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lunes, 20 de julio de 2026

Radiografía de la minería metálica como fenómeno económico y geopolítico global

 

 Por Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate           Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.


Nadie pone en duda la relevancia económica, política y ecosocial de la minería metálica, convertida en uno de los principales fenómenos de disputa global.


     Cada automóvil eléctrico precisa de 8 kilogramos de litio, 35 de níquel, 20 de manganeso y 14 de cobalto. Las baterías de almacenamiento de energía –claves para el desarrollo de la economía verde en su conjunto– necesitan también los cuatro metales antes citados, además de grafito, vanadio, cobre y aluminio.

Por su parte, los circuitos integrados y semiconductores, engranaje indispensable para el impulso de la digitalización –inteligencia artificial, centros de datos, redes 5G y 6G, cables interoceánicos, etc. –, verían limitada su expansión sin el silicio y otros minerales. A su vez, la amplísima gama de dispositivos electrónicos alimentados por chips, como por ejemplo los teléfonos inteligentes, requieren oro, aluminio, litio, cobre, zinc, níquel, plata, tierras raras, etc.


Las infraestructuras de la inteligencia artificial: poder corporativo y polarización global.

Por último, la industria militar utiliza ingentes cantidades de niobio, magnesio, titanio, renio, molibdeno, tungsteno y uranio para la producción de armamento, negocio al alza tras la escalada promovida por la OTAN desde su Cumbre de Madrid en 2022. Tal es así que el horizonte estipulado para 2035 aspira a situar la inversión en defensa y seguridad en el 5% del PIB.

En resumen: energía, economía verde, digitalización y complejo industrial-militar, buques insignia junto a las finanzas del capitalismo verde oliva y digital hoy en boga –agenda oficial que apunta a la resolución de la crisis sistémica vigente mediante alianzas público-privadas e inversiones masivas en dichos sectores económicos–, dependen de manera estrecha y directa de una serie de minerales fundamentales y/o críticos.


Capitalismo verde oliva y digital.

Específicamente las tierras raras –por sus altas propiedades magnéticas, ópticas, luminiscentes y electroquímicas–, ciertos minerales transversales o multiusos (cobre, aluminio, manganeso), así como los principales metales concentrados para baterías (litio, níquel, cobalto y grafito).


Tierras raras, las nuevas armas del poder geopolítico.

De manera complementaria, el resurgir del oro y la plata como depósito de valor –en un contexto de crisis, incertidumbre y vulnerabilidad monetario-financiera– refuerza la dinámica de expansión planetaria de la frontera extractiva vinculada a la minería metálica.

¿Cuál es la escala real de esta ofensiva? ¿Qué rol juega la minería metálica en el caos geopolítico actual? ¿A qué procesos vinculados a ésta debemos prestar especial atención?

Un análisis económico y geopolítico: entre las expectativas corporativas y el caos global

En los últimos años se han disparado las expectativas de crecimiento de la demanda global de metales. Múltiples informes publicados por diferentes estamentos oficiales y académicos concuerdan en señalar tanto su aumento exponencial como la creciente disputa por el acceso a estos recursos finitos.

El Banco Mundial apuntaba en 2020 la cifra de 3,000 millones de toneladas de minerales necesarias únicamente para el despegue de la energía eólica, solar y geotérmica, así como para su almacenamiento. La Agencia Internacional de la Energía, por su parte, sostenía en 2021 que la demanda de materiales para las tecnologías limpias debería cuadriplicarse entre 2020 y 2024.

Estas expectativas, no obstante, se derivaban de un hipotético horizonte de crecimiento sostenido y generalizado, premisa fallida y contraria a una realidad económica marcada por la tríada estancamiento económico-sobrecapacidad productiva-financiarización.

En resumidas cuentas, la tarta del crecimiento mundial se ha estancado en su expansión –aún en términos relativos y de manera asimétrica–, siendo un magro 2.4% la media esperada para la presente década; los ingentes capitales en liza compiten denodadamente por asegurarse un trozo de esa tarta menguante, alimentando guerras de precios que concluyen en un “juego de suma cero”, donde muchos pierden por falta de rentabilidad y muy pocos ganan; por último, la naturaleza financiarizada de la matriz económica actual –la deuda global alcanzó los 315 billones en 2025, el 333% del PIB mundial– abona horizontes de posibles estallidos financieros y bancarios como los de 2008 y 2023 –no se descarta a medio plazo la explosión de la burbuja de la IA–, retrayendo dinámicas de inversión en la economía real.

