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martes, 8 de septiembre de 2026

Ante una guerra por los últimos recursos

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


Ceuta es una pieza más dentro de un tablero que, por desgracia, se desliza peligrosamente a un escenario de conflicto general


     En la crisis de Ceuta hay un conflicto a largo plazo y otro a un plazo más breve en el tiempo. El primero es la disputa por el control del Sáhara Occidental. No olvidemos que ahí están las mayores reservas de fosfatos del mundo. Es algo en lo que Estados Unidos ha puesto muchísimo interés. Estados Unidos va a invertir una enorme cantidad de dinero para hacer una autopista que cruzará todo el Sáhara Occidental para comunicarlo mejor con Marruecos. Esta autopista llevará el nombre de Donald J. Trump. ¿Qué casualidad, eh?

La escasez de fosfatos va a ser crítica en los próximos años, y más en el contexto que tenemos de escasez de agua y temperaturas cada vez más disparadas. Este año las cosechas de cereales van a ser malas en general en todo el mundo, porque el problema de las altas temperaturas ha sido generalizado. El año que viene va a ser mucho peor, porque está empezando un fenómeno de El Niño de una magnitud que no habíamos visto nunca desde que hay registros. Las temperaturas van a subir muchísimo y las cosechas se van a resentir todavía más. Una forma de compensar las malas cosechas es añadiendo más fertilizantes; es estúpido, pero es lo que se suele hacer, añadir más nutrientes, sobre todo nitrógeno, potasa y fósforo. Lo más difícil es el fósforo. Y en el Sáhara Occidental están aproximadamente el 75% de las reservas de fosfatos. Ahora mismo, Marruecos no es el principal productor de fosfatos del mundo, sino China, que los necesita para ella misma. Hay un problema de agotamiento del fosfato y eso va a ser crítico. También explica, por cierto, los proyectos de minería de fosfato que hay ahora mismo en España, una minería muy contaminante y que genera muchísimos problemas. Y sin embargo estamos viendo surgir muchos proyectos mineros, en particular en León.

Aún en relación con el Sáhara, tenemos el conflicto que tiene Marruecos con Argelia, que siempre ha dado apoyo al pueblo saharaui. Hace cuatro años, el Gobierno español, de manera muy sorpresiva, reconoció los derechos de Marruecos sobre el Sáhara Occidental y esto generó un conflicto diplomático enorme con Argelia, un conflicto en el que se involucró Marruecos y que llevó a una escalada de la hostilidad entre los dos países. Como consecuencia de ese conflicto, Argelia decidió cerrar el gasoducto del Magreb-Europa, que transcurre por tierras marroquíes y lleva gas a España a través del estrecho de Gibraltar, dejando únicamente abierto el gasoducto Medgaz, que va directamente desde Argelia a España por vía submarina.

Esto dejó a Marruecos sin gas, porque el 99% del que consumía venía a través del gasoducto Magreb-Europa. Y generó un problema grande que España ha resuelto diversificando sus importaciones de gas. En su momento llegó a depender en un 70% del gas que venía de Argelia. En este momento, el porcentaje (que no es constante, va cambiando mucho mes a mes) se mueve entre el treinta y el cuarenta y tantos por ciento. Lo que ha hecho España es aumentar enormemente las importaciones de gas de los Estados Unidos, que es un gas muchísimo más caro porque hay que transportarlo en barco y forma parte de la estrategia de dominio de Estados Unidos, que tiene excedentes de gas gracias a la extensión de la técnica del fracking. Como condición para terminar el conflicto en 2022, Argelia impuso a España que no podía reexportar el gas argelino hacia Marruecos. Y es que desde entonces, el gasoducto del Magreb funciona en sentido inverso. Antes, transportaba gas de Argelia hacia España a través de Marruecos –y ahí Marruecos conseguía la mayoría del gas que consumía– y ahora es España la que envía gas a Marruecos, importándolo mayoritariamente desde Estados Unidos.

Pero, ¿cuál es el contexto más global de la situación actual? ¿Qué está pasando? Que está empezando una lucha por los últimos recursos. El problema que ha habido primero en Venezuela y luego en Irán tiene que ver con que Estados Unidos se está quedando sin petróleo– o, mejor dicho, que la extracción de petróleo en los EE.UU. ya está tocando techo y va a empezar a caer con fuerza en los próximos años. Dentro de ese contexto, debido al bloqueo del estrecho de Ormuz hay un problema con el suministro global de gas, porque el principal exportador de gas natural a través de buques, Omán, ahora no puede exportar y sus infraestructuras han quedado gravemente dañadas. Toda Europa está teniendo muchos problemas para comprar gas por la guerra en Irán. Y eso afecta también a España, aunque antes de la guerra importaba muy poco gas desde el golfo Pérsico, porque todos los países buscan gas donde sea, disputándoselo los unos a los otros. Por ejemplo, España se encontró que en el mes de junio no llegaron el 40% de los buques que se esperaban porque otros países pagaron más dinero y los barcos cambiaron de rumbo. Los problemas de abastecimiento de gas y, en menor medida, de petróleo que ha originado la guerra de Irán motivaron que Pedro Sánchez viajara a Argelia para aumentar las exportaciones de gas a España, cosa que a Marruecos no le interesa, porque se arriesga a que Argelia vuelva otra vez a exportar el 70% del gas que consume España.

