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sábado, 17 de enero de 2026

Patricia McFadden: “La teoría decolonial es feudal, anhela el pasado como lugar ‘auténtico’”

 

 Entrevista de Adrià Rodríguez   
      Licenciado en Bellas Artes, Máster en Documental Creativo y en Decrecimiento, Ecología Política y Justicia Medioambiental.


     Patricia McFadden (Esuatini, 1952) es una de las intelectuales más destacadas del sur de África. Se describe a sí misma como una “feminista ecológica radical que se encuentra en el último cuarto de su vida y que vive en África”. Ha sido profesora en la Universidad de Cornell (Atlanta) y en la Universidad de Syracuse (Nueva York), entre muchas otras, y ha participado en conferencias y debates por todo el mundo. Vive en Esuatini, en una casa situada en la montaña de Lebombo, donde combina sus trabajos como pensadora y como agricultora.



¿Nos puede describir el contexto del sur de África y cómo ha conformado su identidad política?

El sur de África es crucial en la experiencia de resistencia a la colonización debido a la presencia del colonialismo de asentamiento blanco (británicos y centroeuropeos) y del colonialismo portugués en Angola o Mozambique. Fuimos colonizados por ocupantes que colaboraron entre ellos para mantener la región bajo su control. Compartieron filas en los ejércitos, se apoyaron mutuamente, mataron africanos juntos. Por ello, el sur de África tiene una historiografía específica sobre cómo la gente resistió a la colonización, con el mayor número de movimientos de liberación sostenidos en el tiempo. Yo encarno este contexto donde hay un sentido de destino común más allá de las fronteras coloniales. Pienso en mí misma regionalmente, pero mi identidad está arraigada en una noción más amplia del continente africano.

¿Cómo tenemos que entender las principales figuras que conforman las luchas anticoloniales en el sur de África, y específicamente la de Nelson Mandela?


Nelson Mandela

Los personajes de las luchas de liberación en el sur de África han definido el carácter de esas luchas. En Mozambique tenemos a Eduardo Mondlane y a Samora Machel, quienes se inspiraron en ideas marxistas radicales.


Eduardo Mondlane


Samora Machel


En Sudáfrica están Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Chris Hani o Steve Biko.


Walter Sisulu


Govan Mbeki


Chris Hani


Steve Biko




Mandela nunca fue comunista ni radical, era un nacionalista. Sus compañeros comunistas, como Govan Mbeki, fueron apartados. Recuerdo a Mandela declarando durante el juicio de Rivonia, donde dijo “siempre he negado ser comunista”. Más tarde, cuando llegó al acuerdo con los colonos, lo vimos de la mano de Frederik de Klerk [último presidente del apartheid y vicepresidente de Mandela]. Fue un momento horroroso, y comprendí que Mandela no era un intelectual, era conservador y feudal. Él negoció el asentamiento de los colonos blancos. Esto tenía que ver con garantizar acceso al consumo, no a los medios de producción, así que los blancos han mantenido la propiedad de la tierra, la tecnología y las infraestructuras productivas. Siguen controlando la economía de Sudáfrica 32 años después de 1994. Hay una clara distinción entre independencia y liberación.

Explíquenos su participación en la lucha contra el apartheid.

Empecé en la facción sindical del ANC [African National Congress, el partido de Nelson Mandela] trabajando como intelectual. Mi primer artículo trató sobre las mujeres que trabajaban en la industria de la piña en Esuatini. Me influyeron los escritos de sindicalistas comunistas como Moses Kotane y el malauí Clements Kadalie.


Moses Kotane


Clements Kadalie


También los de Govan Mbeki, quien escribió ‘The peasant’s revolt’ [podría traducirse como ‘La revuelta campesina’], un texto radical sobre las luchas del campesinado en el Cabo Oriental.



Conocí el marxismo y la idea del socialismo a través de mi trabajo sindical. Después me involucré en el brazo armado del ANC. Transporté muchísimos jóvenes de Mozambique a Sudáfrica, hombres y armas, para luchar contra el apartheid. La mayoría de ellos fueron asesinados por el régimen supremacista blanco. Mi hermano joven fue reclutado por el brazo armado del ANC y fue asesinado por los bóeres [colonos sudafricanos] cuando tenía 31 años. Llamaron a mi madre y le dijeron “ven a recoger a tu perro”. Mandela traicionó la revolución por la que tanta gente murió y otros muchos arriesgamos la vida. Vendió los sueños de toda esa gente joven. Eran mis compañeros.

