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sábado, 18 de julio de 2026

La defensa de “Europa” de Slavoj Žižek

 

      Investigador de historia y periodista. Actualmente en el exilio tras escapar de Rusia.


Es difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE


Vista satelital nocturna de Europa, destacando la densidad de población y el desarrollo de infraestructura a través de las luces de las ciudades.


     Es predecible y agotador ver a una celebridad intelectual comenzar un discurso inaugural con la gastada cita de Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere y el nuevo tarda en nacer, y en ese interregno surgen los fenómenos mórbidos más variados.” La ansiedad sobreviene cuando uno se da cuenta de por qué está citándola. Para una superestrella intelectual, los clásicos sirven meramente para decorar el escenario de su actuación, un acto de equilibrismo dialéctico que ha registrado una fuerte demanda por parte del público durante años.

Armado con su acento esloveno y humor excéntrico marca de la casa, Slavoj Žižek encuentra ideología en todas partes: en los grandes taquillazos de Hollywood, en el diseño de los inodoros occidentales. Pero cabe sospechar que en el pintoresco cementerio romano de Testaccio Antonio Gramsci se revolvería en su tumba viendo cómo Žižek gestiona su legado.

Parece que Žižek hace tiempo que dejó de cultivar su reputación de figura marginal, una suerte de Diógenes moderno en el barril. Hoy es un intelectual de éxito, bienvenido en la crema de la crema de las instituciones académicas y grandes auditorios. Vive y trabaja entre Londres, Ljubljana y EEUU, cobrando jugosos cheques por sus conferencias y libros, que produce industrialmente, en ocasiones dos al año. Goza del estatuto de estrella mundial y su vida claramente difiere de la del investigador medio en la academia occidental, con visados precarios, becas magras y contratos por períodos de tiempo limitados.

Cuando Žižek se sitúa a sí mismo entre Marx y Gramsci en una de sus performances pop y comienza a deconstruir sus conceptos clásicos es importante recordar desde qué posición y en interés de quién hablaban esos clásicos. El período mismo de interregno sobre el que escribió Gramsci era una época de hegemonía en desintegración, un tiempo de cambios políticos radicales. Entre crisis terribles y la polarización de los veinte, Gramsci escogió combatir el fascismo de Mussolini. No abandonó Italia por Moscú y, en el período más peligroso, comenzó a organizar la resistencia clandestina en su propio país. Puso su vida en riesgo, como miles de otros comunistas italianos. La frase del fiscal fascista en el juicio a Gramsci de 1928 ha pasado a la historia: “Debemos impedir que este cerebro trabaje durante 20 años.”

En prisión Gramsci enfermó de nuevas dolencias y hubo de pasar los últimos años de su confinamiento en un hospital. Fue liberado formalmente el 21 de abril de 1937, demasiado débil como para abandonar la clínica romana. Seis días después Antonio Gramsci murió de una hemorragia cerebral. Nos legó sus legendarios Cuadernos de la prisión, un intento de comprender la derrota de los movimientos obreros en Europa y encontrar una nueva estrategia para la emancipación a través del análisis de clase. Años después de su muerte, sus ideas entraron en varios campos de la investigación académica institucionalizada y se convirtieron en un juego de instrumentos clave en la caja de herramientas de las fuerzas políticas tanto de izquierda como de derechas.

Un siglo después, en una nueva era de inestabilidad global, la superestrella viviente Slavoj Žižek utiliza citas de Gramsci y Marx para salpimentar de izquierda la retórica militarista de la clase dirigente europea.

El Žižek tardío para tiempos apocalípticos

¿Qué presenta Žižek al público de hoy? Sus artículos y discursos desde 2022 a 2026 se construyen en torno a la idea de defender Europa como principal bastión de la libertad y del legado de la Ilustración. De acuerdo con el filósofo eslóveno, solamente la Europa actual posee el potencial para la verdadera emancipación universal, y este rol viene predestinado por su experiencia histórica única: “Hay una profunda similitud entre los ataques de Trump a la tríada de medio ambiente, corrección política y derechos LGBT+ y el conflicto entre Rusia y Europa. Uno debería hacerse una pregunta muy sencilla: ¿Qué civilización, hoy, encarna plenamente la tríada atacada por Trump? Sólo una: la civilización europea como forma última de la Ilustración”.

De acuerdo conŽižek, el mundo moderno no está progresando, sino moviéndose más bien hacia la amenaza más terrible de todas: el fin del mundo. Y ahora mismo los europeos deben “echar mano del freno de emergencia revolucionario”.

Žižek recurre a esta metáfora introducida por Walter Benjamin, quien vivió en circunstancias extremas y fue obligado a exiliarse huyendo del nazismo. Benjamin revisó el postulado marxista de que las revoluciones son las “locomotoras de la historia”. En su interpretación, el verdadero momento emancipatorio ocurre justamente en el momento en el que los “pasajeros” intentan detener el movimiento hacia la catástrofe. Una catástrofe fue lo que sufrió Benjamin en la frontera de la península ibérica en 1940 cuando, enfrentado a la amenaza de una deportación a la Francia ocupada por los nazis, se suicidó.

En nuestra época las preocupaciones principales son el abismo de la crisis climática, la amenaza de una nueva guerra mundial, nuevos regímenes autoritarios y la Inteligencia Artificial (IA). Sin embargo, Žižek no ofrece ninguna solución de raigambre anticapitalista. Por una parte, declara que, como universalista, no le gusta un mundo en el que existen diferentes “civilizaciones” con sus propios valores y maneras de vivir. Desde más o menos la crisis migratoria de 2015-2016, Žižek ha hablado frecuentemente, con su característico estilo de trilero, sobre los derechos de las mujeres en el islam y en la cultura musulmana en general, afirmaciones que generaron una fuerte crítica en contra.


