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sábado, 27 de diciembre de 2025

Nigeria y el nuevo tablero africano

 


La amenaza militar de Trump en Nigeria no responde a una crisis 

humanitaria, sino a una estrategia neocolonial diseñada para frenar la 

influencia de China y Rusia en África. Washington utiliza un supuesto 

“genocidio cristiano” como pretexto para ocultar sus objetivos


     La reciente amenaza de intervención militar en Nigeria por parte del presidente estadounidense Donald Trump no es un acto aislado ni una excentricidad retórica, sino la manifestación más cruda de una política imperial que se adapta al continente africano en plena reconfiguración geopolítica. Esta amenaza también manifiesta un poder en declive que recurre a viejas tácticas para mantener su dominio.


Lanzamiento de un misil en la intervención militar estadounidense en Nigeria.

Nigeria, como la mayor economía y potencia demográfica de África, se ha convertido en el campo de batalla decisivo donde los Estados Unidos intenta frenar el avance de China y Rusia, asegurar minerales críticos para la transición energética y contener la ola de soberanía que emana de la Alianza de Estados del Sahel (AES).


El presidente Donald Trump estrecha la mano del presidente nigeriano Muhammadu Buhari durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca.

Sus declaraciones se inscriben en una larga historia de injerencia occidental que, bajo cambiantes pretextos, busca perpetuar una relación de dominación y extracción.


Fieles cristianos rezan durante una sesión de estudio bíblico en la Asamblea de la Ciudad de Cristo Goshen en Kaduna, Nigeria.

La crudeza de Trump al amenazar con “entrar en ese país, ahora deshonrado, con todas las armas en la mano” (‘guns-a-blazing’) desnuda la persistencia de una mentalidad neocolonial que ve en África un mero tablero de recursos y peones.


Misa católica en Lagos, Nigeria.

Trump ha guiado su política exterior por los principios disruptivos y proteccionistas de su lema “Estados Unidos Primero”, lo cual se puede evidenciar en la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que rompen con el enfoque de reconstrucción de alianzas adoptado por ex presidentes como Jimmy Carter en la década de los 70, Bill Clinton en los 2000, además de Barack Obama y Joe Biden recientemente.


El secretario de Defensa, Pete Hegseth, sale del Capitolio tras una reunión informativa a puerta cerrada con legisladores y el secretario de Estado, Marco Rubio.

Trump busca recuperar el estatus de Estados Unidos como la “superpotencia manufacturera del mundo”, tal como lo expresó en el Foro Económico de Davos en enero de 2025. Para ello, impone aranceles como táctica principal, permitiéndole renegociar los términos comerciales de los acuerdos económicos con sus aliados.


Trump se comprometió en Davos a convertir a Estados Unidos en una superpotencia manufacturera.

Este enfoque ha consolidado lo que seguidores del Movimiento MAGA (Make America Great Again), académicos y analistas internacionales denominan “la Doctrina Trump”: una política exterior unilateral y asertiva, que privilegia la acción directa sobre la diplomacia consensuada, aplicando la autoridad ejecutiva para justificar intervenciones bajo el argumento de amenazas a la seguridad nacional, desde la “lucha contra el narcotráfico” dentro de los EE.UU. y la designación de cárteles como terroristas transnacionales, hasta operaciones militares en Irán enmarcadas en su renovada “guerra contra el terrorismo”, en el que sus acciones más recientes son las amenazas verbales hacia Nigeria.


La Doctrina Trump.

La crisis de Nigeria no puede entenderse de forma aislada, sino como la pugna entre las fuerzas que impulsan una soberanía emergente y el neocolonialismo que busca perpetuarse. El pulso entre Washington y Abuya es, en realidad, una manifestación de la disputa actual por el futuro de África en el orden multipolar.


El presidente nigeriano, Bola Ahmed Tinubu, en una reunión de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental en Abuya, Nigeria.

La narrativa de la “persecución de cristianos” en Nigeria no responde a una genuina preocupación humanitaria, sino una herramienta clásica de la doctrina imperial para fabricar consentimiento en Occidente y encubrir objetivos económicos y geopolíticos. Esta instrumentalización selectiva de los derechos humanos y la libertad religiosa es una táctica para desestabilizar naciones soberanas y justificar agresiones inaceptables.


Trump camufla sus verdaderas intenciones bajo un narrativa de 'persecución de cristianos'.

La campaña de denuncia de un “genocidio cristiano” en Nigeria por figuras políticas estadounidenses como el senador Ted Cruz, se apoya de una narrativa emotiva que deliberadamente simplifica la realidad. Citan cifras dramáticas – como las de que más de 50.000 cristianos han sido asesinados y miles de iglesias destruidas desde 2009 –, cuya fuente principal es una ONG nigeriana llamada InterSociety.


Tres adultos con un bebé abandonan Yelwata tras un ataque mortal perpetrado por hombres armados en Yelwata, estado de Benue, Nigeria.