El feminismo ha sido una de las piezas clave de su trabajo como intelectual y activista. ¿Cómo aconteció su encuentro con el feminismo?

Yo era una adolescente y me encantaban los libros. Mi padre solía llevarme a Manzini a hacer la compra. Allí había una mujer blanca que vendía libros de segunda mano en la calle. Compraba libros y los leía en la acera mientras esperaba a mi padre. Había una biblioteca justo allí. Recuerdo el terrible anhelo al mirar la biblioteca, donde solo podían entrar los blancos. Después, toda mi vida ha transcurrido entre libros y bibliotecas. En aquella parada de segunda mano compré El segundo sexo, de Simone de Beauvoir.


El segundo sexo

Tenía 15 años y pensé que trataba sobre sexo. No pude entenderlo todo, pero cambió mi vida para siempre. No me di cuenta del impacto que tuvo en mí hasta que me divorcié del hombre con el que mi madre me obligó a casarme cuando tenía 20 años. Era un hombre brutal que me violó y quedé embarazada. Me divorcié a los tres meses de matrimonio. Le dije a mi madre: “Puedes quedártelo tú si quieres, yo no pasaré mi vida con él”. Después de eso, mi feminismo se configuró a través del nacionalismo negro, que me enseñó sobre el orgullo negro, y de las feministas blancas, que me enseñaron a entender el patriarcado.

En ocasiones ha argumentado que la teoría decolonial es patriarcal y nacionalista ¿Puede desarrollarlo?

Lo que la teoría decolonial argumenta fundamentalmente es que necesitamos volver al pasado. Cuelga de las luchas ecológicas por la supervivencia de los sistemas de conocimiento y formas de vida precoloniales. Por eso utilizan el Amazonas y esos lugares donde la gente lucha por sobrevivir al capitalismo extractivista. Cuando lees a escritoras decoloniales que se autoproclaman feministas, verás que, corriendo subterráneamente bajo su epistemología, está este retorno a un pasado patriarcal que se plantea como un baluarte frente a la modernidad y al occidentalismo. La teoría decolonial también es feudal, porque anhela el pasado y el lugar “auténtico” de las personas negras y las mujeres. En algunas partes, los procesos de resistencia no han llegado al punto en que las personas hayan desarrollado una conciencia más allá de la idea de independencia, por lo que puedes entender que el nacionalismo sigue siendo hegemónico. Pero en sitios como Sudáfrica, donde existió un Partido Comunista, sindicatos, un proletariado industrializado, acceso a literatura, conocimiento y debates, no puedes decir de ninguna manera que África tiene que volver al pasado. No hemos llegado hasta aquí para volver al pasado.

Esto conecta con uno de sus principales conceptos, la “contemporarity” [se puede traducir por contemporaridad]. ¿Nos puede explicar este concepto y su centralidad para su trabajo?

Buscaba una forma de explicarme a mí misma en quién me estaba convirtiendo en este contexto del sur de África, donde teníamos tanta proximidad con las nociones de modernidad inducidas por el imperialismo. La idea de modernidad es una trampa para las personas negras, significa convertirse en una réplica de los colonos. Yo rechazaba eso, pero no quería ser el pasado, siempre he querido ser el futuro. Cuando observaba el léxico feminista, echaba en falta conceptos que definieran en quién me estaba convirtiendo como persona. Ya vivía aquí en la montaña, estableciendo una nueva relación con la naturaleza, traduciendo mi radicalismo en un feminismo ecológico. De esto trata la “contemporaridad”. Hacerse “contemporaria” significa dejar atrás el lastre de los últimos quinientos años de encuentro colonial, como mujeres negras que vivimos en este continente, esforzándonos por traer el futuro al presente.

La tradición socialista en África ha sido ignorada incluso por la izquierda occidental. ¿Cuáles son los nombres y aprendizajes que tenemos que tomar de esta tradición?

Tuvimos muchos experimentos socialistas en África. Desde Ahmed Ben Bella en Argelia, Julius Neyrere en Tanzania o el Partido Comunista Sudafricano (SACP).


Ahmed Ben Bella


Julius Neyrere


Partido Comunista Sudafricano



Hubo intentos de revolución socialista en África, como en Mozambique con el FRELIMO, en Angola o en Guinea-Bissau con Amílcar Cabral.


FRELIMO


Amílcar Cabral


Pero quienes lo intentaron fueron asesinados. Los africanos que aspiraron al socialismo fueron ridiculizados y eliminados: desde Patrice Lumumba hasta Thomas Sankara y Chris Hani, y ahora con el intento de Francia de derrocar a Ibrahim Traoré, presidente de Burkina Faso.

