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martes, 5 de mayo de 2026

La “Nueva Guerra Mundial”

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Cuesta no alarmarse ante un panorama de veinte potencias nucleares, algunas sumidas en el integrismo religioso, y otras enfrentadas en conflictos no resueltos, y todo ello en ausencia de mecanismos de contención


Aspecto y carácter de las guerras de la nueva era.


     Hay una sensación general de que, probablemente, el mundo está avanzando a marchas forzadas hacia un gran conflicto. Si estalla, ese conflicto dejará muy atrás, en intensidad y amplitud, la actual confrontación porque podría unir sus diversos frentes. Frentes “calientes” en Ucrania y Oriente Medio”, y latentes en Asia Oriental. Pero ¿de qué guerra hablamos? Muchos dan por hecho que hemos entrado en una Tercera Guerra Mundial, pero la realidad más bien apunta hacia otra cosa.


Trump rezando en el Despacho Oval rodeado de su equipo.

El analista ruso Dmitri Trenin, recién promovido presidente del principal think tank del Kremlin, el Consejo Ruso de Asuntos Exteriores, utiliza y desarrolla el concepto de “Nueva Guerra Mundial” , apuntando tanto las diferencias militares y políticas con la anterior gran guerra, la II Guerra Mundial, como la obsolescencia de las reglas escritas y no escritas que las superpotencias observaban durante lo que se denominó Guerra Fría. Estamos en otro universo, un universo nuevo. De ahí el nombre del concepto. (Ver el artículo de Trenin).


La “Nueva Guerra Mundial”.

La guerra mecanizada de tanques, aviones y escuadras está de capa caída. Lo vemos en Ucrania y en el Mar alrededor de Irán. Se consolida una guerra digital de drones, artefactos no tripulados, misiles y defensas antiaéreas. Los conflictos locales se regionalizan. Las alianzas estables se tambalean en beneficio de vínculos ambiguos carentes de firmes compromisos de luchar al lado del socio. El artículo quinto de la Carta de la OTAN en materia de ayuda de todos contra el ataque a uno de los miembros del club es objeto de interpretación. Los socios de Rusia en el Tratado de Seguridad Colectiva, organizado por Moscú, se declaran neutrales a excepción de Bielorrusia, y están más por necesidad que por convicción. “Moscú, Pekín y Teherán están dispuestos a luchar solo por sus propios intereses y no piensan intervenir en guerras ajenas”, dice Trenin.

No hay diplomacia y su caricatura se utiliza como señuelo de ataque militar. La agresión no respeta normas y busca la eliminación física de los dirigentes adversarios con atentados y golpes quirúrgicos. Al mismo tiempo, a la vista del propio perjuicio, la espiral se modera. Trump quiere acabar con una civilización y devolver a los iraníes a la edad de piedra y, al mismo tiempo, levanta sanciones exportadoras a Irán para amortiguar las consecuencias para el mercado energético global. La guerra de Ucrania no impidió que el gas ruso continuara fluyendo durante bastante tiempo hacia Europa a través de ese país. Moscú podría destruir de un plumazo los centros de decisión en Kiev, ministerios, sede de la presidencia, y no lo hace. Se lucha y se negocia al mismo tiempo. “La guerra y la paz coexisten”.

De ello se podría deducir cierto tranquilizador alivio de que las cosas no van a superar un determinado nivel, sin embargo la dinámica apunta claramente hacia todo lo contrario, hacia un peligro creciente: “El ámbito de la paz se reduce, mientras que el campo de batalla se amplía”.