Slavoj Žižek durante la presentación de su libro «Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas».

Žižek ha instrumentalizado el islam para atacar a sus adversarios de la “izquierda liberal”, acusándolos de sacrificar los ideales de la Ilustración en el altar de la tolerancia multicultural. El filósofo esloveno asegura que no le gusta la proposición teórica de las obras de Samuel Huntington, a saber: percibir un mundo de diferentes “civilizaciones” como el orden natural de las cosas que ha de aceptarse.

Por otra parte, Žižek apela explícitamente a que una de estas “civilizaciones” –Europa (representada por la UE)– alcance la soberanía. Según Žižek, únicamente una soberanía europea puede traer la verdadera luz del progreso al mundo, mientras señala la “lucha anticolonial” de otras regiones: “Los nuevos bloques de poder que están emergiendo en el mundo no son más que versiones del nuevo fascismo. Piénsese en el eje de Rusia-Irán-Venezuela. Europa debe ser aquí una excepción: el único lugar fiel a la Ilustración emancipatoria”.

Es difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE. Con frecuencia lo hace exactamente con los mismos términos y con los mismos argumentos. El intelectual del escándalo rechaza la posición del internacionalismo anti-imperialista y desprecia a quienes desde la izquierda se oponen a él llamándolos “pacifistas” (peaceniks), un término peyorativo que adquirió popularidad en EEUU durante las protestas contra la Guerra de Vietnam y que ha sido usado por los halcones belicistas desde entonces.

Žižek hizo su última conferencia en el edificio mismo de Roma en el que, casi 70 años atrás, se creó el precursor de la actual Unión Europea. Todo el pathos del texto, “La Unión Europea, 70 años después”, estaba vinculado precisamente a esta fecha. Parágrafo a parágrafo, el filósofo esloveno pescaba citas de varios contextos, las arrojaba a su cesto y aplicaba su dialéctica pop a ellas para luego alimentar al público con el resultado. Su metáfora favorita de la castración supuestamente ha de explicar la actitud de los populistas de derecha hacia la Europa actual: atemorizan al electorado europeo con la idea de que el Viejo Mundo está perdiendo su fuerza masculina vital frente a los “otros”, los inmigrantes y las minorías. ¿Pero qué nos proporciona este ejercicio de trile en freudianismo? ¿Acaso nos ayuda a entender las grandes crisis, las guerras, la crisis medioambiental o el coste de la vida?

Hace un siglo Gramsci escribió sobre cómo la crisis de la hegemonía burguesa abría una ventana tanto a la revolución proletaria como al fascismo. En sus últimos discursos y textos, Žižek saca la revolución proletaria de esta ecuación, mantiene el fascismo (que interpreta de una manera peculiar) y añade la “amenaza del fundamentalismo religioso.” Esta manipulación permite a Žižek sugerir que Rusia y China están evolucionando hacia el fascismo, o que ya han llegado a él, y que los pueblos de Oriente Medio a duras penas pueden reclamar para sí proyectos revolucionarios, porque están atenazados por sus regímenes religiosos y nacional-conservadores. De los grandes países que combinan una ideología nacional con proyectos de desarrollo económico Žižek dice lo siguiente: “Así pues, las principales opciones son hoy: los restos del sueño de Fukuyama, un fundamentalismo directamente religioso y, especialmente, lo que no puedo sino llamar un fascismo soft moderadamente autoritario: un capitalismo de mercado combinado con una fuerte ideología de movilización estatal para mantener la cohesión social. Piénsese en la India de Modi”.

El autor cree que las potencias emergentes como Irán, China y Rusia se identifican de manera falsa con la lucha anticolonial. Según Žižek, su propuesta alternativa es un universalismo de otro tipo, uno en el que las “maneras de vivir político-teológicas” puede convivir en paz.

De este modo los “fundamentalistas religiosos” se encuentran en el mismo grupo que los “fascistas soft”: los talibanes, Rusia, India, China, Corea del Norte e Irán están unidos por el hecho de que, a través de las declaraciones de sus representantes oficiales, se denominan a sí mismos combatientes contra el colonialismo y el imperialismo estadounidense. En sus artículos más recientes Žižek consistentemente promueve la idea de que los regímenes autoritarios quieren resolver sus problemas internos usando la imagen de un enemigo externo. Por lo que hace a América Latina y África, el filósofo esloveno se niega incluso a considerarlas regiones donde pueda comenzar una genuina lucha por la emancipación universal.

Esta nueva manera de ver el mundo de Slavoj Žižek se enfrenta a una contradicción obvia. El capitalismo ha sido y sigue siendo un sistema de desigualdad global entre países y regiones. ¿Qué ha de hacerse con el hecho de que China fue, literalmente, una colonia británica, y que Irán ha estado luchando durante décadas por el derecho a llevar a cabo políticas independientes y controlar sus propios recursos? ¿Qué piensa Žižek de la economía global, en la que claramente hay países dependientes y claramente hay quienes han explotado esta dependencia durante siglos?

Incluso si, a un nivel retórico, el intelectual esloveno promueve la idea del universalismo, su propuesta política consiste en todo lo contrario: la lógica de exclusión y particularismo. La diferente “civilización” europea puede fracasar repetidamente en su trayectoria histórica: en el colonialismo, en el fascismo, en su falta de habilidad para resolver problemas fundamentales y superar la desigualdad global. A pesar de ello, esta Europa imaginaria recibe una y otra vez otra oportunidad, conservando su viejo papel mesiánico, en virtud de su experiencia histórica “especial” y el legado de la Ilustración.

