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martes, 24 de febrero de 2026

El Gobierno estadounidense intenta restaurar el mundo unipolar usando su poder militar y financiero

 

Por Aram Aharonian

Periodista uruguayo. Estudió Abogacía y Diplomacia.

Lo que el Gobierno de Donald Trump  pretende en este su segundo mandato es liderar una reforma integral del mundo occidental con el objetivo de construir un incipiente Estado-civilización que, una vez restaurada su fuerza colectiva, pueda ejercerla sin restricciones para forzar a los rivales emergentes a subordinarse y así restaurar la unipolaridad.

El mundo “occidental y cristiano” al que estábamos acostumbrados, en el que EEUU proporcionaba la seguridad y recitaba sobre la libertad, se ha terminado y los analistas dudan que se pueda esperar a que Trump deje la presidencia para que Washington dé un giro. Trump escribió en su red Truth Social que, con efecto inmediato, elevaría el arancel mundial del 10 % al 15 % y dejó sentado  que su Gobierno determinará y emitirá los nuevos aranceles en los próximos meses.

Fuentes: CLAE - Rebelión.
El Gobierno estadounidense intenta restaurar el mundo unipolar usando su poder militar y financiero.

El historiador Michael Ignatieff, excandidato a primer ministro de Canadá, exrector de la Universidad Central Europea señala que en las acciones de Trump hay elementos del clásico imperialismo yanqui del siglo XIX, pero además hay algo nuevo: la provocación. Él ve qué puede obtener de sus provocaciones y, por eso, si se le responde con fuerza, como hicieron Canadá y México con las amenazas de los aranceles, se le puede hacer retroceder. Trump ya ha dejado claro que ya no quiere defender a Europa Occidental, sino obligarla a seguir sus planes y mandatos. 

Muchos países euroccidentales han aumentado su gasto en defensa y eso parece que no satisface a Trump, sobre todo su las armas que adquirieron no son estadounidendeses. Pero hay que tener en cuenta el factor humano:  no basta con aumentar el presupuesto de defensa sino que se debe buscar que más jóvenes se enlisten en el servicio militar.  

Trump no siente ninguna afinidad con las democracias, ni siquiera en su discurso, tal como lo hicieron continuamente sus predecesores: ve las cosas a través de un lente económico sin excepciones. Por eso, si países de América Latina tienen un superávit comercial con EEUU les impondrá aranceles, sin importar que sea un gobierno de derecha, centro o izquierda.

Donald Trump, inauguró este jueves la primera reunión de la llamada Junta de Paz (¿sólo para Gaza?) una nebulosa institución que, originalmente, debería traer el fin de la guerra a la franja palestina, aunque sus objetivos reales parecen apuntar más a la propaganda del hegemonismo global de Washington, la glorificación del propio Trump como paladín del fin de los conflictos y a la preeminencia de su aliado Israel en Oriente Medio, señala el analista español Juan Antonio Sanz.

No se sabe si los 10 mil millones de dólares que prometió Trump son para reconstruir Gaza y acelerar la llegada de ayuda humanitaria, o  para dotar de medios a esta Junta que pretende monitorizar la estrategia exterior de la Casa Blanca, arrebatar competencias a la ONU y «supervisarla»,  y,  de paso,  encubrir los crímenes de guerra que sigue cometiendo Israel en los territorios palestinos para asegurarse su anexión.

 Estos revolucionarios de extrema derecha que gobiernan a EEUU. creen que sus antiguos aliados -Canadá y Europa Occidental- están atrapados en una especie de liberalismo permisivo que ya derrotaron en su país y ahora quieren derrotarlo  en todo el mundo. Y, por ello, de repente ven a sus aliados como enemigos. En su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente J.D. Vance denunció que la libertad de expresión en Europa está bajo ataque por las medidas adoptadas para frenar a la ultraderecha, que el trumpismo apoya y financia.