Sin embargo, en contraste, investigaciones periodísticas serias e informes de organizaciones especializadas en el conflicto, evidencian la fragilidad de esta base: la BBC ha calificado la metodología de InterSociety como “opaca” y sus cifras como “difíciles de verificar”. También señala la falta de auditorías independientes y el hecho de que solo tres personas componen la junta directiva de la ONG. En esencia, la narrativa que se presenta a la opinión pública carece de transparencia y rigor.

Los datos de la organización Acled (Armed Conflict Location & Event Data Project), que constata la realidad en el terreno, sin embargo, cuenta una historia más matizada y trágica. Desde 2009, la cifra total de civiles muertos en Nigeria en actos de violencia – tanto musulmanes como cristianos – asciende a cerca de 53.000. Es decir, la cifra que se atribuye exclusivamente a víctimas cristianas se acerca mucho al número total de fatalidades civiles de diversas creencias religiosas.

Además, análisis independientes nigerianos como Nextier Violent Conflicts Database y African Security Analysis (ASA) subrayan que la mayoría de las víctimas mortales a manos de grupos yihadistas, como el notorio Boko Haram, son en realidad musulmanes. Es fundamental entender que la violencia en Nigeria es un conflicto multifacético y brutal que afecta a toda la población, y no se limita a un ataque selectivo unidireccional contra una comunidad religiosa. Reducir el conflicto a una “guerra santa” entre islamistas y cristianos como plantea Washington, es calificado por el propio gobierno de Abuya como una “grave tergiversación de la realidad”.




Lo que los Estados Unidos etiqueta como “yihad”, analistas como Christian Ani y Confidence McHarry lo identifican como un conflicto multifactorial arraigado en la disputa por el “acceso a la tierra y el agua”. Ani califica explícitamente de “exageración” etiquetar a los pastores Fulani como yihadistas, subrayando que las verdaderas raíces de estos enfrentamientos son económicas y ecológicas, exacerbadas por tensiones étnicas, no teológicas.

Las matanzas en el Cinturón Medio se están saliendo de control”, dijo Isa Sanusi, director ejecutivo de la rama nigeriana de Amnistía Internacional, quien dijo en mayo que dos estados de esa región representaban el 93% de las 10.000 personas asesinadas por bandidos en los primeros dos años de mandato de Tinubu.


Nigeria: aumenta el número de muertos y se avecina una crisis humanitaria en medio de ataques descontrolados por parte de grupos armados.

La postura de Washington revela cinismo: Mientras instrumentaliza la violencia en Nigeria, los Estados Unidos, según denuncia The Pan Afrikanist, respalda al ente sionista de Israel en crímenes contra el pueblo palestino y usa las mediaciones de paz en Congo y Ruanda como fachada para explotar recursos. Los Estados Unidos lanza amenazas de invasión contra “un país de mierda” como Nigeria por el supuesto “genocidio” de 52.000 cristianos durante 16 años, basándose en datos adulterados de “investigadores” cuestionables.


Donald Trump califica a Nigeria como 'país de mierda'.

Algunos datos reales de este conflicto son la tensión etno-religiosa entre un norte predominantemente musulmán y un sur mayoritariamente cristiano. Esta es una “falla histórica” que, según The Pan Afrikanist, los administradores coloniales británicos “perfeccionaron como táctica”, combinando deliberadamente etnia y religión para “impedir una lucha anticolonial unificada”.

El doble rasero estadounidense en este caso, no es casualidad, refleja una política exterior que usa los Derechos Humanos como arma geopolítica y no como principio universal. En Nigeria, Washington busca frenar la pérdida de hegemonía frente a China y Rusia, presionando a una potencia demográfica, económica y petrolera clave del continente.


Nigeria es la mayor potencia petrolífera del continente africano.

En América Latina, aplica tácticas para apropiarse de los recursos del país con las mayores reservas de petróleo del mundo y llevar a cabo un “cambio de régimen” en Venezuela.


Venezuela posee las mayores reservas petrolíferas del mundo.

La política de Washington hacia Nigeria responde al avance de China y Rusia en África. La cooperación sino-nigeriana ya suma más de 20 mil millones de dólares en inversiones chinas destinadas a infraestructura crítica y 1.3 mil millones de dólares en litio.


Nigeria obtiene 20.000 millones de dólares en inversión china para impulsar el crecimiento industrial.

Este modelo de cooperación, que ofrece desarrollo de infraestructura sin las condiciones políticas ligadas a los préstamos occidentales, es percibido en Washington como una amenaza existencial a su modelo de dominación.


China consolida su presencia en el mercado del litio en Nigeria gracias a su impulso a los beneficios.

