La
creación de Israel: un proyecto colonial
Desde
su creación a finales del s. XIX, la principal reivindicación del
sionismo fue la colonización de Palestina. En su libro El Estado
judío de 1896, Theodor
Herzl señala:
“Considero que la cuestión judía no es una cuestión social ni
religiosa, aunque muestre esta y otras facetas. Es
una cuestión nacional y,
para resolverla, debemos hacer de ella un problema de política
internacional”. Desde entonces, los líderes sionistas se
esforzaron por recabar el apoyo de las principales potencias
occidentales a la creación de un Estado judío sobre Palestina con
la idea de que se convirtiera en un bastión de Europa en pleno
corazón del mundo árabe.
Herzl,
que era un ferviente admirador del colonialismo europeo e intercambió
correspondencia con el magnate británico Cecil-Rhodes, creador de la
Compañía Británica de Sudáfrica, afirmó con vehemencia: “Para
Europa representaríamos un
bastión contra Asia:
seríamos un puesto avanzado de la civilización contra la barbarie”.
El
sionismo, por lo tanto, guarda no pocos paralelismos con el proyecto
colonizador europeo y con
la
necesidad de mantener el control de la tierra y apropiarse de los
recursos de los pueblos colonizados;
además de desplazar y reemplazar al pueblo autóctono por medio del
colonialismo de asentamiento. Como señala el historiador catalán
Joan Culla, “Si consideramos el colonialismo como un complejo de
superioridad sociocultural, una actitud condescendiente, paternalista
o despectiva hacia los no europeos y sus identidades y aspiraciones
colectivas, es claro que los sionistas participan de tales rasgos y
se insertan, conscientemente o no, en la oleada de fondo de la gran
expansión imperialista del Viejo Mundo”. Este complejo de
superioridad no se limitó únicamente a la población árabe, sino
que también se extendió a la población judía procedente de los
países árabes: los sefardíes y mizrahíes que fueron considerados
ciudadanos de segunda categoría y considerados inferiores frente a
los askenazíes, los judíos europeos promotores del sionismo.
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Manifestación de las Panteras Negras mizrahíes en Jerusalen (1974).
En
opinión del periodista palestino Amjad
Iraqi,
del Centro Legal para los Derechos de la Minoría Árabe en
Israel-Adalah: “Como proyecto
nacionalista-colonialista de origen europeo, el sionismo se
concibió esencialmente como un motor para que los judíos
reprodujeran el camino de las naciones occidentales en el siglo XIX y
principios del XX. En este punto, la condición de Estado no
consistía simplemente en encarnar la autodeterminación: implicaba
el derecho a despojar a otros pueblos de sus tierras, privar a los
súbditos ‘inferiores’ de libertades civiles e infligir una
violencia monstruosa destinada a borrar a la sociedad no deseada y su
cultura”.
Este
proyecto exigía la invisibilización de la población autóctona por
medio de mitos fundacionales como “una tierra sin pueblo para un
pueblo sin tierra”: “En el caso del sionismo, su discurso se
vertebró en torno a la redención de los judíos europeos y la
negación de la existencia del pueblo autóctono que habitaba el
territorio objeto de su colonización”, señalaron Abu-Tarbush y
Barreñada en 2023. El proyecto sionista obtendría el pleno respaldo
británico por medio de la Declaración Balfour de 1917, que prometía
la conversión de Palestina en “el hogar nacional para el pueblo
judío”.
La
defensa de la colonización por parte del sionismo conserva su plena
vigencia en la actualidad. El Plan
Smotrich,
promovido en 2017 por el actual ministro de Finanzas, considera que
Israel debería proseguir con su política de hechos consumados
mediante la construcción de nuevos asentamientos para hacer del todo
inviable la aparición de un Estado palestino. En el apartado
“victoria
a través de la colonización” se
deja claro que “estamos aquí para quedarnos”:

“Nuestra
ambición nacional de un Estado judío desde
el río hasta el mar es
un hecho consumado, un hecho que no admite discusión ni negociación.
Esta etapa se llevará a cabo mediante un acto político-jurídico de
imposición de la soberanía sobre toda Judea y Samaria y con actos
recurrentes de asentamiento: el establecimiento de ciudades y
pueblos, la construcción de infraestructuras como es habitual en el
‘pequeño’ Israel y el estímulo a decenas y cientos de miles de
residentes para que vengan a vivir a Judea y Samaria. De este modo,
podremos crear una realidad clara e irreversible sobre el terreno.
Nada tendría un efecto mayor y más profundo en la conciencia de los
árabes de Judea y Samaria, debilitando sus ilusiones de un Estado
palestino y demostrando la imposibilidad de establecer otro Estado
árabe al oeste del Jordán. Los hechos sobre el terreno debilitan
las aspiraciones y derrotan las ambiciones. Los bloques de
asentamientos dan fe de ello”.
"Nada
tendría un efecto mayor y más profundo en la conciencia de los
árabes de Judea y Samaria, debilitando sus ilusiones de un Estado
palestino y demostrando la imposibilidad de establecer otro Estado
árabe al oeste del Jordán"
El
colonialismo de asentamiento tan común en el siglo XIX nace cuando
un grupo de inmigrantes europeos reclama un territorio ya habitado
por otro pueblo, lo que requiere, de una parte, la apropiación de la
tierra y sus recursos y, de otra parte, la desposesión y el
desplazamiento de la población nativa que, a su vez, es reemplazada
por la foránea. El
sionismo es producto de su época, ya que nació en Europa central en
las últimas décadas del siglo XIX cuando
el proyecto colonialista europea alcanzaba sus cotas más altas con
el Congreso de Berlín en el que las principales potencias europeas
se repartieron el continente africano.
En el Congreso de Berlín las principales potencias europeas se repartieron África.
Como
señala Areej
Sabbagh-Khoury,
profesora de la Universidad Hebrea de Jerusalén, en un artículo
publicado en Middle East Report and Information Project: “Los
colonos reconstruyen el orden social de la colonia introduciendo
nuevas jerarquías e
instituciones mediante la incursión, la apropiación, la
redistribución, la explotación, el exterminio, el borrado y/o la
violencia. Transforman la tierra y la sociedad al tiempo que rechazan
las reivindicaciones indígenas sobre el territorio y la soberanía.
Estos
cambios tienen diversas consecuencias para
la población nativa, como la desposesión,
el desplazamiento,
los
trabajos
forzados,
la limpieza
étnica y el
genocidio”.
"El
control de la tierra que demanda el sionismo requiere la desposesión
y la expulsión de la población autóctona, algo que únicamente
puede lograrse mediante la violencia"
El
control
de la tierra que
demanda el sionismo requiere la desposesión y la expulsión de la
población autóctona, algo que únicamente puede lograrse mediante
la violencia. Como señalara el pensador revisionista judío
Vladimir
Jabotinsky en
su célebre artículo “El muro de hierro. Nosotros y los árabes”
publicado el 4 de noviembre de 1923 en el periódico ruso Razsviet:

“No
puede haber un acuerdo voluntario entre nosotros y los árabes
palestinos. Ni ahora, ni en el futuro. Digo esto con tal convicción,
no porque quiera herir a los sionistas moderados. A excepción de los
que nacieron ciegos, el resto se dio cuenta hace mucho tiempo que es
totalmente imposible obtener el consentimiento voluntario de los
árabes para convertir Palestina de un país árabe en un país con
mayoría judía. Mis lectores tienen una idea general de la historia
de la colonización en otros países. Les sugiero que consideren
todos los precedentes que conozcan y comprueben si hay un solo caso
de colonización que se haya llevado a cabo con el consentimiento de
la población nativa. No existe tal precedente.
Las
poblaciones nativas, civilizadas o incivilizadas, siempre han
resistido obstinadamente a los colonos, independientemente
de si eran civilizados o salvajes”.
Ante
la constatación de que la población palestina se opondría con
todas sus fuerzas al proyecto sionista, Jabotinsky propuso crear una
organización militar lo suficientemente poderosa para disuadirla de
rebelarse. De hecho, llegó a señalar: “El
sionismo es una aventura colonizadora y, por tanto, se mantiene o
fracasa en función de su fuerza militar”. En
coherencia con esta idea, el pensador judío de origen ruso abogó
por la construcción de “un muro de hierro que los palestinos no
puedan romper” y
estableció
la organización paramilitar Betar,
inspirada en las Camisas Negras que
Benito Mussolini movilizó para la Marcha sobre Roma en octubre de
1922. En numerosas ocasiones Jabotinsky hizo gala de su desprecio
hacia la población árabe: “Nosotros los judíos, gracias a Dios,
no tenemos nada que ver con Oriente…. Al alma islámica hay que
barrerla del Eretz Israel” señalando, en otra ocasión, a los
palestinos como “una turba vociferante y ruidosa cubierta de
harapos rabiosamente chillones”.

Mizdar (formación) de la organización paramilitar Betar, inspirada en los
Camisas Negras de Mussolini.
Los
principales
lemas
del Betar fueron
“con
fuego y sangre Judea renacerá” y
“no hay ley ni justicia ni Dios en el cielo. Sólo una ley que
decide y sobrepasa a todas: la ocupación judía de la tierra”. El
Betar influyó decisivamente en el establecimiento de los grupos
terroristas Irgun y Lehi, comandados por Menahem Begin e Isaac Shamir
respectivamente, quienes se convertirían, con el transcurso del
tiempo, en primeros ministros de Israel. Estos grupos fueron
responsables de la célebre
matanza
de Deir Yasin el
9 de abril de 1948 en la que fueron asesinados a sangre fría 250
civiles. Este tipo de prácticas de terrorismo psicológico
aterrorizó a la población local y aceleró la huida de cientos de
miles de palestinos de sus hogares antes de la proclamación del
Estado de Israel el 14 de mayo de ese mismo año.
El
Partido Revisionista de Jabotinsky,
que posteriormente se
transformaría en el Herut, el antecesor del Likud,
abogó por el establecimiento de un Estado judío que abarcase no
sólo la Palestina del Mandato británico, sino también la
Transjordania bajo control de la dinastía hachemí. Como advierte el
historiador palestino Nur Masalha, “en contraste con el
expansionismo pragmático y gradual del sionismo laborista, con su
percepción de la realidad política y de lo que era posible según
las condiciones locales, regionales e internacionales, al
sionismo
revisionista siempre
se le ha conocido por sus objetivos políticos maximalistas, que
durante el Mandato incluía la instauración de un Estado judío en
ambas orillas del Jordán”.

David
Ben Gurion acabaría por asimilar las tesis de Jabotinsky al
considerar que los palestinos nunca aceptarían ser desposeídos de
sus tierras de buen grado y reconoció: “Si yo fuera un dirigente
árabe, nunca firmaría un acuerdo con Israel. Es normal; hemos
tomado su país. Es cierto que Dios nos lo prometió, pero en qué
podría importarles. Nuestro Dios no es el suyo. Ha habido
antisemitismo, los nazis, Hitler, Auschwitz, pero ¿fue culpa suya?
Sólo ven una cosa: hemos
venido y les hemos robado su país. ¿Por qué iban a aceptarlo?”.
El dirigente israelí también señaló en 1938: “No ignoremos la
verdad: políticamente nosotros somos los agresores y ellos se
defienden [...]. El país es suyo, porque ellos lo habitan, mientras
que nosotros queremos venir aquí y establecernos, y en su opinión
queremos quitarles su país [...]. Detrás del terrorismo [de los
árabes] hay un movimiento que, aunque primitivo, no carece de
idealismo y sacrificio”.
Es
bien sabido que
los
dirigentes laboristas israelíes aceptaron el Plan de Participación
de la ONU de 1947
y que el movimiento nacionalista palestino rechazó un proyecto que
les recluía en un 45 por ciento de su territorio a pesar de
representar dos terceras partes de la población. Sin olvidar que el
pueblo autóctono de Palestina no fue consultado,
en contra de la propia Carta de la ONU, y que el movimiento nacional
palestino había sido desmantelado por Gran Bretaña tras
protagonizar la rebelión anticolonial de 1936-1939. No obstante, no
suele destacarse lo suficiente que Ben Gurion consideraba, tal y como
resalta Masalha, que dichas fronteras eran meramente
circunstanciales.

Como
buen “expansionista práctico”, el líder laborista pensaba que
“las fronteras del Estado judío debían ser flexibles, nunca
establecidas de un modo definitivo, sino que dependerían de la
naturaleza y las necesidades del momento histórico y de las
condiciones regionales e internacionales”. Como el propio Ben
Gurion reconocería dicha aceptación del Plan de Partición
representaba tan sólo una fase intermedia hasta que “creemos un
ejército poderoso inmediatamente después de la proclamación del
Estado, abolamos la división del país y nos extendamos por la
totalidad de la Tierra de Israel”.
Numerosos
historiadores han intervenido en el debate sobre
la
limpieza étnica registrada en 1948,
que se
saldó con la expulsión de, al menos, 750.000 palestinos de sus
hogares en el curso de la Nakba.
El académico israelí Benny
Morris es
uno de ellos. En una entrevista publicada por el diario Haaretz el 9
de enero de 2004, Morris respondió: “Si Ben Gurion hubiera llevado
a cabo una amplia expulsión y limpiado todo el país, toda la Tierra
de Israel, hasta el río Jordán, puede que éste fuera su error
fatal. Si hubiera llevado a cabo la expulsión completa, en vez de
una parcial, habría estabilizado Israel por generaciones”.

Morris
fue
incluso más allá al sugerir que
la
expulsión de la población palestina se quedó corta:
“Si al final la historia acaba mal para los judíos, será porque
Ben Gurion no completó la transferencia de población en 1948.
Porque dejó una amplia y volátil reserva demográfica en
Cisjordania y Gaza y dentro del mismo Israel [...]. Los
árabes israelíes son una bomba de relojería. Su
deslizamiento hacia la completa palestinización ha hecho de ellos un
emisario del enemigo que está entre nosotros. Son una potencial
quinta columna. Tanto en el sentido demográfico como de seguridad
tienen tendencia a minar el Estado. Así, si Israel se encuentra de
nuevo en una situación de amenaza existencial, como en 1948, se
puede ver forzado a actuar como lo hizo entonces”.
La
intensificación de la colonización tras 1967
Tras
la guerra de los Seis Días en 1967, el esfuerzo colonizador se
extendió también a los territorios palestinos de
Jerusalén
Este, Cisjordania y la Franja de Gaza,
así como hacia el Sinaí egipcio y el Golán sirio, todos ellos
ocupados por el ejército israelí entre el 5 y el 10 de junio. Como
señala Nur Masalha, “los instintos expansionistas del Gran Israel”
se intensificaron como consecuencia de “la reivindicación de ‘los
derechos históricos judíos en la Tierra de Israel’ que tenían
una base sólida en la corriente laica del sionismo laborista”,
pero también porque la victoria militar constató “el triunfo del
sionismo y la creación de una sociedad colonizadora confiada,
dinámica y medio militarizada”, así como por “la
extraordinariamente efectiva movilización en Israel de neosionistas,
fundamentalistas políticos judíos y demás fuerzas sociales”.

La
colonización
se
inició inmediatamente después de la ocupación de los territorios
para hacer irreversible la vuelta a la situación prebélica. Yigal
Allon, viceprimer ministro laborista y responsable de la cartera de
Inmigración, declaró en una reunión gubernamental celebrada el 16
de junio de 1967: “No hace falta devolver ni un solo centímetro de
Cisjordania a ningún gobierno extranjero. Es en este marco en el que
debe buscarse una solución. Nuestro control sobre el valle del
Jordán es una necesidad a la que no podemos renunciar”. Unas
semanas más tarde, el responsable laborista hizo público el
Plan
Allon en
el que abogaba por la
absorción de la mayor superficie posible de territorios con el menor
número de habitantes.
Este
plan retorcía el argumento de la seguridad para sostener que Israel
debía mantener el control del Sinaí, el Golán y el valle del
Jordán y rechazar el retorno a las fronteras del 5 de junio de 1967
demandado por la resolución 242 del Consejo de Seguridad. El aspecto
más relevante de esta propuesta era la separación que establecía
entre la tierra y la población, verdadera piedra angular de las
posteriores iniciativas laboristas en las décadas posteriores; así
se buscaba disociar la dominación de la tierra y la administración
de los asuntos relacionados con su población palestina, principio
que fue recogido por los Acuerdos de Oslo.
El
triunfo electoral del Likud en 1977 propició el ascenso de
Menahem
Begin, Ariel Sharon e Isaac Shamir al
poder, todos ellos discípulos de Jabotinsky y partidarios de
extender la soberanía judía al conjunto del Eretz Israel. A partir
de entonces, los territorios ocupados pasaron a denominarse
“territorios liberados” y se adoptaron los nombres bíblicos de
Judea y Samaria para referirse a Cisjordania, mientras su población
pasó a ser denominada “los árabes de la Tierra de Israel”. Para
llevar a la práctica sus proyectos, Begin
forjó una estrecha alianza con los colonos y, en particular, con su
vertiente más extremista: el movimiento Gush Emunim,
que interpretaba que la colonización era una condición esencial
para acelerar la redención del pueblo de Israel y propiciar la
llegada del mesías, conforme explicaba Sprinzak en 1991.
Como
destaca la dirigente del movimiento colono Daniella
Weiss en
una reciente entrevista publicada por The New Yorker el 11 de
noviembre de 2023: “La guerra de los Seis Días fue un milagro y
despertó sentimientos muy profundos hacia el lugar de nacimiento de
nuestra nación: Hebrón, Silo, Jericó y Nablus. Y, debido al
milagro de la guerra, tuvimos la sensación espiritual de que algo de
dimensiones bíblicas sucedía. Sentí que quería participar
activamente en este milagroso acontecimiento y formé parte del
movimiento colono Gush Emunim, que estableció comunidades en Judea y
Samaria”. Para ella, los palestinos “deben aceptar el hecho de
que en la Tierra de Israel sólo hay un soberano. Esta es la
cuestión. Nosotros,
los judíos, somos los soberanos en el Estado de Israel y en la
Tierra de Israel. Tienen que aceptarlo”.
El
movimiento
Gush Emunim (el
Bloque de los Fieles) se estableció en 1974 en el asentamiento de
Gush Etzion y estaba estrechamente vinculado a la yeshivá Merkaz
Ha-Rav del gran rabino askenazí Abraham Isaac Kook y su hijo Zvi
Yehuda Kook, quienes consideraban que las conquistas territoriales de
1948 y 1967 eran señales de la entrada en una era que conduciría al
advenimiento del mesías. Según este planteamiento, la
colonización era una condición esencial para acelerar la redención
del pueblo judío.
El
rabino
Abraham Isaac Kook aportó
“una filosofía religiosa-nacional sionista coherente y, de esta
manera, intentó
cerrar la brecha entre el judaísmo religioso y el nacionalismo judío
moderno”,
indicaba Avineri en 1983 y ejerció una influencia innegable en las
generaciones futuras y, al igual que su hijo, acercó el nacionalismo
sionista a la ortodoxia religiosa judía”.
Los
colonos de Gush Emunim interpretaban que la
Tierra de Israel era sagrada porque Dios la había prometido a
Abraham hacía 4.000 años. Como
adviertió oportunamente en 1991 el historiador israelí Ehud
Sprinzak, “cuando sus ideólogos hablan de la Tierra de Israel
piensan no sólo en el territorio posterior a 1967, sino también en
la tierra prometida en la Alianza (Génesis, 15: 18) que incluye los
territorios ocupados, especialmente Judea y Samaria, el núcleo
central de la nación histórica israelí y vastas zonas que
pertenecen ahora a Jordania, Siria e Irak”. Este es un sentir
compartido por buena parte de los colonos israelíes, como el caso de
la mencionada Weiss, que interpreta que “las fronteras de la patria
de los judíos son el Éufrates al este y el Nilo al suroeste” y
que el pueblo judío tiene prioridad sobre la tierra de Palestina
porque fue “la primera nación que recibió la palabra de Dios, la
promesa de Dios, la primera nación es la que tiene derecho a ella”.
Gush
Emunim recibió la luz verde del Gobierno de Begin para colonizar
Cisjordania mediante la instauración de decenas de asentamientos.
Sus demandas fueron recogidas por el Plan para el Desarrollo de la
Colonización de Judea y Samaria (1979-1983) elaborado por Mattityahu
Drobles, director del Departamento de Implantaciones de la
Organización Sionista Mundial, y presentado por el ministro de
Agricultura Ariel Sharon en octubre de 1978. El propósito de dicho
plan era multiplicar la creación de asentamientos
con
la intención de sitiar las poblaciones árabes.
En uno de los párrafos del Plan Drobles se puede leer: “Las
tierras estatales y las tierras no cultivadas deben ser requisadas
inmediatamente a fin de colonizar las zonas entre las concentraciones
de las minorías [palestinas] y sus alrededores, para reducir al
mínimo la posibilidad de que se desarrolle otro Estado árabe en la
región. Será difícil para la población minoritaria formar una
continuidad territorial y una unidad política cuando esté
fragmentada por los asentamientos judíos”.

El
gobierno radical de Begin contempló a las colonias judías como
“asentamientos de confrontación” y concedió
a los colonos plenas competencias militares.
Un comité de la ONU encargado de investigar la situación de los
derechos humanos en los territorios ocupados publicó, en 1985, un
demoledor informe que señalaba:
“El
alcance y la fuerza de las actividades de esos colonos respecto de
los palestinos en los territorios ocupados indican que, de hecho, son
los colonos los que constituyen la autoridad real [...], la población
civil sigue sin protección alguna. Corrobora esta actitud la
indulgencia con que las autoridades israelíes tratan a los miembros
de los grupos clandestinos judíos hallados culpables de asesinatos y
abusos físicos de la población civil [...]. No cabe duda de que la
verdadera fuerza política en los territorios ocupados, que determina
la suerte de la población civil, la componen los colonos asentados
ilegalmente en dichos territorios”.

Los
Acuerdos
de Oslo firmados
en 1993 no permitieron la creación de un Estado palestino sobre los
territorios ocupados por Israel desde la guerra de 1967, sino que
dividieron su territorio en tres áreas: A, B y C. La Autoridad
Palestina sólo tenía un control directo del área A e indirecto de
la B, mientras que el área C, que representaba dos terceras partes
de Cisjordania, quedó en manos de las tropas de ocupación. Aunque
también estipulaba que las partes no desarrollarían medidas para
alterar la situación sobre el terreno, en la práctica Israel
no dejó de construir asentamientos y desplazar a su población al
territorio ocupado en una flagrante violación del derecho
internacional que
impedía a la potencia ocupante desplazar a su población a las zonas
bajo su ocupación. Entre 1990 y 1995 el número de colonos en
Cisjordania y Gaza prácticamente se duplicó pasando de 76.000 a
145.000 personas.
Aunque
los Acuerdos de Oslo advertían que las partes deberían abstenerse
de modificar el estatuto de los territorios ocupados, lo cierto es
que Israel aprovechó la ambigüedad constructiva para multiplicar
sus colonias en Cisjordania y Jerusalén Este. Treinta
años después de los Acuerdos de Oslo, la situación no puede ser
más dramática.
En opinión de Human Rights Watch, “mientras
los palestinos tienen un grado limitado de autogobierno en algunas
partes de los territorios ocupados, Israel mantiene el control
principal sobre las fronteras, el espacio aéreo, la circulación de
personas y mercancías, la seguridad y el registro de toda la
población, que a su vez dicta cuestiones como el estatuto jurídico
y la posibilidad de emitir documentos de identidad.”. Según
la organización de derechos humanos israelí B’Tselem, “Israel
practica una política de ‘judaización’ basada en la máxima de
que la tierra es un recurso destinado casi exclusivamente al pueblo
judío. La tierra se utiliza para desarrollar y ampliar las
comunidades judías existentes y construir otras nuevas, mientras que
los palestinos son desposeídos y encerrados en pequeños enclaves
hacinados”.
Hoy
en día, residen en los territorios ocupados 800.000 colonos,
lo que implica que la colonización no sólo no se ha detenido, sino
que ha crecido a un ritmo mayor desde la firma de los Acuerdos de
Oslo. No hay duda de que uno de los principales apoyos del gobierno
de Netanyahu es precisamente el movimiento colono, que lo considera
como la única vía para evitar la solución de los dos Estados. De
hecho, el programa de gobierno del 28 de diciembre de 2022 recogía
que “el
pueblo judío tiene un derecho exclusivo e incuestionable a todas las
zonas de la Tierra de Israel. El gobierno promoverá y desarrollará
los asentamientos en todas las partes de la Tierra de Israel: en
Galilea, el Néguev, el Golán, Judea y Samaria”.
En
su informe
Israel’s
apartheid against Palestinians: Cruel system of domination and crime
against humanity de 2022,
Amnistía
Internacional concluyó que existe “una
discriminación institucionalizada y sistemática de Israel contra
los palestinos
en
el marco de la definición de apartheid por parte del derecho
internacional” con “la intención de Israel de oprimir y dominar
a todos los palestinos estableciendo su hegemonía en el conjunto de
Israel y los territorios ocupados, incluso por medios demográficos,
y maximizando los recursos en beneficio de su población judía a
expensas de los palestinos”, lo que representa “una violación
del derecho internacional, una violación grave de los derechos
humanos y un crimen contra la humanidad” como establecen la
Convención del Apartheid y el Estatuto de Roma. Según el informe,
“esta segregación se lleva a cabo de forma sistemática y
altamente institucionalizada a través de leyes, políticas y
prácticas, todas ellas destinadas a impedir que los palestinos
reclamen y disfruten de los mismos derechos que los israelíes judíos
dentro de Israel y los territorios ocupados, y destinadas, por tanto,
a oprimir y dominar al pueblo palestino”.
En
las últimas décadas, los
grupos
supremacistas y mesiánicos han sido capaces de imponer su agenda al
conjunto de la sociedad israelí y
situar a sus partidarios en puestos destacados de la administración,
el ejército y la política. Según una encuesta del Pew Research
Center de 2016, un 65 por ciento de los colonos que se consideraban
ortodoxos era partidario de la expulsión de la población palestina
de Israel. Una encuesta The Peace Index de noviembre de 2023,
posterior a los ataques del 7 de octubre de 2023, realizada por la
Universidad de Tel Aviv mostraba un claro retroceso del apoyo a la
solución de los dos Estados, que sólo apoyaba un 14,6 por ciento de
la población judía, mientras que el 43,7 por ciento era partidario
de mantener indefinidamente el statu quo actual.

No
debe pasarse por alto que el primer ministro
Benjamin
Netanyahu ha convertido la defensa del Eretz Israel,
el Gran Israel que se extiende desde el río Jordán hasta el mar
Mediterráneo, en
su prioridad absoluta. La
completa derrota del movimiento nacionalista palestino, que aspira a
erigir un Estado soberano e independiente sobre los territorios
ocupados por Israel desde 1967: Jerusalén Este, Cisjordania y la
Franja de Gaza, es una condición sine qua non para alcanzar dicho
objetivo. Como señala el periodista israelí Aluf Benn (2024),
“Netanyahu
ha dedicado su mandato como primer ministro, el más largo de la
historia de Israel, a socavar y marginar al movimiento nacional
palestino. Ha prometido a su pueblo que puede prosperar sin paz. Ha
vendido al país la idea de que puede seguir ocupando tierras
palestinas indefinidamente sin apenas costes internos ni
internacionales”.
Las
decisiones adoptadas por el Gobierno
de Netanyahu,
nacido en diciembre de 2022, han sido determinantes para explicar la
intensificación de la violencia en los últimos años. Dicho
gobierno, considerado el
más radical de la historia de Israel,
consiste en una heterogénea amalgama de fuerzas. Por una parte, el
Likud,
un partido ultranacionalista acérrimo defensor del Eretz Israel y,
por lo tanto, opositor de la creación de un Estado palestino que, en
las elecciones de 1977, derrotó por primera vez al Partido
Laborista. El segundo componente es el Sionismo
Religioso,
integrado por varias formaciones supremacistas judías, que defiende
la anexión unilateral de Cisjordania y la colonización de Gaza. El
tercer eslabón son los partidos
religiosos sefardí-mizrahí Shas y askenazí Judaísmo Unido de la
Torá,
con una agenda puramente ultraortodoxa basada en la defensa de sus
privilegios: financiación de las yeshivás o escuelas religiosas y
exención del servicio militar, entre otros.
En
total, dicha coalición
suma
64
de los 120 escaños de la Knesset.
La argamasa que une a tan diferentes formaciones y sensibilidades
políticas es el intento por imponer la soberanía judía sobre el
conjunto del Eretz Israel en detrimento de las aspiraciones
nacionales palestinas. El medio para hacerlo es la expansión de la
colonización al conjunto de Cisjordania con el objeto de hacer
inviable la solución de los dos Estados. De hecho, el programa del
gobierno afirma con rotundidad que “el pueblo judío tiene el
derecho exclusivo e indiscutible a todas las partes de la Tierra de
Israel”, que incluye los territorios ocupados palestinos desde la
guerra de 1967. El Gobierno Netanyahu se ha comprometido a extender
en esta legislatura la soberanía israelí a Cisjordania (a la que se
refiere utilizando su nombre bíblico: Judea y Samaria), en
consonancia con los planes tradicionales del sionismo de convertir
Palestina en un Estado para el pueblo judío.
Los
dos
principales
aliados gubernamentales de Netanyahu son
Bezalel
Smotrich,
máximo responsable del
Partido Sionista Religioso y al frente del Ministerio de Finanzas,e
Itamar Ben Gvir, líder de Poder Judío y ministro de Seguridad
Interna.
La formación Sionismo Religioso a la que ambos pertenecen cuenta con
14 escaños de los 120 que tiene la Knesset y es la tercera fuerza
del arco político israelí con más del 10 por ciento de los votos
emitidos en las elecciones legislativas de 2022. Su importancia
reside no sólo en los amplios respaldos de los que goza en el seno
de la sociedad, sino en la capacidad de condicionar la
gobernabilidad, ya que su apoyo es indispensable para mantener en el
poder a la actual coalición de gobierno y salvaguardar a Netanyahu
de las investigaciones judiciales que le atenazan.
Sionismo
Religioso es una organización supremacista y mesiánica que
considera que el conjunto de la Tierra de Israel pertenece al pueblo
judío por voluntad divina.
En realidad, el Sionismo Religioso no es un movimiento completamente
nuevo, sino que es heredero de una serie de partidos que existieron
en la década de los ochenta y noventa del pasado siglo entre los que
se contaban el Moledet, Tzomet y el Partido Nacional Religioso. Todos
ellos coincidían en un programa maximalista que el historiador
palestino Nur Masalha resumió en cinco puntos: “1) máximo
expansionismo territorial; 2) completa e inmediata anexión de los
territorios ocupados en 1967; 3) represión de la Intifada y
cualquier forma de resistencia palestina por todos los medios y
fuerzas que sea necesario; 4) establecimiento de asentamientos judíos
masivos; y 5) expulsión de los palestinos”. Sus sectores más
ultramontanos, tal y como hace ahora el primer ministro Netanyahu,
exigían “la aniquilación total del moderno Amalek”, en
referencia a la población nativa palestina.
Itamar
Ben Gvir, ministro de Seguridad Interna, proviene del partido radical
Kach,
que hasta hace
poco tiempo figuraba en la lista de organizaciones terroristas de
Estados Unidos y
abogaba por la expulsión de la población palestina al interpretar
que el pueblo israelí tenía un derecho exclusivo a la Tierra de
Israel por voluntad divina. Meir Kahane, máximo dirigente del Kach,
solía repetir en sus mítines: “Los árabes son un cáncer [...].
Os digo lo que cada uno de vosotros siente en los más profundo de su
corazón: sólo hay una solución y ninguna otra, ninguna solución
parcial: árabes fuera, fuera... No me preguntéis cómo... ¡Dejadme
ser vuestro ministro de Defensa durante dos meses y no veréis una
sola cucaracha a vuestro alrededor! ¡Os prometo limpiar la Tierra de
Israel!”. Ben Gvir, que reside en el asentamiento de Kiryat Arba en
el corazón de la localidad palestina de Hebrón, es también un
conocido admirador de Baruch Goldstein, un colono militante de Kach
que perpetró la matanza de la mezquita de Abraham en 1994 en el
curso de la cual fueron asesinados 29 palestinos y heridos otros 120.
El
ministro de
Seguridad Interna también
es célebre por encabezar las incursiones de colonos extremistas en
la Explanada de las Mezquitas que
acoge la mezquita del Aqsa de Jerusalén, el tercer lugar más
sagrado para los musulmanes tras La Meca y Medina, para reclamar la
judaización de dicho templo. Sólo entre enero y octubre de 2023,
más de 50.000 judíos radicales realizaron visitas al santuario
musulmán en una provocación inédita en la historia reciente y en
un claro intento de modificar el statu quo del santuario que impide a
los no musulmanes celebrar ceremonias religiosas en sus espacios.
Debe recordarse que los sectores mesiánicos abogan por la
construcción de un tercer templo una vez que se destruya la mezquita
del Aqsa, al considerar que, de esta manera, se aceleraría la
llegada del mesías. Estas acciones son del todo menos inocentes, ya
que precisamente la irrupción de Ariel Sharon en la Explanada de las
Mezquitas fue la desencadenante de la Intifada del Aqsa en el año
2000.

Incursiones de colonos extremistas en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalen.
Bezalel
Smotrich,
por su parte, es uno de los ministros más influyentes del gabinete
israelí tras asumir la cartera de Finanzas, cuyas competencias van
mucho más allá de lo que podría imaginarse. En realidad, dicho
ministerio
ejerce
el control absoluto de casi dos terceras partes de Cisjordania,
la denominada Área C de los Acuerdos de Oslo donde viven más de
400.000 colonos israelíes y en la que Smotrich detenta poderes
absolutos. Hace dos años, el político israelí protagonizó una
agria polémica con una diputada árabe de la Knesset a la que le
espetó: “Estás aquí por un error, es un error que Ben Gurion no
terminara el trabajo y no os expulsara en 1948”.
Bezalel Smotrich
Tanto
Ben Gvir como Smotrich han presionado activamente para que el
programa de gobierno israelí del 28 de diciembre de 2022 reconociera
que “el pueblo judío tiene un derecho exclusivo e inalienable a
todas las partes de la Tierra de Israel. El gobierno promoverá y
desarrollará los asentamientos en todas las partes de la Tierra de
Israel: Galilea, el Néguev, el Golán, Judea y Samaria”. Dicho
programa también señalaba: “El gobierno preservará el carácter
judío del Estado y el patrimonio de Israel, así como respetará las
religiones y tradiciones de los fieles de las religiones del país,
de acuerdo con los valores de la Declaración de Independencia”.
Ambos
dirigentes comulgan con una ideología mesiánica y consideran
que la Tierra de Israel pertenece a los judíos de manera exclusiva.
De hecho, residen en asentamientos de colonias ilegales según las
convenciones internacionales, aunque ellos consideran la colonización
como un deber religioso para redimir la tierra ocupada. Smotrich se
hizo célebre en 2017 por un panfleto titulado el Plan Decisivo de
Israel en el que abogaba por la expulsión de la población palestina
que no reconociese la supremacía judía sobre Judea y Samaria, como
denominan a Cisjordania. El plan señalaba: “Quienes decidan no
renunciar a sus ambiciones nacionales recibirán ayuda para emigrar a
uno de los muchos países donde los árabes hacen realidad sus
ambiciones nacionales o a cualquier otro destino del mundo”.