Žižek y Rusia

El fracaso intelectual de Žižek resulta aún más obvio cuando se examina la realidad material rusa. Recurriendo al concepto demofóbico de homo putinus, Žižek equipara al parecer lo que ocurre en Rusia con lo que dicen Putin y sus funcionarios, espigando aquí y allá citas de los discursos odiosos de Putin, de Kharichev, el ideólogo del Kremlin, o del exgobernador de la región de Kaliningrado, Alikhanov. Desde el punto de vista de Žižek, la trayectoria actual de Rusia está determinada por la ideología del eurasianismo y el tradicionalismo, impuesto al país por funcionarios adeptos a esta ideología. La gente del país debe estar dispuesta a sacrificarse en la masa por el futuro del Estado.


Sociedad rusa en tiempos de guerra.

En contra de lo que afirma Žižek, repitiendo como una cacatúa los clichés de los kremlinólogos occidentales, la clase dirigente rusa es más bien un sistema complejo en el que diferentes grupos de interés chocan entre sí y no se parece para nada a un club de seguidores de Aleksander Dugin. Más importante aún, los rusos, como sociedad, probablemente están más bien poco interesados en el conservadurismo radical.


Sociedad rusa actual en tiempos de guerra.

Tenemos todos los motivos para decir que el bloque ideológico de la administración presidencial y la sociedad rusa real existen en dos planos de la realidad diferentes. El análisis sociológico (tanto cualitiativo como cuantitativo) muestra que Rusia no es un país en el que ha triunfado Dugin. La Rusia moderna es una sociedad de mercado despolitizada. Un país con uno de los mayores niveles de desigualdad económica en el mundo, donde el culto neoliberal al éxito personal es llevado al extremo. Es una sociedad en la que florecen la industria del “infopreneurship” y los coaches personales.

¿Qué idea domina de veras Rusia? Dejar atrás las penalidades económicas y el endeudamiento privado. Éste es precisamente el motivo por el que una elevada cifra de sus ciudadanos están actualmente matando y muriendo en las trincheras de Ucrania. Numerosos testimonios –quejas y protestas, mensajes en vídeo de de las familias del personal militar e incluso el debatido documental de la periodista Anastasia Trofimova– muestran la confusión sobre los objetivos de la guerra por parte de los propios participantes en ella. Después de años de la llamada Operación Militar Especial, no se han formado colas en las oficinas de reclutamiento y los soldados con contrato se mantienen gracias a incrementos salariales sin precedentes.

En vez de analizar la sociedad rusa, Žižek, como cientos de otros comentaristas occidentales, construye su análisis de la ideología rusa en convenientes citas de representantes individuales de la élite rusa.

En su discurso en Roma, Žižek analiza con toda seriedad la “lista de países que imponen actitudes neoliberales destructivas” rusa y la considera una muestra de la proximidad ideológica de Rusia a Corea del Norte y los talibanes: “Los estados en esta lista ahora son oficialmente designados ‘estados enemigos’ porque no comparten ‘los valores morales y espirituales tradicionales rusos’, no se habla para nada de un mundo multipolar, si no compartes sus valores eres un enemigo de Rusia, sin más.”

Pero lo cierto es que esta lista de 49 países duplica casi por completo otra lista, la de “paises inamistosos”, siendo la única diferencia que Eslovaquia y Hungría están ausentes de la segunda lista. Ambas están vinculadas a la política de restricciones económicas y contrasanciones de Rusia: en la actualidad Rusia se encuentra bajo una cifra récord histórica de sanciones, más de 26 mil, con Irán ocupando un segundo lugar a mucha distancia. Las listas son, sobre todo y antes que nada, parte de la política económica de Rusia.

Otro de los lugares comunes favoritos de Žižek es la analogía entre Rusia e Israel. Defiende que ambos estados niegan la existencia de grupos étnicos: en el primer caso, los ucranianos, en el segundo, los palestinos.

Merece la pena objetar aquí que, a pesar de los crímenes de guerra y el torrente de retórica xenofóba dirigida hacia los ucranianos desde la propaganda rusa y el propio Putin, esto no es claramente suficiente para equiparar a Rusia e Israel.

En la Federación Rusa vemos un aparato estatal autoritario que refuerza y reproduce una enorme desigualdad económica entre regiones, asimilando simultáneamente pueblos y culturas locales. Con todo, estamos hablando de una federación multiétnica que incluye 21 repúblicas nacionales, lo que, en sí mismo, tiene un efecto material en Rusia y puede que desempeñe un papel político en el futuro. En el caso de Israel estamos hablando de un estado etnocrático que, en la teoría y en la práctica, ha implementado ya un sistema de apartheid en su propio territorio.

Del eurocentrismo al internacionalismo

En la parte final de su discurso en Roma, el filósofo eslóveno bosqueja, al fin, una imagen del futuro: si hace 150 años el espectro del comunismo perseguía Europa y todas las fuerzas políticas intentaban darle caza, hoy el espectro es la propia Europa. Toda “civilización” encuentra razones para culpar al continente europeo de todos los males de la humanidad, por lo que, en su visión del futuro, Žižek reemplaza el proyecto comunista con la idea de la Unión Europea, que es un material preexistente. Algunos no tendrán sólo que vivir sino también morir por esta Europa, un hecho que Žižek recuerda usando frases estereotipadas que remiten a la retórica de ciertos funcionarios comunitarios. El papel de Ucrania en Europa queda reducido a una función militar y utilitaria: “La posición de la UE debería ser de apoyo incondicional a Ucrania, incluso arriesgándose a una guerra con Rusia; si Ucrania fracasa, Europa quedará mutilada. Ucrania no queda lejos, no puede no ser una preocupación de Europa: es el puesto más avanzado de Europa”.

