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jueves, 19 de marzo de 2026

Lecciones del Mar Menor

 

      Economistas sin Fronteras.


El Mar Menor simboliza el choque entre desarrollo y sostenibilidad. De su colapso ambiental a su reconocimiento como sujeto de derechos, su historia combina crisis, innovación y esperanza para repensar nuestra relación con la naturaleza


     El Mar Menor es una laguna de 135 km² ubicada en Murcia, equivalente aproximadamente a un tercio de Andorra o a la mitad de Malta. Ha sido ocupado por los humanos desde el Paleolítico y en él se han encontrado restos arqueológicos de civilizaciones íberas. Los romanos lo llamaron Belich Mare Palus, “laguna”; y los árabes, Buhayrat al-Qasr, “la Albufera del Alcázar”. Tras la Reconquista se le denominó simplemente Albufera, hasta que se impuso su nombre actual: Mar Menor. Esta denominación lo diferencia de su hermano mayor, el Mediterráneo, unas 18.500 veces más extenso y del que le separa una manga de 21 kilómetros. Desde el siglo XX fue uno de los paisajes más reconocibles del sureste: un ecosistema singular, con un fuerte vínculo cultural local y un motor económico.

Sin embargo, el modelo de desarrollo nunca tuvo en cuenta el equilibrio con el ecosistema. La agricultura y la ganadería se intensificaron; el sector turístico apostó por el volumen más que por el valor añadido, con una presión creciente sobre el territorio; y los impactos de otras actividades, como la minería en las sierras cercanas, fueron acumulándose.

El resultado fue un colapso multicausal. A partir de la década de 1960, el Mar Menor pasó a verse —en palabras de Teresa Vicente— “como un vertedero y como una fuente de beneficios”.


Colapso multicausal del Mar Menor.

Teresa Vicente, catedrática de Filosofía del Derecho, es precisamente una de las figuras clave en esta historia. Lideró una iniciativa popular sin precedentes, respaldada por 640.000 firmas, para dotar al Mar Menor de personalidad jurídica. La iniciativa dio lugar a una ley pionera en Europa: por primera vez, un ecosistema obtenía derechos propios reconocidos en el ordenamiento jurídico. El cambio era conceptual. El Mar Menor dejaba de ser únicamente un objeto de protección ambiental para convertirse en un sujeto de derechos: derecho a existir, a evolucionar de forma natural, a ser protegido, conservado y restaurado.


El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.

Este hecho histórico es un referente por múltiples razones. Fue el primer proceso de este tipo en Europa y, además, nació directamente desde la ciudadanía y no de partidos políticos. La iniciativa ha tenido un fuerte reconocimiento internacional: la ONU lo ha reconocido como uno de los World Restoration Flagships, Teresa Vicente recibió el Premio Goldman, considerado el Nobel ambiental, y el caso ha servido de inspiración para otras iniciativas, como la del río Tins en Galicia o el creciente interés en ecosistemas como el Manzanares, la Albufera de Valencia, el Delta del Ebro o Doñana.

Situación actual: la personalidad jurídica en práctica

Lejos de ser el final del camino, la personalidad jurídica del Mar Menor es el inicio de un intento de curar un ecosistema en estado crítico. La ley fue ratificada por el Tribunal Constitucional frente a la oposición de algunos partidos, y hoy el Mar Menor tiene NIF, cuenta bancaria y una estructura de gobernanza compuesta por tres órganos: un Comité de Representantes, una Comisión de Seguimiento —los “guardianes”— y un Comité Científico. La ley establece que cualquier vulneración de sus derechos puede generar responsabilidad penal, civil, ambiental y administrativa.

Esto ya no es teórico. El Mar Menor, a través de sus representantes, ha comenzado a personarse en procedimientos judiciales, por ejemplo frente a daños derivados de vertidos.

El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.


En paralelo, se ha puesto en marcha el Marco de Actuaciones Prioritarias para la Recuperación del Mar Menor, con un presupuesto de 675 millones de euros. Entre sus medidas destacan la creación de un cinturón verde alrededor de la laguna, el cierre de miles de hectáreas de regadío ilegal, la restauración de ecosistemas en la cuenca vertiente o el replanteamiento de ciertas infraestructuras, como puertos.

