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viernes, 11 de septiembre de 2026

La reivindicación de Marruecos de Ceuta y Melilla no es una exigencia de descolonización

 

 Por Joseph Massad   
      Catedrático de política árabe moderna e historia intelectual en la Universidad de Columbia, en Nueva York.

Las ambiciones territoriales de Rabat responden a su rencor hacia Madrid por el Sáhara Occidental, al tiempo que se alinean con la hostilidad de EE. UU. e Israel hacia España por su postura respecto a Gaza


     La reciente oleada de decenas de miles de refugiados económicos marroquíes y de otros países africanos que intentan llegar a la colonia española de Ceuta ha reavivado las exigencias marroquíes de que España devuelva Ceuta y Melilla —conocidas en árabe como Sabtah y Maliliah— a Marruecos.


Un agente de la policía española monta guardia mientras los migrantes esperan para ser registrados en el distrito de Loma Colmenar de Ceuta el 31 de agosto de 2026.


Al menos 141 personas fallecieron durante la travesía, mientras que la mayoría de quienes lograron cruzar fueron devueltos por la fuerza o «voluntariamente».

Viajar desde Ceuta o Melilla a la España peninsular por vía aérea o marítima requiere pasar por los controles españoles de pasaportes y documentos de viaje, lo que significa que ni siquiera los refugiados que entran en las dos colonias de colonos pueden seguir su camino.

El gobierno racista italiano de la primera ministra Giorgia Meloni respondió, no obstante, introduciendo controles fronterizos específicos en el aire y el mar para los ciudadanos no comunitarios procedentes de España, con el fin de evitar que entre ellos hubiera árabes y africanos.

España, indignada, tomó represalias imponiendo controles fronterizos temporales equivalentes a los vuelos y barcos procedentes de Italia. Marruecos, por su parte, propuso mantener conversaciones con España sobre el futuro estatus de ambos territorios, lo que los españoles rechazaron de plano.

El hecho de que Marruecos lo hiciera en medio del fortalecimiento de su alianza con EE. UU. e Israel —ambos hostiles al Gobierno socialista de Madrid— plantea dudas sobre sus motivaciones.

Conquista colonial

Marruecos era el único territorio no otomano del norte de África, gobernado por una dinastía local desde el siglo XVII. En 1415, durante la «Reconquista», Portugal conquistó el enclave marroquí de Sabtah, que pasó a manos de España cuando se disolvió la Unión Ibérica en 1640 y fue formalmente cedido en virtud del Tratado de Lisboa de 1668. España había conquistado por su parte el enclave de Maliliah en 1497.

Ambas ciudades de colonización siguen hoy bajo dominio español, a pesar de los repetidos intentos marroquíes por recuperarlas entre los siglos XVIII y XX.

Se utilizaron como colonias penales en el siglo XVIII, antes de ser declaradas puertos francos en 1906. España también se aventuró a conquistar la ciudad marroquí de Tetuán para ampliar su control en torno a «Ceuta», lo que desencadenó la guerra hispano-marroquí de 1859-1860.

La derrota de España en la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 y la pérdida de Filipinas y de las colonias del Caribe reavivaron sus designios sobre el territorio marroquí. Francia, que estaba invadiendo otras colonias españolas en África, también albergaba ambiciones coloniales en Marruecos.

El Tratado de París de 1900 delimitó las colonias españolas en Río de Oro (posteriormente Sáhara Español y luego Sáhara Occidental) y África Ecuatorial, o Guinea Española. Estos territorios, limítrofes con colonias francesas, constituían una parte truncada de las conquistas africanas originales de España.

Las zonas de influencia francesa y española en Marruecos quedaron posteriormente delimitadas en 1904 en virtud de la Entente Cordiale anglo-francesa, que reconocía sus respectivas reivindicaciones coloniales en el norte de África, en Egipto y en Marruecos, a condición de que Francia cediera a España parte del territorio marroquí.

A finales de 1904, Francia reconoció una zona española que abarcaba una franja del norte de Marruecos, incluidas Ceuta y Melilla, y que se extendía hacia el oeste a lo largo de toda la costa mediterránea, sin llegar, sin embargo, a la frontera con Argelia al este. Tánger, un enclave costero dentro de esta zona, quedó internacionalizado.

La zona de al-Saqiyah al-Hamra, en el sur, adyacente al Río de Oro —ambas formarían más tarde el «Sáhara Español»—, también quedó excluida del acuerdo.

A estos acuerdos les siguió el Tratado de Fez de 1912, que estableció el protectorado francés sobre el territorio marroquí. Ese mismo año, Francia concedió a España el derecho a establecer su propio protectorado en la zona delimitada en 1904.

Incluso antes de establecer su protectorado, España había invadido territorio marroquí desde Maliliah en 1909 y desde Larache (al-‘Ara’ish), en la costa atlántica, en 1911.

España pretendía explotar los yacimientos de hierro en las adyacentes montañas del Rif, en el norte de Marruecos, lo que provocó la represalia de los rifeños, quienes mataron a siete trabajadores españoles. Al menos 1.000 soldados españoles murieron en la incursión y ocupación de la región montañosa que se produjo a continuación.

En 1913, 40.000 soldados españoles ocuparon Tetuán, la capital del protectorado. Las fuerzas españolas cometieron atrozidades generalizadas, saqueando viviendas y violando a mujeres marroquíes. Su violencia precipitó un gran éxodo desde la ciudad hacia las montañas, donde los refugiados se unieron a los rebeldes.

La situación se agravó tras la Primera Guerra Mundial, cuando España emprendió una campaña de «pacificación» en el Rif. Entre 1919 y 1921, las fuerzas españolas invadieron y ocuparon territorios y localidades que, aunque se encontraban nominalmente dentro del protectorado, permanecían fuera de su control.

Estas incursiones provocaron una importante resistencia liderada por Muhammad ‘Abd al-Karim al-Khattabi, conocido en las fuentes europeas como «Abd El Krim».