Aunque Slavoj Žižek mantiene un patetismo izquierdista en su retórica, e incluso propone ruidosamente “separarse del cadáver de la democracia liberal”, no hay ideas alternativas más allá de esta frase, más allá de una llamada psicoterapéutica para que Europa “deje de tener miedo de sí misma.”

Continuando con su metáfora especulativa, podría afirmarse que ahora mismo este “cadáver de la democracia” está evolucionando lentamente hacia un estado zombi. Existen todos los motivos para creer que sin propuestas alternativas la UE se hundirá aún más en un pozo de crisis, combinando una desigualdad social creciente con medidas de austeridad, y ofreciendo a la clase media europea y las capas más pobres la oportunidad de mejorar su situación trabajando para el complejo militar-industrial.

Žižek, a quien tanto le gusta analizar paradojas, parece haber pasado por alto la mayor de todas: su propuesta política pasiva es punzantemente similar a lo que Vladímir Putin está haciendo con Rusia. Resulta que estas trayectorias interseccionan no sólo en el plano socioeconómico, sino también en el ideológico, de acuerdo con el cual hay una civilización excepcional en el mundo que se enfrenta a una misión histórica especial. Putin y Dugin ven a Rusia así, y Žižek ve a Europa así.

Los propios europeos, los países del Sur Global y el mundo entero tienen razones perfectamente justificables para que les desagrade y hasta odien Europa. Ante nosotros se encuentra el mundo que Europa construyó, con su legado de imperios coloniales, guerras mundiales, viejos y nuevos genocidios, extractivismo y una desigualdad estructural colosal en el comercio y la producción globales.

Žižek se queja repetidamente de que la economía de mercado no puede coordinar las crisis globales y pide a la UE que actúe. Pero al mismo no tiempo nada dice de que los verdaderos intentos por coordinar la economía sobre un principio de igualdad a nivel internacional han venido históricamente de los países del Segundo y Tercer Mundo. El último intento serio de una coordinación así fue el proyecto del Nuevo Orden Económico Internacional.

Este proyecto fue activamente promovido por los países del Movimiento de No-Alineados en las agencias de la ONU en los setenta. Con el lema “comercio, no ayuda”, el Sur Global reclamó soberanía incondicional sobre sus propios recursos naturales y mecanismos para controlar a las corporaciones transnacionales, así como garantías para la transferencia tecnológica, con el objetivo de desarrollar sus propias industrias y romper la dependencia sistémica. La base ideológica de esta teoría fueron las ideas de teóricos de la independencia y neomarxistas como Raúl Prebisch y Samir Amin.

El proyecto no fue simplemente un “club de debate”: fue la culminación de una lucha desde los países de la periferia que en los años sesenta se organizaron en el bloque político del “grupo de los 77” y forzaron a los países del centro a participar en un diálogo sistémico. Gracias a la presión de este bloque el papel de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo (UNCTAD) se incrementó significativamente. Ésta fue la primera plataforma global que defendió abiertamente los intereses de los países en vías de desarrollo. El mecanismo de intercambio desigual fue descrito con tanta precisión que sigue siendo a día de hoy la base de la crítica económica decolonial. El legado de este proyecto vive en nuestros días en nuevas iniciativas.

La crisis de deuda y la reacción neoliberal de los ochenta enterró este proyecto en su fase activa: en vez de una coordinación igualitaria, los países de la periferia recibieron programas de ajuste estructural vinculados a condiciones draconianas del FMI. Las instituciones financieras internacionales fozaron a los países a eliminar barreras comerciales y a emprender privatizaciones a gran escala. El paradigma neoclásico, con su dogma de “libre mercado” y la teoría ricardiana de ventaja comparativa ayudaron a justificar el abandono de los países de la periferia de su propia industrialización, actitudes que se convirtieron en la corriente central de la economía durante mucho tiempo.

Žižek también se muestra agresivo hacia los BRICS. Sin caer en su idealización o exagerar su importancia, debe admitirse que los países de los BRICS desempeñan hoy un papel mucho mayor en la economía global que la UE. Luchar contra esta realidad es como luchar contra molinos de viento. Pero si los BRICS no son una alternativa, ¿dónde deberíamos mirar hoy, especialmente desde Europa?

El intelectual esloveno elogia al presidente español Pedro Sánchez como un dirigente más responsable cuando rechaza apoyar la invasión militar de Irán por parte de los EEUU e Israel. Sin embargo, la diferencia más clara entre las políticas de Sánchez y las propuestas de Žižek es precisamente que el primero construye puentes entre Europa y el Sur Global e incluso promueve la cooperación entre los propios países del Sur Global.

Durante su reciente visita a China, Sánchez hizo un discurso en el que afirmó que el mundo multipolar no es una amenaza, sino la realidad objetiva en la que vivimos. Al mismo tiempo, la multipolaridad no debe caer por la pendiente al caos del egoísmo soberano y el derecho del más fuerte. Debe apoyarse en el multilateralismo, un sistema de acuerdos multilaterales funcionales. Sánchez insiste en que los centros de poder regionales deben ser parte de las instituciones globales, ante todo la ONU, donde es posible equilibrar los intereses de todos los países bajo el principio de equidad. El verdadero objetivo de la multipolaridad es reimpulsar y democratizar la legislación internacional.

Literalmente días después de regresar de Asia, Sánchez inauguró un congreso multitudinario de fuerzas de la izquierda en Barcelona en el que reunió a dirigentes clave del Sur Global y del centro-izquierda. La agenda del foro se dedicó precisamente a los principales proyectos institucionales. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, presentó un proyecto que permitiría que los presupuestos militares de los estados se recondujesen a la protección medioambiental. Lula da Silva presionó para que se introdujese un impuesto global a la riqueza. El gobierno español está diseñando un plan para el control democrático de los monopolios digitales.