Marruecos puede tener un problema serio en ese caso, porque España no va a poder reexportar gas hacia Marruecos. A Marruecos le interesa que sigamos importando gas caro de Estados Unidos para que ellos tengan gas. Esto es un motivo de conflicto, y aparte está la cuestión de que ese acuerdo significa un acercamiento entre España y Argelia.

La otra pieza del puzzle, el otro gran contexto, es que evidentemente Estados Unidos se ha aliado a Israel y a Marruecos, y tiene sobre la mesa toda una estrategia de redefinición del mapa geopolítico mundial en el cual Marruecos juega un papel muy importante.


Trump y Netanyahu hablando en privado en una reunión en la Casa Blanca en julio de 2025.

Primero, por su control del Sáhara Occidental y de los fosfatos, que van a ser estratégicos dentro de unos años porque son fundamentales para la agricultura internacional y en lo que Estados Unidos está invirtiendo muchísimo dinero para garantizarse la hegemonía. A Estados Unidos no le interesa que España controle Ceuta, porque si vemos las demarcaciones marinas, las aguas territoriales que se expanden desde Ceuta conectan con las aguas territoriales que se expanden desde la península y cuando quieres atravesar el Estrecho de Gibraltar, en algún momento por fuerza tienes que pasar por aguas territoriales españolas.

España tiene la jurisdicción absoluta sobre sus aguas territoriales, y eso a Estados Unidos no le interesa porque están pensando a largo plazo. En el Estrecho de Gibraltar ya hay muchos movimientos de tropas y armamento, y lo que le interesa a Trump es tener un canal seguro para mover todo lo que quiera. A EEUU le interesa que Marruecos “recupere” –como dicen ellos– pronto Ceuta y Melilla, para que la zona sur del Estrecho de Gibraltar esté controlada por un socio más fiable por su total dependencia de los EE.UU.

El papel de Europa, Rusia y la vía militar

En un plazo más largo, hay otra cuestión que se arrastra desde hace tiempo. Y es que, desde el punto de vista de la Unión Europea, asegurarse el acceso a los recursos es prioritario y, si es preciso, se va a hacer por la vía militar. Es bastante terrible. Una gran parte de la estrategia actual de ‘Rearmar Europa’, que apareció de repente el año pasado, no es para luchar contra Rusia, que es una guerra absurda que nadie tiene interés en librar. Tú no puedes pelearte con una potencia nuclear, eso no tiene ni pies ni cabeza. Y tampoco Rusia tiene mayor interés, porque ¿qué va a venir a buscar en Europa? A Rusia le interesa Europa como cliente, sobre todo para exportar su gas y su petróleo que, por cierto, sigue llegando a pesar de las sanciones que nominalmente están en vigor. Por ejemplo, en el caso concreto de España, del 10% del gas consumido que ya habitualmente estaba llegando de Rusia, el último mes subió hasta el 17%.

En cualquier caso, yo tengo bastante claro que dentro de Europa se está creando una situación en la que, llegado el momento, se va a utilizar el ejército para ir a buscar recursos que en Europa van a faltar y empiezan a faltar en todo el mundo. Y particularmente, puesto que ahora mismo es lo que está creando más problemas, el gas y el petróleo. Si hablas recursos energéticos y del norte de África, está bastante claro hacia dónde se está apuntando. Son tres países en concreto. Níger, porque de ahí es de donde Francia sacaba el 40% del uranio que consumía hasta que el golpe de estado de agosto de 2023 forzó la salida de Francia, y porque el Gobierno de Níger lleva denunciando desde hace tiempo que Francia está preparando una incursión militar para hacerse con el control de las minas de uranio. El segundo es, otra vez, Libia, porque tiene una gran capacidad de producción de petróleo que no se desarrolla plenamente porque el país está inmerso en una guerra civil imparable desde que se depuso a Gadafi. Y el tercero es Argelia. Todo esto es demostración de la inmoralidad profunda de las élites europeas, que se plantean utilizar la guerra como vía de acceso a los recursos, lo que es una aberración moral y algo absolutamente ignominioso.