El temor al recurso nuclear, que fue la póliza de seguros de las potencias para que la cosa no fuera a mayores durante la Guerra Fría, se ha desvanecido. “Una guerra nuclear limitada comienza a presentarse como opción perfectamente viable que no conlleva a una catástrofe generalizada”, apunta Trenin. De las nueve potencias nucleares, solo una, China, no participa en acciones militares, directas o indirectas. Pakistán está en conflicto con Afganistán y lo ha estado con India, Estados Unidos guerrea en Ucrania e Irán, país “cuasinuclear”. Rusia combate en Ucrania. Corea del Norte ha ayudado allí a Moscú. Francia e Inglaterra siguen la estela americana tanto con su intervención ayudando a Ucrania como colaborando con Washington e Israel en Oriente Medio. Respecto al régimen genocida israelí es una especie de Estado Islámico con armas nucleares del que se desprenden los máximos peligros, porque su lógica de disuasión nuclear parece estar más cerca del fanatismo bíblico del pueblo elegido que de las consideraciones militares clásicas. 

Como observa el joven jurista italiano Vincenzo Pellegrino, “el momento de mayor peligro –cuando la teología y la estrategia nuclear convergen de forma explosiva –se produce cuando un liderazgo empieza a interpretar su situación desde una perspectiva escatológica.


Dios, la bomba atómica y el fin de la disuasión nuclear racional

No se trata simplemente de creer que el Estado tiene un mandato divino: es la convicción de que las propias acciones son pasos necesarios en un plan que conduce al fin de la historia”.

Si lo de la Guerra Fría era un asunto de dos potencias nucleares, lo de ahora lo es de las ocho sobre las nueve existentes. Sin contar con que el club es una empresa en expansión que podría llegar a una veintena: Japón y Corea del Sur en Asia, Turquía y Arabia Saudí en Oriente medio y Alemania en Europa, coquetean con la idea, mientras que otros –Polonia, los países bálticos, Grecia, Suecia, Holanda y Bélgica– se declaran abiertos a albergar armas nucleares en sus territorios. El mundo multipolar ya se ha convertido en un mundo nuclear multipolar y la proliferación, por no hablar del control de armamentos, ha pasado a mejor vida. Cuesta no alarmarse ante un panorama de veinte potencias nucleares, algunas sumidas en el integrismo religioso, y otras históricamente enfrentadas en conflictos históricos no resueltos, y todo ello en ausencia de mecanismos establecidos de contención.

Como dice Trenin, las guerras de nuestro tiempo son un reflejo de la crisis del orden mundial. La humanidad nunca había vivido un momento más peligroso que el actual. Y eso sin contar con el tiempo perdido al no afrontar los dilemas planetarios existenciales del cambio global.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 21 de julio de 2025

El imperio del miedo: guerra perpetua y poder corporativo

 

  Economista director ejecutivo del blog El Tábano Economista.


No hay ganadores sociales con la guerra eterna, solo corporaciones


Ilustación elaborada por El Tábano economista.

     Desde diversos sectores –analistas, académicos, medios y estrategas– se plantea la inquietante posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, evocando el fantasma de los grandes conflictos del siglo XX. La guerra ha mutado, ya no se limita a trincheras ni invasiones masivas, sino que se manifiesta de manera constante, difusa y estructural. En ese sentido, lo que muchos observadores interpretan como la antesala de un nuevo gran conflicto puede ser, en realidad, una fase más de lo que desde la era de George W. Bush se denominó “guerra perpetua”. Esta idea cobró impulso tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos redefinió su política exterior en función de enemigos difusos y frentes móviles.


Miedo

Desde entonces, Washington ha estado involucrado en al menos 14 conflictos armados. La llamada “guerra contra el terrorismo” en Afganistán e Irak fue solo el inicio de una nueva doctrina bélica donde los objetivos no siempre son geográficos, y donde la narrativa de seguridad reemplaza a la declaración formal de guerra.

A medida que avanzaba el siglo XXI, emergieron nuevos focos de conflicto: la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, el inicio de la guerra comercial de EEUU con China en 2017 y, más recientemente, la breve pero simbólica “Guerra de los 12 días” contra Irán en 2025. Todos estos episodios marcan un patrón: una creciente tensión entre potencias tradicionales y emergentes. Así, la hipótesis de una guerra perpetua se sostiene en la activación continua de nuevos frentes, lo cual responde a un fenómeno más profundo: el cambio en el equilibrio del poder global.

