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lunes, 19 de enero de 2026

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (5 de 10)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Europa debe aliarse con Rusia y frenar a Trump


Las tribulaciones que nuestro globo terráqueo viene sufriendo por las ambiciones de Trump y cuyo pinchazo el genial Chaplin ya vaticinó (El gran dictador, 1940) cuando Hitler no había invadido ni siquiera Francia y mucho menos la URSS para acabar cavándose allí su propia tumba, ahora ha de contemplarse en el marco de las coordenadas geopolíticas del momento, porque solo Rusia y China pueden hacer que las fantasías criminales del presidente norteamericano se vuelvan contra él y reciba a continuación el castigo que se merece.


 El Gran Dictador (Charles Chaplin, 1940).

Me cuesta describir la estupefacción que me produce la dinámica occidental en la situación actual, marcada principalmente por el expansionismo, la brutalidad y la desvergüenza del presidente norteamericano, que ha decidido apoderarse de Venezuela y sus recursos y continúa lanzando sus pretensiones y sus amenazas sobre Groenlandia, un territorio que, aunque formalmente pertenece al Estado danés, disfruta de una autonomía que en los últimos años viene anunciando una próxima plena independencia.

Me resulta muy ingrato expresar, en los estrictos términos en que me afectan, los sentimientos que me produce ese 90 por 100 de comentaristas, expertos y platicadores de pantalla o de papel, que hacen como que se indignan de esta conducta de Trump pero que son incapaces de (1) llamar fascista al grotesco dictador de la Casa Blanca y (2) deducir otra conclusión en términos político-internacionales que no sea ceder, contemporizar y hasta justificar sus amenazas y desvaríos. Porque a diferencia de Hitler, que imponía su expansionismo -el inicial, en relación con Austria y Checoslovaquia- en un discurso articulado sobre bases étnicas y reivindicaciones hacia las poblaciones alemanas fuera del Reich con una apariencia de legitimidad, Trump expresa sus ambiciones territoriales en términos de mera codicia hacia los recursos minerales ajenos y el lucrativo negocio que para las empresas norteamericanas suponen esas nuevas perspectivas de robo con escalo y alevosía.

No es nada fácil aplicar la menor comprensión a esa Unión Europea que, ignorando la historia de este continente siempre enfurecido contra sí mismo y rapaz hacia el mundo entero, va cediendo ante la Gran Dictadura (antes la Alemania supremacista, ahora Estados Unidos y la OTAN) pero incrementa su belicosidad y su imprudencia hacia la única potencia hacia la que debiera de volverse para concertar con ella la contención del Gran Pirata de América, es decir, Rusia (y más previsoramente, la potencia euroasiática ruso-china).

Todo lo contrario, estas pseudo potencias europeas mantienen su beligerancia, sus sanciones y su estupidez estratégica hacia el régimen de Putin, contra el que solo saben lanzar invectivas altamente hipócritas y generalmente infundadas. Ahí tenemos a esos demócratas magníficos, de pedigrí indiscutible que, como Chamberlain y Daladier cuando prefirieron ceder ante Hitler que aliarse con Stalin, pudiendo haber evitado -además de la infamia de entregar Checoslovaquia a los nazis- la fase más terrorífica de la guerra que, en todo caso, acabaría por estallar: la invasión de la URSS con sus 25 millones de muertos. Porque hoy, como ayer, la Rusia actual y la URSS de entonces, han dado numerosas muestras de proximidad, de propuestas de alianza, principalmente económica, de ruptura histórica con siglos de enfrentamiento y desconfianza, de resultados fatales para unos y otros.


Hitler con Chamberlain y Daladier en Múnich, 1938.

La verdad es que contemplar a esa partida de políticos malcriados en la mentalidad colonial, neocolonial o financiero-depredadora (Starmer, Macron, Merz, Meloni...) allanarse ante el colonialismo verbal, comercial y mental de Donald Trump es un espectáculo sin precedentes ya que, a diferencia de aquellos líderes europeos de 1938, estos peleles siguen confiando en el iracundo y falaz líder norteamericano, sin importarles la humillación que esto supone para ellos mismos y sus gobiernos y Estados. Porque la historia parece repetirse, ya que si entonces no pararon a Hitler sino que lo “aplacaron” cediendo en sus pretensiones territoriales y traicionando sus compromisos con los Estados víctimas de aquellas invasiones y anexiones, ahora tampoco hacen frente a una dinámica semejante en la que, a más inri, el nuevo y peligroso enemigo común expresa crudamente una ambición de sistemático saqueo material sin adornos ni pretextos étnicos o jurídicos.

