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lunes, 27 de julio de 2026

Las poderosas resistencias populares internas en Estados Unidos frente a Trump

 

 Por Eric Toussaint    
      Historiador belga, portavoz del Comité para la Abolición de las Deuda Ilegítimas que ayudó a fundar desde sus comienzos. Doctor en ciencias políticas por la Universidad de Lieja y la Universidad París 8.


A lo largo de su primer mandato (2017-2021), así como de su segundo mandato iniciado en enero de 2025, Trump se ha enfrentado a resistencias internas de una magnitud considerable


Activistas por los derechos civiles y humanos se concentran en las puertas del centro de detención de migrantes.


      Uno de los elementos esenciales para comprender la política internacional de Donald Trump es no considerar a Estados Unidos como un bloque homogéneo que respalda a su presidente. A lo largo de su primer mandato (2017-2021), así como de su segundo mandato iniciado en enero de 2025, Trump se ha enfrentado a resistencias internas de una magnitud considerable. Estas resistencias han adoptado múltiples formas: movilizaciones masivas, acciones sindicales, campañas electorales, movimientos de solidaridad internacional, desobediencia civil y la aparición de candidaturas de izquierda en algunas grandes ciudades.

Estas luchas lograron en ocasiones frenar, modificar o deslegitimar ciertas políticas de Trump. También pusieron de manifiesto la existencia, en el seno mismo de la sociedad estadounidense, de un profundo conflicto entre un proyecto autoritario, nacionalista y reaccionario, y las aspiraciones democráticas, igualitarias e internacionalistas.

Las movilizaciones de las mujeres por el derecho al aborto

Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca en enero de 2017, millones de mujeres se manifestaron en el marco de la Marcha de las Mujeres, organizada al día siguiente de su toma de posesión. Este movimiento constituyó una de las movilizaciones más importantes de la historia de Estados Unidos. Expresaba el rechazo al sexismo de Trump, a sus comentarios misóginos y a su voluntad de poner en tela de juicio los derechos reproductivos.

La Marcha de las Mujeres de enero de 2017 sigue siendo una de las mayores manifestaciones de la historia de Estados Unidos, con una participación estimada de entre tres y cinco millones de personas. Demostró de inmediato que la elección de Trump suscitaba una oposición masiva, especialmente entre las mujeres, las minorías y los movimientos progresistas.

La cuestión del aborto pasó a ocupar un lugar central cuando el Tribunal Supremo, reforzado por los nombramientos de jueces y juezas conservadores realizados por Trump, anuló en junio de 2022, durante el mandato de Joe Biden, la sentencia Roe contra Wade, que garantizaba desde 1973 el derecho constitucional al aborto. Esta decisión provocó una oleada de manifestaciones en todo el país y contribuyó a una fuerte movilización electoral a favor de los candidatos y candidatas que defendían el derecho al aborto.

Como reacción a la anulación en junio de 2022 de la sentencia Roe contra Wade por parte del Tribunal Supremo, influido por Trump y su bando, el electorado estadounidense fue llamado a pronunciarse directamente sobre el aborto en dieciséis estados entre 2022 y 2024. En trece de ellos, el bando favorable al mantenimiento o la ampliación del derecho al aborto se impuso en las urnas, incluso en varios estados conservadores como Kansas, Kentucky, Montana, Ohio, Misuri y Arizona1 . Estos resultados demuestran que la voluntad de penalizar el aborto no cuenta con un apoyo mayoritario uniforme entre el electorado estadounidense y que suscita una importante resistencia popular, incluso en bastiones republicanos.

Así, la defensa de los derechos de las mujeres se ha convertido en uno de los principales puntos de cristalización de la oposición a Trump y al trumpismo.

Movilizaciones ecologistas y científicas

La Marcha por la Ciencia, organizada en abril de 2017, constituyó una respuesta directa al escepticismo climático de Trump y a sus ataques contra las agencias científicas federales. Alrededor de un millón de personas participaron en manifestaciones en más de seiscientas ciudades, denunciando el cuestionamiento de los datos científicos sobre el cambio climático.

La Marcha Popular por el Clima, también en 2017, reunió a unas doscientas mil personas en Washington y a varios cientos de miles en todo el país. Con ella se protestaba contra la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París y contra las políticas favorables a las industrias de combustibles fósiles.

Movilizaciones contra las armas de fuego

Tras el tiroteo de Parkland, en Florida, en febrero de 2018, el movimiento March for Our Lives movilizó entre uno y dos millones de personas, principalmente jóvenes. Se celebraron más de ochocientas manifestaciones en los cincuenta estados.

Este movimiento cuestionó el apoyo de Trump al lobby de las armas, la Asociación Nacional del Rifle (NRA), y contribuyó a convertir la regulación de las armas de fuego en un tema político de primer orden.

Las huelgas del personal docente

Las huelgas del personal docente de 2018 y 2019 marcaron un punto de inflexión en las luchas sociales estadounidenses. Más de quinientos mil miembros del personal docente y escolar participaron en movimientos de huelga en varios estados, a menudo conservadores.

Estas movilizaciones reclamaban aumentos salariales, una mejor financiación de la educación pública y una reducción de las desigualdades educativas.

