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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El ‘tsunami himalayo’ es un delito climático

 

 Por Shreya K.C.   
      Activista por la justicia climática de Solukhumbu, Nepal. Coordinadora del Grupo de Trabajo de Incidencia de la Coalición de Jóvenes por Pérdidas y Daños.


Lo ocurrido en Nepal y el Tíbet es la escena de un delito climático. Los responsables son las empresas de combustibles fósiles y los países contaminantes, a quienes se debe exigir responsabilidades


     Tras las catastróficas inundaciones y deslizamientos de tierra que azotaron el norte de Nepal la mañana del 26 de agosto, lo que queda son familias que lloran a quienes no volverán, esfuerzos desesperados de rescate y ayuda humanitaria, hospitales abarrotados.


Una imagen aérea de la devastadora riada ocurrida en la zona fronteriza entre Nepal y la región del Tíbet (China).

Hasta la tarde del 28 de agosto, se han confirmado 538 fallecidos. Se ha rescatado a 3.742 personas. Otras 977 personas siguen desaparecidas, entre ellas muchos turistas y peregrinos que se dirigían al lago Gosainkunda, en Rasuwa. Al menos doce empresas hidroeléctricas han sufrido daños masivos, mientras que más de 30 puentes han quedado arrasados.

Las inundaciones ocurrieron antes de las festividades de Janai Purnima, que marca el final de la temporada de siembra del arroz, y Raksha Bandhan, cuando las hermanas atan una pulsera protectora a la muñeca de sus hermanos, deseándoles una vida larga y saludable. Pero este año falta el espíritu festivo. Solemos citar el poema del poeta nacional Madhav Prasad Ghimire: “¿Cómo se elevará nuestra estatura si el propio Himalaya deja de existir?”

Nepal es un país montañoso, sin salida al mar. Pero sufrió lo que parecía un tsunami himalayo. Los estudios iniciales han concluido que una avalancha de roca y hielo en la cara norte del Langtang Himal (7.245 metros) fue tan violenta que provocó un terremoto de magnitud 4,4. Luego, una masa de roca y hielo se precipitó río abajo, con una fuerza y una velocidad sin precedentes.

La causa subyacente es clara: el aumento de las temperaturas ha acelerado el retroceso de los glaciares y el deshielo del permafrost, lo que ha provocado la desestabilización de las mismas montañas que nos sustentan y protegen. Lamentablemente, estos desastres no son inesperados. La ciencia ha advertido, una y otra vez que, a medida que nos acercamos a los puntos de inflexión del planeta, los fenómenos extremos serán cada vez más frecuentes y graves.

El año pasado, 18 personas perdieron la vida en una inundación provocada por el desbordamiento de un lago glaciar en el río Bhotekoshi, el mismo lugar donde se originaron las inundaciones en esta ocasión.

En 2021, la inundación de Melamchi se cobró la vida de al menos 17 personas y destruyó el proyecto de abastecimiento de agua de Melamchi. Las familias que lo perdieron todo, incluido su hogar, siguen esperando una indemnización.


Ascedieron a 17 los muertos en Nepal por unas lluvias que dejaron 24 desaparecidos en la inundación de Melamchi.

Cuando viajé a Melamchi el año pasado, la zona todavía parecía como si las inundaciones hubieran ocurrido una semana antes. Los distritos más afectados, Rasuwa y Nuwakot, se encuentran además entre aquellos en los que se tardan décadas solo en construir colegios, hospitales, puentes y carreteras. Cada desastre de este tipo echa por tierra décadas de progreso y desarrollo.

Nepal ha emprendido esfuerzos incansables para fomentar la adaptación y la resiliencia climática. Más del 45 % de la superficie del país está cubierta de bosques. Hemos logrado una electrificación casi universal gracias a la generación de energía hidroeléctrica limpia. Se han implantado sistemas de alerta temprana en muchas comunidades ribereñas, donde la población recibe avisos durante las lluvias intensas y las inundaciones previstas.

A pesar de ello, nos vemos repetidamente sacudidos por una devastación inimaginable. Es una injusticia. Nosotros no provocamos el incendio de la emergencia climática que nos ha envuelto. No podemos seguir pagando por ello con nuestras vidas, nuestros hogares y nuestras esperanzas.