Mientras España se preparaba para invadir el Rif desde la localidad de Anwal (Annual) y por mar desde la bahía de al-Husaymah, ‘Abd al-Karim lanzó un ataque preventivo el 17 de julio de 1921, matando a cientos de soldados españoles, incluidos varios mandos.

Tras 12 años de victorias en territorio marroquí, los españoles se enfrentaron a la derrota. Los rifeños liberaron sus tierras, deteniéndose ante las murallas de Melilla. En la retirada de Anwal, España sufrió entre 13.000 y 19.000 bajas.

Aunque España logró recuperar algunos territorios, cualquier intento de aproximación naval se topó con la resistencia rifeña, que en marzo de 1922 hundió el buque de guerra español Juan de Juanes. ‘Abd al-Karim rechazó las exigencias españolas de que liberara a sus prisioneros de guerra, solicitando a cambio una compensación económica y la liberación de los cautivos marroquíes.

Tras muchas vacilaciones, España accedió y le pagó cuatro millones de pesetas, lo que equivaldría hoy a unos 11,6 millones de dólares. De los 570 prisioneros españoles retenidos por los rifeños, 326 sobrevivieron; el resto falleció a causa del tifus, junto con algunos de sus captores.

En septiembre de 1921, ‘Abd al-Karim proclamó la República del Rif, con capital en Ajdir, a orillas del Mediterráneo, junto a la bahía de al-Husaymah.

La república sobrevivió hasta 1926, repeliendo varias incursiones españolas. En 1924, mientras los españoles se reagrupaban, se retiraron de la ciudad de Shafshawan (Chaouen), donde se enfrentaron a los rifeños, quienes les infligieron entre 17.000 y 20.000 bajas.

El general Miguel Primo de Rivera, que asumió el mando del protectorado en el otoño de 1923, declaró que, a pesar de que la «sangre española» marcaba el «camino de la civilización», la venganza contra los marroquíes sería «rápida y severa». Para el verano de 1925, las fuerzas de ‘Abd al-Karim habían avanzado hacia el sur y arrollado a las fuerzas francesas al norte de Fez.

Los mandos franceses y españoles se reunieron en Madrid en junio de 1925 para coordinar una invasión de la República del Rif. Reunieron 123.000 efectivos, aunque algunas estimaciones sitúan la cifra en medio millón, frente a 12.000 combatientes rifeños. Las fuerzas europeas atacaron en septiembre, sitiando la república al acercarse el invierno y restringiendo sus suministros de alimentos y sal.

Los intentos de ‘Abd al-Karim por negociar fracasaron. En la primavera de 1926, España había lanzado un asalto naval contra Al-Husaymah. Utilizó cuatro tipos de gas tóxico, incluido el gas mostaza, contra civiles y combatientes para quebrantar la tenaz resistencia rifeña y ganar la guerra. Las tropas españolas mutilaron a sus víctimas marroquíes, ensartando partes de sus cuerpos en pinchos.

‘Abd al-Karim se rindió a los franceses en mayo de 1926. Fue exiliado junto con su familia y otros 150 rifianos a La Reunión, la isla ocupada por Francia en el océano Índico, antes de escapar a El Cairo en 1947.

En total, 10.000 rifeños perdieron la vida defendiendo sus tierras. A lo largo de cinco años de combates, unos 43.500 soldados españoles murieron, resultaron heridos o fueron dados por desaparecidos.

Alegando falta de jurisdicción, la Sociedad de Naciones se negó a intervenir en la Guerra del Rif incluso después de que España utilizara gas venenoso; el racismo de sus miembros europeos fue, sin duda, un factor fundamental.

La República del Rif fue tan solo la segunda república independiente proclamada en el mundo árabe, tras la República de Trípoli en 1918, y no se estableció ninguna otra hasta la Segunda Guerra Mundial.

Éxodo de colonos

En vísperas de la independencia de Marruecos en 1956, 350.000 colonos franceses vivían en el país. Para ese año, el protectorado español contaba con 91.000 colonos españoles, además de otros 26.000 en la zona francesa y 21.500 en Tánger, que se encontraba bajo administración internacional.

En total, a mediados de la década de 1950 vivían en Marruecos cerca de medio millón de colonos europeos, de los cuales casi tres cuartas partes eran franceses.

Tras la elección del Gobierno del Frente Popular en España en 1936, el líder nacionalista marroquí en ascenso ‘Abd al-Khaliq Turris fundó el Partido de la Reforma Nacional en la zona española. La izquierda española no apoyaba la independencia de Marruecos.

Sin embargo, los militares rebeldes de derecha que sumieron a España en la guerra civil intentaron cooptar a los nacionalistas marroquíes, principalmente para reclutar a rifeños que lucharan de su lado. Entre 60.000 y 70.000 marroquíes lucharon a las órdenes del general Francisco Franco, cuyas fuerzas controlaban la zona española de Marruecos.

En Sabtah y Maliliah, los judíos autóctonos se mezclaban con aquellos cuyos antepasados habían huido de la Reconquista. A finales del siglo XIX, la población judía urbana se había convertido en una mezcla sefardí de judíos españoles y marroquíes que se referían a los del campo como «bereberes».

Oleadas de judíos procedentes de Tetuán y las zonas rurales de Marruecos emigraron a las colonias desde la década de 1880 hasta la primera década del siglo XX.

Los sionistas comenzaron a centrarse en ellos en 1919, a pesar de la opinión generalizada entre la comunidad judía local de que el sionismo era un movimiento ashkenazí irreligioso. Sin embargo, a instancias de su rabino, los judíos acaudalados de Ceuta recaudaron 100.000 francos para los sionistas en 1921.

En 1922 se había constituido en Ceuta la Federación Sionista Ibero-Marroquí bajo el liderazgo de Ignacio Bauer-Landauer, cuya familia había representado a la Casa de Rothschild en España desde mediados del siglo XIX. En aquellos años aún no se producía emigración judía a Palestina.

En la década de 1950, los nacionalistas anticolonialistas marroquíes de la zona española, al igual que sus compatriotas de la zona francesa, estaban movilizando a la población en favor de la independencia.