Black Lives Matter y la lucha contra el racismo sistémico

El movimiento Black Lives Matter, surgido tras los casos de violencia policial contra personas afroamericanas, alcanzó su punto álgido en 2020 tras el asesinato de George Floyd a manos de un agente de policía en Minneapolis. El movimiento Black Lives Matter supuso la mayor ola de movilizaciones de la historia reciente de Estados Unidos.

Tras el asesinato de George Floyd en mayo de 2020, se celebraron manifestaciones en más de dos mil ciudades y localidades. Algunos estudios estiman que entre quince y veintiséis millones de personas participaron en al menos una manifestación, lo que lo convertiría en el mayor movimiento de protesta de la historia de Estados Unidos.

Trump reaccionó adoptando una postura de confrontación. Calificó a algunos manifestantes y manifestantes de «delincuentes» y amenazó con desplegar al ejército contra las movilizaciones. Esta respuesta reforzó la percepción de un presidente que apoyaba un aparato policial militarizado y se negaba a reconocer la existencia del racismo sistémico.

Sin embargo, Black Lives Matter ha logrado avances importantes: el cuestionamiento de ciertas prácticas policiales, debates sobre la financiación de la policía, la retirada de símbolos racistas en varias ciudades y la incorporación de la cuestión del racismo estructural al debate político nacional.

Tras el 6 de enero de 2021

El asalto al Capitolio por parte de los partidarios y partidarias de Trump el 6 de enero de 2021 provocó una ola de movilizaciones en defensa de la democracia.

Se celebraron manifestaciones en numerosas ciudades estadounidenses para denunciar el intento de cuestionar el resultado de las elecciones presidenciales de 2020 y para exigir la protección de las instituciones democráticas.

La solidaridad con Palestina

La cuestión palestina se ha convertido en otro importante frente de resistencia interna. Durante el primer mandato de Trump, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel en 2017, seguido del traslado de la embajada estadounidense, suscitó una fuerte oposición en una parte de la sociedad estadounidense.

Esta oposición se intensificó a partir de 2023 con la guerra genocida librada por Israel contra Gaza, guerra que contó con el apoyo activo de la Administración demócrata de Joe Biden. El movimiento continuó durante el segundo mandato de Trump. Cientos de miles de personas se manifestaron en las grandes ciudades estadounidenses para denunciar el apoyo militar y diplomático de Estados Unidos a Israel.

Los campus universitarios han desempeñado un papel fundamental. Los estudiantes han organizado acampadas, ocupaciones y acciones de desinversión dirigidas contra empresas vinculadas a la industria militar israelí. A pesar de una represión a menudo brutal, estas movilizaciones han contribuido a hacer evolucionar el debate público: por primera vez en décadas, una parte significativa de la juventud estadounidense cuestiona abiertamente el apoyo incondicional de Washington a Israel.

Las movilizaciones de solidaridad con Palestina alcanzaron una magnitud sin precedentes a partir de 2023. En las jornadas de acción más importantes, varios cientos de miles de personas se manifestaron simultáneamente en las grandes ciudades estadounidenses. Las acampadas universitarias se extendieron a más de un centenar de universidades y centros de enseñanza superior, en las que participaron directamente decenas de miles de estudiantes y que provocaron cientos de detenciones.

Las movilizaciones contra el ICE y las políticas migratorias

Las políticas migratorias de Trump también suscitaron una resistencia masiva. Ya en 2017, las manifestaciones contra la «prohibición a los musulmanes», que impedía la entrada a personas procedentes de varios países de mayoría musulmana, inundaron los aeropuertos estadounidenses.


Pintada en Minneapolis.

La separación de miles de niños y niñas migrantes de sus padres en la frontera con México provocó indignación internacional. El movimiento «Families Belong Together» organizó manifestaciones a gran escala para exigir la reunificación familiar.

Durante el segundo mandato, las movilizaciones contra el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) se intensificaron ante las redadas, las expulsiones y los centros de detención para migrantes. Se han creado redes de solidaridad en varias ciudades para proteger a las personas amenazadas de expulsión y para documentar los abusos cometidos por las autoridades de inmigración. Las acciones han movilizado de forma continuada a varios cientos de miles de personas en más de 16 grandes metrópolis y en cientos de municipios rurales o periurbanos.


Las organizaciones anti-ICE y las contra-instituciones basadas en el cuidado.

Se han registrado miles de acciones relacionadas con los derechos de las personas inmigrantes y la oposición al ICE en los 50 estados. Si se incluyen las movilizaciones de No Kings (véase más adelante), son más de 10 millones de personas las que han participado en manifestaciones callejeras para denunciar la política anti migratoria y los métodos del ICE.

El movimiento «No Kings»

El movimiento «No Kings» surgió como respuesta directa a los excesos autoritarios de Trump. Denuncia la concentración del poder presidencial, los ataques contra las instituciones democráticas, las amenazas contra los medios de comunicación y la voluntad de gobernar por decreto.


Protesta de «No Kins» contra Donald Trump en Baltimore.

Las manifestaciones de «No Kings» reunieron a ciudadanas y ciudadanos de diversas tendencias políticas, unidos por el rechazo a que Estados Unidos evolucione hacia un régimen cada vez más autoritario. Este movimiento ha recordado que la defensa de las libertades democráticas sigue siendo un eje central de la resistencia al trumpismo.

