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jueves, 23 de octubre de 2025

El Gran Salto al Vacío

 

 Por Antonio Turiel     
      Físico, matemático y experto en Energía del CSIC.


     En este agitado 2025 se van sucediendo eventos que, si bien pueden y van siendo asumidos dentro de "la nueva normalidad", lo cierto es que cada vez van siendo más disruptivos y perturbadores. Desde la creciente escasez de combustibles en América Latina y África hasta el genocidio en Palestina, pasando por la guerra en Ucrania o los abusivos aranceles de los EE.UU. al resto de mundo, con el reciente contraataque de China limitando la exportación de tierras raras, y rematando en asuntos más domésticos con la carestía y escasez de un bien tan fundamental como es la vivienda. Y todo eso sin hablar de la inestabilidad climática y el resto de problemas, mientras los que vivimos a orillas del Mediterráneo contenemos la respiración, deseando que este año no, que este año no nos toque.




Se respira un ambiente de fin de ciclo, pero no de un ciclo cualquiera, sino de uno más importante - no sé si secular, pero de seguro es un fin de etapa importante. El mundo se prepara para una situación que, para mi, tiene mucho que ver con la creciente escasez de recursos y la dificultad de mantener rentabilidades clásicas.

Y precisamente en este momento, quizá precisamente por ser este momento, mis eternos detractores, que dicen que no es verdad que hayamos superado ya los picos del petróleo y del uranio... podrían finalmente tener razón. Aunque sea por poco tiempo, aunque sea de manera breve y poco duradera, y aunque este canto del cisne lleve a una caída más precipitada posterior, todo apunta a que podríamos (aún está por ver si lo conseguimos) pasar las marcas de producción que en el caso del petróleo se consiguió en 2018, y en el caso del uranio en 2016.

Vayamos primero con el petróleo: como nos muestran los últimos datos de la Energy Information Administration sobre la producción mundial de crudo y condensado (la parte del petróleo que puede usarse como combustible, lo cual excluye mayormente los líquidos del gas natural, que se usan para hacer plásticos), estamos a punto de superar el pico de noviembre de 2018 (fíjense en la curva verde). Por primera vez en mucho tiempo, las previsiones que hace la propia EIA (curva roja) parecen creíbles.




No se muestra una subida continua, solamente una recuperación ligeramente aumentada de los niveles de 2018. Lo cual es curioso, porque sabemos que la producción del mundo excluyendo a los EE.UU. lleva en ligero declive desde 2015. Y es que, efectivamente, hace ya diez años que todo aumento de la producción total de petróleo depende de los aumentos de producción del fracking estadounidense. Hace 12 años, la mayoría de las empresas que se dedicaban al fracking quebraron, y el sector hubiera desaparecido de no ser por la intensa ayuda gubernamental, especialmente con la primera presidencia de Donald Trump, pero también aunque sea menos reconocido con la de Joe Biden. Sin embargo, ese milagro no podía durar para siempre, y aunque la pandemia de la CoVid dio un respiro momentáneo (al hacer caer la demanda de petróleo) estamos llegando al final del camino. Como explica Quark (alias de Antonio García Asenjo) en su magnífico blog, los aumentos de productividad de los últimos 4 años tienen que ver sobre todo con la finalización de los pozos ya perforados pero aún no completados (los DUC), que básicamente son una despensa que se agota si no se va reponiendo. Y aparentemente el ritmo de consumo de los DUCs es mucho mayor que el de su reposición, al punto de que al ritmo actual de caída nos quedaremos virtualmente sin DUCs el año que viene:




En el fondo, perforar nuevos pozos, pese a las mejoras técnicas (que sin duda las ha habido en todos estos años) ya no es tan rentable, sobre todo cuando las mejores localizaciones para la producción ya están virtualmente agotadas. En esencia, estamos liquidando la inversión hecha ya hace unos años, sin reponer (ni tener intención de reponer) lo gastado. ¿A dónde nos lleva esto? Como dice Quark en su blog, a una caída bastante rápida de producción probablemente a partir de 2026, en función de las medidas que se tomen o no. En suma, la huída hacia adelante lo que va a llevar es a una caída de la producción total más precipitada de lo que hubiera sido de otro modo.