España se resistió a los esfuerzos de ellos antes de acabar cediendo finalmente. El rey Mohammed V de Marruecos viajó a España en abril de 1956 para ultimar los acuerdos. El estatus de zona internacional de Tánger quedó derogado en julio de 1956, aunque conservó un estatus administrativo especial hasta julio de 1960.

La independencia de España provocó la marcha de muchos colonos españoles, 92.000 personas, lo que representaba el 9,4 % de la población del protectorado. En aquel momento, el número de colonos españoles ascendía a 21.500 en Tánger y a 25.698 en el protectorado francés. Ifni contaba con otros 3.500, cifra que fue aumentando a medida que llegaban colonos procedentes de los territorios cedidos por España; en 1967, su número ascendía a 11.984, incluido el personal militar.

En el «Sáhara Español», 20.126 colonos permanecieron allí hasta la retirada de España en 1975. Muchos colonos también permanecieron en el antiguo protectorado español tras la independencia, mientras que otros se marcharon gradualmente, y las salidas se aceleraron significativamente en 1957. España no abandonó Ifni hasta 1969 y, desde entonces, ha conservado sus colonias de Ceuta y Melilla.

La Corona marroquí no consideraba que las dos colonias formaran parte del reino en 1956, aunque los nacionalistas sí.

En 1971, el Ministerio de Trabajo español contabilizó 43.498 españoles en Marruecos: 8.082 en el antiguo protectorado español, 26.668 en el antiguo protectorado francés y 9.295 en Tánger.

Otra oleada de repatriaciones se produjo a raíz de un decreto de 1973 que marroquinizaba las empresas de propiedad extranjera, los puestos de trabajo y las tierras nacionalizadas. Entre junio de 1974 y diciembre de 1975, unas 20.000 familias de colonos españoles se repatriaron a España.

A principios de 1980, los consulados españoles registraban tan solo 8.094 trabajadores españoles en Marruecos, el 80 % de los cuales se concentraba en Tánger y Casablanca. La numerosa colonia española de Casablanca, que ascendía a 20.500 personas antes de la marroquización de las tierras de 1973, se había reducido a unos 2.500 habitantes en 1986.

Descolonización selectiva

En la actualidad, los españoles constituyen casi la mitad de la población de las dos colonias de colonos de Sabtah y Maliliah. En Sabtah —o Ceuta— constituyen una ligera mayoría, mientras que los marroquíes autóctonos tienen una estrecha mayoría en Maliliah —o Melilla—.

A raíz de la reciente migración a Ceuta, han resurgido las reivindicaciones marroquíes para la devolución de Sabtah y Maliliah. El 22 de agosto, el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, declaró que Marruecos «se aferraría a su derecho histórico y a su derecho geográfico» sobre ambas ciudades, y pidió la creación de una comisión de diálogo permanente para negociar su retorno «al seno de la patria».

Días más tarde, el ministro marroquí de Habous y Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq, evocó las «ciudades ocupadas» del norte de África en el palacio real de Rabat, durante una ceremonia con motivo del cumpleaños del Profeta presidida por el rey Mohammed VI.

España respondió con intransigencia, insistiendo en que nunca renunciaría a la soberanía sobre sus colonias. «Ceuta y Melilla son españolas», afirmó la portavoz del Gobierno, Elma Saiz. «Son nuestras fronteras meridionales, así como las fronteras de Europa. No hay nada más que añadir».

Aún no está claro adónde conducirán las exigencias marroquíes, especialmente teniendo en cuenta el apoyo de la Administración Trump a la reivindicación de Marruecos sobre el Sáhara Occidental frente a las reivindicaciones indígenas del pueblo saharaui y de la República Árabe Saharaui Democrática proclamada por el Frente Polisario en 1976, reconocida por más de dos docenas de países.

Estas reivindicaciones han resurgido en medio de la creciente hostilidad de EE. UU. e Israel hacia España, a raíz de la condena por parte de Madrid del genocidio y las políticas coloniales de Israel hacia los palestinos. Marruecos, por su parte, tiene sus propios motivos de resentimiento.

Su ofensiva territorial podría deberse menos a un sincero sentimiento nacional que al deseo de castigar a España por negarse a reconocer la plena soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental —a pesar de que ha respaldado el plan de autonomía de Marruecos para el territorio— y por mantener buenas relaciones con Argelia, que apoya la independencia saharaui y está aliada con el Frente Polisario.

Aunque la Administración Trump ha reafirmado su apoyo a la soberanía española sobre Ceuta y Melilla, un informe del Congreso de EE. UU. que describía ambas ciudades como situadas en territorio marroquí y fomentaba el diálogo diplomático entre Rabat y Madrid ha despertado la alarma. España insiste en que su estatus no es negociable.

No está claro hasta qué punto será sostenible la postura española, dada la estrecha alianza de Marruecos con Israel bajo el mandato del primer ministro Benjamín Netanyahu, y la continua hostilidad de Trump hacia el Gobierno socialista español. Madrid denegó a Washington el uso de sus bases militares para la guerra contra Irán, y ha retirado a su embajador en Israel a raíz del genocidio en Gaza.

Muchos en España creen que el país está pagando ahora por ese desafío, y políticos y comentaristas culpan a Israel y a EE. UU. de avivar la crisis de Ceuta como represalia.

El embajador israelí ante la ONU, Danny Danon, avivó esas sospechas al publicar en X que ya era hora de que España explicara por qué «sigue manteniendo enclaves coloniales en África». El ministro de Transportes español, Óscar Puente, compartió la publicación y comentó: «Bueno, parece que todo se está aclarando bastante».

La alianza antipalestina de Marruecos con Trump e Israel no puede determinar el futuro de las dos colonias de asentamiento. Ese futuro debe basarse en un auténtico impulso hacia la descolonización, que se aplique por igual a Sabtah y Maliliah, al Sáhara Occidental y a todos los territorios palestinos, libaneses y sirios colonizados por Israel.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 8 de septiembre de 2026

Una geopolítica del caos muy calculada

 

Por Mercedes Gallego         
               Periodista internacional. Corresponsal del Grupo Vocento en Nueva York desde hace 16 años.