El movimiento «No Kings» constituye una de las expresiones más significativas de la oposición al segundo mandato de Trump. Las principales jornadas nacionales de movilización, especialmente en 2026, reunieron, según las estimaciones, entre tres y cinco millones de personas en más de mil quinientas ciudades y localidades. Esta magnitud la convierte en una de las mayores movilizaciones contra Trump desde la Marcha de las Mujeres de 2017.

Estas son las tres fechas clave de las movilizaciones de No Kings:

- 14 de junio de 2025 (No Kings 1.0): Aproximadamente 5 millones de personas en más de 2 100 lugares.

- 18 de octubre de 2025 (No Kings 2.0): unos 7 millones de personas en más de 2 700 lugares.

- 28 de marzo de 2026 (No Kings 3.0): unos 8 millones de personas reunidas en más de 3 300 lugares.

Las movilizaciones LGBTQ+

Las políticas de Trump destinadas a limitar los derechos de las personas transgénero, especialmente en el ejército y en determinados ámbitos de la vida pública, han suscitado una fuerte oposición.

Entre 2022 y 2026, las movilizaciones contra las leyes antitrans reunieron a decenas de miles, e incluso a cientos de miles de personas, en algunas jornadas nacionales de acción.

La resistencia sindical y social

No hay que olvidar el papel de los sindicatos y los movimientos sociales. Los años 2021-2026 se caracterizaron por un resurgimiento de las luchas obreras en Estados Unidos: huelgas en el sector del automóvil, en el sector servicios, en los almacenes de Amazon, en las cafeterías Starbucks y en el sector educativo.

Estas movilizaciones a menudo han ido más allá de las reivindicaciones salariales para denunciar las desigualdades sociales, la precariedad laboral y el poder excesivo de las grandes empresas. Han demostrado que una parte importante de la clase trabajadora estadounidense no se identifica ni con el neoliberalismo del Partido Demócrata ni con el nacionalismo reaccionario de Trump.

Los éxitos electorales de la izquierda: el caso de Zohran Mamdani

La resistencia a Trump no se limita a las movilizaciones callejeras. También se manifiesta en el ámbito electoral, sobre todo a través de la aparición de candidatos de izquierda en algunas grandes ciudades.

El caso de Zohran Mamdani es especialmente significativo. Miembro de los Socialistas Democráticos de América (DSA), ganó las primarias demócratas para la alcaldía de Nueva York, frente a candidatas y candidatos respaldados por la cúpula del Partido Demócrata. Fue elegido alcalde de Nueva York en noviembre de 2025 a pesar de las amenazas de Trump y de la campaña lanzada en su contra por 26 multimillonarios estadounidenses que, según la revista Forbes, gastaron más de 22 millones de dólares para impedir su elección. Afortunadamente, la voluntad y la energía populares, sobre todo entre los más jóvenes, han triunfado sobre el poder del dinero y del capital.

Su campaña, centrada en la vivienda asequible, el transporte público gratuito, la tributación de las grandes fortunas y la solidaridad con Palestina, movilizó a una gran parte de la juventud y de las clases populares. Demostró que en Estados Unidos puede surgir una alternativa política de izquierdas, a pesar del peso del sistema bipartidista y de la influencia del dinero en las campañas electorales.

El éxito de Mamdani se inscribe en una dinámica más amplia, que incluye las victorias de figuras como Alexandria Ocasio-Cortez, Rashida Tlaib, Ilhan Omar y otros cargos electos progresistas. Esta izquierda estadounidense sigue siendo minoritaria, pero representa una fuerza en auge capaz de desafiar tanto al trumpismo como a las orientaciones centristas del Partido Demócrata.

Una resistencia multifacética

Las resistencias internas en Estados Unidos demuestran que el proyecto político de Trump se enfrenta a una oposición profunda y duradera.

Si sumamos estas diferentes oleadas de movilizaciones, se observa que decenas de millones de personas han participado, en un momento u otro, en acciones de protesta contra las políticas de Trump o contra las tendencias autoritarias, racistas, patriarcales, belicistas y neoliberales del trumpismo.

Estos movimientos no forman un bloque homogéneo, sino que constituyen un mosaico de resistencias que atraviesa toda la sociedad estadounidense: mujeres, afroamericanos, latinoamericanos, estudiantes, trabajadores y trabajadoras, científicos, miembros del cuerpo docente, activistas ecologistas, defensores de los derechos LGBTQ+ y partidarios de la democracia.

Estas movilizaciones han logrado en ocasiones victorias concretas, pero también se enfrentan a una represión creciente, al poder de los medios conservadores y a la polarización política del país. Como símbolo de esta represión, Renee Nicole Good y Alex Pretti, que intentaban interponerse ante las operaciones contra los migrantes en Minneapolis, fueron asesinados ambos por agentes del ICE.

No obstante, estos movimientos constituyen un elemento fundamental para comprender los límites del poder de Trump. Recuerdan que, incluso en el corazón de la primera potencia imperialista mundial, existen fuerzas sociales y políticas que se oponen al autoritarismo, el racismo, el patriarcado, el militarismo y las políticas neoliberales.

Así pues, la historia del trumpismo no puede escribirse únicamente desde el punto de vista de la Casa Blanca. También debe contarse a partir de los millones de personas que, en las calles, en los campus, en los lugares de trabajo y en las urnas, se han resistido y siguen resistiéndose a su proyecto político.