¿Y para qué? Probablemente para que Donald Trump pueda cumplir su promesa de una gasolina barata para los estadounidenses. En el momento actual, con la producción de petróleo apuntando hacia máximos, pero sobre todo con un consumo en decadencia por la fuerte recesión instalada en Europa y cierto parón en China, más el viento recesivo de los aranceles, tenemos un precio del petróleo relativamente bajo (60 dólares por barril de Brent, que tampoco es una bicoca, pero es aceptable hoy en día). En suma, por razones de cortas miras políticas, vamos a aumentar, por un breve momento, la producción de petróleo.

¿Sobrepasaremos la marca de noviembre de 2018? Tampoco es 100% seguro. De un lado tenemos la fortísima crisis de Argentina (que ha forzado un rapídisimo rescate de los EE.UU., posiblemente no solo por afinidad política pero también por la importancia estratégica del petróleo argentino), que pone en peligro el milagro de la producción creciente de fracking en la formación de Vaca Muerta. Por el otro, los crecientes ataques ucranianos a infraestructura petrolera rusa está poniendo en peligro su capacidad de distribución, y por ende de producción. Y no olvidemos el gran "tapado" de las crisis futuras del petróleo, Nigeria, un país superpoblado y de estratégica importancia petrolera para Europa y que es un auténtico polvorín.

¿Se superará el valor de extracción de petróleo de 2018, entonces? Quizá sí, quizá no. Poco importa. Porque sea lo que sea, durará poco, y seguiremos el curso de declive que ya está marcado, como comentábamos en el post anterior

Hablemos ahora del uranio: la Asociación Nuclear Mundial (ANM) publicaba cada año, hacia el mes de mayo o junio, la actualización sobre la extracción mundial de uranio. O así lo hizo hasta 2023. Entonces ya veíamos un claro declive desde los valores máximos de extracción de 2016, en buena sintonía con las previsiones que fueron enunciadas hace ya 12 años.




Y durante dos años, la ANM no publicó ninguna actualización, lo cual, no nos engañemos, resulta un tanto sospechoso: recordemos que algunas estimaciones previas, de las pocas que publica la Agencia Internacional de la Energía, daban a entender que en los próximos años veremos un declive muy rápido de la producción.

Pero hete aquí que a mediados de septiembre, por fin, publican una actualización. Y una que es muy espectacular:




Resulta que en estos dos años la producción mundial de uranio ha pegado un rebote más que considerable, hasta el punto de estar ahora cerca de superar el máximo de 2016.

Cuando uno examina la gráfica, se ve que la razón principal de este repunte es el incremento enorme de la extracción en Canadá. Y al buscar un poco más, se ve que la extracción de algunas minas canadienses había caído en picado en los últimos años debido a sus altos costes (demostrando que el silogismo que suelen aplicar los pro-nucleares de que el precio del uranio tiene poca influencia en los costes operativos no es del todo cierto). Y es que el uranio canadiense es de los más caros del mundo, vendiéndose por encima de los 200 dólares el quilo de óxido de uranio.

En fin, está claro: el mundo está dispuesto a pagar más por el uranio y eso ha llevado a aumentar la producción. ¿Superaremos el pico del 2016? En este caso es algo más difícil que en el del petróleo: Canadá básicamente ya está produciendo a niveles máximos, y en la mayoría del resto de países el declive está bien instalado, y cuando empieza es bastante rápido en el caso del uranio. Todo depende de Kazajistán, el mayor productor mundial, pero dado que hace tiempo que usan masivamente la lixiviación in situ, que es prácticamente el último recurso en extracción, es complicado que pueda mantener su producción mucho tiempo. Y no olvidemos la importancia estratégica de Rusia en este mercado.