Los ‘lobbies’ marroquíes amortizan su inversión en Washington al convertir a Rabat en el nuevo socio militar de EEUU en África, mientras España paga la factura


Marco Rubio y el ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, en abril de 2025.


     Casi tres años antes de la crisis de Ceuta, Estados Unidos tuvo su propia ‘invasión’ migratoria. El epicentro fue Eagle Pass (Texas), una ciudad fronteriza de 28.000 habitantes a la que, en diciembre de 2023, llegaron hasta 12.600 personas diarias durante una semana seguida. Los migrantes triplicaban la población local y algunos se ahogaron en el Río Bravo, atrapados por las boyas de protección. Trump ya empleaba entonces el manual que ahora aplica a la frontera Sur de Europa.

Al año siguiente, el magnate ganó las elecciones por segunda vez, con las deportaciones masivas como eje de su campaña. En la primera ya había descubierto el potencial político del miedo a la “invasión” migratoria.

Hasta junio de 2015, sólo era un excéntrico millonario de tabloides y reality shows, con apenas el 2% de la intención de voto, empatado por abajo con candidatos intrascendentes en una lista de 16 aspirantes. Un mes después de demonizar a los inmigrantes, con la promesa de construir un muro para resolver un problema que aún no existía –los datos oficiales reflejaban una tendencia a la baja del 28% interanual–, encabezaba las encuestas. La cobertura ininterrumpida de sus declaraciones incendiarias convirtió a los medios en cómplices de su victoria.

Trump, que tiene un gran instinto para las bajas pasiones, supo de inmediato que había topado con un filón. “Podría ganar las elecciones dos veces con este tema del muro”, dijo en la Conferencia de Acción Conservadora de 2020. Y lo hizo. El año pasado detectó ese potencial en Europa y empezó a azuzar el miedo a la extinción si no se sigue su ejemplo migratorio. “Tienen que ponerse las pilas. Si no lo hacen, Europa dejará de ser lo que es”, dijo este agosto, en un remake europeo de su campaña. “Si no tienes fronteras, no tienes país”.

Es difícil decir cuándo entró Ceuta en el radar de su simplismo geográfico, pero sin duda lleva años o décadas en el de los lobbies marroquíes, que asignan al cabildeo de Washington unas diez veces más que España. Despachos como Brownstein, Qorvis y Scribe Strategies suman casi dos millones de dólares anuales en contratos para incidir en la posición de EEUU sobre Ceuta, Melilla y las aguas del Sáhara.

Consciente del gusto de Trump por el lujo y los tiranos, el reino de Mohamed VI redobló la apuesta. Entre 2016 y 2025, los lobbies marroquíes invirtieron 58,9 millones de dólares, según Open Secrets.


Gasto total de Marruecos por año.

La inversión se amortiza con creces: el polémico informe del Congreso que cuestiona la soberanía española sobre Ceuta y Melilla recomienda, de premio, asignar a Marruecos “no menos de 20 millones de dólares” en financiación militar. Y eso es solo la guinda para justificar su inclusión en una ley presupuestaría, según lo que ha redactado el subcomité que preside Mario Díaz-Balart, fundador del Caucus Marroquí del Congreso.

En diciembre de 2020, un mes antes de dejar el poder, Trump añadió la firma de Mohamed VI a los Acuerdos de Abraham: Marruecos reanudaba relaciones con Israel a cambio del apoyo de Washington a su plan de autonomía para el Sahara español. Un canje perfecto que alumbraba un nuevo eje del orden mundial trumpista: EEUU, Marruecos e Israel. Un mes después se marchó de Washington ofuscado, en helicóptero, sin despedirse siquiera de su sucesor. La política del caos había fallado. Lanzó a sus hordas sobre el Capitolio, pero no pudo evitar que el Congreso certificara la victoria de Joe Biden.

Marruecos e Israel siguieron trabajando durante ese paréntesis. La gran autopista Tiznit-Dakhla que atraviesa el Sahara Occidental se construyó en su ausencia, pero pronto será rebautizada como Donald J. Trump, en muestra de “profundo agradecimiento”. El comercio entre Marruecos e Israel se ha multiplicado por cuatro en cinco años, hasta 576 millones anuales. Pero ojo, no intercambian latas de sardinas. El 74% de lo que Israel exportó a Marruecos en 2020 fue material aeroespacial, aviones y helicópteros. Al año siguiente, la venta de armamento se multiplicó por siete en términos absolutos. Y este enero se firmó un nuevo acuerdo de cooperación militar, después de que Marruecos incrementara su presupuesto de Defensa un 18%, para comprar drones y sistemas antiaéreos israelíes, pero también para algo más serio: la construcción de una fábrica de drones kamikaze israelíes en suelo marroquí. Se trata de una relación de bajo desembolso, en comparación a la que tiene con España –su principal socio comercial–, pero de alto impacto estratégico.

En Washington, el lobby marroquí tampoco descansó con Biden en la Casa Blanca, que en esto la primera democracia se parece al caos y nos vuelve daltónicos. Según una investigación de CBS Miami, al dejar su escaño, Lincoln Díaz-Balart (hermano de Mario) montó la firma de lobby Western Hemisphere Strategies, con la que cobró 1,2 millones de dólares, entre 2012 y 2017, de un solo cliente: el Moroccan American Center for Policy. Veinte mil dólares al mes por “afectar positivamente las relaciones entre Marruecos y Estados Unidos”.

Con la vuelta de Trump y el nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado, el círculo cubanoamericano de Washington ha encontrado una puerta directa a la Casa Blanca. Rubio no llevaba ni una semana en el cargo cuando ya se había organizado una bilateral telefónica con el ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, y una visita para abril. El “socio estratégico” fue recibido en la Casa Blanca por el entonces asesor de Seguridad Nacional, Mike Waltz, y luego por el propio Rubio, quien reafirmó públicamente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. En el Capitolio, los congresistas Díaz-Balart y Joe Wilson calificaron a Marruecos de “aliado crucial” para EEUU.