Los actuales intentos por impulsar una política progresista a nivel global se realizan desde países y regiones que, según el análisis del intelectual esloveno, han de categorizarse como sin esperanza o incluso “enemigas”, especialmente si nos fijamos en el descomunal éxito de China en la transición energética. A pesar de todo lo anterior, Slavoj Žižek se niega a considerar una cooperación internacional en un sentido progresista. Aún más revelador es el hecho de que el filósofo evite cualquier crítica de peso hacia la propia Europa. Aunque su posición parezca radical resulta sorprendentemente conciliadora hacia las élites europeas y no nos dice nada sobre las contradicciones sociales más importantes.

Slavoj Žižek tiene un célebre chiste verde y políticamente incorrecto sobre cómo, en el Rus medieval, un guerrero mongol viola una mujer campesina rusa y obliga a su marido a sostenerle los testículos para que se no llenen de polvo. Cuando el guerrero se marcha, la mujer mira con lágrimas mientras su marido parece exultante. ¿Por qué? Porque saboteó la orden y dejó que los testículos del mongol se llenasen de polvo. El campesino contempló esta transgresión menor como una victoria. Žižek ilustraba con esta anécdota el trabajo de los intelectuales críticos contemporáneos, participantes en subversiones simbólicas menores al mismo tiempo que no suponen ninguna amenaza real al sistema, ya que nunca se les ocurre que podrían “cortarle las pelotas” a quienes tienen el poder.

Quizá la superestrella de la filosofía izquierdista y todos sus simpatizantes deberían considerar que el método dialéctico pierde su significado si se elimina de él la crítica al capitalismo y se la reemplaza con una escatología mezclada con narativas chovinistas. Si Slavoj Žižek repite como una cacatúa la retórica de los burócratas de la Unión Europea, ¿entonces qué papel está interpretando él hoy en el chiste verde?


Fuente: El Salto

martes, 3 de marzo de 2026

La guerra contra los persas

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Irán no es Irak pero no está claro que los enloquecidos criminales de Washington e Israel comprendan con quién se las tienen

     Curiosa guerra la de los doce días contra Irán, en la que las tres partes implicadas, Israel, Estados Unidos e Irán, se declaran vencedoras. Falta un informe de daños fiable, pero es evidente que Irán ha sufrido: han devastado su sistema de defensa antiaéreo y sus infraestructuras, lo que agrava su frágil situación económica, y también han dañado sus instalaciones nucleares (no sabemos cuánto). El gobierno iraní admite todo eso. Pero aunque su economía esté muy tocada, en la población hay más apoyo al régimen que antes de esos doce días.


Aniversario de la Revolución Islámica celebrado en Teherán, Irán, en febrero de 2015.

Respecto a Israel, nunca había sufrido un ataque de tal envergadura. Se ha acabado el mito de su invulnerabilidad militar. Toda la ayuda antiaérea y de intercepción de Estados Unidos y las potencias europeas, con cazas, barcos e interceptores que se sumaron a su propio sistema, no ha impedido que su territorio fuera un coladero para los misiles del adversario. The Telegraph informaba el 5 de julio de que los misiles iraníes impactaron directamente en cinco instalaciones militares. Además, el combate parece haber revelado la fragilidad industrial del bloque occidental, como informó The Guardian el 8 de julio: el conflicto ha consumido el grueso de los misiles interceptores Patriot de Estados Unidos. El agotamiento de los stocks israelíes y americanos habría determinado el alto el fuego. En Israel, estricta censura de los daños encajados, revelador alcance de lo que el exanalista de la CIA Larry C. Johnson describe como “el síndrome Samsonite” (por el elevado número de ciudadanos israelís que hicieron las maletas hacia Chipre y otros lugares), y el habitual parte de victoria, pese a que el objetivo de la guerra ha fracasado:1) un cambio de régimen en Teheran, a la siria, 2) debilitar a los Brics, Rusia y China, y 3) difuminar el genocidio.


Objetivos alcanzados por los misiles iranís en Israel durante la guerra de los doce días.

Respecto a Estados Unidos, no hay información de satélites que confirme la afirmación de Trump, y de los propios israelíes, de que el programa nuclear de Irán haya sido “devastado”. En lo que sí hay coincidencia es en el pronóstico de que esta guerra tiene futuro asegurado. “Ha sido la primera guerra directa entre Irán e Israel y probablemente no será la última”, dice Amos Yadlin, presidente del think tank israelí Mind Israel. “El alto el fuego es frágil y la guerra puede reanudarse en cualquier momento”, opina el politólogo irano-estadounidense Kaveh Afrasiabi. “La sensación en Teherán es que Israel volverá a atacar porque la primera agresión no ha acabado muy bien para ellos.


Esta foto, tomada el 29 de junio de 2025, muestra la destrucción en la prisión de Evin tras el ataque aéreo israelí en Teherán, Irán.

Irán se prepara para responder con fuerza ante tal eventualidad”, dice Seyed M. Marandi, profesor de la universidad de Teherán.

Más allá de estos pronósticos, la continuación de la guerra contra los persas se desprende del hecho de su contexto. Esta guerra forma parte de un movimiento general que define las actuales tensiones del mundo: el intento occidental de preservar militarmente su menguante hegemonismo y conjurar el ascenso de las nuevas potencias independientes que lo disputan, en primer lugar China, Rusia e Irán.


Rueda de prensa de Von der Leyen y Netanyahu tras su encuentro del 13 de octubre de 2023.

