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domingo, 24 de mayo de 2026

La derrota de Trump en Irán

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Estados Unidos ha perdido la partida en Irán. No tiene opción de salida que no parezca una derrota


La derrota de Trump en Irán.


     En Irán estamos presenciando una derrota sin paliativos de Estados Unidos. Eso es algo que los estrategas y propagandistas imperiales comienzan a reconocer. El ideólogo neocón Robert Kagan mencionaba la semana pasada (en The Atlantic) “una derrota que no podrá repararse ni ignorarse. No habrá un regreso a la situación anterior a la guerra, decía.

En los últimos meses, el Presidente Trump ha fijado plazos para que Irán acepte sus condiciones en cinco ocasiones. Ha amenazado a Irán con la “edad de piedra” y con “arrasar una civilización”, pero no le han hecho caso. “No está claro si, detrás de su bravuconería, Trump comprende realmente la limitada naturaleza de sus opciones militares”, dice el columnista del Financial Times, Gideon Rachman (el 21/04/2026).


Un avión de combate de EEUU, en el portaaviones ‘USS Tripoli’, durante la operación militar Epic Fury contra Irán.

Lo de Irak también fue un desastre, pero lo de Irán es mucho peor. En Irak se venció militarmente y se derrocó al régimen, lo que inicialmente parecía una victoria, recuerden el “mission accomplished”(“misión cumplida”) proclamado por el iluso George W. Bush sobre la cubierta de un portaaviones antes de que se le incendiara aquella “victoria”. Pese a todo, las repercusiones internacionales de la catástrofe de Irak fueron limitadas. No hubo una crisis del petróleo, ni escasez de alimentos, ni interrupciones en las cadenas de suministro. Ahora el cierre del estrecho de Ormuz provoca todo eso. Convierte a Irán en un actor mundial clave. Su régimen no ha caído sino que más bien parece que se ha fortalecido.

Irán coloca manifiestamente a Estados Unidos y a Israel en el papel de desestabilizadores mundiales.

Sus aliados en el Golfo han descubierto que las bases y la protección americana les convierte en objetivo militar. Constatan la impotencia de su protector ante la evidencia de que están a merced de la destrucción total de sus economías. Y parece que están reaccionando. Turki al Faisal, un importante miembro de la familia real saudí que fue embajador en Estados Unidos e Inglaterra y dirigió los servicios de inteligencia saudíes, responsabiliza directamente a Israel de la guerra. Según el ex analista de la CIA Larry Johnson, “los chinos y los rusos están trabajando entre bastidores – utilizando a Pakistán como testaferro – para erigir una nueva arquitectura de seguridad en el Golfo Pérsico. El objetivo actual es convencer a Arabia Saudí y a Qatar de que rompan efectivamente sus lazos militares con EE.UU. y firmen un acuerdo estratégico que estará garantizado por Rusia y China. Si Arabia Saudí y Qatar se mantienen firmes en su prohibición de que EE.UU. utilice sus bases y su espacio aéreo para una nueva serie de ataques contra Irán, EE.UU. podría verse obligado a cancelar los ataques previstos”. Habrá que ver.

Los aliados asiáticos de Washington (Japón, Corea del Sur, taiwaneses y filipinos) ven su suministro energético en peligro. Cae necesariamente entre ellos la confianza hacia Estados Unidos. Todo eso sube las acciones de Rusia y China que llevan años proponiendo una nueva “arquitectura de seguridad colectiva” en el Golfo que sustituya al paraguas de defensa estadounidense centrado en el cerco a Irán.

En el fondo es lo mismo que en Europa: un cerco a Rusia en lugar de la arquitectura de seguridad colectiva que se prometió a la URSS de Gorbachov y que Rusia ha venido reclamando treinta años desde entonces.

La guerra de Irán no tiene salida para Trump.

Si ataca con aún mayor fuerza, restando aun más capacidades al frente ucraniano y trasladando al Golfo Pérsico aún más fuerzas militares destacadas en la contención a China en Asia Oriental, lo más probable es que la respuesta de Irán sea aún más dañina para las economías del Golfo y la economía mundial.

Sin electricidad y agua, los países del Golfo son países muertos. En esos países la mitad del año no se puede vivir sin aire acondicionado y si se destruyen las plantas de desalinización no hay recursos hídricos disponibles. Un cable de la CIA fechado en Riad y divulgado en 2008 por Wikileaks estimaba que en caso de destrucción por Irán de la planta desalinizadora que abastece de agua a la capital saudí (7 millones de habitantes, 20% de la población total del reino) la ciudad “debería ser evacuada en una semana”. Irán también es un país muy seco, pero la situación climática e hídrica allí es muy diferente. Todavía ahora, en primavera, las fotos de Teheran permiten ver una cadena montañosa nevada detrás de la ciudad. Cualquier cosa que Estados Unidos haga contra Irán, Teheran la puede devolver con mayor efecto, porque tiene el control de la escalada.

El país ha sufrido mucho. A 8 de abril registraba 3540 muertos, de ellos 1616 civiles y 244 niños, con trescientas instalaciones sanitarias dañadas solo en Teheran, 760 escuelas y 46.000 edificios. Pero, según estimaciones de la CIA, se conserva un gran stock de misiles, así como la capacidad de producirlos y lanzarlos en instalaciones subterráneas (Ver: U.S. Intelligence Shows Iran Retains Substantial Missile Capabilities – The New York Times). Las derrotas de Estados Unidos en Vietnam y Afganistán no tuvieron las consecuencias que tendrá la derrota en Irán. Porque el contexto mundial ha cambiado.