Para empeorar esto, la financiación climática se recibe en forma de préstamos con intereses de mercado, lo que no hace sino agravar la crisis de la deuda. Los países más vulnerables, incluido el nuestro, llevan más de tres décadas exigiendo una financiación nueva, accesible, y basada en subvenciones para evitar, minimizar y hacer frente a las pérdidas y daños. El Fondo de Pérdidas y Daños, creado en 2023, cuenta con menos de 1 000 millones de dólares estadounidenses. Se prevé que la necesidad real sea de 400.000 millones de dólares al año.

La justicia climática para nosotros y para muchas otras comunidades afectadas de todo el mundo significa afrontar quién ha creado esta crisis y quién se ve obligado a pagar por ella. Los países y las empresas que se han beneficiado enormemente de siglos de crecimiento impulsado por los combustibles fósiles no pueden seguir trasladando esta carga a las comunidades.

Quienes se encuentran en primera línea de la crisis climática no pueden esperar otro año, otra COP u otra década para obtener financiamiento. Lo que exigimos no es ayuda, donaciones ni caridad, sino justicia y compensación. Quienes más han contribuido a esta crisis y quienes cuentan con mayores recursos no pueden mirar hacia otro lado. Destinen dinero al Fondo de Pérdidas y Daños ahora mismo. Los contaminadores deben pagar por el caos que nos han infligido.


Fuente:
El Salto

jueves, 30 de octubre de 2025

Hagamos que Orwell vuelva a ser ficción

 

      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


La retórica voluntarista es inútil. Necesitamos entender, aunque no detenga la tormenta. Una respuesta amistosa a Pablo Abufom Silva


     La revista Jacobin publica un artículo de Pablo Abufom Silva dedicado a la edición argentina del libro Pensar después de Gaza.

https://jacobinlat.com/2025/10/pensar-durante-gaza-pensar-desde-palestina/




Pensando desde Gaza, el último libro de Franco Berardi, no es un libro sobre Palestina. Es un libro que habla de lo que han hecho o están viviendo en Palestina y que está escrito sobre el genocidio contra el pueblo palestino. Pero, sobre todo, es un libro sobre cómo el autor percibe el colapso de Occidente, tal como se expresa en las lógicas genocidas del militarismo actual, en las nuevas formas de organización laboral, en la quiebra de las instituciones democráticas y en la forma en que la tecnología se cruza con la experiencia cotidiana de la clase trabajadora mundial. Una clara reivindicación: mirar directamente el colapso real, para demostrar que no hay nada más relevante que la descripción de lo que nos ofrece la política actual y, junto con ello, exponer una crítica total al tipo de capitalismo que posibilita un genocidio como el de Gaza. (En cursiva, las citas del artículo de Pablo Abufom Silva).




Aunque este artículo critica duramente la tesis expresada en mi libro, no tengo intención de discutir con Pablo; agradezco su atención. Realmente no creo que este sea el momento para la controversia entre nosotros, ya que el hiperfascismo trumpista triunfa en Argentina, como en otros lugares. Creo que es hora de decir lo que pensamos, con calma y amabilidad.

Estoy convencido de que la reflexión no puede detener la tendencia global trumpista, la devastación climática y la guerra. Pero al menos nos ayuda a mantener la claridad y a reconocer lo que es humano y correcto. Como dijo Simone Veil en 1933, cuando Hitler tomó el poder y los nazis gritaban en las calles: «La peor desgracia para nosotros no solo sería que fuéramos incapaces de detener al opresor, sino también de comprender y decir la verdad. Por eso me propongo esforzarme por comprender y decidir lo que quiero decir, aunque Pablo me acuse de nihilismo derrotista».


Manifestación anti-Trump de estudiantes en una ciudad norteamericana.

El artículo de Pablo comienza con un resumen del libro: nótese que el mío no es un libro sobre Palestina sino más bien sobre el colapso psicológico, intelectual y político de Occidente.

Pensando desde Gaza, el último libro de Franco Berardi, no es un libro sobre Palestina. Es un libro que habla de lo que han hecho o están viviendo en Palestina y que está escrito sobre el genocidio contra el pueblo palestino. Pero, sobre todo, es un libro sobre cómo el autor percibe el colapso de Occidente, tal como se expresa en las lógicas genocidas del militarismo actual, en las nuevas formas de organización laboral, en la quiebra de las instituciones democráticas y en la forma en que la tecnología se cruza con la experiencia cotidiana de la clase trabajadora mundial. Una clara reivindicación: mirar directamente el colapso real, para demostrar que no hay nada más relevante que la descripción de lo que nos ofrece la política actual y, junto con ello, exponer una crítica total al tipo de capitalismo que posibilita un genocidio como el de Gaza.