China y Rusia son hoy, sin ambigüedades, rivales estratégicos de Estados Unidos. Esta competencia se da en múltiples dimensiones: económica, tecnológica, militar y geopolítica. Occidente, liderado por Washington y acompañado por sus socios europeos, intenta frenar el ascenso de estos competidores a través de una estrategia que prioriza la contención. En otras palabras, la meta no es conquistar territorios, sino impedir que otros los lideren.


Dimitri Trenin

Dimitri Trenin, miembro del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia, ha advertido que el objetivo occidental ya no es una derrota puntual de Moscú, sino su debilitamiento sostenido. Rusia, junto con Irán, China y Corea del Norte, aparece en la narrativa de Washington y Londres como un enemigo sistémico, no circunstancial.

Discurso del Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, en la XXVI Asamblea del Consejo de
 Política Exterior y Defensa, Moscú, 14 de abril de 2018.

 

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca generó expectativas sobre una posible distensión, pero sus intentos por desactivar estos conflictos fueron bloqueados por sectores belicistas en Estados Unidos y por aliados europeos que, en muchos casos, parecen más comprometidos con el conflicto que con la diplomacia.

La élite global, en especial las facciones postnacionales vinculadas al poder financiero y tecnológico, teme perder el control de un sistema que les ha sido históricamente favorable. Esta es la clave del diseño actual: construir un mundo crónicamente inseguro, inestable, plagado de amenazas e incertidumbre. Un mundo al borde del colapso económico, donde la guerra actúa como mecanismo de disuasión del desarrollo ajeno. Este entorno beneficia al statu quo, frenando a potencias como China, cuyo crecimiento sostenido desafía la hegemonía occidental.

Los efectos de esta estrategia son visibles. El crecimiento del PIB mundial, que promediaba el 4,5% en la década del 2000, hoy ronda apenas el 2,5%.El comercio internacional, que crecía a tasas del 6% anual, ha caído a la mitad. Y el caso más paradigmático es China, cuyo crecimiento económico —de entre 11% y 14% hace dos décadas— ha descendido a un 5%. Este enlentecimiento no es casual es parte de una arquitectura pensada para prolongar el conflicto y sembrar caos e inseguridad.

A esta estrategia se suman las sanciones económicas. Ambas herramientas —guerra prolongada y sanciones— tienen el mismo propósito, desestabilizar. Ya no se trata de ocupar territorios, sino de erosionar internamente a los adversarios. El nuevo campo de batalla es psicológico, social y económico. Se trata de provocar malestar civil, sabotear la producción, alimentar la disidencia y, eventualmente, fomentar el colapso interno. Las sanciones, como señalamos en un artículo anterior, actúan como una forma de “genocidio económico”, donde las poblaciones pagan el precio de las ambiciones geopolíticas.

Este modelo es sostenido, en buena medida, por las grandes corporaciones tecnológicas, militares y financieras. Estas entidades no sólo influyen en las decisiones políticas, sino que a menudo las determinan. El caso de Ucrania es ilustrativo: lejos de tratarse de una defensa desinteresada de la democracia, el conflicto es un desgaste de Rusia, un negocio para fabricantes de armas, contratistas de defensa y empresas energéticas. La élite occidental, particularmente en Estados Unidos y Europa, sigue viendo a Rusia con desconfianza y hostilidad, y ha convertido el enfrentamiento en un fin en sí mismo.

En este escenario, el complejo militar-industrial-digital no solo sobrevive, sino que prospera. Estas guerras no son improvisadas, sino diseñadas para beneficiar a quienes venden armas, tecnologías de vigilancia y servicios de inteligencia. En muchos casos, las decisiones de guerra no pasan por los gobiernos, sino por los consejos de administración de estas corporaciones.