Pero, aparte de todo, yo no creo que la Unión Europea tenga ninguna capacidad de entrar en un conflicto armado con Argelia, que es un país muy poblado y con un ejército potente, aparte de que Argelia hace tiempo que se prepara para este tipo de escenario. Pero lo que es bastante probable es que en un momento dado interese azuzar una guerra entre Marruecos y Argelia precisamente para conseguir mejorar el acceso a estos recursos. El caso es particularmente interesante porque Argelia es el gran suministrador de gas de Europa. Suministra a España, a Francia y a Italia. La producción de gas de Argelia lleva ya unos cuantos años estancada, lo que impide que pueda aumentar sus exportaciones. Aún peor, Argelia es un país en fuerte desarrollo económico y cada vez consume más de su propio petróleo y su propio gas, como es lógico. Y una de las estrategias habituales que ha aplicado Estados Unidos para conseguir que un país aumente sus exportaciones de petróleo y de gas es destruir el país, porque si tú destruyes su industria, lógicamente su consumo cae. Una guerra de desgaste supondría menos capacidad industrial, menos capacidad de consumo, y además, para conseguir recursos para sostener la guerra, el país tendría que vender más petróleo y más gas al extranjero. Esto sin duda le interesa a Europa. Otra cosa es el papel que juegan Estados Unidos o Israel en esta historia, que suelen decir que Argelia es aliada de Rusia. El fortalecimiento de la alineación entre Marruecos y la administración Trump está fomentando una carrera belicista y creo que existe una posibilidad de que al final acabemos en un conflicto abierto entre Marruecos y Argelia.

Por eso cabe cuestionar cuál es el papel de las instituciones europeas en todo esto. En Europa hay un ascenso de la extrema derecha, una simplificación de los debates y algo que a mí me molesta particularmente: la falta de profundidad en la discusión de los graves problemas en nuestro futuro, y más en particular en cuanto a los recursos y la energía. Estamos viendo que empieza a faltar diésel en Europa. En Alemania el precio del litro de diésel ya roza los 3 €, en Italia 2,5 euros, en Francia poco menos. Aquí estamos cerca ya de los 2 €, porque España está mejor colocada por una serie de motivos (fundamentalmente que ha mantenido la mayoría de sus refinerías, mientras que en Europa cerraron el 40% durante los últimos 20 años). La inflación va a causar más malestar entre la población europea, cosa que va a aprovechar  una maquinaria mundial muy bien engrasada para dar financiación y favorecer el ascenso de opciones populistas de ultraderecha en toda Europa.

Como he dicho antes, estamos en un momento histórico, porque estamos entrando en una fase nueva de la historia del capitalismo global, que es la guerra por los últimos recursos, porque realmente se están empezando a agotar. En medio de todo esta algarabía y este follón, y en esta situación geopolítica tan compleja, de esta situación de conflictividad bélica creciente, la pregunta es qué hará la derecha y la ultraderecha española. ¿Van a entender cómo se tienen que posicionar, van a tener un perfil propio, van a comprender qué es lo mejor para el interés de España? No seré yo el que defienda, en general, la acción del gobierno de Pedro Sánchez, pero es cierto que muchas de las decisiones que se han tomado en los últimos tiempos han sido correctas desde el punto de vista del mantenimiento de la industria española. Se ha conseguido capear el problema de Ormuz bastante bien. Hay cierta pérdida de importaciones de petróleo, pero se está consiguiendo compensar a base de reducir las exportaciones de productos refinados. Se ha diversificado la procedencia del gas. Sin duda, lo mejor para mitigar el cambio climático sería reducir lo más rápidamente posible nuestro consumo de combustibles fósiles, pero desde un punto de vista convencional se tiene que reconocer que la mayoría de las acciones del Gobierno de Sánchez, de manera muy discreta, han sido las que defendían mejor los intereses de España. Creo que, en parte, es por esa prudencia que Sánchez se resiste a señalar con el dedo al gobierno de Marruecos a pesar de su más que probable implicación en el salto masivo de inmigrantes en Ceuta.

Ceuta es una pieza más dentro de un tablero que, por desgracia, se desliza peligrosamente a un escenario de guerra general. Una cosa que está clara es la involucración de Estados Unidos e Israel. Negarlo no tiene ningún sentido. Varios ministros israelíes y el hijo de Netanyahu llevan meses haciendo declaraciones en el sentido de que Ceuta y Melilla tienen que ser marroquíes, que España tiene colonias en Marruecos. Por un lado, se trata de castigar a España por su posición en temas como Gaza o el rearmamento, pero también de tener control sobre el Estrecho. Es muy importante para Estados Unidos circular por aguas territoriales de una potencia aliada que necesiten de ellos para todo. Y esa es obviamente Marruecos. Si tuviera que circular por aguas territoriales españolas, y se genera una situación de enemistad entre Estados Unidos y Europa, cosa que veo inevitable en el largo plazo, Estados Unidos podría tener problemas para transportar vaya Dios a saber qué por la zona del Estrecho. Así que, por desgracia, creo que la presión sobre Ceuta va a seguir aumentando, y como pasa con el petróleo, como pasa con el cambio climático, lo ideal sería que hubiera un pacto de Estado en el que los partidos políticos dijeran: aquí hay que ir con una única política, un único mensaje, tener muy claro hacia dónde vamos.