El Olor del Petróleo y la Fiebre de las Tierras Raras

Estos dos recursos son el principal motor de la agresión estadounidense. Como afirma la publicación The Pan Afrikanist, “el objetivo de la US war machine es asegurar el dominio de los recursos”. Nigeria, al ser el mayor productor de petróleo de África, representa un premio energético indispensable. Además, el país posee un enorme potencial en minerales críticos, como las tierras raras, que son cruciales para la industria tecnológica, la transición energética y los sistemas de defensa.

La amenaza de intervención busca crear un entorno de inestabilidad que debilite la soberanía nigeriana y facilite la extracción de recursos por parte de corporaciones occidentales. En este marco, Washington también apunta al gasoducto  Nigeria-Marruecos, crucial para abastecer a Europa y reducir la dependencia del gas ruso.




Tras haber sido expulsado de Níger en 2024 junto a otras potencias occidentales, los Estados Unidos busca desesperadamente reincorporarse en la región para mantener su presencia militar y contrarrestar la creciente influencia de la Alianza de Estados del Sahel (AES), conformada por Malí, Burkina Faso y Níger. Estos países representan un modelo de soberanía que Washington teme se extienda en el continente africano.

El objetivo de esta presencia militar en todo el mundo es crear “condiciones donde los intereses económicos estadounidenses puedan florecer”. Una base en Nigeria le permitiría a los Estados Unidos no solo proyectar poder en el Golfo de Guinea, sino también disponer de una plataforma desde la cual lanzar ataques proxy, encubiertos y abiertos contra los países de la AES. La presión sobre Nigeria, por tanto, también tiene un componente geopolítico clave: convertirla en un pivote para la estrategia de contención estadounidense en una de las regiones más dinámicas y rebeldes del continente.

En este engranaje, la élite local, denominada la “burguesía africana” o “clase compradora” desempeña un rol clave en la estrategia de los EE.UU. Educada en Occidente y alineada con intereses metropolitanos, actúa como intermediaria que facilita la intromisión externa. En lugar de impulsar la liberación, asegura que la riqueza nacional fluya hacia fuera, garantizando su propio enriquecimiento y permanencia. Estos factores internos, sin embargo, no operan aislados, sino dentro de una reconfiguración continental y global que redefine las dinámicas de poder y soberanía en África.

En síntesis, la amenaza de intervención militar de los Estados Unidos en Nigeria, bajo un falso pretexto humanitario, constituye un estratégico y desesperado intento de Washington por frenar la erosión de su hegemonía en África de manera coercitiva, no responde a una crisis religiosa, sino al avance de un orden multipolar en el que Nigeria juega un papel fundamental. Es una reacción directa a la creciente influencia de China y Rusia, al precedente soberano de la Alianza de Estados del Sahel y al renacer de una conciencia panafricanista que amenaza con desmantelar las estructuras de dominación neocolonial.


¿Por qué el presidente Trump amenaza con una intervención humanitaria en Nigeria?

La clave está en el desarrollo de una conciencia política revolucionaria que permita a los pueblos de Nigeria, y de toda África, unirse contra las amenazas externas. La batalla por Nigeria es, en última instancia, la batalla por el futuro soberano de todo el continente africano. Su resultado definirá si África avanza hacia una era de autodeterminación o si las cadenas del neocolonialismo logran imponerse una vez más.


Fuente: EL VIEJO TOPO

sábado, 28 de diciembre de 2024

Más allá del caftán: El reto de preservar el patrimonio lingüístico amazigh

 

      Historiador y Rebelde /Escritor/ Antirracista/Colonialismo Hispano Africano.


La lengua amazigh es la lengua materna del norte de África. Una lengua afroasiática que fue hablada desde el archipiélago Canario hasta Egipto, abarcando una extensa línea geográfica a la que se suma el Sahel. Actualmente se halla en peligro.


Tuareg de Agadez, Níger.

     A principios de este mes de diciembre saltó la noticia de que Marruecos y Argelia continuaban con la disputa por la declaración del caftán como patrimonio cultural inmaterial por la UNESCO. Un episodio que se inició en 2023 y que todavía acapara titulares de prensa en ambos países que se disputan la propiedad de esta prenda. Sin embargo, deberían de preocuparse más de otro dato que revela la misma UNESCO: según su Atlas de las Lenguas del Mundo en Peligro, seis variantes del tamazight, también conocida como bereber, están en riesgo de desaparición. De hecho, una de ellas, la variante tidikelt, hablada en el suroeste de Argelia, ya ha sido declarada extinta.


Tuareg Amazigh de Argelia.

La lengua amazigh, es la lengua materna del norte de África. Una lengua afroasiática que fue hablada desde el archipiélago Canario hasta Egipto, abarcando una extensa línea geográfica a la que se suma el Sahel. Con el paso del tiempo, el tamazight se ha ramificado en diferentes variantes según la región. Sin embargo, muchas de estas variantes han desaparecido o están en riesgo de extinción, desplazadas por lenguas extranjeras, especialmente el árabe. Actualmente, Marruecos y Argelia son los dos países con mayor número de hablantes de tamazight. Según el Atlas de las Lenguas del Mundo en Peligro de la UNESCO, entre el 60 % y el 80 % de la población de Marruecos sería hablante de tamazight, mientras que en Argelia esta cifra se sitúa entre el 45 % y el 55 %. En comparación, Túnez posee sólo un 1 %, en Libia un 5 % y en Egipto menos del 1 % hablan esta lengua ancestral.