En consecuencia, la demanda de metales está en expansión, pero lejos de las desorbitadas expectativas anunciadas. La inversión verde se elevó hasta los 2.2 billones en 2025, la verde oliva los 2,7 billones, mientras la inversión esperada en IA parece catapultarse hasta los 2,6 billones. Cifras más que notables, sin duda, pero incapaces hasta el momento de revertir el estancamiento general ni de superar la sobrecapacidad –por ejemplo, China acapara sólo 1/3 de la inversión verde–, por lo que la necesidad de suministros se torna significativa, pero no tan exponencial como pareciera.

Por tanto, la frontera extractiva vinculada a la minería metálica sigue ampliándose –el volumen del sector ya se duplicó entre 2017 y 2022–, fruto tanto de la demanda verde oliva y digital como de su consideración como depósito prioritario de valor, pero en un contexto de crisis, problemas de rentabilidad corporativa e incertidumbre.

Un contexto económico que, en todo caso, no desactiva sino que intensifica un marco geopolítico definido por el caos y la violencia, y en la que la disputa minera juega un rol clave.

En este sentido, el orden internacional consolidado tras la segunda guerra mundial está siendo desmantelado por su propio impulsor –Estados Unidos–, al constatar que China se ha convertido de facto en el nuevo hegemón económico, liderando rubros estratégicos –automóvil eléctrico, bombas de calor, paneles solares, energía eólica, redes 5G y 6G– y, como después analizaremos, la estratégica extracción y transformación de metales. El multilateralismo y las reglas generales saltan en consecuencia por los aires, y se imponen las dinámicas de guerra económica y militar como vía para solucionar conflictos y garantizar las propias dinámicas de acumulación frente a la hegemonía china.

Esta guerra se sustancia, más allá de la creación de zonas de seguridad e influencia para cada bloque regional, en la disputa en torno a tres ámbitos clave para el control de las principales cadenas globales de valor: los sectores punta verde oliva y digitales aún en competencia, específicamente la inteligencia artificial generativa y los semiconductores; las rutas comerciales, de manera especial Oriente Medio como pivote de Eurasia, así como Groenlandia dentro de la hipotética ruta a través del Ártico; y, por supuesto, los suministros como base de la pirámide de acumulación, dentro de los cuales destaca la energía fósil y, de manera  creciente, la minería metálica.


Puntos calientes de la geopolítica de la energía y los materiales.

Y la principal seña de identidad del sector minero-metálico es el evidente liderazgo de China tanto en la extracción como sobre todo en la transformación, a partir de planes, negocios y acuerdos estratégicos impulsados desde hace décadas.

En la actualidad, China extrae el 70% de las tierras raras –controlando el 90% de su refino y procesamiento–, produce el 56% del litio, gestiona el 50% de la transformación del cobalto –garantizando su acceso mediante acuerdos con República Democrática del Congo–, maneja el 60% del grafito, genera el 10% del cobre y refina el 50% del níquel, por poner sólo algunos de los ejemplos más significativos.

Esta posición de poder le permite no sólo alimentar sus cadenas globales de valor, sino también responder a las dinámicas de guerra económica lanzadas por Estados Unidos y sus aliados. Por ejemplo, la guerra arancelaria lanzada en 2025 por Trump, que pretendía incrementar los aranceles a productos chinos hasta un 145%, fue revertida y anulada por las restricciones chinas a la exportación de tierras raras para las corporaciones de defensa y automoción norteamericanas.

Estas estrategias de guerra económica, no obstante, se siguen impulsando dentro de una amplia batería de agresivas medidas impulsadas por un Occidente vulnerable y dependiente de suministros externos: ampliación de la frontera minera en sus propios territorios, bajo la premisa de garantizar la “autosuficiencia estratégica”; desarrollo de normativas proteccionistas y de exclusión de facto de suministros chinos; firma febril de tratados de comercio y acuerdos de materiales críticos y/o estratégicos, así como de proyectos internacionales de inversión como el Global Gateway europeo, o el proyecto Bóveda de Estados Unidos para el control de las tierras raras; impulso de estrategias imperiales, como la recuperación explícita de la Doctrina Monroe para América Latina por parte de Estados Unidos, en un intento por apropiarse de sus bienes naturales; y, por supuesto, agresiones militares directas como vía de expropiación y despojo sobre los mismos, tanto por su vertiente fósil como minera.

En conclusión, la minería metálica, aún lejos de las cebadas expectativas de crecimiento de su demanda, consolida su tendencia expansiva, y se convierte en uno de los principales ejes de la disputa económica y geopolítica en ciernes, acrecentando el caos vigente.

Principales alertas en torno al fenómeno minero-metálico

Concluimos el artículo alertando sobre tres de los procesos más significativos y peligrosos derivados de este fenómeno global.