Luego Pablo denuncia que mi pesimismo me impide reconocer el valor de la resistencia palestina, y así el libro viene a testimoniar que "estamos del lado de los colonizados aunque nos importa una estrategia política común".

“El corolario principal de este pesimismo y este análisis es que no podemos llamar resistencia a la violencia anticolonial palestina y asumir que no será posible detener el genocidio, a menos que simplemente «demos testimonio de que estamos del lado de los pueblos colonizados del mundo, aunque nos preocupemos por una estrategia política común».”

No creo que la retórica fuera mucho más antigua que un genocidio que nos vimos obligados a presentar en nuestras salas durante dos años, porque nos faltó la fuerza para detenerlo. Sin embargo, Pablo tiene razón: esto está del lado de los opresores, aunque reconozco que toda la fuerza política anticapitalista se ha corrompido y que, por el momento, no tenemos ni la fuerza ni la estrategia para contener la violencia de los opresores.

Soy culpable, según Pablo, de estar obsesionado con el semiocapitalismo y la inteligencia artificial, y con las nuevas formas de esclavitud digital que han destruido la fuerza política del movimiento negro.

“Creo que estas conclusiones surgen del mismo lugar que lleva a Bifo a su obsesión con la inteligencia artificial, a la idea del semiocapitalismo y a que no hay clase hasta que precarizamos digitalmente, que predomina la producción virtual, que quedamos excluidos de la élite social al comprometer nuestra atención, mercancía privilegiada para el capitalismo en su fase presente.

No puedo negar que me obsesiona el error que ha sufrido el movimiento obediente a través de la transformación digital del proceso productivo y, sobre todo, me obsesiona la mutación cognitiva que ha privado a la gran mayoría de la humanidad no solo de la capacidad de pensar, sino también de amar, cuidar y vivir. Sí, me obsesiona: espero que Pablo me perdone.

La principal acusación de Pablo: Soy incapaz de ver más en la biblioteca europea. Es un eufemismo que podría traducirse de forma más brutal: soy un hombre blanco y viejo.

No puedo negarlo: mi depresión es la que ha atormentado a la raza blanca durante mucho tiempo, en términos demográficos, económicos y psicológicos. Debido a mi condición de blanco y de anciano, no puedo imaginar un futuro que no sea horrible. No veo los futuros brillantes que los ojos de Pablo pueden ver.



Bolonia, Callejón Fantuzzi.


No puedo negarlo, pero desafortunadamente (muy desafortunadamente), mi condición existencial y psicológica encierra una verdad que trasciende mi ser individual. La pulsión de muerte que domina mi mente envejecida es la misma que domina las mentes de la gran mayoría de la cultura blanca. No es mi patología personal, sino un instinto de muerte que domina irreversiblemente en Occidente.

Así como a ciertos niños deprimidos y deprimidos se les dispara y van a la escuela o a la iglesia con la esperanza de que venga otro y su pareja, Occidente también ha decidido no desaparecer sin suicidar a la raza humana.

El capitalismo que Occidente ha impuesto al mundo ha destruido irreversiblemente el clima del planeta y está destruyendo irreversiblemente la mente de la nueva generación. No veo a nadie que pueda experimentar esta doble destrucción.

Occidente (demográficamente joven) antaño expresaba una energía futurista y constructiva, mientras que el impulso expansivo del cuerpo joven se ha transformado en pulsión de muerte en el cuerpo envejecido de la raza blanca.

El fascismo del siglo XX fue el fascismo eufórico, expansionista y colonialista de los jóvenes futuristas. El fascismo de la era trumpista es un fascismo senil, aterrorizado por la invasión migratoria y dispuesto a usar todas las armas disponibles para reafirmar el dominio del cuerpo blanco demente y moribundo. El fascismo trumpista ha conquistado a la mayoría de los blancos deprimidos porque funciona como una cura agresiva para la depresión.

Me disculpo por tener que expresar lo que siento en lo más profundo del inconsciente, hombre blanco y envejecido, porque yo también soy inconsciente, aunque lo odio con todas mis fuerzas (declinando). Pablo me acusa, sin tapujos, de "renunciar a la humanidad" precisamente cuando se necesita un lenguaje de resistencia y una razón revolucionaria de esperanza, y cita la frase más conocida de Antonio Gramsci: el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad.