Por desgracia, el contexto político en el que estamos instalados desde hace ya muchos años no permite eso. Es evidente que hay que definir una política estable, con unas directrices estratégicas, porque si no, vamos a ir dando bandazos y, mientras, ocurrirán infinidad de desgracias y no sabremos por qué. Y recordemos que además a veces hay que pararle los pies incluso a la Unión Europea, cuando sus acciones comprometen los intereses estratégicos de España. En ese sentido, hay que madurar y perder el miedo a plantarle cara a la Comisión: no hay ningún problema ni ninguna contradicción entre estar en la Unión Europea y a la vez defender intereses nacionales legítimos. Y ésta es una lección que nuestros líderes tienen que aprender. Pero para eso primero tendría que haber una comprensión profunda de las complejidades de la realidad (técnica, energética, de recursos, geopolítica….) actual por parte de nuestra clase política, que para muchas cosas, por desgracia, creo que es bastante analfabeta e irresponsable.


Fuente: Ctxt

lunes, 3 de agosto de 2026

Melilla, el punto más vulnerable de la defensa española en el norte de África

 

 Por Pedro Garcia   
      Periodista en Descifrando la Guerra.

     La posición geográfica de Melilla convierte a la ciudad autónoma en uno de los territorios más difíciles de defender de España.


La posición geográfica de Melilla convierte a la ciudad en el enclave más vulnerable de España frente a una crisis híbrida con Marruecos.

Situada a más de 200 kilómetros por mar de la península, rodeada por un entorno urbano marroquí y asentada sobre un terreno poco favorable para la defensa, la plaza reúne unas condiciones muy distintas a las de Ceuta.

Su principal riesgo no reside en una invasión convencional, sino en una crisis limitada y ambigua que trate de aislarla, desbordar su capacidad de respuesta y crear un hecho consumado.

Melilla, una vulnerabilidad geográfica

La principal debilidad estratégica de Melilla puede observarse directamente sobre el mapa. La ciudad está separada de la península, rodeada casi por completo por territorio marroquí y depende de las conexiones marítimas y aéreas para mantener su relación con el resto de España.

La distancia es un factor esencial en la ecuación. Cualquier crisis podría afectar con rapidez al abastecimiento, la movilidad y la llegada de apoyo exterior. A ello se suma un terreno relativamente llano y un entorno urbano denso al otro lado de la frontera, que reducen la profundidad territorial del enclave y dificultan la gestión de incidentes fronterizos.

Melilla se encuentra, además, expuesta a situaciones ambiguas que no adoptarían necesariamente la forma de una agresión militar abierta. La presión migratoria, los disturbios, las campañas de desinformación o las restricciones fronterizas podrían combinarse y trasladar rápidamente la tensión al interior de la ciudad.

Más que una cuestión de superioridad militar, su vulnerabilidad reside en el aislamiento, la dependencia de comunicaciones seguras y la dificultad de interpretar y contener una crisis antes de que adquiera una dimensión mayor.

Así, el escenario más peligroso para Melilla no es ni mucho menos una ofensiva dirigida a conquistar toda la ciudad. Una acción de ese tipo tendría enormes costes militares, diplomáticos y políticos para Marruecos. El riesgo más plausible sería una operación de alcance limitado, diseñada para explotar la ambigüedad y poner a prueba la capacidad de reacción española.

Una acción localizada podría consistir en la ocupación temporal de una posición, una incursión fronteriza, la creación de una situación de desorden o una presión coordinada sobre las comunicaciones de la ciudad. Su objetivo sería alterar el statu quo sin presentar inicialmente la apariencia de una guerra abierta.

Melilla resulta especialmente sensible a esta clase de escenarios porque carece de profundidad territorial. Cualquier incidente en la frontera se desarrolla a escasa distancia de las principales áreas urbanas y de las infraestructuras esenciales.

El adversario no necesitaría obtener una victoria militar completa. Bastaría con crear una situación suficientemente confusa para dificultar la respuesta española y convertir una acción limitada en una crisis política de alcance nacional.

La ocupación temporal de una parte del territorio o la pérdida de control sobre una instalación tendría un valor simbólico muy superior a su importancia material. La imagen de una bandera marroquí, de unidades españolas obligadas a replegarse o de una ciudad temporalmente aislada tendría un impacto inmediato en la opinión pública.

La presión informativa acompañaría necesariamente a la acción sobre el terreno. Las imágenes circularían a gran velocidad, mientras distintas narrativas tratarían de presentar los acontecimientos como una protesta local, una reacción defensiva o una cuestión interna. En ese contexto, España tendría que decidir con rapidez qué tipo de respuesta dar a una acción cuya autoría, alcance y objetivos podrían no estar claros desde el primer momento.

La frontera como instrumento de presión

La vulnerabilidad de Melilla no comienza en un escenario militar. Se manifiesta ya en la capacidad marroquí para condicionar la vida económica y social de la ciudad mediante decisiones adoptadas al otro lado de la frontera.

El cierre unilateral de la frontera comercial en 2018 mostró hasta qué punto una medida administrativa podía afectar al modelo económico melillense. La decisión interrumpió una parte importante de los intercambios transfronterizos y obligó a la ciudad a adaptarse a una nueva realidad.