Destacamos en primer lugar la proliferación de megaproyectos mineros, tanto en los países periféricos como centrales, impulsados por empresas transnacionales y protegidos por sus alianzas institucionales. La minería supone una tipología de megaproyectos especialmente nociva –máxime en el marco de impunidad corporativa que impera en muchos territorios–, generadora de grandes desastres ecológicos, criminalización, violencia, autoritarismo, división social y devastación económica. El marco para el crecimiento exponencial de la conflictividad social, por tanto, está servido, en un contexto no sólo de desregulación sino de destrucción de derechos.

En segundo término, asistimos con preocupación al fortalecimiento de un contexto geopolítico de imperialismo, colonialismo, dependencia y reprimarización, al que la disputa minera contribuye notablemente. Por un lado, corporaciones y estados centrales utilizan todos sus dispositivos económicos, diplomáticos y militares para apropiarse de los recursos que necesitan sus cadenas de valor, sin rubor alguno. Por el otro, gobiernos y élites de países periféricos se abonan crecientemente al extractivismo como vía de inserción internacional. El sector metálico, en consecuencia, contribuye a la consolidación de agendas violentas y de desestructuración política y social.

Por último, es especialmente grave el vínculo directo y creciente entre la minería metálica y el avance del régimen de guerra. Como ya hemos señalado previamente, son sobre todo las inversiones digitales y armamentísticas las que definen el horizonte económico y geopolítico actual, especialmente en la conexión entre inteligencia artificial y el complejo militar y securitario.

Si la guerra económica no ha dado para Occidente los resultados esperados, es la guerra pura y dura donde Estados Unidos y sus aliados sitúan ahora el desesperado intento tanto por fomentar la acumulación de capital de sus corporaciones, como la herramienta principal para sostener su posición internacional, a partir de su aparente primacía tecnológica en el vínculo entre belicismo e IA. Las nuevas herramientas militares utilizadas en Gaza, Venezuela e Irán evidencian esta apuesta estratégica, fortaleciendo la lógica de bloque público-privado entre estados y grandes tecnológicas como Palantir.

Esta agenda bélico-digital en ascenso, centrada en el desmantelamiento del Estado social, el control social masivo y del desarrollo armamentístico de última generación sería imposible sin la minería metálica, por lo ya expuesto en la introducción.

Por tanto, el extractivismo minero supone hoy un fenómeno global de primer orden, modelador del caos geopolítico vigente y del régimen de guerra en expansión. Es fundamental acelerar la movilización popular contra su avance, la regulación democrática de su uso, así como el impulso de una agenda minera propia por parte de pueblos y movimientos sociales en pos de una transición ecosocial justa.


Fuente: Rebelión

martes, 11 de febrero de 2025

El litio o la vida: la apuesta de Trump por el saqueo de Ucrania

 


   Periodista. Colabora con L'AntiDiplomatico, Contropiano y la revista Nuova Unità.


Según el New York Times, Kiev estaría dispuesto a llegar a un acuerdo sobre los minerales, a cambio de «garantías de seguridad». Pero el 70% de todos los metales raros se extraen en territorios que ahora forman parte de Rusia.


     Ucrania es un país muy rico. Dicho así, parece un ultraje más a un pueblo que, desde hace más de diez años, sufre las prevaricaciones de los oligarcas locales y de las bandas financiero-empresariales internacionales (FMI, Banco Mundial, etc.), encadenados por escuadrones neonazis que encarcelan, torturan, asesinan a cualquier opositor, incluso de su propio campo, que no se adapte plenamente a los dictados de la junta golpista nazi que salió del Maidán. Un pueblo, el pueblo ucraniano, obligado a sufrir el acoso de quienes han reducido poco a poco la que fuera la República más rica y desarrollada de la antigua Unión Soviética a una tierra de conquista de capitales de medio mundo, matando de hambre y reduciendo hasta la extenuación a los millones de personas que no querían, o no podían, abandonar el país con esperanza (muy a menudo decepcionados, por las condiciones casi siempre impuestas a los trabajadores migrantes por los patrones «proeuropeos») para reconstruir sus vidas.

Pero Ucrania es realmente un país muy rico. Meses atrás lo dijo el senador republicano yanqui Lindsey Graham, hablando de 10-12.000 millones de dólares de minerales críticos que estarían en su subsuelo y que, por lo tanto, librar una guerra en Ucrania es un «gran negocio» para Estados Unidos.


Lindsey Graham

También lo había dicho el director del Instituto Alemán del Litio, Ulrich Blum, dejando claro que lo que más anhela Occidente en Ucrania son sus yacimientos de litio. Lo cierto es que al menos 21 de los 30 elementos clasificados por la UE como «materias primas críticas» para el desarrollo de la energía verde se encuentran en el subsuelo del país.




Los gigantes agroalimentarios que se han apoderado de las fértiles tierras negras ucranianas lo saben desde hace muchos años: Cargill, Dupont, Monsanto, etc.


Distribución mundial de Tierras Negras (Chernozem).