Aquellas alianzas, primero de tipo evidentemente preventivo antes de la Primera Guerra Mundial frente al agresivo Imperio prusiano, con los pactos entre la Rusia zarista con el Reino Unido y Francia, y repetida luego penosamente con la Rusia estalinista frente al Reich nazi, hoy se quieren olvidar voluntaria y expresamente, prefiriendo la sumisión al agresor intratable a un entendimiento con los sensatos ofrecimientos de Putin de acuerdo sobre Ucrania y de equilibrio global. Porque los europeos saben, como lo saben los rusos por su dilatada experiencia defensiva, que el choque con Estados Unidos, potencia fascista incorregible del momento, es inevitable a más o menos corto plazo. Y optan sistemáticamente, siguiendo el impulso de su necia rusofobia, por diabolizar a Rusia acusándola de amenaza existencial, expansionismo “zarista” o peligro bolchevique, agudizando su agresividad con nuevas provocaciones militares y reinventando cada día un enemigo que, a más de haberlo provocado conscientemente, tiene sin embargo las claves del freno a Trump; aunque esta capacidad de enfrentamiento directo no pueda expresarse momentánea y adecuadamente, ya que Rusia tiene que dejar resuelto el problema de Ucrania de una forma sólida y definitiva y China no quiere que se le obligue a jugar la apuesta por Taiwán sino cuándo y cómo ella lo elija.

Es buen momento para repasar esa aburrida cantinela de los líderes europeos sobre sus valores propios y los peligros existenciales a los que dicen enfrentarse en su pulso con Rusia, y plantearnos en qué consisten esos valores tan cacareados y esa amenaza tan insoportable. Porque cada vez resulta más difícil identificar correctamente esos valores y, sobre todo, resulta imposible demostrar en qué son superiores a los de otros Estados, pueblos o continentes. Pese a lo cual insisten en su democracia (sistema preferido por el dinero y los poderosos que no son votados) y la libertad (que estrecha su alcance y, sobre todo, sus contenidos según aumenta el desarrollo económico y sus pérfidas consecuencias, como la pobreza, la desigualdad o la contaminación). Y zahiere a Rusia acusándola de régimen autoritario, incluso dictatorial, que excluye tanto la democracia como la libertad (pero sin hacer ascos a los regímenes más abyectos del planeta, como son las monarquías petroleras, el Estado terrorista de Israel y otras dictaduras sanguinarias repartidas por todo el mundo).

¿Cuál es el verdadero valor moral o político de esa Europa que ahora parece deshilacharse y que se lamenta de las amistades norteamericanas traicionadas con lágrimas de cocodrilo? ¿el cristianismo?, ¿la filosofía de las Luces? ¿Y de verdad que su problema principal es el peligro ruso? Un curso intensivo de Política esencial, bien enmarcada en la Historia, obligaba yo a seguir a esa partida de pillastres encorbatados que se reúnen en Bruselas para jalear entre sí sus vergüenzas y persistir en sus miserias, absolutamente incapaces del menor remordimiento o propósito de enmienda... Y a ese monigote de Mark Rutte, actual secretario general de la OTAN y paradigma de la estulticia política, que deja en mantillas al obsesivo Stoltenberg y al patético Borrell como lustrosos exponentes del vasallaje europeo-atlantista, dispénsesele el más rotundo y límpido desprecio, ya que ha sabido demostrar, sin rodeos ni disimulos, que representa a una Europa sin dignidad que no reacciona ante el peligro porque no tiene capacidad moral ni mucho menos militar para hacerlo. Porque aprobando sin dudarlo el plan de Trump sobre Groenlandia justificándolo por las “ambiciones de Rusia y China en el Ártico”, Rutte ha alcanzado las más altas cotas de indecencia, y no parece importarle que en una OTAN ninguneada por Trump y en la que apenas hay algún miembro que escape a su menosprecio, haya de profesar de títere a sus incondicionales órdenes, quedándole a los Estados miembros una única alternativa, que es la de abominar del Gran Dictador y mudarse de alianza.

(Sobre el destino de Groenlandia, nadie lo dude: Trump se saldrá con la suya dominando sus recursos minerales. Primero y sobre todo porque Gobierno y monarquía daneses agacharán la cabeza ante el Imperio norteamericano como lo hacen ante Israel. Esta humillación que viene se completa de modo admirable con la farsa que con tantas candilejas están viviendo varios países europeos y de la OTAN que ni ellos mismos se creen que enviando tropas a esa enorme isla helada podrán defender su estatus de dependencia europea y… atlántica; o sea, para oponerse llegado el momento con las armas al amigo americano, su más poderoso aliado, su admirada referencia democrática y a quien le atribuyen, desde 1945, el papel de protector militar. Genial es la viñeta que corre por las redes estos días con un Netanyahu confidencial con Trump, que le susurra al oído: “Tú diles que Dios te prometió Groenlandia hace tres mil años”. Y asunto arreglado.)