Mientras, en lo interior, los principales analistas advierten que el núcleo de los votantes de Trump parece agotado y desilusionado por las «guerras interminables», por los desastres de Irak y de Afganistán, porque sienten que el país está de vuelta a lo que vivió durante la guerra de Vietnam, esa sensación de que sus muchachos van al extranjero a luchar batallas sin sentido en países de los que nunca oyeron hablar. 

Y a esto último hay que sumarle un elemento muy importante: la fatiga por el costo del imperio y el deseo de transferir esa factura a los aliados. ‘Europa, si quieres nuestra ayuda tienes que pagarla´: ese es el mensaje. Pareciera que todo es un negocio donde las vidas humanas no tienen valor… 

Los funcionarios de la administración Trump han tenido dificultades para determinar cómo aumentar el gasto militar estadounidense en la impresionante cifra de 500.000 millones de dólares en su próximo presupuesto, lo que ralentiza el plan general de gastos de la Casa Blanca. El jefe de presupuesto de la Casa Blanca es uno de los que se opuso internamente al plan del secretario de Defensa de aumentar el gasto militar en aproximadamente un 50 %, según The Washington Post.

«Restaurar la civilización occidental»

 Marco Rubio, Secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, afirmó en la reciente Conferencia de Seguridad de Munich que Trump  se propone reconstruir y restaurar la civilización occidental, incluso actuando en solitario si Europa no acompaña. El cubanoestadounidense exaltó la grandeza de la civilización compartida y sostuvo que su “reanimación” insuflará nuevo ímpetu a las fuerzas armadas. Acto seguido, delineó el programa de Trump 2.0, de reindustrialización, fin de la migración masiva y reconfiguración de la gobernanza global, transformaciones que aseguró producirán dividendos concretos para las mayorías occidentales.

Criticó con especial dureza la deslocalización industrial hacia adversarios y competidores, la cesión de soberanía a instituciones internacionales, el “autoempobrecimiento para apaciguar a un culto climático” y la migración masiva. Admitió que esas decisiones fueron errores en los que participó el Gobierno estadounidense, que ahora busca corregirlos. Para Rubio, el proyecto estadounidense aspira, en  optimizar su red global de alianzas, aunque bajo un reparto de cargas “más equitativo”, o sea que todos los demás países financien los delirios trumpistas. 

Pareciera ir de la mano de las teorías civilizacionales de Samuel Huntington y Alexander Dugin, centradas en la identidad como factor decisivo en la dinámica internacional.

No es de extrañar que el concepto de excepcionalismo estadounidense impregna su discurso, que sigue el libreto del anhelado poder mundial de Trump. Rubio afirmó que su país actuará en solitario si es preciso para restaurar la civilización occidental y describió la supuesta “decadencia terminal” de Occidente, tras la Segunda Guerra Mundial, como una “elección”. En esencia, Trump 2.0 buscaría encabezar reformas  para consolidar un naciente Estado-civilización que, tras recuperar su vigor colectivo, pudiera emplearlo sin restricciones para imponer su primacía y restaurar la unipolaridad.

La posición de Estados Unidos como única superpotencia ya no solo es cuestionada por rivales como China o Rusia, sino incluso internamente. En su segundo mandado, Trump, con sus deseos de hacerse con el control de Groenlandia, de recuperar el Canal de Panamá y de anexarse a Canadá parece exhibir un lado imperialista no visto antes.

 El analista Rubén Armendáriz llama la atención sobre el indulto a José Orlando Hernández, expresidente hondureño condenado a 35 años de prisión por el alijo de 400 toneladas de cocaína a EEUU. Considera que es un hombre que bien puede diseñar las nuevas rutas del narcotráfico con el control estadounidense de la ruta interoceánica de Panamá y la ártica de Groenlandia. Hasta ahora Trump ha usado el estribillo de que son narcotraficantes los gobiernos latinoamericanos que él quiere derrocar, pero el verdadero problema está en su país y en su Gobierno.

 Es muy difícil saber si realmente detrás de los anuncios de Trump hay una estrategia o si simplemente son un conjunto de improvisaciones con las que busca obtener algunos objetivos transaccionales dependiendo de la reacción que haya, comenta la BBC inglesa.