Y mirando cómo ha evolucionado el precio del uranio de mina, del hexafloruro y del uranio enriquecido, está bastante claro que estamos disparados en una carrera que es muy difícil ganar. ¿Dónde está el límite de coste?




Una vez más, estamos dando un salto al vacío, que nos deja muy mal preparados para el momento en que la extracción de uranio no pueda mantenerse. No hay anticipación ninguna, solo huida hacia adelante.

Y eso me lleva al tercer tema que quería tratar hoy, éste mucho más doméstico: la situación crítica a la que está llegando la producción de electricidad en España. Como recordarán, el pasado 28 de abril se produjo un apagón que afectó a toda la Península Ibérica (pues arrastramos a Portugal en nuestra caída). Ya comentamos en su día, con la poca información disponible, qué podía haber pasado. Después de enésimas estrategias de desinformación y de confundir a la opinión pública, últimamente se ha venido en convenir en el debate público de que hay un problema con el control de la tensión que está asociado a la manera en la que se ha instalado y se opera la energía renovable de nuevo cuño (eólica y fotovoltaica). El problema de fondo: el control de la potencia reactiva. La potencia reactiva está originada porque la propia red no es un elemento inerte, sino que tiene capacidad de almacenar energía a través de campos tanto eléctricos (debido a su capacitancia) como magnéticos (debido a su inductancia). La red, siguiendo un principio muy básico de acción-reacción, se opone a los cambios. De esa manera, cuando aumenta la demanda eléctrica y se intenta transmitir más potencia a través de ella (lo cual se hace aumentando la intensidad), ella reacciona oponiéndose y robando parte de esa energía. Del mismo modo, cuando disminuye la demanda y se reduce consecuentemente la intensidad, nos encontramos que la red nos devuelve parte de la energía que antes había tomada prestada: ésa es la potencia reactiva que lleva la tensión a dispararse.

Nada de esto es nuevo, lleva habiendo importantes variaciones de tensión desde hace años, a medida que se ha ido instalando más energía renovable, y es que las únicas centrales que están autorizadas a controlar la tensión, absorbiendo potencia reactiva, son las tradicionales que usan alternadores giratorios. Teóricamente, los nuevos inversores que utilizan las centrales fotovoltaicas podrían de manera efectiva absorber la potencia reactiva si se ponen en un modo concreto de funcionamiento (grid forming), pero la programación en una red compleja como la española no es nada sencilla y es conocido que cuando muchos de estos sistemas se conectan de esta manera se pueden producir resonancias entre ellos que conducen a altas sobretensiones y oscilaciones de frecuencia indeseadas, ambas cosas muy peligrosas. El uso de estos inversores en entornos operativos reales es ahora mismo materia de investigación muy intensa, y aún no se tiene una total seguridad de cómo operarlos de manera económica. También es cierto que con la instalación de sistemas adicionales (como compensadores síncronos) disminuyen enormemente los riesgos, pero también es más caro.

Y es en este contexto que en las últimas semanas se ha desatado una auténtica tempestad en el panorama eléctrico español, comenzando por una filtración que apuntaba a un riesgo inminente de un nuevo apagón, noticia que fue desmentida por Red Eléctrica Española (REE) pero solo a renglón seguido pedir a la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia (CNMC) medidas extra para limitar la manera en la que se operan las renovables, y particularmente que entren y salgan de sistema de manera más progresiva (15 minutos en vez de los 2 actuales), justamente para limitar la generación de potencia reactiva. En seguida las compañías eléctricas comenzaron a protestar, y aquí es donde la cosa se hace compleja técnicamente, pero la razón de fondo es fácil de entender: dinero. Por culpa de los cambios en el modo de operación de la red desde el apagón (con un mayor uso de centrales de ciclo combinado), las renovables no están consiguiendo operar el tiempo suficiente no solo para cobrar por las horas generadas sino para acceder a ciertas bonificaciones estatales, aparte de incumplir ciertos compromisos contractuales (de todo esto hablamos sucintamente hace unos meses). El año se acaba y hay prisa por cumplir algunos objetivos de generación, cada vez más difíciles porque hacia el invierno la iluminación baja y eso afecta dramáticamente a la fotovoltaica. Por todo ello, las compañías, en su intento de arañar minutos de generación y así cumplir objetivos, no quieren oír hablar de entradas y salidas más progresivas de la red, y están forzando la negociación.