En Washington, los generales han puesto fecha al futuro enfrentamiento militar con China y hasta en Berlín algunos generales desvergonzados e históricamente amnésicos anuncian una guerra con Rusia en los próximos años. En Moscú nadie cree en la mediación de Trump en la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania. ¿Qué mediación puede haber en un conflicto del que se es parte? Lo de Trump no es más que un torpe ejercicio de economía de recursos. Estados Unidos no tiene fuelle para lidiar militarmente con los tres grandes países adversarios, así que transfiere, por lo menos parcialmente, a Europa el frente ruso, mientras Israel “hace el trabajo sucio por todos nosotros”, en palabras, que quedarán para la historia de la infamia, del canciller alemán Friedrich Merz, y los americanos se concentran en su batalla perdida contra China en Asia Oriental. El vector de presionar a Rusia en su entorno continúa a toda máquina, como puede apreciarse en Moldavia, Armenia y Azerbaiyán. En Teherán se cree que muchos de los drones que atacaron las provincias del norte y este del país el 13 de julio fueron lanzados desde Azerbaiyán… Así que todo eso tiene su propia geografía, pero forma parte del mismo conflicto fundamental que está subiendo en intensidad.

Si la unidad de acción de Occidente (Estados Unidos, Unión Europea, Australia…) está clara, la de sus tres adversarios lo está menos. La relación ruso-iraní es ambigua como lo demuestra el hecho de que en los últimos años Moscú no haya suministrado sus cazas Su-35 ni sus sistemas de defensa antiaérea S-400 a Irán, cosa que sí ha hecho con India y Turquía, miembro de la OTAN. Tras la guerra de los doce días, los rusos han respondido con cierto rubor diciendo que los iraníes no solicitaron tal cooperación militar, algo que no parece muy creíble, y que el acuerdo bilateral en la materia con Teherán dice que “si una de las partes es atacada, la otra se compromete... a no ayudar al agresor”. Dicen que tal curioso articulado fue iniciativa de los iraníes para no irritar a los americanos, pero es un hecho que tampoco los rusos quieren irritar a los israelíes con quienes mantienen una relación importante y sutil, no solo por los casi dos millones de rusoparlantes, exciudadanos de la URSS, que viven en el Estado genocida. Rusia es aliado virtual de Irán en muchos aspectos pero también objeto de recelo histórico por su tradición imperial en el XVIII y XIX (conquista del Cáucaso y Transcaucasia de influencia y presencia persa), y sus diversas ocupaciones militares del país en el siglo XX, la última de ellas después de la Segunda Guerra Mundial. Respecto a China, su principal cliente petrolero, la relación es más fluida. Seguramente Pekín ya está haciendo lo que Moscú no ha hecho: suministrar sofisticados sistemas de defensa antiaérea. Con China hay más fluidez seguramente también porque tanto China como Irán pertenecen al pequeño grupo de las entidades políticas más ancianas de este mundo. Tradiciones políticas y culturales de civilización de más de tres mil años determinan cierta sintonía.

En ese mismo contexto civilizatorio, los delirios supremacistas bíblicos de Israel no deben impresionar demasiado a Irán. Después de todo, un emperador persa, Ciro el Grande, fundador de la dinastía aqueménida, es mencionado en la Biblia como liberador de los judíos de su cautiverio babilónico en el siglo VI antes de Cristo. Como sucede con los chinos, el milenarismo judío tampoco impresiona a los persas. El Zoroastrismo, o mazdeísmo, nacido seguramente entre 1400 y 1000 años antes de Cristo fue una de las primeras, si no la primera religión monoteísta. Su cosmología, cielo, infierno, purgatorio, paraíso (en antiguo persa “pardis” significa jardín), la idea de un profeta salvador y de un mesías nacido de una virgen, inspiró, o fue adoptada por el judaísmo y su posterior desviación sectaria, el cristianismo. Autores como R.C. Zaehner defienden que los mitos mazdeístas de la creación, el fin del mundo y el juicio final, en el que las acciones de cada uno son enjuiciadas después de la muerte, son anteriores a los judíos y que éstos las adoptaron tras su contacto con la cultura persa (Katouzian, 2009).

Habiendo sufrido a lo largo de su larga historia las invasiones y dominios de árabes, turcos, mongoles y, más recientemente, de rusos, británicos y americanos, Irán siempre recuperó su autonomía política y preservó su cultura. A diferencia de los egipcios que perdieron su antigua identidad preislámica y se convirtieron en árabes, los persas continuaron siendo persas en el Islam. Persia fue dominada por grandes potencias, pero nunca colonizada. A diferencia también de muchos de sus vecinos de la región, su territorio no es producto del trazado occidental de las fronteras. Su sistema político fue casi siempre despótico, pero al mismo tiempo estuvo atravesado por todas las corrientes de pensamiento y fue muy permeable a ellas. Su fuerte identidad persa ha convivido con turcos azeríes (la mitad de los habitantes de Teherán lo son), turkmenos, kurdos, árabes, luros, baluchis y otros. Su confesionalidad chiíta no impide la existencia de comunidades sunitas (15% de la población), cristianas y judías. Irán tiene la mayor comunidad judía de Oriente Medio con entre 9.000 y 15.000 miembros, un diputado y decenas de sinagogas.


La delegación de CODEPINK en el Sucot de la Sinagoga Yusef Abad.

El Irán reciente

La identidad nacional de los persas no es sólo resultado de su patrimonio chiíta o preislámico, sino también de las experiencias del siglo XX, su revolución constitucional de principios de siglo, la amenaza imperial británica, rusa y americana, el movimiento nacional de Mossadeq, los traumas del golpe de 1953 y las dramáticas experiencias de la revolución de 1979 y de la guerra contra Irak, apoyado por Occidente.