En los últimos 35 años hemos presenciado una sucesión de guerras continuas, todas ellas cosechando desastres con una factura humana monstruosa y bien conocida. (ahí están las cifras del estudio “Cost of Wars” de la Universidad Brown de Estados Unidos, particularmente recomendable.Costs of War | Brown University)

El motivo fundamental de esos desastres fue la creencia de Washington de que, concluida la guerra fría, su mundo bipolar y la autodisolución de la URSS, Estados Unidos era la única superpotencia. Así que podía dictar su voluntad e ignorar los intereses de los demás. Eso les llevó a cometer un error detrás de otro. En los últimos cuatro años esto se ha acelerado y evidenciado con tres errores de cálculo.


Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya en junio de 2025.

-El primero fue el de Rusia. Se creía que provocando la invasión de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y una debacle económica como resultado de las sanciones y de un aislamiento internacional que se daba como seguro.

-El segundo fue creer que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas contra China doblegarían a Pekín.

-El tercero es lo que estamos viendo ahora con Irán.

Estos tres errores están unidos por la misma voluntad de contener e impedir militarmente la emergencia de un mundo multipolar, es decir basado en la interacción de las potencias y el multilateralismo, que ya es una realidad que no se puede soslayar y que es incompatible con el hegemonismo. Como dice el especialista en Irán Tirsa Parsí, “el peligro para Estados Unidos es continuar manteniendo una estrategia diseñada para un mundo que ya no existe”.

Rusia, China e Irán no son aliados pero están unidos por el vector de la integración euroasiática. Son eslabones de una misma cadena con motor chino que cambia por completo la correlación de fuerzas mundial y que acabará dando lugar a un nuevo sistema de gobernanza internacional. Y eso, en Occidente, se vive como una amenaza cuando lo único que exige es una adaptación que reconozca la nueva realidad de que el hegemonismo ya no funciona. En eso hay cierta analogía con el fin de los imperios coloniales europeos tras la Segunda Guerra Mundial. El mundo había cambiado, el colonialismo ya no funcionaba, pero hasta que las metrópolis coloniales se dieron cuenta y pusieron en marcha una nueva estrategia conjunta de dominio que acabó concretándose en la Unión Europea, se derramó mucha sangre.

Ahora estamos en algo parecido, con la diferencia de que la presión del cambio global del capitalismo antropocéntrico no nos deja mucho tiempo para evitar un desastre planetario y que la situación de la capacidad de destrucción masiva y sus riesgos ha aumentado considerablemente.

Ocho de las nueve potencias nucleares (todas menos China) están hoy directamente implicadas en guerra o son partícipes en tensiones militares. Israel contra Irán, que es un estado cuasi nuclear. Estados Unidos contra Rusia en Ucrania y contra Irán. Rusia con Ucrania y con la OTAN. Corea del Norte, ayudando con tropasa Rusia y combatiendo en la región de Kursk el año pasado. India en tensión con incidentes militares con Paquistán, recientemente. Paquistán, con India y con Afganistán. Francia e Inglaterra, contra Rusia vía el “proxy” ucraniano y con Irán, colaborando en la defensa de Israel y su genocidio.

Comparado con esto la situación de la guerra fría era un juego de niños. Ahora los peligros se han multiplicado. En los ochenta los euromisiles sacaron a los europeos a la calle. Hoy a los alemanes, y a los europeos en general, se les está llevando de la oreja a la guerra Este año la guerra podría extenderse en Europa – Rafael Poch de Feliu y no se mueve nadie… Que Estados Unidos esté perdiendo la partida en Irán no es una mala noticia, pero en absoluto suscita tranquilidad.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 5 de mayo de 2026

La “Nueva Guerra Mundial”

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Cuesta no alarmarse ante un panorama de veinte potencias nucleares, algunas sumidas en el integrismo religioso, y otras enfrentadas en conflictos no resueltos, y todo ello en ausencia de mecanismos de contención


Aspecto y carácter de las guerras de la nueva era.


     Hay una sensación general de que, probablemente, el mundo está avanzando a marchas forzadas hacia un gran conflicto. Si estalla, ese conflicto dejará muy atrás, en intensidad y amplitud, la actual confrontación porque podría unir sus diversos frentes. Frentes “calientes” en Ucrania y Oriente Medio”, y latentes en Asia Oriental. Pero ¿de qué guerra hablamos? Muchos dan por hecho que hemos entrado en una Tercera Guerra Mundial, pero la realidad más bien apunta hacia otra cosa.


Trump rezando en el Despacho Oval rodeado de su equipo.

El analista ruso Dmitri Trenin, recién promovido presidente del principal think tank del Kremlin, el Consejo Ruso de Asuntos Exteriores, utiliza y desarrolla el concepto de “Nueva Guerra Mundial” , apuntando tanto las diferencias militares y políticas con la anterior gran guerra, la II Guerra Mundial, como la obsolescencia de las reglas escritas y no escritas que las superpotencias observaban durante lo que se denominó Guerra Fría. Estamos en otro universo, un universo nuevo. De ahí el nombre del concepto. (Ver el artículo de Trenin).


La “Nueva Guerra Mundial”.