Total, que en los últimos días estamos oyendo auténticos disparates y salvajadas. Por ejemplo, REE sugiere cambiar las normas de utilización (la consigna) con la que se usan las centrales clásicas para absorber la reactiva que se genere con la entrada y salida continua de renovables en la red, pero las compañías eléctricas dicen (y tienen razón) que si hacen eso las pueden dañar, porque no son tan rápidas. La contrapropuesta es, dicho así literalmente, "hacer un experimento", que entiendo que es reprogramar los inversores para que las renovables puedan absorber reactiva (y rezar para que no se produzcan las peligrosas resonancias que antes comentaba, cuya aparición es bastante imprevisible porque depende de cuánta energía se produce y consume en cada momento). Pero para poder hacer una cosa o la otra se necesita la autorización de la CNMC, que es quien puede modificar el reglamento.

La situación es caótica, es estúpida pero, sobre todo, está dirigida por el cortoplacismo económico. La único que está importando es los beneficios o pérdidas de este año, y en ningún momento se plantea que lo que se necesita es un rediseño total del sistema y la instalación de costosos (por la gran cantidad de ellos que se requieren) sistemas para garantizar la estabilidad. Mención aparte merecería la discusión de la vulnerabilidad a los ataques informáticos de una red con tantos inversores electrónicos operando en ella.

Nadie va a poner sentido común. Nadie va a dar un puñetazo en la mesa y exigir que se hagan las cosas en pro del bien común, minimizando los riesgos, mejorando la seguridad del suministro.

En este caso, como en los anteriores, vemos que la única lógica es la maximización a corto plazo del beneficio del capital. Es la lógica de la continua huida hacia adelante, pero ahora, adelante, tenemos un vacío. Un agujero enorme causado por la codicia enorme de estos años, que ha ido acumulando problema sobre problema. Ahora, en el momento en el que deberíamos pararnos y reflexionar, para intentar comprender como cerrar ese agujero, cómo seguir de manera viable para la sociedad, para que la sociedad sea viable y sostenible... ahora, precisamente ahora, el capital, en el paroxismo de su búsqueda insaciable del beneficio inmediato, solo ve un camino: el Gran Salto al Vacío, en la esperanza de que lleguemos a la otra orilla, la cual quizá no existe. Vamos a saltar al abismo porque los psicópatas que están tomando las decisiones no son capaces de imaginar otro futuro, uno sostenible y viable.

¿Lo vamos a permitir? ¿Vamos a permitir que esta gente nos destruya sin reaccionar, sin ni siquiera denunciarlo?


Fuente: The Oil Crush

jueves, 15 de mayo de 2025

El recurrente espejismo nuclear


 Por Xoán R. Doldán   
      Profesor titular de Economía Aplicada en la Universidad de Santiago de Compostela, miembro de la Asociación Véspera de Nada.


Desde hace décadas, cada primavera brota la defensa de la energía nuclear. Cualquier resquicio sirve para filtrar la misma idea, con razones volubles, pero con objetivos invariables no siempre visibles.




     La falsa idea de que no es contaminante surge de su no inclusión en los controles de emisiones del protocolo de Kioto, por no usar fósiles en la generación. Sin embargo, sí se usan en abundancia en la extracción del uranio, el enriquecimiento, transporte, reprocesamiento o en la propia construcción de la central. La energía nuclear no es sustentable, además, porque la generación de residuos es inevitable en todo el proceso, las fugas se dan con frecuencia, incluso se liberan radionucleidos al agua o aire que pueden estar activos miles de años y los residuos más peligrosos son una herencia para las generaciones futuras, almacenadas en las centrales de forma indefinida aun después de cesar su actividad.