También lo saben bien en Moscú: cuando, el pasado mes de enero, Kurakhovo y Shevchenko cayeron en manos rusas, no pocos se apresuraron a recordar que el mayor yacimiento de litio de la parte occidental de la RPD se encuentra en esa zona.

Pero, ahora, el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha puesto «oficialmente» sus ojos en esas riquezas. Y la cosa toma otro aspecto. Es cierto que, a pesar de que el valor total de todos los minerales ucranianos ronda los 15.000 mil millones de dólares, según Forbes, Moscú se ha hecho con el control de alrededor del 70% de los yacimientos de las regiones de Donetsk, Dnepropetrovsk y Lugansk.

Sin embargo, Trump ha colocado explícitamente una hipoteca yanqui sobre los depósitos de metales preciosos ucranianos restantes. Y, como también señaló la alemana Sahra Wagenknecht, Trump está listo para continuar la guerra de poder si recibe garantías de Kiev de que puede asegurar los metales de tierras raras y otras materias primas ucranianas. Una garantía que, en teoría, Kiev tiene asegurada desde hace meses, como veremos.

El politólogo Timofej Belov observa en «BajBajden» que el presidente de Estados Unidos, al adelantar la solicitud de los metales -titanio, litio, berilio, manganeso, galio, uranio, circonio, grafito, apatita, fluorita y níquel- no habló de pagos, limitándose a recordar a los vasallos de Kiev que Washington ya ha dado casi 200 mil millones de dólares. También es «curioso» el hecho de que las palabras de Trump se produjeran el mismo día en que China anunciaba que impondría restricciones a las exportaciones de tungsteno, indio, bismuto, telurio y molibdeno y unos minutos después de que EE.UU. impusiera nuevos aranceles a los productos chinos.


Mina de litio.

El problema para Washington, sin embargo, radica en el hecho mencionado por Forbes, mencionado anteriormente: el 70% de todos los metales raros se extraen en territorios que ahora forman parte de Rusia. Pero, evidentemente, algunas «migajas» debieron quedar en el resto del territorio ucraniano (aún hoy) y, con la perspectiva del fin del conflicto, EEUU cuenta con tener acceso a él. Así, señala Belov, la «fórmula de paz» trumpiana no es más que «la transformación oficial de los residuos de Ucrania en un apéndice de las materias primas occidentales».

Según el New York Times, Kiev estaría dispuesto a llegar a un acuerdo sobre los minerales, a cambio de «garantías de seguridad». Por supuesto, no se dejen engañar por el tono melifluo del NYT: desde hace más de diez años, sabemos que no le corresponde a Kiev decidir si está de acuerdo o no con lo que exige la Casa Blanca. Pero sigamos adelante. Y de hecho, el líder golpista nazi, Vladímir Zelenski, que ya estaba en su peregrinación a Washington el pasado mes de septiembre, para ganarse las simpatías de Trump durante su campaña electoral, había dado por sentado que si Washington seguía apoyando «sus esfuerzos militares, podría acceder a las riquezas del país como el litio, el uranio, el titanio».

Es decir, uno de los puntos del delirante «plan de victoria» consistía en proponer a Washington el reparto de recursos naturales cruciales, así como el reemplazo de las tropas yanquis en Europa por tropas ucranianas y el otorgamiento de poderes de control de inversiones a Trump para bloquear los intereses comerciales chinos en Ucrania. Y, según el diario británico Financial Times, la «oferta» yanqui sobre los metales de tierras raras «parece estar en línea con la estrategia de Zelensky» del elusivo «plan de victoria». Un «plan» que Donald Trump, como el empresario experimentado que es, traduce en pocas palabras con «Invertimos cientos de miles de millones de dólares y ellos tienen recursos maravillosos. Los queremos como garantía. Y están dispuestos a hacerlo»; un «plan» cuya sustancia se revela claramente: la matanza de jóvenes ucranianos en el frente para dar a Estados Unidos las riquezas naturales del país.

Y, sin embargo, observa el politólogo Rostislav Ishchenko, los discursos de Trump están dirigidos sobre todo a la audiencia interna porque, por el momento, nadie puede decir qué quedará de Ucrania ni siquiera en un par de semanas y, por lo tanto, también de ese 30% de la riqueza subterránea no acaparada por Rusia. Evidentemente, el público estadounidense también está cansado del conflicto; por lo tanto, diciendo que a Rusia hay que combatirla con manos ucranianas, porque ya no basta con la que ataca la hegemonía yanqui en el mundo; Los estadounidenses son «gente práctica, entienden cuando en lugar de un dólar hay dos, pero cuando en lugar de un dólar hay una Rusia malvada, no lo entienden». Es necesaria una retroalimentación concreta: miles de millones de recursos naturales.