Sin embargo, las tensiones persistenTeresa Vicente ha dimitido como Tutora del Mar Menor, denunciando obstáculos y fricciones con las administraciones estatal y autonómica, a las que acusa de priorizar sus propios intereses frente a la defensa del ecosistema.

Y, mientras tanto, ¿cómo está la laguna en 2026? El Mar Menor sigue enfermo. No se han repetido episodios como el de 2019, pero, por ejemplo, en octubre de 2025 se produjo un nuevo episodio de anoxia, breve pero intenso, tras la dana Alice. La propia Teresa Vicente lamenta que “en una zona semidesértica donde la lluvia debería ser motivo de celebración, la dana nos hace temblar, porque arrastra (los fertilizantes de) la agricultura intensiva y los purines de la ganadería hacia la laguna, lo que unido a otros factores como el calor provoca de nuevo la anoxia”.


Abrazo al Mar Menor.

El Mar Menor: entre esperanzas y tensiones

El caso del Mar Menor es muchas cosas a la vez. Es, en primer lugar, un precedente ambiental y económico. Durante años, los impactos sobre el ecosistema fueron tratados como externalidades o problemas del futuro. Hasta que dejaron de serlo. Cuando el desequilibrio del ecosistema se materializó, el propio modelo económico que lo causó quedó gravemente afectado: el valor de los activos turísticos ha disminuido significativamente, la actividad pesquera se ha visto mermada y la agricultura intensiva junto a la laguna se ha prohibido. Esto muestra que la necesidad de un equilibrio entre economía y naturaleza ha dejado de ser una cuestión teórica, y puede prepararnos para afrontar otras crisis ambientales.

Es también un precedente de ciudadanía. En un contexto de polarización política, más de 640.000 personas se pusieron de acuerdo para defender un bien común, algo que parece inverosímil hoy en día. Esto muestra que los ciudadanos, más allá de los colores políticos con los que se identifican, pueden encontrar espacios de entendimiento y cooperar.

Es, además, un precedente jurídico y de gobernanza. El Mar Menor ya tiene derechos. Pero esto abre una tensión inevitable: sigue sin tener una voz propia y está representado por un grupo de humanos. Y esos humanos tienen intereses e incentivos distintos. Algunos priorizan la protección del capital natural a toda costa; otros, objetivos económicos o políticos. La gobernanza del medioambiente será un espacio de tensión constante, como refleja la dimisión de la líder de este movimiento por la percepción de intereses en las administraciones que van más allá de la protección de la laguna. Sin embargo, esas mismas administraciones, criticadas por defender “lo suyo”, son también las estructuras democráticas que representan la voz de la ciudadanía en ese proceso.

Para mí, el Mar Menor refleja que nada es simple y me enfrenta a varios sentimientos a la vez. El colapso ambiental fue devastador. La reacción ciudadana fue extraordinaria. La innovación jurídica es histórica. Su implementación es compleja. Y el futuro sigue abierto. Este caso puede extrapolarse a otros de los grandes problemas de nuestro tiempo donde conviven el bien y el mal, y la esperanza y las tensiones.

Cierro este artículo con una reflexión del Tribunal Supremo de 1990 citada en la propia ley de personalidad jurídica del Mar Menor: “La diferenciación entre males que afectan a la salud de las personas y riesgos que dañan otras especies animales o vegetales y el medio ambiente se debe, en gran medida, a que el hombre no se siente parte de la naturaleza sino como una fuerza externa destinada a dominarla o conquistarla para ponerla a su servicio. Conviene recordar que la naturaleza no admite un uso ilimitado y que constituye un capital natural que debe ser protegido”.


Fuente: El Salto

martes, 20 de enero de 2026

Palomares rehúye el estigma del accidente nuclear 60 años después: “Sólo pedimos que limpien”

 

      Periodista que ha publicado en El Mundo, JotDown o Líbero y actualmente colabora habitualmente con elDiario.es como corresponsal en Málaga.

El vecindario se debate hoy entre exigir a la administración que limpie los terrenos o ignorar un incidente del que dicen que afecta más a la imagen que a las condiciones ambientales del pueblo

     El 17 de enero de 1966 Manuela Sabiote recogía tomates cuando un trozo de avión cayó a pocos metros de su huerta.


Manuela Sabiote, junto a los restos del fuselaje de un avión caído en Palomares.