Travesía aérea de Groenlandia.

     Tenemos que reflejarnos ante una Europa ridículamente nihilista por lo desalmada, y cobarde por cuanto huye de su pasado de forma especialmente estúpida: volviendo una y otra vez a sus fases y etapas de mayor ignominia e inmoralidad. Y no parece dispuesta a aceptar que el fascismo redivivo viene de su principal y más poderoso aliado y que su enemigo declarado, la Rusia de Putin, una potencia dirigida con sensatez y dignidad, es su única esperanza para salvarse del desastre que, con variadas formas, ya hace mella en sus fundamentos y objetivos.

Son estas potencias europeas bronquistas cuando se ven protegidas, pero aturulladas, erráticas y pordioseras cuando comprueban que ese respaldo no correspondía a vínculo leal alguno. Es la misma Europa que vendió su alma al diablo contribuyendo directamente a imponerle la Guerra Fría a aquella URSS que la había salvado de Hitler y sus proyectos hegemónicos. Así que la escena y el escenario se repiten una vez más en lo esencial, con la exhibición de su cobardía, incapaz de afrontar al enemigo cuando la pone contra las cuerdas, y de situarse frente al espejo de sus crímenes por activa y por pasiva. No dejemos pasar la sistemática exhibición de servilismo, desfachatez y cerrilismo con que nos obsequian estos días: ahí tenemos a Rutte, el de la OTAN, como lacayo sin honor, a Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, proclamando que la UE siempre está “del lado del Derecho Internacional", sin dar detalles sobre su papel frente a Israel, o a Pedro Sánchez que, persistiendo en la irracionalidad de nuestra política exterior, profundamente corrompida por la alineación con la OTAN, advierte que la invasión de Groenlandia por Estados Unidos “justificaría la invasión de Ucrania por Rusia”.


Mark Rutte, secretario general de la OTAN.

Queda lejano el día, visto lo visto, en que le estalle a Donald Trump, entre las manos y delante de sus narices, este frágil planeta del que quiere ser emperador, aunque frente al cual y de momento, solo sea un agresor odioso e insaciable, a quien nadie todavía parece dispuesto a pararle los pies.


martes, 30 de diciembre de 2025

La retórica de la OTAN sobre Rusia es paranoica, no prudente

 

 Por Anatol Lieven   
      Periodista y analista británico de asuntos internacionales.



     Esta semana, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha declarado que «somos nosotros [la OTAN] el próximo objetivo de Rusia. Y ya estamos en peligro». Advirtió que «debemos estar preparados para una guerra de la misma magnitud que la que sufrieron nuestros abuelos o bisabuelos». Pero, ¿es que realmente se lo cree?


El Secretario General de la OTAN, Mark Rutte.

Si no es así, entonces les está mintiendo deliberadamente a los electores democráticos occidentales y envenenando el debate público. Pero es aún más preocupante si realmente se lo cree. Sería una prueba de que las élites de seguridad europeas han caído en una histeria paranoica impermeable a la racionalidad.


Asamblea general de la OTAN.

Debemos esperar que no se lo crea. Porque, aunque Rutte se equivoca al sembrar la alarma, tiene razón en que Europa necesita reforzar sus defensas. Y se puede argumentar que, dado el estancamiento económico europeo y las agudas presiones presupuestarias, la única manera de conseguir que los electores gasten más en el ejército es convencerlos de que el oso ruso viene a por ellos.

Sin embargo, incluso en lo que respecta al rearme, exagerar la inminente amenaza rusa entraña peligros. Con ello se fomenta la prisa por gastar dinero rápidamente y, como demuestra la tragicómica historia de las compras militares británicas durante la última generación, las razones de sus problemas con la fabricación de armas van mucho más allá de la falta de dinero.





Dejando a un lado los asombrosos niveles de negligencia e incompetencia (y la aparente incapacidad de los sistemas británicos para responsabilizar siquiera a un alto mando o funcionario), el Reino Unido y la mayoría de los países europeos han permitido que sus bases industriales se reduzcan hasta el punto de que ya no pueden sostener sectores militares eficientes. Reconstruir estas industrias llevará muchos años. Mientras tanto, invertir enormes cantidades de dinero en armas supondrá un enorme desperdicio y retrasos, o simplemente comprárselas a los Estados Unidos.


El almirante Radakin quiere aumentar el gasto militar.