Fuente: El Salto

sábado, 4 de enero de 2025

La filosofía como modo de vida

 

      Comunista marxista. Licenciado en Filología. Profesor de IES.


Este año se cumplirán cien años del nacimiento del pensador marxista más relevante nacido en España. No solo su obra es determinante y significativa; también lo fue su vida. Reproducimos aquí como primera entrega este texto publicado en Espai Marx.


(1) A menudo Sacristán juzga con rigor la validez de su obra. 

     Creo que, más allá de todas las dificultades que tuvo para disponer de tiempo y medios, hay un punto en el que se equivoca y no estoy de acuerdo con su valoración sobre sí mismo, y dirimo con él una querelle teórica.

Me explico: cuando leo sobre Diógenes Laercio y sus vidas de filósofos ilustres, siempre encuentro la misma opinión: es un centón de vidas de filósofos de anécdotas vitales, pero Diógenes se olvida de explicarnos sus «sistemas». Habla de vidas: ¡de vidas! Pero, si el filosofar es algo, es precisamente ser un saber segundo cuya primordial función debe ser orientar la propia vida, apelarse a sí mismo y ser capaz de vivir de otro modo, de un modo filosófico. En esto suscribo lo que explica Pierre Hadot (2). Hubo en la clasicidad personas a las que todos consideraban filósofos y que no escribieron nunca nada –a comenzar por Sócrates–, pero sus vidas eran vidas de filósofos, y por eso seducían, servían, orientaban, por eso eran y se convertían en maestros, es decir, tenían discípulos. No por su obra.

Entonces, para seguir con el ejemplo, si Diógenes Laercio nos cuenta cómo Diógenes el cínico, en su frugalidad, tira la taza que utilizaba para beber agua al ver a un niño que bebía con la mano –«hasta un niño me da lecciones»–, eso es anecdótico; si hubiese recogido las reflexiones de Diógenes el cínico sobre «el ser» o los atributos divinos eso sería filosofía. El filosofar de Sacristán –y el de Giulia Adinolfi (3)–, su concepción de la vida sabia, esto es, de la vida del sofós, incluía la reflexión y el estudio, ciertamente, como forma filosófica de praxis y de vida; incluía la praxis política y la preocupación por la polis. Desplegaba y acogía estas actividades y la sobriedad de vida, y la apertura a los demás. Lo que meditaba, meditaban, lo escribían; y lo que estudiaban lo escribían porque el estudio formaba parte de ese modo de vida que es el que nos impresionaba, el que nos cautivaba. Eran Silenos buscando seducirnos para la vida sabia, tal y como dice el Alcibíades de Sócrates en El Banquete (4).




Ninguna obra sistemática puede lograr eso, ninguna elaboración intelectual puede convertir a nadie en conciencia crítica de nadie. Sólo una vida filosófica. Por lo demás, el trabajo intelectual de Sacristán siempre poseía erudición, saber, rigor intelectual, y además rigor moral y capacidad de interpelar al sujeto.


Manuel Sacristán

Sería triste que una reminiscencia teoreticista nos hubiese hecho perder alguna página más de Sacristán que hubiese podido ser escrita, a pesar de su poco tiempo y de todas sus dificultades vitales (5).


  1. ) II. Hay una cosa que no he añadido y que muestra hasta qué punto no se le entiende –no se les entiende–, hasta qué punto se les interpreta como absurdos por leerlos desde el cursus honorum, esto es, desde fuera de la filosofía: cuando algunas personas se pasman por el hecho de que renunciara a las ofertas de trabajo e investigación que le hicieron en el extranjero –o que Giulia se quedase a vivir en España siendo italiana– (6). Pero, por encima de todo, Sacristán no era un investigador, no era una persona cuya meta y fin fuese una obra «científica», teorética. Por encima de todo su meta era vivir una vida conforme a unos principios, muy exigentes desde luego. Es la idea de vida sabia, que incluye el estudio como autodespliegue.

Tienen «razón», sin embargo, los que, para destruirles, atentan contra su recuerdo inventando calumnias sobre su moralidad (7) : saben, sintieron lo que eran; les pesó lo que eran, sus miradas. Y saben dónde estaba su fuerza, por eso tratan de destruirla. Es criticarlo de «inmoral».

III. Amigos, uno de nosotros, que sabía que yo tenía encargado el libro La tradición de la intradición (8), me ha preguntado sobre el libro. Hasta esta tarde, que he tenido que ir a Barcelona, no lo he tenido en las manos. Tengo, por tanto, muy poco leído, pero escribo esta nota como acuse de recibo de la pregunta. Creo que está magníficamente bien escrito, y decir eso es decir mucho. Y tiene una admirable concepción clara de lo que es la filosofía y el filósofo, pero eso ya lo había leído en la entrevista de Salvador, que editamos en EM, y cuya dirección electrónica adjunto de nuevo (9).