En una foto que tomó un periodista o algún soldado, Manuela posa sonriente con los restos de fuselaje, las matas de tomates de fondo y algunos paisanos que observan. Es la foto que ilustra este reportaje, el rastro inocente del incidente de Palomares, del que este sábado se cumplen sesenta años.

La foto simboliza el estado de ánimo con el que el pueblo encajó el episodio. Pocas horas después, aquello se llenó de militares que hablaban inglés y buscaban un par de bombas termonucleares extraviadas, y la inocencia dio paso a las mentiras oficiales que no sirvieron jamás para evitar que el pueblo quedase marcado para siempre.

Aquella pequeña aldea del Levante almeriense acababa de sufrir uno de los más graves accidentes nucleares de la Guerra Fría. Un B-52 y un KC-135 habían colisionado durante una de las habituales operaciones de repostaje en vuelo que la Fuerza Aérea de Estados Unidos ejecutaba sobre la Sierra Almagrera. Palomares, con poco más de 700 vecinos, agrícola y pobre, quedaría marcada para siempre por nueve kilos de isótopos de plutonio dispersados en forma de aerosoles sobre un área aproximada de 226 hectáreas con zonas de vegetación silvestre, cultivadas y urbanas. Que cayeron cuatro bombas se supo casi al momento; todo lo demás se ocultó durante el franquismo y hasta bien entrada la democracia


El entonces ministro de Informacion y Turismo, Manuel Fraga, bañandose en la playa de Palomares próxima al lugar del accidente de dos aviones ocurrido en 1966.
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La gente de Palomares vivió engañada 40 años. Hasta 2006 no se tomaron las primeras medidas de radioprotección con el vallado de 40 hectáreas. Antes siempre habían dicho que todo había quedado perfectamente. Manuel Fraga fue el principal vocero: decía incluso que se había quedado mejor, así de chulo era”, recuerda hoy José Herrera, quizá la persona que más ha investigado los esfuerzos de los sucesivos gobiernos, en dictadura y democracia, por enterrar el asunto bajo una capa de silencio y olvido: “Una investigadora norteamericana, Barbara Moran, me preguntó una vez cómo era posible que siguiera siendo tan secreto, cuando en su país ya habían desclasificado el Acuerdo Otero-Hall [el proyecto científico a largo plazo para estudiar los efectos de la contaminación por plutonio]”.


La bomba nuclear B28FI, recuperada a 870 metros de profundidad, en la cubierta del USS Petrel.

Plutonio y americio como fuentes contaminantes

En este pueblo que hoy supera por poco los 2.000 habitantes muchos están cansados de contar a los periodistas las mismas historias una y otra vez. Lo viven como una maldición atada al aire que respiran y la tierra que cultivan.

El sensacionalismo ocasional no ha ayudado. No hay trabajos que demuestren de forma consistente que hay aquí una incidencia mayor de algún tipo de cáncer, y los análisis regulares de las lechugas, los tomates, los caracoles, los conejos, el agua o el aire no dan motivos para la alarma. Pero la tierra contaminada sigue ahí, a menos de un metro de la superficie. “No es un pueblo contaminado, son solo unas parcelas”, dice María Isabel Ponce, actual alcaldesa pedánea (PSOE), que insiste: “Tenemos toda la tranquilidad, está vigilado a través del CIEMAT, y lo único que pedimos es que se haga la limpieza de los terrenos vallados, como llevamos pidiendo 60 años”.

Desde hace décadas todo se hace depender de un acuerdo que nunca llega con Estados Unidos, responsable del accidente y el único con capacidad para transportar, tratar y almacenar los terrenos contaminados. Óscar Velasco es el hijo de Manuela, la joven que posó con los trozos de avión. También fue alcalde hasta 2023, y lo tiene claro: “Urge la descontaminación, ya”. Y alerta de que habrá un momento en que el vallado no sirva para acotar el riesgo. “El americio se va degradando y tiene otro tipo de radiación que puede salir al exterior. Eso es un peligro no solo para Palomares, sino también para poblaciones cercanas”.


Terrenos afectados por contaminación radiactiva en Palomares (Almería).

La fuente de emisiones radiológicas se compone de isótopos de plutonio (238Pu, 239Pu, 240Pu y 241Pu) y americio (241Am, generado a partir de la desintegración de su progenitor, el isótopo 241Pu). Según el CIEMAT, el 241Am y el 239+240Pu son los radionucleidos críticos debido a que son los isótopos más abundantes en concentración de actividad con los distintos componentes del ecosistema afectado: suelos, alimentos, aire, depósito, agua, organismos indicadores y sedimentos.