 Estados Unidos ha bautizado como «Lanza del Sur» la campaña militar que lleva a cabo en aguas del Caribe y el Pacífico oriental, una operación que, bajo el argumento de combatir el narcotráfico, ha desencadenado una oleada de ataques contra embarcaciones y ha elevado la tensión regional, hasta culminar el 3 de enero de 2026 en una operación militar con bombardeos en Venezuela y el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa.

Washington también excluyó a Colombia de su lista de países cooperantes en la lucha contra el narcotráfico. La medida fue interpretada como una señal de distanciamiento político respecto a Bogotá. Más tarde, en octubre, retiró a Colombia la ayuda financiera estadounidense.

Las tensiones se agravaron aún más cuando el Departamento de Guerra estadounidense envió el 10 de noviembre tropas terrestres a Panamá para realizar maniobras en la selva, algo inédito en décadas. Dos días después, Venezuela anunció una movilización de 200.000 militares en todo su territorio como parte de unos ejercicios destinados a «responder a las amenazas de Estados Unidos», y la escalada belicista aún subió otro escalón con las maniobras militares estadounidenses en Trinidad y Tobago, apenas a 11 kilómetros de la costa venezolana.

Guerra y deuda, deuda y guerra

Así, Estados Unidos llegó en febrero de 2026 a acumular una impagable deuda pública de 56 trillones de dólares, más de 124% de su PIB (para los anglosajones, un trillón es una cantidad de 1.000.000.000.000. Según la Congressional Budget Office, el déficit presupuestario es de 1,9 trillones. Estas abominables cifras las costeaba el resto del mundo aceptando papeles sin respaldo como petrodólares y bonos del Tesoro a cambio de bienes reales: petróleo, minerales, alimentos, manufacturas.

Estados Unidos, antaño poderosa potencia económica, carece de capacidad productiva para cancelar esta aplastante deuda. Su propia clase dominante exportó sus capitales e industrias al Tercer Mundo para aprovechar los salarios de miseria de este. Su capitalismo industrial, antes productor de bienes, involucionó a capital financiero, que solo produce ficticios dividendos especulativos. La clase capitalista se hizo inmune a los impuestos que podrían amortizar el débito. 

Hacia 1977 las grandes fortunas tributaban tasas de 70% sobre sus ingresos, hoy no pagan más de 22%, esconden sus beneficios en paraísos fiscales y fundaciones exentas de tributación; que financian elecciones tras las cuales los candidatos electos les prodigan generosas condonaciones y amnistías fiscales. Mientras, a pesar de la demoledora inflación y el aumento demográfico, los sueldos de los trabajadores y el gasto civil del Gobierno son los mismos que hacia 1970.

Pero la avaricia rompe el saco, y el latrocinio, la aceptabilidad de monedas sin respaldo. Inevitablemente, países cuya economía estaba basada en el oro negro proyectaron lanzar divisas que tuvieran más valor que el papel pintado de verde. Irak intentó el dinar, asociado al euro. Libia proyectó el dinar de oro, respaldado por sus reservas de 143 toneladas de oro e igual cantidad de plata. Ambos países fueron arrasados y minuciosamente saqueados por Estados Unidos o por fuerzas apoyadas por estos.

Sin embargo, la práctica estadounidense y europea de robar las reservas depositadas en bancos bajo su influencia obligó a la Federación Rusa, China, India y en general a los Brics a comerciar en monedas distintas del dólar carente de respaldo. Venezuela, agredida desde 2002 y encarnizadamente bloqueada desde 2017, asestó un golpe mortal al monopolio del petrodólar al vender sus hidrocarburos en rublos y yuanes, fuera del sistema Swift, y al movilizarlos en barcos de la “flota fantasma” rusa.

El plan de Trump  de hacer una reforma integral del mundo occidental para construir un Estado-civilización  subordinado a Washington, cuenta con que no tendrá oposición en su patio trasero (léase América latina) y que fácilmente puede «comprar» la adhesión de la dependiente Europa occidental…  y así restaurar la unipolaridad.