Discutan, pero (con el debido respeto a Gramsci) esta afirmación es absurda. La voluntad sin razón está condenada al fracaso. La voluntad contra la razón no es más que histeria machista.

Afirmaciones del tipo «Sólo quien está abandonado a su suerte por la memoria, la historia y la verdad puede descubrir algún (pequeño) espacio para la alegría» revelan una inversión extra del adagio gramsciano para abrazar el optimismo de la razón y el peso de la voluntad.

Precisamente por darle tanta importancia a la fuerza de voluntad (que nadie sabe qué es) que podemos ignorar la razón, los comunistas perderán la guerra contra el fascismo. Ocultarlo no tiene sentido. Comprender esto puede ayudarnos a alcanzar el éxito, como yo lo llamo una práctica.


APELACIÓN A LA HISTORIA

Aunque sus iniciativas sean en vano, estos abogados mayores

Todavía intentan defender nuestra causa desesperada,

Aunque sus palabras ahora son incomprensibles en las reuniones,

Siento la necesidad de decir una palabra de esperanza en esta asamblea de personas desesperadas (que levantarán las cejas con asombro:

Estos viejos se han lavado las manos de la realidad.

(lo que parecería ser nuestra causa desesperada ante la Historia)

En cuanto a la Historia, su espacio vital es la desesperación, y estos viejos lo saben bien.

Y aún así, todavía los vemos defendiendo su causa ante la Historia.

(Najwan Darwish: Nada que perder , El Puente de la Sal, 2021).



Fuente: ILDISERTORI

sábado, 22 de marzo de 2025

Cómo colapsar sabiamente con justicia ecosocial

 

 Por Esther Oliver  
      Bióloga, educadora ambiental y correctora lingüística; especializada en textos científico-técnicos y ensayo crítico.


Cuando los valores se invierten, cuando la política impulsa la ignorancia y el miedo al servicio de los lobbies, cuando el colapso y la brutalidad sustituyen al debate; el naufragio moral y político queda manifiesto.
— Noël Mamère (exdiputado ecologista y alcalde de Bègles en Francia).


     En 2002, un helicóptero localizó habitantes en Tikopia, una de las islas Salomón en el océano Pacífico, que había sido devastada por el ciclón Zoé. Llevaban unos 3.000 años aislados, viviendo en simbiosis con la isla. No hablaban en singular sino en plural. Tenían un nosotros para las personas y otro para las personas y la naturaleza. Algunos jóvenes abandonaron la isla, pero volvieron al poco tiempo, con el sentimiento de que el neoliberalismo no funciona. Echaban de menos su isla, que era un remanso de paz, un paraíso que alimenta, cobija y protege. Los tikopianos como laboratorio en miniatura del planeta nos enseñan que para mantener los equilibrios favorables a la vida deberíamos reencontrar una relación armónica con la biosfera.

Ese no es el panorama global. El reputado científico Antonio Turiel nos lo presenta de forma nada halagüeña: creciente caos climático, problemas de acceso a los combustibles, evidencia de que la transición energética ni funciona ni funcionará, desestabilización geopolítica masiva, retroceso democrático en Occidente… Sin embargo, no todos los países se encuentran en la misma situación: no sufren igual los que han sido empobrecidos que los países que nos hemos enriquecido.

Es cierto que habría sido mejor transitar hacia sociedades justas y sostenibles hace varias décadas, cuando nos avisaron de los límites del crecimiento. No obstante, ante el inminente colapso de la civilización termoindustrial, al menos, aprovechemos la oportunidad de cambio y colapsemos sabiamente. Además de necesitar un cambio personal de consciencia, urge una transformación social, que podría llevarse a cabo mediante una economía de poscrecimiento y con justicia ecosocial.

¿Qué está ocurriendo en el Sur global?

Es la misma historia de siempre: la gente con poder intentando conquistar el mundo, mientras que los pueblos originarios luchan contra Goliat. Antes eran los imperios, ahora son las corporaciones internacionales. Una de las consecuencias finales es que más de dos mil cien activistas ambientales (un tercio formaban parte de comunidades aborígenes) han sido asesinadas en el mundo en la última década.


Foto de Manny Becerra.