Una señal de stop en Nador, que incluye la traducción en amazigh.

A pesar de las políticas de marginalización, la comunidad amazigh nunca cesó en su lucha por el reconocimiento de su lengua y cultura

Si el tamazight ha sobrevivido a grandes cambios históricos, como la romanización o la expansión del islam, ¿cómo se explica que ahora se encuentre en peligro de desaparición? Esta situación tiene su raíz en el proceso de arabización postcolonial. Tras la descolonización de los países del norte de África, siguieron la ideología del panarabismo para lograr la unidad nacional, una lengua y una religión, en este caso islam y árabe. Esta política no sólo marginó el tamazight, sino que también creó una percepción negativa hacia quienes lo hablaban, considerándolos ciudadanos de segunda clase. Además, la educación y los documentos oficiales sólo estaban disponibles en árabe o en las lenguas coloniales, lo que profundizó la exclusión lingüística.

A pesar de las políticas de marginalización, la comunidad amazigh nunca cesó en su lucha por el reconocimiento de su lengua y cultura. Esta resistencia, a menudo llevada al exilio, dio lugar a iniciativas destacadas como la fundación de la Academia Amazigh en París en 1967 por intelectuales argelinos exiliados. Durante los años 80, las protestas en Argelia marcaron un hito en la lucha por el reconocimiento del tamazight, exigiendo su uso en eventos oficiales. Finalmente, los primeros pasos hacia su oficialización se dieron en la primera década del siglo XXI: Marruecos y Argelia respondieron a estas demandas reconociendo el tamazight en 2001 y 2002, respectivamente. En 2016, Argelia dio un paso más al oficializar plenamente el uso del tamazight en todas las esferas públicas y creó la Academia de la Lengua Amazigh para su promoción. Marruecos, por su parte, creó el Instituto Real de la Cultura Amazigh (IRCAM), encargado de estandarizar la lengua y desarrollar materiales educativos, aunque enfrenta críticas por su limitada autonomía y recursos. Libia, en 2011, reconoció el tamazight como parte de su patrimonio cultural, aunque no le otorgó un estatus oficial comparable al del árabe.

A pesar de estos avances, otros países de la región, como Túnez y Egipto, han mantenido al tamazight en un estado de invisibilidad y marginalización, su uso sigue restringido a comunidades rurales y diásporas. En Túnez han surgido asociaciones para lograr el reconocimiento lingüístico y cultural del amazigh con organizaciones como la Asociación Tunecina de la cultura Amazigh (ATCA).

El papel de España y la lengua amazigh

En España, las regiones de Ceuta, Melilla y las Islas Canarias cuentan con comunidades amazigh que forman parte del tejido social del país. Aunque en el caso de Canarias ya no quedan hablantes de tamazight, esta fue la lengua materna del archipiélago antes de la llegada de los colonizadores. Por otro lado, la diáspora amazigh en España ha crecido notablemente en las últimas décadas, reivindicando su identidad cultural y lingüística. Iniciativas como Awal Digital, que busca llevar la lengua tamazight al ámbito de las nuevas tecnologías, son un ejemplo del dinamismo de esta comunidad en su esfuerzo por revitalizar y promover el idioma bereber.


Inscripción líbico-bereber encontrada en El Hierro, Islas Canarias, España.

Dado el tamaño y la relevancia histórica y cultural de esta comunidad en España, podría considerarse la posibilidad de otorgar un reconocimiento oficial al tamazight. Un precedente significativo se encuentra en Bélgica, donde el alemán es reconocido como lengua oficial a pesar de ser hablado por menos del 1 % de la población. Este caso demuestra que reconocer una lengua minoritaria puede ser un acto de integración y respeto cultural, lo que sugiere que España podría dar un paso similar con el tamazight, especialmente en las regiones con una conexión histórica directa, como Ceuta, Melilla y Canarias.

España podría desempeñar un papel clave en el reconocimiento del tamazight como parte de su diversidad cultural. Incluir su enseñanza en Ceuta, Melilla y Canarias, junto con el apoyo a iniciativas de la diáspora, no solo reforzaría el vínculo histórico con el mundo amazigh, sino que también contribuiría de manera concreta a preservar esta lengua en peligro.

Fuente: EL SALTO

domingo, 8 de septiembre de 2024

Intereses regionales y geopolíticos en el Sahel

 

Sociólogo, historiador y licenciado en economía.