Fuente:Rebelión

domingo, 15 de septiembre de 2024

¿Cómo responderá la OTAN a su derrota en Ucrania?

 



En Moscú saben que, gane quien gane en Washington en noviembre, si Estados Unidos no acepta su derrota, la perspectiva de una guerra mayor está lista.


        La derrota militar de Ucrania está servida, pero lo más peligroso es que también, y sobre todo, será una derrota de la OTAN contra Rusia “por procuración” cargada de consecuencias para el liderazgo global occidental, dentro y fuera de Europa. Así que, tratándose de eso, la pregunta del momento es ¿cómo responderá la OTAN a su derrota en Ucrania?

“Es el momento de restablecer la diplomacia y volver a las negociaciones, aunque llevará algún tiempo invertir la propaganda de la última década y preparar al público para una nueva narrativa. Como vimos en Afganistán, las élites político-mediáticas nos asegurarán que estamos ganando, hasta que huyamos de forma desorganizada con gente cayendo de los aviones”, dice el analista noruego Glenn Diesen. Glenn Diesen – The Increase in Ukrainian Casualties – Brave New Europe.




Mucho dependerá de las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos. Rusia deberá moderar las exigencias de su “victoria”, sea cual sea el significado y contenido real de tal palabra, pues la guerra también pasa allá una dura factura, seguramente con más de 200.000 muertos e inválidos. Además, la ocupación de territorio ucraniano puede ser una fuente de problemas, como apuntábamos hace más de un año. Ucrania está perdiendo la guerra, pero Rusia no la está ganando. – Rafael Poch de Feliu Pero ¿qué pasa si la OTAN no acepta su derrota, es decir si Estados Unidos persevera en su voluntad de desangrar a Rusia a costa de una guerra mayor? ¿Se dará rienda suelta a la histeria de bálticos y polacos sobre una “amenaza (ofensiva/ invasora) rusa” contra Europa que, además de inexistente, ha mostrado, precisamente, sus limitaciones militares en Ucrania? En ese caso, las cosas están en los términos ya conocidos: si es objeto del ataque de una fuerza militar superior como es la OTAN, el grupo dirigente ruso declarará un “peligro existencial” para Rusia, lo que según su doctrina, que está siendo corregida para hacerla más flexible, significa la posibilidad del uso del arma nuclear.

En Moscú hay razones sobradas para la preocupación. El secretario de Estado Blinken estuvo el martes en Kíev para dar lo que parece una luz verde al uso de misiles occidentales de largo alcance contra territorio ruso, algo que se hace sobre la información de la inteligencia y los satélites militares americanos y con participación directa de militares de la OTAN. Putin advirtió el jueves que tal decisión «cambiaría la misma naturaleza del conflicto”. «Significará que los países de la OTAN, EEUU y los países europeos, combaten contra Rusia» por lo que Moscú tomará “las decisiones (militares) correspondientes”, dijo. El Presidente de la Duma, Viacheslav Volodin, ha dicho que Rusia tendrá que utilizar «armas más potentes y destructivas en la defensa de sus ciudadanos”, y entre los expertos se especula con escenarios como ataques de respuesta a infraestructuras occidentales o con la destrucción de los puentes del Dnieper que hasta ahora Rusia ha respetado y que cortarían la comunicación terrestre y ferroviaria de Ucrania por la mitad.

Los programas de la tele rusa transmiten cierto cansancio por el estancamiento de la prometida “inevitable victoria”. Los militares parecen conscientes de que sin una movilización nacional en toda regla, cosa a la que el Presidente Putin no quiere arriesgarse, no hay capacidad militar para extender aún más la conquista de territorio ucraniano hacia Nikolayev y Odesa, privando por completo a Ucrania de salida al mar, que es lo que redondearía una victoria militar estratégica. Seguramente no interesa que el frente ucraniano colapse antes de las elecciones americanas, pero, gane quien gane en Washington en noviembre, en Moscú saben que si Estados Unidos/OTAN no acepta su derrota, la perspectiva de una guerra mayor estará servida. Nos llevan a una guerra mayor – Rafael Poch de Feliu