Mientras tanto, el Gobierno de Pedro Sánchez se perfilaba en Washington como todo lo contrario. Rehusó aumentar al 5% el gasto de Defensa que acordó la OTAN, se abstuvo de participar en el Consejo de Paz para Palestina, criticó sin medias tintas el genocidio y el 4 de marzo negó oficialmente el uso de las bases de Rota y Morón para atacar a Irán. Ese parece haber sido el detonante.

En el desorden del caos hay un orden, el del bully, que no puede dejar que nadie se insubordine. A los pocos días, la Casa Blanca encargó la elaboración de un “dossier preventivo” sobre las vulnerabilidades económicas y estratégicas de España, que se le presentó a Trump semanas después en Mar-a-Lago. Repsol aparecía como “buque insignia” del negocio energético internacional español. La empresa podía ser un blanco fácil de presión económica porque ya tenía un pie en Venezuela y mucho que agradecer, al haber sido una de las cinco primeras en recibir licencias del Tesoro para operar con la estatal venezolana.

Como parte de la ofensiva, el 12 de marzo, Michael Rubin, analista proisraelí del think tank conservador American Enterprise Institute (AEI), publicó en la propia web del centro un artículo titulado “Madrid critica a Israel, pero España es un poder colonial” que no deja lugar a sutilezas. En él califica a España de “potencia colonial” y a Sánchez de “hipócrita” por retirar a su embajador en Israel un día antes. Cuatro días después, redobla con una arenga publicada en el Middle East Forum. Bajo el título “Marruecos debería enviar una nueva Marcha Verde a Ceuta y Melilla”, pide explícitamente a Trump que declare esos enclaves “territorio marroquí ocupado”. ¿De verdad alguien cree que esa noticia no llegó a Rabat?

Lo que sí llegó a España seis días después fue otra cosa. El 18 de marzo, la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional española recibió el volcado del teléfono de Rodolfo Reyes, el accionista de Plus Ultra, clave para el caso contra Rodríguez Zapatero. Las pruebas de cortesía estaban en manos de EEUU desde 2021.

Como seguimiento, en abril Díaz-Balart declaró a El Español que el presidente Trump estaba buscando “alternativas a España” para trasladar sus bases. Al ser preguntado expresamente si Marruecos sería esa alternativa, el sobrino político de Fidel Castro –el líder pionero en inundar a otro país con migrantes (Mariel, 1980)–, responde: “Es interesante, porque Ceuta y Melilla están en territorio marroquí y la actitud de Marruecos ha sido muy positiva”. O sea, la de su representado.

Como presidente del subcomité de Asignaciones de la Cámara de Representantes, aprovechó una ley presupuestaria para decir en un informe adjunto que “Ceuta y Melilla son ciudades en territorio marroquí, administradas por España, largamente reclamadas por Marruecos”. El texto se compromete a “apoyar los esfuerzos del secretario de Estado para alentar negociaciones diplomáticas entre Marruecos y España sobre el futuro estatus” de esas ciudades.

El caos está ya bien engrasado. En paralelo, el senador de Missouri Roger Wicker impulsa en el Senado una ley que blindaría la hoja de ruta de Defensa firmada en abril. El Pentágono tendría hasta 2036 para convertir a Marruecos “en el socio más capaz de EEUU en el continente africano”, sustituyendo a las bases que pierde en el Sahel, tras los golpes de Estado en Mali, Níger y Burkina Faso.

Lo que atisba la opinión pública en ráfagas de Instagram es solo la punta del iceberg de una estrategia muy elaborada. Dos semanas después de que se aprobase la ley que incluye el informe que atribuye a Marruecos Ceuta y Melilla, Mohamed VI celebra la Fiesta del Trono, con la visita de Sánchez a Argelia como trasfondo. Más de 70.000 personas responden al llamado de los coyotes digitales por las redes y entran a Ceuta en aluvión, mientras en Melilla la Gendarmería logra contener otra avalancha humana. En El Tarajal no todos completaron el cruce, y hubo al menos 145 muertes, porque el mar, como el Río Bravo, cobra un peaje.

Algunos de los presentes en la fiesta del rey aseguran que sus propios asesores estaban helados con la magnitud de lo que ocurría. Por su parte, los observadores están convencidos de que esa no era la imagen que se deseaba proyectar, justo cuando el monarca repasaba los logros de su mandato. Pero desde luego, logró captar la atención de Trump.

“Es terrible. Recuerden esa imagen”, dijo esa misma noche, aprovechando para arrimar el miedo a su campaña. “Así estaremos nosotros dentro de tres años si gana el bando equivocado”.

Este jueves 10 de septiembre Trump estará en Texas, no para rendir tributo a los migrantes ahogados en Ceuta o en Eagle Pass, sino para culminar la convención de su partido de cara a las legislativas de noviembre con un homenaje a Charlie Kirk, en el primer aniversario de su muerte.


Charlie Kirk reparte gorras en el evento de su American Comeback Tour en la Florida State University en febrero de 2025.

A veces el caos acaba devorando a quienes lo generan, pero qué mejor manera de rendirles homenaje que reconducir todas las pérdidas hacia las urnas.

Una cronología

10 de diciembre de 2020

Donald Trump anuncia el acuerdo de normalización entre Marruecos e Israel y el reconocimiento de EEUU a la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

21 de enero de 2025

  • Trump es investido por segunda vez. El Senado confirma a Marco Rubio como secretario de Estado por unanimidad.

27 de enero de 2025

  • Rubio conversa por teléfono con el ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita. El resumen oficial destaca “la importancia de una asociación estratégica” entre ambos países.

8 abril de 2025

  • Nasser Bourita, ministro de Exteriores maroquí, visita Washington y mantiene sendas reuniones con Rubio y el consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Mike Waltz.

9 de abril de 2025

  • Los congresistas Mario Díaz-Balart y Joe Wilson reciben a Bourita en el Capitolio y declaran a Marruecos “aliado crucial” en Oriente Medio.