La guerra mecanizada de tanques, aviones y escuadras está de capa caída. Lo vemos en Ucrania y en el Mar alrededor de Irán. Se consolida una guerra digital de drones, artefactos no tripulados, misiles y defensas antiaéreas. Los conflictos locales se regionalizan. Las alianzas estables se tambalean en beneficio de vínculos ambiguos carentes de firmes compromisos de luchar al lado del socio. El artículo quinto de la Carta de la OTAN en materia de ayuda de todos contra el ataque a uno de los miembros del club es objeto de interpretación. Los socios de Rusia en el Tratado de Seguridad Colectiva, organizado por Moscú, se declaran neutrales a excepción de Bielorrusia, y están más por necesidad que por convicción. “Moscú, Pekín y Teherán están dispuestos a luchar solo por sus propios intereses y no piensan intervenir en guerras ajenas”, dice Trenin.

No hay diplomacia y su caricatura se utiliza como señuelo de ataque militar. La agresión no respeta normas y busca la eliminación física de los dirigentes adversarios con atentados y golpes quirúrgicos. Al mismo tiempo, a la vista del propio perjuicio, la espiral se modera. Trump quiere acabar con una civilización y devolver a los iraníes a la edad de piedra y, al mismo tiempo, levanta sanciones exportadoras a Irán para amortiguar las consecuencias para el mercado energético global. La guerra de Ucrania no impidió que el gas ruso continuara fluyendo durante bastante tiempo hacia Europa a través de ese país. Moscú podría destruir de un plumazo los centros de decisión en Kiev, ministerios, sede de la presidencia, y no lo hace. Se lucha y se negocia al mismo tiempo. “La guerra y la paz coexisten”.

De ello se podría deducir cierto tranquilizador alivio de que las cosas no van a superar un determinado nivel, sin embargo la dinámica apunta claramente hacia todo lo contrario, hacia un peligro creciente: “El ámbito de la paz se reduce, mientras que el campo de batalla se amplía”.

El temor al recurso nuclear, que fue la póliza de seguros de las potencias para que la cosa no fuera a mayores durante la Guerra Fría, se ha desvanecido. “Una guerra nuclear limitada comienza a presentarse como opción perfectamente viable que no conlleva a una catástrofe generalizada”, apunta Trenin. De las nueve potencias nucleares, solo una, China, no participa en acciones militares, directas o indirectas. Pakistán está en conflicto con Afganistán y lo ha estado con India, Estados Unidos guerrea en Ucrania e Irán, país “cuasinuclear”. Rusia combate en Ucrania. Corea del Norte ha ayudado allí a Moscú. Francia e Inglaterra siguen la estela americana tanto con su intervención ayudando a Ucrania como colaborando con Washington e Israel en Oriente Medio. Respecto al régimen genocida israelí es una especie de Estado Islámico con armas nucleares del que se desprenden los máximos peligros, porque su lógica de disuasión nuclear parece estar más cerca del fanatismo bíblico del pueblo elegido que de las consideraciones militares clásicas. 

Como observa el joven jurista italiano Vincenzo Pellegrino, “el momento de mayor peligro –cuando la teología y la estrategia nuclear convergen de forma explosiva –se produce cuando un liderazgo empieza a interpretar su situación desde una perspectiva escatológica.


Dios, la bomba atómica y el fin de la disuasión nuclear racional

No se trata simplemente de creer que el Estado tiene un mandato divino: es la convicción de que las propias acciones son pasos necesarios en un plan que conduce al fin de la historia”.

Si lo de la Guerra Fría era un asunto de dos potencias nucleares, lo de ahora lo es de las ocho sobre las nueve existentes. Sin contar con que el club es una empresa en expansión que podría llegar a una veintena: Japón y Corea del Sur en Asia, Turquía y Arabia Saudí en Oriente medio y Alemania en Europa, coquetean con la idea, mientras que otros –Polonia, los países bálticos, Grecia, Suecia, Holanda y Bélgica– se declaran abiertos a albergar armas nucleares en sus territorios. El mundo multipolar ya se ha convertido en un mundo nuclear multipolar y la proliferación, por no hablar del control de armamentos, ha pasado a mejor vida. Cuesta no alarmarse ante un panorama de veinte potencias nucleares, algunas sumidas en el integrismo religioso, y otras históricamente enfrentadas en conflictos históricos no resueltos, y todo ello en ausencia de mecanismos establecidos de contención.

Como dice Trenin, las guerras de nuestro tiempo son un reflejo de la crisis del orden mundial. La humanidad nunca había vivido un momento más peligroso que el actual. Y eso sin contar con el tiempo perdido al no afrontar los dilemas planetarios existenciales del cambio global.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

domingo, 29 de junio de 2025

La guerra, el dólar y la deuda

 

 Por Domenico Moro   
      Sociólogo e investigador italiano.


Irán es una pieza clave en la geopolítica actual. Su buena relación con Rusia, su situación geográfica, su formidable cantidad de reservas energéticas, su posible control del estrecho de Ormuz, lo han convertido, para Occidente, en el enemigo a batir.