La guerra moderna es una guerra tridimensional: militar, mediática y psicológica. La dimensión militar incorpora alta tecnología y precisión quirúrgica. Un ejemplo claro fue el conflicto entre Irán e Israel, donde por primera vez Irán lanzó un ataque directo desde su propio territorio. El hecho de que sus misiles de largo alcance hayan penetrado el sistema de defensa israelí, la llamada «Cúpula de Hierro», representó un giro estratégico. La respuesta de Israel —una mezcla de contraataques aéreos y ciberoperaciones— mostró tanto su capacidad técnica como sus debilidades inesperadas.

En el plano mediático, la guerra es una competencia por el control de la narrativa. El caso Irán-Israel también fue pionero en lo que podría llamarse la primera “guerra de hashtags”. La victoria no se mide solo en bajas o conquistas, sino en viralidad y percepción. Los medios iraníes saturaron canales de Telegram con videos espectaculares de sus ataques, mientras que influencers israelíes convertían sus experiencias en refugios antiaéreos en actos de resistencia heroica. Ambos bandos utilizaron ejércitos digitales, pero la novedad fue la participación activa de la ciudadanía: cada teléfono celular se convirtió en una cámara de guerra, transformando las redes sociales en frentes de batalla en tiempo real.

La guerra psicológica, quizás la más silenciosa, es también la más duradera. En ciudades como Tel Aviv, el sonido de las sirenas erosionó la sensación de seguridad de la población. Si Irán podía atacar a voluntad, ¿podía el Estado garantizar la protección de sus ciudadanos? La ruptura del tabú de un ataque directo entre enemigos tradicionales tuvo un fuerte impacto en toda Asia Occidental. Países como Arabia Saudita o Turquía observaban con atención, sabiendo que el equilibrio regional había cambiado.

Estas tres dimensiones —militar, mediática y psicológica— se combinan en la llamada guerra híbrida, donde cada misil puede ser al mismo tiempo una acción bélica, un mensaje mediático y un golpe al ánimo de la sociedad. Quien logre dominar estos tres planos tendrá la ventaja decisiva en los conflictos del futuro.

Pero para ello, es indispensable la colaboración del complejo militar-industrial-tecnológico. Corporaciones como Google (Alphabet), Apple, Amazon, Meta, Microsoft y Palantir no son solo actores económicos, son herramientas de guerra. Controlan la información, moderan el discurso público, gestionan plataformas de comunicación e imponen narrativas. A través del manejo de datos masivos, se convierten en fuentes privilegiadas de inteligencia, útiles tanto para gobiernos como para empresas.

Estas grandes tecnológicas también proporcionan la infraestructura crítica sobre la que se apoyan tanto las economías como los sistemas de defensa. Su liderazgo en inteligencia artificial, computación cuántica y biotecnología les otorga un rol protagónico en la configuración del poder global. Ya no son simplemente compañías privadas: son actores geopolíticos de primer orden.

Por otro lado, el complejo militar-industrial representado por gigantes como Lockheed Martin, Raytheon, Boeing o Northrop Grumman sigue promoviendo la expansión de presupuestos de defensa. Justifican sus exigencias en función de amenazas externas, pero en muchos casos actúan como generadores de esas amenazas. Las guerras prolongadas y las tensiones permanentes son parte del negocio.

Estos contratistas también impulsan agresivamente la venta de armas a países aliados, fortaleciendo los vínculos militares de Occidente y expandiendo su influencia global. Las alianzas no se basan tanto en valores compartidos como en intereses comerciales. La ciberseguridad, la vigilancia digital y la inteligencia artificial se convierten en armas de guerra tanto como los misiles y los tanques.

En suma, el “Estado profundo” ya no es un mito. Está compuesto por una red de intereses corporativos —tecnológicos, militares y financieros— que opera más allá de los ciclos electorales y de la voluntad popular. Su influencia es indirecta pero eficaz. Frente al ascenso de potencias como China, Rusia e Irán, estas corporaciones actúan para mantener el dominio occidental, muchas veces desde las sombras, aunque su accionar sea visible para quien se tome el tiempo de mirar.