Como no se ve, se oye, se siente o se huele, la gente no valora el riesgo”

Pepe Ramos tenía cinco años el 17 de enero de 1966 y dice recordar muy bien el alboroto, la excitación, cómo el pueblo pasó de ser un villorrio olvidado a centro de la atención mundial gracias a la visita del amigo americano. “No teníamos nada, y yo me escapaba de casa y me iba a montarme a los helicópteros. Nos traían chicles y Coca Cola, que nunca habíamos visto aquí”, relata. Aquello era un jolgorio del que te podías ir con algún bonito obsequio. “Mi hermana se hizo una foto encima de una de las bombas. Todo el mundo andaba por todos sitios recogiendo cosas. Hasta un destornillador de los americanos tengo todavía. El otro día me lo encontré en una caja de herramientas”.

Fuera de la burbuja de inocencia infantil, el impacto económico fue inmediato. Recoger tomates quedó prohibido por orden de la autoridad, pero lo peor fue el estigma: “Aquí se vive del campo y cuando empezaron las historias ya nadie quería productos de Palomares, se vendían con etiquetas de Murcia”, señala el hombre. Además, el reparto de las indemnizaciones abrió otra herida en el pueblo.

Durante muchos años, Ramos iba a Madrid a sacarse sangre. “Dejé de hacerlo porque enviaban cosas muy escuetas, como si fuera un simple análisis de sangre. Que yo sepa, nadie ha recibido nada de que tuviera algún problema de radiactividad. Aquí nos conocemos todos y no ha habido problemas de cáncer ni historias de esas más de lo normal”.

Pronto, los vecinos dejaron de preocuparse, anestesiados por la aparente ausencia de consecuencias y el silencio de las administraciones, que ocultaban incluso cómo un doctor de la división de Investigación Biomédica del Laboratorio Nacional de Los Álamos, Haskell Langham, los estaba utilizando como conejillos de Indias. “Como no se ve, se oye, se siente o se huele, la gente no valora el riesgo real”, lamenta Velasco. Hoy, pocos vecinos siguen haciéndose las pruebas.

El año de las bombas”

Para las nuevas generaciones el asunto es molesto o un elemento mitológico. “El año de las bombascomo le dijeron una vez unos niños a Herrera, que tomó prestada la frase para titular su nuevo libro, una recopilación de historias casi al modo documental de Svetlana Alexievich en Voces de Chernobyl. “He tratado de reflejar a los involuntarios protagonistas del suceso, porque la gente del pueblo apenas sale en el tratamiento periodístico del accidente. Siempre se habla del general Wilson, del doctor Langham... Y el pueblo es un figurante”.

Allí cuenta cómo las crónicas radiofónicas a través de Radio España Independiente (La Pirenaica, vinculada al Partido Comunista) rompieron por primera vez el silencio impuesto por la dictadura. Sacaban las crónicas ocultas en la ropa interior de un motorista que iba a Lorca, desde donde se enviaban a Bucarest para ser radiadas. Y también cómo ya en los 80 una jovencísima alcaldesa, Antonia Flores, abanderó la lucha por la transparencia y la dignidad del pueblo de Palomares junto a la duquesa de Medina-Sidonia.

Tuvieron que pasar dos décadas más para que en 2007 se vallaran los terrenos que contienen el material radiactivo que Estados Unidos enterró a medio metro de profundidad, el más grande de ellos en el núcleo del pueblo. Desde entonces, el CIEMAT emite un informe anual a partir de muestras de agua, tierra, aire, animales y vegetales. “Los niveles de irradiación son prácticamente irrelevantes, incluso en las zonas más afectadas”, se lee en el último de ellos. A cinco metros de unas vallas se cultivan lechugas. Nada informa de qué motiva el vallado, de eficacia dudosa con ciertos animales y que no frena al viento.


Zona de acceso restringido en el municipio almeriense de Palomares.