Por otra parte, el mismo juego había sido diseñado en 1918 por el «demócrata y pacifista» Woodrow Wilson, en el momento de la intervención de las potencias extranjeras contra la joven Rusia soviética, con el plan de ayuda a los Guardias Blancos, detrás del cual aparecía a la vista el plan de penetración del capital yanqui en el norte de Rusia y Siberia. Como recordaba el historiador Aleksandr Beryozkin en la década de 1950, «siguiendo a las tropas, Estados Unidos se preparaba para enviar innumerables misiones de comerciantes y otros a Siberia». ¿Qué ha cambiado?

En cuanto a Ucrania, Washington tiene que decir que allí hay mucha riqueza, tierra negra, tierra metalúrgica. Hace una década, se centraron en el gas de esquisto ucraniano; Hoy en día hay metales. Pero, ¿realmente hay alguno? La junta golpista admite que más de la mitad de sus recursos naturales ya no están bajo el control de Kiev y esa «buena gente rica» de Forbes, como se mencionó anteriormente, lo confirma. En la parte occidental de Ucrania, la principal riqueza está constituida por la tierra: en particular, los suelos negros muy fértiles; pero, incluso esas, hace tiempo que pasaron a ser propiedad de las multinacionales alimentarias, después de eso, durante años, hasta que la Rada aprobó la ley sobre la venta de tierras a extranjeros, se habían limitado a alquilarlas a los agricultores ucranianos.

Lo mismo ocurre con los recursos minerales: Kiev pregona sus «incalculables» reservas de gas de esquisto aquí y allá, pero gigantes como Shell y Chevron han intentado extraerlo tanto en el oeste como en el este de Ucrania, con el resultado de que ni el este ni el oeste eran volúmenes rentables. Por lo tanto, no se descarta que ocurra lo mismo con el litio y otros metales.

Sin embargo, es posible, especula Komsomol’skaja Pravda, que Trump entienda perfectamente que Kiev está tratando de «imponerle un paquete» y que haya utilizado el mensaje sobre los metales de tierras raras solo como pretexto para reanudar el suministro de armas a Ucrania. Y para justificar el aplazamiento de la «paz en veinticuatro horas». Del mismo modo que es posible que el anuncio del acuerdo sea un mensaje a Rusia en la línea de «Apoyaremos a Ucrania y tomaremos sus recursos», para presentar a Moscú el peor escenario posible y hacerlo más complaciente.

Pero, en este momento, también dada la situación sobre el terreno, no parece que Moscú sea tan chantajeable; y tampoco demasiado complaciente.


Fuente: EL VIEJO TOPO

martes, 14 de enero de 2025

Historia de dos productores de litio

 

      Revista trimestral socialista estadounidense con sede en Nueva York. Ofrece perspectivas sobre política, economía y cultura.


El mercado mundial se apresura a extraer litio de Argentina y Chile. El presidente argentino Javier Milei ha desatado un frenesí de beneficios empresariales, mientras que el chileno Gabriel Boric exige que su país reciba la parte que le corresponde



     La mitad del litio registrado en el mundo se encuentra en las salinas de tres países: Bolivia, Argentina y Chile. Bolivia posee los mayores yacimientos del «Triángulo del Litio», pero la resistencia de los grupos indígenas y las tensas relaciones con el capital extranjero han mantenido al mineral bajo tierra. Dado que los fabricantes de vehículos eléctricos prevén un déficit de suministro de litio a partir de 2028, los inversores se fijan en los ricos recursos de Argentina y Chile, donde dos gobiernos diametralmente opuestos han adoptado enfoques radicalmente distintos respecto a su riqueza mineral.




Chile es actualmente el segundo productor mundial de litio, después de Australia. Debido a que el país designó el litio como recurso estratégico en 1979, solo ha otorgado concesiones a dos empresas, la chilena SQM y la estadounidense Albemarle. El presidente progresista Gabriel Boric anunció un plan para aumentar la producción en 2023, pero espera hacerlo manteniendo cierto grado de control estatal sobre la enorme industria extractiva. Aunque el plan de Boric abre nuevos salares a los inversores, también prevé la creación de una empresa estatal de litio, que supervisará sus propios proyectos y tendrá una participación sustancial en todas las empresas mineras privadas. Cuando Albemarle y SQM renueven sus contratos, tendrán que dar al Estado una participación mayoritaria en sus operaciones.




«Si fuera mi dinero, me iría a explorar Argentina», señaló Daniel Jiménez, un antiguo ejecutivo de SQM, en respuesta al plan de Boric de asociaciones público-privadas. Eso es exactamente lo que están haciendo muchos inversores. En Argentina pueden contar con el apoyo del presidente libertariano Javier Milei, cuya estrategia para reactivar la alicaída economía del país incluye tender una alfombra roja a las empresas mineras extranjeras. De los países del Triángulo del Litio, Argentina es, con mucho, el que menos restricciones impone a la extracción extranjera.