El espejismo de que reduce la dependencia exterior nace de un criterio de cálculo energético no utilizado para otras fuentes: las importaciones de combustible nuclear no se computan como importaciones sino como producción nacional. Aun cuando todo el combustible fuese importado no se reflejaría como dependencia energética, al calcular la producción a partir del calor generado en la fisión y no por el potencial energético del combustible (que es como se calcula, sin embargo, en el caso del gas y del petróleo), y al establecer la dependencia por una relación entre importación de recursos y el uso total de energía primaria. Además, las reservas de uranio son escasas y concentradas casi en un 99% fuera de la Unión Europea.

También se hace hincapié en su competitividad. Así lo apunta, por ejemplo, el Foro Nuclear, un lobby del que son socios las mayores empresas eléctricas del país, las mismas que, cuando interesa, también defienden las bondades de las energías renovables, de los ciclos combinados, el repotenciamento de embalses… Su negocio es vender energía, no importa la fuente: el interés está en el mercado y en la rentabilidad del capital. Los cálculos de la rentabilidad atienden tan sólo a los costes de operación de las centrales, pero no a otros como la custodia de los residuos mientras estén activos (dentro de unos siglos ni se garantiza la existencia de las empresas) o el desmantelamiento de las centrales. Estos sobrecostes los asume la sociedad, mediante la acción del Estado que ya las protegió en diversos momentos, como cuando la moratoria nuclear las salvó de la bancarrota socializando las pérdidas con un recargo en las tarifas.


Centrales nucleares en España.

Insistir en la seguridad de las centrales resulta pavoroso, considerando el historial de accidentes nucleares, el hecho de que ninguna aseguradora los cubra, o la antigüedad de las actuales instalaciones.

La afirmación de la garantía de suministro de las nucleares podría hacerse también para el ciclo combinado, la eólica, la hidráulica o la fotovoltaica. Es muy compleja una desconexión inmediata de cualquiera de ellas en el sistema eléctrico actual, construido a la medida del negocio privado, concebido para aumentar la oferta y no restringir la demanda o incluso fomentarla. Un sistema inviable a medio o largo plazo que acabará por obligar a una revolución de la consistencia, como indicó E. Altvater, una reorganización de los usos de energía a todas las escalas (transporte, urbanismo, formas de producción…), yendo más allá de la eficiencia en la gestión de la demanda o de una simple moderación del consumo.


Fuente: Rebelión

martes, 11 de febrero de 2025

El litio o la vida: la apuesta de Trump por el saqueo de Ucrania

 


   Periodista. Colabora con L'AntiDiplomatico, Contropiano y la revista Nuova Unità.


Según el New York Times, Kiev estaría dispuesto a llegar a un acuerdo sobre los minerales, a cambio de «garantías de seguridad». Pero el 70% de todos los metales raros se extraen en territorios que ahora forman parte de Rusia.


     Ucrania es un país muy rico. Dicho así, parece un ultraje más a un pueblo que, desde hace más de diez años, sufre las prevaricaciones de los oligarcas locales y de las bandas financiero-empresariales internacionales (FMI, Banco Mundial, etc.), encadenados por escuadrones neonazis que encarcelan, torturan, asesinan a cualquier opositor, incluso de su propio campo, que no se adapte plenamente a los dictados de la junta golpista nazi que salió del Maidán. Un pueblo, el pueblo ucraniano, obligado a sufrir el acoso de quienes han reducido poco a poco la que fuera la República más rica y desarrollada de la antigua Unión Soviética a una tierra de conquista de capitales de medio mundo, matando de hambre y reduciendo hasta la extenuación a los millones de personas que no querían, o no podían, abandonar el país con esperanza (muy a menudo decepcionados, por las condiciones casi siempre impuestas a los trabajadores migrantes por los patrones «proeuropeos») para reconstruir sus vidas.

Pero Ucrania es realmente un país muy rico. Meses atrás lo dijo el senador republicano yanqui Lindsey Graham, hablando de 10-12.000 millones de dólares de minerales críticos que estarían en su subsuelo y que, por lo tanto, librar una guerra en Ucrania es un «gran negocio» para Estados Unidos.