        Los combatientes rusos en el norte de Mali se enfrentaron a principios de este verano en una sangrienta confrontación. El 27 de julio, una patrulla del ejército maliense acompañada por auxiliares del Grupo Wagner fue emboscada por rebeldes tuareg cerca de Tinzaouaten, en la frontera con Argelia. El ejército maliense reconoció pérdidas significativas sin proporcionar detalles. Los videos que circulan en las redes sociales muestran vehículos destruidos y docenas de cuerpos esparcidos por el desierto. Los medios rusos informaron de una veintena de muertes de Wagner, mientras que fuentes rebeldes afirmaron que murieron hasta ochenta mercenarios. Se dice que una tormenta de arena detuvo la columna, dejándola vulnerable al ataque. El portavoz de la coalición rebelde acusó a las fuerzas gubernamentales de ataques con drones en represalia, causando una decena de muertes de civiles en la zona.




Tras el ataque, el director de inteligencia militar de Ucrania afirmó que sus agentes habían luchado junto a los rebeldes tuareg. Esto fue corroborado por imágenes que mostraban a combatientes blancos y negros sosteniendo las banderas de Azawad y Ucrania una al lado de la otra. No sería el primer caso de intervención ucraniana en África. En noviembre de 2023, surgieron informes de que un centenar de fuerzas especiales ucranianas participaban en operaciones contra las milicias respaldadas por Wagner en Sudán. En Mali, se dice que los agentes ucranianos están entrenando a los rebeldes tuareg en el uso del Mavic 3 Pro, apodado el "AK-47 del siglo XXI", un dron ligero utilizado para el reconocimiento cercano y equipado con una granada.




La emboscada supone la primera gran derrota en África del Grupo Wagner, que quedó formalmente bajo el control del Ministerio de Defensa ruso tras el fallido golpe de Estado de junio de 2023. Desplegada por primera vez en Crimea en 2014, la empresa militar privada lleva activa en África desde 2017, con operativos en unos ocho países, desde Libia hasta Mozambique. Wagner funciona como una serie de franquicias semiindependientes, que emplean a cuadros rusos junto a combatientes locales y veteranos de conflictos vecinos (principalmente libios y sirios). De los 5.000 hombres que tiene en África, 1.500 están en Mali. Se trata de la mitad del número de soldados que estaban estacionados allí como parte de la Operación Barkhane -la misión de contrainsurgencia de Francia en el Sahel- cuyas responsabilidades Wagner ha asumido gradualmente desde que el coronel Assimi Goïta tomó el poder en mayo de 2021.




El gobierno de Bamako está utilizando a Wagner para luchar contra los separatistas de la Coordinación de Movimientos Azawad (CMA), una alianza de milicias tuareg activas en el noroeste del país. La CMA exige la creación de un estado autónomo, Azawad ('Tierra de la Trashumancia'), una extensión de 800.000 km² de roca y arena que rodea las ciudades de Tombuctú, Gao y Kidal. Comanda una fuerza de unos 3.000 hombres, al parecer equipados con armas y municiones abandonadas por las tropas regulares malienses. Los combates recientes parecen favorecer a las fuerzas gubernamentales. Una campaña aérea coordinada por Wagner les permitió recuperar Kidal en noviembre, más de diez años después de que un acuerdo negociado por Francia y Argelia la entregara a los rebeldes. Con la conclusión de la Operación Barkhane, recuperar la ciudad se convirtió en una prioridad para la junta como símbolo de la soberanía maliense restaurada.



Wagner pretende ofrecer a los estados subsaharianos una alternativa integral a los franceses. Sus mercenarios equipan y entrenan a las fuerzas armadas y a la guardia presidencial, tradicionalmente una palanca clave de poder para París en regímenes "amigos". Pero el grupo también proporciona servicios no militares, con una red de empresas que compiten con los intereses económicos franceses: ofrecen acceso a líneas de crédito, gestión de actividades mineras y forestales, e incluso producción local de vodka y cerveza, en detrimento de la empresa francesa de bebidas Castel. Al estilo neocolonial clásico, Wagner ofrece sus servicios a cambio de concesiones. En Mali, consiguió una revisión del código minero, otorgando más control a las autoridades políticas locales a expensas de las empresas extranjeras establecidas. Los detalles de su estructura de tarifas siguen siendo opacos. Le Monde informó que 135 millones de euros del presupuesto de defensa de Mali para 2022 se atribuyeron a Wagner (muy por debajo del costo anual de 600 millones de euros de Barkhane).