Así, la guerra eterna no es un accidente histórico, sino un diseño funcional. Es un negocio. Un sistema que produce ganadores: las élites que venden armas controlan datos, gestionan el miedo y sacan provecho del desorden.


Fuente: El tábano economista

lunes, 23 de diciembre de 2024

Un genocidio entre dos crisis

 

     Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.


Consideraciones sobre el futuro y el pasado del actual mundo peligroso


     Cuando personajes prudentes como el secretario general de la ONU o el exdiplomático español Miguel Ángel Moratinos dicen que “la humanidad ha abierto las puertas del infierno” al ignorar el calentamiento global e incumplir los objetivos impuestos, y que nos encontramos “al borde de la Tercera Guerra Mundial”, expresan el mero sentido común de cualquier persona despierta.

Efectivamente, en comparación con situaciones del pasado, el mundo de hoy es peligroso por la combinación y correlación de dos crisis, la una dentro de la otra: la crisis del declive occidental y la crisis del Antropoceno, o mejor dicho del capitalismo antropocénico. Es decir, todo lo vinculado al cambio global y que científicos como Antonio Turiel han expuesto aquí con gran claridad.

¿Cómo se lee lo de Gaza a la luz de la combinación de estas dos crisis?


Destrucción causada por los bombardeos israelíes sobre Gaza a principios de 2023.  Mohammed Hajjar.


Espejo de futuro y retrovisor del pasado


¿Qué mensaje lanza la complicidad occidental con la evidente y criminal negación del principio de igualdad entre seres humanos en el siglo XXI que se observa allá? Sin duda un mensaje y un aviso sobre cómo la parte privilegiada de este mundo pretende “solucionar” el callejón sin salida al que nos ha conducido el sistema capitalista. Es decir: la “solución” de mantener islas de libertad y derecho estrictamente protegidas por ejércitos y armadas para, digamos, el 20% de la población mundial, y excluir, recluir, y si es necesario exterminar, al resto en zonas, humana y ambientalmente, desastradas. El sociólogo Immanuel Wallerstein decía que esto podía no ser muy diferente del orden pregonado por Hitler y los nazis.

En nuestro futuro inmediato, grandes cantidades de personas van a ser desplazadas por el cambio climático. Así que hay que preguntarse ¿qué pasará con el impulso, la complicidad y el consenso genocida de los gobiernos euroamericanos y sus medios de comunicación que se está viendo en el caso de Gaza, en la perspectiva de una crisis que destruye grandes zonas habitadas del planeta?




En la cumbre COP 28 de Dubai el presidente colombiano, Gustavo Petro, dijo: “El desencadenamiento del genocidio y la barbarie sobre el pueblo palestino es lo que le espera al éxodo de los pueblos del Sur desatado por la crisis (…) lo que el poder militar bárbaro del norte ha desencadenado sobre el pueblo palestino es la antesala de lo que desencadenará sobre todos los pueblos del sur cuando por la crisis climática quedemos sin agua; la antesala de lo que desencadenará sobre el éxodo de las gentes que por centenares de millones irán del sur al norte”.

El racismo colonial es el nexo cultural e ideológico de las potencias occidentales con Israel

A juzgar por lo que estamos viendo en Gaza, es muy poco probable que la violencia, mucho más prolongada y lenta, que experimenta (y experimentará en una medida mucho mayor en el inmediato futuro) la mayoría mundial como consecuencia del colapso ecológico y el cambio climático suscite algún tipo de simpatía por parte del establishment occidental. Esto no es solo una predicción. Es también un ejercicio de memoria histórica.