El Presidente Zelenski lleva la derrota impresa en el rostro. Ya no es aquel dinámico y voluntarioso personaje que hacia portadas en los principales semanarios europeos y americanos. Ahora se le ve cansado, preocupado y excitado. En los medios rusos se dice que él y su entorno de colaboradores, algunos de ellos procedentes del mundo del espectáculo, van subidos de cocaína, lo que puede ser propaganda para denigrarles. Zelenski ha perdido buena parte del favor de sus padrinos – hasta le señalan, falsamente, como autor del atentado americano contra el oleoducto Nord Stream – que no entienden su última remodelación de gobierno, ni la ofensiva militar contra la región rusa de Kursk, un desesperado gesto de imagen por el que pagará un alto precio militar, le dicen desde la prensa occidental más intervencionista. Los occidentales le instaron a romper las negociaciones entabladas en Minsk y Estambul en el mismo inicio de la guerra, y ahora no son consecuentes con la intensidad de la ayuda que entonces le prometieron. Es la hora de los reproches y los agravios. Zelenski tiene motivos para la preocupación.




“Superado en número y armamento, el ejército ucraniano se enfrenta a una moral baja y a la deserción”, titula la CNN Ukraine’s military is struggling with low morale and desertion | CNN en un exhaustivo informe impensable en nuestros lamentables medios. Cinco son los puntos de la quiebra militar ucraniana; las posiciones estratégicas de los soldados son más débiles, faltan recursos, las cadenas de suministro no están suficientemente defendidas, las comunicaciones suelen fallar y la moral se desploma, explica Diesen. Una vez que comienza, el colapso suele adoptar un efecto de alud, dice.




Compañías militares al completo se retiran de sus posiciones sin permiso, lo que desbarata cualquier planteamiento defensivo. Que uno de los nuevos F-16 suministrados por la OTAN y pilotado por uno de los mejores oficiales de la aviación ucraniana fuera derribado en su estreno, hace dos semanas, por el “fuego amigo” de una batería “Patriot”, es síntoma de graves problemas de coordinación. Respecto a la retaguardia, unos 800.000 hombres ucranianos en edad militar han “pasado a la clandestinidad”, cambiando de domicilio y trabajando en negro para no dejar registro laboral y eludir la movilización, informaba el 4 de agosto el Financial Times, citando al jefe de la comisión de desarrollo económico del parlamento ucraniano, Dmitri Nataluji.




Los efectos de la carnicería que está sufriendo Ucrania son inconmensurables. El 78% de los ciudadanos declara tener parientes próximos y amigos que han resultado muertos o heridos en la guerra, según una encuesta telefónica realizada en mayo/junio del año pasado. Veremos qué factura arroja para el futuro todo ese bárbaro e injusto sufrimiento humano. El resentimiento contra Rusia de toda una generación de tantos ucranianos va para largo. Los videos sobre las razzias callejeras del ejército para apresar a quienes eluden el servicio han crecido exponencialmente en las redes sociales. También parece haber mejorado la información militar rusa sobre objetivos, como ilustra la destrucción de un centro militar aparentemente con gran concentración de técnicos militares de la OTAN en Poltava el 3 de septiembre. Y las perspectivas son aún más sombrías para Kíev, pues Rusia, especialmente después de la incursión militar ucraniana en Kursk, se está ensañando aún más con las infraestructuras energéticas del país.




Habiendo perdido ya la quinta parte de su territorio nacional y la tercera parte de su población, la perspectiva de un invierno con severos cortes de luz y calefacción anuncia un nuevo éxodo de centenares de miles de ucranianos hacia la Unión Europea este otoño/invierno. No estamos tan lejos de un colapso militar ucraniano que quizás sea cuestión de algunos meses.


Fuente: Blog de Rafael Poch

lunes, 2 de septiembre de 2024

Rusia-Ucrania-OTAN: ninguna línea roja

 

Experto en comunicación, políticas culturales y autor de artículos sobre arte y cultura.