España ha procurado siempre mantener las miradas de terceros ajenas a lo que hay en Palomares, ignorando incluso las reclamaciones de la Comisión Europea para que complete la rehabilitación. Tampoco admite que haya puntos radiactivos fuera del vallado, como en su día denunciaron los ecologistas. Sin embargo, un informe del Gobierno de Estados Unidos al Senado de aquel país reconoció en 2023 que Palomares “sigue sufriendo los efectos” de la “contaminación residual”, que “supera los niveles” de la normativa europea. Pese a que admitía que la ayuda de Estados Unidos es “vital” para zanjar la cuestión, el informe no instaba ninguna medida para intervenir.


La Comunidad Europea dió hasta finales 2021 para que España informara del progreso en la limpieza de Palomares.

Nadie descontamina Palomares

Hoy, el gran tema que marca la agenda local es la gran urbanización de 1.600 viviendas y hotel junto a la playa de Quitapellejos, que tiene ya los parabienes de la Junta de Andalucía. “Es prosperidad para los vecinos. Queremos que Palomares no solo sea agricultura, y abrirnos al turismo y al sector servicios”, subraya su alcaldesa pedánea. Durante décadas, Palomares ha observado el desarrollo turístico de Vera o Mojácar sin participar de él. Ahora, los ecologistas alertan de que el proyecto acabaría para siempre con un entorno al que la huella nuclear quizá también haya contribuido a preservar, duplicando la población de la pedanía.


La zona en la que se proyecta la macrourbanización está en regresión por el cambio climático.

Mientras, el pueblo sigue esperando a que alguien saque de allí la tierra contaminada, unos 50.000 metros cúbicos que quedarían reducidos a unos 6.000 una vez tratados. Desde hace casi una década, Ecologistas en Acción lo intenta en los tribunales para chocar una y otra vez contra la determinación del Gobierno de mover ni una piedra. Tras un primer intento fallido, la Audiencia Nacional estudia ahora si debe hacerlo el Ministerio de Transición Ecológica. El proceso está pendiente de que se admitan o no algunas de las testificales que han pedido los ecologistas.

En su momento, el Ministerio ya alegó que las sospechas en torno a la situación radiológica en Palomares son una exageración sin fundamento, que la propuesta de Plan de Rehabilitación de 2010 es papel mojado, que no hay ninguna norma que le obligue a intervenir y que, en todo caso, no está claro que remover sea una buena idea, aunque sea para limpiar.

La tesitura, más teórica que real (al menos por ahora), divide al pueblo. “Yo no soy científico, pero tengo dos dedos de frente: si remueves la tierra va a haber un problema porque se va a liberar al aire”, dice Pepe Ramos. “Tener una contaminación así es peligroso para el ser humano. Vamos 60 años tarde”, rebate Óscar Velasco, que sólo así ve posible borrar un estigma que amenaza con durar tanto tiempo como los isótopos de plutonio: “Descontaminar es la única solución para que al fin se deje de hablar de esto”.


Fuente: elDiario.es

jueves, 15 de mayo de 2025

El recurrente espejismo nuclear


 Por Xoán R. Doldán   
      Profesor titular de Economía Aplicada en la Universidad de Santiago de Compostela, miembro de la Asociación Véspera de Nada.


Desde hace décadas, cada primavera brota la defensa de la energía nuclear. Cualquier resquicio sirve para filtrar la misma idea, con razones volubles, pero con objetivos invariables no siempre visibles.




     La falsa idea de que no es contaminante surge de su no inclusión en los controles de emisiones del protocolo de Kioto, por no usar fósiles en la generación. Sin embargo, sí se usan en abundancia en la extracción del uranio, el enriquecimiento, transporte, reprocesamiento o en la propia construcción de la central. La energía nuclear no es sustentable, además, porque la generación de residuos es inevitable en todo el proceso, las fugas se dan con frecuencia, incluso se liberan radionucleidos al agua o aire que pueden estar activos miles de años y los residuos más peligrosos son una herencia para las generaciones futuras, almacenadas en las centrales de forma indefinida aun después de cesar su actividad.

El espejismo de que reduce la dependencia exterior nace de un criterio de cálculo energético no utilizado para otras fuentes: las importaciones de combustible nuclear no se computan como importaciones sino como producción nacional. Aun cuando todo el combustible fuese importado no se reflejaría como dependencia energética, al calcular la producción a partir del calor generado en la fisión y no por el potencial energético del combustible (que es como se calcula, sin embargo, en el caso del gas y del petróleo), y al establecer la dependencia por una relación entre importación de recursos y el uso total de energía primaria. Además, las reservas de uranio son escasas y concentradas casi en un 99% fuera de la Unión Europea.