Esta brutalidad tiene precedentes en las sociedades europeas más sofisticadas y cultas. Caracterizó la colonización euroamericana del “Nuevo Mundo” en la que los colonos europeos mataron a más de 55 millones de indígenas en América del Norte, Central y del Sur a lo largo de cien años, hasta el “periodo civilizador” de los siglos XIX y XX, durante el cual Occidente llevó a cabo las más brutales y salvajes campañas de violencia y exterminio en todo el mundo bajo la bandera de la modernidad y el desarrollo, particularmente en África y Asia, pero también incluso dentro de las propias fronteras europeas. Hacer en Europa algo que en los territorios coloniales no era nada excepcional fue lo que convirtió a los nazis en criminales, como observó el fundador de la India moderna Jawāharlāl Nehru en un libro escrito en 1942 en una prisión colonial británica.


Evolución de la desposesión de los pueblos nativos en Palestina y en el territorio de los Estados Unidos.

El racismo colonial de Occidente es el nexo cultural e ideológico de las potencias occidentales con Israel, el “valor europeo”, si se quiere, que explica la complicidad y la evidente negación del principio de igualdad entre seres humanos en el siglo XXI.

La comprensión ante el “derecho a defenderse” de Israel en países como Alemania, Francia o Inglaterra es resultado directo de la común historia colonial. Al fin y al cabo ¿qué está haciendo Israel en Palestina que no hiciera Francia en Argelia e Indochina cuando los de mi generación éramos niños? ¿O Inglaterra en la India de lo que Mike Davis llama el “holocausto tardovictoriano”? ¿O Alemania con el genocidio herero y namaqua en la actual Namibia a principios de siglo, cuando nuestros abuelos eran niños?

Gaza”, dice Petro, “es el espejo de nuestro futuro inmediato”. Y me permito añadir: también el retrovisor de nuestro pasado.

El día 10 intervino en la Universidad de Girona Raji Sourani, fundador del Centro Palestino para los Derechos Humanos, y dijo que la lucha contra el genocidio de Gaza es la lucha por el futuro de la humanidad. No se si Sourani pensaba en el escenario de una Gaza planetaria, pero su afirmación es indiscutible.


Declive y solución militar


Entremos ahora en el segundo aspecto, la mencionada “crisis del declive occidental”. ¿Qué contiene ese concepto?

Esa crisis consiste en el intento del Norte Global (categoría que incluye a Rusia) de solventar su pérdida de peso en el mundo por medios militares. Todos sabemos, por ejemplo, que la economía de Estados Unidos, que en 1945 representaba casi la mitad de la economía mundial, hoy solo representa el 15% del PIB mundial. Y que toda una serie de países que entonces no contaban nada, hoy son potencias emergentes que van a más.




En ese contexto veamos la reacción de quienes van a menos.

Rusia. Es obvio que pese a su recuperación de los últimos años, la tendencia le afecta de pleno, porque todo el mundo entiende que por muy bien que le vayan las cosas nunca volverá a tener la potencia que alcanzó con la URSS, cuando entre los ríos Elba y Mekong había regímenes inspirados en el soviético. En 1991, poco antes de morir, el extraordinario etnógrafo soviético Lev Gumiliov, hijo de dos de los mayores poetas rusos del siglo XX, Nikolái Gumiliov y Anna Ajmátova, expuso la cuestión con gran claridad al anunciar el inicio de “la gradual decadencia de la etnos rusa, y, transcurrido cierto tiempo, su salida de la escena de la historia, pero, afortunadamente, tenemos algunos siglos por delante para construir y moldear”. Gumiliov sugería con ello que, en cualquier caso, el futuro de Rusia sería la administración de su ocaso. En la Rusia de hoy creo que eso es algo comúnmente aceptado y precisamente por eso, se busca administrar el declive reformulando su posición en el mundo.

La élite rusa ya no quiere integrarse en Europa, sino vincularse a la pujante China y al Sur Global emergente

La élite rusa ya no quiere integrarse en Europa, donde solo le ofrecían un papel subalterno incompatible con su identidad de gran potencia, sino vincularse a la pujante China y al Sur Global emergente. Cree que mediante una alianza con Pekín y potenciando el movimiento de los Brics y las relaciones con el Sur global que estuvo en buena sintonía con la URSS, logrará mantener mucho mejor su soberanía a medio y largo plazo en un mundo multipolar con varios centros de poder.