Bustillos y Aguilar, al tratar los derechos de los pueblos indígenas en América Latina, nos relatan cómo durante la expansión colonial les despojamos de sus derechos territoriales por el concepto del Derecho romano de terra nullius. Sin embargo, no es que la tierra no fuera de nadie, sino que lo que allí no existía era el concepto de propiedad privada. El acaparamiento de tierras comenzó con la negación de la propiedad colectiva de los pueblos. La colonización duró realmente seis siglos allí y ahora domina el ecocolonialismo o colonialismo ambiental por todo el planeta.

Por su lado, la profesora Mahnkopf nos presenta a los seres humanos como un factor geológico (en diferentes grados, claro está, según sus orígenes geográficos y sociales). Nos advierte de que en lugar de iniciar una transformación estructural estamos volviendo a repetir los mismos errores. En la actualidad experimentamos una renovación de la geopolítica, caracterizada no solo por una feroz competencia internacional por la disminución en las reservas de combustibles fósiles, sino también por una fiebre verde por los minerales, el agua y la tierra.

Algo huele muy mal cuando se empieza a hablar de necropolítica de los países extractivistas. Esperanza Martínez, militante ecologista y una de las fundadoras del colectivo Yasuní, no se anda con tapujos al denominar como zonas de sacrificio a “ciertos territorios considerados como objetos de explotación inevitable, sacrificando tanto a la naturaleza como a la población que vive en ellos, bajo el supuesto de que dicho sacrificio es necesario para la supervivencia de la humanidad”. Y todos sabemos que no se trata de supervivencia sino de extralimitación: los países enriquecidos manteniendo su manera de vivir gracias al sacrificio del Sur global.

¿Realmente aquí se vive tan bien?

Álvarez Cantalapiedra reitera en varios informes la idea del “modo de vida imperial o desmesurado”, que tan mal visto estuvo en otros tiempos. Incluso el papa Francisco se expresa con claridad cuando a esta forma de vivir la llama “la gran desmesura antropocéntrica”. Aunque la teoría sea atractiva, la realidad es muy distinta para la mayor parte de la población. El autor nos plantea una sociedad neurotizada, donde reina la desigualdad. Nos presenta una sociedad con muchos factores neurotizantes: autoexplotación hasta la extenuación, ansiedad colectiva, falta de un proyecto común, desconexión entre individuos (aunque está probado que somos una especie hipersocial, con lo que estamos malgastando nuestra ventaja evolutiva)… No parece que seamos conscientes de que este exceso, esta superación de los límites planetarios conlleva una amenaza existencial para la salud humana y planetaria.

Hasta hace muy poco, en economía no se hablaba de desigualdad. El autor nos dice que quizá el cambio se deba a que en las últimas décadas los porcentajes han alcanzado unas cifras intolerables, o bien, porque el ascensor social no funciona, desapareciendo así el principal instrumento de legitimación del capitalismo. Por otro lado, nos llama la atención sobre el abandono de la reflexión acerca de lo que significa hoy vivir bien, seguramente porque nos conduciría a cuestionarnos nuestro actual modo de vida.


Foto de Vlad Tchompalov.

¿Cómo podría ser una austeridad feliz?

En India llevan más de 5.000 años predicando el arte de vivir sabiamente, un estilo de vida saludable que ellos llaman ayurveda. Y aunque en Occidente intenten vendernos la moto, todas y todos sabemos que la felicidad no se basa únicamente en el dinero. El informe Por un enfoque ecosocial para el estudio de la vida buena expone la idea de Easterlin de la existencia de una zona de saturación monetaria del bienestar humano subjetivo. Es decir, a partir de una determinada calidad de vida, para ser feliz ya no solo cuentan los recursos, sino también el tiempo y las relaciones.

Por otra parte, el bienestar sirve de poco si solamente existe a corto plazo, tiene que ser sostenible. Ese bienestar a largo plazo quizá sería posible mediante la economía de la rosquilla de Raworth: teniendo en consideración el techo ambiental (en un espacio biológicamente sostenible dentro de los límites planetarios) y el suelo social (cubriendo las necesidades vitales, en un espacio socialmente seguro). Hay quien piensa que llegamos tarde para su aplicación y otros muchos ni siquiera creen en un bienestar sin crecimiento. No obstante, Max Koch sí lo ve viable, aunque nos avisa de que no es suficiente con impuestos crecientes redistribuidos, sino que son necesarias nuevas políticas sociales, en una economía de poscrecimiento y con un sistema de cuentas basado en necesidades.