El Sahel –al igual que el Cuerno de África, donde se está extendiendo la guerra por poderes liderada por el Golfo en Yemen– está en el centro de lo que algunos llaman la “nueva lucha por África”. La reciente ola de cambios de régimen, algunos llevados a cabo por medios democráticos, otros por la fuerza, ha reorganizado el juego geopolítico. La retirada de las fuerzas francesas coincidió con el surgimiento de un nuevo bloque estratégico, formalizado por la creación de la Alianza de Estados del Sahel en septiembre de 2023. Esta confederación, que comprende a Malí, Níger y Burkina Faso, fue concebida como un contrapeso a la CEDEAO y al G5 del Sahel, ambos vistos como peones de los franceses. La demanda de cuadros militares confiables en una región donde los ejércitos nacionales a menudo impulsan la inestabilidad política ha creado un entorno favorable para los operadores privados. La llegada de Wagner ha permitido así a Moscú ganar un punto de apoyo en una región que había abandonado en gran medida desde el final de la Guerra Fría (recientemente ha rebautizado sus operaciones allí con el nombre de Cuerpo de África).

Si la franja sahariana-saheliana es un lugar muy disputado, no es sólo por sus recursos. Las poblaciones locales están en primera línea de los conflictos mineros, sobre todo en Níger, uno de los principales productores de uranio del mundo. Francia ha explotado allí varias minas desde los años 60, bajo el cuasi monopolio de Cogema (más tarde Areva, hoy Orano), eje de la soberanía energética del país, establecida durante las crisis petroleras de los años 70 y todavía de propiedad estatal en un 50%. En 2023, Níger suministrará alrededor del 15% del uranio de Francia. A la espera del desarrollo de los llamados reactores de "neutrones rápidos", que consumen menos combustible, las importaciones de Níger siguen siendo críticas. La protección de los yacimientos de uranio en la zona de las "tres fronteras" habría sido una de las motivaciones detrás de la predecesora de Barkhane, la Operación Serval, tras una serie de secuestros en el complejo minero de Areva en Arlit.


Sáhara-Sahel. Zona de conflicto en 2021.

La relación de Francia con los tuareg es muy anterior al descubrimiento del uranio. La conquista francesa del Sahara, iniciada durante el Segundo Imperio, se amplió durante la Tercera República, cuando, para ratificar la partición territorial acordada en la Conferencia de Berlín, los estados firmantes tuvieron que ocupar efectivamente los territorios que habían reclamado. Esta necesidad de control se combinó con una fascinación por el modo de vida de los pueblos del desierto. El atractivo exótico y arcaico de estos nómadas cautivó a la alta sociedad francesa: ¿podrían estos pueblos de piel clara y ojos claros ser los descendientes de los cruzados francos?, se preguntaban los periódicos ilusos de la época. Esta fantasía se vio alimentada además por la idea de que el supuesto Islam moderado que practicaban los tuareg podía ser una fachada que ocultaba un cristianismo antiguo.




La administración colonial consideraba a los tuareg (término de origen árabe que no utiliza la gente que describe) como una constelación de cacicazgos, que dividió en cuatro confederaciones geográficas. Explotó los conflictos internos: la estrategia de "tribalización", desarrollada en los "Bureaux Arabes" de la Argelia colonial, fomentó la proliferación de frentes, subfrentes y centros de toma de decisiones, y continuó hasta la era posterior a la independencia. Esto implicó el nombramiento de líderes simpatizantes de los intereses franceses, como el carismático Mano Dayak, supuestamente instalado por la inteligencia francesa en 1993 para fracturar el frente separatista en Níger. La infiltración de los movimientos rebeldes proporcionó seguridad a los gobiernos locales al tiempo que permitió a Francia entrometerse en su política interna. Esto a veces ha significado eliminar a las facciones desafiantes. Cientos de tuareg repatriados desde Argelia, a donde habían huido de la sequía y la represión, desaparecieron en Níger durante la década de 1990, sin que los medios franceses hicieran comentarios al respecto.

El auge del sentimiento nacional entre los tuareg se debió en gran medida a las campañas antituareg emprendidas por los nuevos regímenes después de la independencia. La imagen romántica de los nobles guerreros del desierto que dominaba las narrativas coloniales fue reemplazada por una visión entre las élites políticas de un pueblo saqueador y dueño de esclavos. Esta narrativa es particularmente fuerte en Níger y Mali, donde la CIA estima que viven tres cuartas partes de los tres millones de tuaregs. Los ciclos de sequía severa y hambruna en los años 1970 y 1980 llevaron a los jóvenes nómadas a la vagancia. Al huir hacia el norte, fueron conducidos a campamentos en Argelia y Libia, donde este mosaico de grupos fue visto como una masa homogénea por las autoridades árabes. Muchos terminaron uniéndose a la Legión Verde de Gadafi, sirviendo como carne de cañón en los campos de batalla del Líbano e Irak, o en la guerra de Libia contra Chad y su aliado francés en la Franja de Aouzou. Algunos regresaron al sur para participar en los levantamientos tuareg de los años 1990 y 2000; sus migraciones se vieron facilitadas por la llegada de "camellos japoneses": Toyota Land Cruiser con motor diésel traídos al desierto por trabajadores humanitarios.




