, y China, Rusia y las potencias “subimperialistas”, por el otro. Un ejemplo de ello es un artículo reciente en Spectre escrito por Promise Li, colaboradora frecuente de The Nation y miembro del Colectivo Lausan, virulentamente anti-RPC, titulado “Contra el imperialismo multipolar”. El artículo de Li critica duramente a “Amin y otros defensores izquierdistas de la multipolaridad”. Li afirma que “la defensa de la multipolaridad por parte de la izquierda se ha convertido en el marco político implícito de la mayoría de las organizaciones occidentales contra la guerra”, y continúa afirmando que “la negativa a resistir activamente las tendencias autoritarias de regímenes como China, Rusia, Siria, Venezuela, Nicaragua e Irán nos prohíbe estructuralmente [a la izquierda] organizarnos contra el imperialismo como sistema global”. En consecuencia, “los pilares de la izquierda contra la guerra se ven obligados a adoptar una posición” de “ser incapaces de ofrecer un apoyo positivo a los movimientos democráticos de otros regímenes a medida que se acercan a la integración económica capitalista”. Li cita una crítica de 1979 a Amin hecha por el izquierdista iraquí Muhammed Ja'far, que afirmaba: “Sólo es posible entender la formación nacional como la contraparte social del modo capitalista de producción económica” (Promise Li, “Contra el imperialismo multipolar”, Spectre, 6 de enero de 2023, spectrejournal.com; Mohammad Ja'far, “Formación nacional en la región árabe: una crítica de Samir Amin [1979]”, Libcom, 27 de octubre de 2013, libcom.org).

En el argumento de Li, la democracia, el autoritarismo y el desarrollo deben juzgarse principalmente en términos de la ideología occidental dominante. La democracia está asociada directa, incluso exclusivamente, con la “integración económica capitalista”, y todas las “formaciones nacionales” tienen su origen en el capitalismo y se desarrollan a través de él. Esto está en agudo conflicto con el análisis de Amin en su ahora clásico libro Eurocentrism. Li concluye su crítica a Amin y a la noción de un mundo policéntrico afirmando que es necesario que la izquierda “resista esta nueva instancia del imperialismo multipolar”, cuya base teórica identifica directamente con el propio Amin (Samir Amin, Eurocentrism [Nueva York: Monthly Review Press, 1989, 2009]).

A pesar de estas críticas, el concepto de desvinculación de Amin es ineludible si queremos entender las fuerzas que actualmente generan un orden mundial multipolar. La resistencia al imperialismo adopta muchas formas, como se puede ver hoy en las luchas irreprimibles del pueblo palestino por sobrevivir por cualquier medio frente al colonialismo de asentamiento israelí, el apartheid y el genocidio. Las atrocidades interminables de Tel Aviv cuentan con el respaldo de la Casa Blanca imperial en Washington, que se apresuró a proporcionar a Israel las armas de exterminio necesarias para su guerra contra el pueblo de Gaza. Frente a niveles tan extremos de opresión, no puede haber duda de que el antiimperialismo y la construcción de un mundo policéntrico constituyen, como Amin nunca se cansó de observar, el único camino posible hacia un socialismo universal de los pueblos.




Fuente: Monthly Review