En un texto sobre calidad de vida y necesidades humanas, Sempere añade algún componente más a la satisfacción de las necesidades básicas. Dice que también son esenciales: cohesión social, libertad, autorrealización, que no haya desigualdad ni opulencia consumista. Para que todo el mundo tenga acceso a los medios esenciales para una vida digna nos es preciso desaprender los hábitos de la opulencia. Reconoce que es difícil renovar el anterior pacto social (en el que se ha basado el Estado del Bienestar desde 1945) debido a la crisis ecosocial de agotamiento de los recursos naturales y de la energía. Propone que la salida satisfactoria para la gran mayoría únicamente puede basarse en un nuevo contrato social en el que se acepte una reducción de la huella ecológica mundial, es decir, modificando nuestra manera de vivir con mayor equidad distributiva.

¿Sería posible una buena vida a nivel global?

Hickel y Sullivan lo dejan bien claro en su informe Una buena vida para toda la población mundial es posible, al tiempo que se disminuyen los daños ambientales. Ante las cifras actuales (del 80% de la población sin acceso a bienes y servicios básicos, viviendo por debajo del umbral de lo que se considera una vida digna) los autores nos aseguran que “para proporcionar un nivel de vida digno a 8.500 millones de personas solo sería necesario el 30% de los recursos y la energía que se utilizan actualmente”. Y aún quedaría un remanente “para otros consumos adicionales, el lujo público, los avances científicos y otras inversiones sociales”. Simplemente tenemos que sustituir nuestro objetivo. Si este fuese el bienestar de la gente, lo importante no debería ser el Producto Interior Bruto (PIB), sino desviar la producción de la acumulación de capital y del consumo de las élites, a la vez que nos centramos en proporcionar bienes y servicios socialmente beneficiosos para todas y todos.

Sobre cómo hacerlo existen muchas propuestas interesantes, desde los textos de Serge Latouche, Carlos Taibo, la Guía para el descenso energético de Véspera de Nada, o bien las publicaciones más recientes de González-Reyes y Almazán (Decrecimiento: del qué al cómo. Propuestas para el Estado español) o la de Turiel (El futuro de Europa. Cómo decrecer para una reindustrialización urgente). Claramente necesitaríamos más de una estrategia: aplicar una economía de poscrecimiento en el Norte global, mientras ayudamos al Sur global a que alcance un nivel de vida digno.

¿Puede el Derecho ayudarnos a transformar nuestra relación con la Tierra?

Algunos/as así lo creen y lo relatan en el informe La Tierra clama justicia ecológica. Ciertamente la teoría que nos plantean resulta estimulante, pero la práctica es otra. Por ejemplo, el Acuerdo de Escazú para asuntos ambientales en América Latina y el Caribe entró en vigencia en 2021 y dos años más tarde Latinoamérica encabezó el número de defensoras ambientales asesinadas, con un total de 166, además de las millares de amenazas y ataques cada año. Costa Cordella nos recuerda que los acuerdos no son lo suficientemente sólidos, mientras las obligaciones dependan de las realidades políticas nacionales.




En 2023, por segundo año consecutivo, en Colombia se registró el mayor número de asesinatos del mundo, al alcanzar la cifra récord de 79 defensoras asesinadas. Luz Estella (abogada ecofeminista colombiana) nos explica que “lo que se vive actualmente es el resultado de la permisividad hacia el corporativismo empresarial en nombre de un desarrollo (mal llamado) sostenible”. Comparte su testimonio de haber tenido que abandonar su país, debido a la persecución contra ella y su familia por su trabajo como defensora ambiental. Testifica lo difícil de la situación “cuando el agresor es el mismo Estado”.

Según Del Viso, existe una doble cara de la moneda: avances normativos en derechos de la naturaleza y principios de justicia ecológica (como las/los relatores especiales de la ONU), mientras que al mismo tiempo continúa el punto de vista conservacionista, con la falsa noción de la naturaleza como fuente de explotación humana, junto al privilegio corporativista, que permite que las empresas puedan pedir indemnizaciones multimillonarias a los Estados, si la regulación perjudica sus intereses.

Asimismo, Montalván Zambrano reclama la necesidad de superar la visión utilitarista y mercantilista con la que nos estamos relacionando con la Naturaleza. Nos anima a tener una mirada ecocentrista como la que tienen los pueblos nativos y las comunidades identificadas con el territorio y nos propone el “derecho como actor principal en la construcción de una nueva consciencia ecológica”.