Y esto resulta innecesario. Porque la idea de un ataque deliberado y premeditado de Rusia contra la OTAN «en un plazo de cinco años» es sencillamente una tontería. El presidente Vladimir Putin ha negado repetidamente cualquier deseo o motivo para atacar a la OTAN, a menos que Rusia se vea atacada primero. Al menos en esto, hay razones para creerle.

El año pasado, funcionarios y expertos rusos me insistieron en que las amenazas de Rusia contra la OTAN tenían por objeto disuadir a la Alianza de involucrarse directamente en Ucrania. Temiendo una escalada nuclear, un funcionario afirmó: «Mire, el objetivo de todas estas advertencias [...] ha sido impedir que la OTAN se una a la lucha en contra nuestra en Ucrania, debido a los terribles peligros que ello conlleva». Y añadió: «¿Por qué, en nombre de Dios, íbamos a atacar nosotros mismos a la OTAN y provocar esos peligros? ¿Qué podríamos esperar ganar? ¡Es absurdo!».

¿Y de dónde se supone que Rusia va a sacar un ejército adicional? A menos que Ucrania se derrumbe por completo, el volumen del ejército ucraniano en tiempos de paz que propone Moscú es de 600.000 hombres, presumiblemente respaldados por numerosos reservistas. Si Rusia ataca a la Alianza, Ucrania sin duda aprovechará la oportunidad para intentar recuperar su territorio perdido.


Rusia propone limitar las fuerzas armadas ucranianas a 600.000 personas, esto basta para convertir a Ucrania en la segunda fuerza más grande de Europa.

Además, cualquier ataque de este tipo por parte de Rusia contradiría por completo su estrategia política hacia Occidente, que consiste en profundizar las crecientes divisiones tanto entre los Estados Unidos y Europa como entre las instituciones europeas y las oposiciones populistas de derecha e izquierda. Cualquier ataque directo de Rusia contra la OTAN arruinaría esta estrategia al reunificar a Occidente en su contra. ¿Por qué habría dedicado Moscú tantos esfuerzos a cortejar a Trump sólo para acabar enfrentándose a él o a su sucesor con una elección entre la guerra o una retirada humillante?


Cumbre histórica entre Trump y Putin en Alaska.

¿Y qué podría esperar ganar Rusia en comparación con los enormes riesgos que ello conlleva? Aparte del peligro de una escalada de guerra nuclear, la guerra de Ucrania ha demostrado la inmensa superioridad contemporánea de la defensa. Rusia ha desarrollado nuevas armas y tácticas, pero ninguna que suponga un avance decisivo. Moscú no puede esperar ganar una guerra de desgaste contra los países de la OTAN, cuyo PIB combinado es más de veinte veces superior al de Rusia. Por lo tanto, sería fácil para la OTAN adoptar una postura defensiva en los Estados bálticos y el este de Polonia, lo que haría que cualquier ataque ruso resultara inmensamente costoso para Putin.

Dicho esto, existe, por supuesto, un riesgo real de que los enfrentamientos o accidentes puedan conducir a una espiral involuntaria hacia una guerra directa. Esto podría comenzar, por ejemplo, con la incautación por parte de Europa de cargamentos rusos en alta mar, lo que daría lugar a enfrentamientos navales y al bloqueo por parte de la OTAN del enclave ruso de Kaliningrado.


La arriesgada guerra de Europa contra la 'flota en la sombra' de Rusia.

Pero eso es un argumento a favor de la prudencia, no de la paranoia. Las descabelladas exageraciones pronunciadas por Rutte y otros como él van en contra de esa prudencia y hacen más probable un desastre involuntario.


Fuente: sinpermiso

sábado, 23 de agosto de 2025

Un paso adelante y otro atrás

 

 

Por Rafael Poch-de-Feliu

Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.



La delegación europea que viajó a Washington quiere “garantías de seguridad para Ucrania” pero la única garantía para el país es su neutralidad. Los europeos todavía no lo han entendido



     Las tropas de países de la OTAN en Ucrania son garantía de que el conflicto continúe. Moscú inició la guerra para evitarlas y no las va a bendecir ahora que se ha hecho con el 20% del territorio ucraniano pagando un gran precio en todos los terrenos, pero los europeos no tienen un plan de paz, ni están preparados para ello.

La escenificación que Trump organizó en la cumbre de Alaska con Putin el viernes 15 de agosto, quiso mostrar un encuentro entre iguales. Alfombra roja, cordialidad y respeto. Eso es algo que provoca erecciones a los machos de la elite rusa, que recuerdan con nostalgia los tiempos en los que la URSS era temida y respetada, y sus intereses tomados en serio en Washington, lo que no ocurre desde hace más de treinta años.


Donald J. Trump habla por teléfono con Putin en la Oficina Oval, el pasado 19 de agosto.