Lindsey Graham

También lo había dicho el director del Instituto Alemán del Litio, Ulrich Blum, dejando claro que lo que más anhela Occidente en Ucrania son sus yacimientos de litio. Lo cierto es que al menos 21 de los 30 elementos clasificados por la UE como «materias primas críticas» para el desarrollo de la energía verde se encuentran en el subsuelo del país.




Los gigantes agroalimentarios que se han apoderado de las fértiles tierras negras ucranianas lo saben desde hace muchos años: Cargill, Dupont, Monsanto, etc.


Distribución mundial de Tierras Negras (Chernozem).

También lo saben bien en Moscú: cuando, el pasado mes de enero, Kurakhovo y Shevchenko cayeron en manos rusas, no pocos se apresuraron a recordar que el mayor yacimiento de litio de la parte occidental de la RPD se encuentra en esa zona.

Pero, ahora, el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha puesto «oficialmente» sus ojos en esas riquezas. Y la cosa toma otro aspecto. Es cierto que, a pesar de que el valor total de todos los minerales ucranianos ronda los 15.000 mil millones de dólares, según Forbes, Moscú se ha hecho con el control de alrededor del 70% de los yacimientos de las regiones de Donetsk, Dnepropetrovsk y Lugansk.

Sin embargo, Trump ha colocado explícitamente una hipoteca yanqui sobre los depósitos de metales preciosos ucranianos restantes. Y, como también señaló la alemana Sahra Wagenknecht, Trump está listo para continuar la guerra de poder si recibe garantías de Kiev de que puede asegurar los metales de tierras raras y otras materias primas ucranianas. Una garantía que, en teoría, Kiev tiene asegurada desde hace meses, como veremos.

El politólogo Timofej Belov observa en «BajBajden» que el presidente de Estados Unidos, al adelantar la solicitud de los metales -titanio, litio, berilio, manganeso, galio, uranio, circonio, grafito, apatita, fluorita y níquel- no habló de pagos, limitándose a recordar a los vasallos de Kiev que Washington ya ha dado casi 200 mil millones de dólares. También es «curioso» el hecho de que las palabras de Trump se produjeran el mismo día en que China anunciaba que impondría restricciones a las exportaciones de tungsteno, indio, bismuto, telurio y molibdeno y unos minutos después de que EE.UU. impusiera nuevos aranceles a los productos chinos.


Mina de litio.

El problema para Washington, sin embargo, radica en el hecho mencionado por Forbes, mencionado anteriormente: el 70% de todos los metales raros se extraen en territorios que ahora forman parte de Rusia. Pero, evidentemente, algunas «migajas» debieron quedar en el resto del territorio ucraniano (aún hoy) y, con la perspectiva del fin del conflicto, EEUU cuenta con tener acceso a él. Así, señala Belov, la «fórmula de paz» trumpiana no es más que «la transformación oficial de los residuos de Ucrania en un apéndice de las materias primas occidentales».

Según el New York Times, Kiev estaría dispuesto a llegar a un acuerdo sobre los minerales, a cambio de «garantías de seguridad». Por supuesto, no se dejen engañar por el tono melifluo del NYT: desde hace más de diez años, sabemos que no le corresponde a Kiev decidir si está de acuerdo o no con lo que exige la Casa Blanca. Pero sigamos adelante. Y de hecho, el líder golpista nazi, Vladímir Zelenski, que ya estaba en su peregrinación a Washington el pasado mes de septiembre, para ganarse las simpatías de Trump durante su campaña electoral, había dado por sentado que si Washington seguía apoyando «sus esfuerzos militares, podría acceder a las riquezas del país como el litio, el uranio, el titanio».