Ocurrió lo mismo en el Caribe con la eliminación de Maurice Bishop y sus compañeros. Los socialistas siempre han sido amados en este continente, y este amor es terror para las élites conservadoras negras y las élites coloniales blancas.


Maurice Bishop

Samora Machel en Mozambique era muy querido. Thomas Sankara en Burkina Faso era muy querido.

Patrice Lumumba en la República Democrática del Congo era muy querido. Cuando las personas negras abrazan el socialismo, dan los primeros pasos hacia su libertad. La literatura socialista es fundamental porque necesitamos ir más allá del deseo de ser libres, necesitamos redefinir quiénes queremos ser.


Patrice Lumumba

La colonización expone con crudeza el vínculo entre ecocidio y genocido. ¿Cómo explicaría este vínculo en el contexto del sur de África?

El genocidio es un hecho histórico ocultado en el sur de África. Ciudad del Cabo formó parte de una amplia red para esclavizar a los africanos, seleccionarlos y llevarlos al otro lado del océano. El sistema esclavista era una actividad genocida que perduró 500 años en África. Fue el núcleo de la Ilustración europea y del capitalismo moderno.

Europa es lo que es porque comenzó saqueando a los seres humanos en sí mismos. La colonización nos enseñó que la destrucción de la vida humana puede ser un motivo de progreso y celebró el exterminio de africanos como un elemento de superioridad blanca. El ecocidio es la expresión ecológica del genocidio y celebra la destrucción de la naturaleza, también como expresión de superioridad.

Pero la vida humana y todas las múltiples y hermosas expresiones de la vida en nuestro planeta son parte de lo mismo. El genocidio y el ecocidio expresan una falta de respeto absoluta a la vida y a la idea de libertad. Lumumba fue la expresión personal de las vidas negras. Los agentes belgas lo metieron en un barril de ácido porque querían eliminar la idea de libertad.

La colonización también ha transformado la agricultura, la tierra, la alimentación y las dietas. Hoy en día las prácticas agrícolas y las dietas en Sudáfrica están profundamente industrializadas y occidentalizadas. Esto tiene un impacto muy negativo para la salud, el sustento de las personas y los ecosistemas. ¿Cuál ha sido el impacto de la colonización en la alimentación en el sur de África?

Hice mi doctorado sobre la industria azucarera hace 40 años. Entendí que allí donde la alimentación se convierte en mercancía y se desarrolla la agroindustria, la población negra es desplazada forzosamente de su tierra.

La caña de azúcar implicó la introducción de la toxicidad, los plaguicidas, la destrucción de la biodiversidad, el desplazamiento de las personas de sus territorios y de sus tradiciones de sanación y celebración. Las personas se convirtieron en migrantes forzosos. Antes la gente se desplazaba, pero la noción de migración está profundamente arraigada en la agricultura capitalista y la colonización.

Este régimen (Esuatini) ha mantenido los vínculos coloniales. Están expandiendo las plantaciones de azúcar para exportarlo a la UE y EEUU a costa de la vida del pueblo suazi, que carece de alimentos y tierra. La alimentación es fundamental en relación a quienes somos como seres humanos y nuestros vínculos con otros seres vivos. Me politicé con pensadoras como Vandana Shiva, Bella Abzug o Genevieve Vaughan. Ellas me impulsaron a la siguiente etapa de mi vida.


Vandana Shiva


Bella Abzug


Genevieve Vaughan



Vive en la montaña de Lebombo, donde cultiva su hermoso huerto ecológico. ¿Cómo están conectadas su práctica como agricultura y su práctica como intelectual?

Vivir en Lebombo ha significado enfrentarme al ecocidio. Llevo 20 años sentándome en mi veranda y he visto el espectro completo de la vida desplegándose ante mí: lagartijas naranjas y moradas, pájaros, mariposas... Todos estos animales han desaparecido. Cuando cultivo, obtengo el sustento para mi cuerpo, pero también para mis ideas. En el cultivo de alimentos aprendo que la convivencia con otros seres vivos no es un cuento de hadas, sino que es conflictiva y confusa. La resiliencia de la naturaleza en el ecocidio inspira mis ideas sobre cómo resistir en esta etapa del capitalismo. La belleza de la mariposa buscando cualquier flor me recuerda que en la vida las pequeñas cosas que encontramos son fuente de alegría y son incalculables. La abundancia de la lluvia me proporciona muchos aguacates y se los doy a mis amigos. Dar es un regalo que te haces a ti mismo. El árbol da frutos para sí mismo, no para ti. Eres beneficiario de la generosidad del árbol. Estas son lecciones que he aprendido de la belleza e inmensidad de la naturaleza. Esto es lo que significa ser “contemporario”, vivir una vida vegana aquí en esta montaña y buscar maneras de coexistir con otros seres vivos. Aquí estaré hasta que parta para regresar a la montaña.