3 de enero de 2026

  • EEUU captura a Nicolás Maduro y su esposa mediante una operación militar e instaura en el poder un gobierno tutelado por la vicepresidenta Delcy Rodríguez.

  • Pedro Sánchez dice que no reconocerá “una intervención que viola el derecho internacional y empuja a la región a un horizonte de incertidumbre y belicismo”.

9 de enero de 2026

  • El consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, participa en una reunión convocada por la Casa Blanca con una veintena de petroleras y le agradece a Trump que “abra la puerta a una Venezuela mejor”.

13 de febrero de 2026

  • El Tesoro de EEUU emite la primera licencia general que autoriza a Chevron, BP, Eni, Shell y Repsol a operar en el sector petrolero venezolano.

4 de marzo de 2026

  • Sánchez niega el uso de las bases de Rota y Morón para atacar Irán y cierra el espacio aéreo español a los cazas de EEUU.

  • Esa semana la Casa Blanca encarga el “dossier preventivo” sobre las vulnerabilidades de España y señala a Repsol entre ellas.

12 de marzo de 2026

  • El analista Michael Rubin publica: “Madrid critica a Israel, pero España es un poder colonial» en el think tank conservador American Enterprise Institute.

16 de marzo de 2026

  • Rubin publica la secuela: “Marruecos debería enviar una nueva Marcha Verde a Ceuta y Melilla” en el think tank Middle East Forum.

18 de marzo de 2026

  • La unidad de la Policía Nacional española especializada en delitos económicos recibe de EEUU el volcado del teléfono de Rodolfo Reyes, vía Seguridad Doméstica.

1 de abril de 2026

  • Díaz-Balart, en El Español: “Ceuta y Melilla están en territorio marroquí”.

15 de abril de 2026

  • El secretario de Defensa Pete Hegseth y su homólogo Abdellatif Loudiyi firman una hoja de ruta de 10 años para “una integración militar sin precedentes” en 2036.

30 de abril de 2026

  • El subcomité de Asignaciones de la Cámara para Seguridad Nacional y Departamento de Estado oficializa en un informe que “Ceuta y Melilla son ciudades en territorio marroquí administradas por España”.

1 de mayo de 2026

  • Trump reemplaza a Waltz por Rubio, que acapara así también las funciones de consejero de Seguridad Nacional.

15 de junio de 2026

  • El Comité de Servicios Armados aprueba la Sección 1268 sobre Marruecos del senador Roger Wicker, que blindará la hoja de ruta frente a cambios de gobierno.

14 de julio de 2026

  • La ley de Autorización de Defensa Nacional S-4784 que incorpora la iniciativa de Wicker queda bloqueada en el Senado en un voto de procedimiento (50-46) por el pulso a la guerra de Irán.

15 de julio de 2026

  • La Cámara Baja aprueba la H.R. 8595 que incorpora el informe de Díaz-Balart. Por primera vez el Congreso de EEUU atribuye Ceuta y Melilla a Marruecos y alienta negociaciones con Marruecos.

31 de julio de 2026

  • Fiesta del Trono de Mohamed VI: 70-80.000 personas entran a Ceuta.

  • Trump: “Es terrible. Recuerden esa imagen. Así estaremos nosotros dentro de tres años si gana el bando equivocado”.



Fuente: Ctxt

sábado, 8 de agosto de 2026

Marruecos se crece, rearma y chantajea… porque puede

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


 El caso está en no hablar claro, en alimentar los tabúes nacionalistas y patrioteros, en adherirse a sentimientos que ni la Historia ni el Derecho pueden encajar, barruntando conflictos -aparentemente larvados pero que una y otra vez asoman su letalidad- para este Estado que llamamos español, que sigue siendo incapaz de resolver penosas contradicciones del pasado. Por ejemplo, Ceuta, Melilla y los “peñones”.

Tras la gran pifia cometida por España regalándole el Sáhara Occidental a Marruecos gratis et amore, tan fácil se lo pusimos, quedó pendiente para nuestro vecino del sur apoderarse -“recuperar”, dicen ahí, con escaso rigor histórico o jurídico, pero con la máxima decisión- de esas “Plazas de soberanía” española en territorio africano, ciertamente marroquí. Y en la hoja de ruta que el hábil Hasán II dejó trazada, habiendo contrastado bien y con éxito la debilidad (por no decir lenidad) de España, señaló para sus sucesores, Mohammed VI y Hasán III, lograr para su Reino esas dos ciudades (llamadas “autónomas” pero carentes de la menor autosuficiencia), los dos peñones (el de Vélez de la Gomera y el de Alhucemas, que los marroquíes pueden apedrear desde su orilla) y esas islas (las Chafarinas) que no nos sirven ni para proteger la foca monje.

Nos vienen perjudicando, desde luego, las malas artes que el presidente Donald Trump considera propias de la acción política internacional, bien adheridas a una ignorancia supina, su mala baba como tipo grotesco y aborrecible, su capricho de hacer a América grande de nuevo machacando a medio mundo, su obsesión por los negocios, que considera parte esencial en sus relaciones internacionales, y su sumisión a los designios genocidas del Estado de Israel. Un verdadero (y peligrosísimo) mamarracho, quien se ha tomado muy a mal que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se haya atrevido (sobrado de pruebas) a acusar de genocidas a los líderes israelíes, patronos de la Casa Blanca, así como a negarle el uso de las bases de utilización conjunta en su agresión (guerra pirata, ilegal, canalla, de su estilo y firma) contra Irán.

Además, el Gobierno español, al que acosa la derecha y la ultraderecha trumpistas, debe de adolecer de evidente debilidad interior y exterior según la CIA, el Mossad y la DGDE marroquí, de inteligencia exterior. Aducirán como pruebas la rendición sin condiciones de Sánchez cuando se allanó a la “solución” marroquí de una autonomía (tramposa, ilegal) para el Sáhara de resultas de haber comprobado los daños producidos a él y a España (aunque desconocidos por el común de los españoles) por el espionaje del programa Pegasus, de creación israelí pero manejado por Rabat; además de la evidente vulnerabilidad de las fronteras (más bien alambradas) de Ceuta y Melilla ante una inmigración que es imposible de frenar.