También se hace hincapié en su competitividad. Así lo apunta, por ejemplo, el Foro Nuclear, un lobby del que son socios las mayores empresas eléctricas del país, las mismas que, cuando interesa, también defienden las bondades de las energías renovables, de los ciclos combinados, el repotenciamento de embalses… Su negocio es vender energía, no importa la fuente: el interés está en el mercado y en la rentabilidad del capital. Los cálculos de la rentabilidad atienden tan sólo a los costes de operación de las centrales, pero no a otros como la custodia de los residuos mientras estén activos (dentro de unos siglos ni se garantiza la existencia de las empresas) o el desmantelamiento de las centrales. Estos sobrecostes los asume la sociedad, mediante la acción del Estado que ya las protegió en diversos momentos, como cuando la moratoria nuclear las salvó de la bancarrota socializando las pérdidas con un recargo en las tarifas.


Centrales nucleares en España.

Insistir en la seguridad de las centrales resulta pavoroso, considerando el historial de accidentes nucleares, el hecho de que ninguna aseguradora los cubra, o la antigüedad de las actuales instalaciones.

La afirmación de la garantía de suministro de las nucleares podría hacerse también para el ciclo combinado, la eólica, la hidráulica o la fotovoltaica. Es muy compleja una desconexión inmediata de cualquiera de ellas en el sistema eléctrico actual, construido a la medida del negocio privado, concebido para aumentar la oferta y no restringir la demanda o incluso fomentarla. Un sistema inviable a medio o largo plazo que acabará por obligar a una revolución de la consistencia, como indicó E. Altvater, una reorganización de los usos de energía a todas las escalas (transporte, urbanismo, formas de producción…), yendo más allá de la eficiencia en la gestión de la demanda o de una simple moderación del consumo.


Fuente: Rebelión

sábado, 15 de marzo de 2025

Biometano: ¿gas renovable o nuevo error?

 

      Integrante de Ecologistas en Acción de la Manchuela (Cuenca y Albacete).


Es sorprendente cómo hemos llegado a abrazar la idea de que todo es posible y que no existe ningún problema, que la tecnología no pueda resolver sin efectos secundarios. Que lo normal es que la naturaleza está puesta ahí por Dios para proveer todas nuestras demandas. Y sí, siempre sin efectos secundarios”


     Como sucede desde hace tiempo, venimos asistiendo a un goteo puntual en que los diferentes medios dan publicidad a nuevos proyectos de biometano por toda la geografía mediante artículos que tienen mucho de publirreportaje y poco de investigación. Llevados por el discurso dominante, que está en manos del que mayor poder económico ostenta, se hacen eco de reducciones de emisión estratosféricas según las cifras proporcionadas por las empresas, de inversiones mil millonarias, que por lo que sea resultan terriblemente atractivas para los lectores dando cuenta de nuestra fascinación por las cifras grandes, sobre todo de dinero.


Planta de biometano.

Siguen hablando de economía circular, de aportaciones de miles de toneladas de digestato que resultan ser maravillosos fertilizantes que van a resolver el problema de empobrecimiento de nuestros suelos fruto de la ruptura del balance N/P, de destrucción de la microdiversidad de hongos y bacterias, del envenenamiento con fitotóxicos y con plásticos.

Y como siempre… La solución a esto tiene que pasar por ganar dinero , alguien tiene que ganar dinero. Revertir la situación de nuestros suelos conlleva sin ninguna duda a un cambio de las prácticas agrícolas, que como el resto de actividades económicas se han visto abocadas a la reducción de costes y al aumento de la producción a cualquier precio. Son las reglas del sistema económico.


Protesta contra la planta de biogás en Fuentealbilla.



Pretender ahora que unas bacterias nos van a reparar todos los daños bioquímicos que hemos infligido e infligimos a nuestro suelo en nuestra manera de producir comida, suena más a quimera que a realidad. La formación del suelo es un proceso largo y complejo, que se mide en escala geológica


La economía es un sistema complejo, pero que funciona con una serie de reglas fijas. Se asemeja bastante a un modelo computacional llamado “autómata celular” que consiste en un modelo matemático para un sistema dinámico que evoluciona en pasos discretos. Es adecuado para modelar sistemas naturales que puedan ser descritos como una colección masiva de objetos simples que interactúen localmente unos con otros. En este caso de un autómata celular de clase uno que lleva a un estado homogéneo perdiendo la aleatoriedad del estado inicial. En definitiva, con unas reglas definidas se llega a un estado final. Lo que está sucediendo no es un accidente aleatorio, sino que tiene una causalidad bastante definida. Si aplicamos las mismas reglas para solucionar un problema que las reglas que lo han producido, el problema se acrecentará.