En
realidad, la
Doctrina Smotrich no es nueva,
sino que bebe de una línea de pensamiento muy extendida entre los
sectores supremacistas y mesiánicos del sionismo. La principal
novedad reside en que dicha doctrina, que antes era minoritaria,
ha
ganado respaldos significativos en
el seno de la sociedad israelí hasta el punto de que sus principales
defensores gozan de un enorme peso en la escena política y tienen en
su mano la capacidad de imponerlas como programa de gobierno. Como
señala la activista israelí Orly Noy, “un examen de los medios de
comunicación y del discurso político israelíes muestran que, en lo
que se refiere al asalto del ejército a Gaza, gran parte de la
opinión pública ha interiorizado completamente la lógica del plan
de Smotrich. De hecho, la opinión pública israelí con respecto a
Gaza, donde la visión de Smotrich se está aplicando con una
crueldad que ni siquiera él podría haber previsto, es ahora incluso
más extrema que el propio texto del plan. Eso se debe a que, en la
práctica, Israel está eliminando de la agenda la primera
posibilidad que se le ofrece -la de una existencia inferior,
despalestinizada-, que hasta el 7-O era la opción elegida por la
mayoría de los israelíes” (2023).
"La
opinión pública israelí con respecto a Gaza, donde la visión de
Smotrich se está aplicando con una crueldad que ni siquiera él
podría haber previsto, es ahora incluso más extrema que el propio
texto del plan"
El
Plan Smotrich interpreta que “poner fin al conflicto significa
crear y consolidar la idea de que sólo hay espacio para una
expresión de autodeterminación nacional al oeste del río Jordán:
la de la nación judía. Por consiguiente, no puede surgir en el
mismo territorio un Estado árabe que haga realidad las aspiraciones
nacionales árabes. La victoria implica dar carpetazo a este sueño.
Y a medida que disminuya la motivación para su realización, también
lo hará la campaña de terror contra Israel”. Todo ello “requiere
la aplicación de la plena soberanía israelí a las regiones
centrales de Judea y Samaria y el fin del conflicto mediante la
colonización mediante el establecimiento de nuevas ciudades y
asentamientos en el interior del territorio y la llegada de cientos
de miles de colonos más para vivir en ellos. Este proceso dejará
claro a todos que la realidad en Judea y Samaria es irreversible, que
el Estado de Israel está aquí para quedarse y que el sueño árabe
de un Estado en Judea y Samaria ya no es viable. La victoria mediante
la colonización imprimirá en la conciencia de los árabes y del
mundo la idea de que nunca surgirá un Estado árabe en esta tierra”.
Las
alternativas para la población palestina de Cisjordania, Gaza y
Jerusalén Este se reducirían, según el mencionado plan, a tres:
“1) Quienes deseen renunciar a sus aspiraciones nacionales pueden
quedarse aquí y vivir como individuos en el Estado judío; por
supuesto, disfrutarán de todos los beneficios que el Estado judío
ha aportado y aporta a la Tierra de Israel; 2) los que decidan no
renunciar a sus ambiciones nacionales recibirán ayuda para emigrar a
uno de los muchos países donde los árabes hacen realidad sus
ambiciones nacionales, o a cualquier otro destino del mundo; 3) cabe
suponer que no todos adoptarán una de estas dos opciones. Habrá
quienes sigan eligiendo otra ‘opción’: seguir luchando contra
las FDI, el Estado de Israel y la población judía: a esos
terroristas se enfrentarán las fuerzas de seguridad con mano dura”.

El
plan considera que para los palestinos que optaran por la primera
opción y decidieran aceptar la soberanía judía sobre sus
territorios, el Estado israelí debería “definir un modelo de
residencia que incluya la autogestión autónoma, incluidas las
administraciones municipales, junto con los derechos y obligaciones
individuales. Los árabes de Judea y Samaria llevarán su vida
cotidiana en sus propios términos a través de administraciones
municipales regionales carentes de características nacionales. Al
igual que otras autoridades locales, celebrarán sus propias
elecciones y mantendrán relaciones económicas y municipales
regulares con las autoridades del Estado de Israel. Con el tiempo, y
en función de la lealtad al Estado y a sus instituciones, y del
servicio militar o nacional, se ofrecerán modelos de residencia e
incluso de ciudadanía”. Por otra parte afirma que “los árabes
de Judea y Samaria podrán dirigir su vida cotidiana en libertad y
paz, pero no votar a la Knesset israelí. Esto preservará la mayoría
judía en la toma de decisiones en el Estado de Israel”.
La
masacre del 7-O ha provocado que estas tesis, anteriormente
minoritarias, hayan encontrado un apoyo creciente entre la sociedad
israelí.
Como señala la activista israelí Orli Noy (2023), “la aterradora
smotrichización de la opinión pública israelí se encarna en la
total disposición a sacrificar la vida de hasta el último palestino
de Gaza por la victoria final que el ministro de extrema derecha
prometió en su plan […]. En opinión de la mayoría de los judíos
israelíes, los más de dos millones de palestinos de Gaza deberían
haber cerrado la boca y aceptar su inanición. Pero hoy en día,
incluso esta opción ya no es satisfactoria, dejando a los israelíes
para unirse detrás de un nuevo ultimátum para Gaza: la emigración
o la aniquilación”.
Fuente: Religión Digital