Esta presión posee un valor estratégico. Cuanto más débil sea la economía de Melilla y mayor su dependencia de decisiones externas, más costoso resultará para España mantener su estabilidad.

El deterioro económico puede favorecer la pérdida de población, aumentar el descontento y reforzar la imagen de la ciudad como un territorio aislado y sin perspectivas. No modifica directamente su soberanía, pero debilita las condiciones necesarias para sostenerla a largo plazo.

La frontera también puede utilizarse para generar crisis humanas y políticas. Una relajación de los controles migratorios puede incrementar en muy poco tiempo la presión sobre los servicios públicos, las fuerzas de seguridad y las infraestructuras de acogida.

En Melilla, donde el espacio disponible es limitado, una entrada masiva tendría un efecto inmediato. El enclave podría pasar rápidamente de una situación de normalidad a otra de saturación institucional.


Posición estratégica de Melilla.

Este tipo de presión resulta especialmente eficaz porque obliga a España a responder en varios planos al mismo tiempo. El Gobierno debe gestionar la emergencia humanitaria, mantener el orden público, atender la dimensión diplomática y evitar que la situación sea utilizada para cuestionar la capacidad del Estado.

La dependencia de las conexiones con la península constituye uno de los elementos centrales de la vulnerabilidad melillense. En una crisis prolongada, no sería necesario impedir por completo el acceso a la ciudad. Bastaría con dificultar las comunicaciones, aumentar sus costes o generar una percepción de inseguridad en torno a ellas.

La interrupción parcial del transporte marítimo o aéreo afectaría al abastecimiento, a la movilidad de la población y a la llegada de refuerzos. También tendría consecuencias psicológicas. La sensación de aislamiento puede convertirse en un factor de desestabilización incluso antes de que exista una escasez material grave.

Por ello, la defensa de Melilla no puede limitarse a la protección de su perímetro terrestre. Debe incluir la garantía permanente de las rutas marítimas y aéreas que la conectan con el resto de España.

La superioridad naval española ofrece una ventaja importante, pero esa capacidad debe traducirse en planes operativos concretos. Mantener abierto un corredor logístico durante una crisis exige vigilancia, escolta, defensa aérea y coordinación entre distintos mandos.

También requiere reservas suficientes en la propia ciudad. Una plaza que depende de la llegada inmediata de suministros es más vulnerable que otra capaz de resistir durante un periodo prolongado sin apoyo exterior.

¿Es Melilla sostenible a medio plazo?

La vulnerabilidad de Melilla plantea una cuestión que va más allá de su defensa inmediata. El problema no es únicamente si España podría responder a una crisis militar o impedir un hecho consumado, sino si la ciudad puede sostener su posición a medio plazo frente a una presión económica, política y fronteriza continuada.

Melilla tiene una población reducida, una economía vulnerable y un valor militar menor que el que estos enclaves tuvieron en otras etapas históricas. Además, su proximidad a Marruecos permite a Rabat ejercer una presión constante sin necesidad de recurrir a una agresión abierta.

El cierre de la frontera comercial mostró hasta qué punto Melilla puede ser sometida a una forma de asfixia gradual. Las decisiones marroquíes afectan a los intercambios, al empleo y a la estabilidad económica de la ciudad. A ello se suma la capacidad de utilizar la presión migratoria, las restricciones fronterizas y las campañas políticas como instrumentos de desgaste.

Desde esta perspectiva, Melilla difícilmente puede sostenerse únicamente con sus propios recursos. Su viabilidad depende de una implicación continuada del Estado español, tanto en el plano económico como en el diplomático y militar. La ciudad necesita comunicaciones estables con la península, una menor dependencia de su entorno inmediato y una estrategia capaz de reducir el impacto de las medidas adoptadas por Marruecos.

Sin embargo, considerar que la plaza resulta costosa o que ha perdido parte de su valor estratégico no implica que España pueda desentenderse de ella. Melilla es territorio español y sus habitantes quieren seguir formando parte de España. Ceder la ciudad supondría abandonar a ciudadanos españoles y aceptar que la presión sostenida de otro Estado puede modificar las fronteras.


Ubicación geográfica de Ceuta y Melilla en el norte de África frente a la costa peninsular española.

La protección de Melilla es, por tanto, una responsabilidad básica de un Estado funcional. No se trata únicamente de valorar si el enclave produce beneficios económicos o conserva la importancia militar que tuvo en el pasado. La cuestión central es si España está dispuesta a proteger su soberanía y los derechos de sus ciudadanos incluso cuando hacerlo exige asumir costes.

Para ello, la relación con Marruecos no puede basarse exclusivamente en el apaciguamiento. Madrid necesita una política exterior coherente y firme hacia Rabat, con líneas rojas claras que impidan que las crisis fronterizas, diplomáticas o económicas escalen hasta poner en peligro la estabilidad de la ciudad. Esa política también debe reconocer que España dispone de instrumentos de presión.