Lo que dice sobre qué es, cómo se entiende la filosofía y qué es un filósofo, cuando por ejemplo dice que hay que imitar a Unamuno, más que estudiarle… y que se aclara de forma meridiana, cuando habla de Sacristán. Considera que Sacristán es un filósofo logrado, «destino» es la palabra que usa de alguna manera (10). Yo estoy de acuerdo, por entero. Decir esto es decir «bastante», porque, precisamente, hace poco, otra persona, en un artículo por lo demás muy interesante, definía la obra de «Manolo» como «inacabada», como no creadora de «nada original», como «frustrada» por las circunstancias, la historia, el esto y lo otro. Hay ahí, una interpretación, dos, de lo que es ser filósofo. Una, es decir originalidades, en papers en inglés a ser posible, y esa es la que Méndez Baiges define como «grasa escolástica». En esa no está Manuel Sacristán Luzón; sí, quizá algunos de «los manolos». Otra, «ir en serio» (11), aunque eso no sea considerado «original» dentro de alguna corriente filosófica, y ese sí es el modelo de Sacristán: la filosofía como modo de vida.


  1. Sobre filosofías «acabadas», sobre obras filosóficas «acabadas» que, cuando se juzga la obra de MSL, es lo que se entiende por perfección, nada más sistemático, redondo y acabado que un estudio sobre Quine, o sobre el primer libro de El capital: estudios, en sí, sobre un material concluso, quietos y firmes, unos y otros, como las pirámides de Egipto. Por el contrario, nada más abierto e inacabado, por ser inacabable, que el filosofar sobre lo que pasa. Sólo que lo que es incierto, «in-cierto», precisamente porque fue y ya no es, es lo que pasó, y lo único que es cierto es lo que está pasando, que precisamente por eso, lo que nos causa es «incertidumbre» –me estoy poniendo cursi como Ortega, y sus «a redropelo», etc., disculpad–; y por ello, trabajar lo ido y concluido, es redondo, pero sobre el pasado, que es ficción, en relación con el presente. Y pensar lo que está pasando, filosofarlo, es trabajo abierto, tentativo e inacabado porque es inacabable. El «devenir» es lo que tiene, que constantemente está deviniendo, que es un no parar, o sea, un «despropósito», un «sindiós» de los de Amanece, que no es poco… ¡Qué se le va a hacer!

Por lo demás, él, MSL, en algún texto, recuerda que durante los años cincuenta, había pensado –«habíamos pensado»– que con Marx y el marxismo se tenía un pensamiento que bastaba; o una frase semejante. Supongo que quería decir que bastaba para elaborar una práctica revolucionaria. Cuando escribía esto, MSL consideraba implícitamente como positivo haber salido de aquel estadio intelectual. Salvador sabrá señalar dónde escribe esto MSL (12). Esto no excluye –según MSL– la necesidad de leer: 1) los clásicos, todos los clásicos 2) la tradición, el marxismo como tradición, incluida dentro de la tradición revolucionaria. Clásicos y tradición, palabras usadas por MSL a sabiendas de lo que quería decir clásicos y tradición: no saber perennis, sive ciencia, que sería siempre «Remurimiento» (13).


Notas de edición

A cargo de Salvador López Arnal

1 Carta de Sacristán, fechada en Barcelona el 30/VI/1985, dirigida a Eloy Fernández Clemente, Zaragoza, director entonces de la revista aragonesa Andalán:

Querido amigo,

estoy cascado, pero no chocheo. Con esa precisión podrás inferir que no me olvido de los amigos (al menos, todavía, y si el estar cascado no da un «salto cualitativo», tampoco los olvidaré en el futuro).

También he de protestar de que llames «magníficos» a los dos tomos [Sobre Marx y marxismo, Papeles de filosofía] aparecidos de Panfletos y Materiales. Me parece que ellos revelan bastante bien el desastre que en muchos de nosotros produjo el franquismo (en mí desde luego): son escritos de ocasión, sin tiempo suficiente para la reflexión ni para la documentación.

En cambio, te agradezco mucho lo que dices de una posible utilidad mía en otras épocas. Supongo que también eso es falso, pero el hombre es débil y acepta algunas falsedades.

Y en cuanto a la entrevista para Andalán, la hacemos cuando quieras. A propósito de lo cual es bueno que sepas que yo tengo algunas limitaciones graves: después de una operación de corazón, me falló definitivamente el riñón que me quedaba. Hace veinte años, cuando le pasaba a uno eso, el parte médico decía que falleció de fallo renal. Ahora te enchufan a una máquina de hemodiálisis cada 48 horas y sobrevives, aunque no lo pasas muy bien. Consecuencia: no haremos la entrevista en día de hemodiálisis. Cuando haya que hacerla me telefoneas antes (o me telefonea alguien de Andalán) y fijamos la fecha.

Mandaré uno de estos días una carta internacional a Lola Albiac: se trata de componer una cadena universitaria mundial en pro del desame nuclear. Espero que ella te enganche a la cadena,

Mientras tanto, un saludo afectuoso

Manolo.


  1. Véase, por ejemplo, Pierre Hadot, La filosofía como forma de vida. Conversaciones con Arnold I. Davidson y Jeannie Carlier, Barcelona: Ediciones Alpha Decay, S.A (varias ediciones).

3. Véase la página web dedicada a Giulia Adinolfi: https://giuliaadinolfi.wordpress.com/.


Giulia Adinolfi junto a Manuel Sacristán.