Fuente: Ctxt

sábado, 27 de diciembre de 2025

Nigeria y el nuevo tablero africano

 


La amenaza militar de Trump en Nigeria no responde a una crisis 

humanitaria, sino a una estrategia neocolonial diseñada para frenar la 

influencia de China y Rusia en África. Washington utiliza un supuesto 

“genocidio cristiano” como pretexto para ocultar sus objetivos


     La reciente amenaza de intervención militar en Nigeria por parte del presidente estadounidense Donald Trump no es un acto aislado ni una excentricidad retórica, sino la manifestación más cruda de una política imperial que se adapta al continente africano en plena reconfiguración geopolítica. Esta amenaza también manifiesta un poder en declive que recurre a viejas tácticas para mantener su dominio.


Lanzamiento de un misil en la intervención militar estadounidense en Nigeria.

Nigeria, como la mayor economía y potencia demográfica de África, se ha convertido en el campo de batalla decisivo donde los Estados Unidos intenta frenar el avance de China y Rusia, asegurar minerales críticos para la transición energética y contener la ola de soberanía que emana de la Alianza de Estados del Sahel (AES).


El presidente Donald Trump estrecha la mano del presidente nigeriano Muhammadu Buhari durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca.

Sus declaraciones se inscriben en una larga historia de injerencia occidental que, bajo cambiantes pretextos, busca perpetuar una relación de dominación y extracción.


Fieles cristianos rezan durante una sesión de estudio bíblico en la Asamblea de la Ciudad de Cristo Goshen en Kaduna, Nigeria.

La crudeza de Trump al amenazar con “entrar en ese país, ahora deshonrado, con todas las armas en la mano” (‘guns-a-blazing’) desnuda la persistencia de una mentalidad neocolonial que ve en África un mero tablero de recursos y peones.


Misa católica en Lagos, Nigeria.

Trump ha guiado su política exterior por los principios disruptivos y proteccionistas de su lema “Estados Unidos Primero”, lo cual se puede evidenciar en la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que rompen con el enfoque de reconstrucción de alianzas adoptado por ex presidentes como Jimmy Carter en la década de los 70, Bill Clinton en los 2000, además de Barack Obama y Joe Biden recientemente.


El secretario de Defensa, Pete Hegseth, sale del Capitolio tras una reunión informativa a puerta cerrada con legisladores y el secretario de Estado, Marco Rubio.

Trump busca recuperar el estatus de Estados Unidos como la “superpotencia manufacturera del mundo”, tal como lo expresó en el Foro Económico de Davos en enero de 2025. Para ello, impone aranceles como táctica principal, permitiéndole renegociar los términos comerciales de los acuerdos económicos con sus aliados.


Trump se comprometió en Davos a convertir a Estados Unidos en una superpotencia manufacturera.

Este enfoque ha consolidado lo que seguidores del Movimiento MAGA (Make America Great Again), académicos y analistas internacionales denominan “la Doctrina Trump”: una política exterior unilateral y asertiva, que privilegia la acción directa sobre la diplomacia consensuada, aplicando la autoridad ejecutiva para justificar intervenciones bajo el argumento de amenazas a la seguridad nacional, desde la “lucha contra el narcotráfico” dentro de los EE.UU. y la designación de cárteles como terroristas transnacionales, hasta operaciones militares en Irán enmarcadas en su renovada “guerra contra el terrorismo”, en el que sus acciones más recientes son las amenazas verbales hacia Nigeria.


La Doctrina Trump.

La crisis de Nigeria no puede entenderse de forma aislada, sino como la pugna entre las fuerzas que impulsan una soberanía emergente y el neocolonialismo que busca perpetuarse. El pulso entre Washington y Abuya es, en realidad, una manifestación de la disputa actual por el futuro de África en el orden multipolar.


El presidente nigeriano, Bola Ahmed Tinubu, en una reunión de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental en Abuya, Nigeria.