La dependencia no funciona en una sola dirección. Marruecos mantiene vínculos económicos, energéticos y políticos con España que Madrid puede emplear para defender sus intereses. Entre ellos se encuentra el suministro de una parte importante del gas consumido por Marruecos a través del gasoducto Magreb-Europa.

La disuasión no depende únicamente del despliegue de fuerzas militares. También consiste en demostrar que cualquier intento de asfixiar Melilla tendrá consecuencias económicas y diplomáticas. Si Marruecos utiliza la frontera, la migración o el comercio como instrumentos de presión, Madrid debe estar preparado para responder mediante las palancas de las que dispone.

Melilla puede ser difícil de sostener por sí sola, pero no está sola. Su futuro depende de la voluntad del Estado de integrarla dentro de una estrategia nacional más amplia. Sin esa protección, su aislamiento geográfico y su vulnerabilidad económica pueden convertirse en debilidades estructurales. Con una política exterior firme, una defensa creíble y una menor dependencia del entorno marroquí, España puede elevar el coste de cualquier presión y reducir el riesgo de nuevas crisis.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 16 de abril de 2025

Una «bomba atómica» arancelaria

 

 Por Valerio Arcary  
      Historiador y profesor universitario doctorado en Historia. Integrante de la dirección nacional del Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU) de Brasil.


Es imposible entender el «momento Trump» de la actual guerra arancelaria sin tener en cuenta la presión de más de cuarenta años de crónicos y gigantescos déficits comerciales y fiscales en Estados Unidos



     Estados Unidos ha desatado una ola de choque en la economía mundial sin parangón en los últimos cuarenta años: una contraofensiva en gran escala para defender la supremacía de Washington en el mercado mundial y en la comunidad internacional de Estados. Quienquiera que subestime las consecuencias de semejante contraofensiva está cometiendo un error imperdonable.




El impacto de esa contraofensiva podría compararse sólo con el «momento Nixon» de 1971, cuando Washington subvirtió los Acuerdos de Bretton Woods y puso fin a la convertibilidad fija del dólar en oro, para lo cual procedió a devaluar la moneda de reserva a fin de poder hacer frente al crecimiento alemán y japonés, al aumento del déficit comercial estadounidense y a la necesidad de financiar la guerra de Vietnam[i].

O con el «momento Reagan», cuando la Reserva Federal elevó al 21,5 % la tasa de interés de referencia para combatir una inflación superior al 13,5 %, el escalamiento de la deuda pública, que alcanzó entonces por primera vez el billón de dólares, la necesidad de financiar la carrera armamentística contra la URSS tras el triunfo revolucionario en Nicaragua —que amenazaba con extenderse a toda Centroamérica—, así como en Irán —que a su vez amenazaba con desatar una ola de radicalización islámica contra Israel—, y la caída de las dictaduras en el cono sur de América Latina[ii].

Es imposible entender el «momento Trump» de la guerra arancelaria sin tener en cuenta la presión que ejercen más de cuarenta años de crónicos y gigantescos déficits comerciales y fiscales que son el talón de Aquiles de Estados Unidos, aun cuando no hayan impedido un miniboom con Ronald Reagan en los ochenta, Bill Clinton en los noventa y George Bush hijo en la primera década del siglo XXI. Cualquier otro país, incluso entre las grandes potencias, se habría sumido en una espiral de inflación, desinversión, recesión y desgobierno. Por su comportamiento, tales déficits constituyen una distorsión, una «excepcionalidad» o una «anomalía».

Ningún país puede mantener indefinidamente una disfuncionalidad o un patrón de consumo dependiente de un endeudamiento «infinito» que descansa en las reservas de capital de otros Estados y de fracciones de la burguesía extranjera que compran bonos del Tesoro yanqui. Ello ha sido posible sólo porque Estados Unidos, la mayor potencia mundial, tiene casi el monopolio de la emisión de moneda de reserva, ya que el papel del euro, la libra o el franco suizo es mucho menor.

Paradójicamente, Estados Unidos funge como «aspiradora» de la acumulación capitalista al tiempo que mantiene sobrevalorado el dólar, haciendo menos competitiva la economía estadounidense. El desafío estratégico se ha hecho evidente en los últimos diez años: el contraste entre el estancamiento de los centros imperialistas tras la crisis de 2007/08 y el salto cualitativo del fortalecimiento de China ha hecho sonar las alarmas de una fracción de la burguesía estadounidense.




En 2024, el déficit comercial de Estados Unidos rondaba los 918.400 millones de dólares, mientras el déficit fiscal alcanzaba los 1,8 billones de dólares[iii]. La deuda pública es de 36 billones de dólares y solamente el pago de intereses consumirá 1 billón de dólares, cifra superior al presupuesto militar total del Pentágono[iv]. El Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos ascendía para esa fecha a 29,16 billones de dólares, todavía un 26,5 % del total mundial, pero en declive[v].


La deuda del gobierno federal estadounidense asciende a 36 billones de dólares.