        A veces olvidamos que las personas, los pueblos, ven los acontecimientos a la luz de su propia historia, de su propia cultura, que a veces puede ser muy diferente. Por supuesto, esto se aplica a todo, y la guerra no es una excepción. Si tenemos en cuenta que la guerra es, en efecto, un conjunto de acontecimientos decididamente explosivos, no sólo desde el punto de vista de los hechos, sino también en sentido figurado, y, por tanto, extremadamente cambiante, sujeto a una dinámica constante y, en cierta medida, dotado de vida propia, es fácil comprender cómo una perspectiva cultural diferente se refleja inevitablemente no sólo en la percepción de la guerra, sino también en su conducción.

El arte occidental de la guerra, por ejemplo, está profundamente marcado por la idea de ataque, entre otras cosas porque prácticamente todas las guerras occidentales han sido históricamente guerras de expansión.




Desde el punto de vista occidental, por tanto, la guerra es predominantemente un asunto ofensivo. Europa, a lo largo de su historia, ha conocido básicamente tres grandes invasiones, ninguna de las cuales llegó a conquistarla por completo: la mongola, la islámica y la otomana. Por el contrario, ha llevado la guerra a todos los rincones del mundo, incluso a los más remotos.




Esta visión de la guerra está tan arraigada en nuestra cultura que nos resulta difícil concebir el acto bélico de otro modo. Y, sea cual sea el curso del conflicto, se concibe en torno a la idea de una acción decisiva. Desde la falange macedónica hasta el primer first strike nuclear, éste es el fil rouge del pensamiento militar occidental.

Desde la aparición de la potencia hegemónica Estados Unidos –que ha hecho del ataque el fundamento de toda su doctrina militar–, la concepción ofensiva de la guerra se ha reforzado, informando a todo el complejo militar-industrial y reflejándose a su vez en la cultura occidental, en su sentido común.

Sin ánimo de recapitular aquí cosas que ya se han dicho muchas veces, podría decirse en cierto sentido que el enfoque cultural ofensivo ha acabado imponiéndose hasta tal punto que, en ocasiones -y de forma cada vez más evidente-, la guerra no sólo ha asumido el papel de instrumento principal (no un instrumento, sino el instrumento), sino que ha acabado solapándose con los fines: la guerra ya no como instrumento para alcanzar objetivos, sino como objetivo en sí.




Aquí se da la paradoja de un afán milenario por alcanzar la máxima capacidad de acción decisiva, que luego se reifica en la acción por la acción; el principio clausewitziano (nunca suficientemente reiterado) de la guerra como instrumento para alcanzar de otro modo un resultado político se transmuta en un estado de guerra permanente, que ya no busca ni el acto decisivo ni la consecución de un objetivo político que esté más allá de la guerra.

Esto se debe en gran medida al hecho de que –precisamente– la guerra se ha convertido también (si no predominantemente) en un medio para alcanzar objetivos económicos, tanto o más que políticos. Es, en efecto, la apoteosis de la idea capitalista, precisamente en virtud del hecho de que no existe otra cadena de producción-consumo tan extensa y rápida. La voracidad de la guerra, en términos de consumo, no tiene parangón.




Esto es aún más evidente cuando se observan las guerras occidentales de la era contemporánea, en las que no sólo prevalece claramente el cálculo utilitarista, la evaluación coste/beneficio, sino que se llega a los límites de las guerras sin ningún objetivo (al menos claro), de las que uno se retira como de una mesa de póker, cuando simplemente ya no le apetece jugar. Guerras que duran décadas (y que cuestan cientos de miles de víctimas), y que se justifican con la consecución de un objetivo, y que de repente se dan por terminadas, sin haber logrado el objetivo declarado, y sin haber sufrido la derrota sobre el terreno. Uno piensa en Vietnam o Afganistán.

Sin embargo, la paradoja sigue sin resolverse. El enfoque cultural occidental sigue orientado hacia la idea de la guerra como acción ofensiva, y ello sigue inspirando las doctrinas militares y, por consiguiente, la articulación de las fuerzas armadas. Pero, al mismo tiempo, el focus se ha desplazado del factor resolutivo al consumo. La duración de la guerra ya no es (simplemente) el tiempo necesario para alcanzar los objetivos políticos, sino el adecuado a las necesidades del ciclo producción-consumo-producción.