Milei pretende impulsar aún más la industria mediante la privatización de dos empresas mineras estatales, la eliminación de un impuesto a la exportación del 8% sobre los productos mineros, la supresión de las restricciones aduaneras y el fin de la obligación de que las empresas informen al gobierno de sus datos financieros y medioambientales. El resultado ha sido lo que la prensa económica denomina una «fiebre del oro blanco», y JPMorgan Chase prevé que la industria argentina del litio podría superar a la chilena en 2027.

La estrategia de Milei puede ser rentable a corto plazo: al aumentar las exportaciones, por ejemplo, Argentina puede fortalecer su hiperinflacionaria moneda. Pero cada tonelada de litio extraída consume medio millón de litros de agua, y los expertos advierten de que la bonanza minera argentina podría convertir los áridos Andes en un desierto.

Fuente: JACOBIN

lunes, 12 de agosto de 2024

¿Sueña Elon Musk con esclavos en Marte?

 

Historiadora. Autora de No somos esclavas, Revolucionarias, Amazon, el secreto está en la explotación, Patriarcado y capitalismo...

Los grandes avances tecnológicos y científicos, en manos de los capitalistas, se vuelven instrumentos para redoblar la precariedad, el control de la mano de obra y el expolio

     Elon Musk y Jeff Bezos, los dos hombres más ricos del mundo, serían dignos supervillanos de muchas películas, aunque en este caso la realidad es mucho peor que la ficción. Ambos son propietarios de emporios multinacionales que explotan a millones de personas y que incluyen ambiciosos proyectos espaciales, redes satelitales, investigación en IA, cadenas logísticas globales, plataformas de venta online, medios de comunicación, redes sociales, infraestructuras de servidores, fábricas automovilísticas y mucho más. La fortuna personal de Elon Musk se calcula en 240.000 millones de dólares y la de Jeff Bezos en 200.000 millones, según Forbes. Pero eso no es todo: ¡ambos compiten actualmente en la carrera espacial por Marte! La NASA tiene varios contratos con las empresas SpaceX (Elon Musk) y Blue Origin (Jeff Bezos), como parte de un programa para instalar bases en el planeta rojo.




Según una investigación del New York Times, SpaceX ha creado varias divisiones de investigación con el objetivo a largo plazo de construir una colonia autosostenible en Marte. El proyecto tendría por delante todo tipo de obstáculos. La creación de cohetes reutilizables de grandes dimensiones para trasladar enormes cantidades de materiales e insumos sería solo el primero de los problemas. Mientras algunos científicos estarían trabajando en el diseño de trajes espaciales para resistir condiciones ambientales hostiles, otros indagan si sería posible la reproducción biológica de la especie humana fuera de nuestro planeta. Elon Musk desmintió en X que hubiera donado esperma para evaluar las posibilidades de cultivar una pequeña colonia de terrícolas en el espacio, una posibilidad verosímil teniendo en cuenta su personalidad. Musk adhiere a la ideología pronatalista de los neorreaccionarios (NRx), un movimiento encabezado por millonarios ultraconservadores que financian al actual candidato a la vicepresidencia de EEUU, James D. Vance. Estos se definen como antiigualitaristas, contrarios a la ilustración y a la democracia liberal. Piensan que están llamados a “salvar a la humanidad” mediante el desarrollo tecnológico y políticas oligárquicas. Promueven que los países más ricos suban las tasas de natalidad (natalidad blanca, claro está), para evitar la amenaza del “gran reemplazo” provocado por oleadas migratorias. Musk ya tiene 10 hijos con diferentes mujeres. No es extraño que considere que su propia “semilla” sería la más adecuada para iniciar una nueva especie afincada en Marte. Más nazi, no se puede.




Los delirios de grandeza de Elon Musk (le gusta llamarse a sí mismo “Emperador de Marte” o “Tecno Rey de Tesla”) no son ajenos a una época de crisis profunda del orden neoliberal occidental, en la que emergen figuras aberrantes que, a su modo, expresan la locura de la razón económica. Su ambición es llevar al extremo la irracionalidad capitalista, en su propio beneficio, como nuevos sheriffs acaudalados de un oeste salvaje. No por nada, Elon Musk es el capitalista más admirado por Javier Milei, otro que cree que tiene línea directa con la divinidad y que habla con sus perros en el más allá. Cierto es que también están unidos por intereses más “terrenales”: Musk busca quedarse con las codiciadas reservas de litio del norte argentino y ya ha comenzado su avanzada en el país con la empresa de satélites Starlink.




Si bien Marx ya había señalado que el capitalismo busca transformar el mundo entero a su imagen, quizás se hubiera sorprendido del grado de megalomanía de estas nuevas personificaciones del capital en el siglo XXI.