Durante este período, Gadafi desempeñó en el Sahel el mismo papel disruptivo que desempeña hoy Wagner. Desafió los intereses económicos franceses al convertir a Libia en un centro de comercio de materias primas independiente de las grandes empresas occidentales, en particular de uranio, que suministraba a Pakistán y la India. Poco antes de que su régimen se derrumbara bajo las bombas de la OTAN en 2011, la última generación de ishumares (una corrupción de la palabra francesa chômeur, “desempleados”) se trasladó al sur con sus armas, supuestamente alentados por la inteligencia francesa. En Malí, el golpe de 2012 coincidió con la reanudación de las hostilidades entre Bamako y el movimiento Azawad. El desorganizado ejército maliense se retiró de las ciudades del norte y cruzó el río Níger. Pero el control tuareg sobre Gao y Kidal duró poco, ya que grupos yihadistas mejor equipados (sospechosos de recibir apoyo encubierto de Argelia) ganaron terreno rápidamente. Fue en ese momento que París envió sus tropas.

En lugar de cultivar relaciones con las comunidades tuareg, los servicios de seguridad argelinos se han centrado en los movimientos islamistas. Al igual que Gadafi, Argel trató de desafiar la hegemonía francesa en el Sahara. Los salafistas fueron un medio para afirmarse como un nuevo ancla regional. Durante la guerra civil argelina, persistentes rumores sugerían vínculos entre la inteligencia argelina y los grupos islamistas que Argel decía estar combatiendo. Cuando el ejército argelino finalmente recuperó territorio de estos grupos a fines de la década de 1990, algunos islamistas se mudaron al sur. Se mezclaron con tribus bereberes locales, de las cuales los tuareg eran solo un componente, adoptando su estilo de vida en una clásica estrategia maoísta de "pez en el agua". El Sahel proporcionó un terreno fértil para el crimen organizado y el tráfico, originalmente de cigarrillos y combustible, ahora también de armas y cocaína, y las incautaciones de esta última en la región aumentaron de 13 kg por año entre 2015 y 2020 a 1.466 kg en 2022.

La primera generación de líderes islamistas en el Sahel fue predominantemente argelina. Entre ellos estaba el enigmático Mokhtar Belmokhtar, un veterano de la yihad antisoviética en Afganistán que se convirtió en una figura prominente en el valle de Mzab durante la Década Negra de Argelia. La campaña de alto perfil de Francois Hollande para eliminar a los líderes yihadistas en el Sahel, incluido Belmokhtar, muerto en un ataque aéreo en 2016 en el sur de Libia, allanó el camino para una nueva generación. Iyad Ag Ghali, un noble local y ex líder de la rebelión tuareg, se separó del movimiento en 2012 para fundar el grupo salafista Ansar Dine. Más tarde asumió el mando del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (GSIM), una filial de Al Qaeda que, a partir de 2017, unificó las katibas de la región. Desde entonces, el GSIM ha ampliado sus operaciones más allá de Mali y se ha vuelto cada vez más activo en otros estados fronterizos del Sahel, en particular en Burkina Faso, donde el grupo se atribuyó la responsabilidad de un ataque en la región centro-norte del país la semana pasada que dejó más de 300 civiles muertos.




A pesar de las tensiones entre los tuaregs y los yihadistas, estos grupos colaboran ocasionalmente contra su enemigo común, el gobierno maliense. Varias fuentes informaron de que los combatientes del GSIM estaban involucrados en el ataque del 27 de julio junto con la CMA. Esta información acentuó la enemistad entre Argel y Bamako, que acusó a la primera de acoger a los atacantes. Pero este pacto de no agresión está lejos de ser una alianza completa. Según fuentes tuaregs citadas por Le Monde, el GSIM estuvo prácticamente ausente de la batalla de Kidal el pasado mes de noviembre. La CMA acusa a los islamistas de dejar que se agoten contra las fuerzas gubernamentales para imponer su propio programa político y el de sus supuestos patrocinadores.

En la nueva coyuntura, Francia se encuentra aislada, como consecuencia de su antigua costumbre de actuar sola en el África subsahariana. Mientras que la UE financió algunas infraestructuras para apoyar a Barkhane, París cargó con el peso de la operación en solitario. La Bundeswehr desplegó hasta mil soldados en Mali, pero se abstuvo de combatir a pesar de las peticiones francesas. Esta estrategia ha permitido a Alemania mantener una presencia en el Sahel después de la retirada oficial de Francia. El resentimiento hacia la influencia francesa en la región también está aumentando, ayudado por la propaganda rusa. Se ha culpado a Wagner de organizar protestas en las embajadas y de llevar a cabo campañas de desinformación en Internet: aquí acusando a una empresa francesa de orquestar la escasez de combustible, allá fabricando una fosa común en una antigua base de Barkhane para encubrir una masacre cometida por sus propios mercenarios. En la República Centroafricana, las autoridades proyectaron en el estadio principal de Bangui Tourist (2021), una cruda pieza de propaganda que retrata a instructores de habla rusa que lideran a tropas leales centroafricanas contra una facción rebelde apoyada por una oscura figura francesa. (El paralelismo con Hollywood es sorprendente: para gran consternación del ministro de Defensa de Macron, Sébastien Lecornu, la superproducción de ciencia ficción Wakanda Forever (2022) mostraba a soldados con uniformes similares a los de Barkhane saqueando los recursos de Wakanda).