Ante esta propuesta nos preguntamos si no sería prioritario una transformación moral y cultural, porque ¿de qué sirven las leyes si no se implementan? Sin rechazar los avances que se consigan en Derecho Ambiental, hoy menos que nunca podemos permitirnos el lujo de esperar acuerdos, tratados o convenios de los que los gobiernos se puedan desentender en un momento dado, según el gobernante de turno. Hoy más que nunca el pueblo debe tomar las riendas de su futuro.

¿Cómo afrontar el futuro? ¿Y si copiásemos la forma de vivir de los pueblos originarios?

Yayo Herrero se pregunta cómo la sociedad occidental (que se autodenomina sociedad del conocimiento) ha podido crear un modo de vida en común, que destruye las propias condiciones que posibilitan la vida. Nos aclara que la causa es la fantasía de la individualidad, es decir, el deseo de liberación de la naturaleza, de los límites, de los vínculos… que solo se puede sostener en una cultura del dominio (patriarcal, colonialista, antropocentrista) en el que unas vidas valen más que otras. Sin embargo, esa ilusión ni siquiera se puede mantener ilimitadamente. Nos avisa de que este estilo de vida no es más que un sueño.

Así que ¡¡despertemos del sueño!! y aceptemos que la trama de la vida es un sistema dinámico complejo eco e interdependiente, que funciona de manera más parecida a lo que intuían los pueblos nativos. Todavía podemos aprender de estos pueblos y otras culturas que han sabido vivir armónicamente con el medio natural. Es fácil identificar lo que tienen en común. La Red de futuros indígenas nos da alguna pista: prácticas de respeto y reciprocidad con la Madre Tierra, defensa del territorio, gestión comunitaria, rescate de la diversidad, volver a tiempos cíclicos… A la vez, nos advierten de la necesidad de detener esta máquina de exterminio, mientras provocamos un cambio, que debe ser de raíz.

La revista Yggdrasil dedicó una sección a los pueblos originarios que aún están repartidos por el mundo. Todos coinciden en su esencia: una conexión profunda con la tierra. De los distintos ejemplos, remarcaríamos a los aborígenes de Australia. Ellos sí que son expertos en apocalipsis. En su caso, la terra nullius conllevó acaparamiento de sus tierras, enfermedades y masacres. En 1967 fueron incluidos en el censo de la población (hasta entonces formaban parte del registro de fauna y flora). No fue hasta 1992 cuando el gobierno australiano reconoció que ellos ocupaban las tierras antes de que llegasen los colonos. Actualmente viven confrontados con la industria minera. A pesar de todo el horror, a día de hoy mantienen su cultura a través de su lazo con la tierra, que constituye su identidad. Poseen una visión colectiva, opuesta a la individualista que caracteriza al neoliberalismo. Los pueblos indígenas resisten gracias al tejido social.




Solamente tenemos que replantearnos nuestros vínculos con los demás y con la naturaleza, pasar del antropocentrismo al ecocentrismo. No hay alternativa: o vivimos dentro de los límites planetarios o, irremediablemente, nos autoextinguiremos. Únicamente nos queda creer que una revolución social es aún posible, aunque sea con una esperanza sin optimismo, con un impulso utópico, con un sueño consciente…

Terminamos con las bellas palabras del artista gráfico Miguel Brieva: “[Ante] una sociedad preñada de un sueño delirante, carente de límites (…) es momento de volver a soñar de manera intensa y seductora, pero con los pies en el suelo (…) Es hora de revertir el sinsentido y tomar conciencia del enorme potencial de la imaginación [a través de] relatos que se atrevan a soñar con valentía”.


 Creación de Maia Koenig.


Fuente: 15/15\15

miércoles, 28 de agosto de 2024

Lo que vi y escuché sobre la guerra de Ucrania en Moscú

 

Autor, periodista y analista político británico. Director del Programa de Eurasia en el Instituto Quincy para una gestión responsable del Estado.

Las élites rusas parecen resignadas a aceptar que el conflicto continuará indefinidamente.




     Tal vez lo más sorprendente de Moscú hoy en día es su calma. Es una ciudad que apenas ha sido tocada por la guerra. De hecho, hasta que no enciendes la televisión, donde la propaganda es omnipresente, difícilmente te enterarías de que hay una guerra.