La cumbre fue una debacle para los europeos. “No se habló de sanciones contra quienes compren petróleo ruso, desaparecieron los ultimatums y la exigencia de un alto el fuego que Rusia rechaza”, resumía el mismo día 15 The New York Times. “Putin no dio a entender ninguna renuncia respecto de sus posiciones anteriores”, asombrábase el Frankfurter Allgemeine Zeitung. “En las últimas semanas parecía que Trump se había desengañado de Putin y que aumentaba su desagrado, pero el viernes no vimos ninguna señal de todo eso”, constataba, desolado, el Neue Zürcher Zeitung.

Para los europeos, el gran peligro de la cumbre era que “pueda salir algo de ella” , decía uno de los chihuahuas mediáticos de Madrid. Al día siguiente casi todos esos medios respiraban aliviados enfatizando que, afortunadamente, no se había alcanzado acuerdo alguno. Pero sí que hubo algo.

El encuentro de Alaska mostró que Trump cambiaba, desde la exigencia de un alto el fuego, a una perspectiva de acuerdo de paz que tenga en cuenta los “motivos profundos” del conflicto alegados por Rusia: Ucrania sin OTAN y cediendo territorios. Ambos aspectos eran considerados “innegociables” por los europeos, así que el lunes siguiente, primer día hábil, la “delegación europea” (el inglés, el francés, el alemán, el ahijadito holandés de la OTAN, la italiana, el finlandés que juega al golf y la Presidenta de la Comisión Europea) más Zelenski, corrieron a Washington. No hubo alfombra roja. Una funcionaria de tercer orden les recibió en la puerta de la Casa Blanca. No fue un “encuentro entre iguales”, sino una recepción del vanidoso emperador a sus humildes vasallos que le expresaron, uno tras otro, su agradecimiento de forma tan reiterada como exagerada. La delegación intentaba salvar los muebles. “Garantías de seguridad” para Ucrania, se llamaba su alarmado propósito.

Como cualquier persona informada sabe, o debería saber, la única garantía de seguridad de Ucrania es su neutralidad. Esa neutralidad, que Ucrania no participe en bloques, ni pueda albergar tropas ni armas que amenacen a Rusia, es también una garantía de seguridad para Rusia. Por haber roto esa neutralidad, animado por la OTAN y sus socios europeos, y por imponer su etnonacionalismo a la mitad del país que no lo compartía, Ucrania deberá pagar ahora un elevado precio territorial. Pero todo eso es algo que los dirigentes europeos, sus medios de comunicación y sus laboratorios de ideas, todavía no han llegado a comprender, pese a que Moscú lo viene repitiendo desde hace muchos años. El ministro ruso de exteriores, Sergei Lavrov, repetía, una vez más, el mensaje el día 19:

Para nosotros nunca se trató de hacernos con territorios. Ni Crimea, ni el Donbas, ni Novorrosía fueron nunca nuestro objetivo. Todo el mundo sabe que esos territorios eran parte de la República Socialista Soviética de Ucrania y después pasaron a serlo de la Ucrania independiente. Quedaron en la Ucrania independiente en base a la declaración de soberanía que los dirigentes ucranianos adoptaron ya en 1990 en la que se proclamaba con toda claridad que Ucrania sería para siempre un estado desnuclearizado, neutral y no alineado en bloques. Precisamente esa circunstancia era el fundamento del reconocimiento internacional de Ucrania como estado independiente. Si ahora el régimen de Zelenski renuncia a todos esos principios y ya habla de armas nucleares, ingresar en la OTAN y de renunciar a la neutralidad, entonces ese fundamento del reconocimiento de Ucrania como estado independiente, desaparece”.

Los dirigentes europeos ignoran eso y prefieren apuntarse a las leyendas de la amenaza rusa, la ampliación del imperio ruso hacia el oeste, la recreación de la URSS y la maldad intrínseca de Putin, pero eso cambia poco la realidad del problema: sin entender ni reconocer los “motivos profundos” del conflicto no se saldrá de el. Para los occidentales reconocer eso supone una marcha atrás demoledora, pues tales motivos ya estaban perfectamente expuestos en el documento de diciembre de 2021 que Moscú hizo llegar a la OTAN y a Washington y que ni siquiera fueron considerados. Si ahora se reconocen, Trump puede alegar con todo cinismo, y lo hace, que esa fue la “guerra de Biden”, su predecesor, pero, ¿los europeos? Imposible retroceder sin perder la cara ni responder a la pregunta de los tres años de barbarie y sufrimiento bélico entonces perfectamente evitables. Así que lo que ahora toca son las “garantías de seguridad” para Ucrania, entendidas como tropas de países de la OTAN en suelo ucraniano. Sin ayuda e implicación americana eso es imposible. A los europeos les faltan recursos, sobre todo de defensa antiaérea, aviación e inteligencia, así que la delegación le pidió el lunes a Trump que participe en el asunto.