Del sueño tecnológico californiano a los talleres ocultos del capital

Alguien podría pensar que estos supermillonarios juegan algún papel progresivo en la sociedad, ya que con su “iniciativa emprendedora” impulsan proyectos que beneficiarán a todos. Si creyéramos al pie de la letra el mito de Silicon Valley, Amazon debería su éxito a la genialidad de Jeff Bezos y su audacia para aprovechar las oportunidades del mercado. Ya planteamos en un artículo anterior algunas cosas sobre el credo ultraliberal de la libertad como libertad de mercado. Conforme a esta ideología, el emprendedurismo de las tech abre el camino para que florezcan mil flores, porque todos tendrían la posibilidad de acceder al juego. El premio será para quienes arriesgan y ganan: una oda a la meritocracia neoliberal. Pero las cosas no son lo que parecen.




En 2021, Jeff Bezos realizó un viaje de diez minutos al espacio como parte de su proyecto de “turismo espacial”. En la rueda de prensa que dio al regresar, hizo declaraciones bastante provocadoras: “Quiero dar las gracias a todos los trabajadores de Amazon y a todos los clientes de Amazon. ¡Porque vosotros habéis pagado todo esto!”. Marx le hubiera dado la razón: lo pagamos todos.




El poder económico del top five de las tecnológicas es tan grande, que algunos incluso creen ver la aparición de un nuevo tipo de feudalismo tecnológico

Amazon es la empresa de logística más grande del planeta y la mayor empleadora: más de un millón y medio de trabajadores precarios contratados de forma directa y cientos de miles que trabajan para Amazon a través de empresas externalizadas. En sus grandes almacenes, miles de trabajadores y trabajadoras son sometidos cada día a intensos ritmos de trabajo, controlados mediante escáneres, cámaras y algoritmos. Para Amazon, son un engranaje más en las cadenas globales de suministros y la “logística inteligente” que permite mover con rapidez y a través de largas distancias mercancías producidas en países con mano de obra todavía más barata y sin derechos. Por eso los trabajadores de Amazon salen a la huelga en muchos países con el lema: “No somos robots”. La empresa de Jeff Bezos es conocida por sus prácticas antisindicales en todo el mundo. Como analizamos con detalle en el libro Amazon desde dentro: el secreto está en la explotación (CTXT, 2024), Amazon utiliza tecnologías propias del siglo XXI para imponer condiciones laborales del siglo XIX. Y es ahí donde hay que buscar uno de los secretos más importantes de la fortuna de Jeff Bezos.




Marx analizó los secretos ocultos de la producción capitalista, develando las mentiras del relato liberal sobre un “intercambio entre iguales” en el mercado laboral (uno de los sentidos comunes más extendidos en nuestra sociedad). Cuando, de una parte, hay millones de personas que dependen de un salario para sobrevivir, y, del otro lado, se encuentran capitalistas multimillonarios, a eso no lo podemos llamar “intercambio igualitario”. La igualdad formal encubre una desigualdad sustancial que está presente en las relaciones sociales. Millones de seres humanos no pueden cubrir las necesidades mínimas de alimentarse, tener una vivienda, reproducirse y poco más, a no ser que pasen gran parte de su vida en el trabajo asalariado. Muchos otros ni siquiera tienen esa opción.

El secreto de la ganancia capitalista está en la apropiación del trabajo ajeno, eso que llamamos explotación. Como explicó el economista marxista belga Ernest Mandel: “El origen de la plusvalía está, pues, en el trabajo excedente, en el trabajo gratuito apropiado por el capitalista. ‘Pero eso es un robo’, se gritará. La respuesta debe ser ‘sí y no’. Sí, desde el punto de vista del obrero; no, desde el punto de vista del capitalista y de las leyes del mercado”. Es decir, se trata de un robo legalizado. Si los capitalistas pueden apropiarse de ese plusvalor creado por el trabajo de los obreros, es porque estos se han transformado en una mercancía (su fuerza de trabajo), porque no tienen otro modo de sobrevivir que vender su fuerza de trabajo en el mercado.

El capital es insaciable, su tendencia a la expansión y la concentración está inscrita en su ADN. Eso que fue vislumbrado por Marx adquiere dimensiones inéditas. Entre las empresas tecnológicas, la concentración de capital ha crecido con un ritmo fenomenal. YouTube fue adquirida por Google, Twitter fue comprada por Elon Musk, Facebook se quedó con Instagram, Amazon ha adquirido numerosas empresas que eran su competencia, desde cadenas de librerías online hasta supermercados. En un plazo de veinte años, el club de las empresas más grandes en términos de capitalización bursátil ha cambiado bastante. Mientras que en el año 2000 el top five lo encabezaban Exxon Mobil, General Electric, Microsoft, Citigroup y BP (hidrocarburos), para el 2019 el ranking lo lideraba Apple, seguida de Microsoft, Alphabet (Google), Amazon y Facebook. Su poder económico es tan grande, que algunos incluso creen ver la aparición de un nuevo tipo de feudalismo tecnológico. La realidad es que las tendencias a la concentración monopolística, propias del capitalismo desde fines del siglo XIX, no han dejado de aumentar en las últimas décadas. La competencia no desaparece, sino que se exacerba entre empresas de proporciones gigantescas.