La guerra de Ucrania rompe una tendencia de 300 años en la historia de Rusia, la del enfoque hacia Europa de Pedro el Grande, en el siglo XVIII, y al mismo tiempo otorga a la crisis de su régimen bonapartista una prórroga para transformarse, mediante un nuevo contrato social con su población que está siendo formulado bajo la certeza de un endurecimiento del autoritarismo y la promesa de una mayor nivelación social.

La Unión Europea. Fue una fórmula en la misma lógica de preservación: una serie de antiguas potencias coloniales venidas a menos que se unen para poder seguir siendo dominantes. Pero, de momento, el experimento solo ha logrado situarlas en el papel de “ayudante del sheriff”.




La guerra de Ucrania fortalece su dependencia, política, militar y económica de Estados Unidos, pero las incertidumbres del segundo mandato de Trump siembran el desconcierto entre los vasallos. En el orden interno sus Estados miembros pierden igualdad social, soberanía y sustancia representativa por haber delegado competencias a instituciones oligárquicas no electas que gobiernan el conjunto: el Banco Central Europeo, en política económica y monetaria, la OTAN, en política exterior y de defensa, y la Comisión Europea en casi todo lo demás relativo a la gobernanza. Lo menciono para comprender de paso que la distancia de todo esto con los regímenes autoritarios, autocráticos, de partido único, o como se quiera definir, es mucho menor de lo que nos explican.

Estados Unidos. Aunque algunos de sus mandatarios digan que quieren “hacer América grande de nuevo”, MAGA –lo que sugiere cierto reconocimiento de decadencia–, básicamente no aceptan el propio enunciado del problema –el declive– y quieren mantener mediante la guerra la ilusión de dominio unipolar en solitario soñada tras el fin de la Guerra Fría. Ven a China como el enemigo principal y el pulso con Rusia y la sumisión de la Unión Europea como parte de ese combate con China. En el orden interno hay división en el establishment de Washington sobre la táctica a seguir, pero no en el objetivo estratégico de preservarse como número uno, y continuar sirviendo a los intereses de los más ricos.

Como denominador común a los tres, diremos que el impulso guerrero une todos estos propósitos en los tres escenarios: Europa, Oriente Medio y Asia Oriental.

Si en el caso de Rusia y Estados Unidos, se entiende la lógica de sus respectivos objetivos y ambiciones, en el caso europeo todo parece mucho menos racional. Y eso pese a que es en Europa, de donde partieron dos guerras mundiales, donde el escenario bélico está ahora más candente.

En los tres escenarios están implicadas potencias nucleares. En Europa: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Rusia. En Oriente Medio, Estados Unidos e Israel. En Asia Oriental, Estados Unidos, China, Corea del Norte y Rusia. Eso define un peligro aún mayor que el de aquella época en la que las superpotencias capaces de destruir el mundo solo eran dos.

Como recuerda el reloj del juicio final, del Bulletin de los físicos nucleares de la Universidad de Chicago, asistimos a las tensiones nucleares más peligrosas desde la crisis de los misiles de Cuba, en 1962. Después de aquella crisis se estableció un cuerpo de normas y acuerdos –firmados o implícitos– sobre conductas y zonas de influencia entre las dos superpotencias nucleares que contribuyeron a evitar el desastre de una guerra nuclear. Hoy todo ese entramado argumental y diplomático, tratados de control de armamentos y desarme, o se ha desmontado en las últimas décadas (siempre a iniciativa de Estados Unidos), o es ignorado con gran ligereza por responsables políticos que ya carecen de experiencia biográfica generacional de guerra. Estamos asistiendo a la ruptura del canon de la Guerra Fría en materia de relaciones entre superpotencias nucleares, sin que nada lo haya sustituido.