Las tropas de países de la OTAN en Ucrania son garantía de que el conflicto continúe. Moscú inició la guerra para evitarlas y no las va a bendecir ahora que se ha hecho con el 20% del territorio ucraniano pagando un gran precio en todos los terrenos, pero los europeos no tienen un plan de paz, ni están preparados para ello.

Ha habido demasiados vítores y fanatismo de cambio de régimen en el ámbito político y mediático europeo, con muchos titulares recientes insistiendo en que la agresión rusa no debe ser premiada, claro que ninguno de esos autores tiene una estrategia militar para la victoria, porque pensamiento estratégico no es precisamente lo que abunda entre los europeos formados”, dice el analista Wolfgang Munchau. Trump ha respondido a la petición de sus chihuahuas con una declaración que les ha aliviado:

Ucrania no formará parte de la OTAN, pero están los países europeos que ya están implicados en el proceso. Algunos de ellos, Francia, Alemania e Inglaterra, de momento tres de ellos, quieren tener tropas allá. No creo que eso sea un problema. Estamos dispuestos a ayudar en eso, especialmente en lo que respecta a apoyo aéreo, porque nadie dispone dela capacidad que tenemos”, ha dicho.

La declaración borra para Moscú todo lo que se ganó, o se creyó ganar, en Alaska. Pero, ¿hay que tomarse esa declaración en serio?

El analista ruso Dmitri Trenin dice que lo dicho por Trump sobre tropas europeas con apoyo aéreo americano como “garantía de seguridad” es “un caramelo de consuelo para los europeos que no cambiará la posición del Presidente”. Trump sabe que los europeos no disponen de las tropas necesarias para brindar a Ucrania lo que ellos consideran que es seguridad y que en realidad no es más que una promesa de mantener el conflicto. Como tantas otras veces, donde dijo “digo”, dirá “Diego”, sin el menor problema y se concentrará en lo suyo que el sociólogo filipino Walden Bello enuncia así:

Trump parece imprevisible pero hay una tendencia que se mantiene a través de los zig zags de su acción. Simplemente reconoce lo que sus predecesores no reconocían: que el Imperio está desbordado por sus obligaciones y que ya no tiene recursos para sostener sus múltiples compromisos”.

Si este extraño acuerdo de paz, en el que su propiciador es parte principal del conflicto pero actúa como si fuera mediador, se demuestra imposible, el Presidente quizá se desentienda de Ucrania transfiriéndole el muerto a los europeos que en su estupidez multiplicarán por cien sus compras de armas a Estados Unidos para realizar la quimera militar que les está convirtiendo en irrelevantes en el mundo a marchas forzadas… Estados Unidos gana en cualquier caso y por partida doble.

Todo esto, evidentemente, es de lo más inestable e inseguro y los rusos son conscientes de ello. Como dice el comentarista anglo-italiano Thomass Fazi (En Trump’s Ukraine endgame – UnHerd), “probablemente no se hagan ilusiones sobre los verdaderos objetivos del establishment imperialista estadounidense. Y saben perfectamente que cualquier acuerdo alcanzado con Trump podría ser revocado en cualquier momento. Sin embargo, los objetivos a corto plazo de Putin coinciden con los de Trump. Se podría decir que Rusia y Estados Unidos son adversarios estratégicos cuyos líderes, no obstante, comparten un interés táctico en la cooperación”.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 17 de febrero de 2025

La cumbre de Múnich abre una profunda brecha entre EEUU y la UE y desubica a Ucrania

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


La Conferencia de Seguridad de Múnich se salda con la confrontación entre EEUU y Europa, la división sobre el destino de Ucrania y la vindicación de Rusia por Trump.


     El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha jugado sus cartas en la Conferencia de Seguridad de Múnich, con la malicia de un viejo tahúr entre jugadores bisoños. Ha mostrado la debilidad de sus socios europeo y, tras desautorizarlos, les está empujando hacia una peligrosa carrera armamentística. Además, deja a Kiev a merced de las tempestades y ofrece a Rusia la oportunidad de participar en las negociaciones de paz en su papel de superpotencia, obviando de facto su responsabilidad en la invasión de Ucrania.


El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, habla durante la 61ª Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC), en Múnich, Alemania, el 15 de febrero de 2025.