Noruega, el país con más coches eléctricos del mundo, sostiene ese crecimiento a base de una caja de subvenciones estatales sin igual

Los secretos de Elon Musk: subvenciones estatales y explotación infantil

Elon Musk es propietario de Tesla, la empresa líder en producción de automóviles eléctricos. Cuando muchos países apuestan por planes para reemplazar los rodados de combustible fósil por nuevos modelos “sostenibles”, esa industria es un nicho para grandes negocios capitalistas. Una producción que viene siendo regada con miles de millones en ayudas estatales, desde los fondos europeos Next Generation a otras iniciativas de financiación. Noruega, el país con mayor porcentaje de coches eléctricos del mundo, sostiene ese crecimiento a base de una caja de subvenciones estatales sin igual, todo en nombre de la “transición verde”. Parece que para los negocios exitosos no alcanzaba con el libre mercado.




La industria de los coches eléctricos se presenta en el relato del “capitalismo verde” como la única solución para el futuro. Como si no hubiera otras opciones para el transporte urbano más racionales y menos destructivas del ambiente que la circulación de millones de automóviles para uso individual en carreteras atestadas. Pero los espejitos de colores que ofrece Elon Musk no pueden ocultar una realidad mucho más funesta. Como sabemos, las baterías de los coches eléctricos necesitan litio y coltán, así como otros minerales. Estos son extraídos por multinacionales en países del sur global en condiciones laborales inhumanas, expoliando bienes comunes naturales de pueblos y comunidades originarias.




Las minas “artesanales” del Congo son uno de los casos más extremos. Según una investigación de Amnistía Internacional, la mayoría de los fabricantes de baterías eléctricas y empresas como Tesla compran coltán a proveedores que se abastecen de la minería que utiliza trabajo infantil. En 2020, el 70% de la producción mundial de cobalto provenía de ese país. Milicias armadas y el ejército se disputan el control de la región, mediante conflictos armados y abusos generalizados a la población. Diversas organizaciones han denunciado que más de 40.000 niños participan de la minería en la región este del Congo. Estos escenarios infernales son fuente de enormes ganancias para los capitalistas más ricos del planeta. Una vez extraído, el mineral se “lava” en los papeles mediante maniobras fraudulentas para hacer constar que su origen es otro. El Congo, que fue escenario de uno de los primeros genocidios a gran escala por parte de los ejércitos coloniales europeos, hoy reproduce aquella barbarie. En su momento, Marx señaló que el capital había llegado al mundo chorreando lodo y sangre. El capitalismo “verde” de Elon Musk, Von der Leyen y la Comisión Europea sigue siendo esa trituradora de huesos cruenta y mortal. Las guerras comerciales y crecientes choques entre potencias a nivel global anuncian nuevas disputas por los recursos y los mercados mundiales en un mundo convulso.




Mientras tanto, en sus fábricas de Tesla, Musk redobla sus políticas antisindicales para impedir la organización de los trabajadores. Podemos imaginar también cómo le gustaría organizar sus “colonias marcianas”: con esclavos sin derechos.

Los grandes avances tecnológicos y científicos, en manos de los capitalistas se vuelven instrumentos para redoblar la precariedad, el control de la mano de obra y el expolio. Expropiar a los expropiadores, como propone Marx, es necesario para liberar las potencialidades del conocimiento y el trabajo humano y permitir que este tome nuevos rumbos que sean realmente emancipadores.

Elon Musk ha posteado esta semana una frase en X: “Civil war is inevitable” [la guerra civil es inevitable]. Lo hizo como comentario para justificar la acción violenta de los grupos de choque racistas en Reino Unido, mientras estos atacaban centros de refugiados y a personas migrantes. “La guerra civil es inevitable”: con ese horizonte en mente, Elon Musk financia la campaña de Donald Trump y agita en la red X contra cualquier forma de resistencia organizada. Sus discursos racistas, tránsfobos y antiobreros señalan claramente en qué lado de la barricada se ubica. Si Marx tuviera hoy una cuenta en X, seguramente le respondería: “La guerra civil es inevitable, pero es una guerra de clases. Prepárate Musk, que esta vez podemos ganarla”.


Fuente: Ctxt