Reza Shah (1878-1944): un mozo de cuadra que había alcanzado el generalato llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1921 e instauró una monarquía militar que puso los cimientos de la primera estructura de gobierno centralizada en 2000 años de historia, extendiendo el uso de la lengua persa en un país de gran diversidad etnolingüística, junto con las carreteras y el ferrocarril. Su modernización autoritaria se impuso sobre un entramado despótico en el que los ministros del Shah, frecuentemente formados en Europa, se postraban ante él como “esclavos de su majestad” y cuya atmósfera era descrita por un funcionario británico diciendo que, “el gobierno tiene miedo del parlamento (majlis), el majlis tiene miedo del ejército y todos temen al Shah”. Los más estrechos colaboradores de aquel “rey de reyes” acababan frecuentemente en la cárcel o asesinados, como Abdul Hassan Diba, tío de la que más tarde sería emperatriz y esposa del último Shah, hijo de Reza, Mohammad Reza Pahlavi (1919-1980) derrocado por la revolución de 1979.

Como Ataturk algo después o el zar Pedro el Grande mucho antes, Reza Shah impuso códigos de vestimenta (pantalones y chaqueta) fomentando el afeitado de barbas y la moderación en la longitud del bigote. Concluida en 1930, la prisión de Qasr llegó a ser símbolo de su régimen. La llamaban faramushjaneh, la “casa del olvido” porque quienes ingresaban en ellas debían ser olvidados por la sociedad y borrar de su memoria el mundo exterior. El Shah modernizó Teherán, destruyendo la ciudad antigua, creando tiendas, cafés y cinco cines, cuyas primeras películas fueron Tarzánla Fiebre del oro de Chaplin y Alí Babá y los cuarenta ladrones. En el resto del país, por primera vez el poder militar central se impuso sobre la tradicional fuerza militar tribal que reinaba en regiones sin control, se sometió al clero “supersticioso”, se abrieron escuelas, mejoró el estatuto de las mujeres, se eliminaron estructuras “feudales”, se crearon las primeras fábricas y, sobre todo, se unificó el país lingüística y culturalmente, fomentando la unidad y una identidad nacional.

La occidentalización era el envoltorio del despotismo con prioridad de lo militar sobre lo civil, completa ignorancia de la ley y la Constitución, asesinato de líderes de la oposición y generalización de la corrupción.

Admirador de la Alemania nazi que, en vísperas de la II Guerra Mundial, era su primer socio comercial, Reza adoptó, en 1934, el nombre de Irán como el país origen de los arios. Con la invasión alemana de la URSS, soviéticos y británicos se hicieron con el control militar del país para disponer de un corredor terrestre de suministro alternativo a la peligrosa ruta marítima del norte del puerto de Arkhangelsk. Echaron al Shah pero conservaron su monarquía, que pasó a manos de su hijo Mohammad Reza, en 1941.

Mohammad Reza se estrenó como monarca constitucional poniendo fin al absolutismo de su padre –que murió en el exilio en Sudáfrica–, hasta que en 1953, instado por Inglaterra y Estados Unidos, dio un golpe de Estado contra su primer ministro Mohammad Mosaddeq, porque éste había nacionalizado la industria del petróleo en 1951 y era una figura demasiado independiente e incorruptible. El derrocamiento de Mosaddeq fue el primer golpe de Estado de la CIA y con él, el Shah restableció el régimen despótico de su padre y la autoridad indiscutible de la monarquía. El golpe asoció al Shah con los intereses petroleros ingleses y el imperialismo, y a su ejército con los servicios secretos británicos y la CIA. De paso, destruyó la oposición de izquierdas, lo que ayudó a reemplazar el nacionalismo, el socialismo y el liberalismo por el fundamentalismo islámico. Puede decirse por eso que las raíces de la revolución de 1979 se remontan a 1953 ( Abrahamian, 2008).

Con su último Shah y lo que se denominó “revolución blanca”, Irán se convirtió en el cuarto productor mundial de petróleo, el segundo exportador, y principal gendarme regional subordinado a Israel y Estados Unidos. Su presupuesto militar se multiplicó por doce y su policía de Estado, la Savak, creada por el Mossad y el FBI, devino en un temible instrumento de represión y control, cuya acción alcanzaba hasta el pueblo más remoto, con entre 25.000 y 100.000 presos políticos en 1975. Formalmente existían dos partidos, (Irán Novin y Mardom), popularmente conocidos como el “partido del sí”, y el “partido del sí señor”. Paralelamente hubo grandes avances en sanidad y educación, el analfabetismo se redujo de casi el 80% al 60% y se multiplicó el número de estudiantes, 80.000 de ellos en el extranjero. En vísperas de la revolución, casi la mitad de la población tenía menos de 16 años y las desigualdades sociales se habían exacerbado. Los sectores intelectuales y obreros que concentraban el mayor descontento multiplicaron por cuatro su número. Pensada para prevenir una revolución roja, la “revolución blanca” del Shah creó las condiciones para una inusitada y desconcertante “revolución islámica”.

La revolución de 1979 combinó nacionalismo, populismo y radicalismo religioso. El sociólogo Alí Shariati, uno de los autores que mejor expresó el nuevo espíritu, tradujo a Sartre, Che Guevara y a Franz Fanon, recibió la influencia de la teología de la liberación y de los movimientos de liberación nacional. Shariati definió la esencia del chiísmo como la lucha contra la opresión, el feudalismo, el capitalismo y el imperialismo. Educado en Francia, y tras haber sido encarcelado dos veces, tuvo que marchar al exilio para establecerse en Inglaterra, donde murió tres semanas después de su llegada y dos años antes de la revolución, en lo que los iranís interpretaron como un asesinato de la Savak. Si el público de Shariati era la intelligentsia y la juventud estudiantil, el de Jomeini, confinado o exiliado desde 1963 por acusar al Shah de someterse al dictado de los americanos, acabó siendo el conjunto de la población que coreaba en las manifestaciones sus postulados: El islam pertenece a los oprimidos, no a los opresores / El Islam representa a los habitantes de las barriadas no a los de los palacios/ El Islam no es el opio de las masas / Los pobres mueren por la revolución, los ricos conspiran contra ella / Oprimidos del mundo, ¡uníos! / Oprimidos del mundo, cread un partido de los oprimidos / Ni Este ni Oeste, sino Islam / El Islam eliminará las diferencias de clase / El islam se origina entre las masas, no entre los ricos / En el Islam no habrá campesinos sin tierra...