Pedro Sánchez y Mohammed VI (2024).

Así que, para el “triángulo” formado por Estados Unidos, Israel y Marruecos, grandes e impunes perturbadores de la paz internacional, la intimidación a la España de Pedro Sánchez se ha acabado convirtiendo en una operación de acoso (atractiva, facilona, llena de promesas), precursora de envites más serios de desgaste político y -jugando siempre a favor de Marruecos- reajuste territorial.

Así que sí: la espectacular invasión de Ceuta por miles de personas, en su mayoría jóvenes y con neto predominio de marroquíes, constituye un ensayo para -a modo de nueva Marcha Verde adaptada a las circunstancias- poner en jaque a España, la obligue incluso a actuar militarmente y, tras las mediaciones y las conversaciones de “aliados” y “amigos”, obtener un plazo para la cesión de las plazas y peñones con una soberanía compartida desde ya. Un ensayo al que seguirán otros según un plan que debe estar ya establecido.

Para este cronista, servidor de ustedes, que remata en este agosto feo y chabacano su tercer trabajo de política internacional, La cuestión del Sáhara Occidental y las relaciones España-Marruecos (contra la Historia y el Derecho), que se podrá disfrutar ya en octubre, cuando lo publique la amistosa editorial El viejo Topo, lo de Ceuta (Sebta) me ha venido al pelo, pero no ha podido alterar la tesis que sostiene -que sostengo, como tantísimos españoles, aunque en silencio- sobre la conveniencia de entregar esas plazas y peñones a Marruecos, de forma ordenada, pero cuanto antes. No solamente para liquidar una causa de chantaje marroquí que ya cansa y erosiona demasiado, sino, ya digo, por afrontar con dignidad y justicia las exigencias implacables de la Historia y del muy respetable Derecho escrito: de Moral internacional, en suma.


Ceuta, indefendible (istock).

Pocos se han decidido a poner en relación la facilidad con que se entregó el Sáhara a Marruecos con la amenaza y el chantaje sobre Ceuta y Melilla. El Frente Polisario lo sabía y lo sabe (sus analistas y diplomáticos son, de siempre, de una especial finura y preparación), y algunos diplomáticos españoles llegaron a pedirlo/proponerlo a sus jefes ministeriales en lo más crudo de la crisis por el Sáhara en 1975. Lo supimos después, cuando el prestigioso diplomático español Máximo Cajal (aquel que, siendo embajador en Guatemala en 1980 estuvo a punto de morir cuando la policía de aquella dictadura asaltó e incendió la legación asesinando a 37 indígenas que allí se habían refugiado) reveló en su libro Ceuta y Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España? (2003) que el embajador ante las Naciones Unidas, Jaime Piniés, “en el difícil 1975, informó por escrito a Exteriores de que lo razonable sería retroceder inmediatamente peñones e islotes a Marruecos, concertar un plazo de 20 años para retroceder la soberanía de Melilla y rechazar cualquier discusión sobre Ceuta hasta tanto no hubiéramos incorporado Gibraltar a la soberanía española”. Cajal se mostraba indignado, por cierto, por la operación militar sobre el islote (en realidad, pedrusco) Perejil (Tura) en julio de 2002, dejando bien clara su opinión: es “una situación colonial que es una afrenta a Marruecos y un elemento de desasosiego y mala conciencia nacional para España, que se agita en cuanto se menciona el tema… son tres contenciosos, que deben ser encauzados, gestionados y resueltos con una visión global”; con un remate lapidario: “Hay que reintegrar la integridad territorial de Marruecos”.

En estos días de alteración de conciencias y saberes sobre estos penosos asuntos caspo-coloniales, resurge desde varios puntos esa cantinela enervante de que la apropiación de esas plazas y peñones por España tuvo lugar “cuando Marruecos no existía aún como Estado”. Y me ha sorprendido que una catedrática de Derecho Internacional (que no nombro porque no sé muy bien cómo mostrarle mejor mi respeto, si nombrándola o absteniéndome) aluda a que “ni Ceuta ni Melilla han sido nunca territorios marroquíes y son españolas siglos antes del Protectorado sobre Marruecos”, dando a entender (¡qué barbaridad!) que Marruecos no ha sido un Estado hasta 1956. De donde habría que deducir que no eran verdaderos Estados el imperio almorávide, el almohade (ambos, con capital en Marrakech), el meriní (con capital en Fez), los tres, por cierto, abarcando parte de la España de los siglos XI-XIV; y que las dinastías meriní (1244-1465), saadí (1554-1659, con capital en Marrakech) y alauí (1659 hasta hoy, con capitales sucesivas en Fez, Mequinez y Rabat) no han constituido Estado nunca. ¿Qué eran, entonces?, ¿acaso sólo el Occidente cristiano ha sido capaz de crear Estados verdaderos, es decir, estructuras de gobierno, dominio y desarrollo de sus territorios, por más que evolucionaran en extensión y formas políticas?

Pero lo más importante es -a la luz del Derecho Internacional y más todavía, de la Historia- que la mayoría de esas plazas y peñones, que también fueron denominadas “presidios” durante siglos, fueron conseguidas por España tras hechos de guerra y paces impuestas, siguiendo una dinámica rigurosamente colonial. Ceuta, precisamente, resulta ser portuguesa en origen, ya que fue conquistada en agosto de 1415 por Portugal en plena etapa de su expansión por África y el Atlántico, protagonizada por los reyes de la Casa de Avis y con la figura histórica de Enrique el Navegante que, por cierto, participó en la toma de la ciudad al Estado/dinastía meriní, o benimerín. Pasó a la unión dinástica de las coronas portuguesa y española (1580-1640) con Felipe II, y cuando esta unión se deshizo y finalizó la guerra consiguiente, permaneció en manos de España (desde 1668).