     Existe una estrecha conexión entre la guerra, el dólar y la deuda estadounidense. La agresión de Israel contra Irán se produjo en una zona, Oriente Medio y el Golfo Pérsico, que alberga las mayores reservas de petróleo y gas del mundo. En particular, Irán posee la segunda mayor reserva de gas y la tercera mayor de petróleo del mundo. Además, el 30% del petróleo mundial pasa por el Estrecho de Ormuz, controlado por Irán, con destino a Asia Oriental y, en particular, a China, que, a pesar de las sanciones estadounidenses, compra el 90% del petróleo que exporta Irán.




Pocos días después del inicio del ataque israelí, Il Sole 24 Ore publicó en portada un titular titulado “Comercio internacional, menos dólares y más euros” [i]. Según el prestigioso diario económico, el liderazgo del dólar estadounidense se ve cada vez más cuestionado en las transacciones comerciales internacionales. Una parte cada vez mayor del comercio mundial comienza a liquidarse en divisas distintas del dólar, como el euro, el yuan renminbi chino, el dólar canadiense y otras. Resulta significativo en este sentido lo que dijo el jefe de ventas de US Bancorp: “Muchos de nuestros clientes afirman que los proveedores extranjeros ya no quieren que se les pague en dólares. Antes era casi un dogma. Ahora dicen: «Dennos nuestra moneda, siempre que paguen»”.




Esta tendencia a cambiar del dólar a otras monedas no solo se debe a la volatilidad del dólar, que subió un 7 % a finales de 2024 y cayó un 8 % en los primeros meses de 2025 debido a las políticas arancelarias vacilantes de Trump. También pesa el efecto de las sanciones que, por ejemplo, han llevado a China, Rusia e Irán a utilizar el yuan renminbi para sus transacciones.

Pero, más allá de lo contingente, se trata de una tendencia histórica subyacente vinculada al declive del poder económico y militar de Estados Unidos. Según Sole24ore, se está definiendo una arquitectura monetaria global en la que las reservas mundiales de divisas ya no estarán dominadas por una moneda única, sino que se distribuirán entre tres grandes bloques: Estados Unidos, la UE y China.




El control geopolítico de las reservas de petróleo y sus rutas de transporte por parte de Estados Unidos y su Armada es crucial, ya que, gracias a este control, las transacciones de petróleo (y otras materias primas clave) siempre se han realizado en dólares. Sin embargo, como se mencionó, esto ya no es así; por ejemplo, el petróleo iraní se vende a China en yuanes (renminbi). El hecho de que las materias primas más importantes se negocien en divisas distintas del dólar socava la posición del dólar como moneda de reserva mundial. Hasta ahora, el 58 % de las reservas monetarias mundiales estaban en dólares y el 20 % en euros.

¿Por qué es importante para Estados Unidos que su moneda, el dólar, sea la moneda de reserva mundial? Porque los bancos centrales y las instituciones financieras globales, al tener que acumular reservas en dólares, compran activos en dólares, empezando por los bonos del Tesoro estadounidense. Comprar estos últimos es esencial, ya que Estados Unidos necesita financiar una enorme deuda pública. Pero no se trata solo de deuda pública. Como declaró recientemente el exgobernador del Banco de Italia, Ignazio Visco, en una entrevista en Affari & Finanza: «En el mundo solo hay un gran deudor: Estados Unidos» [ii]. La posición neta de activos de Estados Unidos —la diferencia entre los activos financieros en el extranjero de residentes estadounidenses y los pasivos financieros con no residentes— es negativa en más de 26 billones, el 90 % del PIB estadounidense.

Este pasivo se debe a tres factores. Primero, la acumulación a lo largo del tiempo de los déficits comerciales de Estados Unidos, que durante décadas ha importado más de lo que exporta. Segundo, la apreciación del dólar frente a otras monedas, que también resta competitividad a las exportaciones. Y tercero, el aumento excepcional, superior al 370%, en el precio de las acciones de empresas estadounidenses que pertenecen en una proporción significativa a otros países. Se trata, en particular, de las empresas tecnológicas estadounidenses, las llamadas «7 Magníficas», que por sí solas representan un tercio de la capitalización del mercado estadounidense.

La situación de la deuda estadounidense se ha visto agravada por el intento de Trump de contrarrestar la deuda comercial mediante aranceles y la devaluación del dólar. Esto ha provocado una tendencia a la salida de una serie de activos estadounidenses, desde el dólar hasta los bonos y las acciones. En particular, el bajo atractivo de los bonos del Estado, que ha provocado una caída de sus precios y un aumento de sus rendimientos, ha llevado a Trump a una rápida retirada de los aranceles. En los últimos días, los precios de los swaps de incumplimiento crediticio (CDS) también se han disparado, lo que constituye un seguro de protección ante una posible quiebra de Estados Unidos, ante el temor a un crecimiento descontrolado de su deuda pública.

La guerra entre Israel e Irán también debe analizarse en este contexto económico. La creciente deuda obliga a Estados Unidos a colocar sus bonos gubernamentales en el mercado, pero esto es difícil si el dólar pierde su estatus de moneda de reserva, que solo puede mantenerse si se mantiene como moneda de intercambio internacional. Para seguir siendo una moneda de intercambio internacional, el dólar debe utilizarse como medio de transacción para las materias primas más importantes, empezando por el petróleo y el gas. Esto implica el control político y militar por parte de Estados Unidos de las zonas donde se producen petróleo y gas y donde se encuentran la mayor parte de las reservas.

Como se mencionó, la zona donde se concentran las mayores reservas de materias primas energéticas es el Golfo Pérsico, dominado por Arabia Saudita, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos e Irán. Por lo tanto, el control del Golfo Pérsico es esencial para Estados Unidos tanto desde el punto de vista económico, por las razones expuestas anteriormente, como desde el punto de vista geopolítico, ya que, al controlar el Golfo Pérsico, también controla a países aliados, como Japón, y adversarios, como China, que dependen de esa zona para su abastecimiento de petróleo y otras materias primas estratégicas.

Para controlar el Golfo y Oriente Medio, el imperialismo occidental se vio inmediatamente obligado, desde el siglo XIX, a controlar Irán, el país más importante de la zona en términos de población, historia y posición geográfica. Gran Bretaña fue la primera en ejercer este control, a la que posteriormente se unió Estados Unidos. Ambos países anglosajones apoyaron el golpe militar que, en 1953, derrocó al primer ministro iraní, Muhammad Mossadeq, gran responsable de haber nacionalizado la producción petrolera, arrebatándosela a Gran Bretaña. Posteriormente, Irán se convirtió en una colonia británica y estadounidense de facto, hasta el derrocamiento del sha, Reza Pahlavi, por la Revolución iraní de 1979.

Así pues, desde 1979, Irán ha escapado en gran medida al control occidental, convirtiéndose en una piedra en el zapato para Estados Unidos y su política de hegemonía en Oriente Medio. Por ello, para Estados Unidos, el control total de esta zona pasa por la destrucción de Irán como Estado independiente. Por el contrario, Israel representa el brazo armado del imperialismo occidental y estadounidense en la zona. Por lo tanto, la guerra en curso se inscribe en este contexto y, desde esta perspectiva, representa el último episodio del enfrentamiento entre Irán y el imperialismo estadounidense.


Notas

[i] Vito Lops, “Comercio exterior, la demanda es menos dólares y más euros”, Il Sole24ore, 18 de junio de 2025.

[ii] Walter Galbiati, “En el mundo hay un gran y único deudor: Estados Unidos”, Affari & Finanza, la Repubblica, 16 de junio de 2025.


Fuente: El Viejo Topo

jueves, 29 de mayo de 2025

¿Qué viene después de la globalización?

 


 




Por Branko Milanović    

Economista serbo-estadounidense especialista en desigualdad, pobreza y economía internacional.


El mundo tal y como lo conocemos es producto de la globalización, y esta era podría estar llegando a su fin.




     Donald Trump ha vuelto al poder y, por decirlo suavemente, no es precisamente un fanático de la globalización. El presidente estadounidense afirma su patriotismo declarando públicamente su rechazo a un «globalismo» que, en sus palabras, «ha dejado a millones y millones de nuestros trabajadores sin nada más que pobreza y dolor». Para comprender mejor la era actual de la globalización a la que pretende poner fin y su trayectoria, resulta útil compararla con la globalización que tuvo lugar entre 1870 y el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Ambas globalizaciones representan períodos cruciales, años decisivos que dieron forma al mundo actual. Y ambas fueron testigo de la mayor expansión de la producción económica mundial hasta la fecha.

Sin embargo, también fueron muy diferentes en muchos aspectos. La primera globalización estuvo asociada al colonialismo y al dominio hegemónico de Gran Bretaña. Condujo a un gran aumento de la renta per cápita en lo que más tarde se conocería como el «mundo desarrollado». Al mismo tiempo, provocó el estancamiento en el resto del planeta e incluso la disminución de los ingresos en China y África. Las cifras más recientes de la base de datos de estadísticas históricas del Proyecto Maddison muestran que el aumento acumulado del PIB real (ajustado a la inflación) per cápita del Reino Unido entre 1870 y 1910 fue del 35%, mientras que el PIB per cápita se duplicó en Estados Unidos durante el mismo período. Sin embargo, el PIB per cápita de China disminuyó un 4%, y el de la India solo aumentó ligeramente, un 16%. Este tipo particular de desarrollo creó lo que más tarde se conoció como el Tercer Mundo y reforzó las diferencias en los ingresos medios de los países de Occidente y el resto.

Desde el punto de vista de la desigualdad mundial, que es en gran medida un reflejo de estos hechos, la «Globalización I» produjo un aumento de la desigualdad, ya que las zonas ya ricas crecieron más rápidamente y las más pobres se estancaron o incluso retrocedieron.




Además de la creciente brecha entre naciones, la desigualdad también aumentó dentro de muchas de las economías ricas, incluida la de Estados Unidos, como se observa en la línea ascendente de la figura 1, en la que los deciles más ricos crecieron más. El Reino Unido fue una excepción, ya que el pico de desigualdad se alcanzó justo antes del inicio de la Globalización I, durante las décadas de 1860 y 1870. En las tablas sociales británicas, la principal fuente de información sobre la distribución de los ingresos en el pasado, la elaborada por Robert Dudley Baxter en 1867 (casualmente el año de publicación de El capital de Karl Marx) marca el año de mayor desigualdad del siglo XIX. La desigualdad británica se redujo posteriormente gracias a una serie de leyes progresistas, que iban desde la limitación de la jornada laboral hasta la prohibición del trabajo infantil y la ampliación del derecho al voto. Datos recientes muestran también un aumento de la desigualdad en Alemania tras su unificación a finales de la década de 1860.