Como toda revolución, la iraní conoció enseguida la división y los enfrentamientos entre sus miembros, devoró a sus hijos e hizo suyos los métodos de tortura, ejecución y encarcelamiento de opositores que habían caracterizado al régimen anterior. La facción armada apoyada por el presidente Bani Sadr intentó tomar el poder en junio de 1981, asesinando a numerosas personalidades como el presidente de la Asamblea de expertos, el jefe del Tribunal Supremo, el jefe de la Policía, el de los tribunales revolucionarios, cuatro ministros, diez viceministros, un editor de periódico, veintiocho diputados, dos imanes y al presidente Mohamad Rajai, hiriendo, además, a dos importantes colaboradores de Jomeini, incluido su futuro sucesor como líder supremo, Rafsanjani. En el año y medio anterior, los tribunales ejecutaron a 497 opositores y en los cuatro años posteriores a aquel junio se ejecutó a 8.000 opositores, la mayoría de ellos antiguos revolucionarios. Occidente respondió a la revolución animando a Sadam Husein a iniciar su guerra contra Irán, de ocho años de duración (1980-1988), que produjo unos 200.000 muertos en Irán (la cifra de un millón de muertos habitualmente barajada no es correcta) y unió al país, aunque algunos grupos se aliaron con el enemigo. Concluida la guerra, una nueva ola de terror ahorcó en apenas cuatro semanas a 2.800 presos, lo que ocasionó la dimisión en protesta y el retiro del ayatollah Husein Montazeri que, desde 1979, estaba llamado a ser el sucesor de Jomeini.

La revolución de 1979 dio lugar a un sistema sin precedentes que combinó el gobierno de los clérigos con la democracia, con tres poderes separados, incluido un presidente electo y un parlamento, así como un sistema de tutela clerical de rango superior sobre todo ello. En la práctica, este sistema ha producido un juego institucional y una alternancia entre conservadores y reformadores mayor y seguramente más vivo que el de los actuales Estados Unidos con el eterno gobierno del Estado profundo y la alternancia entre las dos facciones de lo que es en esencia un partido único absolutamente controlado por la minoría más rica. En Irán, el aperturista Hasán Rohaní (presidente de 2013 a 2021) sucedió al conservador Majmud Ajmadineyad (2005-2013), con cambios de fondo, bandazos y retrocesos más significativos que los Clinton y Obama respecto a los Bush o Trump. Bernard Hourcade, uno de los más conocidos especialistas franceses en Irán, define al régimen iraní como “una república vigilada que se demuestra capaz de cambios y evolución bajo la presión cada vez mayor de su población” (Hourcade, 2016). La siempre denostada, y con razón, situación de la mujer en Irán es manifiestamente más desahogada que en los países musulmanes de la región. El 60% de los estudiantes universitarios y el 40% de los médicos son mujeres en Irán y en general, la sociedad parece mucho más viva y rebelde en la reclamación de sus derechos. En 2003 The Economist observaba que “pese a ser un Estado islámico imbuido de religión y de simbolismo religioso, Irán es un país cada vez más anticlerical. En eso se parece a ciertos países católicos en los que la religión se da como cosa hecha, sin particular exhibición y con sentimientos ambiguos hacia el clero. Los iraníes tienden a burlarse de sus mullahs, con chistes sobre ellos y desde luego los quieren fuera de sus dormitorios. Su disgusto es particularmente vivo hacia el clero político”.

A principios del actual siglo el 70% de la población no observaba sus oraciones diarias y menos de un 2% acudía a las mezquitas los viernes. (Abrahamian, 2008). Reducir la crónica de ese país a las protestas populares contra el velo, la represión o el elevado número de ejecuciones (frecuente segundo puesto mundial después de China), es la receta segura para no entender nada sobre Irán. En lo que a mí respecta, eso es algo que percibí con bastante claridad en mi único contacto directo con políticos iraníes. Fue, durante varios años, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, un cónclave atlantista organizado por las empresas armamentísticas alemanas al que se invitaba a algunos iraníes para mostrar un aparente pluralismo, absolutamente ausente del certamen. En medio de tanta estupidez imperial, las intervenciones de los iraníes solían ser las más interesantes y sofisticadas, y siempre eran ignoradas por el rebaño mediático allí congregado. 

Que un país de 92 millones de habitantes, más grande que la suma de España, Francia, Gran Bretaña y Alemania, con tal longeva tradición civilizatoria, que tiene frontera, terrestre o marítima, con quince países sin haber protagonizado ni una sola agresión ni invasión en los últimos doscientos años, y que propone desde hace décadas el establecimiento de una zona libre de armas nucleares en Oriente Medio, pase en Occidente por ser amenaza internacional, objeto de sanciones y bloqueos, y ahora de guerra, es mérito de nuestros medios de comunicación.

Cuando se dice que Irán no es Irak, se entiende que el imperio, cuya capacidad de desastre nadie discute, tiene en los persas un adversario de otra entidad y calidad. Es dudoso que los enloquecidos criminales de Washington y Tel Aviv comprendan la diferencia.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu