Periodista
independiente que cubre noticias sobre Somalia y África Oriental.
Con
la excepción de Yibuti, todos los Estados ribereños están inmersos
en una guerra civil, participan directamente en un conflicto vecino,
han sido atacados como consecuencia de conflictos regionales o
afrontan alguna combinación de estas tres circunstancias
El nuevo puerto de Berbera, en Somalilandia, financiado en su mayor parte por Emiratos Árabes.
A
principios de julio, un avión aterrizó en Saná, la capital
controlada por los hutíes, marcando el primer vuelo directo entre
Saná y Teherán en más de una década, antes de trasladar a una
delegación de funcionarios hutíes hasta Teherán para asistir
al funeral
del ayatolá Jameneí,
líder supremo de Irán.
Una joven con el retrato del ayatolá durante la ceremonia fúnebre en Teherán.
El vuelo vulneró un acuerdo por el cual el
gobierno yemení —internacionalmente reconocido, con sede en Adén
y respaldado por Arabia Saudí— mantiene el control del espacio
aéreo del país.
Un
intento fallido de detener el vuelo de regreso de la delegación,
unas dos semanas después —que incluyó bombardeos sobre Saná
reivindicados por el gobierno yemení— provocó una represalia hutí
contra Arabia Saudí. El intercambio desencadenó la escalada de
hostilidades más intensa entre ambas partes desde la tregua
negociada en 2022.
Desde
entonces, los hutíes han cumplido su amenaza de atacar petroleros
saudíes en el mar Rojo, reproduciendo el bloqueo que impusieron al
transporte marítimo vinculado a Israel en
solidaridad con Gaza desde
finales de 2023 hasta 2025.
El
medio libanés Al Mayadeen, alineado con Hizbulá, informó de
que, hasta el lunes 27 de julio, se había denegado el paso a 16
buques saudíes. Además, los hutíes han lanzado ataques contra
instalaciones petroleras saudíes.
El número de buques saudíes a los que se les ha denegado el paso desde el lunes ha alcanzado los 16, sin que ningún petrolero saudí haya cruzado Bab al-Mandab en ninguna dirección desde que comenzó el bloqueo.
Se
trata de su primera intervención armada en el mar Rojo desde
que comenzó
la guerra con
Irán a principios de este año. La República Islámica, aliada de
los hutíes, ha instado al diálogo mientras las tensiones siguen e
en aumento. El sábado 25 de julio, un alto cargo hutí se reunió
con una delegación saudí en Omán.
Los
ataques han reavivado la preocupación por la vulnerabilidad de Bab
el-Mandeb, un estrecho estratégico que conecta el mar Rojo con el
golfo de Adén y se estrecha hasta unos 26 kilómetros en su punto
más angosto, entre Yibuti,
Eritrea y Yemen.
Alrededores de la mezquita central en el casco histórico de la ciudad de Yibuti.
Estos
incidentes se producen apenas unas semanas después de que Irán y
Estados Unidos reanudaran
las hostilidades y de que Teherán anunciara
el cierre del estrecho de Ormuz, otro paso marítimo
crucial por el que transita aproximadamente una quinta parte del
petróleo mundial y una parte significativa del suministro global de
gas natural licuado.
Jatin
Dua,
académico de la Universidad de Michigan y especialista en movilidad
y seguridad marítimas, explica a El Salto que, durante las dos
últimas décadas, las tecnologías necesarias para interrumpir el
transporte marítimo —desde drones hasta sistemas GPS— se han
vuelto mucho más accesibles, lo que ha erosionado las ventajas
tradicionales de las grandes armadas y los portaaviones. “Lo que
estamos viendo son formas relativamente sencillas y de bajo coste
mediante las cuales actores no estatales, y también actores
estatales, en este caso Irán, pueden hacer que los puntos de
estrangulamiento marítimos se plieguen a su voluntad”, asegura
Dua. El experto añade que esto tiene un impacto significativo sobre
los mercados energéticos, el comercio internacional y cualquier
sector que dependa de un suministro energético estable, generando un
“efecto dominó” que se deja sentir desde América hasta Asia y
en todos los lugares intermedios.
En
su último informe
anual sobre seguridad alimentaria, publicado este
mes, la ONU advirtió que las tensiones en torno al estrecho de Ormuz
añadían “una capa adicional de vulnerabilidad” a la seguridad
alimentaria mundial. Los precios del diésel y de los fertilizantes
ya habían aumentado más de un 50 % a principios de este año, un
impacto que la organización vinculó directamente al conflicto
extendido en Oriente Próximo. Una interrupción similar en Bab
el-Mandeb —la Puerta de las Lágrimas en árabe, en alusión a sus
peligrosas aguas— podría sacudir aún más una economía mundial
ya de por sí frágil.
El
mar Rojo: de rivalidades episódicas a la competencia estructurada
En
los últimos años, el mar Rojo se ha convertido en uno de los
principales centros de conectividad del mundo. Como asegura Federico
Donelli, politólogo italiano y autor de Power Competition in the Red
Sea, la región ya no es un espacio periférico situado en los
márgenes del Golfo y de África Oriental. Se encuentra en la
“intersección de las principales rutas marítimas, los flujos
energéticos y los proyectos de infraestructuras”, señala Donelli.
En su libro sostiene que el Golfo y el noreste de África deben
entenderse como una única región debido a la densidad de las
conexiones políticas, económicas y sociales que existen entre
ambos. Pero lo que también los une es su relación con una vía
marítima de importancia crítica para el mundo.
El
mar Rojo alberga una parte significativa de los cables submarinos de
fibra óptica del planeta: transmite algo menos del 20 % del tráfico
mundial de internet y prácticamente todos los datos intercambiados
entre Europa y China. Del mismo modo que el canal de Suez, ha
convertido a la región en una arteria fundamental del comercio
global. Según algunas estimaciones, cerca del 15 % del comercio
mundial pasa por el mar Rojo. Por ello, el ministro somalí Ali Omar
sostuvo en un
artículo publicado por Al Jazeera que lo que ocurre
en el mar Rojo “ya no permanece como un asunto local.
Una torre de control de tráfico aéreo y un buque mercante se ven en el aeropuerto de Mogadiscio, Somalia.
Configura la
seguridad económica de todo el mundo árabe y mucho más allá”.
Japón —la cuarta economía del mundo— exporta alrededor de una
quinta parte de sus vehículos por esta ruta; unos 1.800 buques
vinculados al país transitan cada año por el mar Rojo, según un
informe gubernamental publicado en marzo. También es
la ruta más rápida entre Europa y China: por aquí pasan
aproximadamente el 60% de las mercancías en ambas direcciones.
Al
mismo tiempo, el mar Rojo se encuentra en el corazón de una de las
regiones más inestables del planeta. Con la excepción de Yibuti,
todos los Estados ribereños están inmersos en una guerra civil,
participan directamente en un conflicto vecino, han sido atacados
como consecuencia de conflictos regionales o afrontan alguna
combinación de estas tres circunstancias.
La
importancia estratégica de la región ha atraído desde hace mucho
tiempo a las principales potencias mundiales. Durante la época
colonial, Francia, Italia, el Imperio otomano, Etiopía y el Reino
Unido compitieron por el control de territorios en las costas de este
mar. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética
hicieron lo propio para ampliar su influencia. Mientras la mayoría
de los Estados del Golfo permanecieron alineados con Washington, los
países africanos ribereños del mar Rojo mantuvieron relaciones
mucho más cambiantes con sus respectivos patrocinadores. Egipto pasó
de la órbita soviética a la estadounidense con el respaldo de Henry
Kissinger, seguido por Sudán y, posteriormente, Somalia. Etiopía,
que conservó una salida al mar Rojo hasta la independencia de
Eritrea (1991), tomó el camino contrario tras el derrocamiento del
emperador Haile Selassie por el dirigente marxista Mengistu Haile
Mariam. Mientras tanto, Yemen permaneció dividido durante toda la
Guerra Fría entre un sur socialista y un norte conservador y de
orientación religiosa.