El conflicto ruso-ucraniano, que dura ya treinta meses, es un observatorio privilegiado en innumerables aspectos, porque aquí se comparan no sólo diferentes sistemas de armas y diferentes doctrinas militares, sino también concepciones históricas y culturales de la guerra aún más diferentes. Lo cual, por supuesto, refleja de manera significativa no sólo la percepción de la guerra, sino también su conducción. Y no se trata sólo del hecho de que para Rusia esta guerra sea existencial (la existencia y la integridad de la nación rusa están amenazadas), mientras que para el Occidente colectivo sólo forma parte de una estrategia global para defender su hegemonía. La radical diferencia de perspectiva es tal que resulta difícil comprender -independientemente de cómo uno se posicione– el punto de vista ruso.

En primer lugar, hay que reiterar que el lanzamiento de la Operación Militar Especial en febrero de 2022, si bien en términos tácticos fue ofensiva, para los rusos, en términos estratégicos, fue un movimiento defensivo. Moscú percibió claramente el ascenso agresivo de la OTAN, que, si las partes se hubieran invertido, probablemente habría atacado ya en 2014.




Otro factor que tendemos a olvidar es el autoconocimiento.

Rusia sabe que es una nación muy rica en recursos y, por tanto, muy atractiva para un Occidente que, por el contrario, tiene relativamente pocos y siempre ha recurrido al saqueo de los ajenos. Pero también es consciente de sus propias debilidades, que incluso los fanáticos occidentales más acérrimos tienden a olvidar. Es un país inmenso (el más grande del mundo), con una superficie de aproximadamente 18 millones de kilómetros cuadrados (toda Europa tiene aproximadamente 10 millones), pero con una población de 146 millones (Europa nada menos que 745 millones).

Esto por sí solo ayuda a comprender dos cosas muy simples, pero no siempre tan evidentes como deberían ser: hay un enorme territorio que controlar (¡20.000 kilómetros de fronteras terrestres!), al tiempo que el potencial humano al que recurrir es muy limitado, lo que hace que sea doblemente complicado protegerlo, y es necesario preservar al máximo el recurso humano, incluso más valioso que para otras naciones precisamente porque es -relativamente- escaso.

(Desde esta perspectiva, el conflicto ucraniano es realmente rentable para Moscú. Aunque las pérdidas son bastante importantes (probablemente unos 100.000 hombres, incluso si se comparan con al menos 600.000 ucranianos), hay que tener en cuenta que, entre la población de las zonas anexadas y los refugiados de toda Ucrania, ha adquirido alrededor de diez millones de nuevos habitantes. Y, obviamente, más allá de esto está la adquisición de territorios particularmente ricos -a la vista de sus yacimientos mineros y no sólo-, la expansión del control sobre el Mar Negro y el aumento de su profundidad estratégica, cada vez más alejada de las principales ciudades).

Además, aunque Rusia es en realidad considerablemente más poderosa que Ucrania, en realidad ésta es sólo una especie de enorme compañía militar privada de la OTAN y, por lo tanto, la comparación no debería hacerse entre Moscú y Kiev, sino entre la Federación Rusa y los 36 países de la Alianza Atlántica (más otra docena de aliados de Estados Unidos).




Por tanto, estamos en presencia de un conflicto absolutamente simétrico. Y esto por sí solo es suficiente para explicar tanto la duración del conflicto como el hecho de que no se trata de una sucesión unilateral de éxitos para una de las partes; al contrario, es completamente normal que ambos bandos asesten golpes. De hecho, considerando la simetría del conflicto, es notable que los éxitos rusos sean mucho mayores que los ucranianos, tanto en cantidad como en calidad.

En este sentido, la reciente incursión de la OTAN y Ucrania en la región de Kursk no es, de hecho, nada extraordinario, aunque naturalmente, y por razones similares pero opuestas, ambas partes tienen interés en enfatizarla mucho.