Es decir, uno de los puntos del delirante «plan de victoria» consistía en proponer a Washington el reparto de recursos naturales cruciales, así como el reemplazo de las tropas yanquis en Europa por tropas ucranianas y el otorgamiento de poderes de control de inversiones a Trump para bloquear los intereses comerciales chinos en Ucrania. Y, según el diario británico Financial Times, la «oferta» yanqui sobre los metales de tierras raras «parece estar en línea con la estrategia de Zelensky» del elusivo «plan de victoria». Un «plan» que Donald Trump, como el empresario experimentado que es, traduce en pocas palabras con «Invertimos cientos de miles de millones de dólares y ellos tienen recursos maravillosos. Los queremos como garantía. Y están dispuestos a hacerlo»; un «plan» cuya sustancia se revela claramente: la matanza de jóvenes ucranianos en el frente para dar a Estados Unidos las riquezas naturales del país.

Y, sin embargo, observa el politólogo Rostislav Ishchenko, los discursos de Trump están dirigidos sobre todo a la audiencia interna porque, por el momento, nadie puede decir qué quedará de Ucrania ni siquiera en un par de semanas y, por lo tanto, también de ese 30% de la riqueza subterránea no acaparada por Rusia. Evidentemente, el público estadounidense también está cansado del conflicto; por lo tanto, diciendo que a Rusia hay que combatirla con manos ucranianas, porque ya no basta con la que ataca la hegemonía yanqui en el mundo; Los estadounidenses son «gente práctica, entienden cuando en lugar de un dólar hay dos, pero cuando en lugar de un dólar hay una Rusia malvada, no lo entienden». Es necesaria una retroalimentación concreta: miles de millones de recursos naturales.

Por otra parte, el mismo juego había sido diseñado en 1918 por el «demócrata y pacifista» Woodrow Wilson, en el momento de la intervención de las potencias extranjeras contra la joven Rusia soviética, con el plan de ayuda a los Guardias Blancos, detrás del cual aparecía a la vista el plan de penetración del capital yanqui en el norte de Rusia y Siberia. Como recordaba el historiador Aleksandr Beryozkin en la década de 1950, «siguiendo a las tropas, Estados Unidos se preparaba para enviar innumerables misiones de comerciantes y otros a Siberia». ¿Qué ha cambiado?

En cuanto a Ucrania, Washington tiene que decir que allí hay mucha riqueza, tierra negra, tierra metalúrgica. Hace una década, se centraron en el gas de esquisto ucraniano; Hoy en día hay metales. Pero, ¿realmente hay alguno? La junta golpista admite que más de la mitad de sus recursos naturales ya no están bajo el control de Kiev y esa «buena gente rica» de Forbes, como se mencionó anteriormente, lo confirma. En la parte occidental de Ucrania, la principal riqueza está constituida por la tierra: en particular, los suelos negros muy fértiles; pero, incluso esas, hace tiempo que pasaron a ser propiedad de las multinacionales alimentarias, después de eso, durante años, hasta que la Rada aprobó la ley sobre la venta de tierras a extranjeros, se habían limitado a alquilarlas a los agricultores ucranianos.

Lo mismo ocurre con los recursos minerales: Kiev pregona sus «incalculables» reservas de gas de esquisto aquí y allá, pero gigantes como Shell y Chevron han intentado extraerlo tanto en el oeste como en el este de Ucrania, con el resultado de que ni el este ni el oeste eran volúmenes rentables. Por lo tanto, no se descarta que ocurra lo mismo con el litio y otros metales.

Sin embargo, es posible, especula Komsomol’skaja Pravda, que Trump entienda perfectamente que Kiev está tratando de «imponerle un paquete» y que haya utilizado el mensaje sobre los metales de tierras raras solo como pretexto para reanudar el suministro de armas a Ucrania. Y para justificar el aplazamiento de la «paz en veinticuatro horas». Del mismo modo que es posible que el anuncio del acuerdo sea un mensaje a Rusia en la línea de «Apoyaremos a Ucrania y tomaremos sus recursos», para presentar a Moscú el peor escenario posible y hacerlo más complaciente.

Pero, en este momento, también dada la situación sobre el terreno, no parece que Moscú sea tan chantajeable; y tampoco demasiado complaciente.


Fuente: EL VIEJO TOPO