En teoría, esos déficits gemelos no deberían ser posibles. Pero así es. El orden de Bretton Woods, surgido a raíz de la catástrofe de las dos guerras mundiales, dio paso a la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), precisamente para evitar que esos desequilibrios fueran sólo transitorios y susceptibles de mantenerse bajo control, y no el detonante de un nuevo crash mundial como el ocurrido en 1929. Aún así, Estados Unidos rompió con Bretton Woods en 1971 para preservar intacto su estatus de potencia, y de nuevo en 1981, para arrinconar a la URSS e imponerle la restauración del capitalismo.

Entre 2001 y 2005, América Latina se vio convulsionada por una ola revolucionaria provocada por una década de ajustes neoliberales. La crisis mundial de 2007/08 fue una señal de que la financiarización tenía límites inevitables y de que su costo era políticamente insostenible. En el Magreb, la oleada revolucionaria se extendió de Túnez a Egipto y a Siria.

¿Qué puede explicar esa «excepcionalidad» estadounidense? El hecho de que Estados Unidos emita la moneda de reserva mundial sin respaldo y sin reglas. El derecho de señoreaje del dólar enfrentó límites hasta 1971, pues Bretton Woods había condicionado el papel de moneda de reserva a la paridad fija de convertibilidad con el oro. Pero esa regla expiró hace más de medio siglo.

La superioridad de Estados Unidos se impuso en el mundo porque ese privilegio fue decisivo para mantener una maquinaria bélica que hacía las veces de «paraguas atómico» que protegía a la Tríada. Al mismo tiempo, el papel del gigantesco mercado interior estadounidense como «importador de último recurso» permitió a Europa y a Japón, pero también a China, entre otros, acumular superávits comerciales que financiaron el déficit fiscal por medio de la adquisición de títulos de deuda estadounidenses. Así funcionó durante décadas en el período posterior a 1989/91. La estrategia neoliberal de financiarización garantizó la supremacía unipolar tras la restauración capitalista en la exURSS. Pero con el tiempo se habría de agudizar una contradicción.

Desde la crisis de 2007/08 y la transición de Bush hijo a Barack Obama, hasta el primer mandato de Donald Trump, Estados Unidos ha practicado la estrategia del QE (Quantitative Easing), es decir, de la «flexibilización cuantitativa» o relajación monetaria. La llamada Quantitative Easing consistió en la adopción de tipos de interés negativos o inferiores a la inflación para estimular el consumo y la producción. De esa forma, se producía una «fuga hacia delante» —combatiendo el exceso de liquidez con más liquidez— y se mantenía a raya las perspectivas de una depresión mundial como la de los años treinta del siglo XX, sin que por ello se llegase a impedir lo que se conoce como la década perdida, tras lo cual vino la pandemia.

Entretanto, inevitablemente se sobrevalorizó el dólar y se exacerbó el desplazamiento industrial hacia Asia. El capitalismo mundial ganó «tiempo histórico», pero tanto en Europa como en Estados Unidos aumentaron la pobreza y la desigualdad social. Black Lives Matter se convirtió en el mayor fenómeno de movilización social en Estados Unidos en décadas, y echó a andar a toda una nueva generación. El choque arancelario de Donald Trump tiene como objetivo explícito internalizar las cadenas de producción. Pero también está dirigido a ejercer presión para que se devalúe el dólar, se reduzca la tasa de interés de referencia de la Reserva Federal —que ha aumentado con la inflación pospandémica— y se prorrogue el perfil de la deuda pública estadounidense.

La «ironía dialéctica» de la historia ha estribado en el hecho de que durante la etapa de la globalización, o del apogeo de la supremacía estadounidense, el país que más creció, se modernizó e industrializó fue China, que está empezando a desdolarizarse por medio de la articulación de los BRICS. China mantiene ya un sistema de pagos en su propia moneda con Rusia, desde que las sanciones por la guerra de Ucrania provocaran una ruptura con el sistema SWIFT[vi].

La sobrevaloración del dólar hizo que los costos de producción fueran muy elevados en Estados Unidos, y la estrategia de globalización favoreció la transferencia industrial a Asia. La libre circulación de capitales financió la industrialización acelerada de China. Lo gigantesco del mercado interior estadounidense le aseguró el papel de «importador mundial». Pero al mismo tiempo, la supremacía estadounidense pasó a depender de su superioridad financiera y militar. Los costos del mantenimiento de las fuerzas armadas como «paraguas atómico» llegaron a ser desproporcionados. El choque de Trump responde a esa amenaza. Los aranceles son una movida táctica que obedece a una estrategia mucho más amplia. Parece una «locura», pero sigue un «método».

Donald Trump tiene un plan y su estrategia es coherente con ese plan. En cuanto a la economía, apuesta a que la presión inflacionista que supondrán los aranceles pueda compensarse con la devaluación del dólar. Richard Nixon rompió con Bretton Woods para contener a Alemania y a Japón, Ronald Reagan rompió con la coexistencia pacífica para tender un cerco a la URSS, Donald Trump ha roto con la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Tratado de París y hasta con la Organización Mundial de la Salud (OMS), y desafía a la OTAN y a las Naciones Unidas.