En Múnich lo dejó claro el representante de la Casa Blanca para Ucrania y Rusia, Keith Kellogg: Europa, es decir, los socios de EEUU en la OTAN y sus aliados de la Unión Europea no van a participar de forma directa en las negociaciones de paz en Ucrania, país que queda también relegado a un segundo término ante Rusia, que se convierte en el único interlocutor prioritario de Washington para resolver la crisis.

En el marco de la Conferencia de Seguridad de Múnich, después de dos días de desprecios formulados contra los aliados europeos por parte del vicepresidente de EEUU, J. D. Vance, el general Kellogg evidenció que la brecha entre Bruselas y Washington es si cabe mucho más profunda por este reseteo del sistema de seguridad internacional que está acometiendo Trump.El enviado de Trump para la guerra de Ucrania descartó la eventual participación de la UE o de sus países miembros en las negociaciones para alcanzar la paz. “Esto no va a ocurrir”, dijo tajante el general estadounidense, muy partidario de la que llamó “la escuela del realismo”, es decir, solo pueden decidir quienes tiene la sartén por el mango y la fuerza para imponer un alto el fuego.

Y no la tiene Kiev, cuyo ejército se desmoronaría sin la ayuda estadounidense, ni Bruselas, incapaz de compensar con sus aportaciones las partidas que Washington abandone. Menos ahora, cuando la prioridad europea es militarizar el continente, con ingentes inversiones en armas para asumir los gastos de la OTAN y la defensa ante una supuesta agresión de Rusia, como si este país estuviera capacitado para librar más guerras a corto y medio plazo.

En respuesta a la ofensa de Estados Unidos por desdeñar el papel europeo en la solución del conflicto ucraniano, el presidente francés, Emmanuel Macron, convocó una reunión urgente este lunes de jefes de Gobierno y Estado de Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Polonia, España, Países Bajos y Dinamarca. También asistirán la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte.

En el encuentro se abordará el cambio de rumbo en la geopolítica europea que introduce la decisión de Trump de negociar la paz en Ucrania con el presidente ruso, Vladímir Putin, como interlocutor, mientras se deja en un segundo plano al mandatario ucraniano, Volodímir Zelenski, y se excluye la participación de representantes europeos.

Rusia está pletórica ante el vuelco que ha dado la situación respecto a Ucrania y en las relaciones entre Moscú y Washington desde que Trump ocupa el Despacho Oval de la Casa Blanca. El Kremlin volvió a subrayar este domingo la buena sintonía entre Trump y Putin, y reiteró la invitación al presidente estadounidense a visitar Moscú.

Objetivos cumplidos para Moscú

Lo cierto es que, a una semana del tercer aniversario del comienzo de la invasión rusa de Ucrania, ocurrido el 24 de febrero de 2022, el Kremlin logró ya buena parte de sus objetivos con la guerra y las negociaciones con Trump podrían asegurar estas ganancias: Ucrania no será admitida en la OTAN, gracias al rechazo de EEUU; Rusia conservará los territorios conquistados (un 20% de Ucrania) y, no menos importante, Moscú negociará directamente con Washington los términos de la paz y cualquier otra negociación sobre seguridad internacional en el futuro.

Putin siempre acusó a Washington de avivar desde las sombras el sentimiento antirruso en Ucrania, desde que cayó la Unión Soviética en 1991 y sobre todo con las revueltas de 2014 en Kiev, cuando fue defenestrado el entonces presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich, por sus simpatías hacia Moscú. Como respuesta a la caída de Yanukóvich y la injerencia estadounidense, Putin aprovechó esos momentos de caos para invadir y anexionarse la península de Crimea.

Ahora el papel de Rusia se ve vindicado por Trump, quien desde que juró su cargo el 20 de enero ha puesto patas arriba el sistema de seguridad europeo y ha beneficiado a Moscú, la “bestia parda” de la anterior Administración estadounidense del presidente Joe Biden.

Moscú está ganando la guerra, con continuados avances en el este ucraniano, en la disputada zona del Donbás, y ha dejado las infraestructuras energéticas de Ucrania al borde del colapso. Occidente, con sus sanciones y su presión en la Corte Internacional de Justicia, han convertido a Putin en un paria en busca y captura, y a Rusia en un país marcado.

Al menos de palabra, pues una gran parte de los países del Sur Global, en Asia, África y América, encabezados por China y en menor nivel India, pusieron siempre en duda la legitimidad de Occidente para dictar sus leyes en todo el planeta, incluso a la hora de juzgar lo que está pasando en Ucrania.

Trump redime a Putin

Ahora Putin ve su figura redimida por su buen “amigo” Trump y se dispone a saborear los laureles de su doble victoria militar y política cuando le plazca. Porque queda claro que ha de ser Rusia quien decrete el alto el fuego. El presidente ucraniano lo hará en cuanto lo digan los estadounidenses.