Esto venía a cuento de una de las soluciones que según las empresas, nos va a proporcionar el biogás, entre ellas la de los suelos. Pretender ahora que unas bacterias nos van a reparar todos los daños bioquímicos que hemos infligido e infligimos a nuestro suelo en nuestra manera de producir comida, suena más a quimera que a realidad. La formación del suelo es un proceso largo y complejo, que se mide en escala geológica. Tan solo un centímetro de la capa superficial del suelo puede tardar entre 100 y 1.000 años en producirse y es fruto de complejos procesos e interacciones entre minerales, microorganismos y hongos.

Por esto, su conservación es esencial para la seguridad alimentaria, el mantenimiento de los ecosistemas y un futuro sostenible. Según Elizabeth Solleiro Rebolledo, investigadora del Instituto de Geología (IGL) de la UNAM, aunque tarda cientos o miles de años en formarse –dependiendo de condiciones geoquímicas, climáticas y geográficas, entre otras— es un recurso frágil que puede destruirse en apenas una generación humana. El digestato proviene en su tramo final de la industria agroalimentaria que está en el origen de la destrucción del suelo. Con lo cual, más que verlo como una solución, deberíamos verlo como el origen del problema más profundo.


Macrogranja de Caparroso, en Navarra.

Las reglas de nuestro sistema económico están llevando a la concentración de la propiedad, la optimización de la producción a través de la degradación del suelo, al uso de cada vez más energía para el mantenimiento de la competitividad, a la concentración de las empresas del sector agro ganadero que van quedando reducidas a unos pocos actores, y a la expulsión de casi toda la población del medio rural. Nuestro sistema de producción de alimentos nos está llevando a la destrucción de la España interior . Pero según nos venden ahora, toda la población del éxodo volverá cuando se pongan plantas de biogás y aumente el número de granjas de porcino. “Fijación de población” lo llaman.

Las grandes compañías tras esta tecnología asocian inmediatamente sus proyectos, en una operación de marketing muy bien diseñada, aparte de a la citada solución magnífica a los suelos, a unas reducciones brutales de dióxido de carbono, por ejemplo MOEVE, la compañía que se avergüenza de ser una petrolera y por eso se cambió de nombre, habla de 30 nuevas plantas y… ¡Tachiiiiín! Habla de la reducción de 728.000 toneladas de CO₂ (anuales), la plantación de 48,5 millones de árboles (anuales).

Vayamos, pues, con la cuestión de los árboles, este número de árboles, a 200 individuos por hectárea nos daría 242.000 hectáreas. No proporciona el artículo datos de cuanta es la cantidad de CO₂ capturada por un árbol, de qué tipo de árbol se trata ni de qué vida media estima para el árbol, los lectores no merecen esta consideración, pero de sus cálculos, y si dividimos el CO₂ supuestamente no emitido por el número de árboles expresado, nos sale que cada árbol ha capturado 15 kilos de CO₂ al año. Hablamos de 2.420 Km², como una provincia del país vasco.




No sé a ustedes, pero yo preferiría ver esta extensión plantada en lugar de 2 Has de planta de biogás.

Pero… si hablamos de una reducción, tendremos que decir respecto a qué estoy reduciendo, ya que si no la reducción no nos dice absolutamente nada. Si yo reduzco mi huella de carbono en 20 kilos diarios sobre 200 kilos de emisiones normales, estoy reduciendo mis emisiones en un 10%. Si reduzco un kilo sobre dos de emisiones normales, estoy reduciendo en un 50%. Como lo que interesa no es la cifra, sino la relación con la cantidad de referencia. Por lo tanto, reducir 728.000 toneladas parece una cantidad ingente. Pero pongamos por caso que esta reducción se está produciendo sobre 7.280.000 de toneladas, resultaría que estoy reduciendo solo un 10 por ciento, realmente poco, pero eso es lo que está sucediendo de hecho.