François Bourguignon y Christian Morrisson, en cuyas cifras se basa la figura 1, no disponían de información sobre los cambios en la desigualdad en la India y China, por lo que ambos países están representados por una línea recta a lo largo de los deciles de ingresos (lo que implica que han crecido al mismo ritmo). Los nuevos datos fiscales de la India, centrados en la parte superior de la distribución, elaborados por los economistas Facundo Alvaredo, Augustin Bergeron y Guilhem Cassan, muestran igualmente una desigualdad estable, aunque muy elevada. Así, en general, ambos componentes de la desigualdad mundial (entre naciones y, en la mayoría de los casos, dentro de las naciones) aumentaron durante la Globalización I.

¿En qué se diferencia esto de la globalización actual, la «Globalización II», que convencionalmente se fecha desde la caída del Muro de Berlín en 1989 hasta la crisis del COVID-19 en 2020? Cabe señalar que el punto final exacto de la Globalización II puede ser objeto de controversia; se podría situar en la imposición de aranceles a las importaciones chinas por parte de Trump en 2017 o, incluso, de forma simbólica, en la segunda llegada al poder de Trump en enero de 2025. Pero la fecha que elijamos no cambia las características esenciales de la Globalización II.

Durante este tiempo, Estados Unidos, el Reino Unido y el resto del mundo rico experimentaron un crecimiento, pero a tasas que, en comparación con los países asiáticos, fueron bastante modestas. Entre 1990 y 2020, el PIB real per cápita de Estados Unidos aumentó a una tasa media anual del 1,4% (más lento que en la primera globalización) y el PIB per cápita británico creció solo un 1% anual. Los países poblados y relativamente pobres (pobres, al menos, al inicio de la Globalización II) crecieron mucho más rápido: Tailandia un 3,5% per cápita, India un 4,2%, Vietnam un 5,5% y China a una tasa asombrosa del 8,5%.

El contraste se muestra en las figuras 1 y 2. En la figura 1, que muestra los datos del periodo 1870-1910, todas las partes de la distribución de los países ricos crecieron más rápido que todas las partes de la distribución de los países pobres. En la figura 2, que muestra los datos de 1988-2018, las tasas de crecimiento de todas las partes de la distribución de la renta de China y la India superan a las de todas las partes de la distribución de la renta de Estados Unidos y el Reino Unido.

Esto ha transformado por completo la economía y la geopolítica mundial: la primera, al desplazar el centro de gravedad económico hacia el Pacífico y afectar a la posición relativa de los ingresos de las poblaciones de Occidente y Asia, y la segunda, al convertir a China en un rival serio para la hegemonía estadounidense.

Es innegable que, en las últimas tres décadas, la posición de ingresos globales de amplios sectores de las clases medias y trabajadoras occidentales ha empeorado. Esto ha sido especialmente dramático en los países occidentales que no han crecido; por ejemplo, el decil de ingresos más bajo de Italia cayó del percentil 73 al 55 a nivel mundial entre 1988 y 2018. En Estados Unidos, los dos deciles inferiores retrocedieron en su posición mundial, aunque las caídas fueron menores (7 y 4 puntos porcentuales, respectivamente) que las de Italia. Además, las clases medias occidentales salieron perdiendo en comparación con sus propios compatriotas situados en la cima de las respectivas distribuciones de sus países. Las clases medias occidentales fueron, por tanto, doblemente perdedoras: frente a las clases medias asiáticas en rápido ascenso y frente a sus compatriotas mucho más ricos. Metafóricamente, se las puede ver atrapadas entre ambos.

A diferencia de lo que ocurrió durante la primera globalización, la desigualdad mundial disminuyó durante la segunda, impulsada por las altas tasas de crecimiento de los grandes países asiáticos. Sin embargo, dentro de las naciones, la desigualdad aumentó en general. Esto fue más evidente en China, donde el coeficiente de Gini, una medida común de la desigualdad, casi se duplicó tras las reformas liberales. Lo mismo ocurrió en la India. La figura 2 muestra que el crecimiento de los ingresos de los indios y chinos ricos superó al de los pobres de sus países. Pero la desigualdad también aumentó en los países desarrollados, primero con las reformas de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, cuyos efectos continuaron incluso durante los gobiernos de Tony Blair y Bill Clinton, para finalmente estabilizarse en la segunda década de este siglo.




En resumen, la primera globalización vio el auge de Occidente, la segunda el auge de Asia; la primera condujo a un aumento de las desigualdades entre países, la segunda a su disminución. Ambas globalizaciones tendieron a aumentar las desigualdades dentro de las naciones. La desigualdad en las tasas de crecimiento de los países durante la Globalización I situó a la mayoría de la población occidental en la cima de la pirámide de ingresos mundial. Rara vez se reconoce lo alto que estaban incluso los deciles pobres de los países ricos en la distribución mundial de los ingresos. El economista Paul Collier, en su libro El futuro del capitalismo, escribe con nostalgia sobre la época en que los trabajadores ingleses estaban en la cima del mundo. Pero para que ellos se sintieran en lo alto, alguien tenía que sentirse en el fondo.

La segunda globalización expulsó a algunas de las clases medias occidentales de estas posiciones privilegiadas y provocó una gran redistribución de los ingresos, al ser superadas por una Asia en auge. Este declive relativamente imperceptible se produjo junto con otro mucho más perceptible de las clases medias occidentales con respecto a sus propias élites nacionales. Esta circunstancia provocó un descontento político que se reflejó en el auge de líderes y partidos populistas.