Los daños económicos que han causado las sanciones occidentales se han visto compensados por el gran número de rusos ricos que han regresado a Rusia debido a las sanciones. El gobierno ruso ha limitado deliberadamente el reclutamiento en Moscú y San Petersburgo, y esto, junto con un cierto grado de represión, explica por qué ha habido pocas protestas de jóvenes con educación. Muchos de los moscovitas jóvenes que huyeron de Rusia al comienzo de la guerra ya no temen el reclutamiento.

En cuanto a las tiendas del centro de Moscú, no podría decir si los bolsos Louis Vuitton son auténticos o imitaciones chinas, pero no faltan. Y lo que es mucho más importante, Rusia, desde la guerra, demuestra algo que Alemania entendió en su día y que el resto de Europa haría bien en entender: que en un mundo incierto es muy importante poder cultivar todos los alimentos que uno mismo consume.




En las provincias, la situación es muy distinta. Allí, el reclutamiento y las bajas han sido realmente graves. Sin embargo, esto se ha visto compensado por el hecho de que las provincias industriales han experimentado un enorme auge económico debido al gasto militar, y la escasez de mano de obra ha hecho subir los salarios. Abundan las historias de trabajadores técnicos de más de setenta años que han sido llamados a trabajar, lo que ha mejorado sus ingresos y les ha devuelto el respeto por sí mismos que habían perdido con el colapso de los años 90. Como he oído decir a muchos rusos, “la guerra finalmente nos ha obligado a hacer muchas de las cosas que deberíamos haber hecho en los años 90”.

Sin embargo, al menos en Moscú, hay poco entusiasmo positivo por la guerra. Tanto las encuestas de opinión como mis propias conversaciones con las élites rusas sugieren que la mayoría de los rusos no quieren luchar por una victoria completa (sea lo que sea lo que eso signifique) y que les gustaría ver una paz de compromiso ahora. Sin embargo, incluso grandes mayorías están en contra de la rendición y se oponen a la devolución a Ucrania de cualquier territorio en las cinco provincias “anexadas” por Rusia.

En las élites, el deseo de una paz de compromiso está vinculado a la oposición a la idea de intentar tomar por la fuerza las principales ciudades ucranianas, como fue el caso de Mariupol (y Járkov tiene al menos tres veces el tamaño de Mariupol). “Incluso si tuviéramos éxito, nuestras bajas serían enormes, al igual que las muertes de civiles, y heredaríamos grandes montones de ruinas que tendríamos que reconstruir”, me dijo un analista ruso. “No creo que la mayoría de los rusos quieran ver eso”.




A pesar de los esfuerzos de algunas personalidades, como el ex presidente Dmitri Medvedev, hay muy poco odio hacia el pueblo ucraniano (en contraposición con el gobierno ucraniano), en parte porque muchos rusos son de origen ucraniano. De ahí quizás otra razón por la que Putin ha presentado esto como una guerra contra la OTAN, no contra Ucrania. Esto me recordó las actitudes hacia Rusia de la gente que conocí en las zonas de habla rusa de Ucrania el año pasado, muchos de los cuales son total o parcialmente rusos. Odiaban al gobierno ruso, no al pueblo ruso.

En las élites de asuntos exteriores y de seguridad circulan diversas ideas para una paz de compromiso: un tratado ratificado por las Naciones Unidas que garantice la seguridad de Ucrania (y Rusia) sin que Ucrania se una a la OTAN; la creación de zonas desmilitarizadas patrulladas por fuerzas de paz de la ONU en lugar de la anexión de más territorio; intercambios territoriales, en los que Rusia devolvería tierras en Járkov a Ucrania a cambio de tierras en el Donbáss o en Zaporozhia. Sin embargo, la gran mayoría de los analistas rusos con los que hablé creen que sólo Estados Unidos puede iniciar conversaciones de paz, y que esto no sucederá hasta después de las elecciones estadounidenses, si es que sucede.

Por lo tanto, el estado de ánimo general parece ser el de aceptar la inevitabilidad de la continuación de la guerra, en lugar de un entusiasmo positivo por ella; y la administración Putin parece contenta con esto. Putin sigue desconfiando mucho del pueblo ruso; de ahí su negativa hasta ahora a movilizar más que una fracción de la mano de obra disponible en Rusia. Este no es un régimen que desee la participación masiva y, por lo tanto, también se muestra cauteloso ante el entusiasmo masivo. Su máxima parece más bien: “La calma es el primer deber de todo ciudadano”.



Fuente: Responsible Statecraft