De poco sirvieron las palabras de Zelenski en el foro de Múnich, “ninguna decisión sobre Ucrania, sin Ucrania. Ninguna decisión sobre Europa sin Europa”, que corearon los europeos, especialmente países como Alemania, Francia, Polonia, Reino Unido o España, sin que provocaran mayor interés en la delegación estadounidense que alguna ceja levantada.

En otra muestra del movimiento pendular de Zelenski, el líder ucraniano insiste ahora en que no hay acuerdo con Washington para la explotación de tierras raras y otros minerales estratégicos en Ucrania a cambio de la ayuda estadounidense. Fue el propio Zelenski quien realizó esa oferta hace unos días, con gran contento de Washington. Ahora, el mandatario ucraniano está renunciando a la última carta que tenía para atraer la atención de Trump.

Aunque quizá esto sea un farol para subir las apuestas, pues este domingo Zelenski dejó caer que su Gobierno estaba ya empezando a trabajar con el equipo de Trump. “Ya sentimos que el éxito es posible”, dijo, aunque sin especificar qué éxito ni las líneas de ese trabajo conjunto.

Zelenski también demandó en Múnich la creación de un ejército europeo, ante el desinterés de Trump para hacerse cargo de la seguridad en el viejo continente. Y ya rozando el delirio, demandó el despliegue en Ucrania de un millón y medio de soldados occidentales, un requerimiento que ni los más acérrimos enemigos de Moscú en Europa podrían siquiera plantearse.

Europa, a un lado

No solo ha desdeñado EEUU a Europa en el proceso negociador. Ni siquiera esas negociaciones iniciales serán en suelo europeo. Trump señaló como país mediador a Arabia Saudí, cuyo Gobierno ya lleva días avisado y al parecer ya estaba intermediando entre Washington y Moscú. Los saudíes son los principales aliados de EEUU en el mundo árabe y también tienen buenas relaciones con los rusos.

Según la revista digital estadounidense Político, que citó fuentes de la Casa Blanca, las conversaciones de paz entre Rusia y EEUU comenzarán en los próximos días. Ya está previsto que viaje a Riad un equipo encabezado por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio.

El jefe de la diplomacia estadounidense llamó este sábado al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, con quien acordó preparar los detalles de la cumbre que celebren Trump y Putin, en principio también en la capital saudí. Según un comunicado del Kremlin, “las dos partes han expresado su voluntad mutua de interactuar sobre cuestiones internacionales apremiantes, como el arreglo en torno a Ucrania, así como la situación en Palestina y, en general, en Oriente Medio”.

Y aunque el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, el congresista republicano Michael McCaul, dijo que a la reunión de las delegaciones rusa y estadounidense están invitados los ucranianos, no parece que Zelenski vaya a dar ese paso sin contar con Europa.

En Múnich, Kellogg invitó a los “amigos europeos” a participar en el proceso negociador con propuestas, pero no presencialmente. Según el enviado especial de Trump, la mala experiencia de la participación francesa y alemana en los acuerdos de Minsk, en 2014, para detener los combates entre prorrusos y ucranianos en el Donbás, desaconseja que sean muchos los asistentes a las nuevas negociaciones.

La carrera de armamento en ciernes

Kellogg animó a los aliados de Europa a “incrementar el gasto” en materia de defensa y éste ha sido otro de los resultados de la reunión de Múnich. Los países europeos protestaron por el puntapié propinado por Trump y, tras reclamar en balde un lugar en las negociaciones, aceptaron orgullosos lanzar una carrera armamentística en Europa que subraye que no necesitan a EEUU para defenderles.

La presidenta Von der Leyen, una de las personas que más se han opuesto a una negociación de paz y que ha apostado una y otra vez por la derrota militar rusa, algo bastante ilusorio desde el principio, pidió en Múnich aumentar “considerablemente” los gastos militares de la UE, hasta el 3% del PIB al menos.

Para disparar las inversiones en defensa, Von der Leyen pidió activar la llamada “cláusula de escape”, mecanismo que permite acometer crisis extraordinarias en la Unión, como ocurrió durante la pandemia de covid o con la crisis energética derivada de la contienda.

Antes de la invasión rusa de Ucrania, los Veintisiete gastaban 200.000 millones de euros en defensa. En 2024 subieron a 320.000 millones de euros. Europa puede duplicar esta cifra, a cambio, claro está, de recortar los programas sociales, la sanidad, las pensiones y muchos otros gastos que definen el supuesto Estado de bienestar en la UE. Más cuarteles militares y menos hospitales, si se siguen las directrices de Von der Leyen.


Fuente: Público