Por último, cabe señalar que la convergencia de los ingresos mundiales no se extendió a África, que siguió su camino de declive relativo. Si esto no cambia —y la probabilidad de que cambie parece baja—, el declive relativo de África, en las próximas décadas, revertirá las fuerzas que actualmente empujan la desigualdad mundial hacia abajo y dará paso a una nueva era de aumento de la desigualdad mundial.

Una coalición de intereses improbable

Lo que quizá no se percibió al comienzo de la Globalización II, pero que se hizo cada vez más evidente a medida que avanzaba, fue la alianza de intereses entre los sectores más ricos del mundo occidental y las masas pobres del Sur global. A primera vista, este vínculo parece extraño, ya que ambos grupos no tienen casi nada en común, ni en cuanto a educación, ni en cuanto a origen o a ingresos. Se trató de una alianza tácita, que ninguna de las partes percibió plenamente hasta que se hizo evidente.

La globalización empoderó a los ricos de los países desarrollados mediante cambios en su estructura económica interna: reducción de impuestos, desregulación y privatización, pero también les brindó la capacidad de trasladar la producción local a lugares donde los salarios eran mucho más bajos. La sustitución de la mano de obra nacional por mano de obra extranjera barata enriqueció aún más a los propietarios del capital y a los empresarios del Norte global. También permitió a los trabajadores del Sur global conseguir empleos mejor remunerados y escapar del subempleo crónico.

Los perdedores en todo esto fueron los trabajadores de clase media de los países desarrollados, que fueron sustituidos por mano de obra mucho más barata procedente del Sur global. Por lo tanto, no es de extrañar que el Norte global se desindustrializara, no solo como resultado de la automatización y la creciente importancia de los servicios en la producción nacional en general, sino también debido al hecho de que gran parte de la actividad industrial se trasladó a lugares donde podía realizarse de forma más barata. No es de extrañar que Asia Oriental se convirtiera en el nuevo taller del mundo.

Esta particular coalición de intereses se pasó por alto en el pensamiento original sobre la globalización. De hecho, se creía que la globalización sería perjudicial para las grandes masas trabajadoras del Sur global, que serían explotadas aún más que antes. Muchas personas cometieron este error basándose en los acontecimientos de la Globalización I, que efectivamente condujo a la desindustrialización de la India y al empobrecimiento de las poblaciones de China y África. Durante esta época, China estaba prácticamente gobernada por comerciantes extranjeros, y en África los agricultores perdieron el control de la tierra, que habían trabajado colectivamente desde tiempos inmemoriales. La falta de tierras los empobreció aún más. Así pues, la primera globalización tuvo efectivamente un efecto muy negativo en la mayor parte del Sur global. Pero no fue así en la Globalización II, que trajo una relativa mejora salarial y mayor oferta de empleo para gran parte del Sur global.

Por supuesto, también es cierto que la duración de la jornada laboral y las condiciones de trabajo en el Sur global a menudo eran muy difíciles y seguían siendo mucho peores que las de los trabajadores del Norte. Las quejas de los trabajadores sobre el horario 996 (trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana) no son exclusivas de China, sino que son una realidad en gran parte del mundo en desarrollo. Pero estas malas condiciones representaban una mejora con respecto a lo que había antes y se aceptaban como tales.

Incluso cuando los críticos contemporáneos de la Globalización II estuvieron errados al afirmar que la nueva globalización significaría un deterioro para la situación económica de las grandes masas del Sur global —en lugar de ello, como hemos visto, perjudicó a las clases medias del Norte global—, tuvieron razón en cuanto a quiénes se beneficiarían más de estos cambios: los ricos de todo el mundo.

Neoliberalismo nacional vs. neoliberalismo internacional

Cuando hablamos de neoliberalismo debemos hacer una importante distinción analítica entre, por un lado, las políticas nacionales de neoliberalismo y, por otro, las políticas neoliberales internacionales. El primer tipo incluye el paquete habitual de reducción de impuestos, desregulación, privatización y un retroceso general del Estado. El segundo tipo consiste en la reducción de los aranceles y las restricciones cuantitativas y, por lo tanto, en la promoción del libre comercio en general, así como en la flexibilidad de los tipos de cambio y la libre circulación de capitales, tecnología, bienes y servicios. La mano de obra siempre se trató de forma diferente, es decir, su movimiento nunca fue tan libre como el del capital, aunque su movilidad global era una de las aspiraciones del modelo.

Esta distinción analítica es especialmente importante para comprender a China y para averiguar qué nos depara la segunda administración de Trump. Deja claro de inmediato que China no siguió los preceptos del neoliberalismo en sus políticas internas, mientras que sí lo hizo en su mayoría en sus relaciones económicas internacionales. Eso distingue a China de muchos otros países desarrollados y en desarrollo que se tomaron muy en serio tanto la parte interna como la internacional de la globalización. A partir de la década de 1980, Estados Unidos inició el giro neoliberal, que no se limitó a las políticas internas, sino que abarcó la reducción de los aranceles, la creación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el aumento de las inversiones extranjeras entrantes y salientes. Lo mismo ocurrió con la Unión Europea. También fue el caso de Rusia y los antiguos países comunistas.