El truco de prestidigitación consiste en darnos solo la cantidad reducida pero ocultándonos sobre qué cantidad de emisiones. ¿Y cómo se hace eso?

Claro, todos sabemos que esta cantidad de emisiones se refiere exclusivamente a las que nos ahorramos si en lugar de consumir gas natural fósil consumimos biometano y si consideramos que dicho biometano tiene huella cero o negativa.

Pero la pregunta que siempre lanzo: ¿Qué pasaría si la producción de ese biometano no tuviera huella cero o negativa? Pues que tendríamos que hablar del porcentaje de reducciones respecto a todo el ciclo del gas supuestamente “renovable”, que abarca desde el comienzo de cada una de las actividades que genera el variopinto surtido de residuos de la planta. No lo olvidemos, la energía solar y el viento fluyen continuamente, pero los residuos no aparecen por generación espontánea. Hasta donde sé, los residuos los produce la actividad humana y no un ente extracorpóreo. Y los produce a través de muchos complejos procesos que requieren mucha energía. Pensemos por un momento en los restos de la bollería industrial, o los restos animales que no se pueden comercializar.

Están intentando convencernos de que las soluciones solo nos las pueden ofrecer ell@s, que debemos fiarnos de sus avances tecnológicos que son capaces de encontrar solución a todo, de que su interés en la expansión de esta tecnología radica solo en su preocupación por descarbonizar la economía, y que estas plantas son totalmente necesarias y beneficiosas, solo es cuestión de una inversión suficiente por parte de los que pueden hacerla, las grandes empresas.

Es tal el volumen de negocio que están oliendo, que solo cinco de los tiburones que están operando en él: Enagás, Repsol, Moeve, Ence y Naturgy afirman tener proyectos que ya coparían los 20 Tw que el PNIEC lanzaba como meta para el 2030. Es tanto el impulso, tanta la presión, que están recibiendo todo el apoyo de Europa y de los diferentes gobiernos regionales. Es más que previsible que con la falta de regulación, todas las perspectivas de crecimiento se quedarán cortas. También los fondos han desviado sus ojos de un mercado que está saturado como el de la eólica y fotovoltaica a otro mucho más seguro, el de los residuos y el biometano. Mientras la rentabilidad de las renovables clásicas a veces cae en picado, el gas se mantiene como apuesta segura. No es extraño, pues, el desbordamiento que se está produciendo ni el malestar e impotencia de municipios y plataformas enfrentándose de manera desigual tanto a las administraciones como a las empresas.

Pero detrás de toda esta tormenta, es fácil intuir que algo raro está pasando, en un sistema extractivista como el nuestro, mientras los recursos son abundantes en materia y energía, nadie hace demasiado caso a los residuos que se generan. Es como cuando exprimimos una naranja para obtener el jugo, nadie hace caso a la pulpa ni a la piel. Pero cuando ya no obtengo tanto jugo y las naranjas escasean, me planteo como podría obtener algo de lo que he desechado. Esto me sugiere, que detrás de todo este maremágnum biometanizador puede esconderse una crisis más profunda. Cuando el sistema necesita obtener beneficio hasta de los desechos es porque teme por el futuro de sus beneficios, porque aunque no sea consciente, huele algo que no le gusta nada.

Pero si de algo no se puede esperar la más mínima piedad es de los grandes inversores es que se detengan y tomen conciencia, ellos van a lo que van, tienen necesidades y urgencias más perentorias.

Aunque las plantas afirman nacer sin intención de obtener financiación ni ayudas públicas, en sus círculos están totalmente convencidos de obtener bonificaciones e incluso ayudas a fondo perdido. Conocen perfectamente la desesperación de los gobiernos por sortear la recesión y garantizarse energía. Sus prioridades no son el medio ambiente ni la economía circular, pero saben perfectamente que ahora es un nicho de mercado dónde el beneficio está garantizado.

Todos parecen haber llegado a la conclusión que podemos seguir haciendo lo mismo, crecimiento económico, consumo de bienes, consumo casi ilimitado de energía y que simplemente con la introducción de nuevas formas de energía, entre las que se cuenta el biometano vamos a salir del atolladero en que andamos metidos. Que es posible alcanzar la neutralidad en carbono cambiando únicamente nuestras fuentes de energía.


Fuente: elDiario.es Castilla-La Mancha