Por España fueron conquistadas Melilla (Mlilat, 1497), el Peñón de Vélez de la Gomera (1508) y el Peñón de Alhucemas (Al-Hoceima, 1560), ocupando las Chafarinas en 1848 cuando se supo que Francia, que ya dominaba la Argelia mediterránea, pretendía hacerse con ellas. Son dinámicas estrictamente coloniales que por parecer muy alejadas de la época del colonialismo y el imperialismo europeo -Portugal y España fueron Estados adelantados en esa expansión política y comercial, como bien sabemos- pueden hacer pensar en apropiaciones territoriales más nobles o justificadas.

Hacen muy bien los pueblos excoloniales de resarcirse cuando pueden de la implacable “lógica colonial”, que siempre consiste en la imposición de ciertas potencias sobre otros pueblos y tierras para explotar sus riquezas naturales (saqueo) y a los propios pobladores (esclavitud), y en frecuente competencia con potencias semejantes sobre los mismos territorios o bienes. Ese fue el “modelo” de las relaciones España-Portugal en los siglos XV-XVI, eso explica el empeño por “recuperar” el enclave de Santa Cruz de Mar Pequeña en tierra ajena y con propósitos económicos, falseando lugar y motivos, y ese es el escenario repetido en el siglo XIX y primera mitad del XX, de España frente a Francia e Inglaterra, con la “invención” de los derechos sobre el Sáhara y la ocupación y reparto de la región con una Francia más poderosa que, además, podía conceder migajas coloniales y límites espaciales caprichosos a su vecina y aliada. Todo ello, aprovechando la inferioridad militar de los pueblos por someter, fueran Estados (Marruecos), fueran tribus autónomas e intratables, celosas siempre de su independencia, pero obligadas a someterse y sobrevivir.

Marruecos viene sosteniendo su reivindicación sobre Ceuta, Melilla y los peñones desde prácticamente su acceso a la independencia en 1956 y desde el mismo momento de la aprobación de la Resolución 1514 (1960) por la Asamblea General de la ONU sobre la situación de los Territorios No Autónomos con la consiguiente creación del Comité de Descolonización (1961, llamado “de los 24”). Y también desde entonces ve frustradas sus pretensiones en ese marco internacional por la cerrada negativa de España a entrar en esa discusión, pero no ceja en su intento y muy bien supo enarbolarlo cuando decidió acelerar sus pretensiones sobre el Sahara en 1973-1975. Jugaba así con la baza decisiva de su poder sobre una España absolutamente decidida a pagar cualquier precio -incluido el de la entrega ilegal del Sáhara- por mantener su soberanía sobre las plazas africanas. La posición de España, empecinándose en mantener su soberanía sobre esas plazas permite a Marruecos seguir expresándose como víctima del colonialismo y asumir como territorios propios aquellos de los que alega que se le despojó por los avatares históricos, tanto los legítimos (las plazas españolas) como los ilegítimos (el Sáhara Occidental).

Por lo que, en la perspectiva de un futuro irremediable, más vale ir preparando la “retrocesión”, o como se le quiera llamar, de esas plazas y peñones africanos al Reino de Marruecos. No solamente España se liberará del chantaje permanente, sino que habrá saneado su pasado histórico y habrá realizado un esfuerzo colectivo de prudencia y realismo. Este cronista, un servidor, propondría que esta cesión, entrega, transacción, regalo, venta…, sea acompañada de la denuncia activa de los Acuerdos de Madrid sobre el Sáhara, ilegales, infamantes, vergonzosos y criminales, declarando solemnemente haber aceptado la propuesta marroquí de autonomía por coacción (y revelando los secretos del chantaje derivado del Pegasus, claro), reclamando la Administración del Sáhara, que sigue poseyendo de iure, exigiendo la salida de las fuerzas armadas marroquíes de ese territorio y decidiendo, en íntima colaboración con Naciones Unidas y la MINURSO, la celebración del referéndum debido, necesario y justo.

Pero el Gobierno español, si sigue siendo socialista, deberá hacer frente a ese lobby de figuras del PSOE volcados en los intereses de Marruecos, que han hecho propios y hacia los que ya han ido muy lejos.

En primer lugar, Felipe González, traidor en jefe de la causa saharaui y desde hace (muchos) años incrustado en la órbita de la dictadura marroquí, a la que sirve con gran convencimiento.


Felipe González en los campamentos saharauis (1976).

Y luego, José Bono, gran negociante, cuyos principios políticos y morales son -como los de su antiguo jefe y referencia- mudables e intercambiables; y otro exministro, Pepe Blanco, Pepiño, cuya empresa de consulting se forra con los encargos marroquíes y acoge, por igual, a sociatas y peperos; y a Moratinos, que tomamos en su día por pilar ético en la diplomacia española, así como a su antiguo jefe y amigo, José Luis Rodríguez Zapatero, más antiguo de lo que imaginábamos en la causa marroquí, y del que también hemos acabado sabiendo que se ha curtido en la inmersión de todo tipo de charcos, de los que ya no va a poder salir ni limpio ni blanqueado; y a los también exministros María Antonia Trujillo, José Fernando López Aguilar, convencidos y convictos en su adhesión al Trono alauí; ¡ah, y al ministro de Agricultura, Luis Planas, antes embajador en Rabat, para el que pido una comisión parlamentaria ad hoc que escrute sus relaciones con Marruecos y con notables marroquíes, así como la repercusión para los intereses del campo español de sus relaciones; y más gente, desde luego.

Y que Marruecos se enfrente a la legalidad internacional conculcada, sin nuestra colusión y sin su sempiterna capacidad de chantaje; que se enfrente con sus medios a la inmigración llamada “ilegal” en esa costa, espejo y muestrario de los horrores del colonialismo europeo, el español incluido, que es en primer lugar una fuga desesperada de sus jóvenes por los horrores de ese país y esa sociedad, huyendo de las garras de una oligarquía insufrible que domina política y economía; y si -como es probable- le declara la guerra al mundo, que quede en evidencia que el Reino alauí y sus apoyos proceden con el más genuino estilo de la piratería internacional, merecedora de desprecio y castigo.