La narrativa de la “persecución de cristianos” en Nigeria no responde a una genuina preocupación humanitaria, sino una herramienta clásica de la doctrina imperial para fabricar consentimiento en Occidente y encubrir objetivos económicos y geopolíticos. Esta instrumentalización selectiva de los derechos humanos y la libertad religiosa es una táctica para desestabilizar naciones soberanas y justificar agresiones inaceptables.


Trump camufla sus verdaderas intenciones bajo un narrativa de 'persecución de cristianos'.

La campaña de denuncia de un “genocidio cristiano” en Nigeria por figuras políticas estadounidenses como el senador Ted Cruz, se apoya de una narrativa emotiva que deliberadamente simplifica la realidad. Citan cifras dramáticas – como las de que más de 50.000 cristianos han sido asesinados y miles de iglesias destruidas desde 2009 –, cuya fuente principal es una ONG nigeriana llamada InterSociety.


Tres adultos con un bebé abandonan Yelwata tras un ataque mortal perpetrado por hombres armados en Yelwata, estado de Benue, Nigeria.

Sin embargo, en contraste, investigaciones periodísticas serias e informes de organizaciones especializadas en el conflicto, evidencian la fragilidad de esta base: la BBC ha calificado la metodología de InterSociety como “opaca” y sus cifras como “difíciles de verificar”. También señala la falta de auditorías independientes y el hecho de que solo tres personas componen la junta directiva de la ONG. En esencia, la narrativa que se presenta a la opinión pública carece de transparencia y rigor.

Los datos de la organización Acled (Armed Conflict Location & Event Data Project), que constata la realidad en el terreno, sin embargo, cuenta una historia más matizada y trágica. Desde 2009, la cifra total de civiles muertos en Nigeria en actos de violencia – tanto musulmanes como cristianos – asciende a cerca de 53.000. Es decir, la cifra que se atribuye exclusivamente a víctimas cristianas se acerca mucho al número total de fatalidades civiles de diversas creencias religiosas.

Además, análisis independientes nigerianos como Nextier Violent Conflicts Database y African Security Analysis (ASA) subrayan que la mayoría de las víctimas mortales a manos de grupos yihadistas, como el notorio Boko Haram, son en realidad musulmanes. Es fundamental entender que la violencia en Nigeria es un conflicto multifacético y brutal que afecta a toda la población, y no se limita a un ataque selectivo unidireccional contra una comunidad religiosa. Reducir el conflicto a una “guerra santa” entre islamistas y cristianos como plantea Washington, es calificado por el propio gobierno de Abuya como una “grave tergiversación de la realidad”.




Lo que los Estados Unidos etiqueta como “yihad”, analistas como Christian Ani y Confidence McHarry lo identifican como un conflicto multifactorial arraigado en la disputa por el “acceso a la tierra y el agua”. Ani califica explícitamente de “exageración” etiquetar a los pastores Fulani como yihadistas, subrayando que las verdaderas raíces de estos enfrentamientos son económicas y ecológicas, exacerbadas por tensiones étnicas, no teológicas.

“Las matanzas en el Cinturón Medio se están saliendo de control”, dijo Isa Sanusi, director ejecutivo de la rama nigeriana de Amnistía Internacional, quien dijo en mayo que dos estados de esa región representaban el 93% de las 10.000 personas asesinadas por bandidos en los primeros dos años de mandato de Tinubu.


Nigeria: aumenta el número de muertos y se avecina una crisis humanitaria en medio de ataques descontrolados por parte de grupos armados.

La postura de Washington revela cinismo: Mientras instrumentaliza la violencia en Nigeria, los Estados Unidos, según denuncia The Pan Afrikanist, respalda al ente sionista de Israel en crímenes contra el pueblo palestino y usa las mediaciones de paz en Congo y Ruanda como fachada para explotar recursos. Los Estados Unidos lanza amenazas de invasión contra “un país de mierda” como Nigeria por el supuesto “genocidio” de 52.000 cristianos durante 16 años, basándose en datos adulterados de “investigadores” cuestionables.


Donald Trump califica a Nigeria como 'país de mierda'.

Algunos datos reales de este conflicto son la tensión etno-religiosa entre un norte predominantemente musulmán y un sur mayoritariamente cristiano. Esta es una “falla histórica” que, según The Pan Afrikanist, los administradores coloniales británicos “perfeccionaron como táctica”, combinando deliberadamente etnia y religión para “impedir una lucha anticolonial unificada”.