4 Sacristán tradujo, presentó y anotó en 1956 para la editorial Fama El Banquete de Platón, una traducción muy elogiada por José M.ª Valverde. Fue reeditada por Icaria en 1982, por iniciativa de discípulos suyos, profesores de filosofía en secundaria. Entre ellos: Paco Tauste, Maria Rosa Borràs, Sara Estrada, Pere de la Fuente, Francesc Xavier Pardo,…

  1. Sacristán falleció el 27 de agosto de 1986, con 59 años. Como señala en la carta de la primera nota, en 1984 le fue extirpado su segundo riñón, el primero de muy joven, y tuvo que seguir sesiones de diálisis hasta sus últimos días. Falleció de vuelta a casa, cuando salía de una de estas sesiones.

  2. Giulia Adinolfi, militante del PCI, dejó Nápoles para vivir en Barcelona desde 1957, en la España franquista.

    Sacristán no aceptó una oferta para dar clases en el Instituto de Lógica de Münster al finalizar sus cuatro semestres de estudio (1954-1956) en el centro de investigación y enseñanza alemán. Poco después pasaría a militar en el PCE-PSUC.

Declinó también varias ofertas y ayudas –una de ellas de Mario Bunge, de quien tradujo La investigación científica– para dar clases en universidades extranjeras al ser expulsado por razones políticas, vía no renovación de su contrato laboral, de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona en 1965.

  1. Los casos, por ejemplo, de Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater, Manuel Vázquez Montalbán y Josep Maria Castellet. Véase SLA, La observación de Goethe, Madrid: La Linterna Sorda, 2015 (pròlogo de Jordi Torrent Bestit).

  2. Véase Víctor Méndez Baiges, La tradición de la intradición. Historias de la filosofía española entre 1843 y 1973, Madrid: Taurus, 2021.

9, Entrevista a Víctor Méndez Baiges sobre La tradición de la intradición «Si algo llama la atención es el gran desconocimiento que hay, incluso entre los profesores de filosofía, de la historia de la filosofía española.» El Viejo Topo, diciembre de 2021 https://espai-marx.net/?p=10975.

10 Véase Manuel Sacristán, «Lógica formal y filosofía en la obra de Heinrich Scholz». Papeles de filosofía, Barcelona: Icaria, 1984, p. 65.

11, Sacristán usa esta expresión hablando de Ulrike Meinhof en su conversación con Antoni Munné y Jordi Guiu de 1979. Véase De la Primavdera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2004, pp. 98-100 (edición de Francisco Fernández Buey y SLA).

12, Tal vez en la entrevista con Dialéctica de 1983 o en la conversación con Antoni Munné y Jordi Guiu para El Viejo Topo anteriormente citada. Ambas en Ibidem, pp. 147-178 y pp. 91-114 respectivamente.

13, Neologismo usado por Sacristán en «Nota acerca de la constitución de una nueva filosofía» (1953). Papeles de filosofía, ob. cit., pp. 7-12. No fue el único neologismo que inventó. Otros ejemplos: tontiastuto, cultiprofundo, fobosofía, logorragia, sociofísica, letrateniente, liporiosa, sototeoría, polihístor, hierocracia,...

Fuente: EL VIEJO TOPO

lunes, 12 de febrero de 2024

¿Por un micro Estado palestino, tras la limpieza étnica?

 

Por Pedro Costa Morata


Ante los horrores de la venganza de Israel contra Gaza, a los más preclaros líderes occidentales, todos ellos proisraelíes, como quien dice, y todos enfeudados al sionismo aniquilador, no se les ocurre mandar a la OTAN a que bombardee Tel Aviv e Israel (que es lo que hicieron con Belgrado y Serbia por un motivo mucho menor, en realidad inventado), ni desloman desde la UE, tan escrupulosa, a ese régimen ultra con sanciones que le escuezan (como han hecho con Rusia por hacerles cara y frenar sus chulerías), ni votan unánimemente en la ONU decretando su expulsión y el bloqueo integral, mediante la acusación, cuando menos, de limpieza étnica histórica y reincidente; no. Tampoco les da por apoyar a las -limitadas- fuerzas que se oponen a la salvajada israelí, si es que de verdad quieren frenarla, es decir, el Hezbollah libanés, los hutíes yemeníes y, sobre todo, las milicias palestinas, movimiento de liberación enfrentado a un poder colonial al que combate con todo el derecho del mundo (derecho que no asiste a la potencia colonial ocupante); pero no. Lo que hacen es todo lo contrario a lo que debieran, y por eso expresan sin reservas su apoyo a los exterminadores suministrándoles armas a discreción y declarando terrorista a todo grupo o persona que se oponga a sus crímenes. Están, indefectiblemente y sin más reparos que unas pamplinas, respaldando el asesinato innumerable y la destrucción minuciosa.



Su desvergüenza, que quisieran disimular con declaraciones infames –“respuesta proporcionada”, “derecho a defenderse”, “pausa humanitaria de los combates”- ha entrado en una nueva fase en la que, a la tibieza y parcialidad, se une el supremo cinismo de pedir” (¿a quién?) un Estado palestino (¿independiente?) como panacea para calmar sus (improbables) escrúpulos ante la masacre de palestinos civiles. Unos escrúpulos que no pasan de esa absurda propuesta, sabiendo que el Estado fascista de Israel (al que sus democracias adoran) no lo consiente y, por eso mismo, no van a presionar en absoluto para obligarlo.