Estamos asistiendo a la ruptura del canon de la Guerra Fría en materia de relaciones entre superpotencias nucleares

Principios importantes de aquel canon eran no colocar junto a las fronteras del adversario nuclear recursos militares capaces de anular su disuasión y no avanzar alianzas militares hostiles. Ambos se han violado en Europa.

A partir de 1992, los neocon estadounidenses proclamaron que habían ganado la Guerra Fría, pensaron que podían afirmar un poder hegemónico exclusivo y sin cortapisas en el mundo y se lanzaron a reordenarlo. Muchos estrategas de Estados Unidos dijeron que era un error y los hechos demostraron que tenían razón: el resultado fue un gran desorden en Oriente Medio que ahora se extiende como guerra en Europa y gran aumento de las tensiones con China en Asia Oriental. Hablo de “desorden” pero las cifras sugieren que se debe emplear un término más próximo a lo criminal: desde el 11 de septiembre de 2001 neoyorkino, la guerra continua desatada por Estados Unidos y sus aliados –en Afganistán, Irak, Libia Yemen, Siria, etc.– ha gastado 8 billones de dólares (dos veces el PIB de Alemania) para ocasionar entre 4,5 y 4,7 millones de muertes (directas e indirectas) y 38 millones de desplazados. En Ucrania tenemos centenares de miles de muertos, en su inmensa mayoría soldados, y en ambos bandos, dos ejércitos de mutilados, viudas y huérfanos. Obviamente en el caso de Ucrania, como en el de Siria, no toda, pero sí la principal responsabilidad es de Estados Unidos. Podemos escribir un libro sobre las responsabilidades rusas y ucranianas en el conflicto y discutir el reparto, pero lo que es indiscutible es que la iniciativa, el vector principal, es americano, euroamericano si se considera el seguidismo de la Unión Europea.

Ahora, entre el nerviosismo europeo por la victoria de Trump y ante la posible perspectiva del envío de tropas de la OTAN a Ucrania, asistimos a la reformulación de la política nuclear rusa. Se constata que la condición de Rusia como superpotencia nuclear ya no da miedo, ese miedo que evitó la guerra nuclear en el pasado, y que, por tanto, para Rusia es imperativo recuperarlo para evitar una catástrofe mayor. En ese contexto se sitúa el uso demostrativo de nuevas armas hipersónicas que no pueden ser interceptadas como el misil “Oreshnik”. Hay que tener en cuenta, además, que la historia del pulso nuclear entre las superpotencias de la Guerra Fría estuvo llena de situaciones que escapaban a la voluntad de sus líderes y que se resolvieron por el azar o el sentido común de personajes insignificantes. Por todo ello es imperativo preguntarse hoy por este tipo de peligros.


Guerra, tiempo y estupidez


Con todo este peligro nuclear, al igual que con muchos otros problemas globales, como la desigualdad social y regional, o la superpoblación, se puede convivir. Convivir peligrosamente, podríamos decir. Pero se puede. De hecho, medio siglo de Guerra Fría bajo la amenaza de la Destrucción Mutua Asegurada (Mad), así lo demuestra. Pero a diferencia de la amenaza que supone el arma nuclear, la crisis del calentamiento global es algo que conforme no haces nada para atajarla, aumenta. No se puede convivir con ella sin entrar en desastres como la hipótesis genocida del presidente Gustavo Petro.

Así que, ahora, cuando los tiempos exigen una estrecha y urgente concertación internacional, en primer lugar entre Estados Unidos y China para atajar la crisis climática, la guerra, el guion de los imperios combatientes, ya no es el desastre criminal que siempre fue, sino que además es una estupidez. Mientras se hace la guerra se pierde un tiempo del que no disponemos como especie. Por eso siempre digo que si un extraterrestre observara nuestra situación, concluiría que los dueños de este mundo peligroso han perdido la razón.

Fuente: Rafael Poch de Feliu

Blog personal