Estados Unidos ha tolerado durante mucho tiempo el dominio del antiguo colonizador sobre el Sahel. Apoyó la Operación Barkhane, proporcionando la mitad de los suministros y ofreciendo capacidades de inteligencia y satélite, lo que le permitió a Washington mantener una estrecha vigilancia. Los acontecimientos recientes pueden parecer un revés para esta estrategia, en la medida en que la seguridad se deteriora y la influencia rusa crece. Sin embargo, Estados Unidos también ha buscado durante mucho tiempo posicionarse en África como un socio occidental distinto de Francia. El proyecto Eizenstadt -que lleva el nombre de un subsecretario de Comercio de la era Clinton- pretendía establecer una zona de libre comercio en el Magreb para rivalizar con el proyecto de mercado euromediterráneo defendido por París. Después del 11 de septiembre, como ha demostrado Jeremy Keenan, el Sahel y sus "estados fallidos" fueron identificados por el establishment de seguridad estadounidense como un frente clave en su "guerra contra el terrorismo" global. A partir de 2002, Washington lanzó la Iniciativa Pan-Sahel, una serie de acuerdos de cooperación militar con Mali, Níger, Chad y Mauritania, que implicaban el despliegue de entrenadores estadounidenses para fortalecer las fuerzas de seguridad locales. Esta iniciativa parece haber dado frutos, ya que Washington logró evitar una confrontación directa con los recientes golpistas en Níger y Mali, muchos de los cuales habían seguido programas de entrenamiento dirigidos por las Fuerzas Especiales estadounidenses.

La firma de la Asociación Transahariana de Lucha contra el Terrorismo en 2005, seguida por el lanzamiento de AFRICOM en 2008, amplió las misiones de entrenamiento a todos los países ribereños del Sahara. Según se informa, Argelia permitió a Washington establecer una base secreta en Tamanrasset, al borde del desierto, a cambio de un aumento sustancial de la inversión directa estadounidense. Washington también ha mantenido una presencia en Níger mediante bases de drones en Niamey y Agadez. AFRICOM había estado realizando vuelos de vigilancia allí, rastreando los movimientos de los combatientes para apoyar las operaciones de inteligencia de Barkhane. Las fuerzas estadounidenses se retiraron recientemente del país tras no llegar a un acuerdo con la junta gobernante, legitimando de hecho el golpe. A pesar de su importancia simbólica, es poco probable que esta retirada tenga mucho impacto operativo, ya que las actividades de vigilancia ya se estaban transfiriendo a bases en todo el Golfo de Guinea.




La relativamente pequeña presencia del AFRICOM en el presupuesto del Pentágono debe verse en el contexto de una proporción mucho mayor de contratistas en comparación con otros teatros militares de EE.UU. Las tendencias actuales sugieren que esta dependencia va a aumentar. En enero, el presidente del subcomité de África instó a competir con Wagner ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes. En particular, destacó la necesidad de ampliar el conjunto de herramientas de EE.UU. para abordar las crisis de seguridad en África más allá de las operaciones tradicionales de mantenimiento de la paz de la ONU. Los contratistas militares privados ya están considerando el lucrativo mercado de la "seguridad del régimen". Desde el año pasado, la empresa Bancroft Global Development, con sede en Washington, ha estado negociando con el gobierno centroafricano para reemplazar a Wagner en la seguridad de los sitios mineros. "Los contratistas privados han desempeñado, y siguen desempeñando, un papel importante en la prestación de apoyo logístico, capacitación, equipo y otras formas de creación de capacidad", dijo un funcionario de la Oficina de África del Departamento de Estado en la misma audiencia.

Al marginar a París en el Sahel, Wagner parece estar en condiciones de lograr en materia de seguridad lo que las empresas chinas de construcción y minería empezaron a hacer en el frente económico a fines de los años 1990. Con su ejemplo, los Estados están redescubriendo el modelo clásico de la milicia privada, un modelo vigente en el Sur Global al menos desde las crisis de deuda soberana de los años 1980, como Joshua Craze ha destacado recientemente en su escrito sobre Sudán. Este enfoque es más flexible, más barato y compromete menos la soberanía del país anfitrión. Es un enfoque que la propia Francia ha empleado en varias ocasiones, comenzando con sus “Affreux” en el ex Congo Belga. Sin embargo, los recientes acontecimientos en Tinzaouaten sugieren que las empresas militares privadas y las milicias no son una panacea y que, después de los fracasos de las misiones de estabilización francesas, es probable que también ellas tengan dificultades para hacer realidad sus intereses en la región.


Fuente: SIDECAR