El único gran resistente fue China. Solo este país mantuvo un papel importante para el Estado, que siguió siendo el actor preponderante en el sector financiero y en industrias clave como el acero, la electricidad, la fabricación de automóviles y las infraestructuras en general. Aún más importante, el Estado siguió siendo poderoso en la formulación de políticas y mantuvo lo que Vladimir Lenin denominó los «altos mandos» de la economía. Estas políticas chinas, especialmente bajo Xi Jinping, pueden entenderse mejor como algo similar a la Nueva Política Económica de Lenin. Bajo las reglas de estos regímenes, el Estado permite que el sector capitalista se expanda en los sectores menos importantes pero mantiene el control sobre las partes fundamentales de la economía y toma las decisiones clave que tienen que ver con el desarrollo tecnológico. El Estado chino ha participado activamente en el desarrollo de las tecnologías de punta en la actualidad, como la tecnología verde, los coches eléctricos, la exploración espacial y, más recientemente, la inteligencia artificial y la aviónica.

Esa implicación ha ido desde simples incentivos en forma de reducciones fiscales hasta presiones más directas, en las que se dice a las empresas privadas lo que deben hacer si quieren mantener buenas relaciones con el Gobierno. Un ejemplo evidente de la diferencia de poder entre el Estado y el sector privado se puso de manifiesto en 2020, cuando el gobierno canceló la que habría sido la mayor salida a bolsa de la historia, la de Ant Group, filial de Alibaba, que le habría permitido expandirse al sector fintech, en gran medida no regulado.

Por lo tanto, cuando hablamos del éxito de la globalización en la reducción de la pobreza y el aumento del crecimiento en muchos países asiáticos, especialmente en China, debemos tener muy presente la distinción entre políticas nacionales e internacionales. Se podría argumentar que el éxito de China se debe precisamente a su capacidad para combinar estas dos partes de una manera única, que ha dejado intacto en gran medida el poder del gobierno a nivel nacional al tiempo que ha permitido que las ventajas del comercio se aprovechen al máximo para sacar partido de sus puntos fuertes. Esa estrategia concreta podría funcionar bien también en otros países grandes, como la India o Indonesia. Sin embargo, tiene claras limitaciones en los países pequeños, ya que carecen de economías de escala y, lo que es quizás más importante, no tienen el mismo poder de negociación con el capital extranjero que permitió a China beneficiarse de importantes transferencias tecnológicas de los países más desarrollados.

Trump, sentencia de muerte para la segunda globalización

La ola internacional de globalización que comenzó hace más de treinta años está llegando a su fin. En los últimos años se ha asistido a un aumento de los aranceles por parte de Estados Unidos y la Unión Europea; la creación de bloques comerciales; fuertes restricciones a la transferencia de tecnología a China, Rusia, Irán y otros países «hostiles»; el uso de la coacción económica, incluidas las prohibiciones de importación y las sanciones financieras; severas restricciones a la inmigración y, por último, políticas industriales con la subvención implícita de los productores nacionales.

Si los principales actores —es decir, Estados Unidos y la Unión Europea— se apartan del régimen comercial neoliberal ortodoxo, las organizaciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no podrán seguir predicando al resto del mundo los preceptos habituales de la política de Washington. Por lo tanto, estamos entrando en un nuevo mundo de políticas comerciales y económicas exteriores específicas para cada nación y región, alejándonos del universalismo y el internacionalismo y acercándonos al neomercantilismo.

Trump encaja casi a la perfección en ese molde. Le encanta el mercantilismo y considera la política económica exterior como una herramienta para obtener todo tipo de concesiones, a veces totalmente ajenas a la economía en sentido estricto, como su amenaza de imponer aranceles a Dinamarca si se niega a ceder Groenlandia. Quizás todo sea solo bravuconería. Sin embargo, esto demuestra la opinión de Trump de que las amenazas económicas y la coacción deben utilizarse como herramientas políticas. Estas políticas fragmentarán aún más el espacio económico mundial. El objetivo de Washington es frenar el ascenso de China y reducir la capacidad del Estado chino para desarrollar nuevas tecnologías que puedan utilizarse no solo con fines económicos, sino también militares.

Sin embargo, por otro lado, la parte nacional del paquete neoliberal estándar solo se verá reforzada bajo Trump. Esto ya se aprecia en sus intenciones de reducir los impuestos sobre la renta de las personas físicas, desregular prácticamente todo, permitir una mayor explotación de los recursos naturales e impulsar aún más la privatización de las funciones gubernamentales, lo que supone, en esencia, redoblar todos los preceptos nacionales del neoliberalismo. Así, nos encontraríamos ante una contradicción solo en apariencia: un aumento del mercantilismo a nivel internacional y un aumento del neoliberalismo a nivel nacional, es decir, la combinación opuesta a las políticas de China.

Algunos economistas, citando ejemplos históricos, creen que las políticas mercantilistas deben ir necesariamente acompañadas de políticas de mayor control y regulación estatal a nivel nacional. Pero ese no es el caso del nuevo gobierno de Estados Unidos. La nueva combinación que promueve Trump —una inmigración estrictamente controlada junto con un neoliberalismo interno extremo y mercantilismo en el exterior— probablemente resulte atractiva para muchas personas en Francia, Italia y Alemania.

El mundo está entrando así en una nueva era en la que los países ricos seguirán una política inusual de doble cara: abandono de la globalización neoliberal en el ámbito internacional e impulso decidido de un proyecto neoliberal en el plano doméstico.


Fuente: JACOBIN