Hay que destacar en esta cínica propuesta de Estado palestino al Reino Unido que, por boca de su ministro de Exteriores, David Cameron, dice estar convencido de que la única vía para impulsar la paz en Oriente Próximo es ofrecer un horizonte político a los palestinos acelerando el reconocimiento de un futuro Estado independiente... Así que la Britania ahora ex imperial, que permitió en su día, con su confabulación necesaria, la instalación de los colonos sionistas en una tierra que no era la suya y que, ante el conflicto que opuso a los habitantes palestinos con los invasores bíblicos dijo “Ahí queda eso”, huyendo de la quema y abandonando el territorio en manos de los sionistas invasores, ahora pide, para los engañados y humillados, una justicia menor (e inviable), tras 75 años de injusticia a lo grande, sabiendo que la fiera que dejó suelta no va a consentirlo y que nada hará por domeñarla (Nótese, por cierto, la gran similitud, de inconfundible marca colonialista, de la cobardía británica de 1948 con la española de 1975 al abandonar el Sáhara Occidental en manos de los invasores marroquíes, con aquel otro “Ahí queda eso”.)

Y aunque esta petición (ruego tramposo, en realidad) de un Estado palestino se viene planteando a intervalos desde los Acuerdos de Oslo de 1993-1995, todos sus postulantes saben perfectamente (1) que Israel se opone a ello tenazmente, ya que sus designios son acabar apoderándose de todos los territorios palestinos, sin concesiones, (2) que si ese Estado se constituye sobre la Cisjordania actual, triturada y penetrada por más de medio millón de colonos integristas y por el ejército israelí, más la Franja de Gaza destruida por la guerra (donde se instalará Israel ya veremos cómo y se expulsará a los gazatíes ya sabremos dónde), sería sobre una rotunda inviabilidad económica y política (por no aludir a la militar), (3) que Occidente aceptaría una propuesta “de recambio” de Israel para que los palestinos se integren en el Estado jordano, que se anexionaría la parte de Cisjordania que ya no interese a Israel, a modo de isla, sin conexión territorial con ese Estado, y (4) que dejando a Israel actuar a su voluntad, como hacen desde 1948, el más favorable resultado para ese Estado palestino sería un enclave mínimo, maniatado y sin capacidad ni dignidad. Lo que las milicias de Hamás, o sus sucesoras nunca aceptarán, y seguirán echando en cara a Occidente su hipocresía y su cobardía.



No olvidemos que -según datos del Gobierno israelí, que los minimiza- a mediados de 2023 vivían en Cisjordania más de 500.000 colonos en unos 250 asentamientos, legales e ilegales (según el derecho israelí), con una población palestina de unos tres millones de habitantes, progresivamente desplazados a la parte occidental de ese territorio, es decir, a una “franja” de unos 4.000 km2, ya que la zona ribereña con el Jordán hace tiempo que está ocupada casi enteramente por los colonos y el ejército israelíes. A eso hay que sumar los más de 200.000 colonos de  Jerusalén-Este, y el dato de que algunos de estos “asentamientos” llegan a tener una población cercana a los 100.000 habitantes.

En las actuales condiciones, que son las de siempre, Israel no tiene necesidad de ceder a las “presiones” de Occidente y reconocer la “solución” de los dos Estados, ya que puede anexionarse la Cisjordania por las buenas, con permiso (tácito) de Estados Unidos, que siempre le tiene listo su placet, aunque gruña alguna vez (y no muy fuerte ni por mucho tiempo), y de la UE, tan activa en aspavientos. Y esto, tanto si gana Biden como si gana ese amiguete fascista del buen Trump, lo que facilitaría aún más la operación. Es decir, que, para que se dé una solución aceptable por Israel, habrá de “respetarse”, entre otros abusos reconocibles, la dinámica de desaparición del pueblo palestino por el repetido y exitosamente probado método de la “limpieza étnica” o por asesinatos masivos, como en estos momentos en Gaza; o, al menos, la neutralización absoluta de todo nacionalismo árabe-palestino, con sus grupos de resistencia y combate.



Desde la Nakba (“catástrofe”) de 1948-1949, con la expulsión de unos 800.000 palestinos, que eran la mitad del total existente en el territorio anteriormente bajo dominio británico, Israel ha provocado la expulsión de sus hogares de más de un millón y medio de seres humanos sin tierra ni horizonte, cumpliendo la estrategia sionista pre-independencia de que un Estado judío no sería viable con una población árabe significativa. La actual guerra de Gaza conlleva un episodio más, siempre previsto, de limpieza étnica con el amasijo de la población en el sector sur y, con toda probabilidad, una Nakba repetida. (A tal efecto, fuentes israelíes reconocen “trabajar” por un asentamiento de palestinos en ciertos países del África Central.) La declaración de Israel como “Estado judío” en 2018 no ha hecho más que “legalizar” ese proceso, con respaldo “constitucional” que, a más de estimular las expulsiones y las exacciones, pretende no reconocer como ciudadanos israelíes a los palestinos que han permanecido en el interior de ese Estado (un 20 por ciento de su población total).