Digamos que era fácilmente predecible. Poco después del inicio de la operación militar especial, tras la retirada de las tropas rusas de las regiones de Kiev y Sumy, yo mismo escribí que «en el noreste del país hay una larga línea fronteriza de unos cientos de kilómetros, que tras la retirada de las tropas rusas vuelve a estar en manos ucranianas. Y que, en consecuencia, ofrece la posibilidad de ataques en territorio ruso». Es obvio que el Estado Mayor ruso también sopesó esta eventualidad, y que evidentemente consideró más económico mantener una defensa flexible en ese tramo de frontera, creyendo sin embargo que podría intervenir más adelante, en lugar de fortificarla y/o destinando tropas más preparadas y entrenadas en mayor cantidad.

Además, como bien sabe Moscú, invitar al enemigo a atacar significa ponerlo en una posición en la que afrontará pérdidas más importantes, que es uno de los principales objetivos rusos.

Aunque, evidentemente, Kiev habla de 1.000 kilómetros cuadrados de territorio ruso conquistados, la realidad es muy distinta. Un intento, porque la penetración se debió principalmente a unidades del DRG (grupos móviles de reconocimiento y sabotaje) compuestas cada una por unas pocas docenas de hombres, que avanzaron en profundidad durante unos veinte kilómetros, a lo largo de un frente de unos cincuenta; y luego porque dentro de esta zona no hay una presencia sólida y generalizada de fuerzas ucranianas. Lo que en realidad se ha determinado, en todo caso, es la creación de una gran bolsa en territorio ruso, de unos veinte kilómetros de profundidad, que, tras la estabilización del frente, corre el riesgo de convertirse en una trampa para las fuerzas ucranianas. En cualquier caso, hay que reiterar que lo extraordinario no es la acción ucraniana, sino el hecho de que no haya ocurrido antes. Y, no en segundo lugar, que Rusia todavía tiene una profundidad estratégica infinitamente mayor, teóricamente incluso de 10.000 kilómetros.

Históricamente, en los tiempos modernos y contemporáneos, los ejércitos occidentales han llegado dos veces a Moscú, sólo para salir derrotados.

La misma pregunta respecto de las llamadas líneas rojas. Basta reflexionar un momento sobre ello, evitando el condicionamiento de los medios, para darse cuenta de que esto es un completo disparate: en la guerra, las líneas rojas simplemente no existen. Más aún en una guerra de este nivel. Se trata en gran medida de un minueto de propaganda entre las partes, ni más ni menos que la sucesión de suministros de nuevos sistemas de armas a Kiev.

En ambos casos –una nueva línea roja superada, un nuevo sistema de armas suministrado– ni el marco estratégico ni el táctico cambian, es pura y simple niebla de guerra, funcional al disimulo de los diferentes puntos de vista sobre el conflicto: para la OTAN, se trata de alcanzar algunos objetivos (clara separación de Europa de Rusia, subordinación económica de esta última a los intereses estadounidenses, inicio de un ciclo de producción bélica a gran escala, desgaste y desestabilización de la Federación Rusa…), mientras que para Rusia es defender su espacio vital. Ninguno de los dos quiere llegar ahora a un enfrentamiento directo.

Si la OTAN lo hubiera querido, habría tenido infinitas ventanas de oportunidad para atacar, incluso suponiendo que sintiera una necesidad apremiante de motivarlo ante los ojos de su opinión pública. Otro tanto si Rusia hubiera querido.

La cuestión es que ambos son conscientes de que, en términos estratégicos a largo plazo, el conflicto es inevitable, pero nadie está dispuesto a sostenerlo en este momento, en estas condiciones.

Lo que nadie sabe bien es si esta guerra durará lo suficiente como para convertirse en una verdadera guerra entre Rusia y Estados Unidos y la OTAN, o si terminará antes de que llegue el momento adecuado para el conflicto real.

Por el momento, parece que Estados Unidos se prepara, una vez más, para levantarse de la mesa. Después de Saigón y Kabul, se acerca el momento del bye bye, Kiev.

Fuente: El Viejo Topo