También promueve abiertamente una ofensiva nacional-imperialista neocolonial: amenaza con anexarse a Groenlandia e intimida a Dinamarca, ha recuperado el control sobre el Canal de Panamá, humilla a Canadá y ha hecho suya la línea de la extrema derecha sionista de Israel que propugna la depuración étnica en la franja de Gaza. Entretanto, exige a la Unión Europea que se alinee incondicionalmente con Estados Unidos contra China y maniobra para separar a Moscú de Pekín.

Han sido sólo los primeros pasos, que se han dado incluso antes de que se cumplan los primeros 100 días de su gobierno. Irán y Venezuela se verán amenazados. Cuba estará en la mirilla. México se salvará relativamente porque es una semicolonia con un estatus privilegiado. Estados Unidos apuesta por la recuperación de una mayor cohesión social interna en el país y por la industrialización de sectores estratégicos. Apoya la intensificación de las prospecciones petroleras para garantizar la soberanía energética. Pero sabe que necesita mantener la superioridad en las nanotecnologías, la biomedicina, el complejo industrial militar y los servicios, empezando por las grandes tecnológicas.

El «momento Trump» será muy grave, quizás peor que las contraofensivas de Richard Nixon y Ronald Reagan, y ello por tres razones. La primera es que supone la existencia de un liderazgo neofascista en la Casa Blanca. La segunda es que nos enfrentamos a una crisis medioambiental inevitable, respecto de la cual Donald Trump es un negacionista. La tercera es que China no parece dispuesta a dar marcha atrás y ceder al chantaje.

La ofensiva de Donald Trump se apoya internamente en una corriente supremacista blanca, misógina y homófoba que abraza una ideología nacionalista exaltada y tiene una fuerza social de choque, como dejó claro el asalto al Capitolio. La respuesta al calentamiento global depende de una estrategia global coordinada que no es posible sin Estados Unidos y ya ha quedado claro que el Tratado de París caducó.

La respuesta de China será decisiva ante una carrera armamentística que ya se ha puesto en marcha en Europa contra Rusia, un asedio inminente a Irán y la perspectiva de una amenaza a la soberanía de Venezuela. La tormenta ha cambiado de categoría y el mundo se ha vuelto más imprevisible. 


Fluctuaciones del mercado de valores chino en Beijing el 8 de abril de 2025.

El declive histórico de Estados Unidos ha engendrado un monstruo.


Notas


[i] Entre 1870 y 1970, Estados Unidos registró superávits comerciales ininterrumpidos de una media del 1,1 % del PIB. A partir de 1970, empezó a registrar déficits comerciales constantes. El cambio en el patrón de la balanza comercial a largo plazo mantiene una correlación estable con la inversión del papel de la industrialización en el contexto internacional.

https://www.stlouisfed.org/on-the-economy/2019/may/historical-u-s-trade-deficits

[ii] Antes de que Reagan lo hiciera en 1981, los presidentes que venían de prestar juramento no solían pronunciar un discurso oficial sobre el Estado de la Unión en su primer año de mandato. Reagan dijo a los legisladores: «Nuestra deuda nacional se acerca al billón de dólares. ¿Cuánto es realmente un billón? Mejor digamos que si tuviera en la mano una pila de billetes de 1.000 dólares de sólo 10 centímetros de alto, sería millonario. Un billón de dólares sería una pila de billetes de 1.000 dólares de 67 millas de altura.»

https://www.politico.com/story/2018/02/18/this-day-in-politics-february-18-1981-415852

[iii] Sobre la base de datos proporcionados por la Junta de la Reserva Federal y del Departamento del Tesoro, se encontraron las siguientes cifras: la deuda del gobierno federal estadounidense asciende a 36 billones de dólares; la deuda estatal y local, a 3 billones de dólares; la deuda de los núcleos familiares, a 20,2 billones de dólares; la deuda empresarial, a 21,4 billones de dólares; y la deuda interna de los sectores financieros, a 19,8 billones de dólares.

https://valor.globo.com/mundo/noticia/2024/10/08/dficit-fiscal-dos-eua-alcana-us-18-trilhes-em-2024.ghtml

[iv] https://www.infomoney.com.br/mercados/divida-de-us-36-tri-dos-eua-pode-inviabilizar-promessas-de-trump-dizem-analistas/

[v] El PIB de China se estimó en 18,27 billones de dólares; el de Alemania, en 4,71 billones; y el de Brasil, en 2,18 billones, el décimo más grande del mundo.

https://www.bea.gov/data/gdp/gross-domestic-product

[vi] El sistema SWIFT es una red de comunicación que permite el intercambio de mensajes financieros entre bancos e instituciones financieras de todo el mundo. Se utiliza para enviar y recibir pagos internacionales, transferencias y otras transacciones financieras.


Fuente: Jacobin