La propuesta de Estado palestino, en estas circunstancias, no tiene ningún valor, ya que para que fuera creíble, viable y, sobre todo, justa, sería necesario (1) doblegar la política exclusivista y anexionista de Israel, lo que es imposible hoy por hoy, (2) enmendar en buena parte la Historia, corrigiendo la realidad actual territorial con la expulsión de militares y colonos de los territorios ocupados, lo que es imposible hoy por hoy, (3) reconocer que la Resolución de Partición, en 1947, de la Palestina británica, fue una decisión catastrófica de la ONU y que hay que rectificar, lo que es imposible hoy por hoy, (4), reconocer el derecho de los palestinos expulsados en 1948, y después, a retornar a sus casas y tierras, con recuperación de sus bienes expoliados, lo que es imposible hoy por hoy, (5) que se llegue a discutir sobre la solución más justa, lógica y prometedora, que es la de un Estado palestino con dos naciones, árabe y judía, de tipo federal, democrático, no alineado y sobre todo el territorio antiguamente británico, lo que es imposible hoy por hoy, y (6) que se desposea a Israel del arma atómica que guarda desde los años 1960, lo que es imposible hoy por hoy.

Esta, y no otra, ha de ser la base de partida de cualquier negociación nueva y futura, ya que es la justa y equilibrada, pero a la que se opuso ferozmente el sionismo colonizador, alimentando la incompatibilidad entre los dos pueblos con el objetivo de forzar la partición étnica como inicio de su ulterior y progresivo dominio territorial total. Tampoco ahora quieren oír hablar de eso los dirigentes actuales, porque “deslegitimaría” el sionismo fundacional (el del ideólogo Herzl y el del infame Netanyahu) y sus esencias fascistas (racismo, supremacismo, expansionismo).

Mientras tanto, no hace falta llevar a los tribunales internacionales –como ha hecho Sudáfrica sin mucha reflexión- la acusación de genocidio a cargo del Gobierno y el ejército israelíes, tan difícil de demostrar en esas instancias, que son y actúan habitualmente desde una ideología occidentalista y judeocristiana, es decir, plenamente conservadora; y a los que Israel intimida con facilidad echando mano de sus armas de efecto demoledor: acusar de antisemitismo y recordar el Holocausto. Aparte de que hay que contar con la frialdad con que Israel afronta las condenas internacionales, y su permanente rechazo a cumplir cualquier mandato o recomendación, contando con la impunidad con que el mundo lo obsequia.

La acusación contra Israel debe consistir en la evidencia de un proceso de “limpieza étnica”, que es crimen contra la humanidad, programado desde principios de 1948 y materializado, sistemática, cruel y descaradamente desde entonces en todas y cada una de las ocasiones que se le han presentado o ha provocado. Una limpieza étnica que se lleva a cabo por dos medios, bien conocidos y demostrables: la eliminación por expulsión, conminación o expolio, y la masacre genocida. Y que lleva a cabo Israel desde el mismísimo sionismo colonizador de los años 1880 que, tras la inmigración masiva e ilegal, se fue convirtiendo en crimen contra la humanidad (como ya lo prefigurara Gandhi cuando expresó su oposición a que se ocupara la Palestina árabe para crear un “Hogar Nacional Judío”).

El riguroso (y valiente) historiador israelí Ilan Pappé nos recuerda en Los diez mitos de Israel (2019) cómo se planificó esa limpieza étnica aun antes de constituirse (unilateralmente) el Estado de Israel, es decir, desde que el mando sionista elaboró el ultrasecreto “Plan D”, para eliminar a la población palestina del espacio que le había atribuido el Plan de Partición de 1947, teniendo en cuenta que necesitaban dotar al territorio atribuido de una mayoría judía suficiente. Y nos resume, así, la “eficacia” original de ese plan que dio lugar a la Nakba (“desastre”) trágica: “El proceso comenzó en febrero de 1948 en algunas aldeas y culminó en abril con la limpieza de Haifa. Jaffa, Safad, Beisan, Acre y Jerusalén occidental... no cabe sino definir las acciones israelíes en las áreas rurales palestinas como crimen de guerra y, de hecho, como un crimen de lesa humanidad... Tal acción equivale a la limpieza étnica, independientemente de los medios empleados para obtenerla, desde la persuasión y las amenazas de expulsión a los asesinatos en masa... En cuestión de siete meses, 531 aldeas fueron destruidas y once barrios urbanos vaciados. La expulsión masiva fue acompañada de masacres, violaciones y la reclusión de los varones mayores de diez años en campos de trabajo por periodos de más de un año. Esto tuvo lugar durante la guerra, en 1948-1949, contra los ejércitos de los Estados árabes que invadieron el territorio que se declaró independiente, mal equipadas y peor preparadas” (pp. 92-94).




Estos planes y, sobre todo, sus resultados desde 1948, son materia suficiente para acusar a Israel de ese crimen contra la humanidad que se llama limpieza étnica, con la aclaración documentada del empeño genocida basado en el profundo impulso racista contenido en el sionismo. Sin la verdadera presión y condena internacionales, que han de ser más políticas que jurídicas, la “solución” que proponen todos estos politiquillos internacionales serviles y sin criterio ni honor, enajenados por el diabólico tufo de Israel (entre los que quieren destacarse nuestro ministro Albares y el patético Borrell), lleva como mucho a la creación de un Estado-bantustán palestino, troceado en dos fracciones mínimas y carcomidas por colonos y militares israelíes, en régimen de apartheid y sin soberanía política de hecho ni viabilidad económica alguna.