Nuevos
actores regionales, mismos retos
En
la actualidad, una nueva generación de actores regionales y globales
trata de gestionar esos mismos riesgos mediante un despliegue
ampliado de fuerzas navales y militares. China y Estados Unidos,
junto con varios países europeos y Japón, mantienen acuerdos con
Yibuti para albergar bases navales. Rusia intenta reactivar un
acuerdo con Sudán, paralizado desde hace años con el objetivo de
establecer una base militar. Turquía y Egipto han intensificado sus
relaciones con Somalia, que posee una de las costas más extensas de
la región. Ankara ha prorrogado por otros dos años el despliegue de
sus tropas en el país, donde apoyan la lucha contra Al Shabaab,
filial local de Al Qaeda, y entrenan al ejército somalí. Los
Emiratos Árabes Unidos han invertido considerablemente en los
territorios somalíes autónomos de Somalilandia y
Puntlandia. Israel, recién incorporado a esta dinámica, reconoció a
finales del año pasado la declaración de independencia de
Somalilandia y desde entonces ha avanzado rápidamente en el
establecimiento de una cooperación en materia de seguridad, para
disgusto del gobierno somalí. Irán, por su parte, mantiene desde
hace tiempo vínculos con los hutíes de Yemen, lo que le proporciona
una influencia considerable sobre la evolución de la región y la
capacidad de utilizar Bab el-Mandeb como instrumento de presión
estratégica.
Muchos
de estos actores persiguen agendas enfrentadas y, en algunos casos,
respaldan a bandos opuestos en conflictos como los de Yemen, Sudán
y, en menor medida —aunque de forma más compleja—,
Somalia. Fault
Lines in the Horn of Africa, un informe del American
Enterprise Institute con sede en Washington, describe la compleja red
de alianzas que está surgiendo en la región y la divide entre lo
que denomina “un eje de actores estatales y no estatales
revisionistas respaldado por Emiratos Árabes Unidos y apoyado por
Israel”. En este bloque se incluirían las Fuerzas
de Apoyo Rápido de Sudán, Somalilandia, Puntlandia y
Etiopía. Frente a él estaría “una coalición de Estados
africanos defensores del statu quo [Sudán, Eritrea y Somalia],
alineados con Egipto, Arabia Saudí y Turquía”. La Fundación
Mediterránea para Estudios Estratégicos, un centro de
estudios francés, ha
advertido de que el mar Rojo se encuentra en un
“punto de inflexión estratégico”, pasando de “rivalidades
episódicas” a una “competencia estructurada”, una tendencia
que vincula a acontecimientos como el
reconocimiento israelí de Somalilandia.
Más
recientemente, Estados Unidos ha tratado de influir en la evolución
de la región en un contexto de creciente frustración entre sus
aliados por las consecuencias que la
guerra con Irán tiene
sobre su seguridad y sus economías. El enviado estadounidense para
África, Massad Boulos, reunió recientemente en El Cairo a los
ministros de Asuntos Exteriores de Somalia, Egipto y Eritrea, cuyos
intereses han convergido cada vez más debido a sus respectivas
tensiones con Etiopía. La aspiración histórica de este país, sin
salida al mar, de obtener acceso al litoral ha alimentado las
tensiones con Somalia y Eritrea, mientras que su disputa con Egipto
gira en torno a las aguas del Nilo.
Una
decisión que ha resultado mucho más trascendental para Donald Trump
ha sido su acuerdo para impulsar un pacto de cooperación nuclear
civil con Arabia Saudí, otorgándole, como escribió el
columnista de The Guardian Kenneth Roth, “las mismas opciones
nucleares que juró que Irán nunca tendría”. La decisión ha
generado alarma en Estados Unidos y ha llevado a Trump a tratar de
suavizar su impacto condicionando el acuerdo a que Riad se incorpore
a los Acuerdos de Abraham y reconozca a Israel, algo que Arabia Saudí
había afirmado previamente que no haría hasta que Israel alcanzara
un acuerdo de paz con Palestina.
Toda
esta situación ha convertido el mar Rojo en un entorno cada vez más
congestionado, diplomáticamente complejo y estratégicamente
competitivo. Como consecuencia, tanto China como, anteriormente, la
administración Biden nombraron enviados especiales dedicados
exclusivamente a coordinar la diplomacia en la región. Sin embargo,
a medida que los
conflictos se han multiplicado y se han ido
entrelazando entre sí, las relaciones históricamente más
constructivas entre los países de la zona han dado paso a intentos
mutuos de debilitarse y fragmentarse.
Al mediodía del 3 de marzo, Estados Unidos e Israel atacaron el barrio de Ferdowsi, en Teherán. Como consecuencia de este ataque, muchos civiles y personas de a pie resultaron muertos y heridos.
En el pasado, estas disputas
permanecían relativamente contenidas; hoy, en cambio, representan
una seria amenaza para el comercio y la seguridad mundiales.
Fuente:
El
Salto