El doble rasero estadounidense en este caso, no es casualidad, refleja una política exterior que usa los Derechos Humanos como arma geopolítica y no como principio universal. En Nigeria, Washington busca frenar la pérdida de hegemonía frente a China y Rusia, presionando a una potencia demográfica, económica y petrolera clave del continente.


Nigeria es la mayor potencia petrolífera del continente africano.

En América Latina, aplica tácticas para apropiarse de los recursos del país con las mayores reservas de petróleo del mundo y llevar a cabo un “cambio de régimen” en Venezuela.


Venezuela posee las mayores reservas petrolíferas del mundo.

La política de Washington hacia Nigeria responde al avance de China y Rusia en África. La cooperación sino-nigeriana ya suma más de 20 mil millones de dólares en inversiones chinas destinadas a infraestructura crítica y 1.3 mil millones de dólares en litio.


Nigeria obtiene 20.000 millones de dólares en inversión china para impulsar el crecimiento industrial.

Este modelo de cooperación, que ofrece desarrollo de infraestructura sin las condiciones políticas ligadas a los préstamos occidentales, es percibido en Washington como una amenaza existencial a su modelo de dominación.


China consolida su presencia en el mercado del litio en Nigeria gracias a su impulso a los beneficios.

El Olor del Petróleo y la Fiebre de las Tierras Raras

Estos dos recursos son el principal motor de la agresión estadounidense. Como afirma la publicación The Pan Afrikanist, “el objetivo de la US war machine es asegurar el dominio de los recursos”. Nigeria, al ser el mayor productor de petróleo de África, representa un premio energético indispensable. Además, el país posee un enorme potencial en minerales críticos, como las tierras raras, que son cruciales para la industria tecnológica, la transición energética y los sistemas de defensa.

La amenaza de intervención busca crear un entorno de inestabilidad que debilite la soberanía nigeriana y facilite la extracción de recursos por parte de corporaciones occidentales. En este marco, Washington también apunta al gasoducto  Nigeria-Marruecos, crucial para abastecer a Europa y reducir la dependencia del gas ruso.




Tras haber sido expulsado de Níger en 2024 junto a otras potencias occidentales, los Estados Unidos busca desesperadamente reincorporarse en la región para mantener su presencia militar y contrarrestar la creciente influencia de la Alianza de Estados del Sahel (AES), conformada por Malí, Burkina Faso y Níger. Estos países representan un modelo de soberanía que Washington teme se extienda en el continente africano.

El objetivo de esta presencia militar en todo el mundo es crear “condiciones donde los intereses económicos estadounidenses puedan florecer”. Una base en Nigeria le permitiría a los Estados Unidos no solo proyectar poder en el Golfo de Guinea, sino también disponer de una plataforma desde la cual lanzar ataques proxy, encubiertos y abiertos contra los países de la AES. La presión sobre Nigeria, por tanto, también tiene un componente geopolítico clave: convertirla en un pivote para la estrategia de contención estadounidense en una de las regiones más dinámicas y rebeldes del continente.

En este engranaje, la élite local, denominada la “burguesía africana” o “clase compradora” desempeña un rol clave en la estrategia de los EE.UU. Educada en Occidente y alineada con intereses metropolitanos, actúa como intermediaria que facilita la intromisión externa. En lugar de impulsar la liberación, asegura que la riqueza nacional fluya hacia fuera, garantizando su propio enriquecimiento y permanencia. Estos factores internos, sin embargo, no operan aislados, sino dentro de una reconfiguración continental y global que redefine las dinámicas de poder y soberanía en África.

En síntesis, la amenaza de intervención militar de los Estados Unidos en Nigeria, bajo un falso pretexto humanitario, constituye un estratégico y desesperado intento de Washington por frenar la erosión de su hegemonía en África de manera coercitiva, no responde a una crisis religiosa, sino al avance de un orden multipolar en el que Nigeria juega un papel fundamental. Es una reacción directa a la creciente influencia de China y Rusia, al precedente soberano de la Alianza de Estados del Sahel y al renacer de una conciencia panafricanista que amenaza con desmantelar las estructuras de dominación neocolonial.


¿Por qué el presidente Trump amenaza con una intervención humanitaria en Nigeria?

La clave está en el desarrollo de una conciencia política revolucionaria que permita a los pueblos de Nigeria, y de toda África, unirse contra las amenazas externas. La batalla por Nigeria es, en última instancia, la batalla por el futuro soberano de todo el continente africano. Su resultado definirá si África avanza hacia una era de autodeterminación o si las cadenas del neocolonialismo logran imponerse una vez más.


Fuente: EL VIEJO TOPO